The Project Gutenberg eBook of La vistosa, by Jacinto Octavio Picn,
Illustrated by L. Valera


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Title: La vistosa


Author: Jacinto Octavio Picn



Release Date: February 28, 2009  [eBook #28212]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VISTOSA***


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VI

Biblioteca Moderna

JACINTO O. PICN

LA VISTOSA

Ilustraciones de L. Valera.







Madrid

Administrador, M. Poveda.
Calle de Manuel Fernndez y Gonzlez, nm. 8.

1901



* * *

LA VISTOSA
LAS CORONAS
DIVORCIO MORAL

* * *



LA VISTOSA


Conoc a Enriqueta, por mal nombre la Vistosa, cuando estaba en
relaciones con mi amigo Perico, hombre tan celoso que se le antojaban
los dedos huspedes, lo cual unido a ser la muchacha demasiado
comunicativa me hizo tratarla con exquisita precaucin, deseoso de que
por ningn pretexto se me pudiese acusar de un delito que yo era incapaz
de cometer.

Los negocios para que estbamos asociados, hacan necesario que Perico
y yo nos visemos a menudo; algunos das iba a comer con l, es decir,
con ellos, pues viva maritalmente en compaa de Enriqueta. Pocas
mujeres tan agradables he conocido; sobre todo, tan listas. Pronto se
dio cuenta de la extremada prudencia con que yo le diriga la palabra,
de mi empeo en esquivar todo exceso de confianza y del exquisito
cuidado que pona para que nunca nos quedsemos solos. Mortificada sin
duda por suponer que en mi excesiva cautela haba un fondo de mal
disimulado desprecio, procur desvanecer la prevencin de que yo pudiera
estar animado contra ella.

[ilustracin]

Una noche, en que cre encontrarles a ambos la hall sola: hasta despus
de estar sentado en su gabinete no me dijo que Perico haba salido, y
cuando quise marcharme aadi entre seria y burlona:

--Qui, amiguito! tenemos que hablar. Aunque _ese_ es un turco y Vd.
todo un caballero, lo cual explica que Vd. me hable siempre con
indiferencia o sequedad, como me consta que no es Vd. hipcrita ni
intolerante, sino que tiene Vd. manga ancha y caridad para ciertos
pecados, no me cabe la menor duda de que cuando Vd. me trata con el...
con el desvo, con la antipata, que me demuestra, es porque tiene de m
muy mala idea.

Quise interrumpirle y no me dej, siguiendo de este modo:

--S; le habrn hablado a usted mucho de m; me lo figuro. Hay
maldicientes de las mujeres honradas, que las calumnian por despecho de
deseos frustrados, hasta por vanagloria, y no los hemos de tener las
que somos... cualquier cosa? Pero yo no quiero que usted tenga mala
idea de m... Cuntas cosas le habrn a Vd contado! Que soy
interesada, codiciosa, egosta, fra, insensible hasta el punto de que
por mi culpa se suicidara un hombre! Vamos, que casi le puse yo el
revlver en la mano, dicindole.--Anda hijo, a que no te matas? Pues
no me remuerde la conciencia. Soy alegre, por oficio, cuando no estoy
sola; tengo _cosas_, como dice la gente, porque a falta de consideracin
algo hay que tener en la vida para no morirse de tristeza. Conque, oiga
Vd., y jzgueme como quiera.

Se puso muy seria y hablando con una mezcla de lealtad y desvergenza
que daba pena, sigui diciendo:

--No he conocido a mi madre. Mi padre era comerciante; se retir de los
negocios con una renta de cuatro mil duros. Tena un amigo de alguna ms
edad que l y muchsimo ms rico, don Ulpiano Garca Pignorado, el
banquero de quien habr Vd. odo hablar. Pap le nombr, al morir, tutor
mo; yo tena entonces quince aos. Mi padre crea que don Ulpiano era
honrado y de superior entendimiento... en su honradez, pudo creer,
porque mientras l vivi aquel seor no sufri reveses de fortuna, que
son los que ponen a prueba la verdadera hombra de bien: lo de
considerarle como inteligencia superior no me lo explico ms que por una
cosa: mi padre era dbil de puro bondadoso; uno de esos hombres que ni
desconfian de nadie ni saben decir que no; y don Ulpiano era de carcter
duro, spero: pap confundiendo la dureza con la energa, crey de buena
fe admirar, y hasta puede que envidiase, la cualidad opuesta a la que
formaba la base de su carcter. Para que pueda Vd. darse cuenta de la
condicin de aquel to, de don Ulpiano, bastar un rasgo. Tena un hijo
nico, muy jovencito, de no mucho entendimiento, que por culpa de malas
compaas, de tacaera, descuido y desamor de su padre comenz a
malearse; contrajo deudas y firm un pagar de cuatro mil reales. Don
Ulpiano en vez de atarle corto por otros medios y a pesar de no tener
ms que aquel hijo, le _larg_ a Londres empleado en una casa de banca,
con un sueldo mezquino y encargo de que le tuvieran bien sujeto... Al
quedar yo hurfana, don Ulpiano en vez de llevarme a su casa, me confi
a una hermana de mi padre que hasta entonces haba vivido sola, con una
pequea viudedad que tena y con lo que pap de cuando en cuando le
daba. Dispuso, adems, que se entregasen a esta seora mensualmente dos
mil reales para mis gastos, acumulando el resto de mi renta para
engrosar el capital. Transcurrieron cuatro aos, durante los cuales fue
pagada puntualmente aquella suma. Luego, de pronto, un mes no nos dio
ms que la mitad, y al siguiente nada. Yo acababa de cumplir veinte
aos, y haca uno que tena novio. bamos a casarnos, estaba preparando
mi equipo para el cual se haban destinado cuatro mil pesetas con
anuencia de mi tutor... De mi novio no quiero hablar... Cuando pienso en
lo engaada que me tuvo, en lo ciega que estuve, comprendo que salgan
mal tantos matrimonios. Crame Vd., el noviazgo es en muchos casos un
periodo de mentira, de hipocresa, de fingimiento; unas veces el falso
es l otras ella, con frecuencia los dos se caen de tontos. Entonces la
tonta fui yo... Un da cuando an no sospechaba cual fuera la causa del
retraso en el pago de la renta, me encontr leyendo un peridico, con
la noticia de que haba quebrado una de las casas ms fuertes de Madrid;
el nombre y apellidos del banquero estaban indicados por iniciales; U.
G. P., es decir, Ulpiano Garca Pignorado. Corr a su casa con mi ta.
El pjaro haba volado. Pocos das despus un abogado, al cual consult,
amigo de mi padre, me quit toda esperanza. En primer lugar mi padre, al
otorgar testamento, haba relevado a Pignorado de prestar fianza; y
adems mi pequea fortuna estaba en papel del Estado y ttulos al
portador... Qued completamente arruinada. Pero, vamos a mi novio. El
mozo ech sus cuentas: yo le convena con mis tres mil y pico de duros
de renta; los perd... pues abur, amor mo! Busc un pretexto, celos
sin causa, y me dej. Hgase usted cargo de mi situacin. Yo estaba
acostumbrada a vivir bien, sin pensar en maana, y de pronto... nada, lo
que se llama nada. Empeando y malvendiendo cuanto haba en casa,
ayudadas solamente por la viudedad de mi ta, pasamos algunos meses.
Luego la miseria y con qu circunstancias, con qu detalles! Mas vale
no acordarse. Dicen que soy bonita; entonces si que lo era! Yo le
ensear a Vd. un retrato de aquel tiempo y comprender Vd. que ciertas
cosas no pueden menos de suceder. Porque, una de dos: o tiene la mujer
valor para tirarse por el balcn o no lo tiene... A m me falt coraje.
No quiero confesarme con Vd. de... cmo... de lo que me pas... en fin,
de cmo conoc a m primer amante. Si llego a caer con un hombre
bueno... le aseguro a usted que aquel hubiera sido el nico.

[ilustracin]

Al cabo de dos aos, supe que don Ulpiano andaba otra vez por Madrid
gastando mucho y viviendo a lo grande, pero sin meterse en negocios ni
tener fortuna conocida. Todo el mundo saba que la quiebra pasada fue
falsa, y sin embargo yo no poda hacer nada: las leyes eran
completamente intiles. Ni yo pensaba en ellas. A don Ulpiano le dur
poco aquella segunda poca de prosperidad porque el grandsimo bribn
muri y adems para que necesitaba yo recurrir a l? No me hubiera
podido devolver lo mejor que por su causa haba perdido. Entonces estaba
yo en amores, no se ra Vd., en amores, hasta encariada, con un hombre
ms bueno! Desgraciadamente su familia le apart de m... y con l
perd la ltima esperanza de poder ser juiciosa y relativamente honrada.
Despus entr en relaciones con el vizconde de Manjirn o sea Pepe
Garca, el que se mat por mi culpa.

Acababa l de llegar del extranjero, vena haciendo alarde de gastar
mucho, tirando materialmente el dinero. A m, por el modo de vestirme
por mi tipo, qu se yo? por si me pona colorines y trajes
estrambticos me llamaban la Vistosa o la rubia vistosa; me vio, le
ca en gracia y comenz a obsequiarme. Primero quiso que me fuera a
vivir con l; luego desisti de ello comprendiendo que en Madrid no
puede ser, porque aqu se toleran los los de casadas, pero no se
consiente que vivan juntos un hombre y una mujer libres, que no
deshonran ni envilecen a nadie. Total, que acab por ponerme casa, y
qu casa! Y para mi persona que lujo! Desde los zapatos hasta las
horquillas me traan de Pars. Me quera? Estoy persuadida de que no.
Si hubiese habido otra ms exigente, ms cara, esa hubiera deseado; pero
ni yo le inspiraba el ms leve afecto, ni an creo que considerndome
como mujer, solo como mujer, estuviera entusiasmado conmigo. Le agradaba
que supiesen que era suya, que mi lujo corra de su cuenta, y que le
costaba mucho; me tena por vanidad. Si le hubiese dicho que quera
vivir en un piso cuarto, modestamente, me deja plantada.

Era de carcter spero, duro, difcil de tratar por lo suspicaz y
receloso, como quien se ha educado lejos de toda confianza y cario, sin
calor de hogar. Su placer era gastar, lucir, llamar la atencin, pareca
un advenedizo, un rico hecho de pronto. Era incapaz de ternura y
delicadeza hasta en los instantes de mayor intimidad Concibe usted
amor, aunque sea parodia de amor, sin expansin y confianza? Pues, eso!
Yo nunca me he hecho ilusiones. Harto s que mi situacin, mi vida, lo
que pudiramos llamar mi historia, me quitan por completo derecho a
ciertas exigencias... pero, por naturaleza, por instinto, por
temperamento, soy cariosa, humilde; me gusta ms ceder que mandar, y
sobre todo, quisiera envolver, velar, la crudeza, la grosera del amor
material, rodendolo de algo delicado, limpio; hasta potico dira, si
no temiese que se burlara usted de mi. El amor de las mujeres como yo,
es pura comedia, verdad? Ya se sabe que es mentira; pues cuanta ms
ilusin procure, mejor. Con el vizconde no haba modo de lograrlo. Su
nico goce era que hablasen de l, aunque fuese mal: no le gustaban los
placeres por disfrutarlos, sino porque se los envidiaran.

Al segundo ao de conocernos tuve un capricho; que Pepe me llevase a
Pars. Estaba l entonces arreglando sus caballerizas y se neg en
redondo, hacindolo de tan mala manera, con tal rudeza que me sent
humillada.--Primero son los caballos que t--me dijo...

[ilustracin]

Iba por aquel tiempo con Pepe a todas partes, y vena mucho a comer con
nosotros, un amigote sayo que entre burlas y veras, pero ponindose muy
serio sola decirme:--Ay, Enriqueta, si yo tuviese fortuna, qu vida
tan distinta hara usted!--Yo nunca le contestaba... Era uno de esos
hombres a quienes se siente no haber conocido antes... La imagen de la
dicha que llega tarde. Bueno, pues este amigo hablando una tarde de la
negativa de Pepe a llevarme a Pars me dijo:--Yo le he aconsejado que
vayan ustedes, que de all podr traer quien le arregle todo eso de los
caballos mejor que aqu; pero es muy terco. Basta que le hagan una
indicacin para que no la siga. Lo mismo era su padre.--Entonces
comenz a contarme que se conocan desde nios, que luego, de
muchachos, haban estado juntos en Londres empleados en la misma casa de
banca. Por ltimo, que su padre, el de Pepe, le haba mandado de chico a
Inglaterra por una trastada que hizo aqu, y que el tal padre era un to
muy malo que haba quebrado en falso arruinando a mucha gente. Escuch
aquello con verdadero asombro; le hice mil preguntas, le habl de quien
era mi padre, de mi familia dud, volv a preguntarle, y sacamos en
limpio que Pepe Garca, el vizconde de Manjirn, mi amante, era el hijo
de mi tutor, de don Ulpiano, el hijo del hombre que haba causado mi
desgracia y mi envilecimiento. Fcilmente se explica que yo no lo
supiera antes. Mi tutor se llamaba Ulpiano Garca Pignorado, pero todo
Madrid le designaba por el segando apellido; Pepe pona naturalmente
despus del Garca paterno el apellido de su madre: adems, al morir mi
tutor, Pepe vino de Londres, recogi su herencia y se volvi al
extranjero: viaj mucho y en Roma, por un donativo que hizo al Papa
durante una peregrinacin, consigui titularse con el nombre de una
dehesa de Manjirn que tena cerca del Escorial. Cuando le conoc todo
Madrid le llamaba Pepe Garca, o el vizconde de Manjirn. Cmo poda yo
suponer que fuese el hijo de don Ulpiano?

Desde que lo supe se me hizo aborrecible. Me pareca que su riqueza, el
lujo que me daba, sus regaos sin cario y sus caricias sin ternura,
todo era un sarcasmo continuo, una mofa brutal y despiadada de la
suerte. Su padre me rob, siendo causante de mi perdicin y l, en parte
con mi propio dinero, acababa de hundirme y encenagarme... Puede que
estos sentimientos no estuvieran enteramente justificados, pero a mi me
dominaban con imperio irresistible. Determin romper con l
inmediatamente, y sin explicaciones que era incapaz de comprender.

[ilustracin]

Haba por entonces en Madrid un seorito rico, aunque no tanto como
Pepe, que rivalizaba con l en aquella estpida vida de ostentacin y
vanagloria: me haba requebrado con frecuencia, estaba segura de que en
cuanto yo quisiera, por gusto de humillar a mi amante le tendra a mis
pies. Le llam, le puse por condicin que nos fusemos a viajar, que me
llevase a Pars, y nos entendimos; por su parte me exigi que
permanecisemos en Madrid ocho das y que durante ellos no pusiera Pepe
los pies en mi casa.

Lo promet formalmente y aquella misma tarde comenc a cumplir mi
compromiso. Escrib al vizconde, que como usted puede figurarse, para m
ya no era ms que el hijo de don Ulpiano, rompiendo resueltamente.
Ningn lazo nos una; no ignoraba lo que yo era; a nada tena derecho;
harto haca con avisarle. Fue a verme y no le recib: volvi tres o
cuatro veces y lo mismo; no hubo modo de que yo cediese.

Aquello se supo por el _todo Madrid_ que se preocupa de estas cosas y la
ira de Pepe no tuvo lmites. El desvo, la infidelidad, el abandono de
una mujer cuyos favores eran cuestin de dinero, constituyeron para l
una humillacin insoportable. Ahora me da lstima... debi de sufrir
mucho. Indudablemente, el amor propio se le exacerb envenenndole los
pensamientos: en su cabeza debi de fermentar la soberbia, la ira, qu
s yo! todo lo malo, como en otros cerebros fermentan la debilidad, la
desesperacin, la honra mal entendida. Yo creo que se mat en un
arranque de locura.

Al cuarto da de no vernos, el sereno de mi calle, que naturalmente le
conoca, le abri la puerta de abajo. Eran las doce y media de la noche;
subi, y llam, porque yo haba mandado cambiar la cerradura de la
puerta de la escalera, de la cual tena l antes una llave...

Comprendiendo que no haba de hacer caso a la doncella, yo misma le
habl por el ventanillo.--Es verdad que te vas con ese?--me
pregunt--sabes que me pones en un ridculo espantoso?--Le contest
que era verdad, que no volviera a acordarse de m, pero que para l no
haba humillacin porque las traiciones y las infidelidades de una mujer
como yo no deshonran a nadie. Se puso frentico. Cerr el ventanillo, me
alej taconeando y volv de puntillas. Deba de estar ya perturbada su
razn porque fuera de s, aplicando los labios a las ranuras del
ventanillo, dijo:--Abre que te quiero matar!--No contest... pasaron
unos instantes en silencio: de repente son un tiro que retumb en la
caja de la escalera, como si fuese un trueno; luego o el chocar de un
cuerpo contra el entarimado del piso, y enseguida el caer de algo que
debi de ser el revlver... Afortunadamente, en aquel momento salan dos
caballeros del cuarto tercero alumbrados por un criado. Sus
declaraciones me salvaron; no digo yo que de una acusacin en regla,
pero por lo menos de muchas impertinencias y molestias. A fuerza de
splicas logr que aquellos seores entraran en mi casa y esperasen la
llegada del juzgado, que se present a las dos de la madrugada.

Pepe estaba en el descansillo de la escalera tendido poca arriba: haba
dejado el bastn apoyado en la pared: el sombrero debi de tirarlo
porque se hall en el tramo de abajo: se dispar en la sien derecha, en
la cual se vea un agujero muy pequeo de donde manaba un hilo de sangre
que se escurra metindose entre la camisa y el cuello... Qu cosa tan
horrible!

El juez me molest poco: primero por la explicacin que le hicieron
aquellos caballeros, y adems... se me figura que le gust.

Ya ve usted que no tuve la culpa de que el vizconde se matara, como no
pude vencer la aversin que me inspir desde que supe quien era. Ni me
am nunca ni yo a l... No hubo traicin.

Despus Enriqueta se qued un instante ensimismada, y luego, de pronto,
pasndose ambas manos por el rostro, acab diciendo con la voz
impregnada de amargura y cinismo:

--Gast mucho conmigo... Y qu? Ya se sabe: las que vivimos as somos
las predestinadas para devolver a la circulacin lo mal ganado.




LAS CORONAS


No hay palabras con que expresar el conjunto de impresiones que
experiment Emilia viendo morir a su marido casi repentinamente, al ao
y medio escaso de perfecta dicha conyugal: la sorpresa, el miedo y el
dolor invadieron su alma. En los primeros momentos crey que se volva
loca: despus, sacando fuerzas de flaqueza, mostr extraordinaria
serenidad. Le amortaj, fue tras el fretro hasta la puerta de la
escalera, y en seguida, sin que parientes ni amigos pudiesen contenerla,
corri al gabinete, y pegando el rostro al vidrio del balcn, vio
ponerse en marcha el cortejo fnebre, desplomndose sobre la alfombra,
rendida a la pesadumbre del dolor cuando dobl la esquina el carro
mortuorio. Y al volver en s, qu horrible le pareci la soledad!
Porque dnde mayor desventura que enviudar a los veinticuatro aos
siendo hermosa y vindose amada? Qu espantoso rastro de pavor dej en
su pensamiento aquella noche del 31 de Octubre al 1. Noviembre! Cmo
lo recordaba todo hasta con los menores detalles! A las doce pidi que
le arreglase las almohadas, lo hizo y le pag con un beso; el ltimo!;
a la una y cuarto perdi el conocimiento; a las tres expir. Pobre
Gabriel... y pobre de ella! Luego, viendo que los das pasaban sin que
la pena la matara, que dorma y senta hambre y sed, que pensaba y
discurra como antes, siempre sujeta a las groseras necesidades del
organismo, se dijo, con desprecio a s misma, que lo animal, lo
puramente instintivo es en la naturaleza humana anterior y superior a
todo sentimiento. Entonces cay en un pesimismo mudo y sombro. Pasaba
horas enteras sentada en una butaca, sin llorar siquiera, al parecer
tranquila, pero en realidad presa de una desesperacin que agitaba su
cuerpo con estremecimientos nerviosos y hera su imaginacin con ideas
tristsimas.

En vano le decan que era hermosa, rica y, lo que vale ms, joven; que
por fuerza, si no a consolarse y olvidar, llegara a resignarse. De
nadie haca caso. Qu le importaba ser bonita si no exista el hombre a
quien voluntariamente hizo dueo y seor de sus encantos? Qu
representaba para ella la juventud sino un por venir consagrado a sufrir
recordando? Y la riqueza heredada de l, ltimo beneficio que le deba,
qu era sino un motivo ms para rendir culto a su memoria? Como antes,
en la luna de miel, sabore la plenitud de la pasin satisfecha, as
ahora se complaca en analizar y desmenuzar con el pensamiento la ndole
de sus penas, deleitndose en la amarga voluptuosidad del dolor, y
cuanto ms excitaba su desconsuelo mejor crea que demostraba su amor al
pobre muerto. No haba de llorarlo si lo eligi voluntariamente
estudiando sus cualidades y sus prendas de modo que se ajustase a lo
que, segn ella, deba ser un marido? Joven, buen mozo, admirablemente
educado, y rico: enrgico para los dems, blando para su mujer:
trabajador sin exceso para que no la dejase sola das enteros, y algo
laborioso para que el ocio no le indujese a malos pasos: de claro
entendimiento para que no hiciera mal papel, pero condescendiente,
bondadoso, dbil, a fin de que ella pudiese dominarlo. Y despus de
elegir tan bien, tras el tiempo preciso para persuadirse de que haba
acertado, aquella enfermedad rpida, brutal, y aquella muerte que
trastornaba por completo las condiciones de su vida. Tu crees que no
podrs olvidar--le decan sus amigas,--pero el tiempo todo lo acaba.
Emilia sonrea tristemente y no contestaba por no gastar palabra en
balde.

Lo que no poda escuchar en calma era que le preguntasen por Julin,
creyendo siempre que pronunciaban su nombre con sobrada frecuencia, y
hasta con cierto retintn malicioso. Qu extrao haba en que Julin la
visitase, si era el amigo ntimo del pobre muerto, el continuador de sus
negocios y el encargado de arreglar los asuntos de la testamentara?
Pero nunca faltan gentes mal pensadas y lenguas viperinas: adems no
conoca todo Madrid a Julin? Y conocindole, qu mujer juiciosa sera
capaz de prestarle odos?

Su carcter alegre, su genio bromista, su conversacin libre, y sobre
todo el franco desprecio que haca de las mujeres dibujaban con rasgos
tan claros su personalidad, que ninguna verdadera seora poda
considerarle peligroso. Era tan lealmente cnico en cosas de amor, que
slo una loca o una pervertida tendra la desvergenza de dejarse
cortejar seriamente por l.

En este exceso de mala fama, en esta aureola de escndalo, estaba
precisamente la salvaguardia de Emilia, que tena intachable reputacin
de prudente y discreta. Adems, conocida la amistad con el difunto, de
cuyos negocios era partcipe y abogado, nada tena de particular que la
viuda continuase tratndole. Por ltimo, los amigos de Emilia podan
observar que Julin hablaba con ella, como con todas, siempre
chanceando, siempre en broma, en son de burla, en continua hiprbole, en
perpetua exageracin, sin emplear jams esas frases falsamente tmidas,
de doble sentido y cobardemente astutas, ni esos discreteos ms o menos
hbiles en que el hombre funda la estrategia amorosa cuando procede con
intencin aviesa.

Durante unos cuantos meses, mientras estuvo reciente la viudez, se
contuvo por buena educacin, por buen gusto, pero luego us con ella su
lenguaje habitual, diciendo cuanto quera descaradamente, provocando su
risa, como si a fuerza de bromas pretendiese distraerla y alegrarla. La
misma osada de sus frases quitaba valor a cuanto sala de su boca. Por
qu incomodarse con l si todo el mondo saba su condicin? Requebraba a
las hijas delante de sus padres, a las casadas en presencia de los
maridos... y nadie le haca caso. En una palabra, era de esos que tienen
_cosas_ y _salidas_, a quienes se tolera cuanto les viene a los labios,
porque en ellos no hay ofensa posible, pues su propia ligereza quita
importancia y valor a cuanto dicen--Emilia, yo quiero ser el sucesor de
Gabriel.--Emilia, tenga Vd. paciencia.... pero hay que dejar pasar un
ao.--Emilia, alguno ha de ser, y si l nos ve desde el otro mundo
preferir que sea yo.--Emilia, un da va Vd. a tener que echarme de
mala manera.--Y todo esto delante de sus amigas, sin rebozo, con
inocente descaro, seguro de que ponindose serio o dando la mejor seal
de enojo haba de caer sobre ella un ridculo espantoso. Qu mujer
discreta iba a contestarle en serio? Emilia se contentaba con sonrer,
le llamaba majadero, o deca:--Qu pesado se pone Vd.!

Sin embargo, cuando acabada la testamentara sigui yendo a verla con la
misma asiduidad, la viuda no cay en la cuenta de que ya no estaba
justificada tanta visita. Iba casi todas las tardes al salir de la Bolsa
para decirle el alza o baja de sus valores; otros das se plantaba a
almorzar sin previo aviso; como tena la costumbre de escribir las
cartas _donde le pillaba_ se pona a escribir en la mesa del pobre
Gabriel; y por ltimo, sabiendo que Emilia no sala de noche y que
jugaba al tresillo con varias amigas se presentaba dos o tres veces por
semana pidiendo por amor de Dios un ratito de conversacin y una taza de
t, y all se estaba hasta que entre burlas y veras haba que echarle.
Su frase de despedida era siempre la misma: Una noche me quedo!.

Ella le reciba con la sonrisa en los labios, fina, corts, sin asomo de
desconfianza, completamente segura de que aquel perdido era inofensivo.
Ni cmo sospechar de l, si una de las cosas que hizo fue aumentarle
considerablemente la renta en tres o cuatro operaciones burstiles. Por
otra parte, siendo como era incapaz de enamorarse, claro estaba que
slo haba de concebir y fraguar ciertos planes contra una mujer ms
rica que l, y la fortuna de Emilia era muy inferior a la suya De lo
cual sacaba en limpio incautamente que no pudiendo inspirarle pasin ni
codicia, sus bromas, sus requiebros y atrevimientos eran pura
palabrera.

As trascurran los meses y se acercaba el aniversario de la muerte del
pobre Gabriel cuando las amigas ntimas de Emilia comenzaron a
importunarla con avisos y advertencias que la sacaban de sus casillas.

Aseguraban que Julin no iba a ninguna parte, que se haba hecho hombre
serio hasta el punto de no requebrar a ninguna mujer, y por ltimo, que
cuando hablaba de ella, aun tratando de mostrarse reservado, revelaba
una emocin profunda. Emilia comenz a observarle y le pareci que todo
eran chismes y habladuras, porque Julin segua dicindole cosas muy
atrevidas con la mayor serenidad, sonriendo, bromeando tan a las claras
que a la menor observacin un poco seria podra responder ofendido:
Seora! Pero usted qu se ha figurado? No se atrevi a llamarle al
orden, como le aconsejaron sus amigas, pero tanto machacaron y tanto le
dijeron, que determin hacerle alguna observacin.

Ya lo tena resuelto cuando recibi una tarjeta en que Julin le
anunciaba que por exigencias de un negocio marchaba a Barcelona, donde
pasara dos meses. Esas tontas--pens Emilia--no saben lo que se
pescan. Si este hombre hubiese puesto en m los ojos, o no se marchara
o hubiese venido a despedirse.

En aquellos dos meses no la escribi una sola carta. Volvi a Madrid y
tard ms de una semana en ir a visitarla. Lleg el da de su santo, y
nada, ni un miserable ramo de flores.

Entonces, sin darse cuenta, empez a sentirse mortificada por una
impresin, mitad sorpresa y mitad despecho. Habran sido intencionadas
sus bromas y luego desisti de ellas por considerarlas estriles? Jug
con fuego hasta quemarse? Y sobre todo, por qu desistira de su
empeo? Poco a poco, involuntariamente, pens en l con tal insistencia,
que no poda arrancrselo de la imaginacin. El resultado de tales
cavilaciones fue que, aunque Julin no le dijo nunca cuatro palabras con
formalidad, ella se persuadi de que la haba querido y de que
probablemente seguira querindola. Pero cmo se explicaba su conducta?
Por qu no escribirle durante el viaje ni presentarse a la vuelta?
Acaso imaginara el muy necio que esquivando la ocasin quitaba el
peligro? Ofuscada por la vanidad, se acostumbr insensiblemente a la
creencia de que la haban amado dos hombres, Gabriel y Julin: el muerto
y el vivo. Su corazn, sus recuerdos, sus lgrimas pertenecan de
derecho al primero; el segundo no deba importarle nada; cuanto pensase
en l era profanar la memoria del esposo querido...

Por fin, una tarde muy lluviosa de esas en que nicamente hace visitas
quien desea hallar solo al que busca, se present Julin.

Emilia le recibi con su habitual afabilidad, pero no le dijo palabra de
su silencio durante el viaje, ni se quej porque no hubiese luego ido a
verla, ni le llam olvidadizo ni descastado. Estuvo con l como si
hubiesen hablado la vspera. La actitud de Julin fue la de costumbre.
En el modo de dejar guantes, bastn y sombrero, cada cosa por su lado;
en la manera de sentarse, en la confianza y familiaridad de su lenguaje,
en todo pareca, no un amigo, sino el amo de la casa. Para colmo de
atrevimiento se convid a comer, diciendo con el mayor desparpajo:

--Aqu me quedo... Solitos... Lo nico que siento es tener que marcharme
luego.

Durante la comida charlaron de mil cosas indiferentes, y ni l ni ella
nombraron al muerto para nada. De pronto, en un momento en que el criado
les dej solos, Julin, bajando cuanto pudo la voz, pregunt:

--Vendr gente esta noche?

--No espero a nadie... y con el agua que est cayendo...

--Pues me alegro, porque en cuanto nos vayamos al gabinete le voy a
decir a usted unas cosazas gravsimas: lo que usted menos se figura.

--Viene usted de broma?

--Ya ver usted cmo las gasto.

A Emilia le saltaba el corazn dentro del pecho como pjaro en jaula.
Pasaron al gabinete donde haban de tomar el caf, y all qued Julin
solo unos instantes mientras la viuda, llamada por la doncella, entr en
la habitacin que fue despacho de Gabriel.

--Qu quieres?--Para que me molestas?--pregunt.

La chica, sealando seis o siete grandes cajas de cartn que haba sobre
la mesa y en el suelo, repuso:

--Aqu estn las coronas que ha encargado la seora para el cabo de ao.

--Baja esa voz!

--...no las han trado antes porque no haban llegado, y dice el
dependiente de la tienda que tenga la seora la bondad de escoger ahora
mismo la que quiera porque hay muchos pedidos.

Julin que paseaba inquieto de un lado para otro del gabinete cruzando
tambin la sala, lleg en aquel momento a la entrada del despacho y
podo or perfectamente que la chica deca hacindose cruces:

--Qu bonitas! Desea la seora que las lleve al gabinete, que est
mejor alumbrado?

Emilia, sintiendo tan cerca aquellos pasos de hombre impaciente, se
turb contrariada y confusa; pero de pronto se rehizo, mat de un soplo
la luz, prepar sumas hechicera sonrisa y atrayendo hacia s la puerta
para que l no se enterase de lo que causaba su vergenza, sali al
encuentro de Julin, diciendo entre dientes y rapidsimamente a la
doncella:

--No tengo tiempo de elegir! Gurdalas a escape... y di que me quedo
con las siete!




DIVORCIO MORAL

[ilustracin]


Las diez o doce personas reunidas aquella tarde en el lujoso saloncito
de la Marquesa, amigos ntimos y parientes que iban a felicitarla por
ser su santo, haban permanecido largo rato formando grupitos separados
hasta que alguien dijo en voz alta:

--Lo que usted oye; se han separado, l se queda en el cuarto donde
hasta ahora han vivido juntos, y ella se est poniendo casa y se lleva
al nio.

--Pero qu marido es ese que lo tolera?--pregunt una seora anciana de
aspecto venerable.

--Vayan ustedes a saber quien tiene la culpa... porque uno de ellos ha
de tenerla--aadi otra seora joven que pareca lista y curiosa.

--Yo creo--dijo la Marquesa--que si alguno ha faltado, no es l, porque
hace muy pocos das estuvo aqu precisamente hablando de su mujer... y
enamoradsimo.

--Esto no significa gran cosa--interrumpi la que tena cara de
lista--porque cuando un hombre pretende engaar bien a su mujer lo
primero que hace es despistar a las amigas de ella hacindoles creer que
la adora para que se lo cuenten a la interesada.

--Dios me libre de murmurar--aadi un caballerete--pero l anda
demasiado absorbido por sus negocios, y ella es demasiado guapa; adems
sin ofenderla, me parece que ella se alegrar de tener ocasiones en que
convencerse de hasta donde llega el poder de su hermosura.

--Tan presumida es?--pregunt una voz femenina.

--En realidad--contest la Marquesa--es inexplicable esa desavenencia en
un matrimonio del cual nadie sabe que el marido se vaya con otra ni que
la mujer sea capaz de torcerse.

Entonces un seor ya viejo con restos de buen mozo, simptico, de mirada
inteligente y fcil palabra que basta entonces permaneci callado, tom
parte en la conversacin diciendo:

--Conque no se engaan, tienen un hijo y se separan... pues no lo
entiendo: pero de quin se trata?

--De la de Herils, Rosita Castilla, la casada con Herils.

--Rosa! Separada Rosa?--exclam asombrado el seor viejo--Vaya, vaya,
y ustedes dispensen pero no saben lo que dicen o les han informado con
mala intencin. Rosa es incapaz de hacer nada que pueda ser causa de
que su marido la deje con sombra de razn, y si l la engaara a ella le
sobran talento, virtud y recursos para traerle al buen camino... y en
ltimo caso, grandeza de alma para perdonarle. Sepan ustedes,--y esto lo
dijo ya con una entonacin grave--que mujeres como Rosa hay pocas y
cuando se habla de ellas conviene no pecar de ligero.

Vindole ponerse serio y oyndole hablar de aquel modo callaron todos,
menos la seora que pareca lista, la cual sin andarse por las ramas,
habl de este modo:

--Todo eso est muy bien don Luis, pero no echa por tierra nada de lo
dicho. Si a l no se le conocen los, ni ella es susceptible de...
debilidades y sin embargo teniendo un hijo, se separan... aydeme usted
a sentir. Ella una santa, conformes; adems es rica, l gana mucho: por
falta de recursos no ser. Luego...

--Rosa sabra resistir a la pobreza y a miseria--aadi el caballero
viejo con entusiasmo.

--Vaya, vaya--acab la dama diciendo algo picada--yo no calumnio a
nadie. No quera soltarlo pero lo s, me consta, sucede algo y gordo.
Puedo asegurarle a usted que hace cinco das, Rosa se ha marchado de
casa de su marido con cuatro muebles y unos cuantos bales de ropa, y
llevndose al chico, y que sola con la doncella, vive en la calle del
Guadarrama nm. 92, no s que piso. Ahora diga usted que esto es hablar
por hablar.

--Lo que digo--repuso enojndose el caballero--es que yo he llegado ayer
maana de Pars, que no he salido sino para venir a felicitar a la
Marquesa, que no s nada de lo que pueda haber ocurrido y de que, sea lo
que fuere, estoy seguro de que Rosa estar harta de razn. Pasa por ser
una de las mujeres ms bonitas y elegantes de Madrid verdad?--y esto no
lo dijo con nimo de complacer a su interlocutora--nadie pone en duda su
hermosura eh? pues tambin son indiscutibles su talento y su virtud.

Pronunci don Luis estas palabras esforznzose por aparecer tranquilo
pero con tal energa que ni caballeros ni seoras se atrevieron a
replicarle; y la Marquesa dio discretamente otro rumbo a la
conversacin.

De all a poco don Luis se despidi y al poner el pie en el estribo de
su berlina, que le esperaba en la puerta, dijo al cochero: calle del
Guadarrama 92, y deprisa.

* * * * * *

--Se ha mudado aqu hace pocos das una seora que se llama doa
Rosa?--pregunt a la portera.

--Segundo: hay entresuelo.

Si grandes fueron las cavilaciones que mortificaron a don Luis desde que
sali del saloncito de la Marquesa hasta llegar all, aun crecieron
mientras subi la humilde escalera de aquella vulgarsima casa.

Qu le habr pasado, qu le habrn hecho a esta muchacha--iba
dicindose mentalmente--para que transija con semejante cambio? Si esto
es para ella la pobreza... qu barrio, qu portal y qu escalera!

Con mayor celeridad de la que al parecer permitan sus aos lleg al
piso segundo y llam, saliendo a abrirle una doncella cuyo limpio y fino
aspecto contrastaba con lo pobre de la casa. El pasillo de entrada
lleno de muebles, bales y cajas, todo desordenado, indicaba lo reciente
de la mudanza.

--Dnde est? dnde est?--pregunt don Luis.

[ilustracin]

Mas antes de que la doncellita contestase se abri la puerta de un
pequeo gabinete, tambin lleno de trastos a medio colocar, y apareci
una mujer como de veinticinco a treinta aos de singular gentileza, que
arrojndose en brazos del anciano rompi a llorar amarga y
calladamente.

Era alta, esbelta, el pelo rubio muy claro, los ojos grandes de un azul
muy oscuro y, a pesar de las lgrimas que los baaban enrojecindole
los prpados y desbordndose por las mejillas, de mirar inteligente,
llenos de viveza pero serenos, dulces, como incapaces de expresar nunca
sentimiento que no naciese de amor o de ternura.

--Luis de mi alma!--dijo entre sollozos.

--Qu ha sido esto, mujer? Qu has hecho? Pero es verdad...? Qu te
ha hecho?... porque de ti estoy seguro...

Ante la sospecha, an tan tibiamente formulada, se irgui ella
sonriendo con plcida altivez.

--Pero ha podido usted imaginar que yo hiciese algo feo? Venga usted,
venga usted y lo sabr todo.

Llevole al gabinete, sentronse en un pequeo sof y despus de
permanecer mirndole cariosamente unos instantes como recapacitando la
manera de expresarse o el modo de empezar, dijo as:

--Primero contsteme a lo que voy a decirle. Si alguien le preguntase a
usted quin era mi padre, cmo me educ, qu sentimientos inculc y
desarroll en mi alma, cmo obedec a lo que quiso que yo fuera, en fin,
hasta dnde puedo yo saber lo que son bondad, honra y virtud... Qu
respondera usted?

--Dira--repuso con la mayor naturalidad don Luis--que tu padre fue
hombre tal que pudiendo salvar su inmensa fortuna sin ms que pasar la
frontera y acaso con slo sostener un pleito prefiri perderlo todo por
cumplir fielmente sus compromisos, aun aquellos en que no medi
documentacin alguna, sino slo su palabra: que luego rehizo parte de su
riqueza entre el asombro y el respeto de todos porque aquella conducta
le dio inmenso crdito. Dira que tu educacin, hecha exclusivamente por
l, fue un prodigio de sensatez, de cordura, que te hizo buena... no s
como expresarlo, sin que tuvieras nunca que violentarte ni vencerte,
inspirndote aversin a lo malo y lo mezquino. Vamos que hizo que
tuvieses bondad y virtud casi por naturaleza, como tienes los ojos
azules y el pelo rubio... Pero a qu viene esto?

--De modo que usted cree que ni por liviandad, ni por conveniencia, ni
por perversin ni por nada puedo transigir con la deshonra.

--Cabal. Si fueras hija ma, y como a hija te quiero desde que tu padre
me encomend tu porvenir, no me inspiraras mayor confianza. Siempre
dije que si para ser feliz bastara tener clara idea de lo que es bueno y
voluntad de seguirla t seras dichosa.

--Yo no digo que sea buena. Cuntas veces es uno injusto y malo sin
saberlo! Lo que digo es que nuestra virtud, la virtud de la mujer, no
consiste slo en... cmo se lo dir a usted...? en dejar de hacer lo
que deshonra y pone en ridculo a los hombres.

--No te comprendo.

--Oiga usted.

Procur serenarse recogindose hacia las orejas los rizos que se le
haban deshecho y con voz que en sus dulces o enrgicas entonaciones
reflejaba la ndole de sus recuerdos e impresiones, dijo:

--Tiene usted razn! Pobre padre mo! Qu hombre! Se acuerda usted
de la quiebra? De la comida que hicimos el da de los pagos? Todos
abatidos, todos apocados, menos l! Esto de arruinarse--deca
pap,--tiene sus ventajas: ahora contaremos los amigos; ahora sabr si
la fortuna se me entreg por capricho o porque supe merecerla. Volvimos
a ser relativamente ricos. Seis meses antes de morir me sent sobre sus
rodillas y me dijo: Si te falto ahora, te quedar una renta de cinco o
seis mil duros: poca cosa en comparacin de lo que tenais antes. Pero
puedes gozarla tranquila; ninguna de las alegras que te procure ese
dinero habr nacido de un dolor ajeno; la limosna que des no ser nunca
restitucin. Este fue mi padre! As me educ!...

Figrese usted la impresin que, andando el tiempo, me causara
convencerme de que mi marido era... de otro modo. Habr quien diga que
deb conocerle antes; pero qu mujer joven puede conocer a un hombre en
uno o dos aos de noviazgo, por slo conversaciones de palco o baile,
con miradas en paseo y misa, con cartas donde la imaginacin vence al
juicio en ese periodo de la vida en que ella no se cuida sino de parecer
bonita y l no piensa ms que en ocultar defectos?

Durante las primeras semanas de nuestro matrimonio fui feliz. No dej
sin embargo de comprender que Pepe era brusco, de carcter impetuoso,
aunque procuraba contenerse o se arrepenta pronto de ciertos arranques
para no enojarme. De vuelta del viaje de novios empez a trabajar; hasta
entonces haba encargado del bufete a un amigo. Trabajaba mucho, ms
pronto me enter de que senta poco entusiasmo por su carrera; al salir
del despacho siempre estaba de mal humor; lo que le preocupaba e
interesaba no era la ndole de los pleitos, la ocasin de lucirse, la
probabilidad de reparar una injusticia, sino la esperanza y la cuanta
del pago: no se le vea contento sino cuando cobraba una cuenta de
honorarios los cuales acostumbraba a poner muy altos: en ms de una
ocasin le cost esto serios disgustos o recibi cartas desagradables.
Por fin supe que tena fama de interesado y codicioso. No era avaro;
gastaba sin prudencia y me hubiese permitido hacer lo mismo si quisiera,
pero senta ansias de ganar y tener mucho, incurriendo para conseguirlo,
con los clientes pobres, en faltas de consideracin, casi de
misericordia; adoleciendo con los ricos de cierta carencia de dignidad y
altivez que a mis ojos le haca desmerecer: lo que le importaba era
cobrar, cobrar... A veces toleraba lo que no deba. Cierto banquero al
mandarle el importe de una cuenta que le pareci excesiva le escribi
dicindole, poco ms o menos: le remito a usted lo que me pide y siento
no poder seguir llamndome amigo de quien me trata con tan poca
consideracin. Dije a Pepe que esto me pareca humillante y repuso:
lo que hace falta es que pague.--Mejor sera--repliqu--que cobrases
algo menos y conservaras la amistad de un hombre que podra regatearte
de mal modo lo que te da. Me mir de alto a bajo y contest: el mejor
amigo... un duro. Sufr un desencanto y call por espritu de sumisin;
pero se me hizo dura la conformidad. Le cuento a usted estos detalles
para que se haga cargo de como fui convencindome de lo que es: no
conoce ms Dios ni ms ley que el oro... Llegamos, en fin, al motivo de
la separacin, mejor dicho, de mi propsito irrevocable de no vivir con
l. Afortunadamente estoy segura de que mi ta Juana no me desatender;
hasta podremos darle dinero para que me deje en paz. Y ahora escuche
usted.

Un da se present en casa una mujer pobremente vestida con aspecto de
seora venida a menos; nada de pedigea ni aventurera. Haba estado a
buscarle varias veces y nunca quiso recibirla. Entr porque en lugar de
abrir el criado lo hizo la doncella. Luego desde mi gabinete o que Pepe
y aquella mujer levantaban mucho la voz: me acerqu a una puerta y la o
llorar, llegando a mis odos palabras que me helaron de espanto:
despojo compasin maldad. Por fin sali nerviosa, excitadsima,
blanca de clera, y desde la puerta de la escalera, tragndose las
lgrimas dijo: Ojal, si tiene usted hijos que paguen lo que hace con
el mo! Me qued aterrada, volv al gabinete, llam a Faustina mi
doncella, en quien sabe usted que tengo absoluta confianza, y
mostrndole desde el balcn a la mujer que en aquel instante sala del
portal le dije: Coge el mantn, sguela y averigua quien es y donde
vive. Pepe pas la tarde de un humor intolerable y orden que bajo
ningn protesto se abriese la puerta a aquella desdichada. Le pregunt
quin era y me respondi que una trapisondista. Para abreviar: Faustina
volvi dicindome como se llamaba y donde viva. A la maana siguiente
fui a verla: vacil mucho antes de hacerlo pero no me pude contener ni
quise dominar el deseo de salir de dudas, porque todo me induca a
sospechar, y un presentimiento amargusimo me gritaba que Pepe deba de
haber cometido una maldad muy grande. Afortunadamente, aquella mujer no
me conoca, saba que Pepe era casado y nada ms. La portera de su casa
me dijo que la infeliz haba estado en buena posicin pero que se vea
ya en la mayor miseria, sin que ganase cosiendo lo bastante para
mantener a su hijo, nio de cinco aos. Sub a su sotabanco, ni ms ni
menos que en las novelas, y para hablar con ella invent una piadosa
mentira. La esperanza de la limosna hizo que no se parase a inquirir
si yo deca o no verdad. Poco me cost que hablase. Era parlanchina,
locuaz, imprudente, de lengua demasiado suelta, culpas atenuadas por el
afn de contar la cada desde una posicin acomodada hasta la ms dura
pobreza: pero en el fondo de su palabrera y su exceso de charla lata
algo terrible. Mi marido haba robado al suyo veintids mil duros! La
historia es sencillsima. Su esposo era procurador. En cierta ocasin se
le form causa para exigirle responsabilidad por irregularidades en un
pleito en que intervino decretndose contra l un embargo. Entonces
busc a Pepe que era ntimo amigo suyo y sin recibo ni documento
alguno, que por otra parte, dadas las circunstancias, hubiera sido
intil, le entreg para que se los guardase veintids mil duros en
ttulos de la deuda. Va usted adivinando?

[ilustracin: Mujer con nio]

Luego le prendieron, pas en la la crcel ao y medio, sali absuelto y
al reclamar el depsito Pepe, se lo neg... Es decir, no neg la
devolucin, sino lo que es ms infame, la entrega. No exista, no poda
existir prueba. El infeliz procurador, muri al cabo de unos cuantos
meses y Pepe sigui negando a la viuda. Cuanto esta me dijo era verdad.
Hasta he averiguado que con parte de esos veintids mil duros hizo Pepe
los gastos de nuestra boda. Qu base para nuestra felicidad! De mi
entrevista con aquella mujer saqu el convencimiento de que no menta:
la ndole y el carcter de Pepe servan de acusadores contra l, adems
quise ponerle en al trance de que confesase y lo consegu. Hice una cosa
horrible, pero en relacin con su maldad. Dej una noche que se acostase
antes que yo, esper a que se durmiese, y al cabo de dos horas, cuando
estaba en el ms profundo sueo, teniendo antes cuidado de poner la luz
de modo que le iluminara de lleno el rostro, le llam a grandes voces
gritando Pepe, Pepe... El dinero de Gozalvez, Gozalvez, Gozalvez... su
dinero! Despert preso de un sobresalto indecible, y sin tiempo para
reponerse, sorprendido como criminal por astucia del juez, pregunt
fuera de s enrojecido de rabia: Dnde est Gozalvez? Cmo lo sabes?
Quin te lo ha contado?

[ilustracin]

Pero no eran menester tales palabras: su cara, su espanto, bastaron para
persuadirme de que la viuda no me haba engaado. Qu pena la ma!
Juro que hubiera preferido sorprenderle en brazos de una mujer!
Entonces se levant en mi corazn una tempestad de asco y de desprecio.
Y aquel era el hombre que me haba posedo, el que sabore mis primeros
besos de amor!

Cuanto he intentado para que prometa la restitucin del depsito ha sido
intil: niega, insiste en negar, y cada negativa le aparta ms de m. No
podemos divorciarnos: lo s, me han ledo el Cdigo; pero yo me separo
de l porque siento que el contacto de ese hombre me manchara como
envilecen al marido honrado los besos de la esposa traidora y
consentida. Yo creo, don Luis, que ni el honor ni la conciencia tienen
sexo. Me ha deshonrado con su delito como yo hubiera podido deshonrarle
con mi infidelidad. Ser legalmente suya, llevar su nombre y lo que es
ms doloroso lo llevar mi hijo, pero no volver a estrecharme entre sus
brazos ni comer su pan. Quien me comprenda que me juzgue.



       *       *       *       *       *



BIBLIOTECA MODERNA


TOMOS PUBLICADOS

_I._ A. Palacio Valds. _Seduccin._

_II._ Jacinto Benavente. _Noches de verano._

_III._ Juan Valera. _Asclepigenia._

_IV._ Salvador Rueda. _Piedras preciosas_

_V._ B. Prez Galds. _La novela en el tranva._

_VI._ Jacinto O. Picn. _La vistosa._


EN PRENSA

_VII._ S. y J. Alvarez Quintero.


EN PREPARACIN

Obras de Mariano de Cavia. _Clarin_, Balart, Navarro Ledesma, etc.

Dirigir los pedidos a la Administracin, calle de Don Manuel Fernndez y
Gonzlez, nm. 8.


OBRAS DEL MISMO AUTOR


Pesetas

Apuntes para la Historia de la Caricatura                              2

Lzaro (casi novela), segunda edicin                                  2

Del Teatro (_Lo que debe ser el drama._) Memoria leda en el Ateneo de
Madrid. Segunda edicin                                                1

La Hijastra del amor.

(Novela), tercera edicin (agotada)                                    4

Juan Vulgar. (Novela), tercera edicin.                                3

El Enemigo. (Novela), tercera edicin                                  4

La Honrada. (Novela), ilustrada por J. L. Pellicer y J.
Cuchy                                                                  4

Dulce y Sabrosa. (Novela)                                              4

Novelitas                                                              3,50

Cuentos de mi tiempo                                                   3,50

Tres mujeres. (Coleccin Klong)                                        2,50

Cuentos (coleccin _Mignon_)                                           0,75

Vida y obras de D. Diego Velzquez, con fotograbados                   5

Castelar. Discurso de recepcin en la Real Academia Espaola.
Contestacin del Excmo. Seor D. Juan Valera                           1



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     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
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     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
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     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

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electronic work or group of works on different terms than are set
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both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
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property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
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Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.org/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:
http://www.gutenberg.org/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

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