The Project Gutenberg EBook of Amistad funesta, by Jos Mart

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: Amistad funesta
       Novela

Author: Jos Mart

Release Date: April 14, 2006 [EBook #18166]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AMISTAD FUNESTA ***




Produced by Chuck Greif and La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes








                       Amistad funesta

                           _Novela_

                          Jos Mart




              Introduccin, por Gonzalo de Quesada

Sea su novela _Amistad funesta_ el dcimo volumen de las obras del
Maestro.

Es milagro que ella, como casi todo lo que escribi, no se haya perdido.
Se public en 1885, en varias entregas, en _El Latino Americano_,
peridico bimensual, de vida efmera--rgano de la Compaa Hecktograph,
de New York--que no se encuentra hoy en biblioteca pblica alguna.
Adems, no apareci con el nombre de su autor sino con el seudnimo de
Adelaida Ral, y esto hubiera hecho aun ms difcil su hallazgo.

Afortunadamente, un da en que arreglbamos papeles en su modesta
oficina de trabajo, en 120 Front Street--convertida, en aquel entonces,
en centro del Partido Revolucionario Cubano y redaccin y administracin
de _Patria_--di con unas pginas sueltas de _El Latino Americano_,
aqu y all corregidas por Mart, y exclam al revisarlas: Qu es esto
Maestro? Nada--contestome cariosamente--recuerdos de pocas de luchas y
tristezas; pero gurdelas para otra ocasin. En este momento debemos
solo pensar en la obra magna, la nica digna; la de hacer la
independencia.

En efecto; esta novela vio la luz a raz de fracasados intentos para
levantar en armas, de nuevo, a nuestra tierra, intentos que no apoy
Mart estimando que el plan no era suficiente ni el momento oportuno;
brot de su pluma cuando--en desacuerdo con los caudillos
prestigiosos, nicos capaces, con sus espadas heroicas y legendarias, de
despertar el alma guerrera cubana--pareca oscurecido, para siempre, en
la poltica; fue engendrada en horas de la mayor penuria, en las que, no
obstante, rechazando las tentaciones de la riqueza y sin otra gua que
su conciencia ni otro consuelo que su inquebrantable fe en la Libertad,
sus principios no capitularon.

A una miseria por palabra se pag este trabajo, elevado de pensamiento,
galano de estilo, con enseanzas--como todo lo suyo--para sus
compatriotas; con algo de su propia existencia.

No s que el Maestro, en otras ocasiones, cultivase este ramo literario;
pero su traduccin de _Called back_, de Hugh Conway--por la cual una casa
editora le concedi, como gran generosidad, cien pesos--, luego con
brillante vestidura y el nombre de _Misterio_ vendida por millares, y la
versin suya, que talmente parece un original, amorosa y admirable, de
_Ramona_ de Hellen Hunt Jackson--buscada en vano en las libreras--, son
prueba evidente de que a haber dispuesto de oportunidad y sosiego para
ello, hubiera, tambin, triunfado en la Novela. No le faltaban elementos
por su conocimiento de la realidad del mundo y sus pasiones, anhelos y
torturas; le sobraba fantasa para hacerla resaltar; esplndido lenguaje
con que exponerla.

Ni sus versos, ni parte de su correspondencia, ni sus artculos de
doctrina y de propaganda, ni sus pensamientos ni su biografa he
olvidado; pero cumpliendo con lo principal que l nos ense--el servicio
de Cuba--poco se ha podido terminar y solamente ha habido tiempo para
este volumen--y reunir los homenajes a su memoria que van en el mismo
prenda de que aqu, en los lejanos montes de Turingia, donde aun vibran
entre pinos seculares las liras de Goethe, Schiller y Wieland, pienso
en l y en la patria!

Oberhof, 4 de julio de 1911.

                                  Gonzalo de Quesada




               Jos Mart, por Miguel Tedn

                    _La Nacin_, Buenos Aires, diciembre 1. de 1909


A principios del ao 1888 llegu a Nueva York en cumplimiento de una
misin profesional, y una de mis primeras diligencias fue [ir] a buscar
a Mart cuyas correspondencias a _La Nacin_ me haban impresionado
vivamente, revelndome un talento superior y un alma eminentemente
americana. Encontrele en su despacho del consulado oriental en Front
Street, una de las antiguas calles de la gran metrpoli y apenas llam a
la puerta se adelant a recibirme dicindome: Es usted el seor Tedn?
(un amigo comn le haba anticipado la visita), a la vez que me extenda
ambas manos con tal efusin de franqueza y sinceridad, que ese apretn
sell entre ambos una amistad que solo la muerte del gran ciudadano ha
podido cortar.

Era Mart de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeaba
una frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante,
tez blanca plida, como son generalmente los cubanos, bigote negro y
crespo y un valo perfecto redondeaba su fisonoma armoniosa y vivaz. En
su cuerpo delgado predominaba el temperamento nervioso, que haca
rpidos todos sus movimientos y sus manos finas y alargadas revelaban al
hombre culto consagrado a las tareas intelectuales. Llevaba como nico
adorno en uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabada
la palabra Cuba.

Cubran los muros de su despacho estanteras de pino blanco, algunas de
las cuales l mismo construy, y en los pocos espacios libres que ellas
dejaban colgaban retratos de los hroes de la revolucin cubana que
termin con la paz del Zanjn, y entre los de varios literatos ocupaba
lugar preferente el de Vctor Hugo.

Constituan su biblioteca, en primer trmino, las publicaciones que se
hacan en la Amrica latina, cuyo progreso intelectual segua con
avidez, habiendo escrito juicios sobre muchas de ellas; pero tampoco
faltaban los de la literatura norteamericana, cuya lengua conoca
profundamente, aunque no fuera inclinado a hablarla. Su mesa de trabajo,
sumamente sencilla, estaba siempre repleta de papeles que formaban sus
numerosos trabajos de correspondencia para los peridicos de Cuba,
Mjico, Guatemala, Argentina, y las revistas que bajo su direccin se
publicaban en Nueva York, aparte de los documentos oficiales de su
consulado. El nico ornamento de ella era un tosco anillo de hierro que
tuvo de grillete durante su prisin en la isla de Cuba, cuando aun era
un nio, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado por su
seora madre despus de su deportacin a Espaa, para que le sirviera de
amuleto en su peregrinacin por la libertad de su patria.

En aquel modesto despacho mantuvo por muchos aos el fuego sagrado de la
independencia cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer ni
las disidencias entre sus propios amigos, muchos de los cuales crean
utpica la revolucin, ni el espectculo de las fortunas que se
acumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligencia
y su autoridad a los negocios comerciales.

All llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanos
que deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos de la
vida americana, sino todos los cubanos interesados en la poltica de su
pas. All conoci a Estrada Palma, que a la sazn ganaba su vida
manteniendo un pensionado de enseanza en el estado de Nueva Jersey, y a
muchos otros despus actuaron en la revolucin. A todos reciba con los
brazos y el corazn abiertos y para todos tena no solo las hermosas
palabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus modestos
recursos.

Su fisonoma moral se caracterizaba por la ms absoluta honestidad en
todos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus propios
intereses en favor del ideal a que haba consagrado su existencia, la
libertad de Cuba. Su espritu eminentemente altruista, se asociaba a
todos los dolores ajenos y a ellos llevaba el consuelo de su palabra
inspirada; lo mismo comparta las alegras de sus amigos. Su alma
sensible y delicada sufra con las asperezas del alma yanqui, y nunca
pudo fundirse en los moldes de ambicin en que esta est vaciada.
Recibi ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor al
servicio de intereses comerciales; pero jams quiso desnaturalizar su
pluma que solo deba servir para unir a la familia latinoamericana y
para luchar por la libertad. Prefiri ser pobre con decoro (palabra que
se encuentra en casi todos sus escritos) antes que sacrificar sus
convicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que aquella en que se
haba empeado.

Posea un raro talento de asimilacin y de generalizacin que le
permita abordar con brillo y con criterio slido todos los problemas
que en el orden poltico o sociolgico entraan el desenvolvimiento de
las naciones y su memoria privilegiada le permita recordar todo cuanto
haba pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de un
libro recientemente publicado que l no lo conociera y sobre el cual
pudiera expresar su propio juicio; as como conoca a todos los hombres
que haban desempeado un papel prominente en la vida de las naciones
latinoamericanas.

Su palabra era suave, fluida, lmpida como su pensamiento, sin
afectacin ni rebuscamiento, y produca el encanto de una fuente
cristalina que desciende en su curso halagando los sentidos. Cuntas
veces en los das festivos, solamos atravesar el ro Hudson e
internarnos en las hermosas arboledas de las Palisades o recorramos las
avenidas del Parque Central, y all transcurran insensiblemente las
horas, bajo la influencia de su palabra sana y amena que haca olvidar
el bullicio de la metrpoli. Su oratoria slida y rica en imgenes
brillantes se derramaba como raudales de perlas y de flores, y su
auditorio quedaba siempre cautivado por el encanto de ella. Recuerdo que
en una conferencia que dio sobre Guatemala, con el propsito de reunir y
vincular a los latinos residentes en Nueva York, tom como tema las
flores y los pjaros que adornaban el sombrero de una seorita all
presente, y sobre l hizo la pintura ms hermosa que jams haya ledo de
la naturaleza y de la sociedad centroamericana.

La impresin que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que nos
hallbamos bajo un cielo gris y helado, creyndonos transportados a los
trpicos, y solo volv a la realidad de nuestra existencia cuando sent
un _hurry up_, pronunciado con spero acento sajn por dos jvenes que
pasaban a mi lado.

Era un trabajador infatigable y desde el alba que empezaba su labor con
la lectura de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hasta
la nueva aurora que sola sorprenderlo cuando, como l deca, se hallaba
engolosinado por algn estudio en que pona toda su alma para
transmitirla a los lectores que el obligado por las visitas de sus
amigos a quienes reciba con solcito cario.

Y no eran solo los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Las
divida entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, en
las que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los de las
clases superiores, porque unos y otros deban servir para preparar la
revolucin cubana que era el objeto de su permanencia en Estados Unidos.

A pesar de los largos aos que all vivi, nunca pudo identificarse con
la vida americana, porque su espritu generoso y desinteresado era
refractario a los procedimientos egostas que constituyen el fondo del
carcter de ese pueblo. Desconfiaba con las tendencias imperialistas de
esa nacin y crea que abrigaba propsitos absorbentes, contra los
cuales las repblicas latinas debieran estar prevenidas. Mjico, deca,
solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una poltica
hbil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasin de
intereses americanos. Consideraba la conferencia monetaria
internacional, iniciada por Blaine y a la que l fue delegado por el
Uruguay, y yo lo fui por la Argentina, ms como el medio de favorecer
los intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar los
vnculos de todas las naciones de Amrica. Carece, pues, completamente
de fundamento la versin de un escritor franco-argentino, de que Mart
fuera partidario de la anexin de Cuba a los Estados Unidos, cuando, por
el contrario, vea en ellos un peligro para la independencia. Creo, sin
embargo, que sus temores eran infundados a este respecto, como lo ha
demostrado la conducta de aquella nacin, para terminar la guerra y
establecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que no
tienen ambiciones de predominio sobre la Amrica latina. Mr. Elihu Root
me dijo durante su visita a esta capital, que los Estados Unidos nunca
anexionaran a Cuba y tengo la ms absoluta confianza en la sinceridad
de este gran estadista americano.

Los ltimos aos de la vida de Mart en Nueva York me son poco
conocidos. Su ltima carta me revelaba un estado moral deprimido por el
exceso del trabajo, que haba creado en su organismo una excitacin
nerviosa. Tengo horror a la tinta, me deca, y deseara huir a los
bosques, aunque me crecieran las barbas verdes, para no ver papeles ni
sentir las fealdades de las gentes. Pasaron algunos aos, durante los
cuales solo tuve noticias de l por intermedio de un amigo, cuando un
da recib un telegrama en que me deca: deberes ineludibles me llaman
a mi patria y necesito su ayuda, mndeme por cable quinientos dlares.
Mi situacin en aquel momento era difcil y me fue imposible ayudarlo.
Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma a la
independencia de Cuba, puesto que en esos das sala Mart de Nueva York
para reunirse con el general Mximo Gmez e invadir la isla, iniciando
la nueva insurreccin que dio por resultado la terminacin del dominio
espaol.

La noticia de su muerte en los primeros combates librados entre cubanos
y espaoles me produjo hondo pesar. Consideraba a Mart uno de los
hombres de ms talento que me haba sido dado tratar y su muerte
representaba no solo una prdida irreparable para Cuba, de la que habra
sido uno de sus preclaros presidentes, sino para la Amrica latina toda,
pues desapareca el escritor genial en quien el fuego de la solidaridad
americana brillaba con resplandores que iluminaban ambos continentes.




                    Jos Mart, por Romn Vlez

                           _Notas de Arte_ (Colombia), agosto 15 de 1910


Le conoc y trat en New York el ao de 1891.

Me consagr su amistad. La amistad es la nica rosa que no tiene
espinas. La nica fuente arrulladora que no tiene lodo.

Fui su amigo--en el trajn social--de pocos meses.

Soy su amigo perdurable por el recuerdo y la memoria.

Su recuerdo es para m un ariete, relmpago que cruza las soledades de
mi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, guila que
despierta--en horas de abatimiento--a picotazos mi alma.

Fui, con varios condiscpulos, expresamente a conocerle. Habitaba casa
humilde y viva modestamente.

Enamorado yo de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo de
cndores de su prosa soberana, entr a aquel Arepago con el pensamiento
en las nubes y el corazn en los labios.

Eran das ttricos para los colombianos residentes en New York, das en
que un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido, haba
llevado a sus gavetas joyas que no eran suyas.

Fue ese el tpico obligado, y Mart me deca: los suramericanos
enviamos trozos humanos putrefactos para que estos pases los escarben y
examinen, mandamos el rostro ensangrentado de la Patria para que estos
pases lo abofeteen.

Sobre Cuba exclamaba:

Estoy desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en la
cumbre inaccesible.

En mi tierra no hay ms que dos hombres: Gmez y Maceo, y una bandera:
yo.

A ellos los tienen como visionarios y a m me consideran loco. Nos han
dejado solos.

Aqu, en los momentos de angustia, en esos das lbregos en que en vano
lucho y brego con los hombres y las cosas, al trasladar al papel mis
pobres pensamientos, no me explico, no comprendo cmo no se transforma
en Vesubio mi cabeza ni se convierte mi pluma en bayoneta.

Ustedes, los colombianos, tienen aun esperanzas de redencin: all hay
vida, hay savia, hay esplendor.

Nosotros no tenemos nada.

Cuba es una tumba muy grande que guarda un cadver ms grande que ella:
la raza india muerta.

Esa raza me alienta, y la mxima de Bolvar me conforta:
'Venceremos!'.

Call, inclin la cabeza meditabundo, me pareci escuchar el ruido
estruendoso de las armas en la manigua, y comprend que aquel hombre era
algo ms que tribuno, algo ms que genio: era la Libertad!

La Amrica latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como el
clebre arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en Amrica sino muy
de tarde en tarde.

Ha habido ilustraciones altas y macizas, pensadores vastos y profundos,
prosistas, oradores y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero el
genio autntico, la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, la
lengua de fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante que
vierte a raudales la ternura, la ciencia y la filosofa... esos, han
sido muy raros en Amrica.

Genio Montalvo; genio Jos Mart.

El primero con una sombra: el arcasmo; el segundo, sin sombras y sin
manchas.

La estulticia de las muchedumbres, el espritu fcil al aplauso de
nuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el coro vacuo
y frvolo de las mediocridades, han hecho aparecer en ocasiones como
lumbreras a seres que apenas han tocado los primeros peldaos de la
gloria.

Entes grandes y pomposos--como la encina de Lebes--, pero huecos.

rboles corpulentos de esplndido ramaje, pero torcidos e inclinados a
la tierra.

Hoy la serie de pensadores es como una serie de montaas, pero sin
cumbres que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras.

La constante difusin de las luces, el espritu incansable e
investigador del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones,
la escuela, el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esas
eminencias, cspides de la humanidad.

Con la abundancia de las colinas han desaparecido los Himalayas.

Con la dilatacin ha resultado el aplanamiento, con el ensanche se ha
perdido la altitud.

El pen abrupto es arena rutilante.

El nido es colmena.

La altura es extensin.

La cima ha sido cubierta por la arboleda en marcha: no se ven ms que
rboles.

La roca altsima ha sido invadida por el mar: no se ven ms que olas.

Hoy es plaza lo que ayer fue torre, lago lo que fue atalaya, cielo
inconmensurable lo que fue astro esplendoroso.

Las cumbres se han deshecho en llanuras, las llanuras son cumbres.

Son muchos los poetas secundarios, escasos los poetas eminentes
solitarios.

El genio va pasando de individual a colectivo.

El hombre pierde en beneficio de los hombres.

Se diluyen, se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa.

Las golondrinas se han elevado y los cometas han descendido.

Las legiones han subido y Jpiter ha bajado.

El mrito de Mart consisti precisamente en eso: haber dado sombra a
tantas grandezas.

En poca, en que la ciencia es ambiente y el talento multitud, l fue
Argos impoluto, gigante, solo, y nico!

Todo tiene en la naturaleza su punto culminante, su nota dominadora, su
faz grave y severa: la selva, el roble centenario; el ocano, la ola
inmensa de cresta arrebolada; el desierto, el len hirsuto y arrogante;
y la sociedad, el genio.

Y genio fue Jos Mart!

Muri a los 42 aos y es asombrosa su labor poltica y literaria.

A la edad en que otros comienzan a ascender, ya l traa guirnaldas del
Olimpo.

En un mismo da, y en ocasiones en una misma hora, escriba un discurso,
redactaba una carta, pergeaba una revista, otorgaba una clase, lea un
libro, hojeaba un folleto, traduca una fbula, hablaba de cosas ftiles
con su familia y de cosas lisonjeras con sus amigos.

Tena el don de contorcerse y dividirse, la cualidad de la
centuplicacin.

Un caso de polizosmo.

Trabajaba en una casa de comercio, colaboraba en varias sociedades y
_magazines_, sostena incansable correspondencia con sus adictos,
enseaba a los desgraciados, meditaba, discuta, exaltaba a los
pusilnimes, asaeteaba a los cobardes, confortaba a los sufridos, se
ergua ante los poderosos, lloraba con los indigentes; tena un bculo
para cada cada, una esperanza para cada lacera, un blsamo para cada
dolor, una rosa para cada beldad, un pensamiento dulce para cada
prvulo, y aun le quedaba tiempo para ser rendido y galante con la
esposa y carioso y afable con los hijos.

Sneca, Aristteles, Corneille, Bacon, Montaigne, Joubert, Massilln,
San Agustn, Rousseau, Voltaire, Shakespeare, Juvenal, toda una legin,
se agitaba, bulla, vibraba en aquel cerebro poderoso, hecho para los
torneos y las epopeyas, para las recias batallas y las hondas
lucubraciones.

En sus manos eran a diario: el _Tratado de la Naturaleza_ de
Malebranche, _Los Pensamientos_ de Marco Aurelio, la _Historia de
Espaa_ de Mariana, los _Epigramas_ de Marcial, las endechas de
Massinger, el _Capital_ de Marx, las elegas de Propercio, los _Ensayos_
de Macaulay, las _Observaciones_ de Llorente, el _Catecismo_ de Lutero,
todo le era familiar, conocido, ntimo, y consideraba los peridicos
como soldados y los libros como hermanos.

Para l todas las mujeres eran santas, todos los hombres buenos, todos
los guerreros dignos, todos los oficios nobles, todas las cosas bellas.

El reptil, a sus ojos, se converta en ave; el barro en oro; el erizo en
flor; el espectro en ngel.

Su voluntad era granito; su espritu, llama.

Una, a la calma de Massena, el arrojo de Murat.

Aunaba, al candor de Carlos Dickens, la precisin de Vctor Hugo.

Odiaba el estilo misoneico y la poesa macrstica.

Admiraba ms a Martos que a Castelar.

Para sus compaeros y admiradores era inofensivo como la malva; para sus
enemigos, venenoso como el quedec.

Polgloto, enciclopdico, pollogo.

En aquellos, atardeceres mincosos de la gran Metrpoli, en que Mart
sola pasearse por las alamedas de Green Wood, quin iba a imaginarse
que de aquella mano tan sencilla penda un mundo, que tras aquella
cabeza silenciosa iba una bandada de guilas libertadoras!

Su erudicin, pasma. Si todos van contra l, l va contra todos. Tiene
del ala y del hacha. De la roca y del torrente. De la hoja y del rayo.
Ensalza, y va hasta lo infinito; derriba, y llega hasta el abismo.
Cuando alaba encumbra; cuando analiza, despedaza. Su palabra, ora corre
mansa, ora retumba; sus verbos, ora se deslizan, ora estallan. Algo como
un trueno avanza por entre sus frases calolgicas. Se siente calor de
nube y rodar de caones. Esculpe de una plumada; retrata de un brochazo.
Tiene arranques sublimes en que parece que la tierra se levanta o el
cielo se desploma. Tiene voces que gimen, trminos que gritan, giros que
rimbomban. Se escucha vuelo de pjaros y fuego de fusilera. Su dibujo
es lnea recta; su corte, el del diamante. Es paleta y es cincel. Es
terso y es hondo. Palpita y regolfa. Su ritmo es una nave que se aleja;
su dialctica, escuadra que combate. Por entre la malla de su prosa hay
pueblos que se hunden, ejrcitos que se destrozan, mares que se
revuelcan, bosques que caminan. Es raso y es acero. Es guzla y es
clarn. Es halago y es centella. Escribe versos que enamoran, filpicas
que entusiasman, libros que glorifican. Es diminuto y es excelso.
Sencillo y complicado. Es len y paloma. Oruga y colibr. A veces se
detiene, como ante un precipicio; a veces corre veloz, como una
locomotora. Mezcla lo alto y lo bajo, lo noble y lo ruin, la mariposa y
el estircol, la mirla y el escarabajo, el dicterio y la cancin.

Todo sale embellecido y purificado de aquella pola incomparable,
pola que hoy bendice todo un pueblo, y es lumbre de la humanidad.

Su vida fue un himno permanente a todos los derechos, eterna protesta a
todas las iniquidades.

Fue mentor augusto, patriota insigne.

Fue principio y resumen. Alfa y Omega. Sacerdote y apstol. Mecenas y
Catn. Sufri, am, cre. Conoci lo pasado, vislumbr lo porvenir. Fue
artista, gladiador, vidente. Se ech un mundo a la espalda y con l se
le vio, radioso y fatigado, camino de la inmortalidad. Ante los
obstculos se duplicaba; ante los imposibles, no ceda. Enrgico,
rpido, tenaz. Si nublado, se alzaba; si torrente, se sumerga. Para l
era pira la existencia, tomo el universo, minutos las edades. Limpiaba,
talaba, esclareca. Haca surgir proclamas de los muertos, lanzas de las
tumbas, auroras de los antros, escuadrones de las piedras. Brotaba
chispas su espada; relmpagos, su pensamiento.

Domin, coron, ascendi.

Y al caer, rota la frente, en un charco de sangre, hubo irrupcin de
llamas en el cielo, aglomeracin de palmas en la tierra, condensacin de
recuerdos y sentimientos en el corazn de los americanos.

Para llorar a Mart no son suficientes las lgrimas de todos los hombres
ni el grito clamoroso de todos los siglos.

Santa memoria de Mart, bendita seas!




                             Mart

     Discurso pronunciado por el Doctor Jos Antonio Gonzlez Lanuza

             _En la Cmara de representantes de Cuba el 19 de mayo de 1910_


Seor Presidente y seores Representantes:

Cuantos aqu nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesin
anloga a esta--igual a esta dira mejor--en el ao precedente. El
entonces designado para hablar de Mart, fue el seor Miguel Viondi, y
los que aqu estamos y estbamos aquella tarde, recordamos cun
gratamente nos entretuvo; dando a su disertacin el inters de la
relativa novedad, nica a que puede aspirarse cuando del Padre de
nuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se encontraba el
seor Viondi en ventajosas condiciones para ello: amigo ntimo de Mart,
lo haba tratado durante largo tiempo y de la manera ms estrecha y
poda referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero que
mejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condicin
peculiar de un personaje. Refirindonos historias de esa clase, poda
entretenernos con algo nuevo que no supiramos los dems, que pudiera
servir para rectificar algn juicio de detalle y para confirmar, como no
poda, menos de resultar confirmado, el juicio que en conjunto
formramos todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos en
estos instantes.

En cambio, el que se ha designado para que lleve la palabra en el da de
hoy, y de l os hable, se encuentra en condiciones ms desventajosas,
porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista; y porque de l sabe
lo que sabemos todos; y de l no puede decir otra cosa que lo que est
en la mente y en el corazn de todos. No era posible que en Cuba se
ignorara quin fue Mart, cul fue su obra y cul su representacin
entre nosotros. Desde los ms humildes--desde el punto de vista de la
inteligencia--hasta los que pueden decirse prceres de esa inteligencia,
muchos han hablado entre nosotros de aquel que por antonomasia se ha
llamado el Maestro. Historia de su vida, antecedentes de su carrera
poltica, antecedentes de la agitacin que organizara y todos los
detalles relativos a su participacin en el movimiento revolucionario
que definitivamente independiz a Cuba, son, para cuantos aqu estamos,
cosas sabidas; e igualmente son sabidas por todos los cubanos. En tal
concepto, al que no pueda referir algn aspecto de la vida personal de
aquel gran cubano, a un auditorio distinguido como este, se le coloca en
una situacin verdaderamente difcil cuando se le hace hablar de Mart.
El tema es atractivo, es simptico, y porque siempre ha sido tema
atractivo y simptico, muchos lo han tratado, muchos lo han
desarrollado. El terreno, de tal modo, est espigado por completo; y yo
he de recomendarme a la benevolencia de ustedes para que con esa
benevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso no puede menos de
ser una repeticin.

Pudiramos dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discurso
como el que debo pronunciar en el da de hoy: en una se puede hablar de
la vida de Mart; en otra, de su carcter y de los rasgos prominentes
del mismo; en la tercera, de su obra. Digo que no pueden ser iguales,
porque acaso algo pueda decirse ms extensamente, con un relativo aire
de novedad de la segunda y de la tercera; de la primera, imposible.
Hacer aqu un resumen de su existencia, de todos conocida, sera hacer
perder tiempo a los seores que me escuchan. Su infancia; su juventud,
pobre y agitada, mucho ms que su infancia; su amor al estudio; las
deficiencias de sus medios econmicos; la consagracin de toda su vida
al logro de un ideal; su paso por Espaa, sus pasos en Cuba, su
residencia en las repblicas de la Amrica latina, su residencia en los
Estados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participacin en el
movimiento revolucionario, su agitacin en las emigraciones cubanas, su
recorrido por todos los pases en los cuales crey que poda encontrar
un eco simptico al pensamiento revolucionario y su dedicacin absoluta
y definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueo, qu son
sino una cosa que est en la memoria y en el corazn de todos nosotros y
que no necesita ser repetida, que no debe ser repetida, porque la
repeticin no sera ciertamente excusable, sera incuestionablemente
vana y presuntuosa?

No hablemos, por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parece
destacarse de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamente
habr de volver, porque fue rasgo tpico de su temperamento. Fue una
vida dirigida, como la aguja magntica, hacia una sola direccin; y
todas las vicisitudes y agitaciones de aquella existencia, realmente
tormentosa, vinieron al cabo a culminar en un mismo punto y en el
sentido de una sola va, por la que se encaminaron en definitiva sus
pasos. Donde quiera que encontr cualquier oficio por el cual trat de
librar su subsistencia, la adopcin de ese oficio no tuvo ms objeto
sino el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que su
vida se prolongara, se realizase la obra que se haba impuesto. La tarea
que desde sus tiempos de muy joven concibi en su espritu, despert en
el mismo el propsito de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente,
su vida fue, en cuanto a esa tarea, una definitiva consagracin.
Naturalmente, en un hombre obsedido por esa misin, que debi creer que
providencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qu lo digo,
no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo y constante
en la existencia. Dado el hecho de imponerse a s mismo semejante
misin, todo lo que no fuera el cumplimiento de ella, tena que ser
accesorio para l y accidental. Era preciso vivir; no tena fortuna y
era preciso buscar el pan de todos los das. Un hombre de inteligencia
suficiente para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si no
francamente lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no se
poda ocupar de ninguna de ellas. Teniendo ttulo de Abogado, no le fue
dable ejercer la profesin. Para ello hubiera tenido que radicar en un
mismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba espaola, que someterse a la
mirada recelosa de la polica espaola, que prescindir de todo lo que l
entenda que constitua su destino. Era preciso que librara la
subsistencia con oficios que le permitieran al propio tiempo viajar,
moverse de ac para all, preparar el movimiento revolucionario en
definitiva. Y tan es as, que una especie de visin, de destino
providencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayora de
sus conciudadanos, contra el parecer casi unnime de ellos, entendi que
estaban maduros los tiempos, cuando todo el mundo pensaba que su
tentativa habra de abortar como extraa aventura de dementes.

A veces sucede esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia de
la humanidad: no son precisamente los hombres de mayor reposo en el
carcter y ms serena cultura mental los que han decidido a las
multitudes a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino de
su destino verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre una
obsesin pasional y la impulsin que naturalmente se produce en virtud
de ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa y
hacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar; aun
muchas veces contra la voluntad general, adivinando cul es el estado de
la subconciencia, el deseo ntimo y verdadero de una agrupacin de
hombres, para llevarlos a que ejecuten lo que quisieran ejecutar, pero
lo que no se atreven siquiera a pensar en ejecutar. De aqu el que fiel
a su destino, Mart viviera como corresponsal de peridicos, movindose
de ac para all, remitiendo correspondencias a un diario denominado _El
Partido Liberal_ y despus a _La Nacin_ de Buenos Aires, ganndose su
subsistencia modestsimamente de este modo, a fin de girar por el mundo,
aunando voluntades aqu como all, reuniendo fondos, procurando contar
con la colaboracin de los que podan ponerse al frente del movimiento,
y no desmayando nunca ante ningn desastre, ni ante ningn desengao.
Para qu dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentes
de la misma no haran sino presentar diversas facetas de esto que he
indicado como su conjunto general.

Discurrir ahora acerca de su temperamento y de su carcter, de su papel
y de su misin en la obra revolucionaria cubana, tiene para m tambin
un relativo inconveniente. Hace poco ms de un ao, cuando, en la
prxima ciudad de Matanzas se inauguraba, por iniciativa de un hombre a
quien vi entonces por ltima vez, el doctor Ramn Miranda, un artstico
monumento en honor de Mart, el doctor, que a ello me haba comprometido
de antemano, me llev a dicha ciudad a hacer uso de la palabra en la
ceremonia de inauguracin. Entonces, refirindome en un breve discurso
dicho en la plaza pblica, y que por ello no poda ser ni largo, ni
reposado, ni serenamente meditado, a aquello que para m constitua
carcter tpico y saliente de Mart, sealaba estas dos circunstancias
que no dir que sean absolutamente exclusivas de l, pero que en
realidad son en l ms prominentes que en ningn hombre que haya podido
vivir una vida anloga a la suya y que se haya impuesto una misin como
la que l se impuso.

En primer lugar, un hombre que mova a los dems a pelear, que encenda
en su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sus
hermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al propio
tiempo animado de un amor sin lmites a la humanidad y de una
benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen o por
errados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente, para los
que consideraba sus enemigos. Y adems hubo en l rasgo peculiar de su
tarea y de su esfuerzo: de todos los hombres que han podido determinar a
una colectividad, grande o pequea, a realizar una obra comn, un
propsito general, quizs l sea el que representa en esa obra comn una
parte ms grande por razn de su esfuerzo individual. Mart, en efecto,
fue el determinante principalsimo de la revolucin cubana. El pueblo
cubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en aquella poca lo sabemos,
no quera en su mayora al menos, la revolucin. El Gobierno de Espaa
nos haba dejado entrever una mejor condicin poltica, sin sacudidas ni
agitaciones violentas. Tan cierto es que aquello hubiera podido contener
la obra revolucionaria que, como se ha dicho despus y repetido muchas
veces, la actitud que tom el Gobierno espaol por la iniciativa del
Ministro Maura contuvo un poco a Mart. Le pareci que su ideal y su
tarea corran peligro si aquellas reformas polticas se implantaban en
Cuba de buena fe y eran generalmente aceptadas por el pueblo cubano, en
virtud de lo cual l ya no tendra ambiente adecuado para poner por obra
sus propsitos. Fue la obcecacin de los polticos espaoles, de ac y
de all, la que se levant como una barrera ante el Ministro que acabo
de indicar y dej el terreno aun ms preparado que antes lo estaba para
que pudiera fructificar la semilla. No obstante, el Gobierno espaol,
volvi, como todos sabemos, a la idea de reformas polticas. El plan del
seor Maura se desech; pero se plante otro nuevo, que llev el nombre
de Abarzuza; y aun cuando la generalidad entre nosotros crey que se iba
a obtener menos de lo prometido, la mayora se resignaba a obtener
aquello, a cambio de no tener delante de s el fantasma de ninguna
agitacin, de ninguna revolucin, de ninguna lucha. Yo recuerdo que no
ya entre los elementos espaoles, sino aun entre los elementos cubanos,
y muy cubanos, y muy probados, pero que no se encontraban en la
conspiracin que estallaba en aquellos instantes, fue un efecto terrible
el que produjeron los primeros movimientos. He tratado a algunos,
emigrados de la guerra de los diez aos, de aquellos que desde su
principio marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las Repblicas
Hispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se iniciaba
en aquellos das. Creyeron que todo lo que se haba adelantado, en 17
aos de predicacin pacfica, por el Partido Autonomista, iba a ser
irremediablemente perdido; y un amigo particular mo, que se hallaba en
Madrid cuando los primeros sucesos estallaron, que sali de Espaa muy
poco despus y regres a Cuba, hubo de declararme que en una entrevista
que tuvo pocos das antes de embarcarse con el famoso tribuno espaol
don Emilio Castelar, este le signific que en Cuba, se haba cometido un
acto de demencia irreparable, y que los que lo cometan y los que no lo
cometan, en virtud de irremediable consecuencia de la solidaridad,
veran perturbado el sistema poltico de Cuba, ya que aquellos sucesos
lo haran volver mucho ms atrs de donde se encontraba en el momento en
que se iniciaron los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa idea
de don Emilio Castelar era la idea que aqu tengan todos los que no
estaban, dir mejor, los que no estbamos comprendidos en la
conspiracin; porque a pesar del papel que yo posteriormente pude
desempear, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario, he de
declararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario, en la
conspiracin inicial no estuve comprendido ni iniciado; hasta el punto
de que, no sospechando que yo poda ser capaz de semejante cosa, el
seor Juan Gualberto Gmez, a pesar de haber llevado su defensa ante la
Audiencia de la Habana cuando se le proces por la publicacin de un
artculo titulado Por qu somos separatistas, jams cont conmigo y
aun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos encontramos, que l se
hubiera dirigido a m si hubiese sabido que yo era susceptible de ser
inyectado con semejante virus; a lo que le contest que quizs, en
aquellos momentos, no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto,
la inyeccin.

En tales condiciones se encontraba la poblacin de Cuba cuando Mart
empez la obra revolucionaria. Es verdad que, como l deca, en el suelo
no se advertan los brotes primeros de la planta, pero l sinti lo que
pasaba en el subsuelo, y en el subsuelo estaba ya preparada la semilla;
prueba cmo ella fructifera. Aun los ms ajenos al movimiento inicial,
se sintieron (y aqu tambin puedo decir, nos sentimos) inmediatamente
arrastrados por l; de tal manera que aun antes de que la invasin de
las provincias occidentales diera grave y decisiva importancia al guante
arrojado al Gobierno de Espaa, ya habamos sentido muchos, que veamos
venir la ola arrolladora, que lo peor que poda suceder a los nacidos en
Cuba sera que ese Gobierno de Espaa aplastara militarmente a la
revolucin; y aun algunos, sin creer que aquella revolucin poda tener
un xito, mucho menos cercano; sin pensar que en el perodo
relativamente corto de tres aos se triunfara; pensaron que era
necesario un movimiento general para prestar auxilios a dicha
revolucin, procurando al menos colocar el pleito en condiciones de
transaccin que a Espaa resultara irremediable; primera victoria, que
haba de ser victoria definitiva, un poco ms tarde, de Mart ya muerto,
sobre nuestros corazones.

Era, indudablemente, un hombre extraordinario el que lleg a producir en
un pueblo, pequeo o grande, eso poco importa, fenmeno como el que
acabo de indicar. Decales a ustedes hace poco que haba en realidad en
su vida toda algo que indica que l se consideraba providencialmente
destinado a semejante misin. Esa impresin, mucho tiempo despus de
muerto l, la recib directamente por unos renglones suyos, y en la obra
de menos importancia de todas aquellas que ha publicado el seor Gonzalo
de Quesada, piadoso recolector de sus escritos; en una que se titula _La
Edad de Oro_ y que es un volumen que contiene los trabajos que insertara
Mart en cuatro o cinco nmeros, muy pocos, de una revista que public,
dedicada a los nios, y de la que l era el director y el redactor casi
nico. En uno de esos artculos, que se encuentra al principio, el que
se denomina Tres Hroes, Mart habla a los nios, en sencillo
lenguaje, de Bolvar, de Hidalgo y de San Martn; y refirindose al
primero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y en las que
entiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y en sntesis, un
poco de autorretrato:

    Bolvar era pequeo de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
    palabras se le salan de los labios. Pareca como si estuviera esperando
    siempre la hora de montar a caballo. Era su pas, su pas oprimido, que
    le pesaba en el corazn, y no le dejaba vivir en paz. La Amrica entera
    estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca ms que un pueblo
    entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y
    que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que
    consultar a nadie ms que a s mismos, y los pueblos tienen muchos
    hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mrito de
    Bolvar, que no se cans de pelear por la libertad de Venezuela, cuando
    pareca que Venezuela se cansaba. Lo haban derrotado los espaoles: lo
    haban echado del pas. l se fue a una isla, a ver a su tierra de
    cerca, a pensar en su tierra.

Cuando esto le hace poco ms de un ao, poco antes de que el seor
Viondi pronunciara aqu el discurso del ao anterior, me pareci que en
estas palabras Mart se retrataba a s mismo. No era l de aventajada
estatura, era ms bien pequeo de cuerpo (acaso fuera de la propia
estatura de Bolvar); era nervioso tambin, como a Bolvar pintara; sus
ojos, todos los que lo conocieron lo dicen, relampagueaban; las palabras
asimismo se salan de sus labios; y cuando su pueblo se haba cansado de
pelear, l no se haba cansado del propsito de iniciar una nueva lucha;
l haba decidido la guerra solo, porque solo a s mismo se consultaba;
no necesitaba consultar a su pueblo y le pareca tambin muy difcil
consultar la opinin de muchos. Y tan haba decidido la guerra l solo,
que a los jefes principales de aquella lucha, a los generales Mximo
Gmez y Antonio Maceo, los fue a buscar; y lo que no haban decidido
ellos, l hubo de decidirlo y fue l solo, l quien sac de su inaccin
a tales hombres y en la aventura los embarc. Cuando escriba tales
palabras de Bolvar, es probable que pensara en s mismo; es probable
que no quisiera establecer una franca comparacin, cosa que su propia
modestia haba de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo haya
conocido, de que nadie que, aun sin conocerlo, haya odo hablar de l
tanto como lo hemos odo nosotros todos, deje de encontrar su propio
espritu, su propio temperamento, la condensacin de su carcter y de su
historia, en esas lneas en que l trataba de pintar a los nios al que
fue el Libertador de la Amrica, Central y Meridional.

Aquel otro rasgo del que hablara hace poco ya se sealaba en los
momentos mismos en que la lucha tena comienzo. Pareca a Mart que
deba dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible y absurda
(no hay un solo rengln en el documento a que voy a referirme en que tal
propsito aparezca), hasta a los propios soldados espaoles que estaban
en Cuba; y en una especie de alocucin y manifiesto que de antemano
publicara, les deca que era su adversario y enemigo, pero que no senta
por ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos a la
desercin, no; les adverta el noble propsito de la lucha; y antes de
comenzarla, l, el ms dbil, el que solo contaba con su esfuerzo, el
que bien se daba cuenta de lo spera y difcil que iba a resultar, en el
momento en que el encono es ms natural en el espritu del hombre,
proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario y de antemano
quera asegurar para un maana ms o menos incierto, pero en el cual l
tena mucha fe, un programa de perdn, de ausencia total de rencores, de
olvido de la lucha misma.

Y en efecto, ese espritu que dominaba a toda su tentativa
revolucionaria, se vio reproducido en el momento de la victoria al final
de la guerra de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignar
una cosa que consignara tambin all en Matanzas, en la oportunidad a
que antes me refera. Colaboradores entrambos enemigos en que tal fuera
el resultado de la revolucin y de su triunfo, no solo los cubanos no
tuvimos, salvo alguna que otra manifestacin aislada, que nunca pudo
traducirse en hechos, el propsito vindicativo de las ofensas pasadas,
sino que tampoco dieron los espaoles muestras de despecho o de
inconformidad con los hechos consumados, y dndose cuenta oportuna de la
situacin la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservas
que tuvieron la discrecin de no exteriorizar jams; y as nunca,
manifestaron expresa y pblicamente, ni aun durante el tiempo intermedio
de la Intervencin primera, que, contentos con tal fracaso de la
Revolucin vencedora, ellos deseaban que no triunfaran sus ideales
definitivos. De este modo, y con la discrecin de un lado y del otro, se
ha podido lograr que la Repblica, ni antes ni despus de constituida,
se mirara por esos hombres como una condicin de cosas en la cual la
vida era para ellos imposible, y tanto los unos como los otros, los que
haban triunfado con el auxilio americano, y los que haban sido
vencidos por las fuerzas unidas de cubanos y americanos; aceptaron como
cosa definitiva el nuevo orden poltico, cooperando todos a mantenerlo,
cada cual como ha querido, como ha podido o como ha debido.

Ese amor de Mart para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar
como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues que nada
que fuera humano, en efecto, le era extrao, se manifiesta muy
principalmente hacia los pobres, hacia los humildes, hacia los dbiles.
Mart se abra muy fcilmente camino en el corazn de ellos. Cuando en
compaa del que fue primer Presidente de nuestra Repblica, ya
constituida en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Toms
Estrada Palma, en los ltimos tiempos de la revolucin, en la poca en
que en el puerto de la Habana vol el acorazado americano Maine, hice
yo un viaje a Tampa y Cayo Hueso, esto llam profundamente mi atencin.
En las casas ms pobres haba uno o ms retratos de Mart. No se
contentaban generalmente con tener uno solo. Si lo tenan pequeo
buscaban uno ms grande y conservaban el pequeo para trasladarlo a otra
habitacin. Si lo tenan de busto, queran tenerlo tambin de cuerpo
entero. Si lo tenan a l solo, queran otro en que Mart estuviese
fotografiado en compaa de algn amigo. Y en todas las casas, por
humildes que fueran, se encontraba su imagen repetida, no una sola vez.
As la vea uno por todos lados; la vea en el exterior de los edificios
como en el interior de los mismos; en la sala en donde se reciba al
husped como en las habitaciones privadas; en los talleres de
tabaquera, en nmero bastante considerable, hasta el punto de haber
podido yo contar seis retratos en un mismo taller. Y en todas partes le
hablaban a uno de Mart. Y haba gentes que se saban de memoria el
primer discurso que dijo en Cayo Hueso; y no haba reunin poltica en
que alguien no se encargara de recitarlos, como la obertura obligada de
la funcin de que se trataba; y las palabras de l, lo que haba dicho,
lo que haba indicado en las conversaciones particulares, el consuelo
que haba prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se
repetan diariamente; y no viva uno en aquel lugar y en aquella poca
sin ver su imagen por donde quiera, sin or repetir sus palabras y sus
ideas por todas partes; hasta el punto de que era difcil sustraerse a
la ilusin de que estaba vivo; ciertamente mucho ms vivo entonces que
cuando real y efectivamente viva!

Otro de sus caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un
testimonio constante) fue la elevacin de su mente, su perenne altura
mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su
carcter, cualquiera la facilidad con que se le podan acercar, altos o
bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin embargo, un hombre
alegre. No poda serlo, puesto que tena la obsesin de una triste idea,
la idea de una misin dura y difcil, no solo para l, sino tambin para
sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto, a ser
causa de que se derramara sangre. Su misin no se poda realizar si no a
costa de sangre y de lgrimas; y un hombre que tena en el corazn tan
abundante piedad para todos los hombres, condenado a realizar obra
semejante, no poda ser jovial, no poda abundar en l la alegra. Por
consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas que a
veces, a los dems, a los que vivimos reducidos a un nivel normal
humano, nos proporcionan esa frvola, pero grata impresin que hace
rer. No tena, no poda tener lo que un amigo mo suele llamar el
sentido cmico de los acontecimientos. Y as a veces, ante cosas
verdaderamente cmicas, su espritu encontraba siempre un aspecto sobre
el cual se poda discutir seriamente, abandonando la broma, como algo
incompatible con su temperamento, y contemplando tan solo el lado serio
y elevado a que la cosa misma pudiera prestarse.

Mi compaero de trabajo y mi ntimo amigo Pablo Desvernine, me ha
referido lo siguiente, que presenciara l una tarde, en el bufete del
seor Viondi, en donde se encontraba Mart. En aquella poca el Liceo de
la Habana se hallaba establecido en la Calzada de la Reina. Era antes de
la revolucin, durante un breve paso de Mart por Cuba; no solo antes de
que el movimiento revolucionario estallara, sino tambin antes de
aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparicin de Antonio
Maceo en La Habana. Y result ser que lleg al bufete del seor Viondi
un empleado suyo, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, y
declar, en medio de la mayor jovialidad, que el doctor Jos Antonio
Cortina disertara aquella noche en el susodicho Liceo acerca de un
ingls que pretenda que el hombre descenda del mono. Mart se indign
en medio de la risa general. Comenz por advertir a aquel pobre hombre
estupefacto que no volviera nunca a expresarse en ese tono de semejante
ingls. Ese hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos
Darwin, y su frente es la ladera de una montaa; y continu disertando
en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le interrumpieron
para hacerle comprender lo perdido e intil de aquella disertacin.

En ese estado de excitacin mental y con su espritu en ese plano
intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que se
halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste, la
de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa ruidosa y
la franca alegra. En efecto, si es cierto que su papel en la iniciativa
y en el desarrollo de la revolucin fue individualmente tan decisivo
como he podido indicar (y creo que de ello no cabe duda); si se estima
que todo lo que se hizo posteriormente no fue ms que consecuencia de su
energa, de su accin individual; cuantos murieron, murieron, entre
otras cosas, y principalmente porque l los lanz a la muerte, porque a
ella los mand; y aun as, cuantas viudas, cuantos hurfanos lloraron,
derramaron lgrimas por l; cuantos aqu se arruinaron, y cuantas
propiedades se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre
nuestros campos, y cuanto humo ti la pureza de nuestro cielo, fueron
ruina, y destruccin, y escombros, y humo que a l pueden referirse como
a su causa. Todo eso fue realmente obra suya. Y hubiera podido pasarse
un balance de pro y de contra, de cargo y de data, de debe y de haber,
para saber cul era su saldo, si no hubiera l comprendido la triste
tarea que se impusiera y decretado que ella reclamaba su propio
sacrificio. Y en efecto, tanto como el que ms, mucho ms que otros
revolucionarios de su ndole, no tan solo entendi que deba lanzar a su
pueblo a una lucha desesperada, sino que comenz por lanzarse con l; y
aun creo que pens que, inmolndose en holocausto voluntario, deba
morir a las puertas mismas de la revolucin.

Quin podr, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que se
derram, de las lgrimas que se vertieron, de todo lo que pudo suponer
aquella lucha postrera de la actual generacin cubana, cuando l fue la
primera vctima, prestndose a su propia inmolacin? De ese modo,
redimi todo lo que pudiera pensarse que hubo de sombro en su obra,
aceptando para l, espontneamente, la parte ms sombra. Ya antes haba
hecho un sacrificio prolongado, que no haba sido cruento, pero que
haba sido tan duro, por lo menos, como aquel que hiciera en el momento
de morir. Como dije antes, todos los halagos de la existencia fueron
cosas por l renunciadas. La estabilidad de la residencia en un punto
determinado; los lazos establecidos, cada da ms firmes, y que hubieran
sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que tan
fcilmente cautivaba el corazn de los otros; la posibilidad de una
posicin econmica relativamente holgada, que para ello tena aptitudes,
condiciones, simpata, relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal
vez no el carcter que se necesita para estas apacibles empresas, un
tanto vulgares; todo esto lo renunci, momento tras momento, un da tras
otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los placeres del
propio hogar. Errante siempre, de ac para all; en la propia Espaa, en
Cuba solo de paso, en los Estados Unidos, en las tierras todas de la
Amrica latina; lo principal de su existencia fue preparar y hacer
estallar la revolucin cubana. Todo lo dems que hizo fue perfectamente
secundario en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes
sacrificios. Por eso, con toda razn, en una conferencia que pronunciara
en 1894, sobre l, en New York, en la Sociedad Literaria
Hispanoamericana, de la cual Mart fue Presidente y fundador, terminaba
el seor Enrique Jos Varona declarando que su carrera poda
sintetizarse en la palabra gloriosa que pone un nimbo resplandeciente
en torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a los
Prometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, la
palabra Sacrificio.

En ello, seores, no hizo Mart ms que seguir aquella vieja tradicin
de sus mayores; de nuestros mayores, sera mejor decir; ya que la firme
decisin del sacrificio haba de ser la nica arma de bastante temple
para proporcionar a los cubanos la victoria, remota y casi inasequible.
Cuando se recuerdan los das preliminares del conflicto, se comprende
que todo el que pensara, ya exaltado por la pasin patritica o sin esa
exaltacin y contemplando el espectculo desde fuera, en que Cuba iba a
luchar contra Espaa, en que una revolucin no bien organizada iba a
lanzar el guante a un Estado organizado y con recursos, no podra nunca
concebir que los revolucionarios aspiraran a un xito militar decisivo y
rpido. Aquella guerra, para resultar, tena que prolongarse. Se tena
el ejemplo de los diez aos de martirio anterior, y aquellos diez aos
de combate haban producido el efecto de que la riqueza se escapara al
pueblo cubano y pasara a otras manos, de que no quedara ms que un
residuo de su anterior preponderancia econmica. Empear una nueva lucha
era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad frente a
aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas) no poda
aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino mediante una
perseverancia constante en el sacrificio.

Algunas veces, en medio del combate, la posicin respectiva de los
adversarios se exageraba por unos y por otros; y de aqu que la
revolucin tropezara con algunos inconvenientes propios de la
exageracin natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el
general Mximo Gmez penetr un da en la ciudad de Santa Clara, y
estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se surti y surti a sus
tropas de calzado y vveres, y ocup ropas y municiones, y armamentos, y
caballos, y medicinas; y al fin tuvo que marcharse, porque no poda
sostenerse a pie firme, en tal lugar, contra las tropas espaolas. Dado
lo que era la guerra de los cubanos contra Espaa, aquella era, para tal
guerra, una brillante operacin militar; pero si realmente se le
anunciaba al mundo, como se le anunci, que el Ejrcito cubano se haba
apoderado de Santa Clara, de la capital de la provincia central de la
isla y que all se haba hecho fuerte contra las tropas espaolas, la
noticia tena el inconveniente de su exagerada importancia; y cuando se
supo despus lo que haba pasado realmente, la cosa pareci pequea,
precisamente en virtud de su exageracin; y el resultado fue que los
peridicos franceses, ms tarde, cuando reciban algunas noticias por
nuestro conducto ponan delante de ellas, con letra bastardilla,
_Source Cubaine_, para dar a entender que todo aquello era sospechoso
de exageracin, si no de mentira.

Por eso, y antes de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha
estado en el tesn del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado
ese empeo del sacrificio para conseguir la realizacin de un ideal,
ninguno lo ha hecho con ms firmeza y ms altura y ms decisin que
Mart; muchos han sido inferiores, ciertamente, a l en este terreno.
Por eso creo que el seor Varona tena razn cuando afirmaba que aquella
palabra era la sntesis ms cabal de toda su existencia: en el tiempo de
su vida, hacindola penosa, mirndolo todo como secundario, salvo aquel
propsito fundamental y esencial de todos sus das, uno tras otros; y
despus, al iniciarse la lucha, lanzndose frente al enemigo, buscando
la muerte y encontrndola al fin; l no fue ms que un sacrificado
consciente y espontneo, desde el primer momento hasta el ltimo!

Nosotros somos los herederos de esa obra suya, como de otras obras que
se han unido a la de l en una tarea comn; y una herencia como esta, no
es lcito aceptarla a beneficio de inventario: sus herederos deben
aceptarla sin ninguna especie de restriccin, con las ventajas y con los
inconvenientes, con los bienes y con las cargas. Por eso yo, que he
pasado muchas veces como un pesimista, solo porque he visto acaso de un
modo ms claro, y he tenido un tanto ms de atrevimiento para decirlo en
alta voz, lo que haba entre nosotros de inconveniente y de malo, me he
dado a m mismo una, si se quiere, inmodesta satisfaccin, declarndome,
cuando otros me llamaban pesimista, un optimista fundamental. Hasta tal
punto, que un amigo que me conoce me reprochaba una vez dicindome que
la lectura de los sucesos pasados iba a producir en mi espritu una
peculiar atona, porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando
un libro de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier poca,
encontraba en sus pginas el relato de una situacin infinitamente peor.
Y es verdad, seores Representantes. Recuerdo que leyendo una vez en la
coleccin de monografas histricas publicada bajo la direccin del
profesor Oncken, de Berln, una _Historia del Islamismo en Oriente y
Occidente_, encontr un pasaje en que el autor habla de los Emiratos
independientes que surgieron de la primera invasin mogola, en el Asia
Menor y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de aos en que toda aquella
historia tuvo una trgica monotona desesperante: degellos de
poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades, exterminio de sus
habitantes sin perdn ni aun para nios ni ancianos, lucha incesante de
los pueblos entre s y contra los invasores comunes; tales son las
simtricas y feroces alternativas de aquella historia. Esta no tiene ms
sucesos que referir que esos que he indicado; y el autor del libro
declaraba que para no repetir hasta la nusea hechos exactamente iguales
y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello dur hasta el ao
tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron en todo ese
tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: Todava los turcos encuentran
armenios que degollar!; y recordaba con cunta razn, aunque el
consuelo aparezca, viniendo del diablo, Mefistfeles adoctrinaba a
Fausto dicindole: En vano un da tras otro amontono torbellinos,
huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo
extirparlo, de la superficie de la Tierra; pero no lo logro en
definitiva, porque aquella maldecida simiente de Adn, jams perece y
siempre germinal, siempre brota, en ancho ro, una sangre vigorosa y
nueva!.

Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en
toda su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por
llegar a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos
cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que maana nos esperan,
tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarn tan solo los que vengan
detrs de nuestra generacin. Qu importa? Nosotros somos en Cuba la
generacin que consigui realizar la libertad. No es esto bastante
premio para nuestro esfuerzo? Si no nos ha sido posible, si no nos ha
de ser posible llegar tambin a conseguir la felicidad, pensemos que
esta ser sin duda el premio de una generacin posterior: el nuestro lo
tenemos ya, lo hemos conseguido!

No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para
serlo en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo
nosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos.
Qu mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el
esfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente,
persuadidos de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la
generacin que nos precediera fue mucho ms desgraciada, mucho ms
sacrificada que la nuestra. Luch ms tiempo que nosotros. Los que la
componan se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron lo
indecible, habiendo nacido felices; y en medio del vigor de la humana
fortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente se desangraron
y murieron; y no tuvieron la compensacin que nosotros hemos tenido, la
de ver tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de sus
ilusiones y de sus ensueos!

Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en
una realidad, por qu pedir ms? Siempre me he dicho esto a m mismo, y
realmente no he pedido mucho ms. Creo, s, que cuanto haga el hombre
por sealar a sus compatriotas las deficiencias del presente en que
vive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira,
cumpliendo con su deber de heredero de herencia semejante con tesn y
energa, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que el mal es humano
y que de l no se podr jams desligar la humanidad. Porque hay que
tener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresa
solo muy lentamente y adelanta de una manera anloga a aquella empleada
para cumplir su voto por un conde francs que, en la Edad Media, hizo el
juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia
adelante y tres hacia atrs; de manera que andando siete pasos tan solo
adelantaba uno. No marcha ms rpidamente la humanidad. Al contrario,
aun me parece que marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y eso
es lo nico que podemos pedir al Destino. As el maana ser ciertamente
mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos de
nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas no
como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como algo transitorio
que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos que las condiciones
polticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo que en
ellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cada
cual desde su punto de vista, harmonizando cuanto quepa su inters
personal con el inters colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir
ese mejoramiento.

En suma, si pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la
aspiracin ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad
ms perfecta, que est aun por fundar, y trabajamos para fundarla, qu
nos impedir ser ms felices, como premio de tal esfuerzo en el futuro?
Y as pudiera terminar estas reflexiones con que he entretenido la
atencin vuestra, repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido,
una frase que se contiene en la epstola de San Pablo a los hebreos: No
tenemos aqu por cierto una residencia duradera, permanente; es una
residencia futura, una ciudad futura, la que debemos buscar. _Non
habemus hic manentem civitatem_ 2, _sed futuram inquirimus_!.




                  Mart, por Federico Uhrbach

                                      _El Fgaro_, noviembre 30 de 1910


                            Mart

                      _Ante su mrmol_

Para Manuel Sanguily, grande de corazn y pensamiento.

             Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima
          el dolor y el desaliento que florecen en tu sima
          cuando evoca la tristeza la visin de la contienda,
          y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueo
          con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeo       5
          y el fugaz deslumbramiento de la trgica leyenda.

             S en la niebla del recuerdo melanclica perdura
          desolada la memoria que en un vuelo de amargura
          reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo,
          no perturbe de tu llanto la corriente inagotable         10
          la salmodia del tributo que se eleva inmensurable
          de la patria, en la piadosa gracia cndida de un vuelo.

             Si inextinto el sedimento doloroso de la brega
          engaosos espejismos simulando dulce entrega
          fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones,       15
          rinde el plcido reclamo de sagrada tregua, el triste
          cavilar en la tragedia de tus lgrimas, y asiste
          con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.

             Cun radiante en la lejana perspectiva del pasado,
          como lampo que emergiera de las ondas de un nublado      20
          se destaca luminosa de la plida penumbra,
          la apostlica figura del vidente mensajero
          del amor y la justicia, con su rostro de lucero
          y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!

             De la gloria a los destellos la romntica silueta     25
          del creyente que adunaba sus lirismos de poeta
          con la viva llamarada de sus trgicos lirismos,
          resplandece como un astro que las almas ilumina
          con el fuego milagroso de su bblica doctrina,
          como un rayo de la aurora diafaniza los abismos.         30

             Soador de rara estirpe de sublimes soadores
          que persiguen la anhelada redencin de los dolores,
          heredad fosca y estril de los seres infelices,
          fue su vida inmaculada de fecundas enseanzas,
          en los tristes vencimientos alentar las esperanzas       35
          y en las bregas afanosas restaar las cicatrices.

             Prisionero que en la sombra perdi el alba de la vida,
          desterrado que en la playa de regin desconocida
          inici su apostolado domeando adversidades,
          al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces     40
          prendi el sol que disipara las profundas lobregueces
          que opusieran a su empeo las humanas tempestades.

             Las estancias cadenciosas de sus trmulos poemas
          guardan blsamos y mieles, no los fieros anatemas
          forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa,     45
          y en la gama de su verso melanclico y flexible
          hay, si hiere, un dulce ruego de perdn indefinible,
          y un espritu doliente y amoroso si apostrofa.

             Incansable peregrino de un errante y largo viaje,
          fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje       50
          en la alforja de sus sueos su dolor de clima en clima,
          su dolor que fue acicate, voz nostlgica de aliento,
          al lanzar, transfigurado, su proftico lamento
          en la brea de la pampa y en la nieve de la cima.

             Con su influjo persuasivo de amoroso misionero,       55
          anunci la buena nueva prodigando en el sendero
          de su gracia luminosa floraciones tempraneras,
          y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo
          un radiante Nazareno de exaltado iluminismo
          de un Jordn prvido y nuevo predicando en las riberas.  60

             De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones
          la piedad acariciaba los heridos corazones
          como un trmolo de liras, como un trmolo de auroras,
          y el fulgor ultraterrestre que irradi en clarividencias,
          fulgur como la estrella que orientaba las conciencias   65
          a las mrgenes lustrales de las iras redentoras.

             Paladn de una cruzada de gloriosos caballeros
          que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros,
          ofreciose en holocausto como smbolo y proclama,
          y cay como una torre que alevoso el rayo asedia,        70
          reflejando en la pupila la visin de la tragedia
          y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.




                   Mart: su vida y su obra

                      por Nstor Carbonell

_Oracin pronunciada el da 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de La
Habana_


Seoras y seores: o mis buenos amigos y buenos compaeros, Jess
Castellanos y Max Henrquez Urea, entusiastas organizadores de estas
hermosas lides del pensamiento, me hicieron el honor de invitarme para
que consumiera un turno en ellas, consult la mente, y no hall tema que
me subyugara: consult luego el corazn, y hall, Jos Mart. Con este
amado nombre por bandera y por escudo, escalo esta tribuna. Pero yo no
vengo aqu como juez a juzgar su personalidad, ni como crtico a
analizar su obra letra luego difundir por los aires el juicio que lo
rebaje o enaltezca. No es ese mi propsito: quede tarea tan difcil como
ingrata, para quien tenga ms ambicin que la ma y menos temor de su
saber y su persona. Yo vengo aqu, sin ms autoridad que la del limpio
corazn enamorado de lo sublime, a rememorar, siquiera sea brevemente,
la vida meritsima y gloriosa, la vida llena de infinitas ternuras y
cruentos martirios de ese enorme soador melanclico, caballero de todas
las justicias, que sufri por la patria al travs de los aos de su
existencia, cuanto hombre puede sufrir, y cay desplomado de su corcel
de guerra, para no levantarse jams, como un Aquiles de poema, en la
trgica hermosura del combate, peleando como simple soldado por la
libertad, en un luminoso medioda de mayo.... Yo vengo aqu a recordar
sus doctrinas, su bello y magnfico ideal: la Repblica con todos y para
el bien de todos, la Repblica de ojos abiertos y sin secretos, la
Repblica equitativa y trabajadora, ancha y generosa, altar de sus hijos
y no pedestal de ellos, la Repblica cuya primera Ley fuera el amor y el
respeto mutuo de todos los derechos del hombre, la Repblica culta, con
los libros de aprender al lado de la mesa de ganar el pan, la Repblica
con su templo orlado de hroes, la Repblica sin camarillas, sin
misterios y sin calumnias, la Repblica! y no la mayordoma espantada o
la hacienda lgubre de privilegios y monopolios irritantes; la Repblica
justa y real en donde fuera un hecho el reconocimiento y la prctica de
las libertades verdaderas. Yo vengo aqu, hoy que crece en nuestro suelo
el manzanillo enfermo del pesimismo, y en que dirase que se est
pudriendo y desmigajando por momentos el alma nacional, a evocar su
memoria sagrada, y al evocarla, a pedir a vosotros todos--y en vosotros a
todos mis conciudadanos--, menos poltica aleve, menos intriga sutil,
menos ambiciones, menos complicidades, menos emboscadas tenebrosas: y
ms piedad para los yerros y ofensas, y ms respeto para todos los
preceptos constitucionales, y ms rectitud para rechazar a los que sean
capaces de invitar al deshonor y al crimen, y ms pureza para defender
los principios patrios, y ms voluntad para no codearse con los viles, y
ms valor para sacarlos por el cuello y ponerlos adonde el sol los queme
y los destruya.... Yo vengo aqu, a rendir el tributo infeliz de mis
palabras, al literato insigne, al poeta sincero, al orador maravilloso,
al hombre tierno y sonoro, grande y bueno, que despert en mi alma, ya
con las armonas incomparables de su joyante prosa, ya con los trinos
melodiosos de sus versos, ya con el himno triunfal de su voz
pitonisaria, el amor inextinguible por la Libertad y la Belleza; al
hombre cuya cabeza ya est hueca, cuyos labios ya estn mudos, cuya mano
est ya deshecha, al apstol y al mrtir que reposa para siempre en la
almohada eterna y en el inmortal silencio.... Vengo aqu, en fin,
trmulo y reverente, como hijo agradecido y amoroso, a ofrendarle mis
pobres flores, mis flores descoloridas y sin perfume, mis pobres flores
que acaso manos traidoras arrebaten y despedacen, atendiendo al dolor
que en algunos vivos proporciona la glorificacin de aquellos muertos
cuyas virtudes no saben; o no quieren imitar.... S, porque es triste
cosa, pero es lo cierto; todo aquel que posee una cualidad
extraordinaria, lstima, sin ms que eso, al que no tiene ninguna: no
hay bien de uno que no traiga la tristeza de otro; no se rinde homenaje
a un muerto que no vaya acompaado por malignas lgrimas o malignas
sonrisas. El mundo rebosa de gentes que sufren con todo triunfo ajeno y
quisieran ir por l con una pica derribando cuanto les sobresale: y de
gentes parasitarias que se ren de todo lo que no comprenden. Pero...
desprecio para ellos los envidiosos y desdeosos de oficio, lstima de
sus humanas envolturas tan vilmente rebajadas! Aunque, quin sabe si por
ello son ms grandes los grandes de la tierra, los que han pasado sin
doblar las rodillas por el mundo. Ellos son la espuma que salpica la
barca y tambin la ola que la lleva a seguro puerto; la nube que oculta
la estrella y tambin la sombra que la hace resaltar; el pual que hiere
y que envenena y la mano que venda y que restaura; el chiste raqutico
que rebaja y la oda resonante que eleva y dignifica; la multitud que
recrimina y aplasta y el pueblo que corona y premia; los gusanos que
destruyen el cadver y las flores que crecen sobre las sepulturas. Ellos
son la consagracin: no hay gloria completa sin el beso de una hermosa y
sin la mordedura de un malvado; nadie puede llamarse francamente
triunfador si no ha sentido posarse sobre su frente tiernas miradas de
mujeres y crueles y sarcsticas miradas de hombres... Ah! quin diera a
mis palabras la pujanza de guilas bravas o potros cerriles, para
pregonar con ellas a despecho de afilados dientes y rastreros silbidos,
y no ya por la isla infeliz, sino bajo todos los techos del mundo, el
genio y la bondad del divino maestro. Pero mis palabras, dbiles
mariposas, apenas si podrn en su vuelo llegar hasta vosotros, y apenas
si podrn expresar el sobrenatural trastorno que de m se ha apoderado,
desde que s, porque lo he prometido, que es deber mo rememorar su vida
llena de sacrificios y perdones, recordar sus doctrinas baadas de fe y
amor, decir algo que sea de su literatura y poesa originales, rendir mi
homenaje de admiracin y de cario entraable al hombre sin tacha, a
pesar de fealdades e impurezas de la tierra, al hombre dulce y amable,
que es hoy, al cabo de quince largusimos aos de desaparecido, luz
serena y deleitosa en mi cerebro, ternura y bondad y alas en mi
corazn... Su vida! Y podr el pensamiento desbordado seguirla en su
carrera de gloria y de dolor? Podr la palabra humana, humo y cscara,
y vestidura tantas veces de las ms bajas pasiones, relatar tanta
grandeza como encierra su vida? Naci Jos Mart en cuna humilde, en La
Habana, el 28 de enero de 1853, en la casa marcada con el n. 102 de la
calle de Paula. Naci en plena corrupcin colonial, cuando era Cuba
mrtir, el vertedero de todo lo podrido, el refugio de todos los
estorbos, de todos los hambrientos y desocupados de Espaa, cuando era
nuestra tierra, el criadero de una milicia viciosa y enfermiza, robada a
la Agricultura y a la Industria de su pas; cuando era esta ciudad,
jardn de Amrica hoy, corral blando y holgado de Capitanes Generales
infecundos, logreros e imperiosos; cuando la bandera roja y gualda
flotaba sobre nuestra casa y a su sombra los cubanos estaban condenados
a perpetua cobarda y los espaoles autorizados para enriquecerse y
engordar sus vicios insolentes; cuando el criollo mora en la miseria y
el peninsular paseaba satisfecho en el carruaje comprado con el oro que
manaba del crimen; cuando haba ms crceles que escuelas, y el ltigo
infamante chasqueaba sobre las espaldas de los hombres de una raza tan
necesitada de justicia como la nuestra; cuando el cubano que no se
someta a servir de celestino al pisaverde madrileo que lo solicitara,
iba a purgar su osada en el presidio; cuando el talento de los nativos
dorma echado bajo la bota del dspota ceudo, y la capa torera sobre
los hombros y la cinta de hule en el sombrero, eran los nicos
pasaportes de honor y las nicas cdulas de vida, verdaderas. Entonces
naci Mart. Fue su padre don Mariano, espaol, y Sargento cumplido del
Ejrcito; y su madre, doa Leonor Prez, hija de Canarias. El sbado 12
de febrero del mismo ao en que naciera, fue bautizado en la iglesia del
Santo ngel Custodio por el presbtero don Toms Sala y Figuerola. Al
nacer Mart su padre desempeaba el cargo de Celador de Polica, o lo
que es lo mismo, tena ttulo sobrado para matar o encarcelar a los que
no creyera fieles a la _madre patria_. Pero don Mariano era un hombre
honrado aunque de escasa inteligencia y maneras rudas y despticas.
Cuando Mart tena un ao de nacido, lo llevaron a Espaa a donde fueron
sus padres a visitar unos parientes. Cerca de diez meses estuvieron por
Valencia, al cabo de los cuales regresaron a La Habana, continuando don
Mariano en el desempeo de su antiguo destino. Los padres, pues, de
Mart, espaoles, lo educaban en el amor a Espaa y en la sumisin ms
absoluta a su Gobierno. Y la aspiracin ms ardiente de ellos era el ver
algn da a su Pepe--as lo llamaban--empleado en la misma faena
policiaca que el viejo. Pero aunque el hombre no viene al mundo hecho,
sino que se hace y se moldea al calor de los acontecimientos, Mart,
rebelde desde nio a freno y reclusiones, fue como esos robles vigorosos
que levantan su copa robusta a pesar de la enredadera que los envuelva y
de los gusanos que lo roan. Verdad que Mart fue un genio, y los genios
como los volcanes traen sus entraas hechas: ellos mismos se tejen el
amor y se acrisolan la capacidad. Se nace rey como se nace esclavo, pero
quien lo nace no se da cuenta de ello hasta que no manda y es obedecido,
o hasta que no lo mandan y obedece. Mart, dijrase que trajo al nacer
la infinita comprensin del porvenir. En l se realiz el milagro: de un
huevo de paloma naci un guila; en el spero huerto creci el lirio
perfumador....

En una escuela de barrio, de la que contaba l que no poda olvidarse,
porque a su maestro le deba que sus orejas estuvieran ms separadas de
la cara que lo regular, aprendi las primeras letras. De all sali a
los nueve aos para el colegio San Anacleto, que en aquel entonces
diriga en esta capital el culto educador Rafael Sixto Casado. Y fue en
este colegio donde comenz a sobresalir, siendo el primero en las clases
y el ganador de todos los premios; donde comenz a mostrar que no era
aire lo que traa en la cabeza sino pensamiento y accin. De esa niez
suya, estudiosa, contaba Fermn Valds Domnguez y cuenta todava el
doctor Eduardo F. Pl, sus condiscpulos dichosos en las aulas felices,
rasgos asombrosos de inteligencia y de carcter. Y fue de ese colegio de
donde su padre, creyndolo ya bastante ilustrado lo sac para emplearlo
de Escribiente en la Celadura. Y acaso si se hubiera sepultado all y
se hubiera malogrado el grande hombre, si Francisco Arazoza, un buen
amigo de don Mariano, a espaldas de este, no le hubiera dado dinero para
matricularse en el Instituto de Segunda Enseanza, y lo hubiera alentado
para que siguiera en sus estudios. Estos los tuvo que abandonar, empero,
meses despus, hostigado por el autor de sus das que no estimaba
necesario para desempear su empleo, ni para aspirar al de Celador,
saber ms de lo que l ya saba. Sin embargo, el ansia de ilustrarse lo
llev ms tarde, cuando solo contaba catorce primaveras, al plantel de
educacin, San Pablo, colegio de Segunda Enseanza que fund y dirigi
en aquel tiempo, el culto y valiente poeta Rafael Mara de Mendive. En
l se gan el cario y la estimacin de su Director y estrech la
amistad con Fermn Valds Domnguez, quien le abri su casa acomodada,
le prest sus libros y le colm de sincero afecto. De los ms dulces
tiempos de su vida fueron esos: y del solaz de ellos, del gozo de ellos,
vino a sacarlo, sacudindole las ms recnditas fibras del corazn, el
grito de independencia lanzado en Yara, en la madrugada heroica del 10
de octubre de 1868, por el varn ilustre, por el caudillo insigne, por
Carlos Manuel de Cspedes. Das despus redujeron a prisin, en el
Castillo del Prncipe, a Rafael Mara de Mendive, ms tarde deportado a
Santander: y cuentan que Mart, ansioso de ver a su amado maestro, se
fue al Gobierno, y sin ms recomendacin que su persona, consigui un
pase para poderlo visitar: y all iba l diariamente, al calabozo del
cubano prisionero, a llevarle el consuelo de su agradecimiento y su
ternura. El toque de clarn de Yara, primero, haciendo vibrar su joven
alma de patriota, la prisin de su viejo amigo, los sucesos de
Villanueva, y otros desmanes y abusos cometidos por el Gobierno de
Espaa en Cuba, fueron seguramente los que fijaron en su mente la divina
idea de libertad y la necesidad de conquistarla. Fue entonces como su
despertar glorioso. Fue entonces acaso que se jur en secreto a ella y
celebr sus bodas con la patria: fue entonces que recibi esa
consagracin del dolor que sublima el alma y seala cumbres desconocidas
al pensamiento....

Cuando Mendive sali para Espaa a cumplir condena, Mart, a quien la
existencia se le qued por esa causa como sin luz y sin gua y sin
amparo, empleose, con el fin de ayudar a su padre, siempre grun y
descontento de l, en el escritorio de don Cristbal Madan, antiguo
amigo del bardo desterrado. A su vez, Mart segua sus estudios en el
Instituto de Segunda Enseanza. Y cuentan que en las horas que mediaban
de clase a clase, se reuna un grupo de estudiantes para hablar de
poltica: y que era siempre Mart, el que ms hablaba y con ms
entusiasmo, de los problemas de la patria, y que daba gusto or de sus
labios infantiles, sentencias y frases hermosas, como de adulto hecho ya
a manejar los tiempos y a crearlos: como de hombre hecho a clamar, a
desatar batallas y a desplegar victorias.... En esa misma poca, y como
Domingo Dulce, Capitn General de la Isla, decretara la libertad de
imprenta, comenz Mart a publicar en compaa de Valds Domnguez un
peridico titulado _El Diablo Cojuelo_, al mismo tiempo que diriga _La
Patria Libre_, siendo este ltimo el peridico donde public por vez
primera su poema Abdala, canto brioso y fulgurante de levantado
espritu patritico. Para l fue un da de jbilo casi celestial, un da
de esos en que el sol parece como que retoza en las almas, aquel en que
vio publicado sus versos. Mas, poco le dur este contentamiento, pues
cuando lleg a su casa mostrando su produccin, los padres, que no
estaban de acuerdo con esos juegos de la fantasa y viriles arranques de
cubanismo, lo castigaron severamente. Otros han tenido los besos de los
padres como el aplauso primero a sus demostraciones de hombra, de saber
y de talento: Mart no; Mart no tuvo en el hogar ms que spera voz,
seca ria, cruel amenaza, injusta reprensin de la mano como nica
recompensa a sus precoces anhelos de gloria y honores....

Y lleg el momento aciago en que haba de sufrir el primer castigo, en
que haba de comenzar a descender la cuesta de la vida, por amar a su
patria, ser hombre, y negarse al serrallo. Corra el ao de 1869. Era el
4 de octubre. Acusados por unos voluntarios, Eusebio Valds Domnguez,
hermano de Fermn, Manuel Selln y Atanasio Fortier, del _enorme delito_
de haberse burlado de ellos al pasar de regreso de una gran parada, por
la casa de la familia de Valds Domnguez, vinieron, ya entrada la
noche, a prenderlos. Con ese motivo efectuaron un registro en la casa ya
citada, ansiosos, seguramente, aquellos forajidos, de hallar algo que
sancionara la matanza. En el registro llevado a cabo, encontraron, entre
otras cosas, una carta cuyo sobre estaba todava sin cerrar, y que
haban escrito y firmado Mart y Fermn Valds Domnguez, para
mandrsela a un condiscpulo de ellos que haba cometido la mala accin
de apuntarse como oficial de un regimiento, siendo criollo, para ir a
combatir a sus hermanos que en esos momentos bregaban y sangraban por
conquistar para ellos y para todos, casa libre y justa. La breve carta,
escrita por Mart, estaba redactada en estos trminos: Seor Carlos de
Castro y de Castro: (as se llamaba el traidor) Compaero: Has soado
t alguna vez con la gloria de los apstatas? Sabes t cmo se
castigaba en la antigedad la apostasa? Esperamos que un discpulo de
Rafael Mara de Mendive, no dejar sin contestacin esta carta. Este
hecho determin la prisin de Mart y de Fermn Valds Domnguez, siendo
ambos juzgados en consejo de guerra. Ante el Tribunal fueron llamados
los dos. Valds Domnguez, primero, declar que l haba sido el autor
de la carta y de las dos firmas. Pero cuando Mart fue interrogado,
jadeante y como si llevara en el pecho una montaa, se acerc a los
jueces, y afirm con enrgica y vibrante voz que l si era el nico y
verdadero autor de la carta citada. Y para corroborar de manera
elocuente su aserto, formul duros ataques contra la dominacin
espaola, su tirnica poltica y sus hombres nulos e infames. Este fue
el primer discurso de Mart y la primera demostracin pblica de su
talento y su carcter irreductibles. Hay hombres que vienen al mundo
como los huracanes y las avalanchas, purificando y retumbando desde que
nacen. As Mart. Diez y seis aos contaba entonces, el bozo en flor y
el pjaro en el alma y Espaa quiso matarlo. El Fiscal pidi para l la
pena ltima y para Fermn Valds Domnguez diez aos de presidio. Pero
el fallo fue: seis aos de prisin para Mart y uno para su camarada de
infortunios e ideales. Y Mart fue a presidio. Lo que all sufri l, lo
dijo en pginas que todava gotean sangre, en su folleto El presidio
poltico en Cuba y en el que exclamaba: Dante no estuvo en presidio.
Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro las bvedas oscuras de
aquel tormento de la vida, hubiera desistido de pintar su infierno. Lo
hubiera copiado y lo hubiera pintado mejor. Si existiera el Dios
providente, y lo hubiera visto, con una mano se habra cubierto el
rostro y con la otra habra hecho rodar al abismo aquella negacin de
Dios. Y fue luego deportado a Isla de Pinos y ms tarde enviado a
Espaa en calidad de deportado. Para ella embarc el 15 de enero de
1871. Momentos antes de salir le escriba a su benefactor seor Mendive:
De aqu a dos horas embarco desterrado para Espaa. Mucho he sufrido,
pero tengo la conviccin de que he sabido sufrir. Y si he tenido fuerzas
para tanto, y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente un
hombre, solo a usted lo debo y de usted y solo de usted es cuanto de
bueno y carioso tengo. Diga usted a Micaela que si he tenido muchas
imprudencias, la bondad con que las disculpa me hace quererla ms. Y a
Paulina y a Pepe y a Alfredo, y a todos mi afecto. Muchsimos abrazos a
Mario: y de usted toda el alma de su hijo y discpulo. As escriba a
su viejo amigo, poco antes de salir para el destierro, poco antes de
abandonar su patria y su hogar y sus libros el mancebo estupendo que
haba de ser ms tarde el Libertador de su pueblo, y el que le arrancara
su ltima presa en Amrica a la hambrienta monarqua espaola.

A Espaa lleg Mart, apesadumbrado, pobre, comido de pesar el corazn.
A causa del grillete que haba llevado se le form un tumor del cual lo
operaran dos veces y las dos sin xito. Primeramente vivi en Madrid del
escaso producto de unas clases que daba a los nios de don Leandro
lvarez Torrijo y a los de la Viuda del General Ravenet. Viva, como es
de suponerse, miserablemente. Viviendo as se lo encontr, cuando fue
deportado a Espaa por los sucesos del 27 de noviembre de 1871, Fermn
Valds Domnguez, su amigo, o ms bien, su hermano. Y como Valds
Domnguez llevaba en la bolsa, oro bastante, se instalaron juntos en
amplias habitaciones, bien situadas. Y Mart comenz una nueva
existencia. Mejor de salud, se le animaron los ojos tristes, y de nuevo
emprendi sus estudios. En esa poca y no obstante estudiar sin
descanso, el tiempo no le faltaba para escribir folletos, para
pronunciar discursos desde la tribuna de la logia Armona, para hacer
versos, y para hablar con sus paisanos de las enfermedades de la patria
y de sus curas posibles y necesarias. Una noche en que para tratar sobre
el asesinato de los Estudiantes de Medicina, se reunieron los cubanos
all residentes, Mart habl: y recuerda uno que estuvo en aquella
reunin memorable, que fue su discurso relampagueante, encendido,
arrebatador; y recuerda tambin, que sucedi esa noche una cosa
sobrenatural. Colgando de la pared, sobre la tribuna, haba una mapa de
Cuba, y cuando Mart, lleno del ms tierno lirismo haca una invocacin
a su patria llorosa y rodeada de cadenas, cuando la concurrencia,
suspensa de su palabra, temblaba de emocin, el mapa cay como una
corona sobre su cabeza. Fue como si su tierra toda entera, respondiera
a su llama miento! Y cuando la proclamacin de la Repblica en
Espaa--golondrina fugaz como un suspiro--, Mart puso en manos de
Estanislao Figueras, un largo escrito abogando por la independencia de
Cuba. Y cuando los federales en sesin solemne celebrada en la Academia
de jurisprudencia, quisieron hacer declarar a los cubanos de Madrid que
se contentaban con la Repblica federal espaola, Mart, all presente,
se opuso a ello, y en un debate que lo mantuvo en pie siete horas, ech
por el suelo esos propsitos. Mart se opuso tambin a la creacin en
Madrid de un Casino Cubano. Por eso y por otros rasgos ms, fue a sus
pocos aos, y en plena Corte de Espaa, como el verbo y el alma de su
pueblo atormentado y miserable....

Debido a que Fermn Valds Domnguez enferm gravemente y los mdicos le
recomendaron que cambiara de aires, pasaron Mart y l a Zaragoza en
donde apenas llegados, se ganaron el afecto y la estimacin de los hijos
de aquel noble pedazo de Espaa. Los _insurrectos_ los llamaban en
Aragn, pero los llamaban as, sin ira y sin odio. Mart en Zaragoza lo
fue todo, el orador en las reuniones, el escritor en los peridicos, el
poeta siempre. En una velada organizada para recoger fondos con que
aliviar la miseria de las viudas y hurfanos de los bravos que
sucumbieron por defender el honor que un rey criminal quiso asesinarles,
Mart pronunci una oracin bellsima, y el seor Leopoldo Burn recit
unos versos, tambin suyos, alusivos al acto. En Zaragoza obtuvo Mart,
el grado de doctor en Derecho a ttulo de suficiencia, y el de doctor en
Filosofa y Letras, a pesar de la marcada oposicin del claustro de
aquella Universidad carlista. As, a puro esfuerzo, entre flaquezas e
impulsos, entre dentelladas y sonrisas, sin morder el mrito ajeno,
caminando siempre del lado de los pobres, y sin andar de pedigeo por
entre bastidores y escaleras, se hizo hombre, grande hombre!, el nio
bondadoso del hogar infeliz, el sufrido presidiario de las canteras de
Medina, el joven enfermizo y desterrado de la pennsula ibera, nuestro
Jos Mart....

Y con sus ttulos de Abogado y doctor en Filosofa y Letras, dej la
nacin hispana, en 1873, y se fue a visitar a Pars, Londres y otras
importantes ciudades de Europa, siguiendo luego viaje a Mxico, en donde
le esperaban, ansiosos de abrazarlos, sus padres y hermanas. En Mxico,
tierra ancha y generosa en la que los cubanos han hallado siempre
alegra y calor de propio hogar, lo recibieron con marcadas
demostraciones de aprecio. A poco de estar Mart entre los mexicanos,
era altamente conocido y admirado como periodista, profesor, dramaturgo,
orador y poeta. Durante los cuatro aos que en esa Repblica permaneci,
fue Director de _La Revista Universal_, la cual se escriba a veces
desde el fondo hasta las gacetillas; conferencista en el _Liceo Hidalgo_
y en otras Sociedades; autor dramtico en los principales teatros. Los
trabajadores de Chihuahua lo nombraron Diputado al Congreso de Obreros y
el Gobierno lo colm de atenciones a cada instante. Mart, sin el grande
amor por su patria, hubiera sido en Mxico, como en cualquier otro pas,
conductor de conciencias. Pero la estrella herldica que lo llev a
morir entre el humo y el fragor de la metralla, le segua como un
lamento y como el grito de una madre: de ah que ese hombre que pudo ser
monte coronado de flores, viviera por mucho tiempo, errante y vagabundo,
sin plantar su tienda, fija la mirada en la isla hermosa, donde no haba
justicia sin soborno, ni honor sin castigo, ni pan sin mancha.

En Mxico, trmulo de femenil pasin y llena el alma como siempre, del
ansia de morir a caballo, peleando por su pas, escribi l, aquella
composicin suya, titulada Patria y mujer; composicin que expresa
bien, la grandeza de su alma, arrullada por suspiros de amor y agitada
por gritos desesperados de deber. Lleno de ternura el corazn y poblada
la mente de trgicas visiones, escribi sin duda esa valiente poesa de
la que yo recuerdo estas estrofas:

     suspiro del amor, cual si cupiera,
     triste la patria, pensamiento alguno
     que al patrio suelo en lgrimas no fuera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        Y con qu corazn, mujer sencilla,
     esperas t que mi dolor te quiera?
     Podr encender tu beso mi mejilla,
     pero lejos de aqu, mi alma me espera.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

     Miente mi labio si se acerca al tuyo,
     mienten mis ojos si de amor te miran;
     de mujeril amor mis fuerzas huyo:
     en incorprea agitacin se inspiran.

        Amo yo ms el rbol que sombrea
     la tumba incierta del guerrero hermano,
     que ese nido de perlas que hermosea
     blonda ms dbil que tu amor liviano.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        Sus cuerdas una la robusta lira,
     y el corazn sus tomos perdidos:
     a un solo amor mi corazn aspira,
     para un solo guarda latidos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        Este cuerpo gentil rebosa vida,
     y cada rbol all cobija un muerto:
     a todo goce esta mujer convida,
     a toda soledad aquel desierto.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

        No habla de amor mi corazn que late:
     cuando en mi corazn hay un latido,
     es que me anuncia que en algn combate
     un hroe de la patria ha perecido.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

De la tierra del padre Hidalgo, el cura heroico, pas a principios de
1877, a Guatemala, detenindose antes en La Habana, a recoger unas
cartas de presentacin para distintas personalidades del Gobierno de
aquella Repblica. All, apenas sacudido el polvo del camino, fue
nombrado Catedrtico de Derecho Poltico, y Director de la _Revista
Guatemalteca_. All escribi, a peticin del Gobierno, un drama
histrico en cuatro actos y en versos, y tambin all, una angelical
alma de nia, sinti por l la ms pursima de las pasiones. Era una
distinguida seorita, hija de un General ilustre de aquel pas, que lo
am locamente. Y dicen que Mart sufra como de un crimen, al tener que
mostrarse indiferente ante aquel amor primaveral. Pero l cuando fue a
Guatemala, ya estaba comprometido en Mxico con Carmen Zayas Bazn, a
quien hizo luego su esposa y es hoy su viuda respetada: por eso no am
Mart aquella criatura tan tierna y talentosa. Mart sali a Mxico de
nuevo a contraer matrimonio, y volvi casado a Guatemala. Y dicen que la
pobre enamorada muri entonces de dolor, del dulce mal de sentir
demasiado las ingratitudes de la vida. Mart, aos despus, pensando sin
duda en esa historia romntica que estremeci su existencia, escribi
estos divinos versos de ternura y melancola:

             Quiero a la sombra de un ala,
          contar este cuento en flor:
          la nia de Guatemala,
          la que se muri de amor.

             Eran de lirio los ramos,
          y las orlas de reseda
          y de jazmn: la enterramos
          en una caja de seda...

             Ella dio al desmemoriado
          una almohadilla de olor;
          l volvi, volvi casado:
          ella se muri de amor.

             Iban cargndola en andas
          Obispos y Embajadores:
          detrs iba el pueblo en tandas,
          todo cargado de flores

             ...Ella, por volverlo a ver,
          sali a verlo al mirador:
          l volvi con su mujer;
          ella se muri de amor.

             Como de bronce candente
          al beso de despedida
          era su frente, la frente
          que ms he amado en mi vida!

             ...Se entr de tarde en el ro,
          la sac muerta el doctor;
          dicen que muri de fro:
          yo s que muri de amor.

             All, en la bveda helada,
          la pusieron en dos bancos:
          bes su mano afilada,
          bes sus zapatos blancos.

             Callado, al oscurecer,
          me llam el enterrador:
          Nunca ms he vuelto a ver
          a la que muri de amor!.

Otras pasiones inspir Mart, a otras mujeres, pero acaso ninguna tan
pura y tan hermosa como esa que inspir a la nia de Guatemala, la de
las manos de lirios y la frente pursima: luz y msica hecha carne.... Y
cuando de orden del seor Ministro de la Guerra se le quit la direccin
de la Escuela Normal de aquel pas, a su amigo y paisano Jos Mara
Izaguirre, renunci puestos y honores y vino a Cuba, ya firmada la paz
del Zanjn, en 1878. La Habana lo recibi afectuosamente. Primero se
puso a trabajar como abogado, aunque sin jurar su ttulo, en los bufetes
de don Nicols Azcrate y Miguel Viondi, dndose luego a conocer de sus
paisanos como orador, en notables discursos y conferencias pronunciadas
en el Liceo de Guanabacoa, y en un brindis que hizo en un banquete
celebrado en honor del genial periodista Adolfo Mrquez Sterling. Cuatro
fueron las veces que habl Mart en el Liceo de Guanabacoa. La primera
sobre el realismo en el Arte; la segunda sobre su amigo, el poeta
Alfredo Torroella, en que arranc lgrimas; la tercera sobre los dramas
de don Jos Echegaray, y la cuarta, sobre el insigne violinista Daz
Albertini. A esta ltima asisti el General Blanco, Capitn General de
la Isla entonces, y notables personalidades cubanas y peninsulares. Y
dice Miguel Viondi que Mart habl de tal manera, de patria y libertad,
que el General Blanco se retir de la fiesta diciendo al seor Azcrate:
quiero no recordar lo que yo he odo y que no conceb nunca se dijera
delante de m, representante del Gobierno Espaol: voy a pensar que
Mart es un loco.... Y aadi: pero un loco peligroso. A pesar del
trabajo excesivo y de su dedicacin a la literatura, Mart no dej un
da de conspirar desde que lleg a La Habana. Su casa era un centro de
conspiracin y un templo de arte: all se reunan tan pronto, hombres de
armas y accin, para hablar de guerra, como se reunan hombres de saber
y pensamiento para hablar de suspiros y risas, colores y notas. Ms
tarde, el mismo general Blanco, creyndolo--como era la verdad--complicado
en aquel conato de revolucin de 1879, le pidi que hiciera pblica
protesta de adhesin al Gobierno de Espaa, a lo que l indignado
contest: Mart no es de la raza de los vendibles. Y fue nuevamente
deportado a Espaa, de donde se fug al poco tiempo, pasando a Pars y
de all a New York, lugar en que sigui conspirando, conspiracin que
culmin con aquel desembarco en Cuba de Calixto Garca, el glorioso
General de la frente horadada. Y cuando l vio el fracaso de aquella
intentona y palp la dolorosa realidad, se fue a Caracas, la ciudad de
Bolvar, y all agrup en torno suyo numerosos admiradores y amigos. En
Caracas dio clases de oratoria a una juventud valiosa. Varias veces a la
semana y por espacio de dos horas, vibr su voz elocuente en mitad de
sus alumnos que lo escuchaban maravillados. Y consign uno de aquellos,
que en una de las sesiones oratorias, le sirvi de tema el pueblo de
Israel, y con lenguaje expresivo y sublime enarr las maravillas de
aquel pueblo excepcional: que no era posible decir cosas ms hermosas y
poticas, pero que cuando el orador se consider en la cumbre del monte
Nebo y present al pueblo israelita y a Moiss contemplando la tierra
prometida, su elocuencia fue nueva, sorprendente, y lo sublime pareca
poco ante aquel espritu transfigurado por el pudor cuasi divino de las
ideas. Fue en Venezuela que dijo, hablando de la independencia de
Amrica: El poema de 1810 est incompleto y yo quise escribir su ltima
estrofa. Luego Mart, no pudiendo amoldarse a las exigencias del
Gobierno de aquella Repblica, del cual era entonces Presidente el
general Guzmn Blanco, sali de all, despidindose en una carta
bellsima de los venezolanos que am. A esa carta pertenece este
prrafo: Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra;
vehementemente pago sus carios; sus goces, me sern recreo; sus
esperanzas plcemes; sus penas, angustias; cuando se tienen los ojos
fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero en su
camino: los ideales enrgicos y las consagraciones fervientes no se
merman en un nimo sincero por las contrariedades de la vida. De Amrica
soy hijo: a ella me debo. Y de la Amrica, a cuya revelacin,
sacudimiento y fundacin urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay
para labios dulces copa amarga ni el spid muerde en pechos varoniles;
ni de su cuna reniegan sus hijos fieles. Deme Venezuela en qu servirla:
ella tiene en m un hijo. De Venezuela pas, de nuevo, llena el alma de
tristezas y emociones viriles, a la Babel moderna de los rubios
mocetones y las nevadas inclementes: a New York, a esa ciudad de las
ansias, de las regatas, de los afanes, de las prisas, a ese horno
colosal donde se sazona el egosmo y se pierden entre espirales de humo
y ruidos de maquinarias, los besos y las lgrimas....

Triste, apesadumbrado, como un nufrago que despus de clamar en vano en
la noche vaca y negra, arriba a playa desconocida, as lleg Mart
nuevamente a New York. Pero tuvo un consuelo, una medicina que de los
ms graves males cura al hombre: las ternuras y cuida dos de su esposa
que all lo esperaba y los besos de su amado chiquitn, el hoy coronel
de nuestro Ejrcito. Sacudi sus lgrimas calladas, escondi sus penas
hondas, y comenz a trabajar en la tierra hostil y ajena. El conocer a
los hombres, tanto como los conoca, lo hizo superior a todas las
pasiones: de ah que pudo, entre gentes que miden, que desdean, que
empujan, que desprecian, que viven con el apetito desmesuradamente
abierto, pasear su amable cultura y ocenica bondad, y sacar a puerto y
con honra, su divina existencia. Veamos cmo se abri paso en el pueblo
spero y extrao. No era l de los soberbios que se impacientan porque
no le conocen el talento, aprisa, ni de los pobres de espritu que
porque los visite el dolor, languidecen y desmayan o se despedazan el
crneo; sino de los de enrgica voluntad y firme intento: de los que
vencen. Las alturas se han hecho para subirlas: en lo ms elevado de
ellas, crece, casi siempre, el laurel que da sombra a toda la vida. l
lo saba, y se senta con la fuerza inquieta y seductora de los que
poseen la capacidad de mirar desde lo alto. Mart fue en New York, y en
el perodo de diez aos, dependiente de una casa de comercio en la cual
llevaba los libros de contabilidad y contestaba la correspondencia;
redactor de _El Sun_, el gran diario americano; corresponsal de varios
peridicos de la Amrica Latina, para los cuales escriba kilomtricas
epstolas, verdaderos estudios filosficos y literarios de asuntos y
hombres de los Estados Unidos; traductor de la casa editora Appleton;
redactor de _La Amrica_, y el _Economista Americano_, Director de _La
Edad de Oro_, revista exclusivamente para nios, a los que amaba
entraablemente; profesor en La Liga, la Sociedad de los necesitados
de cario y hambrientos de sabidura; representante de tres naciones,
Uruguay, Paraguay y la Argentina, en la gran plaza norteamericana; y
alma en pie siempre, para responder a todo llamamiento cubano, bien
fuera para remediar miserias o para mitigar dolores. Jams pas una
fiesta del patriotismo, de recordacin gloriosa, sin que l tomara
parte. Ao tras ao, cada diez de octubre, aniversario glorioso de aquel
da sublime, Mart dejaba or su pintoresco, brillante y enrgico
lenguaje, flores tristes y lanzas enlutadas que l depositaba a los
pies de los hroes muertos. En el sudor y la fatiga del trabajo viva,
pero consagrado a Cuba, a desenterrar su epopeya de luz y a aadirle y
hacerla entender, a los que parecan no querer entenderla: y a la
Amrica nuestra entera, a su Amrica enferma. En 1883, invitado para
tomar parte en la grandiosa fiesta con que los representantes de las
Repblicas latinoamericanas, en New York, haban de conmemorar el
Centenario del nacimiento de Bolvar, Mart asisti a ella, y habl y
derram a raudales, en legiones de primorosas frases, los productos de
su genio. Y termin con estas palabras: Brindo por los pueblos libres
y por los pueblos tristes! Siempre pensando en Cuba! En la Sociedad
Literaria Hispano Americana, de la cual era Presidente, el alma toda,
fueron innumerables las veces que hizo Mart resonar su palabra
portentosa. All Mart habl sobre Mxico, sobre Centro Amrica, sobre
Venezuela, sobre Bolvar. Hablando de Bolvar dijo, entre otras muchas
cosas grandilocuentes: Oh no! En calma no se puede hablar de aquel que
no vivi jams en ella: de Bolvar se puede hablar con una montaa por
tribuna, o entre relmpagos y rayos, o con un manojo de pueblos libres
en el puo y la tirana descabezada a los pies!. Sobre Espadero habl,
el de El Canto del Esclavo, el que aprision en sus notas, como en
red de cristal fino, los espritus dolientes, que velan y demandan desde
el ter fulguroso y trmulo del cielo americano; sobre Heredia, nuestro
gran Heredia: y donde al hablar de ese divino poeta, tuvo un arranque de
patritico ardimiento en que exclam: Si entre los cubanos vivos no hay
tropa bastante para el honor qu hacen en la playa los caracoles que no
llaman a guerra a los indios muertos? Qu hacen las palmas que gimen
estriles en vez de mandar? Qu hacen los montes que no se juntan
faldas contra faldas, y cierran el paso a los que persiguen, a los
hroes?. Y siempre, y en todos los casos, la patria sala por sus
labios a relucir, altiva y llorosa, como una trtola gemidora que
abrigara un cndor bravo....

Pero injustos o malvados--que siempre ha de haber injustos o malvados
cerca de todo grande hombre--, lo tacharon una vez de mal cubano, en
1885, cuando l se opuso a los trabajos emprendidos por algunos jefes de
la revolucin del 68 para llevar una guerra nueva a Cuba, por creerla
incompleta y parcial, y por estimar que con ella solo se lograra
alarmar y ensangrentar intilmente el pas, en vez de asegurarle su
entusiasmo y confianza para cuando se pudiera llevar a la isla la guerra
pujante, digna y definitiva. De una carta en que haca referencia a su
oposicin a ese movimiento revolucionario y al silencio en que se
mantuvo por un espacio de tiempo, es este prrafo: Crear una rebelin
de palabras en momentos en que todo silencio sera poco para la accin,
y toda la accin es poca, ni me hubiera parecido digno de m, ni mi
pueblo sensato lo hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender
camino quin sabe a qu y hasta dnde!, en servicio activo de una
empresa, y cuando cre que el patriotismo me vedaba emprenderlo, qu
tristeza, qu tristeza moral de la que nunca podr ya reponerme! Cmo
servir yo mejor a mi tierra? me pregunte: Yo jams me pregunto otra
cosa; y me respond de esta manera: Ahogando todos tus mpetus;
sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta hora
posible del triunfo, antes de autorizar lo que creas funesto; mantente
atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes de servir mal a
tu tierra so pretexto de servirla bien. Y sin oponerme a los planes de
nadie, ni levantar yo planes por m mismo, me he quedado en el silencio,
significando con l que no se debe poner mano sobre la paz y la vida de
un pueblo sino con un espritu de generosidad, casi divino, en que los
que se sacrifican por l, garanticen de antemano, con actos y palabras,
el explcito intento de poner la tierra que se liberta en manos de sus
hijos, en vez de poner como harn los malvados, sus propias manos, en
ella, so capa de triunfadores. La independencia de un pueblo consiste en
el respeto que los deberes pblicos demuestre a cada uno de sus hijos.
En la hora de la victoria solo fructifican las semillas que se siembran
en la hora de la guerra. Un pueblo antes de ser llamado a guerra tiene
que saber tras de qu va, y adnde va, y qu le ha de venir despus. Tan
ultrajados hemos vivido los cubanos, que en m es locura el deseo, y
roca la determinacin de ver guiadas las cosas de mi tierra de manera
que se respete como a persona sagrada la persona de cada cubano, y se
reconozca que en las cosas del pas no hay ms voluntad que la que
exprese el pas, ni ha de pensarse en ms inters que en el suyo. Una
noche de conmemoracin gloriosa, en ese tiempo, al ir a ocupar Mart la
tribuna, el auditorio pidi con marcadas muestras de hostilidad, que
hablara otro antes que l, otro que era _patriota_. Y Mart tom asiento
y escuch tranquilo, de labios plidos de clera, alusiones injustas; y
cuando fue a la tribuna l, y el pblico esperaba que se desatara en
denuestos, que vaciara su ira sobre cuantos le eran contrarios, fueron
sus palabras como voces de perdn. Sus palabras llevaban el desquite:
pareca como si con un manojo de lirios azotara las frentes de los
pecadores: sus anatemas eran alfileres con alas.... Esa noche triunf y
ya ms nunca dej de ser el triunfador. En todo demostraba Mart las
extraordinarias condiciones que lo sacaron por encima de los dems
hombres... No lo dijo l? Si los hombres nutren con sus manos
prcticas lo que tienen de fieras, yo har con las mas por nutrirles lo
que tienen de palomas. Y as era, ministerio pursimo de amor y de
ternura, brazos de par en par abiertos para todos los hombres....

Fue en ese tiempo, durante esos aos, que Mart mostr con ms pujanza
la largueza de sus conocimientos y la infinita anchura de su genio.
Filsofo, poeta, economista, diplomtico, polglota, periodista, orador,
legista, estadista, de todo se mostr Mart entonces, en aquel hervidero
de pasiones e intereses. All se le vea tan pronto en la tribuna,
predicando, como se le vea en el peridico, en el informe, en la
revista literaria, en la traduccin, en el libro de versos. All public
l su _Ismaelillo_, un primoroso y pequeo volumen de composiciones
breves; en las que su alma de padre, salta y brinca y chispea, entre los
cabellos rubios y los pies ligeros de su hijo. Y tambin _Versos
sencillos_, en el que cada estrofa, responde a un estado de espritu, y
en el que como l deca: a veces ruge el mar, y revienta la ola, en la
noche negra, contra la roca del castillo ensangrentado; y a veces
susurra la abeja, merodeando entre las flores.

De _Ismaelillo_ es este primoroso juguete:

             S de brazos robustos,
          blandos, fragantes;
          y s que cuando envuelven
          el cuello frgil,
          mi cuerpo, como rosa
          besada, se abre,
          y en su propio perfume
          lnguido exhlase.

             Ricas en sangre nueva
          las sienes laten;
          mueven las rojas plumas
          internas aves;
          sobre la piel, curtida
          de humanos aires,
          mariposas inquietas
          sus alas baten;
          savia de rosa enciende
          las muertas carnes!

             Y yo doy los redondos
          brazos fragantes,
          por dos brazos menudos
          que halarme saben,
          y a mi plido cuello
          recios colgarse,
          y de msticos lirios
          collar labrarme.
             Lejos de m por siempre
          brazos fragantes!

Y este otro:

             Por las maanas
          mi pequeuelo
          me despertaba
          con un gran beso.

             Puesto a horcajadas
          sobre mi pecho,
          bridas forjaba
          con mis cabellos.

             Ebrio l de gozo,
          de gozo yo ebrio,
          me espoleaba
          mi caballero:
          qu suave espuela
          sus dos pies frescos!
             Cmo rea
          mi jinetuelo!

             Y yo besaba
          sus pies pequeos,
          dos pies que caben
          en solo un beso!

Y este, que es como un suspiro hondo:

              Qu me das Chipre?
          Yo no lo quiero:
          ni rey de bolsa
          ni posaderos
          tienen del vino
          que yo deseo;
          ni es de cristales
          de cristaleros
          la dulce copa
          en que lo bebo.

             Mas est ausente
          ni despensero,
          y de otro vino
          yo nunca bebo.

Y estas estrofas sueltas cogidas al azar de los _Versos sencillos_:

             Yo s bien que cuando el mundo
          cede, lvido, al descanso,
          sobre el silencio profundo
          murmura el arroyo manso.

             Con los pobres de la tierra
          quiero yo mi suerte echar:
          el arroyo de la sierra
          me complace ms que el mar.

             Busca el Obispo de Espaa
          pilares para su altar:
          en mi templo, en la montaa,
          el lamo es el altar!

             Si ves un monte de espumas
          es mi verso lo que ves:
          mi verso es un monte, y es
          un abanico de plumas.

             Amo la tierra florida,
          musulmana o espaola
          donde rompi su corola
          la poca flor de mi vida.

             Arpa soy, salterio soy
          donde vibra el Universo;
          vengo del sol, y al soy voy;
          soy el amor: soy el verso!

             No me pongan en lo oscuro
          a morir como un traidor:
          yo soy bueno, y como bueno
          morir de cara al sol!

             Hay montes, y hay que subir
          los montes altos: despus
          veremos alma, quin es
          quin te me ha puesto a morir!

             Cultivo una rosa blanca,
          en julio como en enero
          para el amigo sincero
          que me da su mano franca.

             Y para el cruel que me arranca
          el corazn con que vivo,
          cardo ni oruga cultivo:
          cultivo la rosa blanca.

             Yo quiero cuando me muera,
          sin patria, pero sin amo,
          tener en mi tumba un ramo
          de flores y una bandera.

Y cuando el destino le ofreca el goce de una existencia bella,
sosegada, cmoda; cuando su talento reconocido y su grandeza de
espritu, le daban asiento firme entre los que ya podan echarse a
descansar, form con su vida una flor, y la puso a los pies de la
patria. Era el ao 1891, y era el mes de octubre. Anunciado que en una
velada, patrocinada por el club Los Independientes de New York, que
haba de celebrarse en recordacin de los hroes del 10 de octubre de
1868, tomara parte principal Mart, quien desempeaba el cargo de
Cnsul General de la Argentina, Uruguay y Paraguay en dicha ciudad, el
Ministro de Espaa protest ante los respectivos Gobiernos, y l, con un
desprendimiento asombroso, renunci a sus cargos diciendo: Antes que
todo cubano!. Hay hombres que suben, como suben las zarzas y las
piedras que tienen en su cspide las montaas: otros son montaas y las
coronan flores y las visitan vboras. Mart fue de esos. Hombre montaa
desde la cual se puede ver pasar hoy y se ver mejor, a medida que los
aos vayan limndola, toda el alma compleja y revuelta de esa poca de
creacin y amargura. El hecho de renunciar a todo bienestar por Cuba,
hizo resonar su nombre como un trueno, en donde quiera que haba
cubanos. Mart, si perdi con ese acto, el gusto y el regalo de su vida,
gan en prestigio entre sus compatriotas, para los cuales fue desde
entonces, antorcha encendida de patriotismo, brazo infatigable, el
_pensamiento a caballo_ como lo llam un ilustre hombre americano, el
altar ms hermoso y ms puro de las libertades cubanas.

Mart supo conquistar gloria: y cuando la conquist, no la puso a precio
en mercadera, ni se puso a vivir de ella en ocio cobarde, sino que se
consagr a sembrar con sus manos, la buena semilla republicana entre sus
compatriotas emigrados.... As, cuando das despus de este hermoso
hecho, fue invitado por el Presidente del Club Ignacio Agramonte de
Tampa--la ciudad levantada a puro esfuerzo por los cubanos
proscriptos--para que tomara participacin en una fiesta
poltico-literaria que dicho Club haba de celebrar, l respondi
aceptando; y vencidas algunas dificultades, el 25 de noviembre de 1891,
a la una de la madrugada, bajo una lluvia tenaz, arrib jubiloso a la
estacin, henchida de cabezas, de aquel pueblo de hombres libres que lo
amaba ya sin conocerlo y que fue, por el sino misterioso de las cosas,
cuna de la gloriosa revolucin del 95 que sac a la vida libre nuestra
nacionalidad. A la siguiente noche, da 26, Mart dej or su palabra
sedosa y centelleante en aquel Liceo histrico, que yo aoro ahora
entristecido, y me veo nio, llena el alma de ilusiones, escuchando
exaltado al pie de la tribuna, los tiernsimos acentos de su voz
incomparable. Lo que all dijo Mart no hay frases que lo abarquen. Por
Cuba y para Cuba titul l su discurso, y por ella y para ella fue
cuanto su palabra, a veces impetuosa, a veces desgarradora, expres. Su
discurso fue todo amor, todo esperanza, todo verdad. Seal todos los
males que podran la tierra de sus amores, los escollos con que se haba
de tropezar y la manera de vencerlos. Habl de los egostas y los
miedosos y los crticos que siempre le salen al encuentro a toda obra
cuando esta se halla en los sudores de la creacin, y dijo: Pero qu
le hemos de hacer? Sin los gusanos que fabrican la tierra no podran
hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al
codo como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo,
aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraa fea y sangrienta; es
fango en las artesas, el oro puro en que el artista talla luego sus
joyas maravillosas; de lo ftido de la vida, saca almbar la fruta y
colores la flor: nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno
maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; y las fuerzas
magnficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y
confunden, no parecen de lejos, a los ojos humanos sino manchas!.
Hablando de los peligros que podan hacer desfallecer y cejar al cubano
en su afn de libertad, deca entre otras cosas: O nos ha de echar
atrs el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente
impura que est a paga del Gobierno espaol, el miedo a andar descalzo,
que es un modo de andar ya, muy comn en Cuba, porque entre los ladrones
y los que los ayudan, ya no tiene en Cuba zapatos ms que los cmplices
y los ladrones?. Los pechos todos vibraron de entusiasmo y de cario al
escucharlo, y el alma de todos, como una marejada, lo envolvi y llen
de una titnica alegra. l vio sin duda en aquella noche radiosa, en
aquella noche memorable, al terminar su oracin, a su pobre patria
llorosa, entre convites y villanas, de barragana y flor marchita por el
mundo, y vio tambin, alucinado por el estruendo de los aplausos y los
vtores, a caballo el ejrcito de la Libertad, echndose sobre los
palacios podridos donde se cobijaban las almas de coleta y sotana,
smbolos de la secular dominacin de Espaa....

A la siguiente noche, 27 de noviembre, habl sobre el asesinato de los
estudiantes del 71, y su discurso fue una joya, una flor que no se
secar nunca sobre la tumba de los ocho adolescentes. Y el 28 del mismo
mes, sali de nuevo para New York, en donde a los pocos das recibi un
ejemplar del peridico _El Yara_, de Cayo Hueso, que diriga el
irreductible cubano Jos Dolores Poyo, y en el que se expresaba
vivamente el deseo de que les hiciera una visita. Con este motivo, Mart
le escribi el 25 de diciembre del mismo ao, una carta a Poyo, en la
que le daba las gracias por haberle adivinado sus deseos de visitar a
los cubanos del pen rebelde. En esa carta le deca entre otras cosas:
Pero cmo ir al Cayo de mi propia voluntad como pedigeo de fama que
va a buscarse amigos, o como solicitante, cuando quien ha de ir en m,
es un hombre de sencillez y de ternura, que tiembla de pensar que sus
hermanos pudieran caer en la poltica engaosa y autoritaria de las
malas Repblicas? Es tan dulce obedecer el mandato de los compatriotas,
como es indecoroso solicitarlo. Es mi sueo que cada cubano sea hombre
poltico enteramente libre, como entiendo que el cubano del Cayo es, y
obre en todos sus actos, por su simpata juiciosa y su eleccin
independiente, sin que le venga de fuera de s, el influjo daino de
algn inters disimulado. Pues aunque se muera uno del deseo de entrar
en la casa querida, qu derecho tiene a presentarse de husped intimo,
a donde no lo llaman? Mejor pasar por seco--aunque se est saliendo de
cario tierno el corazn--, que pasar por lisonjeador, o buscador, o
entrometido, que faltar con una visita meramente personal al respeto que
debo a la independencia y libre creacin de los cubanos. Pero mndenme,
y ya vern cun viejo era mi deseo de apretar esas manos fundadoras. En
Cayo Hueso hubo indecisin sobre si deba o no llamrsele. Pero por fin,
y por acuerdo del Club Patria y Libertad, se le llam. Mart sali
enseguida para Cayo Hueso, siendo acompaado en su viaje, desde Tampa,
por representantes de los Clubs Ignacio Agramonte, y La Liga
Patritica. El 25 de diciembre lleg, mal de salud, al Cayo. No
obstante, habl varias ocasiones, arrebatando al auditorio, hasta que
ya, verdaderamente enfermo, le prohibieron los mdicos que saliera de su
habitacin. En cama estuvo doce das, al cabo de los cuales, un tanto
restablecido, se levant y visit, uno por uno, todos los talleres,
predicando la fe patritica. Ms tarde, en una reunin a que cit y a la
que asistieron varios jefes de la guerra del 68, se expuso la idea de
organizar bajo una sola, bandera a los cubanos emigrados. Mart recogi
esa idea y redact entonces, ese monumento de amor y de concordia que se
llama: Bases del Partido Revolucionario Cubano. De regreso de Cayo
Hueso pas por Tampa, siendo aprobadas en esta ciudad las referidas
bases, siguiendo a New York, en donde lo esperaba un gran pesar: la
carta denostadora que el General Enrique Collazo, por error o ceguedad
del momento, le escribiera desde La Habana, y que firmaron con l, otras
distinguidas personalidades de la revolucin. A esa carta contest Mart
con otra que es como un blando arroyo de aguas puras que llevara en su
corriente la hoja de una espada. Refirindose a los ataques personales
que se le hicieron escribi: Y ahora seor Collazo, qu le dir de mi
persona? Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare ms que
ella. Y si mi vida me acusa, nada podr decir que la abone. Defindame
mi vida. Queme usted la lengua seor Collazo, a quien le haya dicho que
serv yo a la madre patria. Queme usted la lengua a quien le haya dicho
que serv de algn modo, o ped puesto alguno, al partido liberal. Creo
seor Collazo, que ha dado a mi tierra, desde que conoc la dulzura de
su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas
veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para
morir en su defensa. Este incidente qued satisfactoriamente arreglado
para ambos servidores de la patria, polvo hoy uno y luz en el recuerdo,
y reliquia viva el otro, escapada al peligro del naufragio y de la
muerte....

A la sazn, por todas las emigraciones iban siendo conocidas y aceptadas
las Bases del Partido Revolucionario Cubano: y el diario de abril de
1892--aniversario de aquel otro 10 de abril de Guimaro--, qued
proclamado este y nombrado Mart, por el cmputo de votos de todos los
emigrados, Delegado, cargo que llevaba en s la suprema direccin de los
trabajos de esa gigantesca corporacin, que fue casa, tribuna y
trinchera de las libertades cubanas en el exterior....

Desde el momento en que asumi Mart ese cargo, comenz la labor ms
extraordinaria que pueda imaginarse la mente humana. De New York, pas a
Costa Rica, a entrevistarse con los generales Antonio y Jos Maceo, y
Flor Crombet, de los cuales tuvo la aprobacin ms calurosa por los
trabajos emprendidos. En Costa Rica habl y fund Clubs, pasando luego
por segunda vez a Mxico en donde despert el entusiasmo patritico de
los cubanos. El 15 de septiembre de 1892, le dirigi una carta al
general Mximo Gmez, invitndolo a que aceptara la investidura de
encargado supremo del ramo de la guerra, a que ayudara a organizar
dentro y fuera de la isla, el Ejrcito Libertador que haba de poner a
Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condiciones de realizar con mtodos
ejecutivos y espritu republicano su deseo manifiesto y legtimo de
independencia. En dicha carta invitaba al generalsimo, a ese nuevo
sacrificio, en momentos en que no tena ms remuneracin que
ofrecerle--segn sus palabras--que el placer del sacrificio y la
ingratitud probable de los hombres; invitacin a la que el general
Gmez contest aceptando, en noble y generosa carta, y a la que Mart
correspondi, yendo a visitarlo en Santo Domingo, la Repblica hermana
por la gloria y el martirio. De Santo Domingo emprendi Mart una
excursin por todos los pueblos de la Unin Americana y algunos de
Amrica Latina, volviendo a New York. All su vida era un vrtigo. Se
escriba _Patria_, el peridico que fund, junto con el Partido
Revolucionario, contestaba una numerosa correspondencia, fundaba clubs,
escriba artculos de propaganda, en ingls, para peridicos de
Filadelfia y New York, y pronunciaba discursos. Relmpagos pareca tener
aquel hombre por msculos, tal era la prisa en que viva. Increble
parece que aquel cuerpo flaco y endeble, encerrara dentro de s espritu
tan gigantesco y tan fuerte, hecho a golpes de zarpas y a caricias de
ala, capaz de abrir surcos y levantar cimientos y capaz, de poemizar el
dolor e idealizar el martirio; apto para abrigar una tempestad y para
echarse todo entero en el cliz de un jazmn....

En 1893, la intentona de Purnio y su fracaso le quebrantaron la salud.
Pero no por eso se ech como dbil mujerzuela a llorar tristezas, sino
que despus de publicar un manifiesto de levantado espritu patritico,
continu, con ms bros si cabe, la tarea enorme de hacer patria, tarea
que fue sobre sus hombros una cruz, semejante a la que llevara, a travs
de su calle de Amargura, el Cristo dulce y bueno de los cristianos.
Igualmente que los sucesos de Purnio, muestra evidente de la inquietud
que ya reinaba en la isla mrtir, los pronunciamientos de Lajas y
Ranchuelo, en 1894, lo magullaron hondamente. Pero, incansable, a cada
golpe se levantaba ms potente. A fines de ese mismo ao fue que,
tenindolo ya todo dispuesto para la lucha, escribi a Eduardo H. Gato,
el cubano rico del Cayo, una carta, que es un poema de dolor, pidindole
$5000 y otra a Jos Mara Izaguirre, cubano rico de New Orleans,
pidindole cantidad parecida. De la carta a Gato son estas frases: Todo
minuto me es preciso para ajustar la obra de afuera con la del pas. Y
me habr de echar por esas calles, despedazado y con nuseas de muerte,
vendiendo con mis splicas desesperadas nuestra hora de secreto, cuando
usted con este gran favor, puede darme el medio de bastar a todo con
holgura, y de cubrir con mi serenidad los movimientos?. Si le escribo
ms me parece que le ofendo. Usted es hombre capaz de grandeza: esta es
su ocasin. Le prestara a un negociante $5000 y no a su Cuba? Deme una
razn ms de tener orgullo de ser cubano. Y de la carta a Izaguirre
este es el final: Me lastimar usted mi fe? Y en vano habr salido su
fiador? Porque lo garantic desde el principio como si hubiramos
hablado de esto y tuviera autoridad de usted para su oferta. No me la
da su vida y nuestra amistad? Le saluda la casa y quiero que me quiera
por haber tenido esta certeza de usted, no en la hora de la gloria, sino
en la del sacrificio. Yo voy a morir, si es que en m queda ya mucho de
vivo. Me matarn de bala, o de maldades. Pero me queda el placer de que
hombres como usted me hayan amado. No s decirle adis. Srvame como si
nunca ms debiera volverme a ver. Y esos cubanos respondieron
mandndole lo que l les peda. Y cmo no! Se poda negar, se poda
decir que no, a quien peda de ese modo, resplandeciente de limpieza y
de angustia? Dispuesto todo para emprender la empresa definitiva,
recorri por ltima vez las emigraciones, y cuando se detuvo en un
puerto de la Florida, en enero de 1895, ya todo lo tena preparado para
caer sobre su tierra a bandera desplegada. Tres barcos, Amads,
Lagonda y Baracoa, cargados de armas y pertrechos ya estaban para
salir de Fernandina, cuando las Autoridades de aquella ciudad, los
detuvieron. La traicin de un miserable, que estar mientras viva, libre
de todo, menos del remordimiento, vendi su poderoso plan. Entonces s
que sufri Mart lo indecible. Imagnenselo triste, rabioso,
colrico--colrico l, Dios mo!--viendo acaso en el espanto y horror de
sus ojos desmesuradamente abiertos, descender sobre su patria como un
sudario de muerte, y sobre su corazn como una mano de hierro....

Perseguido por los Agentes espaoles sali de Fernandina y lleg a New
York. All le volvi la vida: poda salvar parte de las armas
apresadas! Y el 29 de enero escribi la orden de levantamiento para los
jefes de la revolucin en Cuba, y el 31 sali en compaa de los
generales Mara Rodrguez y Collazo para Santo Domingo, con el fin de
unirse all con Mximo Gmez. Se detuvo en Cabo Haitiano, en donde pas
varias semanas de verdadera zozobra, rodeado de malvados e impotentes.
All fue a moverle con furia, el espritu, la noticia del levantamiento
del 24 de febrero, la noticia de que ya en su tierra se peleaba,
cumpliendo rdenes suyas, por el decoro y la libertad. Esto lo anim y
desesper ms. Despus de ese momento ni el sueo ni el descanso le
hicieron falta: viva en una constante actividad. As vio pasar todo el
mes de marzo y llegar abril, y sin poder embarcarse para las playas
amadas, donde ya se mora como l sabra morir. El 25 de marzo, ya en
vsperas de viaje, en el _prtico_ del _gran deber_, le escribi a su
amigo, el dominicano y poeta y escritor, Federico Henrquez Carvajal,
una carta que alguien ha llamado su testamento poltico, y de la cual
vienen a mi mente estos conceptos que deba grabar todo cubano en lo ms
puro y bueno de sus entraas: Yo evoqu la guerra: mi responsabilidad
comienza con ella, en vez de acabar. Para m la patria no ser nunca
triunfo, sino agona y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar
respeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable e
inexpugnable la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo nico
quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavndome el alma, irme lejos
de los que mueren como yo sabra morir, tambin tendr ese valor. Quien
piensa en s no ama a la patria; y est el mal de los pueblos, por ms
que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el
inters de sus representantes ponen en el curso natural de los sucesos.
De m espere la deposicin absoluta y continua. Yo alzar el mundo. Pero
mi nico deseo sera pegarme all, al ltimo tronco, al ltimo peleador:
morir callado. Para m ya es hora. Pero aun puedo servir a este nico
corazn de nuestras Repblicas. Las Antillas libres salvarn la
independencia de nuestra Amrica y el honor ya dudoso y lastimado de la
Amrica inglesa, y acaso acelerarn y fijarn el equilibrio del mundo.
Vea lo que hacemos, usted con sus canas juveniles y yo a rastras con mi
corazn roto. Yo obedezco, y aun dir que acato como superior
disposicin y como Ley americana, la necesidad feliz de partir, al
amparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos por
sobre la mar, a sangre y a cario, lo que por el fondo de la mar hace la
cordillera de fuego andino. En esta carta dej Mart mucho de su alma
llena del himno glorioso de la naturaleza y de la ntima majestad de lo
divino. Pero donde puso todo el corazn rebosante de ternura y amor, fue
en la carta ltima, que le escribi a su anciana madre, entonces aqu,
al lado de los que se sentaban a la mesa del jerez y de la manzanilla a
comer el plato del robo y de la villana. Od esa carta: Madre ma: Hoy
25 de marzo, en vsperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo
sin cesar pienso en usted. Usted se duele en la clera de su amor del
sacrificio de mi vida: y por qu nac de usted con una vida que ama el
sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre est all donde es
ms til. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agona,
el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compaeros. Ojal
pueda algn da verlos a todos a mi alrededor, contentos de m. Y
entonces s que cuidar yo de usted con mimo y con orgullo. Ahora
bendgame, y crea que jams saldr de mi corazn obra sin piedad y sin
limpieza. La bendicin. Yo no s que se pueda decir ms y de manera
ms genial en tan pocas palabras! Si Mart no hubiera escrito ms que
esta carta, por ella solo tendra asiento perdurable entre los hombres
que saben lo que es un adis, lo que es desafiar la muerte, y lo que
una madre significa!...

Y lleg por fin el momento feliz, trmino de todas sus angustias,
satisfaccin de todos sus anhelos. Despus de publicar el grandioso
manifiesto de Montecristi de despachar el barco expedicionario para
Maceo, de vencer cuantas dificultades le salieron al camino, se embarc,
en unin de cinco compaeros, Mximo Gmez, Paquito Borrero, ngel
Guerra, Csar Salas y Marcos del Rosario, en un vapor alemn que haba
llegado de paso a Cabo Haitiano, y que segn la promesa de su Capitn a
Mart, los conducira cerca de las costas de Cuba y les cedera un bote
para llegar a tierra. Od el relato, hecho a tajos, de esa odisea
milagrosa. Era el 10 de abril, da glorioso dos veces en los anales de
la historia cubana, cuando se echaron al mar esos hombres magnficos; y
el 11, a pocas millas de la costa, detiene el vapor que los conduca su
marcha, bajan la escala, echan al agua uno de sus botes y en l se
instalan los seis expedicionarios con gran carga de parque y un saco
con queso y galletas. Y a las seis horas de remar, bajo un cielo negro
y tenebroso, arrullado por olas alborotadas, caen sigilosos sobre la
costa de Cuba, llenos de una dicha superior al peligro que haban
corrido y que haban de correr. Ya en tierra, cargados como bestias,
subieron los espinares y pasaron las cinegas y cruzaron ros crecidos y
subieron cumbres, hasta que dieron con la guerrilla baracoana de Flix
Ruenes hombre de consejo y moderacin como lo llam Mart, y a quien
la gloria le crece ya sobre la sepultura. Oigamos las impresiones
primeras de Mart, en los campos de Cuba libre: Hasta hoy no me he
sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi
patria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo.
Este reposo y bienestar explican la constancia y el jbilo con que los
hombres se ofrecen al sacrificio. Es muy grande mi felicidad: sin
ilusin alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en m propio, ni
alegra egosta y pueril, puedo decir que llegu al fin, a mi plena
naturaleza; y que el honor que en mis paisanos vea, en la naturaleza que
nuestro valor nos da derecho, me embriaga la dicha con dulce embriaguez.
Solo la luz es comparable a mi felicidad. Cerca, de la costa
permanecieron Mart y sus compaeros hasta el da 16 que salieron con
direccin a la jurisdiccin de Guantnamo. Los espaoles, sabedores de
la llegada de los expedicionarios y de que rondaban por esos lugares, le
salieron al encuentro en nmero de cuatrocientos hombres. Y el da 27,
por suerte, estando ya Mart y los suyos con las fuerzas de Garzn y
Mariano Snchez y Jos Maceo que asumi el mando de todas, fueron
atacados por el enemigo. De este encuentro contaba Mart: Me siento
puro y leve, y siento en m algo como la paz de un nio. Por qu me
vuelvo a acordar ahora de la larga marcha, para m la primera marcha de
batalla que sigui al combate victorioso con que nos recibi el valiente
y sencillo Jos Maceo? Porque fue muy bella y quisiera que ustedes la
hubieran visto conmigo. O tena el cielo balcones y los seres que me
son queridos estaban asomados a uno de ellos? A la maana venamos, aun
los pocos de la expedicin de Baracoa, los seis y los que se nos fueron
uniendo, revueltos por el monte de espinas y con la mano al arma,
esperando por cada vereda al enemigo. Retumba de repente el tiroteo como
a pocos pasos de nosotros, y el fuego es de dos horas. Los nuestros han
vencido. Cien cubanos bisoos han apagado treinta hombres de la columna
entera de Guantnamo: trescientos tenamos, pero solo pelearon cien;
ellos se van pueblo adentro, deshechos, ensangrentados, con los muertos
en brazos, regando las armas. En el camino mismo del combate nos
esperaban cubanos triunfadores: se echan de los caballos abajo; nos
abrazan y nos vitorean; nos suben a caballo y nos calzan las espuelas;
cmo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino? ni
la sangre a medio secar de una cabeza que ya est enterrada, en la
cartera que le puso de almohada un jinete nuestro?. Ya duerme el
campamento: al pie de un rbol grande ir luego a dormir, junto al
machete y el revlver, y de almohada mi capa de hule: ahora, abro el
jolongo y saco de l la medicina para los heridos. Qu cariosas las
estrellas... a las tres de la madrugada! A las cinco abiertos los
ojos.... A cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete y el corte
de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera,
porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje ms
remedios que ropa, y no para m que no estuve ms sano nunca. Y ello es
que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputacin, sin ms que
saber como est hecho el cuerpo humano, y haber trado conmigo el
milagro del iodo. Y el del cario, que es otro milagro; en el que ando
con tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecer
vergonzosa adulacin, aunque es rara la claridad del alma, y como finura
en el sentir que embellece, por entre palabras pcaras, y disputas y
fritos y guisos, esta vida de campamento. Hasta aqu de sus cartas.
Triunfal fue la marcha de Mart por los campos de Cuba libre: por donde
quiera que pasaba iba dejando--como dicen que proclamaba Jos Maceo--,
_vergenza y alegra_. Ms de diez veces les habl Mart a fuerzas
cubanas en guerra y siempre les dej la mente en alto y el alma
contenta. Todava viven algunos de los que oyeron a caballo y con la
mano a la cintura su elocuencia arrebatadora: todava viven algunos de
los que le vieron sin cansancio y sin fatiga andando con el rifle al
hombro por las montaas agrias, por los pedregales speros, por los ros
credos, por las cinegas espantables.

Y llega el 19 de mayo, el da aciago, el da tremendo. El sol luca en
el zenit. Mart y Mas estaban acampados en Vuelta Grande cuando lleg
el General Gmez y fue como un jubileo el campamento. Mas y Mart y
Mximo Gmez le hablaron a las fuerzas y fueron vitoreados y aclamados.
A poco avisan las avanzadas que estaban cerca de Dos Ros la proximidad
del enemigo. De Vuelta Grande a Dos Ros haba poco ms de una legua.
Los soldados cubanos, entusiasmados por las arengas que acababan de or,
a vuelo de caballo se ponen frente a los contrarios. En breves momentos
el combate se generaliza; la atmsfera se prea de humo y olor a
plvora; el aire es pico. Entonces es que Mart, desmadejado el
cabello, los ojos flgidos y relampagueantes, el pecho henchido de
orgullo, enardecido, arrebatado, impaciente por el sacrificio e inquieto
por la emulacin, invita a la carga a su ayudante ngel la Guardia--aquel
fiero aguilucho cado en Victoria de las Tunas--, aviva con las espuelas
su noble bruto, y gozoso como un nio que ha crecido un palmo, y como si
hubiera alcanzado a ver, reducido a la pequeez de un montn de carne
humana, todo el Gobierno de rencores, de insultos, de envidias, de
mezquindades, de ambiciones, de la oligarqua esquilmadora que le vejaba
su tierra, se echa sobre los rifles enemigos y cae acribillado a
balazos, con la limpieza y majestad de un Dios, del brazo de la muerte
que es inmortal, y coronado por la fulgente claridad del martirio y de
la gloria.... As termin, as se obscureci para siempre, la lmpara
pura y serena de aquel gran cerebro, dictador de genio; as dej de
latir aquel gran corazn, profesor de virtudes; as, entre chocar de
aceros y estampidos de fusilera, pas el gran Apstol a ser husped
eterno de la suprema luz. All, en los campos de Dos Ros, campos ya
para siempre memorables, se apag aquel astro inmenso que pareca
inmortal; all cay peleando por la independencia de su patria,
arremetiendo contra los defensores de la tirana, la cabeza imperial
descubierta y nutrida de leyendas y de asombros, con el alma en el aire,
el batallador infatigable que fue para los cubanos, con sus racimos de
palabras y sus manantiales de ternuras, como otra isla sonora y
espiritual.... All, a aquellos campos, en silencio, que recogieron su
ltima mirada y su ltimo suspiro y que supieron tambin del primer
grito de desolacin y de angustia que arranc a los suyos su cada; all
debieran ir en legiones los cubanos vivos, a purificarse y a lavarse de
sus culpas y pecados. All, a aquellos campos donde entreg su vida el
hroe ms puro y grande del poema de hierro de nuestras guerras de
independencia, debieran ir los que ahora, olvidados de todo lo que no
sea su personal inters, ponen la patria de cabalgadura y de ltigo la
gloria que conquistaron en su defensa; los _prcticos_ eternos que no
piensan ni por un momento en la gloria de morir peleando por la libertad
y s en lo cmodo de vivir, aunque sea de rodillas, a los pies de los
amos del momento; los que no saben que hay algo ms triste que ser
esclavo, y es mostrar que no se es digno de ser libre... Y se perder
entre los cubanos el recuerdo de existencia tan pura, tan meritsima y
ejemplar? Ser tanta nuestra pequeez, que ocupados en buscar la
comodidad y el gusto y el regalo personal, no miremos que se nos puede
caer la casa de todos, la obra santa que l coron a costa de su sangre?
Ser todo chiste, ira, medro? Inspirmonos en l, y depongamos nuestros
agravios y nuestras inquinas: ammonos los unos a los otros, y clavemos
en lo ms firme y alto de nuestra tierra la bandera de nuestra
nacionalidad. Y vigilemos para que de su tringulo rojo no se salga
jams la estrella solitaria, ni para hundirse en la nada, ni para dar su
brillo, entonces ms sola que nunca, entre el montn de estrellas del
pabelln americano....

Hasta aqu de su vida; de su obra hablar en otra ocasin.

Y ahora, Maestro y Padre, escucha: el nio aquel que en la emigracin te
sigui febril, enamorado de tu bondad y tu talento, el nio aquel que
por serlo, no te acompa en la hora de tu muerte, se ha hecho hombre y
te es fiel, y de las semillas de amor que t le dejaste caer en el
pecho, esto es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza,
como un faro lo gua, como un ala lo levanta. Y si es verdad que la vida
humana no es toda la vida, si es verdad que despus de ella hay otra
existencia superior, ordena, que l no quiere para s mayor gloria que
la de obedecer a tu mandato. l no se cansa de predicar tus doctrinas ni
de continuar, a la medida de sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y de
reparacin universal. Tus libros, que ahora mismo Gonzalo de Quesada, tu
buen Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y todas
las noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en ti, y
murmura agitado como por un temblor de hroe: Maestro gloria a ti!
Padre, bendito seas....

       *       *       *       *       *




                           Amistad funesta

                               Novela




                              Captulo I


Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manos
demasiado acadmicas, cubra aquel domingo por la maana con su sombra a
los familiares de la casa de Luca Jerez. Las grandes flores blancas de
la magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas y
puntiagudas, no parecan, bajo aquel cielo claro y en el patio de
aquella casa amable, las flores del rbol, sino las del da, esas
flores inmensas e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! El
alma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco se
oscurece, la desdicha empieza. La prctica y conciencia de todas las
virtudes, la posesin de las mejores cualidades, la arrogancia de los
ms nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un solo
extravo.

Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luz
azul, y por entre los corredores de columnas de mrmol, la magnolia
elegante, entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en sus
mecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas,
en sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosas
Jacqueminot al lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya prxima
a morir, prendida sobre el corazn enfermo, en su vestido de muselina
blanca, una flor azul sujeta con unas hebras de trigo; y Luca, robusta
y profunda, que no llevaba flores en su vestido de seda carmes, porque
no se conoca aun en los jardines la flor que a ella le gustaba: la
flor negra!.

Las amigas cambiaban vivazmente sus impresiones de domingo. Venan de
misa; de sonrer en el atrio de la catedral a sus parientes y conocidos;
de pasear por las calles limpias, esmaltadas de sol, como flores
desatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus amigas,
desde las ventanas de sus casas grandes y antiguas, las haban saludado
al pasar. No haba mancebo elegante en la ciudad que no estuviese aquel
medioda por las esquinas de la calle de la Victoria. La ciudad, en esas
maanas de domingo, parece una desposada. En las puertas, abiertas de
par en par, como si en ese da no se temiesen enemigos, esperan a los
dueos los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se han
visto en la semana, se renen a la salida de la iglesia para ir a
saludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Los
viejos ese da se remozan. Los veteranos andan con la cabeza ms
erguida, muy luciente el chaleco blanco, muy bruido el puo del bastn.
Los empleados parecen magistrados. A los artesanos, con su mejor
chaqueta de terciopelo, sus pantalones de dril muy planchado y su
sombrern de castor fino, da gozo verlos. Los indios, en verdad,
descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y luz, parecen
llagas. Pero la procesin lujosa de madres fragantes y nias galanas
contina, sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y los
pobres indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos a
trechos en una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de las
arrias de mercaderas, llenan las calles, tirados por caballos altivos,
carruajes lucientes. Los carruajes mismos, parece que van contentos, y
como de victoria. Los pobres mismos, parecen ricos. Hay una quietud
magna y una alegra casta. En las casas todo es algazara. Los nietos
qu ir a la puerta, y aturdir al portero, impacientes por lo que la
abuela tarda! Los maridos qu celos de la misa, que se les lleva, con
sus mujeres queridas, la luz de la maana! La abuela, cmo viene
cargada de chucheras para los nietos, de los juguetes que fue reuniendo
en la semana para traerlos a la gente menor hoy domingo, de los
mazapanes recin hechos que acaba de comprar en la dulcera francesa, de
los caprichos de comer que su hija prefera cuando soltera, qu carruaje
el de la abuela, que nunca se vaca! Y en la casa de Luca Jerez no se
saba si haba ms flores en la magnolia, o en las almas.

Sobre un costurero abierto, donde Ana al ver entrar a sus amigas puso
sus enseres de coser y los ajuares de nio que regalaba a la Casa de
Expsitos, haban dejado caer Adela y Luca sus sombreros de paja, con
cintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos que retozan.
Dice mucho, y cosas muy traviesas, un sombrero que ha estado una hora
en la cabeza de una seorita! Se le puede interrogar, seguro de que
responde: de algn elegante caballero, y de ms de uno, se sabe que ha
robado a hurtadillas una flor de un sombrero, o ha besado sus cintas
largamente, con un beso entraable y religioso! El sombrero de Adela era
ligero y un tanto extravagante, como de nia que es capaz de enamorarse
de un tenor de pera: el de Luca era un sombrero arrogante y
amenazador; se salan por el borde del costurero las cintas carmeses,
enroscadas sobre el sombrero de Adela como una boa sobre una trtola:
del fondo de seda negro, por los reflejos de un rayo de sol que filtraba
oscilando por una rama de la magnolia, parecan salir llamas.

Estaban las tres amigas en aquella pura edad en que los caracteres
todava no se definen: ay, en esos mercados es donde suelen los jvenes
generosos, que van en busca de pjaros azules, atar su vida a lindos
vasos de carne que a poco tiempo, a los primeros calores fuertes de la
vida, ensean la zorra astuta, la culebra venenosa, el gato fro e
impasible que les mora en el alma!

La mecedora de Ana no se mova, tal como apenas en sus labios plidos la
afable sonrisa: se buscaban con los ojos las violetas en su falda, como
si siempre debiera estar llena de ellas. Adela no sin esfuerzo se
mantena en su mecedora, que unas veces estaba cerca de Ana, otras de
Luca, y vaca las ms. La mecedora de Luca, ms echada hacia adelante
que hacia atrs, cambiaba de sbito de posicin, como obediente a un
gesto enrgico y contenido de su duea.

--Juan no viene: te digo que Juan no viene!

--Por qu, Luca, si sabes que si no viene te da pena?

--Y no te pareci Pedro Real muy arrogante? Mira, mi Ana, dame el
secreto que t tienes para que te quiera todo el mundo: porque ese
caballero, es necesario que me quiera.

En un reloj de bronce labrado, embutido en un ancho plato de porcelana
de ramos azules, dieron las dos.

--Lo ves, Ana, lo ves; ya Juan no viene--y se levant Luca; fue a uno de
los jarrones de mrmol colocados entre cada dos columnas, de las que de
un lado y otro adornaban el sombreado patio; arranc sin piedad de su
tallo lustroso una camelia blanca, y volvi silenciosa a su mecedora,
royndole las hojas con los dientes.

--Juan viene siempre, Luca.

Asom en este momento por la verja dorada que divida el zagun de la
antesala que se abra al patio, un hombre joven, vestido de negro, de
quien se despedan con respeto y ternura uno de mayor edad, de ojos
benignos y poblada barba, y un caballero entrado en largos aos, triste,
como quien ha vivido mucho, que retena con visible placer la mano del
joven entre las suyas:

--Juan, por qu naci usted en esta tierra?

--Para honrarla si puedo, don Miguel, tanto como usted la ha honrado.

Fue la emocin visible en el rostro del viejo; y aun no haba
desaparecido del zagun, de brazo del de la buena barba, cuando Luca,
demudado el rostro y temblndole en las pestaas las lgrimas, estaba en
pie, erguida con singular firmeza, junto a la verja dorada, y deca,
clavando en Juan sus dos ojos imperiosos y negros:

--Juan, por qu no habas venido?

Adela estaba prendiendo en aquel momento en sus cabellos rubios un
jazmn del Cabo.

Ana cosa un lazo azul a una gorrita de recin nacido, para la Casa de
Expsitos.

--Fui a rogar--respondi Juan sonriendo dulcemente--, que no apremiasen por
la renta de este mes a la seora del Valle.

--A la madre de Sol? de Sol del Valle?

Y pensando en la nia de la pobre viuda, que no haba salido aun del
colegio, donde la tena por merced la Directora, se entr Luca, sin
volver ni bajar la cabeza, por las habitaciones interiores, en tanto que
Juan, que amaba a quien lo amaba, la segua con los ojos tristemente.

       *       *       *       *       *

Juan Jerez era noble criatura. Rico por sus padres, viva sin el
encogimiento egosta que desluce tanto a un hombre joven, mas sin
aquella angustiosa abundancia, siempre menor que los gastos y apetitos
de sus dueos, con que los ricuelos de poco sentido malgastan en empleos
estpidos, a que llaman placeres, la hacienda de sus mayores. De s
propio, y con asiduo trabajo, se haba ido creando una numerosa
clientela de abogado, en cuya engaosa profesin, entre nosotros
perniciosamente esparcida, le hicieron entrar, ms que su voluntad, dada
a ms activas y generosas labores, los deseos de su padre, que en la
defensa de casos limpios de comercio haba acrecentado el haber que
aport al matrimonio su esposa. Y as Juan Jerez, a quien la Naturaleza
haba puesto aquella coraza de luz con que reviste a los amigos de los
hombres, vino, por esas preocupaciones legendarias que desfloran y
tuercen la vida de las generaciones nuevas en nuestros pases, a pasar,
entre lances de curia que a veces le hacan sentir ansias y vuelcos, los
aos ms hermosos de una juventud sazonada e impaciente, que vea en las
desigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices, en los
esfuerzos estriles de una minora viciada por crear pueblos sanos y
fecundos, de soledades tan ricas como desiertas, de poblaciones
cuantiosas de indios mseros, objeto ms digno que las controversias
forenses del esfuerzo y calor de un corazn noble y viril.

Llevaba Juan Jerez en el rostro plido, la nostalgia de la accin, la
luminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los deberes
corrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeos; y en los ojos
llevaba como una desolacin, que solo cuando haca un gran bien, o
trabajaba en pro de un gran objeto, se le trocaba, como un rayo de sol
que entra en una tumba, en centelleante jbilo. No se le dijera entonces
un abogado de estos tiempos, sino uno de aquellos trovadores que saban
tallarse, hartos ya de sus propias canciones, en el mango de su guzla la
empuadura de una espada. El fervor de los cruzados encenda en aquellos
breves instantes de heroica dicha su alma buena; y su deleite, que le
inundaba de una luz parecida a la de los astros, era solo comparable a
la vasta amargura con que reconoca, a poco que en el mundo no
encuentran auxilio, sino cuando convienen a algn inters que las vicia,
las obras de pureza. Era de la raza selecta de los que no trabajan para
el xito, sino contra l. Nunca, en esos pequeos pueblos nuestros donde
los hombres se encorvan tanto, ni a cambio de provechos ni de
vanaglorias cedi Juan un pice de lo que crea sagrado en l, que era
su juicio de hombre y su deber de no ponerlo con ligereza o por paga al
servicio de ideas o personas injustas; sino que vea Juan su
inteligencia como una investidura sacerdotal, que se ha de tener siempre
de manera que no noten en ella la ms pequea mcula los feligreses; y
se senta Juan, all en sus determinaciones de noble mozo, como un
sacerdote de todos los hombres, que uno a uno tena que ir dndoles
perpetua cuenta, como si fuesen sus dueos, del buen uso de su
investidura.

Y cuando vea que, como entre nosotros sucede con frecuencia, un hombre
joven, de palabra llameante y talento privilegiado, alquilaba por la
paga o por el puesto aquella insignia divina que Juan crea ver en toda
superior inteligencia, volva los ojos sobre s como llamas que le
quemaban, tal como si viera que el ministro de un culto, por pagarse la
bebida o el juego, vendiese las imgenes de sus dioses. Estos soldados
mercenarios de la inteligencia lo tachaban por eso de hipcrita, lo que
aumentaba la palidez de Juan Jerez, sin arrancar de sus labios una
queja. Y otros decan, con ms razn aparente--aunque no en el caso de
l--, que aquella entereza de carcter no era grandemente meritoria en
quien, rico desde la cuna, no haba tenido que bregar por abrirse
camino, como tantos de nuestros jvenes pobres, en pueblos donde por
viejas tradiciones coloniales se da a los hombres una educacin
literaria, y aun esta descosida e incompleta, que no halla luego natural
empleo en nuestros pases despoblados y rudimentarios, exuberantes, sin
embargo, en fuerzas vivas, hoy desaprovechadas o trabajadas apenas,
cuando para hacer prsperas a nuestras tierras y dignos a nuestros
hombres no habra ms que educarlos de manera que pudiesen sacar
provecho del suelo providsimo en que nacen. A manejar la lengua hablada
y escrita les ensean, como nico modo de vivir, en pueblos en que las
artes delicadas que nacen del cultivo del idioma no tienen el nmero
suficiente, no ya de consumidores, de apreciadores siquiera, que
recompensen, con el precio justo de estos trabajos exquisitos, la labor
intelectual de nuestros espritus privilegiados. De modo que, como con
el cultivo de la inteligencia vienen los gustos costosos, tan naturales
en los hispanoamericanos como el color sonrosado en las mejillas de una
nia quincea; como en las tierras calientes y floridas, se despierta
temprano el amor, que quiere casa, y lo mejor que haya en la ebanistera
para amueblarla, y la seda ms joyante y la pedrera ms rica para que a
todos maraville y encele su duea; como la ciudad, infecunda en nuestros
pases nuevos, retiene en sus redes suntuosas a los que fuera de ella no
saben ganar el pan, ni en ella tienen cmo ganarlo, a pesar de sus
talentos, bien as como un pasmoso cincelador de espadas de taza, que
sabra poblar stas de castellanas de larga amazona desmayadas en brazos
de guerreros fuertes, y otras sutiles lindezas en plata y en oro, no
halla empleo en un villorrio de gente labriega, que vive en paz, o al
pual o a los puos remite el trmino de sus contiendas; como con
nuestras cabezas hispanoamericanas, cargadas de ideas de Europa y
Norteamrica, somos en nuestros propios pases a manera de frutos sin
mercado, cual las excrecencias de la tierra, que le pesan y estorban, y
no como su natural florecimiento, sucede que los poseedores de la
inteligencia, estril entre nosotros por su mala direccin, y
necesitados para subsistir de hacerla fecunda, la dedican con exceso
exclusivo a los combates polticos, cuando ms nobles, produciendo as
un desequilibrio entre el pas escaso y su poltica sobrada, o,
apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante fuerte que
les paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando, molestado aquel por
nuevos menesterosos, les retira la paga abundante de sus funestos
servicios. De estas pesadumbres pblicas venan hablando el de la barba
larga, el anciano de rostro triste, y Juan Jerez, cuando este, ligado
desde nio por amores a su prima Luca, se entr por el zagun de
baldosas de mrmol pulido espaciosas y blancas como sus pensamientos.

       *       *       *       *       *

La bondad es la flor de la fuerza. Aquel Juan brioso, que andaba siempre
escondido en las ocasiones de fama y alarde, pero visible apenas se
saba de una prerrogativa de la patria desconocida o del decoro y
albedro de algn hombre hollados; aquel batallador temible y spero, a
quien jams se atrevieron a llegar, avergonzadas de antemano, las
ofertas y seducciones corruptoras a que otros vociferantes de temple
venal haban prestado odos; aquel que llevaba siempre en el rostro
plido y enjuto como el resplandor de una luz alta y desconocida, y en
los ojos el centelleo de la hoja de una espada; aquel que no vea
desdicha sin que creyese deber suyo remediarla, y se miraba como un
delincuente cada vez que no poda poner remedio a una desdicha; aquel
amantsimo corazn, que sobre todo desamparo vaciaba su piedad
inagotable, y sobre toda humildad, energa o hermosura prodigaba
apasionadamente su amor, haba cedido, en su vida de libros y
abstracciones, a la dulce necesidad, tantas veces funesta, de apretar
sobre su corazn una manecita blanca. La de esta o la de aquella le
importaban poco; y l, en la mujer, vea ms el smbolo de las
hermosuras ideadas que un ser real.

Lo que en el mundo corre con nombre de buenas fortunas, y no son, por lo
comn, de una parte o de otra, ms que odiosas vilezas, haban salido,
una que otra vez, al camino de aquel joven rico a cuyo rostro vena, de
los adentros del alma, la irresistible belleza de un noble espritu.
Pero esas buenas fortunas, que en el primer instante llenan el corazn
de los efluvios trastornadores de la primavera, y dan al hombre la
autoridad confiada de quien posee y conquista; esos amoros de ocasin,
miel en el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda ms
valiosa y ms cara, la de la propia limpieza; esos amores irregulares y
sobresaltados, elegante disfraz de bajos apetitos, que se aceptan por
desocupacin o vanidad, y roen luego la vida, como lceras, solo
lograron en el nimo de Juan Jerez despertar el asombro de que, so
pretexto o nombre de cario, vivan hombres y mujeres, sin caer muertos
de odio a s mismos, en medio de tan torpes liviandades. Y no ceda a
ellas, porque la repulsin que le inspiraba, cualesquiera que fuesen sus
gracias, una mujer que cerca de la mesa de trabajo de su esposo o junto
a la cuna de su hijo no temblaba de ofrecerlas, era mayor que las
penosas satisfacciones que la complicidad con una amante liviana produce
a un hombre honrado.

Era la de Juan Jerez una de aquellas almas infelices que solo pueden
hacer lo grande y amar lo puro. Poeta genuino, que sacaba de los
espectculos que vea en s mismo, y de los dolores y sorpresas de su
espritu, unos versos extraos, adoloridos y profundos, que parecan
dagas arrancadas de su propio pecho, padeca de esa necesidad de la
belleza que como un marchamo ardiente, seala a los escogidos del canto.
Aquella razn serena, que los problemas sociales o las pasiones comunes
no oscurecan nunca, se le ofuscaba hasta hacerle llegar a la
prodigalidad de s mismo, en virtud de un inmoderado agradecimiento.
Haba en aquel carcter una extraa y violenta necesidad del martirio, y
si por la superioridad de su alma le era difcil hallar compaeros que
se la estimaran y animasen, l, necesitado de darse, que en su bien
propio para nada se quera, y se vea a s mismo como una propiedad de
los dems que guardaba l en depsito, se daba como un esclavo a cuantos
parecan amarle y entender su delicadeza o desear su bien.

       *       *       *       *       *

Luca, como una flor que el sol encorva sobre su tallo dbil cuando
esplende en todo su fuego el medioda; que como toda naturaleza
subyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso e
impaciente, y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerza
verdadera, amaba lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballos
desalados, de los ascensos por la montaa, de las noches de tempestad y
de los troncos abatidos; Luca, que, nia aun, cuando pareca que la
sobremesa de personas mayores en los gratos almuerzos de domingo deba
fatigarle, olvidaba los juegos de su edad, y el coger las flores del
jardn, y el ver andar en parejas por el agua clara de la fuente los
pececillos de plata y de oro, y el peinar las plumas blandas de su
ltimo sombrero, por escuchar, hundida en su silla, con los ojos
brillantes y abiertos, aquellas aladas palabras, grandes como guilas,
que Juan reprima siempre delante de gente extraa o comn, pero dejaba
salir a caudales de sus labios, como lanzas adornadas de cintas y de
flores, apenas se senta, cual pjaro perseguido en su nido caliente,
entre almas buenas que le escuchaban con amor; Luca, en quien un deseo
se clavaba como en los peces se clavan los anzuelos, y de tener que
renunciar a algn deseo, quedaba rota y sangrando, como cuando el
anzuelo se le retira queda la carne del pez; Luca que, con su
encarnizado pensamiento, haba poblado el cielo que miraba, y los
florales cuyas hojas gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en que
lo escriba con lpices de colores, y el pavimento a que con los brazos
cados sobre los de su mecedora sola quedarse mirando largamente; de
aquel nombre adorado de Juan Jerez, que en todas partes por donde miraba
le resplandeca, porque ella lo fijaba en todas partes con su voluntad y
su mirada como los obreros de la fbrica de Eibar, en Espaa, embuten
los hilos de plata y de oro sobre la lmina negra del hierro esmerilado;
Luca, que cuando vea entrar a Juan, senta resonar en su pecho unas
como arpas que tuviesen alas, y abrirse en el aire, grandes como soles,
unas rosas azules, ribeteadas de negro, y cada vez que lo vea salir, le
tenda con desdn la mano fra, colrica de que se fuese, y no poda
hablarle, porque se le llenaban de lgrimas los ojos; Luca, en quien
las flores de la edad escondan la lava candente que como las vetas de
metales preciosos en las minas le culebreaban en el pecho; Luca, que
padeca de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los ojos
de Juan Jerez, puesto que era pura, sinti una noche, una noche de su
santo, en que antes de salir para el teatro se abandonaba a sus
pensamientos con una mano puesta sobre el mrmol del espejo, que Juan
Jerez, lisonjeado por aquella magnfica tristeza, daba un beso, largo y
blando, en su otra mano. Toda la habitacin le pareci a Luca llena de
flores; del cristal del espejo crey ver salir llamas; cerr los ojos,
como se cierran siempre en todo instante de dicha suprema, tal como si
la felicidad tuviese tambin su pudor, y para que no cayese en tierra,
los mismos brazos de Juan tuvieron delicadamente que servir de apoyo a
aquel cuerpo envuelto en tules blancos, de que en aquella hora de
nacimiento pareca brotar luz. Pero Juan aquella noche se acost triste,
y Luca misma, que amaneci junto a la ventana en su vestido de tules,
abrigados los hombros en una area nube azul, se senta, aromada como un
vaso de perfumes, pero seria y recelosa....

       *       *       *       *       *

--Ana ma, Ana ma, aqu est Pedro Real. Mralo qu arrogante!

--Arrodllate, Adela: arrodllate ahora mismo--le respondi dulcemente
Ana, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes cabellos
castaos--; mientras que Juan, que vena de hacer paces con Luca
refugiada en la antesala, sala a la verja del zagun a recibir al amigo
de la casa.

Adela se arrodill, cruzados los brazos sobre las rodillas de Ana; y Ana
hizo como que le vendaba los labios con una cinta azul, y le dijo al
odo, como quien cie un escudo o ampara de un golpe, estas palabras:

--Una nia honesta no deja conocer que le gusta un calavera, hasta que no
haya recibido de l tantas muestras de respeto, que nadie pueda dudar
que no la solicita para su juguete.

Adela se levant riendo, y puestos los ojos, entre curiosos y burlones,
en el galn caballero, que del brazo de Juan vena hacia ellas, los
esper de pie al lado de Ana, que con su serio continente, nunca duro,
pareca querer atenuar en favor de Adela misma, su excesiva viveza.
Pedro, aturdido y ms amigo de las mariposas que de las trtolas, salud
a Adela primero.

Ana retuvo un instante en su mano delgada la de Pedro, y con aquellos
derechos de seora casada que da a las jvenes la cercana de la muerte.

--Aqu--le dijo--, Pedro: aqu toda esta tarde a mi lado--Quin sabe si,
enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no le pesaba a la
pobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar la vida! Quin sabe
si quera solo evitar que la movible Adela, revoloteando en torno de
aquella luz de belleza, se lastimase las alas!

Porque aquella Ana era tal que, por donde ella iba, resplandeca. Y
aunque brillase el sol, como por encima de la gran magnolia estaba
brillando aquella tarde, alrededor de Ana se vea una claridad de
estrella. Corran arroyos dulces por los corazones cuando estaba en
presencia de ella. Si cantaba, con una voz que se esparca por los
adentros del alma, como la luz de la maana por los campos verdes,
dejaba en el espritu una grata intranquilidad, como de quien ha
entrevisto, puesto por un momento fuera del mundo, aquellas musicales
claridades que solo en las horas de hacer bien, o de tratar a quien lo
hace, distingue entre sus propias nieblas el alma. Y cuando hablaba
aquella dulce Ana, purificaba.

Pedro era bueno, y comenz a alabarle, no el rostro, iluminado ya por
aquella luz de muerte que atrae a las almas superiores y aterra a las
almas vulgares, sino el ajuar de nio a que estaba poniendo Ana las
ltimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosa, y armaba lazos, y
los probaba en diferentes lados del gorro de recin nacido: Adela
sbitamente se haba convertido en una gran trabajadora. Ya no saltaba
de un lugar a otro, como cuando juntas conversaban haca un rato ella,
Ana y Luca, sino que haba puesto su silla muy junto a la de Ana. Y
ella tambin, iba a estar sentada al lado de Ana toda la tarde. En sus
mejillas plidas, haba dos puntos encendidos que ganaban en viveza a
las cintas del gorro, y realzaban la mirada impaciente de sus ojos
brillantes y atrevidos. Se le desprenda el cabello inquieto, como si
quisiese, libre de redes, soltarse en ondas libres por la espalda. En
los movimientos nerviosos de su cabeza, dos o tres hojas de la rosa
encarnada que llevaba prendida en el peinado, cayeron al suelo. Pedro
las vea caer. Adela, locuaz y voluble, ya andaba en la canastilla, ya
revolva en la falda de Ana los adornos del gorro, ya coga como til el
que acababa de desechar con un mohn de impaciencia, ya sacuda y ergua
un momento la ligera cabeza, fina y rebelde, como la de un potro
indmito. Sobre las losas de mrmol blanco se destacaban, como gotas de
sangre, las hojas de rosa.

Se hablaba de aquellas cosas banales de que conversan en estas tertulias
de domingo, la gente joven de nuestros pases. El tenor, oh el tenor!
haba estado admirable. Ella se mora por las voces del tenor. Es un
papel encantador el de Francisco I. Pero la seora de Ramrez, cmo
haba tenido el valor de ir vestida con los colores del partido que
fusil a su esposo!, es verdad que se casa con un coronel del partido
contrario, que firm como auditor en el proceso del seor Ramrez. Es
muy buen mozo el coronel, es muy buen mozo. Pero la seora Ramrez ha
gastado mucho, ya no es tan rica como antes; tuvo a siete bordadoras
empleadas un mes en bordarle de oro el vestido de terciopelo negro que
llev a _Rigoletto_, era muy pesado el vestido. Oh! Y Teresa Luz?
lindsima, Teresa Luz: bueno, la boca, s, la boca no es perfecta, los
labios son demasiado finos; ah, los ojos! bueno, los ojos son un poco
fros, no calientan, no penetran: pero qu vaguedad tan dulce; hacen
pensar en las espumas de la mar. Y, cmo persigue a Mara Vargas ese
caballerete que ha venido de Pars, con sus versos copiados de Franois
Coppee, y su poltica de alquiler, que vino, sirviendo a la oposicin y
ya est poco menos que con el Gobierno! El padre de Mara Vargas va a
ser Ministro y l quiere ser diputado. Elegante s es. El peinado es
ridculo, con la raya en mitad de la cabeza y la frente escondida bajo
las ondas. Ni a las mujeres est bien eso de cubrirse la frente, donde
est la luz del rostro. Que el cabello la sombree un poco con sus ondas
naturales; pero a qu cubrir la frente, espejo donde los amantes se
asoman a ver su propia alma, tabla de mrmol blanco donde se firman las
promesas puras, nido de las manos lastimadas en los afanes de la vida?
Cuando se padece mucho, no se desea un beso en los labios sino en la
frente. Y ese mismo poetn lo dijo muy bien el otro da en sus versos A
una nia muerta, era algo as como esto: las rosas del alma suben a las
mejillas; las estrellas del alma, a la frente. Hay algo de tenebroso y
de inquietante en esas frentes cubiertas. No, Adela, no, a usted le est
encantadora esa selva de ricitos: as pintaban en los cuadros de antes a
los cupidos revoloteando sobre la frente de las diosas. No, Adela, no le
hagas caso: esas frentes cubiertas, me dan miedo. Es que ya se piensan
unas cosas, que las mujeres se cubren la frente de miedo de que se las
vean. Oh, no, Ana: qu han de pensar ustedes ms que jazmines y
claveles? Pues que no, Pedro: rompa usted las frentes, y ver dentro, en
unos tiestitos que parecen bocas abiertas, unas plantas secas, que dan
unas florecitas redondas y amarillas. Y Ana iba as ennobleciendo la
conversacin, porque Dios le haba dado el privilegio de las flores: el
de perfumar. Adela, silenciosa haca un momento, alz la cabeza y
mantuvo algn tiempo los ojos fijos delante de s, viendo como el perfil
cltico de Pedro, con su hermosa barba negra, se destacaba, a la luz
sana de la tarde, sobre el zcalo de mrmol que revesta una de las
anchas columnas del corredor de la casa. Baj la cabeza, y a este
movimiento, se desprendi de ella la rosa encarnada, que cay
deshacindose a los pies de Pedro.

       *       *       *       *       *

Juan y Luca aparecieron por el corredor, ella como arrepentida y
sumisa, l como siempre, sereno y bondadoso. Hermosa era la pareja, tal
como se venan lentamente acercando al grupo de sus amigas en el patio.
Altos los dos, Luca, ms de lo que sentaba a sus aos y sexo, Juan, de
aquella elevada estatura, realzada por las proporciones de las formas,
que en s misma lleva algo de espritu, y parece dispuesta por la
naturaleza al herosmo y al triunfo. Y all, en la penumbra del
corredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de Juan, y de su
brazo, aunque un poco a su zaga, vena Luca, en la frente de l, vasta
y blanca, pareca que se abra una rosa de plata: y de la de Luca se
vean solo, en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes,
como dos amenazas.

--Est Ana imprudente--dijo Juan con su voz de caricia--: cmo no tiene
miedo a este aire del crepsculo?

--Pero si es ya el mo natural, Juan querido! Vamos, Pedro: deme el
brazo.

--Pero pronto, Pedro, que esta es la hora en que los aromas suben de las
flores, y si no la haces presa, se nos escapa.

--Este Juan bueno! No es verdad, Juan, que Luca es una loca? Ya Adela
y Pedro me estn al lado cuchicheando, de apetito. Vamos, pues, que a
esta hora la gente dichosa tiene deseo de tomar el chocolate.

El chocolate fragante les esperaba, servido en una mesa de nix, en la
linda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan siempre los
jvenes de lo desordenado e imprevisto. En el comedor, con dos
caballeros de edad, discuta las cosas pblicas el buen to de Luca y
Ana, caballero de gorro de seda y pantuflas bordadas. La abuelita de la
casa, la madre del seor to, no sala ya de su alcoba, donde recordaba
y rezaba.

       *       *       *       *       *

La antesala era linda y pequea, como que se tiene que ser pequeo para
ser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado, suspendidos en un ramo
del techo por un tubo oculto entre hojas de tulipn simuladas en bronce,
caa sobre la mesa de nix la claridad anaranjada y suave de la lmpara
de luz elctrica incandescente. No haba ms asientos que pequeas
mecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra. El pavimento de
mosaico de colores tenues que, como el de los atrios de Pompeya, tena
la inscripcin Salve en el umbral, estaba lleno de banquetas
revueltas, como de habitacin en que se vive: porque las habitaciones se
han de tener lindas, no para ensearlas, por vanidad, a las visitas,
sino para vivir en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lo
bello. Todo en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar el
alma, todo, libros y cuadros, negocios y afectos, aun en nuestros
pases azules! Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor,
ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra,
objetos bellos, que la coloreen y la disipen.

Linda era la antesala, pintado el techo con los bordes de guirnaldas de
flores silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos de roble liso
dorado, de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de Pasini,
grabados en Goupil; de dos en dos estaban colgados los cuadros, y entre
cada dos grupos de ellos, un estantillo de bano, lleno de libros, no
ms ancho que los cuadros, ni ms alto ni bajo que el grupo. En la mitad
del testero que daba frente a la puerta del corredor, una esbelta
columna de mrmol negro sustentaba un areo busto de la Mignon de
Goethe, en mrmol blanco, a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana de
Tokio, de ramazones azules, Ana pona siempre mazos de jazmines y de
lirios. Una vez la traviesa Adela haba colgado al cuello de Mignon una
guirnalda de claveles encarnados. En este testero no haba libros, ni
cuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida de la triste
nia, y distribuidos como un halo en la pared en derredor del busto. Y
en las esquinas de la habitacin, en caballetes negros, sin ornamentos
dorados, ostentaban su rica encuadernacin cuatro grandes volmenes: _El
Cuervo_ de Edgar Poe, el Cuervo desgarrador y fatdico, con lminas de
Gustavo Dor, que se llevan la mente por los espacios vagos en alas de
caballos sin freno: el _Rubaiyat_ el poema persa, el poema del vino
moderado y las rosas frescas, con los dibujos apodcticos del
norteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar manuscrito, empastado en
seda lila, de _Las Noches_, de Alfredo de Musset; y un _Wilhelm Meister_
el libro de Mignon, cuya pasta original, recargada de arabescos
insignificantes, haba hecho reemplazar Juan, en Pars, por una de
tafilete negro mate embutido con piedras preciosas: topacios tan claros
como el alma de la nia, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas,
porque no hubo en aquella vaporosa vida; palos, como sus sueos; y un
rub grande y saliente, como su corazn hinchado y roto. En aquel
singular regalo a Luca, gast Juan sus ganancias de un ao. Por los
bajos de la pared, y a manera de sillas, haba, en trpodes de bano,
pequeos vasos chinos, de colores suaves, con mucho amarillo y escaso
rojo. Las paredes, pintadas al leo, con guirnaldas de flores, eran
blancas. Causaba aquella antesala, en cuyo arreglo influy Juan, una
impresin de fe y de luz.

       *       *       *       *       *

Y all se sentaron los cinco jvenes, a gustar en sus tazas de coco el
rico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era famosa. No tena
mucho azcar, ni era espeso. Para gente mayor, el chocolate espeso!
Adela, caprichosa, peda para s la taza que tuviese ms espuma.

--Esta, Adela--le dijo Juan, poniendo ante ella, antes de sentarse, una de
las tazas de coco negro, en la que la espuma herva tornasolada.

--Malvado!--le dijo Adela, mientras que todos rean--; me has dado la de
la ardilla!

Eran unas tazas, extraas tambin, en que Juan, amigo de cosas, patrias,
haba sabido hacer que el artfice combinara la novedad y el arte. Las
tazas eran de esos coquillos negros de valo perfecto, que los indgenas
realzan con caprichosas labores y leyendas, sumisas stas como su
condicin, y aquellas pomposas, atrevidas y extraas, muy llenas de alas
y de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y desconocido que
la conquista hundi en la tierra, a botes de lanza. Y estos coquillos
negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior trabajados
en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trpode de
plata, formada por un atributo de algn ave o fiera de Amrica, y las
dos asas eran dos preciosas miniaturas, en plata tambin, del animal
simbolizado en la trpode. En tres colas de ardilla se asentaba la taza
de Adela, y a su chocolate se asomaban las dos ardillas, como a un mar
de nueces. Dos quetzales altivos, dos quetzales de cola de tres plumas,
larga la del centro como una flecha verde, se asan a los bordes de la
taza de Ana: el quetzal noble, que cuando cae cautivo o ve rota la
pluma larga de su cola, muere! Las asas de la taza de Luca eran dos
pumas elsticos y fieros, en la opuesta colocacin dedos enemigos que se
acechan: descansaba sobre tres garras de puma, el len americano. Dos
guilas eran las asas de la de Juan; y la de Pedro, la del buen mozo
Pedro, dos monos capuchinos.

       *       *       *       *       *

Juan quera a Pedro, como los espritus fuertes quieren a los dbiles, y
como, a modo de nota de color o de grano de locura, quiere, cual forma
suavsima del pecado, la gente que no es ligera a la que lo es.

Los hombres austeros tienen en la compaa momentnea de esos pisaverdes
alocados el mismo gnero de placer que las damas de familia que asisten
de tapadillo a un baile de mscaras. Hay cierto espritu de
independencia en el pecado, que lo hace simptico cuando no es excesivo.
Pocas son por el mundo las criaturas que, hallndose con las encas
provistas de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay un
placer ms profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos. Pues,
para qu es la dentadura, se dicen los ms; sobre todo cuando la tienen
buena, sino para lucirla, y triturar los manjares que se lleguen a la
boca? Y Pedro era de los que lucan la dentadura.

Incapaz, tal vez, de causar mal en conciencia, el dao estaba en que l
no saba cuando causaba mal, o en que, siendo la satisfaccin de un
deseo, l no vea en ella mal alguno, sino que toda hermosura, por
serlo, le pareca de l, y en su propia belleza, la belleza funesta de
un hombre perezoso y adocenado, vea como un ttulo natural, ttulo de
len, sobre los bienes de la tierra, y el mayor de ellos, que son sus
bellas criaturas. Pedro tena en los ojos aquel inquieto centelleo que
subyuga y convida: en actos y palabras, la insolente firmeza que da la
costumbre de la victoria, y en su misma arrogancia tal olvido de que la
tena, que era la mayor perfeccin y el ms temible encanto de ella.

Viajero afortunado; con el caudal ya corto de su madre, por tierras de
afuera, perdi en ellas, donde son pecadillos las que a nosotros nos
parecen con justicia infamias, aquel delicado concepto de la mujer sin
el que, por grandes esfuerzos que haga luego la mente, no le es lcito
gozar, puesto que no le es lcito creer en el amor de la ms limpia
criatura. Todos aquellos placeres que no vienen derechamente y en razn
de los afectos legtimos, aunque sean champaa de la vanidad, son acbar
de la memoria. Eso en los ms honrados, que en los que no lo son, de
tanto andar entre frutas estrujadas, llegan a enviciarse los ojos de
manera que no tienen ms arte ni placer que los de estrujar frutas. Solo
Ana, de cuantas jvenes haba conocido a su vuelta de las malas tierras
de afuera, le haba inspirado, aun antes de su enfermedad, un respeto
que en sus horas de reposo sola trocarse en un pensamiento persistente
y blando. Pero Ana se iba al cielo: Ana, que jams hubiera puesto a
aquel turbulento mancebo de seor de su alma apacible, como un palacio
de ncar; pero que, por esa fatal perversin que atrae a los espritus
desemejantes, no haba visto sin un doloroso inters y una turbacin
primaveral, aquella rica hermosura de hombre, airosa y firme, puesta por
la naturaleza como vestidura a un alma escasa, tal como suelen algunos
cantantes transportar a inefables deliquios y etreas esferas a sus
oyentes, con la expresin en notas querellosas y cristalinas, blancas
como las palomas o agudas como puales, de pasiones que sus espritus
burdos son incapaces de entender ni de sentir. Quin no ha visto romper
en actos y palabras brutales contra su delicada mujer a un tenor que
acababa de cantar, con sobrehumano poder, el Spirto Gentil de la
_Favorita_? Tal la hermosura sobre las almas escasas.

Y Juan, por aquella seguridad de los caracteres incorruptibles, por
aquella benignidad de los espritus superiores, por aquella aficin a lo
pintoresco de las imaginaciones poticas, y por lazos de nio, que no se
rompen sin gran dolor del corazn, Juan quera a Pedro.

Hablaban de las ltimas modas, de que en Pars se rehabilita el color
verde, de que en Pars, deca Pedro, nada ms se vive.

--Pues yo no--deca Ana--. Cuando Luca sea ya seora formal, adonde vamos
los tres es a Italia y a Espaa: verdad, Juan?

--Verdad, Ana. Adonde la Naturaleza es bella y el arte ha sido perfecto.
A Granada, donde el hombre logr lo que no ha logrado en pueblo alguno
de la tierra: cincelar en las piedras sus sueos; a Npoles, donde el
alma se siente contenta, como si hubiera llegado a su trmino. T no
querrs, Luca?

--Yo no quiero que t veas nada, Juan. Yo te har en ese cuarto la
Alhambra, y en este patio Npoles; y tapiar las puertas, y as
viajaremos!

Rieron todos; pero Adela ya haba echado camino de Pars, quin sabe con
qu compaero, los deseos alegres. Ella quera saberlo todo, no de
aquella tranquila vida interior y regalada, al calor de la estufa,
leyendo libros buenos, despus de curiosear discretamente por entre las
novedades francesas, y estudiar con empeo tanta riqueza artstica como
Pars encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que en
Pars generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado, siempre
adolorido; la vida de las heronas de teatro, de las gentes que se
ensean, damas que enloquecen, de los nababs que deslumbran con el
prdigo empleo de su fortuna.

Y mientras que Juan, generoso, dando suelta al espritu impaciente,
sacaba ante los ojos de Luca, para que se le fuese aquietando el
carcter, y se preparaba a acompaarle por el viaje de la existencia,
las interioridades luminosas de su alma peculiar y excelsa, y deca
cosas que, por la nobleza que enseaban o la felicidad que prometan,
hacan asomar lgrimas de ternura y de piedad a los ojos de Ana-Adela y
Pedro, en plena Francia, iban y venan, como del brazo, por bosques y
bulevares. La Judic ya no se viste con Worth. La mano de la Judic es la
ms bonita de Pars. En las carreras es donde se lucen los mejores
vestidos. Qu linda estara Adela, en el pescante de un coche de
carreras, con un vestido de tila muy suave, adornado con pasamanera de
plata! Ah, y con un gua como Pedro, que conoca tan bien la ciudad,
qu pronto no se estara al corriente de todo! All no se vive con
estas trabas de aqu, donde todo es malo! La mujer es aqu una esclava
disfrazada: all es donde es la reina. Eso es Pars ahora: el reinado de
la mujer. Ac, todo es pecado: si se sale, si se entra, si se da el
brazo a un amigo, si se lee un libro ameno. Pero esa es una falta de
respeto, eso es ir contra las obras de la naturaleza! Porque una flor
nace en un vaso de Sevres, se la ha de privar del aire y de la luz?
Porque la mujer nace ms hermosa que el hombre, se le ha de oprimir el
pensamiento, y so pretexto de un recato gazmoo, obligarla a que viva,
escondiendo sus impresiones, como un ladrn esconde su tesoro en una
cueva? Es preciso, Adelita, es preciso. Las mujeres ms lindas de Pars
son las sudamericanas. Oh, no habra en Pars otra tan chispeante como
ella!.

--Vea, Pedro--interrumpi a este punto Ana, con aquella sonrisa suya que
haca ms eficaces sus reproches--, djeme quieta a Adela. Usted sabe que
yo pinto, verdad?

--Pinta unos cuadritos que parecen msica; todos llenos de una luz que
sube; con muchos ngeles y serafines. Por qu no nos enseas el ltimo,
Ana ma? Es lindsimo, Pedro, y sumamente extrao.

--Adela, Adela!

--De veras que es muy extrao. Es como en una esquina de jardn y el
ciclo es claro, muy claro y muy lindo. Un joven... muy buen mozo...
vestido con un traje gris muy elegante, se mira las manos asombrado.
Acaba de romper un lirio, que ha cado a sus pies, y le han quedado las
manos manchadas de sangre.

--Qu le parece, Pedro, de mi cuadro?

--Un xito seguro. Yo conoc en Pars a un pintor de Mxico, un Manuel
Ocaranza, que haca cosas como esas.

--Entre los caballeros que rompen o manchan lirios quisiera yo que
tuviese xito mi cuadro. Quin pintara de veras, y no hiciera esos
borrones mos! Pedro: borrn y todo, en cuanto me ponga mejor, voy a
hacer una copia para usted.

--Para m! Juan, por qu no es este el tiempo en que no era mal visto
que los caballeros besasen la mano a las damas?

--Para usted, pero a condicin de que lo ponga en un lugar tan visible
que por todas partes le salte a los ojos. Y por qu estamos hablando
ahora de mis obras maestras? Ah! porque usted me le hablaba a Adela
mucho de Pars. Otro cuadro voy a empezar en cuanto me ponga buena!
Sobre una colina voy a pintar un monstruo sentado. Pondr la luna en
cenit, para que caiga de lleno sobre el lomo del monstruo, y me permita
simular con lneas de luz en las partes salientes los edificios de Pars
ms famosos. Y mientras la luna le acaricia el lomo, y se ve por el
contraste del perfil luminoso toda la negrura de su cuerpo, el monstruo,
con cabeza de mujer, estar devorando rosas. All por un rincn se vern
jvenes flacas y desmelenadas que huyen, con las tnicas rotas,
levantando las manos al cielo.

--Luca--dijo Juan reprimiendo mal las lgrimas, al odo de su prima,
siempre absorta--: y que esta pobre Ana se nos muera!

Pedro no hallaba palabras oportunas, sino aquella confusin y malestar
que la gente dada a la frivolidad y el gozo experimenta en la compaa
ntima de una de esas criaturas que pasan por la tierra, a manera de
visin, extinguindose plcidamente, con la feliz capacidad de adivinar
las cosas puras, sobrehumanas, y la hermosa indignacin por la batalla
de apetitos feroces en que se consume, la tierra.

--De fieras, yo conozco dos clases--deca una vez Ana--: una se viste de
pieles, devora animales, y anda sobre garras; otra se viste de trajes
elegantes, come animales y almas y anda sobre una sombrilla o un bastn.
No somos ms que fieras reformadas.

Aquella Ana, cuando estaba en la intimidad, sola decir de estas cosas
singulares. Dnde haba sufrido tanto la pobre nia salida apenas del
crculo de su casa venturosa, que as haba aprendido a conocer y
perdonar? Se vive antes de vivir? O las estrellas, ganosas de hacer un
viaje de recreo por la tierra, suelen por algn tiempo alojarse en un
cuerpo humano? Ay! por eso duran tan poco los cuerpos en que se alojan
las estrellas.

       *       *       *       *       *

--Conque Ana pinta, y _La Revista de Artes_ est buscando cuadros de
autores del pas que dar a conocer, y este Juan pecador no ha hecho ya
publicar esas maravillas en _La Revista_?

--Esta Ana nuestra, Pedro, se nos enoja de que la queramos sacar a luz.
Ella no quiere que se vean sus cuadros hasta que no los juzgue bastante
acabados para resistir la crtica. Pero la verdad es, Ana, que Pedro
Real tiene razn.

--Razn, Pedro Real?--dijo Ana con una risa cristalina, de madre
generosa--. No, Juan. Es verdad que las cosas de arte que no son
absolutamente necesarias, no deben hacerse sino cuando se pueden hacer
enteramente bien, y estas cosas que yo hago, que veo vivas y claras en
lo hondo de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, me
quedan luego en la tela tan contrahechas y duras que creo que mis
visiones me van a castigar, y me regaan, y toman mis pinceles de la
caja, y a m de una oreja, y me llevan delante del cuadro para que vea
cmo borran colricas la mala pintura que hice de ellas. Y luego, qu
he de saber yo, sin ms dibujo que el que me ense el seor Mazuchell,
ni ms colores que estos tan plidos que saco de m misma?

Segua Luca con ojos inquietos la fisonoma de Juan, profundamente
interesado en lo que, en uno de esos momentos de explicacin de s
mismos que gustan de tener los que llevan algo en s y se sienten morir,
iba diciendo Ana. Qu Juan aquel, que la tena al lado, y pensaba en
otra cosa! Ana, s, Ana era muy buena; pero qu derecho tena Juan a
olvidarse tanto de Luca, y estando a su lado, poner tanta atencin en
las rarezas de Ana? Cuando ella estaba a su lado, ella deba ser su
nico pensamiento. Y apretaba sus labios; se le encendan de pronto,
como de un vuelco de la sangre las mejillas; enrollaba nerviosamente en
el dedo ndice de la mano izquierda un finsimo pauelo de batista y
encaje. Y lo enroll tanto y tanto, y lo desenrollaba con tal violencia,
que yendo rpidamente de una mano a la otra, el lindo pauelo pareca
una vbora, una de esas vboras blancas que se ven en la costa yucateca.

--Pero no es por eso por lo que no enseo yo a nadie mis cuadritos--sigui
Ana--; sino porque cuando los estoy pintando, me alegro o me entristezco
como una loca, sin saber por qu: salto de contento, yo que no puedo
saltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de pincel le he dado a
unos ojos, o a la trtola viuda que pint el mes pasado, la expresin
que yo quera; y si pinto una desdicha, me parece que es de veras, y me
paso horas enteras mirndola, o me enojo conmigo misma si es de aquellas
que yo no puedo remediar, como en esas dos telitas mas que t conoces,
Juan, _La madre sin hijo_ y el hombre que se muere en un silln, mirando
en la chimenea el fuego apagado: _El hombre sin amor_. No se ra, Pedro,
de esta coleccin de extravagancias. Ni diga que estos asuntos son para
personas mayores; las enfermas son como unas viejitas, y tienen derecho
a esos atrevimientos.

--Pero, cmo--le dijo Pedro subyugado--, no han de tener sus cuadros todo
el encanto y el color de palo de su alma?

--Oh! oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de buen gusto ser
lisonjero. La lisonja en la conversacin, Pedro, es ya como la Arcadia
en la pintura: cosa de principiantes!

--Pero, por qu decas, puso aqu Juan, que no queras exhibir tus
cuadros?

--Porque como desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo en
ellos tanto de mi alma, al fin ya no llegan a ser telas, sino mi alma
misma, y me da vergenza de que me la vean, y me parece que he pecado
con atreverme a asuntos que estn mejor para nube que para colores, y
como solo yo s cunta paloma arrulla, y cunta violeta se abre, y
cunta estrella lucen lo que pinto; como yo sola siento cmo me duele el
corazn, o se me llena todo el pecho de lgrimas o me laten las sienes,
como si me las azotasen alas, cuando estoy pintando; como nadie ms que
yo sabe que esos pedazos de lienzo, por desdichados que me salgan, son
pedazos de entraas mas en que he puesto con mi mejor voluntad lo mejor
que hay en m, me da como una soberbia de pensar que si los enseo en
pblico, uno de esos crticos sabios o cabalierines presuntuosos me
diga, por lucir un nombre recin aprendido de pintor extranjero, o una
linda frase, que esto que yo hago es de Chaplin o de Lefevre, o a mi
cuadrito _Flores vivas_, que he descargado sobre l una escopeta llena
de colores! Te acuerdas? como si no supiera yo que cada flor de
aquellas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres o
cuatro personas de un mismo carcter, antes de simbolizar el carcter en
una flor; como si no supiese yo quin es aquella rosa roja, altiva, con
sombras negras, que se levanta por sobre todas las dems en su tallo sin
hojas, y aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese a
hacerse pjaro y a tender a l las alas, y aquel aguinaldo lindo que
trepa humildemente, como un nio castigado, por el tallo de la rosa
roja. Malos! escopeta cargada de colores!

--Ana: yo s que te recogera a ti, con tu raz, como una flor, y en
aquel gran vaso indio que hay en mi mesa de escribir, te tendra
perpetuamente, para que nunca se me desconsolase el alma.

--Juan--dijo Luca, como a la vez contenindose y levantndose--: quieres
venir a or el M'odi tu que me trajiste el sbado? No lo has odo
todava!

--Ah! y a propsito, no saben ustedes--dijo Pedro como ponindose ya en
pie para despedirse--, que la cabeza ideal que ha publicado en su ltimo
nmero _La Revista de Artes_....

--Qu cabeza?--pregunt Luca--una que parece de una virgen de Rafael,
pero con ojos americanos, con un talle que parece el cliz de un lirio?

--Esa misma, Luca: pues no es una cabeza ideal, sino la de una nia que
va a salir la semana que viene del colegio, y dicen que es un pasmo de
hermosura: es la cabeza de Leonor del Valle.

Se puso en pie Luca con un movimiento que pareci un salto; y Juan alz
del suelo, para devolvrselo, el pauelo, roto.

       *       *       *       *       *




                              Captulo II


Como veinte aos antes de la historia que vamos narrando, llegaron a la
ciudad donde sucedi, un caballero de mediana edad y su esposa, nacidos
ambos en Espaa, de donde, en fuerza de cierta indmita condicin del
honrado don Manuel del Valle, que le hizo mal mirado de las gentes del
poder como cabecilla y vocero de las ideas liberales, decidi al fin
salir el seor don Manuel; no tanto porque no le bastase al Sustento su
humilde mesa de abogado de provincia, cuanto porque siempre tena, por
moverse o por estarse quedo, al guindilla, como llaman all al polica,
encima; y porque, a consecuencia de querer la libertad limpia y para
buenos fines, se qued con tan pocos amigos entre los mismos que
parecan defenderla, y lo miraban como a un celador enojoso, que esto
ms le ayud a determinar, de un golpe de cabeza, venir a las
Repblicas de Amrica, imaginando, que donde no haba reina liviana, no
habra gente oprimida, ni aquella trabilla de cortesanos perezosos y
aduladores, que a don Manuel le parecan vergenza rematada de su
especie, y, por ser hombre l, como un pecado propio.

Era de no acabar de orle, y tenerle que rogar que se calmase, cuando
con aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buena
cerrazn de truenos y relmpagos y unas amenazas grandes como torres,
los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando ligerezas
ajenas queran hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o tal
historia de un capitn de guardias, que pareci bien en la corte con su
ruda belleza de montas y su cabello abundante y alborotado, y apenas
entrevi su buena fortuna tom prestados unos dineros, con que
enrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestir
de pao bueno, y en lo del calzador comprarse unos botitos, con que
estar galn en la hora en que deba ir a palacio, donde al volver el
capitn con estas donosuras, pareci tan feo y presumido que en poco
estuvo que perdiese algo ms que la capitana. Y de unas jiras, o
fiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel, as como de ciertas
cenas en la fonda de un francs, que cuando contaba de ellas no poda
estar sentado; y daba con el puo sobre la mesa que le andaba cerca,
como para acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abra
cuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buen
caballero espaol, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberle
dado riendas en tierra que al fin no era la suya, vena siempre a parar
en que don Manuel tocase en la guitarra que se haba trado cuando el
viaje, con una ternura que sola humedecer los ojos suyos y los ajenos,
unas serenatas de su propia msica, que ms que de la rondalla aragonesa
que le serva como de arranque y _ritornello_, tena de desesperada
cancin de amores de un trovador muerto de ellos por la dama de un duro
castellano, en un castillo, all tras de los mares, que el trovador no
haba de ver jams.

En esos das la linda doa Andrea, cuyas largas trenzas de color castao
eran la envidia de cuantas se las conocan, extremaba unas pocas
habilidades de cocina, que se trajo de Espaa, adivinando que
complacera con ellas ms tarde a su marido. Y cuando en el cuarto de
los libros, que en verdad era la sala de la casa, centelleaba don
Manuel, sacudindose ms que echndose sobre uno y otro hombro
alternativamente los cabos de la capa que so pretexto de fro se quitaba
raras veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, con
su cuerpo elegante y modesto, la buena seora doa Andrea, poniendo mano
en un pisto manchego, o aderezando unas farinetas de Salamanca que a
escondidas haba pedido a sus parientes en Espaa, o preparando, con ms
voluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababan
de calmar las iras del republicano, jams dijo mal don Manuel del Valle,
aun cuando en sus adentros reconociese que algo se haba quemado all, o
sufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz, o entrambos. Fuera
de la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las piedras
negras parece que sale luz de astro!

Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos que
fueran sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni excesivos ni
escasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan por el
mundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agona a las gentes de
talento menesterosas, con tal que stas se presten a ayudar con sus
habilidades el xito de las tramas con que aquellos promueven y
sustentan su fortuna: de tal modo que, si se va a ver, est hoy viviendo
la gente con tantas maas, que es ya hasta de mal gusto ser honrado.

En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el pas, escribi el
seor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril y descompuesta,
sus azotainas contra las monarquas y vilezas que engendra, y sus
himnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, de
que los campos nuevos y los altos montes y los anchos ros de esta
linda Amrica, parecen natural sustento.

Mas a poco de esto, haca veinticinco aos a la fecha de nuestra
historia tales cosas iba viendo nuestro seor don Manuel que volvi a
tomar la capa, que por intil haba colgado en el rincn ms hondo del
armario, y cada da se fue callando ms, y escribiendo menos, y
arrebujndose mejor en ella, hasta que guard las plumas, y muy apegado
ya a la clemente temperatura del pas y al dulce trato de sus hijos para
pensar en abandonarlo, determin abrir escuela; si bien no introdujo en
el arte de ensear, por no ser aun este muy sabido tampoco en Espaa,
novedad alguna que acomodase mejor a la educacin de los
hispanoamericanos fciles y ardientes, que los torpes mtodos en uso,
ello es que con su Iturzaeta y su Aritmtica de Krger y su Dibujo
Lineal, y unas encendidas lecciones de Historia, de que sala bufando y
escapando Felipe Segundo como comido de llamas, el seor Valle sac una
generacin de discpulos, un tanto romnticos y dados a lo maravilloso,
pero que fueron a su tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de los
gobiernos tirnicos. Tanto que hubo vez en que, por cosas como las de
poner en su lugar a Felipe Segundo, estuvo a punto el seor don Manuel
de ir, con su capa y su cuaderno de Iturzaeta, a dar en manos de los
guindillas americanos en estas mismsimas Repblicas de Amrica. A la
fecha de nuestra historia, haca ya unos veinticinco aos de esto.

Tan casero era don Manuel, que apenas pasaba ao sin que los discpulos
tuviesen ocasin de celebrar, cul con una gallina, cul con un par de
pichones, cul con un pavo, la presencia de un nuevo ornamento vivo de
la casa.

--Y qu ha sido, don Manuel? Algn Aristogitn que haya de librar a la
patria del tirano?

--Calle usted, paisano, calle usted; un malakoff ms!--Malakoff, llamaban
entonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a lo que en llano
se ha llamado siempre miriaque o crinolina.

Y don Manuel quera mucho a sus hijos, y se prometa vivir cuanto
pudiese para ellos; pero le andaba desde haca algn tiempo por el lado
izquierdo del pecho un carcominillo que le molestaba de verdad, como una
cestita de llamas que estuviera all encendida, de da y de noche, y no
se apagase nunca. Y como cuando la cestita le quemaba con ms fuerza
senta l un poco paralizado el brazo del corazn, y todo el cuerpo
vibrante como las cuerdas de un violn, y despus de eso le venan de
pronto unos apetitos de llorar y una necesidad de tenderse por tierra,
que le ponan muy triste, aquel buen don Manuel no vea sin susto cmo
le iban naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte haban de ser
ms un estorbo que una ayuda para esa pobre Andrea, que es mujer muy
seora y bonaza, pero para poco, para poco!.

       *       *       *       *       *

Cinco hijas lleg a tener don Manuel del Valle, mas antes de ellas le
haba nacido un hijo, que desde nio empez a dar seales de ser alma de
pro. Tena gustos raros y bravura desmedida, no tanto para lidiar con
sus compaeros, aunque no rehua la lidia en casos necesarios, como para
afrontar situaciones difciles, que requeran algo ms que la fiereza de
la sangre o la presteza de los puos. Una vez, con unos cuantos
compaeros suyos, public en el colegio un periodiqun manuscrito, y por
supuesto revolucionario, contra cierto pedante profesor que prohiba a
sus alumnos argumentarles sobre los puntos que les enseaba; y como un
colegial aficionado al lpiz pintase de pavo real a este maestrazo, en
una lmina repartida con el periodiqun, y don Manuel, en vista de la
queja del pavo real, amenazara en sala plena con expulsar del colegio en
consejo de disciplina al autor de la descortesa, aunque fuese su propio
hijo, el gentil Manuelillo, digno primognito del egregio varn, quiso
quitar de sus compaeros toda culpa, y echarla entera sobre s; y
levantndose de su asiento, dijo, con gran perplejidad del pobre don
Manuel, y murmullos de admiracin de la asamblea:

--Pues, seor Director: yo solo he sido.

Y pasaba las noches en claro, luego que se le extingua la vela escasa
que le daban, leyendo a la luz de la luna. O echaba a caminar, con las
_Empresas_ de Saavedra Fajardo bajo el brazo, por las calles umbrosas de
la Alameda, y creyndose a veces nueva encarnacin de las grandes
figuras de la historia, cuyos grmenes le pareca sentir en s, y otras
desesperando de hacer cosa que pudiera igualarlo a ellas, rompa a
llorar, de desesperacin y de ternura. O se iba de noche a la orilla de
la mar, a que le salpicasen el rostro las gotas frescas que saltaban del
agua salada al reventar contra las rocas.

Lea cuanto libro le caa a la mano. Montaba en cuanto caballo vea a su
alcance: y mejor si lo hallaba en pelo; y si haba que saltar una cerca
mejor. En una noche se aprenda los libros que en todo el ao escolar no
podan a veces dominar sus compaeros; y aunque la Historia Natural y la
Universal y cuanto aadiese algo til a su saber y le estimulase el
juicio y la verba, eran sus materias preferidas, a pocas ojeadas
penetraba el sentido de la ms negra leccin de lgebra, tanto que su
maestro, un ingeniero muy mentado y brusco, le ofreci ensearle, en
premio de su aplicacin, la manera de calcular lo infinitsimo.

Escriba Manuelillo, en semejanza de lo que estaba en boga entonces,
unas letrillas y artculos de costumbres que ya mostraban a un enamorado
de la buena lengua; pero a poco se solt por natural empuje, con vuelos
suyos propios, y empez a enderezar a los gobernantes que no dirigen
honradamente a sus pueblos, unas odas tan a lo pindrico, y recibidas
con tal favor entre la gente estudiantesca, que en una revuelta que
tramaron contra el Gobierno unos patricios que andaban muy solos, pues
llevaban consigo la buena doctrina, fue hecho preso don Manuelillo,
quien en verdad tena en la sangre el microbio sedicioso; y bien que
tuvieron que empearse los amigos pudientes de don Manuel para que en
gracia de su edad saliese libre el Pindarito, a quien su padre,
rindole con los labios, en que le temblaban los bigotes, como los
rboles cuando va a caer la lluvia, y aprobndole con el corazn, envi
a seguir, en lo que cometi grandsimo error, estudios de Derecho en la
Universidad de Salamanca, ms desfavorecida que otras de Espaa, y no
muy gloriosa ahora, pero donde tena la angustiada doa Andrea los
buenos parientes que le enviaban las farinetas.

Se fue el de las odas en un bergantn que haba venido cargado de vinos
de Cdiz; y sentadito en la popa del barco, fijaba en la costa de su
patria los ojos anegados de tan triste manera, que a pesar del guila
nueva que llevaba en el alma, le pareca que iba todo muerto y sin
capacidad de resurreccin y que era l como un rbol prendido a aquella
costa por las races, al que el buque llevaba atado por las ramas
pujando mar afuera, de modo que sin races se quedaba el rbol, si
lograba arrancarlo de la costa la fuerza del buque, y mora: o como el
tronco no poda resistir aquella tirantez, se quebrara al fin, y mora
tambin; pero lo que don Manuelillo vea claro, era que mora de todos
modos. Lo cual, ay! fue verdad, cuatro aos ms tarde, cuando de
Salamanca haba hallado aquel nio manera de pasar, como ayo en la casa
de un conde carlista, a estudiar a Madrid. Se muri de unas fiebres
enemigas, que le empezaron con grandes aturdimientos de cabeza, y unas
visiones dolorosas y tenaces que l mismo describa en su cama revuelta,
de delirante, con palabras fogosas y desencajadas, que parecan una caja
de joyas rotas; y sobre todo, una visin que tena siempre delante de
los ojos, y crea que se le vena encima, y le echaba un aire encendido
en la frente, y se iba de mal humor, y se volva a l de lejos,
llamndole con muchos brazos: la visin de una palma en llamas. En su
tierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de palmas.

       *       *       *       *       *

No muri don Manuel del pesar de que hubiese muerto su hijo, aunque bien
pudo ser; sino que dos aos antes, y sin que Manuelillo lo supiese, se
sent un da en su silln, muy envuelto en su capa, y con la guitarra al
lado, como si sintiese en el alma unas muy dulces msicas, a la vez que
un frescor hmedo y sabroso, que no era el de todos los das, sino mucho
ms grato. Doa Andrea estaba sentada en una banqueta a sus pies, y, lo
miraba con los ojos secos, y crecidos, y le tena las manos. Dos hijas
lloraban abrazadas en un rincn: la mayor, ms valiente, le acariciaba
con la mano los cabellos, o lo entretena con frases zalameras, mientras
le preparaba una bebida; de pronto, desasindose bruscamente de las
manos de doa Andrea, abri don Manuel los brazos y los labios como
buscando aire; los cerr violentamente alrededor de la cabeza de doa
Andrea, a quien bes en la frente con un beso frentico; se irgui como
si quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cay sobre el respaldo
del asiento, estremecindosele el cuerpo horrendamente, como cuando en
tormenta furiosa un barco arrebatado sacude la cadena que lo sujeta al
muelle; se le llen de sangre todo el rostro, como si en lo interior del
cuerpo se le hubiese roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco,
y sonriendo, con la mano casualmente cada sobre el mango de su
guitarra, qued muerto. Pero nunca se lo quiso decir doa Andrea a
Manuelillo, a quien contaban que el padre no escriba porque sufra de
reumatismo en las manos, para que no le entrase el miedo por las
angustias de la casa, y quisiese venir a socorrerlas, interrumpiendo
antes de tiempo sus estudios. Y era tambin que doa Andrea conoca que
su pobre hijo haba nacido comido de aquellas ansias de redencin y
evanglica quijotera que le haban enfermado el corazn al padre, y
acelerado su muerte, y como en la tierra en que vivan haba tanto que
redimir, y tanta cosa cautiva que libertar, y tanto entuerto que poner
derecho, vea la buena Madre, con espanto, la hora de que su hijo
volviese a su patria, cuya hora, en su pensar, sera la del sacrificio
de Manuelillo.

--Ay!--deca doa Andrea--, una vez que un amigo, de la casa le hablaba
con esperanzas del porvenir del hijo. l ser infeliz, y nos har aun
ms infelices sin quererlo. l quiere mucho a los dems, y muy poco a s
mismo. l no sabe hacer vctimas, sino serlo. Afortunadamente, aunque de
todos modos, por desdicha de doa Andrea, Manuelillo haba partido de la
tierra antes de volver a ver la suya propia, detrs de la palma
encendida!

Quin que ve un vaso roto, o un edificio en ruina, o una palma cada,
no piensa en las viudas? A don Manuel no le haban bastado las fuerzas,
y en tierra extraa esto haba sido mucho, ms que para ir cubriendo
decorosamente con los productos de su trabajo las necesidades
domsticas. Ya el ayudar a Manuelillo a mantenerse en Espaa le haba
puesto en muy grandes apuros.

Estos tiempos nuestros estn desquiciados, y con el derrumbe de las
antiguas vallas sociales y las finezas de la educacin, ha venido a
crearse una nueva y vastsima clase de aristcratas de la inteligencia,
con todas las necesidades de parecer y gustos ricos que de ella vienen,
sin que haya habido tiempo aun, en lo rpido del vuelco, para que el
cambio en la organizacin y repartimiento de las fortunas corresponda a
la brusca alteracin en las relaciones sociales, producidas por las
libertades polticas y la vulgarizacin de los conocimientos. Una
hacienda ordenada es el fondo de la felicidad universal. Y bsquese en
los pueblos, en las casas, en el amor mismo ms acendrado y seguro, la
causa de tantos trastornos y rupturas, que los oscurecen y afean, cuando
no son causa del apartamiento, o de la muerte, que es otra forma de l:
la hacienda es el estmago de la felicidad. Maridos, amantes, personas
que aun tenis que vivir y anhelis prosperar: organizad bien vuestra
hacienda!

De este desequilibrio, casi universal hoy, padeca la casa de don
Manuel, obligado con sus medios de hombre pobre a mantenerse, aunque sin
ostentacin ni despilfarro, como caballero rico. Ni quin se niega, si
los quiere bien, a que sus hijos brillantes e inteligentes, aprendan
esas cosas de arte, el dibujar, el pintar, el tocar piano, que alegran
tanto la casa, y elevan, si son bien comprendidas y caen en buena
tierra, el carcter de quien las posee, esas cosas de arte que apenas
hace un siglo eran todava propiedad casi exclusiva de reinas y
princesas? Quin que ve a sus pequeines finos y delicados, en virtud
de esa aristocracia del espritu que en estos tiempos nuevos han
sustituido a la aristocracia degenerada de la sangre, no gusta de
vestirlos de linda manera, en acuerdo con el propio buen gusto
cultivado, que no se contenta con falsificaciones y bellaqueras, y de
modo que el vestir complete y revele la distincin del alma de los
queridos nios? Uno, padrazo ya, con el corazn estremecido y la frente
arrugada, se contenta con un traje negro bien cepillado y sin manchas,
con el cual, y una cara honrada, se est bien y se es bien recibido en
todas partes; pero, para la mujer, a quien hemos hecho sufrir tanto!
para los hijos, que nos vuelven locos y ambiciosos, y nos ponen en el
corazn la embriaguez del vino, y en las manos el arma de los
conquistadores! para ellos, oh, para ellos, todo nos parece poco!

De manera que, cuando don Manuel muri, solo haba en la casa los
objetos de su uso y adorno, en que no dejaba de adivinarse ms el buen
gusto que la holgura, los libros de don Manuel, que miraba la madre como
pensamientos vivos de su esposo, que deban guardarse ntegros a su hijo
ausente, y los enseres de la escuela, que un ayudante de don Manuel, que
apenas le vio muerto se alz con la mayor parte de sus discpulos, hall
manera de comprar a la viuda, abandonada as por el que en conciencia
debi continuar ayudndola, en una suma corta, la mayor, sin embargo,
que despus de la muerte de don Manuel se vio nunca en aquella pobre
casa. Hacen pensar en las viudas las palmas cadas.

Este o aquel amigo, es verdad, queran saber de vez en cuando qu tal le
iba yendo a la pobre seora. Oh! se interesaban mucho por su suerte. Ya
ella saba: en cuanto le ocurriese algo no tena ms que mandar. Para
cualquier cosa, para cualquier cosa estaban a su disposicin. Y venan
en visita solemne, en da de fiesta, cuando suponan que haba gente en
la casa; y se iban haciendo muchas cortesas, como si con la ceremonia
de ellas quisiesen hacer olvidar la mayor intimidad que podra
obligarlos a prestar un servicio ms activo. Da espanto ver cun sola se
queda una casa en que ha entrado la desgracia: da deseos de morir.

Qu se hara doa Andrea, con tantas hijas, dos de ellas ya crecidas;
con el hijo en Espaa, aunque ya el noble mozo haba prohibido, aun
suponiendo a su padre vivo, que le enviasen dinero? qu se hara con
sus hijas pequeas, que eran, las tres, por lo modestas y unidas, la
gala del colegio; con Leonor, la ltima flor de sus entraas, la que las
gentes detenan en la calle para mirarla a su placer, asombradas de su
hermosura? qu se hara doa Andrea? As, cortado el tronco, se secan
las ramas del rbol, un tiempo verdes, abandonadas sobre la tierra.
Pero los libros de don Manuel no! esos no se tocaban: nada ms que a
sacudirlos, en la piececita que les destin en la casa pobrsima que
tom luego, permita la seora que entrasen una vez al mes. O cuando,
ciertos domingos, las dems nias iban a casa de alguna conocida a pasar
la tarde, doa Andrea se entraba sola en la habitacin, con Leonor de la
mano, y all a la sombra de aquellos tomos, sentada en el silln en que
muri su marido, se abandonaba a conversaciones mentales, que parecan
hacerle gran bien, porque sala de ellas en un estado de silenciosa
majestad, y como ms clara de rostro y levantada de estatura; de tal
modo que las hijas cuando volvan de su visita, conocan siempre, por la
mayor blandura en los ademanes, y expresin de dolorosa felicidad de su
rostro, si doa Andrea haba estado en el cuarto de los libros. Nunca
Leonor pareca fatigada de acompaar a su madre en aquellas entrevistas:
sino que, aunque ya para entonces tena sus diez aos, se sentaba en la
falda de su madre, apretada en su regazo o abrazada a su cuello, o se
echaba a sus pies, reclinando en sus rodillas la cabeza, con cuyos
cabellos finos jugaba la viuda, distrada. De vez en cuando, pocas
vedes, la coga doa Andrea en un brusco movimiento en sus brazos, y
besando con locura la cabeza de la nia rompa en amargusimos sollozos.
Leonor, silenciosamente, humedeca en todo este tiempo la mano de su
madre con sus besos.

       *       *       *       *       *

De Espaa se trajo pocas cosas don Manuel, y doa Andrea menos, que era
de familia hidalga y pobre. Y todo, poco a poco, para atender a las
necesidades de la casa, fue saliendo de ella: hasta unas perlas
margaritas que haba llevado de Amrica a Salamanca un to, abuelo de
doa Andrea, y un aguacate de esmeralda de la misma procedencia, que
recibi de sus padres como regalo de matrimonio; hasta unas cucharas y
vasos de plata que se estrenaron cuando se cas la madre de don Manuel,
y este sola ensear con orgullo a sus amigos americanos, para probar en
sus horas de desconfianza de la libertad, cunto ms slidos eran los
tiempos, cosas y artfices de antao.

Y todas las maravillas de la casa fueron cayendo en manos de inclementes
compradores; una escena autgrafa de _El Delincuente Honrado_ de
Jovellanos; una coleccin de monedas romanas y rabes de Zaragoza, de
las cuales las rabes estimulaban la fantasa y avivaban las miradas de
Manuelillo cada vez que el padre le permita curiosear en ellas; una
carta de doa Juana la Loca, que nunca fue loca, a menos que amar bien
no sea locura, y en cuya carta, escrita de manos del secretario
Passamonte, se dicen cosas tan dignas y tan tiernas que dejaban
enamorados de la reina a los que las lean, y dulcemente conmovidas las
entraas.

As se fueron otras dos joyas que don Manuel haba estimado mucho, y
mostraba con la fruicin de un goloso que se complace traviesamente en
hacer gustar a sus amigos un plato cuya receta est decidido a no
dejarles conocer jams: un estudio en madera de la cabeza de San
Francisco, de Alonso Cano, y un dibujo de Goya, con lpiz rojo, dulce
como una cabeza del mismo Rafael.

Con las cucharas de plata se pag un mes la casa; la esmeralda dio para
tres meses; con las monedas fueron ayudndose medio ao. Un
desvergonzado compr la cabeza, en un da de angustia, en cinco pesos.
Un tanto se auxiliaban con unos cuantos pesos que, muy mal cobrados y
muy regaados, ganaban doa Andrea y las hijas mayores enseando a
algunas nias pequeas del barrio pobre donde haban ido a refugiarse en
su penuria. Pero el dibujo de Goya, ese si se vendi bien. Ese, l solo,
produjo tanto como las margaritas y las cucharas de plata, y el
aguacate. El dibujo de Goya, nica prenda que no se arrepinti doa
Andrea de haber vendido, porque le trajo un amigo, lo compr Juan Jerez;
Juan Jerez que cuando muri en Madrid Manuelillo, y la madre extremada
por los gastos en que la puso una enfermedad grave de su nia Leonor, se
hall un da pensando con espanto en que era necesario venderlos, compr
los libros a doa Andrea, mas no se los llev consigo, sino que se los
dej a ella porque l no tena donde ponerlos, y cuando los necesitase,
ya se los pedira. Muy ruin tiene que ser el mundo, y doa Andrea saba
de sobra que suele ser ruin, para que ese da no hubiese satisfecho su
impulso de besar a Juan la mano.

Pero Juan, joven rico y de padres y amistades que no hacan suponer que
buscase esposa en aquella casa desamparada y humilde, comprendi que no
deba ser visita de ella, donde ya eran alegra de los ojos y del
corazn, ms por lo honestas que por lo lindas, las dos nias mayores, y
muy distrado el pensamiento en cosas de la mayor alteza, y muy fino y
generoso, y muy sujeto ya por el agradecimiento del amor que le mostraba
a su prima Luca, ni visitaba frecuentemente la casa de doa Andrea, ni
haca alarde de no visitarla, como que le llev su propio mdico cuando
la enfermedad de Leonor, y volvi cuando la venta de los libros, y
cuando saba alguna afliccin de la seora, que con su influjo, el no
con su dinero que sola escasearle, poda tener remedio.

       *       *       *       *       *

Lo que, como un lirio de noche en una habitacin oscura, tuvo en medio
de todas estas agonas iluminada el alma de doa Andrea, y le asegur en
su creencia bondadosa en la nobleza de la especie humana, fue que, ya
porque en realidad le apenase la suerte de la viuda, ya porque creyera
que haba de parecer mal, siendo como el don Manuel bien querido, y
maestro como ella, que permitieran la salida de sus hijas del colegio
por falta de paga, la directora del Instituto de la Merced, el ms
famoso y rico del pas, hizo un da, en un hermoso coche, una visita,
que fue muy sonada, a casa de doa Andrea, y all le dijo
magnnimamente, cosa que enseguida vocifer y celebr mucho la prensa,
que las tres nias recibiran en su colegio, si ella no lo mandaba de
otro modo, toda su educacin, como externas, sin gasto alguno. Aquella
vez s que doa Andrea, sin los miramientos que en el caso de Juan
haban ms tarde de impedrselo, cubri de besos la mano de la
directora, quien la trat con una hermosa bondad pontificia, y como una
mujer inmaculada trata a una culpable, tras de lo cual se volvi muy
oronda a su colegio, en su arrogante coche.

Es verdad que las nias no decan a doa Andrea que, aunque no las haba
en el colegio ms aplicadas que ellas, ni que llevaran los vestiditos
ms blancos y bien cuidados, ni que, en la clase y recreo mostrasen
mayor compostura, los vales a fin de semana, y los primeros puestos en
las competencias, y los premios en los exmenes, no eran nunca para
ellas; los regaos, s. Cuando la nia del ministro haba derramado un
tintero, de seguro que no haba sido la nia del ministro, cmo haba
de ser la hija del ministro? haba sido una de las tres nias del Valle.
La hija de Mr. Floripond, el poderoso banquero, la fea, la huesuda, la
descuidada, la envidiosa Iselda, haba escondido, donde no pudiese ser
hallado, su caja de lpices de dibujar: por supuesto, la caja no
apareca: All todas las nias tenan dinero para comprar sus cajas!
las nicas que no tenan dinero all eran las tres del Valle! y las
registraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con la cara
llena de lgrimas, y los brazos en cruz, cuando por fortuna la nia de
otro banquero, menos rico que Mr. Floripond, dijo que haba visto a
Iselda poner la caja de lpices en la bolsa de Leonor. Pero tan buenas,
y serviciales fueron, tan apretaditas se sentaban siempre las tres, sin
jugar, o jugando entre s, en la hora de recreo; con tal mansedumbre
obedecan los mandatos ms destemplados e injustos; con tal sumisin,
por el amor de su madre, soportaban aquellos rigores, que las ayudantes
del colegio, solas y desamparadas ellas mismas, comenzaron a tratarlas
con alguna ternura, a encomendarles la copia de las listas de la clase,
a darles a afilar sus lpices, a distinguirlas con esos pequeos favores
de los maestros que ponen tan orondos a los nios, y que las tres hijas
de del Valle recompensaban con una premura en el servirlos y una
modestia y gracia tal, que les ganaba las almas ms duras. Esta
bondadosa disposicin de las ayudantes subi de punto cuando la
directora, que no tena hijos, y era aun una muy bella mujer, dio
muestras de aficionarse tan especialmente a Leonor, que algunas tardes
la dejaba a comer a su mesa, envindola luego a doa Andrea con un
afectuoso recado; y un domingo la sac a pasear en su carruaje,
complacindose visiblemente aquel da en responder con su mejor sonrisa
a todos los saludos.

Porque los que poseen una buena condicin, si bien la persiguen
implacablemente en los dems cuando por causa de la posicin o edad de
estos, teman que lleguen a ser rivales, se complacen, por el contrario,
por una especie de prolongacin de egosmo y por una fuerza de atraccin
que parece incontrastable y de naturaleza divina, en reconocer y
proclamar en otros la condicin que ellos mismos poseen, cuando no puede
llegar a estorbarles.

Se aman y admiran a s propios en los que, fuera ya de este peligro de
rivalidad, tienen las mismas condiciones de ellos. Los miran como una
renovacin de s mismos, como un consuelo de sus facultades que decaen,
como si se viesen aun a s propios tales como son aquellas criaturas
nuevas, y no como ya van siendo ellos. Y las atraen a s, y las retienen
a su lado, como si quisiesen fijar, para que no se les escapase, la
condicin que ya sienten que los abandona. Hay, adems, gran motivo de
orgullo en or celebrar la especie de mrito por que uno se distingue.

Verdad es que no haba tampoco mejor manera de llamar la atencin sobre
s que llevar cerca a Leonor. Qu mirada, que pareca una plegaria!
Qu valo el del rostro, ms perfecto y puro! Qu cutis, que pareca
que daba luz! Qu encanto en toda ella, y qu armona! De noche doa
Andrea, que como a la menor de sus hijas la tuvo siempre en su lecho, no
bien la vea dormida, la descubra para verla mejor; le apartaba los
cabellos de la frente y se los alzaba por detrs para mirarle el cuello,
le tomaba las manos, como poda tomar dos trtolas, y se las besaba
cuidadosamente; le acariciaba los pies, y se los cubra a lentos besos.

Alfombra hubiera querido ser doa Andrea, para que su hija no se
lastimase nunca los pies, y para que anduviese sobre ella. Alfombra,
cinta para su cuello, agua, aire, todo lo que ella tocase y necesitase
para vivir, como si no tuviese otras hijas, quera ser para ella doa
Andrea. Sola Leonor despertarse cuando su madre estaba contemplndola
de esta manera; y entreabriendo dichosamente los ojos amantes y
atrayndola a s con sus brazos, se dorma otra vez, con la cabeza de su
madre entre ellos; de su madre que apenas dorma.

Cmo no padecera la pobre seora cuando la directora del colegio,
estando ya Leonor en sus trece aos, la vino a ver, como quien hace un
gran servicio, y en verdad para el porvenir de Leonor lo era, para que
lo permitiese retener a Leonor en el colegio como alumna interna! En el
primer instante, doa Andrea se sinti caer al suelo, y, sin palabras,
se qued mirando a la directora fijamente, como a una enemiga. De
pensarlo no ms, ya le pareci que le haban sacado el corazn del
pecho.

Balbuce las gracias. La directora entendi que aceptaba.

--Leonor, doa Andrea, est destinada por su hermosura a llamar la
atencin de una manera extraordinaria. Es nia todava, y ya ve usted
cmo anda por la ciudad la fama de su belleza. Usted comprende que a m
me es ms costoso tenerla en el colegio como a interna; pero creo de mi
deber, por cario a usted y al seor don Manuel, acabar mi obra.

Y la madre pareca que quera adelantar una objecin; y la mujer
hermosa, que en realidad, en fuerza de la plcida beldad de Leonor,
haba concebido por ella un tierno afecto, deca precipitadamente estas
buenas razones, que la madre vea lucir delante de s, como puales
encendidos.

--Porque usted ve, doa Andrea, que la posicin de Leonor en el mundo, va
a ser sumamente delicada. La situacin a que estn ustedes reducidas las
obliga a vivir apartadas de la sociedad, y en una esfera en que, por su
misma distincin natural y por la educacin que est recibiendo, no
puede encontrar marido proporcionado para ella. Acabando de educarse en
mi colegio como interna, se rozar mucho ms, en estos tres aos, con
las nias ms elegantes y ricas de la ciudad, que se harn sus amigas
ntimas; yo misma ir cuidando especialmente de favorecer aquellas
amistades que le puedan convenir ms cuando salga al mundo, y le ayuden
a mantenerse en una esfera a que de otro modo, sin ms que su belleza,
en la posicin en que ustedes estn, no podra llegar nunca. Hermosa e
inteligente como es, y movindose en buenos crculos, ser mucho ms
fcil que inspire el respeto de jvenes que de otro modo la perseguiran
sin respetarla, y encuentre acaso entre ellos el marido que la haga
venturosa. Me espanta, doa Andrea--dijo la directora que observaba el
efecto de sus palabras en la pobre madre--, me espanta pensar en la
suerte que correra Leonor, tan hermosa como va a ser, en el desamparo
en que tienen ustedes que vivir, sobre todo si llegase usted a faltarle!
Piense usted en que necesitamos protegerla de su misma hermosura.

Y la directora, ya apiadada del gran dolor reflejado en las facciones de
doa Andrea, que no tena fuerzas para abrir los labios, ya deseosa de
alcanzar con halagos su anhelo, haba tomado las manos de doa Andrea, y
se las acariciaba bondadosamente.

Entr Leonor en este instante, y en el punto de verla, fue como si los
torrentes de llanto apretados por la agona se saliesen al fin de sus
ojos; no dijo palabras, sino inolvidables sollozos; y se lanz al
encuentro de su hija, y se abraz con ella estrechsimamente.

--Yo no ir, mam, yo no ir--le deca Leonor al odo--, sin que lo oyese
la directora; aunque ya Leonor le haba dicho a esta que, si quera doa
Andrea, ella quera ir.

A los pocos momentos doa Andrea, plida, sentada ya junto a Leonor, a
quien tena de la mano, pudo por fin hablar. Porque era ceder a cuanto
le quedaba de don Manuel, a aquellas noches queridas suyas de silencio,
en que su alma, a solas con su amargura y con su nia, recordaba y
viva; porque conforme se haba ido apartando de todo, en sus hijas, y
en Leonor, como un smbolo de todas ellas, se haba refugiado, con la
tenacidad de las almas sencillas que no tienen fuerza ms que para amor;
porque dar a Leonor era como dar todas las luces y todas las rosas de la
vida!

Por fin pudo hablar, y con una voz opaca y baja, como de quien habla de
muy lejos, dijo:

--Bueno, seora, bueno. Y Dios le pagar su buena intencin. Leonor se
quedar en el colegio.

Y ya hemos visto en los comienzos de esta historia que estaba Leonor a
punto de salir de l.

       *       *       *       *       *




                              Captulo III


De qu ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? Era
como la maana que sigue al da en que se ha revelado un orador
poderoso. Era como el amanecer de un drama nuevo. Era esa conmocin
inevitable que, a pesar de su vulgaridad ingnita, experimentan los
hombres cuando aparece sbitamente ante ellos alguna cualidad suprema.
Despus se coligan todos, en silencio primero, abiertamente luego, y dan
sobre lo que admiraron. Se irritan de haber sido sorprendidos. Se
encolerizan sordamente, por ver en otro la condicin que no poseen. Y
mientras ms inteligencia tengan para comprender su importancia, ms la
abominan, y al infeliz que la alberga. Al principio, por no parecer
envidiosos, hacen como que la acatan: y, como que es de fuertes no
temer, ponen un empeo desmedido en alabar al mismo a quien envidian,
pero poco a poco, y sin decirse nada, reunidos por el encono comn, van
agrupndose, cuchicheando, hacindose revelaciones. Se ha exagerado.
Bien mirado, no es lo que se deca. Ya se ha visto eso mismo. Esos ojos
no deben ser suyos. De seguro que se recorta la boca con carmn. La
lnea de la espalda no es bastante pura. No, no es bastante pura. Parece
como que hay una verruga en la espalda. No es verruga, es lobanillo. No
es lobanillo, es joroba. Y acaba la gente por tener la joroba en los
ojos, de tal modo que llega de veras a verla en la espalda, porque la
lleva en s! Ea; eso es fijo: los hombres no perdonan jams a aquellos a
quienes se han visto obligados a admirar.

Pero all, en un rincn del pecho, duerme como un portero sooliento la
necesidad de la grandeza. Es fama que, para dar al champaa su
fragancia, destilan en cada botella, por un procedimiento desconocido,
tres gotas de un licor misterioso. As la necesidad de la grandeza, como
esas tres gotas exquisitas, est en el fondo del alma. Duerme como si
nunca hubiese de despertar, oh, suele dormir mucho! oh, hay almas en
que el portero no despierta nunca! Tiene el sueo pesado, en cosas de
grandeza, y sobre todo en estos tiempos, el alma humana. Mil
duendecillos, de figuras repugnantes, manos de araa, vientre hinchado,
boca encendida, de doble hilera de dientes, ojos redondos y libidinosos,
giran constantemente alrededor de portero dormido, y le echan en los
odos jugo de adormideras, y se lo dan a respirar, y se lo untan en las
sienes, y con pinceles muy delicados le humedecen las palmas de las
manos, y se les encuclillan sobre las piernas, y se sientan sobre el
respaldo del silln, mirando hostilmente a todos lados, para que nadie
se acerque a despertar al portero: mucho suele dormir la grandeza en el
alma humana! Pero cuando despierta, y abre los brazos, al primer
movimiento pone en fuga a la banda de duendecillos de vientre hinchado.
Y el alma entonces se esfuerza en ser noble, avergonzada de tanto tiempo
de no haberlo sido. Solo que los duendecillos estn escondidos detrs de
las puertas, y cuando les vuelve a picar el hambre, porque se han jurado
comerse al portero poco a poco, empiezan a dejar escapar otra vez el
aroma de las adormideras, que a manera de cendales espesos va turbando
los ojos y velando la frente del portero vencido; y no ha pasado mucho
tiempo desde que puso a los duendes en fuga, cuando ya vuelven estos en
confusin, se descuelgan de las ventanas, se dejan caer por las hojas de
las puertas, salen de bajo las losas descompuestas del piso, y abriendo
las grandes bocas en una risa que no suena, se le suben agilsimamente
por las piernas y brazos, y uno se le para en un hombro, y otro se le
sienta en un brazo, y todos agitan en alto, con un ruido de rata que
roe, las adormideras. Tal es el sueo del alma humana.

De qu ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle?

De ella, porque hablan de la fiesta de anoche: de ella, porque la fiesta
alcanz inesperadamente, a influjo de aquella nia ayer desconocida, una
elevacin y entusiasmo que ni los mismos que contribuyeron a ello
volveran a alcanzar jams. Tal como suelen los astros juntarse en el
cielo, ay! para chocar y deshacerse casi siempre, as, con no mejor
destino, suelen encontrarse en la tierra, como se encontraron anoche, el
genio, y ese otro genio, la hermosura.

       *       *       *       *       *

De fama singular haba venido precedido a la ciudad el pianista hngaro
Keleffy. Rico de nacimiento, y enriquecido aun ms por su arte, no
viajaba, como otros, en busca de fortuna. Viajaba porque estaba lleno de
guilas, que le coman el cuerpo, y queran espacio ancho, y se ahogaban
en la prisin de la ciudad. Viajaba porque cas con una mujer a quien
crey amar, y la hall luego como una copa sorda, en que las armonas de
su alma no encontraban eco, de lo que le vino postracin tan grande que
ni fuerzas tena aquel msico-atleta, para mover las manos sobre el
piano: hasta que lo tom un amigo leal del brazo, y le dijo Crate, y
lo llev a un bosque, y lo trajo luego al mar, cuyas msicas se le
entraron por el alma medio muerta, se quedaron en ella, sentadas y con
la cabeza alta, como leones que husmean el desierto, y salieron al fin
de nuevo al mundo en unas fantasas arrebatadas que en el barco que lo
llevaba por los mares improvisaba Keleffy, las que eran tales, que si se
cerraban los ojos cuando se las oa, pareca que se levantaban por el
aire, agrandndose conforme suban, unas estrellas muy radiosas, sobre
un cielo de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en las
nubes de colores ligeros iban dibujndose unas como guirnaldas de flores
silvestres, de un azul muy puro, de que colgaban unos cestos de luz:
qu es la msica sino la compaera y gua del espritu en su viaje por
los espacios? Los que tienen ojos en el alma, han visto eso que hacan
ver las fantasas que en el mar improvisaba Keleffy: otros hay, que no
ven, por lo que niegan muy orondos que lo que ellos no han visto, otros
lo vean. Es seguro que un topo no ha podido jams concebir un guila.

Keleffy viajaba por Amrica, porque le haban dicho que en nuestro cielo
del Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra parte del cielo,
y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes como cabeza de
mujer y blancas como la leche, que crecen en los pases del Atlntico, y
de unas anchas hojas que se cran en nuestra costa exuberante, y
arrancan de la madre tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella,
como los brazos de una divinidad vestida de esmeraldas, que llamasen,
perennemente abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios y
las diosas.

Y aquel dolor de vivir sin cario, y sin derecho para inspirarlo ni
aceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba; aquel
dolor que no dorma, ni tena paces, ni le quera salir del pecho, y le
tena la fantasa como apretada por serpientes, lo que daba a todo su
msica un aire de combate y tortura que sola privarla del equilibrio y
proporcin armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aquel
dolor, en un espritu hermoso que, en la especie de peste amatoria que
est enllagando el mundo en los pueblos antiguos, haba salvado, como
una paloma herida, un apego ardentsimo a lo casto; aquel dolor, que a
veces con las manos crispadas se buscaba el triste msico por sobre el
corazn, como para arrancrselo de raz, aunque se tuviera que arrancar
el corazn con l; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le haca
parecer a las veces extravagante y hurao, y aunque por la suavidad de
su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde el primer
instante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le vean,
poco a poco senta l que en aquellos afectos iba entrando la sorda
hostilidad con que los espritus comunes persiguen a los hombres de alma
superior, y aquella especie de miedo, si no de terror, con que los
hombres, famlicos de goces, huyen, como de un apestado, de quien, bajo
la pesadumbre de un infortunio, ni sabe dar alegras, ni tiene el nimo
dispuesto a compartirlas.

       *       *       *       *       *

Ya en la ciudad de nuestro cuento, cuya gente acomodada haba ido toda,
y en ms de una ocasin, de viaje por Europa, donde apenas haba casa
sin piano, y, lo que es mejor, sin quien tocase en l con natural buen
gusto, tena Keleffy numerosos y ardientes amigos; tanto entre los
msicos sesudos, por el arte exquisito de sus composiciones, como entre
la gente joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. De
modo que cuando se supo que Keleffy vena, y no como un artista que se
exhibe sino como un hombre que padece, determin la sociedad elegante
recibirle con una hermossima fiesta, que quisieron fuese como la ms
bella que se hubiera visto en la ciudad, ya porque del talento de
Keleffy se decan maravillas, ya porque esta buena ciudad de nuestro
cuento no quera ser menos que otras de Amrica, donde el pianista haba
sido ruidosamente agasajado.

En la casa de mrmol dispusieron que se celebrase la gran fiesta: con
un tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones, ya en las
salas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada descanso de la
escalera central haba un enorme vaso chino lleno de plantas de camelia
en flor; todo un saloncito, el de recibir, fue colgado de seda amarilla;
de higares ocultos por cortinas vena un ruido de fuentes. Cuando se
entraba en el saln, en aquella noche fresca de la primavera, con todos
los balcones abiertos a la noche, con tanta hermosa mujer vestida de
telas ligeras de colores suaves, con tanto abanico de plumas, muy de
moda entonces, movindose pausadamente, y con aquel vago rumor de fiesta
que comienza, pareca que se entraba en un enorme cesto de alas. La tapa
del piano, levantado para dar mayor sonoridad a las notas, pareca, como
dominndolas a todas, una gran ala negra.

Keleffy, que discerna la suma de verdadero afecto mezclada en aquella
fiesta de la curiosidad y senta desde su llegada a Amrica como si
constantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes ojos negros;
Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus ltimos dolores,
vaciados en sus romanzas y nocturnos, no hubiesen encontrado manos
tiernas y amigas, que se las devolvan a sus propios odos como
atenuados y en camino de consuelo, porque en Europa se toca--deca
Keleffy--, pero aqu se acaricia el piano; Keleffy, que no notaba
desacuerdo entre el casto modo con que quera l su magnfico arte, y
aquella fiesta discreta y generosa, en que se senta el concurso como
penetrado de respeto, en la esfera inquieta y deleitosa de lo
extraordinario; Keleffy, aunque de una manera apesarada y melanclica, y
ms de quien se aleja que de quien llega, toc en el piano de madera
negra, que bajo sus manos pareca a veces salterio, flauta a veces, y a
veces rgano, algunas de sus delicadas composiciones, no aquellas en que
se hubiera dicho que el mar suba en montes y caa roto en cristales, o
que braceaba un hombre con un toro, y le henda el testuz, y le doblaba
las piernas, y lo echaba por tierra, sino aquellas otras flexibles
fantasas que, a tener color, hubieran sido plidas, y a ser cosas
visibles, hubiesen parecido un paisaje de crepsculo.

       *       *       *       *       *

En esto, se oy en todo el saln un rumor sbito, semejante al que en
das de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre de las plazas cuando
rompe en un ramo de estrellas en el aire un fuego de artificio. Ya se
saba que en el Instituto de la Merced haba una nia muy bella! que era
Sol del Valle; pero no se saba que era tan bella! Y fue al piano;
porque ella era la discpula querida del Instituto y ninguna como ella
entenda aquella plegaria de Keleffy, Oh, madre ma, y la toc,
trmula al principio, olvidada despus en su msica y por esto ms
bella; y cuando se levant del piano, el rumor fue de asombro ante la
hermosura de la nia, no ante el talento de la pianista, no comn por
otra parte; y Keleffy la miraba, como si con ella se fuese ya una parte
de l; y, al verla andar, la concurrencia aplauda, como si la msica no
hubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la visita de un ser
de esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana, cuando haba
entre los seres humanos tan grande hermosura.

Cmo era? Quin lo supo mejor que Keleffy! La mir, la mir con ojos
desesperados y avarientos. Era como una copa de ncar, en quien nadie
hubiese aun puesto los labios. Tena esa hermosura de la aurora, que
arroba y ennoblece. Una palma de luz era. Keleffy no la hablaba, sino la
vea. La nia, cuando se sent al lado de la directora, casi rompi en
lgrimas. La revelacin, la primera sensacin del propio poder, lisonjea
y asusta. Se tuvo miedo la nia, y aunque muy contenta de s, halagada
por aquel rumor como si le rozasen la frente con muy blandas plumas, se
sinti sola y en riesgo, y busc con los ojos, en una mirada de angustia
a doa Andrea, ay! a doa Andrea que, conforme iban pasando los aos,
se hunda en s misma, para ver mejor a don Manuel, de tal manera que
ya, si sonrea siempre, apenas hablaba. Se conversaba apresuradamente.
Todos los ojos estaban sobre ella. Quin es? Quin es? Las mujeres no
la celebraban, se erguan en sus asientos para verla; movan rpidamente
el abanico, cuchicheaban a su sombra con su compaera; se volvan a
mirarla otra vez. Los hombres, sentan en s como una rienda rota; y
algunos, como un ala. Hablaban con desusada animacin. Se juntaban en
corrillos. La median con los ojos. Ya la vean de su brazo ostentndola
en el saln, y le estrechaban el talle en el baile ardiente y atrevido;
ya meditaban la frase encomistica con que haban de deslumbrar al ser
presentados a ella. Conque esa es Sol del Valle?. En qu casas
visita?. Va a casa de Luca Jerez?. Juan Jerez es amigo de la
seora. All est Juan Jerez; que nos presente. Yo soy amigo de la
directora: vamos. Quin nos presentar a ella?. Pobre nia! Su
alcoba no la vio nunca como la dejaron aquellos curiosos. No es para la
mayor parte de los hombres una obra santa, y una copa de espritu la
hermosura; sino una manzana apetitosa. Si hubiera un lente que
permitiese a las mujeres ver, tales como les pasean por el crneo los
pensamientos de los hombres, y lo que les anda en el corazn, los
querran mucho menos.

Pero no era un hombre, no, el que con ms insistencia, y un cierto
encono mezclado ya de amor, miraba a Sol del Valle, y con dificultad
contena el llanto que se le vena a mares a los ojos, abiertos, en los
que se movan los prpados apenas. La conoca en aquel momento, y ya la
amaba y la odiaba. La quera como a una hermana; qu misterios de estas
naturalezas bravas e iracundas! y la odiaba con un aborrecimiento
irresistible y trgico. Y cuando un caballero apuesto y corts, que
saludaba mucha gente a su paso, se acerc, por lo mismo que viva en
esfera social ms alta, ms que a saludar, a proteger a Sol del Valle,
cuando Juan Jerez lleg al fin al lado de la nia, y Luca Jerez, que
era quien de aquella manera la miraba, los vio juntos, cerr los ojos,
inclin la cabeza sobre el hombro como quien se muere; se le puso todo
el rostro amarillo; y solo al cabo de algn tiempo, al influjo del aire
que agitaban sus compaeras con los abanicos, volvi a abrir los ojos,
que parecan turbios, como si hubiera cruzado por su pensamiento un ave
negra.

Y Keleffy en aquellos instantes tena subyugada y muda a la
concurrencia. All sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonas de
esposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar sereno
luego; la flora toda americana, ardiente y rica; el encogimiento sombro
del alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una como invasin de luz
que encendiese la atmsfera, y penetrase por los rincones ms negros de
la tierra, y a travs de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul y
corales; una como guila herida, con una llaga en el pecho que pareca
una rosa, huyendo, a grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritos
desesperados y estridentes. As, como un espritu que se despide, toc
Keleffy el piano. Jams pudo tanto, ni nadie le oy as segunda vez.
Para Sol era aquella fantasa; para Sol, a quien ni volvera a ver
nunca, ni dejara de ver jams. Solo los que persiguen en vano la
pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo los que mueren
de amor a la hermosura entienden cmo, sin vil pensamiento, ya a punto
de decir adis para siempre a la ciudad amiga, toc aquella noche en el
piano Keleffy. Pero toc de tal manera que, aun para la gente inculta,
es todava aquel un momento inolvidable. Nos llevaba como un
triunfador, deca un cronista al da siguiente, sujetos a su carro.
Adnde bamos? nadie lo saba. Ya era un rayo que daba sobre un monte,
como el acero de un gigante sobre el castillo donde supone a su dama
encantada; ya un len con alas, que iba de nube en nube; ya un sol
virgen que de un bosque temido, como de un nido de serpientes, se
levanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los rboles no tenan
hojas, sino flores; ya un pino colosal que, con estruendo de gemidos, se
quebraba; era una grande alma que se abra. Mucho se haba hecho admirar
el apasionado hngaro en el comienzo de la fiesta; mas, aquella
arrebatadora fantasa, aquel desborde de notas; ora plaideras, ora
terribles, que parecan la historia de una vida, aquella, que fue su
ltima pieza de la noche, porque nadie despus de ella os pedirle ms,
vino tan inmediatamente despus de la aparicin de la seorita Sol del
Valle, orgullo desde hoy de la ciudad que todos reconocimos en la
improvisacin maravillosa del pianista el influjo que en l, como en
cuantos anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola de
inocencia, ejerci la pasmosa hermosura de la nia. Nace bien esta
beldad extraordinaria, con el genio a sus plantas.

       *       *       *       *       *

Dos amigas estn sentadas a la sombra de la magnolia, nuestra antigua
conocida. En un silln est sentada Luca. Otras sillas de mimbre
esperan a sus dueas, que andan preparando dulces por los adentros de la
casa, o con Ana, que no est bien hoy. Est muy plida. No se espera
gente de afuera aquella tarde; Juan Jerez no est en la ciudad: fue el
viernes a defender en el tribunal de un pueblo vecino los derechos de
unos indios a sus tierras, y aun no ha vuelto. Luca hubiera estado ms
triste, si no hubiera tenido a su amiga a su lado. Juan no puede venir.
Ferrocarril no hay hoy. A caballo, es muy lejos. A los pies de Luca, en
una banqueta, con los brazos cruzados sobre las rodillas de la nia,
quin es la que est sentada, y la mira con largas miradas, que se
entran por el alma como reinas hermosas que van a buscar en ella su
aposento, y a quedarse en ella; y la deja jugar con su cabeza, cuya
cabellera castaa destrenza y revuelve, y alisa luego hacia arriba con
mucho cuidado, de modo que se le vea el noble cuello? A los pies de
Luca est Sol del Valle.

       *       *       *       *       *

Desde la noche de la fiesta de Keleffy, Luca y Sol se han visto muchas
veces. De conocerla, cmo haba de librarse, en estas ciudades nuestras
en que todo el mundo se conoce? Aquella misma noche, y no fue Juan por
cierto, Luca, muy adulada por la directora del Instituto de la Merced,
de donde haba salido tres aos antes, se vio en brazos de Sol, que la
miraba llena de esperanza y ternura. Se levant la directora y llev a
Sol de la mano a donde Luca estaba, taciturna. Las vio venir, y se ech
atrs.

--Vienen a m, a m!--se dijo.

--Luca, aqu te traigo una amiga, para que te la pongas en el corazn, y
me la cuides como cosa de tu casa. En tus manos la puedo dejar: t no
eres envidiosa.

Y a Sol se le encenda el rostro, sin saber qu decir, y a Luca se le
desvaneca el color, buscando en balde fuerzas con que mover la mano y
abrir los labios en una sonrisa.

--Pero esto no ha de ser as, no.

Y la directora puso el brazo de Sol en el de Luca, y acompaadas de
miradas celosas, se refugi por algunos momentos con ellas en un balcn,
cuya baranda de granito estaba oculta bajo una enredadera florecida de
rosas salomnicas. El balcn era grande y solemne; la noche, ya muy
entrada, y el cielo, carioso y locuaz, como se pone en nuestros pases
cuando el aire est claro, y parece como que platican y se hacen visitas
las estrellas.

--Y ante todo, Luca y Sol, dense un beso.

--Mira, Luca--dijo la directora juntando en sus manos las de las los
nias y hablando como si no estuviese Sol con ellas, quien se senta las
mejillas ardientes, y el pecho apretado con lo que la maestra iba
diciendo, tanto, que por un instante vio el cielo todo negro, y como que
desde su casita la estaba llamando doa Andrea--. Mira, Luca, t sabes
cmo entra en la vida Sol del Valle, como lo sabe todo el mundo. Su
padre se ha muerto. Su madre est en la mayor pobreza. Yo, que la quiero
como a una hija, he procurado educarla para que se salve del peligro de
ser hermosa siendo tan pobre.

Sinti Luca en aquel instante como si la mano de Sol le temblase en la
suya, y hubiese hecho un movimiento por retirarla y ponerse en pie.

--Seora....

--No, no, Luca. La que va a ser mujer de Juan Jerez....

La sombra de una de las cortinas de la enredadera, que flotaba al
influjo del aire, escondi en este instante el rostro de Sol.

--... merece que yo ponga en sus manos, para que me la ensee al mundo a
su lado y me la proteja, la joya de la casa con que ha sido Juan Jerez
tan bueno.

Aqu la cortina flotante de la enredadera cubri con su sombra el rostro
de Luca.

--Juan....

--Juan ha sido muy bueno--dijo como con cierta prisa voluntaria la
directora--. l apenas conoce a Sol, porque ha ido muy poco a casa de
doa Andrea; pero como es tan generoso, se alegrar de que t ampares a
esta nia, con el respeto de tu casa, de los que, porque la vern
desvalida....

Ms blanco que su vestido pudo verse en este momento, el rostro de Sol.

--... querrn faltarle al respeto. Ya Sol ha acabado su colegio; pero
para que mi obra no quede incompleta, voy a dejarla en l como
profesora, y as ayudar a su madre a llevar los gastos de la casa, y le
hemos tomado ya a doa Andrea una casita mejor, cerca del Instituto. Yo
espero--aadi la seora gravemente, y como si las estrellas no
estuviesen brillando en el cielo--, que Sol ser una buena maestra. Yo,
Luca, no podr llevarla a todas partes, porque ya he dejado de ser
joven, y los cuidados del colegio me lo impiden; pero quiero que t
hagas mis veces, y ya lo sabes--dijo con una ligera emocin en la voz
dando un beso en la mejilla de Luca--, cudamela. Que sientan que el que
no pueda llegar hasta ti, no puede llegar hasta ella. Cuando haya una
fiesta, llvala. Ella se vestir siempre linda, porque yo la he enseado
a hacrselo todo y es maestra en coser. Convdala a tu casa, para que
nadie tenga reparo en convidarla a la suya: que el que entra en tu casa
puede entrar en todas partes. Sol es tan bonita como agradecida.

--S, s, seora--interrumpi Luca que en sus mejillas propias estaba
sintiendo la palidez de las de Sol--. Yo la llevar conmigo. Yo s, yo
s, ahora mismo la presentar a todas mis amigas. Iremos juntas la
Semana Santa. No me digas que no, Sol. Iremos al teatro siempre juntas.

Y el cario le iba creciendo con las palabras, que deca
amontonadamente, como si tuviese prisa por olvidarse de algo, o quisiese
vengarse de s misma.

--Bueno, vamos entonces, que yo veo que la gente curiosea porque estamos
cuchicheando tanto tiempo. Vamos.

Sol no hablaba. Luca, como que quera defenderla de la directora, que
entraba ya en el saln con su paso pomposo.

--Enseguida, seora, enseguida. Entre usted y detrs vamos nosotras. Voy
a coger dos rosas de esta enredadera: esta para Sol--y se la prendi con
mucha ternura, mirndola amorosamente en los ojos--; esta, que es la
menos bonita, para m.

--Oh, usted es tan buena!

--Usted? No, Sol, yo soy tu hermana. No hagas caso de lo que dice la
directora. Yo te querr siempre como una hermana--y abri los brazos, y
apret en ellos a Sol, a la que llevaba sin miedo, prestsimamente.

--Oh!--dijo Sol de pronto ahogando un grito. Y se llev la mano al seno,
y la sac con la punta de los dedos roja. Era que al abrazarla Luca, se
le clav en el seno una espina de la rosa.

Con su propio pauelo sec Luca la sangre, y de brazo las dos entraron
en la sala. Luca tambin estaba hermosa.

       *       *       *       *       *

--Cmo entenderte, Luca?--deca Juan a su prima unos quince das despus
de la noche de la fiesta, con una intencin severa en las palabras que
l con Luca nunca haba usado--. Desde hace unos quince das, espera,
creo que me acuerdo, desde la noche de Keleffy, te encuentro tan
injusta, que a veces, creo que no me quieres.

--Juan! Juan!

--Bueno, Luca: t s me quieres. Pero qu te hago yo que explique esas
durezas tuyas de carcter, para m que vengo a ti como viene el sediento
a un vaso de ternuras? Ms cario no puedes desear. Pensar, yo s pienso
en todo lo ms difcil y atrevido; pero querer, Luca, yo no quiero ms
que a ti. Yo he vivido poco; pero tengo miedo de vivir y s lo que es,
porque veo a los vivos. Me parece que todos estn manchados, y en cuanto
alcanzan a ver un hombre puro empiezan a correrle detrs para llenarle
la tnica de manchas. La verdad es que yo, que quiero mucho a los
hombres, vivo huyendo de ellos. Siento a veces una melancola dolorosa.
Qu me falta? La fortuna me ha tratado bien. Mis padres me viven. Me es
permitido ser bueno. Y adems, te tengo--le dijo tomndola, cariosamente
de la mano que Luca le abandon como apenada y absorta.

--Te tengo, y de ti me vienen, y en ti busco, las fuerzas frescas que
necesito para que el corazn no se me espante y debilite. Cada vez que
me asomo a los hombres, me echo atrs como si viera un abismo; pero de
cada vez que vengo a verte, saco un bro para batallar y un poder de
perdn que hacen que nada me parezca difcil para que yo lo acometa. No
te ras, Luca; pero es la verdad. T has ledo unos versos de
Longfellow que se llaman Excelsior? Un joven, en una tempestad de
nieve, sube por un puerto pobre, montaa arriba, con una bandera en la
mano que dice: Excelsior. No te sonras: yo s que sabes t latn:
Ms alto!. Un anciano le dice que no vaya adelante, que el torrente
ruge abajo y la tempestad se viene encima: Ms alto!. Una joven
linda, no tan linda como t!, le dice: Descansa la cabeza fatigada en
mi seno. Y al joven se le humedecen los ojos azules, pero aparta de s
a la enamorada y le dice: Ms alto!.

--Ah no! pero t no me apartars a m de ti. Yo te quito la bandera de
las manos. T te quedas conmigo. Yo soy lo ms alto!

--No, Luca: los dos juntos llevaremos la bandera. Yo te tomo para todo
el viaje. Mira que, como soy bueno, no voy a ser feliz. No te me
canses!--y le bes la mano.

Luca le acariciaba con los ojos la cabeza.

--Y el joven al fin sigui adelante: y los monjes lo hallaron muerto al
da siguiente, medio sepultado en la nieve; pero con la mano asida a la
bandera, que deca: Ms alto!. Pues bien, Luca: cuando no te me
pones majadera, cuando no me haces lo que ayer, que me miraste de frente
como con odio y te burlaste de m y de mi bondad, y sin saberlo llegaste
hasta dudar de mi honradez, cuando no te me vuelves loca como ayer, me
parece cuando salgo de aqu, que me brilla en las manos la bandera. Y
veo a todo el mundo pequeo, y a m como un gigante dichoso. Y siento
mayor necesidad, una vehemente necesidad de amar y perdonar a todo el
mundo. En la mujer, Luca, como que es la hermosura mayor que se conoce,
creemos los poetas hallar como un perfume natural todas las excelencias
del espritu; por eso los poetas se apegan con tal ardor a las mujeres a
quienes aman, sobre todo a la primera a quien quieren de veras, que no
es casi nunca la primera a quien han credo querer, por eso cuando creen
que algn acto pueril o inconsiderado las desfigura, o imaginan ellos
alguna frivolidad o impureza, se ponen fuera de s, y sienten unos
dolores mortales, y tratan a su amante con la indignacin con que se
trata a los ladrones y a los traidores, porque como en su mente las
hicieran depositarias de todas las grandezas y claridades que apetecen,
cuando creen ver que no las tienen, les parece que han estado
usurpndoles y engandoles con maldad refinada, y creen que se
derrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque sigan
viviendo, abrazados a las hojas cadas de su rosa blanca. Los poetas de
raza mueren. Los poetas segundones, los tenientes y alfreces; de la
poesa, los poetas falsificados, siguen su camino por el mundo besando
en venganza cuantos labios se les ofrecen, con los suyos, rojos y
hmedos en lo que se ve, pero en lo que no se ve tintos de veneno!
Vamos, Luca, me ests poniendo hoy muy hablador. T ves, no lo puedo
evitar. Si me oyeran otras gentes, diran que era un pedante. T no lo
dices, verdad? Es que en cuanto estoy algn tiempo cerca de ti, de ti
que nadie ha manchado, de ti en quien nadie ha puesto los labios
impuros, de ti en quien mido yo como la carne de todas mis ideas y como
una almohada de estrellas donde reclino, cuando nadie me ve, la cabeza
cansada, estas cosas extraas, Luca, me vienen a los labios tan
naturalmente que lo falso sera no recordarlas. Por fuera me suelen
acusar de que soy rebuscado y exagerado, y t habrs notado que ya yo
hablo muy poco. Qu culpa tengo yo de que sea as mi naturaleza, y de
que al influjo de tu cario ensee todas sus flores?

Y le bes las dos manos, como pudiera un nio haber besado dos trtolas.

As, aunque no parezca cierto, suelen hablar y sentir algunos seres
vivos y efectivos, como dicen las lpidas de los nichos en que estn
enterrados los oficiales militares muertos en el servicio de la corona
espaola. As exactamente, y sin quitar ni poner pice, era como senta
y hablaba Juan Jerez.

       *       *       *       *       *

--T me perdonas, Juan--dijo Luca antes de que hubieran pasado algunos
momentos, bajos los ojos y la voz, como pecador contrito que pide
humildemente la absolucin de su pecado--. Juan yo no s que es, ni s
para qu te quiero, aunque si s que te quiero por lo mismo que vivo, y
que si no te quisiera no vivira. Y mira, Juan, te miento; ahora mismo
te estoy mintiendo, yo creo que no s por qu te quiero, pero debo
saberlo muy bien, sin notarlo yo, porque s por qu pueden quererte los
dems. Y como si te conocen, han de quererte como yo te quiero, no me
regaes Juan! yo no quisiera que t conocieses a nadie! Yo te querra
mudo, yo te querra ciego: as no me veras ms que a m, que le
cerrara el paso a todo el mundo, y estara siempre ah, y como dentro
de ti, a tus pies donde quisiera estar ahora! T me perdonas, Juan?
Luego, yo no soy soberbia, y no creo que yo solo soy hermosa: t dices
que yo soy hermosa! yo s que fuera de m hay muchas cosas y muchas
personas bellas y grandes; yo s que no estn en m todas las hermosuras
de la tierra, y como a ti te caben en el alma todas, y eres tan bueno
que te he visto recoger las flores pisadas en las calles y ponerlas con
mucho cuidado donde nadie las pise, creo, Juan, que yo no te basto, que
cualquier cosa o persona hermosa, te gustara tanto como yo, y odio un
libro si lo lees, y un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen que
es bella y puedes verla t. Quisiera reunir yo en m misma todas las
bellezas del mundo, y que nadie ms que yo tuviera hermosura alguna
sobre la tierra. Porque te quiero, Juan, lo odio todo. Y yo no soy mala,
Juan; yo me avergenzo de eso, y luego me entran remordimientos, y
besara los pies de los que un momento antes quera no ver vivos, y de
mi sangre les dara para que viviesen si se muriesen; pero hay
instantes, Juan, en que odio a todas las cosas, a todos los hombres y a
todas las mujeres! Oh, a todas las mujeres! Cuando no ests a mi lado,
y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar tu pensamiento,
cremelo, Juan; ni s lo que veo, ni s qu es lo que me posee, pero me
das horror, Juan y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades,
y te las echo en cara, como ayer, para ver si llegas t a odiarlas, y a
no ser tan bueno, y si as no te quieren! Eso es, Juan, no es ms que
eso. A veces, y te lo dir a ti solo, sufro tanto que me tiendo en el
suelo en mi cuarto, cuando no me ven, como una muerta. Necesito sentir
en las sienes mucho tiempo el fro del mrmol. Me levanto, como si
estuviera por dentro toda despedazada. Me muero de una envidia enorme
por todo lo que t puedas querer y lo que pueda quererte. Yo no s si
eso es malo, Juan: t me perdonas?

La magnolia, nuestra antigua conocida oy, a las ltimas luces de la
tarde, el final de esta conversacin congojosa.

       *       *       *       *       *

Lindo es el montecito que domina por el Este a la ciudad, donde a brazo
partido lucharon antao, macana contra lanza y carne contra hierro, el
jefe de los indios y el jefe de los castellanos, y de barranco en
barranco abrazados, matndose y admirndose iban cayendo, hasta que al
fin, ya exhausto, e hirindose con su propia macana la cabeza, cay el
indio a los pies del espaol, que se levant la visera, dejando ver el
rostro baado en sangre, y bes al indio muerto en la mano. Luego, como
que era recio de subir, le escogieron para sus penitencias los devotos,
y es fama que por su falda pedregosa suban de rodillas en lo ms fuerte
del sol, los penitentes, contando el rosario.

Vinieron gentes nuevas, y como que el monte es corto y de forma bella, y
desde l se ve a la ciudad, con sus casas bajas, de patios de arbolado,
como una gran cesta de esmeraldas y palos, limpiaron de piedras y
yerbajos la tierra que, bien abonada, no result ingrata; y de la mejor
parte del monte hicieron un jardn que entre los pueblos de Amrica no
tiene rival, puesto que no es uno de esos jardinuelos de flores
enclenques, y arbustos podados, con trocitos de csped entre enverjados
de alambre, que ms que cosa alguna dan idea de esclavitud y artificio,
y de los que con desagrado se aparta la gente buena y discreta; sino uno
como bosque de nuestras tierras, con nuestras propias y grandes flores y
nuestros rboles frutales, dispuestos con tal arte que estn all con
gracia y abandono, y en grupos irregulares y como poco cuidados, de tal
manera que no parece que aquellos bambes, pltanos y naranjos han sido
llevados all por las manos de jardinero, ni aquellos lirios de agua,
puestos como en montn que bordan el estrecho arroyo cargado de aguas
secas, fueron all trasplantados como en realidad fueron: antes bien,
parece que todo aquello floreci all de suyo y con libre albedro, de
modo que all el alma se goza y comunica sin temor, y no bien hay en la
ciudad una persona feliz, ya necesita ir a decrselo al montecito que
nunca se ve solo, ni de da ni de noche.

Por all, en la tarde en que vamos caminando, hall Pedro Real razn
para encontrarse a caballo, el cual dej en la cumbre, mientras que,
golpendose con el latiguillo los botines, se perda, sin recordar el
cuadro de Ana, por la calle de los lirios. Por all, y sin saber por
cierto que Pedro andaba cerca, acababa Adela, con tres amigas suyas, que
estrenaban unos sombreros de paja crema adornados con lilas, de bajar
del carruaje, que en la cumbre, con los caballos, esperaba. Por all,
sin que lo supiese Adela tampoco, aunque s lo saba Pedro, andaban
lentamente, con las dos nias menores, Sol y doa Andrea: doa Andrea,
que desde que el colegio le devolvi a su Sol y poda a su sabor recrear
los ojos, con cierto pesar de verle el alma un poco blanda y perezosa,
en aquella nia suya de cutis tan trasparente--deca ella--como una nube
que vi una vez, en Pars, en un medio punto de Murillo, andaba siempre
hablando consigo en voz baja, como si rezase; y otras regaaba por todo,
ella que no regaaba antes jams, pues lo que quera en realidad, sin
atreverse, era regaar a Sol, de quien se encenda en celos y en miedos,
cada vez que oa preparativos de fiesta o de paseo, que por cierto no
eran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doa Andrea
por su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo de Sol en el
colegio haba entrado en la casa, se contentaba doa Andrea; y a veces
se dio la gran injusticia de que aquella hermosura que ella tanto
mimaba, y que desde la infancia de la nia cuidaba ella y favoreca, se
la echase en cara como un pecado, que le llev un da a prorrumpir en
este curiossimo despropsito, que a algunas personas pareci tan
gracioso como cuerdo: Si Manuel viviera, t no seras tan hermosa.
Enojbase, doa Andrea, cuando oa, all por la hora en que Sol volva
con una criada anciana del colegio, la pisada atrevida del caballo de
cierto caballero que ella muy especialmente aborreca; y si Sol hubiese
mostrado, que nunca lo mostr, deseos de ver la arrogante cabalgadura,
fuera de una vez que se asom sonriendo y no descontenta, a verla pasar
detrs de sus persianas, es seguro que por all hubieran encontrado
salida las amarguras de doa Andrea, que miraba a aquel gallardsimo
galn, a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galn alguno
hubiera soportado doa Andrea, cuyos pesares aumentaba la certidumbre de
que aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy en el alma, que
poseyese a su Sol, no sera de Sol nunca, por lo alto que estaba, y
porque era ya de otra. Mas aquella manssima seora se estremeca cuando
pensaba que, por parecer proporcionados en la gran hermosura externa,
pudiesen algn da acercarse en amores aquel catador de labios
encendidos y aquella copa de vino nuevo. Senta fuerzas viriles doa
Andrea, y determinacin de emplearlas, cada vez que el caballo de Pedro
Real piafaba sobre los adoquines de la calle. Como si los cuerpos
enseasen el alma que llevan dentro! Una vez, en una habitacin recamada
de ncar, se encontr refugiado a un bandido. Da horror asomarse a
muchos hombres inteligentes y bellos. Se sale huyendo, como de una
madriguera. Y ya se saba por toda la ciudad, con envidia de muchas
locuelas, que tras de Sol del Valle haba echado Pedro Real todos sus
deseos, sus ojos melodiosos, su varonil figura, sus caballos
caracoleadores, sus mpetus de enamorado de leyenda. Y lo desptico de
la aficin se le conoca en que, bruscamente, y como si no hubiera
estado perturbando con vislumbres de amor sus almas nuevas, ces de
decir gallardas, a afectar desdenes a aquellas que ms de cerca le
tuvieron desde su llegada de Pars, ya porque de pblico se las sealase
como las conquistas ms apetecidas, ya porque lo picante de su trato le
diese fcil ocasin para aquellas conversaciones salpimentadas que son
muy de uso entre aquellos de nuestros caballeros jvenes que han visto
tierras, y suplen con lo atrevido del discurso la escasez de la gracia y
el intelecto. La conversacin con las damas ha de ser de plata fina, y
trabajada en filigrana leve, como la trabajan en Gnova y Mxico.

En ser visto donde Sol del Valle haba de verlo, pona Pedro Real el
mayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a l; si al
teatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la directora, y no
ms que dos veces, estaba la luneta de Pedro; si en Semana Santa, por
donde Sol iba con Luca y Adela, Pedro, sin piedad por Adela, apareca.
Decirle, nada le haba dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, al
saludarla en pblico, encogimiento y moderacin mayores. Y pareca ms
arrogante, porque no iba tan pulido. Ni le deca, ni le escriba; pero
quera llenarle el aire de l. A la salida del teatro, la segunda noche
que fue a l Sol, ofreca un pequeuelo de sombrero de pita y pies
descalzos un ramo de camelias color de rosa, que eran all muy
apreciadas y caras. Y en el punto en que sali Sol, y con rapidez tal
que pareci a todos cosa artstica, tom el ramo Pedro Real, lo deshizo
de modo que las camelias cayeron al suelo, casi a los pies de Sol, y
dijo, como si no quisiera ser odo ms que del amigo que tena al lado:
Puesto que no es de quien debe ser, que no sea de nadie. Y como la
fantasa que la hermosura de Sol arranc a Keleffy era ya a manera de
leyenda en la ciudad, Pedro Real, con tacto y profundidad mayores de los
que pudieran suponrsele, compr, para que nadie volviese a tocar en l,
el piano en que haban tocado aquella noche Sol y Keleffy.

       *       *       *       *       *

Sonaban por la ciudad alegremente las chirimas, los pfanos y los
tambores. Los balcones de la calle de la Victoria eran cestos de rosas,
con todas las damas y nias de la ciudad asomadas a ellos. Por cada
bocacalle entraba en la de la Victoria, con su banda de tamborines a la
cabeza, una compaa de milicianos. Unos llevaban pantaln blanco de
dril, con casaqun de lana perla, cruzado el pecho de anchas correas
blancas, con asta plateada. Otros iban de blanco y rojo, blanco el
pantaln, la casaca roja. Iban otros ms de ciudadanos, y aunque menos
brillantes, ms viriles: llevaban un pantaln de azul oscuro y uno como
gabn corto y justo, cerrado con doble hilera de botones de oro por
delante: el sombrero era de fieltro negro de alas anchas, con un delgado
cordn de oro, que caa con dos bellotas a la espalda. En las esquinas
iban las compaas tomando puesto. Qu conmovedoras las banderas rotas!
Qu arrogantes, y como sacerdotes, los que las llevaban! Parecan altos
aunque no lo fueran. No parecan bien, cerca de aquellos pabellones
desgarrados, los banderines de seda y flores de oro en que con letras de
realce iban bordados los nmeros de las compaas. Qu correr
desalados, el de los muchachos por las calles! Verdad que hasta los
hombres mayores, peridico en mano y bastn al aire, corran. A algunos,
se les saltaban las lgrimas. Pareca como que de adentro empujaba
alguien a las gentes. Cuando una banda sonaba a distancia, como si
estuviera yndose, los muchachos, aun los ms crecidos, corran tras
ella, con la cara angustiada, como si se les fuera la vida. Y los ms
pequeos, cruzando de un lado para otro, mirados desde los balcones,
parecan los granos sueltos de un racimo de uvas. Las nueve seran de la
maana, y el cielo estaba alegre, como si le pareciese bien lo que
suceda en la tierra. Era el da del ao sealado para llevar flores a
las tumbas de los soldados muertos en defensa de la independencia de la
patria. Entre compaa y compaa, iban carros enormes en la procesin,
tirados por caballos blancos, y henchidos de tiestos de flores. All en
el cementerio haba, sobre cada tumba, clavada una bandera.

Qu caballern, de los elegantes de la ciudad, no estaba aquella
maana, con un ramo de flores en el ojal, saludando a las damas y nias
desde su caballo? Los estudiantes, no, esos no estaban por las calles,
aunque en los balcones tenan a sus hermanas y a sus novias: los
estudiantes estaban en la procesin, vestidos de negro, y entre
admirados y envidiosos de los muertos a quienes iban a visitar, porque
estos, al fin, ya haban muerto en defensa de su patria, pero ellos
todava no: y saludaban a sus hermanas y novias en los balcones, como si
se despidieran de ellas. Los estudiantes fueron en masa a honrar a los
muertos. Los estudiantes que son el baluarte de la Libertad, y su
ejrcito ms firme. Las universidades parecen intiles, pero de all
salen los mrtires y los apstoles. Y en aquella ciudad quin no saba
que cuando haba una libertad en peligro, un peridico en amenaza, una
urna de sufragio en riesgo, los estudiantes se reunan, vestidos como
para fiesta, y descubiertas las cabezas y cogidos del brazo, se iban por
las calles pidiendo justicia; o daban tinta a las prensas en un stano,
e impriman lo que no podan decir; se reunan en la antigua Alameda,
cuando en las ctedras queran quebrarles los maestros el decoro, y de
un tronco hacan silla para el mejor de entre ellos, que nombraban
catedrtico, y al amor de los rboles, por entre cuyas ramas pareca el
cielo como un sutil bordado, sentado sobre los libros deca con gran
entusiasmo sus lecciones; o en silencio, y desafiando la muerte, plidos
como ngeles, juntos como hermanos, entraban por la calle que iba a la
casa pblica en que haban de depositar sus votos, una vez que el
Gobierno no quera que votaran ms que sus secuaces, y fueron cayendo
uno a uno, sin echarse atrs, los unos sobre los otros, atravesados
pechos y cabezas por las balas, que en descargas nutridas desataban
sobre ellos los soldados? Aquel da qued en salvo por maravilla Juan
Jerez, porque un to de Pedro Real desvi el fusil de un soldado que le
apuntaba. Por eso, cuando los estudiantes pasaban en la procesin,
vestidos de negro, con una flor amarilla en el ojal, los pauelos de
todos los balcones soltbanse al viento, y los hombres se quitaban los
sombreros en la calle, como cuando pasaban las banderas; y solan las
nias desprenderse del pecho, y echar sobre los estudiantes, sus ramos
de rosas.

En un balcn, con sus dos hermanas mayores y la directora, estaba Sol
del Valle. En otro, con un vestido que la haca parecer como una imagen
de plata, una linda imagen pagana, estaba Adela. Ms all, donde Sol y
Adela podan verlas, ocupaba un ancho balcn, amparado del sol por un
toldo de lona, Luca con varias personas de la familia de su madre, y
Ana. En una silla de manos haban trado a Ana hasta la casa. Muy mala
estaba, sin que ella misma lo supiese bien; estaba muy mala. Pero ella
quera ver, con su derecho de artista, aquella fiesta de los colores; a
la tierra le faltaba ahora color, verdad, Juan? Mira, si no, como todo
el mundo se viste de negro. Quiero or msica, Luca: quiero or mucha
msica. Quiero ver las banderas al viento. Y all estaba en el ancho
balcn, vestida de blanco, muy abrigada, como si hubiese mucho fro,
mirando avariciosamente, como si temiera no volver a ver lo que vea, y
sintiendo como dentro del pecho, porque no se las viesen, le estaban
cayendo las lgrimas.

Luca distingui a Sol, y mir si estaba en el balcn, o dentro, Juan
Jerez. Sol, no bien vio a Luca, no quit de ella los ojos, para que
supiese que estaba all, y cuando le pareci que Luca la estaba viendo,
la salud cariosamente con la mano, a la vez que con la sonrisa y con
los ojos. Prefera ella que Luca la mirase, a que la miraran los
jvenes mejor conocidos en la ciudad, que siempre hallaban manera de
detenerse ms de lo natural frente a su balcn. A Pedro Real, pag con
un movimiento de cabeza, su humilde saludo, cuando pas a caballo; y no
lo vio con pena, ni con afecto que debiera afligir a doa Andrea, todo
lo cual vio Adela desde su balcn, aunque estaba de espaldas. Pero Luca
se haba entrado por el alma de Sol, desde la noche en que le pareci
sentir goce cuando se clav en su seno la espina de la rosa. Luca,
ardiente y desptica, sumisa a veces como una enamorada, rgida y
frentica enseguida sin causa aparente, y bella entonces como una rosa
roja, ejerca, por lo mismo que no lo deseaba, un poderoso influjo en el
espritu de Sol, tmido y nuevo. Era Sol como para que la llevasen en la
vida de la mano, ms preparada por la Naturaleza para que la quisiesen
que para querer, feliz por ver que lo eran los que tena cerca de s,
pero no por especial generosidad, sino por cierta incapacidad suya de
ser ni muy venturosa ni muy desdichada. Tena el encanto de las rosas
blancas. Un dueo le era preciso, y Luca fue su duea.

Luca haba ido a verla; a buscarla en su coche para que paseasen
juntas; a que fuese a su casa a que la conociera Ana; y Ana la quiso
retratar; pero Luca no quiso porque ahora Ana estaba fatigada, y la
retratara cuando estuviese ms fuerte, lo que, puesto que Luca lo
deca, no pareci mal a Sol. Luca fue a vestirla una de las noches que
iba Sol al teatro, y no fue ella: por qu no ira ella? Juan Jerez
tampoco fue esa noche; y por cierto que esa vez Luca le llev, para que
lo luciese, un collar de perlas: A m no me lo conocen, Sol: yo nunca
me pongo perlas; pero doa Andrea, que ya haba comenzado a dar
muestras de una brusquedad y entereza desusadas, tom a Luca por las
dos manos con que estaba ofreciendo el collar a Sol, que no vea mucho
pecado en llevarlo, y mirando a la amiga de su hija en los ojos, y
apretando sus manos con cario a la vez que con firmeza, le dijo con
acento que dejaba pocas dudas: No, mi nia, no, lo que Luca entendi
muy bien, y qued como olvidado el collar de perlas. A la maana
siguiente, a la hora de que Sol fuese a sus clases, fue Luca a buscarla
para que diesen una vuelta en el coche por cerca del colegio, y le
pregunt con ahnco sobresaltado y doloroso, que a quin vio, que quin
subi a su palco, que a quin llam la atencin, que dnde estaba Pedro
Real: Oh! Pedro Real, tan buen mozo; no te gusta Pedro Real? Yo creo
que Pedro Real llamara la atencin en todas partes. Has visto cmo
desde que te conoce no se ocupa de nadie Pedro Real; pero pronto acab
de hablar de esto Luca. Quin estaba en el teatro, no le importaba
mucho saberlo: Juan no haba estado; pero a la salida quin estaba? no
recuerdas quin estaba a la salida? Estaba...? y no acababa de
preguntar quin haba estado. Ni saba Sol por quin le preguntaba. No:
Sol no haba visto a nadie. Iba muy contenta. La directora la haba
tratado con mucho cario. S, Pedro Real haba estado; pero no a
saludarla: nadie haba subido a saludarla. La haban mirado mucho.
Decan que el cnsul francs haba dicho una cosa muy bonita de ella.
Pero al salir, no, no vio a nadie. Sol quera llegar pronto, porque se
haba quedado triste doa Andrea. Y al llegar en esta conversacin al
colegio, Luca bes a Sol con tanta frialdad, que la nia se detuvo un
momento mirndola con ojos dolorosos, que no apearon el ceo de su
amiga. Y de pronto, por muchos das, ces Luca de verla. Sol se haba
afligido, y doa Andrea no; aunque la pona orgullosa que le quisiesen a
su hija; pero Luca no: ella no vea nunca con gusto a Luca. Un da
antes de la procesin Luca haba vuelto a la casa de Sol. Que la
perdonase. Que Ana estaba muy sola. Que Sol estaba ms linda que nunca.
Mira, maana te mandar la camelia ms linda que tenga en casa. Yo no
te digo que vengas a mi balcn, porque.... Yo s que t vas al balcn de
la directora. Pero mira, vas a estar lindsima; ponte la camelia en la
cabeza, a la derecha, para que yo pueda vrtela desde mi balcn. Y le
tom las manos, y se las bes; y conforme conversaba con Sol, se pasaba
suavemente la mano de ella por su mejilla; y cuando le dijo adis, la
miraba como si supiera que corra algn peligro, y le avisase de l, y
cuando fue hacia el coche, ya se le iban desbordando las lgrimas.

--All est, all est!--dijo como involuntariamente, y reprimindose
enseguida que lo haba dicho, una de las hermanas de Sol, la mayor, la
que no era bella, la que no tena ms que dos ojos muy negros y
acariciadores, expresivos y dulces como los de la llama, el animal que
muere cuando le hablan con rudeza.

--Quin?

--No, no era nadie: Juan Jerez, en el balcn de Luca.

--S, ya lo veo. Luca est mirando para ac--y se desprendi, y volvi a
prender, para que Luca lo notase, y supiera que pensaba en ella--.
Hermanita--dijo de pronto Sol en voz baja--; hermanita, no te parece que
Juan Jerez es muy bueno? Yo quisiera verlo ms. Nunca lo he visto cuando
he ido a casa de Luca. Yo no s qu tiene, pero me parece mejor que
todos los dems. T crees que l querr mucho a Luca?

Hermanita no quera decir nada, haca como que no oa.

--Juan Jerez iba antes algunas veces a casa, antes de que yo saliese del
colegio; verdad? Cuntame, t que lo conoces. Yo s que l se va a
casar con Luca, aunque ella no me habla de l nunca; pero a m me gusta
hablar de l. A Luca no me atrevo a preguntarle, como ella no me
dice... l ha sido muy bueno con mam, no? La directora lo quiere
tanto! Mira, all vuelve a pasar Pedro Real: es buen mozo de veras!
pero yo le hallo unos ojos extraos, no son tan dulces como los de Juan.
No s; pero el nico que me dijo algo la noche de Keleffy, que no se me
ha olvidado, fue Juan Jerez.

Hermanita no deca palabra. Se le haban puesto los ojos muy negros y
grandes como para contener algo que se sala a ellos.

Ella, que no miraba hacia el balcn, senta que Juan Jerez haba tenido
puesta buen tiempo su mirada larga y bondadosa en Sol. Juan, que
acariciaba los mrmoles, que segua por las calles a los nios descalzos
hasta que saba donde vivan, que levantaba del suelo las flores
pisadas, si no lo vean, y les peinaba los ptalos, y las pona donde no
pudiesen pisarlas ms. De la misma manera, y con aquel deleite honrado
que produce en un espritu fino la contemplacin de la hermosura, haba
Juan mirado a Sol largamente.

Luca no estaba all entonces. Pobre Ana! Cuando ya iban pasando los
ltimos soldados, palideci, se le cubri el rostro de sudor, cerr los
ojos, y cay sobre sus rodillas. La llevaron cargada para adentro, a
volverle el sentido. Pareca una santa, vestida de blanco, con su cara
amarilla. Luca no se apartaba de su lado; Ana haba vuelto en s; Luca
haba mirado ya muchas veces a la puerta, como preguntndose dnde
estara Juan. En el balcn? Que no est en el balcn!. Y aun
desmayada Ana, por poco no le abandona la mano.

--Vete, vete con Juan!--le dijo Ana, apenas abri los ojos, y le not el
trastorno; y con la mano y la sonrisa la echaba hacia la puerta
suavemente.

--Bueno, bueno, vengo enseguida.

Y fue al balcn derechamente.

--Juan!

--Y Ana? Cmo est Ana?

El balcn de la directora estaba ya vaco.

--Ya est bien: ya est bien. Yo no saba dnde t estabas!

       *       *       *       *       *

Y volvemos ahora al pie de la magnolia, cuando ya llevaba das de
sucedido todo esto, y Sol estaba en una banqueta a los pies de Luca,
sentada en un silln de hierro. Ana, con sus caprichos de madre, haba
querido que le llevasen aquel domingo a Sol. Es tan buena, Luca! T
no tienes que tenerle miedo: t tambin eres hermosa. Mira: yo veo a las
personas hermosas como si fueran sagradas. Cuando son malas no: me
parecen vasos japoneses llenos de fango; pero mientras son buenas, no te
ras, me parece, cuando estoy delante de ellas, que soy un monaguillo y
que le estoy alzando la cogulla, como en la misa, a un sacerdote. Vamos,
treme a Sol; pero es de veras que Juan no viene hoy?.

--Es de veras! S, s; ahora mismo voy, y te traigo a Sol.

Sol vino, y otras amigas de Ana, mas no Adela. Viva ya Ana en un silln
de enfermo, porque andar le era penoso, y reclinarse no poda. Ya, como
las tardes cuando se est yendo la luz, tena el rostro a la vez claro y
confuso, y todo l como baado de una dulce bondad. Ni deseos tena,
porque de la tierra dese poco mientras estuvo en ella, y lo que Ana le
hubiera pedido a la tierra, de seguro que en ella no estaba, y tal vez
estara fuera de ella. Ni senta Ana la muerte, porque no le pareca a
ella que fuese muerte aquello que dentro de s senta crecientemente, y
era como una ascensin. Cosas muy lindas deba ver, conforme se iba
muriendo, sin saber que las vea, porque se le reflejaban en el rostro.
La frente la tena como de cera, alta y bruida, y hundidas las paredes
de las sienes. Aquellos ojos eran una plegaria. Tena fina la nariz,
como una lnea. Los labios violados y secos, eran como una fuente de
perdn. No deca sino caridades. Sola, s, no quera estar ella. Tampoco
se quiere estar solo cuando se va a entrar en un viaje: tampoco, cuando
se est en las cercanas de la boda. Es lo desconocido, y se le teme. Se
busca la compaa de los que nos aman. Y ms que con otras se haba
encariado Ana, en su enfermedad, con Sol, cuya perfecta hermosura lo
era ms, si cabe, por aquel inocente abandono que de todo inters y
pensamiento de s tena la nia. Y Ana estaba mejor cuando tena a Sol
cogida de la mano, en cuyas horas Luca, sentada cerca de ellas, era
buena.

Dorma Ana en aquellos momentos, cuando en el patio hablaban Luca y
Sol. Hablaban del colegio, que haba dado su examen en aquella semana, y
dejaba a Sol libre durante dos meses: y a Sol no le gustaba mucho
ensear, no, pero s me gusta: no ves que as no pasa mam apuros?
Mam!. Y Sol contaba a Luca, sin ver que a esta al orlo se le
arrugaba el ceo, cmo inquietaban a doa Andrea los cuidados de Pedro
Real, de que no hablaba la seora, porque la nia no se fijase ms en
l; pero ella no, ella no pensaba en eso.

--No, por qu no?

--No s: yo no pienso todava en eso; me gusta, s, me gusta verle pasear
la calle y cuidarse de m; pero ms me gusta venir ac, o que t vayas a
verme, y estar con Ana y contigo. Luego, Pedro Real me da miedo. Cuando
me mira, no me parece que me quiere a m. Yo no s explicarlo, pero es
como si quisiera en m otra cosa que no soy yo misma. Porque a m me
parece, anda, Luca, t puedes decirme de eso! a m me parece que
cuando un hombre nos quiere, debemos como vernos en sus ojos, as como
si estuviramos en ellos, y dos veces que he visto de cerca a Pedro
Real, pues no me ha parecido encontrarme en sus ojos. No es, verdad,
Luca, que cuando a uno lo quieren le sucede a uno eso?

En la mano de Luca se encogi de pronto el cabello de Sol con que
jugaba.

--Ay! me haces dao.

--Quieres que vayamos a ver cmo est Ana?

Y ya se estaba poniendo en pie para ir a verla, y arreglndose Sol los
cabellos, aquellos cabellos suyos finos, de color castao con reflejos
dorados, cuando a un tiempo se oyeron dos diversos ruidos: uno en el
cuarto de Ana, como de mucha gente que se moviera y hablara
agitadamente, otro a la puerta de la calle, donde, con aire
desembarazado, saltaba un hombre opuesto, de una mula de camino.

--Juan!--murmur Luca, ponindose ms blanca que las camelias.

--Juan Jerez?--dijo Sol alegrndosele el rostro, y acabando
apresuradamente de sujetarse las trenzas.

Luca, en pie y ceuda, y con los ojos puestos sobre Sol, a quien
turbaba aquel silencio, aguard apoyada en la silla de hierro, a Juan
que, reparando apenas en Sol, vena haca su prima con las manos
tendidas.

--Seorita Sol, qu me le ha hecho a mi Luca? Por qu no sales a
recibirme? para castigarme porque por verte hoy he andado veintids
leguas en mula?

A Luca se le vean temblar los labios imperceptiblemente, y como crecer
los ojos. Su mano se sacuda entre las de Juan, que la miraba con
asombro.

Sol haca como que sobre una mesita un poco alejada arreglaba las flores
de un vaso.

--Luca, qu tienes?

--Sol, Luca, vengan!--dijo acercndose a ellas una de sus amigas que
sala del cuarto de Ana precipitadamente--. Ah, Juan, que bueno que est
aqu. Ve, Luca, ve, yo creo que Ana se muere.

--Ana!

--S, mande enseguida por el mdico.

Salt Juan en la mula, y ech a escape. Sol ya estaba al lado de Ana,
Luca mir muy despacio a la puerta de la calle, mir con ira a aquella
por donde haba entrado Sol, y se qued unos momentos de pie, sola en el
patio, los dos brazos cados, y apretados a los costados, fijos los ojos
delante de s tenazmente. Y ech a andar hacia el cuarto de Ana despus
de haber mirado a su alrededor a todos los lados, como si temiese.

       *       *       *       *       *

Al campo! al campo! Todos van al campo. Todos, s, todos. Adela y
Pedro Real, Luca y Juan, y Ana y Sol. Y, por supuesto, las personas
mayores que por no influir directamente en los sucesos de esta narracin
no figuran en ella. Al campo todos!

El mdico lleg aquel domingo en momentos en que Ana abra los ojos, que
a Sol arrodillada al borde de su cama fue lo primero que vieron.

--Ah, t, Sol!--y Sol le pasaba la mano por la frente, y le apartaba de
ella los cabellos hmedos.

Luca arreglaba las almohadas de manera que Ana pudiera estar como
sentada. Sus amigas todas rodeaban la cama, y Ana, sin fuerzas aun para
hablar, les pagaba sus miradas de angustia con otras de reconocimiento.
Pareca que era dichosa. Sol quiso retirar la mano con que tena asida
la de Ana; pero Ana la retuvo.

--Qu ha sido, eh, qu ha sido? Sent como si todo un edificio se
hubiese derrumbado dentro de m. Ya, ya pas. Ya estoy bien. Y se le
cay la cabeza al otro lado de las almohadas.

El mdico la hall de esta manera, le puso el odo sobre el corazn,
abri de par en par la ventana y las puertas, y aconsej que solo
quedase junto a ella la persona que ella desease.

Ana, que pareca no or, abri los ojos, como si el aire le hubiese
hecho bien, y dijo:

--Juan ha llegado, Luca.

--Cmo sabes?

--Vete con Juan, Luca. Sol, t te quedas.

Mir Sol a Luca, como preguntndole; a Luca, que estaba en pie al lado
de la cama, duros los labios y los brazos cados.

Juan llamaba a la puerta en este instante, y el mdico lo entr en el
cuarto, de la mano.

--Venga a decirme si no es locura pensar que corre riesgo esta linda
nia--y con los ojos, desdeca el mdico sus palabras--. Pero es
indispensable que la enfermita vea el campo. Es indispensable. No me
pregunte usted qu remedio necesita--dijo el mdico clavando los ojos en
Juan--. Mucho reposo, mucho aire limpio, mucho olor de rboles.
Llvenmela donde haya calor, estos tiempos hmedos pueden hacerle mucho
dao. Si maana mismo pueden ustedes disponer el viaje, sea maana
mismo. Pero, nia, no se me vaya a ir sola. Lleve gente que la quiera, y
que la arrope bien por las maanitas y por las tardes. Y esta
seorita?--aadi volvindose a Sol--. Y creo que usted se me pone buena
si lleva consigo a esta seorita.

--Oh, s, Sol va conmigo; no, Juan?

--Por supuesto--dijo Juan vivamente, pensando con placer en que as se
regocijara Ana, cuya aficin a Sol le era ya conocida, y se dara una
prueba de estimacin a la pobre viuda--: por supuesto que la llevamos. Va
a ser una gala de los ojos ver ir por un caminito de rosales que yo me
s, cogidas del brazo, a Sol, Ana y Luca. Luca, maana nos vamos. Sol,
voy ahora a su casa a pedirle permiso a doa Andrea. Te parece, Luca
que invitemos a Adela y a Pedro Real? Upa, Ana, upa! All tengo unos
inditos en el pueblo que te van a dar asunto para un cuadro delicioso.
Vamos, doctor?--acarici Juan una mano de Ana, bes la de Luca, con un
beso que la regaaba dulcemente y sali al corredor, hablando como muy
contento, con el mdico.

Ana llam a Luca con una mirada, y as que la tuvo cerca de s, sin
decir palabra, y sonriendo felizmente, trajo sobre su seno con un
esfuerzo las manos de Luca y de Sol, que estaban cada una a un lado de
ella, y paseando sus ojos por sobre sus cabezas, como conversndoles,
retuvo largo tiempo unidas las manos de ambas nias bajo las suyas.

Y Sol mir a Luca de tan linda manera, que no bien Ana se qued como
dormida, se acerc Luca a Sol, la tom por el talle cariosamente, y
una vez en su cuarto, empez a vaciar con ademanes casi febriles sus
cajas y gavetas.

--Todo, todo, todo es para ti--y Sol quera hablar, y ella no la dejaba--.
Mira, prubate este sombrero. Yo nunca me lo he puesto. Prubatelo,
prubatelo. Y este, y este otro. Esos tres son tuyos. S, s, no me
digas que no. Mira, trajes: uno, dos, tres. Este es el ms bonito para
ti. Oyes? Yo quiero mucho a Pedro Real. Yo quiero que t quieras a
Pedro Real. Que te vea muy bonita. Que te vean siempre ms bonita que
yo. Pero yeme, a Juan no me lo quieras. T djame a Juan para m sola.
Enjalo. Trtalo mal. Yo no quiero que t seas su amiga. No, no me
digas nada! s, es chanza, s, es chanza. Ves? Este vestido malva s te
va a estar bien. A ver, qu bien hace con tu pelo castao. Ves? Es muy
nuevo. Tiene el corpio como un cliz de flor, un poco recto; no como
esos de ahora, que parecen una copa de champaa: muy delgados en la
cintura, y muy anchos en los hombros. La saya es lisa; no tiene
tableados ni pliegues; cae con el peso de la seda hasta los pies. Ves?
a m me est muy corta. A ti te estar bien. Es un poco ancha, a lo
Watteau. Mi pastorcita! mi pastorcita! Yo nunca me la he puesto. T
sabes? A m no me gustan los colores claros. Ah! mira: aqu tienes--y
esconda algo con las dos manos cerradas detrs de su espalda--, aqu
tienes, y no te lo vas a quitar nunca, aunque se nos enoje doa Andrea.
Cierra los ojos.

Los cerr Sol venturosa de verse tan querida por su amiga, y cuando los
abri, se vio en el brazo, e hizo por quitarse con un gesto que Luca le
detuvo, un brazalete de cuatro aros de perlas margaritas.

--S, s, es muy rico; pero yo quiero que t lo tengas. No: nada, nada
que me digas: ves? yo tengo aqu otro, de perlas negras. Y nunca,
nunca te lo quites! Yo quiero ser muy buena--y la tom de las dos manos,
y la bes en las dos mejillas apasionadamente--. Ven, vamos a ver a Ana!

Y salieron del cuarto, cogidas del talle.

Al campo, al campo! Doa Andrea no sabe que va Pedro Real; que si lo
supiese, no dejara ir a Sol: aunque a Juan qu le negara ella? A
Juan! Ese, ese era el que ella hubiera querido para Sol. Bueno, Juan:
que no salga al sol mucho. Juan pregunt en vano por la hermana mayor,
por Hermanita. Ella estaba en la casa cuando entr l; pero ahora no:
estar en casa de alguna vecina. No, Hermanita estaba all; estaba en
el comedor, detrs de las persianas! Ella vea a quien no la vea.
Cierra los ojos, Hermanita, no veas a lo que no debes ver!. Y cuando
Juan sali, las persianas se entornaron, como unos ojos que se cierran.

Al campo, al campo! Cuatro mulas tiran del carruaje, con collares de
plata y cencerro, porque Ana vaya alegre: y las mulas llevan atadas en
el anca izquierda unas grandes moas rojas, que lucen bien sobre su piel
negra. El cochero es Pedro Real, que lleva al lado a Adela, en la
imperial, Juan y Luca, adentro, con la gente mayor, que es muy
respetable, pero no nos hace falta para el curso de la novela, Ana
sentada entre almohadas, muy mejor con el gozo del viaje, con su
cuaderno de apuntes en la falda, para copiar lo que le guste del camino,
que ya le perece que est buena, y Sol a su lado, con un vestido de
sedilla color de palo, tranquila y resplandeciente como una estrella.

Pedro Real se mordi el bigote rizado cuando vio que no iba a ser Sol su
compaera en el pescante. Y con Adela iba muy corts. Pero Ana no
necesitara nada? Juan, ir Ana bien? Deberamos bajar. Voy a bajar un
momento, a ver si Ana va bien! Baj muchos momentos. Y las mulas, aunque
diestras, ms de una vez se iban un poco del camino, como si no
estuviese bastante puesto en ellas el pensamiento del cochero.

Era como de seis leguas el camino, y todo l a un lado y otro de tan
frondosa vegetacin que no haba manera de tener los ojos sino en
constante regalo y movimiento. Porque all al fondo era un bosque de
cocoteros, o una hilera de palmas lejanas que iba a dar en la garganta
de dos montes; ya era, al borde mismo del camino, una pendiente llena de
flores azules y amarillas que remataba en un ro de espumas blancas,
nutrido con las aguas de la sierra, o eran ya a la distancia, imponentes
como dos mensajes de la tierra al cielo, dos volcanes dormidos, a cuya
falda serpeada por arroyuelos de agua blanca viva y traviesa, se
recogan, como siervos azotados a los pies de sus dueos, las ciudades
antiguas, desdentadas y rotas, en cuyos balcones de hierro labrado,
mantenidos como por milagro sin paredes que los sustentasen sobre las
puertas de piedra, crecan en hilos que llegaban hasta el suelo copiosas
enredaderas de ipomea. De una iglesia que tuvo los techos pintados, y
dorados de oro fino de lo ms viejo de Amrica los capiteles de los
pilares, quedaba en pie, como una concha clavada en tierra por el borde,
el fondo del altar mayor, cobijado por una media bveda: un bosquecillo
haba crecido al amor del altar; la pared interior, cubierta de musgo,
le daba desde lejos apariencia de cueva formidable; y era cosa comn y
sumamente grata ver salir de entre los pedruscos florecidos, al menor
ruido de gente o de carruajes, una bandada de palomas. Otra iglesia, de
que no haba quedado en pie ms que el crucero, tena el domo
completamente verde, y las paredes de un lado rosadas y negras, como los
bordes de una herida. Y por el suelo no poda ponerse el pie sin que
saltase un arroyo.

Llegaron a los volcanes; pasaron por las ciudades antiguas: ms all
iban; y no se detuvieron. Luca, a la sombra de su quitasol rojo, se
senta como la seora de toda aquella natural grandeza, y como si el
mundo entero, de que tena a los ojos hermosa pintura, no hubiera sido
fabricado ms que para cantar con sus mltiples lenguas los amores de
Luca Jerez y de su primo. Y se vea ella misma lo interior del crneo
como si estuviese lleno de todas aquellas flores: lo que le suceda
siempre que estaba sola, con Juan Jerez al lado. Adela y Pedro hablaban
de formalsimos sucesos, que tenan la virtud de poner a Adela
contemplativa y silenciosa, dando a Pedro ocasin para ir callado buena
parte del camino, lo cual aprovechaba l en celebrar consigo mismo
animados coloquios: y a cada instante era aquello de: Juan, cmo
estar Ana? Bajar un instante, a ver si se le ofrece algo a Ana. Y
Luca rea, y daba por cosa cierta que, aunque Sol era nia recatada, ya
le haba dicho que Pedro Real le pareca muy bien, y se la vea que le
llevaba en el alma: lo que a Juan no pareca un feliz suceso, aunque
prudentemente lo callaba. Adentro del carruaje, la dichosa Sol era toda
exclamaciones: jams, jams, en su vida de hurfana pobre, haba visto
Sol correr los ros, vestirse a los bosques fuertes de campanillas
moradas y azules, y verdear y florecer los campos. De un color de rosa
de coral se le tean las mejillas, y el nix de Mxico no tuvo nunca
mayor transparencia que la tez fina de Sol, en aquella maana de ventura
en la naturaleza. Ay! la buena Ana sonrea mucho, pero haba olvidado
levantar de su falda el cuaderno de notas.

       *       *       *       *       *

Y de pronto sonaron unas msicas; se oscureci el camino como por una
sombra grata, y refrenaron las mulas el paso, con gran ruido de hebillas
y cencerros. De un salto estaba Pedro a la portezuela del carruaje, al
lado de Sol, preguntndole a Ana qu se le ofreca. Pero aqu bajaron
todos, y Sol misma, que se volvi pronto al carruaje, para acompaar a
Ana, y animarla a tomar del breve almuerzo que los dems, sentados en
torno de una mesa rstica, gustaban con vehemente apetito, sazonado por
chistes que el piadoso Juan encabezaba y atraa, porque los oyese Ana
desde su asiento en el coche, trado a este propsito cerca de la mesa.

All, en las tazas de giro posadas en trpodes de bejuco recin cortado
de las cercanas, herva la leche que, a juzgar por lo fragante y
espumosa, acababa de salir de la vaca de Durham que asom su cabeza
pacfica por uno de los claros de la enredadera. Porque era aquel lugar
un lindo parador, techado y emparrado de verdura, puesto all por los
dueos de la finca, para que los visitantes hiciesen de veras, al llegar
de la ciudad, su almuerzo a la manera campesina. All el queso, que
manaba la leche al ser cortado, y saba ricamente con las tortas de maz
humeantes que serva la indita de saya azul, envueltas en paos blancos.
All unos huevos duros, o blanquillos, que venan recostados, cada uno
en su taza de giro, sobre unas yerbas de grata fragancia, que olan
como flores. All, en la cscara misma del coco recin partido en dos,
la leche de la fruta, con una cucharilla de coco labrado que la
desprenda de sus tazas naturales. Y mientras duraba el almuerzo, unos
indios, descalzos y en sus trajes de lona, puestos en tierra sus
sombreros de palma, tocaban, bajo otro paradorcillo ms lejano,
dispuesto para ellos, unos aires muy suaves de msica de cuerda, que
blandamente templada por el aire matinal y la enredadera espesa, llegaba
a nuestros alegres caminantes como una caricia. Adela solo rea
forzadamente. Violencia tena que hacerse Sol para no palmotear en el
carruaje. Muy feamente arrug el ceo Luca una vez que se acerc Juan a
la portezuela del lado de Ana, y habl con ella, hacindola rer, unos
minutos: y en cuanto oy rer a Sol, dej Luca su asiento, y se fue
ella tambin a la portezuela. Ea! Ea! ya tocan diana, que es el toque
de bienvenida y adis, los indios habilidosos. La indita de saya azul da
a gustar a la vaca mirona una de las tazas de coco abandonadas. Al
pescante van Pedro y Adela: Luca, menos contenta, a la imperial con
Juan. Ya la casa de la finca, toda blanca, de techo encarnado, se ve a
poca distancia. Ana ya va muy plida; y las mulas, al olor del pesebre,
vuelan camino arriba, bajo la bveda de espesos almendros que llenan la
avenida con sus hojas redondas y sus verdes frutas.

       *       *       *       *       *

Mucha, mucha alegra. Luca tambin estaba alegre, aunque no estaba Juan
all. Porque no estaba Juan: el pleito de los indios, aunque aquellos
eran das de receso en tribunales como en escuelas, le haba obligado a
volver al pueblecito, si no quera que un gamonal del lugar, que tena
grandes amigos en el Gobierno, hurtase con una razn u otra a los indios
la tierra que la energa de Juan haba logrado al fin les fuese punto
menos que reconocida en el pleito. Los indios haban salido de la
iglesia con su msica, el domingo antes, apenas se supo que Juan no
esperara el tren del da siguiente: y cuando le trajeron a Juan la
mula, vio que la haban adornado toda con estrellas y flores de palma, y
que todo el pueblo se vena tras l, y muchos queran acompaarle hasta
la ciudad. Una viejita, que vena apoyada en su palo, le trajo un
escapulario de la Virgen, y una guapa muchacha, con un hijo a la espalda
y otro en brazos, lleg con su marido, que era un bello mancebo, a la
cabeza de la mula, puso al indito en alto para que le diese la mano al
caballero bueno; y muchos venan con jarras de miel cubiertas con
estera bien atada, u otras ofrendas, como si pudiesen dar para tanto las
ancas de la caballera, muy oronda de toda aquella fiesta; y otro
viejito, el padre del lugar, mi seor don Mariano, que jams haba
bebido de licor alguno, aunque l mismo trabajaba el de sus plantos
propios, lleg, apoyado en sus dos hijos, que eran tambin como
senadores del pueblo, y con los brazos en alto desde que pudo divisar a
Juan, y como si hubiera al cabo visto la luz que haba esperado en vano
toda su vida: Abrazarlo--deca--. Djenme abrazarlo! Seor, todito este
pueblo lo quiere como a su hijo!. De modo que Juan, a quien haba
conmovido aquellos carios, dej la finca, dos das despus de haber
llegado a ella, no bien supo que los indios, a pesar de su esfuerzo,
corran peligro de que se les quitase de las manos la posesin temporal
que, en espera de la definitiva, haba Juan obtenido que el juez les
acordase--el juez, que haba recibido el da anterior de regalo del
gamonal un caballo muy fino.

       *       *       *       *       *

Mucha, mucha alegra. Luca misma, que en los dos das que estuvo all
Juan le dio ocasin de extraeza con unos cambios bruscos de disposicin
que l no poda explicarse, por ser mayores y menos racionales que los
que ya l le conoca, estaba ahora como quien vuelve de una enfermedad.

Era la casa toda de los visitantes, por no estar en ella entonces sus
dueos, que eran como de la familia de Juan Pedro, al anochecer, sala
de caza, porque era el tiempo de la de los conejos, por all
abundantsimos. De los que traa muertos en el zurrn no hablaba nunca,
porque Ana no se lo haba de perdonar, por haber todava en este mundo
almas sencillas que no hallan placer en que se mate, a la entrada misma
de la cueva donde tiene a su compaera y a su prole, a los pobres
animales que han salido a descubrir, para mudarse de casa, algn rincn
del bosque rico en yerbas.

Pero los conejos, de puro astutos, suelen caer en las manos del cazador;
porque no bien sienten ruido, se hacen los muertos, como para que no los
delate el ruido de la fuga, y cierran los ojos, cual si con esto cerrase
el cazador los suyos, quien hace por su parte como que no ve, y echada
hacia la espalda la escopeta, por no alarmar al conejo que suele
conocerla, se va, mirando a otro lado, sobre la cama del conejo, hasta
que de un buen salto le pone el pie encima y as lo coge vivo: una vez
cogi tres, muy manso el uno, de un color de humo, que fue para Ana:
otro era blanco, al cual hall manera de atarle una cinta azul al
cuello, con que lo regal a Sol; y a Luca trajo otro, que pareca un
rey cautivo, de un castao muy duro, y de unos ojos fieros que nunca se
cerraban, tanto que a los dos das, en que no quiso comer, baj por
primera vez las orejas que haba tenido enhiestas, mordi la cadenilla
que lo sujetaba, y con ella en los dientes qued muerto.

       *       *       *       *       *

Paseos, haba pocos. Sin Ana, quin haba de hacerlos? Con ella no se
poda. Ni Sol dejaba a Ana de buena voluntad; ni Luca hubiera salido a
goce alguno cuando no estaba Juan con ella. Adela, s, haba trabado
amistades con una gruesa india que tena ciertos privilegios en la casa
de la finca, y viva en otra cercana, donde pasaba Adela buena parte del
da, platicando de las costumbres de aquella gente con la resuelta
Petrona Revolorio: y no crea la seorita que le converso por servicio,
sino porque le he cobrado aficin. Era mujer robusta y de muy buen
andar, aunque esto lo haca sobre unos pies tan pequeos que no haba
modo de que Petrona llegara a ver a sus nios sin que le pidieran que
los ensease, lo cual ella haca como quien no lo quiere hacer, sobre
todo cuando estaba delante el nio Pedro. Las manos corran parejas con
los pies, tanto que algunas veces las nias se las pedan y acariciaban;
llevaba una simple saya de listado, y un camisoln de muselina
transparente, que le cea los hombros y le dejaba desnudos los hermosos
brazos y la alta garganta. Era el rostro de facciones graciosas y
menudas, de tal modo que la boca, medio abierta en el centro y recogida
en dos hoyuelos a los lados, no era en todo ms grande que sus ojos. La
naricilla, corta y un tanto redonda y vuelta en el extremo, era una
picarda. Tena la frente estrecha, y de ella hacia atrs, en dos bandas
no muy lisas, el cabello negro, que en dos trenzas copiosas, veteadas de
una cinta roja, llevaba recogida en cerquillo, como una corona, sobre lo
alto de la cabeza. Un chal de listado tena siempre puesto y cado sobre
un hombro; y no haba quien, cuando remataba una frase que le pareca
intencionada, se echase por la espalda con ms bro el chal de listado.
Luego echaba a correr, riendo y hablando en una jerga que quera ser muy
culta y ciudadana; y se iba a preparar a la nia Ana, lo cual haca muy
bien, unos tamales de dulce de coco y un chocolatillo claro, que era lo
que con ms gusto tomaba, por lo limpio y lo nuevo, nuestra linda
enferma. Y mientras Ana los gustaba, Petrona Revolorio, con el chal
cruzado, se sentaba a sus pies no por servicio, sino porque le haba
cobrado aficin y le haca cuentos.

El alba, sin que Petrona Revolorio estuviese a la puerta del cuarto de
la nia Ana con su cesta de flores, que ella misma quera ponerle en el
vaso y ver con sus propios ojos, cmo segua la nia? Mi niita:
mrenla que galana est hoy!; se lo voy a decir al nio Pedro que nos d
un baile de convite a las seoras, y vamos a sacarla a bailar con el
nio Pedro. Y l s que es galn tambin, el nio Pedro! Mire, mi
niita: no le traigo de esos jazminotes blancos, porque los de ac
huelen muy fuerte; pero aqu le pongo, en este vaso azul, esos jazmines
de San Juan, que ac se dan todo el ao y huelen muy bien de noche. Con
que, mi niita, preprese para el baile, y que le voy a prestar un chal
de seda encarnada que yo tengo, que me la va a poner ms linda que la
misma nia Sol. Cmo est que se muere el nio Pedro por la nia Sol!
Pero yo no s qu tiene la nia Adela, que est como aburrida. Quiere
mi niita los tamales hoy de coco, o de carnecita fresca? Ayer mat un
cochito, que est de lo ms blando: era el cochito rosado, y la carne
est como merengue! Jess, mi niita, no me diga eso! Si yo me muero
por servirla: mire que yo soy como las tacitas de coco, que dicen en
letras muy guapas: 'yo sirvo a mi duea'. Voy a poner la puerta de mi
casa llena de tiestos de flores, y a alquilar a los msicos, el da que
mi niita vaya a verme. Y, eso que yo no se lo hago a nadie: porque no
lo hago por servicio, sino porque le he cobrado mucha aficin!.

       *       *       *       *       *

Y Pedro, como que con la ausencia de Juan vena a ser el caballero
servidor de las cuatro nias, qu haba de hacer sino estarlas
sirviendo, y mucho mejor cuando no estaba cerca Adela, y mejor aun
cuando no estaba junto a Ana, que no pona buenos ojos cuando miraba a
la vez a Sol y a Pedro, y mejor que nunca cuando por algn acaso Luca y
Sol estaban solas? Y siempre entonces tena Luca algo que hacer, ir de
puntillas a ver si segua durmiendo Ana, ver si haban puesto de beber a
los pajaritos azules, preguntar si haban trado la leche fresca que
deba tomar Ana al despertarse: siempre tena Luca, cuando Pedro y Sol
podan quedarse solos, alguna cosa que hacer.

Era el lugar de conversacin un colgadizo espacioso, de tablilla bruida
el pavimento: la baranda--como toda la casa, de madera--abierta en tres
lados para las tres escalerillas que llevaban al jardn que haba al
frente de la casa. Estaba el colgadizo siempre en sombra, porque lo
vesta de verdor una enredadera copiossima, esmaltada de trecho en
trecho por unos ramos de florecitas rojas. Colgaban del techo pintado el
fresco de unas caprichosas guirnaldas de hojas y flores como las de la
enredadera, unos cestos de alambre cubiertos de cera roja, que les haca
parecer de coral, todos llenos de florecillas naturales, brillantes y
pequeas, y a menudo adornados con las hebras de una parsita que creca
sobre los rboles viejos de la finca, y era, por su verde blancuzco y
por crecer en hilos, como las canas de aquella arboleda. En los tramos
de pared, entre las ventanas interiores, realzadas con unas lneas de
vivo encarnado, haba unos grandes estudios de flores en madera, pintada
con los colores naturales por los artistas del pas, con propiedad muy
grande: dos de los cuadros eran de magnolia, la una casi abierta, y con
cierta hermosura de emperatriz; la otra aun cerrada en su propia rama: y
otros dos cuadros eran de las flores pomposas del marpacfico, con sus
hojas de rojo encendido, agrupadas de modo que realzase su natural
tamao y hermosura.

Y all, a la suave sombra, contaba Pedro maravillas y glorias europeas a
Ana, que le oa con cario--a Adela, que haca como si no le
interesasen--, a Luca, que pensaba con amorosa clera en Juan, en Juan,
que no deba venir, porque estaba all Sol, en Juan, que deba venir
puesto que estaba Luca--y a Sol contaba tambin aquellas historias,
quien sin desagrado ni emocin las escuchaba y con sus hbitos de nia
hurfana, azorada a veces de la sbita rudeza que templaba Luca luego
con arrebatos afectuosos, solo se senta duea de s cerca de quien la
necesitaba, y ni con Adela, que pareca esquivarla, ni con la misma
Luca, aunque esto le pesaba mucho, tena ya la naturalidad y abandono
que con Ana, con Ana a quien aquellos aires perfumados y calurosos
haban vuelto, si no el color al rostro, cierta facilidad a los
movimientos y unos como asomos de vida.

Hallaba Pedro con asombro que el atrevimiento desvergonzado y
celebracin excesiva a que se reduce, casi siempre pagado deprisa y con
usura por las mujeres, todo el arte misterioso de los enamoradores, no
le eran posibles ante aquella nia recin salida del colegio, que con
franca sencillez, y mirndole en los ojos sin temor, deca en alto como
materia de general conversacin lo que con ms privado propsito dejaba
Pedro llegar discretamente a su odo. Era la nia de tal hermosura que
llevaba consigo, y de s misma, la majestad que la defiende; y lo usual
iba siendo que cuando Luca encontraba modo de ir a ver si los pajaritos
azules tenan agua, o si haba llegado la leche fresca, no mudarse la
conversacin entre Sol y Pedro, abierta por lo dems y no muy amena, del
asunto en que se estaba antes de que Luca fuera a ver los pjaros. Ni
haba cosa que a Luca pusiese en mayor enojo que hallarlos conversando,
cuando volva, de la caza de ayer, del jabal en preparacin, de las
fiestas de cacera en los castillos seoriales de Europa, de la pobre
Ana, de los tamales de Petrona Revolorio. Y Pedro, de otras mujeres tan
temido, era con la mayor tranquilidad puesto por Sol, ya a que le leyese
la _Amalia_ de Mrmol o la _Mara_ de Jorge Isaacs, que de la ciudad les
haban enviado, ya, para unos cobertores de mesa que estaba bordando a
la directora, a que devanase el estambre.

       *       *       *       *       *

--S, s, hoy estaba muy hermosa. Dime, t, espejo: la querr Juan? la
querr Juan? Por qu no soy como ella? Me rasgara las carnes: me
abrira con las uas las mejillas. Cara imbcil, por qu no soy como
ella? Hoy estaba muy hermosa. Se le vea la sangre y se le senta el
perfume por debajo de la muselina blanca.

Y se sentaba Luca, sola en su cuarto en una silla sin espaldar, sin
quitarse los vestidos, ya a ms de medianoche, y a poco rato se
levantaba, se miraba otra vez al espejo, y se sentaba nuevamente, la
cara entre las manos, los codos en las rodillas. Luego rompa a
hablarse:

--Yo me veo, s, yo me veo. Qu es lo que tengo, que me parezco fea a m
misma? Y yo no lo soy, pero lo estoy siendo. Juan lo ha de ver; Juan ha
de ver que estoy siendo fea. Ay! por qu tengo este miedo! Quin es
mejor que Juan en todo el mundo? Cmo no me ha de querer l a m, si l
quiere a todo el que lo quiere? quin, quin lo quiere a l ms que yo?
Yo me echara a sus pies. Yo le besara siempre las manos. Yo le tendra
siempre la cabeza apretada sobre mi corazn. Y esto ni se puede decir,
esto que yo quisiera hacer! Si yo pudiera hacer esto, l sentira todo
lo que yo lo quiero, y no podra querer a ms nadie. Sol! Sol! quin
es Sol para quererlo como yo lo quiero? Juan!... Juan!...

Y conteniendo la voz se iba hacia la ventana abierta, y tenda las manos
como sin querer, llamando a Juan a quien acababa de escribir sin decirle
que viniese.

Empuj violentamente las dos hojas de la ventana, y arrodillndose de
repente junto a ella, sac afuera, como a que el aire se la humedeciese,
la cabeza; y la tuvo apoyada algn tiempo sobre el marco, sin que le
molestase aquella almohada de madera.

--No puede ser! no puede ser!--dijo levantndose de pronto--: Juan va a
quererla. Lo conozco cada vez que la mira. Se sonre, con un cario que
me vuelve loca. Se le ve, se le ve que tiene placer en mirarla. Y luego
esa imbcil es tan buena! No es mentira, no: es buena. Yo misma, yo
misma no la quiero? S, la quiero, y la odio! Qu s yo qu es lo que
me pasa por la cabeza? Juan, Juan, ven pronto; Juan, Juan, no vengas!

Cmo no ha de quererla Juan?--deca la infeliz, entre golpes de
lgrimas, a los pocos momentos, siendo aquel llanto de Luca extrao,
porque no vena a raudal y de seguida, aliviando a la que lloraba, sino
a borbotones e intervalos, sofocndola y exaltndola, parecido al agua
que baja, tropezando entre peas, por los torrentes--. Cmo no ha de
quererla Juan, si no hay quien ame lo hermoso ms que l, y la Virgen de
la Piedad no es tan hermosa como ella? Juan.... Juan...--deca en voz
baja, como para que Juan viniese sin que nadie lo viera--; sin que Sol
lo viera!

Y si viene... y si la mira... yo, no puedo soportar que la mire!... ni
que la mire siquiera! Y si est aqu un mes, dos meses. Y si ella no
quiere a Pedro Real, porque no lo quiere, y Ana le dice que no lo
quiera. Y ella va a querer a Juan cmo no va a quererlo? Quin no lo
quiere desde que lo ve? Ana lo hubiera querido, si no supiese que ya l
me quera a m; porque Ana es buena! Adela lo quiso como una loca; yo
bien lo vi, pero l no puede querer a Adela. Y Sol por qu no lo ha de
querer? Ella es pobre; l es muy rico. Ella ver que Juan la mira. Qu
marido mejor puede tener ella que Juan? Y me lo quitar, me lo quitar
si quiere. Yo he visto que me lo quiere quitar. Yo veo como se queda
oyndole cuando habla; as me quedaba yo oyndole cuando era nia. Yo
veo que cuando l sale, ella alza la cabeza para seguirle viendo. Y van
a estar aqu un mes, dos meses! ella siempre con Ana, todos con Ana
siempre. l recreando los ojos en toda su hermosura. Yo, callada a su
lado, con los labios llenos de horrores que no digo, odiosa y fiera.
Esto no ha de ser, no ha de ser, no ha de ser. O Sol se va, o yo me ir.
Pero cmo me he de ir yo?; que me lo robe alguien si puede!--y abri
los brazos en la mitad del cuarto, como desafiando, y le cay por las
espaldas desatada la cabellera negra.

Que no se sienten juntos: que yo no lo vea!

Y con los labios apoyados sobre el puo cerrado, qued dormida en un
silln cerca de la ventana, sombrendole extraamente el rostro, al
agitarse movida por el aire, la cabellera negra.

A quin vio la maana siguiente Luca, sentado en el colgadizo, con Sol
y con Ana? Vena con paso lento, y como si no hubiera querido venir.

--No le diga, no le diga!...--a Sol que se levantaba como para avisarle.

Vena Luca con paso lento, y Ana y Sol, que conocan las habitaciones
de la casa, saban que era ella quien vena. Volvi Sol a su asiento.
Juan hizo como que hablaba muy animadamente con Ana y con ella. Luca
lleg a la puerta. Los vio sentados juntos, y como que no la vean.
Tembl toda. Entra? Sale? Juan! all Juan! Juan as! Se clav los
dientes en el labio, y los dej clavados en l. Volvi la espalda, se
entr por el corredor que iba a su habitacin; a Sol que fue corriendo
detrs de ella: Vete! vete!, y entr en su cuarto, cerrando tras de
s con llave la puerta.

A Juan que, suponindola apenada, no bien acab con cuanta prisa pudo
su empeo en el pueblo de los indios volvi a la ciudad, y de all,
aprovechando la noche por sorprender a Luca con la luz de la maana,
emprendi sin descansar el camino de la finca a caballo y de prisa! A
Juan, que con amores muy altos en el alma, consenta, por aquella piedad
suya que era la mayor parte de su amor, en atar sus guilas al cabello
de aquella criatura, no tanto por lo que la amaba l, sin que por eso
dejase de amarla, sino por lo que lo amaba ella! A Juan que, puestos en
las nubes del cielo y en los sacrificios de la tierra sus mejores
carios, no dejaba, sin embargo, por aquella excelente condicin suya,
de hacer, pensar u omitir cosa con que l pudiera creer que sera
agradable a su prima Luca, aunque no tuviese l placer en ella! A Juan
que, joven como era, senta, por cierto anuncio del dolor que ms parece
recuerdo de l, como si fuera ya persona muy trabajada y vivida, quienes
a las mujeres, sobre todo en la juventud, parecan encantadores
enfermos! A Juan, que se senta crecer bajo del pecho, a pesar de lo
mozo de sus aos, unas como barbas blancas muy crecidas, y aquellos
carios pacficos y paternales que son los nicos que a las barbas
blancas convienen! A Juan, que tena de su virtud idea tan exaltada
como la mujer ms pudorosa, y entenda que eran tan graves como las
culpas groseras los adulterios del pensamiento!

A Juan, porque, ya despus de aquellas cartas extraas que Luca le
haba escrito a la finca sin hablarle de su vuelta, recibirlo de aquel
modo, con aquella mirada, con aquella explosin de clera, con aquel
desdn! Pues cundo haba cesado de pensar Juan, cundo, que aquel
cario que con tanta ternura prodigaba, sin fatiga ni traicin, sobre su
prima, era como una concesin de l, como un agradecimiento de l, como
una tentativa, a lo sumo, de asir en cuerpo y ver con los ojos de la
carne las ideas de rostro confuso y vestidura de perlas, que cogidas del
brazo y con las alas tendidas, le vagaban en giros majestuosos por los
espacios de su mente? Pues sin el alma tierna y fina que de propia
voluntad suya haba supuesto, como natural esencia de un cuerpo de
mujer, en su prima Luca, qu vena a ser Luca? Qu hombre, que lo
sea, ama a una mujer ms que por el espritu puro que supone en ella, o
por el que cree ver en sus acciones, y con el que le alivia y levanta el
suyo de sus tropiezos y espantos en la vida? Pues una mujer sin ternura
qu es sino un vaso de carne, aunque lo hubiese moldeado Cellini,
repleto de veneno? As, en un da, dejan de amar los hombres a la mujer
a quien quisieron entraablemente, cuando un acto claro e inesperado les
revela que en aquella alma no existen la dulzura y superioridad con que
la invisti su fantasa.

--Estar enferma Luca. Ana--dile que la saludar luego--. Voy a ver a
Pedro Real. Sol, gracias por lo buena que es usted con Ana. Usted tiene
ya fama de hermosa, pero yo le voy a dar fama de buena.

Luca oy esto, que hizo que le zumbasen las sienes y le pareciese que
caa por tierra: Luca, que sin ruido haba abierto la puerta de su
cuarto, y haba venido hasta la de la sala, para or lo que hablaban, en
puntillas.

       *       *       *       *       *

Violentos fueron, a partir de entonces, los das en la finca. Ni Ana
misma saba, puesto que tena a Sol constantemente a su lado, qu
causaba la ira de Luca. Esta ces cuando Juan, tomndola a la tarde de
la mano, la llev, mientras que Pedro y Adela buscaban flores de saco
para Ana, a la sombra de un camino de rosales que daba al saucal, y
donde haba de trecho en trecho unos bancos de piedra, y al lado unos
atriles, de piedra tambin, como para poner un libro. En la mirada y en
la voz se conoca a Juan que algo se le haba roto en lo interior, y le
causaba pena; pero con voz consoladora persuada a Luca quien, con
pretextos ftiles, que no acertaba Juan a entender ni excusar, ocultaba
la razn verdadera de su ira, que ella a la vez quera que Juan
adivinase y no supiese: porque si no lo es, y se lo digo, tal vez sea!
Y no lo es, no, yo creo ahora que no lo es; pero si no sabe lo que es
cmo me va a perdonar?. Y airada ya contra Juan irrevocablemente, como
si las nubes que pasan por el cielo del amor fueran sus lienzos
funerarios, se levantaron como si hubieran hecho las paces, pero sin
alegra.

Pusironse en esto los das tan lluviosos, que ni Pedro iba a casa, ni
Adela a la de la Revolorio, ni poda Ana salir al colgadizo, ni Sol y
Luca, sino estar cerca de ella; ni Juan, fuera de sus horas de leer,
que le fatigaban ahora que no estaba contento, tena modo de estar
alejado de la casa. Ni haba con justicia para Juan placer ms grato,
ahora que en Luca haba entrevisto aquel espritu seco y altanero, que
estar cerca de Ana, cuyo espritu puro con la vecindad de la muerte se
esclareca y afinaba. Y se asombraba Juan, con razn, de haber pasado,
libre aun, cerca de aquella criatura que se desvaneca, sin rendirle el
alma. Esta misma contemplacin del espritu de Ana, cuya cabalidad y
belleza entonces ms que nunca le absorban, le apartaron del riesgo, en
otra ocasin acaso inevitable, de observar en cun grata manera iban
unidas en Sol, sin extraordinario vuelo de intelecto, la belleza y la
ternura.

Con Luca, no haba paces. Lo que no penetraba Ana, cmo lo haba de
entender Sol? En vano, Sol, aunque ya asustadiza, aprovechando los
momentos en que Ana estaba acompaada de Juan o de Pedro y Adela, se iba
en busca de Luca, que hallaba ahora siempre modo de tener largos
quehaceres en su cuarto, en el que un da entr Sol casi a la fuerza, y
vio a Luca tan descompuesta que no le pareci que era ella, sino otra
en su lugar: en el talle un jirn, los ojos como quemados y encendidos,
el rostro todo como de quien hubiese llorado.

Y ese da Luca y Juan estaban en paz: ni permita Juan, por parecerle
como indecoro suyo, aquel llevar y traer de cleras, que le sacaban el
alma de la fecunda paz a que por la excelencia de su virtud tena
derecho. Pero ese da, como que Ana se fatigase visiblemente de hablar,
y Adela y Pedro estuviesen ensayando al piano una pieza nueva para Ana,
Juan, un tanto airado con Luca que se le mostraba dura, habl con Sol
muy largamente, y se anim en ello, al ver el inters con que la enferma
oa de labios de Juan la historia de Mignon, y a propsito de ella, la
vida de Goethe. No era esta para muy aplaudida, del lado de que Juan la
encaminaba entonces, y tan hermosas cosas fue diciendo, con aquel
arrebatado lenguaje suyo, que se le encenda y le rebosaba en cuanto
senta cerca de s almas puras, que Pedro y Adela, ya un tanto
reconciliados, vinieron discretamente a or aquel nuevo gnero de
msica, no sealada por el artificio de la composicin ni pedantesca
pompa, sino que con los ricos colores de la naturaleza sala a caudales
de un espritu ingenuo, a modo de confesiones oprimidas. Luca se
levantaba, se mostraba muy solcita para Ana, interrumpa a Juan
melosamente. Sala como con despecho. Entraba como ya iracunda. Se
sentaba, como si quisiera domarse. Sol, habrn puesto agua a los
pjaros?. Y Sol fue, y haban puesto agua. Sol, habrn trado la
leche fresca para Ana?. Y Sol fue, y haban trado la leche fresca para
Ana. Hasta que, al fin, sali Luca, y no volvi ms: Sol la hall
luego, con los ojos secos y el talle desgarrado.

Y aquello creca. Hoy era una dureza para Sol. Otra maana. A la tarde
otra mayor. La nia, por Ana y por Juan, no las deca. Juan, apenas
bajaba. Luca, con grandes esfuerzos, lograba apenas, convertido en odio
aparente todo el cario que por Juan senta, disimularlo de modo que no
fuese apercibido. Quin haba de achacar a Sol tanta mudanza, a Sol
cuya pacfica belleza en el campo se completaba y esparca, pues era
como si la vertiese en torno suyo, y por donde ella anduviese fueran,
como sus sombras, la fuerza y la energa? A Sol, que sobre todos
levantaba sus ojos limpios, grandes y sencillos, sin que en alguno se
detuviesen ms que en otro; con Luca, siempre tierna; para Ana, una
hermanita; con Pedro, jovial y buena; con Juan, como agradecida y
respetuosa? Pero ese era su pecado: sus ojos grandes, limpios y
sencillos, que cada vez que se levantaban, ya sobre Juan, ya sobre otros
donde Juan pudiese verlos, se entraban como garfios envenenados por el
corazn celoso de Luca; y aquella hermosura suya, serena y decorosa,
que sin encanto no se poda ver, como la de una noche clara.

       *       *       *       *       *

Hasta que una noche:

--No, Sol, no: qudate aqu.

--Ana, adnde vas? Qu tienes, Ana? Salir t del cuarto a estas horas?
Ana! Ana!

--Djame, nia, djame. Hoy, yo tengo fuerzas. Llvame hasta la mitad del
corredor.

--Del corredor?

--S: voy al cuarto de Luca.

--Pues bueno, yo te llevo.

--No, mi nia, no--se sent un momento, con Sol a sus pies, le abraz la
cabeza, y la bes en la frente. Nada le dijo, porque nada deba decirle.
Y se levant, del brazo de ella.

--Es que s lo que tiene triste a Luca. Djame ir. De ningn modo vayas.
Es por el bien de todos.

Fue, toc, entr.

--Ana!

Ana, casi lvida y tendiendo los brazos para no caer en tierra, estaba
de pie, en la puerta del cuarto oscuro, vestida de blanco.

--Cierra, cierra.

Se habl mucho, se oyeron gemidos, como de un pecho que se vaca, se
llor mucho.

All a la madrugada, la puerta se abra, Luca quera ir con Ana.

--No, no, quiero llevarte; cmo has de ir sola si no puedes tenerte en
pie? Sol estar despierta todava. Yo quiero ver a Sol ahora mismo.

--Loca! Hasta cundo eres buena, loca! A Juan, s, en cuanto lo veas
maana, que ser delante de m, bsale la mano a Juan. A Sol, que no
sepa nunca lo que te ha pasado por la mente. Vamos: acompame hasta la
mitad del corredor.

--Mi Ana, madrecita ma, mi madrecita!

Y llor Luca aquella maana, como se llora cuando se es dichoso.

       *       *       *       *       *

Fiesta, fiesta! El mdico lo ha dicho; el mdico, que vino desde la
ciudad a ver a la enferma, y hall que pensaba bien Petrona Revolorio.
Fiesta de flores para Ana!

Todos los msicos de las cercanas! Telegramas a los sinsontes!
Recados a los amarillos! Mensajeros por toda la comarca, a que venga
toda la canora pajarera! Ana, ya se sabe de Ana: Aqu no est bien, y
debe ir adonde est bien! Pero es buena idea esa de Petrona Revolorio, y
la enferma quiere que se d un baile que haga famosa la finca. Petrona,
por supuesto, no estar en la sala, ni ese es el baile que deba dar el
nio Pedro Real; pero ella estar donde la pueda ver su niita Ana, y
mandarle todo lo que necesite, porque ella baila con ver bailar, y lo
que hace no lo hace por servicio, sino porque ha cobrado mucha aficin.
Ya est tan contenta como si fuese la seora. Tiene un jarrn de China,
que hubo quin sabe en qu lances, y ya lo trajo, para que adorne la
fiesta; pero quiere que est donde lo vea la nia Ana.

Ahora s que ha empezado la temporada en la finca! Andar, bien, andar,
Ana no puede; pero Petrona la acompaa mucho y Sol, siempre que van Juan
y Luca a pasear por la hacienda, porque entonces qu casualidad!
entonces siempre necesita Ana de Sol.

El mdico vino, despus de aquella noche. El baile lo quiere Ana para
sacudir los espritus, para expulsar de las almas suspicaces la pena
pasada, para que con el roce solitario no se enconen heridas aun
abiertas, para que viendo a Luca tierna y afable, torne de nuevo la
seguridad en el alma de Juan alarmado, para que Luca vea frente a
frente a Sol en la hora de un triunfo, y como Ana le hablar antes a
Juan, Luca no tiemble. Ana se va, y ya lo sabe!: ella no quiere el
baile para s, sino para otros.

       *       *       *       *       *

Qu semana, la semana del baile! Pedro ha ido a la ciudad. Luca quiso
por un momento que fuera Juan, hasta que la mir Ana.

--Oh, no, Juan! t no te vayas.

Una tristeza haba en los ojos de Juan Jerez, que acaso ya nada hara
desaparecer: la tristeza de cuando en lo interior hay algo roto, alguna
creencia muerta, alguna visin ausente, algn ala cada. Mas se not en
los ojos de Juan una dulce mirada, y no como de que se alegraba l por
s, sino por placer de ver tierna a Luca. Son tan desventurados los
que no son tiernos!

De la ciudad vendra lo mejor; para eso iba Pedro. Quin no quera
alegrar a Ana? Y ver a Sol del Valle, que estaba ahora ms hermosa que
nunca quin no querra? Carruajes, los tenan casi todos los amigos de
la casa. El camino, salvo el tramo de las ciudades antiguas, era llano.
All habra caballeras para ayuda o repuesto. Cerca de la casa, como a
dos cuadras de ella, aderezaron para caballerizas dos grandes caserones
de madera, construidos aos atrs para experimentos de una industria que
al fin no dio fruto. Pedro, antes de salir, haba encargado que por
todas las calles del jardn que haba frente a la casa, pusieran unas
columnas, como media vara ms altas que un hombre, que haban de estar
todas forradas de aquella parsita del bosque, sembrada ac y all de
flores azules; y sobre los capiteles, se pondran unos elegantes cestos,
vestidos de guas de enredadera y llenos de rosas. Las luces vendran de
donde no se viesen, ya en el jardn, ya en la casa; y estaba en camino
Mr. Sherman, el americano de la luz elctrica, para que la hubiese bien
viva y abundante: los globos se esconderan entre cestos de rosas. De
jazmines, margaritas y lirios iban a vestirle a Ana, sin que ella lo
supiese, el silln en que deba sentarse en la fiesta. Con una hoja de
palma, puesta a un lado de los marcos y encorvada en ondulacin graciosa
por la punta en el otro, vistieron los indios todas las puertas y
ventanas, y hubo modo de aadir a las enredaderas del colgadizo, otras
parecidas por un buen trecho a ambos lados de las tres entradas, en cada
uno de cuyos peldaos, como por toda esquina visible del colgadizo o de
las salas, pusieron grandes vasos japoneses y chinos con plantas
americanas. En las paredes del saln como desusada maravilla, colg Juan
cuatro platos castellanos, de los que los conquistadores espaoles
embutan en las torres. Era por dentro la casa blanca, como por fuera, y
toda ella, salvo el colgadizo, tena el piso cubierto por una alfombra
espesa como de un negro dorado, que no llegaba nunca a negro, con
dibujos menudos y fantsticos, de los que el del ancho borde no era el
menos rico, rescatando la gravedad y monotona que le hubiera venido sin
ellos de aquella masa de color oscuro.

       *       *       *       *       *

Gentes, carruajes, caballos! Pedro y Juan jinetean sin cesar toda la
tarde, de la casa al parador, y de este a aquella. En las ciudades
antiguas donde aun hay alegres posadas, y cierto indio que sabe francs,
han comido casi todos los invitados. A las ocho de la noche empieza el
baile. Toda la noche ha de durar. Al alba, el desayuno va a ser en el
parador. Oh qu tamales, de las especies ms diversas, tiene dispuestos
Petrona Revolorio! esta tarde, cuando los hizo, se puso el chal de seda.
Ana no ha visto su silln de flores. Adnde ha de estar Adela, sino por
el jardn correteando, enseando cuanto sabe, a la cabeza de un tropel
de flores, de flores de ojos negros?

Y Luca? Luca est en el cuarto de Ana, vistiendo ella misma a Sol.
Ella, se vestir luego. A Sol, primero! Mrala, Ana, mrala. Yo me
muero de celos. Ves? el brazo en encajes. Tomo; te lo beso! Qu bueno
es querer! Dime, Ana, aqu est el brazo, y aqu est la pulsera de
perlas: cules son las perlas? Y de qu iba vestida Sol? De muselina;
de una muselina de un blanco un poco oscuro y transparente, el seno
abierto apenas, dejando ver la garganta sin adorno; y la falda casi
oculta por unos encajes muy finos de Malines que de su madre tena Ana.

--Y la cabeza cmo te vas a peinar por fin? Yo misma quiero peinarte.

--No, Luca, yo no quiero. No vas a tener tiempo. Ahora voy a ayudarte
yo. Yo no voy a peinarme. Mira; me recojo el cabello, as como lo tengo
siempre, y me pongo te acuerdas? como en el da de la procesin, me
pongo una camelia.

Y Luca, como alocada, haca que no la oa. Le deshaca el peinado, le
recoga el cabello a la manera que deca. As? No? Un poco ms alto,
que no te cubra el cuello. Ah! y las camelias?... Esas son? Qu
lindas son! qu lindas son!. Y la segunda vez dijo esto ms despacio y
lentamente como si las fuerzas le faltaran y se le fuera el alma en
ello.

--De veras que te gustan tanto? Qu flores te vas a poner t?

Luca, como confusa:

--T sabes: yo nunca me pongo flores.

--Bueno: pues si es verdad que ya no ests enojada conmigo, qu te hice
yo para que te pusieras enojada? si es verdad que ya no estas enojada,
ponte hoy mis camelias.

--Yo, camelias!

--S, mis camelias. Mira, aqu estn; yo misma te las llevo a tu cuarto.
Quieres?

Oh! si se pusiera toda aquella hermosura de Sol la que se pusiese tus
camelias. Quin, quin llegara nunca a ser tan hermosa como Sol? Qu
lindas, qu lindas, son esas camelias! Pero t, qu flores te vas a
poner?.

--Yo, mira: Petrona me trajo unas margaritas esta maana, estas
margaritas.

       *       *       *       *       *

Gentes, caballos, carruajes! Las cinco, las seis, las siete. Ya est
lleno de gente el colgadizo.

Caballeros y nias vienen ya del brazo, de las habitaciones interiores.
Carruajes y caballos se detienen a la puerta del fondo, de la que por un
corredor alfombrado, con grabados sencillos adornadas las paredes, se va
a la vez a los cuartos interiores que abren a un lado y a otro, y a la
sala. Ya desde l, al apearse del carruaje, se ve a la entrada de la
sala, donde hay un doble recodo para poner dos otomanas, como si hubiese
all ahora un bosquecillo de palmas y flores. En un cuarto dejan las
seoras sus abrigos y enseres, y pasan a otro a reparar del viaje sus
vestidos o a cambiarlos algunas por los que han enviado de antemano. A
otro cuarto entran a aliarse y dejar sus armas los que han venido a
caballo. Una panoplia de armas indias, clavada a un lado de la puerta de
los caballeros, les indica su cuarto. Un gran lazo de cintas de colores
y un abanico de plumas medio abierto sobre la pared, revelan a las
seoras los suyos.

Ya suenan gratas msicas, que los indios de aquellas cercanas,
colocados en los extremos del colgadizo, arrancan a sus instrumentos de
cuerdas. Del jardn vienen los concurrentes; del cuarto de las seoras
salen; Ana llega del brazo de Juan. Juan, quin ha sido? para m ese
silln de flores?. No la rodean mucho; se sabe que no deben hablarle. Y
Luca que no viene? Ella vendr enseguida. Y Sol? Dnde est Sol?
Dicen que llega. Los jvenes se precipitan a la puerta. No viene aun. Se
est inquieto. Se valsa. Sol viene al fin: viene, sin haberla visto, de
llamar al cuarto de Luca. Voy! Ya estoy!. As responde Luca de
adentro con una voz ahogada. No oye Sol los cumplimientos que le dicen:
no ve la sala que se encorva a su paso; no sabe que la escultura no dio
mejor modelo que su cabeza adornada de margaritas, no nota que, sin ser
alta, todas parecen bajas cerca de ella. Camina como quien va lanzando
claridades, hacia Juan camina:

--Juan Luca no quiere abrirme! Yo creo que le pasa algo. La criada me
dice que se ha vestido tres o cuatro veces, y ha vuelto a desvestirse, y
a despeinarse, y se ha echado sobre la cama, desesperada, lastimndose
la cara y llorando. Despus despidi a la criada, y se qued vistindose
sola. Juan! vaya a ver qu tiene!

En este instante, estaban Juan y Sol, de pie en medio de la sala, y
otras parejas, pasando, en espera de que rompiese el baile, alrededor de
ellos.

--All viene! all viene!--dijo Juan, que tena a Sol del brazo,
sealando hacia el fondo del corredor, por donde a lo lejos vena al fin
Luca. Luca, todo de negro. A punto que pasaba por frente a la puerta
del cuarto de vestir, interrumpiendo el paso a un indio, que sacaba en
las manos cuidadosamente, por orden que le haba dado Juan, una cesta
cargada de armas, vio, viniendo hacia ella del brazo, solos, en pleno
luz de plata, en mitad del bosquecillo de flores que haba a la entrada
de la sala, a Juan y a Sol, a la hermossima pareja. Se afirm sobre sus
pies como si se clavase en el piso. Espera! Espera!, dijo al indio.
Dej a Juan y a Sol adelantarse un poco por el corredor estrecho, y
cuando les tena como a unos doce pasos de distancia, de una terrible
sacudida de la cabeza desat sobre su espalda la cabellera: Cllate,
cllate!, le dijo al indio, mientras haciendo como que miraba adentro,
pona la mano tremenda en la cesta; y cuando Sol se desprenda del brazo
de Juan y vena a ella con los brazos abiertos....

Fuego! Y con un tiro en la mitad del pecho, vacil Sol, palpando el
aire con las manos, como una paloma que aletea, y a los pies de Juan
horrorizado, cay muerta.

--Jess! Jess! Jess!--y retorcindose y desgarrndose los vestidos,
Luca se ech en el suelo, y se arrastr hasta Sol de rodillas, y se
mesaba los cabellos con las manos quemadas, y besaba a Juan los pies; a
Juan, a quien Pedro Real, para que no cayese, sostena en su brazo.
Para Sol, para Sol, aun despus de muerta, todos los cuidados! Todos
sobre ella! Todos queriendo darle su vida! El corredor lleno de
mujeres que lloraban! A ella, nadie se acercaba a ella!

--Jess, Jess!--entr Luca por la puerta del cuarto de vestir de las
seoras, huyendo, hasta que dio en la sala, por donde Ana cruzaba medio
muerta, de los brazos de Adela y de Petrona Revolorio, y exhalando un
alarido, cay, sintiendo un beso, entre los brazos de Ana.






End of the Project Gutenberg EBook of Amistad funesta, by Jos Mart

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AMISTAD FUNESTA ***

***** This file should be named 18166-8.txt or 18166-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/1/8/1/6/18166/

Produced by Chuck Greif and La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

*** END: FULL LICENSE ***

