The Project Gutenberg EBook of Fortunata y Jacinta, by Benito Prez Galds

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Title: Fortunata y Jacinta
       dos historias de casadas

Author: Benito Prez Galds

Release Date: November 5, 2005 [EBook #17013]
[Last updated on August 13, 2007]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)

por B. Prez Galds




Parte primera




-I-

Juanito Santa Cruz




--i--


Las noticias ms remotas que tengo de la persona que lleva este nombre
me las ha dado Jacinto Mara Villalonga, y alcanzan al tiempo en que
este amigo mo y el otro y el de ms all, Zalamero, Joaquinito Pez,
Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos
el mismo ao, y aunque se reunan en la ctedra de Cams, separbanse en
la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discpulo de Novar, y
Villalonga de Coronado. Ni tenan todos el mismo grado de aplicacin:
Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en
la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor
mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas seales de
asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y
Villalonga se ponan siempre en la grada ms alta, envueltos en sus
capas y ms parecidos a conspiradores que a estudiantes. All pasaban el
rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o
soplndose recprocamente la leccin cuando el catedrtico les
preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un da una sartn (no
s si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafsica) y
frieron un par de huevos. Otras muchas tonteras de este jaez cuenta
Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos,
a excepcin de Miquis que se muri en el 64 soando con la gloria de
Schiller, metieron infernal bulla en el clebre alboroto de la noche de
San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa
ocasin, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se gan
dos bofetadas de un guardia veterano, sin ms consecuencias. Pero
Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibi un
sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses
largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y
llevado a la prevencin en una cuerda de presos, compuesta de varios
estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra
me lo tuvieron veinte y tantas horas, y an durara ms su cautiverio, si
de l no le sacara el da 11 su pap, sujeto respetabilsimo y muy bien
relacionado.

Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es
para contado. Qu noche de angustia la del 10 al 11! Ambos crean no
volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser nico, se miraban y se
recreaban con inefables goces de padres chochos de cario, aunque no
eran viejos. Cuando el tal Juanito entr en su casa, plido y
hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y
oliendo a pueblo, su mam vacilaba entre reirle y comrsele a besos. El
insigne Santa Cruz, que se haba enriquecido honradamente en el comercio
de paos, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no
era socio de la revoltosa _Tertulia_, porque las inclinaciones
antidinsticas de Olzaga y Prim le hacan muy poca gracia. Su club era
el saln de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D.
Manuel Cantero, D. Cirilo lvarez y D. Joaqun Aguirre, y algunas D.
Pascual Madoz. No poda ser, pues, D. Baldomero, por razn de afinidades
personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompa
a Gobernacin para ver a Gonzlez Bravo, y ste dio al punto la orden
para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el
descamisado Juanito.

Cuando el nio estudiaba los ltimos aos de su carrera, verificose en
l uno de esos cambiazos crticos que tan comunes son en la edad
juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo
Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezn de cumplir
religiosamente sus deberes escolsticos y aun de instruirse por su
cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique
declamatorio entre amiguitos. No slo iba a clase puntualsimo y cargado
de apuntes, sino que se pona en la grada primera para mirar al profesor
con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia,
y aprobar con cabezadas la explicacin, como diciendo: yo tambin me s
eso y algo ms. Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso
al catedrtico para consultarle un punto oscuro del texto o que les
resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda
aplicacin. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traa
muy desasosegado. Por aquellos das no era todava costumbre que fuesen
al Ateneo los sabios de pecho que estn mamando la leche del
conocimiento. Juanito se reuna con otros cachorros en la casa del chico
de Tellera (Gustavito) y all armaban grandes peloteras. Los temas ms
sutiles de Filosofa de la Historia y del Derecho, de Metafsica y de
otras ciencias especulativas (pues an no estaban de moda los estudios
experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para
ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. Qu gran progreso en
los entretenimientos de la niez! Cuando uno piensa que aquellos mismos
nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habran pasado el tiempo
mamndose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberas...!

Todos los dineros que su pap le daba, dejbalos Juanito en casa de
Bailly-Baillire, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere
Villalonga que un da fue Barbarita _reventando_ de gozo y orgullo a la
librera, y despus de saldar los dbitos del nio, dio orden de que
entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros
y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical seora quera poner
un freno de modestia a la expresin de su vanidad maternal. Figurbase
que ofenda a los dems, haciendo ver la supremaca de su hijo entre
todos los hijos nacidos y por nacer. No quera tampoco profanar,
hacindolo pblico, aquel encanto ntimo, aquel himno de la conciencia
que podemos llamar los _misterios gozosos_ de Barbarita. nicamente se
clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas
razones: Ay qu chico!... cunto lee! Yo digo que esas cabezas tienen
algo, algo, s seor, que no tienen las dems... En fin, ms vale que le
d por ah.

Concluy Santa Cruz la carrera de Derecho, y de aadidura la de
Filosofa y Letras. Sus paps eran muy ricos y no queran que el nio
fuese comerciante, ni haba para qu, pues ellos tampoco lo eran ya.
Apenas terminados los estudios acadmicos, verificose en Juanito un
nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el
misterioso paso o transicin de edades en el desarrollo individual.
Perdi bruscamente la aficin a aquellas furiosas broncas oratorias por
un ms o un menos en cualquier punto de Filosofa o de Historia; empez
a creer ridculos los sofocones que se haba tomado por probar que _en
las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un
poquito ms ilimitado que el de los reyes_, contra la opinin de
Gustavito Tellera, el cual sostena, dando puetazos sobre la mesa, que
lo era _un poquitn menos_. Dio tambin en pensar que maldito lo que le
importaba que _la conciencia fuera la intimidad total del ser racional
consigo mismo_, o bien otra cosa semejante, como quera probar,
hinchndose de conviccin airada, Joaquinito Pez. No tard, pues, en
aflojar la cuerda a la mana de las lecturas, hasta llegar a no leer
absolutamente nada. Barbarita crea de buena fe que su hijo no lea ya
porque haba agotado el pozo de la ciencia.

Tena Juanito entonces veinticuatro aos. Le conoc un da en casa de
Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha
olvidado la fecha exacta; pero debi de ser esta hacia el 69, porque
recuerdo que se habl mucho de Figuerola, de la capitacin y del derribo
de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy
bien parecido y adems muy simptico, de estos hombres que se
recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que
en una hora de conversacin ganan ms amigos que otros repartiendo
favores positivos. Por lo bien que deca las cosas y la gracia de sus
juicios, aparentaba saber ms de lo que saba, y en su boca las
paradojas eran ms bonitas que las verdades. Vesta con elegancia y
tena tan buena educacin, que se le perdonaba fcilmente el hablar
demasiado. Su instruccin y su ingenio agudsimo le hacan descollar
sobre todos los dems mozos de la partida, y aunque a primera vista
tena cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratndoles se echaban de ver
entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza
de carcter y la garrulera de su entendimiento, era un verdadero
botarate.

Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que
no se atreva a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas
las dems seoras haban de tener celos de ella. Si esta pasin de madre
daba a Barbarita inefables alegras, tambin era causa de zozobras y
cavilaciones. Tema que Dios la castigase por su orgullo; tema que el
adorado hijo enfermara de la noche a la maana y se muriera como tantos
otros de menos mrito fsico y moral. Porque no haba que pensar que el
mrito fuera una inmunidad. Al contrario, los ms brutos, los ms feos y
los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma
muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su
alma se defenda Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba,
una voz interior, susurro dulcsimo como chismes trados por el ngel de
la Guarda, le deca que su hijo no morira antes que ella. Los cuidados
que al chico prodigaba eran esmeradsimos; pero no tena aquella buena
seora las tonteras dengosas de algunas madres, que hacen de su cario
una mana insoportable para los que la presencian, y corruptora para las
criaturas que son objeto de l. No trataba a su hijo con mimo. Su
ternura saba ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.

Y por qu le llamaba todo el mundo y le llama todava casi unnimemente
_Juanito_ Santa Cruz? Esto s que no lo s. Hay en Madrid muchos casos
de esta aplicacin del diminutivo o de la frmula familiar del nombre,
aun tratndose de personas que han entrado en la madurez de la vida.
Hasta hace pocos aos, al autor cien veces ilustre de _Pepita Jimnez_,
le llamaban sus amigos y los que no lo eran, _Juanito_ Valera. En la
sociedad madrilea, la ms amena del mundo porque ha sabido combinar la
cortesa con la confianza, hay algunos _Pepes, Manolitos_ y _Pacos_ que,
aun despus de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos,
continan nombrados con esta familiaridad democrtica que demuestra la
llaneza castiza del carcter espaol. El origen de esto habr que
buscarlo quiz en ternuras domsticas o en hbitos de servidumbre que
trascienden sin saber cmo a la vida social. En algunas personas, puede
relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que
nacieron predestinados para ser _Manolos_ toda su vida. Sea lo que
quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doa Brbara
Arnaiz le llamaban _Juanito_, y _Juanito_ le dicen y le dirn quiz
hasta que las canas de l y la muerte de los que le conocieron nio
vayan alterando poco a poco la campechana costumbre.

Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprender
fcilmente la direccin que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al
verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de xito. Ni
extraar nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del
arte de vestir, hijo nico de padres ricos, inteligente, instruido, de
frase seductora en la conversacin, pronto en las respuestas, agudo y
ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podra poner
el rtulo social de _brillante_, considerara ocioso y hasta ridculo el
meterse a averiguar si hubo o no un idioma nico primitivo, si el Egipto
fue una colonia bracmnica, si la China es absolutamente independiente
de tal o cual civilizacin asitica, con otras cosas que aos atrs le
quitaban el sueo, pero que ya le tenan sin cuidado, mayormente si
pensaba que lo que l no averiguase otro lo averiguara... Y por ltimo
--deca--pongamos que no se averige nunca. Y qu...?. El mundo
tangible y gustable le seduca ms que los incompletos conocimientos de
vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas _sacadas a la
fuerza_, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusin de la
voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acab por
declararse a s mismo que ms sabe el que vive _sin querer saber_ que el
que _quiere saber sin vivir_, o sea aprendiendo en los libros y en las
aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar.
La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una
funcin cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisicin de
los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el
trabajo. No paraban aqu las filosofas de Juanito, y haca una
comparacin que no carece de exactitud. Deca que entre estas dos
maneras de vivir, observaba l la diferencia que hay entre comerse una
chuleta y que le vengan a contar a uno cmo y cundo se la ha comido
otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la
cara que pona, el gusto que le daba la masticacin, la gana con que
tragaba y el reposo con que digera.




--ii--


Empez entonces para Barbarita nueva poca de sobresaltos. Si antes sus
oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para
apartar de ella el tifus y las viruelas, despus intentaban librarle de
otros enemigos no menos atroces. Tema los escndalos que ocasionan
lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el
alma, los despilfarros, el desorden moral, fsico y econmico.
Resolviose la insigne seora a tener carcter y a vigilar a su hijo.
Hzose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura,
otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razn de todos
los actos del joven, tundindole a preguntas: A dnde vas con ese
cuerpo?... De dnde vienes ahora?... Por qu entraste anoche a las
tres de la maana?... En qu has gastado los mil reales que ayer te
di?... A ver, qu significa este perfume que se te ha pegado a la
cara?.... Daba sus descargos el delincuente como poda, fatigando su
imaginacin para procurarse respuestas que tuvieran visos de lgica,
aunque estos fueran como fulgor de relmpago. Pona una de cal y otra de
arena, mezclando las contestaciones categricas con los mimos y las
zalameras. Bien saba cul era el flanco dbil del enemigo. Pero
Barbarita, mujer de tanto espritu como corazn, se las tena muy tiesas
y saba defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de
cariitos, que la mam estaba a punto de rendirse, fatigada de su
entereza disciplinaria. Pero, quia!, no se renda; y vuelta al ajuste
de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el
predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad,
debo decir que los desvaros de Juanito no eran ninguna cosa del otro
jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que
las barrabasadas de aquel nio bonito hace quince aos, nos pareceran
hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa.

Presentose en aquellos das al simptico joven la coyuntura de hacer su
primer viaje a Pars, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz
comisionados por el Gobierno, el uno a comprar mquinas de agricultura,
el otro a adquirir aparatos de astronoma. A D. Baldomero le pareci
muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se
opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correra en la
capital de Francia temporales ms recios que los de Madrid. A la pena de
no verle unase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y
gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los
jvenes ms juiciosos. Bien se saba ella que all hilaban muy fino en
esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en
esta materia con Pars de Francia, un lugar de abstinencia y
mortificacin. Tan triste se puso un da pensando en estas cosas y tan
al vivo se le representaban la prxima perdicin de su querido hijo y
las redes en que inexperto caa, que sali de su casa resuelta a
implorar la misericordia divina del modo ms solemne, conforme a sus
grandes medios de fortuna. Primero se le ocurri encargar muchas misas
al cura de San Gins, y no parecindole esto bastante, discurri mandar
poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el nio
estuviese en Pars. Ya dentro de la Iglesia, pens que lo del Manifiesto
era un lujo desmedido y por lo mismo quiz irreverente. No, guardara el
recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte.
Pero en lo de las misas s que no se volvi atrs, y encarg la mar de
ellas, repartiendo adems aquella semana ms limosnas que de costumbre.

Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a rer y le
deca: El chico es de buena ndole. Djale que se divierta y que la
corra. Los jvenes del da necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No
son estos tiempos como los mos, en que no la corra ningn chico del
comercio, y nos tenan a todos metidos en un puo hasta que nos casaban.
Qu costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La
civilizacin, hija, es mucho cuento. Qu padre le dara hoy un par de
bofetadas a un hijo de veinte aos por haberse puesto las botas nuevas
en da de trabajo? Ni cmo te atreveras hoy a proponerle a un mocetn
de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jvenes disfrutan
de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los
de antao. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras,
te dir que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de
entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. Dios mo, qu soso era! Ya
tena veinticinco aos, y no saba decir a una mujer o seora sino _que
usted lo pase bien_, y de ah no me sacaba nadie. Como que me haba
pasado en la tienda y en el almacn toda la niez y lo mejor de mi
juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. As me cri, as
sal yo, con unas ideas de rectitud y unos hbitos de trabajo, que ya
ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos
maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis
padres no me permitan ms compaa que la de otros muchachones tan
oos como yo, no saba ninguna suerte de travesuras, ni habia visto a
una mujer ms que por el forro, ni entenda de ningn juego, ni poda
hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mam
tena que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas
las prendas del da de fiesta parecan querer escaprseme del cuerpo. T
bien te acuerdas. Anda, que tambin te has redo de m. Cuando mis
padres me hablaron... as, a boca de jarro, de que me iba a casar
contigo, me corri un fro por todo el espinazo...! Todava me acuerdo
del miedo que te tena. Nuestros padres nos dieron esto amasado y
cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Sali
bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale
malditamente... Qu risa! Lo que me daba ms miedo cuando mi madre me
habl de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo...
No tena ms remedio que decirte algo... Caramba, qu sudores pas!
'Pero yo qu le voy a decir, si lo nico que s es _que usted lo pase
bien_, y en saliendo de ah soy hombre perdido...?'.

Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ay, Dios mo!,
cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de pao negro para llevarme
a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba
y de lo desmaado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir
una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros das me
inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cmo haba
de entrar y qu cosas haba de decir, y discurriendo alguna triquiuela
para hacer menos ridcula mi cortedad... Dgase lo que se quiera, hija,
aquella educacin no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa
manera. Yo qu quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no
ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de
la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se
despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales....

--No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque
la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aqu de
modales, sino de que me le coman esas bribonas...

--Mira, mujer, para que los jvenes adquieran energa contra el vicio,
es preciso que lo conozcan, que lo caten, s, hija, que lo caten. No hay
peor situacin para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando
por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por
esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos
tipos que jams, ni antes ni despus de casados, tuvieron trapicheos,
entran muchos en libra. Cada cual en su poca. Juanito, en la suya, no
puede ser mejor de lo que es, y si te empeas en hacer de l un
anacronismo o una rareza, un _non_ como su padre, puede que lo eches a
perder.

Estas razones no convencan a Barbarita, que segua con toda el alma
fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque haba
odo contar horrores de lo que all pasaba. Como que estaba infestada la
gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto
parecan duquesas, vestidas con los ms bonitos y los ms nuevos arreos
de la moda. Mas cuando se las vea y oa de cerca, resultaban ser unas
tiotas relajadas, comilonas, borrachas y vidas de dinero, que
desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caa. Contbale
estas cosas el marqus de Casa-Muoz que casi todos los veranos iba al
extranjero.

Las inquietudes de aquella incomparable seora acabaron con el regreso
de Juanito. Y quin lo dira! Volvi mejor de lo que fue. Tanto hablar
de Pars, y cuando Barbarita crea ver entrar a su hijo hecho una
lstima, todo rechupado y anmico, se le ve ms gordo y lucio que
antes, con mejor color y los ojos ms vivos, muchsimo ms alegre, ms
hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntera de juicio que
a todos dejaba pasmados. Vaya con Pars!... El marqus de Casa-Muoz
se lo deca a Barbarita: No hay que _involucrar_, Pars es muy malo;
pero tambin es muy bueno.




-II-

Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histrico sobre el comercio matritense




--i--


Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en
el siglo pasado tuvo ya tienda de paos del Reino en la calle de la Sal,
en el mismo local que despus ocup D. Mauro Requejo. Haba empezado el
padre por la ms humilde jerarqua comercial, y a fuerza de trabajo,
constancia y orden, el hortera de 1796 tena, por los aos del 10 al 15,
uno de los ms reputados establecimientos de la Corte en paera
nacional y extranjera. Don Baldomero II, que as es forzoso llamarle
para distinguirle del fundador de la dinasta, hered en 1848 el copioso
almacn, el slido crdito y la respetabilsima firma de D. Baldomero I,
y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte aos ms,
retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones
de reales, despus de traspasar la casa a dos muchachos que servan en
ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denomin
desde entonces _Sobrinos de Santa Cruz_, y a estos sobrinos, D.
Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente _los Chicos_.

En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orgenes hasta 1848, la
casa trabaj ms en gneros del pas que en los extranjeros. Escaray y
Pradoluengo la surtan de paos, Brihuega de bayetas, Antequera de
pauelos de lana. En las postrimeras de aquel reinado fue cuando la
casa empez a trabajar en gneros _de fuera_, y la reforma arancelaria
de 1849 lanz a D. Baldomero II a mayores empresas. No slo realiz
contratos con las fbricas de Bjar y Alcoy para dar mejor salida a los
productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para
levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos
patencures, anascotes, cbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa
historia de la sastrera moderna. Pero de lo que ms provecho sac la
casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejrcito y la Milicia
Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del
_artculo para capas_, el abrigo propiamente espaol que resiste a todas
las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de
comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la
paera de Madrid y surtan a los tenderos de la calle de Atocha, de la
Cruz y Toledo.

En las contratas de vestuario para el Ejrcito y Milicia Nacional, ni
Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Apareca como
contratista un tal Albert, de origen belga, que haba empezado por
introducir paos extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre
muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no
estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacsimo de Casarredonda en sus
valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantaln blanco
de los soldados de hace cuarenta aos ha sido origen de grandsimas
riquezas. Los _fardos de Coruas y Viveros_ dieron a Casarredonda y al
tal Albert ms dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y
levitas militares de Bjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes
no tenan por qu quejarse. Albert muri el 55, dejando una gran
fortuna, que hered su hija casada con el sucesor de Muoz, el de la
inmemorial ferretera de la calle de Tintoreros.

En el reinado de D. Baldomero II, las prcticas y procedimientos
comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. All no se supo
nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para
extender por las provincias limtrofes el negocio. El refrn de _el buen
pao en el arca se vende_ era verdad como un templo en aquel slido y
bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les
llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes
charlatnicas. Demasiado saban todos el camino de la casa, y las
metdicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los
descuentos que se hacan por pronto pago, los plazos que se daban, y
todo lo dems concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y
parroquiano. El escritorio no alter jams ciertas tradiciones
venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. All no se usaron
nunca estos copiadores de cartas que son una aplicacin de la imprenta a
la caligrafa. La correspondencia se copiaba _a pulso_ por un empleado
que estuvo cuarenta aos sentado en la misma silla delante del mismo
atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de
su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realiz el traspaso, no
se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de
Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos aos antes del traspaso, no us
Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre s mismas.

No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el
contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su
conocimiento de los negocios, sugeranle la idea de que cada hombre
pertenece a su poca y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe
exclusivamente actuar. Demasiado comprendi que el comercio iba a sufrir
profunda transformacin, y que no era l el llamado a dirigirlo por los
nuevos y ms anchos caminos que se le abran. Por eso, y porque ansiaba
retirarse y descansar, traspas su establecimiento a los _Chicos_ que
haban sido deudos y dependientes suyos durante veinte aos. Ambos eran
trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero
para buscar y traer las _novedades_, alma del trfico de telas. La
concurrencia creca cada ao, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y
expedir viajantes, mimar al pblico, contemporizar y abrir cuentas
largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los
_Chicos_ haban abarcado tambin el comercio de lanillas, merinos, telas
ligeras para vestidos de seora, paolera, confecciones y otros
artculos de uso femenino, y adems abrieron tienda al por menor y al
_vareo_, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e
insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para
ellos, la casa tena un crdito inmenso.

La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se haba hecho
paero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para
indemnizarse de un prstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba
exclusivamente en gnero extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su
traspaso a los Chicos, tambin Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo,
porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quera
trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos
Compaas de seguros. Con esto tena lo bastante para no aburrirse. Era
hombre que cuando se pona a toser haca temblar el edificio donde
estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglmano y soltern.
Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes
bien, se ayudaban cuanto podan. El gordo y D. Baldomero tratronse
siempre como hermanos en la vida social y como compaeros queridsimos
en la comercial, salvo alguna discusin demasiado agria sobre temas
arancelarios, porque Arnaiz haba hecho la gracia de leer a Bastiat y
concurra a los _meetings_ de la Bolsa, no precisamente para or y
callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante
tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso
fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretenda
que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria
espaola. Si esos catalanes no fabrican ms que adefesios --deca
Arnaiz entre tos y tos--, y reparten dividendos de sesenta por ciento a
los accionistas....

--Dale!, ya pareci aquello--responda don Baldomero--Pues yo te
probar...

Sola no probar nada, ni el otro tampoco, quedndose cada cual con su
opinin; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. Tambin
haba entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque
doa Brbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de
Bonifacio Arnaiz, comerciante en paolera de la China. Y escudriando
los troncos de estos linajes matritenses, sera fcil encontrar que los
Arnaiz y los Santa Cruz tenan en sus diferentes ramas una savia comn,
la savia de los Trujillos. Todos somos unos--dijo alguna vez el gordo
en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades
democrticas--, t por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos
netos, _de patente_; descendemos de aquel Matas Trujillo que tuvo
albardera en la calle de Toledo all por los tiempos del motn de capas
y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo
en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramn
Trujillo... ya sabis que me le han hecho conde... le he dicho que
adopte por escudo un frontil y una jquima con un letrero que diga:
_Pertenec a Babieca_....




--ii--


Naci Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejn de San
Cristbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o
casas de muecas. Los techos se cogan con la mano; las escaleras haba
que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecan
destinadas a la premeditacin de algn crimen. Haba moradas de estas, a
las cuales se entraba por la cocina. Otras tenan los pisos en declive,
y en todas ellas oase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se
vean mezquinos arcos de fbrica para sostener el entramado de las
escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construccin como escaseaban
el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los
baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las
vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones
de estos ltimos veinte aos; pero la estrechez de las viviendas
subsiste.

Creci Brbara en una atmsfera saturada de olor de sndalo, y las
fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la paolera
chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niez. Como se
recuerda a las personas ms queridas de la familia, as vivieron y viven
siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniqus de
tamao natural vestidos de mandarn que haba en la tienda y en los
cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excit la
atencin naciente de la nia, cuando estaba en brazos de su niera,
fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus
magnficos trajes morados. Tambin haba por all una persona a quien la
nia miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de
candoroso chino. Era el retrato de Ayn, de cuerpo entero y tamao
natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresin. Mal
conocido es en Espaa el nombre de este peregrino artista, aunque sus
obras han estado y estn a la vista de todo el mundo, y nos son
familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los
pauelos de Manila, el inventor del tipo de rameado ms vistoso y
elegante, el poeta fecundsimo de esos madrigales de crespn compuestos
con flores y rimados con pjaros. A este ilustre chino deben las
espaolas el hermossimo y caracterstico chal que tanto favorece su
belleza, el mantn de Manila, al mismo tiempo seoril y popular, pues lo
han llevado en sus hombros la gran seora y la gitana. Envolverse en l
es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventar nada
que iguale a la ingenua poesa del mantn, salpicado de flores,
flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos
del sueo y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres
en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va
desterrando, y slo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo
saca de las arcas en las grandes pocas de la vida, en los bautizos y en
las bodas, como se da al viento un himno de alegra en el cual hay una
estrofa para la patria. El mantn sera una prenda vulgar si tuviera la
ciencia del diseo; no lo es por conservar el carcter de las artes
primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la
infancia, candoroso y rico de color, fcilmente comprensible y
refractario a los cambios de la moda.

Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las
panderetas o los toros, no es nuestra en realidad ms que por el uso; se
la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayn,
que consagr a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido
era el buen hombre al comercio espaol, que enviaba a los de ac su
retrato y los de sus catorce mujeres, unas seoras tiesas y plidas como
las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increbles por lo
chicos y las uas increbles tambin por lo largas.

Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la
contemplacin de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus
sentidos, ninguna tan segura como la impresin de aquellas flores
bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que pareca cuajarse en
ellas el roco. En das de gran venta, cuando haba muchas seoras en la
tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de
pauelos, la lbrega tienda semejaba un jardn. Barbarita crea que se
podran coger flores a puados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar
canastillas y adornarse el pelo. Crea que se podran deshojar y
tambin que tenan olor. Esto era verdad, porque despedan ese tufillo
de los embalajes asiticos, mezcla de sndalo y de resinas exticas que
nos trae a la mente los misterios budistas.

Ms adelante pudo la nia apreciar la belleza y variedad de los abanicos
que haba en la casa, y que eran una de las principales riquezas de
ella. Quedbase pasmada cuando vea los dedos de su mam sacndolos de
las perfumadas cajas y abrindolos como saben abrirlos los que comercian
en este artculo, es decir, con un desgaire rpido que no los estropea y
que hace ver al pblico la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de
las varillas. Barbarita abra cada ojo como los de un ternero cuando su
mam, sentndola sobre el mostrador, le enseaba abanicos sin dejrselos
tocar; y se embebeca contemplando aquellas figuras tan monas, que no le
parecan personas, sino _chinos_, con las caras redondas y tersas como
hojitas de rosa, todos ellos risueos y estpidos, pero muy lindos, lo
mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos rboles que
parecan matitas de albahaca... Y pensar que los rboles eran el t
nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor
de barriga...!

Ocuparon ms adelante el primer lugar en el tierno corazn de la hija
de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueos inocentes, otras preciosidades
que la mam sola mostrarle de vez en cuando, previa amonestacin de no
tocarlos; objetos labrados en marfil y que deban de ser los juguetes
con que los ngeles se divertan en el Cielo. Eran al modo de torres de
muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por
una y otra banda; tambin estuchitos, cajas para guantes y joyas,
botones y juegos lindsimos de ajedrez. Por el respeto con que su mam
los coga y los guardaba, crea Barbarita que contenan algo as como el
Vitico para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia
cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le
haban dejado satisfacer su anhelo de coger para s aquellas moneras.
Hubirase contentado ella, en vista de prohibicin tan absoluta, con
aproximar la yema del dedo ndice al pico de una de las torres; pero ni
aun esto... Lo ms que se le permita era poner sobre el tablero de
ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no
haba escaparates), todas las piezas de un juego, no de los ms finos, a
un lado las blancas, a otro las encarnadas.

Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los nicos hijos
de D. Bonifacio Arnaiz y de doa Asuncin Trujillo. Cuando tuvo edad
para ello, fue a la escuela de una tal doa Calixta, sita en la calle
Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las nias con
quienes la de Arnaiz haca mejores migas, eran dos de su misma edad y
vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueo
de la droguera de la calle de Carretas, la otra de Muoz, el
comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muoz era muy
vanidosa, y deca que no haba casa como la suya y que daba gusto verla
toda llena de unos pedazos de hierro _mu_ grandes, _del tamao de la
caa de doa Calixta_, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos
hombres los podan levantar. Luego haba un sin fin de martillos,
garfios, peroles _mu grandes, mu grandes_... ms anchos que este
cuarto. Pues, y los paquetes de clavos? Qu cosa haba ms bonita? Y
las llaves que parecan de plata, y las planchas, y los anafres, y otras
cosas lindsimas? Sostena que ella no necesitaba que sus paps le
comprasen muecas, porque las haca con un martillo, vistindolo con una
toalla. Pues y las agujas que haba en su casa? No se acertaban a
contar. Como que todo Madrid iba all a comprar agujas, y su pap se
carteaba con el fabricante... Su pap reciba miles de cartas al da, y
las cartas olan a hierro... como que venan de Inglaterra, donde todo
es de hierro, hasta los caminos... S, hija, s, mi pap me lo ha
dicho. Los caminos estn embaldosados de hierro, y por all encima van
los coches echando demonios.

Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucheras, que mostraba para
dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes,
argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de
muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tena en ms
estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos das, era su coleccin
de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes
inservibles, y que tenan el famoso escudo ingls, con la jarretiera, el
leopardo y el unicornio. En todas ellas se lea: Birmingham. Veis...
este seor _Bermingn_ es el que se cartea con mi pap todos los das,
en ingls; y son tan amigos, que siempre le est diciendo que vaya all;
y hace poco le mand, dentro de una caja de clavos, un jamn ahumado que
ola como a chamusquina, y un pasteln as, mirad, del tamao del
brasero de doa Calixta, que tena dentro muchas pasas chiquirrininas, y
picaba como la guindilla; pero _mu_ rico, hijas, _mu_ rico.

La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con
figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de pldoras, de
barnices o de ingredientes para teirse el pelo. Los mostraba uno por
uno, dejando para el final el gran efecto, que consista en sacar de
sbito el pauelo y ponerlo en las narices de sus amigas, dicindoles:
_goled_. Efectivamente, quedbanse las otras medio desvanecidas con el
fuerte olor de agua de Colonia o de los _siete ladrones_, que el pauelo
tena. Por un momento, la admiracin las haca enmudecer; pero poco a
poco banse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por
vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con
el cual deca que iba a hacer un espejo. Difcil era borrar la grata
impresin y el xito del perfume. La ferretera, algo corrida, tena que
guardar los trebejos, despus de or comentarios verdaderamente
injustos. La de la droguera haca muchos ascos, diciendo: Uy, cmo
apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!.

Al siguiente da, Barbarita, que no quera dar su brazo a torcer,
llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos
chinescos. Despus de darse mucha importancia, haciendo que lo enseaba
y volvindolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba
al punto de la desazn nerviosa, de repente pona el papel en las
narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: Y eso?. Quedbanse
Castita y Eulalia atontadas con el aroma asitico, vacilando entre la
admiracin y la envidia; pero al fin no tenan ms remedio que humillar
su soberbia ante el olorcillo aquel de la nia de Arnaiz, y le pedan
por Dios que las dejase catarlo ms. Barbarita no gustaba de prodigar su
tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las
otras, lo volva a retirar con movimiento de cautela y avaricia,
temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus
amigas, como se escapa el humo por el can de una chimenea. El tiro de
aquellos olfatorios era tremendo. Por ltimo, las dos amiguitas y otras
que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doa
Calixta, que sola descender a la familiaridad con las alumnas ricas,
reconocan, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna nia
tena cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.




--iii--


Esta nia y otras del barrio, bien apaaditas por sus respectivas mams,
peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre
los hombros pauelo de Manila de los que llaman de talle, se reunan en
un portal de la calle de Postas para pedir _el cuartito para la Cruz de
Mayo_, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una
mesilla forrada de damasco rojo. Los dueos de la casa llamada _del
portal de la Virgen_, celebraban aquel da una simptica fiesta y ponan
all, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todava
existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de
nacimiento. A la Virgen, que an se venera all, la enramaban tambin
con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se
pona la montera y el chaleco encarnado. Las pequeuelas, si los mayores
se descuidaban, rompan la consigna y se echaban a la calle, en reida
competencia con otras chiquillas pedigeas, correteando de una acera a
otra, deteniendo a los seores que pasaban, y acosndoles hasta obtener
el ochavito. Hemos odo contar a la propia Barbarita que para ella no
haba dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros
de entonces eran en esto mucho ms galantes que los de ahora, pues no
desairaban a ninguna nia bien vestidita que se les colgara de los
faldones.

Ya haba completado la hija de Arnaiz su educacin (que era harto
sencilla en aquellos tiempos y consista en leer sin acento, escribir
sin ortografa, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con
punto de marca el dechado), cuando perdi a su padre. Ocupaciones serias
vinieron entonces a robustecer su espritu y a redondear su carcter. Su
madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario
de la casa, en la cual haba algn desorden. Sobre las existencias de
paolera no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al
contarlas apareci ms de lo que se crea. En el stano estaban, muertos
de risa, varios fardos de cajas que an no haban sido abiertos. Adems
de esto, las casas importadoras de Cdiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos
remesas considerables que estaban ya en camino. No haba ms remedio que
cargar con todo aquel exceso de gnero, lo que realmente era una
contrariedad comercial en tiempos en que pareca iniciarse la
generalizacin de los abrigos _confeccionados_, notndose adems en la
clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia
del mantn de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pauelos
llamados de talle, que eran los ms baratos, se vendan bien en Madrid
(mayormente el da de San Lorenzo, para la

_parroquia de la chinche_) y tenan regular salida para Valencia y
Mlaga, en cambio el gran mantn, los ricos chales de tres, cuatro y
cinco mil reales se vendan muy poco, y pasaban meses sin que ninguna
parroquiana se atreviera con ellos.

Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que slo
en aquel artculo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se
aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar,
ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la
correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantn o
remitidas por las casas de Cdiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no
haba visto claro al hacer tantos pedidos; se ceg, deslumbrado por
cierta alucinacin mercantil; tal vez sinti demasiado _el amor al
artculo_ y fue ms artista que comerciante. Haba sido dependiente y
socio de la Compaa de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por
s el negocio de paolera de Cantn, crea conocerlo mejor que nadie.
En verdad que lo conoca; pero tena una fe imprudente en la perpetuidad
de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad
del pueblo espaol con los esplndidos crespones rameados de mil
colores. Mientras ms chillones--deca--, ms venta.

En esto apareci en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que
acab de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senqu, del cual
puede decirse que representaba con respecto a Ayn, en aquel arte
budista, lo que en la msica representaba Beethoven con respecto a
Mozart. Senqu modific el estilo de Ayn, dndole ms amplitud,
variando ms los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas,
poticas y elegantes, sinfonas poderosas con derroche de vida,
combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las
primeras muestras del estilo de Senqu y chiflarse por completo, fue
todo uno. Barstolis!, esto es la gloria divina--deca--; es mucho
chino este...!. Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el
grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel
excelente hombre, porque le cogi la muerte.

El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de
Madrs y objetos de marfil tambin arrojaba cifras muy altas, y se hizo
minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las
preciosidades que en su niez le parecan juguetes y que le haban
producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no
vio nunca con indiferencia tales chucheras, y hoy mismo declara que
cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de
marfil, le dan ganas de guardrselo en el seno y echar a correr.

Cumplidos los quince aos, era Barbarita una chica bonitsima,
torneadita, fresca y sonrosada, de carcter jovial, inquieto y un tanto
burln. No haba tenido novio an, ni su madre se lo permita.
Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La
mam tena sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas lneas para
realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad
casi ntima, y adems tenan vnculos de parentesco con los Trujillos.
La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas
segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de
la calle de Toledo, cuya historia saba tan bien el gordo Arnaiz. Las
dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra,
asombrronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa...
ya se ve, era tan natural... y aplaudindose recprocamente,
resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del
extremeo aquel de los aparejos borricales se distinguan siempre por su
costumbre de trazar una lnea muy corta y muy recta entre la idea y el
hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.

Muchas veces haba visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero
nunca le pas por las mientes que sera su marido, porque el tal, no
slo no le haba dicho nunca media palabra de amores, sino que ni
siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero
era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortsimo de
genio, sosn como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podan
contar siempre que hablaba. Su timidez no deca bien con su corpulencia.
Tena un mirar leal y carioso, _como el de un gran perro de aguas_.

Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los das que lo mandaba
la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas
diarias o ms en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el
dinero que le daban sus paps. A pesar de estas raras dotes, Barbarita,
si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la
casa, lo que aconteca muy pocas veces, le miraba con el mismo inters
con que se puede mirar una saca de carbn o un fardo de tejidos. As es
que se qued como quien ve visiones cuando su madre, cierto da de
precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron
y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no emple para
esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto
con estilo llano y decidido. Ah, la lnea recta de los Trujillos...!

Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y
saba sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se qued
algo mortecina y tuvo vergenza de decir a su mam que no quera maldita
cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre
pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la lnea corta y sin curvas,
la barra de acero trujillesca, y la pobre nia sinti miedo, ay qu
miedo! Bien conoci que su madre se haba de poner como una leona, si
ella se sala con la inocentada de querer ms o menos. Callose, pues,
como en misa, y a cuanto la mam le dijo aquel da y los subsiguientes
sobre el mismo tema del casorio, responda con signos y palabras de
humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazn, en el cual
encontraba a la vez pena y consuelo. No saba lo que era amor; tan slo
lo sospechaba. Verdad que no quera a su novio; pero tampoco quera a
otro. En caso de querer a alguno, este alguno poda ser aquel.

Lo ms particular era que Baldomero, despus de concertada la boda, y
cuando vea regularmente a su novia, no le deca de cosas de amor ni una
miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mam, que sola
dejarles solos un ratito, le dieran ocasin de lucirse como galn. Pero
nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no saba salir en su
conversacin de las rutinas ms triviales. Su timidez era tan
ceremoniosa como su levita de pao negro, de lo mejor de Sedn, y que
pareca, usada por l, como un reclamo del buen gnero de la casa.
Hablaba de los reverberos que haba puesto el marqus de Pontejos, del
clera del ao anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas
casas magnficas que se iban a edificar en los solares de los derribados
conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una
tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazn de una doncella, que no
estando enamorada, tena ganas de estarlo.

Tambin pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesin iba por
dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandulln, no tena
alma para sacarla fuera. Me querr? se preguntaba la novia. Pronto
hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor
explcitamente, era por pura cortedad y por no saber cmo arrancarse;
pero que estaba enamorado hasta las gachas, reducindose a declararlo
con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda
el amor ms sublime es el ms discreto, y las bocas ms elocuentes
aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la
joven razonando as, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban
vivir. Si tambin le estar yo queriendo sin saberlo! pensaba. Oh!,
no; interrogndose y respondindose con toda lealtad, resultaba que no
le quera absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborreca, y algo
bamos ganando.

Y en este desabridsimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los
cuales Baldomero se solt y despabil algo. Su boca se fue desellando
poquito a poco hasta que rompi, como un erizo de castaa que madura y
se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue
soltando las castaas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con
religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestacin.
Lleg por fin el da sealado para la boda, que fue el 3 de Mayo de
1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalndose en la casa
del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la
Lea.




--iv--


A los dos meses de casados, y despus de una temporadilla en que
Barbarita estuvo algo distrada, melanclica y como con ganas de llorar,
alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en
tan malas condiciones hecho, sntomas de idilio. Baldomero pareca otro.
En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la
casa y decir una palabrita a su mujer, cogindola en los pasillos o
donde la encontrase. Tambin sola equivocarse al sentar una partida, y
cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional
rbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa,
terminando el rasgo final hacia arriba como una invocacin de gratitud
dirigida al Cielo. Sala muy poco, y deca a sus amigos ntimos que no
se cambiara por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no haba
felicidad semejante a la suya. Brbara manifestaba a su madre con gozo
discreto, que Baldomero no le daba el ms mnimo disgusto; que los dos
caracteres se iban armonizando perfectamente, que l era bueno como el
mejor pan y que tena mucho talento, un talento que se descubra donde
y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos
en la casa materna, ya no se la poda aguantar, porque se pona
desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: Me voy, que
est mi marido solo.

El idilio se acentuaba cada da, hasta el punto de que la madre de
Barbarita, disimulando su satisfaccin, deca a esta: Pero, hija, vais
a dejar tamaitos a los _Amantes de Teruel_. Los esposos salan a paseo
juntos todas las tardes. Jams se ha visto a D. Baldomero II en un
teatro sin tener al lado a su mujer. Cada da, cada mes y cada ao, eran
ms trtolos, y se queran y estimaban ms. Muchos aos despus de
casados, pareca que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado
siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto
siempre en su esposo el hombre ms completo y digno de ser amado que en
el mundo existe. Cmo se compenetraron ambos caracteres, cmo se form
la conjuncin inaudita de aquellas dos almas, sera muy largo de contar.
El seor y la seora de Santa Cruz, que an viven y ojal vivieran mil
aos, son el matrimonio ms feliz y ms admirable del presente siglo.
Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipticos
salones de la Vicara, para eterna ejemplaridad de las generaciones
futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epstola de
San Pablo, incluyeran algn parrafito, en latn o castellano, referente
a estos excelsos casados. Doa Asuncin Trujillo, que falleci en 1841
en un da triste de Madrid, el da en que fusilaron al general Len,
sali de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la
bienaventuranza no necesitaba alegar ms ttulo que el de autora de
aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana
Trujillo, madre de Baldomero, la cual haba muerto el ao anterior,
porque Asuncin probara ante todas las cancilleras celestiales que a
ella se le haba ocurrido la sublime idea antes que a su prima.

Ni los aos, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el
profundsimo cario de estos benditos cnyuges. Ya tenan canas las
cabezas de uno y otro, y D. Baldomero deca a todo el que quisiera orle
que amaba a su mujer _como el primer da_. Juntos siempre en el paseo,
juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la funcin si el
otro no la ve tambin. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso
para la familia, se hacen recprocamente sus regalitos, y para colmo de
felicidad, ambos disfrutan de una salud esplndida. El deseo final del
seor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo da y a la
misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.

Les conoc en 1870. D. Baldomero tena ya sesenta aos, Barbarita
cincuenta y dos. l era un seor de muy buena presencia, el pelo
entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, ms joven que muchos hombres
de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, gil y bien
dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella
de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez,
una mujer guapsima, casi estoy por decir monsima. Su cara tena la
frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todava, y no usaba ms
afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo
que, aun sin cors, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas
que andan por ah. Su cabello se haba puesto ya enteramente blanco, lo
cual la favoreca ms que cuando lo tena entrecano. Pareca pelo
empolvado a estilo Pompadour, y como lo tena tan rizoso y tan bien
partido sobre la frente, muchos sostenan que ni all haba canas ni
Cristo que lo fund. Si Barbarita presumiera, habra podido recortar muy
bien los cincuenta y dos aos plantndose en los treinta y ocho, sin que
nadie le sacara la cuenta, porque la fisonoma y la expresin eran de
juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel...
Pues si hubiera querido presumir con malicia, digo...!, a no ser lo
que era, una matrona respetabilsima con toda la sal de Dios en su
corazn, habra visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de
esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les
chorrea por la corteza todo el azcar.

Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer ao de aquel
matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con l este mes, el que
viene y el otro, y estaban vindole venir y desendole como los judos
al Mesas. A veces se entristecan con la tardanza; pero la fe que
tenan en l les reanimaba. Si tarde o temprano haba de venir... era
cuestin de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres,
porque se entretuvo diez aos por all, hacindoles rabiar. No se dejaba
ver de Barbarita ms que en sueos, en diferentes aspectos infantiles,
ya comindose los puos cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos
encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picarda en
los ojos. Por fin Dios le mand en carne mortal, cuando los esposos
empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les haba engaado.
Da de jbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su
puesto en el ms dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino
del cro el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: A m no me la das t.
Aqu ha habido matute. Este ternero lo has trado de la Inclusa para
engarnos... Ah!, estos proteccionistas no son ms que contrabandistas
disfrazados.

Crironle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero
no tena carcter para poner un freno a su estrepitoso cario paternal,
ni para meterse en severidades de educacin y formar al chico como le
formaron a l. Si su mujer lo permitiera, habra llevado Santa Cruz su
indulgencia hasta consentir que el nio hiciera en todo su real gana.
En qu consista que habiendo sido l educado tan rgidamente por D.
Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? Efectos de la evolucin
educativa, paralela de la evolucin poltica! Santa Cruz tena muy
presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que
le impona, y las privaciones que le haba hecho sufrir. Todas las
noches del ao le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la
casa; hasta que cumpli los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en
corporacin con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino
el da de Pascua, y le hacan un trajecito nuevo cada ao, el cual no se
pona ms que los domingos. Tenanle trabajando en el escritorio o en el
almacn desde las nueve de la maana a las ocho de la noche, y haba de
servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir
cartas. Al anochecer, sola su padre echarle los tiempos por encender el
veln de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente
dueas del local. En lo tocante a juegos, no conoci nunca ms que el
mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho
despus del tiempo en que empez a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo,
sordidez. Pero lo ms particular era que creyendo D. Baldomero que tal
sistema haba sido eficacsimo para formarle a l, lo tena por
deplorable tratndose de su hijo. Esto no era una falta de lgica, sino
la consagracin prctica de la idea madre de aquellos tiempos, el
progreso. Qu sera del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al
pensarlo senta ganas de dejar al chico entregado a sus propios
instintos. Haba odo muchas veces a los economistas que iban de
tertulia a casa de Cantero, la clebre frase _laissez aller, laissez
passer_... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenan
que todos los grandes problemas se resuelven por s mismos, y D. Pedro
Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la poltica el
sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay
ms que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del
aire. El hombre se educa slo en virtud de las suscepciones constantes
que determina en su espritu la conciencia, ayudada del ambiente social.
D. Baldomero no lo deca as; pero sus vagas ideas sobre el asunto se
condensaban en una expresin de moda y muy socorrida: el mundo marcha.

Felizmente para Juanito, estaba all su madre, en quien se equilibraban
maravillosamente el corazn y la inteligencia. Saba coger las
disciplinas cuando era menester, y saba ser indulgente a tiempo. Si no
le pas nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que
iba a la Universidad y entraba en la ctedra de Salmern, en cambio no
le dispens del cumplimiento de los deberes religiosos ms elementales.
Bien saba el muchacho que si haca novillos a la misa de los domingos,
no ira al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en
Junio, no haba dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el
campo con Estupi (luego hablar de este tipo) para cazar pjaros con
red o liga, ni los dems divertimientos con que se recompensaba su
aplicacin.

Mientras estudi la segunda enseanza en el colegio de Masarnau, donde
estaba a media pensin, su mam le repasaba las lecciones todas las
noches, se las meta en el cerebro a puados y a empujones, como se mete
la lana en un cojn. Ved por dnde aquella seora se convirti en
sibila, intrprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al
nio los puntos oscuros que en los libros haba, y aclaraba todas sus
dudas, all como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dnde
llegaba la sabidura enciclopdica de doa Brbara, estimulada por el
amor materno, baste decir que tambin le traduca los temas de latn,
aunque en su vida haba ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que
era traduccin libre, mejor dicho, liberal, casi demaggica. Pero Fedro
y Cicern no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del
hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el
discpulo saba. Tambin le cultivaba la memoria, descargndosela de
frrago intil, y le haca ver claros los problemas de aritmtica
elemental, valindose de garbanzos o judas, pues de otro modo no andaba
ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural,
sola la maestra llamar en su auxilio al len del Retiro, y nicamente
en la Qumica se quedaban los dos parados, mirndose el uno al otro,
concluyendo ella por meterle en la memoria las frmulas, despus de
observar que estas cosas no las entienden ms que los boticarios, y que
todo se reduce a si se pone ms o menos cantidad de agua del pozo.
Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba
riendo que con estos teje-manejes se haba vuelto, sin saberlo, una doa
Beatriz Galindo para latines y una catedrtica universal.




--v--


En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para
ac, sufri la casa de Santa Cruz la transformacin impuesta por los
tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo
esencial. En el escritorio y en el almacn aparecieron los primeros
mecheros de gas hacia el ao 49, y el famoso veln de cuatro luces
recibi tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le
volvi a ver ms por ninguna parte. En la caja haban entrado ya los
primeros billetes del Banco de San Fernando, que slo se usaban para el
pago de letras, pues el pblico los miraba an con malos ojos. Se
hablaba an de talegas, y la operacin de contar cualquier cantidad era
obra para que la desempeara Pitgoras u otro gran aritmtico, pues con
los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros espaoles,
los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las
monedas macuquinas, se armaba un beln espantoso.

An no se conocan el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas
del citado progreso. Pero ya los dependientes haban empezado a
sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D.
Baldomero I, a quienes no se permita salir sino los domingos y en
comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrn nico, para que
resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba
concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, segn las aficiones
de cada uno. Pero en lo que no hubo variacin fue en aquel piadoso
atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pas a
la historia hasta la poca reciente del traspaso a _los Chicos_.
Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvi en lo
esencial de los ejes diamantinos sobre que la tena montada el padre, a
quien se podra llamar _D. Baldomero el Grande_. Para que el progreso
pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato,
debido al pincel de D. Vicente Lpez, hemos contemplado con satisfaccin
en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se
transformase; que la desamortizacin edificara una ciudad nueva sobre
los escombros de los conventos; que el Marqus de Pontejos adecentase
este lugarn; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran
patas arriba todo el comercio madrileo; que el grande ingenio de
Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se _colocase_,
por arte del vapor, a cuarenta horas de Pars, y por fin, que hubiera
muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza
individual.

Tambin la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado
por grandes crisis y mudanzas desde que muri D. Bonifacio. Dos aos
despus del casamiento de su hermana con Santa Cruz, cas Gumersindo con
Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposicin,
que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de
aquel acreditado establecimiento. Comprometido ste del 40 al 45, por
los ltimos errores del difunto Arnaiz, se defendi con los _mahones_,
aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El
gnero de China decaa visiblemente. Las galeras aceleradas iban
trayendo a Madrid cada da con ms presteza las novedades parisienses, y
se apuntaba la invasin lenta y tirnica de los medios colores, que
pretenden ser signo de cultura. La sociedad espaola empezaba a presumir
de _seria_; es decir, a vestirse lgubremente, y el alegre imperio de
los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se haban ido las
capas rojas, se fueron los pauelos de Manila. La aristocracia los ceda
con desdn a la clase media, y esta, que tambin quera ser aristcrata,
entregbalos al pueblo, ltimo y fiel adepto de los matices vivos. Aquel
encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza
sonriente, encendida por el sol de Medioda, empez a perder terreno,
aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defenda la prenda
espaola como defendi el parque de Montelen y los reductos de
Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres
hermosas, porque la sociedad se empeaba en parecer grave, y para ser
grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la
influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los
grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha
respetabilidad a la fisonoma, y raro es el hombre que no se cree
importante slo con llevar sobre la cabeza un can de chimenea. Las
seoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de holln,
ceniza, rap, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las
encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermelln, el amarillo tila, el
cadmio y el verde forraje; y est tan arraigado en la plebe el
sentimiento del color, que la _seriedad_ no ha podido establecer su
imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas,
imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas,
conservando las mantillas y los pauelos chillones para la cabeza; ha
transigido con los gabanes y aun con el _polisn_, a cambio de las
toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo
de Npoles. El crespn es el que ha ido decayendo desde 1840, no slo
por la citada evolucin de la _seriedad_ europea, que nos ha cogido de
medio a medio, sino por causas econmicas a las que no podamos
sustraernos.

Las comunicaciones rpidas nos trajeron mensajeros de la potente
industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todava
no era moda ir a buscarlos al frica, y los venan a buscar aqu,
cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas,
cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros
mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevndose
los brocados histricos de casullas y frontales, el tis y los
terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riqusimas de
la industria espaola. Al propio tiempo arramblaban por los esplndidos
pauelos de Manila, que haban ido descendiendo hasta las gitanas.
Tambin se dej sentir aqu, como en todas partes, el efecto de otro
fenmeno comercial, hijo del progreso. Refirome a los grandes
acaparamientos del comercio ingls, debidos al desarrollo de su inmensa
marina. Esta influencia se manifest bien pronto en aquellos humildes
rincones de la calle de Postas por la depreciacin sbita del gnero de
la China. Nada ms sencillo que esta depreciacin. Al fundar los
ingleses el gran depsito comercial de Singapore, monopolizaron el
trfico del Asia y arruinaron el comercio que hacamos por la va de
Cdiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayn y
Senqu dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de
los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado
King-Cheong se cartea en ingls con nuestros comerciantes y da sus
precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareci en la
geografa prctica, el gnero de Cantn y Shangai dej de venir en
aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cdiz, los Fernndez de
Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesa del Cabo pas a la
historia como apndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de
Alburquerque. La va nueva trazronla los vapores ingleses combinados
con el ferrocarril de Suez.

Ya en 1840 las casas que traan directamente el gnero de Cantn no
podan competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier
mercachifle de la calle de Postas se provea de este artculo sin ir a
tomarlo en los dos o tres depsitos que en Madrid haba. Despus las
corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos aos ha vuelto a
traer Espaa directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha
sido preciso que viniera la gran vigorizacin del comercio despus del
68 y la robustez de los capitales de nuestros das.

El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina,
porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o
traspaso de la Compaa de Filipinas, no podan seguir monopolizando la
paolera y dems artes chinescas. Madrid se inundaba de gnero a precio
ms bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso
realizar de cualquier modo. Para compensar las prdidas de la
_quemazn_, urga plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aqu
fue donde luci sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo,
que tena ms pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografa,
comprenda que haba un Singapore y un istmo de Suez.

Adivinaba el fenmeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de
echar maldiciones contra los ingleses, como haca su marido, se dio a
discurrir el mejor remedio. Qu corrientes seguiran? La ms marcada
era la de las _novedades_, la de la influencia de la fabricacin
francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte,
invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco.
El vestir se anticipaba al pensar y cuando an los versos no haban sido
desterrados por la prosa, ya la lana haba hecho trizas a la seda.

Pues apechuguemos con las _novedades_ dijo Isabel a su marido,
observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afn
que todos los madrileos sentan de ser elegantes _con seriedad_. Era,
por aadidura, la poca en que la clase media entraba de lleno en el
ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el
nuevo sistema poltico y administrativo, comprando a plazos todas las
fincas que haban sido de la Iglesia, constituyndose en propietaria del
suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los
despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la
levita. Claro es que la levita es el smbolo; pero lo ms interesante de
tal imperio est en el vestir de las seoras, origen de energas
poderosas, que de la vida privada salen a la pblica y determinan hechos
grandes. Los trapos, ay! Quin no ve en ellos una de las principales
energas de la poca presente, tal vez una causa generadora de
movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que
valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad
ms industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentar
entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo
mesocrtico, ingente pirmide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda
la mquina poltica y administrativa, la deuda pblica y los
ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el
parlamentarismo socialista.

Pero Gumersindo e Isabel haban llegado un poco tarde, porque las
_novedades_ estaban en manos de mercaderes listos, que saban ya el
camino de Pars. Arnaiz fue tambin all; mas no era hombre de gusto y
trajo unos adefesios que no tuvieron aceptacin. La Cordero, sin
embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a _ver
claro_. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rpidamente,
que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condicin de
aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tena de
metrpoli ms que el nombre y la vanidad ridcula. Era un payo con
casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el
paleto se dispona a ser seor de verdad. Isabel Cordero, que se
anticipaba a su poca, presinti la trada de aguas del Lozoya, en
aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y
alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada
de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en
que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano,
pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.

La perspicaz mujer vio el porvenir, oy hablar del gran proyecto de
Bravo Murillo, como de una cosa que ella haba sentido en su alma. Por
fin Madrid, dentro de algunos aos, iba a tener raudales de agua
distribuidos en las calles y plazas, y adquirira la costumbre de
lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se
lavara despus otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le
represent con visiones de camisas limpias en todas las clases, de
mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los das, y de seores que eran
la misma pulcritud. De aqu naci la idea de dedicar la casa al gnero
blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo
realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empez a traer
batistas finsimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y
madapolanes, _nansouk_ y cretonas de Alsacia, y la casa se fue
levantando no sin trabajo de su postracin hasta llegar a adquirir una
prosperidad relativa. Complemento de este negocio _en blanco_, fueron la
damasquera gruesa, los cutes para colchones y la mantelera de
Courtray que vino a ser _especialidad_ de la casa, como lo deca un
rtulo aadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y
encajera mecnica vinieron ms tarde, siendo tan grandes los pedidos de
Arnaiz, que una fbrica de Suiza trabajaba slo para l. Y por fin, las
crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero,
que haba presentido el Canal del Lozoya, presinti tambin el
miriaque; que los franceses llamaban _Malakoff_, invencin absurda que
pareca salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la direccin de
los globos.

De la paolera y artculos asiticos, slo quedaban en la casa por los
aos del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. An haba
alguna torrecilla de marfil, y buena porcin de mantones ricos de alto
precio en cajas primorosas. Era quizs Gumersindo la persona que en
Madrid tena ms arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un
crespn era tarea tan difcil como hinchar un perro. No saban hacerlo
sino los que de antiguo tenan la costumbre de manejar aquel artculo,
por lo cual muchas damas, que en algn baile de mscaras se ponan el
chal, lo mandaban al da siguiente, con la caja, a la tienda de
Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase segn arte tradicional, es
decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y
visible en el cuartel superior el dibujo central. Tambin se conservaban
en la tienda los dos maniqus vestidos de mandarines. Se pens en
retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero
Barbarita se opuso, porque dejar de verlos all haciendo juego con la
fisonoma lela y honrada del Sr. de Ayn, era como si enterrasen a
alguno de la familia; y asegur que si su hermano se obstinaba en
quitarlos, ella se los llevara a su casa para ponerlos en el comedor,
haciendo juego con los aparadores.




--vi--


Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las
agudezas del traficante y de todas las triquiuelas econmicas del ama
de gobierno, fue agraciada adems por el Cielo con una fecundidad
prodigiosa. En 1845, cuando naci Juanito, ya haba tenido ella cinco, y
sigui pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada
ao. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce ms en la cuenta; total,
diez y siete partos, que recordaba asocindolos a fechas clebres del
reinado de Isabel II. Mi primer hijo--deca--naci cuando vino la tropa
carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta naci cuando se cas la
Reina, con pocos das de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el da
mismo en que el cura Merino le peg la pualada a Su Majestad, y tuve a
Rupertito el da de San Juan del 58, el mismo da que se inaugur la
trada de aguas.

Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de
impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tom la muerte para
mermar aquel bblico rebao. Si los diez y siete chiquillos hubieran
vivido, habra sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o
colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina
fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya ms
que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en
tiempo se mora uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no s
qu ao, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que
rebasaron de los diez aos, se iban criando regularmente.

He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras,
siete correspondan al sexo femenino. Vaya una plaga que le haba cado
al bueno de Gumersindo! Qu hacer con siete chiquillas? Para guardarlas
cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejrcito. Y cmo
casarlas bien a todas? De dnde iban a salir siete maridos buenos?
Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echbalo a broma,
confiando en la buena mano que tena su mujer para todo.
Vern--deca--, cmo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de
primera. Pero la fecunda esposa no las tena todas consigo. Siempre que
pensaba en el porvenir de sus hijas se pona triste; y senta como
remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema
econmico. Cuando hablaba de esto con su cuada Barbarita, lamentbase
de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaa
prolfica, desde el 38 al 60, aconteca que a los cuatro o cinco meses
de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se
tomaba el trabajo de preguntrselo, y lo daba por hecho. Ahora--le
deca--, vas a tener un muchacho. Y la otra, enojada, echando pestes
contra su fecundidad, responda: Varn o hembra, estos regalos debieran
ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los
aos.

Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos
Arnaiz no podan llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte
de hijos y aquel familin de hembras la casa no acababa de florecer como
debiera. Aunque Isabel haca milagros de arreglo y economa, el
considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia.
Pero nunca dej de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si
su capital no era grande, tampoco tena deudas. El _quid_ estaba en
colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaa
matrimoesca no fuera coronada por un xito brillante, en la casa no
poda haber grandes ahorros.

Isabel Cordero era, veinte aos ha, una mujer desmejorada, plida,
deforme de talle, como esas personas que parece se estn desbaratando y
que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se
conoca que haba sido bonita. Los que la trataban no podan
imaginrsela en estado distinto del que se llama interesante, porque el
barrign pareca en ella cosa normal, como el color de la tez o la
forma de la nariz. En tal situacin y en los breves periodos que tena
libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el da de caer en
la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado
gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el
escritorio, y acabadita de poner la enorme sartn de migas para la cena
o el caldern de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase
de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras.
Cuidaba principalmente de que sus nias no estuviesen ociosas. Las ms
pequeas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en
el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o
en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre.
Alguna de ellas se daba maa para planchar; solan tambin lavar en el
gran artesn de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que
mayormente sobresalan todas era en el arte de arreglar sus propios
perendengues. Los domingos, cuando su mam las sacaba a paseo, en larga
procesin, iban tan bien apaaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa,
desfilaban entre la admiracin de los fieles; porque conviene apuntar
que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la
ltima, que era una miniaturita, formaban un rebao interesantsimo que
llamaba la atencin por el nmero y la escala gradual de las tallas.
Los conocidos que las vean entrar, decan: ya est ah doa Isabel con
el muestrario. La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningn
adorno, flcida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que
no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebao, llevndolo por
delante como los paveros en Navidad.

Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel
inmenso! A Barbarita le haca ordinariamente sus confidencias. Mira,
hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no s qu hacer. Dios me
protege, que si no... T no sabes lo que es vestir siete hijas. Los
varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van
tirando. Pero las nias!... Y con estas modas de ahora y este
suponer!... Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve
que traer diez varas ms. Nada te quiero decir del ramo de zapatos!
Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea
las alpargatitas de camo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles
la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este ao he
suprimido los estofados. S que los dependientes refunfuan; pero no me
importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. Creers que un
quintal de carbn se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas
de aceite, y a los pocos das... pif... parece que se lo han chupado las
lechuzas. Encargo a Estupi dos o tres quintales de patatas, hija, y
como si no trajera nada. En la casa haba dos mesas. En la primera
coman el principal y su seora, las nias, el dependiente ms antiguo y
algn pariente, como Primitivo Cordero cuando vena a Madrid de su finca
de Toledo, donde resida. A la segunda se sentaban los dependientes
menudos y los dos hijos, uno de los cuales haca su aprendizaje en la
tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o
diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habra rendido a
cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las
nias iban creciendo, disminua para la madre parte del trabajo
material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia
para guardar el rebao, cada vez ms perseguido de lobos y expuesto a
infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y
ni Cristo Padre poda evitar los atisbos por el nico balcn de la casa
o por la ventanucha que daba al callejn de San Cristbal. Empezaban a
entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigelas inocentes
que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doa Isabel estaba
siempre con cada ojo como un farol, y no las perda de vista un momento.
A esta fatiga ruda del espionaje materno unase el trabajo de exhibir y
airear el muestrario, por ver si caa algn parroquiano o por otro
nombre, marido. Era forzoso _hacer el artculo_, y aquella gran mujer,
negociante en hijas, no tena ms remedio que vestirse y concurrir con
su _gnero_ a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo haca,
ponan las nenas unos morros que no se las poda aguantar. Era tambin
de rbrica el paseto los domingos, en corporacin, las nias muy bien
arregladitas con cuatro pingos que parecan lo que no eran, la mam muy
estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con
manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena
cachemira. Sin ser vieja lo pareca.

Dios, al fin, apreciando los mritos de aquella herona, que ni un punto
se apartaba de su puesto en el combate social, ech una mirada de
benevolencia sobre el muestrario y despus lo bendijo. La primera chica
que se cas fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad,
no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho,
dependiente en la camisera de la viuda de Aparisi. Llambase Pepe
Samaniego y no tena ms fortuna que sus deseos de trabajar y su
honradez probada. Su apellido se vea mucho en los rtulos del comercio
menudo. Un to suyo era boticario en la calle del Ave Mara. Tena un
primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro
prestamista, y los dems, lo mismo que sus hermanos, eran todos
horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unin; mas
pronto se hicieron esta cuenta: No estn los tiempos para hilar muy
delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente,
porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y
trabajador.

Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el
hroe de Boteros. Esta s que fue buena boda. El novio era Ramn
Villuendas, hijo mayor del clebre cambiante de la calle de Toledo; gran
casa, fortuna slida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela
ofreca variedad chocante en orden de riqueza. Su to D. Cayetano
Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqus de Casa-Muoz,
y posea muchos millones; en cambio, haba un Villuendas tabernero y
otro que tena un tenducho de percales y bayetas llamado _El Buen
Gusto_. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se vea
muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se
tuteaban.

La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pesc marido al ao
siguiente. Y qu marido!... Pero al llegar aqu, me veo precisado a
cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a
la boda de Jacinta.





-III-

Estupi




--i--


En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San
Cristbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las
cuales sucedieron hace aos a un banco sin respaldo forrado de hule
negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcn o caja vaca. Aqulla
era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No haba tienda sin
tertulia, como no poda haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto
un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en
tiempos en que no existan casinos, pues aunque haba sociedades
secretas y clubs y cafs ms o menos patriticos, la gran mayora de los
ciudadanos pacficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas.
Barbarita tiene an reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos
de su niez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alel, un seor
pequeito con anteojos, que era el pap de Isabel, algunos militares y
otros tipos que se confundan en su mente con las figuras de los dos
mandarines.

Y no slo se hablaba de asuntos polticos y de la guerra civil, sino de
cosas del comercio. Recuerda la seora haber odo algo acerca de los
primeros fsforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos
visto. Era como una botellita en la cual se meta la cerilla, y sala
echando lumbre. Tambin oy hablar de las primeras alfombras de moqueta,
de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles,
que alguno de los tertulios haba visto en el extranjero, pues aqu ni
asomos de ellos haba todava. Algo se apunt all sobre el billete de
Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos aos
despus, y slo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca.
Doa Brbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a
la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era
mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto.

La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el
curso lento de los aos. Unos habladores se iban y venan otros. No
sabemos a qu poca fija se referiran estos prrafos sueltos que al
vuelo coga Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a
descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: Qu hermosotes
iban esta maana los del _tercero de fusileros_ con sus pompones
nuevos!... El Duque ha odo misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje
y con San Miguel...

Sabe usted, Estupi, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses
proyectan construir barcos de _fierro_.

El llamado Estupi deba de ser indispensable en todas las tertulias de
tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volva preguntar:
Y Plcido, qu es de l?. Cuando entraba le reciban con
exclamaciones de alegra, pues con su sola presencia animaba la
conversacin. En 1871 conoc a este hombre, que fundaba su vanidad en
_haber visto toda la historia de Espaa_ en el presente siglo. Haba
venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero
Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado ao. Una
sola frase suya probar su inmenso saber en esa historia viva que se
aprende con los ojos: Vi a Jos I como le estoy viendo a usted ahora.
Y pareca que se relama de gusto cuando le preguntaban: Vio usted al
duque de Angulema, a lord Wellington?.... Pues ya lo creo. Su
contestacin era siempre la misma: Como le estoy viendo a usted. Hasta
llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. Que
si vi entrar a Mara Cristina!... Hombre, si eso es de ayer.... Para
completar su erudicin ocular, hablaba del _aspecto que presentaba
Madrid_ el 1. de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana
pasada. Haba visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, nada menos
que sobre el propio patbulo, por ser l hermano de la Paz y Caridad;
haba visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oy los tiritos,
hallndose en la calle de las Velas; haba visto a Fernando VII el 7 de
Julio cuando sali al balcn a decir a los milicianos que _sacudieran_ a
los de la Guardia; haba visto a Rodil y al sargento Garca arengando
desde otro balcn, el ao 36; haba visto a O'Donnell y Espartero
abrazndose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo,
todo esto en un balcn, y por fin, en un balcn haba visto tambin en
fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se haban acabado
los Reyes. La historia que Estupi saba estaba escrita en los
balcones.

La biografa mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era
muy joven cuando entr de hortera en casa de Arnaiz, y all sirvi
muchos aos, siempre bien quisto del principal por su honradez
acrisolada y el grandsimo inters con que miraba todo lo concerniente
al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupi no era un buen
dependiente. Al despachar, entretena demasiado a los parroquianos, y si
le mandaban con un recado o comisin a la Aduana, tardaba tanto en
volver, que muchas veces crey D. Bonifacio que le haban llevado preso.
La singularidad de que teniendo Plcido estas maas, no pudieran los
dueos de la tienda prescindir de l, se explica por la ciega confianza
que inspiraba, pues estando l al cuidado de la tienda y de la caja, ya
podan Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande
como su humildad, pues ya le podan reir y decirle cuantas perreras
quisieran, sin que se incomodase. Por esto sinti mucho Arnaiz que
Estupi dejara la casa en 1837, cuando se le antoj establecerse con
los dineros de una pequea herencia. Su principal, que le conoca bien,
haca lgubres profecas del porvenir comercial de Plcido, trabajando
por su cuenta.

Prometaselas l muy felices en la tienda de bayetas y paos del Reino
que estableci en la Plaza Mayor, junto a la Panadera. No puso
dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consenta; pero su
tertulia fue la ms animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aqu
el secreto de lo poco que dio de s el establecimiento, y la
justificacin de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupi tena un vicio
hereditario y crnico, contra el cual eran impotentes todas las dems
energas de su alma; vicio tanto ms avasallador y terrible cuanto ms
inofensivo pareca. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el
lujo; era la conversacin. Por un rato de palique era Estupi capaz de
dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como l
pegase la hebra con gana, ya poda venirse el cielo abajo, y antes le
cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores ms
frenticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo ms sabroso de su
charla entraba alguien a comprar, Estupi le pona la cara que se pone
a los que van a dar sablazos. Si el gnero pedido estaba sobre el
mostrador, lo enseaba con gesto rpido, deseando que acabase pronto la
interrupcin; pero si estaba en lo alto de la anaquelera, echaba hacia
arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia,
diciendo: Bayeta amarilla? Mrela usted. Me parece que es angosta para
lo que usted la quiere. Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tena
lo que le pedan. Gorritas para nio? Las quiere usted de visera de
hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan
ya....

Si estaba jugando al tute o al mus, nicos juegos que saba y en los que
era maestro, primero se hunda el mundo que apartar l su atencin de
las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo
peda el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores
a la tienda no poda resistir la comezn del vicio, echaba la llave, se
la meta en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor
palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a
armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tena valor para
estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la
luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el
aire. Cerraba, y se iba a dar conversacin a las mujeres de los puestos.
A todas las conoca, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto
ocurriera en la familia de cada una de ellas. Perteneca, pues, Estupi
a aquella raza de tenderos, de la cual quedan an muy pocos ejemplares,
cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuacin de los males
causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al
consumidor de la malsana inclinacin a gastar el dinero. D. Plcido,
tiene usted pana azul?.--Pana azul!, y quin te mete a ti en esos
lujos? S que la tengo; pero es cara para ti. --Ensemela usted... y
a ver si me la arregla... Entonces haca el hombre un desmedido
esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos ms
queridos, y bajaba la pieza de tela. Vaya, aqu est la pana. Si no la
has de comprar, si todo es gana de moler, para qu quieres verla?
Crees que yo no tengo nada qu hacer?.--Lo que dije; estas mujeres
marean a Cristo. Hay otra clase, s seora. La compras, s o no? A
veinte y dos reales, ni un cuarto menos.--Pero djela ver... ay qu
hombre! Cree que me voy a comer la pieza?... A veinte y dos
realetes. --Ande y que lo parta un rayo!.--Que te parta a ti, mal
criada, respondona, tarasca....

Era muy fino con las seoras de alto copete. Su afabilidad tena tonos
como este: La cbica? S que la hay. Ve usted la pieza all arriba?
Me parece, seora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no
es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no
tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las nias con
el Sr. D. Cndido. Vaya, que estn creciditas. Y cmo sigue el seor
mayor? No le he visto desde que bamos juntos a la bveda de San
Gins!... Con este sistema de vender, a los cuatro aos de comercio se
podan contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el
dintel de la tienda. A los seis aos no entraban all ni las moscas.
Estupi abra todas las maanas, barra y regaba la acera, se pona los
manguitos verdes y se sentaba detrs del mostrador a leer el _Diario de
Avisos_. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su
alma, que en la soledad en que Plcido estaba le parecan algo como la
paloma del arca, pues le traan en el pico algo ms que un ramo de
oliva, le traan la palabra, el sabrossimo fruto y la flor de la vida,
el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasbanse el da
entero contando ancdotas, comentando sucesos polticos, tratando de t
a Mendizbal, a Calatrava, a Mara Cristina y al mismo Dios, trazando
con el dedo planes de campaa sobre el mostrador en extravagantes lneas
tcticas; demostrando que Espartero deba ir necesariamente por aqu y
Villarreal por all; refiriendo tambin sucedidos del comercio, llegadas
de tal o cual gnero; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de
la corte, con todo lo dems que cae bajo el dominio de la bachillera
humana. A todas estas el cajn del dinero no se abra ni una sola vez,
y a la vara de medir, sumida en plcida quietud, le faltaba poco para
reverdecer y echar flores como la vara de San Jos. Y como pasaban meses
y meses sin que se renovase el gnero, y all no haba ms que maulas y
vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un da le embargaron todo, y
Estupi sali de la tienda con tanta pena como dignidad.




--ii--


Aquel gran filsofo no se entreg a la desesperacin. Vironle sus
amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su
semblante haba algo de Scrates, admitiendo que Scrates fuera hombre
dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca.
Plcido haba salvado el honor, que era lo importante, pagando
religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se haba quedado con
lo puesto y sin una mota. No salv ms mueble que la vara de medir. Era
forzoso, pues, buscar algn modo de ganarse la vida. A qu se
dedicara? En qu ramo del comercio empleara sus grandes dotes?
Dndose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran
pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiaran muchos: las
relaciones. Conoca a cuantos almacenistas y tenderos haba en Madrid;
todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponan buena
cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella
bendita labia que Dios le haba dado. Sus relaciones y estas aptitudes
le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de gneros. D.
Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros
almacenistas de paos, lienzos o novedades, le daban piezas para que las
fuera enseando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisin por
lo que venda. Mara Santsima, qu vida ms deliciosa y qu bien hizo
en adoptarla, porque cosa ms adecuada a su temperamento no se poda
imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas,
aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la
familia era su vida, y todo lo dems era muerte. Plcido no haba nacido
para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre,
la discusin, la contratacin, el recado, ir y venir, preguntar,
cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Haba
maana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a
punta, y la Concepcin Jernima, Atocha y Carretas.

As pasaron algunos aos. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no
tena familia que mantener ni ningn vicio como no fuera el de gastar
saliva, bastbale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Adems,
muchos comerciantes ricos le protegan. Este, a lo mejor, le regalaba
una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles
y golosinas. Familias de las ms empingorotadas del comercio le sentaban
a su mesa, no slo por amistad sino por egosmo, pues era una diversin
orle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel
esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tena su
entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa
alguna, y que jams habl mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir
alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar
sus acusaciones.

Porque Estupi, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las
piezas de Hamburgo de 26 hilos que pas por el portillo de Gilimn,
valindose de ingeniosas maas, no son para contadas. No haba otro como
l para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa,
figurndose mendigo con un nio a cuestas. Ninguno como l posea el
arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de
peligro, y se entenda con ellos tan bien para este fregado, que las
principales casas acudan a l para desatar sus los con la Hacienda. No
hay medio de escribir en el Declogo los delitos fiscales. La moral del
pueblo se rebelaba, ms entonces que ahora, a considerar las
defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con
este criterio, Estupi no senta alboroto en su conciencia cuando pona
feliz remate a una de aquellas empresas. Segn l, lo que la Hacienda
llama suyo no es suyo, sino de la nacin, es decir, de Juan Particular,
y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le
pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha
tenido tambin sus hroes y sus mrtires. Plcido la profesaba con no
menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, slo que era de
infantera, y adems no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta
en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestbase pura y luminosa
en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar
un ochavo que no fuese suyo, se habra estado callado un mes.

Barbarita le quera mucho. Habale visto en su casa desde que tuvo el
don de ver y apreciar las cosas; conoca bien, por opinin de su padre y
por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador.
Siendo nia, Estupi la llevaba a la escuela de la rinconada de la
calle Imperial, y por Navidad iba con l a ver los nacimientos y los
puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enferm
para morirse, Plcido no se separ de l ni enfermo ni difunto hasta
que le dej en la sepultura. En todas las penas y alegras de la casa
era siempre el partcipe ms sincero. Su posicin junto a tan noble
familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a
su mesa muchos das, los ms del ao emplebale en recados y comisiones
que l saba desempear con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la
Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a
entenderse con los ordinarios que traan encargos, o bien a Maravillas,
donde vivan la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente
tena la seora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan
ciega la respetaba y obedeca l, que si Barbarita le hubiera dicho:
Plcido, hazme el favor de tirarte por el balcn a la calle, el
infeliz no habra vacilado un momento en hacerlo.

Andando los aos, y cuando ya Estupi iba para viejo y no haca
corretaje ni contrabando, desempe en la casa de Santa Cruz un cargo
muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente
adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase
y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y
fiestas. Segura estaba la mam de que la vigilancia de Plcido era como
la de un padre, y bien saba que se habra dejado matar cien veces antes
que consentir que nadie tocase al _Delfn_ (as le sola llamar) en la
punta del cabello. Ya era este un polluelo con nfulas de hombre cuando
Estupi le llevaba a los Toros, inicindole en los misterios del arte,
que se preciaba de entender como buen madrileo. El nio y el viejo se
entusiasmaban por igual en el brbaro y pintoresco espectculo, y a la
salida Plcido le contaba sus proezas taurmacas, pues tambin, all en
su mocedad, haba echado sus quiebros y pases de muleta, y tena traje
completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar
ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje,
contestbale Plcido que haca muchos aos su hermana la sastra (que de
Dios gozaba) lo haba convertido en tnica de un Nazareno, que est en
la iglesia de Daganzo de Abajo.

Fuera del platicar, Estupi no tena ningn vicio, ni se junt jams
con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo
que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un
sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurri
un lance desagradable del cual se acord y avergonz toda su vida; y fue
que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logr
embriagarle, dndole subrepticiamente un Chinchn capaz de marear a una
piedra. Fue una borrachera estpida, la primera y ltima de su vida; y
el recuerdo de la degradacin de aquella noche le entristeca siempre
que repuntaba en su memoria. Infames, burlar as a quien era la misma
sobriedad! Me le hicieron beber con engao evidente aquellas nefandas
copas, y despus no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como
grosera. Pidironle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que
la cant, aunque l lo niega en redondo. En medio del desconcierto de
sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le haban puesto, y el
decoro le sugiri la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando
que el aire de la noche le despejara la cabeza; pero aunque sinti
algn alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los ms
garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio
al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba
hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Crey que era el Vitico,
y arrodillndose y descubrindose, segn tena por costumbre, rez una
corta oracin y dijo: que Dios le d lo que mejor le convenga!. Las
carcajadas de sus soeces burladores, que le haban seguido, le volvieron
a su acuerdo, y conocido el error, se meti a escape en su casa, que a
dos pasos estaba. Durmi, y al da siguiente como si tal cosa. Pero
senta un remordimiento vivsimo que por algn tiempo le haca suspirar
y quedarse meditabundo. Nada afliga tanto su honrado corazn como la
idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Vitico.
Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por
entendida.




--iii--


Cuando conoc personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al
ras con los sesenta aos; pero los llevaba muy bien. Era de estatura
menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que
quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le
han transmitido las estampas y fotografas del gran msico, y pueden
decir que tienen delante el divino Estupi. La forma de la cabeza, la
sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos
picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona,
que con la acentuacin de las lneas en la vejez se aproximaba algo a la
imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupi un cierto
parentesco con el de las cotorras.

En sus ltimos tiempos, del 70 en adelante, vesta con cierta
originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz
cuidaban de que nada le faltase, sino por espritu de tradicin, y por
repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero
chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual perteneca a una
poca que se haba borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa
de pao verde, que no se le caa de los hombros sino en lo que va de
Julio a Septiembre. Tena muy poco pelo, casi se puede decir ninguno;
pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes fras de
la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al
entrar. Era gran madrugador, y por la maanita con la fresca se iba a
Santa Cruz, luego a Santo Toms y por fin a San Gins. Despus de or
varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las
orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla
en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la
mano a las imgenes, como se saluda a un amigo que est en el balcn, y
luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupi pas muy
malos ratos.

Ni el pjaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de
la morada en que naci, ponen cara ms afligida que la que l pona
viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de
ser hombre no lloraba. Barbarita, que se haba criado a la sombra de la
venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrlego espectculo era
porque estaba volada, y la ira no le permita derramar lgrimas. Ni
acertaba a explicarse por qu deca su marido que D. Nicols Rivero era
una gran persona. Cuando el templo desapareci; cuando fue arrasado el
suelo, y andando los aos se edific una casa en el sagrado solar,
Estupi no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios
que reconocen los hechos consumados. Para l la iglesia estaba siempre
all, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que
corresponda al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el
sombrero.

Era Plcido hermano de la Paz y Caridad, cofrada cuyo domicilio estuvo
en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en
la capilla y a darles conversacin en la hora tremenda, hablndoles de
lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que
iban a estar en la gloria. Qu sera de los pobrecitos reos si no
tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su
cuello al verdugo!

A las diez de la maana conclua Estupi invariablemente lo que
podramos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desapareca
de su rostro rossiniano la seriedad ttrica que en la iglesia tena, y
volva a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de
tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y
si Barbarita no tena nada que mandarle, emprenda su tarea para
_defender el garbanzo_, pues siempre haca el papel de que trabajaba
como un negro. Su afectada ocupacin en tal poca era el corretaje de
dependientes, y finga que los colocaba mediante un estipendio. Algo
haca en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le
preguntaban si iban bien los negocios, responda en el tono de
comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pinges ganancias:
Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo
menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta....

Viva Plcido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que
forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de
ellas est mucho ms bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura
imponente y una estribacin formidable, a modo de fortaleza. El piso en
que el tal viva era cuarto por la Plaza y por la Cava sptimo. No
existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso
apechugar con ciento veinte escalones, _todos de piedra_, como deca
Plcido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El
ser _todas de piedra_, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las
escaleras de aquellas casas un aspecto lgubre y monumental, como de
castillo de leyendas, y Estupi no poda olvidar esta circunstancia que
le haca interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su
casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles
peldaos de palo, como cada hijo de vecino.

El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueas no exclua lo
fatigoso del trnsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas
relaciones para abreviarlo. El dueo de una zapatera de la Plaza,
llamado Dmaso Trujillo, le permita entrar por su tienda, cuyo rtulo
era _Al ramo de azucenas_. Tena puerta para la escalera de la Cava, y
usando esta puerta Plcido se ahorraba treinta escalones.

El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie
haba ido nunca a verle, por la sencilla razn de que D. Plcido no
estaba en su casa sino cuando dorma. Jams haba tenido enfermedad que
le impidiera salir durante el da. Era el hombre ms sano del mundo.
Pero la vejez no haba de desmentirse, y un da de Diciembre del 69 fue
notada la falta del grande hombre en los crculos a donde sola ir.
Pronto corri la voz de que estaba malo, y cuantos le conocan sintieron
vivsimo inters por l. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por
aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simptico enfermo,
que padeca de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mand
en seguida su mdico, y no satisfecha con esto, orden a Juanito que
fuese a visitarle, lo que el Delfn hizo de muy buen grado.

Y sale a relucir aqu la visita del Delfn al anciano servidor y amigo
de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella
visita, esta historia no se habra escrito. Se hubiera escrito otra, eso
s, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela;
pero esta no.




--iv--


Juanito reconoci el nmero 11 en la puerta de una tienda de aves y
huevos. Por all se haba de entrar sin duda, pisando plumas y
aplastando cascarones. Pregunt a dos mujeres que pelaban gallinas y
pollos, y le contestaron, sealando una mampara, que aquella era la
entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en
aquel edificio caracterstico del Madrid primitivo. Y entonces se
explic Juanito por qu llevaba muchos das Estupi, pegadas a las
botas, plumas de diferentes aves. Las coga al salir, como las haba
cogido l, por ms cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que
haba plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomas de aquellos
pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza,
conservando la cola como un sarcasmo de su msero destino. A la
izquierda de la entrada vio el Delfn cajones llenos de huevos, acopio
de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene lmites, y sacrifica
a su apetito no slo las presentes sino las futuras generaciones
gallinceas. A la derecha, en la prolongacin de aquella cuadra lbrega,
un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorca los
pescuezos con esa presteza y donaire que da el hbito, y apenas soltaba
una vctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, coga otra
para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes haba por todas partes,
llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre
las caas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun
all los infelices presos se daban de picotazos por aquello de _si t
sacaste ms pico que yo... si ahora me toca a m sacar todo el
pescuezo_.

Habiendo apreciado este espectculo poco grato, el olor de corral que
all haba, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta vctima,
Juanito la emprendi con los famosos peldaos de granito, negros ya y
gastados. Efectivamente, pareca la subida a un castillo o prisin de
Estado. El paramento era de fbrica cubierta de yeso y este de rayas e
inscripciones soeces o tontas. Por la parte ms prxima a la calle,
fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al
pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo,
Juanito la vio abierta y, lo que es natural, mir hacia dentro, pues
todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su
curiosidad. Pens no ver nada y vio algo que de pronto le impresion,
una mujer bonita, joven, alta... Pareca estar en acecho, movida de una
curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quin demonios
suba a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tena
pauelo azul claro por la cabeza y un mantn sobre los hombros, y en el
momento de ver al Delfn, se infl con l, quiero decir, que hizo ese
caracterstico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las
madrileas del pueblo se agasajan dentro del mantn, movimiento que les
da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca
para volver luego a su volumen natural.

Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que
era y lo bien calzada que estaba, dironle ganas de tomarse confianzas
con ella.

--Vive aqu--le pregunt--el Sr. de Estupi?

--D. Plcido?... en lo _ms ltimo de arriba_ --contest la joven,
dando algunos pasos hacia fuera.

Y Juanito pens: T sales para que te vea el pie. Buena bota...
Pensando esto, advirti que la muchacha sacaba del mantn una mano con
mitn encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se
desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:

--Qu come usted, criatura?

--No lo ve usted? --replic mostrndoselo--Un huevo.

--Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llev a la boca por
segunda vez el huevo roto y se atiz otro sorbo.

--No s cmo puede usted comer esas babas crudas--dijo Santa Cruz, no
hallando mejor modo de trabar conversacin.

--Mejor que guisadas. Quiere usted?--replic ella ofreciendo al Delfn
lo que en el cascarn quedaba.

Por entre los dedos de la chica se escurran aquellas babas gelatinosas
y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no;
le repugnaban los huevos crudos.

--No, gracias. Ella entonces se lo acab de sorber, y arroj el
cascarn, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.
Estaba limpindose los dedos con el pauelo, y Juanito discurriendo por
dnde pegara la hebra, cuando son abajo una voz terrible que dijo:
_Fortunaa!_ Entonces la chica se inclin en el pasamanos y solt un
_yia voy_ con chillido tan penetrante que Juanito crey se le desgarraba
el tmpano. El _yia_ principalmente son como la vibracin agudsima de
una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido,
digno canto de tal ave, la moza se arroj con tanta presteza por las
escaleras abajo, que pareca rodar por ellas. Juanito la vio
desaparecer, oa el ruido de su ropa azotando los peldaos de piedra y
crey que se mataba. Todo qued al fin en silencio, y de nuevo emprendi
el joven su ascensin penosa. En la escalera no volvi a encontrar a
nadie, ni una mosca siquiera, ni oy ms ruido que el de sus propios
pasos.

Cuando Estupi le vio entrar sinti tanta alegra, que a punto estuvo
de ponerse bueno instantneamente por la sola virtud del contento. No
estaba el hablador en la cama sino en un silln, porque el lecho le
hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se vea porque estaba
liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubra
su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de
la iglesia. Ms que los dolores reumticos molestaba al enfermo el no
tener con quin hablar, pues la mujer que le serva, una tal doa
Brgida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas
palabras. No posea Estupi ningn libro, pues no necesitaba de ellos
para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras
calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar
necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las
saba de memoria. Lo impreso era para l msica, garabatos que no sirven
de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plcido era Guttenberg.
Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compaa de
alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aqu,
busca por all, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento
arcn hall doa Brgida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado
que mor en la misma casa all por el ao 40. Abriolo Estupi con
respeto, y qu era? El tomo undcimo del _Boletn Eclesistico de la
Dicesis de Lugo_. Apechug, pues, con aquello, pues no haba otra cosa.
Y se lo atiz todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando
correctamente las slabas en voz baja a estilo de rezo. Ningn tropiezo
le detena en su lectura, pues cuando le sala al encuentro un latn
largo y oscuro, le meta el diente sin vacilar. Las pastorales,
sinodales, bulas y dems entretenidas cosas que el libro traa, fueron
el nico remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que lleg
a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos prrafos se los
echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que
a cualquier observador mal enterado le habra hecho creer que el tomazo
era de Paul de Kock.

Es cosa muy buena dijo Estupi, guardando el libro al ver que Juanito
se rea.

Y estaba tan agradecido a la visita del Delfn, que no haca ms que
mirarle recrendose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si
hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habra contemplado con ms
amor. Dbale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por
todos los de la familia, desde Barbarita, que era el nmero uno, hasta
el gato. El Delfn, despus de satisfacer la curiosidad de su amigo,
hzole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que
estaba. Buena gente--respondi Estupi--; slo hay unos inquilinos que
alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla,
y puede que se la administre yo desde el ao que viene. l lo desea; ya
me habl de ello tu mam, y he respondido que estoy a sus rdenes...
Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera
de piedra, ya habrs visto; slo que es un poquito larga. Cuando
vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el _Ramo de
azucenas_, la zapatera que est en la Plaza. T conoces a Dmaso
Trujillo. Y si no le conoces, con decir: voy a ver a Plcido te dejar
pasar.

Estupi sigui an ms de una semana sin salir de casa, y el Delfn iba
todos los das a verle todos los das!, con lo que estaba mi hombre
ms contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatera,
Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el
establecimiento de huevos de la Cava.




-IV-

Perdicin y salvamento del Delfn




--i--


Pasados algunos das, cuando ya Estupi andaba por ah restablecido
aunque algo cojo, Barbarita empez a notar en su hijo inclinaciones
nuevas y algunas maas que le desagradaron. Observ que el Delfn, cuya
edad se aproximaba a los veinticinco aos, tena horas de infantil
alegra y das de tristeza y recogimiento sombros. Y no pararon aqu
las novedades. La perspicacia de la madre crey descubrir un notable
cambio en las costumbres y en las compaas del joven fuera de casa, y
lo descubri con datos observados en ciertas inflexiones muy
particulares de su voz y lenguaje. Daba a la _elle_ el tono arrastrado
que la gente baja da a la _y_ consonante; y se le haban pegado modismos
pintorescos y expresiones groseras que a la mam no le hacan maldita
gracia. Habra dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con
qu casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se
conoca.

Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empez a
manifestarse en el vestido. El Delfn se encaj una capa de esclavina
corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanera. Ponase por las
noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caa muy bien, y se
peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un da se present
en la casa un sastre con facha de sacristn, que era de los que hacen
ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doa Brbara no le
dej sacar la cinta de medir, y poco falt para que el pobre hombre
fuera rodando por las escaleras. Es posible--dijo a su nio, sin
disimular la ira--, que se te antoje tambin ponerte esos pantalones
ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de
cigea?. Y una vez roto el fuego, rompi la seora en acusaciones
contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. l se
rea, buscando medios de eludir la cuestin; pero la inflexible mam le
cortaba la retirada con preguntas contundentes. A dnde iba por las
noches? Quines eran sus amigos? Responda l que los de siempre, lo
cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que sala con l muy puesto
tambin de capita corta y pavero, los antiguos condiscpulos no
aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico
de Tellera. Cmo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete
aos, era ya diputado y subsecretario de Gobernacin, y se deca que
Rivero quera dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito
haca cada artculo de crtica y cada estudio sobre los Orgenes de tal
o cual cosa, que era una bendicin, y en tanto l y Villalonga en qu
pasaban el tiempo?, en qu?, en adquirir hbitos ordinarios y en
tratarse con znganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella poca
del 70 se le desarroll de tal modo al Delfn la aficin a los toros,
que no perda corrida, ni dejaba de ir al apartado ningn da y a veces
se plantaba en la dehesa. Doa Brbara viva en la mayor intranquilidad,
y cuando alguien le contaba que haba visto a su dolo en compaa de un
individuo del arte del cuerno, se suba a la parra y... Mira, Juan,
creo que t y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a
uno de esos tagarotes de calzn ajustado, chaqueta corta y botita de
caa clara, te pego, s, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba
y ambos sals de aqu pitando... Estos furores solan concluir con
risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariosas, porque
Juanito se pintaba solo para desenojar a su mam.

Como supiera un da la dama que su hijo frecuentaba los barrios de
Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encarg a
Estupi que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevndole
cuentos, dichos en voz baja y melodramtica: Anoche cen en la
pastelera del sobrino de Botn, en la calle de Cuchilleros... sabe la
seora? Tambin estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un
tipo as... cmo dir?, de estos de sombrero redondo y capa con
esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un _randa_ que por un
seorito disfrazado.

--Mujeres...?--pregunt con ansiedad Barbarita.

--Dos, seora, dos--dijo Plcido corroborando con igual nmero de dedos
muy estirados lo que la voz denunciaba--. No les pude ver las estampas.
Eran de estas de mantn pardo, delantal azul, buena bota y pauelo a la
cabeza... en fin, un par de reses muy bravas.

A la semana siguiente, otra delacin:

Seora, seora....

--Qu? --Ayer y anteayer entr el nio en una tienda de la Concepcin
Jernima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de
cra...

--Y qu? --Que pasa all largas horas de la tarde y de la noche. Lo s
por Pepe Vallejo, el de la cordelera de enfrente, a quien he encargado
que est con mucho ojo.

--Tienda de filigranas y de corales?

--S, seora; una de estas plateras de puntapi, que todo lo que tienen
no vale seis duros.

No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enterar. Aspecto de
pobreza. Se entra por una puerta vidriera que tambin es entrada del
portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: _Especialidad en
regalos para amas_... Antes estaba all un relojero llamado Bravo, que
muri de miserere.

De pronto los cuentos de Estupi cesaron. A Barbarita todo se le volva
preguntar y ms preguntar, y el dichoso hablador no saba nada. Y
cuidado que tena mrito la discrecin de aquel hombre, porque era el
mayor de los sacrificios; para l equivala a cortarse la lengua el
tener que decir: no s nada, absolutamente nada. A veces pareca que
sus insignificantes e inseguras revelaciones queran ocultar la verdad
antes que esclarecerla. Pues nada, seora; he visto a Juanito en un
simn, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del ngel...
Iba con Villalonga... se rean mucho los dos... de algo que les haca
gracia.... Y todas las denuncias eran como estas, bobadas,
subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupi no saba nada, o si
saba no quera decirlo por no disgustar a la seora.

Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupi, y
este no queriendo o no teniendo qu responder, hasta que all por Mayo
del 70, Juanito empez a abandonar aquellos mismos hbitos groseros que
tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentsimamente,
not los sntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de
la vida del joven. Cunto se regocijaba la seora con esto, no hay para
qu decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable lleg un momento en que
Barbarita dej de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los
desvaros de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues,
recobraba el Delfn su personalidad normal. Despus de una noche que
entr tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vmitos, la mudanza
pareci ms acentuada. La mam entrevea en aquella ignorada pgina de
la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgas de mal
gusto, bromas y rias quizs; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con
tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de
las edades. Es un sarampin de que no se libra ningn muchacho de estos
tiempos--deca--. Ya sale el mo de l, y Dios quiera que salga en bien.

Not tambin que el Delfn se preocupaba mucho de ciertos recados o
esquelitas que a la casa traan para l, mostrndose ms bien temeroso
de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de
que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo
inquieto, y su mam se dijo gozosa: Persecucin tenemos; pero l parece
querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien. Hablando de
esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo
autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que
mereci la aprobacin de ella. Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy
mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandar ac una
pareja de orden pblico, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas
trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza.

Mejor que este plan era el que se le haba ocurrido a la seora. Tenan
tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la
fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con
aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta
las resoluciones salvadoras, se encar con Juanito, y de buenas a
primeras le dijo: Maana mismo nos vamos a Plencia.

Y al decirlo se fij en la cara que puso. Lo primero que expres el
Delfn fue alegra. Despus se qued pensativo. Pero deme usted dos o
tres das. Tengo que arreglar varios asuntos....

--Qu asuntos tienes t, hijo? Msica, msica. Y en caso de que tengas
alguno, creme, vale ms que lo dejes como est.

Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el da de San Pedro.
Barbarita iba muy contenta, juzgndose ya vencedora, y se deca por el
camino: Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me
escape ms. Instalronse en su residencia de verano, que era como un
palacio, y no hay palabras con qu ponderar lo contentos y saludables
que todos estaban. El Delfn, que fue desmejoradillo, no tard en
reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de
sus carnes. La mam se la tena guardada. Esperaba ocasin propicia, y
en cuanto esta lleg supo acometer la empresa aquella de la calza, como
persona lista y conocedora de las maas del ave que era preciso
aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no pareca muy
dispuesto a la resistencia.

Pues s--dijo ella, despus de una conversacin preparada con gracia--.
Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un
chiquillo, y a ti hay que drtelo todo hecho. Qu ser de ti el da en
que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te ras,
no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el
botn que se te ha cado, que de elegirte la que ha de ser compaera de
toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. A ti te cabe en
la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a
callar, y pon tu porvenir en mis manos. No s qu instinto tenemos las
madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos
infalibles como el Papa.

La esposa que Barbarita propona a su hijo era Jacinta, su prima, la
tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. Y qu casualidad! Al da
siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban
en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva
menuda. Candelaria no sala de Madrid, y Benigna haba ido a Laredo.

Juan no dijo que s ni que no. Limitose a responder por frmula que lo
pensara; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y
madre tena tratos con el Espritu Santo, y que su proyecto era un
verdadero caso de infalibilidad.




--ii--


Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada,
cariosa y adems muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la
sazn de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar.
Barbarita quera mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba;
tenala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y
miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera
sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela supona que los
seores de Santa Cruz tenan puestas sus miras en alguna de las chicas
de Casa-Muoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada.
Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando revel sus planes a D.
Baldomero, este sinti regocijo, pues tambin a l se le haba ocurrido
lo mismo.

Ya dije que el Delfn prometi pensarlo; mas esto significaba sin duda
la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en
los casos graves; en otros trminos, su amor propio, que le gobernaba
ms que la conciencia, le exiga, ya que no una eleccin libre, el
simulacro de ella. Por eso Juanito no slo lo deca, sino que pareca
como que pensaba, yndose a pasear solo por aquellos peascales, y se
engaaba a s mismo dicindose: qu pensativo estoy!. Porque estas
cosas son muy serias, vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magn.
Lo que haca el muy farsante era saborear de antemano lo que se le
aproximaba y ver de qu manera deca a su madre con el aire ms grave y
filosfico del mundo: Mam, he meditado profundsimamente sobre este
problema, pesando con escrpulo las ventajas y los inconvenientes, y la
verdad, aunque el caso tiene sus ms y sus menos, aqu me tiene usted
dispuesto a complacerla.

Todo esto era comedia, y querer echrselas de hombre reflexivo. Su madre
haba recobrado sobre l aquel ascendiente omnmodo que tuvo antes de
las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo prdigo a quien los
reveses hacen ver cunto le daa el obrar y pensar por cuenta propia,
descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y
la voluntad de su madre.

Lo peor del caso era que nunca le haba pasado por las mientes casarse
con Jacinta, a quien siempre mir ms como hermana que como prima.
Siendo ambos de muy corta edad (ella tena un ao y meses menos que l)
haban dormido juntos, y haban derramado lgrimas y acusdose
mutuamente por haber secuestrado l las muecas de ella, y haber ella
arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de l.
Juan la haca rabiar, descomponindole la casa de muecas, anda!, y
Jacinta se vengaba arrojando en su barreo de agua los caballos de Juan
para que se ahogaran... anda! Por un rey mago, negro por ms seas,
hubo unos dramas que acabaron en lea por partida doble, es decir, que
Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que
toca los timbales; y todo porque Jacinta le haba cortado la cola al
camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... Envidiosa.
Acusn... Ya tenan ambos la edad en que un misterioso respeto les
prohiba darse besos, y se trataban con vivo cario fraternal. Jacinta
iba todos los martes y viernes a pasar el da entero en casa de
Barbarita, y esta no tena inconveniente en dejar solos largos ratos a
su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en s tena el desarrollo
moral que era propio de sus veinte aos, uno frente a otro continuaban
en la _edad del pavo_, muy lejos de sospechar que su destino les
aproximara cuando menos lo pensasen.

El paso de esta situacin fraternal a la de amantes no le pareca al
joven Santa Cruz cosa fcil. l, que tan atrevido era lejos del hogar
paterno, sentase acobardado delante de aquella flor criada en su
propia casa, y tena por imposible que las cunitas de ambos, reunidas,
se convirtieran en tlamo. Mas para todo hay remedio menos para la
muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis,
que las dificultades se deslean como la sal en el agua; que lo que a l
le pareca montaa era como la palma de la mano, y que el trnsito de la
fraternidad al enamoramiento se haca _como una seda_. La primita,
hacindose tambin la sorprendida en los primeros momentos y aun la
vergonzosa, dijo tambin que aquello deba pensarse. Hay motivos para
creer que Barbarita se lo haba hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello
es que a los cuatro das de romperse el hielo ya no haba que ensearles
nada de noviazgo. Creerase que no haban hecho en su vida otra cosa ms
que estar picoteando todo el santo da. El pas y el ambiente eran
propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con
caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos,
helechos y lquenes, veredas cuyo trmino no se saba, caseros rsticos
que al caer de la tarde despedan de sus abollados techos humaredas
azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de
pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un
da, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su
humo, un aguacero en la montaa y otros accidentes de aquel admirable
fondo potico, favorecan a los amantes, dndoles a cada momento un
ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban
cumpliendo.

Jacinta era de estatura mediana, con ms gracia que belleza, lo que se
llama en lenguaje corriente una mujer _mona_. Su tez finsima y sus ojos
que despedan alegra y sentimiento componan un rostro sumamente
agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba
callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresin
variadsima que saba poner en l. La estrechez relativa en que viva la
numerosa familia de Arnaiz, no le permita variar sus galas; pero saba
triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba
en ella una mujer que, si lo quera, estaba llamada a ser elegantsima.
Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas,
revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco
tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera
pena de la vida o la maternidad.

Barbarita, que la haba criado, conoca bien sus notables prendas
morales, los tesoros de su corazn amante, que pagaba siempre con creces
el cario que se le tena, y por todo esto se enorgulleca de su
eleccin. Hasta que ciertas tenacidades de carcter que en la niez eran
un defecto, agradbanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que
las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de
energa para ciertas ocasiones difciles.

La noticia del matrimonio de Juanito cay en la familia Arnaiz como una
bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y
dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfn, por su fortuna,
por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del
cielo. Gumersindo Arnaiz no saba lo que le pasaba; lo estaba viendo y
an le pareca mentira; y siendo el amartelamiento de los novios
bastante empalagoso, a l le pareca que todava se quedaban cortos y
que deban entortolarse mucho ms. Isabel era tan feliz que, de vuelta
ya en Madrid, deca que le iba a dar algo, y que seguramente su
empobrecida naturaleza no podra soportar tanta felicidad. Aquel
matrimonio haba sido la ilusin de su vida durante los ltimos aos,
ilusin que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se haba
atrevido nunca a hablar de esto a su cuada, por temor de parecer
excesivamente ambiciosa y atrevida.

Faltbale tiempo a la buena seora para dar parte a sus amigas del feliz
suceso; no saba hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin
fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos
bros para entregarse con delirante actividad a los preparativos de
boda, al equipo y dems cosas. Qu proyectos haca, qu cosas
inventaba, qu previsin la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no
cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: Si
me parece mentira!... Si yo no he de verlo!.... Y este presentimiento,
por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegra
inquieta fue como una combustin oculta que devor la poca vida que all
quedaba. Una maana de los ltimos das de Diciembre, Isabel Cordero,
hallndose en el comedor de su casa, cay redonda al suelo como herida
de un rayo. Acometida de violentsimo ataque cerebral, falleci aquella
misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos.
No recobr el conocimiento despus del ataque, no dijo esta boca es ma,
ni se quej. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de
_un pajarito_. Decan los vecinos y amigos que haba _reventado de
gusto_. Aquella gran mujer, herona y mrtir del deber, autora de diez y
siete espaoles, se embriag de felicidad slo con el olor de ella, y
sucumbi a su primera embriaguez. En su muerte la perseguan las fechas
clebres, como la haban perseguido en sus partos, cual si la historia
la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D.
Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.




-V-

Viaje de novios




--i--


La boda se verific en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen
juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de
recibir la bendicin, a correrla por esos mundos, no comprenda fuese de
rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en Espaa tantos
lugares dignos de ser vistos. l y Barbarita no haban ido ni siquiera a
Chamber, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el
nico espaol que se permita viajar era el duque de Osuna, D. Pedro.
Qu diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que
tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de
Correos haba hecho su viajecito a Pars... Juanito se manifest
enteramente conforme con su pap, y recibida la bendicin nupcial,
verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto,
sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupi,
cuya boca tap Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con
sus lgrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la
estacin. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a
las tres de la maana, felices y locuaces, rindose de todo, del fro y
de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegras no
excluan un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del mnibus
sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta
escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de
ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel fro invencible y aquella
pavorosa expectacin que la hacan estremecer. Y tantsimo como quera
a su marido!... Cmo compaginar dos deseos tan diferentes; que su
marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que
se pudiera ir, dejndola sola, era como la muerte, y la de que se
acercaba y la coga en brazos con apasionado atrevimiento, tambin la
pona temblorosa y asustada. Habra deseado que no se apartara de ella,
pero que se estuviera quietecito.

Al da siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, saba
Jacinta una porcin de expresiones cariosas y de ntima confianza de
amor que hasta entonces no haba pronunciado nunca, como no fuera en la
vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a s mismo. No
le causaba vergenza el decirle al otro que le idolatraba, as, as,
clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si
era verdad que l tambin estaba hecho un idlatra y que lo estara
hasta el da del Juicio final. Y a la tal preguntita, que haba venido a
ser tan frecuente como el pestaear, el que estaba de turno contestaba
_Ch_, dando a esta slaba un tonillo de pronunciacin infantil. El
_Ch_ se lo haba enseado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir,
tambin en estilo mimoso, _me quieles?_, y otras tonteras y
chiquilladas empalagosas, dichas de la manera ms grave del mundo. En la
misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristn que
les enseaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos
aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas,
frente a la santidad de los altares consagrados o detrs de la estatua
yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pilln, y un goloso y un
atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las
consenta y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que
Este, al verlas, volvera la cabeza con aquella indulgencia propia del
que es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del
arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se rean, lo mismo que de
cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que
les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas;
si el sacristn de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la
seora abadesa se pona mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a ms de
esto, todo cuanto Jacinta deca, aunque fuera la cosa ms seria del
mundo, le haca a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier
tontera que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de
estilo popular y aflamencado que Santa Cruz deca alguna vez,
divertanla ms que nada y las repeta tratando de fijarlas en su
memoria. Cuando no son muy groseras, estas frmulas de hablar hacen
gracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que estn en xtasis y para los
enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las
fugaces horas. Ella, principalmente, tena que pensar un poco para
averiguar si tal da era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.
Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesin de los das, el amor
aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente
victorioso en lo presente, anhela hacerse dueo de lo pasado, indagando
los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y
hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente,
Jacinta empez a sentir el desconsuelo de no someter tambin el pasado
de su marido, hacindose duea de cuanto este haba sentido y pensado
antes de casarse. Como de aquella accin pretrita slo tena leves
indicios, despertronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los
mutuos carios creca la confianza, que empieza por ser inocente y va
adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las
revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la
curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera haba tenido
un novio de estos que no hacen ms que mirar y poner la cara afligida.
Ella s que tena campo vastsimo en que ejercer su espritu crtico.
Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la
primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de
inquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_
(como l le haba enseado), no dej este de sentirse un tanto molesto.
Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables,
como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariosa, pero evasiva. Si
lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontera...!, cosas
de muchachos. La educacin del hombre de nuestros das no puede ser
completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo
a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las
pasiones todas. Puro estudio y educacin pura... No se trataba de amor,
porque lo que es amor, bien poda decirlo, l no lo haba sentido nunca
hasta que le hizo tiln la que ya era su mujer.

Jacinta crea esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No
dudaba ni tanto as del amor de su marido; pero quera saber, s seor,
quera enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber
siempre la mayor confianza, no es eso? En cuanto hay secretos, adis
paz del matrimonio. Pues bueno; ella quera leer de cabo a rabo ciertas
paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. Como que estas
historias ayudan bastante a la educacin matrimonial! Sabindolas de
memoria, las mujeres viven ms avisadas, y a poquito que los maridos se
deslicen... tras!, ya estn cogidos.

Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir.

Esto fue dicho en el tren, que corra y silbaba por las angosturas de
Pancorvo. En el paisaje vea Juanito una imagen de su conciencia. La va
que lo traspasaba, descubriendo las sombras revueltas, era la
indagacin inteligente de Jacinta. El muy tuno se rea, prometiendo, eso
s, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

S, porque me engaas t a m!... A buena parte vienes... S ms de lo
que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y o. Tu mam
estaba muy disgustada, porque te nos habas hecho muy chu... la... pito;
eso es.

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se
enfadaba Jacinta. Bien le deca su sagacidad femenil que la obstinacin
impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habra
puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba
su xito en la perseverancia combinada con el cario capcioso y
diplomtico. Entrando en un tnel de la Rioja, dijo as:

Apostamos a que sin decirme t una palabra, lo averiguo todo?.

Y a la salida del tnel, el enamorado esposo, despus de estrujarla con
un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al
mugir de la mquina humeante, gritaba:

Qu puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.
Curiosona, fisgona, fecha! T quieres saber? Pues te lo voy a contar,
para que me quieras ms.

--Ms? Qu gracia! Eso s que es difcil.

--Esprate a que lleguemos a Zaragoza.

--No, ahora. --Ahora mismo?

--_Ch_.

--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

--Mejor... Cuntala y luego veremos.

--Te vas a rer de m. Pues seor... all por Diciembre del ao
pasado... no, del otro... Ves?, ya te ests riendo.

--Que no me ro, que estoy ms seria que el Papamoscas.

--Pues bueno, all voy... Como te iba diciendo, conoc a una mujer...
Cosas de muchachos. Pero djame que empiece por el principio. rase una
vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado
Estupi, el cual cay enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a
verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontr
una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... Qu tal?...




--ii--


--Un huevo crudo... qu asco!--exclam Jacinta escupiendo una
salivita--. Qu se puede esperar de quien se enamora de una mujer que
come huevos crudos?...

--Hablando aqu con imparcialidad, te dir que era guapa. Te enfadas?

--Qu me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se coma el huevo, y te ofreca y t participaste...

--No, aquel da no hubo nada. Volv al siguiente y me la encontr otra
vez.

--Vamos, que le caste en gracia y te estaba esperando.

No quera el Delfn ser muy explcito, y contaba a grandes rasgos,
suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de
peligro. Pero Jacinta tena un arte instintivo para el manejo del
gancho, y sacaba siempre algo de lo que quera saber. All sali a
relucir parte de lo que Barbarita intilmente intent averiguar...
Quin era la del huevo?... Pues una chica hurfana que viva con su
ta, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. Ah!
Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, qu basilisco!...
qu lengua!... qu rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, as se
dice, con un picador. Pero basta de digresiones. La segunda vez que
entr en la casa, me la encontr sentada en uno de aquellos peldaos de
granito, llorando.

--A la ta? --No, mujer, a la sobrina. La ta le acababa de echar los
tiempos, y an se oan abajo los resoplidos de la fiera... Consol a la
pobre chica con cuatro palabrillas y me sent a su lado en el escaln.

--Qu poca vergenza!

--Empezamos a hablar. No suba ni bajaba nadie. La chica era
confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, as lo
bueno como lo malo. Sigamos. Pues seor... al tercer da me la encontr
en la calle. Desde lejos not que se sonrea al verme. Hablamos cuatro
palabras nada ms; y volv y me col en la casa; y me hice amigo de la
ta y hablamos; y una tarde sali el picador de entre un montn de
banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y
llegndose a m me ech la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y
yo se la tom, y me convid a unas copas, y acept y bebimos. No
tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella
gente... No te ras... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a
aquella vida, porque se encaprich por otra chica del barrio, como yo
por la sobrina de Segunda.

--Y cul era ms guapa?

--La ma!--replic prontamente el Delfn, dejando entrever la fuerza de
su amor propio--, la ma... un animalito muy mono, una salvaje que no
saba leer ni escribir. Figrate, qu educacin! Pobre pueblo!, y
luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la
culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... S, hija ma, hay que
poner la mano sobre el corazn del pueblo, que es sano... s, pero a
veces sus latidos no son latidos, sino patadas... Aquella infeliz
chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazn, buen corazn...
pobre _nena_!

Al or esta expresin de cario, dicha por el Delfn tan
espontneamente, Jacinta arrug el ceo. Ella haba heredado la
aplicacin de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de
una pasin anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y
expres su disgusto dndole al pcaro de Juanito una bofetada, que para
ser de mujer y en broma reson bastante.

Ves?, ya ests enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como
pasaron... Basta ya, basta de cuentos.

--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que
considero infamante; si no quiero tener ni memoria de l... Es un
episodio que tiene sus lados ridculos y sus lados vergonzosos. Los
pocos aos disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor
puro y el corazn sano. Para qu me obligas a repetir lo que quiero
olvidar, si slo con recordarlo parceme que no merezco este bien que
hoy poseo, t, nia ma?

--Ests perdonado--dijo la esposa, arreglndose el cabello que Santa
Cruz le haba descompuesto al acentuar de un modo material aquellas
expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo
imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de
casarse. Te prevengo que ser muy celosa si me das motivo para serlo;
pero celos retrospectivos no tendr nunca.

Esto sera todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la
curiosidad no disminua, antes bien aumentaba. Revivi con fuerza en
Zaragoza, despus que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la
Seo.

Si me quisieras contar algo ms de aquello... indic Jacinta, cuando
vagaban por las solitarias y romnticas calles que se extienden detrs
de la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. Pero qu tontn! Si lo quiero saber para
rerme, nada ms que para rerme. Qu creas t, que me iba a
enfadar?... Ay, qu bobito!... No, es que me hacen gracia tus
calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pens en ellas, y aun so un
poquitito con la del huevo crudo y la ta y el mamarracho del to. No,
si no me enojaba; me rea, crelo, me diverta vindote entre esa
aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el
pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuacin de la
historia. Pues seor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo
admiti por lo basto. La sacaste de la casa de su ta y os fuisteis los
dos a otro nido, en la Concepcin Jernima.

Juanito mir fijamente a su mujer, y despus se ech a rer. Aquello no
era adivinacin de Jacinta. Algo haba odo sin duda, por lo menos el
nombre de la calle. Pensando que convena seguir el tono festivo, dijo
as:

T sabas el nombre de la calle; no vengas echndotelas de zahor... Es
que Estupi me espiaba y le llevaba cuentos a mam.

--Sigue con tu conquista. Pues seor...

--Cuestin de pocos das. En el pueblo, hija ma, los procedimientos son
breves. Ya ves cmo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un da le dije:
Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo. Yo pens
que me iba a decir que no.

--Pensaste mal... sobre todo si en su casa haba... lea.

--La respuesta fue coger el mantn, y decirme _vamos_. No poda salir
por la Cava. Salimos por la zapatera que se llama _Al ramo de
azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es as, sumamente ejecutivo y
enemigo de trmites.

Jacinta miraba al suelo ms que a su marido.

--Y a rengln seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo
mirndole de lleno y observndole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conoca personalmente a ninguna vctima de las
palabras de casamiento, tena una clara idea de estos pactos diablicos
por lo que de ellos haba visto en los dramas, en las piezas cortas y
aun en las peras, presentados como recurso teatral, unas veces para
hacer llorar al pblico y otras para hacerle rer. Volvi a mirar a su
marido, y notando en l una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio
un pellizco acompaado de estos conceptos, un tanto airados:

S, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una
burla, una estafa, una villana. Qu hombres!... Luego dicen... Y esa
tonta no te sac los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido
yo....

--Si hubieras sido t, tampoco me habras sacado los ojos.

--Que s... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber ms, no me cuentes
ms.

--Para qu preguntas t? Si te digo que no la quera, te enfadas
conmigo y tomas partido por ella... Y si te dijera que la quera, que
al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurra la simpleza de
cumplir la palabra de casamiento que le di?

--Ah, tuno!--exclam Jacinta con ira cmica, aunque no enteramente
cmica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te
daba un par de repelones y de cada manotada me traa un mechn de
pelo... Con que casarte... y me lo dices a m!... a m!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumb en la cavidad de la
plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraos, que los dos
esposos se admiraron de orla. Formaban la rinconada aquella vetustos
caserones de ladrillo modelado a estilo mudjar, en las puertas
gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas
aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y
tristsimo. No se vean ni seales de alma viviente por ninguna parte.
Tras las rejas enmohecidas no apareca ningn resquicio de maderas
entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

Esto es tan solitario, hija ma--dijo el marido, quitndose el
sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escndalo sin que se
entere nadie.

Juanito corra. Jacinta fue tras l con la sombrilla levantada. Que no
me coges. --A que s.--Que te mato.... Y corrieron ambos por el
desigual pavimento lleno de yerba, l riendo a carcajadas, ella
coloradita y con los ojos hmedos. Por fin, pum!, le dio un
sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes,
sofocados por la risa.

Por aqu dijo Santa Cruz sealando un arco que era la nica salida.

Y cuando pasaban por aquel tnel, al extremo del cual se vea otra
plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin
decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos,
besuquendose por espacio de un buen minuto y dicindose al odo las
palabras ms tiernas.

Ya ves, esto es sabrossimo. Quin dira que en medio de la calle poda
uno....

--Si alguien nos viera... --murmur Jacinta ruborizada, porque en
verdad, aquel rincn de Zaragoza poda ser todo lo solitario que se
quisiese, pero no era una alcoba.

--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

--Por aqu no pasa un alma... --dijo l--. Es ms, creo que por aqu no
ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por
estas paredes una mirada humana...

--Calla, me parece que siento pasos.

--Pasos... a ver?... --S, pasos. En efecto, alguien vena. Oyose, sin
poder determinar por dnde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del
suelo. Por entre dos casas apareci de pronto una figura negra. Era un
sacerdote viejo. Cogironse del brazo los consortes y avanzaron
afectando la mayor compostura. El clrigo, al pasar junto a ellos, les
mir mucho.

Parceme--indic la esposa, agarrndose ms al brazo de su marido y
pegndose mucho a l--, que nos lo ha conocido en la cara.

--Qu nos ha conocido?

--Que estbamos... tonteando.

--Psch... y a m, qu?

--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me
cuentes ms historias. No quiero saber ms. Punto final.

Rompi a rer, a rer, y el Delfn tuvo que preguntarle muchas veces la
causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:

Sabes de qu me ro? De pensar en la cara que habra puesto tu mam si
le entras por la puerta una nuera de mantn, sortijillas y pauelo a la
cabeza, una nuera que dice _diqui luego_ y no sabe leer.




--iii--


Quedamos en que no hay ms cuentos.

--No ms... Bastante me he redo ya de tu tontera. Francamente, yo cre
que eras ms avisado... Adems, todo lo que me puedas contar me lo
figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y
la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusin, y despus qu
resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A l... como
si lo viera... se le revuelve el estmago, y empiezan las cuestiones. El
pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por ms que se lave el palmito,
siempre es pueblo. No hay ms que ver las casas por dentro. Pues lo
mismo estn los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, despus de mirar la puerta del Carmen y los
elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volver a
ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre
el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:

Una sola cosa quiero saber, una sola. Despus punto en boca. Qu casa
era esa de la Concepcin Jernima...?.

--Pero, hija, qu te importa?... Bueno, te lo dir. No tiene nada de
particular. Pues seor... viva en aquella casa un to de la tal,
hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal ms
grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo,
presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y
tratante en ganado. Ah! Jos Izquierdo!... te reiras si le vieras y
le oyeras hablar. Este tal le sorbi los sesos a una pobre mujer, viuda
de un platero y se cas con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja
vala un imperio. Todo el santo da estaban riendo, de pico se
entiende... Y qu tienda, hija, qu desorden, qu escenas! Primero se
emborrachaba l solo, despus los dos a turno. Pregntale a Villalonga;
l es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que all se
armaban. Parceme mentira que yo me divirtiera con tales escndalos. Lo
que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tena entonces la mana de lo
popular.

--Y su ta, cuando la vio deshonrada, se pondra hecha una furia,
verdad?

--Al principio s... te dir...--replic el Delfn buscando las
callejuelas de una explicacin algo enojosa--. Pero ms que por la
deshonra se enfureca por la fuga. Ella quera tener en su casa a la
pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.
Qu moral tan extraa la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de
moral. Segunda empez por presentarse todos los das en la tienda de la
Concepcin Jernima, y armar un escndalo a su hermano y a su cuada.
Que si t eres esto, si eres lo otro.... Parece mentira; Villalonga y
yo, que oamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacamos ms que
rernos. A qu degradacin llega uno cuando se deja caer as! Estaba yo
tan tonto, que me pareca que siempre haba de vivir entre semejante
chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un da que se meti
all el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo
Izquierdo se tenan muy mala voluntad... Lo que all se dijeron!... Era
cosa de alquilar balcones.

--No s cmo te diverta tanto salvajismo.

--Ni yo lo s tampoco. Creo que me volv otro de lo que era y de lo que
volv a ser. Fue como un parntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma,
fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no s qu de
entusiasmo artstico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

--Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.

--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razn tienes; t
no eras entonces t. Trato de figurarme cmo eras y no lo puedo
conseguir. Quererte yo y ser t como a ti mismo te pintas son dos cosas
que no puedo juntar.

--Dices bien, quireme mucho, y lo pasado pasado. Pero agurdate un
poco: para dejar redondo el cuento, necesito aadir una cosa que te
sorprender. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta
bronca y de tanto escndalo entre los hermanos Izquierdo, y entre
Izquierdo y el picador, y ta y sobrina, se reconciliaron todos, y se
acabaron las rias y no hubo ms que finezas y apretones de manos.

--S que es particular. Qu gente!

--El pueblo no conoce la dignidad. Slo le mueven sus pasiones o el
inters. Como Villalonga y yo tenamos dinero largo para _juergas_ y
caas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto
lleg un da en que all no se haca ms que beber, palmotear, tocar la
guitarra, _venga de ah_, comer magras. Era una orga continua. En la
tienda no se venda; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El da
que no haba comida de campo haba cena en la casa hasta la madrugada.
La vecindad estaba escandalizada. La polica rondaba. Villalonga y yo
como dos insensatos...

--Ay, qu par de apuntes!... Pero hijo, est lloviendo... a m me ha
cado una gota en la punta de la nariz... Ves?... Aprisita, que nos
mojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no
ces de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la
lluvia, aquella cortina de menudas lneas oblicuas que descendan del
Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se senta el
gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los
estribos. Haca fro, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendran
slo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los
campesinos que venan a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las
locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las
plataformas del tren de mercancas se formaban bolsas llenas de agua,
pequeos lagos donde habran podido beber los pjaros, si los pjaros
tuvieran sed aquel da.

Jacinta estaba contenta, y su marido tambin, a pesar de la melancola
llorona del paisaje; pero como haba otros viajeros en el vagn, los
recin casados no podan entretener el tiempo con sus besuqueos y
tonteras de amor. Al llegar, los dos se rean de la formalidad con que
haban hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extraas no les
dej ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distrada con la
animacin y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.
Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fbricas de Batll y
de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas
armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante
tres das, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la
familia de insensatos que se amansaban con orgas, qued completamente
olvidada o perdida en un laberinto de mquinas ruidosas y ahumadas, o en
el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles
juegos de cartones agujereados tenan ocupada y suspensa la imaginacin
de Jacinta, que vea aquel prodigio y no lo quera creer. Cosa
estupenda! Est una viendo las cosas todos los das, y no piensa en
cmo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver
una oveja no pensamos que en ella estn nuestros gabanes. Y quin ha de
decir que las chambras y enaguas han salido de un rbol? Toma, el
algodn! Pues y los tintes? El carmn ha sido un bichito, y el negro
una naranja agria, y los verdes y azules carbn de piedra. Pero lo ms
raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que
de l salen los tambores. Pues, y eso de que las cerillas se saquen de
los huesos, y que el sonido del violn lo produzca la cola del caballo
pasando por las tripas de la cabra?.

Y no paraba aqu la observadora. En aquella excursin por el campo
instructivo de la industria, su generoso corazn se desbordaba en
sentimientos filantrpicos, y su claro juicio saba mirar cara a cara
los problemas sociales. No puedes figurarte--deca a su marido, al
salir de un taller--, cunta lstima me dan esas infelices muchachas
que estn aqu ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para
vestirse. No tienen educacin, son como mquinas, y se vuelven tan
tontas... ms que tontera debe de ser aburrimiento... se vuelven tan
tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan
seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale
ms ser mujer mala que mquina buena'.

--Filosfica est mi mujercita.

--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla ms de eso. Di
si me quieres, s o no... pero pronto, pronto.

Al otro da, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa
ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro
resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dej caer del lado
de su marido y le dijo:

Me vas a satisfacer una curiosidad... la ltima.

Y en el momento que tal habl arrepintiose de ello, porque lo que
deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, tambin le picaba algo el
pudor. Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!
Revolvi en su mente todo lo que saba y no hallaba ninguna frmula que
sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo haba
pensado o lo haba soado la noche anterior; de eso no estaba segura;
mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden
de sus juicios era el siguiente: Cunto tiempo dur el enredo de mi
marido con esa mujer?, no lo s. Pero durase ms o durase menos, bien
podra suceder que... hubiera nacido algn chiquillo. Esta era la
palabra difcil de pronunciar, _chiquillo!_, Jacinta no se atreva, y
aunque intent sustituirla con _familia, sucesin_, tampoco sala.

--No, no era nada. --T has dicho que me ibas a preguntar no s qu.

--Era una tontera; no hagas caso.

--No hay nada que ms me cargue que esto... decirle a uno que le van a
preguntar una cosa y despus no preguntrsela. Se queda uno confuso y
haciendo mil clculos. Eso, eso, gurdalo bien... No le caern moscas.
Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

--Ya tirar... tiempo hay, hijito.

--Dmelo ahora... Qu ser, qu no ser?

--Nada... no era nada. l la miraba y se pona serio. Pareca que le
adivinaba el pensamiento, y ella tena tal expresin en sus ojos y en su
sonrisilla picaresca, que casi casi se poda leer en su cara la palabra
que andaba por dentro. Se miraban, se rean, y nada ms. Para s dijo la
esposa: a su tiempo maduran las uvas. Vendrn das de mayor confianza,
y hablaremos... y sabr si hay o no algn _hueverito_ por ah.




--iv--


Jacinta no tena ninguna especie de erudicin. Haba ledo muy pocos
libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografa
artstica; y sin embargo, apreciaba la poesa de aquella regin costera
mediterrnea que se desarroll ante sus ojos al ir de Barcelona a
Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la va,
colocados entre el mar azul y una vegetacin esplndida. A trozos, el
paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; ms all las vias
lo alegraban con la verde gala del pmpano. La vela triangular de las
embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados
puntiagudos y el predominio de la lnea horizontal en las
construcciones, traan al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y
naturaleza helnica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han
ledo algunos libros, habl tambin de Constantino, de Grecia, de las
barras de Aragn y de los pececillos que las tenan pintadas en el lomo.
Era de cajn sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta
no entenda palotada, ni le haca falta. Despus vinieron Prcida y las
Vsperas Sicilianas, D. Jaime de Aragn, Roger de Flor y el Imperio de
Oriente, el duque de Osuna y Npoles, Venecia y el marqus de Bedmar,
Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los
piratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la
rpida visin de la costa mediterrnea, condensaba su ciencia en estas o
parecidas expresiones: Y la gente que vive aqu, ser feliz o ser tan
desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido
que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?
Porque los de aqu no apreciarn que viven en un paraso, y el pobre,
tan pobre es en Grecia como en Getafe.

Agradabilsimo da pasaron, viendo el risueo pas que a sus ojos se
desenvolva, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la
maravilla de la regin valenciana, la cual se anunci con grupos de
algarrobos, que de todas partes parecan acudir bailando al encuentro
del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se
acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se
alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondan tras un otero,
para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al
escondite con los palos del telgrafo.

El tiempo, que no les haba sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona,
mejor aquel da. Esplndido sol doraba los campos. Toda la luz del
cielo pareca que se colaba dentro del corazn de los esposos. Jacinta
se rea de la danza de los algarrobos, y de ver los pjaros posados en
fila en los alambres telegrficos. Mralos, mralos all. Valientes
pcaros! Se burlan del tren y de nosotros.

--Fjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de
msica. Mira cmo sube, mira cmo baja. Las cinco rayas parece que estn
grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que
se mueve como un teln de teatro no acabado de colgar.

--Lo que yo digo--expres Jacinta riendo--Mucha poesa, mucha cosa
bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma;
tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo,
me han abierto el apetito de par en par.

--Yo no quera hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a
una estacin de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o
pan seco... El viajar tiene estas peripecias. nimo chica, y dame un
beso, que las hambres con amor son menos.

--All van tres, y en la primera estacin, mira bien, hijo, a ver si
descubrimos algo. Sabes lo que yo me comera ahora?

--Un bistec? --No. --Pues qu? --Uno y medio. --Ya te contentars con
naranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no pareca. Por fin, en no s cul
apareci una mujer, que tena delante una mesilla con licores,
rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... qu era aquello?
Pjaros fritos!--grit Jacinta a punto que Juan bajaba del vagn--.
Trete una docena... No... oye, dos docenas.

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas,
poniendo en medio el papel grasiento que contena aquel _montn de
cadveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre
les daba.

Ay, qu ricos estn! Mira qu pechuga... Este para ti, que est muy
gordito.

--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de l,
y viceversa. Jacinta deca que en su vida haba hecho una comida que ms
le supiese.

Este s que est de buen ao... pobre ngel! El infeliz estara ayer
con sus compaeros posado en el alambre tan contento, tan guapote,
viendo pasar el tren y diciendo all van esos brutos... hasta que vino
el ms bruto de todos, un cazador y... prum!... Todo para que nosotros
nos regalramos hoy. Y a fe que estn sabrosos. Me ha gustado este
almuerzo.

--Y a m. Ahora veamos estos pasteles. El cido frmico es bueno para la
digestin.

--El cido qu...?

--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mteles el diente. Estn
riqusimos.

Restauradas las fuerzas, la alegra se desbordaba de aquellas almas. Ya
no me marean los algarrobos--deca Jacinta--; bailad, bailad. Mira qu
casas, qu emparrados! Y aquello, qu es?, naranjos. Cmo huelen!.

Iban solos. Qu dicha, siempre solitos! Juan se sent junto a la
ventana y Jacinta sobre sus rodillas. l le rodeaba la cintura con el
brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cndidas sobre
todo lo que vea. Pero despus transcurran algunos ratos sin que
ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido,
y echndole un brazo alrededor del cuello, le solt esta:

No me has dicho cmo se llamaba.

--Quin? --pregunt Santa Cruz algo atontado.

--Tu adorado tormento, tu... Cmo se llamaba o cmo se llama... porque
supongo que vivir.

--No lo s... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurri de
repente. Sabes cmo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un
arbusto. T dirs que qu tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a
saber cmo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta maana me acord
de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de
equipajes. Anoche me acord, cundo creers? Cuando apagaste la luz. Me
pareci que la llama era una mujer que deca ay!, y se caa muerta. Ya
s que son tonteras, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.
Con que, _nenito_, desembuchas eso, s o no?

--Qu? --El nombre. --Djame a m de nombres.

--Qu poco amable es este seor!--dijo abrazndole--. Bueno, guarda el
secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.
Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.
No creas que tengo gran inters en saberlo. Qu me meto yo en el
bolsillo con saber un nombre ms?

--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero
olvidar--replic Santa Cruz con hasto--No te digo una palabra, sabes?


--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener
celos, te llevas chasco. Eso quisieras t para darte tono. No los tengo
ni hay para qu.

No s qu vieron que les distrajo de aquella conversacin. El paisaje
era cada vez ms bonito, y el campo, convirtindose en jardn, revelaba
los refinamientos de la civilizacin agrcola. Todo era all nobleza, o
sea naranjos, los rboles de hoja perenne y brillante, de flores
olorossimas y de frutas de oro, rbol ilustre que ha sido una de las
ms socorridas muletillas de los poetas, y que en la regin valenciana
est por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas
los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas
encantan la vista con la correccin atildada de sus lneas. Las
hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes
semeja un caamazo. Los variados verdes, ms parece que los ha hecho el
arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por
todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias
gigantescas que extienden sus ramas sobre la va; los hombres con
zaragelles y pauelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres
frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de
pelo sobre las sienes.

Y cul es --pregunt Jacinta deseosa de instruirse--el rbol de las
chufas?.

Juan no supo contestar, porque tampoco l saba de dnde diablos salan
las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagn entraron algunas
personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se vea el
mar, tan azul, tan azul, que la retina padeca el engao de ver verde el
cielo.

Sagunto! Ay, qu nombre!, cuando se le ve escrito con las letras
nuevas y acaso torcidas de una estacin, parece broma. No es de todos
los das ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones
ms retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las
ocasiones de ser sabio sentimental, se pasm ms de lo conveniente de la
aparicin de aquel letrero.

Y qu, qu es?--pregunt Jacinta picada de la novelera--. Ah!
Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aqu alguna marimorena. Pero
habr llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tmalo
con calma. A qu viene tanto _ah!, oh!_...? Todo porque aquellos
brutos....

--Chica, qu ests ah diciendo?

--S, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrs...
hicieron una barbaridad. Bueno, llmalos hroes si quieres, y cierra
esa boca que te me ests pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardn agrcola en cuyo verdor se destacaban las
cabaas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio
Jacinta unas plantas muy raras, de vstagos escuetos y pencas enormes,
que llamaron su atencin. Mira, mira, qu esperpento de rbol. Ser el
de los higos chumbos?.

--No, hija ma, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta
de unas palas erizadas de pas. Aquello otro es la pita, que da por
fruto las sogas.

--Y el esparto, dnde est?

--Hasta eso no llega mi sabidura. Por ah debe de andar.

El tren describa amplsima curva. Los viajeros distinguieron una gran
masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de
rboles la tapaban a trechos; despus la descubran. Ya estamos en
Valencia, chiquilla; mrala all.

Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, segn dijo un agudo
observador, por estar construida en medio del campo. Poco despus, los
esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles
angostas y torcidas de la ciudad campestre. Pero qu pas, hijo!... Si
esto parece un biombo... A dnde nos lleva este hombre?.--A la fonda
sin duda.

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio despus de
haber paseado por las calles y odo media _Africana_ en el teatro de la
Princesa, Jacinta sinti que de repente, sin saber cmo ni por qu, la
picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita
disfrazada de curiosidad. Juan se resisti a satisfacerla, alegando
razones diversas. No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero
olvidar eso....

--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada ms. Qu te cuesta abrir la
boca un segundo?... No creas que te voy a reir, tontn.

Hablando as se quitaba el sombrero, luego el abrigo, despus el cuerpo,
la falda, el _polisn_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas
y sillas del aposento. Estaba rendida y no vea las santas horas de dar
con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo tambin iba soltando
ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le
desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las moneras de su
mujer, no tuvo ms remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre
las almohadas, cuando Santa Cruz ech perezoso de su boca estas
palabras:

Pues te lo voy a decir; pero con la condicin de que en tu vida ms...
en tu vida ms me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor
alusin... entiendes? Pues se llama....

--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le
ayudaba.

--Se llama _For_...

--_For_... _narina_.

--No. _For_... _tuna_...

--_Fortunata_.

--Eso... Vamos, ya ests satisfecha.

--Nada ms. Te has portado, has sido amable. As es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dorma como un ngel... dorman los dos.




--v--


Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos das
despus en la estacin de Valencia--. Me parece una tontera que vayamos
tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondr un parte a
casa.

Al pronto Jacinta se entristeci. Ya tena deseos de ver a sus hermanas,
a su pap y a sus tos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco
aquel viaje tan divertido, conquist en breve su alma. Andar as,
llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas
jvenes, de dragn de fbula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Jcar, pasaron por Alcira, cubierta de
azahares, por Jtiva la risuea; despus vino Montesa, de feudal
aspecto, y luego Almansa en territorio fro y desnudo. Los campos de
vias eran cada vez ms raros, hasta que la severidad del suelo les dijo
que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo
triste, como inmenso lebrel, olfateando la va y ladrando a la noche
tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad,
palos de telgrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad
horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el
humo de la mquina alejndose en bocanadas majestuosas hacia el
horizonte; las guardesas con la bandera verde sealando el paso libre,
que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y
las estaciones hacindose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno...
Jacinta se durmi y Juanito tambin. Aquella dichosa Mancha era un
narctico. Por fin bajaron en Alczar de San Juan, a media noche,
muertos de fro. All esperaron el tren de Andaluca, tomaron chocolate,
y vuelta a rodar por otra zona manchega, la ms ilustre de todas, la
Argamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el fro
muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a
Crdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastndoles un da
para ambas cosas. Ardan en deseos de verse en la sin par Sevilla...
Otra vez al tren. Seran las nueve de la noche cuando se encontraron
dentro de la romntica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso
y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron all creo
que ocho o diez das, encantados, sin aburrirse ni un solo momento,
viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando
del buen humor que all se respira con el aire y se recoge de las
miradas de los transentes. Una de las cosas que ms cautivaban a
Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en
los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las
teclas del piano, como si quisieran tocar. Tambin le gustaba a Jacinta
ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su
flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos
cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegn de Triana, porque deca Juanito
que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalsimo
pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que
recibi del Cielo el don de una filosofa muy socorrida, que consiste en
tomar todas las cosas por el lado humorstico, y as la vida, una vez
convertida en broma, se hace ms llevadera. Bebi el Delfn muchas
caas, porque opinaba con gran sentido prctico que para asimilarse a
Andaluca y sentirla bien en s, es preciso introducir en el cuerpo toda
la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no haca ms que probarla
y la encontraba spera y acdula, sin conseguir apreciar el olorcillo a
_pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida.

Retirronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que
en el comedor haba mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios
eran espaoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz
fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; nicamente bebieron un
poco de Champagne, por que no dijeran. Despus un ingls muy pesado, que
chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados,
como si quisiera mordiscar las palabras, se empe en que haban de
tomar unas caas. De ninguna manera... muchas gracias. --Ooooh!,
s... El comedor era un hervidero de alegra y de chistes, entre los
cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz ms
remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito ingls, y tomando de
sus manos la copa, deca a media voz: Valiente _curdela_ tienes t.
Pero el ingls no entenda... Jacinta vio que aquello se iba poniendo
malo. El ingls llamaba al orden, diciendo a los ms jvenes con su
boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como
l que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que ms falta le haca
era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un
embudo. Jacinta presinti la jarana, y tomando una resolucin sbita,
tir del brazo a su marido y se lo llev, a punto que este empezaba a
tomarle el pelo al ingls.

Me alegro--dijo el Delfn, cuando su mujer le conduca por las
escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de all, porque
no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal ingls, con sus
dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si
sigo un minuto ms, le pego un par de trompadas... Ya se me suba la
sangre a la cabeza....

Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato
recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equvocos
que all se decan. Juan hablaba poco y pareca algo inquieto. De
repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se opona.
Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.

Tienes razn--dijo Santa Cruz dejndose caer a plomo sobre la
silla.--Ms vale que me quede aqu... porque si bajo, y vuelve el
_mister_ con sus finuras, le pego... Yo tambin s _boxear_.

Hizo el ademn del _box_, y ya entonces su mujer le mir muy seria.

--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aqu de
tertulia... s... t no tienes sueo? Yo tampoco. Acompaar a mi cara
mitad. Ese es mi deber, y sabr cumplirlo, s seora. Porque yo soy
esclavo del deber...

Jacinta se haba quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sent sobre
sus rodillas y empez a saltarla como a los nios cuando se les hace el
caballo. Y dale con la tarabilla de que l era esclavo de su deber, y de
que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba
su marido empez a molestar a Jacinta, que se desmont y se fue a la
silla en que antes estaba. l entonces se puso a dar paseos rpidos por
la habitacin.

--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--deca sin
mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea
mi madrecita... que me cas contigo...

Hincsele delante y le bes las manos. Jacinta le observaba con atencin
recelosa, sin pestaear, queriendo rerse y sin poderlo conseguir. Santa
Cruz tom un tono muy plaidero para decirle:

Y yo tan estpido que no conoc tu mrito!, yo que te estaba mirando
todos los das, como mira el burro la flor sin atreverse a comrsela! Y
me com el cardo!... Oh!, perdn, perdn... Estaba ciego, encanallado;
era yo muy _ca_... esto quiere decir _gitano_, vida ma. El vicio y la
grosera haban puesto una costra en mi corazn... llammosle
_garlochn_... Jacintilla, no me mires as. Esto que te digo es la pura
verdad. Si te miento, que me quede muerto ahora mismo. Todas mis faltas
las veo claras esta noche. No s lo que me pasa; estoy como inspirado...
tengo ms espritu, cretelo... te quiero ms, cielito, paloma, y te voy
a hacer un altar de oro para adorarte.

Jess, qu fino est el tiempo!--exclam la esposa que ya no poda
ocultar su disgusto--. Por qu no te acuestas?.

--Acostarme yo, yo... cuando tengo que contarte tantas cosas,
_chavala_!--aadi Santa Cruz, que cansado ya de estar de rodillas,
haba cogido una banqueta para sentarse a los pies de su mujer--.
Perdona que no haya sido franco contigo. Me daba vergenza de revelarte
ciertas cosas. Pero ya no puedo ms: mi conciencia se vuelca como una
urna llena que se cae... as, as; y afuera todo... T me absolvers
cuando me oigas, verdad? Di que s... Hay momentos en la vida de los
pueblos, quiero decir, en la vida del hombre, momentos terribles, alma
ma. T lo comprendes... Yo no te conoca entonces. Estaba como la
humanidad antes de la venida del Mesas, a oscuras, apagado el gas...
s. No me condenes, no, no, no me condenes sin orme...

Jacinta no saba qu hacer. Uno y otro se estuvieron mirando breve rato,
los ojos clavados en los ojos, hasta que Juan dijo en voz queda:

Si la hubieras visto...! Fortunata tena los ojos como dos estrellas,
muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo
Toms y ahora en San Gins. Pregntaselo a Estupi, pregntaselo si lo
dudas... a ver... Fortunata tena las manos bastas de tanto trabajar, el
corazn lleno de inocencia...

Fortunata no tena educacin; aquella boca tan linda se coma muchas
letras y otras las equivocaba. Deca _indilugencias, golver, asn._ Pas
su niez cuidando el _ganado_. Sabes lo que es el ganado? Las gallinas.
Despus criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino
del pico de la madre, Fortunata se los meta en el seno, y si vieras t
qu seno tan bonito!, slo que tena muchos rasguos que le hacan los
palomos con los garfios de sus patas. Despus coga en la boca un buche
de agua y algunos granos de algarroba, y metindose el pico en la
boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos
pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les
haca _rorroo_... les cantaba canciones de nodriza... Pobre
Fortunata, pobre _Pitusa_!... Te he dicho que la llamaban la _Pitusa_?
No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perd... s... que
conste tambin; es preciso que cada cual cargue con su
responsabilidad... Yo la perd, la enga, le dije mil mentiras, le hice
creer que me iba a casar con ella. Has visto?... Si ser pilln!...
Djame que me ra un poco... S, todas las papas que yo le deca, se las
tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo
cree con tal que se lo digan con palabras finas... La enga, le
_garfi_ su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los seoritos,
somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es
cosa de juego... No me pongas esa cara, vida ma. Comprendo que tienes
razn; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que t dirs,
una mujer es siempre una criatura de Dios, verdad?... y yo, despus que
me divert con ella, la dej abandonada en medio de las calles...
justo... su destino es el destino de las perras... Di que s.




--vi--


Jacinta estaba alarmadsima, medio muerta de miedo y de dolor. No saba
qu hacer ni qu decir. Hijo mo--exclam limpiando el sudor de la
frente de su marido--, cmo ests...! Clmate, por Mara Santsima.
Ests delirando.

--No, no; esto no es delirio, es arrepentimiento--aadi Santa Cruz,
quien, al moverse, por poco se cae, y tuvo que apoyar las manos en el
suelo--. Crees acaso que el vino...? Oh! no, hija ma, no me hagas ese
disfavor. Es que la conciencia se me ha subido aqu al cuello, a la
cabeza, y me pesa tanto, que no puedo guardar bien el equilibrio...
Djame que me prosterne ante ti y ponga a tus pies todas mis culpas para
que las perdones... No te muevas, no me dejes solo, por Dios... A dnde
vas? No ves mi afliccin?

--Lo que veo... Oh! Dios mo. Juan, por amor de Dios, sosigate; no
digas ms disparates. Acustate. Yo te har una taza de t.

--Y para qu quiero yo t, desventurada!...--dijo el otro en un tono
tan descompuesto, que a Jacinta se le saltaron las lgrimas--. T...!,
lo que quiero es tu perdn, el perdn de la humanidad, a quien he
ofendido, a quien he ultrajado y pisoteado. Di que s... Hay momentos en
la vida de los pueblos, digo, en la vida de los hombres, en que uno
debiera tener mil bocas para con todas ellas a la vez... expresar la,
la, la... Sera uno un coro... eso, eso... Porque yo he sido malo, no me
digas que no, no me lo digas...

Jacinta advirti que su marido sollozaba. Pero de veras sollozaba o
era broma?

Juan, por Dios!, me ests atormentando.

--No, nia de mi alma --replic l sentado en el suelo sin descubrir el
rostro, que tena entre las manos--. No ves que lloro? Compadcete de
este infeliz... He sido un perverso... Porque la _Pitusa_ me
idolatraba... Seamos francos.

Alz entonces la cabeza, y tom un aire ms tranquilo.

--Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Crea que yo no
era como los dems, que era la caballerosidad, la hidalgua, la
decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... Nobleza,
qu sarcasmo! Nobleza en la mentira; digo que no puede ser... y que no,
y que no. Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... Qu
humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le
da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusin de lo
pintoresco se iba pasando. La grosera con gracia seduce algn tiempo,
despus marca... Cada da me pesaba ms la carga que me haba echado
encima. El picor del ajo me repugnaba. Dese, puedes creerlo, que la
_Pitusa_ fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por
esas... Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por
m, al fuego de cabeza! Todos los das jarana en la casa. Hoy acababa
en bien, maana no... Cantos, guitarreo... Jos Izquierdo, a quien
llaman _Platn_ porque coma en un plato como un barreo, arrojaba
chinitas al picador... Villalonga y yo les echbamos a pelear o les
reconcilibamos cuando nos convena... La _Pitusa_ temblaba de verlos
alegres y de verlos enfurruados... Sabes lo que se me ocurra? No
volver a aportar ms por aquella maldita casa... Por fin resolvimos
Villalonga y yo largamos con viento fresco y no volver ms. Una noche se
arm tal gresca, que hasta las navajas salieron, y por poco nadamos
todos en un lago de sangre... Me parece que oigo aquellas finuras:
indecente, cabrn, _najabao, randa, murcia_...! No era posible
semejante vida. Di que no. El hasto era ya irresistible. La misma
_Pitusa_ me era odiosa, como las palabras inmundas... Un da dije
_vuelvo_, y no volv ms... Lo que deca Villalonga: cortar por lo
sano... Yo tena algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia
all... Lo cort... Fortunata me persigui; tuve que jugar al escondite.
Ella por aqu, yo por all... Yo me escurra como una anguila. No me
coga, no. El ltimo a quien vi fue Izquierdo; le encontr un da
subiendo la escalera de mi casa. Me amenaz; djome que la _Pitusa_
estaba _cambr_ de cinco meses... _Cambr de cinco meses...!_ Alc los
hombros... Dos palabras l, dos palabras yo... alargu este brazo, y
plaf... Izquierdo baj de golpe un tramo entero... Otro estirn, y
plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo...

Esto ltimo lo dijo enteramente descompuesto. Continuaba sentado en el
suelo, las piernas extendidas, apoyado un brazo en el asiento de la
silla. Jacinta temblaba. Le haba entrado mortal fro, y daba diente con
diente. Permaneca en pie en medio de la habitacin, como una estatua,
contemplando la figura lastimossima de su marido, sin atreverse a
preguntarle nada ni a pedirle una aclaracin sobre las extraas cosas
que revelaba.

Por Dios y por tu madre! --dijo al fin movida del cario y del
miedo--, no me cuentes ms. Es preciso que te acuestes y procures
dormirte. Cllate ya.

--Que me calle!... que me calle! Ah!, esposa ma, esposa adorada,
ngel de mi salvacin... Mesas mo... Verdad que me perdonas?... di
que s.

Se levant de un salto y trat de andar... No poda. Dando una rpida
vuelta fue a desplomarse sobre el sof, ponindose la mano sobre los
ojos y diciendo con voz cavernosa: Qu horrible pesadilla!. Jacinta
fue hacia l, le ech los brazos al cuello y le arrull como se arrulla
a los nios cuando se les quiere dormir.

Vencido al cabo de su propia excitacin, el cerebro del Delfn caa en
estpido embrutecimiento. Y sus nervios, que haban empezado a calmarse,
luchaban con la sedacin. De repente se mova, como si saltara algo en
l y pronunciaba algunas slabas. Pero la sedacin venca, y al fin se
qued profundamente dormido. A media noche pudo Jacinta con no poco
trabajo llevarle hasta la cama y acostarle. Cay en el sueo como en un
pozo, y su mujer pas muy mala noche, atormentada por el desagradable
recuerdo de lo que haba visto y odo.

Al da siguiente Santa Cruz estaba como avergonzado. Tena conciencia
vaga de los disparates que haba hecho la noche anterior, y su amor
propio padeca horriblemente con la idea de haber estado ridculo. No se
atreva a hablar a su mujer de lo ocurrido, y esta, que era la misma
prudencia, adems de no decir una palabra, mostrbase tan afable y
cariosa como de costumbre. Por ltimo, no pudo mi hombre resistir el
afn de explicarse, y preparando el terreno con un sin fin de
zalameras, le dijo:

Chiquilla, es preciso que me perdones el mal rato que te di anoche...
Deb ponerme muy pesadito... Qu malo estaba! En mi vida me ha pasado
otra igual. Cuntame los disparates que te dije, porque yo no me
acuerdo.

--Ay! fueron muchos; pero muchos... Gracias que no haba ms pblico
que yo.

--Vamos, con franqueza... estuve inaguantable.

--T lo has dicho... --Es que no s... En mi vida, puedes creerlo, he
cogido una turca como la que cog anoche. El maldito ingls tuvo la
culpa y me la ha de pagar. Dios mo, cmo me puse!... Y qu dije, qu
dije?... No hagas caso, vida ma, porque seguramente dije mil cosas que
no son verdad. Qu bochorno! Ests enfadada? No, si no hay para qu...

--Cierto. Como estabas... Jacinta no se atrevi a decir borracho. La
palabra horrible negbase a salir de su boca.

--Dilo, hija. Di _ajumao_, que es ms bonito y atena un poco la
gravedad de la falta.

--Pues como estabas _ajumato_, no eras responsable de lo que decas.

--Pero qu, se me escap alguna palabra que te pudiera ofender?

--No; slo una media docena de voces elegantes, de las que usa la alta
sociedad. No las entend bien. Lo dems bien clarito estaba, demasiado
clarito. Lloraste por tu _Pitusa_ de tu alma, y te llamabas miserable
por haberla abandonado. Crelo, te pusiste que no haba por dnde
cogerte.

--Vaya, hija, pues ahora con la cabeza despejada, voy a decirte dos
palabritas para que no me juzgues por peor de lo que soy.

Se fueron de paseo por las Delicias abajo, y sentados en solitario
banco, vueltos de cara al ro, charlaron un rato. Jacinta se quera
comer con los ojos a su marido, adivinndole las palabras antes de que
las dijera, y confrontndolas con la expresin de los ojos a ver si eran
sinceras. Habl Juan con verdad? De todo hubo. Sus declaraciones eran
una verdad refundida como las comedias antiguas. El amor propio no le
permita la reproduccin fiel de los hechos. Pues seor... al volver de
Plencia ya comprometido a casarse y enamorado de su novia, quiso saber
qu vuelta llev Fortunata, de quien no haba tenido noticias en tanto
tiempo. No le mova ningn sentimiento de ternura, sino la compasin y
el deseo de socorrerla si se vea en un mal paso. _Platn_ estaba fuera
de Madrid y su mujer en el otro mundo. No se saba tampoco a dnde
diantres haba ido a parar el picador; pero Segunda haba traspasado la
huevera y tena en la misma Cava un poco ms abajo, cerca ya de la
escalerilla, una covacha a que daba el nombre de _establecimiento_. En
aquella caverna habitaba y haca el caf que venda por la maana a la
gente del mercado. Cuatro cacharros, dos sillas y una mesa componan el
ajuar. En el resto del da prestaba servicios en la taberna del
_pulpitillo_. Haba venido tan a menos en lo fsico y en lo econmico,
que a su antiguo tertulio le cost trabajo reconocerla.

Y la otra?.... porque esto era lo que importaba.




--vii--


Santa Cruz tard algn tiempo en dar la debida respuesta. Haca rayas en
el suelo con el bastn. Por fin se expres as:

Supe que en efecto haba....

Jacinta tuvo la piedad de evitarle las ltimas palabras de la oracin,
dicindolas ella. Al Delfn se le quit un peso de encima.

Trat de verla..., la busqu por aqu y por all... y nada... Pero qu,
no lo crees? Despus no pude ocuparme de nada. Sobrevino la muerte de
tu mam. Transcurri algn tiempo sin que yo pensara en semejante cosa,
y no debo ocultarte que senta cierto escozorcillo aqu, en la
conciencia... Por Enero de este ao, cuando me preparaba a hacer
diligencias, una amiga de Segunda me dijo que la _Pitusa_ se haba
marchado de Madrid. A dnde? Con quin? Ni entonces lo supe ni lo he
sabido despus. Y ahora te juro que no la he vuelto a ver ms ni he
tenido noticias de ella.

La esposa dio un gran suspiro. No saba por qu; pero tena sobre su
alma cierta pesadumbre, y en su rectitud tomaba para s parte de la
responsabilidad de su marido en aquella falta; porque falta haba sin
duda. Jacinta no poda considerar de otro modo el hecho del abandono,
aunque este significara el triunfo del amor legtimo sobre el criminal,
y del matrimonio sobre el amancebamiento... No podan entretenerse ms
en ociosas habladuras, porque pensaban irse a Cdiz aquella tarde y era
preciso disponer el equipaje y comprar algunas chucheras. De cada
poblacin se haban de llevar a Madrid regalitos para todos. Con la
actividad propia de un da de viaje, las compras y algunas despedidas,
se distrajeron tan bien ambos de aquellos desagradables pensamientos,
que por la tarde ya estos se haban desvanecido.

Hasta tres das despus no volvi a rebullir en la mente de Jacinta el
gusanillo aquel. Fue cosa repentina, provocada por no s qu, por esas
misteriosas iniciativas de la memoria que no sabemos de dnde salen. Se
acuerda uno de las cosas contra toda lgica, y a veces el encadenamiento
de las ideas es una extravagancia y hasta una ridiculez. Quin creera
que Jacinta se acord de Fortunata al or pregonar las _bocas de la
Isla_? Porque dir el curioso, y con razn, que qu tienen que ver las
bocas con aquella mujer. Nada, absolutamente nada.

Volvan los esposos de Cdiz en el tren correo. No pensaban detenerse ya
en ninguna parte, y llegaran a Madrid de un tirn. Iban muy gozosos,
deseando ver a la familia, y darle a cada uno su regalo. Jacinta, aunque
picada del gusanillo aquel, haba resuelto no volver a hablar de tal
asunto, dejndolo sepultado en la memoria, hasta que el tiempo lo
borrara para siempre. Pero al llegar a la estacin de Jerez, ocurri
algo que hizo revivir inesperadamente lo que ambos queran olvidar. Pues
seor... de la cantina de la estacin vieron salir al condenado ingls
de la noche de marras, el cual les conoci al punto y fue a saludarles
muy fino y galante, y a ofrecerles unas caas. Cuando se vieron libres
de l, Santa Cruz le ech mil pestes, y dijo que algn da haba de
tener ocasin de darle el _par de galletas_ que se tena ganadas. Este
danzante tuvo la culpa de que yo me pusiera aquella noche como me puse y
de que te contara aquellos horrores....

Por aqu empez a enredarse la conversacin hasta recaer otra vez en el
_punto negro_. Jacinta no quera que se le quedara en el alma una idea
que tena, y a la primera ocasin la ech fuera de s.

Pobres mujeres! --exclam--. Siempre la peor parte para ellas.

--Hija ma, hay que juzgar las cosas con detenimiento, examinar las
circunstancias... ver el medio ambiente... --dijo Santa Cruz preparando
todos los chirimbolos de esa dialctica convencional con la cual se
prueba todo lo que se quiere.

Jacinta se dej hacer caricias. No estaba enfadada. Pero en su espritu
ocurra un fenmeno muy nuevo para ella. Dos sentimientos diversos se
barajaban en su alma, sobreponindose el uno al otro alternativamente.
Como adoraba a su marido, sentase orgullosa de que este hubiese
despreciado a otra para tomarla a ella. Este orgullo es primordial, y
existir siempre aun en los seres ms perfectos. El otro sentimiento
proceda del fondo de rectitud que lastraba aquella noble alma y le
inspiraba una protesta contra el ultraje y despiadado abandono de la
desconocida. Por ms que el Delfn lo atenuase, haba ultrajado a la
humanidad. Jacinta no poda ocultrselo a s misma. Los triunfos de su
amor propio no le impedan ver que debajo del trofeo de su victoria
haba una vctima aplastada. Quizs la vctima mereca serlo; pero la
vencedora no tena nada que ver con que lo mereciera o no, y en el
altar de su alma le pona a la tal vctima una lucecita de compasin.

Santa Cruz, en su perspicacia, lo comprendi, y trataba de librar a su
esposa de la molestia de complacer a quien sin duda no lo mereca. Para
esto pona en funciones toda la maquinaria ms brillante que slida de
su raciocinio, aprendido en el comercio de las liviandades humanas y en
someras lecturas. Hija de mi alma, hay que ponerse en la realidad. Hay
dos mundos, el que se ve y el que no se ve. La sociedad no se gobierna
con las ideas puras. Buenos andaramos... No soy tan culpable como
parece a primera vista; fjate bien. Las diferencias de educacin y de
clase establecen siempre una gran diferencia de procederes en las
relaciones humanas. Esto no lo dice el Declogo; lo dice la realidad. La
conducta social tiene sus leyes que en ninguna parte estn escritas;
pero que se sienten y no se pueden conculcar. Faltas comet, quin lo
duda?, pero imagnate que hubiera seguido entre aquella gente, que
_hubiera cumplido mis compromisos_ con la _Pitusa_... No te quiero decir
ms. Veo que te res. Eso me prueba que hubiera sido un absurdo, una
locura recorrer lo que, visto de all, pareca el camino derecho. Visto
de ac, ya es otro distinto. En cosas de moral, lo recto y lo torcido
son segn de donde se mire. No haba, pues, ms remedio que hacer lo que
hice, y salvarme... Caiga el que caiga. El mundo es as. Deba yo
salvarme, s o no? Pues debiendo salvarme, no haba ms remedio que
lanzarme fuera del barco que se sumerga. En los naufragios siempre hay
alguien que se ahoga... Y en el caso concreto del abandono, hay tambin
mucho que hablar. Ciertas palabras no significan nada por s. Hay que
ver los hechos... Yo la busqu para socorrerla; ella no quiso parecer.
Cada cual tiene su destino. El de ella era ese: no parecer cuando yo la
buscaba.

Nadie dira que el hombre que de este modo razonaba, con arte tan sutil
y paradjico, era el mismo que noches antes, bajo la influencia de una
bebida espirituosa, haba vaciado toda su alma con esa sinceridad brutal
y disparada que slo puede compararse al vmito fsico, producido por un
emtico muy fuerte. Y despus, cuando el despejo de su cerebro le haca
dueo de todas sus triquiuelas de hombre ledo y mundano, no volvi a
salir de sus labios ni un solo vocablo soez, ni una sola espontaneidad
de aquellas que existan dentro de l, como existen los trapos de
colorines en algn rincn de la casa del que ha sido cmico, aunque slo
lo haya sido de aficin. Todo era convencionalismo y frase ingeniosa en
aquel hombre que se haba emperejilado intelectualmente, cortndose una
levita para las ideas y planchndole los cuellos al lenguaje.

Jacinta, que an tena poco mundo, se dejaba alucinar por las dotes
seductoras de su marido. Y le quera tanto, quizs por aquellas mismas
dotes y por otras, que no necesitaba hacer ningn esfuerzo para creer
cuanto le deca, si bien crea por fe, que es sentimiento, ms que por
conviccin. Largo rato charlaron, mezclando las discusiones con los
carios discretos (por que en Sevilla entr gente en el coche y no haba
que pensar en la _besadera_), y cuando vino la noche sobre Espaa, cuyo
radio iban recorriendo, se durmieron all por Despeaperros, soaron con
lo mucho que se queran, y despertaron al fin en Alczar con la idea
placentera de llegar pronto a Madrid, de ver a la familia, de contar
todas las peripecias del viaje (menos la escenita de la noche aquella) y
de repartir los regalos.

A Estupi le llevaban un bastn que tena por puo la cabeza de una
cotorra.




-VI-

Ms y ms pormenores referentes a esta ilustre familia




--i--


Pasaban meses, pasaban aos, y en aquella dichosa casa todo era paz y
armona. No se ha conocido en Madrid familia mejor avenida que la de
Santa Cruz, compuesta de dos parejas; ni es posible imaginar una
compatibilidad de caracteres como la que exista entre Barbarita y
Jacinta. He visto juntas muchas veces a la suegra y a la nuera, y por
Dios que se manifestaba muy poco en ellas la diferencia de edades.
Barbarita conservaba a los cincuenta y tres aos una frescura
maravillosa, el talle perfecto y la dentadura sorprendente. Verdad que
tena el cabello casi enteramente blanco; el cual ms pareca empolvado
conforme al estilo Pompadour, que encanecido por la edad. Pero lo que la
haca ms joven era su afabilidad constante, aquel sonrer gracioso y
benvolo con que iluminaba su rostro.

De veras que no tenan por qu quejarse de su destino aquellas cuatro
personas. Se dan casos de individuos y familias a quienes Dios no les
debe nada; y sin embargo, piden y piden.

Es que hay en la naturaleza humana un vicio de mendicidad; eso no tiene
duda. Ejemplo los de Santa Cruz, que gozaban de salud cabal, eran ricos,
estimados de todo el mundo y se queran entraablemente. Qu les haca
falta? Parece que nada. Pues alguno de los cuatro pordioseaba. Es que
cuando un conjunto de circunstancias favorables pone en las manos del
hombre gran cantidad de bienes, privndole de uno solo, la fatalidad de
nuestra naturaleza o el principio de descontento que existe en nuestro
barro constitutivo le impulsan a desear precisamente lo poquito que no
se le ha otorgado. Salud, amor, riqueza, paz y otras ventajas no
satisfacan el alma de Jacinta; y al ao de casada, ms an a los dos
aos, deseaba ardientemente lo que no tena. Pobre joven! Lo tena
todo, menos chiquillos.

Esta pena, que al principio fue desazn insignificante, impaciencia tan
slo convirtiose pronto en dolorosa idea de vaco. Era poco cristiano,
al decir de Barbarita, desesperarse por la falta de sucesin. Dios, que
les diera tantos bienes, habales privado de aquel. No haba ms remedio
que resignarse, alabando la mano del que lo mismo muestra su
omnipotencia dando que quitando.

De este modo consolaba a su nuera, que ms le pareca hija; pero all en
sus adentros deseaba tanto como Jacinta la aparicin de un muchacho que
perpetuase la casta y les alegrase a todos. Se callaba este ardiente
deseo por no aumentar la pena de la otra; mas atenda con ansia a todo
lo que pudiera ser sntoma de esperanzas de sucesin. Pero quia! Pasaba
un ao, dos, y nada; ni aun siquiera esas presunciones vagas que hacen
palpitar el corazn de las que suean con la maternidad, y a veces les
hacen decir y hacer muchas tonteras.

No tengas prisa, hija --deca Barbarita a su sobrina--. Eres muy joven.
No te apures por los chiquillos, que ya los tendrs, te cargars de
familia, y te aburrirs como se aburri tu madre, y pedirs a Dios que
no te d ms. Sabes una cosa? Mejor estamos as. Los muchachos lo
revuelven todo y no dan ms que disgustos. El sarampin, el
garrotillo... Pues nada te quiero decir de las amas!... qu
calamidad!... Luego ests hecha una esclava... Que si comen, que si se
indigestan, que si se caen y se abren la cabeza. Vienen despus las
inclinaciones que sacan. Si salen de mala ndole... si no estudian...
qu s yo!....

Jacinta no se convenca. Quera canarios de alcoba a todo trance, aunque
salieran raquticos y feos; aunque luego fueran traviesos, enfermos y
calaveras; aunque de hombres la mataran a disgustos. Sus dos hermanas
mayores paran todos los aos, como su madre. Y ella nada, ni
esperanzas. Para mayor contrasentido, Candelaria, que estaba casada con
un pobre, haba tenido dos de un vientre. Y ella, que era rica, no
tena ni siquiera medio!... Dios estaba ya chocho sin duda.

Vamos ahora a otra cosa. Los de Santa Cruz, como familia respetabilsima
y rica, estaban muy bien relacionados y tenan amigos en todas las
esferas, desde la ms alta a la ms baja. Es curioso observar cmo
nuestra edad, por otros conceptos infeliz, nos presenta una dichosa
confusin de todas las clases, mejor dicho, la concordia y
reconciliacin de todas ellas. En esto aventaja nuestro pas a otros,
donde estn pendientes de sentencia los graves pleitos histricos de la
igualdad. Aqu se ha resuelto el problema sencilla y pacficamente,
gracias al temple democrtico de los espaoles y a la escasa vehemencia
de las preocupaciones nobiliarias. Un gran defecto nacional, la
empleomana, tiene tambin su parte en esta gran conquista. Las oficinas
han sido el tronco en que se han injertado las ramas histricas, y de
ellas han salido amigos el noble tronado y el plebeyo ensoberbecido por
un ttulo universitario; y de amigos, pronto han pasado a parientes.
Esta confusin es un bien, y gracias a ella no nos aterra el contagio de
la guerra social, porque tenemos ya en la masa de la sangre un
socialismo atenuado e inofensivo. Insensiblemente, con la ayuda de la
burocracia, de la pobreza y de la educacin acadmica que todos los
espaoles reciben, se han ido compenetrando las clases todas, y sus
miembros se introducen de una en otra, tejiendo una red espesa que
amarra y solidifica la masa nacional. El nacimiento no significa nada
entre nosotros, y todo cuanto se dice de los pergaminos es conversacin.
No hay ms diferencias que las esenciales, las que se fundan en la buena
o mala educacin, en ser tonto o discreto, en las desigualdades del
espritu, eternas como los atributos del espritu mismo. La otra
determinacin positiva de clases, el dinero, est fundada en principios
econmicos tan inmutables como las leyes fsicas, y querer impedirla
viene a ser lo mismo que intentar beberse la mar.

Las amistades y parentescos de las familias de Santa Cruz y Arnaiz
pueden ser ejemplo de aquel feliz revoltijo de las clases sociales; mas,
quin es el guapo que se atreve a formar estadstica de las ramas de
tan dilatado y laberntico rbol, que ms bien parece enredadera, cuyos
vstagos se cruzan, suben, bajan y se pierden en los huecos de un
follaje denssimo? Slo se puede intentar tal empresa con la ayuda de
Estupi, que sabe al dedillo la historia de todas las familias
comerciales de Madrid, y todos los enlaces que se han hecho en medio
siglo. Arnaiz el gordo tambin se pirra por hablar de linajes y por
buscar parentescos, averiguando orgenes humildes de fortunas
orgullosas, y haciendo hincapi en la desigualdad de ciertos
matrimonios, a los cuales, en rigor de verdad, se debe la formacin del
terreno democrtico sobre que se asienta la sociedad espaola. De una
conversacin entre Arnaiz y Estupi han salido las siguientes noticias:




--ii--


Ya sabemos que la madre de D. Baldomero Santa Cruz y la de Gumersindo y
Barbarita Arnaiz eran parientes y venan del Trujillo extremeo y
albardero. La actual casa de banca _Trujillo_ y _Fernndez_, de una
respetabilidad y solidez intachables, procede del mismo tronco.
Barbarita es, pues, pariente del jefe de aquella casa, aunque su
parentesco resulta algo lejano. El primer conde de Trujillo est casado
con una de las hijas del famoso negociante Casarredonda, que hizo
colosal fortuna vendiendo fardos de _Coruas_ y _Viveros_ para vestir a
la tropa y a la Milicia Nacional. Otra de las hijas del marqus de
Casarredonda era duquesa de Gravelinas. Ya tenemos aqu, perfectamente
enganchadas, a la aristocracia antigua y al comercio moderno.

Pero existe en Cdiz una antigua y opulenta familia comercial que sirvi
como ninguna para enredar ms la madeja social. Las hijas del famoso
Bonilla, importador de paolera y despus banquero y extractor de
vinos, casaron: la una con Snchez Botn, propietario, de quien vino la
generala Minio, la marquesa de Tellera y Alejandro Snchez Botn, la
otra con uno de los Morenos de Madrid, co-fundador de los Cinco Gremios
y del Banco de San Fernando, y la tercera con el duque de Trastamara, de
donde vino Pepito Trastamara. El hijo nico de Bonilla cas con una
Trujillo.

Pasemos ahora a los Morenos, procedentes del valle de Mena, una de las
familias ms dilatadas y que ofrecen ms desigualdades y contrastes en
sus infinitos y desparramados miembros. Arnaiz y Estupi disputan, sin
llegar a entenderse, sobre si el tronco de los Morenos estuvo en una
droguera o en una peletera. En esto reina cierta oscuridad, que no se
disipar mientras no venga uno de estos averiguadores fanticos que son
capaces de contarle a No los pelos que tena en la cabeza y el nmero
de _eses_ que hizo cuando cogi la primera _ptima_ de que la historia
tiene noticia. Lo que s se sabe es que un Moreno cas con una
Isla-Bonilla a principios del siglo, viniendo de aqu la Casa de giro
que del 19 al 35 estuvo en la subida de Santa Cruz junto a la iglesia, y
despus en la plazuela de Pontejos. Por la misma poca hallamos un
Moreno en la Magistratura, otro en la Armada, otro en el Ejrcito y otro
en la Iglesia. La Casa de banca no era ya _Moreno_ en 1870, sino
_Ruiz-Ochoa_ y _Compaa_, aunque uno de sus principales socios era don
Manuel Moreno-Isla. Tenemos diferentes estirpes del tronco remotsimo
de los Morenos. Hay los Moreno-Isla, los Moreno-Vallejo y los
Moreno-Rubio, o sea los Morenos ricos y los Morenos pobres, ya tan
distantes unos de otros que muchos ni se tratan ni se consideran afines.
Castita Moreno, aquella presumida amiga de Barbarita en la escuela de la
calle Imperial, haba nacido en los Morenos ricos y fue a parar, con los
vaivenes de la vida, a los Morenos pobres. Se cas con un farmacutico
de la interminable familia de los Samaniegos, que tambin tienen su
puesto aqu. Una joven perteneciente a los Morenos ricos cas con un
Pacheco, aristcrata segundn, hermano del duque de Gravelinas, y de
esta unin vino Guillermina Pacheco a quien conoceremos luego. Ved ahora
cmo una rama de los Morenos se mete entre el follaje de los
Gravelinas, donde ya se engancha tambin el ramojo de los Trujillos, el
cual vena ya trabado con los Arnaiz de Madrid y con los Bonillas de
Cdiz, formando una maraa cuyos hilos no es posible seguir con la
vista.

An hay ms. D. Pascual Muoz, dueo de un acreditadsimo
establecimiento de hierros en la calle de Tintoreros, progresista de
inmenso prestigio en los barrios del Sur, verdadera potencia electoral y
poltica en Madrid, cas con una Moreno de no s qu rama, emparentada
con Mendizbal y con Bonilla, de Cdiz. Su hijo, que despus fue marqus
de Casa-Muoz, cas con la hija de Albert, el que daba la cara en las
contratas de paos y lienzos con el Gobierno. Eulalia Moreno, hija
tambin del D. Pascual y hermana del actual marqus, se uni a D.
Cayetano Villuendas, rico propietario de casas, progresista rancio.
Dejamos sueltos estos cabos para tomarlos ms adelante.

Los Samaniegos, oriundos, como los Morenos, del pas de Mena tambin son
ciento y la madre. Ya sabemos que la hija segunda de Gumersindo Arnaiz,
hermana de Jacinta, cas con Pepe Samaniego, hijo de un droguista
arruinado de la Concepcin Jernima... Hay muchos Samaniegos en el
comercio menudo, y leyendo el instructivo libro de los rtulos de
tiendas, se encuentra la _Farmacia de Samaniego_ en la calle del Ave
Mara (cuyo dueo era el marido de Castita Moreno), y la _Carnicera de
Samaniego_ en la de las Maldonadas. Sin rtulo hay un Samaniego
prestamista y medio curial, otro cobrador del Banco, otro que tiene
tienda de sedas en la calle de Botoneras y, por fin, varios que son
horteras en diferentes tiendas. El Samaniego agente de Bolsa es primo de
estos.

La hija mayor de Gumersindo Arnaiz se cas con Ramn Villuendas, ya
viudo con dos hijos, clebre cambiante de la calle de Toledo, la casa de
Madrid que ms trabaja en el negocio de moneda. Un hermano de este cas
con la hija de la viuda de Aparisi, dueo de la camisera en que fue
dependiente Pepe Samaniego. El to de ambos, D. Cayetano Villuendas,
progresistn y riqusimo casero, era el esposo de Eulalia Muoz, y su
gran fortuna proceda del negocio de curtidos en una poca anterior a la
de Cspedes. Ya se at el cabo que quedara pendiente poco ha.

Ahora se nos presentan algunos ramos que parecen sueltos y no lo estn.
Pero quin podr descubrir su misterioso enlace con los revueltos y
cruzados vstagos de esta colosal enredadera? Quin puede indagar si
Dmaso Trujillo, el que puso en la Plaza Mayor la zapatera _Al ramo de
azucenas_, pertenece al genuino linaje de los Trujillos antes
mencionados? Cul ser el averiguador que se lance a poner en claro si
el dueo de _El Buen gusto_, un tenducho de mantas de la calle de la
Encomienda, es pariente indudable de los Villuendas ricos? Hay quien
dice que Pepe Moreno Vallejo, el cordelero de la Concepcin Jernima, es
primo hermano de D. Manuel Moreno-Isla, uno de los Morenos que atan
perros con longaniza; y se dice que un Arnaiz, empleado de poco sueldo,
es pariente de Barbarita. Hay un Muoz y Aparisi, tripicallero en las
inmediaciones del Rastro, que se supone primo segundo del marqus de
Casa-Muoz y de su hermana la viuda de Aparisi; y por fin, es preciso
hacer constar que un cierto Trujillo, jesuita, reclama un lugar en
nuestra enredadera, y tambin hay que drsele al Ilustrsimo Obispo de
Plasencia, fray Luis Moreno-Isla y Bonilla. Asimismo lleva en su rbol
el nombre de Trujillo, la mujer de Zalamero, subsecretario de
Gobernacin; pero su primer apellido es Ruiz Ochoa y es hija de la
distinguida persona que hoy est al frente de la banca de Moreno.

Barbarita no se trataba con todos los individuos que aparecen en esta
complicada enredadera. A muchos les esquivaba por hallarse demasiado
altos; a otros apenas les distingua por hallarse muy bajos. Sus
amistades verdaderas, como los parentescos reconocidos, no eran en gran
nmero, aunque s abarcaban un crculo muy extenso, en el cual se
entremezclaban todas las jerarquas. En un mismo da, al salir de paseo
o de compras, cambiaba saludos ms o menos afectuosos con la de Ruiz
Ochoa, con la generala Minio, con Adela Trujillo, con un Villuendas
rico, con un Villuendas pobre, con el pescadero pariente de Samaniego,
con la duquesa de Gravelinas, con un Moreno Vallejo magistrado, con un
Moreno Rubio mdico, con un Moreno Juregui sombrerero, con un Aparisi
cannigo, con varios horteras, con tan diversa gente, en fin, que otra
persona de menos tino habra trocado los nombres y tratamientos.

La mente ms segura no es capaz de seguir en su laberntico enredo las
direcciones de los vstagos de este colosal rbol de linajes
matritenses. Los hilos se cruzan, se pierden y reaparecen donde menos se
piensa. Al cabo de mil vueltas para arriba y otras tantas para abajo, se
juntan, se separan, y de su empalme o bifurcacin salen nuevos enlaces,
madejas y maraas nuevas. Cmo se tocan los extremos del inmenso ramaje
es curioso de ver; por ejemplo, cuando Pepito Trastamara, que lleva el
nombre de los bastardos de D. Alfonso XI, va a pedir dinero a Cndido
Samaniego, prestamista usurero, individuo de la _Sociedad protectora de
seoritos necesitados_.




--iii--


Los de Santa Cruz vivan en su casa propia de la calle de Pontejos,
dando frente a la plazuela del mismo nombre; finca comprada al difunto
Aparisi, uno de los socios de la Compaa de Filipinas. Ocupaban los
dueos el principal, que era inmenso, con doce balcones a la calle y
mucha comodidad interior. No lo cambiara Barbarita por ninguno de los
modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y estn adems abiertos
a los cuatro vientos. All tena nmero sobrado de habitaciones, todas
en un solo andar desde el saln a la cocina. Ni trocara tampoco su
barrio, aquel _rin de Madrid_ en que haba nacido, por ninguno de los
caseros flamantes que gozan fama de ms ventilados y alegres. Por ms
que dijeran, el barrio de Salamanca es _campo_... Tan apegada era la
buena seora al terruo de su arrabal nativo, que para ella no viva en
Madrid quien no oyera por las maanas el ruido cncavo de las cubas de
los aguadores en la fuente de Pontejos; quien no sintiera por maana y
tarde la batahola que arman los coches correos; quien no recibiera a
todas horas el hlito tenderil de la calle de Postas, y no escuchara por
Navidad los zambombazos y panderetazos de la plazuela de Santa Cruz;
quien no oyera las campanadas del reloj de la Casa de Correos tan claras
como si estuvieran dentro de la casa; quien no viera pasar a los
cobradores del Banco cargados de dinero y a los carteros salir en
procesin. Barbarita se haba acostumbrado a los ruidos de la vecindad,
cual si fueran amigos, y no poda vivir sin ellos.

La casa era tan grande, que los dos matrimonios vivan en ella
holgadamente y les sobraba espacio. Tenan un saln algo anticuado, con
tres balcones. Segua por la izquierda el gabinete de Barbarita, luego
otro aposento, despus la alcoba. A la derecha del saln estaba el
despacho de Juanito, as llamado no porque este tuviese nada que
despachar all, sino porque haba mesa con tintero y dos hermosas
libreras. Era una habitacin muy bien puesta y cmoda. El gabinetito de
Jacinta, inmediato a esta pieza, era la estancia ms bonita y elegante
de la casa y la nica tapizada con tela; todas las dems lo estaban con
colgadura de papel, de un arte dudoso, dominando los grises y trtola
con oro. Veanse en esta pieza algunas acuarelas muy lindas compradas
por Juanito, y dos o tres leos ligeros, todo selecto y de regulares
firmas, porque Santa Cruz tena buen gusto dentro del gusto vigente. Los
muebles eran de raso o de felpa y seda combinadas con arreglo a la moda,
siendo de notar que lo que all se vea no chocaba por original ni
tampoco por rutinario. Segua luego la alcoba del matrimonio joven, la
cual se distingua principalmente de la paterna en que en esta haba
lecho comn y los jvenes los tenan separados. Sus dos camas de
palosanto eran muy elegantes, con pabellones de seda azul. La de los
padres pareca un andamiaje de caoba con cabecera de morrin y columnas
como las de un sagrario de Jueves Santo. La alcoba _de los pollos_ se
comunicaba con habitaciones de servicio, y le seguan dos grandes piezas
que Jacinta destinaba a los nios... cuando Dios se los diera.
Hallbanse amuebladas con lo que iba sobrando de los aposentos que se
ponan de nuevo, y su aspecto era por dems heterogneo. Pero el arreglo
definitivo de estas habitaciones vacantes exista completo en la
imaginacin de Jacinta, quien ya tena previstos hasta los ltimos
detalles de todo lo que se haba de poner all cuando el caso llegara.

El comedor era interior, con tres ventanas al patio, su gran mesa y
aparadores de nogal llenos de finsima loza de China, la consabida
sillera de cuero claveteado, y en las paredes papel imitando roble,
listones claveteados tambin, y los bodegones al leo, no malos, con la
invariable raja de sanda, el conejo muerto y unas ruedas de merluza que
de tan bien pintadas pareca que olan mal. Asimismo era interior el
despacho de D. Baldomero.

Estaban abonados los de Santa Cruz a un land. Se les vea en los
paseos; pero su tren era de los que _no llaman la atencin_. Juan sola
tener por temporadas un faetn o un tlburi, que guiaba muy bien, y
tambin tena caballo de silla; mas le picaba tanto la comezn de la
variedad que a poco de montar un caballo, ya empezaba a encontrarle
defectos y quera venderlo para comprar otro. Los dos matrimonios se
daban buena vida; pero sin presumir, huyendo siempre de sealarse y de
que los peridicos les llamaran _anfitriones_. Coman bien; en su casa
haba muy poca etiqueta y cierto patriarcalismo, porque a veces se
sentaban a la mesa personas de clase humilde y otras muy decentes que
haban venido a menos. No tenan cocinero de estos de gorro blanco, sino
una cocinera antigua muy bien amaada, que poda medir sus talentos con
cualquier _jefe_; y la ayudaban dos _pinchas_, que ms bien eran
alumnas.

Todos los primeros de mes reciba Barbarita de su esposo mil duretes. D.
Baldomero disfrutaba una renta de veinticinco mil pesos, parte de
alquileres de sus casas, parte de acciones del Banco de Espaa y lo
dems de la participacin que conservaba en su antiguo almacn. Daba
adems a su hijo dos mil duros cada semestre para sus gastos
particulares, y en diferentes ocasiones le ofreci un pequeo capital
para que emprendiera negocios por s; pero al chico le iba bien con su
dorada indolencia y no quera quebraderos de cabeza. El resto de su
renta lo capitalizaba D. Baldomero, bien adquiriendo ms acciones cada
ao, bien amasando para hacerse con una casa ms. De aquellos mil duros
que la seora coga cada mes, daba al Delfn dos o tres mil reales, que
con esto y lo que del pap reciba estaba como en la gloria; y los diez
y siete mil reales restantes eran para el gasto diario de la casa y para
los de ambas damas, que all se las arreglaban muy bien en la
distribucin, sin que jams hubiese entre ellas el ms ligero pique por
un duro de ms o de menos. Del gobierno domstico cuidaban las dos, pero
ms particularmente la suegra, que mostraba ciertas tendencias al
despotismo ilustrado. La nuera tena el delicado talento de respetar
esto, y cuando vea que alguna disposicin suya era derogada por la
autcrata, mostrbase conforme. Barbarita era administradora general de
puertas adentro, y su marido mismo, despus que religiosamente le
entregaba el dinero, no tena que pensar en nada de la casa, como no
fuese en los viajes de verano. La seora lo pagaba todo, desde el
alquiler del coche a la peseta de _El Imparcial_, sin que necesitara
llevar cuentas para tan complicada distribucin, ni apuntar cifra
alguna. Era tan admirable su tino aritmtico, que ni una sola vez pas
ms all de la indecisa raya que tan fcilmente traspasan los ricos;
llegaba el fin de mes y siempre haba un _supervit_ con el cual
ayudaba a ciertas empresas caritativas de que se hablar ms adelante.
Jacinta gastaba siempre mucho menos de lo que su suegra le daba para
menudencias; no era aficionada a estrenar a menudo, ni a enriquecer a
las modistas. Los hbitos de economa adquiridos en su niez estaban tan
arraigados que, aunque nunca le falt dinero, traa a casa una costurera
para hacer trabajillos de ropa y arreglos de trajes que otras seoras
menos ricas suelen encargar fuera. Y por dicha suya, no tena que
calentarse la cabeza para discurrir el empleo de sus sobrantes, pues
all estaba su hermana Candelaria, que era pobre y se iba cargando de
familia. Sus hermanitas solteras tambin reciban de ella frecuentes
ddivas; ya los sombreritos de moda, ya el _fich_ o la manteleta, y
hasta vestidos completos acabados de venir de Pars.

El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea
de D. Baldomero quien no tena malditas ganas de or peras, pero quera
que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o despus
de acostados, todo lo que haba visto en el _Regio coliseo_. Result que
a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas acept con gozo para que
fuera Jacinta. Esta, a su vez, no tena verdaderamente muchas ganas de
teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanitas
solteras, porque las pobrecillas, si no fuera as, no lo cataran nunca.
Juan, que era muy aficionado a la msica, estaba abonado a diario, con
seis amigos, a un palco alto de proscenio.

Las de Santa Cruz no llamaban la atencin en el teatro, y si alguna
mirada caa sobre el palco era para las pollas colocadas en primer
trmino con simetra de escaparate. Barbarita sola ponerse en primera
fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo
ms que cosas de decoraciones y del argumento de la pera. Las dos
hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez, Jacinta casi
siempre; pero se diverta muy poco. Aquella mujer mimada por Dios, que
la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar ms sano, hermoso
y tranquilo de este valle de lgrimas, sola decir en tono quejumbroso
que _no tena gusto para nada_. La envidiada de todos, envidiaba a
cualquier mujer pobre y descalza que pasase por la calle con un mamn en
brazos liado en trapos. Se le iban los ojos tras de la infancia en
cualquier forma que se le presentara, ya fuesen los nios ricos,
vestidos de marineros y conducidos por la institutriz inglesa, ya los
mocosos pobres, envueltos en bayeta amarilla, sucios, con caspa en la
cabeza y en la mano un pedazo de pan lamido. No aspiraba ella a tener
uno solo, sino que quera verse rodeada de una _serie_, desde el pilln
de cinco aos, hablador y travieso, hasta el rorr de meses que no hace
ms que rer como un bobo, tragar leche y apretar los puos. Su
desconsuelo se manifestaba a cada instante, ya cuando encontraba una
bandada que iba al colegio, con sus pizarras al hombro y el lo de
libros llenos de mugre, ya cuando le sala al paso algn precoz mendigo
cubierto de andrajos, mostrando para excitar la compasin sus carnes sin
abrigo y los pies descalzos, llenos de sabaones. Pues como viera los
alumnos de la Escuela Pa, con su uniforme galonado y sus guantes, tan
limpios y bien puestos que parecan caballeros chiquitos, se los coma
con los ojos. Las nias vestidas de rosa o celeste que juegan a la rueda
en el Prado y que parecen flores vivas que se han cado de los rboles;
las pobrecitas que envuelven su cabeza en una toquilla agujereada; los
que hacen sus primeros pinitos en la puerta de una tienda agarrndose a
la pared; los que chupan el seno de sus madres mirando por el rabo del
ojo a la persona que se acerca a curiosear; los pilletes que enredan en
las calles o en el solar vaco arrojndose piedras y rompindose la ropa
para desesperacin de las madres; las nenas que en Carnaval se visten de
chulas y se contonean con la mano clavada en la cintura; las que piden
para la Cruz de Mayo; los talluditos que usan ya bastn y ganan premios
en los colegios, y los que en las funciones de teatro por la tarde
sueltan el grito en la escena ms interesante, distrayendo a los
actores y enfureciendo al pblico... todos, en una palabra, le
interesaban igualmente.




--iv--


Y de tal modo se iba enseoreando de su alma el afn de la maternidad,
que pronto empez a embotarse en ella la facultad de apreciar las
ventajas que disfrutaba. Estas llegaron a ser para ella invisibles, como
lo es para todos los seres el fundamental medio de nuestra vida, la
atmsfera. Pero qu haca Dios que no mandaba uno siquiera de los
chiquillos que en nmero infinito tiene por all? En qu estaba
pensando su Divina Majestad? Y Candelaria, que apenas tena con qu
vivir, uno cada ao!... Y que vinieran diciendo que hay equidad en el
Cielo... S; no est mala justicia la de arriba... s... ya lo estamos
viendo... De tanto pensar en esto, pareca en ocasiones monomaniaca, y
tena que apelar a su buen juicio para no dar a conocer el desatino de
su espritu, que casi casi iba tocando en la ridiculez. Y le ocurran
cosas tan raras...! Su pena tena las intermitencias ms extraas, y
despus de largos periodos de sosiego se presentaba impetuosa y aguda,
como un mal crnico que est siempre en acecho para acometer cuando
menos se le espera. A veces, una palabra insignificante que en la calle
o en su casa oyera o la vista de cualquier objeto le encendan de sbito
en la mente la llama de aquel tema, producindole opresiones en el pecho
y un sobresalto inexplicable.

Se distraa cuidando y mimando a los nios de sus hermanas, a los cuales
quera entraablemente; pero siempre haba entre ella y sus sobrinitos
una distancia que no poda llenar. No eran suyos, no los haba _tenido_
ella, no se los senta unidos a s por un hilo misterioso. Los
verdaderamente unidos no existan ms que en su pensamiento, y tena que
encender y avivar este, como una fragua, para forjarse las alegras
verdaderas de la maternidad. Una noche sali de la casa de Candelaria
para volverse a la suya poco antes de la hora de comer. Ella y su
hermana se haban puesto de puntas por una tontera, porque Jacinta
mimaba demasiado a Pepito, nene de tres aos, el primognito de
Samaniego. Le compraba juguetes caros, le pona en la mano, para que las
rompiera, las figuras de china de la sala y le permita comer mil
golosinas. Ah!, si fueras madre de verdad no haras esto.... --Pues
si no lo soy, mejor... A ti qu te importa?. --A m nada. Dispensa,
hija, qu genio!. --Si no me enfado....--Vaya, que ests
mimadita!.

Estas y otras tonteras no tenan consecuencias, y al cuarto de hora se
echaban a rer, y en paz. Pero aquella noche, al retirarse, senta la
Delfina ganas de llorar. Nunca se haba mostrado en su alma de un modo
tan imperioso el deseo de tener hijos. Su hermana la haba humillado, su
hermana se enfadaba de que quisiera tanto al sobrinito. Y aquello qu
era sino celos?... Pues cuando ella tuviera un chico, no permitira a
nadie ni siquiera mirarle... Recorri el espacio desde la calle de las
Hileras a la de Pontejos, extraordinariamente excitada, sin ver a nadie.
Llova un poco y ni siquiera se acord de abrir su paraguas. El gas de
los escaparates estaba ya encendido, pero Jacinta, que acostumbraba
pararse a ver las novedades, no se detuvo en ninguna parte. Al llegar a
la esquina de la plazuela de Pontejos y cuando iba a atravesar la calle
para entrar en el portal de su casa, que estaba enfrente, oy algo que
la detuvo. Corriole un fro cortante por todo el cuerpo; quedose parada,
el odo atento a un rumor que al parecer vena del suelo, de entre las
mismas piedras de la calle. Era un gemido, una voz de la naturaleza
animal pidiendo auxilio y defensa contra el abandono y la muerte. Y el
lamento era tan penetrante, tan afilado y agudo, que ms que voz de un
ser viviente pareca el sonido de la prima de un violn herida
tenuemente en lo ms alto de la escala. Sonaba de esta manera:
_miiii_... Jacinta miraba al suelo; porque sin duda el quejido aquel
vena de lo profundo de la tierra. En sus desconsoladas entraas lo
senta ella penetrar, traspasndole como una aguja el corazn.

Busca por aqu, busca por all, vio al fin junto a la acera por la parte
de la plaza una de esas hendiduras practicadas en el encintado, que se
llaman _absorbederos_ en el lenguaje municipal, y que sirven para dar
entrada en la alcantarilla al agua de las calles. De all, s, de all
venan aquellos lamentos que trastornaban el alma de la Delfina,
producindole un dolor, una efusin de piedad que a nada pueden
compararse. Todo lo que en ella exista de presuncin materna, toda la
ternura que los xtasis de madre soadora haban ido acumulando en su
alma se hicieron fuerza activa para responder al _miiiii_ subterrneo
con otro _miiii_ dicho a su manera.

A quin pedira socorro? Deogracias grit llamando al portero.
Felizmente, el portero estaba en la esquina de la calle de la Paz
hablando con un conductor del coche-correo, y al punto oy la voz de su
seorita. En cuatro trancos se puso a su lado.

Deogracias... eso... que ah suena... mira a ver... dijo la seorita
temblando y plida.

El portero prest atencin; despus se puso de cuatro pies, mirando a su
ama con semblante de marrullera y jovialidad.

Pues... esto... Ah!, son unos gatitos que han tirado a la
alcantarilla.

--Gatitos!... ests seguro... pero ests seguro de que son gatitos?

--S, seorita; y deben ser de la gata de la librera de ah enfrente,
que pari anoche y no los puede criar todos...

Jacinta se inclin para or mejor. El _miiii_ sonaba ya tan profundo que
apenas se perciba. Scalos dijo la dama con voz de autoridad
indiscutible.

Deogracias se volvi a poner en cuatro pies, se arremang el brazo y lo
meti por aquel hueco. Jacinta no poda advertir en su rostro la
expresin de incredulidad, casi de burla. Llova ms, y por el
absorbedero empezaba a entrar agua, chorreando dentro con un ruido de
freidera que apenas permita ya or el ahilado _miiii_. No obstante, la
Delfina lo oa siempre bien claro. El portero volvi hacia arriba, como
quien invoca al Cielo, su cara estpida, y dijo sonriendo:

Seorita, no se puede. Estn muy hondos... pero muy hondos.

--Y no se puede levantar esta baldosa?--indic ella, pisando fuerte en
ella.

--Esta baldosa?--repiti Deogracias, ponindose de pie y mirando a su
ama como se mira a la persona de cuya razn se duda--. Por poderse...
avisando al Ayuntamiento... El teniente alcalde Sr. Aparisi, es vecino
de casa... Pero...

Ambos aguzaban su odo. Ya no se oye nada --observ Deogracias,
ponindose ms estpido--. Se han ahogado....

No saba el muy bruto la pualada que daba a su ama con estas palabras.
Jacinta, sin embargo, crea or el gemido en lo profundo. Pero aquello
no poda continuar. Empez a ver la inmensa desproporcin que haba
entre la grandeza de su piedad y la pequeez del objeto a que la
consagraba. Arreci la lluvia, y el absorbedero deglutaba ya una onda
gruesa que haca gargarismos y bascas al chocar con las paredes de aquel
gaznate... Jacinta ech a correr hacia la casa y subi. Los nervios se
le pusieron tan alborotados y el corazn tan oprimido, que sus suegros y
su marido la creyeron enferma; y sufri toda la noche la molestia
indecible de or constantemente el _miiii_ del absorbedero. En verdad
que aquello era una tontera, quizs desorden nervioso; pero no lo poda
remediar. Ah! Si su suegra saba por Deogracias lo ocurrido en la calle
cunto se haba de burlar! Jacinta se avergonzaba de antemano,
ponindose colorada, slo de considerar que entraba Barbarita
dicindole con su maleante estilo: Pero hija, conque es cierto que
mandaste a Deogracias meterse en las alcantarillas para salvar unos
nios abandonados...?.

Slo a su marido, _bajo palabra de secreto_, cont el lance de los
gatitos. Jacinta no poda ocultarle nada, y tena un gusto particular en
hacerle confianza hasta de las ms vanas tonteras que por su cabeza
pasaban referentes a aquel tema de la maternidad. Y Juan, que tena
talento, era indulgente con estos desvaros del cario vacante o de la
maternidad sin hijo. Aventurbase ella a contarle cuanto le pasaba, y
muchas cosas que a la luz del da no osara decir, decalas en la
intimidad y soledad conyugales, porque all venan como de molde, porque
all se decan sin esfuerzo cual si se dijeran por s solas, porque, en
fin, los comentarios sobre la sucesin tenan como una base en la
renovacin de las probabilidades de ella.




--v--


Haca mal Barbarita, pero muy mal, en burlarse de la mana de su hija.
Como si ella no tuviera tambin su mana, y buena! Por cierto que
llevaba a Jacinta la gran ventaja de poder satisfacerse y dar realidad a
su pensamiento. Era una viciosa que se hartaba de los goces ansiados,
mientras que la nuera padeca horriblemente por no poseer nunca lo que
anhelaba. La satisfaccin del deseo _chiflaba_ a la una tanto como a la
otra la privacin del mismo.

Barbarita tena la _chifladura_ de las compras. Cultivaba el arte por el
arte, es decir, la compra por la compra. Adquira por el simple placer
de adquirir, y para ella no haba mayor gusto que hacer una excursin de
tiendas y entrar luego en la casa cargada de cosas que, aunque no
estaban dems, no eran de una necesidad absoluta. Pero no se sala nunca
del lmite que le marcaban sus medios de fortuna, y en esto precisamente
estaba su magistral arte de marchante rica.

El vicio aquel tena sus depravaciones, porque la seora de Santa Cruz
no slo iba a las tiendas de lujo, sino a los mercados, y recorra de
punta a punta los cajones de la plazuela de San Miguel, las polleras de
la calle de la Caza y los puestos de la ternera fina en la costanilla de
Santiago. Era tan conocida _doa Barbarita_ en aquella zona, que las
placeras se la disputaban y armaban entre s grandes ciscos por la
preferencia de una tan ilustre parroquiana.

Lo mismo en los mercados que en las tiendas tena un auxiliar
inestimable, un ojeador que tomaba aquellas cosas cual si en ello le
fuera la salvacin del alma. Este era Plcido Estupi. Como viva en
la Cava de San Miguel, desde que se levantaba, a la primera luz del da,
echaba una mirada de guila sobre los cajones de la plaza. Bajaba cuando
todava estaba la gente tomando la maana en las tabernas y en los cafs
ambulantes, y daba un vistazo a los puestos, enterndose del cariz del
mercado y de las cotizaciones. Despus, bien embozado en la paosa, se
iba a San Gins, a donde llegaba algunas veces antes de que el sacristn
abriera la puerta. Echaba un prrafo con las beatas que le haban cogido
la delantera, alguna de las cuales llevaba su chocolatera y cocinilla, y
haca su desayuno en el mismo prtico de la iglesia. Abierta esta, se
metan todos dentro con tanta prisa como si fueran a coger puesto en una
funcin de gran lleno, y empezaban las misas. Hasta la tercera o la
cuarta no llegaba Barbarita, y en cuanto la vea entrar, Estupi se
corra despacito hasta ella, deslizndose de banco en banco como una
sombra, y se le pona al lado. La seora rezaba en voz baja moviendo los
labios. Plcido tena que decirle muchas cosas, y entrecortaba su rezo
para irlas desembuchando.

Va a salir la de D. Germn en la capilla de los Dolores... Hoy reciben
congrio en la casa de Martnez; me han enseado los despachos de
Laredo... llena eres de gracia; el Seor es contigo... coliflor no hay,
porque no han venido los arrieros de Villaviciosa por estar perdidos los
caminos... Con estas malditas aguas...!, y bendito es el fruto de tu
vientre, Jess....

Pasaba tiempo a veces sin que ninguno de los dos chistara, ella a un
extremo del banco, l a cierta distancia, detrs, ora de rodillas, ora
sentados. Estupi se aburra algunas veces por ms que no lo declarase,
y le gustaba que alguna beata rezagada o beato sobn le preguntara por
la misa: Se alcanza esta?. Estupi responda que s o que no de la
manera ms corts, aadiendo siempre en el caso negativo algo que
consolara al interrogador: Pero est usted tranquilo; va a salir en
seguida la del padre Quesada, que es una plvora.... Lo que l quera
era ver si saltaba conversacin.

Despus de un gran rato de silencio, consagrado a las devociones,
Barbarita se volva a l dicindole con altanera impropia de aquel
santo lugar:

Vaya, que tu amigo el Sordo nos la ha jugado buena.

--Por qu, seora?

--Porque te dije que le encargaras medio solomillo, y sabes lo que me
mand?, un pedazo enorme de contrafalda o babilla y un trozo de
espaldilla, lleno de piltrafas y tendones... Vaya un modo de portarse
con los parroquianos. Nunca ms se le compra nada. La culpa la tienes
t... Ah tienes lo que son tus _protegidos_...

Dicho esto, Barbarita segua rezando y Plcido se pona a echar pestes
mentalmente contra el Sordo, un tablajero a quien l... No le protega;
era que _le haba recomendado_. Pero ya se las cantara l muy claras al
tal Sordo. Otras familias a quienes le recomendara, quejronse de que
les haba dado _tapa del cencerro_, es decir, pescuezo, que es la carne
peor, en vez de tapa verdadera. En estos tiempos tan desmoralizados no
se puede recomendar a nadie. Otras maanas iba con esta monserga: Cmo
est hoy el mercado de caza! Qu perdices, seora! Divinidades,
verdaderas divinidades.

--No ms perdiz. Hoy hemos de ver si Pantalen tiene buenos cabritos.
Tambin quisiera una buena lengua de vaca, _cargada_, y ver si hay
ternera fina.

--La hay tan fina, seora, que parece _talmente_ merluza.

--Bueno, pues que me manden un buen solomillo y chuletas rionadas. Ya
sabes; no vayas a descolgarte con las agujas cortas del otro da.
Conmigo no se juega.

--Descuide usted... Tiene la seora convidados maana?

--S; y de pescados qu hay?

--He _apalabrado_ el salmn por si viene maana... Lo que tenemos hoy es
peste de langosta.

Y concluidas las misas, se iban por la calle Mayor adelante en busca de
emociones puras, inocentes, logradas con la oficiosidad amable del uno y
el dinero copioso de la otra. No siempre se ocupaban de cosas de comer.
Repetidas veces llev Estupi cuentos como este:

Seora, seora, no deje de ver las cretonas que han recibido los
_chicos_ de Sobrino... Qu divinidad!.

Barbarita interrumpa un _Padrenuestro_ para decir, todava con la
expresin de la religiosidad en el rostro: Rameaditas?, s, y con
golpes de oro. Eso es lo que se estila ahora.

Y en el prtico, donde ya estaba Plcido esperndola, deca: Vamos a
casa de los _chicos_ de Sobrino.

Los cuales enseaban a Barbarita, a ms de las cretonas, unos satenes de
algodn floreados que eran la gran novedad del da; y a la viciosa le
faltaba tiempo para comprarle un vestido a su nuera, quien sola pasarlo
a alguna de sus hermanas.

Otra embajada: Seora, seora, esta ya no se alcanza; pero pronto va a
salir la del sobrino del seor cura, que es otro padre Fuguilla por lo
pronto que la despacha. Ya recibi Pla los quesitos aquellos... no
recuerdo cmo se llaman.

--Ahora y en la hora de nuestra muerte... s, ya... Si son como las
rosquillas inglesas que me hiciste comprar el otro da y que olan a
viejo...! Parecan de la boda de San Isidro.

A pesar de este regao, al salir iban a casa de Pla con nimo de no
comprar ms que dos libras de pasas de Corinto para hacer un pastel
ingls, y la seora se iba enredando, enredando, hasta dejarse en la
tienda obra de ochocientos o novecientos reales. Mientras Estupi
admiraba, de mostrador adentro, las grandes novedades de aquel Museo
universal de comestibles, dando su opinin pericial sobre todo, probando
ya una galleta de almendra y coco, que pareca _talmente_ mazapn de
Toledo, ya apreciando por el olor la superioridad del t o de las
especias, la dama se tomaba por su cuenta a uno de los dependientes, que
era un Samaniego, y... adis mi dinero. A cada instante deca Barbarita
que no ms, y tras de la coleccin de purs para sopas, iban las _perlas
del Nizn_, el _gluten de la estrella_, las salsas inglesas, el _caldo
de carne de tortuga de mar_, la docena de botellas de Saint-Emilion,
que tanto le gustaba a Juanito, el bote de _champignons extra_, que
agradaban a D. Baldomero, la lata de anchoas, las trufas y otras
menudencias. Del portamonedas de Barbarita, siempre bien provisto, sala
el importe, y como hubiera un pico en la suma, tombase la libertad de
suprimirlo _por pronto pago_.

--Ea, chicos, que lo mandis todo al momento _a casa_--deca con
despotismo Estupi al despedirse, sealando las compras.

--Vaya, quedaos con Dios--deca doa Barbarita, levantndose de la silla
a punto que apareca el principal por la puerta de la trastienda, y
saludaba con mil afectos a su parroquiana, quitndose la gorra de seda.

--Vamos pasando hijo... Ay, que _ladronicio_ el de esta casa!... No
vuelvo a entrar ms aqu... Abur, abur.

--_Hasta maana_, seora. A los pies de usted... Tantas cosas a D.
Baldomero... Plcido, Dios le guarde.

--Maestro... que haya salud. Ciertos artculos se compraban siempre al
por mayor, y si era posible de primera mano. Barbarita tena en la
mdula de los huesos la fibra de comerciante, y se pirraba por sacar el
gnero _arreglado_. Pero, cun distantes de la realidad habran quedado
estos intentos sin la ayuda del espejo de los corredores, Estupi el
Grande! Lo que aquel santo hombre andaba para encontrar huevos frescos
en gran cantidad...! Todos los polleros de la Cava le traan en
palmitas, y l se daba no poca importancia, dicindoles: o tenemos
formalidad o no tenemos formalidad. Examinemos el artculo, y despus se
discutir... calma, hombre, calma. Y all era el mirar huevo por huevo
al trasluz, el sopesarlos y el hacer mil comentarios sobre su probable
antigedad. Como alguno de aquellos tos le engaase, ya poda
encomendarse a Dios, porque llegaba Estupi como una fiera amenazndole
con el teniente alcalde, con la inspeccin municipal y hasta con la
horca.

Para el vino, Plcido se entenda con los vinateros de la Cava Baja, que
van a hacer sus compras a Arganda, Tarancn o a la Sagra, y se pona de
acuerdo con un medidor para que le tomase una partida de tantos o
cuantos cascos, y la remitiese por conducto de un carromatero ya
conocido. Ello haba de ser gnero de confianza, _talmente_ moro. El
chocolate era una de las cosas en que ms actividad y celo desplegaba
Plcido, porque en cuanto Barbarita le daba rdenes ya no viva el
hombre. Compraba el cacao superior, el azcar y la canela en casa de
Gallo, y lo llevaba todo a hombros de un mozo, sin perderlo de vista, a
la casa del que haca las tareas. Los de Santa Cruz no transigan con
los chocolates industriales, y el que tomaban haba de ser hecho a
brazo. Mientras el chocolatero trabajaba, Estupi se converta en
mosca, quiero decir que estaba todo el da dando vueltas alrededor de la
tarea para ver si se haca _a toda conciencia_, porque en estas cosas
hay que andar con mucho ojo.

Haba das de compras grandes y otros de menudencias; pero das sin
comprar no los hubo nunca. A falta de cosa mayor, la viciosa no entraba
nunca en su casa sin el par de guantes, el imperdible, los polvos para
limpiar metales, el paquete de horquillas o cualquier chuchera de los
bazares de _todo a real_. A su hijo le llevaba regalitos sin fin,
corbatas que no usaba, botonaduras que no se pona nunca. Jacinta
reciba con gozo lo que su suegra llevaba para ella, y lo iba
trasmitiendo a sus hermanas solteras y casadas, menos ciertas cosas cuyo
traspaso no le permitan. Por la ropa blanca y por la mantelera tena
la seora de Santa Cruz verdadera pasin. De la tienda de su hermano
traa piezas enteras de holanda finsima, de batistas y madapolanes. D.
Baldomero II y D. Juan I tenan ropa para un siglo.

A entrambos les surta de cigarros la propia Barbarita. El primero
fumaba puros, el segundo papel. Estupi se encargaba de traer estos
peligrosos artculos de la casa de un truchimn que los venda de
_ocultis_, y cuando atravesaba las calles de Madrid con las cajas debajo
de su capa verde, el corazn le palpitaba de gozo, considerando la
trastada que le jugaba a la Hacienda pblica y recordando sus hermosos
tiempos juveniles. Pero en los liberalescos aos de 71 y 72 ya era otra
cosa... La polica fiscal no se meta en muchos dibujos. El temerario
contrabandista, no obstante, hubiera deseado tener un mal encuentro para
probar al mundo entero que era hombre capaz de arruinar la _Renta_ si se
lo propona. Barbarita examinaba las cajas y sus marcas, las regateaba,
ola el tabaco, escoga lo que le pareca mejor y pagaba muy bien.
Siempre tena D. Baldomero un surtido tan variado como excelente, y el
buen seor conservaba, entre ciertos hbitos tenaces del antiguo
hortera, el de reservar los cigarros mejores para los domingos.




-VII-

Guillermina, virgen y fundadora




--i--


De cuantas personas entraban en aquella casa, la ms agasajada por toda
la familia de Santa Cruz era Guillermina Pacheco, que viva en la
inmediata, ta de Moreno Isla y prima de Ruiz-Ochoa, los dos socios
principales de la antigua banca de Moreno. Los miradores de las dos
casas estaban tan prximos, que por ellos se comunicaba doa Brbara con
su amiga, y un toquecito en los cristales era suficiente para establecer
la correspondencia.

Guillermina entraba en aquella casa como en la suya, sin etiqueta ni
cumplimiento alguno. Ya tena su lugar fijo en el gabinete de Barbarita,
una silla baja; y lo mismo era sentarse que empezar a hacer media o a
coser. Llevaba siempre consigo un gran lo o cesto de labor, calbase
los anteojos, coga las herramientas, y ya no paraba en toda la noche.
Hubiera o no en las otras habitaciones gente de cumplido, ella no se
mova de all ni tena que ver con nadie. Los amigos asiduos de la casa,
como el marqus de Casa-Muoz, Aparisi o Federico Ruiz, la miraban ya
como se mira lo que est siempre en un mismo sitio y no puede estar en
otro. Los de fuera y los de dentro trataban con respeto, casi con
veneracin, a la ilustre seora, que era como una figurita de
nacimiento, menuda y agraciada, la cabellera con bastantes canas, aunque
no tantas como la de Barbarita, las mejillas sonrosadas, la boca
risuea, el habla tranquila y graciosa, y el vestido humildsimo.

Algunos das iba a comer all, es decir, a sentarse a la mesa. Tomaba un
poco de sopa, y en lo dems no haca ms que picar. D. Baldomero sola
enfadarse y le deca: Hija de mi alma, cuando quieras hacer penitencia
no vengas a mi casa. Observo que no pruebas aquello que ms te gusta. No
me vengas a m con cuentos. Yo tengo buena memoria. Te o decir muchas
veces en casa de mi padre que te gustaban las codornices, y ahora las
tienes aqu y no las pruebas. Que no tienes gana!... Para esto siempre
hay gana. Y veo que no tocas el pan... Vamos, Guillermina, que perdemos
las amistades....

Barbarita, que conoca bien a su amiga, no machacaba como D. Baldomero,
dejndola comer lo que quisiese o no comer nada. Si por acaso estaba en
la mesa el gordo Arnaiz, se permita algunas cuchufletas de buen gnero
sobre aquellos antiqusimos estilos de santidad, consistentes en no
comer. Lo que entra por la boca no daa al alma. Lo ha dicho San
Francisco de Sales nada menos. La de Pacheco, que tena buenas
despachaderas, no se quedaba callada, y responda con donaire a todas
las bromas sin enojarse nunca. Concluida la comida, se diseminaban los
comensales, unos a tomar caf al despacho y a jugar al tresillo, otros a
formar grupos ms o menos animados y chismosos, y Guillermina a su
sillita baja y al teje maneje de las agujas. Jacinta se le pona al lado
y tomaba muy a menudo parte en aquellas tareas, tan simpticas a su
corazn. Guillermina haca camisolas, calzones y chambritas para sus
ciento y pico de hijos de ambos sexos.

Lo referente a esta insigne dama lo sabe mejor que nadie Zalamero, que
est casado con una de las chicas de Ruiz-Ochoa. Nos ha prometido
escribir la biografa de su excelsa pariente cuando se muera, y
entretanto no tiene reparo en dar cuantos datos se le pidan, ni en
rectificar a ciencia cierta las versiones que el criterio vulgar ha
hecho correr sobre las causas que determinaron en Guillermina, hace
veinticinco aos, la pasin de la beneficencia. Alguien ha dicho que
amores desgraciados la empujaron a la devocin primero, a la caridad
propagandista y militante despus. Mas Zalamero asegura que esta opinin
es tan tonta como falsa. Guillermina, que fue bonita y aun un poquillo
presumida, no tuvo nunca amores, y si los tuvo no se sabe absolutamente
nada de ellos. Es un secreto guardado con sepulcral reserva en su
corazn. Lo que la familia admite es que la muerte de su madre la
impresion tan vivamente, que hubo de proponerse, como el otro, _no
servir a ms seores que se le pudieran morir_. No naci aquella sin
igual mujer para la vida contemplativa. Era un temperamento soador,
activo y emprendedor; un espritu con ideas propias y con iniciativas
varoniles. No se le haca cuesta arriba la disciplina en el terreno
espiritual; pero en el material s, por lo cual no pens nunca en
afiliarse a ninguna de las rdenes religiosas ms o menos severas que
hay en el orbe catlico. No se reconoca con bastante paciencia para
encerrarse y estar todo el santo da bostezando el _gori gori_, ni para
ser soldado en los valientes escuadrones de Hermanas de la Caridad. La
llama vivsima que en su pecho arda no le inspiraba la sumisin pasiva,
sino actividades iniciadoras que deban desarrollarse en la libertad.
Tena un carcter inflexible y un tesoro de dotes de mando y de
facultades de organizacin que ya quisieran para s algunos de los
hombres que dirigen los destinos del mundo. Era mujer que cuando se
propona algo iba a su fin derecha como una bala, con perseverancia
grandiosa sin torcerse nunca ni desmayar un momento, inflexible y
serena. Si en este camino recto encontraba espinas, las pisaba y
adelante, con los pies ensangrentados.

Empez por unirse a unas cuantas seoras nobles amigas suyas que haban
establecido asociaciones para socorros domiciliarios, y al poco tiempo
Guillermina sobrepuj a sus compaeras. Estas lo hacan por vanidad, a
veces de mala gana; aquella trabajaba con ardiente energa, y en esto se
le fue la mitad de su legtima. A los dos aos de vivir as, se la vio
renunciar por completo a vestirse y ataviarse como manda la moda que se
ataven las seoras. Adopt el traje liso de merino negro, el manto,
paoln oscuro cuando haca fro, y unos zapatones de pao holgados y
feos. Tal haba de ser su empaque en todo el resto de sus das.

La asociacin benfica a que perteneca no se acomodaba al nimo
emprendedor de Guillermina, pues quera ella picar ms alto, intentando
cosas verdaderamente difciles y tenidas por imposibles. Sus talentos de
fundadora se revelaron entonces, asustando a todo aquel seoro que no
saba salir de ciertas rutinas. Algunas amigas suyas aseguraron que
estaba loca, porque demencia era pensar en la fundacin de un asilo
para huerfanitos, y mayor locura dotarle de recursos permanentes. Pero
la infatigable iniciadora no desmayaba, y el asilo _fue hecho_,
sostenindose en los tres primeros aos de su difcil existencia con
parte de la renta que le quedaba a Guillermina y con los donativos de
sus parientes ricos. Pero de pronto la institucin empez a crecer; se
hinchaba y cunda como las miserias humanas, y sus necesidades suban en
proporciones aterradoras. La dama pignor los restos de su legtima;
despus tuvo que venderlos. Gracias a sus parientes, no se vio en el
trance fatal de tener que mandar a la calle a los asilados a que
pidieran limosna para s y para la fundadora. Y al propio tiempo
reparta peridicamente cuantiosas limosnas entre la gente pobre de los
distritos de la Inclusa y Hospital; vesta muchos nios, daba ropa a los
viejos, medicinas a los enfermos, alimentos y socorros diversos a todos.
Para no suspender estos auxilios y seguir sosteniendo el asilo era
forzoso buscar nuevos recursos. Dnde y cmo? Ya las amistades y
parentescos estaban tan explotados, que si se tiraba un poco ms de la
cuerda, era fcil que se rompiera. Los ms generosos empezaban a poner
mala cara, y los cicateros, cuando se les iba a cobrar la cuota, decan
que no estaban en casa.

Lleg un da --dijo Guillermina, suspendiendo su labor, para contar el
caso a varios amigos de Barbarita--, en que las cosas se pusieron muy
feas. Amaneci aquel da, y los veintitrs pequeuelos de Dios que yo
haba recogido y que estaban en una casucha baja y hmeda de la calle de
Zarzal, aposentados como conejos, no tenan qu comer. Tirando de aqu y
de all, podan pasar aquel da; pero y el siguiente? Yo no tena ya ni
dinero ni quien me lo diera. Deba no s cuntas fanegas de judas, doce
docenas de alpargatas, tantsimas arrobas de aceite; no me quedaba que
empear o que vender ms que el rosario. Los primos, que me sacaban de
tantos apuros, ya haban hecho los imposibles... Me daba vergenza de
volver a pedirles. Mi sobrino Manolo, que sola ser mi pao de lgrimas,
estaba en Londres. Y suponiendo que mi primo Valeriano me tapase mis
veintitrs bocas (y la ma veinticuatro) por unos cuantos das, cmo me
arreglara despus? Nada, nada, era indispensable araar la tierra y
buscar cuartos de otra manera y por otros medios.

El da aquel fue da de pruebas para m. Era un viernes de Dolores, y
las siete espadas, seores mos, estaban clavadas aqu... Me pasaban
como unos rayos por la frente. Una idea era lo que yo necesitaba, y ms
que una idea, valor, s, valor para lanzarme... De repente not que
aquel valor tan deseado entraba en m, pero un valor tremendo, como el
de los soldados cuando se arrojan sobre los caones enemigos... Trinqu
la mantilla y me ech a la calle. Ya estaba decidida, y no crean, alegre
como unas Pascuas, porque saba lo que tena que hacer. Hasta entonces
yo haba pedido a los amigos; desde aquel momento pedira a todo bicho
viviente, ira de puerta en puerta con la mano as... Del primer tirn
me plant en casa de una duquesa extranjera, a quien no haba visto en
mi vida. Recibiome con cierto recelo; me tom por una trapisondista;
pero a m, qu me importaba? Diome la limosna y, en seguida, para
alentarme y apurar el cliz de una vez, estuve dos das sin parar
subiendo escaleras y tirando de las campanillas. Una familia me
recomendaba a otra, y no quiero decir a ustedes las humillaciones, los
portazos y los desaires que recib. Pero el dichoso man iba cayendo a
gotitas a gotitas... Al poco tiempo vi que el negocio iba mejor de lo
que yo esperaba. Algunos me reciban casi con palio; pero la mayor parte
se quedaban fros, mascullando excusas y buscando pretextos para no
darme un cntimo. 'Ya ve usted, hay tantas atenciones... no se cobra...
el Gobierno se lo lleva todo con las contribuciones...'. Yo les
tranquilizaba. 'Un _perro chico_, un _perro chico_ es lo que me hace
falta'. Y aqu me daban el _perro_, all el duro, en otra parte el
billetito de cinco o de diez... o nada. Pero yo tan campante. Ah!,
seores, este oficio tiene muchas quiebras. Un da sub a un cuarto
segundo, que me haba recomendado no s quin. La tal recomendacin fue
una broma estpida. Pues seor, llamo, entro, y me salen tres o cuatro
tarascas... Ay, Dios mo, eran mujeres de mala vida!... Yo, que veo
aquello... lo primero que me ocurri fue echar a correr. 'Pero no--me
dije--, no me voy. Veremos si les saco algo'. Hija, me llenaron de
injurias, y una de ellas se fue hacia dentro y volvi con una escoba
para pegarme. Qu creen ustedes que hice? Acobardarme? Quia. Me met
ms adentro y les dije cuatro frescas... pero bien dichas... bonito
genio tengo yo...! Pues creern ustedes que les saqu dinero! Psmense,
psmense... la ms desvergonzada, la que me sali con la escoba fue a
los dos das a mi casa a llevarme un napolen.

Bueno... pues vern ustedes. La costumbre de pedir me ha ido dando esta
bendita cara de vaqueta que tengo ahora. Conmigo no valen desaires ni s
ya lo que son sonrojos. He perdido la vergenza. Mi piel no sabe ya lo
que es ruborizarse, ni mis odos se escandalizan por una palabra ms o
menos fina. Ya me pueden llamar _perra juda_; lo mismo que si me
llamaran _la perla de Oriente_; todo me suena igual... No veo ms que mi
objeto, y me voy derechita a l sin hacer caso de nada. Esto me da
tantos nimos que me atrevo con todo. Lo mismo le pido al Rey que al
ltimo de los obreros. Oigan ustedes este golpe: Un da dije: 'Voy a
ver a D. Amadeo'. Pido mi audiencia, llego, entro, me recibe muy serio.
Yo imperturbable, le habl de mi asilo y le dije que esperaba algn
auxilio de su real munificencia. 'Un asilo de ancianos?'--me pregunt.
'No seor, de nios'. --'Son muchos?'. Y no dijo ms. Me miraba con
afabilidad. Qu hombre!, qu bocaza! Mand que me dieran seis mil
_gueals_... Luego vi a doa Mara Victoria, qu excelente seora!
Hzome sentar a su lado; tratbame como su igual; tuve que darle mil
noticias del asilo, explicarle todo... Quera saber lo que comen los
pequeos, qu ropa les pongo... En fin, que nos hicimos amigas...
Empeada en que fuera yo all todos los das... A la semana siguiente me
mand montones de ropa, piezas de tela y suscribi a sus nios por una
cantidad mensual.

Con que ya ven ustedes cmo as, a lo tonto a lo tonto, ha venido sobre
mi asilo el pan de cada da. La suscripcin fija creci tanto que al ao
pude tomar la casa de la calle de Alburquerque, que tiene un gran patio
y mucho desahogo. He puesto una zapatera para que los muchachos
grandecitos trabajen, y dos escuelas para que aprendan. El ao pasado
eran sesenta y ya llegan a ciento diez. Se pasan apuros; pero vamos
viviendo. Un da andamos mal y al otro llueven provisiones. Cuando veo
la despensa vaca, _me echo a la calle_, como dicen los revolucionarios,
y por la noche ya llevo a casa la libreta para tantas bocas. Y hay das
en que no les falta su extraordinario, qu crean ustedes? Hoy les he
dado un arroz con leche, que no lo comen mejor los que me oyen. Veremos
si al fin me salgo con la ma, que es un grano de ans, nada menos que
levantarles un edificio de nueva planta, un verdadero palacio con la
holgura y la distribucin convenientes, todo muy propio, con
departamento de esto, departamento de lo otro, de modo que me quepan
all doscientos o trescientos hurfanos, y puedan vivir bien y educarse
y ser buenos cristianos.




--ii<sc/>-


Un edificio _ad hoc_ dijo con incredulidad el marqus de Casa-Muoz,
que era uno de los presentes.

--_Ad... hoc_, s seor--replic Guillermina, acentuando las dos
palabras latinas--. Pues est usted adelantado de noticias. No sabe que
tengo el terreno y los planos, y que ya me estn haciendo el vaciado?
Sabe usted el sitio? Ms abajo del que ocupan las _Micaelas_, esas que
recogen y corrigen las mujeres prdidas. El arquitecto y los delineantes
me trabajan gratis. Ahora no pido slo dinero, sino ladrillo recocho y
pintn. Con que a ver...

--Tiene usted ya la memoria de cantera?

--pregunt con vivo inters Aparisi, que era hombre fuerte en negocio de
berroquea.

--S, seor. Me quiere usted dar algo?

--Le doy a usted--dijo Aparisi, acompaando su generosidad de un gesto
imperial--, la friolera de sesenta metros cbicos de piedra sillar que
tengo en la Guindalera.

--A cmo? --pregunt Guillermina, mirndole con los ojos guiados y
apuntndole con la aguja de media.

--A nada... La piedra es de usted. --Gracias, Dios se lo pague. Y el
marqus, qu me da?

--Pues yo... Quiere usted dos vigas de hierro de doble T que me
sobraron de la casa de la Carrera?

--Pues no las he de querer? Yo lo tomo todo, hasta una llave vieja,
para cuando se acabe el edificio. Saben ustedes lo que me llev ayer a
casa? Cuatro azulejos de cocina, un grifo y tres paquetitos de argollas.
Todo sirve, amigos. Si en algn tejar me dan cuatro ladrillos, los
acepto y a la obra con ellos. Ven ustedes cmo hacen los pjaros sus
nidos? Pues yo construir mi palacio de hurfanos cogiendo aqu una
pajita y all otra. Ya se lo he dicho a Brbara, no ha de tirar ni un
clavo, aunque est torcido, ni una tabla, aunque est rota. Los sellos
de correo se venden, las cajas de cerillas tambin... Con qu creen
ustedes que he comprado yo el gran lavabo que tenemos en el asilo? Pues
juntando cabos de vela y vendindolos al peso. El otro da me ofrecieron
una petaca de cuero de Rusia. Para qu le sirve eso? dirn estos
seores. Pues me sirvi para hacer un regalo a uno de los delineantes
que trabajan en el proyecto... Ven ustedes a este marqus de
Casa-Muoz, que me est oyendo y me ha ofrecido dos vigas de doble T?
Bueno: cunto apuestan a que le saco algo ms? Pues qu, creen ustedes
que el seor marqus tiene sus grandes yeseras de Vallecas para ver
estos apuros mos y no acudir a ellos?

--Guillermina--dijo Casa-Muoz algo conmovido--, cuente usted con
doscientos quintales, y del blanco, que es a nueve reales.

--Qu dije yo? Bueno. Y este seor de Ruiz qu har por m?

--Hija de mi alma, yo no tengo ni un clavo ni una astilla, pero le juro
a usted por mi salvacin que un domingo me salgo por las afueras y robo
una teja para llevrsela a usted... robar dos, tres, una docena de
tejas... Y hay ms. Si quiere usted mis dos comedias, mis folletos
sobre la _Unin ibrica_ y sobre la _Organizacin de los bomberos en
Suiza_, mi obra de los _Castillos_, todo est a su disposicin. Diez
ejemplares de cada cosa para que hagan lotes en una _tmbola_.

--Lo ven ustedes? Cae el man, cae. Si en estas cosas no hay ms que
ponerse a ello... Mi amigo Baldomero tambin dar algo.

--Las campanas--dijo el insigne comerciante--, y si me apuran, el
pararrayos y las veletas. Quiero concluir el edificio, ya que el amigo
Aparisi lo quiere empezar.

--La primera piedra no hay quien me la quite--expres Aparisi con toda
la hinchazn de su amor propio.

--Algo ms daremos, verdad Baldomero?--apunt Barbarita--, por ejemplo,
toda la capilla, con su rgano, altares, imgenes...

--Todo lo que t quieras, hija. Y eso que las _Micaelas_ nos han llevado
un pico. Les hemos hecho casi la mitad del edificio. Pero ahora le toca
a Guillermina. Ya sabe ella dnde estamos.

El grupo que rodeaba a la fundadora se fue disolviendo. Algunos,
creyendo sin duda que lo que all se trataba ms era broma que otra
cosa, se fueron al saln a hablar _seriamente_ de poltica y negocios.
D. Baldomero, que deseaba echar aquella noche una partida de mus, el
juego clsico y tradicional de los comerciantes de Madrid, esper a que
entrase Pepe Samaniego, que era maestro consumado, para armar la
partida. Durante un largo rato no se oa en el saln ms que _envido a
la chica... envido a los pares... rdago_.

Las tres seoras estuvieron un momento solas, hablando de aquel proyecto
de Guillermina, que segua cose que te cose, ayudada por Jacinta. Haca
algn tiempo que a esta se le haba despertado vivo entusiasmo por las
empresas de la Pacheco, y a ms de reservarle todo el dinero que poda,
se picaba los dedos cosiendo para ella durante largas horas. Es que
senta un cierto consuelo en confeccionar ropas de nio y en suponer que
aquellas mangas iban a abrigar bracitos desnudos. Ya haba hecho dos
visitas al asilo de la calle de Alburquerque y acompaado una vez a
Guillermina en sus excursiones a las miserables zahrdas donde viven los
pobres de la Inclusa y Hospital.

Haba que orla cuando volvi a aquella su primera visita a los barrios
del Sur. Qu desigualdades!--deca, desflorando sin saberlo el
problema social--. Unos tanto y otros tan poco. Falta equilibrio y el
mundo parece que se cae. Todo se arreglara si los que tienen mucho
dieran lo que les sobra a los que no poseen nada. Pero qu cosa
sobra?... Vaya usted a saber. Guillermina aseguraba que se necesita
mucha fe para no acobardarse ante los espectculos que la miseria
ofrece. Porque se encuentran almas buenas, s--deca--; pero tambin
mucha ingratitud. La falta de educacin es para el pobre una desventaja
mayor que la pobreza. Luego la propia miseria les ataca el corazn a
muchos y se lo corrompe. A m me han insultado; me han arrojado puados
de estircol y tronchos de berza; me han llamado _ta bruja_....

A Barbarita le daba aquella noche por hablar de arquitectura y no perda
ripio. Entr a la sazn Moreno Isla, y le recibieron con exclamaciones
de alegra. Llamole la seora y le dijo: Tiene usted cascote?.

Las tres se rean viendo la sorpresa y confusin de Moreno, que era una
excelente persona, como de cuarenta y cinco aos, clibe y riqusimo, de
aficiones tan inglesas que se pasaba en Londres la mayor parte del ao;
alto, delgado y de muy mal color porque estaba muy delicado de salud.

Que si tengo cascote. Es para usted?.

--Usted conteste y no sea como los gallegos, que cuando se les hace una
pregunta hacen otra. Puesto que est usted de derribo, tiene cascote,
s o no?

--S que lo tengo... y pedernal magnfico. A sesenta reales el carro,
todo lo que usted quiera. El cascote a ocho reales... Ah, tonto de m!
Ya s de qu se trata. La santurrona les est embaucando con las
fantasmagoras del asilo que va a edificar... Cuidado, mucho cuidado con
los timos. Antes de que ponga la primera piedra, nos llevar a todos a
San Bernardino.

--Cllate, que ya saben todos lo avariento que eres. Si no te pido nada,
rooso, cicatero.

Gurdate tus carros de pedernal, que ya te los pondrn en la balanza el
da del gran saldo final, ya sabes, cuando suenen las trompetas
aquellas, s, y entonces, cuando veas que la balanza se te cae del lado
de la avaricia, dirs: Seor, qutame estos carros de piedra y cascote
que me hunden en el Infierno, y todos diremos: no, no, no... chenle
carga, que es muy malo.

--Con poner en el otro platillo los perros grandes y chicos que me has
sacado, me salvo--djole Moreno riendo y manosendole la cara.

--No me hagas carantoas, sobrinillo. Si crees que eso te vale, gran
miserable, usurero, recocho en dinero--repiti Guillermina con tono y
sonrisa de chanza benvola--. Qu hombres estos! Todava quieres ms, y
ests derribando una manzana de casas viejas para hacer casas
domingueras y sacarles las entraas a los pobres.

--No hagan ustedes caso de esta _rata eclesistica_--indic Moreno,
sentndose entre Barbarita y Jacinta--. Me est arruinando. Voy a tener
que irme a un pueblo porque no me deja vivir. Es que no me puedo
descuidar. Estoy en casa vistindome... siento un susurro, algo as como
paso de ladrones; miro, veo un bulto, doy un grito... Es ella, la rata
que ha entrado y se va escurriendo por entre los muebles. Nada; por
pronto que acudo, ya mi querida ta me ha registrado la ropa que est en
el perchero y se ha llevado todo lo que haba en el bolsillo del
chaleco.

La fundadora, atacada de una hilaridad convulsiva, se rea con toda su
alma.

--Pero ven ac, pillo--dijo secndose las lgrimas que la risa haba
hecho brotar de sus ojos--, si contigo no valen buenos medios. Anda,
hijo, el que te roba a ti..., ya sabes el refrn... el que te roba a ti
se va al Cielo derecho.

--A donde vas t a ir es al _Modelo_...

--Cllate la boca, bobn, y no me denuncies, que te traer peor
cuenta...

No sigui este dilogo, que prometa dar mucho juego, porque del saln
llamaron a Moreno con enrgica insistencia. Oase desde el gabinete
rumor de un hablar vivo, y la mezclada agitacin de varias voces, entre
las cuales se distinguan claramente las de Juan, Villalonga y Zalamero,
que acababan de entrar.

Moreno fue all, y Guillermina, que an no haba acabado de rer, deca
a sus amigas.

Es un angeln... No tenis idea de la pasta celestial de que est
formado el corazn de este hombre.

Barbarita no tena sosiego hasta no enterarse del por qu de aquel
tumulto que en el saln haba. Fue a ver y volvi con el cuento:

Hijas, que el rey se marcha.

--Qu dices, mujer!

--Que D. Amadeo, cansado de bregar con esta gente, tira la corona por la
ventana y dice: Vayan ustedes a marcar al Demonio.

--Todo sea por Dios! --exclam Guillermina dando un suspiro y volviendo
imperturbable a su trabajo.

Jacinta pas al saln, ms que por enterarse de las noticias, por ver a
su marido que aquel da no haba comido en casa.

Oye--le dijo en secreto Guillermina, detenindola, y ambas se miraban
con picarda;--con veinte duros que le sonsaques hay bastante.




--iii--


En Bolsa no se supo nada. Yo lo supe en el Bolsn a las diez--dijo
Villalonga--. Fui al Casino a llevar la noticia. Cuando volv al Bolsn,
se estaba haciendo el consolidado a 20.

--Lo hemos de ver a 10, seores --dijo el marqus de Casa-Muoz en tono
de Hamlet.

--El Banco a 175...! --exclam D. Baldomero pasndose la mano por la
cabeza, y arrojando hacia el suelo una mirada fnebre.

--Perdone usted, amigo --rectific Moreno Isla--. Est a 172, y si usted
quiere comprarme las mas a 170, ahora mismo las largo. No quiero ms
papel de la querida patria. Maana me vuelvo a Londres.

--S--dijo Aparisi poniendo semblante proftico--; porque la que se va a
armar ahora aqu, ser de rdago.

--Seores, no seamos impresionables--indic el marqus de Casa-Muoz,
que gustaba de dominar las situaciones con mirada alta--. Ese buen seor
se ha cansado; no era para menos; ha dicho: ah queda eso. Yo en su
caso habra hecho lo mismo. Tendremos algn trastorno; habr su poco de
Repblica; pero ya saben ustedes que las naciones no mueren...

--El golpe viene de fuera --manifest Aparisi--. Esto lo vea yo venir.
Francia...

--No _involucremos_ las cuestiones, seores --dijo Casa-Muoz poniendo
una cara muy parlamentaria--. Y si he de hablar ingenuamente, dir a
ustedes que a m no me asusta la Repblica, lo que me asusta es el
republicanismo.

Mir a todos para ver qu tal haba cado esta frase. No poda dudarse
de que el murmullo aquel con que fue acogida era laudatorio.

Seor Marqus --declar Aparisi picado de rivalidad--, el pueblo
espaol es un pueblo digno... que en los momentos de peligro, sabe
ponerse....

--Y qu tiene que ver una cosa con otra?...--salt el marqus incmodo,
anonadando a su contrario con una mirada--. No _involucre_ usted las
cuestiones.

Aparisi, propietario y concejal de oficio, era un hombre que se preciaba
de _poner los puntos sobre las es_; pero con el marqus de Casa-Muoz
no le vala su suficiencia, porque este no toleraba imposiciones y era
capaz de poner puntos sobre las haches. Haba entre los dos una
rivalidad tcita, que se manifestaba en la emulacin para lanzar
observaciones sintticas sobre todas las cosas. Una mirada de profunda
antipata era lo nico que a veces dejaba entrever el pugilato
espiritual de aquellos dos atletas del pensamiento. Villalonga, que era
observador muy picaresco, aseguraba haber descubierto entre Aparisi y
Casa-Muoz un antagonismo o competencia en la emisin de palabras
escogidas. Se desafiaban a cul hablaba ms por lo fino, y si el marqus
daba muchas vueltas al _involucrar_, al _ad hoc_, al _sui generis_ y
otros trminos latinos, en seguida se vea al otro poniendo en prensa el
cerebro para obtener frases tan selectas como _la concatenacin de las
ideas_. A veces pareca triunfante Aparisi, diciendo que tal o cual cosa
era el _bello ideal_ de los pueblos; pero Casa-Muoz tomaba arranque y
diciendo _el desidertum_, haca polvo a su contrario.

Cuenta Villalonga que hace aos hablaba Casa-Muoz disparatadamente, y
sostiene y jura haberle odo decir, cuando an no era marqus, que las
_puertas estaban hermticamente_ _ abiertas_; pero esto no ha llegado a
comprobarse. Dejando a un lado las bromas, conviene decir que era el
marqus persona apreciabilsima, muy corriente, muy afable en su trato,
excelente para su familia y amigos. Tena la misma edad que D.
Baldomero; mas no llevaba tan bien los aos. Su dentadura era artificial
y sus patillas teidas tenan un viso carminoso, contrastando con la
cabeza sin pintar. Aparisi era mucho ms joven, hombre que presuma de
pie pequeo y de manos bonitas, la cara arrebolada, el bigote castao
cayendo a lo chino, los ojos grandes, y en la cabeza una de esas calvas
que son para sus poseedores un diploma de talento. Lo ms caracterstico
en el concejal perpetuo era la expresin de su rostro, semejante a la de
una persona que est oliendo algo muy desagradable, lo que provena de
cierta contraccin de los msculos nasales y del labio superior. Por lo
dems, buena persona, que no deba nada a nadie. Haba tenido almacn de
maderas, y se contaba que en cierta poca les puso los puntos sobre las
es a los pinares de Balsain. Era hombre sin instruccin, y... lo que
pasa... por lo mismo que no la tena gustaba de aparentarla. Cuenta el
tunante de Villalonga que hace aos usaba Aparisi el _e pur si muove_
de Galileo; pero el pobrecito no le daba la interpretacin verdadera, y
crea que aquel clebre dicho significaba _por si acaso_.

As, se le oy decir ms de una vez: Parece que no llover; pero sacar
el paraguas _e pur si muove_.

Jacinta trinc a su marido por el brazo y le llev un poquito aparte:

Y qu, _nene_, hay barricadas?.

--No, hija, no hay nada. Tranquilzate.

--No volvers a salir esta noche?... Mira que me asustar mucho si
sales.

--Pues no saldr... Qu... qu buscas?

Jacinta, riendo, deslizaba su mano por el forro de la levita, buscando
el bolsillo del pecho.

--Ay!, yo iba a ver si te sacaba la cartera sin que me sintieses...

--Vaya con la descuidera... --Quia!, si no s... Esto quien lo hace
bien es Guillermina, que le saca a Manolo Moreno las pesetas del
bolsillo del chaleco sin que l lo sienta... A ver...

Jacinta, duea ya de la cartera, la abri.

--Te enfadaras si te quito este billete de veinte duros? Te hace
falta?

--No por cierto. Toma lo que quieras.

--Es para Guillermina. Mam le dio dos, y le falta un pico para poder
pagar maana el trimestre del alquiler del asilo.

Contestole el Delfn apretndole con mucha efusin las dos manos y
arrugando el billete que estaba en ellas.

En cuanto Guillermina pesc lo que le faltaba para completar su
cantidad, dej la costura y se puso el manto. Despidindose brevemente
de las dos seoras, atraves el saln a prisa.

A esa, a esa! --grit Moreno--, sin duda se lleva algo. Caballeros,
vean ustedes si les falta el reloj. Brbara, que debajo de la mantilla
de _la rata eclesistica_ veo un bulto... No haba aqu candeleros de
plata?.

En medio de la jovial algazara que estas bromas producan, sali
Guillermina, esparciendo sobre todos una sonrisa inefable que pareca
una bendicin.

En seguida, cebronse todos con furia en el tema suculento de la partida
del Rey, y cada cual expona sus opiniones con nfulas de profeca, como
si en su vida hubieran hecho otra cosa que vaticinar acertando.
Villalonga estaba ya viendo a D. Carlos entrar en Madrid, y el marqus
de Casa-Muoz hablaba de

_las exageraciones liberticidas_ de la demagogia roja y de la demagogia
blanca como si las estuviera mirando pintadas en la pared de enfrente;
el ex-subsecretario de Gobernacin, Zalamero, lea clarito en el
porvenir el nombre del Rey Alfonso, y el concejal deca que _el
alfonsismo estaba an en la nebulosa de lo desconocido_. El mismo
Aparisi y Federico Ruiz profetizaron luego en una sola cuerda... Qu
demonio! Ellos no se asustaban de la Repblica. Como si lo vieran... no
iba a pasar nada. Es que aqu somos muy impresionables, y por cualquier
contratiempo nos parece que se nos cae el Cielo encima. Yo les aseguro
a ustedes --deca Aparisi, puesta la mano sobre el pecho--, que no
pasar nada, pero nada. Aqu no se tiene idea de lo que es el pueblo
espaol... Yo respondo de l, me atrevo a responder con la cabeza,
vaya.... Moreno no vaticinaba; no haca ms que decir: Por si vienen
mal dadas, me voy maana para Londres. Aquel ricacho soltero alardeaba
de carecer en absoluto del sentimiento de la patria, y estaba tan
extranjerizado que nada espaol le pareca bueno. Los autores dramticos
lo mismo que las comidas, los ferrocarriles lo mismo que las industrias
menudas, todo le pareca de una inferioridad lamentable. Sola decir que
aqu los tenderos no saben envolver en un papel una libra de cualquier
cosa. Compra usted algo, y despus que le miden mal y le cobran caro,
el envoltorio de papel que le dan a usted se le deshace por el camino.
No hay que darle vueltas; somos una raza inhbil hasta no poder ms.

Don Baldomero deca con acento de tristeza una cosa muy sensata: Si D.
Juan Prim viviera...!. Juan y Samaniego se apartaron del corrillo y
charlaban con Jacinta y doa Brbara, tratando de quitarles el miedo. No
habra tiros, ni jarana... no sera preciso hacer provisiones... Ah!
Barbarita soaba ya con hacer provisiones. A la maana siguiente, si no
haba barricadas, ella y Estupi se ocuparan de eso.

Poco a poco fueron desfilando. Eran las doce. Aparisi y Casa-Muoz se
fueron al Bolsn a saber noticias, no sin que antes de partir dieran una
nueva muestra de su rivalidad. El concejal de oficio estaba tan
excitado, que la contraccin de su hocico se acentuaba, como si el olor
aquel imaginario fuera el de la aza ftida. Zalamero, que iba a
Gobernacin, quiso llevarse al Delfn; pero este, a quien su mujer tena
cogido del brazo, se neg a salir... Mi mujer no me deja.

--Mi tocaya--dijo Villalonga--, se est volviendo muy
anticonstitucional.

Por fin se quedaron solos los de casa. Don Baldomero y Barbarita besaron
a sus hijos y se fueron a acostar. Esto mismo hicieron Jacinta y su
marido.




-VIII-

Escenas de la vida ntima




--i--


A poco de acostarse not Jacinta que su marido dorma profundamente.
Observbale desvelada, tendiendo una mirada tenaz de cama a cama. Crey
que hablaba en sueos... pero no; era simplemente quejido sin
articulacin que acostumbraba a lanzar cuando dorma, quiz por causa de
una mala postura. Los pensamientos polticos nacidos de las
conversaciones de aquella noche, huyeron pronto de la mente de Jacinta.
Qu le importaba a ella que hubiese Repblica o Monarqua, ni que D.
Amadeo se fuera o se quedase? Ms le importaba la conducta de aquel
ingrato que a su lado dorma tan tranquilo. Porque no tena duda de que
Juan andaba algo distrado, y esto no lo podan notar sus padres por la
sencilla razn de que no le vean nunca tan cerca como su mujer. El
prfido guardaba tan bien las apariencias, que nada haca ni deca _en
familia_ que no revelara una conducta regular y correctsima. Trataba a
su mujer con un cario tal, que... vamos, se le tomara por enamorado.
Slo all, de aquella puerta para adentro, se descubran las trastadas;
slo ella, fundndose en datos negativos, poda destruir la aureola que
el pblico y la familia ponan al glorioso Delfn. Deca su mam que era
el marido modelo. Valiente pillo! Y la esposa no poda contestar a su
suegra cuando le vena con aquellas historias... Con qu cara le dira:
Pues no hay tal modelo, no seora, no hay tal modelo, y cuando yo lo
digo, bien sabido me lo tendr.

Pensando en esto, pas Jacinta parte de aquella noche, atando cabos,
como ella deca, para ver si de los hechos aislados lograba sacar alguna
afirmacin. Estos hechos, valga la verdad, no arrojaban mucha luz que
digamos sobre lo que se quera demostrar. Tal da y a tal hora Juan
haba salido bruscamente, despus de estar un rato muy pensativo, pero
muy pensativo. Tal da y a tal hora Juan haba recibido una carta, que
le haba puesto de mal humor. Por ms que ella hizo, no la haba podido
encontrar. Tal da y a tal hora, yendo ella y Barbarita por la calle de
Preciados, se encontraron a Juan que vena deprisa y muy abstrado. Al
verlas, quedose algo cortado; pero saba dominarse pronto. Ninguno de
estos datos probaba nada; pero no caba duda: su marido se la estaba
pegando.

De vez en cuando estas cavilaciones cesaban, porque Juan saba
arreglarse de modo que su mujer no llegase a cargarse de razn para
estar descontenta. Como la herida a que se pone blsamo fresco, la pena
de Jacinta se calmaba. Pero los das y las noches, sin saber cmo,
traanla lentamente otra vez a la misma situacin penosa. Y era muy
particular; estaba tan tranquila, sin pensar en semejante cosa, y por
cualquier incidente, por una palabra sin inters o referencia trivial,
le asaltaba la idea como un dardo arrojado de lejos por desconocida mano
y que vena a clavrsele en el cerebro. Era Jacinta observadora,
prudente y sagaz. Los ms insignificantes gestos de su esposo, las
inflexiones de su voz, todo lo observaba con disimulo, sonriendo cuando
ms atenta estaba, escondiendo con mil zalameras su vigilancia, como
los naturalistas esconden y disimulan el lente con que examinan el
trabajo de las abejas. Saba hacer preguntas capciosas, verdaderas
trampas cubiertas de follaje. Pero bueno era el otro para dejarse
coger!

Y para todo tena el ingenioso culpable palabras bonitas: La luna de
miel perpetua es un contrasentido, es... hasta ridcula. El entusiasmo
es un estado infantil impropio de personas normales. El marido piensa en
sus negocios, la mujer en las cosas de su casa, y uno y otro se tratan
ms como amigos que como amantes. Hasta las palomas, hija ma, hasta las
palomas cuando pasan de cierta edad, se hacen carios as... de una
manera sesuda. Jacinta se rea con esto; pero no admita tales
componendas. Lo ms gracioso era que l se las echaba de hombre ocupado.
Valiente truhn! Si no tena absolutamente nada que hacer ms que
pasear y divertirse...! Su padre haba trabajado toda la vida como un
negro para asegurar la holgazanera dichosa del prncipe de la casa...
En fin, fuese lo que fuese, Jacinta se propona no abandonar jams su
actitud de humildad y discrecin. Crea firmemente que Juan no dara
nunca escndalos, y no habiendo escndalo, las cosas iran pasando as.
No hay existencia sin gusanillo, un parsito interior que la roe y a sus
expensas vive, y ella tena dos: los apartamientos de su marido y el
desconsuelo de no ser madre. Llevara ambas penas con paciencia, con tal
que no saltara algo ms fuerte.

Por respeto a s misma, nunca haba hablado de esto a nadie, ni al mismo
Delfn. Pero una noche estaba este tan comunicativo, tan bromista, tan
pilln, que a Jacinta se le llen la boca de sinceridad, y palabra tras
palabra, dio salida a todo lo que pensaba. T me ests engaando, y no
es de ahora, es de hace tiempo. Si creers que soy tonta... El tonto
eres t.

La primera contestacin de Santa Cruz fue romper a rer. Su mujer le
tapaba la boca para que no alborotase. Despus el muy tunante empez a
razonar sus explicaciones, revistindolas de formas seductoras. Pero
qu huecas le parecieron a Jacinta, que en las dialcticas del corazn
era ms maestra que l por saber amar de veras! Y a ella le toc rer
despus y desmenuzar tan livianos argumentos... El sueo, un sueo dulce
y mutuo les cogi, y se durmieron felices... Y ved lo que son las cosas,
Juan se enmend, o al menos pareci enmendarse.

Tena Santa Cruz en altsimo grado las triquiuelas del artista de la
vida, que sabe disponer las cosas del mejor modo posible para
sistematizar y refinar sus dichas. Sacaba partido de todo, distribuyendo
los goces y ajustndolos a esas misteriosas mareas del humano apetito
que, cuando se acentan, significan una organizacin viciosa. En el
fondo de la naturaleza humana hay tambin, como en la superficie social,
una sucesin de modas, periodos en que es de rigor cambiar de apetitos.
Juan tena temporadas. En pocas peridicas y casi fijas se hastiaba de
sus correras, y entonces su mujer, tan mona y cariosa, le ilusionaba
como si fuera la mujer de otro. As lo muy antiguo y conocido se
convierte en nuevo. Un texto desdeado de puro sabido vuelve a interesar
cuando la memoria principia a perderle y la curiosidad se estimula.
Ayudaba a esto el tiernsimo amor que Jacinta le tena, pues all s que
no haba farsa, ni vil inters ni estudio. Era, pues, para el Delfn
una dicha verdadera y casi nueva volver a su puerto despus de mil
borrascas. Pareca que se restauraba con un cario tan puro, tan leal y
tan suyo, pues nadie en el mundo poda disputrselo.

En honor de la verdad, se ha de decir que Santa Cruz amaba a su mujer.
Ni aun en los das que ms viva estaba la marea de la infidelidad, dej
de haber para Jacinta un hueco de preferencia en aquel corazn que tena
tantos rincones y callejuelas. Ni la variedad de aficiones y caprichos
exclua un sentimiento inamovible hacia su compaera por la ley y la
religin. Conociendo perfectamente su valer moral, admiraba en ella las
virtudes que l no tena y que segn su criterio, tampoco le hacan
mucha falta. Por esta ltima razn no incurra en la humildad de
confesarse indigno de tal joya, pues su amor propio iba siempre por
delante de todo, y tenase por merecedor de cuantos bienes disfrutaba o
pudiera disfrutar en este bajo mundo. Vicioso y discreto, sibarita y
hombre de talento, aspirando a la erudicin de todos los goces y con
bastante buen gusto para espiritualizar las cosas materiales, no poda
contentarse con gustar la belleza comprada o conquistada, la gracia, el
donaire, la extravagancia; quera gustar tambin la virtud, no
precisamente vencida, que deja de serlo, sino la pura, que en su pureza
misma tena para l su picante.




--ii--


Por lo dicho se habr comprendido que el Delfn era un hombre
enteramente desocupado. Cuando se cas, hzole proposiciones don
Baldomero para que tomase algunos miles y negociara con ellos, ya
jugando a la Bolsa, ya en otra especulacin cualquiera. Acept el joven,
mas no le satisfizo el ensayo, y renunci en absoluto a meterse en
negocios que traen muchas incertidumbres y desvelos. D. Baldomero no
haba podido sustraerse a esa preocupacin tan espaola de que los
padres trabajen para que los hijos descansen y gocen. Recrebase aquel
buen seor en la ociosidad de su hijo como un artesano se recrea en su
obra, y ms la admira cuanto ms doloridas y fatigadas se le quedan las
manos con que la ha hecho.

Conviene decir tambin que el joven aquel no era derrochador. Gastaba,
s, pero con pulso y medida, y sus placeres dejaban de serlo cuando
empezaban a exigirle algo de disipacin. En tales casos era cuando la
virtud le mostraba su rostro apacible y seductor. Tena cierto respeto
ingnito al bolsillo, y si poda comprar una cosa con dos pesetas, no
era l seguramente quien daba tres. En todas las ocasiones, el
desprenderse de una cantidad fuerte le costaba siempre algn trabajo, al
contrario de los dadivosos que cuando dan parece que se les quita un
peso de encima. Y como conoca tan bien el valor de la moneda, saba
emplearla en la adquisicin de sus goces de una manera prudente y casi
mercantil. Ninguno saba como l _sacar el jugo_ a un billete de cinco
duros o de veinte. De la cantidad con que cualquier manirroto se
proporciona un placer, Juanito Santa Cruz sacaba siempre dos.

A fuer de hbil financiero, saba pasar por generoso cuando el caso lo
exiga. Jams hizo locuras, y si alguna vez sus apetitos le llevaron a
ciertas pendientes, supo agarrarse a tiempo para evitar un resbaln. Una
de las ms puras satisfacciones de los seores de Santa Cruz era saber a
ciencia cierta que su hijo no tena trampas, como la mayora de los
hijos de familia en estos depravados tiempos.

Algo le habra gustado a D. Baldomero que el Delfn diera a conocer sus
eximios talentos en la poltica. Oh!, si l se lanzara, seguramente
descollara. Pero Barbarita le desanimaba. La poltica, la poltica!
Pues no estamos viendo lo que es? Una comedia. Todo se vuelve
habladuras y no hacer nada de provecho.... Lo que haca cavilar algo a
D. Baldomero II era que su hijo no tuviese la firmeza de ideas que l
tena, pues l pensaba el 73 lo mismo que haba pensado el 45; es decir,
que debe haber mucha libertad y mucho palo, que la libertad hace muy
buenas migas con la religin, y que conviene perseguir y escarmentar a
todos los que van a la poltica a hacer chanchullos.

Porque Juan era la inconsecuencia misma. En los tiempos de Prim,
manifestose entusiasta por la candidatura del duque de Montpensier. Es
el hombre que conviene, desengaaos, un hombre que lleva al dedillo las
cuentas de su casa, un modelo de padre de familia. Vino D. Amadeo, y el
Delfn se hizo tan republicano que daba miedo orle. La Monarqua es
imposible; hay que convencerse de ello. Dicen que el pas no est
preparado para la Repblica; pues que lo preparen. Es como si se
pretendiera que un hombre supiera nadar sin decidirse a entrar en el
agua. No hay ms remedio que pasar algn mal trago... La desgracia
ensea... y si no, vean esa Francia, esa prosperidad, esa inteligencia,
ese patriotismo... esa manera de pagar los cinco mil millones.... Pues
seor, vino el 11 de Febrero y al principio le pareci a Juan que todo
iba a qu quieres boca. Es admirable. La Europa est atnita. Digan lo
que quieran, el pueblo espaol tiene un gran sentido. Pero a los dos
meses, las ideas pesimistas haban ganado ya por completo su nimo.
Esto es una pillera, esto es una vergenza. Cada pas tiene el
Gobierno que merece, y aqu no puede gobernar ms que un hombre que est
siempre con una estaca en la mano. Por gradaciones lentas, Juanito
lleg a defender con calor la idea alfonsina. Por Dios, hijo--deca D.
Baldomero con inocencia--, si eso no puede ser y sacaba a relucir los
_jamases_ de Prim. Ponase Barbarita de parte del desterrado prncipe, y
como el sentimiento tiene tanta parte en la suerte de los pueblos, todas
las mujeres apoyaban al prncipe y le defendan con argumentos sacados
del corazn. Jacinta dejaba muy atrs a las ms entusiastas por D.
Alfonso. Es un nio!... Y no daba ms razn.

Tenase a s mismo el heredero de Santa Cruz por una gran persona.
Estaba satisfecho, cual si se hubiera creado y visto que era bueno.
Porque yo--deca esforzndose en aliar la verdad con la modestia--, no
soy de lo peorcito de la humanidad. Reconozco que hay seres superiores a
m, por ejemplo, mi mujer; pero cuntos hay inferiores, cuntos!. Sus
atractivos fsicos eran realmente grandes, y l mismo lo declaraba en
sus soliloquios ntimos: Qu guapo soy! Bien dice mi mujer que no hay
otro ms salado. La pobrecilla me quiere con delirio... y yo a ella lo
mismo, como es justo. Tengo la gran figura, visto bien, y en modales y
en trato me parece... que somos algo. En la casa no haba ms opinin
que la suya; era el orculo de la familia y les cautivaba a todos no
slo por lo mucho que le queran y mimaban, sino por el sortilegio de su
imaginacin, por aquella bendita labia suya y su manera de insinuarse.
La ms subyugada era Jacinta, quien no se hubiera atrevido a sostener
delante de la familia que lo blanco es blanco, si su querido esposo
sostena que es negro. Ambale con verdadera pasin, no teniendo poca
parte en este sentimiento la buena facha de l y sus relumbrones
intelectuales. Respecto a las perfecciones morales que toda la familia
declaraba en Juan, Jacinta tena sus dudas. Vaya si las tena. Pero
vindose sola en aquel terreno de la incertidumbre, llenbase de
tristeza y deca: Me estar quejando de vicio? Ser yo, como
aseguran, la ms feliz de las mujeres, y no habr cado en ello?.

Con estas consideraciones azotaba y mortificaba su inquietud para
aplacarla como los penitentes vapulean la carne para reducirla a la
obediencia del espritu. Con lo que no se conformaba era con no tener
chiquillos, porque todo se puede ir conllevando --deca--, menos eso.
Si yo tuviera un nio, me entretendra mucho con l, y no pensara en
ciertas cosas. De tanto cavilar en esto, su mente padeca alucinaciones
y desvaros. Algunas noches, en el primer periodo del sueo, senta
sobre su seno un contacto caliente y una boca que la chupaba. Los
lengetazos la despertaban sobresaltada, y con la tristsima impresin
de que todo aquello era mentira, lanzaba un ay!, y su marido le deca
desde la otra cama: Qu es eso, nenita?... pesadilla?.--S, hijo,
un sueo muy malo. Pero no quera decir la verdad por temor de que Juan
lo tomara a risa.

Los pasillos de su gran casa le parecan lgubres, slo porque no sonaba
en ellos el estrpito de las pataditas infantiles. Las habitaciones
inservibles destinadas a la chiquillera, _cuando la hubiera_,
infundanle tal tristeza, que los das en que se senta muy tocada de la
mana, no pasaba por ellas. Cuando por las noches vea entrar de la
calle a D. Baldomero, tan bondadoso y jovial, siempre con su cara de
Pascua, vestido de finsimo pao negro y tan limpio y sonrosado, no
poda menos de pensar en los nietos que aquel seor deba tener para que
hubiera lgica en el mundo, y deca para s: Qu abuelito se estn
perdiendo!.

Una noche fue al teatro Real de muy mala gana. Haba estado todo el da
y la noche anterior en casa de Candelaria que tena enferma a la nia
pequea. Mal humorada y soolienta, deseaba que la pera se acabase
pronto; pero desgraciadamente la obra, como de Wagner, era muy larga,
msica excelente segn Juan y todas las personas de gusto, pero que a
ella no le haca maldita gracia. No lo entenda, vamos. Para ella no
haba ms msica que la italiana, mientras ms clarita y ms de
organillo mejor. Puso su muestrario en primera fila, y se coloc en la
ltima silla de atrs. Las tres pollas, Barbarita II, Isabel y Andrea,
estaban muy gozosas, sintindose flechadas por mozalbetes del paraso y
de palcos por asiento. Tambin de butacas vena algn anteojazo bueno.
Doa Brbara no estaba. Al llegar al cuarto acto, Jacinta sinti
aburrimiento. Miraba mucho al palco de su marido y no le vea. En dnde
estaba? Pensando en esto, hizo una cortesa de respeto al gran Wagner,
inclinando suavemente la graciosa cabeza sobre el pecho. Lo ltimo que
oy fue un trozo descriptivo en que la orquesta haca un rumor semejante
al de las trompetillas con que los mosquitos divierten al hombre en las
noches de verano. Al arrullo de esta msica, cay la dama en sueo
profundsimo, uno de esos sueos intensos y breves en que el cerebro
finge la realidad como un relieve y un histrionismo admirables. La
impresin que estos letargos dejan suele ser ms honda que la que nos
queda de muchos fenmenos externos y apreciados por los sentidos.
Hallbase Jacinta en un sitio que era su casa y no era su casa... Todo
estaba forrado de un satn blanco con flores que el da anterior haba
visto ella y Barbarita en casa de Sobrino... Estaba sentada en un _puff_
y por las rodillas se le suba un muchacho lindsimo, que primero le
coga la cara, despus le meta la mano en el pecho. Quita, quita...
eso es caca... qu asco!... cosa fea, es para el gato.... Pero el
muchacho no se daba a partido. No tena ms que la camisa de finsima
holanda, y sus carnes finas resbalaban sobre la seda de la bata de su
mam. Era una bata color _azul gendarme_ que semanas antes haba
regalado a su hermana Candelaria... No, no, eso no... quita...
caca.... Y l insistiendo siempre, pesadito, monsimo. Quera
desabotonar la bata, y meter mano. Despus dio cabezadas contra el seno.
Viendo que nada consegua, se puso serio, tan extraordinariamente serio
que pareca un hombre. La miraba con sus ojazos vivos y hmedos,
expresando en ellos y en la boca todo el desconsuelo que en la humanidad
cabe. Adn, echado del paraso, no mirara de otro modo el bien que
perda. Jacinta quera rerse; pero no poda porque el pequeo le
clavaba su inflamado mirar en el alma. Pasaba mucho tiempo as, el
nio-hombre mirando a su madre, y derritiendo lentamente la entereza de
ella con el rayo de sus ojos. Jacinta senta que se le desgajaba algo en
sus entraas. Sin saber lo que haca solt un botn... Luego otro. Pero
la cara del chico no perda su seriedad. La madre se alarmaba y... fuera
el tercer botn... Nada, la cara y la mirada del nene siempre adustas,
con una gravedad hermosa, que iba siendo terrible... El cuarto botn,
el quinto, todos los botones salieron de los ojales haciendo gemir la
tela. Perdi la cuenta de los botones que soltaba. Fueron ciento, puede
que mil... Ni por esas... La cara iba tomando una inmovilidad
sospechosa. Jacinta, al fin, meti la mano en su seno, sac lo que el
muchacho deseaba, y le mir segura de que se desenojara cuando viera
una cosa tan rica y tan bonita... Nada; cogi entonces la cabeza del
muchacho, la atrajo a s, y que quieras que no le meti en la boca...
Pero la boca era insensible, y los labios no se movan. Toda la cara
pareca de una estatua. El contacto que Jacinta sinti en parte tan
delicada de su epidermis, era el roce espeluznante del yeso, roce de
superficie spera y polvorosa. El estremecimiento que aquel contacto le
produjo dejola por un rato atnita, despus abri los ojos, y se hizo
cargo de que estaban all sus hermanas; vio los cortinones pintados de
la boca del teatro, la apretada concurrencia de los costados del
paraso. Tard un rato en darse cuenta de dnde estaba y de los
disparates que haba soado, y se ech mano al pecho con un movimiento
de pudor y miedo. Oy la orquesta, que segua imitando a los mosquitos,
y al mirar al palco de su marido, vio a Federico Ruiz, el gran melmano,
con la cabeza echada hacia atrs, la boca entreabierta, oyendo y
gustando con fruicin inmensa la deliciosa msica de los violines con
sordina. Pareca que le caa dentro de la boca un hilo del clarificado
ms fino y dulce que se pudiera imaginar. Estaba el hombre en un puro
xtasis. Otros melmanos furiosos vio la dama en el palco; pero ya haba
concluido el cuarto acto y Juan no pareca.




--iii--


Si todo lo que les pasa a las personas superiores mereciera una
efemride, es fcil que en una hoja de calendario americano,
correspondiente a Diciembre del 73, se encontrara este parrafito: Da
_tantos_: fuerte catarro de Juanito Santa Cruz. La imposibilidad de
salir de casa le pone de un humor de doscientos mil diablos. Estaba
sentado junto a la chimenea, envuelto de la cintura abajo en una manta
que pareca la piel de un tigre, gorro calado hasta las orejas, en la
mano un peridico, en la silla inmediata tres, cuatro, muchos
peridicos. Jacinta le daba bromas por su forzada esclavitud, y l,
hallando distraccin en aquellas guasitas, hizo como que le pegaba, la
cogi por un brazo, le atenaz la barba con los dedos, le sacudi la
cabeza, despus le dio bofetadas, terribles bofetadas, y luego
muchsimos porrazos en diferentes partes del cuerpo, y grandes pinchazos
o estocadas con el dedo ndice muy tieso. Despus de bien cosida a
pualadas, le cort la cabeza segndole el pescuezo, y como si an no
fuera bastante sevicia, la acribill con cruelsimas e inhumanas
cosquillas, acompaando sus golpes de estas feroces palabras: Qu
_guasoncita_ se me ha vuelto mi nena!... Voy yo a ensear a mi payasa a
dar bromitas, y le voy a dar una solfa buena para que no le queden ganas
de....

Jacinta se desbarataba de risa, y el Delfn hablando con un poco de
seriedad, prosigui: Bien sabes que no soy callejero... A fe que te
puedes quejar. Maridos conozco que cuando ponen el pie en la calle, del
tirn se estn tres das sin parecer por la casa. Estos podran tomarme
a m por modelo.

--Mariquita date tono--replic Jacinta secndose las lgrimas que la
risa y las cosquillas le haban hecho derramar--. Ya s que hay otros
peores; pero no pongo yo mi mano en el fuego porque seas el nmero uno.

Juan mene la cabeza en seal de amenaza. Jacinta se puso lejos de su
alcance, por si se repetan las brbaras cosquillas.

Es que t exiges demasiado dijo el marido, deplorando que su mujer no
le tuviese por el ms perfecto de los seres creados.

Jacinta hizo un mohn gracioso con fruncimiento de cejas y labios, el
cual quera decir: No me quiero meter en discusiones contigo, porque
saldra con las manos en la cabeza. Y era verdad, porque el Delfn
haca las prestidigitaciones del razonamiento con muchsima habilidad.

Bueno--indic ella--. Dejmonos de tonteras. Qu quieres almorzar?.

--Eso mismo vena yo a saber --dijo doa Brbara apareciendo en la
puerta--. Almorzars lo que quieras; pero pongo en tu conocimiento, para
tu gobierno, que he trado unas calandrias riqusimas. _Divinidades_,
como dice Estupi.

--Triganme lo que quieran, que tengo ms hambre que un maestro de
escuela.

Cuando salieron las dos damas, Santa Cruz pens un ratito en su mujer,
formulando un panegrico mental. Qu ngel! Todava no haba acabado l
de cometer una falta, y ya estaba ella perdonndosela. En los das
precursores del catarro, hallbase mi hombre en una de aquellas etapas o
mareas de su inconstante naturaleza, las cuales, alejndole de las
aventuras, le aproximaban a su mujer. Las personas ms hechas a la vida
ilegal sienten en ocasiones vivo anhelo de ponerse bajo la ley por poco
tiempo. La ley las tienta como puede tentar el capricho. Cuando Juan se
hallaba en esta situacin, llegaba hasta desear permanecer en ella; an
ms, llegaba a creer que seguira. Y la Delfina estaba contenta. Otra
vez ganado--pensaba--. Si la buena durara!... si yo pudiera ganarle de
una vez para siempre y derrotar en toda la lnea a las
_cantonales_...!.

Don Baldomero entr a ver a su hijo antes de pasar al comedor. Qu es
eso, chico? Lo que yo digo: no te abrigas. Qu cosas tenis t y
Villalonga! Pararse a hablar a las diez de la noche en la esquina del
Ministerio de la Gobernacin, que es otra punta del diamante! Te vi.
Vena yo con Cantero de la Junta del Banco. Por cierto que estamos
desorientados. No se sabe a dnde ir a parar esta anarqua. Las
acciones a 138!... Pase usted, Aparisi... Es Aparisi que viene a
almorzar con nosotros.

El concejal entr y salud a los dos Santa Cruz.

--Qu peridicos has ledo?--pregunt el pap calndose los quevedos,
que slo usaba para leer--. Toma _La poca_ y dame _El Imparcial_...
Bueno, bueno va esto. Pobre Espaa! Las acciones a 138... el
consolidado a 13.

--Qu 13?... Eso quisiera usted--observ el eterno concejal--. Anoche
lo ofrecan a 11 en el Bolsn y no lo quera nadie. Esto es el diluvio.

Y acentuando de una manera notabilsima aquella expresin de oler una
cosa muy mala, aadi que todo lo que estaba pasando lo haba previsto
l, y que los sucesos no discrepaban ni tanto as de lo que _da por
da_ haba venido l profetizando. Sin hacer mucho caso de su amigo, D.
Baldomero ley en voz alta la noticia o estribillo de todos los das.
La partida tal entr en tal pueblo, quem el archivo municipal, se
racion, y volvi a salir... La columna tal persegua activamente al
cabecilla cual, y despus de racionarse....

Ea--dijo sin acabar de leer--, vamos a racionarnos nosotros. El marqus
no viene. Ya no se le espera ms.

En esto entr Blas, el criado de Juan con la mesita, ya puesta, en que
haba de almorzar el enfermo. Poco despus apareci Jacinta trayendo
platos. Despus de saludarla, Aparisi le dijo:

Guillermina me ha dado un recado para usted... Hoy no hay _odisea
filantrpica_ a la _parroquia de la chinche_, porque anda en busca de
ladrillo portero para cimientos. Ya tiene hecho todo el vaciado del
edificio... y por poco dinero. Unos carros trabajando a destajo, otros
de limosna, aquel que ayuda medio da, el otro que va un par de horas,
ello es que no le sale el metro cbico ni a cinco reales. Y no s qu
tiene esa mujer. Cuando va a examinar las obras, parece que hasta las
mulas de los carros la conocen y tiran ms fuerte para darle gusto...
Francamente, yo que siempre cre que el tal edificio no era _factible_,
voy viendo...

Milagro, milagro apunt D. Baldomero en marcha hacia el comedor.

--Y t?--pregunt Juan a su consorte al quedarse solos--. Almuerzas
aqu o all?

--Quieres que aqu? Almorzar en las dos partes. Dice tu mam que te
estoy mimando mucho.

--Toma, golosa--le dijo l alargndole un pedazo de tortilla en el
tenedor.

Despus de comrselo, la Delfina corri al comedor. Al poco rato volvi
riendo.

Aqu te tengo reservada esta pechuga de calandria. Toma, abre la
boquita, nena.

La nena cogi el tenedor, y despus de comerse la pechuga, volvi a
rer.

--Qu alegre est el tiempo!

--Es que ha llegado el marqus, y desde que se sent en la mesa
empezaron Aparisi y l a tirotearse.

--Qu han dicho? --Aparisi afirm que la Monarqua no era _factible_, y
despus larg un _ipso facto_, y otras cosas muy finas.

Juan solt la carcajada. El marqus estar furioso.

--Come en silencio, meditando una venganza. Te contar lo que ocurra.
Quieres pescadilla?, quieres bistec?

--Treme lo que quieras con tal que vengas pronto.

Y no tard en volver, trayendo un plato de pescado.

Hijo de mi vida, le mat.

--Quin?

--El marqus a Aparisi... le dej en el sitio.

--Cuenta, cuenta. --Pues de primera intencin soltole a su enemigo un
_delirium tremens_ a boca de jarro, y despus, sin darle tiempo de
respirar, un _mane tegel fare_. El otro se ha quedado como atontado por
el golpe. Veremos con lo que sale.

--Qu clebre! Tomaremos caf juntos--dijo Santa Cruz--. Vente pronto
para ac. Qu coloradita ests!

--Es de tanto rerme. --Cuando digo que me ests haciendo tiln...

--Al momento vuelvo... Voy a ver lo que salta por all. Aparisi est
indignado con Castelar, y dice que lo que le pasa a Salmern es porque
no ha seguido sus consejos...

--Los consejos de Aparisi! --S, y al marqus lo que le tiene con el
alma en un hilo es que se levante _la masa obrera_.

Volvi Jacinta al comedor, y el ltimo cuento que trajo fue este:

Chico, si ests all te mueres de risa. Pobre Muoz! El otro se ha
rehecho y le est soltando unos primores... Figrate. Ahora est
contando que ha visto un proyectil de los que tiran los carcas, y el
fusil Berdan... No dice agujeros, sino _orificios_. Todo se vuelve
_orificios_, y el marqus no sabe lo que le pasa....

No pudo seguir, porque entr Muoz, fumando un gran puro, a saludar al
enfermo.

Hola, Juann... Estamos _exclaustrados_?... Y qu es?... coriza? Eso
es bueno, y cuando la mucosa necesita eliminar, que elimine... En fin,
yo me.... Iba a decir _me largo_; pero al ver entrar a Aparisi (tal
creyeron Jacinta y su marido), dijo: me ausento.

A eso de las tres, marido y mujer estaban solos en el despacho, l en el
silln leyendo peridicos, ella arreglando la habitacin que estaba algo
desordenada. Barbarita haba salido a comprar. El criado anunci a un
hombre que quera hablar con el _seor joven_.

--Ya sabes que no recibe--dijo la seorita, y tomando de manos de Blas
una tarjeta que este traa ley: _Jos Ido del Sagrario, corredor de
publicaciones nacionales y extranjeras_.

--Que entre, que entre al instante --orden Santa Cruz, saltando en su
asiento--. Es el loco ms divertido que puedes imaginar. Vers cmo nos
remos... Cuando nos cansemos de orle, le echamos. Tipo ms
clebre...! Le vi hace das en casa de Pez, y nos hizo morir de risa.

Al poco rato entr en el despacho un hombre muy flaco, de cara enfermiza
y toda llena de lbulos y carnculas, los pelos bermejos y muy tiesos,
como crines de escobilln, la ropa prehistrica y muy rada, corbata
roja y deshilachada, las botas muertas de risa. En una mano traa el
sombrero que era un _claque_ del ao en que esta prenda se invent, el
primognito de los _claques _ sin gnero de duda, y en la otra un lo de
carteras-prospectos para hacer suscriciones a libros de lujo, las cuales
estaban tan sobadas, que la mugre no permita ver los dorados de la
pasta. Impresion penosamente a la compasiva Jacinta aquella estampa de
miseria en traje de persona decente, y ms lstima tuvo cuando le vio
saludar con urbanidad y sin encogimiento, como hombre muy hecho al trato
social.

Hola, Sr. de Ido... cunto gusto de verle!--le dijo Santa Cruz con
fingida seriedad--. Sintese, y dgame qu le trae por aqu.

--Con permiso... Quiere usted _Mujeres clebres_?

Jacinta y su marido se miraron. --O _Mujeres de la Biblia_--prosigui
Ido, enseando carteras--. Como el Sr. de Santa Cruz me dijo el otro da
en casa del Sr. de Pez que deseaba conocer las publicaciones de las
casas de Barcelona que tengo el honor de representar... O quiere usted
_Cortesanas clebres, Persecuciones religiosas, Hijos del Trabajo,
Grandes inventos, Dioses del Paganismo_...?





--iv--


Basta, basta, no cite usted ms obras ni me ensee ms carteras. Ya le
dije que no me gustan libros por suscricin. Se extravan las entregas,
y es volverse loco... Prefiero tomar alguna obra completa. Pero no tenga
prisa. Estar usted cansado de tanto correr por ah. Quiere tomar una
copita?

--Muchsimas gracias. Nunca bebo.

--No?, pues el otro da, cuando nos vimos en casa de Joaqun, deca
este que estaba usted algo peneque... se entiende, un poco alegre...

--Perdone usted, Sr. de Santa Cruz --replic Ido avergonzado--. Yo no me
embriago; no me he embriagado jams. Algunas veces, sin saber cmo ni
por qu, me entra cierta excitacin, y me pongo as, nervioso y como
echando chispas... me pongo elctrico. Ven ustedes?... ya lo estoy.
Fjese usted, Sr. D. Juan, y observe cmo se me mueve el prpado
izquierdo y el msculo este de la quijada en el mismo lado. Lo ve
usted...?, ya est la funcin armada. Francamente, as no se puede
vivir. Los mdicos me dicen que coma carne. Como carne y me pongo peor.
Ea, ya estoy como un muelle de reloj... Si usted me da su permiso me
retiro...

--Hombre, no, descanse usted. Eso se le pasar. Quiere usted un vaso de
agua?

Jacinta sinti que no le dejase marchar, porque la idea de que el hombre
aquel iba a caer all con una pataleta le inspiraba repugnancia y miedo.
Como Juan insistiese en lo del vaso de agua, djole a su esposa por lo
bajo: Este infeliz lo que tiene es hambre.

--A ver, Sr. de Ido--indic la dama--, se comera usted una chuletita?

Don Jos respondi tcitamente, con la expresin de una incredulidad
profunda. Cada vez pareca ms extrao su mirar y ms acentuado el
temblor del prpado y la mejilla.

--Perdneme usted, seora... Como la cabeza se me va, no puedo hacerme
cargo de nada. Usted ha dicho que si me comera yo una...

--Una chuletita. --Mi cabeza no puede apreciar bien... Padezco de
olvidos de nombres y cosas. A qu llama usted una chuleta?--aadi
llevndose la mano a las erizadas crines, por donde se le escapaba la
memoria y le entraba la electricidad--. Por ventura, lo que usted
llama... no s cmo, es un pedazo de carne con un rabito que es de
hueso?

--Justo. Llamar para que se la traigan.

--No se moleste, seora. Yo llamar.

--Que le traigan dos--dijo el seorito gozando con la idea de ver comer
a un hambriento.

Jacinta sali, y mientras estuvo fuera Ido hablaba de su mala suerte.

En este pas, Sr. D. Juanito, no se protege a las letras. Yo que he
sido profesor de primera enseanza, yo que he escrito obras de amena
literatura tengo que dedicarme a correr publicaciones para llevar un
pedazo de pan a mis hijos... Todos me lo dicen: si yo hubiera nacido en
Francia, ya tendra _hotel_....

--Eso es indudable. No ve usted que aqu no hay quien lea, y los pocos
que leen no tienen dinero?...

--Naturalmente--deca Ido a cada instante, echando ansiosas miradas en
redondo por ver si apareca la chuleta.

Jacinta entr con un plato en la mano. Tras ella vino Blas con el mismo
velador en que haba almorzado el seorito, un cubierto, servilleta,
panecillo, copa y botella de vino. Mir estas cosas Ido con estupor
famlico, no bien disimulado por la cortesa, y le entr una risa
nerviosa, seal de hallarse prximo a la plenitud de aquel estado que
llamaba elctrico. La Delfina se volvi a sentar junto a su marido y
miraba entre espantada y compasiva al desgraciado D. Jos. Este dej en
el suelo las carteras y el _claque_, que no se cerraba nunca, y cay
sobre las chuletas como un tigre... Entre los mascullones salan de su
boca palabras y frases desordenadas: Agradecidsimo... Francamente,
habra sido falta de educacin desairar... No es que tenga apetito,
naturalmente... He almorzado fuerte... pero cmo desairar?
Agradecidsimo....

--Observo una cosa, querido D. Jos--dijo Santa Cruz.

--Qu? --Que no masca usted lo que come. --Oh!, le interesa a usted
que masque?

--No, a m no. --Es que no tengo muelas... Como como los pavos.
Naturalmente... as me sienta mejor.

--Y no bebe usted? --Media copita nada ms... El vino no me hace
provecho; pero muy agradecido, muy agradecido...--y a medida que iba
comiendo, le bailaban ms el prpado y el msculo, que parecan ya
completamente declarados en huelga. Notbase en sus brazos y cuerpo
estremecimientos muy bruscos, como si le estuvieran haciendo cosquillas.

Aqu donde le ves--dijo Santa Cruz--, se tiene una de las mujeres ms
guapas de Madrid.

Hizo un signo a Jacinta que quera decir: Esprate, que ahora viene lo
bueno.

--Es de veras? --S. No se la merece. Ya ves que l es feo adrede.

--Mi mujer... Nicanora... --murmur Ido sordamente, ya en el ltimo
bocado--, la Venus de Mdicis... carnes de raso...

--Tengo unas ganas de conocer a esa clebre hermosura...!--afirm Juan.

Don Jos no haba dejado nada en el plato ms que el hueso. Despus
exhal un hondsimo suspiro, y llevndose la mano al pecho, dej escapar
con bronca voz estas palabras:

--La hermosura exterior nada ms... sepulcro blanqueado... corazn lleno
de vboras.

Su mirada infundi tanto terror a Jacinta, que dijo por seas a su
marido que le dejara salir. Pero el otro, queriendo divertirse un rato,
hostig la demencia de aquel pobre hombre para que saltara.

Venga ac, querido D. Jos. Qu tiene usted que decir de su esposa, si
es una santa?.

--Una santa!, una santa! --repiti Ido, con la barba pegada al pecho y
echando al Delfn una mirada que en otra cara habra sido feroz--. Muy
bien, seor mo. Y usted en qu se funda para asegurarlo sin pruebas?

--La voz pblica lo dice. --Pues la voz pblica se engaa--grit Ido
alargando el cuello y accionando con energa--. La voz pblica no sabe
lo que se pesca.

--Pero clmese usted, pobre hombre--se atrevi a expresar Jacinta--. A
nosotros no nos importa que su mujer de usted sea lo que quiera.

--Que no les importa!... --replic Ido con entonacin trgica de actor
de la legua--. Ya s que estas cosas a nadie le importan ms que a m,
al esposo ultrajado, al hombre que sabe poner su honor por encima de
todas las cosas.

--Es claro que a l le importa principalmente--dijo Santa Cruz
hostigndole ms--. Y que tiene el genio blando este seor Ido.

--Y para que usted, seora --aadi el desgraciado mirando a Jacinta de
un modo que la hizo estremecer--, pueda apreciar la justa indignacin de
un hombre de honor, sepa que mi esposa es... aduultera!

Dijo esta palabra con un alarido espantoso, levantndose del asiento y
extendiendo ambos brazos como suelen hacer los bajos de pera cuando
echan una maldicin. Jacinta se llev las manos a la cabeza. Ya no poda
resistir ms aquel desagradable espectculo. Llam al criado para que
acompaara al desventurado corredor de obras literarias. Pero Juan,
queriendo divertirse ms, procuraba calmarle.

Sintese, Sr. D. Jos, y no se excite tanto. Hay que llevar estas cosas
con paciencia.

--Con paciencia, con paciencia! --exclam Ido, que en su estado
elctrico repeta siempre la ltima frase que se le deca, como si la
mascase, a pesar de no tener muelas.

--S, hombre; estos tragos no hay ms remedio que irlos pasando. Amargan
un poco; pero al fin el hombre, como dijo el otro, se va _jaciendo_.

--Se va _jaciendo_! Y el honor, seor de Santa Cruz?...

Y otra vez hincaba la barba en el pecho, mirando con los ojos medio
escondidos en el casco, y cerrndolos de sbito, como los toros que
bajan el testuz para acometer. Las carnculas del cuello se le
inyectaban de tal modo, que casi eclipsaban el rojo de la corbata.
Pareca un pavo cuando la excitacin de la pelea con otro pavo le
convierte en animal feroz.

--El honor--expres Juan--. Bah!, el honor es un sentimiento
convencional...

Ido se acerc paso a paso a Santa Cruz y le toc en el hombro muy
suavemente, clavndole sus ojos de pavo espantado. Despus de una larga
pausa, durante la cual Jacinta se peg a su marido como para defenderle
de una agresin, el infeliz dijo esto, empezando muy bajito como si
secreteara, y elevando gradualmente la voz hasta terminar de una manera
estentrea: Y si usted descubre que su mujer, la Venus de Mdicis, la
de las carnes de raso, la del cuello de cisne, la de los ojos cual
estrellas... si usted descubre que esa divinidad, a quien usted ama con
frenes, esa dama que fue tan pura; si usted descubre, repito, que falta
a sus deberes y acude a misteriosas citas con un duque, con un grande de
Espaa, s seor, con el mismsimo duque de Tal.

--Hombre, eso es muy grave, pero muy grave--afirm Juan, ponindose ms
serio que un juez--. Est usted seguro de lo que dice?

--Que si estoy seguro!... Lo he visto, lo he visto.

Pronunci esto con oprimido acento, como quien va a romper en llanto.

--Y usted, Sr. D. Jos de mi alma--dijo Santa Cruz fingindose, no ya
serio sino consternado--, qu hace que no pide una satisfaccin al
duque?

--Duelos... duelitos a m!--replic Ido con sarcasmo--. Eso es para los
tontos. Esas cosas se arreglan de otro modo.

Y vuelta a empezar bajito, para concluir a gritos:

Yo har justicia, se lo juro a usted... Espero cogerlos _in fraganti_
otra vez, _in fraganti_, Sr. D. Juan. Entonces aparecern los dos
cadveres atravesados por una sola espada... Esta es la venganza, esta
es la ley... por una sola espada... Y me quedar tan fresco, como si tal
cosa. Y podr salir por ah mostrando mis manos manchadas con la sangre
de los adlteros y decir a gritos: 'Aprended de m, maridos, a defender
vuestro honor. Ved estas manos justicieras, vedlas y besadlas...'. Y
vendrn todos... toditos a besarme las manos. Y ser un besamanos,
porque hay tantos, tantsimos....

Al llegar a este grado de su lastimoso acceso, el infeliz Ido ya no
tena atadero. Gesticulaba en medio de la habitacin, iba de un lado
para otro, parbase delante de los esposos sin ninguna muestra de
respeto, daba rpidas vueltas sobre un tacn y tena todas las trazas
de un hombre completamente irresponsable de lo que dice y hace. El
criado estaba en la puerta riendo, esperando que sus amos le mandasen
poner a aquel adefesio en la calle. Por fin, Juan hizo una sea a Blas;
y a su mujer le dijo por lo bajo: dale un par de duros. Dejose
conducir hasta la puerta el pobre D. Jos sin decir una palabra, ni
despedirse. Blas le puso en la cabeza el primognito de todos los
_claques_, en una mano las mugrientas carteras, en otra los dos duros
que para el caso le dio la seorita; la puerta se cerr y oyose el
pesado, inseguro paso del hombre elctrico por las escaleras abajo.

--A m no me divierte esto --opin Jacinta--. Me da miedo. Pobre
hombre! La miseria, el no comer le habrn puesto as.

--Es lo ms inofensivo que te puedes figurar. Siempre que va a casa de
Joaqun, le pinchamos para que hable de la aduultera. Su demencia es
que su mujer se la pega con un grande de Espaa. Fuera de eso, es
razonable y muy veraz en cuanto habla. De qu provendr esto, Dios mo?
Lo que t dices, el no comer. Este hombre ha sido tambin autor de
novelas, y de escribir tanto adulterio, no comiendo ms que judas, se
le reblandeci el cerebro.

Y no se habl ms del loco. Por la noche fue Guillermina, y Jacinta, que
conservaba la mugrienta tarjeta con las seas de Ido, se la dio a su
amiga para que en sus excursiones le socorriese. En efecto, la familia
del corredor de obras (Mira el Ro 12), mereca que alguien se
interesara por ella. Guillermina conoca la casa y tena en ella muchos
parroquianos. Despus de visitarla, hizo a su amiguita una pintura muy
pattica de la miseria que en la madriguera de los Idos reinaba. La
esposa era una infeliz mujer, mrtir del trabajo y de la inanicin,
humilde, estropeadsima, fea de encargo, mal pergeada. l ganaba poco,
casi nada. Viva la familia de lo que ganaban el hijo mayor, cajista, y
la hija, polluela de buen ver que aprenda para peinadora.

Una maana, dos das despus de la visita de Ido, Blas avis que en el
recibimiento estaba el hombre aquel de los pelos tiesos. Quera hablar
con la seorita. Vena muy pacfico. Jacinta fue all, y antes de llegar
ya estaba abriendo su portamonedas.

--Seora--le dijo Ido al tomar lo que se le daba--, estoy agradecidsimo
a sus bondades; pero ay!, la seora no sabe que estoy desnudo... quiero
decir, que esta ropa que llevo se me est deshaciendo sobre las
carnes... Y naturalmente, si la seora tuviera unos pantaloncitos
desechados del seor D. Juan...

--Ah! S... buscar. Vuelva usted.

--Porque la seora doa Guillermina, que es tan buena, nos socorri con
bonos de carne y pan, y a Nicanora le dio una manta, que nos viene como
bendicin de Dios, porque en la cama nos abrigbamos con toda mi ropa y
la suya puesta sobre las sbanas...

--Descuide usted, Sr. del Sagrario; yo le procurar alguna prenda en
buen uso. Tiene usted la misma estatura de mi marido.

--Y a mucha honra... Agradecidsimo, seora; pero crame la seora, se
lo digo con la mano puesta en el corazn: ms me convendra ropa de
nios que ropa de hombre, porque no me importa estar desnudo con tal que
mis chicos estn vestidos. No tengo ms que una camisa, que Nicanora,
naturalmente, me lava ciertas y determinadas noches mientras duermo,
para ponrmela por la maana... pero no me importa. Anden mis nios
abrigados, y a m que me parta una pulmona.

--Yo no tengo nios--dijo la dama con tanta pena como el otro al decir
no tengo camisa.

Maravillbase Jacinta de lo muy razonable que estaba el corredor de
obras. No advirti en l ningn indicio de las extravagancias de marras.

La seora no tiene hijos... Qu lstima!--exclam Ido--. Dios no sabe
lo que se hace... Y yo pregunto: si la seora no tiene nios, para
quin son los nios? Lo que yo digo... ese seor Dios ser todo lo sabio
que quieran; pero yo no le paso ciertas cosas.

Esto le pareci a la Delfina tan discreto, que crey tener delante al
primer filsofo del mundo; y le dio ms limosna.

Yo no tengo nios --repiti--, pero ahora me acuerdo. Mis hermanas los
tienen....

--Mil y mil cuatrillones de gracias, seora. Algunas prendas de abrigo,
como las que reparti el otro da doa Guillermina a los chicos de mis
vecinos, no nos vendran mal.

--Doa Guillermina reparti a los vecinos y a usted no?... Ah!,
descuide usted; ya le echar yo un buen rspice.

Alentado por esta prueba de benevolencia, Ido empez a tomar confianza.
Avanz algunos pasos dentro del recibimiento, y bajando la voz dijo a la
seorita:

Reparti doa Guillermina unos capuchoncitos de lana, medias y otras
cosas; pero no nos toc nada. Lo mejor fue para los hijos de la se
Joaquina y para el _Pitusn_, el nio ese... no sabe la seora?, ese
chiquilln que tiene consigo mi vecino Pepe Izquierdo... un hombre de
bien, tan desgraciado como yo... No le quiero quitar al _Pitusn_ la
preferencia. Comprendo que lo mejor debe caerle a l por ser de la
familia.

--Qu dice usted, hombre? De quin habla usted?--indic Jacinta
sospechando que Ido se electrizaba. Y en efecto, crey notar sntomas de
temblor en el prpado.

El _Pitusn_--prosigui Ido tomndose ms confianza y bajando ms la
voz--, es un nene de tres aos, muy mono por cierto, hijo de una tal
Fortunata, mala mujer, seora, muy mala... Yo la vi una vez, una vez
sola. Guapetona; pero muy loca. Mi vecino me ha enterado de todo...

Pues como deca, el pobre _Pitusn_ es muy salado... ms listo que
Cachucha y ms malo...! Trae al retortero a toda la vecindad. Yo le
quiero como a mis hijos. El seor Pepe le recogi no s dnde, porque su
madre le quera tirar....

Jacinta estaba aturdidsima, como si hubiera recibido un fuerte golpe en
la cabeza. Oa las palabras de Ido sin acertar a hacerle preguntas
terminantes. Fortunata, el _Pitusn_!... No sera esto una nueva
extravagancia de aquel cerebro novelador?

Pero, vamos a ver...--dijo la seorita al fin, comenzando a
serenarse--. Todo eso que usted me cuenta, es verdad o es locura de
usted?... Porque a m me han dicho que usted ha escrito novelas, y que
por escribirlas comiendo mal, ha perdido la chaveta.

--Yo le juro a la seora que lo que le he dicho es el Santsimo
Evangelio--replic Ido ponindose la mano sobre el pecho--. Jos
Izquierdo es persona formal. No s si la seora lo conocer. Tuvo
platera en la Concepcin Jernima, un gran establecimiento...
especialidad en regalos para amas... No s si fue all donde naci el
_Pitusn_; lo que s s es que, naturalmente, es hijo de su esposo de
usted, el seor D. Juanito de Santa Cruz.

--Usted est loco --exclam la dama con arranque de enojo y despecho--.
Usted es un embustero... Mrchese usted.

Empujole hacia la puerta mirando a todos lados por si haba en el
recibimiento o en los pasillos alguien que tales despropsitos oyera. No
haba nadie. D. Jos se deshizo en reverencias; pero no se turb porque
le llamaran loco.

Si la seora no me cree --se limit a decir--, puede enterarse en la
vecindad....

Jacinta le retuvo entonces. Quera que hablase ms.

Dice usted que ese Jos Izquierdo... Pero no quiero saber nada. Vyase
usted.

Ido haba traspasado el hueco de la puerta, y Jacinta cerr de golpe, a
punto que l abra la boca para aadir quizs algn pormenor interesante
a sus revelaciones. Tuvo la dama intenciones de llamarle. Figurbase que
al travs de la madera, cual si esta fuera un cristal, vea el prpado
tembloroso de Ido y su cara de pavo, que ya le era odiosa como la de un
animal daino. No, no abro... --pens--. Es una serpiente... Qu
hombre! Se finge el loco para que le tengan lstima y le den dinero.
Cuando le oy bajar las escaleras volvi a sentir deseos de ms
explicaciones. En aquel mismo instante suban Barbarita y Estupi
cargados de paquetes de compras. Jacinta les vio por el ventanillo y
huy despavorida hacia el interior de la casa, temerosa de que le
conocieran en la cara el desquiciamiento que aquel condenado hombre
haba producido en su alma.




--v--


Cmo estuvo aquel da la pobrecita! No se enteraba de lo que le decan,
no vea ni oa nada. Era como una ceguera y sordera moral, casi fsica.
La culebra que se le haba enroscado dentro, desde el pecho al cerebro,
le coma todos los pensamientos y las sensaciones todas, y casi le
estorbaba la vida exterior. Quera llorar; pero qu dira la familia al
verla hecha un mar de lgrimas? Habra que decir el motivo... Las
reacciones fuertes y pasajeras de toda pena no le faltaban, y cuando
aquella marca de consuelo vena, senta breve alivio. Si todo era un
embuste, si aquel hombre estaba loco...! Era autor de novelas de brocha
gorda y no pudiendo ya escribirlas para el pblico, intentaba llevar a
la vida real los productos de su imaginacin llena de tuberculosis. S,
s, s: no poda ser otra cosa: tisis de la fantasa. Slo en las
novelas malas se ven esos hijos de sorpresa que salen cuando hace falta
para complicar el argumento. Pero si lo revelado poda ser una papa,
tambin poda no serlo, y he aqu concluida la reaccin de alivio. La
culebra entonces, en vez de desenroscarse, apretaba ms sus duros
anillos.

Aquel da, el demonio lo hizo, estaba Juan mucho peor de su catarro. Era
el enfermo ms impertinente y dengoso que se pudiera imaginar. Pretenda
que su mujer no se apartara de l, y notando en ella una tristeza que no
le era habitual, decale con enojo: Pero qu tienes, qu te pasa,
hija? Vaya, pues me gusta... Estoy yo aqu hecho una plasta, aburrido y
pasando las de Can, y te me vienes t ahora con esa cara de juez.
Rete, por amor de Dios. Y Jacinta era tan buena, que al fin haca un
esfuerzo para aparecer contenta. El Delfn no tena paciencia para
soportar las molestias de un simple catarro, y se desesperaba cuando le
vena uno de esos rosarios de estornudos que no se acaban nunca.
Empebase en despejar su cabeza de la pesada fluxin sonndose con
estrpito y clera.

Ten paciencia, hijo--le deca su madre--. Si fuera una enfermedad
grave, qu haras?.

--Pues pegarme un tiro, mam. Yo no puedo aguantar esto. Mientras ms me
sueno, ms abrumada tengo la cabeza. Estoy harto de beber aguas.
Demonio con las aguas! No quiero ms brebajes. Tengo el estmago como
una charca. Y me dicen que tenga paciencia! Cualquier da tengo yo
paciencia. Maana me echo a la calle.

--Falta que te dejemos. --Al menos ranse, cuntenme algo,
distriganme. Jacinta, sintate a mi lado. Mrame.

--Si ya te estoy mirando. Ests muy guapito con tu pauelo liado en la
cabeza, la nariz colorada, los ojos como tomates...

--Brlate; mejor. Eso me gusta... Ya te dara yo mi constipado. No, si
no quiero ms caramelos. Con tus caramelos me has puesto el cuerpo como
una confitera. Mam...

--Qu? --Estar bueno maana? Por Dios, tengan compasin de m,
hganme llevadera esta vida. Estoy en un potro. Me carga el sudar. Si me
desabrigo, toso; si me abrigo, echo el quilo... Mam, Jacinta,
distraedme; triganme a Estupi para rerme un rato con l.

Jacinta, al quedarse otra vez sola con su marido, volvi a sus
pensamientos. Le mir por detrs de la butaca en que sentado estaba.
Ah, cmo me has engaado!.... Porque empezaba a creer que el loco,
con serlo tan rematado, haba dicho verdades. Las inequvocas
adivinaciones del corazn humano decanle que la desagradable historia
del _Pitusn_ era cierta. Hay cosas que forzosamente son ciertas, sobre
todo siendo cosas malas. Entrole de improviso a la pobrecita esposa una
rabia...! Era como la clera de las palomas cuando se ponen a pelear.
Viendo muy cerca de s la cabeza de su marido, sinti deseos de tirarle
del cabello que por entre las vueltas del pauelo de seda sala. Qu
rabia tengo! --pens Jacinta apretando sus bonitsimos dientes--, por
haberme ocultado una cosa tan grave... Tener un hijo y abandonarlo
as!... Se ceg; vio todo negro. Pareca que le entraban convulsiones.
Aquel _Pitusn_ desconocido y misterioso, aquella hechura de su marido,
sin que fuese, como deba, hechura suya tambin, era la verdadera
culebra que se enroscaba en su interior... Pero qu culpa tiene el
pobre nio...? --pens despus transformndose por la piedad--. Este,
este tunante...!. Miraba la cabeza, y qu ganas tena de arrancarle
una mecha de pelo, de pegarle un coscorrn!... Quin dice uno?... dos,
tres, cuatro coscorrones muy fuertes para que aprendiera a no engaar a
las personas.

Pero mujer, qu haces ah detrs de m?--murmur l sin volver la
cabeza--. Lo que digo, hoy parece que ests lela. Ven ac, hija.

--Qu quieres? --Nia de mi vida, hazme un favorcito.

Con aquellas ternuras se le pas a la Delfina todo su furor de
coscorrones. Afloj los dientes y dio la vuelta hasta ponrsele delante.

Hazme el favorcito de ponerme otra manta. Creo que me he enfriado
algo.

Jacinta fue a buscar la manta. Por el camino deca: En Sevilla me cont
que haba hecho diligencias por socorrerla. Quiso verla y no pudo. Muri
mam, pas tiempo; no supo ms de ella... Como Dios es mi padre, yo he
de saber lo que hay de verdad en esto, y si... (se ahogaba al llegar a
esta parte de su pensamiento) si es verdad que los hijos que no le nacen
en m le nacen en otra....

Al ponerle la manta le dijo: Abrgate bien, infame; y a Juanito no se
le ocult la seriedad con que lo deca. Al poco rato volvi a tomar el
acento mimoso:

Jacintilla, nia de mi corazn, ngel de mi vida, llgate ac. Ya no
haces caso del sinvergenza de tu maridillo.

--Celebro que te conozcas. Qu quieres?

--Que me quieras y me hagas muchos mimos. Yo soy as. Reconozco que no
se me puede aguantar. Mira, treme agua azucarada... templadita, sabes?
Tengo sed.

Al darle el agua, Jacinta le toc la frente y las manos.

Crees que tengo calentura?.

--De pollo asado. No tienes ms que impertinencias. Eres peor que los
chiquillos.

--Mira, hijita, cordera; cuando venga _La Correspondencia_, me la
leers. Tengo ganas de saber cmo se desenvuelve Salmern. Luego me
leers _La poca_. Qu buena eres! Te estoy mirando y me parece mentira
que tenga yo por mujer a un serafn como t. Y que no hay quien me quite
esta ganga... Qu sera de m sin ti... enfermo, postrado...!

--Vaya una enfermedad! S; lo que es por quejarte no quedar...

Doa Brbara entr diciendo con autoridad: A la cama, nio, a la cama.
Ya es de noche y te enfriars en ese silln.

--Bueno, mam; a la cama me voy. Si yo no chisto, si no hago ms que
obedecer a mis tiranas... Si soy una malva. Blas, Blas..., pero dnde
se mete este condenado hombre?

Mara Santsima, lo que bregaron para acostarle. La suerte de ellas era
que lo tomaban a broma. Jacinta, ponme un pauelo de seda en la
garganta... Chica, no aprietes tanto que me ahogas... Quita, quita, t
no sabes. Mam, ponme t el pauelo... No, quitdmelo; ninguna de las
dos sabe liar un pauelo. Pero qu gente ms intil!.

Pasa un ratito. Mam, ha venido _La Correspondencia_?.

--No, hijo. No te desabrigues. Mete estos brazos. Jacinta, cbrele los
brazos.

--Bueno, bueno, ya estn metidos los brazos. Los meto ms? Eso es, se
empean en que me ahogue. Me han puesto un bal mundo encima. Jacinta,
quita _jierro_, que el peso me agobia... Pero, chica, no tanto; sube ms
arribita el edredn... tengo el pescuezo helado. Mam... lo que digo,
hacen las cosas de mala gana. As no me pongo nunca bueno. Y ahora se
van a comer. Y me voy a quedar solo con Blas?

--No, tonto, Jacinta comer aqu contigo.

Mientras su mujer coma, ni un momento dej de importunarla: T no
comes, t ests desganada; a ti te pasa algo; t disimulas algo... A m
no me la das t. Francamente, nunca est uno tranquilo... pensando
siempre si te nos pondrs mala. Pues es preciso comer; haz un
esfuerzo... Es que no comes para hacerme rabiar?... Ven ac, tontuela,
echa la cabecita aqu. Si no me enfado, si te quiero ms que a mi vida,
si por verte contenta, firmaba yo ahora un contrato de catarro
vitalicio... Dame un poquito de esa camuesa... Qu buena est! Djame
que te chupe el dedo....

Iban llegando los amigos de la casa que solan ir algunas noches.

Mam, por las llagas y por todos los clavos de Cristo, no me traigas
ac a Aparisi... Ahora le da porque todo ha de ser _obvio... obvio_ por
arriba, _obvio_ por abajo. Si me le traes le echo a cajas destempladas.

--Vaya, no digas tonteras. Puede que entre a saludarte; pero saldr en
seguida. Quin ha entrado ahora?... Ah!, me parece que es Guillermina.

--Tampoco la quiero ver. Me va a aburrir con su edificio. Valiente
chifladura! Esa mujer est loca. Anoche me dio la gran jaqueca, con que
si sac las maderas de _seis_ a treinta y ocho reales, y las _carreras
de pie y cuarto _ a diez y seis reales pie. Me arm un triquitraque de
pies que me dej la cabeza pateada. No me la entren aqu. No me importa
saber a cmo valen el ladrillo pintn y las alfargas... Mam, ponte de
centinela y aqu no me entra ms que Estupi. Que venga Placidito, para
que me cuente sus glorias, cuando iba al portillo de Gilimn a meter
contrabando, y a la bveda de San Gins a abrirse las carnes con el
zurriago... Que venga para decirle: lorito, daca la pata.

--Pero, qu impertinente! Ya sabes que el pobre Plcido se acuesta
entre nueve y diez. Tiene que estar en planta a las cinco de la maana.
Como que va a despertar al sacristn de San Gins, que tiene un sueo
muy pesado.

--Y porque el sacristn de San Gins sea un dormiln, me he de
fastidiar yo? Que entre Estupi y me d tertulia. Es la nica persona
que me divierte.

--Hijo, por amor de Dios, mete esos brazos.

--Ea, pues si no viene Rossini, no los meto y saco todo el cuerpo fuera.

Y entraba Plcido y le contaba mil cosas divertidas, que siento no
poder reproducir aqu. No contento con esto, quera divertirse a costa
de l, y recordando un pasaje de la vida de Estupi que le haban
contado, decale:

A ver, Plcido, cuntanos aquel lance tuyo cuando te arrodillaste
delante del sereno, creyendo que era el Vitico....

Al or esto, el bondadoso y parlanchn anciano se desconcertaba.
Responda torpemente, balbuciendo negativas y quin te ha contado esa
paparrucha?. A lo mejor, saltaba Juan con esto: Pero di, Plcido, t
no has tenido nunca novia?.

--Vaya, vaya, este Juanito --deca Estupi levantndose para
marcharse--, tiene hoy ganas de comedia.

Barbarita, que tanto apreciaba a su buen amigo, estaba, como suele
decirse, al quite de estas bromas que tanto le molestaban. Hijo, no te
pongas tan pesado... deja marchar a Plcido. T, como te ests durmiendo
hasta las once de la maana, no te acuerdas del que madruga.

Jacinta, entre tanto, haba salido un rato de la alcoba. En el saln vio
a varias personas, Casa-Muoz, Ramn Villuendas, D. Valeriano
Ruiz-Ochoa y alguien ms, hablando de poltica con tal expresin de
terror, que ms bien parecan conspiradores. En el gabinete de Barbarita
y en el rincn de costumbre hall a Guillermina haciendo obra de media
con hilo crudo. En el ratito que estuvo sola con ella, la enter del
plan que tena para la maana siguiente. Iran juntas a la calle de Mira
el Ro, porque Jacinta tena un inters particular en socorrer a la
familia de aquel pasmarote que hace las suscriciones. Ya le contar a
usted; tenemos que hablar largo. Ambas estuvieron de cuchicheo un buen
cuarto de hora, hasta que vieron aparecer a Barbarita.

Hija, por Dios, ve all. Hace un rato que te est llamando. No te
separes de l. Hay que tratarle como a los chiquillos.

Pero mujer, te marchas y me dejas as... qu alma tienes!--grit el
Delfn cuando vio entrar a su esposa--. Vaya una manera de cuidarle a
uno. Nada... Lo mismo que a un perro.

--Hijo de mi alma, si te dej con Plcido y tu mam... Perdname, ya
estoy aqu.

Jacinta pareca alegre, Dios sabra por qu... Inclinose sobre el lecho
y empez a hacerle mimos a su marido, como podra hacrselos a un nio
de tres aos.

--Ay, qu maosito se me ha vuelto este nene!... Le voy a dar azotes...
Toma, este por tu mam, este por tu pap y este grande... por tu
parienta...

--Rica! --Si no me quieres nada. --Anda, zalamera... quien no me
quiere nada eres t.

--Nada en gracia de Dios. --Cunto me quieres?

--Tanto as. --Es poco. --Pues como de aqu a la Cibeles... no al
Cielo... Ests satisfecho?

--_Ch_.

Jacinta se puso seria. Arrglame esta almohada.

--As? --No, ms alta. --Ests bien? --No, ms bajita... Magnfico.
Ahora, rscame aqu, en la paletilla.

--Aqu? --Ms abajito... ms arribita... ah... fuerte... Ay, nia de
mi vida, eres la gloria eterna!... Qu dicha la ma en poseerte!...

Cuando ests malo es cuando me dices esas cosas... Ya me las pagars
todas juntas.

--S, soy un pillo... Pgame.

--Toma, toma. --Cmeme... --S, que te como, y te arranco un bocado...

--Ay! ay!, no tanto, caramba. Si alguien nos viera!...

--Creera que nos habamos vuelto tontos rematados--observ Jacinta
rindose con cierta melancola.

--Estas simplezas no son para que las vea nadie...

--Cierras los ojos? Durmete, a... rorr...

--Eso es, quieres que me duerma para echar a correr a darle cuerda a esa
manitica de Guillermina. T eres responsable de que se chifle por
completo, porque le fomentas el tema del edificio... Ya ests deseando
que cierre yo los ojos para irte. Ms que estar conmigo te gusta el
palique. Sabes lo que te digo? Que si me duermo, te tienes que estar
aqu, de centinela, para cuidar de que no me destape.

--Bueno, hombre, bueno; me estar.

Quedose aletargado; pero en seguida abri los ojos, y lo primero que
vieron fue los de Jacinta, fijos en l con atencin amante. Cuando se
durmi de veras, la centinela abandon su puesto para correr al lado de
Guillermina con quien tena pendiente una interesantsima conferencia.




-IX-

Una visita al Cuarto Estado




--i--


Al da siguiente, el Delfn estaba poco ms o menos lo mismo. Por la
maana, mientras Barbarita y Plcido andaban por esas calles de tienda
en tienda, entregados al deleite de las compras precursoras de Navidad,
Jacinta sali acompaada de Guillermina. Haba dejado a su esposo con
Villalonga, despus de enjaretarle la mentirilla de que iba a la Virgen
de la Paloma a or una misa que haba prometido. El atavo de las dos
damas era tan distinto, que parecan ama y criada. Jacinta se puso su
abrigo, sayo o _pardessus_ color de pasa, y Guillermina llevaba el traje
modestsimo de costumbre.

Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la
distrajo de la atencin que a su propio interior prestaba. Los puestos a
medio armar en toda la acera desde los portales a San Isidro, las
baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de
Alcaraz y los veinte mil cachivaches que aparecan dentro de aquellos
nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante
su vista sin determinar una apreciacin exacta de lo que eran. Reciba
tan slo la imagen borrosa de los objetivos diversos que iban pasando, y
lo digo as, porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca
va se corriese delante de ella como un teln. En aquel teln haba
racimos de dtiles colgados de una percha; puntillas blancas que caan
de un palo largo, en ondas, como los vstagos de una trepadora, pelmazos
de higos pasados, en bloques, turrn en trozos como sillares que
parecan acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles
rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula,
mostrando dos pajarillos amaestrados, y luego montones de oro, naranjas
en seretas o hacinadas en el arroyo. El suelo intransitable pona
obstculos sin fin, pilas de cntaros y vasijas, ante los pies del
gento presuroso, y la vibracin de los adoquines al paso de los carros
pareca hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de
pauelos de diferentes colores se ponan delante del transente como si
fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el odo con pregones
enfticos, acosando al pblico y ponindole en la alternativa de comprar
o morir. Jacinta vea las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo
largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de
puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas
rbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas
de los colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En
algunos huecos brillaba el naranjado que chilla como los ejes sin grasa;
el bermelln nativo, que parece rasguar los ojos; el carmn, que tiene
la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento;
el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila, que tiene cierto aire
de poesa mezclado con la tisis, como en la _Traviatta_. Las bocas de
las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de
ellas tan abigarrado como la parte externa, los horteras de bruces en el
mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si
nadasen en un mar de pauelos. El sentimiento pintoresco de aquellos
tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten
de corss encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen
graciosas combinaciones decorativas.

Dio Jacinta de cara a diferentes personas muy ceremoniosas. Eran
maniqus vestidos de seora con tremendos _polisones_, o de caballero
con terno completo de lanilla. Despus gorras muchas gorras, posadas y
alineadas en percheros del largo de toda una casa; chaquetas ahuecadas
con un palo, zamarras y otras prendas que algo, s, algo tenan de seres
humanos sin piernas ni cabeza. Jacinta, al fin, no miraba nada;
nicamente se fij en unos hombres amarillos, completamente amarillos,
que colgados de unas horcas se balanceaban a impulsos del aire. Eran
juegos de calzn y camisa de bayeta, cosidas una pieza a otra, y que
as, al pronto, parecan personajes de azufre. Los haba tambin
encarnados. Oh!, el rojo abundaba tanto, que aquello pareca un pueblo
que tiene la religin de la sangre. Telas rojas, arneses rojos,
collarines y frontiles rojos con madroaje arabesco. Las puertas de las
tabernas tambin de color de sangre. Y que no son ni tina ni dos.
Jacinta se asustaba de ver tantas, y Guillermina no pudo menos de
exclamar: Cunta perdicin!, una puerta s y otra no, taberna. De aqu
salen todos los crmenes.

Cuando se hall cerca del fin de su viaje, la Delfina fijaba
exclusivamente su atencin en los chicos que iba encontrando. Pasmbase
la seora de Santa Cruz de que hubiera tantsima madre por aquellos
barrios, pues a cada paso tropezaba con una, con su cro en brazos, muy
bien agasajado bajo el ala del mantn. A todos estos ciudadanos del
porvenir no se les vea ms que la cabeza por encima del hombro de su
madre. Algunos iban vueltos hacia atrs, mostrando la carita redonda
dentro del crculo del gorro y los ojuelos vivos, y se rean con los
transentes. Otros tenan el semblante mal humorado, como personas que
se llaman a engao en los comienzos de la vida humana. Tambin vio
Jacinta no uno, sino dos y hasta tres, camino del cementerio. Suponales
muy tranquilos y de color de cera dentro de aquella caja que llevaba un
to cualquiera al hombro, como se lleva una escopeta.

Aqu es dijo Guillermina, despus de andar un trecho por la calle del
Bastero y de doblar una esquina. No tardaron en encontrarse dentro de un
patio cuadrilongo. Jacinta mir hacia arriba y vio dos filas de
corredores con antepechos de fbrica y pilastrones de madera pintada de
ocre, mucha ropa tendida, mucho refajo amarillo, mucha zalea puesta a
secar, y oy un zumbido como de enjambre. En el patio, que era casi todo
de tierra, empedrado slo a trechos, haba chiquillos de ambos sexos y
de diferentes edades. Una zagalona tena en la cabeza toquilla roja con
agujeros, o con _orificios_, como dira Aparisi; otra, toquilla blanca,
y otra estaba con las greas al aire. Esta llevaba zapatillas de orillo,
y aquella botitas finas de caa blanca, pero ajadas ya y con el tacn
torcido. Los chicos eran de diversos tipos. Estaba el que va para la
escuela con su cartera de estudio, y el pillete descalzo que no hace ms
que vagar. Por el vestido se diferenciaban poco, y menos an por el
lenguaje, que era duro y con inflexiones dejosas.

Chicooo... mia ste... Que te rompo la cara... sabeees...?.

--Ves esa farolona?--dijo Guillermina a su amiga--, es una de las hijas
de Ido... Esa, esa que est dando brincos como un saltamontes... Eh!,
chiquilla... No oyen... venid ac.

Todos los chicos, varones y hembras, se pusieron a mirar a las dos
seoras, y callaban entre burlones y respetuosos, sin atreverse a
acercarse. Las que se acercaban paso a paso eran seis u ocho palomas
pardas, con reflejos irisados en el cuello; lindsimas, gordas. Venan
muy confiadas meneando el cuerpo como las chulas, picoteando en el suelo
lo que encontraban, y eran tan mansas, que llegaron sin asustarse hasta
muy cerca de las seoras. De pronto levantaron el vuelo y se plantaron
en el tejado. En algunas puertas haba mujeres que sacaban esteras a que
se orearan, y sillas y mesas. Por otras sala como una humareda: era el
polvo del barrido. Haba vecinas que se estaban peinando las trenzas
negras y aceitosas, o las guedejas rubias, y tenan todo aquel matorral
echado sobre la cara como un velo. Otras salan arrastrando zapatos en
chancleta por aquellos empedrados de Dios, y al ver a las forasteras
corran a sus guaridas a llamar a otras vecinas, y la noticia cunda, y
aparecan por las enrejadas ventanas cabezas peinadas o a medio peinar.

Eh!, chiquillos, venid ac repiti Guillermina; y se fueron
acercando escalonados por secciones, como cuando se va a dar un ataque.
Algunos, ms resueltos, las manos a la espalda, miraron a las dos damas
del modo ms insolente. Pero uno de ellos, que sin duda tena instintos
de caballero, se quit de la cabeza un andrajo que haca el papel de
gorra y les pregunt que a quin buscaban. Eres t del seor de Ido?.
El rapaz respondi que no, y al punto destacose del grupo la nia de las
zancas largas, de las greas sueltas y de los zapatos de orillo,
apartando a manotadas a todos los dems muchachos que se enracimaban ya
en derredor de las seoras.

Est tu padre arriba?. La chica respondi que s, y desde entonces
convirtiose en individuo de Orden Pblico. No dejaba acercar a nadie;
quera que todos los granujas se retiraran y ser ella sola la que guiase
a las dos damas hasta arriba. Qu pesados, qu sobones!... En todo
quieren meter las narices... Atrs, gateras, atrs... Quitarvos de en
medio; dejar paso.

Su anhelo era marchar delante. Habra deseado tener una campanilla para
ir tocando por aquellos corredores a fin de que supieran todos qu gran
visita vena a la casa.

Nia, no es preciso que nos acompaes--dijo Guillermina que no gustaba
de que nadie se sofocase tanto por ella--. Nos basta con saber que estn
en casa.

Pero la zancuda no haca caso. En el primer peldao de la escalera
estaba sentada una mujer que venda higos pasados en una sereta, y por
poco no la planta el zapato de orillo en mitad de la cara. Y todo porque
no se apartaba de un salto para dejar el paso libre... Vaya dnde se
va usted a poner, ta bruja!... Afuera o la reviento de una patada....

Subieron, no sin que a Jacinta le quedaran ganas de examinar bien toda
la pillera que en el patio quedaba. All en el fondo haba divisado dos
nios y una nia. Uno de ellos era rubio y como de tres aos. Estaban
jugando con el fango, que es el juguete ms barato que se conoce.
Amasbanlo para hacer tortas del tamao de _perros grandes_. La nia,
que era de ms edad, haba construido un hornito con pedazos de
ladrillo, y a la derecha de ella haba un montn de panes, bollos y
tortas, todo de la misma masa que tanto abundaba all. La seora de
Santa Cruz observ este grupo desde lejos. Sera alguno de aquellos? El
corazn le saltaba en el pecho y no se atreva a preguntar a la zancuda.
En el ltimo peldao de la escalera encontraron otro obstculo: dos
muchachuelas y tres nenes, uno de estos en mantillas, interceptaban el
paso. Estaban jugando con arena _fina_ de fregar. El mamn estaba fajado
y en el suelo, con las patas y las manos al aire, berreando, sin que
nadie le hiciera caso. Las dos nias haban extendido la arena sobre el
piso, y de trecho en trecho haban puesto diferentes palitos con
cuerdas y trapos. Era el secadero de ropa de las Injurias, propiamente
imitado.

Qu tropa, Dios! --exclam la zancuda con indignacin de celador de
ornato pblico, que no caus efecto--. Cuidado donde se van a poner...
Fuera, fuera!... y t, _pitoja_, recoge a tu hermanillo, que le vamos a
espachurrar. Estas amonestaciones de una autoridad tan celosa fueron
odas con el ms insolente desdn. Uno de los mocosos arrastraba su
panza por el suelo, abierto de las cuatro patas; el otro coga puados
de arena y se lavaba la cara con ella, accin muy lgica, puesto que la
arena representaba el agua. Vamos, hijos, quitaos de en medio--les dijo
Guillermina a punto que la zancuda destrua con el pie el lavadero,
gritando--: Sinvergenzonas, no tenis otro sitio donde jugar? Vaya
con la canalla esta...!. y ech adelante resuelta a destruir cualquier
obstculo que se pusiera al paso. Las otras chiquillas cogieron a los
mocosos, como habran cogido una mueca, y ponindoselos al cuadril,
volaron por aquellos corredores.

Vamos--dijo Guillermina a su gua--, no las rias tanto, que tambin t
eres buena....




--ii--


Avanzaron por el corredor, y a cada paso un estorbo. Bien era un brasero
que se estaba encendiendo, con el tubo de hierro sobre las brasas para
hacer tiro; bien el montn de zaleas o de ruedos, ya una banasta de
ropa; ya un cntaro de agua. De todas las puertas abiertas y de las
ventanillas salan voces o de disputa, o de algazara festiva. Vean las
cocinas con los pucheros armados sobre las ascuas, las artesas de lavar
junto a la puerta, y all en el testero de las breves estancias la
indispensable cmoda con su hule, el veln con pantalla verde y en la
pared una especie de altarucho formado por diferentes estampas, alguna
lmina al cromo de prospectos o peridicos satricos, y muchas
fotografas. Pasaban por un domicilio que era taller de zapatera, y los
golpazos que los zapateros daban a la suela, unidos a sus cantorrios,
hacan una algazara de mil demonios. Ms all sonaba el convulsivo
tiquitique de una mquina de coser, y acudan a las ventanas bustos y
caras de mujeres curiosas. Por aqu se vea un enfermo tendido en un
camastro, ms all un matrimonio que disputaba a gritos. Algunas vecinas
conocieron a doa Guillermina y la saludaban con respeto. En otros
crculos causaba admiracin el empaque elegante de Jacinta. Poco ms
all cruzronse de una puerta a otra observaciones picantes e
irrespetuosas. Se Mariana, ha visto que nos hemos trado el sof en
la rabadilla? Ja, ja, ja!.

Guillermina se par, mirando a su amiga: Esas chafalditas no van
conmigo. No puedes figurarte el odio que esta gente tiene a los
_polisones_, en lo cual demuestran un sentido... cmo se dice?, un
sentido _esttico_ superior al de esos haraganes franceses que inventan
tanto pegote estpido.

Jacinta estaba algo corrida; pero tambin se rea, Guillermina dio dos
pasos atrs, diciendo: Ea, seoras, cada una a su trabajo, y dejen en
paz a quien no se mete con ustedes.

Luego se detuvo junto a una de las puertas y toc en ella con los
nudillos.

La se Severiana no est--dijo una de las vecinas--. Quiere la seora
dejar recado?....

--No; la ver otro da.

Despus de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una
especie de tnel en que tambin haba puertas numeradas; subieron como
unos seis peldaos, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron
en el corredor de otro patio, mucho ms feo, sucio y triste que el
anterior. Comparado con el segundo, el primero tena algo de
aristocrtico y podra pasar por albergue de familias _distinguidas_.

Entre uno y otro patio, que pertenecan a un mismo dueo y por eso
estaban unidos, haba un escaln social, la distancia entre eso que se
llama _capas_. Las viviendas, en aquella segunda _capa_, eran ms
estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caa a pedazos, y
los rasguos trazados con un clavo en las paredes parecan hechos con
ms saa, los versos escritos con lpiz en algunas puertas ms necios y
groseros, las maderas ms despintadas y roosas, el aire ms viciado, el
vaho que sala por puertas y ventanas ms espeso y repugnante. Jacinta,
que haba visitado algunas casas de corredor, no haba visto ninguna tan
ttrica y mal oliente. Qu, te asustas, nia bonita?--le dijo
Guillermina--. Pues qu te creas t, que esto era el Teatro Real o la
casa de Fernn-Nez? nimo. Para venir aqu se necesitan dos cosas:
caridad y estmago.

Echando una mirada a lo alto del tejado, vio la Delfina que por encima
de este asomaba un tenderete en que haba muchos cueros, tripas u otros
despojos, puestos a secar. De aquella regin vena, arrastrado por las
ondas del aire, un olor nauseabundo. Por los desiguales tejados
pasebanse gatos de feroz aspecto, flacos, con las quijadas angulosas,
los ojos dormilones, el pelo erizado. Otros bajaban a los corredores y
se tendan al sol; pero los propiamente salvajes, vivan y aun se
criaban arriba, persiguiendo el sabroso ratn de los secaderos.

Pasaron junto a las dos damas figuras andrajosas, ciegos que iban dando
palos en el suelo, lisiados con montera de pelo, pantaln de soldado,
horribles caras. Jacinta se apretaba contra la pared para dejar paso
franco. Encontraban mujeres con pauelo a la cabeza y mantn pardo,
tapndose la boca con la mano envuelta en un pliegue del mismo mantn.
Parecan moras; no se les vea ms que un ojo y parte de la nariz.
Algunas eran agraciadas; pero la mayor parte eran flacas, plidas,
tripudas y envejecidas antes de tiempo.

Por los ventanuchos abiertos sala, con el olor a fritangas y el
ambiente chinchoso, murmullo de conversaciones dejosas, arrastrando
toscamente las slabas finales. Este modo de hablar de la tierra ha
nacido en Madrid de una mixtura entre el deje andaluz, puesto de moda
por los soldados, y el dejo aragons, que se asimilan todos los que
quieren darse aires varoniles.

Nueva barricada de chiquillos les cort el paso. Al verles, Jacinta y
aun Guillermina, a pesar de su costumbre de ver cosas raras, quedronse
pasmadas, y hubirales dado espanto lo que miraban, si las risas de
ellos no disiparan toda impresin terrorfica. Era una manada de
salvajes, compuesta de dos tagarotes como de diez y doce aos, una nia
ms chica, y otros dos _chavales_, cuya edad y sexo no se poda saber.
Tenan todos ellos la cara y las manos llenas de chafarrinones negros,
hechos con algo que deba de ser betn o barniz japons del ms fuerte.
Uno se haba pintado rayas en el rostro, otro anteojos, aqul bigotes,
cejas y patillas con tan mala maa, que toda la cara pareca revuelta en
heces de tintero. Los pequeuelos no parecan pertenecer a la raza
humana, y con aquel maldito tizne extendido y resobado por la cara y las
manos semejaban micos, diablillos o engendros infernales.

Malditos seis... --grit la zancuda, cuando vio aquellas fachas
horrorosas--. Pero cmo os habis puesto as, sinvergenzones,
indecentes, puercos, marranos...!.

--En el nombre del Padre... --exclam Guillermina persignndose--. Pero
has visto...?

Contemplaban ellos a las damas, mudos y con grandsima emocin, gozando
ntimamente en la sorpresa y terror que sus espantables cataduras
producan en aquellas seoriticas tan requetefinas. Uno de los pequeos
intent echar la zarpa al abrigo de Jacinta; pero la zancuda empez a
dar chillidos: Quitarvos all, desapartasos, gorrinos asquerosos...
que manchis a estas seoras con esas manazas.

Bendito Dios!... Si parecen canbales... No nos toquis... La culpa
no tenis vosotros, sino vuestras madres, que tal os consienten...

Y si no me engao, estos dos gandulones son tus hermanos, nia.

Los dos aludidos, mostrando al sonrer sus dientes blancos como la leche
y sus labios ms rojos que cerezas entre el negro que los rodeaba,
contestaron que s con sus cabezas de salvaje. Empezaban a sentirse
avergonzados y no saban por dnde tirar. En el mismo instante sali una
mujeraza de la puerta ms prxima, y agarrando a una de las nias
embadurnadas, le levant las enaguas y empez a darle tal solfa en salva
la parte, que los castaetazos se oan desde el primer patio. No tard
en aparecer otra madre furiosa, que ms que mujer pareca una loba, y la
emprendi con otro de los mandingas a bofetada sucia, sin miedo a
mancharse ella tambin. Canallas, cafres, cmo se han puesto!. Y al
punto fueron saliendo ms madres irritadas. La que se arm! Pronto se
vieron lgrimas resbalando sobre el betn, llanto que al punto se volva
negro. Te voy a matar, grandsimo pillo, ladrn.... Estos son los
condenados charoles que usa la se Nicanora. Pero, re--Dios!, se
Nicanora, para qu deja ust que las criaturas...?.

Una de las mujeres que ms alborotaban se aplac al ver a las dos damas.
Era la seora de Ido del Sagrario, que tena en la cara sombrajos y
manchurrones de aquel mismo betn de los caribes, y las manos
enteramente negras.

Turbose un poco ante la visita: Pasen las seoras... Me encuentran
hecha una compasin.

Guillermina y Jacinta entraron en la mansin de Ido, que se compona de
una salita angosta y de dos alcobas interiores ms oprimidas y lbregas
an, las cuales daban el _quin vive_ al que a ellas se asomaba. No
faltaban all la cmoda y la lmina del Cristo del _Gran Poder_, ni las
fotografas descoloridas de individuos de la familia y de nios muertos.
La cocina era un cubil fro donde haba mucha ceniza, pucheros volcados,
tinajas rotas y el artesn de lavar lleno de trapos secos y de polvo. En
la salita, los ladrillos tecleaban bajo los pies. Las paredes eran como
de carbonera, y en ciertos puntos haban recibido bofetadas de cal, por
lo que resultaba un claro-oscuro muy fantstico. Creerase que andaban
espectros por all, o al menos sombras de linterna mgica. El sof de
Vitoria era uno de los muebles ms alarmantes que se pueden imaginar. No
haba ms que verle para comprender que no responda de la seguridad de
quien en l se sentase. Las dos o tres sillas eran tambin muy
sospechosas. La que pareca mejor, seguramente la pegaba. Vio Jacinta,
salteados por aquellos fantsticos muros, carteles de publicaciones
ilustradas, de librillos de papel de fumar y cartones de almanaques
americanos que ya no tenan hojas. Eran aos muertos.

Pero lo que mayormente excit la curiosidad de ambas seoras fue un gran
tablero que en el centro de la estancia haba, cogindola casi toda; una
mesa armada sobre bancos como la que usan los papelistas, y encima de
ella grandes paquetes o manos de pliegos de papel fino de escribir. A un
extremo los cuadernillos apilados formaban compactas resmas blancas; a
otro las mismas resmas ya con bordes negros, convertidas en papel de
luto.

Ido extenda sobre el tablero los pliegos de papel abiertos. Una
muchacha, que deba de ser Rosita, contaba los pliegos ya enlutados y
formaba los cuadernillos. Nicanora pidi permiso a las seoras para
seguir trabajando. Era una mujer ms envejecida que vieja, y bien se
conoca que nunca haba sido hermosa. Debi de tener en otro tiempo
buenas carnes, pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras
como un zurrn vaco. All, valga la verdad, no se saba lo que era
pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Si
algo expresaba era un genio muy malo y un carcter de vinagre; pero en
esto engaaba aquel rostro como otros muchos que hacen creer lo que no
es. Era Nicanora una infeliz mujer, de ms bondad que entendimiento,
probada en las luchas de la vida, que haba sido para ella una batalla
sin victorias ni respiro alguno. Ya no se defenda ms que con la
paciencia, y de tanto mirarle la cara a la adversidad deba de
provenirle aquel alargamiento de morros que la afeaba
considerablemente. La _Venus de Mdicis_ tena los prpados enfermos,
rojos y siempre hmedos, privados de pestaas, por lo cual decan de
ella que _con un ojo lloraba a su padre y con otro a su madre_.

Jacinta no saba a quin compadecer ms, si a Nicanora por ser como era,
o a su marido por creerla Venus cuando se _electrizaba_. Ido estaba muy
cohibido delante de las dos damas. Como la silla en que doa Guillermina
se sent empezase a exhalar ciertos quejidos y a hacer desperezos,
anunciando quizs que se iba a deshacer, D. Jos sali corriendo a traer
una de la vecindad. Rosita era graciosa, pero desmedrada y clortica, de
color de marfil. Llamaba la atencin su peinado en sortijillas, batido,
engomado y puesto con muchsimo aquel.

Pero qu hace usted, mujer, con esa pintura? pregunt Guillermina a
Nicanora.

_--Soy lutera_.

--Somos _luteranos_--dijo Ido sonriendo, muy satisfecho por tener
ocasin de soltar aquel chiste que era viejo y haba sido soltado sin
nmero de veces.

--Qu dice este hombre! --exclam la fundadora horrorizada.

--Cllate t y no disparates--replic Nicanora--. Yo soy _lutera_, vamos
al decir, pinto papel de luto. Cuando no tengo otro trabajo, me traigo a
casa unas cuantas resmas, y las enluto mismamente como las seoras ven.
El almacenista paga un real por resma. Yo pongo el tinte, y trabajando
todo el da, me quedan seis o siete reales. Pero los tiempos estn
malos, y hay poco papel que teir. Todas las luteras estn paradas,
seora... porque, naturalmente, o se muere poca gente, o no les echan
papeletas... Hombre--dijo a su marido, hacindole estremecer--, qu
haces ah con la boca abierta? _Desmiente_.

Ido, que estaba oyendo a su mujer, como se oye a un orador brillante,
despert de su xtasis y se puso a _desmentir_. Llaman as al acto de
colocar los pliegos de papel unos sobre otros, escalonados, dejando
descubierta en todos una fajita igual, que es lo que se tie. Como
Jacinta observaba atentamente el trabajo de D. Jos, este se esmer en
hacerlo con desusada perfeccin y ligereza. Daba gusto ver aquellos
bordes, que por lo iguales parecan hechos a comps. Rosita apilaba
pliegos y resmas sin decir una palabra. Nicanora hizo a Jacinta, mirando
a su marido, una sea que quera decir: Hoy est bueno. Despus empez
a pasar rpidamente la brocha sobre el papel, como se hace con los
estarcidos.

--Y las suscriciones de entregas --pregunt Guillermina--, dan algo que
comer?

Ido abri la boca para emitir pronta y juiciosa respuesta a esta
pregunta; pero su mujer tom rpidamente la palabra, quedndose l un
buen rato con la boca abierta.

--Las suscripciones--declar la _Venus de Mdicis_--, son una calamidad.
Aqu Jos tiene poca suerte... es muy honrado y le engaa
cualisquiera. El pblico es cosa mala, seoras, y suscritor hay que no
paga ni aunque le arrastren. Luego, como el mes pasado perdi _aqu_
(este aqu era D. Jos) un billete de cuatrocientos reales, el encargado
de las obras se lo va cobrando, descontndole de las primas que le
tocan. Por eso, naturalmente, nos hemos atrasado tanto, y lo poco que se
apaa se lo birla el casero.

Ido, desde que se dijo aquello del billete perdido, no volvi a levantar
los ojos de su trabajo. Aquel descuido que tuvo le avergonzaba como si
hubiera sido un delito.

Pues lo primero que tienen ustedes que hacer--indic la Pacheco--, es
poner una escuela a esos dos tagarotes y a la berganta de su nia
pequea.

--No los mando, porque me da vergenza de que salgan a la calle con
tanto pingajo.

--No importa. Adems, esta amiguita y yo daremos a ustedes alguna ropa
para los muchachos. Y el mayor, gana algo?

--Me gana cinco reales en una imprenta.

Pero no tiene formalidad. Cuando le parece deja el trabajo, y se va a
las becerradas de Getafe o de Legans, y no parece en tres das. Quiere
ser torero y nos trae crucificados. Se va al matadero por las tardes,
cuando degellan, y en casa, dormido, habla de que si puso las
banderillas a _porta-gayola_...

--Y usted--pregunt Jacinta a Rosita--, en qu se ocupa?

Rosita se puso muy encarnada. Iba a contestar; pero su madre, que
llevaba la palabra por toda la familia, respondi:

Es peinadora... Est aprendiendo con una vecina maestra. Ya tiene
algunas parroquianas. Pero no le pagan, naturalmente... Es una sosona, y
como no le pongan los cuartos en la mano, no hay de qu. Yo le digo que
no sea _panoli_ y que tenga genio; pero... ya usted la ve. Como su
padre, que el da que no le engaa uno le engaan dos.

Guillermina, despus de sacar varios bonos, como billetes de teatro, y
dar a la infeliz familia los que necesitaba para proveerse de garbanzos,
pan y carne por media semana, dijo que se marchaba. Pero Jacinta no se
conform con salir tan pronto. Haba ido all con determinado fin, y por
nada del mundo se retirara sin intentar al menos realizarlo. Varias
veces tuvo la palabra en la boca para hacer una pregunta a D. Jos, y
este la miraba como diciendo: estoy rabiando porque me pregunte usted
por el _Pituso_. Por fin, decidiose la dama a romper el silencio sobre
punto tan capital, y levantndose dio algunos pasos hacia donde Ido
estaba. Este no necesit ms que verla venir; y saliendo rpidamente del
cuarto, volvi al poco con una criatura de la mano.




--iii--


El Dulce Nombre!... exclam la Pacheco viendo entrar aquel adefesio,
y todos los dems lanzaron una exclamacin parecida al mirar al nio,
con la cara tan completamente pintada de negro que no se vea el color
de su carne por parte alguna. Sus manos chorreaban betn, y en el traje
se haban limpiado las suyas asquerossimas los otros muchachos. El
_Pitusn_ tena el cabello negro. Sus labios rojos sobre aquel chapapote
superaban al coral ms puro. Los dientecillos le brillaban cual si
fueran de cristal. La lengua que sacaba, por tener la creencia de que
todo negrito, para ser tal negrito, debe estirar la lengua todo lo ms
posible, pareca una hoja de rosa.

Qu horror!... Ah!, tunantes... Bendito Dios!, cmo le han
puesto!... Anda, que apaado ests!.... Las vecinas se enracimaban en
las puertas riendo y alborotando. Jacinta estaba atnita y apenada.
Pasronle por la mente ideas extraas; la mancha del pecado era tal, que
aun a la misma inocencia extenda su sombra; y el maldito se rea detrs
de su infernal careta, gozoso de ver que todos se ocupaban de l, aunque
fuera para escarnecerle. Nicarona dej sus pinturas para correr detrs
de los bergantes y de la zancuda, que tambin deba de tener alguna
parte en aquel desaguisado. La osada del negrito no conoca lmites, y
extendi sus manos pringadas hacia aquella seora tan maja que le miraba
tanto. Quita all, demonio... quita all esas manos le gritaron.
Viendo que no le dejaban tocar a nadie, y que su facha causaba risa, el
chico daba patadas en medio del corro, sacando la lengua y presentando
sus diez dedos como garras. De este modo tena, a su parecer, el aspecto
de un bicho muy malo que se coma a la gente, o por lo menos que se la
quera comer.

Oyose el pie de paliza que Nicarona, hecha una veneno, estaba dando a
sus hijos, y el gemir de ellos. El _Pituso_ empez a cansarse pronto de
su papel de mico, porque eso de no poder pegarse a nadie tena poca
gracia. Lo mejor que poda hacer en su situacin desairada, era meterse
los dedos en la boca; pero saba tan mal aquel endiablo potaje negro,
que pronto los hubo de retirar.

Ser veneno eso? --observ Jacinta, alarmada--. Que lo laven, por qu
no lo lavan?.

--Pues ests bonito, Juann--djole Ido--. Y esta seora que te quera
dar un beso!

vida de tocarle, la Delfina le agarr un mechn de cabello, lo nico en
que no haba pintura. Pobrecito, cmo est!.... De repente le
entraron a Juann ganas de llorar. Ya no enseaba la lengua; lo que
haca era dar suspiros.

Pero ese Sr. Izquierdo, no est?--pregunt a Ido Jacinta llevndole
aparte--. Yo tengo que hablar con l. Dnde vive?.

--Seora--replic D. Jos con finura--, la puerta de su domicilio est
cerrada... hermticamente, muy hermticamente.

--Pues quiero verle, quiero hablar con l.

--Yo lo pondr en su conocimiento--repuso el corredor de obras, que
gustaba de emplear formas burocrticas cuando la ocasin lo peda.

--Ea, vmonos, que es tarde --dijo impaciente Guillermina--. Otro da
volveremos.

--S, volveremos... Pero que lo laven... pobre nio! Debe de estar en
un martirio horrible con ese emplasto en la cara. Di, tontn, quieres
que te laven?

El _Pituso_ dijo que s con la cabeza. Su afliccin creca, y poco le
faltaba para romper a llorar. Todas las vecinas reconocieron la
necesidad de lavarle; pero unas no tenan agua y otras no queran
gastarla en tal objeto. Por fin una mujer agitanada y con faldas de
percal rameado, el talle muy bajo, un pauelo cado por los hombros, el
pelo lacio y la tez crasa y de color de _terra-cotta_, se pareci por
all de repente, y quiso dar una leccin a las vecinas delante de las
seoras, diciendo que ella tena agua de sobra para _despercudir_ y
_chovelar_ a aquel ngel. Se le llevaron en burlesca procesin, l
delante, aislado por su propio tizne, y ya con la dignidad tan por los
suelos, que empezaba a dar _jipos_; los chicos detrs haciendo una
bulla infernal, y la tarasca aquella del moo lacio amenazndolos con
_endiarles_ si no se quitaban de en medio. Desapareci la comparsa por
una puerqusima y angosta escalera que del ngulo del corredor parta.
Jacinta hubiera querido subir tambin; pero Guillermina la sofocaba con
sus prisas. Hija, sabes t la hora que es?.

S, nos iremos... Lo que es por m, ya estamos andando deca la otra
sin moverse del corredor, mirando a la techumbre, en la cual no vea
otra cosa que el horrible tinglado donde colgaban los cueros puestos a
secar. Entre tanto, la fundadora, a pesar de su mucha prisa, entablaba
una rpida conversacin con D. Jos.

No tiene usted ya nada que hacer en casa?.

--Absolutamente nada, seora. Ya estn _desmentidas_ las ltimas resmas.
Pensaba yo ahora irme a dar una vuelta y a tomar el aire.

--Le conviene a usted el ejercicio... perfectamente. Pues oiga usted, al
mismo tiempo que se orea un poco, me va a hacer un servicio.

--Estoy a disposicin de la seora.

--Se sale usted a la Ronda... tira usted para abajo, dejando a la
izquierda la fbrica del gas. Entiende usted?... Sabe usted la
estacin de las Pulgas? Bueno, pues antes de llegar a ella hay una casa
en construccin... Est concluida la obra de fbrica y ahora estn
armando una chimenea muy larga, porque va a ser _sierra mecnica_... Se
va usted enterando? No tiene prdida. Pues entra usted y pregunta por el
guarda de la obra, que se llama Pacheco... lo mismito que yo. Usted le
dice: Vengo por los ladrillos de doa Guillermina. Ido repiti, como
los chicos que aprenden una leccin:

Vengo por los ladrillos, etc....

--El dueo de esa fbrica me ha dado unos setenta ladrillos, lo nico
que le sobra... poca cosa, pero a m todo me sirve... Bueno; coge usted
los ladrillos y me los lleva a la obra... son para mi obra.

--A la obra?... Qu obra?

--Hombre, en Chamber... mi asilo... Est usted lelo?

--Ah! perdone la seora... cuando o la obra, cre al pronto que era
una obra literaria.

--Si no puede usted de un viaje, emplee dos.

--O tres, o cuatro... tantsimo gusto en ello... Si necesario fuese,
naturalmente, tantos viajes como ladrillos...

--Y si me hace bien el recado, cuente con un hongo casi nuevo... Me lo
han dado ayer en una casa, y lo reservo para los amigos que me ayudan...
Con que lo har usted? Hoy por ti y maana por m. Vaya, abur, abur.

Ido y su mujer se deshacan en cumplidos y fueron escoltando a las
seoras hasta la puerta de la calle. En la calle de Toledo tomaron ellas
un simn para ganar tiempo, y el bendito Ido se fue a cumplir el encargo
que la fundadora le haba hecho. No era una misin _delicada_
ciertamente, como l deseara; pero el principio de caridad que entraaba
aquel acto lo trocaba de vulgar en sublime. Toda la santa tarde estuvo
mi hombre ocupado en el transporte de los ladrillos, y tuvo la
satisfaccin de que ni uno solo de los setenta se le rompiera por el
camino. El contento que inundaba su alma le quitaba el cansancio, y
provena su gozo casi exclusivamente de que Jacinta, en aquel ratito en
que le llev aparte, le haba dado un duro. No puso l la moneda en el
bolsillo de su chaleco, donde la habra descubierto Nicanora, sino en la
cintura, muy bien escondida en una faja que usaba pegada a la carne para
abrigarse la boca del estmago. Porque conviene fijar bien las cosas...
aquel duro, dado aparte, lejos de las miradas famlicas del resto de la
familia, era exclusivamente para l. Tal haba sido la intencin de la
seorita, y D. Jos habra credo ofender a su bienhechora
interpretndola de otro modo. Guardara, pues, su tesoro, y se valdra
de todas las trazas de su ingenio para defenderlo de las miradas y de
las uas de Nicanora... porque si esta lo descubra, Santo Cristo de
los Guardias...!

Pas la noche en grandsima intranquilidad. Tema que su mujer
descubriese con ojo perspicaz el matute que l encerraba en su cintura.
La maldita pareca que ola la plata. Por eso estaba tan azorado y no se
daba por seguro en ninguna posicin, creyendo que al travs de la ropa
se le iba a ver la moneda. Durante la cena estuvieron todos muy alegres;
tiempo haca que no haban cenado tan bien. Pero al acostarse volvi Ido
a ser atormentado por sus temores, y no tuvo ms remedio que estar toda
la noche hecho un ovillo, con las manos cruzadas en la cintura, porque
si en una de las revueltas que ambos daban sobre los accidentados
jergones la mano de su mujer llegaba a tocar el duro, se lo quitaba, tan
fijo como tres y dos son cinco. Durmi, pues, tan mal que en realidad
dorma con un ojo y velaba con el otro, atento siempre a defender su
contrabando. Lo peor fue que vindole su mujer tan retortijado y hecho
todo una _ese_, crey que tena el dolor espasmdico que le sola dar; y
como el mejor remedio para eso eran las friegas, Nicanora le propuso
drselas, y al or tal proposicin, temblronle a Ido las carnes,
vindose descubierto y perdido. Ahora s que la hemos hecho buena
pens. Pero su talento le sugiri la respuesta, y dijo que no tena ni
pizca de dolor, sino fro, y sin ms explicaciones se volvi contra la
pared, pegndose a ella como un engrudo, y hacindose el dormido. Lleg
por fin el da y con l la calma al corazn de Ido, quien se acical y
se lav casi toda la cara, ponindose la corbata encarnada con cierta
presuncin.

Eran ya las diez de la maana, porque con aquello de lavarse _bien_ se
haba ido bastante tiempo. Rosita tard mucho en traer el agua, y
Nicanora se haba dado la inmensa satisfaccin de ir a la compra. Todos
los individuos de la familia, cuando se encontraban uno frente a otro,
se echaban a rer, y el ms risueo era D. Jos, porque... si
supieran!...




--iv--


Echose mi hombre a la calle, y tir por la de Mira el Ro baja, cuya
cuesta es tan empinada que se necesita hacer algo de volatines para no
ir rodando de cabeza por aquellos pedernales. Ido la baj, casi como la
bajan los chiquillos, de un aliento, y una vez en la explanada que
llaman el _Mundo Nuevo_, su espritu se espaci, como pjaro lanzado a
los aires. Empez a dar resoplidos, cual si quisiera meter en sus
pulmones ms aire del que caba, y sacudi el cuerpo como las gallinas.
El picorcillo del sol le agradaba, y la contemplacin de aquel cielo
azul, de incomparable limpieza y diafanidad, daba alas a su alma
voladora. Candoroso e impresionable, D. Jos era como los nios o los
poetas de verdad, y las sensaciones eran siempre en l vivsimas, las
imgenes de un relieve extraordinario. Todo lo vea agrandado
hiperblicamente o empequeecido, segn los casos. Cuando estaba alegre,
los objetos se revestan a sus ojos de maravillosa hermosura; todo le
_sonrea_, segn la expresin comn que le gustaba mucho usar. En cambio
cuando estaba afligido, que era lo ms frecuente, las cosas ms bellas
se afeaban volvindose negras, y se cubran de un velo... parecale ms
propio decir _de un sudario_. Aquel da estaba el hombre de buenas, y la
excitacin de la dicha hacale ms nio y ms poeta que otras veces. Por
eso el campo del _Mundo Nuevo_, que es el sitio ms desamparado y ms
feo del globo terrqueo, le pareci una bonita plaza. Sali a la Ronda y
ech miradas de artista a una parte y otra. All la puerta de Toledo
qu soberbia arquitectura! A la otra parte la fbrica del gas... oh
prodigios de la industria!... Luego el cielo esplndido y aquellos lejos
de Carabanchel, perdindose en la inmensidad, con remedos y aun con
murmullos de Ocano... sublimidades de la Naturaleza!... Andando,
andando, le entr de improviso un celo tan vehemente por la instruccin
pblica, que le falt poco para caerse de espaldas ante los estlidos
letreros que vea por todas partes.

_No se premite tender rropa, y ni clabar clabos_, deca en una pared, y
D. Jos exclam: Vaya una barbaridad!... Ignorantes!... emplear dos
conjunciones copulativas! Pero pedazos de animales, no veis que la
primera, naturalmente, junta las voces o clusulas en concepto
afirmativo y la segunda en concepto negativo?... Y que no tenga qu
comer un hombre que podra ensear la Gramtica a todo Madrid y corregir
estos delitos del lenguaje!... Por qu no me haba de dar el Gobierno,
vamos a ver, por qu no me haba de dar el encargo, mediante
proporcionales emolumentos, de vigilar los rtulos?... Zoquetes, qu
multas os pondra!... Pues tambin t ests bueno: _Se alquilan
qartos_... muy bien, seor mo. Le gustan a usted tanto las _es_ que
se las come con arroz? Ah!, si el Gobierno me nombrara _ortgrafo de la
va pblica_, ya verais... Vamos, otro que tal: _se proive_... Se
prohbe rebuznar, digo yo.

Hallbase en lo ms entretenido de aquella crtica literaria, tan propia
de su oficio, cuando vio que hacia l iban tres individuos de calzn
ajustado, botas de caa, chaqueta corta, gorra, el pelo echadito
_palante_, caras de poca vergenza.

Eran los tales tipos muy madrileos y pertenecan al gremio de los
_randas_. El uno era _descuidero_, el otro _tomador_, y el tercero haca
a pelo y a pluma. Ido les conoca, porque vivan en su patio, siempre
que no eran inquilinos de los del Saladero, y no gustaba de tratarse con
semejante gentuza. De buena gana les habra dado una puntera en salva la
parte; pero no se atreva. Una cosa es reformar la ortografa pblica, y
otra aplicar ciertos correctivos a la especie humana. All van los
buenos das le dijeron los chulos alegremente, y a Ido se le puso la
carne como la de las gallinas, porque se acord del duro y temi que se
lo _garfiaran_ si entraba en parola con ellos. Pasando de largo, les
dijo con mucha cortesa: Dios les guarde, caballeros... Conservarse y
apret a correr. No le volvi el alma al cuerpo hasta que les hubo
perdido de vista.

Es preciso que me convide a algo pensaba el pendolista; y haca la
crtica mental de los manjares que ms le gustaban. Cerca de la puerta
de Toledo se encontr con un mielero alcarreo que paraba en su misma
casa. Estaban hablando, cuando pas un pintor de panderetas, tambin
vecino, y ambos le convidaron a unas copas. Vyanse al rbano,
ordinariotes... pens Ido, y les dio las gracias, separndose al punto
de ellos. Andando ms vio un ventorro en la acera derecha de la
Ronda...

Comer de fonda!. Esta idea se le clav en el cerebro. Un rato estuvo
Ido del Sagrario ante el establecimiento de _El Tartera_, que as se
llamaba, mirando los dos tiestos de _bnibus_ llenos de polvo, las
insignias de los bolos y la rayuela, la mano negra con el dedo tieso
sealando la puerta, y no se decida a obedecer la indicacin de aquel
dedo. Le sentaba tan mal la carne...! Desde que la coma le entraba
aquel mal tan extrao y daba en la gracia estpida de creer que Nicanora
era la Venus de Mdicis. Acordose, no obstante, de que el mdico le
recetaba siempre comer carne, y cuanto ms cruda mejor. De lo ms hondo
de su naturaleza sala un bramido que le peda carne, carne, carne! Era
una voz, un prurito irresistible, una imperiosa necesidad orgnica, como
la que sienten los borrachos cuando estn privados del fuego y de la
picazn del alcohol.

Por fin no pudo resistir; colose dentro del ventorrillo, y tomando
asiento junto a una de aquellas despintadas mesas, empez a palmotear
para que viniera el mozo, que era el mismo _Tartera_, un hombre
gordsimo, con chaleco de Bayona y mandil de lanilla verde rayado de
negro. No lejos de donde estaba Ido haba un rescoldo dentro de enorme
brasern, y encima una parrilla casi tan grande como la reja de una
ventana. All se asaban las chuletas de ternera, que con la chamusquina
en tan viva lumbre, despedan un olor apetitoso. Chuletas dijo D.
Jos, y a punto vio entrar a un amigo, el cual le haba visto a l y
por eso sin duda entraba.

Hola, amigo Izquierdo... Dios le guarde.

--Le vi pasar, maestro y dije, digo: A cuenta que voy a echar un
espotrique con mi tocayo...

Sentose sin ceremonia el tal, y poniendo los codos sobre la mesa, mir
fijamente a su tocayo. O las miradas no expresaban nada, o la de aquel
sujeto era un memorial pidiendo que se le convidara. Ido era tan
caballero que le falt tiempo para hacer la invitacin, aadiendo una
frase muy prudente. Pero, tocayo, sepa que no tengo ms que un duro...
Con que no se corra mucho.... Hizo el otro un gesto tranquilizador y
cuando el _Tartera_ puso el servicio, si servicio puede llamarse un par
de cuchillos con mango de cuerno, servilleta sucia y salero, y pidi
rdenes acerca del vino, le dijo, dice: Pardillo yo?... pa chasco...
Trete de la tierra.

A todo esto asinti Ido del Sagrario, y sigui contemplando a su amigo,
el cual pareca un grande hombre aburrido, carcter agriado por la
continuidad de las luchas humanas. Jos Izquierdo representaba cincuenta
aos, y era de arrogante estatura. Pocas veces se ve una cabeza tan
hermosa como la suya y una mirada tan noble y varonil. Pareca ms bien
italiano que espaol, y no es maravilla que haya sido, en poca
posterior al 73, en plena Restauracin, el modelo predilecto de nuestros
pintores ms afanados.

Me alegro de verle a usted tocayo--le dijo Ido, a punto que las
chuletas eran puestas sobre la mesa--, porque tena que comunicarle
cosas de importancia. Es que ayer estuvo en casa doa Jacinta, la esposa
del Sr. D. Juanito Santa Cruz, y pregunt por el chico y le vio...
quiero decir, no le vio porque estaba todito dado de negro... y luego
dijo que dnde estaba usted, y como usted no estaba, qued en
volver....

Izquierdo deba de tener hambre atrasada, porque al ver las chuletas,
les ech una mirada guerrera que quera decir: Santiago y a ellas! y
sin responder nada a lo que el otro hablaba, les embisti con furia. Ido
empez a engullir comindose grandes pedazos sin masticarlos. Durante un
rato, ambos guardaron silencio. Izquierdo lo rompi dando fuerte golpe
en la mesa con el mango del cuchillo, y diciendo:

Re-hostia con la Repblica!... Vaya una porquera!.

Ido asinti con una cabezada.

Repoblicanos de chanfaina... pillos, buleros, piores que serviles,
moderaos, piores que moderaos!--prosigui Izquierdo con fiera
exaltacin--.

No colocarme a m, a m, que soy el endivido que ms breg por la
Repblica en esta juda tierra... Es la que se dice: cra cuervos...
Ah! Seor de Martos, seor de Figueras, seor de Pi... a cuenta que
ahora no conocen a este pobrete de Izquierdo, porque lo ven
maltrajeao... pero antes, cuando Izquierdo tena por s las afloencias
de la Inclusa y cuando Bicerra le vena a ver pal cuento de echarnos a
la calle, entonces... Hostia! Hamos venido a menos. Pero si por un es
caso golvisemos a ms, yo les juro a esos figurones que tendremos una
_yecin_.




--v--


Ido segua corroborando, aunque no haba entendido aquello de la
_yecin_, ni lo entendiera nadie. Con tal palabra Izquierdo expresaba
una colisin sangrienta, una marimorena o cosa as. Beba vaso tras vaso
sin que su cabeza se afectase, por ser muy resistente.

Porque mirost, maestro, lo que les atufa es el aquel de haber estado
mi endivido en Cartagena... Y yo digo que a mucha honra, re-hostia!
All estbamos los verdicos liberales. Y a cuenta que yo, tocayo, toda
mi vida no he hecho ms que derramar mi sangre por la juda libertad. El
54, qu hice?, batirme en las barricadas como una presona decente. Que
se lo pregunten al difunto D. Pascual Muoz el de la tienda de jierros,
padre del marqus de Casa-Muoz, que era el hombre de ms afloencias en
estos arrabales, y me dijo mismamente aquel da: 'Amigo Platn, vengan
esos cinco'. Y aluego jui con el propio D. Pascual a Palacio, y D.
Pascual subi a pleticar con la Reina, y pronto baj con aquel pap
firmado por la Reina en que les daba la gran pat a los moderaos. D.
Pascual me dijo que pusiera un pauelo branco en la punta de un palo y
que malchara delante diciendo: 'cese er fuego, cese er fuego...'. El 56,
era yo teniente de melicianos, y O'Donnell me cogi miedo, y cuando
pletic a la tropa dijo: 'si no hay quien me coja a Izquierdo, no hamos
hecho na'. El 66, cuando la de los artilleros, mi compare Socorro y yo
estuvimos pegando tiros en la esquina de la calle de Laganitos... El 68,
cuando la santsima, estuve haciendo la guardia en el Banco, pa que no
robaran, y le digo ast que si por un es caso llega a paicerse por all
algn randa, lo suicido... Pues tocan luego a la recompensa, y a Pucheta
me le hacen guarda de la Casa de Campo, a Mochila del Pardo... y a m
una pat. A cuenta que yo no pido ms que un triste destino pa portear
el correo a cualsiquiera parte, y na... Voy a ver a Bicerra, y
piensast que me conoce?, pa chasco!... Le digo que soy Izquierdo, por
mote _Platn_, y menea la cabeza.

Es la que se dice: 'no se acuerdan del judo escaln dimpus que estn
parriba...'. Dimpus me cas y juimos viviendo tal cual. Pero cuando
vino la juda Repblica, se me haba muerto mi Dimetria, y yo no tena
que comer; me jui a ver al seor de Pi, y le dije, digo: 'Seor de Pi,
aqu vengo sobre una colocacin...'. Pa chasco! A cuenta de que el
hombre me deba de tener tirria, porque se remont y dijo que l no
tena colocaciones. Y un judo portero me puso en la calle!
Re-contra-hostia!, si viviera Calvo Asensio!, aquel s era un endivido
que saba las comenencias, y el tratamiento de las personas verdicas.
Vaya un amigo que me perd! Toda la Inclusa era nuestra, y en tiempo
leitoral, ni Dios nos tosa, ni Dios, hostia!... Aqul s, aqul
s!... A cuenta que me coga del brazo y nos entrbamos en un caf, o en
la taberna a tomar una angelita... porque era muy llano y ms liberal
que la Virgen Santsima. Pero estos de ahora?... es la que dice; ni
liberales ni repoblicanos, ni na. Mirost a ese Pi... un mequetrefe. Y
Castelar?, otro mequetrefe. Y Salmern?, otro mequetrefe. Roque
Barcia?, mismamente. Luego, si es caso, vendrn a pedir que les
ayudemos, pero yo...? No me pienso menear; basta de _yeciones_. Si se
junde la Repblica que se junda, y si se junde el judo pueblo, que se
junda tambin.

Apur de nuevo el vaso, y el otro Jos admiraba igualmente su facundia y
su receptividad de bebedor. Izquierdo solt luego una risa sarcstica,
prosiguiendo as:

Dicen que les van a traer a Alifonso... Pa chasco! Por m que lo
traigan. A cuenta que es como si verdicamente trajeran al Terso. Es la
que se dice: pa m lo mismo es blanco que negro. igame lo bueno: El ao
pasado, estando en Alcoy, los carcas me jonjabaron. Me corr a la
partida de Callosa de Ensarri y tir montn de tiros a la Guardia
Cevil. Qu _yecin_! Salta por aqu, salta por all. Pero pronto me
llam andana porque me haban hecho contrata de medio duro diario, y los
rumbeles solutamente no paican. Yo dije: 'Jos mo, glvete liberal,
que lo de carca no tercia'. Una nochecita me escurr, y del tirn me jui
a Barcelona, donde la carpanta fue tan grande, maestro, que por poco doy
las boques. Ay!, tocayo, si no es porque se me terci encontrarme all
con mi sobrina Fortunata, no la cuento. Socorriome... es buena chica, y
con los cuartos que me dio, trinqu el judo tren, y a Madriz....

--Entonces--dijo Ido, fatigado de aquel relato incoherente, y de aquel
vocabulario grotesco--, recogi usted a ese precioso nio...

Buscaba Ido la novela dentro de aquella grrula pgina contempornea;
pero Izquierdo, como hombre de ms seso, despreciaba la novela para
volver a la grave historia.

Allego y me aboco con los comiteles y les canto claro: 'Pero seores,
nos acantonamos o no nos acantonamos?... porque si no va a haber aqu
una _yecin_. Se rean de m!... pillos! Como que estaban vendidos al
moderasmo!... Sabust tocayo, con qu me motejaban aquellos
mequetrefes? Pues na; con que yo no s leer ni escribir: No es todo lo
verdico, hostia!, porque leer ya s, aunque no del todo lo seguo que
se debe. Como escribir, no escribo porque se me corre la tinta por el
dedo... Bah!, es la que se dice: los escribidores, los periodiqueros, y
los publicantones son los que han perdo con sus tiologas a esta juda
tierra, maestro.

Ido tard mucho tiempo en apoyar esto, por ser quien era; pero Izquierdo
le apret el brazo con tanta fuerza, que al fin no tuvo ms remedio que
asentir con una cabezada, haciendo la reserva mental de que slo por la
violencia daba su autorizado voto a tal barbaridad.

Entonces, tocayo de mi arma, viendo que me queran meter en el
estaribel y enredarme con los guras, tom el olivo y no juimos a
Cartagena. Ay, qu vida aquella! Re-hostia! A m me queran hacer
menistro de la Gubernacin; pero dije que nones. No me gustan suponeres.
A cuenta que salimos con las freatas por aquellos mares de mi arma. Y
entonces, que quieras que no, me ensalzaron a tiniente de navo, y
estaba mismamente a las rdenes del general Contreras, que me trataba
de t. Ay qu hombre y qu buen avo el suyo! Pareca verdicamente el
gran turco con su gorro colorao. Aquello era una gloria. Alicante,
guilas! Pelotazo va, pelotazo viene. Si por un es caso nos dejan,
tocayo, nos comemos el santsimo mundo y lo acantonamos toto... Orn!
Ay qu mala sombra tiene Orn y aquel judo _vu_ de los franceses que
no hay cristiano que lo pase!... Me najo de all, gelvo a mi Espaita,
entro en Madriz mu callato, tan fresco... a m qu?... y me presento a
estos tilogos, mequetrefes y les digo: 'Aqu me tenis, aqu tenis a
la personalid del endivido verdico que se pas la santsima vida
peleando como un gato tripa arriba por las judas libertades... Matarme,
hostia, matarme; a cuenta que no me queris colocar...'. Ust me hizo
caso? Pues ellos tampoco. Espotrica que te espotricars en las Cortes, y
el santsimo pueblo que reviente. Y yo digo que es menester acantonar a
Madriz, pegarte fuego a las Cortes, al Palacio Real, y a lo judos
ministerios, al Monte de Piedad, al cuartel de la Guardia Cevil y al
Dipsito de las Aguas, y luego hacer un racimo de horca con Castelar,
Pi, Figueras, Martos, Bicerra y los dems, por moderaos, por
moderaos....




--vi--


Dijo el _por moderaos_ hasta seis veces, subiendo gradualmente de tono,
y la ltima repeticin debi de orse en el puente de Toledo. El otro
Jos estaba muy aturdido con la brbara charla del grande hombre, el ms
desgraciado de los hroes y el ms desconocido de los mrtires. Su
mscara de misantropa y aquella displicencia de genio perseguido eran
natural consecuencia de haber llegado al medio siglo sin encontrar su
asiento, pues treinta aos de tentativas y de fracasos son para abatir
el nimo ms entero. Izquierdo haba sido chaln, tratante en trigos,
revolucionario, jefe de partidas, industrial, fabricante de velas, punto
figurado en una casa de juego y dueo de una _chirlata_; haba casado
dos veces con mujeres ricas, y en ninguno de estos diferentes estados y
ocasiones obtuvo los favores de la voluble suerte. De una manera y otra,
casado y soltero, trabajando por su cuenta y por la ajena, siempre mal,
siempre mal, hostia!

La vida inquieta, las sbitas apariciones y desapariciones que haca, y
el haber estado en _gurapas_ algunas temporadillas rodearon de misterio
su vida, dndole una reputacin deplorable. Se contaban de l horrores.
Decan que haba matado a Demetria, su segunda mujer, y cometido otros
nefandos crmenes, violencias y atropellos. Todo era falso. Hay que
declarar que parte de su mala reputacin la deba a sus fanfarronadas y
a toda aquella humareda revolucionaria que tena en la cabeza. La mayor
parte de sus empresas polticas eran soadas, y slo las crean ya
poqusimos oyentes, entre los cuales Ido del Sagrario era el de mayores
tragaderas. Para completar su retrato, spase que no haba estado en
Cartagena. De tanto pensar en el dichoso cantn, lleg sin duda a
figurarse que haba estado en l, hablando por los codos de aquellas
tremendas _yeciones_ y dando detalles que engaaban a muchos bobos. Lo
de la partida de Callosa s parece cierto.

Tambin se puede asegurar, sin temor de que ningn dato histrico pruebe
lo contrario, que _Platn_ no era valiente, y que, a pesar de tanta
baladronada, su reputacin de braveza empezaba a decaer como todas las
glorias de fundamento inseguro. En los tiempos a que me refiero, el
descrdito era tal que la propia vanidad _platnica_ estaba ya por los
suelos. Principiaba a creerse una nulidad, y all en sus soliloquios
desesperados, cuando le sala mal alguna de las bajezas con que se
procuraba dinero, se escarneca sinceramente, dicindose: soy pior que
una caballera; soy ms tonto que un cerrojo; no sirvo absolutamente
para nada. El considerar que haba llegado a los cincuenta aos sin
saber _plumear_ y leyendo slo a trangullones, le haca formar de su
_endivido_ la idea ms desventajosa. No ocultaba su dolor por esto, y
aquel da se lo expres a su tocayo con sentida ingenuidad:

Es una gaita esto de no saber escribir... Hostia!, si yo supiera...
Cralo: ese es el por qu de la tirria que me tiene Pi.

Don Jos no le contest. Estaba doblado por la cintura, porque el
digerir las dos enormes chuletas que se haba atizado, no se presentaba
como un problema de fcil solucin. Izquierdo no repar que a su amigo
le temblaba horriblemente el prpado, y que las carnculas del cuello y
los berrugones de la cara, inyectados y turgentes, parecan prximos a
reventar. Tampoco se fij en la inquietud de D. Jos, que se mova en el
asiento como si este tuviese espinas; y volviendo a lamentarse de su
destino, se dej decir: Porque no hacen solutamente estimacin de los
verdicos hombres del mrito. Tanto mequetrefe colocao, y a nosotros,
tocayo, a estos dos hombres de calid nadie les ensalza. A cuenta de
ellos se lo pierden; porque usted, hostia!, sera un lince para la
Destrucin pblica, y yo... yo.

La vanidad de _Platn_ cay de golpe cuando ms se remontaba, y no
encontrando aplicacin adecuada a su personalidad, se estrell en la
conciencia de su estolidez. Yo... para tirar de un carromato--pens--.
Despus dej caer la varonil y gallarda cabeza sobre el pecho y estuvo
meditando un rato sobre _el por qu_ de su perra suerte. Ido permaneci
completamente insensible a la lisonja que le soltara su amigo, y tena
la imaginacin sumergida en sombro lago de tristezas, dudas, temores y
desconfianzas. A Izquierdo le roa el pesimismo. La carga de la bebida
en su estmago no tuvo poca parte en aquel desaliento horrible, durante
el cual vio desfilar ante su mente los treinta aos de fracasos que
formaban su historia activa... Lo ms singular fue que en su tristeza
senta una dulce voz silbndole en el odo: T sirves para algo... no
te amontones.... Mas no se convenca, no. Al que me dijera
--pensaba--, cul es la juda cosa pa que sirve este piazo de hombre, le
querra, si es caso, ms que a mi padre. Aquel desventurado era como
otros muchos seres que se pasan la mayor parte de la vida fuera de su
sitio, rodando, rodando, sin llegar a fijarse en la casilla que su
destino les ha marcado. Algunos se mueren y no llegan nunca; Izquierdo
deba llegar, a los cincuenta y un aos, al puesto que la Providencia le
asignara en el mundo, y que bien podramos llamar glorioso. Un ao
despus de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo
dar fe de ello, en su sitio csmico. _Platn_ descubri al fin la ley de
su sino, aquello para que exclusiva y _solutamente_ serva. Y tuvo
sosiego y pan, fue til y desempe un gran papel, y hasta se hizo
clebre y se lo disputaban y le traan en palmitas. No hay ser humano,
por despreciable que parezca, que no pueda ser eminencia en algo, y
aquel buscn sin suerte, despus de medio siglo de equivocaciones, ha
venido a ser, por su hermossimo talante, el gran _modelo_ de la pintura
histrica contempornea. Hay que ver la nobleza y arrogancia de su
figura cuando me lo encasquetan una armadura fina, o ropillas y
balandranes de raso, y me lo ponen _haciendo_ el duque de Ganda, al
sentir la corazonada de hacerse santo, o el marqus de Bedmar ante el
Consejo de Venecia, o Juan de Lanuza en el patbulo, o el gran Alba
ponindoles las peras a cuarto a los flamencos. Lo ms peregrino es que
aquella caballera, toda ignorancia y rudeza, tena un notable instinto
de la postura, senta hondamente la facha del personaje, y saba
traducirla con el gesto y la expresin de su admirable rostro.

Pero en aquella sazn, todo esto era futuro y slo se presentaba a la
mente embrutecida de _Platn_ como presentimiento indeciso de glorias y
bienandanza. El hroe dio un suspiro, a que contest el poeta con otro
suspiro ms tempestuoso. Mirando cara a cara a su amigo, Ido tosi dos o
tres veces, y con una vocecilla que sonaba metlicamente, le dijo,
ponindole la mano en el hombro:

Usted es desgraciado porque no le hacen justicia; pero yo lo soy ms,
tocayo, porque no hay mayor desdicha que el deshonor.

--Repblica puerca, repblica cochina!--rebuzn _Platn_, dando en la
mesa un porrazo tan recio, que todo el ventorro tembl.

--Porque todo se puede conllevar--dijo Ido bajando la voz
lgubremente--, menos la infidelidad conyugal. Terrible cosa es hablar
de esto, querido tocayo, y que esta deshonrada boca pregone mi propia
ignominia... pero hay momentos, francamente, naturalmente, en que no
puede uno callar. El silencio es delito, s seor... Por qu ha de
echar sobre m la sociedad esta befa, no siendo yo culpable? No soy
modelo de esposos y padres de familia? Pues cundo he sido yo
adltero?, cundo?... que me lo digan.

De repente, y saltando cual si fuera de goma, el hombre elctrico se
levant... Senta una ansiedad que le ahogaba, un furor que le pona los
pelos de punta. En este excepcional desconcierto no se olvid de pagar,
y dando su duro al _Tartera_, recogi la vuelta.

Noble amigo--djole a Izquierdo al odo--, no me acompae usted...
Estimo en lo que valen sus ofrecimientos de ayuda. Pero debo ir solo,
enteramente solo, s seor; les coger _in _ _ fraganti_...
Silencio...!, chis!... La ley me autoriza a hacer un escarmiento...
pero horrible, tremendo... Silencio digo!.

Y sali de estampa, como una saeta. Vindole correr, se rean Izquierdo
y el _Tartera_. El infeliz Ido iba derecho a su camino sin reparar en
ningn tropiezo. Por poco tumba a un ciego, y le volc a una mujer la
cesta de los cacahuetes y piones. Atraves la Ronda, el Mundo Nuevo y
entr en la calle de Mira el Ro baja, cuya cuesta se ech a pechos sin
tomar aliento. Iba desatinado, gesticulando, los ojos fulminantes, el
labio inferior muy echado para fuera. Sin reparar en nadie ni en nada,
entr en la casa, subi las escaleras, y pasando de un corredor a otro,
lleg pronto a su puerta. Estaba cerrada sin llave. Psose en acecho, el
odo en el agujero de la llave, y empujando de improviso la abri con
estrpito, y ech un vocerrn muy tremendo: Aduultera!

Cristo!, ya le tenemos otra vez con el dichoso _dengue_...--chill
Nicanora, reponindose al instante de aquel gran susto--. Pobrecito mo,
hoy viene perdido....

Don Jos entr a pasos largos y marcados, con desplantes de cmico de la
legua; los ojos saltndosele del casco; y repeta con un tono cavernoso
la terrorfica palabra: aduultera!

--Hombre de Dios--dijo la infeliz mujer, dejando a un lado el trabajo,
que aquel da no era pintura, sino costura--, t has comido, verdad?...
Buena la hemos hecho...

Le miraba con ms lstima que enojo, y con cierta tranquilidad relativa,
como se miran los males ya muy aejos y conocidos.

--Fuertecillo es el ataque... Corazn, cmo ests hoy! Algn indino te
ha convidado... Si le cojo... Mira, Jos, debes acostarte....

--Por Dios, pap--dijo Rosita, que haba entrado detrs de su padre--,
no nos asustes... Qutate de la cabeza esas andrminas.

Apartola l lejos de s con enrgico ademn, y sigui dando aquellos
pasos tragicmicos sin orden ni concierto. Pareca registrar la casa; se
asomaba a las ftidas alcobas, daba vueltas sobre un tacn, palpaba las
paredes, miraba debajo de las sillas, revolviendo los ojos con fiereza y
haciendo unos aspavientos que haran rer grandemente si la compasin no
lo impidiera. La vecindad, que se diverta mucho con el _dengue_ del
buen ido, empez a congregarse en el corredor. Nicanora sali a la
puerta: Hoy est atroz... Si yo cogiera al lipendi que le convid a
magras....

--Venga usted ac, dama infiel!--le dijo el frentico esposo,
cogindola por un brazo.

Hay que advertir que ni en lo ms fuerte del acceso era brutal. O
porque tuviera muy poca fuerza o porque su natural blando no fuese nunca
vencido de la fiebre de aquella increble desazn, ello es que sus manos
apenas causaban ofensa. Nicanora le sujet por ambos brazos, y l,
sacudindose y pateando, descargaba su ira con estas palabras roncas:
No me lo negars ahora... Le he visto, le he visto yo.

--A quin has visto, corazn?... Ah!, s, al duque. S, aqu le
tengo... No me acordaba... Pcaro duque, que te quiere quitar esa
recondenada prenda tuya!

Desprendido de las manos de su mujer, que como tenazas le sujetaban, Ido
volvi a sus mmicas, y Nicanora, sabiendo que no haba ms medio de
aplacarle que dar rienda suelta a su insana mana para que el ataque
pasara ms pronto, le puso en la mano un palillo de tambor que all
haban dejado los chicos, y empujndole por la espalda... Ya puedes
escabecharnos--le dijo--, anda, anda; estamos all, en el camarn, tan
agasajaditos... Fuerte, hijo; dale firme y scanos el mondongo....

Dando trompicones, entr Ido en una de las alcobas, y apoyando la
rodilla en el camastro que all haba empez a dar golpes con el
palillo, pronunciando torpemente estas palabras: Adlteros, expiad
vuestro crimen. Los que desde el corredor le oan, reanse a todo
trapo, y Nicanora arengaba al pblico diciendo: pronto se le pasar;
cuanto ms fuerte, menos le dura.

As, as... muertos los dos... charco de sangre... yo vengado, mi honra
la... la... vadita murmuraba l dando golpes cada vez ms flojos, y al
fin se desplom sobre el jergn boca abajo. Las piernas colgaban fuera,
la cara se oprima contra la almohada, y en tal postura rumiaba
expresiones oscuras que se apagaban resolvindose en ronquidos. Nicanora
le volvi cara arriba para que respirase bien, le puso las piernas
dentro de la cama, manejndole como a un muerto, y le quit de la mano
el palo. Arreglole las almohadas y le afloj la ropa. Haba entrado en
el segundo periodo, que era el comtico, y aunque segua delirando, no
mova ni un dedo, y apretaba fuertemente los prpados, temeroso de la
luz. Dorma la mona de carne.

Cuando la _Venus de Mdicis_ sali del cubil, vio que entre las personas
que miraban por la ventana, estaba Jacinta, acompaada de su doncella.




--vii--


Haba presenciado parte de la escena y estaba aterrada. Ya le pas lo
peor--dijo Nicanora saliendo a recibirla--. Ataque muy fuerte... Pero no
hace dao. Pobre ngel! Se pone de esta conformidad cuando come.

--Cosa ms rara! --expres Jacinta entrando.

--Cuando come carne... S seora. Dice el mdico que tiene el cerebro
como pasmado, porque durante mucho tiempo estuvo escribiendo cosas de
mujeres malas, sin comer nada ms que las condenadas judas... La
miseria, seora, esta vida de perros. Y si supiera usted qu buen
hombre es!... Cuando est tranquilo no hace cosa mala ni dice una
mentira... Incapaz de matar una pulga. Se estar dos aos sin probar el
pan, con tal que sus hijos lo coman. Ya ve la seora si soy desgraciada.
Dos aos hace que Jos empez con estas incumbencias. Se pasaba las
noches en vela, sacando de su cabeza unas fbulas...!, todo tocante a
damas infieles, guapetonas, que se iban de picos pardos con unos duques
muy adlteros... y los maridos trinando... Qu cosas inventaba! Y por
la maana las pona en limpio en papel de marquilla con una letra que
daba gusto verla. Luego le dio el tifus, y se puso tan malo que estuvo
_suministrado_ y creamos que se iba. San y le quedaron estas
calenturas de la sesera, este _dengue_ que le da siempre que toma
sustancia. Tiene temporadas, seora; a veces el ataque es muy ligero, y
otras se pone tan encalabrinado que slo de pasar por delante del
Matadero le baila el prpado y empieza a decir disparates. Bien dicen,
seora, que la carne es uno de los enemigos del alma... Cuidado con lo
que saca... Que yo me adultero, y que se la pego con un duque!... Miren
que yo con esta facha...

No interesaba a Jacinta aquel triste relato tanto como crea Nicanora, y
viendo que esta no pona punto, tuvo la dama que ponerlo.

Perdone usted--dijo dulcificando su acento todo lo posible--, pero
dispongo de poco tiempo. Quisiera hablar con ese seor que llaman
_Don_... Jos Izquierdo.

--Para servir a vuecencia--dijo una voz en la puerta, y al mirar, encar
Jacinta con la arrogantsima figura de _Platn_, quien no le pareci tan
fiero como se lo haban pintado.

Djole la Delfina que deseaba hablarle, y l la invit con toda la
cortesa de que era capaz a pasar a su habitacin. Ama y criada se
pusieron en marcha hacia el 17, que era la vivienda de Izquierdo.

En dnde est el _Pituso_? pregunt Jacinta a mitad del camino.

Izquierdo mir al patio donde jugaban varios chicos, y no vindole por
ninguna parte, solt un gruido. Cerca del 17, en uno de los ngulos del
corredor haba un grupo de cinco o seis personas entre grandes y chicos,
en el centro del cual estaba un nio como de diez aos, ciego, sentado
en una banqueta y tocando la guitarra. Su brazo era muy pequeo para
alcanzar el extremo del mango. Tocaba al revs, pisando las cuerdas con
la derecha y rasgueando con la izquierda, puesta la guitarra sobre las
rodillas, boca y cuerdas hacia arriba.

La mano pequea y bonita del ceguezuelo hera con gracia las cuerdas,
sacando de ellas arpegios dulcsimos y esos punteados graves que tan
bien expresan el sentir hondo y rudo de la plebe. La cabeza del msico
oscilaba como la de esos muecos que tienen por pescuezo una espiral de
acero, y revolva de un lado para otro los globos muertos de sus ojos
cuajados, sin descansar un punto. Despus de mucho y mucho puntear y
rasguear, rompi con chillona voz el canto:

_A Pepa la gitani... i... i..._

Aquel _iiii_ no se acababa nunca, daba vueltas para arriba y para abajo
como una rbrica trazada con el sonido. Ya les faltaba el aliento a los
oyentes cuando el ciego se determin a posarse en el final de la frase:

_lla-cuando la pari su madre..._

Expectacin, mientras el msico echaba de lo hondo del pecho unos ayes y
gruidos como de un perrillo al que le estn pellizcando el rabo. _Ay,
ay, ay!_... Por fin concluy:

_slo para las narices_

_le dieron siete calambres._

Risas, algazara, pataleos... Junto al nio cantor haba otro ciego,
viejo y curtido, la cara como un corcho, montera de pelo encasquetada y
el cuerpo envuelto en capa parda con ms remiendos que tela. Su risilla
de suficiencia le denunciaba como autor de la celebrada estrofa. Era
tambin maestro, padre quizs, del ciego chico y le estaba enseando el
oficio. Jacinta ech un vistazo a todo aquel conjunto, y entre las
respetables personas que formaban el corro, distingui una cuya
presencia la hizo estremecer. Era el _Pituso_, que asomando por entre el
ciego grande y el chico, atenda con toda su alma a la msica, puesta
una mano en la cintura y la otra en la boca. Ah est dijo al Sr.
Izquierdo, que al punto le sac del grupo para llevarle consigo. Lo ms
particular fue que si cuando la fisonoma del _Pituso_ estaba
embadurnada crey Jacinta advertir en ella un gran parecido con Juanito
Santa Cruz, al mirarla en su natural ser, aunque no efectivamente
limpia, el parecido se haba desvanecido.

No se parece pensaba entre alegre y desalentada, cuando Izquierdo le
seal la puerta para que entrase.

Cuentan Jacinta y su criada que al verse dentro de la reducida, inmunda
y desamparada celda, y al observar que el llamado _Platn_ cerraba la
puerta, les entr un miedo tan grande que a entrambas se les ocurri
salir a la ventanilla a pedir socorro. Mir la seora de soslayo a la
criada, por ver si esta mostraba entereza de nimo; pero Rafaela estaba
ms muerta que viva. Este bandido--pens Jacinta--, nos va a retorcer
el pescuezo sin dejarnos chistar. Algo se tranquilizaba oyendo muy
cerca el guitarreo y el rum rum de la multitud que rodeaba a los dos
ciegos. Izquierdo les ofreci las dos sillas que en la estancia haba, y
l se sent sobre un bal, poniendo al _Pituso_ sobre sus rodillas.

Rafaela cuenta que en aquel momento se le ocurri un plan infalible para
defenderse del monstruo, si por acaso las atacaba. Desde el punto en que
le viera hacer un ademn hostil, ella se le colgara de las barbas. Si
en el mismo instante y muy de sopetn su seorita tena la destreza
suficiente para coger un asador que muy cerca de su mano estaba y
metrselo por los ojos, la cosa era hecha.

No haba all ms muebles que las dos sillas y el bal. Ni cmoda, ni
cama, ni nada. En la oscura alcoba deba de haber algn camastro. De la
pared colgaba una grande y hermosa lmina detrs de cuyo cristal se
vean dos trenzas negras de pelo, hermossimas, enroscadas al modo de
culebras, y entre ellas una cinta de seda con este letrero: _Hija ma!_
De quin es ese pelo? pregunt Jacinta vivamente, y la curiosidad le
alivi por un instante el miedo.

--De la hija de mi mujer --replic _Platn_ con gravedad, echando una
mirada de desdn al cuadro de las trenzas.

--Yo cre que eran de... --balbuci la dama sin atreverse a acabar la
frase--. Y la joven a quien perteneca ese pelo, dnde est?

--En el cementerio--gru Izquierdo con acento ms propio de bestia que
de hombre.

Jacinta examin al _Pituso_ chico y... cosa rara, volvi a advertir
parecido con el gran _Pituso_. Le mir ms, y mientras ms le miraba ms
semejanza. Santo Dios! Llamole, y el seor Izquierdo dijo al nio con
cierta aspereza atenuada que en l poda pasar por dulzura: Anda,
piojn, y da un beso a esta seora. El nene, en pie, se resista a dar
un paso hacia adelante. Estaba como asustado y clavaba en la seora las
estrellas de sus ojos. Jacinta haba visto ojos lindos, pero como
aquellos no los haba visto nunca. Eran como los del Nio Dios pintado
por Murillo. Ven, ven le dijo llamndole con ese movimiento de las dos
manos que haba aprendido de las madres. Y l tan serio, con las
mejillas encendidas por la vergenza infantil, que tan fcilmente se
resuelve en descaro.

A cuenta que no es corto de genio; pero se espanta de las personas
finas dijo Izquierdo empujndole hasta que Jacinta pudo cogerle.

--Si es todo un caballero formal --declar la seorita dndole un beso
en su cara sucia que an ola a la endiablada pintura--. Cmo ests
hoy tan serio y ayer te reas tanto y me enseabas tu lengecita?

Estas palabras rompieron el sello a la seriedad de Juann, porque lo
mismo fue orlas que desplegar su boca en una sonrisa angelical. Riose
tambin Jacinta; pero su corazn sinti como un repentino golpe, y se le
nublaron los ojos. Con la risa del gracioso chiquillo resurga de un
modo extraordinario el parecido que la dama crea encontrar en l.
Figurose que la raza de Santa Cruz le sala a la cara como poco antes le
haba salido el carmn del rubor infantil. Es, es... pens con
profunda conviccin, comindose a miradas la cara del rapazuelo. Vela en
ella las facciones que amaba; pero all haba adems otras desconocidas.
Entrole entonces una de aquellas rabietinas que de tarde en tarde
turbaban la placidez de su alma, y sus ojos, iluminados por aquel
rencorcillo, queran interpretar en el rostro inocente del nio las
aborrecidas y culpables bellezas de la madre. Habl, y su metal de voz
haba cambiado completamente. Sonaba de un modo semejante a los bajos de
la guitarra: Seor Izquierdo, tiene usted ah por casualidad el
retrato de su sobrina?.

Si Izquierdo hubiera respondido que s, cmo se habra lanzado Jacinta
sobre l! Pero no haba tal retrato, y ms vala as. Durante un rato
estuvo la dama silenciosa, sintiendo que se le haca en la garganta el
nudo aquel, sntoma infalible de las grandes penas. En tanto, el _Pituso_
adelantaba rpidamente en el camino de la confianza. Empez por tocar
con los dedos tmidamente una pulsera de monedas antiguas que Jacinta
llevaba, y viendo que no le rean por este desacato, sino que la
seora aquella tan guapa le apretaba contra s, se decidi a examinar el
imperdible, los flecos del mantn y principalmente el manguito, aquella
cosa de pelos suaves con un agujero, donde se meta la mano y estaba tan
calentito.

Jacinta le sent sobre sus rodillas y trat de ahogar su desconsuelo,
estimulando en su alma la piedad y el cario que el desvalido nio le
inspiraba. Un examen rpido sobre el vestido de l le reprodujo la pena.
Que el hijo de su marido estuviese con las carnecitas al aire, los pies
casi desnudos...! Le pas la mano por la cabeza rizosa, haciendo voto en
su noble conciencia de querer al hijo de otra como si fuera suyo. El
rapaz fijaba su atencin de salvaje en los guantes de la seora. No
tena l ni idea remota de que existieran aquellas manos de mentira,
dentro de las cuales estaban las manos verdaderas.

Pobrecito! --exclam con vivo dolor Jacinta, observando que el msero
traje del _Pituso_ era todo agujeros. Tena un hombro al aire, y una de
las nalgas estaba tambin a la intemperie. Con cunto amor pas la mano
por aquellas finsimas carnes, de las cuales pens que nunca haban
conocido el calor de una mano materna, y que estaban tan heladas de
noche como de da!

Toca, toca--dijo a la criada--; muertecito de fro.

Y al Sr. Izquierdo: Pero por qu tiene usted a este pobre nio tan
desabrigado?.

--Soy pobre, seora --refunfu Izquierdo con la sequedad de siempre--.
No me quieren colocar... por decente...

Iba a seguir espetando el relato de sus cuitas polticas; pero Jacinta
no le hizo caso. Juann, cuya audacia creca por momentos, atrevase ya
nada menos que a posarle la mano en la cara, con muchsimo respeto, eso
s.

Te voy a traer unas botas muy bonitas le dijo la que quera ser madre
adoptiva, echndole las palabras con un beso en su odo sucio.

El muchacho levant un pie. Y qu pie! Ms vala que ningn cristiano
lo viera. Era una masa de informe esparto y de trapo asqueroso, llena de
lodo y con un gran agujero, por el cual asomaba la fila de deditos
rosados.

Bendito Dios! --exclam Rafaela rompiendo a rer--. Pero Sr.
Izquierdo, tan pobre es usted que no tiene para...?.

--Solutamente... --Te voy a poner ms majo...!, vers. Te voy a poner
un vestido muy precioso, tu sombrero, tus botas de charol.

Comprendiendo aquello, el muy tuno abra cada ojo...! De todas las
flaquezas humanas, la primera que apunta en el nio, anunciando el
hombre, es la presuncin. Juann entendi que le iban a poner guapo y
solt una carcajada. Pero las ideas y las sensaciones cambian
rpidamente en esta edad, y de improviso el _Pituso_ dio una palmada y
ech un gran suspiro. Es una manera especial que tienen los chicos de
decir: Esto me aburre; de buena gana me marchara. Jacinta le retuvo a
la fuerza.

--Vamos a ver, Sr. de Izquierdo--dijo la dama, planteando decididamente
la cuestin--. Ya s por su vecino de usted quin es la mam de este
nio. Est visto que usted no lo puede criar ni educar. Yo me lo llevo.

Izquierdo se prepar a la respuesta.

--Dir a la seora... yo... verdicamente, le tengo ley. Le quiero, si a
mano viene, como hijo... Socrrale la seora, por ser de la casta que
es; colqueme a m, y yo lo criar.

--No, estos tratos no me convienen. Seremos amigos; pero con la
condicin de que me llevo este pobre ngel a mi casa. Para qu le
quiere usted? Para que se cre en esos patios malsanos entre
pilletes?... Yo le proteger a usted, qu quiere?, un destino?, una
cantidad?

--Si la seora--insinu Izquierdo torvamente, soltando las palabras
despus de rumiarlas mucho--, me logra una cosa...

--A ver qu cosa... --La seora se aboca con Castelar... que me tiene
tanta tirria... o con el Sr. de Pi.

--Djeme usted a m de _pi_ y de _pa_... Yo no le puedo dar a usted
ningn destino.

--Pues si no me dan la ministracin del Pardo, el hijo se queda aqu...
hostia! --declar Izquierdo con la mayor aspereza, levantndose.
Pareca responder con la exhibicin de su gallarda estatura ms que con
las palabras.

--La administracin del Pardo nada menos. S, para usted estaba. Hablar
a mi esposo, el cual reconocer a Juann y le reclamar por la justicia,
puesto que su madre le ha abandonado.

Rafaela cuenta que al or esto, se desconcert un tanto _Platn_. Pero
no se dio a partido, y cogiendo en brazos al nio le hizo caricias a su
modo: Quin te quiere a ti, churumb?... A quin quieres t, piojn
mo?.

El chico le ech los brazos al cuello.

Yo no le impido ni le impedir a usted que le siga queriendo, ni aun
que le vea alguna vez --dijo la seora, contemplando a Juann como una
tonta--. Volver maana y espero convencerle... y en cuanto a la
administracin del Pardo, no crea usted que digo que no. Podra ser...
no s....

Izquierdo se dulcific un poco.

Nada, nada--pens Jacinta--, este hombre es un chaln. No s tratar con
esta clase de gente. Maana vuelvo con Guillermina y entonces... aqu te
quiero ver. Para usted--dijo luego en voz alta--, lo mejor sera una
cantidad. Me parece que est la patria oprimida.

Izquierdo dio un suspiro y puso al chico en el suelo. Un endivido, que
se pas su santsima vida bregando porque los espaoles sean libres....

--Pero, hombre de Dios, todava les quiere usted ms libres?

--No... es la que se dice... cra cuervos... Sepa ust que Bicerra,
Castelar y otros mequetrefes, todo lo que son me lo deben a m.

--Cosa ms particular. El ruido de la guitarra y de los cantos de los
ciegos arreci considerablemente, unindose al estrpito de tambores de
Navidad.

Y t no tienes tambor? pregunt Jacinta al pequeuelo, que apenas
oda la pregunta ya estaba diciendo que no con la cabeza.

--Que barbaridad! Miren que no tener t un tambor...! Te lo voy a
comprar hoy mismo, ahora mismo. Me das un beso?

No se haca de rogar el _Pituso_. Empezaba a ser descarado. Jacinta sac
un paquetito de caramelos, y l, con ese instinto de los golosos, se
abalanz a ver lo que la seora sacaba de aquellos papeles. Cuando
Jacinta le puso un caramelo dentro de la boca, Juann se rea de gusto.

Cmo se dice? le pregunt Izquierdo.

Intil pregunta, porque l no saba que cuando se recibe algo se dan las
gracias.

Jacinta le volvi a coger en brazos y a mirarle. Otra vez le pareci que
el parecido se borraba. Si no sera...! Era conveniente averiguarlo y
no proceder con precipitacin. Guillermina se encargara de esto. De
repente el muy pillo la mir, y sacndose el caramelo de la boca, se lo
ofreci para que chupase ella.

No, tonto, si tengo ms.

Despus, viendo que su galantera no era estimada, le ense la lengua.

Grandsimo tuno, me haces burla, a m!....

Y l, entusiasmndose, volvi a sacar la lengua, y habl por primera vez
en aquella conferencia, diciendo muy claro: Putona.

Ama y criada rompieron a rer, y Juann lanz una carcajada
graciossima, repitiendo la expresin, y dando palmadas como para
aplaudirse.

--Qu cosas le ensea usted!...

--Vaya, hijo, no digas exprisiones...

--Me quieres?--le dijo la Delfina apretndole contra s.

El chico clav sus ojos en Izquierdo.

Dile que s pero a cuenta que no te vas con ella... sabes?... que no
te vas con ella, porque quieres ms a tu pap Pepe, piojn..., y que a
tu pap le tien que dar la ministracin.

Volvi el brbaro a cogerle, y Jacinta se despidi, haciendo propsito
firme de volver con el refuerzo de su amiga.

Adis, adis, Juann. Hasta maana; y le bes la mano, pues la cara
era imposible por tenerla toda untada de caramelo.

--Adis, rico--dijo Rafaela pellizcndole los dedos de un pie que
asomaban por las claraboyas del calzado.

Y salieron. Izquierdo, que aunque se tena por caballera, precibase de
ser caballero, sali a despedirlas a la puerta de la calle, con el
pequeo en brazos. Y le mova la manecita para hacerle saludar a las dos
mujeres hasta que doblaron la esquina de la calle del Bastero.




--viii--


A las nueve del da siguiente ya estaban all otra vez ama y doncella,
esperando a Guillermina, que convino en unirse con su amiga en cuanto
despachara ciertos quehaceres que tena en la estacin de las Pulgas.
Haba recibido dos vagones de sillares y obtenido del director de la
Compaa del Norte que le hicieran la descarga gratis con las gras de
la empresa... los pasos que tuvo que dar para esto! Pero al fin se
sali con la suya, y adems quera que del transporte se encargara la
misma empresa, que bastante dinero ganaba, y bien poda dar a los
hurfanos desvalidos unos cuantos viajes de camiones.

En cuanto entraron Jacinta y Rafaela vieron a Juann jugando en el
patio. Llamronle y no quiso venir. Las miraba desde lejos, riendo, con
media mano metida dentro de la boca; pero en cuanto le ensearon el
tambor que le traan, como se ensean al toro, azuzndole, las
banderillas que se le han de clavar, vino corriendo como exhalacin. Su
contento era tal que pareca que le iba a dar una pataleta, y estaba tan
inquieto, que a Jacinta le cost trabajo colgarle el tambor. Cogidos los
palillos uno en cada mano, empez a dar porrazos sobre el parche,
corriendo por aquellos muladares, envidiado de los dems, y sin ocuparse
de otra cosa que de meter toda la bulla posible.

Jacinta y Rafaela subieron. La criada llevaba un lo de cosas, ddivas
que la seora traa a los menesterosos de aquella pobrsima vecindad.
Las mujeres salan a sus puertas movidas de la curiosidad; empezaba el
chismorreo, y poco despus, en los murmurantes corros que se formaron,
circulaban noticias y comentos: A la se Nicanora le ha trado un
mantn borrego, al to _Dido_ un sombrero y un chaleco de Bayona, y a
Rosa le ha puesto en la mano cinco duros como cinco soles.... --A la
baldada del nmero 9 le ha trado una manta de cama, y a la se
Encarnacin un aquel de franela para la reuma, y al to Manjavacas un
ungento en un tarro largo que lo llaman _pitofufito_... sabe, lo que le
di yo a mi nia el ao pasado, lo cual no le quit de
morrseme....--Ya estoy viendo a Manjavacas empeando el tarro o
cambindolo por gotas de aguardiente....--O que le quiere comprar el
nio a se Pepe, y que le da treinta mil duros... y le hace
gobernaor....--Gobernaor de qu?.... --Paicen bobas... pues tiene
que ser de las caballerizas repoblicanas....

Jacinta empezaba a impacientarse porque no llegaba su amiga, y en tanto
tres o cuatro mujeres, hablando a un tiempo, le exponan sus necesidades
con hiperblico estilo. Esta tena a sus dos nios descalcitos; la otra
no los tena descalzos ni calzados, porque se le moran todos, y a ella
le haba quedado una angustia en el pecho que decan era una _erosma_.
La de ms all tena cinco hijos y vsperas, de lo que daba fe el
promontorio que le alzaba las faldas media vara del suelo. No poda ir
en tal estado a la Fbrica de Tabacos, por lo cual estaba pasando la
familia una _crujida_ buena. El pariente de estotra no trabajaba, porque
se haba cado de un andamio y haca tres meses que estaba en el catre
con un tolondrn en el pecho y muchos dolores, echando sangre por la
boca. Tantas y tantas lstimas opriman el corazn de Jacinta, llevando
a su mente ideas muy latas sobre la extensin de la miseria humana. En
el seno de la prosperidad en que ella viva, no pudo darse nunca cuenta
de lo grande que es el imperio de la pobreza, y ahora vea que, por
mucho que se explore, no se llega nunca a los confines de este dilatado
continente. A todos les daba alientos y prometa ampararles en la
medida de sus alcances, que, si bien no cortos, eran quizs
insuficientes para acudir a tanta y tanta necesidad. El crculo que la
rodeaba se iba estrechando, y la dama empezaba a sofocarse. Dio algunos
pasos; pero de cada una de sus pisadas brotaba una compasin nueva;
delante de su caridad luminosa banse levantando las desdichas humanas,
y reclamando el derecho a la misericordia. Despus de visitar varias
casas, saliendo de ellas con el corazn desgarrado, hallbase otra vez
en el corredor, ya muy intranquila por la tardanza de su amiga, cuando
sinti que le tiraban suavemente de la cachemira. Volviose y vio una
nia como de cinco o seis aos, lindsima, muy limpia, con una hoja de
_bnibus_ en el pelo.

Seora--le dijo la nia con voz dulce y tmida, pronunciando con la ms
pura correccin--, ha visto usted mi delantal?.

Cogiendo por los bordes el delantal, que era de cretona azul, recin
planchado y sin una mota, lo mostraba a la seorita.

S... ya lo veo--dijo sta admirada de tanta gracia y coquetera--.
Ests muy guapa y el delantal es... magnfico.

--Lo he estrenado hoy... no lo ensuciar, porque no bajo al
patio--aadi la pequea, hinchando de gozo y vanidad sus naricillas.

--De quin eres? Cmo te llamas?

--Adoracin. --Qu mona eres... y qu simptica!

--Esta nia--dijo una de las vecinas--, es hija de una mujer muy mala
que la llaman _Mauricia la Dura_. Ha vivido aqu dos veces, porque la
pusieron en las _Arrecogidas_, y se escap, y ahora no se sabe dnde
anda.

--Pobre nia!... su mam no la quiere.

--Pero tiene por mam a su ta Severiana, que la ampara como si fuera
hija y la va criando. No conoce la seorita a Severiana?

--He odo hablar de ella a mi amiga.

--S, la seorita Guillermina la quiere mucho... Como que ella y
Mauricia son hijas de la planchadora de la casa... Severiana!... Dnde
est esa mujer?

--En la compra--replic Adoracin.

--Vaya, que eres muy seorita.

La otra, que se oy llamar seorita, no caba en s de satisfaccin.

Seora--dijo, encantando a Jacinta con su metal de voz argentino y su
pronunciacin celestial--. Yo no me pint la cara el otro da....

--T no...!, ya lo saba. Eres muy aseada.

--No, no me pint --repiti acentuando tan fuertemente el no con la
cabeza, que pareca que se le rompa el pescuezo--. Esos puercachones me
queran pintar, pero no me dej.

Jacinta y Rafaela estaban embelesadas. No haban visto una nia tan
bonita, tan modosa y que se metiera por los ojos como aquella. Daba
gusto ver la limpieza de su ropa. La falda la tena remendada, pero
aseadsima; los zapatos eran viejos, pero bien defendidos, y el delantal
una obra maestra de pulcritud.

En esto lleg la ta y madre adoptiva de Adoracin. Era guapetona, alta
y garbosa, mujer de un papelista, y la inquilina ms ordenada, o si se
quiere, ms pudiente de aquella colmena. Viva en una de las
habitaciones mejores del primer patio y no tena hijos propios, razn
ms para que Jacinta simpatizase con ella. En cuanto se vieron se
comprendieron. Severiana estim en lo que valan las bondades de la dama
para con la pequea; hzola entrar en su casa, y le ofreci una silla de
las que llaman de Viena, mueble que en aquellos tugurios pareciole a
Jacinta el colmo de la opulencia.

Y mi ama doa Guillermina?--pregunt Severiana--. Ya s que viene
ahora todos los das. Usted no me conoce? Mi madre fue planchadora en
casa de los seores de Pacheco... all nos criamos mi hermana Mauricia y
yo.

--He odo hablar de ustedes a Guillermina...

Severiana dej el cesto de la compra, que bien repleto traa, arroj
mantn y pauelo, y no pudo resistir un impulso de vanidad. Entre las
habitantes de las casas domingueras es muy comn que la que viene de la
plaza con abundante compra la exponga a la admiracin y a la envidia de
las vecinas. Severiana empez a sacar su repuesto, y alargando la mano
lo mostraba de la puerta afuera... Vean ustedes... una brecolera... un
cuartern de carne de falda... un pico de carnero con carrilladas...
escarola... y por ltimo sali la gran sensacin. Severiana la ense
como un trofeo, reventando de orgullo. Un conejo! clamaron media
docena de voces... Hija, cmo te has corrido!.--Hija, porque se
puede, y lo he sacado por siete riales. Jacinta crey que la cortesa
la obligaba a lisonjear a la duea de la casa, mirando con muchsimo
inters las provisiones y elogiando su bondad y baratura.

Hablose luego de Adoracin, que se haba cosido a las faldas de Jacinta,
y Severiana empez a referir:

Esta nia es de mi hermana Mauricia... La seora meti en las Micaelas
a mi hermana, pero esta se fug, encaramndose por una tapia; y ahora la
estamos buscando para volverla a encerrar all.

--Conozco mucho esa Orden--dijo la de Santa Cruz--, y soy muy amiga de
las madres Micaelas.

All la enderezarn... Crea usted que hacen milagros...

--Pero si es muy mala... seora, muy mala--replic Severiana dando un
suspiro--. Aqu me dej esta escritura, y no nos pesa, porque me tira el
alma como si la hubiera parido... lo cual que todos los mos me han
nacido muertos; y mi Juan Antonio le ha tomado tal ley a la chica, que
no se puede pasar sin ella. Es una pinturera, eso s, y me enreda mucho.
Como que naci y se cri entre mujeres malas, que la ensearon a
fantasiar y a ponerse polvos en la cara. Cuando va por la calle, hace
unos meneos con el cuerpo que... ya le digo que la deslomo, si no se le
quita esa maa... Ah!, vers t, vers, bribonaza! Lo bueno que tiene
es que no me empuerca la ropa y le gusta lavarse manos, brazos, hocico,
y hasta el cuerpo, seora, hasta el cuerpo. Como coja un pedazo de jabn
de olor, pronto da cuenta de l. Pues el peinarse? Ya me ha roto tres
espejos, y un da... que creer la seora que estaba haciendo?... pues
pintndose las cejas con un corcho quemado.

Adoracin psose como la grana, avergonzada de las perreras que se
contaban de ella.

No lo har ms --dijo la dama sin hartarse de acariciar aquella cara
tan tersa y tan bonita; y variando la conversacin, lo que agradeci
mucho la pequea, se puso a mirar y alabar el buen arreglo de la
salita.

Tiene usted una casa muy mona.

--Para menestrales, talcualita. Ya sabe la seorita que est a su
disposicin. Es muy grande para nosotros; pero tengo aqu una amiga que
vive en compaa, doa Fuensanta, viuda de un seor comandante. Mi
marido es bueno como los panes de Dios. Me gana catorce riales y no
tiene ningn vicio. Vivimos tan ricamente.

Jacinta admir la cmoda, bruida de tanto fregoteo, y el altar que
sobre ella formaban mil baratijas, y las fotografas de gente de tropa,
con los pantalones pintados de rojo y los botones de amarillo. El Cristo
del Gran Poder y la Virgen de la Paloma, eran all dos hermosos cuadros;
haba un gran cromo con la _Numancia_, navegando en un mar de musgo, y
otro cuadrito bordado con _dos corazones amantes_, hechos a estilo de
dechado, unidos con una cinta.

Se haca tarde, y Jacinta no tena sosiego. Por fin, saliendo al
corredor, vio venir a su amiga presurosa, acalorada... No me rias,
hija; no sabes cmo me han marcado esos badulaques en la estacin de las
Pulgas. Que no pueden hacer nada sin orden expresa del Consejo. No han
hecho caso de la tarjeta que llev, y tengo que volver esta tarde, y los
sillares all muertos de risa y la obra parada... Pero en fin, vamos a
nuestro asunto. En dnde est ese que se come la gente? Adis,
Severiana... Ahora no me puedo entretener contigo. Luego hablaremos.

Avanzaron en busca de la guarida de Izquierdo, siempre rodeadas de
vecinas. Adoracin iba detrs, cogida a la falda de Jacinta, como los
pajes que llevan la cola de los reyes, y delante abriendo calle, como un
batidor, la zancuda, que aquel da pareca tener las canillas ms
desarrolladas y las greas ms sueltas. Jacinta le haba llevado unas
botas, y estaba la chica muy incomodada porque su madre no se las dejaba
poner hasta el domingo.

Vieron entornada la puerta del 17, y Guillermina la empuj. Grande fue
su sorpresa al encarar, no con el seor _Platn_ a quien esperaba
encontrar all, sino con una mujerona muy altona y muy feona, vestida de
colorines, el talle muy bajo, la cara como teida de ferruje, el pelo
engrasado y de un negro que azuleaba. Echose a rer aquel vestiglo,
enseando unos dientes cuya blancura con la nieve se podra comparar, y
dijo a las seoras que _Don_ Pepe no estaba, pero que al momentico
vendra. Era la vecina del bohardilln, llamada comnmente la
_gallinejera_, por tener puesto de gallineja y fritanga en la esquina de
la Arganzuela. Sola prestar servicios domsticos al decadente seor de
aquel domicilio, barrerle el cuarto una vez al mes, apalearle el jergn,
y darle una mano de refregones al _Pituso_, cuando la porquera le pona
una costra demasiado espesa en su angelical rostro. Tambin sola
preparar para el grande hombre algunos platos exquisitos, como dos
cuartos de molleja, dos cuartos de sangre frita y a veces una ensalada
de escarola, bien cargada de ajo y comino.

No tard en venir Izquierdo, y echose fuera la estantigua aquella
gitanesca, a quien Rafaela miraba con verdadero espanto, rezando
mentalmente un Padre-nuestro porque se marchara pronto. Vena el brbaro
dando resoplidos, cual si le rindiera la fatiga de tanto negocio como
entre manos traa, y arrojando su pavero en el rincn y limpindose con
un pauelo en forma de pelota el sudor de la nobilsima frente, solt
este gruido: Vengo de en ca Bicerra... Usts me recibieron? Pues l
tampoco... el muy soplao, el muy...! La culpa tengo yo que me rebajo a
endividos tan... disinificantes.

--Clmese usted, Sr. Pepe --indic Jacinta, sintindose fuerte en
compaa de su amiga.

Como no haba ms que dos sillas, Rafaela tuvo que sentarse en el bal y
el grande hombre no comprendido quedose en pie; mas luego tom una cesta
vaca que all estaba, la puso boca abajo y acomod su respetable
persona en ella.





--ix--


Desde que se cruzaron las primeras palabras de aquella conferencia, que
no dudo en llamar memorable, cay Izquierdo en la cuenta de que tena
que habrselas con un diplomtico mucho ms fuerte que l. La tal doa
Guillermina, con toda su opinin de santa y su carita de Pascua, se le
atravesaba. Ya estaba seguro de que le volvera tarumba con sus
_tiologas_ porque aquella seora deba de ser muy nea, y l, la verdad,
no saba tratar con neos.

Con que Sr. Izquierdo--propuso la fundadora sonriendo--, ya sabe
usted... esta amiga ma quiere recoger a ese pobre nio, que tan mal se
cra al lado de usted... Son dos obras de caridad, porque a usted le
socorreremos tambin, siempre que no sea muy exigente....

--Hostia, con la ta bruja esta!--dijo para s _Platn_, revolviendo
las palabras con mugidos; y luego en voz alta--: Pues como dije a la
seora, si la seora quiere al _Pituso_, que se aboque con Castelar...

--Eso s; para que le hagan a usted ministro... Sr. Izquierdo, no nos
venga usted con sandeces. Cree que somos tontas? A buena parte viene...
Usted no puede desempear ningn destino, porque no sabe leer.

Recibi Izquierdo tan tremendo golpe en su vanidad, que no supo qu
contestar. Tomando una actitud noble, puesta la mano en el pecho,
repuso:

Seora, eso de no saber no es todo lo verdico... digo que no es todo
lo verdico... verbi gracia: que es mentira. A cuenta que nos moteja
porque semos probes. La probeza no es deshonra.

--No lo es, cierto, pero s; pero tampoco es honra, estamos? Conozco
pobres muy honrados; pero tambin los hay que son buenos pjaros.

--Yo soy todo lo decente... estamos?

--Ah!, s... Todos nos llamamos personas decentes; pero facilillo es
probarlo. Vamos a ver. Cmo se ha pasado usted la vida? Vendiendo
burros y caballos, despus conspirando y armando barricadas...

--Y a mucha honra, y a mucha honra!... re-hostia!--grit fuera de s
el chaln, levantndose encolerizado--. Vaya con las tas estas...!

Jacinta daba diente con diente. Rafaela quiso salir a llamar; pero su
propio temor le haba paralizado las piernas.

Ja, ja, ja... nos llama _tas_...--exclam Guillermina echndose a rer
cual si hubiera odo un inocente chiste--. Vaya con el excelentsimo
seor... Y piensa que nos vamos a enfadar por la flor que nos echa?
Quia; yo estoy muy acostumbrada a estas finuras. Peores cosas le dijeron
a Cristo.

--Seora... seora... no me saque la dinid; mire que me estoy
aguantando... aguantando...

--Ms aguantamos nosotras. --Yo soy un endivido... tal y como...

--Lo que es usted, bien lo sabemos: un holgazanote y un bruto... S
hombre, no me desdigo... Piensa usted que le tengo miedo? A ver; saque
pronto esa navaja...

--No la gasto pa mujeres... --Ni para hombres... Si creer este
fantasmn que nos va a acoquinar porque tiene esa fachada... Sintese
usted y no haga visajes, que eso servir para asustar a chicos, pero no
a m. Adems de bruto es usted un embustero, porque ni ha estado en
Cartagena ni ese es el camino, y todo lo que cuenta de las revoluciones
es gana de hablar. A m me ha enterado quien le conoce a usted bien...
Ah!, pobre hombre, sabe usted lo que nos inspira? Pues lstima, una
lstima que no puede ponderarle, por lo grande que es...

Completamente aturdido, cual si le hubieran descargado una maza sobre el
cuello, Izquierdo se sent sobre la cesta, y esparci sus miradas por el
suelo. Rafaela y Jacinta respiraron, pasmadas del valor de su amiga, a
quien vean como una criatura sobrenatural.

--Con que vamos a ver--prosigui esta guiando los ojos, como siempre
que expona un asunto importante--. Nosotras nos llevamos al niito, y
le damos a usted una cantidad para que se remedie...

--Y qu hago yo con un triste estipendio? Cree que yo me vendo?

--Ay, qu delicados estn los tiempos!... Usted, qu se ha de vender?
Falta que haya quien le compre. Y esto no es compra, sino socorro. No me
dir usted que no lo necesita...

--En fin, pa no cansar... --replic bruscamente Jos--, si me dan la
ministracin...

--Una cantidad y punto concluido...

--Que no me da la gana, que no me da la santsima gana!

--Bueno, bueno, no grite usted tanto, que no somos sordas. Y no sea
usted tan fino, que tales finuras son impropias de un seor
revolucionario tan... feroz.

--Usted me quema la sangre... --Con que destino, y si no no? Tijeretas
han de ser. A fe que est el hombre cortadito para administrador. Sr.
Izquierdo, dejemos las bromas a un lado; me da mucha lstima de usted;
porque, lo digo con sinceridad, no me parece tan mala persona como cree
la gente. Quiere usted que le diga la verdad? Pues usted es un
infelizote que no ha tenido parte en ningn crimen ni en la invencin de
la plvora.

Izquierdo alz la vista del suelo y mir a Guillermina sin ningn
rencor. Pareca confirmar con una mirada de sinceridad lo que la
fundadora declaraba.

Y lo sostengo, este hijo de Dios no es un hombre malo. Dicen por ah
que usted asesin a su segunda mujer... Patraa! Dicen que usted ha
robado en los caminos... Mentira! Dicen por ah que usted ha dado
muchos trabucazos en las barricadas... Paparrucha!.

--Parola, parola, parola --murmur Izquierdo con amargura.

--Usted se ha pasado la vida luchando por el pienso y no sabiendo nunca
vencer. No ha tenido arreglo... La verdad, este vendehumos es hombre de
poca disposicin: no sabe nada, no trabaja, no tiene pesquis ms que
para echar fanfarronadas y decir que se come los nios crudos. Mucho
hablar de la Repblica y de los cantones, y el hombre no sirve ni para
los oficios ms toscos... Qu tal?, me equivoco? Es este el retrato
de usted, s o no?...

_Platn_ no deca nada, y pas y repas su hermosa mirada por los
ladrillos del piso, como si los quisiera barrer con ella. Las palabras
de Guillermina resonaban en su alma con el acento de esas verdades
eternas contra las cuales nada pueden las argucias humanas.

Despus --aadi la santa--, el pobre hombre ha tenido que valerse de
mil arbitrios no muy limpios para poder vivir, porque es preciso
vivir... Hay que ser indulgente con la miseria, y otorgarle un poquitn
de licencia para el mal.

Durante la breve pausa que sigui a los ltimos conceptos de
Guillermina, el infeliz hombre cay en su conciencia como en un pozo, y
all se vio tal cual era realmente, despojado de los trapos de oropel en
que su amor propio le envolva; pens lo que otras veces haba pensado,
y se dijo en sustancia: Si soy un verdico mulo, un buen Juan que no
sabe matar un mosquito; y esta diabla de santa tiene dentro el cuerpo al
Pae Eterno.

Guillermina no le quitaba los ojos, que con los guios se volvan
picarescos. Era una maravilla cmo le adivinaba los pensamientos. Parece
mentira, pero no lo es, que despus de otra pausa solemne, dijo la
Pacheco estas palabras:

Porque eso de que Castelar le coloque es cosa de labios afuera. Usted
mismo no lo cree ni en sueos. Lo dice por embobar a Ido y otros tontos
como l... Ni qu destino le van a dar a un hombre que firma con una
cruz? Usted que alardea de haber hecho tantas revoluciones y de que nos
ha trado la dichosa Repblica, y de que ha fundado el cantn de
Cartagena... as ha salido l!... usted que se las echa de hombre
perseguido y nos llama neas con desprecio y publica por ah que le van a
hacer archipmpano, se contentar... dgalo con franqueza, se contentar
con que le den una portera....

A Izquierdo le vibr el corazn, y este movimiento del nimo fue tan
claramente advertido por Guillermina, que se ech a rer, y tocndole la
rodilla con la mano, repiti:

No es verdad que se contentar?... Vamos, hijo mo, confiselo por la
pasin y muerte de nuestro Redentor, en quien todos creemos.

Los ojos del chaln se iluminaron. Se le escap una sonrisilla y dijo
con viveza:

Portera de ministerio?.

--No, hijo, no tanto... Espaol haba de ser. Siempre picando alto y
queriendo servir al Estado... Hablo de portera de casa particular.

Izquierdo frunci el ceo. Lo que l quera era ponerse uniforme con
galones. Volvi a sumergirse de una zambullida en su conciencia, y all
dio volteretas alrededor de la portera de casa particular. l, lo dicho
dicho, estaba ya harto de tanto bregar por la perra existencia. Qu
mejor descanso poda apetecer que lo que le ofreca aquella _ta_, que
deba de ser sobrina de la Virgen Santsima?... Porque ya empezaba a ser
viejo y no estaba para muchas bromas. La oferta significaba pitanza
segura, poco trabajo; y si la portera era de casa grande, el uniforme
no se lo quitaba nadie... Ya tena la boca abierta para soltar un
_conforme_ ms grande que la casa de que deba ser portero, cuando el
amor propio, que era su mayor enemigo, se le amotin, y la fanfarronera
cultivada en su mente armole una gritera espantosa. Hombre perdido.
Empez a menear la cabeza con displicencia, y echando miradas de desdn
a una parte y otra, dijo: Una portera!... es poco.

--Ya se ve... no puede olvidar que ha sido ministro de la Gobernacin,
es decir, que lo quisieron nombrar... aunque me parece que se convino en
que todo ello fue invencin de esa gran cabeza. Veo que entre usted y D.
Jos Ido, otro que tal, podran inventar lindas novelas. Ah!, la
miseria, el mal comer, cmo hacen desvariar estos pobres cerebros!...
En resumidas cuentas, Sr. Izquierdo...

Este se haba levantado, y ponindose a dar paseos por la habitacin con
las manos en los bolsillos, expres sus magnnimos pensamientos de esta
manera:

Mi dinid y sinificancia no me premiten... Es la que se dice: quisiera,
pero no pu ser, no pu ser. Si quieren solutamente socorrerme por que
me quitan a mi piojn de mi arma, me atengo al honorario.

--Alabado sea Dios! Al fin caemos en la cantidad...

Jacinta vea el cielo abierto... pero este cielo se nubl cuando el
brbaro desde un rincn, donde su voz haca ecos siniestros, solt estas
fatdicas palabras:

Ea... pues... mil duros, y trato hecho.

--Mil duros!--dijo Guillermina--. La Virgen nos acompae!, ya los
quisiramos para nosotros. Siempre ser un poquito menos.

--No bajo ni un chavo. --A que s? Porque si usted es chaln tambin yo
soy chalana.

Jacinta discurra ya cmo se las compondra para juntar los mil duros,
que al principio le parecieron suma muy grande, despus pequea, y as
estuvo un rato apreciando con diversos criterios de cantidad la cifra.

Que no rebajo ni tanto as. Lo mismo me da monea metlica que ppiros
del Banco. Pero ojo al guarismo, que no rebajo na.

--Eso, eso, tengamos carcter... Pues no tiene pocas pretensiones! Ni
usted con toda su casta vale mil cuartos, cuanto ms mil duros... Vaya,
quiere dos mil reales?

Izquierdo hizo un gesto de desprecio.

Qu, se nos enfada?... Pues nada, qudese usted con su angelito. Pues
qu se ha credo el muy majadero, que nos tragbamos la bola de que el
_Pituso_ es hijo del esposo de esta seora? Cmo se prueba eso?....

--Yo na tengo que ver... pues bien claro est que es pae
natural--replic Izquierdo de mal talante--, pae natural del hijo de mi
sobrina, verbo y gracia, Juann.

--Tiene usted la partida de bautismo?

--La tengo--dijo el salvaje mirando al cofre sobre el que se sentaba
Rafaela.

--No, no saque usted papeles, que tampoco prueban nada. En cuanto a la
paternidad _natural_, como usted dice, ser o no ser. Pediremos
informes a quien pueda darlos.

Izquierdo se rascaba la frente, como escarbando para extraer de ella una
idea. La alusin a Juanito hzole recordar sin duda cuando rod
ignominiosamente por la escalera de la casa de Santa Cruz. Jacinta, en
tanto, quera llegar a un arreglo ofreciendo la mitad; mas Guillermina,
que le adivin en el semblante sus deseos de conciliacin, le impuso
silencio, y levantndose, dijo:

Seor Izquierdo; gurdese usted su _churumb_, que lo que es este timo
no le ha salido.

--Seora... Hostia!, yo soy un hombre de bien, y conmigo no se queda
ninguna nea, estamos? --replic l con aquella rabia superficial que no
pasaba de las palabras.

--Es usted muy amable... Con las finuras que usted gasta no es posible
que nos entendamos. Si habr usted credo que esta seora tena un gran
inters en apropiarse del nio! Es un capricho, nada ms que un
capricho. Esta simple se ha empeado en tener chiquillos... mana tonta,
porque cuando Dios no quiere darlos, l se sabr por qu... Vio al
_Pituso_, le dio lstima, le gust... pero es muy caro el animalito. En
estos dos patios los dan por nada, a escoger... por nada, s, alma de
Dios, y con agradecimiento encima... Qu te creas, que no hay ms que
tu piojn?... Ah est esa nia preciossima que llaman Adoracin...
Pues nos la llevaremos cuando queramos, porque la voluntad de Severiana
es la ma... Con que abur... Qu tienes que contestar?

Ya te veo venir: que el _Pituso_ es de la propia sangre de los seores
de Santa Cruz. Podr ser, y podr no ser... Ahora mismo nos vamos a
contarle el caso al marido de mi amiga, que es hombre de mucha
influencia y se tutea con Pi y almuerza con Castelar y es hermano de
leche de Salmern... l ver lo que hace. Si el nio es suyo, te lo
quitar; y si no lo es, aydame a sentir. En este caso, pedazo de
brbaro, ni dinero, ni portera, ni nada.

Izquierdo estaba como aturdido con esta rociada de palabras vivas y
contundentes. Guillermina, en aquellas grandes crisis oratorias, tuteaba
a todo el mundo... Despus de empujar hacia la puerta a Jacinta y a
Rafaela, volviose al desgraciado, que no acertaba a decir palabra, y
echndose a rer con anglica bondad, le habl en estos trminos:

Perdname que te haya tratado duramente como mereces... Yo soy as. Y
no te vayas a creer que me he enfadado. Pero no quiero irme sin darte
una limosna y un consejo. La limosna en esta. Toma, para ayuda de un
panecillo.

Alarg la mano ofrecindole dos duros, y viendo que el otro no los
tomaba, psolos sobre una de las sillas.

El consejo all va. T no vales absolutamente para nada. No sabes
ningn oficio, ni siquiera el de pen, porque eres haragn y no te
gusta cargar pesos. No sirves ni para barrendero de las calles, ni
siquiera para llevar un cartel con anuncios... Y sin embargo,
desventurado, no hay hechura de Dios que no tenga su _para qu_ en este
taller admirable del trabajo universal; t has nacido para un gran
oficio, en el cual puedes alcanzar mucha gloria y el pan de cada da.
Bobalicn, no has cado en ello?... Eres tan bruto!... Pero di, no te
has mirado al espejo alguna vez? No se te ha ocurrido?... Pareces
lelo... Pues te lo dir: para lo que t sirves es para modelo de
pintores... no entiendes? Pues ellos te ponen vestido de santo, o de
caballero, o de Padre Eterno, y te sacan el retrato... porque tienes la
gran figura. Cara, cuerpo, expresin, todo lo que no es del alma es en
ti noble y hermoso; llevas en tu persona un tesoro, un verdadero tesoro
de lneas... Vamos, apuesto a que no lo entiendes.

La vanidad aument la turbacin en que el bueno de Izquierdo estaba.
Presunciones de gloria le pasaron con rfagas de hoguera por la
frente... Entrevi un porvenir brillante... l, retratado por los
pintores!... Y eso se pagaba! Y se ganaban cuartos por vestirse,
ponerse y ah!... _Platn_ se mir en el vidrio del cuadro de las
trenzas; pero no se vea bien...

Con que no lo olvides... Presntate en cualquier estudio, y eres un
hombre. Con tu piojn a cuestas, seras el San Cristbal ms hermoso que
se podra ver. Adis, adis....





-X-


Ms escenas de la vida ntima




--i--


Saliendo por los corredores, deca Guillermina a su amiga:

Eres una inocentona... t no sabes tratar con esta gente. Djame a m,
y estate tranquila, que el _Pituso_ es tuyo. Yo me entiendo. Si ese
bribn te coge por su cuenta, te saca ms de lo que valen todos los
chicos de la Inclusa juntos con sus padres respectivos. Qu pensabas t
ofrecerle? Diez mil reales? Pues me los das, y si lo saco por menos, la
diferencia es para mi obra.

Despus de platicar un rato con Severiana en la salita de esta, salieron
escoltadas por diferentes cuerpos y secciones de la granujera de los
dos patios. A Juann, por ms que Jacinta y Rafaela se desojaban
buscndole, no le vieron por ninguna parte.

Aquel da, que era el 22, empeor el Delfn a causa de su impaciencia y
por aquel afn de querer anticiparse a la naturaleza, quitndole a esta
los medios de su propia reparacin. A poco de levantarse tuvo que
volverse a la cama, quejndose de molestias y dolores puramente
ilusorios. Su familia, que ya conoca bien sus maas, no se alarmaba, y
Barbarita recetbale sin cesar sbanas y resignacin. Pas la noche
intranquilo; pero se estuvo durmiendo toda la maana del 23, por lo que
pudo Jacinta dar otro salto, acompaada de Rafaela, a la calle de Mira
el Ro. Esta visita fue de tan poca sustancia, que la dama volvi muy
triste a su casa. No vio al _Pituso_ ni al Sr. Izquierdo. Djole
Severiana que Guillermina haba estado antes y echado un largo
parlamento con el _endivido_, quien tena al chico montado en el hombro,
ensayndose sin duda para _hacer_ el San Cristbal. Lo nico que sac
Jacinta en limpio de la excursin de aquel da fue un nuevo testimonio
de la popularidad que empezaba a alcanzar en aquellas casas. Hombres y
mujeres la rodeaban y poco falt para que la llevaran en volandas. Oyose
una voz que gritaba: viva la simpata! y le echaron coplas de gusto
dudoso, pero de muy buena intencin. Los de Ido llevaban la voz cantante
en este concierto de alabanzas, y daba gozo ver a D. Jos tan elegante,
con las prendas en buen uso que Jacinta le haba dado, y su hongo casi
nuevo de color caf. El primognito de los _claques_ fue objeto de una
serie de transacciones y reventas chalanescas, hasta que lo adquiri por
dos cuartos un cierto vecino de la casa, que tena la especialidad de
hacer el _higu_ en los Carnavales.

Adoracin se pegaba a doa Jacinta desde que la vea entrar. Era como
una idolatra el cario de aquella chicuela. Quedbase esttica y lela
delante de la seorita, devorndola con sus ojos, y si esta le coga la
cara o le daba un beso, la pobre nia temblaba de emocin y pareca que
le entraba fiebre. Su manera de expresar lo que senta era dar de
cabezadas contra el cuerpo de su dolo, metiendo la cabeza entre los
pliegues del mantn y apretando como si quisiera abrir con ella un
hueco. Ver partir a _doa_ Jacinta era quedarse Adoracin sin alma, y
Severiana tena que ponerse seria para hacerla entrar en razn. Aquel
da le llev la dama unas botitas muy lindas, y prometi llevarle otras
prendas, pendientes y una sortija con un diamante fino del tamao de un
garbanzo; ms grande todava, del tamao de una avellana.

Al volver a su casa, tena la Delfina vivos deseos de saber si
Guillermina haba hecho algo. Llamola por el balcn; pero la fundadora
no estaba. Probablemente, segn dijo la criada, no regresara hasta la
noche porque haba tenido que ir por tercera vez a la estacin de las
Pulgas, a la obra y al asilo de la calle de Alburquerque.

Aquel da ocurri en casa de Santa Cruz un suceso feliz. Entr D.
Baldomero de la calle cuando ya se iban a sentar a la mesa, y dijo con
la mayor naturalidad del mundo que le haba cado la lotera. Oy
Barbarita la noticia con calma, casi con tristeza, pues el capricho de
la suerte loca no le haca mucha gracia. La Providencia no haba andado
en aquello muy lista que digamos, porque ellos no necesitaban de la
lotera para nada, y aun pareca que les estorbaba un premio que, en
buena lgica, deba de ser para los infelices que juegan por mejorar de
fortuna. Y haba tantas personas aquel da dadas a Barrabs por no
haber sacado ni un triste reintegro! El 23, a la hora de la lista
grande, Madrid pareca el pas de las desilusiones, porque... cosa ms
particular!, a nadie le tocaba. Es preciso que a uno le toque para creer
que hay agraciados.

Don Baldomero estaba muy sereno, y el golpe de suerte no le daba calor
ni fro. Todos los aos compraba un billete entero, por rutina o vicio,
quizs por obligacin, como se toma la cdula de vecindad u otro
documento que acredite la condicin de espaol neto, sin que nunca
sacase ms que frusleras, algn reintegro o premios muy pequeos. Aquel
ao le tocaron doscientos cincuenta mil reales. Haba dado, como
siempre, muchas participaciones, por lo cual los doce mil quinientos
duros se repartan entre la multitud de personas de diferente posicin y
fortuna; pues si algunos ricos cogan buena breva, tambin muchos pobres
pellizcaban algo. Santa Cruz llev la lista al comedor, y la iba leyendo
mientras coma, haciendo la cuenta de lo que a cada cual tocaba. Se le
oa como se oye a los nios del Colegio de San Ildefonso que sacan y
cantan los nmeros en el acto de la extraccin.

_Los Chicos_ jugaron dos dcimos y se calzan cincuenta mil reales.
Villalonga un dcimo: veinticinco mil. Samaniego la mitad.

Pepe Samaniego apareci en la puerta a punto que D. Baldomero pregonaba
su nombre y su premio, y el favorecido no pudo contener su alegra y
empez a dar abrazos a todos los presentes, incluso a los criados.

Eulalia Muoz, un dcimo: veinticinco mil reales. Benignita, medio
dcimo: doce mil quinientos reales. Federico Ruiz, dos duros: cinco mil
reales. Ahora viene toda la morralla. Deogracias, Rafaela y Blas han
jugado diez reales cada uno. Les tocan mil doscientos cincuenta.

El carbonero, a ver el carbonero? dijo Barbarita que se interesaba
por los jugadores de la ltima escala lotrica.

--El carbonero ech diez reales; Juana, nuestra insigne cocinera,
veinte, el carnicero quince... A ver, a ver: Pepa la pincha cinco
reales, y su hermana otros cinco. A estas les tocan seiscientos
cincuenta reales.

--Qu miseria! --Hija, no lo digo yo, lo dice la aritmtica.

Los partcipes iban llegando a la casa atrados por el olor de la
noticia, que se extendi rpidamente; y la cocinera, las pinchas y otras
personas de la servidumbre se atrevan a quebrantar la etiqueta,
llegndose a la puerta del comedor y asomando sus caras regocijadas para
or cantar al seor la cifra de aquellos dineros que les caan. La
seorita Jacinta fue quien primero llev los parabienes a la cocina, y
la pincha perdi el conocimiento por figurarse que con los tristes cinco
reales le haban cado lo menos tres millones. Estupi, en cuanto supo
lo que pasaba, sali como un rayo por esas calles en busca de los
agraciados para darles la noticia. l fue quien dio las albricias a
Samaniego, y cuando ya no hall ningn interesado, daba la gran jaqueca
a todos los conocidos que encontraba. Y l no se haba sacado nada!

Sobre esto habl Barbarita a su marido con toda la gravedad discreta que
el caso requera.

Hijo, el pobre Plcido est muy desconsolado. No puede disimular su
pena, y eso de salir a dar la noticia es para que no le conozcamos en la
cara la hiel que est tragando.

--Pues hija, yo no tengo la culpa... Te acordars que estuvo con el
medio duro en la mano, ofrecindolo y retirndolo, hasta que al fin su
avaricia pudo ms que la ambicin, y dijo: Para lo que yo me he de
sacar, ms vale que emplee mi escudito en anises.... Toma anises!

--Pobrecillo!... ponlo en la lista.

Don Baldomero mir a su esposa con cierta severidad. Aquella infraccin
de la aritmtica parecale una cosa muy grave.

Ponlo, hombre, qu ms te da? Que estn todos contentos....

Don Baldomero II se sonri con aquella bondad patriarcal tan suya, y
sacando otra vez lista y lpiz, dijo en alta voz: Rossini, diez reales:
le tocan mil doscientos cincuenta.

Todos los presentes se apresuraron a felicitar al favorecido, quedndose
l tan parado y suspenso, que crey que le tomaban el pelo.

No, si yo no.... Pero Barbarita le ech unas miradas que le cortaron
el hilo de su discurso. Cuando la seora miraba de aquel modo no haba
ms remedio que callarse.

Si habr nacido de pie este bendito Plcido--dijo D. Baldomero a su
nuera--, que hasta se saca la lotera sin jugar!.

--Plcido--grit Jacinta rindose con mucha gana--, es el que nos ha
trado la suerte.

--Pero si yo...--murmur otra vez Estupi, en cuyo espritu las
nociones de la justicia eran siempre muy claras, como no se tratara de
contrabando.

--Pero tonto... cmo tendrs esa cabeza--dijo Barbarita con mucho
fuego--, que ni siquiera te acuerdas de que me diste medio duro para la
lotera.

--Yo... cuando usted lo dice... En fin... la verdad, mi cabeza anda,
_talmente_, as un poco ida...

Se me figura que Estupi lleg a creer a pie juntillas que haba dado
el escudo.

Cuando yo deca que el nmero era de los ms bonitos...!--manifest D.
Baldomero con orgullo--. En cuanto el lotero me lo entreg, sent la
corazonada.

--Como bonito...--agreg Estupi--, no hay duda que lo es.

--Si tena que salir, eso bien lo vea yo--afirm Samaniego con esa
conviccin que es resultado del gozo--. Tres _cuatros_ seguidos,
despus un _cero_, y acabar con un _ocho_...! Tena que salir.

El mismo Samaniego fue quien discurri celebrar con panderetazos y
villancicos el fausto suceso, y Estupi propuso que fueran todos los
agraciados a la cocina para hacer ruido con las cacerolas. Mas Barbarita
prohibi todo lo que fuera barullo, y viendo entrar a Federico Ruiz, a
Eulalia Muoz y a uno de los _Chicos_, Ricardo Santa Cruz mand destapar
media docena de botellas de _champagne_.

Toda esta algazara llegaba a la alcoba de Juan, que se entretena oyendo
contar a su mujer y a su criado lo que pasaba, y singularmente el
milagro del premio de Estupi. Lo que se ri con esto no hay para qu
decirlo. La prisin en que tan a disgusto estaba volvale pronto a su
mal humor y ponindose muy regan deca a su mujer: Eso, eso, djame
solo otra vez para ir a divertirte con la bullanga de esos idiotas. La
lotera!, qu atraso tan grande! Es de las cosas que debieran
suprimirse; mata el ahorro; es la Providencia de las haraganes. Con la
lotera no puede haber prosperidad pblica... Qu?, te marchas otra
vez. Bonita manera de cuidar a un enfermo! Y vamos a ver, qu demonios
tienes t que hacer por esas calles toda la maana? A ver, explcame,
quiero saberlo; porque es ya lo de todos los das.

Jacinta daba sus excusas risuea y sosegada. Pero le fue preciso soltar
una mentirijilla. Haba salido por la maana a comprar nacimientos,
velitas de color y otras chucheras para los nios de Candelaria.

Pues entonces--replic Juanito revolvindose entre las sbanas--, yo
quiero que me digan para qu sirven mam y Estupi, que se pasan la
vida mareando a los tenderos y se saben de memoria los puestos de Santa
Cruz... A ver, que me expliquen esto....

La algazara de los premiados, que iba cediendo algo, se aument con la
llegada de Guillermina, la cual supo en su casa la nueva y entr
diciendo a voces: Cada uno me tiene que dar el veinticinco por ciento
para mi obra... Si no, Dios y San Jos les amargarn el premio.

--El veinticinco por ciento es mucho para la gente menuda--dijo D.
Baldomero--. Consltalo con San Jos y vers cmo me da la razn.

--Hereje!...--replic la dama hacindose la enfadada--, herejote...
despus que chupas el dinero de la Nacin, que es el dinero de la
Iglesia, ahora quieres negar tu auxilio a mi obra, a los pobres... El
veinticinco por ciento y t el cincuenta por ciento... Y punto en boca.
Si no, lo gastars en botica. Con que elige.

--No, hija ma; por m te lo dar todo...

--Pues no hars nada de ms, avariento. Se estn poniendo bien las
cosas, a fe ma... El ciento de _pintn_, que estaba la semana pasada a
diez reales, ahora me lo quieren cobrar a once y medio, y el _pardo_ a
diez y medio. Estoy volada. Los materiales por las nubes...

Samaniego se empe en que la santa haba de tomar una copa de
_Champagne_.

Pero t qu has credo de m, viciosote? Yo beber esas porqueras!...
Cundo cobras, maana? Pues preprate. All me tendrs como la maza de
Fraga. No te dejar vivir.

Poco despus Guillermina y Jacinta hablaban a solas, lejos de todo odo
indiscreto.

Ya puedes vivir tranquila--le dijo la Pacheco--. El _Pituso_ es tuyo.
He cerrado el trato esta tarde. No puedes figurarte lo que bregu con
aquel Iscariote. Perd la cuenta de las hostias que me ech el muy
blasfemo. All me sac del cofre la partida de bautismo, un papelejo que
apestaba. Este documento no prueba nada. El chico ser o no ser...
quin lo sabe! Pero pues tienes este capricho de ricacha mimosa, all
con Dios... Todo esto me parece irregular. Lo primero debi ser hablar
del caso a tu marido. Pero t buscas la sorpresita y el efecto teatral.
All lo veremos... Ya sabes, hija, el trato es trato. Me ha costado Dios
y ayuda hacer entrar en razn al Sr. Izquierdo. Por fin se contenta con
seis mil quinientos reales. Lo que sobra de los diez mil reales es para
m, que bien me lo he sabido ganar... Con que maana, yo ir despus de
medio da; ve t tambin con los santos cuartos.

Psose Jacinta muy contenga. Haba realizado su antojo; ya tena su
juguete. Aquello podra ser muy bien una niera; pero ella tena sus
razones para obrar as. El plan que concibi para presentar al _Pituso_
a la familia e introducirlo en ella, revelaba cierta astucia. Pens que
nada deba decir por el pronto al Delfn. Depositara su hallazgo en
casa de su hermana Candelaria hasta ponerle presentable. Despus dira
que era un huerfanito abandonado en las calles, recogido por ella... ni
una palabra referente a quin pudiera ser la mam ni menos el pap de
tal mueco. Todo el toque estaba en observar la cara que pondra Juan al
verle. Dirale algo la voz misteriosa de la sangre? Reconocera en las
facciones del pobre nio las de...? Al inters dramtico de este lance
sacrificaba Jacinta la conveniencia de los procedimientos propios de
tal asunto. Imaginndose lo que iba a pasar, la turbacin del infiel, el
perdn suyo, y mil cosas y pormenores novelescos que barruntaba,
producase en su alma un goce semejante al del artista que crea o
compone, y tambin un poco de venganza, tal y como en alma tan noble
poda producirse esta pasin.




--ii--


Cuando fue al cuarto del Delfn, Barbarita le haca tomar a este un
tazn de t con coac. En el comedor continuaba la bulla; pero los
nimos estaban ms serenos. Ahora--dijo la mam--, han pegado la hebra
con la poltica. Dice Samaniego que hasta que no corten doscientas o
trescientas cabezas; no habr paz. El marqus no est por el
derramamiento de sangre, y Estupi le preguntaba por qu no haba
aceptado la diputacin que le ofrecieron...

Se puso lo mismito que un pavo, y dijo que l no quera meterse en...

--No dijo eso--salt Juanito, suspendiendo la bebida.

--Que s, hijo; dijo que no quera meterse en estos... no s qu.

--Que no dijo eso, mam. No alteres t tambin la verdad de los textos.

--Pero hijo, si lo he odo yo.

--Aunque lo hayas odo, te sostengo que no pudo decir eso... vaya.

--Pues qu? --El marqus no pudo decir _meterse_... yo pongo mi cabeza
a que dijo _inmiscuirse_... Si sabr yo cmo hablan las personas finas.

Barbarita solt la carcajada.

--Pues s... tienes razn, as, as fue... que no quera
_inmiscuirse_...

--Lo ves?... Jacinta. --Qu quieres, nio mimoso?

--Mndale un recado a Aparisi. Que venga al momento.

--Para qu? Sabes la hora que es?

--En cuanto sepa el motivo, se planta aqu de un salto.

--Pero a qu? --Ah es nada! Crees que va a dejar pasar eso de
_inmiscuirse_? Yo quiero saber cmo se sacude esa mosca...

Las dos damas celebraron aquella broma mientras le arreglaban la cama.
Guillermina haba salido de la casa sin despedirse, y poco a poco se
fueron marchando los dems. Antes de las doce, todo estaba en silencio,
y los paps se retiraron a su habitacin, despus de encargar a Jacinta
que estuviese muy a la mira para que el Delfn no se desabrigara. Este
pareca dormido profundamente, y su esposa se acost sin sueo, con el
nimo ms dispuesto a la centinela que al descanso. No haba
transcurrido una hora, cuando Juan despert intranquilo, rompiendo a
hablar de una manera algo descompuesta. Crey Jacinta que deliraba, y se
incorpor en su cama; mas no era delirio, sino inquietud con algo de
impertinencia. Procur calmarle con palabras cariosas; pero l no se
daba a partido. Quieres que llame?.--No; es tarde, y no quiero
alarmar... Es que estoy nervioso. Se me ha espantado el sueo. Ya se ve;
todo el da en este pozo del aburrimiento. Las sbanas arden y mi cuerpo
est fro.

Jacinta se ech la bata, y corri a sentarse al borde del lecho de su
marido. Pareciole que tena algo de calentura. Lo peor era que sacaba
los brazos y retiraba las mantas. Temerosa de que se enfriara, apur
todas las razones para sosegarle, y viendo que no poda ser, quitose la
bata y se meti con l en la cama, dispuesta a pasar la noche
abrigndole por fuerza como a los nios, y arrullndole para que se
durmiera. Y la verdad fue que con esto se soseg un tanto, porque le
gustaban los mimos, y que se molestaran por l, y que le dieran tertulia
cuando estaba desvelado. Y cmo se haca el nene, cuando su mujer, con
deliciosa gentileza materna, le coga entre sus brazos y le apretaba
contra s para agasajarle, prestndole su propio calor! No tard Juan en
aletargarse con la virtud de estos melindres. Jacinta no quitaba sus
ojos de los ojos de l, observando con atencin sostenida si se dorma,
si murmuraba alguna queja, si sudaba. En esta situacin oy claramente
la una, la una y media, las dos, cantadas por la campana de la Puerta
del Sol con tan claro timbre, que parecan sonar dentro de la casa. En
la alcoba haba una luz dulce, colada por pantalla de porcelana.

Y cuando pasaba un rato largo sin que l se moviera, Jacinta se
entregaba a sus reflexiones. Sacaba sus ideas de la mente, como el avaro
saca las monedas, cuando nadie le ve, y se pona a contarlas y a
examinarlas y a mirar si entre ellas haba alguna falsa. De repente
acordbase de la jugarreta que le tena preparada a su marido, y su alma
se estremeca con el placer de su pueril venganza. El _Pituso_ se le
meta al instante entre ceja y ceja. Le estaba viendo! La contemplacin
ideal de lo que aquellas facciones tenan de desconocido, el trasunto de
las facciones de la madre, era lo que ms trastornaba a Jacinta,
enturbiando su piadosa alegra. Entonces senta las cosquillas, pues no
merecen otro nombre, las cosquillas de aquella infantil rabia que sola
acometerla, sintiendo adems en sus brazos cierto prurito de apretar y
apretar fuerte para hacerle sentir al infiel el furor de la paloma que
la dominaba. Pero la verdad era que no apretaba ni pizca, por miedo de
turbarle el sueo. Si crea notar que se estremeca con escalofros,
apretaba s dulcemente, lindose a l para comunicarle todo el calor
posible. Cuando l gema o respiraba muy fuerte, le arrullaba dndole
suaves palmadas en la espalda, y por no apartar sus manos de aquella
obligacin, siempre que quera saber si sudaba o no, acercaba su nariz o
su mejilla a la frente de l.

Seran las tres cuando el Delfn abri los ojos, despabilndose
completamente, y mir a su mujer, cuya cara no distaba de la suya el
espacio de dos o tres narices. Qu bien me encuentro ahora!--le dijo
con dulzura--. Estoy sudando; ya no tengo fro. Y t no duermes? Ah!
La gran lotera es la que me ha tocada a m. T eres mi premio gordo.
Qu buena eres!.

--Te duele la cabeza? --No me duele nada. Estoy bien; pero me he
desvelado; no tengo sueo. Si no lo tienes t tampoco, cuntame algo. A
ver dime a dnde fuiste esta maana.

--A contar los frailes, que se ha perdido uno. As nos deca mam cuando
mis hermanas y yo le preguntbamos dnde haba ido.

--Respndeme al derecho. A dnde fuiste?

Jacinta se rea, porque le ocurri dar a su marido un bromazo muy
chusco.

Qu alegre est el tiempo! De qu te res?.

--Me ro de ti... Qu curiosos son estos hombres! Virgen Mara!, todo
lo quieren saber.

--Claro, y tenemos derecho a ello. --No puede una salir a compras...
--Dale con las tiendas. Competencia con mam y Estupi; eso no puede
ser. T no has ido a compras.

--Que s. --Y qu has comprado?

--Tela. --Para camisas mas? Si tengo... creo que son veintisiete
docenas.

--Para camisas tuyas, s; pero te las hago chiquititas.

--Chiquititas! --S, y tambin te estoy haciendo unos baberos muy
monos.

--A m, baberos a m!

--S, tonto; por si se te cae la baba.

--Jacinta! --Anda... y se re el muy simple. Vers qu camisas! Slo
que las mangas son as... no te cabe ms que un dedo en ellas.

--De veras que t?... A ver ponte seria... Si te res no creo nada.

--Ves que seria me pongo?... Es que me haces rer t... Vaya, te
hablar con formalidad. Estoy haciendo un ajuar.

--Vamos, no quiero orte... Qu guasoncita!

--Que es verdad. --Pero. --Te lo digo? Di si te lo digo.

Pas un ratito en que se estuvieron mirando. La sonrisa de ambos pareca
una sola, saltando de boca a boca.

--Qu pesadez!... di pronto...

--Pues all va... Voy a tener un nio.

--Jacinta! Qu me cuentas?... Estas cosas no son para bromas--dijo
Santa Cruz con tal alborozo, que su mujer tuvo que meterle en cintura.

--Eh, formalidad. Si te destapas me callo.

--T bromeas... Pues si fuera eso verdad, no lo habras cantado poco...
con las ganitas que t tienes! Ya se lo habras dicho hasta a los
sordos. Pero di, y mam lo sabe?

--No, no lo sabe nadie todava.

--Pero mujer... Djame, voy a tirar de la campanilla.

--Tonto... loco... estate quieto o te pego.

--Que se levanten todos en la casa para que sepan... Pero, es farsa
tuya? S, te lo conozco en los ojos.

--Si no te ests quieto, no te digo ms...

--Bueno, pues me estar quieto... Pero responde, es presuncin tuya
o...?

--Es certeza. --Ests segura? Tan segura como si le estuviera viendo, y
le sintiera correr por los pasillos... Es ms salado, ms pilln...!,
bonito como un ngel, y tan granuja como su pap.

--Ave Mara Pursima, qu precocidad! Todava no ha nacido y ya sabes
que es varn, y que es tan granuja como yo.

La Delfina no poda tener la risa. Tan pegados estaban el uno al otro,
que pareca que Jacinta se rea con los labios de su marido, y que este
sudaba por los poros de las sienes de su mujer.

Vaya con mi seora, lo que me tena guardado! aadi con
incredulidad.

--Te alegras? --Pues no me he de alegrar? Si fuera cierto, ahora mismo
pona en planta a toda la familia para que lo supieran; de fijo que pap
se encasquetaba el sombrero y se echaba a la calle, disparado, a comprar
un nacimiento. Pero vamos a ver, explcate, cundo ser eso?

--Pronto. --Dentro de seis meses? Dentro de cinco?

--Ms pronto. --Dentro de tres?

--Ms prontsimo... est al caer, al caer.

--Bah!... Mira, esas bromas son impertinentes. Con que fuera de
cuenta? Pues nada, no se te conoce.

--Porque lo disimulo. --S; para disimular ests t. Lo que haras t,
con las ganas que tienes de chiquillos, sera salir para que todo el
mundo te viera con tu bombo, y mandar a Rossini con un suelto a _La
Correspondencia_.

--Pues te digo que ya no hay da seguro. Nada, hombre, cuando le veas te
convencers.

--Pero a quin he de ver?

--Al... a tu hijito, a tu nenn de tu alma.

--Te digo formalmente que me llenas de confusin, porque para chanza me
parece mucha insistencia; y si fuera verdad, no lo habras tenido tan
guardado hasta ahora.

Comprendiendo Jacinta que no poda sostener ms tiempo el bromazo, quiso
recoger vela, y le incit a que se durmiera, porque la conversacin
acalorada poda hacerle dao.

Tiempo hay de que hablemos de esto--le dijo--; y ya... ya te irs
convenciendo.

--_Geno_ --replic l con puerilidad graciosa tomando el tono de un
nio a quien arrullan.

--A ver si te duermes... Cierra esos ojitos. Verdad que me quieres?

--Ms que a mi vida. Pero, hija de mi alma, qu fuerza tienes! Cmo
aprietas!

--Si me engaas te cojo y... as, as...

--Ay! --Te deshago como un bizcocho. --Qu gusto! --Y ahora, a
_mimir_...

Este y otros trminos que se dicen a los nios les hacan rer cada vez
que los pronunciaban; pero la confianza y la soledad daban encanto a
ciertas expresiones que habran sido ridculas en pleno da y delante de
gente. Pasado un ratito, Juan abri los ojos, diciendo en tono de
hombre:

Pero de veras que vas a tener un chico?....

--_Ch_... y a _mimir_... _ro_... _ro_...

Entre dientes le cantaba una cancin de adormidera, dndole palmadas en
la espalda.

Qu gusto ser _beb_!--murmur el Delfn--, sentirse en los brazos de
la mam, recibir el calor de su aliento y...!.

Pas otro rato, y Juan, despabilndose y fingiendo el lloriqueo de un
tierno infante en edad de lactancia, chill as:

--Mama... mama... --Qu? --Teta. Jacinta sofoc una carcajada.

--_Ahola_ no... teta caca... cosa fea...

Ambos se divertan con tales simplezas. Era un medio de entretener el
tiempo y de expresar su cario.

--Toma teta--djole Jacinta metindole un dedo en la boca; y l se lo
chupaba diciendo que estaba muy rica, con otras muchas tontadas,
justificadas slo por la ocasin, la noche y la dulce intimidad.

--Si alguien nos oyera, cmo se reira de nosotros!

--Pero como no nos oye nadie... Las cuatro: qu tarde!

--Di qu temprano. Ya pronto se levantar Plcido para ir a despertar al
sacristn de San Gins. Qu fro tendr!...

--Cunto mejor nosotros aqu, tan abrigaditos!

--Me parece que de esta me duermo, vida.

--Y yo tambin, corazn.

Se durmieron como dos ngeles, mejilla con mejilla.




---iii--


24 de Diciembre.

Por la maana encarg Barbarita a Jacinta ciertos menesteres domsticos
que la contrariaron; pero la misma retencin en la casa ofreci
coyuntura a la joven para dar un paso que siempre le haba inspirado
inquietud. Djole Barbarita que no saliera en todo aquel da, y como
tena que salir forzosamente, no hubo ms remedio que revelar a su
suegra el lo que entre manos traa. Pidiole perdn por no haberle
confiado aquel secreto, y advirti con grandsima pena que su suegra no
se entusiasmaba con la idea de poseer a Juann. Pero t sabes lo grave
que es eso?... as, sin ms ni ms... un hijo llovido. Y qu pruebas
hay de que sea tal hijo?... No ser que te han querido estafar? Y
crees t que se parece realmente? No ser ilusin tuya?... Porque todo
eso es muy vago... Esos hallazgos de hijos parecen cosa de novela....

La Delfina se descorazon mucho. Esperaba una explosin de jbilo en su
mam poltica. Pero no fue as. Barbarita, cejijunta y preocupada, le
dijo con frialdad: No s qu pensar de ti; pero en fin, tretelo y
escndelo hasta ver... la cosa es muy grave. Dir a tu marido que
Benigna est enferma y has ido a visitarla. Despus de esta
conversacin, fue Jacinta a la casa de su hermana a quien tambin confi
su secreto, concertando con ella el depositar el nio all hasta que
Juan y D. Baldomero lo supieran. Veremos cmo lo toman aadi dando un
gran suspiro. Estaba Jacinta aquella tarde fuera de s. Vea al _Pituso_
como si lo hubiera parido, y se haba acostumbrado tanto a la idea de
poseerlo, que se indignaba de que su suegra no pensase lo mismo que
ella.

Juntose Rafaela con su ama en la casa de Benigna, y helas aqu por la
calle de Toledo abajo. Llevaban plata menuda para repartir a los pobres,
y algunas chucheras, entre ellas la sortija que la seorita haba
prometido a Adoracin. Era una soberbia alhaja, comprada aquella maana
por Rafaela en los bazares de _Liquidacin por saldo, a real y medio la
pieza_, y tena un diamante tan grande y bien tallado, que al mismo
Regente le dejara bizco con el fulgor de sus luces. En la fabricacin
de esta soberbia piedra haba sido empleado el casco ms valioso de un
fondo de vaso. Apenas llegaron a los corredores del primer patio,
vironse rodeadas por pelotones de mujeres y chicos, y para evitar
piques y celos, Jacinta tuvo que poner algo en todas las manos. Quin
coga la peseta, quin el duro o el medio duro. Algunas, como Severiana,
que, dicho sea entre parntesis, tena para aquella noche una magnfica
lombarda, lomo adobado y el besugo correspondiente, se contentaban con
un saludo afectuoso. Otros no se daban por satisfechos con lo que
reciban. A todos preguntaba Jacinta que qu tenan para aquella noche.
Algunas entraban con el besugo cogido por las agallas; otras no haban
podido traer ms que cascajo. Vio a muchas subir con el jarro de leche
de almendras, que les dieran en el caf de los Naranjeros, y de casi
todas las cocinas sala tufo de fritangas y el campaneo de los
almireces. Este besaba el duro que la seorita le daba, y el otro
tirbalo al aire para cogerlo con algazara, diciendo: Aire, aire, a la
plaza!. Y salan por aquellas escaleras abajo camino de la tienda.
Haba quien preparaba su banquete con un _hocico con carrilleras_, una
libra de _tapa del cencerro_, u otras despreciadas partes de la res
vacuna, o bien con asadura, bofes de cerdo, sangre frita y desperdicios
an peores. Los ms opulentos dbanse tono con su pedazo de turrn del
que se parte con martillo, y la que haba trado una granada tena buen
cuidado de que la vieran. Pero ningn habitante de aquellas regiones de
miseria era tan feliz como Adoracin, ni excitaba tanto la envidia entre
las amigas, pues la rica alhaja que cea su dedo y que mostraba con el
puo cerrado, era fina y de ley y haba costado unos grandes dinerales.
Aun las pequeas que ostentaban zapatos nuevos, debidos a la caridad de
_doa_ Jacinta, los habran cambiado por aquella monstruosa y
relumbrante piedra. La poseedora de ella, despus que recorri ambos
corredores ensendola, se peg otra vez a la seorita, frotndose el
lomo contra ella como los gatos.

No me olvidar de ti, Adoracin le dijo la seorita, que con esta
frase pareca anunciar que no volvera pronto.

En ambos patios haba tal ruido de tambores, que era forzoso alzar la
voz para hacerse or. Cuando a los tamborazos se una el estrpito de
las latas de petrleo, pareca que se desplomaban las frgiles casas. En
los breves momentos que la tocata cesaba, oase el canto de un mirlo
silbando la frase del himno de Riego, lo nico que del tal himno queda
ya. En la calle de Mira del Ro tocaba un pianillo de manubrio, y en la
calle del Bastero otro, armndose entre los dos una zaragata musical,
como si las dos piezas se estuvieran araando en feroz pelea con las
uas de sus notas. Eran una polka y un andante pattico, enzarzados como
dos gatos furibundos. Esto y los tambores, y los gritos de la vieja que
venda higos, y el clamor de toda aquella vecindad alborotada, y la risa
de los chicos, y el ladrar de los perros pusironle a Jacinta la cabeza
como una grillera.

Repartidas las limosnas, fue al 17, donde ya estaba Guillermina,
impaciente por su tardanza. Izquierdo y el _Pituso_ estaban tambin; el
primero fingindose muy apenado de la separacin del chico. Ya la
fundadora haba entregado el _triste estipendio_.

Vaya, abreviemos dijo esta cogiendo al muchacho que estaba como
asustado.

--Quieres venirte conmigo? --_Mela pa ti_... --replic el _Pituso_ con
bro, y se ech a rer, alabando su propia gracia.

Las tres mujeres se rieron mucho tambin de aquella salida tan fina, e
Izquierdo, rascndose la noble frente, dijo as:

La seorita... a cuenta que ahora le ensear a no soltar
exprisiones.

--Buena falta le hace... En fin, vmonos.

Juann hizo alguna resistencia; pero al fin se dej llevar, seducido con
la promesa de que le iban a comprar un nacimiento y muchas cosas buenas
para que se las comiera todas.

Ya le he prometido al Sr. de Izquierdo--dijo Guillermina--, que se le
procurar una colocacin, y por de pronto ya le he dado mi tarjeta para
que vaya a ver con ella a uno de los artistas de ms fama, que est
pintando ahora un magnfico _Buen Ladrn_. Vaya... qudese con Dios.

Despidiose de ellas el futuro modelo con toda la urbanidad que en l era
posible, y salieron. Rafaela llevaba en brazos el chico. Como a fines de
Diciembre son tan cortos los das, cuando salieron de la casa ya se
echaba la noche encima. El fro era intenso, penetrante y traicionero
como de helada, bajo un cielo bruido, inmensamente desnudo y con las
estrellas tan desamparadas, que los estremecimientos de su luz parecan
escalofros. En la calle del Bastero se insurreccion el _Pituso_. Su
bellsima frente ceuda indicaba esta idea: Pero a dnde me llevan
estas tas?. Empez a rascarse la cabeza, y dijo con sentimiento: _Pae
Pepe...._ --Qu te importa a ti tu pap Pepe? Quieres un rabel? Di lo
que quieres.

--_Quelo citunas_ --replic alargando la jeta--. No, _citunas_ no; un
pez.

--Un pez?... ahora mismo--le dijo su futura mam, que estaba
nerviossima, sintiendo toda aquella vibracin glacial de las estrellas
dentro de su alma.

En la calle de Toledo volvieron a sonar los cansados pianitos, y tambin
all se engarfiaron las dos piezas, una tonadilla de la _Mascota_ y la
sinfona de _Semramis_. Estuvieron batindose con ferocidad, a
distancia como de treinta pasos, tirndose de los pelos, dndose
dentelladas y cayendo juntas en la mezcla inarmnica de sus propios
sonidos. Al fin venci _Semramis_, que resonaba orgullosa marcando sus
nobles acentos, mientras se extinguan las notas de su rival, gimiendo
cada vez ms lejos, confundidas con el tumulto de la calle.

rales difcil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que
vena calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar
prximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres
algn comistrajo recin comprado; los chicos, con sus bufandas
enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad
prehistrica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a
la casa. Las nias iban en grupo de dos o de tres, envuelta la cabeza en
toquillas, charlando cada una por siete. Cul llevaba una botella de
vino, cul el jarrito con leche de almendra; otras salan de las tiendas
de comestibles dando brincos o se paraban a ver los puestos de
panderetas, dndoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran.
En los puestos de pescado los maragatos limpiaban los besugos, arrojando
las escamas sobre los transentes, mientras un ganapn vestido con los
calzonazos negros y el mandil verde rayado berreaba fuera de la puerta:
Al vivo de hoy, al vivito!... Enorme faroln con los cristales muy
limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las
canastas de almejas. En las carniceras sonaban los machetazos con sorda
trepidacin, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar,
hacan contra el mrmol del mostrador los ruidos ms extraos, notas de
misteriosa alegra. En aquellos barrios algunos tenderos hacen gala de
poseer, adems de gneros exquisitos, una imaginacin exuberante, y para
detener al que pasa y llamar compradores, se valen de recursos teatrales
y fantsticos. Por eso vio Jacinta de puertas afuera pirmides de
barriles de aceitunas que llegaban hasta el primer piso, altares hechos
con cajas de mazapn, trofeos de pasas y arcos triunfales festoneados
con escobones de dtiles. Por arriba y por abajo banderas espaolas con
poticas inscripciones que decan: el _Diluvio en mazapn, o Turrn del
Paraso_ _ terrenal_... Ms all _Mantecadas de Astorga bendecidas por
Su Santidad Po IX_. En la misma puerta uno o dos horteras vestidos
ridculamente de frac, con chistera abollada, las manos sucias y la cara
tiznada, gritaban desaforadamente ponderando el gnero y dndolo a
probar a todo el que pasaba. Un vendedor ambulante de turrn haba
discurrido un rtulo peregrino para anonadar a sus competidores los
orgullosos tenderos de establecimiento. Qu pondra? Porque decir que
el gnero era muy bueno no significaba nada. Mi hombre haba clavado en
el ms gordo bloque de aquel almendrado una banderita que deca:
_Turrn higinico_. Con que ya lo vea el pblico... El otro turrn
sera todo lo sabroso y dulce que quisieran; mas no era _higinico_.

--_Quelo_ un pez... --gru el _Pituso_ frotndose con mal humor los
ojos.

--Mira--le deca Rafaela--, tu mam te va a comprar un pez de dulce.

--_Pae Pepe_... --repiti el chico llorando.

--Quieres una pandereta?... s, una pandereta grande, que suene mucho.

Las tres hacan esfuerzos para acallarle, ofrecindole cuanto haba que
ofrecer. Despus de comprada la pandereta, el chico dijo que quera una
naranja. Le compraron tambin naranjas. La noche avanzaba, y el trnsito
se haca difcil por la acera estrecha, resbaladiza y hmeda, tropezando
a cada instante con la gente que la invada.

Vers, vers, qu nacimiento tan bonito!--le deca Jacinta para
calmarle--Y qu nios tan guapos! Y un pez grande, tremendo, todo de
mazapn, para que te lo comas entero.

--_Gande, gande!_ A ratos se tranquilizaba, pero de repente le entraba
el berrinche y se pona a dar patadas en el aire. Rafaela, que era una
mujer de poqusimas fuerzas, ya no poda ms. Guillermina se lo quit de
los brazos, diciendo:

Dmele ac... no puedes ya con tu alma... Ea, caballerito; a callar se
ha dicho....

El _Pituso_ le dio un porrazo en la cabeza.

Mira que te estrello... Vers la azotaina que te vas a llevar... Y qu
gordo est el tunante!, parece mentira....

--_Quelo un batn_... hostia!

--Un bastn?... tambin te lo compramos, hijo, si te ests calladito...
A ver, dnde encontraremos bastones ahora...

--Buena falta le hace--dijo Guillermina, y de los de acebuche, que
escuecen bien, para ensearle a no ser maoso.

De esta manera llegaron a los portales y a la casa de Villuendas, ya
cerrada la noche. Entraron por la tienda, y en la trastienda Jacinta se
dej caer fatigadsima sobre un saco lleno de monedas de cinco duros. Al
_Pituso_ le deposit Guillermina sobre un voluminoso fardo que
contena... mil onzas!




--iv--


Los dependientes que estaban haciendo el recuento y balance, metan en
las arcas de hierro los cartuchos de oro y los paquetes de billetes de
Banco, sujetos con un elstico. Otro contaba sobre una mesa pesetas
gastadas y las coga despus con una pala como si fueran lentejas.
Manejaban el _gnero_ con absoluta indiferencia, cual si los sacos de
monedas lo fueran de patatas, y las resmas de billetes, papel de
estraza. A Jacinta le daba miedo ver aquello, y entraba siempre all con
cierto respeto parecido al que le inspiraba la iglesia, pues el temor de
llevarse algn billete de cuatro mil reales pegado a la ropa le pona
nerviosa.

Ramn Villuendas no estaba; pero Benigna baj al momento, y lo primero
que hizo fue observar atentamente la cara sucia de aquel aguinaldo que
su hermana le traa.

Qu, no le encuentras parecido? djole Jacinta algo picada.

--La verdad, hija... no s qu te diga...

--Es el vivo retrato--afirm la otra, queriendo cerrar la puerta, con
una opinin absoluta, a todas las dudas que pudieran surgir.

--Podr ser... Guillermina se despidi rogando a los dependientes que le
cambiaran por billetes tres monedas de oro que llevaba. Pero me habis
de dar premio--les dijo--. Tres reales por ciento. Si no, me voy a la
Lonja del Almidn, donde tienen ms caridad que vosotros.

En esto entr el amo de la casa, y tomando las monedas, las mir
sonriendo.

Son falsas... tienen hoja.

--Usted s que tiene hoja --replic la santa con gracia, y los dems se
rean--. Una peseta de premio por cada una.

--Cmo va subiendo!... Usted nos tira al degello.

--Lo que merecis, publicanos.

Villuendas tom de un cercano montn dos duros y los aadi a los
billetes del cambio.

Vaya... para que no diga....

--Gracias... Ya saba yo que usted...

--A ver, doa Guillermina, espere un ratito--aadi Ramn--. Es cierto
lo que me han contado, que usted, cuando no cae bastante dinero en la
suscricin para la obra, le cuelga a San Jos un ladrillo del pescuezo
para que busque cuartos?

--El seor San Jos no necesita de que le colguemos nada, pues hace
siempre lo que nos conviene... Con que buenas noches; ah les queda ese
caballerito. Lo primero que deben hacer es ponerle a remojo para que se
le ablande la mugre.

Ramn mir al _Pituso_. Su semblante no expresaba tampoco una conviccin
muy profunda respecto al parecido. Sonrea Benigna, y si no hubiera sido
por consideracin a su querida hermana, habra dicho del _Pituso_ lo que
de las monedas que no sonaban bien: _Es falso_, o por lo menos, _tiene
hoja_.

Lo primero es que le lavemos.

--No se va a dejar--indic Jacinta--. Este no ha visto nunca el agua.
Vamos, arriba.

Subironle, y que quieras que no, le despojaron de los pingajos que
vesta y trajeron un gran barreo de agua. Jacinta mojaba sus dedos en
ella diciendo con temor: estar muy fra?, estar muy caliente?
Pobre ngel, qu mal rato va a pasar!. Benigna no se andaba en tantos
reparos, y pataplum!, le zambull dentro, sujetndole brazos y piernas.
Cristo! Los chillidos del _Pituso_ se oan desde la Plaza Mayor.
Enjabonronle y restregronle sin miramiento alguno, haciendo tanto caso
de sus berridos como si fueran expresiones de alegra. Slo Jacinta, ms
piadosa, agitaba el agua queriendo hacerle creer que aquello era muy
divertido. Sacado al fin de aquel suplicio y bien envuelto en una sbana
de bao, Jacinta le estrech contra su seno dicindole que ahora s que
estaba guapo. El calorcillo calmaba la irritacin de sus chillidos,
cambindolos en sollozos, y la reaccin, junto con la limpieza, le anim
la cara, tindosela de ese rosicler puro y celestial que tiene la
infancia al salir del agua. Le frotaban para secarle y sus brazos
torneados, su fina tez y hermossimo cuerpo producan a cada instante
exclamaciones de admiracin. Es un nio Jess... es una divinidad este
mueco!.

Despus empezaron a vestirle. Una le pona las medias, otra le entraba
una camisa finsima. Al sentir la molestia del vestir volviole el mal
humor, y trajronle un espejo para que se mirara, a ver si el amor
propio y la presuncin acallaban su displicencia.

Ahora, a cenar... Tienes ganita?.

El _Pituso_ abra una boca descomunal y daba unos bostezos que eran la
medida aproximada de su gana de comer.

Ay, qu ganitas tiene el nio! Vers... Vas a comer cosas ricas....

--Patata!--grit con ardor famlico.

--Qu patatas, hombre? Mazapn, sopa de almendra...

--Patata, hostia! --repiti l pataleando.

--Bueno, patatitas, todo lo que t quieras.

Ya estaba vestido. La buena ropa le caa tan bien que pareca haberla
usado toda su vida. No fue algazara la que armaron los nios de
Villuendas cuando le vieron entrar en el cuarto donde tenan su
nacimiento. Primero se sorprendieron en masa, despus pareca que se
alegraban; por fin determinronse los sentimientos de recelo y
suspicacia. La familia menuda de aquella casa se compona de cinco
cabezas, dos nias grandecitas, hijas de la primera mujer de Ramn, y
los tres hijos de Benigna, dos de los cuales eran varones.

Juann se qued pasmado y lelo delante del nacimiento. La primera
manifestacin que hizo de sus ideas acerca de la libertad humana y de la
propiedad colectiva consisti en meter mano a las velas de colores. Una
de las nias llev tan a mal aquella falta de respeto, y dio unos
chillidos tan fuertes que por poco se arma all la de San Quintn.

Ay Dios mo! --exclam Benigna--. Vamos a tener un disgusto con este
salvajito....

--Yo le comprar a l muchas velas--afirm Jacinta--. Verdad, hijo, que
t quieres velas?

Lo que l quera principalmente era que le llenaran la barriga, porque
volvi a dar aquellos bostezos que partan el alma. A comer, a comer
dijo Benigna, convocando a toda la tropa menuda. Y los llev por delante
como un hato de pavos. La comida estaba dispuesta para los nios, porque
los paps cenaran aquella noche en casa del to Cayetano.

Jacinta se haba olvidado de todo, hasta de marcharse a su casa, y no
supo apreciar el tiempo mientras dur la operacin de lavar y vestir al
_Pituso_. Al caer en la cuenta de lo tarde que era, psose
precipitadamente el manto, y se despidi del _Pituso_, a quien dio
muchos besos. Qu fuerte te da, hija! le dijo su hermana sonriendo.
Y razn tena hasta cierto punto, porque a Jacinta le faltaba poco para
echarse a llorar.

Y Barbarita, qu haba hecho en la maana de aquel da 24? Vemoslo.
Desde que entr en San Gins, corri hacia ella Estupi como perro de
presa que embiste, y le dijo frotndose las manos: Llegaron las ostras
gallegas. Buen susto me ha dado el salmn! Anoche no he dormido. Pero
con seguridad le tenemos. Viene en el tren de hoy.

Por ms que el gran Rossini sostenga que aquel da oy la misa con
devocin, yo no lo creo. Es ms; se puede asegurar que ni cuando el
sacerdote alzaba en sus dedos al Dios sacramentado, estuvo Plcido tan
edificante como otras veces, ni los golpes de pecho que se dio
retumbaban tanto como otros das en la caja del trax. El pensamiento se
le escapaba hacia la liviandad de las compras, y la misa le pareci
larga, tan larga, que se hubiera atrevido a decir al cura, en confianza,
que se _menease_ ms. Por fin salieron la seora y su amigo. l se
esforzaba en dar a lo que era gusto las apariencias del cumplimiento de
un deber penoso. Se afanaba por todo, exagerando las dificultades. Se
me figura--dijo con el mismo tono que debe emplear Bismarck para decir
al emperador Guillermo que desconfa de la Rusia--, que los pavos de la
_escalerilla_ no estn todo lo bien cebados que debamos suponer. Al
salir hoy de casa les he tomado el peso uno por uno, y francamente, mi
parecer es que se los compremos a Gonzlez. Los capones de este son muy
ricos... Tambin les tom el peso. En fin, usted lo ver.

Dos horas se llevaron en la calle de Cuchilleros, cogiendo y soltando
animales, acosados por los vendedores, a quienes Plcido trataba a la
baqueta. Echbaselas l de tener un pulso tan fino para apreciar el
peso, que ni un adarme se le escapaba. Despus de dejarse all bastante
dinero, tiraron para otro lado. Fueron a casa de Ranero para elegir
algunas culebras del legtimo mazapn de Labrador, y an tuvieron tela
para una hora ms. Lo que la seora deba haber hecho hoy--dijo
Estupi sofocado, y fingindose ms sofocado de lo que estaba--, es
traerse una lista de cosas, y as no se nos olvidaba nada.

Volvieron a la casa a las diez y media, porque Barbarita quera
enterarse de cmo haba pasado su hijo la noche, y entonces fue cuando
Jacinta revel lo del _Pituso_ a su mam poltica, quedndose esta tan
sorprendida como poco entusiasmada, segn antes se ha dicho. Sin cuidado
ya con respecto a Juan, que estaba aquel da mucho mejor, doa Brbara
volvi a echarse a la calle con su escudero y canciller. An faltaban
algunas cosillas, la mayor parte de ellas para regalar a deudos y amigos
de la familia. Del pensamiento de la gran seora no se apartaba lo que
su nuera le haba dicho. Qu casta de nieto era aquel? Porque la cosa
era grave... Un hijo del Delfn! Sera verdad? Virgen Santsima, qu
novedad tan estupenda! Un nietecito por detrs de la Iglesia! Ah!,
las resultas de los devaneos de marras... Ella se lo tema... Pero y si
todo era hechura de la imaginacin exaltada de Jacinta y de su angelical
corazn? Nada, nada, aquella misma noche al acostarse, le haba de
contar todo a Baldomero.

Nuevas compras fueron realizadas en aquella segunda parte de la maana,
y cuando regresaban, cargados ambos de paquetes, Barbarita se detuvo en
la plazuela de Santa Cruz, mirando con atencin de compradora los
nacimientos. Estupi se echaba a discurrir, y no comprenda por qu la
seora examinaba con tanto inters los puestos, estando ya todos los
chicos de la parentela de Santa Cruz _surtidos de aquel artculo_.
Creci el asombro de Plcido cuando vio que la seora, despus de tratar
como en broma un portal de los ms bonitos, lo compr. El respeto sell
los labios del amigo, cuando ya se desplegaban para decir: Y para
quin es este Beln, seora?.

La confusin y curiosidad del anciano llegaron al colmo cuando
Barbarita, al subir la escalera de la casa, le dijo con cierto misterio:
Dame esos paquetes, y mtete este armatoste debajo de la capa. Que no
lo vea nadie cuando entremos. Qu significaban estos tapujos?
Introducir un Beln cual si fuera matute! Y como expertsimo
contrabandista, hizo Plcido su alijo con admirable limpieza. La seora
lo tom de sus manos, y llevndolo a su alcoba con minuciosas
precauciones para que de nadie fuera visto, lo escondi, bien cubierto
con un pauelo, en la tabla superior de su armario de luna.

Todo el resto del da estuvo la insigne dama muy atareada, y Estupi
saliendo y entrando, pues cuando se crea que no faltaba nada, salamos
con que se haba olvidado lo ms importante. Llegada la noche, inquiet
a Barbarita la tardanza de Jacinta, y cuando la vio entrar fatigadsima,
el vestido mojado y toda hecha una lstima, se encerr un instante con
ella, mientras se mudaba, y le dijo con severidad:

Hija, pareces loca... Vaya por dnde te ha dado... por traerme nietos a
casa... Esta tarde tuve la palabra en la boca para contarle a Baldomero
tu calaverada; pero no me atrev... Ya debes suponer si la cosa me
parece grave....

Era crueldad expresarse as, y deba mi seora doa Brbara considerar
que all se iban compras con compras y manas con manas. Y no par aqu
el rspice, pues a rengln seguido vino esta observacin, que dej
helada a la infeliz Jacinta: Doy de barato que ese mueco sea mi nieto.
Pues bien: no se te ocurre que el trasto de su madre puede reclamarlo
y metemos en un pleitazo que nos vuelva locos?.

--Cmo lo ha de reclamar si lo abandon?--contest la otra sofocada,
queriendo aparentar un gran desprecio de las dificultades.

--S, fate de eso... Eres una inocente.

--Pues si lo reclama, no se lo dar--manifest Jacinta con una
resolucin que tena algo de fiereza--. Dir que es hijo mo, que le he
parido yo, y que prueben lo contrario... a ver, que me lo prueben.

Exaltada y fuera de s, Jacinta, que se estaba vistiendo a toda prisa,
solt la ropa para darse golpes en el pecho y en el vientre. Barbarita
quiso ponerse seria; pero no pudo.

No, t eres la que tienes que probar que lo has parido... Pero no
pienses locuras, y tranquilzate ahora, que maana hablaremos.

--Ay, mam!--dijo la nuera enternecindose--. Si usted le viera...!

Barbarita, que ya tena la mano en el llamador de la puerta para
marcharse, volvi junto a su nuera para decirle: Pero se parece?...
Ests segura de que se parece?....

--Quiere usted verlo?, s o no.

--Bueno, hija, le echaremos un vistazo... No es que yo crea... Necesito
pruebas; pero pruebas muy claritas... No me fo yo de un parecido que
puede ser ilusorio, y mientras Juan no me saque de dudas seguir
creyendo que a donde debe ir tu _Pituso_ es a la Inclusa.




--v--


Excelente y alegre cena la de aquella noche en casa de los opulentos
seores de Santa Cruz! Realmente no era cena sino comida retrasada, pues
no gustaba la familia de trasnochar, y por tanto, caa dentro de la
jurisdiccin de la vigilia ms rigurosa. Los pavos y capones eran para
los das siguientes, y aquella noche cuanto se sirvi en la mesa
perteneca a los reinos de Neptuno. Slo se sirvi carne a Juan, que
estaba ya mejor y pudo ir a la mesa. Fue verdadero festn de cardenales,
con desmedida abundancia de peces, mariscos y de cuanto cra la mar,
todo tan por lo fino y tan bien aderezado y servido que era una gloria.
Veinticinco personas haba en la mesa, siendo de notar que el conjunto
de los convidados ofreca perfecto muestrario de todas las clases
sociales. La enredadera de que antes habl haba llevado all sus
vstagos ms diversos. Estaba el marqus de Casa-Muoz, de la
aristocracia monetaria, y un lvarez de Toledo, hermano del duque de
Gravelinas, de la aristocracia antigua, casado con un Trujillo.
Resultaba no s qu irnica armona de la conjuncin aquella de los dos
nobles, oriundo el uno del gran Alba, y el otro sucesor de D. Pascual
Muoz, dignsimo ferretero de la calle de Tintoreros. Por otro lado nos
encontramos con Samaniego, que era casi un hortera, muy cerca de
Ruiz-Ochoa, o sea la alta banca. Villalonga representaba el Parlamento,
Aparisi el Municipio, Joaqun Pez el Foro, y Federico Ruiz representaba
muchas cosas a la vez: la Prensa, las Letras, la Filosofa, la Crtica
musical, el Cuerpo de Bomberos, las Sociedades Econmicas, la
Arqueologa y los Abonos qumicos. Y Estupi, con su levita nueva de
pao fino, qu representaba? El comercio antiguo, sin duda, las
tradiciones de la calle de Postas, el contrabando, quizs _la religin
de nuestros mayores_, por ser hombre tan sinceramente piadoso. D. Manuel
Moreno Isla no fue aquella noche; pero s Arnaiz el gordo, y Gumersindo
Arnaiz, con sus tres pollas, Barbarita II, Andrea e Isabel; mas a sus
tres hermanas eclipsaba Jacinta, que estaba guapsima, con un vestido
muy sencillo de rayas negras y blancas sobre fondo encarnado. Tambin
Barbarita tena buen ver. Desde su asiento al extremo de la mesa,
Estupi la flechaba con sus miradas, siempre que corran de boca en
boca elogios de aquellos platos tan ricos y de la variedad inaudita de
pescados. El gran Rossini, cuando no miraba a su dolo, charlaba sin
tregua y en voz baja con sus vecinos, volviendo inquietamente a un lado
y otro su perfil de cotorra.

Nada ocurri en la cena digno de contarse. Todo fue alegra sin nubes, y
buen apetito sin ninguna desazn. El pcaro del Delfn haca beber a
Aparisi y a Ruiz para que se alegraran, porque uno y otro tenan un vino
muy divertido, y al fin consigui con el _Champagne_ lo que con el
Jerez no haba conseguido. Aparisi, siempre que se pona peneque,
mostraba un entusiasmo exaltado por las glorias nacionales. Sus
_jumeras_ eran siempre una fuerte emersin de lgrimas patriticas,
porque todo lo deca llorando. All brind por _los hroes de
Trafalgar_, por _los hroes del Callao_ y por otros muchos hroes
martimos; pero tan conmovido el hombre y con los msculos olfatorios
tan respingados, que se creera que Churruca y Mndez Nez eran sus
paps y que olan muy mal. A Ruiz tambin le daba por el patriotismo y
por los hroes; pero inclinndose a lo terrestre y empleando un cierto
tono de fiereza. All sac a Tetun y a Zaragoza poniendo al extranjero
como chupa de dmine, diciendo, en fin, que _nuestro porvenir est en
frica_, y que el Estrecho es un arroyo espaol. De repente levantose
Estupi el grande, copa en mano, y no puede formarse idea de la
expectacin y solemnsimo silencio que precedieron a su breve discurso.
Conmovido y casi llorando, aunque no estaba _ajumao_, brind por la
noble compaa, por los nobles seores de la casa y por... aqu una
pausa de emocin y una cariosa mirada a Jacinta... y porque la noble
familia tuviera pronto sucesin, como l esperaba... y sospechaba... y
crea.

Jacinta se puso muy colorada, y todos, todos los presentes, incluso el
Delfn, celebraron mucho la gracia. Despus hubo gran tertulia en el
saln; pero poco despus de las doce se haban retirado todos. Durmi
Jacinta sin sosiego, y a la maana siguiente, cuando su marido no haba
despertado an, sali para ir a misa. Oyola en San Gins, y despus fue
a casa de Benigna, donde encontr escenas de desolacin. Todos los
sobrinitos estaban alborotados, inconsolables, y en cuanto la vieron
entrar corrieron hacia ella pidiendo justicia. Vaya con lo que haba
hecho Juann!... Ah era nada en gracia de Dios! Empez por arrancarles
la cabeza a las figuras del nacimiento... y lo peor era que se rea al
hacerlo, como si fuera una gracia. Vaya una gracia! Era un
sinvergenza, un desalmado, un asesino. As lo atestiguaban Isabel,
Paquito y los dems, hablando confusa y atropelladamente, porque la
indignacin no les permita expresarse con claridad. Disputbanse la
palabra y se cogan a la tiita, empinndose sobre las puntas de los
pies. Pero dnde estaba el muy bribn? Jacinta vio aparecer su cara
inteligente y socarrona. Cuando l la vio, quedose algo turbado, y se
arrim a la pared. Acercsele Jacinta, mostrndole severidad y
conteniendo la risa... pidiole cuentas de sus horribles crmenes.
Arrancar la cabeza a las figuras!... Esconda el
_Pituso_ la cara muy avergonzado, y se meta el dedo en la nariz... La
mam adoptiva no haba podido obtener de l una respuesta, y las
acusaciones rayaban en frenes. Se le echaban en cara los delitos ms
execrables, y se haca burla de l y de sus hbitos groseros.

Tiita, no sabes? --deca Ramona riendo--. Se come las cscaras de
naranja....

--Cochino! Otra voz infantil atestigu con la mayor solemnidad que
haba visto ms. Aquella maana, Juann estaba en la cocina royendo
cscaras de patata. Esto s que era marranada.

Jacinta bes al delincuente, con gran estupefaccin de los otros chicos.

Pues tienes bonito el delantal. Juann tena el delantal como si
hubiera estado fregando los suelos con l. Toda la ropa estaba
igualmente sucia.

--Tiita--le dijo Isabelita hacindose la ofendida--.

Si vieras... No hace ms que arrastrarse por los suelos y dar coces
como los burros. Se va a la basura y coge los puados de ceniza para
echrnosla por la cara...

Entr Benigna, que vena de misa, y corrobor todas aquellas denuncias,
aunque con tono indulgente.

Hija, no he visto un salvaje igual. El pobrecito... bien se ve entre
qu gentes se ha criado.

--Mejor... As le domesticaremos.

--Qu palabrotas dice!... Ramn se ha redo ms...! No sabes la gracia
que le hace su lengua de arriero. Anoche nos dio malos ratos, porque
llamaba a su _Pae Pepe_ y se acordaba de la pocilga en que ha vivido...
Pobrecito! Esta maana se me orin en la sala. Llegu yo y me lo
encontr con las enaguas levantadas... Gracias que no se le antoj
hacerlo sobre el _puff_... lo hizo en la coquera... He tenido que cerrar
la sala, porque me destrozaba todo. Has visto cmo ha puesto el
nacimiento? A Ramn le hizo muchsima gracia... y sali a comprar ms
figuras; porque si no, quin aguanta a esta patulea? No puedes
figurarte la que se arm aqu anoche. Todos llorando en coro, y el otro
cogiendo figuras y estrellndolas contra el suelo.

--Pobrecillo!--exclam Jacinta prodigando caricias a su hijo adoptivo y
a todos los dems, para evitar una tempestad de celos--. Pero no veis
que l se ha criado de otra manera que vosotros? Ya ir aprendiendo a
ser fino. Verdad, hijo mo? (Juan deca que s con la cabeza y
examinaba un pendiente de Jacinta)... S; pero no me arranques la
oreja... Es preciso que todos seis buenos amiguitos, y que os llevis
como hermanos. Verdad, Juan, que t no vuelves a romper las figuras?...
Verdad que no? Vaya, l es formal. Ramoncita, t que eres la mayor,
ensale en vez de reirle.

--Es muy fresco: tambin se quera comer una vela--dijo Ramoncita
implacable.

--Las velas no se comen, no. Son para encenderlas... Veris qu pronto
aprende l todas las cosas... Si creeris que no tiene talento.

--No hay medio de hacerle comer ms que con las manos--apunt Benigna
riendo.

--Pero mujer, cmo quieres que sepa...? Si en su vida ha visto l un
tenedor... Pero ya aprender... No observas lo listo que es?

Villuendas entr con las figuras.

Vaya, a ver si estas se salvan de la guillotina.

Mirbalas el _Pituso_ sonriendo con malicia, y los dems nios se
apoderaron de ellas, tomando todo gnero de precauciones para librarlas
de las manos destructoras del salvaje, que no se apartaba de su madre
adoptiva. El instinto, fuerte y precoz en las criaturas como en los
animalitos, le impulsaba a pegarse a Jacinta y a no apartarse de ella
mientras en la casa estaba...

Era como un perrillo que prontamente distingue a su amo entre todas las
personas que le rodean, y se adhiere a l y le mima y acaricia.

Crease Jacinta madre, y sintiendo un placer indecible en sus entraas,
estaba dispuesta a amar a aquel pobre nio con toda su alma. Verdad que
era hijo de otra. Pero esta idea, que se interpona entre su dicha y
Juann, iba perdiendo gradualmente su valor. Qu le importaba que fuera
hijo de otra? Esa otra quiz haba muerto, y si viva lo mismo daba,
porque le haba abandonado. Bastbale a Jacinta que fuera hijo de su
marido para quererle ciegamente. No quera Benigna a los hijos de la
primera mujer de su marido como si fueran hijos suyos? Pues ella quera
a Juann como si le hubiera llevado en sus entraas. Y no haba ms que
hablar! Olvido de todo, y nada de celos retrospectivos. En la excitacin
de su cario, la dama acariciaba en su mente un plan algo atrevido. Con
ayuda de Guillermina--pensaba--, voy a hacer la pamema de que he sacado
este nio de la Inclusa, para que en ningn tiempo me lo puedan quitar.
Ella lo arreglar, y se har un documento en toda regla... Seremos
falsarias y Dios bendecir nuestro fraude.

Le dio muchos besos, recomendndole que fuera bueno, y no hiciese
porqueras. Apenas se vio Juann en el suelo, agarr el bastn de
Villuendas y se fue derecho hacia el nacimiento en la actitud ms
alarmante. Villuendas se rea sin atajarle, gritando: Adis, mi
dinero!, eh!... socorro!, guardias...!.

Chillido unnime de espanto y desolacin llen la casa. Ramoncita
pensaba seriamente en que deba llamarse a la Guardia Civil.

Pillo, ven ac; eso no se hace grit Jacinta corriendo a sujetarle.

Una cosa agradaba mucho a la joven. Juann no obedeca a nadie ms que a
ella. Pero la obedeca a medias, mirndola con malicia, y suspendiendo
su movimiento de ataque.

Ya me conoce--pensaba ella--. Ya sabe que soy su mam, que lo ser de
veras... Ya, ya le educar yo como es debido.

Lo ms particular fue que cuando se despidi, el _Pituso_ quera irse
con ella. Volver, hijo de mi alma, volver... Veis cmo me quiere?,
lo veis?... Con que portarse bien todos, y no regaar. Al que sea malo,
no le quiero yo....




--vi--


No se le coca el pan a Barbarita hasta no aplacar su curiosidad viendo
aquella alhaja que su hija le haba comprado, un nieto. Fuera este
apcrifo o verdadero, la seora quera conocerle y examinarle; y en
cuanto tuvo Juan compaa, buscaron suegra y nuera un pretexto para
salir, y se encaminaron a la morada de Benigna. Por el camino, Jacinta
explor otra vez el nimo de su ta, esperando que se hubieran disipado
sus prevenciones; pero vio con mucho disgusto que Barbarita continuaba
tan severa y suspicaz como el da precedente. A Baldomero le ha sabido
esto muy mal. Dice que es preciso garantas... y, francamente, yo creo
que has obrado muy de ligero....

Cuando entr en la casa y vio al _Pituso_, la severidad, lejos de
disminuir, pareca ms acentuada. Contempl Barbarita sin decir palabra
al que le presentaban como nieto, y despus mir a su nuera, que estaba
en ascuas, con un nudo muy fuerte en la garganta. Mas de repente, y
cuando Jacinta se dispona a or denegaciones categricas, la abuela
lanz una fuerte exclamacin de alegra, diciendo as:

Hijo de mi alma!... amor mo!, ven, ven a mis brazos.

Y lo apret contra s tan enrgicamente, que el _Pituso_ no pudo menos
de protestar con un chillido.

Hijo mo!... corazn... gloria, qu guapo eres!... Rico, tesoro; un
beso a tu abuelita.

--Se parece?--pregunt Jacinta no pudiendo expresarse bien, porque se
le caa la baba, como vulgarmente se dice.

--Que si se parece! --observ Barbarita tragndole con los ojos--.
Clavado, hija, clavado... Pero qu duda tiene? Me parece que estoy
mirando a Juan cuando tena cuatro aos.

Jacinta se ech a llorar. Y por lo que hace a esa fantasmona...--agreg
la seora examinando ms las facciones del chico--, bien se le conoce en
este espejo que es guapa... Es una perfeccin este nio.

Y vuelta a abrazarle y a darle besos.

Pues nada, hija --aadi despus con resolucin--, a casa con l.

Jacinta no deseaba otra cosa. Pero Barbarita corrigi al instante su
propia espontaneidad, diciendo: No... no nos precipitemos. Hay que
hablar antes a tu marido. Esta noche sin falta se lo dices t, y yo me
encargo de volver a tantear a Baldomero... Si es clavado, pero
clavado....

--Y usted que dudaba! --Qu quieres... Era preciso dudar, porque estas
cosas son muy delicadas. Pero la procesin me andaba por dentro.
Creers que anoche he soado con este mueco? Ayer, sin saber lo que
haca compr un nacimiento. Lo compr maquinalmente, por efecto de un no
s qu... mi resabio de compras movido del pensamiento que me dominaba.

--Bien saba yo que usted cuando le viera...

--Dios mo! Y las tiendas cerradas hoy!--exclam Barbarita en tono de
consternacin--. Si estuvieran abiertas, ahora mismo le compraba un
vestidito de marinero con su gorra en que diga: _Numancia_. Qu bien le
estar! Hijo de mi corazn, ven ac... No te me escapes; si te quiero
mucho, si soy tu abuelita...! Me dicen estos tontainas que has roto el
camello del Rey negro. Bien, vida ma, bien roto est. Ya le comprar yo
a mi nio una gruesa de camellos y de reyes negros, blancos y de todos
los colores.

Jacinta tena ya celos. Pero consolbase de ellos viendo que Juann no
quera estar en el regazo de su abuela y se deslizaba de los brazos de
esta para buscar los de su mam verdadera. En aquel punto de la escena
que se describe, empezaron de nuevo las acusaciones y una serie de
informes sobre los distintos actos de barbarie consumados por Juann.
Los cinco fiscales se enracimaban en torno a las dos damas, formulando
cada cual su queja en los trminos ms difamatorios. Vlganos Dios lo
que haba hecho! Haba cogido una bota de Isabelita y tirdola dentro de
la jofaina llena de agua para que nadase como un pato. Ay, qu rico!
clamaba Barbarita comindosele a besos. Despus se haba quitado su
propio calzado, porque era un marrano que gustaba de andar descalzo con
las patas sobre el suelo. Ay, qu rico!.... Quitose tambin las
medias y ech a correr detrs del gato, cogindolo por el rabo y dndole
muchas vueltas... Por eso estaba tan mal humorado el pobre animalito...
Luego se haba subido a la mesa del comedor para pegarle un palo a la
lmpara... Ay, qu rico!.

Cuidado que es desgracia!--repiti la seora de Santa Cruz dando un
gran suspiro--, las tiendas cerradas hoy!... Porque es preciso
comprarle ropita, mucha ropita... Hay en casa de Sobrino unas medidas de
colores y unos trajecitos de punto que son una preciosidad... ngel,
ven, ven con tu abuelita... Ah!, ya conoce el muy pillo lo que has
hecho por l, y no quiere estar con nadie ms que contigo.

--Ya lo creo...--indic Jacinta con orgullo--. Pero no; l es bueno
s?, y quiere tambin a su abuelita, verdad?

Al retirarse, iban por la calle tan desatinadas la una como la otra. Lo
dicho dicho: aquella misma noche hablaran las dos a sus respectivos
maridos.

Aquel da, que fue el 25, hubo gran comida, y Juanito se retir temprano
de la mesa muy fatigado y con dolor de cabeza. Su mujer no se atrevi a
decirle nada, reservndose para el da siguiente. Tena bien preparado
todo el discurso, que confiaba en pronunciarlo entero sin el menor
tropiezo y sin turbarse. El 26 por la maana entr D. Baldomero en el
cuarto de su hijo cuando este se acababa de levantar, y ambos estuvieron
all encerrados como una media hora. Las dos damas esperaban ansiosas en
el gabinete el resultado de la conferencia, y las impresiones de
Barbarita no tenan nada de lisonjeras: Hija, Baldomero no se nos
presenta muy favorable. Dice que es necesario probarlo... ya ves t,
probarlo; y que eso del parecido ser ilusin nuestra... Veremos lo que
dice Juan.

Tan anhelantes estaban las dos, que se acercaron a la puerta de la
alcoba por ver si pescaban alguna slaba de lo que el padre y el hijo
hablaban. Pero no se perciba nada. La conversacin era sosegada, y a
veces pareca que Juan se rea. Pero estaba de Dios que no pudieran
salir de aquella cruel duda tan pronto como deseaban. Pareci que el
mismo demonio lo hizo, porque en el momento de salir D. Baldomero del
cuarto de su hijo, he aqu que se presentan en el despacho Villalonga y
Federico Ruiz. El primero cay sobre Santa Cruz para hablarle de los
prstamos al Tesoro que haca con dinero suyo y ajeno, ganndose el
ciento por ciento en pocos meses, y el segundo se meti de rondn en el
cuarto del Delfn. Jacinta no pudo hablar con este; pero se sorprendi
mucho de verle risueo y de la mirada maliciosa y un tanto burlona que
su marido le ech.

Fueron todos a almorzar y el misterio continuaba. Cuenta Jacinta que
nunca como en aquella ocasin sinti ganas de dar a una persona de
bofetadas y machacarla contra el suelo. Hubiera destrozado a Federico
Ruiz, cuya charla insustancial y mareante, como zumbido de abejn, se
interpona entre ella y su marido. El maldito tena en aquella poca la
demencia de _los castillos_; estaba haciendo averiguaciones sobre todos
los que en Espaa existen ms o menos ruinosos, para escribir una gran
obra herldica, arqueolgica y de castrametacin sentimental, que aunque
estuviese bien hecha no haba de servir para nada. Mareaba a Cristo con
sus aspavientos por si tales o cuales ruinas eran bizantinas, mudjares
o lombardas con influencia mozrabe y perfiles romnicos. Oh!, el
castillo de Coca!, pues y el de Turgano?... Pero ninguno llegaba a los
del Bierzo... Ah!, el Bierzo!... la riqueza que hay en ese pas es un
asombro. Luego resultaba que la tal _riqueza_ era de muros
despedazados, de aleros podridos y de bastiones que se caan piedra a
piedra. Pona los ojos en blanco, las manos en cruz y los hombros a la
altura de las orejas para decir: hay una ventana en el Castillo de
Ponferrada que... vamos... no puedo expresar lo que es aquello....
Creerase que por la tal ventana se vea al Padre Eterno y a toda la
Corte Celestial. Caramba con la ventana--pensaba Jacinta, a quien le
estaba haciendo dao el almuerzo--. Me gustara de veras si sirviera
para tirarte por ella a la calle con todos tus condenados castillos.

Villalonga y D. Baldomero no prestaban ni pizca de atencin a los
entusiasmos de su insufrible amigo, y se ocupaban en cosas de ms
sustancia.

Porque, figrese usted... el Director del Tesoro acepta el prstamo en
consolidado que est a 13... y extiende el pagar por todo el valor
nominal... al inters del 12 por 100. Usted vaya atando cabos....

--Es escandaloso... Pobre pas!...

Un instante se vieron solos Juanito y su mujer, y pudieron decirse
cuatro palabras. Jacinta quiso hacerle una pregunta que tena preparada;
pero l se anticip dejndola yerta con esta cruelsima frase, dicha en
tono carioso: Nena, ven ac, con que hijitos tenemos?.

Y no era posible explicarse ms, porque la tertulia se enzarz y
vinieron otros amigos que empezaron a rer y a bromear, tomndole el
pelo a Federico Ruiz con aquello de los castillos y preguntndole con
seriedad si los haba estudiado todos sin que se le escapase alguno en
la cuenta. Despus la conversacin recay en la poltica. Jacinta estaba
desesperada, y en los ratos que poda cambiar una palabrita con su
suegra, esta ponale una cara muy desconsolada, dicindole: Mal
negocio, hija, mal negocio.

Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta
las doce dur aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno.

Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudindoles
con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y
ella se quedaron solos, parecale la casa un paraso; pero sus
ansiedades eran tan grandes que no poda saborear el dulce aislamiento.
Solos en la alcoba! Al fin...

Juan cogi a su mujer cual si fuera una mueca, y le dijo:

Alma ma, tus sentimientos son de ngel; pero tu razn, all por esas
nubes, se deja alucinar. Te han engaado; te han dado un soberbio timo.

--Por Dios, no me digas eso --murmur Jacinta, despus de una pausa en
que quiso hablar y no pudo.

--Si desde el principio hubieras hablado conmigo...--aadi el Delfn
muy carioso--. Pero aqu tienes el resultado de tus tapujos... Ah, las
mujeres!, todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que
imaginan no aparece en la vida, que es lo ms comn, sacan su
composicioncita.

Estaba la infeliz tan turbada que no saba qu decir: Ese Jos
Izquierdo....

--Es un tunante. Te ha engaado de la manera ms chusca... Slo t, que
eres la misma inocencia puedes caer en redes tan mal urdidas... Lo que
me espanta es que Izquierdo haya podido tener ideas... Es tan bruto;
pero tan bruto, que en aquella cabeza no cabe una invencin de esta
clase. Por lo bestia que es, parece honrado sin serlo. No, no discurri
l tan gracioso timo. O mucho me engao, o esto sali de la cabeza de un
novelista que se alimenta con judas.

--El pobre Ido es incapaz... --De engaar a sabiendas, eso s. Pero no
te quepa duda. La primitiva idea de que ese nio es mi hijo debi ser
suya. La concebira como sospecha, como inspiracin
artstico-flatulenta, y el otro se dijo: Pues toma, aqu hay un
negocio. Lo que es a _Platn_ no se le ocurre; de eso estoy seguro.

Jacinta, anonadada, quera defender su tema a todo trance. Juann es tu
hijo, no me lo niegues replic llorando.

--Te juro que no... Cmo quieres que te lo jure?... Ay Dios mo!,
ahora se me est ocurriendo que ese pobre nio es el hijo de la hijastra
de Izquierdo. Pobre Nicolasa! Se muri de sobreparto. Era una excelente
chica. Su nio tiene, con diferencia de tres meses, la misma edad que
tendra el mo si viviese.

--Si viviese! --Si viviese... s... Ya ves cmo te canto claro. Esto
quiere decir que no vive.

--No me has hablado nunca de eso --declar severamente Jacinta--. Lo
ltimo que me contaste fue... qu s yo... No me gusta recordar esas
cosas. Pero se me vienen al pensamiento sin querer. No la vi ms, no
supe ms de ella; intent socorrerla y no la pude encontrar. A ver,
fue esto lo que me dijiste?

--S, y era la verdad, la pura verdad. Pero ms adelante hay otro
episodio, del cual no te he hablado nunca, porque no haba para qu.
Cuando ocurri, haca ya un ao que estbamos casados; vivamos en la
mejor armona... Hay ciertas cosas que no se deben decir a una esposa.
Por discreta y prudente que sea una mujer, y t lo eres mucho, siempre
alborota algo en tales casos; no se hace cargo de las circunstancias, ni
se fija en los mviles de las acciones. Entonces call, y creo
firmemente que hice bien en callar. Lo que pas no es desfavorable para
m. Poda habrtelo dicho; pero y si lo interpretabas mal? Ahora ha
llegado la ocasin de contrtelo, y veremos qu juicio formas. Lo que s
puedo asegurarte es que ya no hay ms. Esto que te voy a decir es el
ltimo prrafo de una historia que te he referido por entregas. Y se
acab. Asunto agotado... Pero es tarde, hija ma, nos acostaremos,
dormiremos y maana...




--vii--


No, no, no--grit Jacinta ms bien airada que impaciente--. Ahora
mismo... Crees que yo puedo dormir en esta ansiedad?.

--Pues lo que es yo, chiquilla, me acuesto--dijo el Delfn,
disponindose a hacerlo--. Si creers t que te voy a revelar algo que
pone los pelos de punta. Si no es nada...!, te lo cuento porque es la
prueba de que te han engaado. Veo que pones una cara muy ttrica. Pues
si no fuera porque el lance es bastante triste, te dira que te
rieras... Te has de quedar ms convencida...! Y no te apures por la
_plancha_, hija. Ah tienes lo que las personas sacan de ser demasiado
buenas. Los ngeles, como que estn acostumbrados a volar, no andan por
la tierra sin dar un traspi a cada paso.

Se haba acostumbrado de tal modo Jacinta a la idea de hacer suyo a
Juann, de criarle y educarle como hijo, que le lastimaba al sentirlo
arrancado de s por una prueba, por un argumento en que intervena la
aborrecida mujer aquella cuyo nombre quera olvidar. Lo ms particular
era que segua queriendo al _Pituso_, y que su cario y su amor propio
se sublevaban contra la idea de arrojarle a la calle. No le abandonara
ya, aunque su marido, su suegra y el mundo entero se rieran de ella y la
tuvieran por loca y ridcula.

Y ahora--sigui Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sbanas--,
despdete de tu novela, de esa grande invencin de dos ingenios, Ido del
Sagrario y Jos Izquierdo... Vamos all... Lo ltimo que te dije
fue....

--Fue que se haba marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a
dnde. Esto me lo contaste en Sevilla.

--Qu memoria tienes! Pues pas tiempo, y al ao de casados, un da, de
repente, plaf... entras t en mi cuarto y me das una carta.

--Yo? --S, una cartita que trajeron para m. La abro, me quedo as un
poco atontado... Me preguntas qu es, y te digo: Nada, es la madre del
pobre Valledor que me pide una recomendacin para el alcalde.... Cojo
mi sombrero y a la calle.

--Volva a Madrid, te llamaba, te escriba!...--observ Jacinta,
sentndose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.

--Es decir, haca que me escribieran, porque la pobrecilla no sabe...
Pues seor, no hay ms remedio que ir all. Cree que tu pobre marido
iba de muy mal humor. No puedes figurarte lo que le molestaba la
resurreccin de una cosa que crea muerta y desaparecida para siempre.
Por dnde saldr ahora?... Para qu me llamar?. Yo deca tambin:
De fijo que hay muchacho por en medio. Esta sucesin me cargaba. Pero
en fin, qu remedio!... pensaba al subir por aquellas oscuras
escaleras. Era una casa de la calle de Hortaleza, al parecer de
huspedes. En el bajo hay tienda de atades. Y qu era?, que la infeliz
haba venido a Madrid con su hijo, con el mo: por qu no decirlo
claro?, y con un hombre, el cual estaba muy mal de fondos, lo que no
tiene nada de particular... Llegar y ponerse malo el pobre nio fue todo
uno. Viose la pobre en un trance muy apurado. A quin acudir? Era
natural: a m. Yo se lo dije. Has hecho perfectamente.... La ms negra
era que el garrotillo le cogi al pobrecillo nene tan de filo, que
cuando yo llegu... te va a dar mucha pena, como me la dio a m... pues
s, cuando llegu, el pobre nio estaba expirando. Lo que yo le deca al
verla hecha un mar de lgrimas: Por qu no me avisaste antes?. Claro,
yo habra llevado uno o dos buenos mdicos y quin sabe, quin sabe si
le hubiramos salvado.

Jacinta callaba. El terror no la dejaba articular palabra.

Y t no lloraste? fue lo primero que se le ocurri decir.

--Te aseguro que pas un rato... ay qu rato! Y tener que disimular en
casa delante de ti! Aquella noche ibas t al Real. Yo fui tambin; pero
te juro que en mi vida he sentido, como en aquella noche, la tristeza
agarrada a mi alma. T no te acordars... No sabas nada.

--Y... --Y nada ms. Le compr la cajita azul ms bonita que haba en la
tienda de abajo, y se le llev al cementerio en un carro de lujo con dos
caballos empenachados, sin ms compaa que la del hombre de Fortunata y
el marido, o lo que fuera, de la patrona. En la Red de San Luis, mira lo
que son las casualidades, me encontr a mam... Djome: Qu plido
ests!. Es que vengo de casa de Moreno Vallejo a quien le han cortado
hoy la pierna. En efecto, le haban cortado la pierna, a consecuencia
de la cada del caballo. Dicindolo, mir desaparecer por la calle de
la Montera abajo el carro con la cajita azul... Cosas del mundo! Vamos
a ver: si yo te hubiera contado esto, no habran sobrevenido mil
disgustos, celos y cuestiones?

--Quizs no--dijo la esposa dando un gran suspiro--. Segn lo que venga
detrs. Qu pas despus?

--Todo lo que sigue es muy soso. Desde que se dio tierra al pequeuelo,
yo no tena otro deseo que ver a la madre tomando el portante. Puedes
crermelo: no me interesaba nada. Lo nico que senta era compasin por
sus desgracias, y no era floja la de vivir con aquel brbaro, un tiote
grosero que la trataba muy mal y no la dejaba ni respirar. Pobre mujer!
Yo le dije, mientras l estaba en el cementerio: Cmo es que vives con
este animal y le aguantas?. Y respondiome: No tengo ms amparo que
esta fiera. No le puedo ver; pero el agradecimiento.... Es triste cosa
vivir de esta manera, aborreciendo y agradeciendo. Ya ves cunta
desgracia, cunta miseria hay en este mundo, nia ma... Bueno, pues
sigo dicindote que aquella infeliz pareja me dio la gran jaqueca. El
tal, que era mercachifle de estos que ponen puestos en las ferias,
pretenda una plaza de contador de la depositara de un pueblo.
Valiente animal! Me atosigaba con sus exigencias, y aun con amenazas, y
no tard en comprender que lo que quera era sacarme dinero. La pobre
Fortunata no me deca nada. Aquel bestia no le permita que me viera y
hablara sin estar l presente, y ella, delante de l, apenas alzaba del
suelo los ojos; tan aterrorizada la tena. Una noche, segn me cont la
patrona, la quiso matar el muy bruto. Sabes por qu?, porque me haba
mirado. As lo deca l... Me puedes creer, como esta es noche, que
Fortunata no me inspiraba sino lstima. Se haba desmejorado mucho de
fsico, y en lo espiritual no haba ganado nada. Estaba flaca, sucia,
vesta de pingos que olan mal, y la pobreza, la vida de perros y la
compaa de aquel salvaje habanle quitado gran parte de sus atractivos.
A los tres das se me hicieron insoportables las exigencias de la fiera,
y me avine a todo. No tuve ms remedio que decir: Al enemigo que huye,
puente de plata; y con tal de verles marchar, no me importaba el
sablazo que me dieron. Afloj los cuartos a condicin de que se haban
de ir inmediatamente. Y aqu paz y despus gloria. Y se acab mi cuento,
nia de mi vida, porque no he vuelto a saber una palabra de aquel
respetable tronco, lo que me llena de contento.

Jacinta tena su mirada engarzada en los dibujos de la colcha. Su marido
le tom una mano y se la apret mucho. Ella no deca ms que Pobre

_Pituso_, pobre Juann!. De repente una idea hiri su mente como un
latigazo, sacndola de aquel abatimiento en que estaba. Era la
conviccin ltima que se revolva furiosa en las agonas del
vencimiento. No existe nada que se resigne a morir, y el error es quizs
lo que con ms bravura se defiende de la muerte. Cuando el error se ve
amenazado de esa ridiculez a que el lenguaje corriente da el nombre de
_plancha_, hace desesperados esfuerzos, azuzado por el amor propio, para
prolongar su existencia. De los escombros de sus ilusiones deshechas
sac, pues, Jacinta el ltimo argumento, el ltimo; pero lo esgrimi con
bro, quizs por lo mismo que ya no tena ms. Todo lo que has dicho
ser verdad: no lo pongo en duda. Pero yo no te digo sino una cosa: Y
el parecido?.

Lo mismo fue or esto el Delfn, que partirse de risa.

El parecido! Si no hay tal parecido ni lo puede haber. Slo existe en
tu imaginacin. Los chicos de esa edad se parecen siempre a quien quiere
el que los mira. Obsrvale bien ahora, examnale las facciones con
imparcialidad, pero con imparcialidad y conciencia, sabes?... y si
despus de esto sigues encontrando parecido, es que hay brujera en
ello.

Jacinta le contemplaba en su mente con aquella imparcialidad tan
recomendada, y... la verdad... el parecido subsista... aunque un
poquillo borroso y desvanecindose por grados. En la desesperacin de su
inevitable derrota, encontr an la dama otro argumento.

Tu mam tambin le encontr un gran parecido.

--Porque t le calentaste la cabeza. T y mam sois dos buenas
maniticas. Yo reconozco que en esta casa hace falta un chiquitn.
Tambin yo lo deseo tanto como vosotras; pero esto, hija de mi alma, no
se puede ir a buscar a las tiendas, ni lo debe traer Estupi debajo de
la capa, como las cajas de cigarros. El parecido, convncete tontuela,
no es ms que la exaltacin de tu pensamiento por causa de esa maldita
novela del nio encontrado. Y puedes creerlo, si como historia el caso
es falso, como novela es cursi. Si no, fjate en las personas que te han
ayudado al desarrollo de tu obra: Ido del Sagrario, un flatulento; Jos
Izquierdo, un loco de la clase de cabelleras; Guillermina, una loca
santa, pero loca al fin. Luego viene mam, que al verte a ti chiflada,
se chifla tambin. Su bondad le oscurece la razn, como a ti, porque
sois tan buenas que a veces, crelo, es preciso ataros. No, no te ras;
a las personas que son muy buenas, muy buenas, llega un momento en que
no hay ms remedio que atarlas.

Jacinta le sonrea con tristeza, y su marido le hizo muchas caricias,
afanndose por tranquilizarla. Tanto le rog que se acostara, que al fin
accedi a ello.

Maana--dijo ella--, irs conmigo a verle.

--A quin... al chiquillo de Nicolasa?... Yo!

--Aunque no sea ms que por curiosidad... Considralo como una compra
que hemos hecho las dos maniticas. Si comprramos un perrito, no
querras verle?

--Bueno, pues ir. Falta que mam me deje salir maana... y bien podra,
que este encierro me va cargando ya.

Acostose Jacinta en su lecho, y al poco rato observ que su esposo
dorma. Ella tena poco sueo y pensaba en lo que acababa de or. Qu
cuadro ms triste y qu visin aquella de la miseria humana! Tambin
pens mucho en el _Pituso_. Se me figura que ahora le quiero ms.
Pobrecito, tan lindo, tan mono y no parecerse...! Pero si yo me
confirmo en que se parece... Que es ilusin! Cmo ha de ser ilusin?
No me vengan a m con cuentos. Aquellos plieguecitos de la nariz cuando
se re... aquel entrecejo.... Y as estuvo hasta muy tarde.

El 28 por la maana, ya de vuelta de misa, entr Barbarita en la alcoba
del matrimonio joven a decirles que el da estaba muy bueno, y que el
enfermo poda salir bien abrigado. Os cogis el coche y vais a dar una
vuelta por el Retiro. Jacinta no deseaba otra cosa, ni el Delfn
tampoco. Slo que en vez de ir al Retiro, se personaron en casa de Ramn
Villuendas. Hallbase este en el escritorio; pero cuando les vio entrar
subi con ellos, deseando presenciar la escena del reconocimiento, que
esperaba fuera pattica y teatral. Mucho se pasmaron l y Benigna de que
Juan viera al pequeuelo con sosegada indiferencia, sin hacer ninguna
demostracin de cario paternal.

Hola, barbin--dijo Santa Cruz sentndose y cogiendo al chico por ambas
manos--. Pues es guapo de veras. Lstima que no sea nuestro... No te
apures, mujer, ya vendr el verdadero _Pituso_, el legtimo, de los
propios cosecheros o de la propia ta Javiera.

Benigna y Ramn miraban a Jacinta.

Vamos a ver--prosigui el otro constituyndose en tribunal--. Vengan
ustedes aqu y digan imparcialmente, con toda rectitud y libertad de
juicio, si este chico se parece a m.

Silencio. Lo rompi Benigna para decir:

Verdaderamente... yo... nunca encontr tal parecido.

--Y t?--pregunt Juan a Ramn.

--Yo... pues digo lo mismo que Benigna.

Jacinta no saba disimular su turbacin.

Ustedes dirn lo que quieran... pero yo... Es que no se fijan bien... Y
en ltimo caso, vamos a ver, me negarn que es monsimo?.

--Ah!, eso no... y que tiene que ser un gran pillete. Tiene a quien
salir. Su padre fue primero empleado en el _gas_; despus punto figurado
en la casa de juego del _pulpitillo_.

--Punto figurado! Y qu es eso?

--Oh!, una gran posicin... El pap de este nio, si no me engao, debe
de estar ahora tomando aires en Ceuta.

--Eso, eso no--indic Jacinta con rabia--. Tambin quieres t infamar a
mi nio? Dmele ac... No es verdad, hijo, que tu pap no...?

Todos se echaron a rer. Consolbase ella de su desairada situacin
besndole y diciendo:

Mirad cmo me quiere. Pues no, no le abandono, aunque lo mande quien lo
mande. Es mo.

--Como que te ha costado tu dinero.




--viii--


El chico le ech los brazos al cuello y mir a los dems con rencor,
como indignado de la nota infamante que se quera arrojar sobre su
estirpe. Los otros nios se le llevaron para jugar, no sin que antes le
hiciera Jacinta muchas carantoas, por lo cual dijo Benigna que no
_deba darle tan fuerte_.

Cllate t... Digo que no le abandono. Me le llevar a casa.

--Ests loca? --insinu el Delfn con severidad.

--No, que estoy bien cuerda. --Vamos, ten discrecin... No digo yo
tampoco que se le eche a la calle; pero en el Hospicio, bien
recomendado, no lo pasara mal.

--En el Hospicio! --exclam Jacinta con la cara muy encendida--, para
que me le manden a los entierros... y le den de comer aquellas
bazofias...!

--Pero t qu crees? Eres una criatura. De dnde sacas que as se
toman nios ajenos? Chica, chica, ests en pleno romanticismo.

Benigna y su marido manifestaron con enrgicos signos de cabeza que
aquello del romanticismo estaba muy bien dicho.

Pero si yo tambin le quiero proteger--afirm Juan apreciando los
sentimientos de su mujer y disculpando su exageracin--. Ha sido una
suerte para l haber cado en nuestras manos librndose de las de
Izquierdo. Pero no disloquemos las ideas. Una cosa es protegerle y otra
llevrnosle a casa. Aunque yo quisiera darte ese gusto, falta que mi
padre lo consintiera. Tus buenos sentimientos te hacen delirar, verdad,
Benigna? Yo le he dicho que a las personas muy buenas, muy buenas, es
menester atarlas algunas veces. Esta es un ngel, y los ngeles caen en
la tontera de creer que el mundo es el cielo. El mundo no es el cielo,
verdad, Ramn?, y nuestras acciones no pueden ser basadas en el
criterio angelical. Si todo lo que piensan y sienten los ngeles, como
mi mujer, se llevara a la prctica, la vida sera imposible,
absolutamente imposible. Nuestras ideas deben inspirarse en las ideas
generales, que son el ambiente moral en que vivimos. Yo bien s que se
debe aspirar a la perfeccin; pero no dando de puntapis a la armona
del mundo, pues bueno estara!... a la armona del mundo, que es...
para que lo sepas... un grandioso mecanismo de imperfecciones,
admirablemente equilibradas y combinadas. Vamos a ver, te he convencido,
s o no?

--As, as --replic Jacinta muy triste, un poco aturdida por las
paradojas de su marido. Jacinta tena idea tan alta de los talentos y de
las sabias lecturas del Delfn, que rara vez dejaba de doblegarse ante
ellas, aunque en su fuero interno guardase algunos juicios
independientes que la modestia y la subordinacin no le permitan
manifestar. No haban transcurrido diez segundos despus de aquel _as,
as_, cuando se oy una gran chillera. Qu es, qu hay?. Qu haba
de ser sino alguna barbaridad de Juann! As lo comprendi Benigna,
corriendo alarmada al comedor, de donde el temeroso estrpito vena.

--Bien por los chicos valientes! --dijo Santa Cruz, a punto que Ramn
Villuendas se despeda para bajar al escritorio. Jacinta corri al
comedor y a poco volvi aterrada.

No sabes lo que ha hecho? Haba en el comedor una bandeja de arroz con
leche. Juann se sube sobre una silla y empieza a coger el arroz con
leche a puados... as, as, y despus de hartarse, lo tira por el suelo
y se limpia las manos en las cortinas.

Oyose la voz de Benigna, hecha una furia: Te voy a matar...
indecente!, cafre!. Los dems chicos aparecieron chillando. Jacinta
les rega: Pero vosotros, tontainas, no veais lo que estaba
haciendo? Por qu no avisasteis? Es que le dejis enredar para despus
reros y armar estos alborotos?.

--Mujer, llvate, llvate de una vez de mi casa este cachorro de
tigre--dijo Benigna, entrando muy soliviantada--. Virgen del Carmen, mi
bandeja de arroz con leche!

Los chicos de Villuendas saltaban gozosos.

Vosotros tenis la culpa, bobones; vosotros que le azuzis djoles la
tiita, que en alguien tena que descargar su enfado.

T le tienes que lavar --manifest Benigna, sin cejar en su clera--,
t, t. Cmo me ha puesto las cortinas!.

--Bueno, mujer, le lavar. No te apures.

--Y vestirle de limpio. Yo no puedo. Bastante tengo con los mos... Y
nada ms.

--Vaya, no alborotes tanto, que todo ello es poca cosa.

Jacinta y su marido fueron al comedor, donde le encontraron hecho un
adefesio, cara, manos y vestido llenos de aquella pringue.

Bien, bien por los hombres bravos--grit Juan en presencia de la
fiera--. Mano al arroz con leche. Me hace gracia este muchacho.

--Te voy a matar, pillo--le dijo su mam adoptiva, arrodillndose ante
l y conteniendo la risa--. Te has puesto bonito... vers que jabonadura
te vas a llevar.

Mientras dur el lavatorio, los Villuendas chicos se enracimaban en
torno a su tiito, subindosele a las rodillas y colgndosele de los
brazos para contarle las grandes cochinadas que haca el bruto de
Juann. No slo se coma las velas, sino que lama los platos, y
_dimpus_... tiraba los tenedores al suelo. Cuando su pap Ramn le
reprenda, le enseaba la lengua, diciendo _hostias_ y otras
_isprisiones_ feas, y _dimpus_... haca una cosa muy indecente, vaya!,
que era levantarse el vestido por detrs, dar media vuelta echndose a
rer y ensear el culito.

Santa Cruz no poda permanecer serio. Volvi al fin Jacinta, trayendo de
la mano al delincuente ya lavado y vestido de limpio, y a poco entr
Benigna, completamente aplacada, y encarndose con su cuado, le dijo
con la mayor severidad: Tienes ah un duro? No tengo suelto. Juan se
apresur a sacar el duro, y en el mismo momento en que lo pona en la
mano de Benigna, Jacinta y los chicos soltaron una carcajada. Santa Cruz
cay de su burro.

Me la has dado, chica. No me acordaba de que es hoy da de Inocentes.
Buena ha sido, buena. Ya me extra a mi un poco que en esta casa del
dinero no hubiera suelto.

--Tomad--dijo Benigna a los nios--; vuestro tiito os convida a dulces.

--Para inocentadas--indic Juan riendo--, la que nos ha querido dar mi
mujer.

--A m no--replic Benigna--. Aqu hemos hablado mucho de esto, y la
verdad, l podra ser autntico; pero la tostada del parecido no la
encontrbamos. Y pues resulta que esta preciosa fierecita no es de la
familia... yo me alegro, y pido que me hagan el favor de quitrmela de
casa. Bastantes jaquecas me dan las mas.

Jacinta y su marido le rogaron al retirarse que le tuviese un da ms.
Ya decidiran.

Cosas muy crueles haba de or Jacinta aquel da, pero de cuanto oy
nada le causara tanto asombro y descorazonamiento como estas palabras
que Barbarita le dijo al odo:

Baldomero est incomodado con tu bromazo. Juan le habl claro. No hay
tal hijo ni a cien mil leguas. La verdad, t te precipitaste; y en
cuanto al parecido... Hablando con franqueza, hija; no se parece nada,
pero nada.

Era lo que le quedaba por or a Jacinta.

Pero usted... por la Virgen santsima! tambin...--atreviose a decir
cuando el espanto se lo permiti--, tambin usted crey....

--Es que se me pegaron tus ilusiones --replic la suegra esforzndose en
disculpar su error--. Dice Juan que es mana; yo lo llamo ilusin, y las
ilusiones se pegan como las viruelas. Las ideas fijas son contagiosas.
Por eso, mira t, por eso tengo yo tanto miedo a los locos y me asusto
tanto de verme a su lado. Es que cuando alguno est cerca de m y se
pone a hacer visajes, me pongo tambin yo a hacer lo mismo. Somos monos
de imitacin... Pues s, convncete, lo del parecido es ilusin, y las
dos... lo dir muy bajito, las dos hemos hecho una soberbia plancha. Y
ahora, qu hacer? No se te pase por la cabeza traerle aqu. Baldomero no
lo consiente, y tiene mucha razn. Yo... si he de decirte la verdad, le
he tomado cario. Ay!, sus salvajadas me divierten. Es tan mono! Qu
ojitos aquellos!, pues y los plieguecitos de la nariz?... y aquella
boca, aquellos labios, el piquito que hace con los labios, sobre todo.
Ven ac y vers el nacimiento que le compr.

Llev a Jacinta a su cuarto de vestir y despus de mostrarle el
nacimiento, le dijo: Aqu hay ms contrabando. Mira. Esta maana fui a
las tiendas, y... aqu tienes: medias de color, un traje de punto, azul,
a estilo ingls. Mira la gorra que dice _Numancia_. Este es un capricho
que yo tena. Estar saladsimo. Te juro que si no le veo con el
letrero en la frente, voy a tener un disgusto.

Jacinta oy y vio esto con melancola.

Si supiera usted lo que hizo esta maana! dijo; y cont el lance del
arroz con leche.

--Ay, Dios mo, qu gracioso!... Es para comrselo... Yo, te digo la
verdad, le traera a casa si no fuera porque a Baldomero y a Juan no les
gustan estos tapujos... Ay!, de veras te lo digo. No puede una vivir
sin tener algn ser pequeito a quien adorar. Hija de mi alma!, es una
gran desgracia para todos que t no nos _des_ algo.

A Jacinta se le clav esta frase en el corazn, y estuvo temblando un
rato en l y agrandando la herida, como sucede con las flechas que no se
han clavado bien.

Pues s, esta casa es muy... muy sosona. Le falta una criatura que
chille y alborote, que haga diabluras, que nos traiga a todos mareados.
Cuando le hablo de esto a Baldomero, se re de m; pero bien se le
conoce que es hombre dispuesto a andar por esos suelos a cuatro pies,
con los chicos a la pela.

--Puesto que Benigna no le quiere tener --dijo la nuera--, ni es posible
tampoco tenerle aqu, le pondremos en casa de Candelaria. Yo le pasar
un tanto al mes a mi hermana para que el husped no sea una carga
pesada...

--Me parece muy bien pensado; pero muy bien pensado. Ests como las
gatas paridas, escondiendo las cras hoy aqu, maana all.

--Y qu remedio hay?... Porque lo que es al Hospicio no va. Eso que no
lo piensen... Qu cosas se le ocurren a mi marido! Ya, como a l no le
han hecho ir nunca a los entierros, pisando lodos, aguantando la lluvia
y el fro, le parece muy natural que el otro pobrecito se cre entre
atades... S, est fresco.

--Yo me encargo de pagarle la pensin en casa de Candelaria--dijo
Barbarita, secretendose con su hija como los chiquillos que estn
concertando una travesura--. Me parece que debo empezar por comprarle
una camita. A ti qu te parece?

Replic la otra que le pareca muy bien y se consol mucho con esta
conversacin, dndose a forjar planes y a imaginar goces maternales.
Pero quiso su mala suerte que aquel mismo da o el prximo cortase el
vuelo de su mente D. Baldomero, el cual la llam a su despacho para
echarle el siguiente sermn:

Querida, me ha dicho Brbara que ests muy confusa por no saber qu
hacer con ese muchacho. No te apures; todo se arreglar.

Porque t te ofuscaras, no vamos a echarle a la calle. Para otra vez,
bueno ser que no te dejes llevar de tu buen corazn... tan a paso de
carga, porque todo debe moderarse, hija, hasta los impulsos sublimes...
Dice Juan, y est muy en lo justo, que los procedimientos angelicales
trastornan la sociedad. Como nos empeemos todos en ser perfectos, no
nos podremos aguantar unos a otros, y habra que andar a bofetadas...
Bueno, pues te deca, que ese pobre nio queda bajo mi proteccin; pero
no vendr a esta casa, porque sera indecoroso, ni a la casa de ninguna
persona de la familia, porque parecera tapujo.

No estaba conforme con estas ideas Jacinta; pero el respeto que su padre
poltico le inspiraba le quit el resuello, imposibilitndola de
expresar lo mucho y bueno que se le ocurra.

Por consiguiente --prosigui el respetable seor tomndole a su nuera
las dos manos--, ese caballerito que compraste ser puesto en el asilo
de Guillermina... No hay que fruncir las cejas. All estar como en la
gloria. Ya he hablado con la santa. Yo le pensiono, para que se le d
educacin y una crianza conveniente. Aprender un oficio, y quin sabe,
quin sabe si una carrera. Todo est en que saque disposicin. Parceme
que no te entusiasmas con mi idea. Pero reflexiona un poquito y vers
que no hay otro camino... All estar tan ricamente, bien comido, bien
abrigado... Ayer le di a Guillermina cuatro piezas de pao del Reino
para que les haga chaquetas. Vers que guapines les va a poner. Y que
no les llenan bien la barriga en gracia de Dios! Observa, si no, los
cachetes que tienen, y aquellos colores de manzana. Ya quisieran muchos
nios, cuyos paps gastan levita y cuyas mams se zarandean por ah,
estar tan lucidos y bien apaados como estn los de Guillermina.

Jacinta se iba convenciendo, y cada vez senta menos fuerza para
oponerse a las razones de aquel excelente hombre.

S; aqu donde me ves--agreg Santa Cruz con jovialidad--, yo tambin
le tengo cario a ese mueco... quiero decir que no me libr del
contagio de vuestra mana de meter chicos en esta casa. Cuando Brbara
me lo dijo, estaba ella tan creda de que era mi nieto, que yo tambin
me lo tragu. Verdad que exig pruebas... pero mientras venan tales
pruebas, perd la chaveta... cosas de viejo!, y estuve todo aquel da
haciendo catlogos. Yo procuraba no darle mucha cuerda a Brbara, ni
dejarme arrastrar por ella, y me deca: Tengamos serenidad y no
chocheemos hasta ver.... Pero pensando en ello, te lo digo ahora en
confianza, sal a la calle, me rea solo, y sin saber lo que me haca,
me met en el Bazar de la Unin y....

Don Baldomero, acentuando ms su sonrisa paternal, abri una gaveta de
su mesa y sac un objeto envuelto en papeles.

Y le compr esto... Es un acorden. Pensaba drselo cuando lo trajerais
a casa... Vers qu instrumento tan bonito y qu buenas voces...
veinticuatro reales.

Cogiendo el acorden por las dos tapas, empez a estirarlo y a
encogerlo, haciendo _flin flan_ repetidas veces. Jacinta se rea y al
propio tiempo se le escaparon dos lgrimas. Entr entonces de improviso
Barbarita, diciendo: Qu msica es esta?... A ver, a ver.

--Nada, querida--declar el buen seor acusndose francamente--. Que a
m tambin se me fue el santo al Cielo. No lo quera decir. Cuando t me
saliste con que lo del nieto era una novela, _flin flan_, me dio la idea
de tirar esta msica a la calle, sin que nadie la viera; pero ya que se
compr para l, _flin flan_, que la disfrute... no os parece?

--A ver, dame ac--indic Barbarita contentsima, ansiosa de taer el
pueril instrumento--. Ah!, calavera, as me gastas el dinero en vicios.
Dmelo... lo tocar yo... _flin flan_... Ay!, no s qu tiene esto...
da un gusto orlo! Parece que alegra toda la casa.

Y sali tocando por los pasillos y diciendo a Jacinta: Bonito
juguete... verdad? Ponte la mantilla, que ahora mismo vamos a
llevrselo, _flin flan_....





-XI-

Final, que viene a ser principio




--i--


Quien manda, manda. Resolviose la cuestin del _Pituso_ conforme a lo
dispuesto por don Baldomero, y la propia Guillermina se lo llen una
maanita a su asilo, donde qued instalado. Iba Jacinta a verle muy a
menudo, y su suegra la acompaaba casi siempre. El nio estaban tan
mimado, que la fundadora del establecimiento tuvo que tomar cartas en el
asunto, amonestando severamente a sus amigas y cerrndoles la puerta no
pocas veces. En los ltimos das de aquel infausto ao, entrronle a
Jacinta melancolas, y no era para menos, pues el desairado y risible
desenlace de la novela _Pitusiana_ hubiera abatido al ms pintado.
Vinieron luego otras cosillas, menudencias si se quiere, pero como caan
sobre un espritu ya quebrantado, resultaban con mayor pesadumbre de la
que por s tenan. Porque Juan, desde que se puso bueno y tom calle,
dej de estar tan expansivo, sobn y dengoso como en los das del
encierro, y se acabaron aquellas escenas nocturnas en que la confianza
imitaba el lenguaje de la inocencia. El Delfn afectaba una gravedad y
un seso propios de su talento y reputacin; pero acentuaba tanto la
postura, que pareca querer olvidar con una conducta sensata las
chiquilladas del periodo catarral. Con su mujer mostrbase siempre
afable y atento, pero fro, y a veces un tanto desdeoso. Jacinta se
tragaba este acbar sin decir nada a nadie. Sus temores de marras
empezaban a condensarse, y atando cabos y observando pormenores, trataba
de personalizar las distracciones de su marido. Pensaba primero en la
institutriz de las nias de Casa-Muoz, por ciertas cosillas que haba
visto casualmente, y dos o tres frases, cazadas al vuelo, de una
conversacin de Juan con su confidente Villalonga. Despus tuvo esto por
un disparate y se fij en una amiga suya, casada con Moreno Vallejo,
tendero de novedades de muy reducido capital. Dicha seora gastaba un
lujo estrepitoso, dando mucho que hablar. Haba, pues, un amante. A
Jacinta se le puso en la cabeza que este era el Delfn, y andaba
desalada tras una palabra, un acento, un detalle cualquiera que se lo
confirmase. Ms de una vez sinti las cosquillas de aquella rabietina
infantil que le entraba de sopetn, y daba patadillas en el suelo y
tena que refrenarse mucho para no irse hacia l y tirarle del pelo
dicindole: _pillo... farsante_, con todo lo dems que en su gresca
matrimonial se acostumbra. Lo que ms la atormentaba era que le quera
ms cuando l se pona tan juicioso haciendo el bonitsimo papel de una
persona que est en la sociedad para dar ejemplo de moderacin y buen
criterio. Y nunca estaba Jacinta ms celosa que cuando su marido se daba
aquellos aires de formalidad, porque la experiencia le haba enseado a
conocerle, y ya se saba, cuando el Delfn se mostraba muy decidor de
frases sensatas, envolviendo a la familia en el incienso de su
argumentacin paradjica, _picos pardos_ seguros.

Vinieron das marcados en la historia patria por sucesos resonantes, y
aquella familia feliz discuta estos sucesos como los discutamos todos.
El 3 de Enero de 1874!... El golpe de Estado de Pava! No se hablaba
de otra cosa, ni haba nada mejor de qu hablar. Era grato al
temperamento espaol un cambio teatral de instituciones, y volcar una
situacin como se vuelca un puchero electoral. Haba estado
admirablemente hecho, segn D. Baldomero, y el ejrcito haba salvado
_una vez ms_ a la desgraciada nacin espaola. El consolidado haba
llegado a 11 y las acciones del Banco a 138. El crdito estaba hundido.
La guerra y la anarqua no se acababan; habamos llegado al _perodo
lgido del incendio_, como deca Aparisi, y pronto, muy pronto, el que
tuviera una peseta la enseara como cosa rara.

Deseaban todos que fuese Villalonga a la casa para que les contara la
memorable sesin de la noche del 2 al 3, porque la haba presenciado en
los escaos rojos. Pero el representante del pas no aportaba por all.
Por fin se apareci el da de Reyes por la maana. Pasaba Jacinta por el
recibimiento, cuando el amigo de la casa entr.

Tocaya, buenos das... cmo estn por aqu? Y el monstruo, se ha
levantado ya?.

Jacinta no poda ver al dichoso tocayo. Fundbase esta antipata en la
creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le
arrastraba a la infidelidad.

Pap ha salido --djole no muy risuea--. Cunto sentir no verle a
usted para que le cuente eso!... Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que
se meti usted debajo de un banco.

--Ay, qu gracia! Ha salido tambin Juan?

--No, se est vistiendo. Pase usted.

Y fue detrs de l, porque siempre que los dos amigos se encerraban,
haca ella los imposibles por or lo que decan, poniendo su orejita
rosada en el resquicio de la mal cerrada puerta. Jacinto esper en el
gabinete, y su tocaya entr a anunciarle.

Pero qu, ha venido ya ese pelagatos?.

--S... resalao... aqu estoy.

--Pasa, danzante... Dichosos los ojos...

El amigote entr. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intencin
picaresca. De buena gana se escondera detrs de una cortina para
estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tena
que ir al comedor a cumplir ciertas rdenes que Barbarita le haba
dado... Pero dara una vueltecita, y tratara de pescar algo...

Cuenta, chico, cuenta. Estbamos rabiando por verte.

Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en
cuanto esta se march, el semblante del narrador inundose de malicia.
Miraron ambos a la puerta; cerciorose el compinche de que la esposa se
haba retirado, y volvindose hacia el Delfn, le dijo con la voz
temerosa que emplean los conspiradores domsticos:

Chico, no sabes... la noticia que te traigo...? Si supieras a quin
he visto! Nos oir tu mujer?.

--No, hombre, pierde cuidado --replic Juan ponindose los botones de la
pechera--. Clarate pronto.

--Pues he visto a quien menos puedes figurarte... Est aqu.

--Quin? --Fortunata... Pero no tienes idea de su transformacin. Vaya
un cambiazo! Est guapsima, elegantsima. Chico, me qued turulato
cuando la vi.

Oyronse los pasos de Jacinta. Cuando apareci levantando la cortina,
Villalonga dio una brusca retorcedura a su discurso: No, hombre, no me
has entendido; la sesin empez por la tarde y se suspendi a las ocho.
Durante la suspensin se trat de llegar a una inteligencia. Yo me
acercaba a todos los grupos a oler aquel guisado... jum!, malo, malo;
el ministerio Palanca se iba cociendo, se iba cociendo... A todas
esas... figrate si estaran ciegos aquellos hombres!... a todas estas,
fuera de las Cortes se estaba preparando la mquina para echarles la
zancadilla. Zalamero y yo salamos y entrbamos a turno para llevar
noticias a una casa de la calle de la Greda, donde estaban Serrano,
Topete y otros. 'Mi general, no se entienden. Aquello es una balsa de
aceite... hirviendo. Tumban a Castelar. En fin, se ha de ver ahora'.
'Vuelva usted all. Habr votacin?'.--'Creo que s'. --'Triganos
usted el resultado'.

--El resultado de la votacin --indic Santa Cruz--, fue contrario a
Castelar. Di una cosa, y si hubiera sido favorable?

--No se habra hecho nada. Tenlo por cierto. Pues como te deca, habl
Castelar...

Jacinta pona mucha atencin a esto; pero entr Rafaela a llamarla y
tuvo que retirarse.

Gracias a Dios que estamos solos otra vez--dijo el compinche despus
que la vio salir--. Nos oir?.

--Qu ha de or?... Qu medroso te has vuelto! Cuenta, pronto. Dnde
la viste?

--Pues anoche... estuve en el Suizo hasta las diez. Despus me fui un
rato al Real, y al salir ocurriome pasar por _Praga_ a ver si estaba
all Joaqun Pez, a quien tena que decir una cosa. Entro y lo primero
que me veo es una pareja... en las mesas de la derecha... Quedeme
mirando como un bobo... Eran un seor y una mujer vestida con una
elegancia... cmo te dir?, con una elegancia improvisada. Yo conozco
esa cara, fue lo primero que se me ocurri. Y al instante ca... Pero
si es esa condenada de Fortunata!. Por mucho que yo te diga, no puedes
formarte idea de la metamorfosis... Tendras que verla por tus propios
ojos. Est de rechupete. De fijo que ha estado en Pars, porque sin
pasar por all no se hacen ciertas transformaciones. Pseme todo lo
cerca posible, esperando orla hablar. Cmo hablar? me deca yo.
Porque el talle y el cors, cuando hay dentro calidad, los arreglan los
modistos fcilmente; pero lo que es el lenguaje... Chico, habas de
verla y te quedaras lelo, como yo. Diras que su elegancia es de lance
y que no tiene aire de seora... Convenido; no tiene aire de seora; ni
falta... pero eso no quita que tenga un aire seductor, capaz de...
Vamos, que si la ves, tiras piedras. Te acordars de aquel cuerpo sin
igual, de aquel busto estatuario, de esos que se dan en el pueblo y
mueren en la oscuridad cuando la civilizacin no los busca y los
_presenta_. Cuntas veces lo dijimos: Si este busto supiera
explotarse...!. Pues hala!, ya lo tienes en perfecta explotacin. Te
acuerdas de lo que sostenas?... El pueblo es la cantera. De l salen
las grandes ideas y las grandes bellezas. Viene luego la inteligencia,
el arte, la mano de obra, saca el bloque, lo talla... Pues chico, ah
la tienes bien labrada... Qu lneas tan primorosas!... Por supuesto,
hablando, de fijo que mete la pata. Yo me acercaba con disimulo.
Comprend que me haba conocido y que mis miradas la cohiban...
Pobrecilla! Lo elegante no le quitaba lo ordinario, aquel no s qu de
pueblo, cierta timidez que se combina no s cmo con el descaro, la
conciencia de valer muy poco, pero muy poco, moral e intelectualmente,
unida a la seguridad de esclavizar... ah, bribonas!, a los que valemos
ms que ellas... digo, no me atrevo a afirmar que valgamos ms, como no
sea por la forma... En resumidas cuentas, chico, est que _ahuma_. Yo
pensaba en la cantidad de agua que haba precedido a la transformacin.
Pero ah!, las mujeres aprenden esto muy pronto. Son el mismo demonio
para asimilarse todo lo que es del reino de la _toilette_. En cambio, yo
apostara que no ha aprendido a leer... Son as; luego dicen que si las
pervertimos. Pues volviendo a lo mismo, la metamorfosis es completa.
Agua, figurines, la fcil costumbre de emperejilarse; despus seda,
terciopelo, el sombrerito...

--Sombrero!--exclam Juan en el colmo de la estupefaccin.

--S; y no puedes figurarte lo bien que le cae. Parece que lo ha llevado
toda la vida... Te acuerdas del paolito por la cabeza con el pico
arriba y la lazada?... Quin lo dira! Qu transiciones!... Lo que te
digo... Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos. La
raza espaola es tremenda, chico, para la asimilacin de todo lo que
pertenece a la forma... Pero si habas de verla t...! Yo, te lo
confieso, estaba pasmado, absorto, embebe...

Ay Dios mo!, entr Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro
violentsimo...

Te digo que estaba embebecido. El discurso de Salmern fue admirable...
pero de lo ms admirable... An me parece que estoy viendo aquella cara
de _hijo del desierto_, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la
gallarda de los gestos. Gran hombre; pero yo pensaba: 'No te valen tus
filosofas; en buena te has metido, y ya vers la que te tenemos
armada'. Habl despus Castelar. Qu discursazo!, qu valor de
hombre!, cmo se creca! Parecame que tocaba al techo. Cuando
concluy: 'A votar, a votar...'.

Jacinta volvi a salir sin decir nada. Sospechaba quizs que en su
ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alej con nimo de
volver y aproximarse cautelosa.

Y aquel hombre... quin era? pregunt el Delfn que senta el ardor
de una curiosidad febril.




--ii--


Te dir... desde que le vi, me dije: Yo conozco esa cara. Pero no pude
caer en quin era. Entr Pez y hablamos... l tambin quera
reconocerle. Nos devanbamos los sesos. Por fin camos en la cuenta de
que habamos visto a aquel sujeto das antes en el despacho del director
del Tesoro. Creo que hablaba con este del pago de unos fusiles
encargados a Inglaterra. Tiene acento cataln, gasta bigote y perilla...
cincuenta aos... bastante antiptico. Pues vers; como Joaqun y yo la
mirbamos tanto, el to aquel se escamaba. Ella no _se timaba_...
pareca como vergonzosa... y qu mona estaba con su vergenza! Te
acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros? Pues ha mejorado
mucho, porque est ms gruesa, ms llena de cara y de cuerpo.

Santa Cruz estaba algo aturdido. Oyose la voz de Barbarita, que entraba
con su nuera.

Sal de estampa...--sigui Villalonga--a anunciar a los amigos que
haba empezado la votacin... A los pies de usted, Barbarita... Yo bien,
y usted? Aqu estaba contando... Pues deca que ech a correr....

--Hacia la calle de la Greda. --No... los amigos se haban trasladado a
una casa de la calle de Alcal, la de Casa-Irujo, que tiene ventanas al
parque del ministerio de la Guerra... Subo y me les encuentro muy
desanimados. Me asom con ellos a las ventanas que dan a Buenavista, y
no vi nada... Pero a cundo esperan? En qu estn pensando?....
Francamente, yo cre que el golpe se haba chafado y que Pava no se
atreva a echar las tropas a la calle. Serrano, impaciente, limpiaba los
cristales empaados, para mirar, y abajo no se vea nada. Mi general
--le dije--, yo veo una faja negra, que as de pronto, en la oscuridad
de la noche, parece un zcalo... Mire usted bien, no ser una fila de
hombres?.--Y qu hacen ah pegados a la pared?.--Vea usted, vea
usted, el zcalo se mueve. Parece una culebra que rodea todo el edificio
y que ahora se desenrosca... Ve usted?... la punta se extiende hacia
las rampas.--Soldados son--dijo en voz baja el general, y en el mismo
instante entr Zalamero con medio palmo de lengua fuera, diciendo: La
votacin sigue: la ventaja que llevaba al principio Salmern, la lleva
ahora Castelar... nueve votos... Pero an falta por votar la mitad del
Congreso.... Ansiedad en todas las caras... A m me tocaba entonces ir
all, para traer el resultado final de la votacin... Tras, tras... cojo
mi calle del Turco, y entrando en el Congreso, me encontr a un
periodista que sala: La proposicin lleva diez votos de ventaja.
Tendremos ministerio Palanca. Pobre Emilio!... Entr. En el saln
estaban votando ya las filas de arriba. Ech un vistazo y sal. Di la
vuelta por la curva, pensando lo que acababa de ver en Buenavista, la
cinta negra enroscada en el edificio... Figueras sali por la
escalerilla del reloj, y me dijo: Usted qu cree, habr trifulca esta
noche?. Y le respond: Vyase usted tranquilo, maestro, que no habr
nada.... Me parece--dijo con socarronera--que esto se lo lleva
Pateta. Yo me re. Y a poco pasa un portero, y me dice con la mayor
tranquilidad del mundo, que por la calle del Florn haba tropa. De
veras? Visiones de usted. Qu tropa ni qu nio muerto!. Yo me haca
de nuevas. Asom la jeta por la puerta del reloj. No me muevo de
aqu--pens, mirando la mesa--. Ahora veris lo que es canela....
Estaban leyendo el resultado de la votacin. Lean los nombres de todos
los votantes sin omitir uno. De repente aparecen por la puerta del
rincn de Fernando el Catlico varios quintos mandados por un oficial, y
se plantan junto a la escalera de la mesa. Parecan comparsas de teatro.
Por la otra puerta entr un coronel viejo de la Guardia Civil.

El coronel Iglesias--dijo Barbarita, que deseaba terminase el relato--.
De buena escap el pas... Bien, Jacinto, supongo que almorzar usted
con nosotros.

--Pues ya lo creo--dijo el Delfn--. Hoy no le suelto; y pronto mam,
que es tarde.

Barbarita y Jacinta salieron. Y Salmern qu hizo?.

--Yo puse toda mi atencin en Castelar, y le vi llevarse la mano a los
ojos y decir: qu ignominia! En la mesa se arm un barullo espantoso...
gritos, protestas. Desde el reloj vi una masa de gente, todos en pie...
No distingua al presidente. Los quintos inmviles... De repente pum!,
son un tiro en el pasillo...

--Y empez la desbandada... Pero dime otra cosa, chico. No puedo apartar
de mi pensamiento... Decas que llevaba sombrero?

--Quin?... Ah, aquella!

--S, sombrero, y de muchsimo gusto--dijo el compinche con tanto
nfasis como si continuara narrando el suceso histrico--, y vestido
azul elegantsimo y abrigo de terciopelo...

--T ests de guasa? Abrigo de terciopelo.

--Vaya... y con pieles, un abrigo soberbio. Le caa tan bien... que...

Entr Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra
manera. Villalonga gir sobre el ltimo concepto como una veleta
impulsada por fuerte racha de viento.

El abrigo que yo llevaba... mi gabn de pieles... quiero decir, que en
aquella marimorena me arrancaron una solapa... la piel de una solapa
quiero decir....

--Cuando se meti usted debajo del banco.

--Yo no me met debajo de ningn banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme
en salvo como los dems por lo que pudiera tronar.

--Mira, mira, querida esposa--dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el
chaleco, que se quit apenas puesto--. Mira cmo cuelga ese ltimo botn
de abajo. Hazme el favor de pegrselo o decirle a Rafaela que se lo
pegue, o en ltimo caso llamar al coronel Iglesias.

--Venga ac--dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.

--En buen apuro me vi, camarata --dijo Villalonga conteniendo la
risa--. Se enterara? Pues vers; otro detalle. Llevaba unos pendientes
de turquesas, que eran la gracia divina sobre aquel cutis moreno plido.
Ay, qu orejitas de Dios y qu turquesas! Te las hubieras comido.
Cuando les vimos levantarse, nos propusimos seguir a la pareja para
averiguar dnde viva. Toda la gente que haba en Praga la miraba, y
ella ms pareca corrida que orgullosa. Salimos... tras, tras... calle
de Alcal, Peligros, Caballero de Gracia, ellos delante, nosotros
detrs. Por fin dieron fondo en la calle del Colmillo. Llamaron al
sereno, les abri, entraron.

En una casa que est en la acera del Norte entre la tienda de figuras de
yeso y el establecimiento de burras de leche... all.

Entr Jacinta con el chaleco.

--Vamos... a ver... Manda usa otra cosa?

--Nada ms, hijita; muchas gracias. Dice este monstruo que no tuvo miedo
y que se sali tan tranquilo... yo no lo creo.

--Pero miedo a qu?... Si yo estaba en el ajo... Os dir el ltimo
detalle para que os asombris. Los caones que puso Pava en las
boca-calles estaban descargados. Y ya veis los que pas dentro. Dos
tiros al aire, y lo mismo que se desbandan los pjaros posados en un
rbol cuando dais debajo de l dos palmadas, as se desband la asamblea
de la Repblica.

--El almuerzo est en la mesa. Ya pueden ustedes venir--dijo la esposa,
que sali delante de ellos muy preocupada.

--Estmagos, a defenderse!

Algunas palabras haba cogido la Delfina al vuelo que no tenan, a su
parecer, ninguna relacin con aquello de las Cortes, el coronel Iglesias
y el ministerio Palanca. Indudablemente haba moros por la costa. Era
preciso descubrir, perseguir y aniquilar al corsario a todo trance. En
la mesa vers la conversacin sobre el mismo asunto, y Villalonga,
despus de volver a contar el caso con todos sus pelos y seales para
que lo oyera D. Baldomero, aadi diferentes pormenores que daban color
a la historia.

--Ah! Castelar tuvo golpes admirables. Y la Constitucin
federal?.... --La quemasteis en Cartagena.

--Qu bien dicho! --El nico que se resista a dejar el local fue Daz
Quintero, que empez a pegar gritos y a forcejear con los guardias
civiles... Los diputados y el presidente abandonaron el saln por la
puerta del reloj y aguardaron en la biblioteca a que les dejaran salir.
Castelar se fue con dos amigos por la calle del Florn, y retirose a su
casa, donde tuvo un fuerte ataque de bilis.

Estas referencias o noticias sueltas eran en aquella triste historia
como las uvas desgranadas que quedan en el fondo del cesto despus de
sacar los racimos. Eran las ms maduras, y quizs por esto las ms
sabrosas.




--iii--


En los siguientes das, la observadora y suspicaz Jacinta not que su
marido entraba en casa fatigado, como hombre que ha andado mucho. Era la
perfecta imagen del corredor que va y viene y sube escaleras y recorre
calles sin encontrar el negocio que busca. Estaba cabizbajo como los que
pierden dinero, como el cazador impaciente que se desperna de monte en
monte sin ver pasar alimaa cazable; como el artista desmemoriado a
quien se le escapa del filo del entendimiento la idea feliz o la imagen
que vale para l un mundo. Su mujer trataba de reconocerle, echando en
l la sonda de la curiosidad cuyo plomo eran los celos; pero el Delfn
guardaba sus pensamientos muy al fondo y cuando adverta conatos de
sondaje, base ms abajo todava.

Estaba el pobre Juanito Santa Cruz sometido al horroroso suplicio de la
idea fija. Sali, investig, rebusc, y la mujer aquella, visin
inverosmil que haba trastornado a Villalonga, no pareca por ninguna
parte. Sera sueo, o ficcin vana de los sentidos de su amigo? La
portera de la casa indicada por Jacinto se prest a dar cuantas noticias
se le exigan, mas lo nico de provecho que Juan obtuvo de su
indiscrecin complaciente fue que en la casa de huspedes del segundo
haban vivido un seor y una seora, guapetona ella durante dos das
nada ms. Despus haban desaparecido... La portera declaraba con
notoria agudeza que, a su parecer, el seor se haba largado por el
tren, y la _individua_, seora... o lo que fuera... _andaba por Madrid_.
Pero dnde demonios andaba? Esto era lo que haba que averiguar. Con
todo su talento no poda Juan darse explicacin satisfactoria del
inters, de la curiosidad o afn amoroso que despertaba en l una
persona a quien dos aos antes haba visto con indiferencia y hasta con
repulsin. La forma, la pcara forma, alma del mundo, tena la culpa.
Haba bastado que la infeliz joven abandonada, miserable y quizs mal
oliente se trocase en la aventurera elegante, limpia y seductora, para
que los desdenes del hombre del siglo, que rinde culto al arte personal,
se trocaran en un afn ardiente de apreciar por s mismo aquella
transformacin admirable, prodigio de esta nuestra edad de seda. Si
esto no es ms que curiosidad, pura curiosidad...--se deca Santa Cruz,
caldeando su alma turbada--. Seguramente, cuando la vea me quedar como
si tal cosa; pero quiero verla, quiero verla a todo trance... y
mientras no la vea, no creer en la metamorfosis. Y esta idea le
dominaba de tal modo, que lo infructuoso de sus pesquisas producale un
dolor indecible, y se fue exaltando, y por ltimo figurbase que tena
sobre s una grande, irreparable desgracia. Para acabar de aburrirle y
trastornarle, un da fue Villalonga con nuevos cuentos. He averiguado
que el hombre aquel es un trapisondista... Ya no est en Madrid. Lo de
los fusiles era un timo... letras falsificadas.

--Pero ella... --A ella la ha visto ayer Joaqun Pez... Sosigate,
hombre, no te vaya a dar algo. Dnde dices? Pues por no s qu calle.
La calle no importa. Iba vestida con la mayor humildad... T dirs como
yo, y el abrigo de terciopelo?... y el sombrerito?... y las
turquesas?... Parceme que me dijo Joaqun que an llevaba las
turquesas... No, no, no dijo esto, porque si las hubiera llevado, no las
habra visto. Iba de pauelo a la cabeza, bien anudado debajo de la
barba, y con un mantn negro de mucho uso, y un gran lo de ropa en la
mano... Te explicas esto? No? Pues yo s... En el lo iba el abrigo, y
quizs otras prendas de ropa...

--Como si lo viera--apunt Juanito con rpido discernimiento--. Joaqun
la vio entrar en una casa de prstamos.

--Hombre, qu talentazo tienes!... Verde y con asa...

--Pero no la vio salir; no la sigui despus para ver dnde vive?

--Eso te tocaba a ti... Tambin l lo habra hecho. Pero considera, alma
cristiana, que Joaquinito es de la Junta de Aranceles y Valoraciones, y
precisamente haba junta aquella tarde, y nuestro amigo iba al
ministerio con la puntualidad de un Pez.

Quedose Juan con esta noticia ms pensativo y peor humorado, sintiendo
arreciar los sntomas del mal que padeca, y que principalmente se
alojaba en su imaginacin, mal de nimo con mezcla de un desate nervioso
acentuado por la contrariedad. Por qu la despreci cuando la tuvo como
era, y la solicitaba cuando se volvi muy distinta de lo que haba
sido?... El pcaro ideal, ay!, el eterno _cmo ser?_ Y la pobre
Jacinta, a todas estas, descrismndose por averiguar qu demonches de
antojo o mana embargaba el nimo de su inteligente esposo. Este se
mostraba siempre considerado y afectuoso con ella; no quera darle
motivo de queja; mas para conseguirlo, necesitaba apelar a su misma
imaginacin daada, revestir a su mujer de formas que no tena, y
suponrsela ms ancha de hombros, ms alta, ms mujer, ms plida... y
con las turquesas aquellas en las orejas... Si Jacinta llega a descubrir
este arcano escondidsimo del alma de Juanito Santa Cruz, de fijo pide
el divorcio. Pero estas cosas estaban muy adentro, en cavernas ms
hondas que el fondo de la mar, y no llegara a ella la sonda de Jacinta
ni con todo el plomo del mundo.

Cada da ms dominado por su frenes investigador, visit Santa Cruz
diferentes casas, unas de peor fama que otras, misteriosas aquellas,
estas al alcance de todo el pblico. No encontrando lo que buscaba en lo
que parece ms alto, descendi de escaln en escaln, visit lugares
donde haba estado algunas veces y otros donde no haba estado nunca.
Hall caras conocidas y amigas, caras desconocidas y repugnantes, y a
todas pidi noticias, buscando remedio al tifus de curiosidad que le
consuma. No dej de tocar a ninguna puerta tras de la cual pudieran
esconderse la vergenza perdida o la perdicin vergonzosa. Sus
explicaciones parecan lo que no eran por el ardor con que las
practicaba y el carcter humanitario de que las revesta. Pareca un
padre, un hermano que desalado busca a la prenda querida que ha cado en
los ddalos tenebrosos del vicio. Y quera cohonestar su inquietud con
razones filantrpicas y aun cristianas que sacaba de su entendimiento
rico en sofisteras. Es un caso de conciencia. No puedo consentir que
caiga en la miseria y en la abyeccin, siendo, como soy, responsable...
Oh!, mi mujer me perdone; pero una esposa, por inteligente que sea, no
puede hacerse cargo de los motivos morales, s, morales que tengo para
proceder de esta manera.

Y siempre que iba de noche por las calles, todo bulto negro o pardo se
le antojaba que era la que buscaba. Corra, miraba de cerca... y no era.
A veces crea distinguirla de lejos, y la forma se perda en el gento
como la gota en el agua. Las siluetas humanas que en el claro oscuro de
la movible muchedumbre parecen escamoteadas por las esquinas y los
portales, le traan descompuesto y sobresaltado. Mujeres vio muchas, a
oscuras aqu, all iluminadas por la claridad de las tiendas; mas la
suya no pareca. Entraba en todos los cafs, hasta en algunas tabernas
entr, unas veces solo, otras acompaado de Villalonga. Iba con la
certidumbre de encontrarla en tal o cual parte; pero al llegar, la
imagen que llevaba consigo, como hechura de sus propios ojos, se
desvaneca en la realidad. Parece que donde quiera que voy --deca con
profundo tedio--llevo su desaparicin, y que estoy condenado a
expulsarla de mi vista con mi deseo de verla!. Decale Villalonga que
tuviera paciencia; pero su amigo no la tena; iba perdiendo la serenidad
de su carcter, y se lamentaba de que a un hombre tan grave y bien
equilibrado como l le trastornase tanto un mero capricho, una tenacidad
del nimo, desazn de la curiosidad no satisfecha. Cosas de los
nervios, verdad Jacintillo? Esta pcara imaginacin... Es como cuando
t te ponas enfermo y delirante esperando ver salir una carta que no
sala nunca. Francamente, yo me crea ms fuerte contra esta horrible
neurosis de la carta que no sale.

Una noche que haca mucho fro, entr el Delfn en su casa no muy tarde,
en un estado lamentable. Se senta mal, sin poder precisar lo que era.
Dejose caer en un silln y se inclin de un lado con muestras de
intenssimo dolor. Acudi a l su amante esposa, muy asustada de verle
as y de or los ayes lastimeros que de sus labios se escapaban, junto
con una expresin fea que se perdona fcilmente a los hombres que
padecen. Qu tienes, nenito?. El Delfn se oprima con la mano el
costado izquierdo. Al pronto crey Jacinta que a su marido le haban
pegado una pualada. Dio un grito... mir; no tena sangre...

Ah! Es que te duele?... Pobrecito nio! Eso ser fro... Esprate,
te pondr una bayeta caliente... te daremos friegas con... con
rnica....

Entr Barbarita y mir alarmada a su hijo, pero antes de tomar ninguna
disposicin, echole una buena reprimenda porque no se recataba del
crudsimo viento seco del Norte que en aquellos das reinaba. Juan
entonces se puso a tiritar, dando diente con diente. El fro que le
acometi fue tan intenso que las palabras de queja salan de sus labios
como pulverizadas. La madre y la esposa se miraron con terror
consultndose recprocamente en silencio sobre la gravedad de aquellos
sntomas... Es mucho Madrid este. Sale de caza un cristiano por esas
calles, noche tras noche. En dnde estar la res? Tira por aqu, tira
por all, y nada. La res no cae. Y cuando ms descuidado est el
cazador, viene callandito por detrs una pulmona de la finas, le
apunta, tira, y me le deja seco.

Madrid.--Enero de 1886.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

       *       *       *       *       *





Parte segunda



-I-

Maximiliano Rubn




--i--


La venerable tienda de tirador de oro que desde inmemorial tiempo estuvo
en los soportales de Plateras, entre las calles de la Caza y San Felipe
Neri, desapareci, si no estoy equivocado, en los primeros das de la
revolucin del 68. En una misma fecha cayeron, pues, dos cosas
seculares, el trono aquel y la tienda aquella, que si no era tan antigua
como la Monarqua espaola, ralo ms que los Borbones, pues su
fundacin databa de 1640, como lo deca un letrero muy mal pintado en la
anaquelera. Dicho establecimiento slo tena una puerta, y encima de
ella este breve rtulo: _Rubn_.

Federico Ruiz, que tuvo aos ha la mana de escribir artculos sobre los
_Oscuros pero indudables vestigios de la raza israelita en la moderna
Espaa_ (con los cuales artculos le hicieron un folletito los editores
de la Revista que los public gratis), sostena que el apellido de Rubn
era judo y fue usado por algunos conversos que permanecieron aqu
despus de la expulsin. En la calle de Milaneses, en la de Mesn de
Paos y en Plateras se albergaban diferentes familias de _ex-deicidas_,
cuyos ltimos vstagos han llegado hasta nosotros, ya sin carcter
_fisonmico ni etnogrfico_. As lo deca el fecundo publicista, y
dedicaba medio artculo a demostrar que el verdadero apellido de los
Rubn era _Rubn_. Como nadie le contradeca, dbase l a probar cuanto
le daba la gana, con esa buena fe y ese honrado entusiasmo que ponen
algunos sabios del da en ciertos trabajos de erudicin que el pblico
no lee y que los editores no pagan. Bastante hacen con publicarlos. No
quisiera equivocarme; pero me parece que todo aquel judasmo de mi amigo
era pura fluxin de su acatarrado cerebro, el cual eliminaba aquellas
enfadosas materias como otras muchas, segn el tiempo y las
circunstancias. Y me consta que D. Nicols Rubn, ltimo poseedor de la
mencionada tienda, era cristiano viejo, y ni siquiera se le pasaba por
la cabeza que sus antecesores hubieran sido fariseos con rabo o sayones
narigudos de los que salen en los pasos de Semana Santa.

La muerte de este D. Nicols Rubn y el acabamiento de la tienda fueron
simultneos.

Tiempo haca que las deudas socavaban la casa, y se sostena apuntalada
por las consideraciones personales que los acreedores tenan a su dueo.
El motivo de la ruina, segn opinin de todos los amigos de la familia,
fue la mala conducta de la esposa de Nicols Rubn, mujer desarreglada y
escandalosa, que viva con un lujo impropio de su clase, y dio mucho que
hablar por sus devaneos y trapisondas. Diversas e inexplicables
alternativas hubo en aquel matrimonio, que tan pronto estaba unido como
disuelto de hecho, y el marido pasaba de las violencias ms brbaras a
las tolerancias ms vergonzosas. Cinco veces la ech de su casa y otras
tantas volvi a admitirla, despus de pagarle todas sus trampas. Cuentan
que Maximiliana Llorente era una mujer bella y deseosa de agradar, de
esas que no caben en la estrechez vulgar de una tienda. Se la llev Dios
en 1867, y al ao siguiente pas a mejor vida el pobre Nicols Rubn, de
una rotura de varisis, no dejando a sus hijos ms herencia que la
detestable reputacin domstica y comercial, y un pasivo enorme que
difcilmente pudo ser pagado con las existencias de la tienda. Los
acreedores arramblaron por todo, hasta por la anaquelera, que slo
sirvi para lea. Era contempornea del Conde-Duque de Olivares.

Los hijos de aquel infortunado comerciante eran tres. Fijarse bien en
sus nombres y en la edad que tenan cuando acaeci la muerte del padre.

_Juan Pablo_, de veintiocho aos.

_Nicols_, de veinticinco.

_Maximiliano_, de diecinueve.

Ninguno de los tres se pareca a los otros dos ni en el semblante ni en
la complexin, y slo con muy buena voluntad se les encontraba el aire
de familia. De esta heterogeneidad de las tres caras vino sin duda la
maliciosa versin de que los tales eran hijos de diferentes padres.
Poda ser calumnia, poda no serlo; pero debe decirse para que el lector
vaya formando juicio. Algo tenan de comn, ahora que recuerdo, y era
que todos padecan de fuertes y molestsimas jaquecas. Juan Pablo era
guapo, simptico y muy bien plantado, de buena estatura, ameno y fcil
en el decir, de inteligencia flexible y despierta. Nicols era
desgarbado, vulgarote, la cara encendida y agujereada como un cedazo a
causa de la viruela, y tan peludo, que le salan mechones por la nariz y
por las orejas. Maximiliano era raqutico, de naturaleza pobre y
linftica, absolutamente privado de gracias personales. Como que haba
nacido de siete meses y luego se le criaron con bibern y con una cabra.

Cuando muri el padre de estos tres mozos, Nicols, o sea el peludo
(para que se les vaya distinguiendo), se fue a vivir a Toledo con su
to D. Mateo Zacaras Llorente, capelln de _Doncellas Nobles_, el cual
le meti en el Seminario y le hizo sacerdote; Juan Pablo y Maximiliano
se fueron a vivir con su ta paterna doa Guadalupe Rubn, viuda de
Juregui, conocida vulgarmente por _Doa Lupe la de los pavos_, la cual
vivi primero en el barrio de Salamanca y despus en Chamber, seora de
tales circunstancias, que bien merece toda la atencin que le voy a
consagrar ms adelante. En un pueblo de la Alcarria tenan los hermanos
Rubn una ta materna, viuda, sin hijos y rica; mas como estaba
vendiendo vidas, la herencia de esta seora no era ms que una esperanza
remota.

No haba ms remedio que trabajar, y Juan Pablo empez a buscarse la
vida. Odiaba de tal modo las tiendas de tiradores de oro, que cuando
pasaba por alguna, pareca que le entraba la jaqueca. Metiose en un
negocio de pescado, unindose a cierto individuo que lo reciba en
comisin para venderlo al por mayor por seretas de fresco y barriles de
escabeche en la misma estacin o en la plaza de la Cebada; pero en los
primeros meses surgieron tales desavenencias con el socio, que Juan
Pablo abandon la pesca y se dedic a viajante de comercio. Durante un
par de aos estuvo rodando por los ferrocarriles con sus cajas de
muestras. De Barcelona hasta Huelva, y desde Pontevedra a Almera no le
qued rincn que no visitase, detenindose en Madrid todo el tiempo que
poda. Trabaj en sombreros de fieltro, en calzado de Soldevilla, y
derram por toda la Pennsula, como se esparce sobre el papel la
arenilla de una salvadera, diferentes artculos de comercio. En otra
temporada corri chocolates, pauelos y chales _galera_, conservas,
devocionarios y hasta palillos de dientes. Por su diligencia, su
honradez y por la puntualidad con que remita los fondos recaudados, sus
comitentes le apreciaban mucho. Pero no se sabe cmo se las compona,
que siempre estaba _ms pobre que las ratas_, y se lamentaba con
amanerado pesimismo de su pcara suerte. Todas sus ganancias se le iban
_por entre los dedos_, frecuentando mucho los cafs en sus ratos de
descanso, convidando sin tasa a los amigos y dndose la mejor vida
posible en las poblaciones que visitaba. A los funestos resultados de
este sistema llamaba l _haber nacido con mala sombra_. La misma
heterogeneidad y muchedumbre de artculos que corra merm pronto los
resultados de sus viajes y algunas casas empezaron a retirarle su
confianza, y el aburrido viajante, siempre de mal temple y echando
maldiciones y ternos contra los mercachifles, aspiraba a un cambio de
vida y a ocupacin ms lucrativa y noble.

Da memorable fue para Juan Pablo aquel en que tropez con un cierto
amigote de la infancia, camarada suyo en San Isidro. El amigo era
diputado de los que llamaban _cimbros_, y Juan Pablo, que era hombre de
mucha labia, le encareci tanto su aburrimiento de la vida comercial y
lo bien dispuesto que estaba para la administrativa, que el otro se lo
crey, y hgote empleado. Rubn fue al mes siguiente inspector de
polica en no s qu provincia. Pero su infame estrella se la haba
jurado: a los tres meses cambi la situacin poltica, y mi Rubn
cesante. Haba tomado el gusto a la carne de nmina, y ya no poda ser
ms que empleado o pretendiente. No s qu hay en ello, pero es lo
cierto que hasta la cesanta parece que es un goce amargo para ciertas
naturalezas, porque las emociones del pretender las vigorizan y entonan,
y por eso hay muchos que el da que les colocan se mueren. La
irritabilidad les ha dado vida y la sedacin brusca les mata. Juan Pablo
senta increbles deleites en ir al caf, hablar mal del Gobierno,
anticipar nombramientos, darse una vuelta por los ministerios, acechar
al protector en las esquinas de Gobernacin o a la salida del Congreso,
dar el salto del tigre y caerle encima cuando le vea venir. Por fin
sali la credencial. Pero, qu demonio!, siempre la condenada suerte
persiguindole, porque todos los empleos que le daban eran de lo ms
antiptico que imaginarse puede. Cuando no era algo de la polica
secreta, era cosa de crceles o presidios.

Entretanto cuidaba de su hermano pequeo, por quien senta un cario que
se confunda con la lstima, a causa de las continuas enfermedades que
el pobre chico padeca. Pasados los veinte aos, se vigoriz un poco,
aunque siempre tena sus arrechuchos; y vindole ms entonado, Juan
Pablo determin darle una carrera para que no se malograse como l se
malogr, por falta de una direccin fija desde la edad en que se plantea
el porvenir de los hombres. Achacaba el mayor de los Rubn su desgracia
a la disparidad entre sus aptitudes innatas y los medios de
exteriorizarse. Oh, si mi padre me hubiera dado una
carrera!---pensaba---, yo sera hoy algo en el mundo....

No tard en recibir un nuevo golpe, pues cuando soaba con un ascenso le
limpiaron otra vez el comedero. Y he aqu a mi hombre pasendose por
Madrid con las manos en los bolsillos, o viendo correr tontamente las
horas en este y el otro caf, hablando de la situacin siempre de la
situacin, de la guerra y de lo infames, indecentes y mamarrachos que
son los polticos espaoles! Duro en ellos! As se desahogan los
espritus alborotados y tempestuosos. Y por aquella vez no haba
esperanzas para Juan Pablo, porque los _suyos_, los que l llamaba con
tanto nfasis los _mos_, estaban por los suelos, y haba lo que llaman
_racha_ en las regiones burocrticas. A veces exploraba el msero
cesante su conciencia, y se asombraba de no encontrar en ella nada en
qu fundar terminantemente su filiacin poltica. Porque ideas fijas...
Dios las diera; haba ledo muy poco y nutra su entendimiento de lo que
en los cafs escuchaba y de lo que los peridicos le decan. No saba
fijamente si era liberal o no, y con el mayor desparpajo del mundo
llamaba _doctrinario_ a cualquiera sin saber lo que la palabra
significaba. Tan pronto senta en su espritu, sin saber por qu ni por
qu no, frentico entusiasmo por los derechos del hombre; tan pronto se
le inundaba el alma de gozo oyendo decir que el Gobierno iba a dar mucho
estacazo y a pasarse los tales derechos por las narices.

En tal situacin, presentose inopinadamente en Madrid Nicols Rubn, el
curita peludo, que tambin tena sus pretensiones de ingresar no s si
en el clero castrense o en el catedral, y ambos hermanos celebraron unos
coloquios muy reservados, paseando solos por las afueras. De resultas de
esto, Juan Pablo apareci un da en el caf con cierta animacin, mucho
desenfado en sus juicios polticos, dndolas de profeta y expresando ms
altaneramente que nunca su desprecio de la situacin dominante. A los
que de esta manera se conducen, se les mira en los cafs con un poquillo
de respeto y aun con cierta envidia, suponindoles conocedores de
secretos de Estado o de alguna intriga muy gorda. El amigo
Rubn--dijo, en ausencia de l D. Basilio Andrs de la Caa, que era
uno de los puntos fijos en la mesa--, me parece a m que no juega
limpio con nosotros. Si le van a colocar que lo diga de una vez. Qu
tenemos, viene _la federal_ o qu? _Misterios! Meditemos!_... O es
que le lleva cuentos a don Prxedes? Bueno, seores, que se los lleve.
No me importa el espionaje.

Esto pasaba a fines de 1872. De pronto Rubn dijo que iba al extranjero
a reanudar sus trabajos de viajante de comercio. Desapareci de Madrid,
y al cabo de meses se susurr en la tertulia del caf que estaba en la
faccin, y que D. Carlos le haba nombrado algo como contador o
intendente en su Cuartel Real. Spose ms tarde que haba ido a
Inglaterra a comprar fusiles, que hizo un alijo cerca de Guetaria, que
vino disfrazado a Madrid y pas a la Mancha y Andaluca en el verano del
73, cuando la Pennsula, ardiendo por los cuatro costados, era una
inmensa pira a la cual cada espaol haba llevado su tea y el Gobierno
soplaba.




--ii--


Juan Pablo, que siempre se haba equivocado en lo referente a s mismo y
andaba por caminos torcidos, acert al disponer que su hermano pequeo
siguiese la carrera de Farmacia. Muchas personas que no hacen ms que
disparates, poseen esta perspicacia del consejo y de la direccin de los
dems, y no dando pie con bola en los destinos propios, ven claro en los
del prjimo. En tal decisin tuvo adems bastante parte un grande amigo
del difunto Nicols Rubn y de toda la familia (el farmacutico
Samaniego, dueo de la acreditada botica de la calle del Ave Mara),
prometiendo tomar bajo sus auspicios a Maximiliano, llevrsele de
mancebo o practicante con la mira de que, andando el tiempo, se quedase
al frente del establecimiento.

Empez Maximiliano sus estudios el 69, y su hermano y su ta le
ponderaban lo bonita que era la Farmacia y lo mucho que con ella se
ganaba, por ser muy caros los medicamentos y muy baratas las primeras
materias: agua del pozo, ceniza del fogn, tierra de los tiestos,
etctera... El pobre chico, que era muy dcil, con todo se mostraba
conforme. Lo que es entusiasmo, hablando en plata, no lo tena por esta
carrera ni por otra alguna; no se haba despertado en l ningn afn
grande ni esa curiosidad sedienta de que sale la sabidura. Era tan
endeble que la mayor parte del ao estaba enfermo, y su entendimiento no
vea nunca claro en los senos de la ciencia, ni se apoderaba de una idea
sino despus de echarle muchas lazadas como si la amarrara. Usaba de su
escasa memoria como de un ave de cetrera para cazar las ideas; pero el
halcn se le marchaba a lo mejor, dejndole con la boca abierta y
mirando al cielo.

Fueron penossimos los primeros pasos en la carrera. La pereza y la
debilidad le retenan en el lecho por las maanas ms tiempo del
regular, y la pobre doa Lupe pasaba la pena negra para sacarle de las
sbanas. Levantbase ella muy temprano, y se pona a dar golpes con el
almirez junto a la misma cabeza del durmiente, que las ms de las veces
no se daba por entendido de tal estruendo. Luego le haca cosquillas,
acostaba al gato con l, le retiraba las sbanas con la debida
precaucin para que no se enfriase. El sueo se cebaba de tal modo en
aquel cuerpo, por las exigencias de la reparacin orgnica, que el
despertar del estudiante era obra de romanos y una de las cosas en que
ms energa y constancia desplegaba doa Lupe.

El muchacho estudiaba y quera cumplir con su deber; pero no poda ir
ms all de sus alcances. Doa Lupe le ayudaba a estudiar las
lecciones, animbale en sus desfallecimientos, y cuando le vea apurado
y temeroso por la proximidad de los exmenes, se pona la mantilla y se
iba a hablar con los profesores. Tales cosas les deca, que el chico
pasaba, aunque con malas notas. Como no estuviese enfermo, asista
puntualmente a clase, y era de los que traan mayor trajn de notas,
apuntes y cuadernos. Entraba en el aula cargado con aquel fardo, y no
perda slaba de lo que el profesor deca.

Era de cuerpo pequeo y no bien conformado, tan endeble que pareca que
se lo iba a llevar el viento, la cabeza chata, el pelo lacio y ralo.
Cuando estaban juntos l y su hermano Nicols, a cualquiera que les
viese se le ocurrira proponer al segundo que otorgase al primero los
pelos que le sobraban. Nicols se haba llevado todo el cabello de la
familia, y por esta usurpacin pilosa, la cabeza de Maximiliano
anunciaba que tendra calva antes de los treinta aos. Su piel era
lustrosa, fina, cutis de nio con transparencias de mujer desmedrada y
clortica. Tena el hueso de la nariz hundido y chafado, como si fuera
de sustancia blanda y hubiese recibido un golpe, resultando de esto no
slo fealdad sino obstrucciones de respiracin nasal, que eran sin duda
la causa de que tuviera siempre la boca abierta. Su dentadura haba
salido con tanta desigualdad que cada pieza estaba, como si dijramos,
donde le daba la gana. Y menos mal si aquellos condenados huesos no le
molestaran nunca; pero si tena el pobrecito cada dolor de muelas que
le haca poner el grito ms all del Cielo! Padeca tambin de corizas y
las empalmaba, de modo que resultaba un coriza crnico, con la
pituitaria echando fuego y destilando sin cesar. Como ya iba aprendiendo
el oficio, se administraba el yoduro de potasio en todas las formas
posibles, y andaba siempre con un canuto en la boca aspirando brea,
demonios o no s qu.

Dgase lo que se quiera, Rubn no tena ilusin ninguna con la Farmacia.
Mas no estaba vaca de aspiraciones altas el alma de aquel joven, tan
desfavorecido por la Naturaleza que fsica y moralmente pareca hecho de
sobras. A los dos o tres aos de carrera, aquel molusco empez a sentir
vibraciones de hombre, y aquel ciego de nacimiento empez a entrever las
fases grandes y gloriosas del astro de la vida. Viva doa Lupe en
aquella parte del barrio de Salamanca que llamaban _Pajaritos_.
Maximiliano vea desde la ventana de su tercer piso a los alumnos de
Estado Mayor, cuando la Escuela estaba en el 40 antiguo de la calle de
Serrano; y no hay idea de la admiracin que le causaban aquellos
jvenes, ni del arrobamiento que le produca la franja azul en el
pantaln, el ros, la levita con las hojas de roble bordadas en el
cuello, y la espada... tan chicos algunos y ya con espada! Algunas
noches, Maximiliano soaba que tena su tizona, bigote y uniforme, y
hablaba dormido. Despierto deliraba tambin, figurndose haber crecido
una cuarta, tener las piernas derechas y el cuerpo no tan cado para
adelante, imaginndose que se le arreglaba la nariz, que le brotaba el
pelo y que se le pona un empaque marcial como el del ms pintado. Qu
suerte tan negra! Si l no fuera tan desgarbado de cuerpo y le hubieran
puesto a estudiar aquella carrera, cunto se habra aplicado!
Seguramente, a fuerza de sobar los libros, le habra salido el talento,
como se saca lumbre a la madera frotndola mucho.

Los sbados por la tarde, cuando los alumnos iban al ejercicio con su
fusil al hombro, Maximiliano se iba tras ellos para verles maniobrar, y
la fascinacin de este espectculo durbale hasta el lunes. En la clase
misma, que por la placidez del local y la monotona de la leccin
convidaba a la somnolencia, se pona a jugar con la fantasa y a
provocar y encender la ilusin. El resultado era un completo xtasis, y
al travs de la explicacin sobre las propiedades teraputicas de las
tinturas madres, vea a los alumnos militares en su estudio tctico de
campo, como se puede ver un paisaje al travs de una vidriera de
colores.

Los chicos de la clase de Botnica se entretenan en ponerse motes
semejantes a las nomenclaturas de Linneo. A un tal Anacleto que se las
tiraba de muy fino y muy seorito, le llamaban _Anacletus
obsequiosissimus_; a Encinas, que era de muy corta estatura, le llamaban
_Quercus gigantea_. Olmedo era muy abandonado y le caa admirablemente
el _Ulmus sylvestris_. Narciso Puerta era feo, sucio y mal oliente.
Pusironle _Pseudo-Narcissus odoripherus_. A otro que era muy pobre y
gozaba de un empleto, le pusieron _Christophorus oficinalis_ y por
ltimo, a Maximiliano Rubn, que era fesimo, desmaado y de muy cortos
alcances, se le llam durante toda la carrera _Rubinius vulgaris_.

Al entrar el ao de 1874, tena Maximiliano veinticinco y no
representaba an ms de veinte. Careca de bigote, pero no de granos que
le salan en diferentes puntos de la cara. A los veintitrs aos tuvo
una fiebre nerviosa que puso en peligro su vida; pero cuando sali de
ella pareca un poco ms fuerte; ya no era su respiracin tan fatigosa
ni sus corizas tan tenaces, y hasta los condenados raigones de sus
muelas parecan ms civilizados. No usaba ya el ioduro tan a pasto ni el
canuto de brea, y slo las jaquecas persistan, como esos amigos
machacones cuya visita peridica causa espanto. Juan Pablo estaba
entonces en el Cuartel Real, y doa Lupe dejaba a Maximiliano en
libertad, porque le crea inaccesible a los vicios por razn de su
pobreza fsica, de su natural aptico y de la timidez que era el
resultado de aquellas desventajas. Y adems de libertad, dbale su ta
algn dinero para sus placeres de mozo, segura de que no haba de
gastarlo sino con mucho pulso. Inclinbase el chico a economizar, y
tena una hucha de barro en la cual iba metiendo las monedas de plata y
algn centn de oro que le daban sus hermanos cuando venan a Madrid. En
la ropa era muy mirado, y gustaba de hacerse trajes baratos y de moda,
que cuidaba como a las nias de sus ojos. De esto le sobrevino alguna
presuncin, y gracias a ella su figura no pareca tan mala como era
realmente. Tena su buena capa de embozos colorados; por la noche se
liaba en ella, metase en el tranva y se iba a dar una vuelta hasta las
once, rara vez hasta las doce. Por aquel tiempo se mud doa Lupe a
Chamber, buscando siempre casas baratas, y Maximiliano fue perdiendo
poco a poco la ilusin de los alumnos de Estado Mayor.

Su timidez, lejos de disminuir con los aos, pareca que aumentaba.
Crea que todos se burlaban de l considerndole insignificante y para
poco. Exageraba sin duda su inferioridad, y su desaliento le haca huir
del trato social. Cuando le era forzoso ir a alguna visita, la casa en
que deba entrar imponale miedo, aun vista por fuera, y estaba dando
vueltas por la calle antes de decidirse a penetrar en ella. Tema
encontrar a alguien que le mirara con malicia, y pensaba lo que haba de
decir, aconteciendo las ms de las veces que no deca nada. Ciertas
personas le infundan un respeto que casi casi era pnico, y al verlas
venir por la calle se pasaba a la otra acera. Estas personas no le
haban hecho dao alguno; al contrario, eran amigos de su padre, o de
doa Lupe o de Juan Pablo. Cuando iba al caf con los amigos, estaba muy
bien si no haba ms que dos o tres. En este caso hasta se le soltaba la
lengua y se pona a hablar sobre cualquier asunto. Pero como se
reunieran seis u ocho personas, enmudeca, incapaz de tener una opinin
sobre nada. Si se vea obligado a expresarse, o porque se queran
_quedar con l_ o porque sin malicia le preguntaban algo, ya estaba mi
hombre como la grana y tartamudeando.

Por esto le gustaba ms, cuando el tiempo no era muy fro, vagar por las
calles, embozadito en su paosa, viendo escaparates y la gente que iba y
vena, parndose en los corros en que cantaba un ciego, y mirando por
las ventanas de los cafs. En estas excursiones poda muy bien emplear
dos horas sin cansarse, y desde que se daba cuerda y coga impulso, el
cerebro se le iba calentando, calentando hasta llegar a una presin
altsima en que el joven errante se figuraba estar persiguiendo
aventuras y ser muy otro de lo que era. La calle con su bullicio y la
diversidad de cosas que en ella se ven, ofreca gran incentivo a aquella
imaginacin, que al desarrollarse tarde, sola desplegar los bros de
que dan muestras algunos enfermos graves. Al principio no le llamaban la
atencin las mujeres que encontraba; pero al poco tiempo empez a
distinguir las guapas de las que no lo eran, y se iba en seguimiento de
alguna, por puro xtasis de aventura, hasta que encontraba otra mejor y
la segua tambin. Pronto supo distinguir de _clases_, es decir, lleg a
tener tan buen ojo, que conoca al instante las que eran honradas y las
que no. Su amigo _Ulmus sylvestris_, que a veces le acompaaba, indjole
a romper la reserva que su encogimiento le impona, y Maximiliano
conoci a algunas que haba visto ms de una vez y que le haban
parecido muy guapetonas. Pero su alma permaneca serena en medio de sus
tentativas viciosas: las mismas con quienes pas ratos agradables le
repugnaban despus, y como las viera venir por la calle, les hua el
bulto.

Agradbale ms vagar solo que en compaa de Olmedo, porque este le
distraa, y el goce de Maximiliano consista en pensar e imaginar
libremente y a sus anchas, figurndose realidades y volando sin tropiezo
por los espacios de lo posible, aunque fuera improbable. Andar, andar y
soar al comps de las piernas, como si su alma repitiera una msica
cuyo ritmo marcaban los pasos, era lo que a l le deleitaba. Y como
encontrara mujeres bonitas, solas, en parejas o en grupos, bien con
toquilla a la cabeza o con manto, gozaba mucho en afirmarse a s mismo
que _aquellas eran honradas_, y en seguirlas hasta ver a dnde iban.
Una honrada! Que me quiera una honrada!. Tal era su ilusin... Pero
no haba que pensar en tal cosa. Slo de pensar que le diriga la
palabra a una honrada, le temblaban las carnes. Si cuando iba a su casa
y estaban en ella Rufinita Torquemada o la seora de Samaniego con su
hija Olimpia, se meta en la cocina por no verse obligado a
saludarlas...!




--iii--


De esta manera aquel misntropo lleg a vivir ms con la visin interna
que con la externa. El que antes era como una ostra haba venido a ser
algo como un poeta. Viva dos existencias, la del pan y la de las
quimeras. Esta la haca a veces tan esplndida y tal alta, que cuando
caa de ella a la del pan, estaba todo molido y maltrecho. Tena
Maximiliano momentos en que se llegaba a convencer de que era otro, esto
siempre de noche y en la soledad vagabunda de sus paseos. Bien era
oficial de ejrcito y tena una cuarta ms de alto, nariz aguilea,
mucha fuerza muscular y una cabeza... una cabeza que no le dola nunca;
o bien un paisano pudiente y muy galn, que hablaba por los codos sin
turbarse nunca, capaz de echarle una flor a la mujer ms arisca, y que
estaba en sociedad de mujeres como el pez en el agua. Pues como dije, se
iba calentando de tal modo los sesos, que se lo llegaba a creer. Y si
aquello le durara, sera tan loco como cualquiera de los que estn en
Legans. La suerte suya era que aquello se pasaba, como pasara una
jaqueca; pero la alucinacin recobraba su imperio durante el sueo, y
all eran los disparates y el teje maneje de unas aventuras generalmente
muy tiernas, muy por lo fino, con abnegaciones, sacrificios, herosmos y
otros fenmenos sublimes del alma. Al despertar, en ese momento en que
los juicios de la realidad se confunden con las imgenes mentirosas del
sueo y hay en el cerebro un crepsculo, una discusin vaga entre lo que
es verdad y lo que no lo es, el engao persista un rato, y Maximiliano
haca por retenerlo, volviendo a cerrar los ojos y atrayendo las
imgenes que se dispersaban. Verdaderamente--deca l--, por qu ha de
ser una cosa ms real que la otra? Por qu no ha de ser sueo lo del
da y vida efectiva lo de la noche? Es cuestin de nombres y de que
diramos en llamar _dormir_ a lo que llamamos _despertar_, y _acostarse_
al _levantarse_... Qu razn hay para que no diga yo ahora mientras me
visto: 'Maximiliano, ahora te ests echando a dormir. Vas a pasar mala
noche, con pesadilla y todo, o sea con clase de _Materia farmacutica
animal_...?'.

El tal _Ulmus sylvestris_ era un chico simptico, buen mozo, alegre y de
cabeza un tanto ligera. De todos los compaeros de _Rubinius vulgaris_,
aquel era el que ms le quera, y Maximiliano le pagaba con un cario
que tena algo de respeto. Llevaba Olmedo una vida muy poco ejemplar,
mudando cada mes de casa de huspedes, pasndose las noches en lugares
pecaminosos, y haciendo todos los disparates estudiantiles, como si
fueran un programa que haba que cumplir sin remedio. ltimamente viva
con una tal Feliciana, graciosa y muy corrida, dndose importancia con
ello, como si el _entretener_ mujeres fuese una carrera en que haba que
matricularse para ganar ttulo de hombre hecho y derecho. Dbale l lo
poco que tena, y ella afanaba por su lado para ir viviendo, un da con
estrecheces, otro con rumbo y siempre con la mayor despreocupacin.
Tomaba l en serio este gnero de vida, y cuando tena dinero, invitaba
a sus amigos a _tomar un bacalao_ en su _hotel_, dndose unos aires de
hombre de mundo y pilln, con cierta imitacin mala del desgaire
parisiense que conoca por las novelas de Paul de Kock. Feliciana era
de Valencia, y pona muy bien el arroz; pero el servicio de la mesa y
la mesa misma tenan que ver. Y Olmedo lo haca todo tan al vivo y tan
con arreglo a programa, que se emborrachaba sin gustarle el vino,
cantaba flamenco sin saberlo cantar, destrozaba la guitarra y haca
todos los desatinos que, a su parecer, constituan el rito de perdido;
pues a l se le antoj ser perdido, como otros son masones o caballeros
cruzados, por el prurito de desempear papeles y de tener una
significacin. Si existiera el uniforme de perdido, Olmedo se lo hubiera
puesto con verdadero entusiasmo, y senta que no hubiese un distintivo
cualquiera, cinta, plumacho o galn, para salir con l, diciendo
tcitamente: Vean ustedes lo perdulario que soy. Y en el fondo era un
infeliz. Aquello no era ms que una prolongacin viciosa de la _edad del
pavo_.

Maximiliano no iba nunca a las francachelas de su amigo, aunque este le
convidaba siempre. Pero se informaba de la salud de Feliciana, como si
fuera una seora, y Olmedo tambin tomaba esto en serio, diciendo: La
tengo un poquillo delicada. Hoy le he dicho a Orfila que se pase por
casa. Este Orfila era un estudiantillo de ltimo ao de Medicina, que
se llamaba lo mismo que el clebre doctor, y curaba, es decir, recetaba
a los amigos y a las amigas de los amigos.

Un da, al salir de clase, dijo Olmedo a Rubn: Vete por casa si
quieres ver una mujer... hasta all. Es una amiga de Feliciana, que se
ha ido a nuestro _hotel_ unos das mientras encuentra colocacin.

--Es honrada?--pregunt Rubn, mostrando en su tono la importancia que
daba a la honradez.

--Honrada!, qu narices!--exclam el perdis riendo--. Pero t crees
que hay alguna mujer que sea... lo que se llama honrada?

Esto lo dijo con aplomo filosfico, el sombrero inclinado sobre la sien
derecha como distintivo de sus ideas acerca de la depravacin humana. Ya
no haba mujeres honradas: lo deca un conocedor profundo de la sociedad
y del vicio. El escepticismo de Olmedo era signo de infancia, un
desorden de transicin fisiolgica, algo como una segunda denticin.
Todo se reduce a echar muchas babas, y luego ya viene el hombre con
otras ideas y otra manera de ser.

Con que no es honrada!... apunt Maximiliano, que habra deseado que
todas las hembras lo fueran.

--Qu ha de ser, hombre?... Buena pa est! Lleg a Madrid no hace
mucho tiempo con un barbin... creo que tratante en fusiles. Traan un
tren, chico!... La vi una noche... Te juro que daba el puro opio.
Pareca del propio Pars... Pero yo no s lo que pas, narices!

Aquel seor no jugaba limpio, y una maana se larg dejando un pico muy
grande en la casa de huspedes, y otro pico no s dnde, y picos y
picos... Total, que la pobre tuvo que empear todos sus trapos y se
qued con lo puesto, nada ms que con lo puesto, cuando lo tiene puesto
se entiende. Feliciana se la encontr no s dnde hecha un mar de
lgrimas, y le dijo: vente a mi casa. All est! Hace sus saliditas,
ojo al Cristo, para lo cual Feliciana le presta su ropa. No te creas; es
una chica muy buena. Tiene un ngel...!

Por la noche fue Maximiliano al _hotel_ de Feliciana, tercer piso en la
calle de Pelayo, y al entrar, lo primero que vio... Es que junto a la
puerta de entrada haba un cuartito pequeo, que era donde moraba la
huspeda, y esta sala de su escondrijo cuando Rubn entraba. Feliciana
haba salido a abrir con el quinqu en la mano, porque lo llevaba para
la sala, y a la luz vivsima del petrleo sin pantalla, encar
Maximiliano con la ms extraordinaria hermosura que hasta entonces
haban visto sus ojos. Ella le mir a l como a una cosa rara, y l a
ella como a sobrenatural aparicin.

Pas Rubn a la salita, y dejando su capa, se sent en un silln de hule
cuyos muelles asesinaban la parte del cuerpo que sobre ellos caa.
Olmedo quera que su amigo jugase con l a la siete y media; pero como
Maximiliano se negase a ello, empez a hacer solitarios. Puso Feliciana
sobre la luz una pantalla de figurines vestidos con pegotes de trapo, y
despus se ech con indolencia en la butaca, abrigndose con su mantn
alfombrado.

Fortunata--grit llamando a su amiga, que daba vueltas por toda la casa
como si buscara alguna cosa--. Qu se te ha perdido?.

--Chica, mi toquilla azul.--Vas a salir ya?--S: qu hora es?

Rubn se alegr de aquella ocasin que se le presentaba de prestar un
servicio a mujer tan hermosa, y sacando su reloj con mucha solemnidad,
dijo: Las nueve menos siete minutos... y medio. No poda decirse la
hora con exactitud ms escrupulosa.

Ya ves--dijo Feliciana--. tienes tiempo... Hasta las diez. Con que
salgas de aqu a las diez menos cuarto... Pero esa toquilla?... Mrala,
mrala en esa silla junto a la cmoda.

--Ay!, hija... si llega a ser perro me muerde.

Se la puso, envolvindose la cabeza, echando miradas a un espejo de
marco negro que sobre la cmoda estaba, y despus se sent en una silla
a hacer tiempo. Entonces Maximiliano la mir mejor. No se hartaba de
mirarla, y una obstruccin singular se le fij en el pecho, cortndole
la respiracin. Y qu decir? Porque haba que decir algo. El pobre
joven se senta delante de aquella hermosura ms cortado que en la
visita de ms campanillas.

Bien puedes abrigarte indic Feliciana a su amiga; y Rubn vio el
cielo abierto, porque pudo decir en tono de sentencia filosfica:

--S, est la noche fresquecita.

--Llvate el llavn...--aadi Feliciana--. Ya sabes que el sereno se
llama Paco. Suele estar en la taberna.

La otra no desplegaba sus labios. Pareca que estaba de muy mal humor.
Maximiliano contemplaba como un bobo aquellos ojos, aquel entrecejo
incomparable y aquella nariz perfecta, y habra dado algo de mucho
precio porque ella se hubiese dignado mirarle de otra manera que como se
mira a los bichos raros. Qu lstima que no sea honrada!--pensaba--. Y
quin sabe si lo ser, quiero decir que conserve la honradez del alma en
medio de....

Estaba muy fija en l la idea aquella de las dos honradeces, en algunos
casos armonizadas, en otros no. Habl Fortunata poco y vulgar; todo lo
que dijo fue de lo menos digno de pasar a la historia: que haca mucho
fro, que se le haba descosido un mitn, que aquel llavn pareca la
_maza de Fraga_, que al volver a casa entrara en la botica a comprar
unas pastillas para la tos.

Maximiliano estaba encantado, y no atrevindose a desplegar los labios,
daba su asentimiento con una sonrisa, sin quitar los extticos ojos de
aquel semblante que le pareca angelical. Y cuanto ella dijo lo oy como
si fuera una sarta de conceptos ingeniossimos. Si es un ngel!... No
ha dicho ni una palabra malsonante... Y qu metal de voz! No he odo en
mi vida msica tan grata... Cmo ser el decir esta mujer un _te
quiero_, dicindolo con verdad y con alma?. Esta idea produjo en la
mente de Rubn sacudidas que le duraron mediano rato. Le corri un fro
por el espinazo y vnole cierto picor a la nariz como cuando se ha
bebido gaseosa.

Cansado de hacer solitarios, Olmedo se puso a contar cuentos indecentes,
lo que a Maximiliano le pareci muy mal. Otras noches haba odo
ancdotas parecidas y se haba redo; pero aquella noche se pona de
todos colores deseando que a su condenado amigo se le secara la boca.
Qu desvergenza contar aquellas marranadas delante de personas... de
personas decentes, s seor!. Estaba Rubn tan desconcertado como si
las dos mujeres all presentes fuesen remilgadas damas o alumnas de un
colegio monjil; pero su timidez le impeda mandar callar a Olmedo.
Fortunata no se rea tampoco de aquellos estpidos chistes; pero ms
bien pareca indiferente que indignada de orlos. Estaba distrada
pensando en sus cosas. Qu cosas seran aquellas? Diera Maximiliano
por saberlas... su hucha con todo lo que contena. Al acordarse de su
tesoro tuvo otra sacudida, y se removi en el asiento lastimndose mucho
con el duro contacto de aquellos mal llamados muelles.

Pero el cuento ms salado narices!--dijo Olmedo--, es el del panadero.
Lo sabes t? Cuando aquel obispo fue a la visita pastoral y se acost
en la cama del cura... Veris....

Fortunata se levant para marcharse. Ocurriole a Maximiliano salir
detrs de ella para ver dnde iba. Era la manera especial suya de hacer
la corte. En su espritu soador exista la vaga creencia de que
aquellos seguimientos entraaban una comunicacin misteriosa, quizs
magntica. Seguir, mirando de lejos, era un lenguaje o telegrafa _sui
generis_, y la persona seguida, aunque no volviese la vista atrs, deba
de conocer en s los efectos del fluido de atraccin. Sali Fortunata
despidindose muy framente, y a los dos minutos se despidi tambin
Maximiliano con nimo de alcanzarla todava en el portal. Pero aquel
condenado _Ulmus sylvestris_ le entretuvo a la fuerza, cogindole una
mano y apretndosela con brbaros alardes de vigor muscular, para rerse
con los chillidos de dolor que daba el pobre _Rubinius vulgaris_. Qu
asno eres!--exclamaba este, retirando al fin su mano magullada, con los
dedos pegados unos a otros--. Vaya unas gracias!..

Esto y contar porqueras es tu fuerte. Mejor te pusieras a estudiar.

--_Nio del mrito, papos-castos_, quieres hacer el favor de tocarme
las narices?

--No te hagas ordinario--dijo Rubn con bondad--. Si no lo eres, si
aunque quieras parecerlo no lo puedes conseguir.

Esto lastim el amor propio de Olmedo ms que si su amigo le hubiera
llenado de insultos, porque todo lo llevaba con paciencia menos que se
le rebajase un pelo de la graduacin de perdis que se haba dado. Le
supo tan mal la indulgencia de Rubn, que sali tras l hasta la puerta,
dicindole entre otras tonteras: Valiente hipcrita ests t...
narices! Estos silfidones, a lo mejor la pegan.




--iv--


Maximiliano baj la escalera como la baja uno cuando tiene ocho aos y
se le ha cado el juguete de la ventana al patio. Lleg sin aliento al
portal, y all dud si deba tomar a la derecha o a la izquierda de la
calle. El corazn le dijo que fuera hacia la calle de San Marcos. Apret
el paso pensando que Fortunata no deba de andar muy a prisa y que la
alcanzara pronto. Ser aquella?. Crey ver la toquilla azul; pero al
acercarse not que no era la nube de su cielo. Cuando vea una mujer
_que _ _ pudiera ser ella_, acortaba el paso por no aproximarse
demasiado, pues acercndose mucho no eran tan misteriosos los encantos
del seguimiento. Anduvo calles y ms calles, retrocedi, dio vueltas a
esta y la otra manzana, y la _dama nocturna_ no pareca. Mayor
desconsuelo no sinti en su vida. Si la encontrara era capaz hasta de
hablarle y decirle algn amoroso atrevimiento. Se agit tanto en aquel
paseo vagabundo, que a las once ya no se poda tener en pie, y se
arrimaba a las paredes para descansar un rato. Irse a su casa sin
encontrarla y darse un buen trote con ella... a distancia de treinta
pasos, dbale mucha tristeza. Pero al fin se hizo tan tarde y estaba tan
fatigado, que no tuvo ms remedio que coger el tranva de Chamber y
retirarse. Lleg y se acost, deseando apagar la luz para pensar sobre
la almohada. Su espritu estaba abatidsimo. Asaltronle pensamientos
tristes, y sinti ganas de llorar. Apenas durmi aquella noche, y por la
maana hizo propsito de ir al _hotel_ de Feliciana en cuanto saliera de
clase.

Hzolo como lo pens, y aquel da pudo vencer un poco su timidez.
Feliciana le ayudaba, estimulndole con maa, y as logr Rubn decir a
la otra algunas cosas que por disimulo de sus sentimientos quiso que
fueran maliciosas. Tardecillo vino usted anoche. A las once no haba
vuelto usted todava. Y por este estilo otras frases vulgares que
Fortunata oa con indiferencia y que contestaba de un modo desdeoso.
Maximiliano reservaba las purezas de su alma para ocasin ms oportuna,
y con feliz instinto haba determinado iniciarse como uno de tantos,
como un cualquiera que no quera ms que divertirse un rato. Dejoles
solos la tunanta de Feliciana, y Rubn se acobard al principio; pero de
repente se rehzo. No era ya el mismo hombre. La fe que llenaba su alma,
aquella pasin nacida en la inocencia y que se desarroll en una noche
como rbol milagroso que surge de la tierra cargado de fruto, le remova
y le transfiguraba. Hasta la maldita timidez quedaba reducida a un
fenmeno puramente externo. Mir sin pestaear a Fortunata, y cogindole
una mano, le dijo con voz temblorosa: Si usted me quiere querer, yo...
la querr ms que a mi vida.

Fortunata le mir tambin a l, sorprendida. Le pareca imposible que el
_bicho raro_ se expresase as... Vio en sus ojos una lealtad y una
honradez que la dejaron pasmada. Despus reflexion un instante,
tratando de apoyarse en un juicio pesimista. Se haban burlado tanto de
ella, que lo que estaba viendo no poda ser sino una nueva burla. Aquel
era, sin duda, ms pillo y ms embustero que los dems. Consecuencia de
tales ideas fue la sonora carcajada que solt la mujer aquella ante la
faz compungida de un hombre que era todo espritu. Pero l no se
desconcert, y la circunstancia de verse escuchado con atencin, dbale
un valor desconocido. nimo! Si usted me quiere, yo la adorar, yo la
idolatrar a usted....

Revelaba la tal mujer un gran escepticismo, y lo que haca la muy pcara
era tomar a risa la pasin del joven.

Y si lo probara?--dijo Maximiliano con seriedad que le dio, parece
mentira!, un tornasol de hermosura--; si le probara a usted de un modo
que no dejase lugar a dudas...?.

--Qu?--Que la idolatrar!... no, que ya la estoy idolatrando.

--_Tie_ gracia!... idolatrando!, ja, ja!--repiti la otra, y devolva
la palabra como se devuelve una pelota en el juego.

Maximiliano no insisti en emplear vocablos muy expresivos. Comprendi
que lo ridculo se le vena encima. No dijo ms que: Bueno, seremos
amigos... Me contento con eso por hoy. Yo soy un infeliz, quiero decir,
soy bueno. Hasta ahora no he querido a ninguna mujer.

Fortunata le miraba y, francamente, no poda acostumbrarse a aquella
nariz chafada, a aquella boca tan sin gracia, al endeble cuerpo que
pareca se iba a deshacer de un soplo. Que siempre se enamoraran de
ella tipos as! Obligada a disimular y a hacer ciertos papeles, aunque
en verdad no los haca muy bien, sigui la conversacin en aquel
terreno.

Esta noche quiero hablar con usted--dijo Rubn categricarnente--.
Vendr a las ocho y media. Me da usted palabra de no salir... o de
esperarme para salir conmigo?.

Diole ella la palabra que con tanta necesidad le peda el joven, y as
concluy la entrevista. Rubn se fue corriendo a su casa.

Qu chico! Si pareca otro. l mismo notaba que algo se haba abierto
dentro de s, como arca sellada que se rompe, soltando un mundo de
cosas, antes comprimidas y ahogadas. Era la crisis, que en otros es
larga o poco acentuada, y all fue violenta y explosiva. Si hasta le
pareca que tena talento...! Como que aquella tarde se le ocurrieron
pensamientos magnficos y juicios de una originalidad sorprendente.
Haba formado de s mismo un concepto poco favorable como hombre de
inteligencia; pero ya, por efecto del sbito amor, crease capaz de dar
quince y raya a ms de cuatro. La modestia cedi el puesto a un cierto
orgullo que tomaba posesin de su alma... Pero y si no me
quiere?--pensaba desanimndose y cayendo a tierra con las alas rotas--.
Es que me tendr que querer... No es el primer caso... Cuando me
conozca....

Al mismo tiempo la apata y la pereza quedaban vencidas... Andbanle por
dentro comezones y pruritos nuevos, un deseo de hacer algo, y de probar
su voluntad en actos grandes y difciles... Iba por la calle sin ver a
nadie, tropezando con los transentes, y a poco se estrella contra un
rbol del paseo de Luchana. Al entrar en la calle de Raimundo Lulio vio
a su ta en el balcn tomando el sol. Verla y sentir un miedo muy
grande, pero muy grande, fue todo uno. Si mi ta lo sabe...!. Pero
del miedo sali al instante la reaccin de valor, y apret los puos
debajo de la capa, los apret tanto que le dolieron los dedos. Si mi
ta se opone, que se oponga y que se vaya a los demonios. Nunca, ni aun
con el pensamiento, haba hablado Maximiliano de doa Lupe con tan poco
respeto. Pero los antiguos moldes estaban rotos. Todo el mundo y toda la
existencia anteriores a aquel estado novsimo se hundan o se disipaban
como las tinieblas al salir el sol. Ya no haba ta, ni hermanos, ni
familia, ni nada, y quien quiera que se le atravesase en su camino era
declarado enemigo. Maximiliano tuvo tal acceso de coraje, que hasta se
ofreci a su mente con caracteres odiosos la imagen de doa Lupe, de su
segunda madre. Al subir las escaleras de la casa se seren, pensando que
su ta no saba nada, y si lo saba, que lo supiera, ea!... Qu
carcter estoy echando! se dijo al meterse en su cuarto.

Cerr cuidadosamente la puerta y cogi la hucha. Su primer impulso fue
estrellarla contra el suelo y romperla para sacar el dinero; y ya la
tena en la mano para consumar tan antieconmico propsito, cuando le
asaltaron temores de que su ta oyera el ruido y entrase y le armara un
cisco. Acordose de lo orgullosa que estaba doa Lupe de la hucha de su
sobrino. Cuando iban visitas a la casa la enseaba como una cosa rara,
sonndola y dando a probar el peso, para que todos se pasmaran de lo
arregladito y previsor que era el nio. Esto se llama formalidad. Hay
pocos chicos que sean as....

Maximiliano discurri que para realizar su deseo, necesitaba comprar
otra hucha de barro exactamente igual a aquella y llenarla de cuartos
para que sonara y pesara... Se estuvo riendo a solas un rato, pensando
en el chasco que le iba a dar a su ta... l, que no haba cometido
nunca una travesura...!, lo nico que haba hecho, aos atrs, era
robarle a su ta botones para coleccionarlos. Instintos de
coleccionista, que son variantes de la avaricia! Alguna vez lleg hasta
cortarle los botones de los vestidos; pero con un solfeo que le dieron
no le quedaron ganas de repetirlo. Fuera de esto, nada; siempre haba
sido la misma mansedumbre, y tan econmico que su ta le amaba ms quiz
por la virtud del ahorro que por las otras.

Pues seor; manos a la obra. En la cacharrera del paseo de Santa
Engracia hay huchas exactamente iguales. Comprar una; mirar bien esta
para tomarle bien las medidas.

Estaba Maximiliano con la hucha en la mano mirndola por arriba y por
abajo, como si la fuera a retratar, cuando se abri la puerta y entr
una chiquilla como de doce aos, delgada y espigadita, los brazos
arremangados, muy atusada de flequillo y sortijillas, con un delantal
que le llegaba a los pies. Lo mismo fue verla Maximiliano, que se turb
cual si le hubieran sorprendido en un acto vergonzoso.

Qu buscas t aqu, chiquilla sin vergenza?.

Por toda contestacin, la rapaza le ense medio palmo de lengua,
plegando los ojos y haciendo unas muecas de careta fea de lo ms
estrafalario y grotesco que se puede imaginar.

--S, bonita te pones... Lrgate de aqu, o vers...

Era la criada de la casa. Doa Lupe odiaba a las mujeronas, y siempre
tomaba a su servicio nias para educarlas y amoldarlas a su gusto y
costumbres. Llambanla Papitos no s por qu. Era ms viva que la
plvora, activa y trabajadora cuando quera, holgazana y maosa algunos
das. Tena el cuerpo esbelto, las manos speras del trabajo y el agua
fra, la cara diablesca, con unos ojos reventones de que sacaba mucho
partido para hacer rer a la gente, la boca hocicuda y graciosa, con un
juego de labios y unos dientes blanqusimos que eran como de encargo
para producir las muecas ms extravagantes. Los dos dientes centrales
superiores eran enormes, y se le vean siempre, porque ni cuando estaba
de morros cerraba completamente la boca.

Oda la conminacin que le hizo Maximiliano, Papitos se desvergonz ms.
Ella las gastaba as. Cuanto ms la amenazaban ms pesadita se pona.
Volvi a echar fuera una cantidad increble de lengua, y luego se puso a
decir en voz baja: Feo, feo... hasta treinta o cuarenta veces. Esta
apreciacin, que no era contraria a la verdad ni mucho menos, nunca
haba inspirado a Rubn ms que desprecio; pero en aquella ocasin le
indign tanto, vamos... que de buena gana le hubiera cortado a Papitos
toda aquella lenguaza que sacaba.

Si no te largas, de la patada que te doy...!.

Fue tras ella; pero Papitos se puso a salvo. Pareca que volaba. Desde
el fondo del pasillo, en la puerta de la cocina, repeta sus burlas,
haciendo con las manos gestos de mico. Volvi l a su cuarto muy
incomodado y a poco entr ella otra vez.

Qu buscas aqu?.

--Vengo _a por_ la lmpara para aviarla...

El motivo de haber dicho esto la chiquilla con relativo juicio y
serenidad, fue que se oyeron los pasos de doa Lupe, y su voz temerosa:
Mira, Papitos, que voy all....

--Ta, venga usted... Est de jarana...

--Acusn!--le dijo por lo bajo la chicuela al coger la lmpara--, fen.

--La culpa la tienes t--aadi severamente doa Lupe, en la puerta--,
porque te pones a jugar con ella, le res las gracias, y ya ves. Cuando
quieres que te respete, no puede ser. Es muy mal criada.

La ta y el sobrino hablaron un instante.

Tambin vendrs tarde esta noche? Mira que las noches estn muy fras.
Estas heladas son crueles. T no ests para valentas.

--No, si no siento nada. Nunca he estado mejor--dijo Rubn, sintiendo
que la timidez le ganaba otra vez.

--No hagamos simplezas... Hace un fro horrible. Qu ao tan malo!
Creers que anoche no pude entrar en calor hasta la madrugada? Y eso
que me ech encima cuatro mantas. Qu atrocidad! Como que estamos entre
las _Ctedras de Roma y Antioqua_, que es, segn deca mi Juregui, el
peor tiempo de Madrid.




--v--


Va usted esta noche a casa de doa Silvia?--preguntole Rubn.

--Eso pienso. Si t sales me dejars all, y luego irs a buscarme a las
once en punto.

Esto contrariaba a Maximiliano, porque le tasaba el tiempo; pero no dijo
nada.

--Y esta tarde, sale usted?--pregunt luego deseando que su ta saliese
antes de comer, para verificar, mientras ella estuviese fuera, la
sustitucin de las huchas.

--Puede que me llegue un ratito a casa de Paca Morejn.

Yo la acompaar a usted... Tengo que ir a ver a Narciso para que me
preste unos apuntes. La dejar a usted en la calle de la Habana.

Doa Lupe fue a la cocina y le arm una gran chillera a Papitos porque
haba dejado quemar el principio. Pero la chica estaba muy acostumbrada
a todo, y se quedaba tan fresca. Como que acabadita de orse llamar con
las denominaciones ms injuriosas y de recibir un pellizco que le
atenazaba la carne, ponase detrs de su ama a hacer visajes y a sacar
la lengua, mientras se rascaba el brazo dolorido.

Si creers t que no te estoy viendo, bribona deca doa Lupe sin
volverse, entre risuea y enojada. Y no se poda pasar sin ella.
Necesitaba tener una criatura a quien reprender y ensear por los
procedimientos suyos.

Psose la mantilla doa Lupe, y ta y sobrino salieron. La primera se
qued en la calle de Arango, y el segundo se fue a comprar la hucha y
torn a su casa. Haba llegado la ocasin de consumar el atentado, y el
que durante la premeditacin se mostraba tan valeroso, cuando se
aproximaba el instante crtico senta vivsima inquietud. Empez por
asegurarse de la curiosidad de Papitos, echando la llave a la puerta
despus de encender la luz; pero cmo asegurarse de su propia
conciencia que se le alborotaba, pintndole la falta proyectada como
nefando delito? Compar las dos huchas, observando con satisfaccin que
eran exactamente iguales en volumen y en el color del barro. No era
posible que nadie adviniese la sustitucin. Manos a la obra. Lo primero
era romper la primitiva para coger el oro y la plata, pasando a la nueva
la calderilla, con ms de dos pesetas en _perros_ que al objeto haba
cambiado en la tienda de comestibles. Romper la olla sin hacer ruido era
cosa imposible. Permaneci un rato sentado en una silla junto a la cama,
con las dos huchas sobre esta, acariciando suavemente la que iba a ser
vctima. Su mirada vagaba alrededor de la luz, cazando una idea. La luz
iluminaba la mesilla cubierta de hule negro, sobre el cual estaban los
libros de estudio, forrados con peridicos y muy bien ordenados por doa
Lupe; dos o tres frascos de sustancias medicinales, el tintero y varios
nmeros de _La Correspondencia_. La mirada del joven revolote por la
estrecha cavidad del cuarto, como si siguiera las curvas del vuelo de
una mosca, y fue de la mesa a la percha en que pendan aquellos moldes
de s mismo, su ropa, el chaqu que reproduca su cuerpo y los
pantalones que eran sus propias piernas colgadas como para que se
estiraran. Mir despus la cmoda, el bal y las botas que sobre l
estaban, sus propios pies cortados, pero dispuestos a andar. Un
movimiento de alegra y la animacin de la cara indicaron que
Maximiliano haba atrapado la idea. Bien lo deca l: con aquellas cosas
se haba vuelto de repente hombre de talento. Levantose, y cogiendo una
bota sali y fue a la cocina, donde estaba Papitos cantando.

Chiquilla, me das la mano del almirez? Esta bota tiene un clavo
tremendo, pero tremendo, que me ha dejado cojo.

Papitos cogi la mano del almirez, haciendo el ademn de machacar al
seorito la cabeza.

Vamos, nia, estate quieta. Mira que le cuento todo a la ta. Me
encarg que tuviera cuidado contigo, y que si te movas de la cocina, te
diera dos coscorrones.

Papitos se puso a picar la escarola, sin dejar de hacer visajes.

Y yo le dir--replic--, yo le dir lo que hace... el muy
trapisondista....

Maximiliano se estremeci. Tonta, qu es lo que yo hago?... dijo
sorteando su turbacin.

--Encerrarse en su cuarto, _ay ol! ay ol!_... para que nadie le
vea; pero yo le he visto por el agujero de la llave... _ay ol! ay
ol!_...

--Qu?--Escribindole cartas a la novia.

--Mentira... yo...? Quita all, enredadora...

Volvi a su cuarto, llevando la mano del almirez, y echada otra vez la
llave, tap el agujero con un pauelo.

Ella no mirar; pero por si se le ocurre....

El tiempo apremiaba y doa Lupe poda venir. Cuando cogi la hucha
llena, el corazn le palpitaba y su respiracin era difcil. Dbale
compasin de la vctima, y para evitar su enternecimiento, que podra
frustrar el acto, hizo lo que los criminales que se arrojan frenticos a
dar el primer golpe para perder el miedo y acallar la conciencia,
impidindose el volver atrs. Cogi la hucha y con febril mano le atiz
un porrazo. La vctima exhal un gemido seco. Se haba cascado, pero no
estaba rota an. Como este primer golpe fue dado sobre el suelo, le
pareci a Maximiliano que haba retumbado mucho, y entonces puso sobre
la cama el cacharro herido. Su azoramiento era tal que casi le pega a la
hucha vaca en vez de hacerlo a la llena; pero se seren, diciendo:
Qu tonto soy! Si esto es mo, por qu no he de disponer de ello
cuando me d la gana?. Y lea, ms lea... La infeliz vctima, aquel
antiguo y leal amigo, modelo de honradez y fidelidad, gimi a los
fieros golpes, abrindose al fin en tres o cuatro pedazos. Sobre la cama
se esparcieron las tripas de oro, plata y cobre. Entre la plata, que era
lo que ms abundaba, brillaban los centenes como las pepitas amarillas
de un meln entre la pulpa blanca. Con mano trmula, el asesino lo
recogi todo menos la calderilla, y se lo guard en el bolsillo del
pantaln. Los cascos esparcidos semejaban pedazos de un crneo, y el
polvillo rojo del barro cocido que ensuciaba la colcha blanca pareciole
al criminal manchas de sangre. Antes de pensar en borrar las huellas del
estropicio, pens en poner los cuartos en la hucha nueva, operacin
verificada con tanta precipitacin que las piezas se atragantaban en la
boca y algunas no queran pasar. Como que la boca era un poquitn ms
estrecha que la de la muerta. Despus meti el cobre de las dos pesetas
que haba cambiado.

No haba tiempo que perder. Senta pasos. Subira ya doa Lupe? No, no
era ella; pero pronto vendra y era forzoso despachar. Aquellos cascos,
dnde los echara? He aqu un problema que le puso los pelos de punta
al asesino. Lo mejor era envolver aquellos despojos sangrientos en un
pauelo y tirarlos en medio de la calle cuando saliera. Y la sangre?
Limpi la colcha como pudo, soplando el polvo. Despus advirti que su
mano derecha y el puo de la camisa conservaban algunas seales, y se
ocup en borrarlas cuidadosamente. Tambin la mano del almirez necesit
de un buen limpin. Tendra algo en la ropa? Se mir bien de pies a
cabeza. No haba nada, absolutamente nada. Como todos los matadores en
igual caso, fue escrupuloso en el examen; pero a estos desgraciados se
les olvida siempre algo, y donde menos lo piensan se conserva el dato
acusador que ilumina a la justicia.

Lo que desconcert a Rubn cuando crey concluida su faena, fue la
aprensin de advertir que la hucha nueva no se pareca nada a la
sacrificada. Cmo antes del crimen las vio tan iguales que parecan una
misma? Error de los sentidos. Tambin poda ser error la diferencia que
despus del crimen notaba. Se equivoc antes o se equivocaba despus?
En la enorme turbacin de su nimo no poda decidir nada. Pero si,
basta tener ojos--deca--, para conocer que esta hucha no es aquella...
En esta el barro es ms recocho, de color ms oscuro, y tiene por aqu
una mancha negra... A la simple vista se ve que no es la misma... Dios
nos asista. A ver el peso?... Pues el peso me parece que es menor en
esta... No, ms bien mayor, mucho mayor... Fatalidad!.

Quedose parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a doa
Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: Pero esta hucha... no
s... me parece... no es la misma. Dando un gran suspiro, envolvi
rpidamente en un pauelo los destrozados restos de la vctima, y los
guard en la cmoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el
sitio de costumbre, que era el cajn alto de la cmoda, abri la puerta,
quitando el pauelo que tapaba el agujero de la llave, y despus de
llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvi a su cuarto con idea
de contar el dinero... Pero si era suyo, a qu tanto miedo y zozobra?
l no haba robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los
ladrones. Ms derecho era referir a su ta lo que le pasaba, que no
andar con tapujos. S, pues buena se pondra doa Lupe si l le contara
su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Vala ms callar, y
adelante.

No pudo entretenerse en contar su tesoro, porque entr doa Lupe,
dirigindose inmediatamente a la cocina. Maximiliano se paseaba en su
cuarto esperando que le llamasen a comer, y haca clculos mentales
sobre aquella desconocida suma que tanto le pesaba. Mucho debe de ser,
pero mucho--calculaba--; porque en tal tiempo ech un dobloncito de
cuatro, y en cual tiempo otro. Y cuando tom la medicina aquella que
saba tan mal, me dio mi ta dos duritos, y cada vez que haba que tomar
purga un durito o medio durito. Lo que es en monedas de a cinco, puede
que pasen de quince.

Sinti que le renaca el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue
al comedor y se encar con su ta, pens que esta le iba a conocer en la
cara lo que haba hecho. Mirbale ella lo mismo que el da infausto en
que le robara los botones arrancndolos de la ropa... Y al sobrinito se
le alborot la conciencia, hacindole ver peligros donde no los haba.
Me parece--cavilaba, tragando la sopa--, que la colcha no ha quedado
muy limpia... Caspitina, se me olvid una cosa; pero una cosa muy
importante... ver si haban cado pedacitos de barro en alguna parte.
Ahora recuerdo que o el _tin_, como si un casquillo saltara en el
momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de ioduro. En
el suelo quizs... y mi ta barre todos los das!... Cmo me mira! Si
sospechar algo... Lo que ahora me faltaba era que mi ta hubiese pasado
por la tienda al volver de casa de las de Morejn, y le hubiera dicho el
tendero: Aqu estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla.

El mirar escrutador de doa Lupe no tena nada de particular.
Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cmo andaba de salud, y
el tal semblante era un libro en que la buena seora haba aprendido ms
Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos.

Me parece que t no andas bien...--le dijo--. Cuando entr te sent
toser... Estas heladas...

Por Dios, ten mucho cuidado; no tengamos aqu otra como la del ao
pasado, que empalmaste cuatro catarros y por poco pierdes el curso. No
olvides de liarte un pauelo de seda en la cabeza, de noche, cuando te
acuestes; y yo que t empezara a tomar el agua de brea... No hagas
ascos. Es bueno curarse en salud. Por s o por no, maana te traigo las
pastillas de Tol.

Con esto se tranquiliz el joven comprendiendo que las miradas no eran
ms que la inspeccin mdica de todos los das. Comieron y se prepararon
para salir. El criminal se emboz bien en la capa y apag la luz de su
cuarto para coger los restos de la vctima y sacarlos ocultamente. Como
las monedas que en el bolsillo del pantaln llevaba no eran paja, se
denunciaban sonando una contra otra. Por evitar este ruido inoportuno,
Maximiliano se meti un pauelo en aquel bolsillo, atarugndolo bien
para que las piezas de plata y oro no chistasen, y as fue en efecto,
pues en todo el trayecto desde Chamber hasta la casa de Torquemada el
odo de doa Lupe, que siempre se afinaba con el rumor de dinero como el
odo de los gatos con los pasos del ratn, y hasta pareca que entiesaba
las orejas, no percibi nada, absolutamente nada. El sobrinito, cuando
crea que las monedas se movan, atarugaba el bolsillo como quien ataca
un arma. Creerase que le haba salido un tumor en la pierna!...




-II-

Afanes y contratiempos de un redentor




--i--


Grande fue el asombro de Fortunata aquella noche cuando vio que
Maximiliano sacaba puados de monedas diferentes, y contaba con rapidez
la suma, apartando el oro de la plata. A la sorpresa un tanto alegre de
la joven, sigui pronto sospecha de que su improvisado amigo hubiese
adquirido aquel caudal por medios no muy limpios. Crey ver en l un
hijo de familia que, arrastrado de la pasin y cegado por la tontera,
se haba incautado de la caja paterna. Esta idea la mortific mucho,
hacindole ver la cruel insistencia con que su destino la maltrataba.
Desde que fue lanzada a los azares de aquella vida, se haba visto
siempre unida a hombres groseros, perversos o tramposos, _lo peor de
cada casa_.

No dej entrever a Maximiliano sus sospechas sobre la procedencia del
dinero, que, viniera de donde viniese, no poda ser mal recibido, y poco
a poco se fue tranquilizando al ver que el apreciable muchacho haca
alarde de poseer ideas econmicas enteramente contrarias a las de sus
predecesores. Esto--dijo mostrndole un grupito de monedas de oro--, es
para que desempees la ropa que te sea ms necesaria... Los trajes de
lujo, el abrigo de terciopelo, el sombrero y las alhajas se sacarn ms
adelante, y se renovar el prstamo para que no se pierdan. Olvdate por
ahora de todo lo que es pura ostentacin. Acabose el barullo. Se gastar
nada ms que lo que se tenga, para no hacer ni una trampa, pero ni una
sola trampa. Fjate bien. Esta sensatez era cosa nueva para Fortunata,
y empez a corregir algo sus primeras ideas acerca de su amante y a
considerarle mejor que los dems. En los das siguientes Olmedo confirm
esta buena opinin, hablndole con vivos encarecimientos de la
formalidad de aquel chico y de lo muy arregladito que era.

Qued convenido entre Fortunata y su protector tomar un cuarto que
estaba desalquilado en la misma casa. Rubn insisti mucho en la
modestia y baratura de los muebles que se haban de poner, porque...
(para que se vea si era juicioso) conviene empezar por poco. Despus
se vera, y el humilde hogar ira creciendo y embellecindose
gradualmente. Aceptaba ella todo sin entusiasmo ni ilusin alguna, ms
bien _por probar_. Maximiliano le era poco simptico; pero en sus
palabras y en sus acciones haba visto desde el primer momento la
persona decente, novedad grande para ella. Vivir con una persona
decente despertaba un poco su curiosidad. Dos das estuvo ocupada en
instalarse. Los muebles se los alquil una vecina que haba levantado
casa, y Rubn atendi a todo con tal tino, que Fortunata se pasmaba de
sus admirables dotes administrativas, pues no tena ni idea remota de
aquel ingenioso modo de defender una peseta, ni saba cmo se recorta un
gasto para reducirlo de seis a cinco, con otras artes financieras que el
excelente chico haba aprendido de doa Lupe.

Tratando de medir el cario que senta por su amiga, Maximiliano hallaba
plida e inexpresiva la palabra querer, teniendo que recurrir a las
novelas y a la poesa en busca del verbo amar, tan usado en los
ejercicios gramaticales como olvidado en el lenguaje corriente. Y aun
aquel verbo le pareca desabrido para expresar la dulzura y ardor de su
cario. Adorar, idolatrar y otros cumplan mejor su oficio de dar a
conocer la pasin exaltada de un joven enclenque de cuerpo y robusto de
espritu.

Cuando el enamorado se iba a su casa, llevaba en s la impresin de
Fortunata transfigurada. Porque no ha habido princesa de cuento oriental
ni dama del teatro romntico que se ofreciera a la mente de un caballero
con atributos ms ideales ni con rasgos ms puros y nobles. Dos
Fortunatas existan entonces, una la de carne y hueso, otra la que
Maximiliano llevaba estampada en su mente. De tal modo se sutilizaron
los sentimientos del joven Rubn con aquel extraordinario amor, que este
le inspiraba no slo las buenas acciones, el entusiasmo y la abnegacin,
sino tambin la delicadeza llevada hasta la castidad. Su naturaleza
pobre no tena exigencias; su espritu las tena grandes, y estas eran
las que ms le apremiaban. Todo lo que en el alma humana puede existir
de noble y hermoso brot en la suya, como los chorros de lava en el
volcn activo. Soaba con redenciones y regeneraciones, con lavaduras de
manchas y con sacar del pasado negro de su amada una vida de mritos. El
generoso galn vea los ms sublimes problemas morales en la frente de
aquella infeliz mujer, y resolverlos en sentido del bien parecale la
ms grande empresa de la voluntad humana. Porque su loco entusiasmo le
impulsaba a la salvacin social y moral de su dolo, y a poner en esta
obra grandiosa todas las energas que alborotaban su alma. Las
peripecias vergonzosas de la vida de ella no le desalentaban, y hasta
meda con gozo la hondura del abismo del cual iba a sacar a su amiga; y
la haba de sacar pura o purificada. En aquellas confidencias que ambos
tenan, crea Maximiliano advertir en la pecadora un cierto fondo de
rectitud y menos corrupcin de lo que a primera vista pareca.

Se equivocara en esto? A veces lo sospechaba; pero su buena fe
triunfaba al instante de esta sospecha. Lo que s poda sostener sin
miedo a equivocarse era que Fortunata tena vivos deseos de mejorar su
personalidad, es decir, de adecentarse y pulirse. Su ignorancia era,
como puede suponerse, completa. Lea muy mal y a trompicones, y no saba
escribir.

Lo esencial del saber, lo que saben los nios y los paletos, ella lo
ignoraba, como lo ignoran otras mujeres de su clase y aun de clase
superior. Maximiliano se rea de aquella incultura rasa, tomando en
serio la tarea de irla corrigiendo poco a poco. Y ella no disimulaba su
barbarie; por el contrario, manifestaba con graciosa sinceridad sus
ardientes deseos de adquirir ciertas ideas y de aprender palabras finas
y decentes. Cada instante estaba preguntando el significado de tal o
cual palabra, e informndose de mil cosas comunes. No saba lo que es el
Norte y el Sur. Esto le sonaba a cosa de viento; pero nada ms. Crea
que un senador es algo del Ayuntamiento. Tena sobre la imprenta ideas
muy extraas, creyendo que los autores mismos ponan en las pginas
aquellas letras tan iguales. No haba ledo jams libro ninguno, ni
siquiera novela. Pensaba que Europa es un pueblo y que Inglaterra es un
pas de acreedores. Respecto del sol, la luna y todo lo dems del
firmamento, sus nociones pertenecan al orden de los pueblos
primitivos. Confes un da que no saba quin fue Coln. Crea que era
un general, as como O'Donnell o Prim. En lo religioso no estaba ms
aventajada que en lo histrico. La poca doctrina cristiana que aprendi
se le haba olvidado. Comprenda a la Virgen, a Jesucristo y a San
Pedro; les tena por muy buenas personas, pero nada ms. Respecto a la
inmortalidad y a la redencin, sus primeras ideas eran muy confusas.
Saba que arrepintindose uno, bien arrepentido, se salva; eso no tena
duda, y por ms que dijeran, nada que se relacionase con el amor era
pecado.

Sus defectos de pronunciacin eran atroces. No haba fuerza humana que
le hiciera decir _fragmento, magnfico, enigma_ y otras palabras
usuales. Se esforzaba en vencer esta dificultad, riendo y machacando en
ella; pero no lo consegua. Las _eses_ finales se le convertan en
_jotas_, sin que ella misma lo notase ni evitarlo pudiera, y se coma
muchas slabas. Si supiera ella qu bonita boca se le pona al
comrselas, no intentara enmendar su graciosa incorreccin. Pero
Maximiliano se haba erigido en maestro, con rigores de dmine e nfulas
de acadmico. No la dejaba vivir, y estaba en acecho de los solecismos
para caer sobre ellos como el gato sobre el ratn. No se dice
_diferiencia_, sino diferencia. No se dice _Jacometrenzo_, ni _Espiritui
Santo_, ni _indilugencias_. Adems _escamn_ y _escamarse_ son palabras
muy feas, y llamar _tiologas_ a todo lo que no se entiende es una
barbaridad. Repetir a cada instante _pa chasco_ es costumbre ordinaria,
etc...

Lo mejorcito que aquella mujer tena era su ingenuidad. Repetidas veces
sac Maximiliano a relucir el caso de la deshonra de ella, por ser muy
importante este punto en el plan de regeneracin. El inspirado y
entusiasta mancebo haca hincapi en lo malos que son los seoritos y en
la necesidad de una ley a la inglesa que proteja a las muchachas
inocentes contra los seductores. Fortunata no entenda palotada de estas
leyes. Lo nico que sostena era que el tal Juanito Santa Cruz era el
nico hombre a quien haba querido de verdad, y que le amaba siempre.
Por qu decir otra cosa? Reconociendo el otro con caballeresca lealtad
que esta consecuencia era laudable, senta en su alma punzada de celos,
que trastornaba por un instante sus planes de redencin.

Y le quieres tanto, que si le vieras en algn peligro le salvaras?.

--Claro que s... me lo puedes creer. Si le viera en un peligro, le
sacara en bien, aunque me perdiera yo. No s decir ms que lo que me
sale de _entre m_. Si no es verdad esto, que no llegue a la noche con
salud.

Se puso tan guapa al hacer esta declaracin, que Rubn la mir mucho
antes de decir:

No, no jures; no necesitas jurarlo. Te creo. Di otra cosa. Y si ahora
entrara por esa puerta y te dijera: 'Fortunata, ven' iras?.

Fortunata mir a la puerta. Rubn tragaba saliva y buscaba en el sitio
donde tenemos el bigote algo que retorcer, y encontrando slo unos pelos
muy tenues, los martirizaba cruelmente.

Eso... segn...--dijo ella plegando su entrecejo--. Me ira o no me
ira....




--ii--


Maximiliano quera saberlo todo. Era como el buen mdico que le pide al
enfermo las noticias ms insignificantes del mal que padece y de su
historia para saber cmo ha de curarle. Fortunata no ocultaba nada, eso
bueno tena, y el doctor amante se encontraba a veces con ms quizs de
lo necesario para la prodigiosa cura. Y qu horrorizado se quedaba
oyendo contar lo mal que se port el seductor de aquella hermosura! El
honradsimo aprendiz de farmacutico no comprenda que pudieran existir
hombres tan malos, y las penas todas del infierno parecanle pocas para
castigarles. Criminal ms perverso que los asesinos y ladrones era,
segn l, el seorito seductor de doncella pobre, que le haca creer que
se iba a casar con ella, y despus la dejaba plantada en medio del
arroyo con su chiquillo o con las vsperas. Por cunto hara esto l,
Maximiliano Rubn?... El tal Juanito Santa Cruz era, pues, el hombre ms
infame, ms execrable y vil que se poda imaginar. Pero la misma
ofendida no extremaba mucho, como pareca natural, los anatemas contra
el seductor, por cuya razn tuvo Maximiliano que redoblar su furia
contra l, llamndole monstruo y otras cosas muy malas. Fortunata vease
forzada a repetirlo; pero no haba medio de que pronunciara la palabra
_monstruo_. Se le atravesaba como otras muchas, y al fin, despus de mil
tentativas que parecan nuseas, la soltaba entre sus bonitsimos
dientes y labios, como si la escupiera.

Prefera contar particularidades de su infancia. Su difunto padre posea
un cajn en la plazuela y era hombre honrado. Su madre tena, como
Segunda, su ta paterna, el trfico de huevos. Llambanla a ella desde
nia la _Pitusa_, porque fue muy raqutica y encanijada hasta los doce
aos; pero de repente dio un gran estirn y se hizo mujer de talla y de
garbo. Sus padres se murieron cuando ella tena doce aos... Oa estas
cosas Maximiliano con mucho placer. Pero con todo, mandbala que fuese
al grano, a las cosas graves, como lo referente al hijo que haba
tenido. Cuando parte de esta historia fue contada, al joven le falt
poco para que se le saltaran las lgrimas. La tierna criatura sin ms
amparo que su madre pobre, la afliccin de esta al verse abandonada,
eran en verdad un cuadro tristsimo que parta el corazn. Por qu no
le cit ante los tribunales? Es lo que deba haber hecho. A estos
tunantes hay que tratarles a la baqueta. Otra cosa. Por qu no se le
ocurri darle un escndalo, ir a la casa con el cro en brazos y
presentarse a doa Brbara y a D. Baldomero y contarles all bien
clarito la gracia que haba hecho su hijo?... Pero no, esto no hubiera
sido muy conforme con la dignidad. Ms vala despreciarle, dejndole
entregado a su conciencia, s, a su conciencia, que buen jaleo le haba
de armar tarde o temprano.

Fortunata, al or esto, fijaba sus ojos en el suelo, repitiendo como una
mquina aquello de que lo mejor era el desprecio. S, despreciarle,
repeta el otro, pues era ignominia solicitar su proteccin. Aunque le
dieran lo que le dieran, no era capaz Fortunata de decir _ignominia_.
Maximiliano insisti en que haba sido una gran falta pedir amparo al
mismo Juanito Santa Cruz, a aquel infame, cuando volvi ella a Madrid y
le cay su nio enfermo.

Pero, tontn, si no es por l, no hubiramos tenido con qu enterrarle
dijo Fortunata saliendo a la defensa de su propio verdugo.

--Primero le dejo yo insepulto, que recurrir... La dignidad, hija, es
antes que todo. Fjate bien en esto. Lo que quiero saber ahora es qu
sujeto era ese con quien te uniste despus, el que te sac de Madrid y
te llev de pueblo en pueblo como los trastos de una feria.

--Era un hombre traicionero y malo--dijo Fortunata con desgana, como si
el recuerdo de aquella parte de su vida le fuera muy desagradable--. Me
fui con l porque me vi perdida, y no tena a dnde volverme. Era
hermano de un vecino nuestro en la Cava de San Miguel. Primeramente tuvo
un cajn de casquera en la plaza, y despus puso tienda de quincalla
iba a todas las ferias con un sin fin de arcas llenas de baratijas, y
armaba tiendas. Le llamaban _Jurez el negro_ por tener la color muy
morena. Vindome tan mal, me ofreci el oro y el moro, y que iba a hacer
y a acontecer. Mi ta me ech de la casa y mi to se desapareci. Yo
estaba enferma, y Jurez me dijo que si me iba con l, me llevara a
baos. Deca que ganaba montes y montones en las romeras, y que yo iba
a estar como una reina. No se poda casar conmigo porque era casado,
pero en cuantito que se muriera su mujer, que era una borrachona,
cumplira, si seor, cumplira conmigo.

Y sigui relatando con rapidez aquella pgina fea, deseando concluirla
pronto. Lo del seorito Santa Cruz, siendo tan desastroso, lo refera
con prolijidad y aun con cierta amarga complacencia; pero lo de _Jurez
el negro_ sala de sus labios como una confesin forzada o testimonio
ante tribunales, de esos que van quemando la boca a medida que salen.
Cunto le pes ponerse en manos de aquel hombre! Era un perdido, un
charrn, una mala persona. Hubirase resistido a seguirle, si no le
empujaran a ello los parientes con quienes viva, los cuales no tenan
maldita gana de mantenerle el pico. Pronto vio que todo lo que ofreca
_Jurez el negro_ era conversacin. No ganaba un cuarto; con el mundo
entero armaba camorra, y todo el veneno que iba amasando en su maldecida
alma, por la mala suerte, lo descargaba sobre su querida... En fin, vida
ms arrastrada no la haba pasado ella nunca ni esperaba volverla a
pasar... Con el dinero que Juanito Santa Cruz les dio, cuando estuvieron
en Madrid y se muri el niito, hubiera podido el muy bestia de Jurez
arreglar su comercio; pero qu hizo? Beber y ms beber. El vinazo y el
aguardientazo le remataron. Una maana despert ella oyndole dar unos
grandes gruidos... as como si le estuvieran apretando el tragadero.
Qu era? Que se estaba muriendo. Salt espantada de la cama, y llam a
los vecinos. No hubo tiempo de _suministrarle_ y slo le cogi la
Uncin. Esto pasaba en Lrida. A los dos das, vendi sus cuatro trastos
y con los cuartos que pudo juntar plantose en Barcelona. Haba hecho
juramento de no volver a tratar con animales. Libertad, libertad y
libertad era lo que le pedan el cuerpo y el alma.

La verdad ante todo. Para qu decir una cosa por otra? La franqueza es
una virtud cuando no se tienen otras, y la franqueza obligaba a
Fortunata a declarar que en la primera temporada de anarqua moral se
haba divertido algo, olvidando sus penas como las olvidan los
borrachos. Su xito fue grande, y su falta de educacin ayudaba a
cegarla. Lleg a creer que encenegndose mucho se vengaba de los que la
haban perdido, y sola pensar que si el pcaro Santa Cruz la vea hecha
un brazo de mar, tan elegantona y triunfante, se le antojara quererla
otra vez. Pero s, para l estaba...! Cont a rengln seguido tantas
cosas, que Maximiliano se sinti lastimado. Tuvo precisin de _echar un
velo, _ como dicen los retricos, sobre aquella parte de la historia de
su amada. El velo tena que ser muy denso porque la franqueza de
Fortunata arrojaba luz vivsima sobre los sucesos referidos, y su
pintoresco lenguaje los haca reverberar... Dio ella entonces algunos
cortes a su relacin, comindose no ya las letras sino prrafos y
captulos enteros, y he aqu en sustancia lo que dijo: Torrellas, el
clebre paisajista cataln, era tan celoso que no la dejaba vivir.
Inventaba mil tormentos armndole trampas para ver si caa o no caa.
Tan odioso lleg a serle aquel hombre, que al fin se dej ella caer.
Metiose adrede en la trampa, conocindola, por gusto de jugarle una
partida al muy majadero, porque as se vengaba de las muchas que le
haban jugado a ella. Y nada ms... Total, que por poco la mata el
condenado pintor de rboles... Lo que ms quemaba a este era que la
infidelidad haba sido con un ntimo amigo suyo, pintor tambin, autor
del cuadro de David mirando a... Fortunata no se acordaba del nombre,
pero era una que estaba bandose... A ninguno de los dos artistas
quera ella; por ninguno de los dos hubiera dado dos cuartos, si se
compraran con dinero. Ms que ellos valan sus cuadros. Desde que enga
al primero con el segundo, se le puso en la cabeza la idea de pegrsela
a los dos con otro, y la satisfaccin de este deseo se la proporcion un
empleado joven, pobre y algo simptico que se pareca mucho a Juanito
Santa Cruz.

Otro velo... Maximiliano se vio precisado a echar otro velo... Cllate,
hazme el favor de callarte le dijo, pensando que, segn iba saliendo la
historia, necesitaba lo menos una pieza de tul. Pero ella sigui
narrando. Pues como iba diciendo, el tal joven sali tambin un buen
punto. Una maana, mientras ella dorma, le empe todas sus alhajas,
para jugar. Y aqu paz... Vino despus un viejo que le daba mucho dinero
y la llev a Pars donde se engalan y afin extraordinariamente su
gusto para vestirse. Viejo ms cuco!... Haba sido general carcunda en
la otra guerra, y trataba mucho con gente de sotana. Era muy vicioso y
le daba muchas jaquecas con _tantismas_ incumbencias como tena. Un da
se quem ella y le plant en la calle. Sucesor, Camps, que le puso casa
con gran rumbo. Pareca hombre muy rico; pero luego result que era un
trampa-larga. Antes de venir a Madrid le dio a ella olor de chubasco, y
a poco de estar aqu vio que se vena la tempestad encima. Camps traa
recomendaciones para el director del Tesoro, y quiso cobrar unos pagars
falsos de fusiles que se suponan comprados por el Gobierno. Una noche
entr en casa muy enfurruado, trinc una maleta pequea, llenola de
ropa, pidi a Fortunata todo el dinero que tena y dijo que iba al
Escorial. Escorial fue, que no ha vuelto a parecer. Lo dems bien lo
saba Maximiliano... El sucesor de Camps haba sido l, y ya se le
conoca en cierto resplandor de sus ojos el orgullo que la herencia le
produjera. Porque bien claro lo haba dicho Fortunata. Gracias a Dios
que encontraba en su camino una persona decente!

Sentase Maximiliano poseedor de una fuerza redentora, hermana de las
fuerzas creadoras de la Naturaleza. Ya vera el mundo la irradiacin de
bondad y de verdad que l iba a arrojar sobre aquella infeliz vctima
del hombre!

Desde que la conoci y sinti que el Cielo se le meta en su alma, todo
en l fue idealismo, nobleza y buenas acciones. Qu diferencia entre l
y los perdularios en cuyas manos estuvo aquella pobrecita! Por mucho que
se buscara en la vida de Rubn, no se encontraran ms que dolores de
cabeza y otras molestias fsicas; pero a ver, que le sacaran algn acto
ignominioso, ni siquiera una falta.




--iii--


Una de las cosas a que Maximiliano daba ms importancia para poner en
ejecucin su plan redentorista era que Fortunata le amara, porque sin
esto la sublime obra iba a tener sus dificultades. Si Fortunata se
prendaba de l, aunque se prendara por lo moral, que es la menor
cantidad de amor posible, no era tan difcil que l la convirtiera al
bien por la atraccin de su alma. De esta necesidad de amor previo
emanaba la insistencia con que Maximiliano le preguntaba a su dolo si
le quera ya algo, si le iba queriendo. Algunas veces contestaba ella
que s con esa facilidad mecnica y rutinaria de los nios aplicados que
se saben la leccin; otras veces, ms sincera y reflexiva, responda que
el cario no depende de la voluntad ni menos de la razn, y por esto
acontece que una mujer, que no tiene pelo de tonta, se enamorisca de
cualquier pelagatos, y da calabazas a las personas decentes. Aseguraba
estar muy agradecida a Maximiliano por lo bien que se haba portado con
ella, y de aquella gratitud saldra, con el trato, el querer. Segn
Rubn, el orden natural de las cosas en el mundo espiritual establece
que el amor nazca del agradecimiento, aunque tambin nace de otros
padres. El corazn le deca, como l dice las cosas, a la calladita, que
Fortunata le haba de querer de firme; y esperaba con paciencia el
cumplimiento de esta dulce profeca. Sin embargo, no las tena todas
consigo, porque como se dan casos de que salga fallido lo que el corazn
anuncia, pasaba el pobre chico horas de verdadera angustia, y a solas en
su casa, se meta en unos clculos muy hondos para averiguar el estado
de los sentimientos de su querida. Rpidamente pasaba de la duda ms
cruel a las afirmaciones terminantes. Tan pronto pensaba que no le
quera ni pizca, como que le empezaba a querer, y todo era discutir y
analizar palabras, gestos y actos de ella, interpretndolos de una
manera o de otra. Por qu me dijo tal o cual cosa? Qu querra
expresar con aquella reticencia?... Y aquella carcajadita, qu
significaba?... Ayer, cuando me abri la puerta, no me dijo nada... Pero
cuando me march djome que me abrigara bien.

La casa estaba en una de las muchas rinconadas de la antigua calle de
San Antn. En el portal haba una relojera entre cristales, quedando
tan poco espacio para la entrada, que los gordos tenan que pasar de
medio lado; en el piso bajo y tienda una bollera que inundaba la casa
de emanaciones de canela y azcar. En el piso principal radicaba una
casa de prstamos con faroln a la calle, y en ciertos das haba en los
balcones ventilacin de capas empeadas. Ms arriba los pisos estaban
divididos en viviendas estrechas y de poco precio. Haba derecha,
izquierda y dos interiores. Los vecinos eran de dos clases: mujeres
sueltas, o familias que tenan su comercio en el prximo mercado de San
Antn. Hueveras y verduleras poblaban aquellos reducidos aposentos,
echando sus hijos a la escalera para que jugasen. En uno de los segundos
exteriores viva Feliciana, y Fortunata en un tercero interior. Lo
alquil Rubn por encontrarlo tan a mano, con intencin de tomar
vivienda mejor cuando variaran las circunstancias.

Pasaba Maximiliano all todo el tiempo de que poda disponer. Por la
noche estaba hasta las doce y a veces hasta la una, no faltando ni aun
cuando se vea acometido de sus terribles jaquecas. La sorpresa y
confusin que a doa Lupe causaba esto no hay para qu decirlas, y no se
satisfaca con las explicaciones que su sobrinito daba. Aqu hay gato
encerrado--deca la astuta seora--, o en trminos ms claros, _gata
encerrada_.

Cuando Maximiliano iba con jaqueca a la casa de su amante, esta le
cuidaba casi tan bien como la propia doa Lupe, y haca los imposibles
por conseguir que no metieran bulla los chicos de la huevera. Esto lo
agradeca tanto el enfermo que se le aumentaba el amor, si fuera capaz
de aumento lo que ya era tan grande. Observ con satisfaccin que
Fortunata sala a la calle lo menos posible. Por la maana bajaba a
hacer su compra, con su cesto al brazo, y al cuarto de hora volva. Ella
misma se haca la comida y limpiaba la casa, en cuyas operaciones se le
iba casi todo el da. No reciba visitas de mujeres de conducta dudosa,
y la suya era estrictamente ajustada a las prcticas de una vida
regular. Tiene la honradez en la mdula de los huesos--deca
Maximiliano rebosando alegra--. Le gusta tanto trabajar, que cuando
tiene hecha una cosa la desbarata y la vuelve a hacer por no estar
ociosa. El trabajo es el fundamento de la virtud. Lo que digo, esta
mujer ha sido mala a la fuerza.

En medio de estos dulcsimos ensueos de su alma arrebatada, senta
Maximiliano unos saetazos que le hacan volver sobresaltado a la
realidad. Era como la feroz picada de un mosquito cuando estamos
empezando a dormirnos dulcemente... Por mucho que se estirase el dinero
sacado de la hucha, al fin se tena que concluir, porque todo es finito
en este mundo, y el metlico precisamente es una de las cosas ms
finitas que se pueden imaginar... Mara Santsima!, cuando el temido
momento llegase... cuando la ltima peseta del ltimo duro fuera
cambiada...! Si el mosquito le picaba a Maximiliano cuando estaba en su
cama dormido o preparndose a ello, incorporbase tan desvelado cual si
fueran las doce del da, o se pona a dar vueltas en el lecho y a
calentarlo con el ardor de su febril zozobra. A veces invocaba al Cielo
con ntimo fervor de oracin. Esperaba que la obra generosa que haba
emprendido pesase mucho en las recnditas intenciones de la Providencia
para que Esta le sacase del atolladero en que los amantes iban a caer.
l no era un granuja; ella se estaba portando bien, y con su conducta
echaba velos y ms velos sobre lo pasado. Si la Providencia no tena en
cuenta estas circunstancias, de qu le vala a uno portarse bien y ser
un modelo de orden y buena fe? Esto es claro como el agua. Fortunata
pensaba lo mismo, cuando l le confiaba sus temores. Tena que ser as,
o todo lo que se habla de la Providencia es patraa. Pronto dir cmo se
salieron con la suya, con lo cual se demostr que tenan all arriba, en
los mismos cielos, alguna entidad de peso que les protega. Bien ganada
se tenan esta proteccin, porque l, enaltecido por su cario, ella,
aspirando a la honradez y ensayndose en practicarla, eran dos seres que
valan cualquier dinero, o en otros trminos, dignos de que se les
facilitaran los medios de continuar su campaa virtuosa.




--iv--


La nica visita que reciban era la de Feliciana y Olmedo. Ni una ni
otro agradaban mucho a Maximiliano: ella por ser ordinaria y de
sentimientos innobles, incapaz de apetecer la honradez como estado
permanente; l por ser muy atropellado, muy hablador, muy amigo de
contar cuentos sucios y de decir palabras indecentes. Entraba siempre
con el sombrero echado atrs, afectando una grosera de maneras que no
tena, imitando los modales y hasta el andar de los borrachos,
arrastrando las palabras, pero abstenindose de beber con disculpa de
mal de estmago, en realidad porque se mareaba y embruteca a la segunda
copa. En confianza dijo Maximiliano a Fortunata que deban mudarse de
casa para no tener vecinos tan contrarios al mtodo de personas decentes
que se haban impuesto.

De todo lo que el enamorado pensaba hacer para la redencin de su
querida, nada le pareca tan urgente como ensearla a escribir y a leer
bien. Todas las maanas la tena media hora haciendo palotes. Fortunata
deseaba aprender; pero ni con la paciencia ni con la atencin sostenida
se desarrollaban sus talentos caligrficos. Estaban ya muy duros
aquellos dedos para tales primores. El hbito del trabajo en su infancia
haba dado robustez a sus manos, que eran bonitas, aunque bastas, cual
manos de obrera. No tena pulso para escribir, se manchaba de tinta los
dedos y sudaba mucho, ponindose sofocada y haciendo con los labios una
graciosa trompeta en el momento de trazar el palote.

Nada de hociquitos, hija de mi alma; eso es muy feo--le deca el
profesor acaricindole la cabeza--. No agarrotes los dedos... Si es cosa
sencillsima, y lo ms fcil....

Ya se ve, para l era fcil; pero ella, que en su vida las haba visto
ms gordas, hallaba en la escritura una dificultad invencible. Deca con
tristeza que no aprendera jams, y se lamentaba de que en su niez no
la hubieran puesto a la escuela. La lectura la cansaba tambin y la
aburra soberanamente, porque despus de estarse un mediano rato sacando
las slabas como quien saca el agua de un pozo, resultaba que no
entenda ni jota de lo que el texto deca. Arrojaba con desprecio el
libro o peridico, diciendo que ya no estaba la Magdalena para
tafetanes.

Si en el orden literario no mostraba ninguna aplicacin, en lo tocante
al arte social no slo era aplicadsima, sino que revelaba aptitudes
notables. Las lecciones que Maximiliano le daba referentes a cosas de
urbanidad y a conocimientos rudimentarios de los que exige la buena
educacin eran tan provechosas, que le bastaban a veces indicaciones
leves para asimilarse una idea o un conjunto de ideas. Aunque te
estorbe lo negro--le deca l--, me parece que t tienes talento. En
poco tiempo le ense todas las frmulas que se usan en una visita de
cumplido, cmo se saluda al entrar y al despedirse, cmo se ofrece la
casa y otras muchas particularidades del trato fino. Y tambin aprendi
cosas tan importantes como la sucesin de los meses del ao, que no
saba, y cul tiene treinta y cul treinta y un das. Aunque parezca
mentira, este es uno de los rasgos caractersticos de la ignorancia
espaola, ms en las ciudades que en las aldeas, y ms en las mujeres
que en los hombres. Gustaba mucho de los trabajos domsticos, y no se
cansaba nunca. Sus msculos eran de acero, y su sangre fogosa se avena
mal con la quietud. Como pudiera, ms se cuidaba de prolongar los
trabajos que de abreviarlos. Planchar y lavar le agradaba en extremo, y
entregbase a estas faenas con delicia y ardor, desarrollando sin
cansarse la fuerza de sus puos. Tena las carnes duras y apretadas, y
la robustez se combinaba en ella con la agilidad, la gracia con la
rudeza para componer la ms hermosa figura de salvaje que se pudiera
imaginar. Su cuerpo no necesitaba cors para ser esbeltsimo. Vestido
enorgulleca a las modistas; desnudo o a medio vestir, cuando andaba por
aquella casa tendiendo ropa en el balcn, limpiando los muebles o
cargando los colchones cual si fueran cojines, para sacarlos al aire,
pareca una figura de otros tiempos; al menos, as lo pensaba Rubn, que
slo haba visto belleza semejante en pinturas de amazonas o cosa tal.
Otras veces le pareca mujer de la Biblia, la Betsabe aquella del bao,
la Rebeca o la Samaritana, seoras que haba visto en una obra
ilustrada, y que, con ser tan barbianas, todava se quedaban dos dedos
ms abajo de la sana hermosura y de la gallarda de su amiga.

En los comienzos de aquella vida, Maximiliano abandon mucho sus
estudios; pero cuando fue metodizando su amor, la conciencia de la
misin moral que se propona cumplir le estimul al estudio, para
hacerse pronto hombre de carrera. Y era muy particular lo que le
ocurra. Se notaba ms despierto, ms perspicaz para comprender, ms
curioso de los secretos de la ciencia, y le interesaba ya lo que antes
le aburriera. En sus meditaciones, sola decir que _le haba entrado
talento_, como si dijese que le haba entrado calentura. Indudablemente
no era ya el mismo. En media hora se aprenda una leccin que antes le
llevaba dos horas y al fin no la saba. Creci su admiracin al
observarse en clase contestando con relativa facilidad a las preguntas
del profesor y al notar que se le ocurran apreciaciones muy juiciosas;
y el profesor y los alumnos se pasmaban de que _Rubinius vulgaris_ se
hubiera despabilado como por ensalmo. Al propio tiempo hallaba vivo
placer en ciertas lecturas extraas a la Farmacia, y que antes le
cautivaban poco. Algunos de sus compaeros solan llevar al aula, para
leer a escondidas, obras literarias de las ms famosas. Rubn no fue
nunca aficionado a introducir de contrabando en clase, entre las pginas
de la _Farmacia qumico-orgnica_, el _Werther_ de Gothe o los dramas
de Shakespeare. Pero despus de aquella sacudida que el amor le dio,
entrole tal gusto por las grandes creaciones literarias, que se
embebeca leyndolas. Devor el _Fausto_ y los poemas de Heine, con la
particularidad de que la lengua francesa, que antes le estorbaba, se le
hizo pronto fcil. En fin, que mi hombre haba pasado una gran crisis.
El cataclismo amoroso vari su configuracin interna. Considerbase como
si hubiera estado durmiendo hasta el momento en que su destino le puso
delante la mujer aquella y el problema de la redencin.

Cuando yo era tonto--deca sin ocultarse a s mismo el desprecio con
que se miraba en aquella poca que bien podra llamarse antediluviana--,
cuando yo era tonto, ralo por carecer de un objeto en la vida. Porque
eso son los tontos, personas que no tienen misin alguna.

Fortunata no tena criada. Deca que ella se bastaba y se sobraba para
todos los quehaceres de casa tan reducida. Muchas tardes, mientras
estaba en la cocina, Maximiliano estudiaba sus lecciones, tendido en el
sof de la sala. Si no fuera porque el espectro de la hucha se le sola
aparecer de vez en cuando anuncindole el acabamiento del dinero
extrado de ella, cun feliz habra sido el pobre chico! A pesar de
esto, la dicha le embargaba. Entrbale una embriaguez de amor que le
haca ver todas las cosas teidas de optimismo. No haba dificultades,
no haba peligros ni tropiezos. El dinero ya vendra de alguna parte.
Fortunata era buena, y bien claros estaban ya sus propsitos de
decencia. Todo iba a pedir de boca, y lo que faltaba era concluir la
carrera y... Al llegar aqu, un pensamiento que desde el principio de
aquellos amores tena muy guardadito, porque no quera manifestarlo sino
en sazn oportuna, se le vino a los labios. No pudo retener ms tiempo
aquel secreto que se le sala con empuje, y si no lo deca reventaba,
s, reventaba; porque aquel pensamiento era todo su amor, todo su
espritu, la expresin de todo lo nuevo y sublime que en l haba, y no
se puede encerrar cosa tan grande en la estrechez de la discrecin.
Entr la pecadora en la sala, que haca tambin las veces de comedor, a
poner la mesa, operacin en extremo sencilla y que quedaba hecha en
cinco minutos. Maximiliano se abalanz a su querida con aquella especie
de vrtigo de respeto que le entraba en ocasiones, y besndole
castamente un brazo que medio desnudo traa, cogindole despus la mano
basta y estrechndola contra su corazn, le dijo:

Fortunata, yo me caso contigo.

Ella se ech a rer con incredulidad; pero Rubn repiti el _me caso
contigo_ tan solemnemente, que Fortunata lo empez a creer. Hace
tiempo--aadi l--, que lo haba pensado... Lo pens cuando te conoc,
hace un mes... Pero me pareci bien no decirte nada hasta no tratarte un
poco... O me caso contigo o me muero. Este es el dilema.

--_Tie_ gracia... Y qu quiere decir _dilema_?

--Pues esto: que o me caso o me muero. Has de ser ma ante Dios y los
hombres. No quieres ser honrada? Pues con el deseo de serlo y un
nombre, ya est hecha la honradez. Me he propuesto hacer de ti una
persona decente y lo sers, lo sers si t quieres...

Inclinose para coger los libros que se haban cado al suelo. Fortunata
sali para traer lo que en la mesa faltaba, y al entrar le dijo:

--Esas cosas se calculan bien... no por m, sino por ti.

--Ah!, ya lo tengo pensado; pero muy bien pensado... Y a ti, te haba
ocurrido esto?

--No... no me pasaba por la imaginacin. Tu familia ha de hacer la
contra.

--Pronto ser mayor de edad--afirm Rubn con bro--. Opngase o no, lo
mismo me da...

Fortunata se sent a su lado, dejando la mesa a medio poner y la comida
a punto de quemarse. Maximiliano le dio muchos abrazos y besos, y ella
estaba como aturdida... poco risuea en verdad, esparciendo miradas de
un lado para otro. La generosidad de su amigo no le era indiferente, y
contest a los apretones de manos con otros no tan fuertes, y a las
caricias de amor con otras de amistad. Levantose para volver a la
cocina, y en ella su pensamiento se balance en aquella idea del
casorio, mientras maquinalmente echaba la sopa en la sopera... Casarme
yo!... _pa chasco...!_, y con este encanijado...! Vivir siempre,
siempre con l, todos los das... de da y de noche!... Pero calcula
t, mujer... ser honrada, ser casada, seora de Tal... persona
decente...!.




--v--


Maximiliano sola contar algunos particulares de la familia de Rubn,
por lo cual tena ella noticias de doa Lupe, de Juan Pablo y del cura.
Con los detalles que el joven iba dando de sus parientes, ya Fortunata
les conoca como si les hubiera tratado. Aquella noche, excitado por el
entusiasmo que le produjo la resolucin de casamiento, se dej decir,
tocante a su ta, algo que era quiz indiscreto. Doa Lupe prestaba
dinero, por mediacin de un tal Torquemada, a militares, empleados y a
todo el que cayese. Hablando con completa sinceridad, Maximiliano no
_era partidario_ de aquella manera de constituirse una renta; pero l
qu tena que ver con los actos de su seora ta? Esta le amaba mucho y
probablemente le hara su heredero. Tena una papelera antigua, negra y
muy grande, de hierro, frente a su cama, donde guardaba el dinero y los
pagars de los prstamos. Gastaba lo preciso y de mes en mes su fortuna
aumentaba, sabe Dios cunto. Deba de ser muy rica, pero muy rica,
porque l vea que Torquemada le llevaba _resmas_ de billetes. En cuanto
a su hermano Juan Pablo, ya se saba a ciencia cierta que estaba con los
carlistas, y si estos triunfaban, ocupara una posicin muy alta. Su
hermano Nicols haba de parar en cannigo, y quin sabe, quin sabe si
en obispo... En fin, que por todos lados se ofreca a la joven pareja
horizontes sonrosados. En estas y otras conversaciones se pasaron la
primera noche, hasta que se retir Maximiliano a su casa, quedndose
Fortunata tan pensativa y preocupada que se durmi muy tarde y pas la
noche intranquila.

El amante tambin estaba poco dispuesto al sueo; mas era porque el
entusiasmo le haca cosquillas en el epigastrio, atravesndole un bulto
en el vrtice de los pulmones, con lo que le pesaba el respirar, y
adems ponale candelas encendidas en el cerebro. Por ms que l soplaba
para apagarlas y poder dormirse, no lo poda conseguir. Su ta estaba
con l un poco seria. Sin duda sospechaba algo, y como persona de mucho
pesquis, no se tragaba ya aquellas bolas del estudiar fuera de casa y de
los amigos enfermos a quienes era preciso velar. A los dos das de aquel
en que el exaltado mozo se arranc a prometer su mano, doa Lupe tuvo
con l una grave conferencia. El semblante de la seora no revelaba tan
slo recelo, sino profunda pena, y cuando llam a su sobrino para
encerrarse con l en el gabinete, este sinti desvanecerse su valor.
Quitose la seora el manto y lo puso sobre la cmoda bien doblado.
Despus de clavar en l los alfileres, mirando a su sobrino de un modo
que le hizo estremecer, le dijo: Tengo que hablarte _detenidamente_.
Siempre que su ta empleaba el _detenidamente_, era para echarle un
rspice.

Tienes hoy jaqueca? le pregunt despus doa Lupe.

Maximiliano estaba muy bien de la cabeza; pero para colocarse en buena
situacin, dijo que senta principios de jaqueca. As doa Lupe tendra
compasin de l. Dejose caer en un silln y se comprimi la frente.

Pues se trata de una mala noticia--asever la viuda de Juregui--,
quiero decir, mala, precisamente mala no... aunque tampoco es buena.

Rubn, sin comprender a qu poda referirse su ta, barrunt que nada
tena que ver aquello con sus amores clandestinos, y respir. La
opresin del epigastrio se le hizo ms ligera, y se acab de
tranquilizar al or esto:

La noticia no ha de afectarte mucho. Para qu tanto rodeo? Tu ta doa
Melitona Llorente ha pasado a mejor vida. Mira la carta en que me lo
dice el seor cura de Molina de Aragn. Muri como una santa, recibi
todos los Sacramentos y dej treinta mil reales para misas.

Maximiliano conoca muy poco a su ta materna. La haba visto slo dos o
tres veces siendo muy nio, y no viva en su imaginacin sino por las
rosquillas y el arrope que mandaba de regalo todos los aos en vida de
D. Nicols Rubn. La noticia del fallecimiento de esta buena seora le
afect poco.

Todo sea por Dios murmur por decir algo.

Doa Lupe se volvi de espaldas para abrir el cajn de la cmoda y en
esta postura le dijo:

T y tus hermanos heredis a Melitona, que por mis cuentas deba tener
un capitalito sano de veinte o veinticinco mil duros.

Maximiliano no oy bien por estar su ta de espaldas, y aquello le
interesaba tanto que se levant, puso un codo sobre la cmoda y all se
hizo repetir el concepto para enterarse bien.

Esas son mis cuentas--agreg doa Lupe--; pero ya ves que en los
pueblos no se sabe lo que se tiene y lo que no se tiene. Probablemente
la difunta empleara algn dinero en prstamos, que es como tirarlo al
viento. Se cobra tarde y mal, cuando se cobra. De modo que no os hagis
muchas ilusiones. Cuando Juan Pablo venga a Madrid ir a Molina de
Aragn a enterarse del testamento y recoger lo que es vuestro.

--Pues que vaya inmediatamente--dijo Maximiliano dando una palmada sobre
la cmoda--; pero aquello de llegar y en la misma estacin coger el
billete y zas... al tren otra vez.

--Hombre, no tanto. Tu hermano est en Bayona. Lo mejor es que se pase
por Molina antes de venir a Madrid. Le escribir hoy mismo. Sosigate;
t eres as, o la apata andando o la pura plvora... Eso es ahora, que
antes, para mover un pie le pedas licencia al otro. Te has vuelto muy
atropellado.

Le mir de un modo tan indagador, que al pobre chico se le volvieron a
abatir los nimos. Era hombre de carcter siempre que su ta no le
clavase la flecha de sus ojuelos pardos y sagaces, y viose tan perdido
que se apresur a variar la conversacin, preguntando a su ta cuntos
aos tena doa Melitona. Estuvo la seora de Juregui un ratito
haciendo cuentas, estirado el labio inferior, la cabeza oscilando como
un pndulo y los ojos vueltos al techo, hasta que sali una cifra, de la
cual Maximiliano no se hizo cargo. Volvi despus doa Lupe a tomar en
boca la metamorfosis de su sobrino, deslizando algunas bromitas, que a
este le supieron a cuerno quemado. Ya se ve, con esos estudios que
haces ahora en casa de los amigos, te habrs vuelto un pozo de
ciencia... A m no me vengas con fbulas. T te pasas el da y la mitad
de la noche en alguna conspiracin... porque por el lado de las mujeres
no temo nada, francamente. Ni a ti te gusta eso, ni puedes aunque te
gustara....

Aquel _ni puedes_ incomodaba tanto al joven y le pareca tan humillante,
que a punto estuvo de dar a su ta un ments como una casa. Pero no pas
de aqu, pues doa Lupe tuvo que ocuparse de cosas ms graves que
averiguar si su sobrino poda o no poda. Papitos fue quien le salv
aquel da, atrayendo a s toda la atencin del ama de la casa. Porque la
mona aquella tena das. Algunos lo haca todo tan bien y con tanta
diligencia y aseo, que doa Lupe deca que era una perla. Pero otros no
se la poda aguantar. Aquel da empez de los buenos y concluy siendo
de los peores. Por la maana haba cumplido admirablemente; estuvo muy
suelta de lengua y de manos, haciendo garatusas y dando brincos en
cuanto la seora le quitaba la vista de encima. Semejante fiebre era
seal de prximos trastornos. En efecto, por la tarde dividi en dos la
tapa de una sopera, y desde entonces todo fue un puro desastre. Cuando
se enfurruaba creerase que haca las cosas mal adrede. Le mandaban
esto y se sala con lo otro. No se pueden contar las faltas que cometi
en una hora. Bien deca doa Lupe que tena los demonios metidos en el
cuerpo y que era mala, pero mala de veras, una sinvergenza, una mal
criada y una calamidad... _en toda la extensin de la palabra_. Y
mientras ms repelones le daban, peor que peor. Pas tanta agua del
puchero del agua caliente al puchero de la verdura, que esta qued
encharcada. Los garbanzos se quemaron, y cuando fueron a comerlos
amargaban como demonios. La sopa no haba cristiano que la pasara de
tanta sal como le ech aquella condenada. Luego era una insolente,
porque en vez de reconocer sus torpezas deca que la seora tena la
culpa, y que ella, la muy piojosa, no estara all ni un da ms porque
_mist... en cualsiquiera parte la trataran mejor_.

Doa Lupe discuta con ella violentamente, argumentando con crueles
pellizcos, y aadiendo que estaba autorizada por la madre para
descuartizarla si preciso era. A lo que Papitos contestaba echando
lumbre por los ojos: Ay, hija, no me descuartice usted tanto!. Este
sola ser el periodo culminante de la disputa, que conclua dndole la
seora a su sirviente una gran bofetada y rompiendo la otra a llorar...
Los disparates seguan, y al servir la mesa pona los platos sobre ella
sin considerar que no eran de hierro. Doa Lupe la amenazaba con
mandarla a la _galera_ o con llamar una pareja, con escabecharla y
ponerla en salmuera, y poco a poco se iba aplacando la fierecilla hasta
que se quedaba como un guante.




--vi--


Maximiliano, gozoso de ver que su ta con aquel gran alboroto, no se
ocupaba de l, ponase de parte de la autoridad y en contra de Papitos.
S, s; era muy mala, muy descarada, y haba que atarla corto. Azuzaba
la clera de doa Lupe para que esta no se revolviese contra l
hablndole de su cambio de costumbres y de lo que haca fuera de casa.

Doa Lupe fue aquella noche a casa de las de la Caa, y se estuvo all
las horas muertas. Maximiliano entr a las once. Haba dejado a
Fortunata acostada y casi dormida, y se retir decidido a afrontar las
chafalditas de su ta y a explicarse con ella. Porque despus del caso
de la herencia, ya no poda dudar de que la Providencia le favoreca,
abrindole camino. Nunca haba sido l muy religioso; pero aquella noche
parecale desacato y aun ingratitud no consagrar a la divinidad un
pensamiento, ya que no una oracin. Estaba como un demente. Por el
camino miraba a las estrellas y las encontraba ms hermosas que nunca, y
muy mironas y habladoras. A Fortunata, sin mentarle la herencia por
respeto a la difunta, le dijo algo de sus fincas de Molina de Aragn, y
de que si el dinero en hipotecas era el mejor dinero del mundo. A veces
su imaginacin agrandaba las cifras de la herencia, aadindole ceros,
porque esa gente de los pueblos no gasta un cuarto, y no hace ms que
acumular, acumular....

Los faroles de la calle le parecan astros, los transentes excelentes
personas, movidas de los mejores deseos y de sentimientos nobilsimos.
Entr en su casa resuelto a espontanearse con su ta... Me
atrever?--pensaba--. Si me atreviera... Y qu hay de malo en esto? En
ltimo caso, qu puede hacer mi ta? Acaso me va a comer? Si me niega
el derecho de casarme con quien me d la gana, ya le dir yo cuntas son
cinco. No se conoce el genio de las personas hasta que no llega la
ocasin de mostrarlo. A pesar de estas disposiciones belicosas, cuando
Papitos le dijo que la seora no haba vuelto todava, quitsele de
encima un gran peso, porque en verdad la revelacin del secreto y el
cisco que haba de seguirle eran para acoquinar al ms pintado. No le
arredraba el miedo de ser vencido, porque su amor y su misin le daran
seguramente coraje; pero convena proceder con tacto y diplomacia,
pensar bien lo que iba a decir para no ofender a su ta, y, si era
posible, ponerla de su parte en aquel tremendo pleito.

Se fue a la cocina detrs de Papitos, siguiendo una costumbre antigua de
hacer tertulia y de entretenerse en plticas sabrosas cuando se
encontraban solos. Un ao antes, la criadita y el estudiante se pasaban
las horas muertas en la cocina, contndose cuentos o proponindose
acertijos. En estos era fuerte la chiquilla. Sus carcajadas se oan
desde la calle cuando repeta la adivinanza, sin que el otro la pudiera
acertar. Maximiliano se rascaba la cabeza, aguzando su entendimiento;
pero la solucin no sala. Papitos le llamaba zote, bruto y otras cosas
peores sin que l se ofendiera. Tomaba su revancha en los cuentos, pues
saba muchos, y ella los escuchaba con embeleso, abierta la boca de par
en par y los ojos clavados en el narrador. Aquella noche estaba Papitos
de muy mal temple por la soba que se haba llevado, y le tena mucha
tirria al seorito porque no se puso de su parte en la contienda, como
otras veces. Feo, tonto--le dijo aguzando la jeta cuando le vio
sentarse en la mesilla de pino de la cocina--. Acusn, patoso... memo en
polvo.

Maximiliano buscaba una frmula para pedirle perdn sin menoscabo de su
dignidad de seorito. Sentase con impulsos de proteccin hacia ella.
Verdad que haban jugado juntos; que el ao anterior, a pesar de la
diferencia de edades, eran tan nios el uno como el otro, y se
entretenan en enredos inocentes. Pero ya las cosas haban cambiado. l
era hombre, y qu hombre!, y Papitos una chiquilla retozona sin pizca
de juicio. Pero tena buena ndole, y cuando sentara la cabeza y diera
un estirn sera una criada inapreciable. La chiquilla, despus que le
dijo todas aquellas injurias, se puso a repasar una media, en la cual
tena metida la mano izquierda como en un guante. Sobre la mesa estaba
su estuche de costura, que era una caja de tabacos. Dentro de ella haba
carretes, cintajos, un canuto de agujas muy rooso, un pedazo de cera
blanca, botones y otras cosas pertinentes al arte de la costura. La
cartilla en que Papitos aprenda a leer estaba tambin all, con las
hojas sucias y reviradas. El quinqu de la cocina con el tubo ahumado y
sin pantalla, iluminaba la cara gitanesca de la criada, dndole un tono
de bronce rojizo, y la cara plida y serosa del seorito con sus ojeras
violadas y sus granulaciones alrededor de los labios.

Quieres que te tome la leccin? dijo Rubn cogiendo la cartilla.

--Ni falta... canijo, esptula, _paice_ un garabito... No quiero que me
tome _licin_--replic la chica remedndole la voz y el tono.

--No seas salvaje... Es preciso que aprendas a leer, para que seas mujer
completa--dijo Rubn esforzndose en parecer juicioso--. Hoy has estado
un poco salida de madre, pero ya eso pas. Teniendo juicio, se te mirar
siempre como de la familia.

--_Mia este!_... Me zampo yo a la familia...--chill la otra
remedndole y haciendo las morisquetas diablicas de siempre.

--No te abandonaremos nunca--manifest el joven henchido de deseos de
proteccin--. Sabes lo que te digo?... Para que lo sepas, chica, para
que lo sepas, ten entendido que cuando yo me case... cuando yo me case,
te llevar conmigo para que seas la doncella de mi seora.

Al soltar la carcajada se tendi Papitos para atrs con tanta fuerza,
que el respaldo de la silla cruji como si se rompiera.

--Casarse l, _vust_!... memo, ms que memo, casarse!--exclam--. Si
la seorita dice que _vust_ no se puede casar... S, se lo deca a
doa Silvia la otra noche.

La indignacin que sinti Maximiliano al or este concepto fue tan viva,
que de manifestarse en hechos habra ocurrido una catstrofe. Porque tal
ultraje no poda contestarse sino agarrando a Papitos por el pescuezo y
estrangulndola. El inconveniente de esto consista en que Papitos tena
mucha ms fuerza que l.

--Eres lo ms animal y lo ms grosero...--balbuci Rubn--, que he visto
en mi vida. Si no te curas de esas tonteras, nunca sers nada.

Papitos alarg el brazo izquierdo en que tena la media, y asomando sus
dedos por los agujeros, le cogi la nariz al seorito y le tir de ella.

--Que te ests quieta!... vaya!... T no te has llevado nunca una
solfa buena, y soy yo quien te la va a dar... Y por qu son esas risas
estpidas?... Porque he dicho que me caso? Pues s seor, me caso
porque me da la gana.

Tiempo haca que Maximiliano deseaba hablar de aquella manera con
alguien, y manifestar su pensamiento libre y sin turbacin. La
confidencia que tan difcil era con otra persona, resultaba fcil con la
cocinerita, y el hombre se creci despus de dichas las primeras
palabras.

T eres una inocente--le dijo ponindole la mano en el hombro--, t no
conoces el mundo, ni sabes lo que es una pasin verdadera.

Al llegar a este punto, Papitos no entendi ni jota de lo que su
seorito le deca... Era un lenguaje nuevo, como eran nuevas la
expresin de l y la cara seria que puso. No pona aquella cara cuando
contaba los cuentos.

Porque vers t--continu Rubn, expresndose con alma--; el amor es la
ley de las leyes, el amor gobierna el mundo. Si yo encuentro la mujer
que me gusta, que es la mitad, si no la totalidad de mi vida, una mujer
que me transforme, inspirndome acciones nobles y dndome cualidades que
antes no tena, por qu no me he de casar con ella? A ver, que me lo
digan; que me den una razn, media razn siquiera... Porque t no me has
de salir con argumentos tontos; t no has de participar de esas
preocupaciones por las cuales....

Al llegar aqu, el orador se embarull algo, y no ciertamente por miedo
a la dialctica de su contrario. Papitos, despus de asombrarse mucho de
la solemnidad con que el seorito hablaba y de las cosas incomprensibles
que le deca, empez a aburrirse. Sigui Maximiliano descargando su
corazn, que otra coyuntura de desahogo como aquella no se le volvera a
presentar, y por fin la nia estir el brazo izquierdo sobre la mesa, y
como estaba tan fatigada del ajetreo de aquel da y de los coscorrones,
hizo del brazo almohada y reclin su cabeza en ella. En aquel momento,
Maximiliano, exaltado por su propia elocuencia, se dej decir: La nica
razn que me dan es que si ha sido o no ha sido esto o lo otro. Respondo
que es falso, falssimo. Si hay en su existencia das vergonzosos, y no
dir tanto como vergonzosos, das borrascosos, das desventurados, ha
sido por ley de la necesidad y de la pobreza, no por vicio... Los
hombres, los seoritos, esa raza de Can, corrompida y miserable, tienen
la culpa... Lo digo y lo repito. La responsabilidad de que tanta mujer
se pierda recae sobre el hombre. Si se castigara a los seductores y a
los petimetres... la sociedad....

Papitos dorma como un ngel, apoyada la mejilla sobre el brazo tieso, y
conservando en la mano de l la media, por cuyos agujeros asomaban los
dedos. Dorma con plcido reposo, la cara seria, como si aprobase
inconscientemente las perreras que el otro deca de los seductores, y
aprovechara la leccin para cuando le tocara. El propio calor de sus
palabras llev a Maximiliano a una exaltacin que pareca insana. No
poda estar quieto ni callado. Levantose y fue por los pasillos
adelante, hablando solo en baja voz o haciendo gestos. El pasillo estaba
oscuro; pero l conoca tan bien todos los rincones, que andaba por
ellos sin vacilacin ni tropiezo. Entr en la sala que tambin estaba a
oscuras, penetr en el gabinete de su ta, que a la misma boca de lobo
se igualara en lo tenebroso, y all se le redobl la facundia, y la
energa de sus declamaciones rayaba en frenes. Apoyando las clusulas
con enftico gesto, se le ocurran frases de admirable efecto
contundente, frases capaces de tirar de espaldas a todos los individuos
de la familia si las oyeran. Qu lstima que no estuviera all su
ta...! Como si la estuviera viendo, le solt estas atrevidas
expresiones: Y para que lo sepa usted de una vez, yo no cedo ni puedo
ceder, porque sigo en esto el impulso de mi conciencia, y contra la
conciencia no valen pamplinas, ni ese cmulo, ese cmulo, s seora,
de... preocupaciones rancias que usted me opone. Yo me caso, me caso, y
me caso, porque soy dueo de mis actos, porque soy mayor de edad, porque
me lo dicta mi conciencia, porque me lo manda Dios; y si usted lo
aprueba, ella y yo le abriremos nuestros amantes brazos y ser usted
nuestra madre, nuestra consejera, nuestra gua....

Vamos, que senta de veras no estuviese delante de l en el silln de
hule la propia viuda de Juregui en imagen corprea, porque de fijo le
dira lo mismo que estaba diciendo ante su imagen figurada y supuesta.
Despus sali otra vez al pasillo, donde continu la perorata,
pasendose de un extremo a otro, y gesticulando a favor de la oscuridad.
La soledad, el silencio de la noche y la poca luz favorecen a los
tmidos para su comedia de osados y lenguaraces, tenindose a s mismos
por pblico y envalentonndose con su fcil xito. Maximiliano hablaba
quedito; sus fuertes manotadas no correspondan al diapasn bajo de las
palabras, cuya vehemencia sofocada las haca parecer como un ensayo.

Cuando doa Lupe llam a la puerta, su sobrino le abri, y pasmose ella
de que estuviera en pie todava. Qu despabilado est el tiempo! dijo
la seora con cierto retintn, que hizo estremecer al joven, limpiando
sbitamente su espritu de toda idea de independencia, como se limpia de
sombras un farol cuando aparece dentro de l la llama del gas. Al or la
campanilla, acudi la chica dando traspis y restregndose los ojos.
Doa Lupe no dijo ms que: a la cama todo Cristo. Era muy tarde y
Papitos tena que madrugar. El sobrino y la cocinerita entraron sin
hacer ruido en sus respectivas madrigueras, como los conejos cuando oyen
los pasos del cazador.




--vii--


La declaracin de Maximiliano haba puesto a Fortunata en perplejidad
grande y penosa. Aquella noche y las siguientes durmi mal por la viveza
del pensar y las contradictorias ideas que se le ocurran. Despus de
acostada tuvo que levantarse y se arroj, liada en una manta, en el
sof de la sala; pero no se quedaban las cavilaciones entre las sbanas,
sino que iban con ella a donde quiera que iba. La primera noche
dominaron al fin, tras largo debate, las ideas afirmativas. Casarme
yo, y casarme con un hombre de bien, con _una persona decente_...!. Era
lo ms que poda desear... Tener un nombre, no tratar ms con gentuza,
sino con caballeros y seoras! Maximiliano era un bienaventurado, y
seguramente la hara feliz. Esto pensaba por la maana, despus de
lavarse y encender la lumbre, cuando coga la cesta para ir a la compra.
Psose el manto y el pauelo por la cabeza, y baj a la calle. Lo mismo
fue poner el pie en la va pblica que sus ideas variaron.

Pero vivir siempre con este chico... tan feo como es! Me da por el
hombro, y yo le levanto como una pluma. Un marido que tiene menor fuerza
que la mujer no es, no puede ser marido. El pobrecillo es un bendito de
Dios; pero no le podr querer aunque viva con l mil aos. Esto ser
ingratitud, pero qu le vamos a hacer?, no lo puedo remediar....

Tan distrada estaba, que el carnicero le pregunt tres veces lo que
quera sin obtener respuesta. Por fin se enter. Hoy no llevo ms que
media libra de falda para el cocido y una chuletita de lomo. Seor Paco,
psemelo bien.

--Tome usted, simpata, y mande.

Tambin compr dos onzas de tocino; luego una brecolera en el puesto de
verduras de la carnicera, y en la tienda de la esquina, arroz, cuatro
huevos y una lata de pimientos morrones. Al volver a su casa, revis la
lumbre y se puso a limpiar y a barrer. Mientras quitaba el polvo a los
muebles, volvi al tema: No se encuentra todos los das un hombre que
quiera echarse encima una carga como esta.

Hizo la cama y despus empez a peinarse. Al ver en el espejo su linda
cara plida, diole por emplear argumentos comparativos: Porque Mara
_Santisma_!, si Maximiliano apostaba a feo, no haba quien le ganara...
Y qu mal huelen las boticas! Debi de haber seguido otra carrera...
Dios me favorezca... Si tuviera algn hijo me acompaara con l;
pero... quia!....

Despus de esta reticencia, que por lo terminante pareca hija de una
conviccin profunda, sigui contemplando y admirando su belleza. Estaba
orgullosa de sus ojos negros, tan bonitos que, segn dictamen de ella
misma, _le daban la pualada al Espiritui Santo_. La tez era una
preciosidad por su pureza mate y su transparencia y tono de marfil
recin labrado; la boca, un poco grande, pero fresca y tan mona en la
risa como en el enojo... Y luego unos dientes! Tengo los
dientes--deca ella mostrndoselos--, como pedacitos de leche cuajada.

La nariz era perfecta. Narices como la ma, pocas se ven... Y por fin,
componindose la cabellera negra y abundante como los malos
pensamientos, deca: Vaya un pelito que me ha dado Dios!. Cuando
estaba concluyendo, se le vino a las mientes una observacin, que no
haca entonces por primera vez. Hacala todos los das, y era esta:
Cunto ms guapa estoy ahora que... antes! He ganado mucho.

Y despus se puso muy triste. Los pedacitos de leche cuajada
desaparecieron bajo los labios fruncidos, y se le arm en el entrecejo
como una densa nube. El rayo que por dentro pasaba deca as: Si me
viera ahora...!. Bajo el peso de esta consideracin estuvo un largo
rato quieta y muda, la vista independiente a fuerza de estar fija.
Despert al fin de aquello que pareca letargo, y volviendo a mirarse,
animose con la reflexin de su buen palmito en el espejo. Digan lo que
quieran, lo mejor que tengo es el entrecejo... Hasta cuando me enfado es
bonito... A ver cmo me pongo cuando me enfado? As, as... Ah,
llaman!.

El campanillazo de la puerta la oblig a dejar el tocador. Sali a abrir
con la peineta en una mano y la toalla por los hombros. Era el redentor,
que entr muy contento y le dijo que acabara de peinarse. Como faltaba
tan poco, pronto qued todo hecho. Maximiliano la elogi por su
resolucin de no tomar peinadoras.

Por qu las mujeres no se han de peinar solas? La que no sabe que
aprenda. Eso mismo deca Fortunata. El pobre chico no dejaba de expresar
su admiracin por el buen arreglo y economa de su futura, haciendo por
sus propias manos la tarea que desempean mal esas bergantas ladronas
que llaman criadas de servir. Fortunata aseguraba que aquella costumbre
suya no tena mrito porque el trabajo le gustaba. Eres una
alhajita--le deca su amante con orgullo--. En cuanto a las peinadoras,
todas son unas grandes alcahuetas, y en la casa donde entran no puede
haber paz.

Ms adelante tomaran alguna criada, porque no convena tampoco que ella
se matase a trabajar. Estaran seguramente en buena posicin, y puede
que algunos das tuvieran convidados a su mesa. La servidumbre es
necesaria, y llegara un da seguramente en que no se podran pasar sin
una niera. Al or esto, por poco suelta la risa Fortunata; pero se
contuvo, concretndose a decir en su interior: Para qu querr nieras
este desventurado...!.

A rengln seguido, sac el joven a relucir el tema del casorio, y dijo
tales cosas que Fortunata no pudo menos de rendir el espritu a tanta
generosidad y nobleza de alma. Tu comportamiento decidir de su
suerte--afirm l--, y como tu comportamiento ha de ser bueno, porque tu
alma tiene todos los resortes del bien, estamos al cabo de la calle. Yo
pongo sobre tu cabeza la corona de mujer honrada; t hars porque no se
te caiga y por llevarla dignamente. Lo pasado, pasado est, y el
arrepentimiento no deja ni rastro de mancha, pero ni rastro. Lo que diga
el mundo no nos importe. Qu es el mundo? Fjate bien y vers que no es
nada, cuando no es la conciencia.

A Fortunata se le humedecieron los ojos, porque era muy accesible a la
emocin, y siempre que se le hablaba con solemnidad y con un sentido
generoso, se conmova aunque no entendiera bien ciertos conceptos. La
enternecan el tono, el estilo y la expresin de los ojos. Crey
entonces caso de conciencia hacer una observacin a su amigo.

Piensa bien lo que haces--le dijo--, y no comprometas por m tu....

Quera decir dignidad; pero no dio con la palabra por el poco uso que en
su vida haba hecho de vocablos de esta naturaleza. Pero se dio sus
maas para expresar toscamente la idea, diciendo: Calcula que los que
me conozcan te van a llamar _el marido de la Fortunata_, en vez de
llamarte por tu nombre de pila. Yo te agradezco mucho lo que haces por
m; pero como te estimo no quiero verte con....

Quera decir con un estigma en la frente; pero ni conoca la palabra ni
aunque la conociera la habra podido decir correctamente. No quiero
que te tomen el pelo por m, fue lo que dijo, y se qued tan fresca,
esperando convencerle. Pero Maximiliano, fuerte en su idea y en su
conciencia, como dentro de un doble baluarte inexpugnable, se ech a
rer. Semejantes argumentos eran para l como sera para los poseedores
de Gibraltar ver que les quisiera asaltar un enemigo armado con una
caa. Valiente caso haca l de las estupideces del vulgo!... Cuando su
conciencia le deca: mira, hijo, este es el camino del bien; vete por
l, ya poda venir todo el gnero humano a detenerle; ya podan
apuntarle con un can rayado. Porque l iba sacando un carcter de que
an no se haba enterado la gente, un carcter de acero, y todo lo que
se deca de su timidez era conversacin. Que t seas buena, honrada y
leal es lo que importa: lo dems corre de mi cuenta, djame a m, t
djame a m.

Poco despus almorzaba Fortunata, y Maximiliano estudiaba, cambiando de
vez en cuando algunas palabras. Toda aquella tarde dominaron en el
espritu de la joven las ideas optimistas, porque l se dej decir algo
de su herencia, de tierras e hipotecas en Molina de Aragn, asegurando
que _sus vias podan darle tanto ms cuanto_. Por la noche avisaron
para que les trajeran caf, y vino el mozo de _la Paz_ con l. Olmedo y
Feliciana entraron de tertulia. Estaban de monos y apenas se hablaban,
seal inequvoca de pelotera domstica. Y es que si los estados ms
slidos se quebrantan cuando la hacienda no marcha con perfecta
regularidad, aquella casa, hogar, familia o lo que fuera, no poda menos
de resentirse de las anomalas de un presupuesto cuyo carcter
permanente era el dficit. Feliciana tena ya pignorado lo mejorcito de
su ropa, y Olmedo haba perdido el crdito de una manera absoluta. Por
la falta de crdito se pierden las repblicas lo mismo que las
monarquas. Y no se haca ya ilusiones el bueno de Olmedo acerca de la
catstrofe prxima. Sus amigos, que le conocan bien, descubran en l
menos entereza para desempear el papel de libertino, y a menudo se le
clareaba la buena ndole al travs de la mscara. A Maximiliano le
contaron que haban sorprendido a Olmedo en el Retiro estudiando a
hurtadillas. Cuando le vieron sus amigos, escondi los libros entre el
follaje, porque le saba mal que le descubrieran aquella flaqueza. Daba
mucha importancia a la consecuencia en los actos humanos, y tena por
deshonra el soltar de improviso la casaca e insignias de perdulario.
Qu dira la gente, qu los amigos, qu los mocosos, ms jvenes que
l, que le tomaban por modelo? Hallbase en la situacin de uno de esos
chiquillos que para darse aires de hombres encienden un cigarro muy
fuerte y se lo empiezan a fumar y se marean con l; pero tratan de
dominar las nuseas para que no se diga que se han emborrachado. Olmedo
no poda aguantar ms la horrible desazn, el asco y el vrtigo que
senta; pero continuaba con el cigarro en la boca haciendo que tiraba de
l, pero sin chupar cosa mayor.

Feliciana, por su parte, haba empezado a campar por sus respetos. Lo
dicho, la honradez y el amor eran cosas muy buenas; pero no daban de
comer. El calavera de oficio no se permiti aquella noche ninguna
barrabasada. Slo al entrar, y cuando los cuatro se sentaron a tomar
caf dijo con su habitual desenfado: Narices, ya est reunido aqu
toto el _Demi-Monde_. Fortunata y Feliciana no comprendieron; pero
Rubn se puso encarnado y se incomod mucho; porque aplicar tales
vocablos a personas dispuestas a unirse en santo vnculo le pareca una
falta de respeto, una grosera y una cochinada, s seor, una
cochinada... Mas se call por no armar camorra ni quitar a la reunin
sus tonos de circunspeccin y formalidad. Acordose de que nada haba
dicho a su amigo del casorio proyectado, siendo evidente que Olmedo
habl en trminos tan _liberales_ por ignorancia. Determin, pues,
revelarle su pensamiento en la primera ocasin, para que en lo sucesivo
midiera y pesara mejor sus palabras.




--viii--


Aquella noche fue tambin mala para Fortunata, pues se la pas casi toda
cavilando, discurriendo sobre si _el otro_ se acordara o no de ella.
Era muy particular que no le hubiese encontrado nunca en la calle. Y por
falta de mirar bien a todos lados no era ciertamente. Estara malo,
estara fuera de Madrid? Ms adelante, cuando supo que en Febrero y
Marzo haba estado Juanito Santa Cruz enfermo de pulmona, acordose de
que aquella noche lo haba soado ella. Y fue verdad que lo so a la
madrugada, cuando su caldeado cerebro se adormeci, cediendo a una como
borrachera de cavilaciones. Al despertar ya de da, el reposo profundo
aunque breve haba vuelto del revs las imgenes y los pensamientos en
su mente. A mi boticarito me atengo--dijo despus que ech el Padre
Nuestro por las nimas, de que no se olvidaba nunca--. Viviremos tan
apaaditos. Levantose, encendi su lumbre, baj a la compra, y de
tienda en tienda pensaba que Maximiliano poda dar un estirn, echar ms
pecho y ms carnes, ser ms hombre, en una palabra, y curarse de aquel
maldito romadizo crnico que le obligaba a estarse sonando
constantemente. De la bondad de su corazn no haba nada que decir,
porque era un santo, y como se casara de verdad, su mujer haba de
hacer de l lo que quisiera. Con cuatro palabritas de miel, ya estaba l
contento y achantado. Lo que importaba era no llevarle la contraria en
todo aquello de la conciencia y de las misiones... aqu un adjetivo que
Fortunata no recordaba. Era _sublimes_; pero lo mismo daba; ya se saba
que era una cosa muy buena.

Aquel da la compra dur algo ms, pues habindole anunciado Maximiliano
que almorzara con ella, pensaba hacerle un plato que a entrambos les
gustaba mucho, y que era la especialidad culinaria de Fortunata, el
arroz con menudillos. Lo haca tan ricamente, que era para chuparse los
dedos. Lstima que no fuera tiempo de alcachofas, porque las hubiera
trado para el arroz. Pero trajo un poco de cordero que le daba mucho
aquel. Compr chuletas de ternera, dos reales de menudillos y unas
sardinas escabechadas para segundo plato.

De vuelta a su casa arm los tres pucheros con el minucioso cuidado que
la cocina espaola exige, y empez a hacer su arroz en la cacerola.
Aquel da no hubo en la cocina cacharro que no funcionara. Despus de
frer la cebolla y de machacar el ajo y de picar el menudillo, cuando
ninguna cosa importante quedaba olvidada, lavose la pecadora las manos y
se fue a peinar, poniendo ms cuidado en ello que otros das. Pas el
tiempo; la cocina despeda mltiples y confundidos olores. Dios, con
la faena que en ella haba! Cuando lleg Rubn, a las doce, sali a
abrirle su amiga con semblante risueo. Ya estaba la mesa puesta, porque
la mujer aquella multiplicaba el tiempo, y como quisiera, todo lo hacia
con facilidad y prontitud. Dijo el enamorado que tena mucha hambre, y
ella le recomend una chispita de paciencia. Se le haba olvidado una
cosa muy importante, el vino, y bajara a buscarlo. Pero Maximiliano se
prest a desempear aquel servicio domstico, y baj ms pronto que la
vista.

Media hora despus estaban sentados a la mesa en amor y compaa; pero en
aquel instante se vio Fortunata acometida bruscamente de unos
pensamientos tan extraos, que no saba lo que le pasaba. Ella misma
compar su alma en aquellos das a una veleta. Tan pronto marcaba para
un lado como para otro. De improviso, como si se levantara un fuerte
viento, la veleta daba la vuelta grande y pona la punta donde antes
tena la cola. De estos cambiazos haba sentido ella muchos; pero
ninguno como el de aquel momento, el momento en que meti la cuchara
dentro del arroz para servir a su futuro esposo. No sabra ella decir
cmo fue ni cmo vino aquel sentimiento a su alma, ocupndola toda; no
supo ms sino que le mir y sinti una antipata tan horrible hacia el
pobre muchacho, que hubo de violentarse para disimularla.

Sin advertir nada, Maximiliano elogiaba el perfecto condimento del
arroz; pero ella se call, echando para adentro, con las primeras
cucharadas, aquel frrago amargo que se le quera salir del corazn. Muy
_para entre s_, dijo: Primero me hacen a m en pedacitos como estos,
que casarme con semejante hombre... Pero no le ven, no le ven que ni
siquiera parece un hombre?... Hasta huele mal... Yo no quiero decir lo
que me da cuando calculo que toda la vida voy a estar mirando delante de
m esa nariz de rabadilla.

Parece que ests triste, mouca le dijo Rubn, que sola darle este
carioso mote.

Contest ella que el arroz no haba quedado tan bien como deseara.
Cuando coman las chuletas, Maximiliano le dijo con cierta pedantera de
dmine: Una de las cosas que tengo que ensearte es a comer con tenedor
y cuchillo, no con tenedor slo. Pero tiempo tengo de instruirte en esa
y en otras cosas ms.

Tambin le cargaba a ella tanta correccin. Deseaba hablar bien y ser
persona fina y decente; pero cunto ms aprovechadas las lecciones si
el maestro fuera otro, sin aquella destiladera de nariz, sin aquella
cara deslucida y muerta, sin aquel cuerpo que no pareca de carne, sino
de cordilla!

Esta antipata de Fortunata no estorbaba en ella la estimacin, y con la
estimacin mezclbase una lstima profunda de aquel desgraciado,
caballero del honor y de la virtud, tan superior moralmente a ella. El
aprecio que le tena, la gratitud, y aquella conmiseracin inexplicable,
porque no se compadece a los superiores, eran causa de que refrenase su
repugnancia. No era ella muy fuerte en disimular, y otro menos alucinado
que Rubn habra conocido que el lindsimo entrecejo ocultaba algo. Pero
vea las cosas por el lente de sus ideas propias, y para l todo era
como deba ser y no como era. Alegrose mucho Fortunata de que el
almuerzo concluyese, porque eso de estar sosteniendo una conversacin
seria y oyendo advertencias y correcciones no la diverta mucho.
Gustbale ms el trajn de recoger la loza y levantar la mesa, operacin
en que puso la mano no bien tomaron el caf. Y para estar ms tiempo en
la cocina que en la sala, revis los pucheros, y se puso a picar la
ensalada cuando an no haca falta. De rato en rato daba una vuelta por
la sala, donde Maximiliano se haba puesto a estudiar. No le era fcil
aquel da fijar su atencin en los libros. Estaba muy distrado, y cada
vez que su amiga entraba, toda la ciencia farmacutica se desvaneca de
su mente. A pesar de esto quera que estuviese all, y aun se enoj algo
por lo mucho que prolongaba los ratos de cocina. Chica, no trabajes
tanto, que te vas a cansar. Trae tu labor y sintate aqu.

Es que si me pongo aqu no estudias, y lo que te conviene es estudiar
para que no pierdas el ao--replic ella--. Pues si lo pierdes y tienes
que volverlo a estudiar...!.

Esta razn hizo efecto grande en el nimo de Rubn. No importa que
ests aqu. Con tal que no me hables, estudiar. Vindote, parece que
comprendo mejor las cosas, y que se me abren las compuertas del
entendimiento. Te pones aqu, t a tu costura, yo a mis libros. Cuando
me siento muy torpe, pim!, te miro y al momento me despabilo.

Fortunata se ri un poco, y ausentndose un instante, trajo la costura.

Sabes?--le dijo Rubn, apenas ella se sent--. Mi hermano Juan Pablo
se fue a Molina a arreglar eso de la herencia de la ta Melitona. Mi ta
Lupe le escribi y antes de venir a Madrid se plant all. Escribe
diciendo que no habr grandes dificultades.

--De veras?, vamos!... Ms vale as.

--Como lo oyes. An no puedo decir lo que nos tocar a cada hermano. Lo
que s te aseguro es que me alegro de esto por ti, exclusivamente por
ti. Luego te quejars de la Providencia. Porque cuanto ms aseguradas
estn las materialidades de la vida, ms segura es la conservacin del
honor. La mitad de las deshonras que hay en la vida no son ms que
pobreza, chica, pobreza. Crete que ha venido Dios a vernos, y si ahora
no nos portamos bien, merecemos que nos arrastren.

Fortunata hubiera dicho para s: Vaya un moralista que me ha salido!
pero no tena noticia de esta palabra, y lo que dijo fue: Ya estoy de
_misionero_ hasta aqu, usando la palabra _misionero_ con un sentido
doble, a saber: el de predicador y el de agente de aquello que Rubn
llamaba _su misin_.




--ix--


Maximiliano comunic a Olmedo sus planes de casamiento encargndole el
mayor sigilo, porque no convena que se divulgasen antes de tiempo, para
evitar maledicencias tontas. Crey el gran perdis que su amigo estaba
loco, y en el fondo de su alma le compadeca, aunque admiraba el
atrevimiento de Rubn para hacer la ms grande y escandalosa calaverada
que se poda imaginar. Casarse con una...! Esto era un colmo, el colmo
del _buen fin_, y en semejante acto haba una mezcla horrenda de
ignominia y de abnegacin sublime, un no s qu de osada y al mismo
tiempo de bajeza, que levant al bueno de Rubn, a sus ojos, de aquel
fondo de vulgaridad en que estaba. Porque Rubn poda ser un tonto; pero
no era un tonto vulgar, era uno de esos tontos que tocan lo sublime con
la punta de los dedos. Verdad que no llegan a agarrarlo; pero ello es
que lo tocan. Olmedo, al mismo tiempo que sondeaba la inmensa gravedad
del propsito de su amigo, no pudo menos de reconocer que a l, Olmedo,
al perdulario de oficio, no se le haba pasado nunca por la cabeza una
majadera de aquel calibre.

Descuida, chico, lo que es por m no lo sabr nadie, qu narices! Soy
tu amigo s o no?, pues basta narices! Te doy mi palabra de honor;
estate tranquilo.

La palabra de _Ulmus sylvestris_, cuando se trataba de algo comprendido
en la jurisdiccin de la picarda, era sagrada. Pero en aquella ocasin
pudo ms el prurito chismogrfico que el fuero del honor picaresco, y el
gran secreto fue revelado a Narciso Puerta _(Pseudo-Narcisus
odoripherus)_ con la mayor reserva, y previo juramento de no
transmitirlo a nadie. Te lo digo en confianza, porque s que ha de
quedar de ti para m.

Descuida, chico, no faltaba ms... Ya t me conoces.

En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepcin. Porque,
verdaderamente, qu importaba confiar el secretillo a una sola persona,
a una sola, que de fijo no lo haba de propalar?

Te lo digo a ti slo, porque s que eres muy discreto--murmur Narciso
al odo de su amigo Encinas _(Quercus gigantea)_--. Cuidado con lo que
te encargo... pero mucho cuidado. Slo t lo sabes. No tengamos un
disgusto.

--Hombre, no seas tonto... Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que
soy un sepulcro.

Y el sepulcro se abri en casa de las de la Caa, con la mayor reserva
se entiende, y despus de hacer jurar a todos de la manera ms solemne
que guardaran aquel profundo arcano. Pero qu cosas tiene usted,
Encinas! No nos haga usted tan poco favor. Ni que furamos chiquillas,
para ir con el cuento y comprometerle a usted....

Pero una de aquellas seoras crea que era pecado mortal no indicar algo
a doa Lupe, porque esta al fin lo tena que saber, y ms vala
prepararla para tan tremendo golpe. Pobre seora! Era un dolor verla
con aquella tranquilidad, tan ajena a la deshonra que la amenazaba.
Total, que la noticia lleg a la sutil oreja de doa Lupe a los tres
das de haber salido del labio tmido de _Rubinius vulgaris_.

Cuentan que doa Lupe se qued un buen rato como quien ve visiones.
Despus dio a entender que algo barruntaba ella, por la conducta anmala
de su sobrino. Casarse con una que ha tenido que ver con muchos
hombres! Bah!, no sera cierto quizs. Y si lo era, pronto se haba de
saber; porque, eso s, a doa Lupe no se le apagara en el cuerpo la
bomba, y aquella misma noche o al da siguiente por la maana,
Maximiliano y ella se veran las caras... Que la seora viuda de
Juregui estaba volada, lo prob la inseguridad de su paso al recorrer
la distancia entre el domicilio de las de la Caa y el suyo. Hablaba
sola, y se le cay el paraguas dos veces, y cuando se baj a recogerlo,
se le cay el pauelo, y por fin, en vez de entrar en el portal de su
casa, entr en el prximo. Como estuviera en casa el muy hipocritn, su
ta le iba a poner verde! Pero no estara seguramente, porque eran las
once de la noche, y el seoritingo no entraba ya nunca antes de las doce
o la una... Quin lo haba de decir; pero quin lo haba de decir...!,
aquel cuitado, aquella calamidad de chico, aquella inutilidad, tan
fulastre y para poco que no tena aliento para apagar una vela, y que a
los dieciocho aos, s, bien lo poda asegurar doa Lupe, no saba lo
que son mujeres y crea que los nios que nacen vienen de Pars; aquel
hombre fallido enamorarse as, y de quin!, de una mujer perdida...!,
pero perdida... en toda la extensin de la palabra.

Ha venido el seorito? pregunt a su criada, y como esta le
contestara que no, frunci los labios en seal de impaciencia.

El desasosiego y la ira habran llegado qu s yo a dnde, si no se
desahogaran un poco sobre la inocente cabeza de Papitos, y se dice la
cabeza, porque esta fue lo que ms padeci en aquel achuchn. Ha de
saberse que Papitos era un tanto presumida, y que siendo su principal
belleza el cabello negro y abundante, en l pona sus cinco sentidos. Se
peinaba con arte precoz, hacindose sortijillas y patillas, y para
rizarse el fleco, no teniendo tenazas, empleaba un pedazo de alambre
grueso, calentndolo hasta el rojo. Hubiera querido hacer estas cosas
por la maana; pero como su ama se levantaba antes que ella, no poda
ser. La noche, cuando estaba sola, era el mejor tiempo para dedicarse
con entera libertad a la peluquera elegante. Un pedazo de espejo, un
batidor desdentado, un poco de tragacanto y el alambre gordo le
bastaban. Por mal de sus pecados, aquella noche se haba trabajado el
pelo con tanta perfeccin, que... hija, ni que fueras a un baile! se
haba dicho ella a s misma, con risa convulsiva, al mirarse en el
espejo por secciones de cara, porque de una vez no se la poda mirar
toda.

Puerca, fantasmona, mamarracho--grit doa Lupe destruyendo con
manotada furibunda todos aquellos perfiles que la chiquilla haba hecho
en su cabeza--. En esto pasas el tiempo... No te da vergenza de andar
con la ropa llena de agujeros, y en vez de ponerte a coser te da por
atusarte las crines? Presumida, sinvergenza! Y la cartilla? Ni
siquiera la habrs mirado... Ya, ya te dar yo pelitos. Voy a llevarte
a la barbera y a raparte la cabeza, dejndotela como un huevo.

Si le hubieran dicho que le cortaban la cabeza, no hubiera sentido la
chica ms terror.

Eso, ahora el moquito y la lagrimita, despus me envenenas la sangre
con tus peinados indecentes. Pareces la mona del Retiro... Ests
bonita... s... Pero qu, tambin te has echado pomada?.

Doa Lupe se oli la mano con que haba estropeado impamente el
criminal flequillo. Al acercar la mano a su nariz, hzolo con ademn tan
majestuoso, que es lstima no lo reprodujera un buen maestro de
escultura.

Gorrina... me has pringado la mano... Uy, qu pestilencia!... De
dnde has sacado esta porquera?.

--Me la dio el _sito_ Maxi--respondi Papitos con humildad...

Esto llev bruscamente las ideas de doa Lupe a la verdadera causa de su
ira. Ocurrisele hacer un reconocimiento en el cuarto de su sobrino, lo
que agradeci mucho Papitos, porque de este modo tena fin de inmediato
el sofoco que estaba pasando. Vete a la cocina le dijo la seora; y no
necesit repetrselo, porque se escabull como un ratoncillo que siente
ruido. Doa Lupe encendi luz en el cuarto de Maximiliano, y empez a
observar. Si encontrara alguna carta!--pens--. Pero quia! Ahora
recuerdo que me han dicho que esa tarasca no sabe escribir. Es un
animal en toda la extensin de la palabra.

Registra por aqu, registra por all, nada encontraba que sirviera de
comprobacin a la horrible noticia. Abri la cmoda, valindose de las
llaves de la suya, y all tampoco haba nada. La hucha estaba en su
sitio y llena, quizs ms pesada que antes. Retratos, no los vio por
ninguna parte. Hallbase doa Lupe engolfada en su investigacin
policaca, sin descubrir rastro del crimen, cuando entr Maximiliano.
Papitos le abri la puerta; dirigiose a su cuarto sorprendido de ver luz
en l, y al encarar con su ta, que estaba revolviendo el tercer cajn
de la cmoda, comprendi que su secreto haba sido descubierto, y le
corrieron escalofros de muerte por todo el cuerpo. Doa Lupe supo
contenerse. Era persona de buen juicio y muy oportunista, quiero decir
que no gustaba de hacer cosa ninguna fuera de sazn, y para calentarle
las orejas a su sobrino no era buena hora la media noche. Porque
seguramente ella haba de alzar la voz y no convena el escndalo.
Tambin era probable que al chico le diera una jaqueca muy fuerte si le
sofocaban tan a deshora, y doa Lupe no quera martirizarle. Lelo y mudo
estaba el estudiante en la puerta de su cuarto, cuando su ta se volvi
hacia l, y echndole una mirada muy significativa, le dijo:

Pasa; yo me voy. Duerme tranquilo, y maana te ajustar las
cuentas.... Se fue hacia su alcoba; pero no haba dado diez pasos,
cuando volvi airada amenazndole con la mano y con un grito:
Grandsimo pillo!... Pero tente boca. Qudese esto para maana... A
dormir se ha dicho.

No durmi Maximiliano pensando en la escena que iba a tener con su ta.
Su imaginacin agrandaba a veces el conflicto hacindolo tan
hermosamente terrible como una escena de Shakespeare; otras lo reduca a
proporciones menudas. Y qu, seora ta, y qu?--deca alzando los
hombros dentro de la cama, como si estuviera en pie--. He conocido una
mujer, me gusta y me quiero casar con ella. No veo el motivo de tanta...
Pues estamos frescos... Soy yo alguna mquina?... no tengo mi libre
albedro?... Qu se ha figurado usted de m?. A ratos se senta tan
fuerte en su derecho, que le daban ganas de levantarse, correr a la
alcoba de su ta, tirarle de un pie, despertarla y soltarle este
jicarazo: Sepa usted que al son que me tocan bailo. Si mi familia se
empea en tratarme como a un chiquillo, yo le probar a mi familia que
soy hombre. Pero se qued helado al suponer la contestacin de su ta,
que seguramente sera esta: Qu habas t de ser hombre, qu habas de
ser...?.

Cuando el buen chico se levant al da siguiente, que era domingo, ya
doa Lupe haba vuelto de misa. Entrole Papitos el chocolate, y, la
verdad, no pudo pasarlo, porque se le haba puesto en el epigastrio la
tirantez angustiosa, sntoma infalible de todas las situaciones
apuradas, lo mismo por causa de exmenes que por otro temor o sobresalto
cualquiera. Estaba lvido, y la seora debi de sentir lstima cuando le
vio entrar en su gabinete, como el criminal que entra en la sala de
juicio. La ventana estaba abierta, y doa Lupe la cerr para que el
pobrecillo no se constipase, pues una cosa es la salud y otra la
justicia. Vena el delincuente con las manos en los bolsillos y una
gorrita escocesa en la cabeza, las botas nuevas y la ropa de dentro de
casa, tan mustio y abatido que era preciso ser de bronce para no
compadecerle. Doa Lupe tena una falda de diario con muchos y grandes
remiendos admirablemente puestos, delantal azul de cuadros, toquilla
oscura envolviendo el arrogante busto, pauelo negro en la cabeza,
mitones colorados y borcegues de fieltro gruesos y blandos, tan blandos
que sus pasos eran como los de un gato. El gabinetito era una pieza muy
limpia. Una cmoda y el armario de luna de forma vulgar eran los
principales muebles. El sof y sillera tenan forro de _crochet_ a
estilo de casa de huspedes, todo hecho por la seora de la casa.

Pero lo que daba cierto aspecto grandioso al gabinete era el retrato
del difunto esposo de doa Lupe, colgado en el sitio presidencial, un
cuadrngano al leo, perverso, que representaba a D. Pedro Manuel de
Juregui, alias _el de los Pavos_, vestido de comandante de la Milicia
Nacional, con su morrin en una mano y en otra el bastn de mando.
Pintura ms chabacana no era posible imaginarla. El autor deba de ser
una especialidad en las muestras de casas de vacas y de burras de leche.
Sostena, no obstante, doa Lupe que el retrato de Juregui era una obra
maestra, y a cuantos lo contemplaban les haca notar dos cosas
sobresalientes en aquella pintura, a saber: que donde quiera que se
pusiese el espectador los ojos del retrato miraban al que le miraba, y
que la cadena del reloj, la gola, los botones, la carrillera y placa del
morrin, en una palabra, toda la parte metlica estaba pintada de la
manera ms extraordinaria y magistral.

Las fotografas que daban guardia de honor al lienzo eran muchas, pero
colgadas con tan poco sentimiento de la simetra, que se las creera
seres animados que andaban a su arbitrio por la pared.

Muy bien, Sr. D. Maximiliano, muy bien--dijo doa Lupe mirando
seversimamente a su sobrino--. Sintate que hay para rato.




--III--

Doa Lupe la de los Pavos




--i--


Maximiliano no se sent, doa Lupe s, y en el centro del sof debajo
del retrato, como para dar ms austeridad al juicio. Repiti el muy
bien, Sr. D. Maximiliano con retintn sarcstico. Por lo general,
siempre que su ta le daba tratamiento, llamndole _seor don_, el pobre
chico vea la nube del pedrisco sobre su cabeza.

Estarse una matando toda la vida--prosigui ella--, para sacar
adelante al dichoso sobrinito, sortearle las enfermedades a fuerza de
mimos y cuidados, darle una carrera quitndome yo el pan de la boca,
hacer por l lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que al
fin!... Buen pago, bueno!... No, no me expliques nada, si estoy
perfectamente informada. S quin es esa... dama ilustre con quien te
quieres casar. Vamos, que buena doncella te canta... Y creers que
vamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es una
chiquillada y no se hable ms del asunto.

Maximiliano no poda decir tal cosa; pero tampoco poda decir otra,
porque si en el fondo de su nimo empezaban a levantarse olas de
entereza, esas olas reventaban y se descomponan antes de llegar a la
orilla, o sea a los labios. Estaba tan cortado, que sintiendo dentro de
s la energa no la poda mostrar por aquella pcara emocin nerviosa
que le embargaba. Dej esparcir sus miradas por la pared testera, como
buscando por all un apoyo. En ciertas situaciones apuradas y en los
grandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algo
insignificante y que nada tiene que ver con la situacin. Maximiliano
contempl un rato el grupo fotogrfico de las chicas de Samaniego,
Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy
adusta, la otra sentimental. Por qu miraba aquello? Su turbacin le
llevaba a colgar las miradas aqu y all, prendiendo el espritu en
cualquier objeto, aunque fueran las cabezas de los clavos que sostenan
los retratos.

Explcate, hombre--aadi doa Lupe, que era viva de genio--. Es una
niera?.

--No, seora--respondi el acusado, y esta negacin, que era afirmacin,
empez a darle nimos, aligerndole un poco la angustia aquella de la
boca del estmago.

--Ests seguro de que no es chiquillada? Valiente idea tienes t del
mundo y de las mujeres, inocente!... Yo no puedo consentir que una
pindonga de esas te coja y te enga para timarte tu nombre honrado,
como otros timan el reloj. A ti hay que tratarte siempre como a los
nios atrasaditos que estn a medio desarrollar. Hay que recordar que
hace cinco aos todava iba yo por la maana a abrocharte los calzones,
y que tenas miedo de dormir solo en tu cuarto.

Idea tan desfavorable de su personalidad exasperaba al joven. Senta
crecer dentro la bravura; pero le faltaban palabras. Dnde demonios
estaban aquellas condenadas palabras que no se le ocurran en trance
semejante? El maldito hbito de la timidez era la causa de aquel
silencio estpido. Porque la mirada de doa Lupe ejerca sobre l
fascinacin singularsima, y teniendo mucho que decir, no lograba
decirlo. Pero qu dira yo?... Cmo empezara yo? pensaba fijando la
vista en el retrato de Torquemada y su esposa, de bracete.

--Todo se arreglar--indic doa Lupe en tono conciliador--, si consigo
quitarte de la cabeza esas humaredas. Porque t tienes sentimientos
honrados, tienes buen juicio... Pero sintate. Me da fatiga de verte en
pie.

--Es menester que usted se entere bien--dijo Maximiliano al sentarse en
el silln, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para
empezar--; se entere bien de las cosas... Yo... pensaba hablar a
usted...

--Y por qu no lo hiciste? Qu tal sera ello!... Vaya, que un chico
delicadito como t, meterse con esas viciosonas...! Y no te quepa
duda... As, pronto entregars la pelleja. Si caes enfermo, no vengas a
que te cuide tu ta, que para eso s sirvo yo, eh?, para eso s sirvo,
ingrato, tunante... Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando
te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti ms que una madre; te
parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una
mujer de mala vida?

Rubn se puso verde y le sali un amargor intenssimo del corazn a los
labios.

No es eso, ta, no es eso--sostuvo, entrando en posesin de s mismo--.
No es mujer de mala vida. La han engaado a usted.

--El que me ha engaado eres t con tus encogimientos y tus timideces...
Pero ahora lo veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que te
voy a dejar hacer tu gusto. Por quin me tomas, bobalicn?... Ah, si
yo no hubiera tenido tanta confianza...! Pero si he sido una tonta; si
me cre que t no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado,
buena. Eres un apunte... en toda la extensin de la palabra.

Maximiliano, al or esto, estaba profundamente embebecido, mirando el
retrato de Rufinita Torquemada. La vea y no la vea, y slo
confusamente y con vaguedades de pesadilla, se haca cargo de la
actitud de la seorita aquella, retratada sobre un fondo marino y
figurando que estaba en una barca. Vuelto en s, pens en defenderse;
pero no poda encontrar las armas, es decir, las palabras. Con todo, ni
por un instante se le ocurra ceder. Flaqueaba su mquina nerviosa; pero
la voluntad permaneca firme.

A usted la han informado mal--insinu con torpeza--, respecto a la
persona... que... Ni hay tal vida airada ni ese es el camino... Yo
pensaba decirle a usted: 'Ta, pues yo... quiero a esta persona, y... mi
conciencia...'.

--Cllate, cllate y no me saques la clera, que al orte decir que
quieres a una tiota chubasca, me dan ganas de ahogarte, ms por tonto
que por malo... y al orte hablar de conciencia en este tratado, me dan
ganas de... Dios me perdone... Sabes lo que te digo?--aadi alzando la
voz--, sabes lo que te digo? Que desde este momento vuelvo a tratarte
como cuando tenas doce aos. Hoy no me sales de casa. Ea, ya estoy yo
en funciones con mis disciplinas... Y desde maana me vuelves a tomar el
aceite de hgado de bacalao. Vete a tu cuarto y qutate las botas. Hoy
no me pisas la calle.

Dios sabe lo que iba a contestar el acusado. Qued suelta en el aire la
primera palabra, porque lleg una visita. Era el Sr. de Torquemada,
persona de confianza en la casa, que al entrar iba derecho al gabinete,
a la cocina, al comedor o a donde quiera que la seora estuviese. La
fisonoma de aquel hombre era difcil de entender. Slo doa Lupe, en
virtud de una larga prctica, saba encontrar algunos jeroglficos en
aquella cara ordinaria y enjuta, que tena ciertos rasgos de tipo
militar con visos clericales. Torquemada haba sido alabardero en su
mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos,
tena un no s qu de eclesistico, debido sin duda a la mansedumbre
afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de prpados con que
adulteraba su grosera innata. La cabeza se le inclinaba siempre al lado
derecho. Su estatura era alta, mas no arrogante; su cabeza calva, crasa
y escamosa, con un enrejado de pelos mal extendidos para cubrirla. Por
ser aquel da domingo, llevaba casi limpio el cuello de la camisa, pero
la capa era el nmero dos, con las vueltas aceitosas y los ribetes
deshilachados. Los pantalones, mermados por el crecimiento de las
rodilleras, se le suban tanto que pareca haber montado a caballo sin
trabillas. Sus botas, por ser domingo, estaban aquel da embetunadas y
eran tan chillonas que se oan desde una legua.

Y cmo est la familia? pregunt al tomar asiento, despus de dar su
mano siempre sudorosa a doa Lupe y al sobrino.

--Perfectamente bien--dijo la seora observando con ansiedad el
semblante de Torquemada--. Y en casa?

--No hay novedad, a Dios gracias. Doa Lupe esperaba aquel da noticia
de un asunto que le interesaba mucho. Como siempre se pona en lo peor
para que las desgracias no la cogieran desprevenida, pens, al ver
entrar a su agente, que le traa malas nuevas. Temi preguntarle. La
cara de militar adulterado no expresaba ms que un inters decidido por
la familia. Al fin Torquemada, que no gustaba de perder el tiempo, dijo
a su amiga:

Vamos, doa Lupe, que hoy estamos de buena. A que no me acierta usted
la peripecia que le traigo?.

La fisonoma de la seora se ilumin, pues saba que su amigo llamaba
peripecia a toda cobranza inesperada. Echose l a rer, y meti mano al
bolsillo interior de su americana.

Ay! No me lo diga usted, D. Francisco--exclam doa Lupe con
incredulidad, cruzando las manos--. Ha pagado...?.

--Lo va usted a ver... Yo... tampoco lo esperaba. Como que fui anoche a
decirle que el lunes se le embargara. Hoy por la maana, cuando me
estaba vistiendo para ir a misa, me le veo entrar. Cre que vena a
pedirme ms prrrogas. Como siempre nos est engaando, que hoy, que
maana... Yo no le creo ni la Biblia. Es muy fabulista. Pero en fin,
pedradas de estas nos den todos los das. Seor de Torquemada--me dice
muy serio--, vengo a pagarle a usted.... Me qued lo que llaman
atnito. Como que no esperaba la peripecia. Finalmente, que me dio el
_guano_, o sean ocho mil reales, cogi su pagar, y a vivir.

--Lo que yo le deca a usted--observ doa Lupe casi sin poder hablar,
con la alegra atravesada en la garganta--. El tal Joaquinito Pez es una
persona decente. l pasa sus apurillos como todos esos hijos de familia
que se dan buena vida, y un da tienen, otro no. De fijo que ser
jugador...

Torquemada hizo una separacin de billetes, dando la mayor parte a doa
Lupe.

Los seis mil reales de usted... dos mil mos. Buen chiripn ha sido
este. Yo los contaba, como quien dice, perdidos, porque el tal
Joaquinito est, segn o, con el agua al cuello. Quin ser el
desgraciado a quien ha dado el sablazo? A bien que a nosotros no nos
importa.

--Como no le hemos de prestar ms...

--Mire usted, doa Lupe--dijo Torquemada, haciendo una perfecta _o_ con
los dedos pulgar e ndice y ensendosela a su interlocutora.




--ii--


Doa Lupe contempl la _o_ con veneracin y escuch:

Mire usted, seora, estos seoritos disolutos son buenos parroquianos,
porque no reparan en el materialismo del premio y del plazo; pero al fin
la dan, y la dan gorda. Hay que tener mucho ojo con ellos. Al principio,
el embargo les asusta; pero como lleguen a perder el punto una vez, lo
mismo les da _fu_ que _fa_. Aunque usted les ponga en la publicidad de
la _Gaceta_, se quedan tan frescos. Vea usted al marquesito de
Casa-Bojo; le embargu el mes pasado; le vend hasta la lmina en que
tena el rbol genealgico. Pues, finalmente, a los tres das me le vi
en un faetn, como si tal cosa, y pas por junto a m y las ruedas me
salpicaron el barro de la calle... No es que me importe el materialismo
del barro; lo digo para que se vea lo que son... Pues creer usted que
encontr despus quien le prestara? Ello fue al cuatro mensual; pero aun
al cinco sera, como quien dice, el todo por el todo. Verdad que no
molestan, y si a mano viene, cuando piden prrroga, por tenerle a uno
contento le dan un destinillo para un sobrino, como hizo el chico de Pez
conmigo... pero el materialismo del destino no importa; a lo mejor la
pegan y de canela fina, crame usted. Por eso, ya puede venir ahora a
tocar a esta puerta, que le he de mandar a plantar cebollino.

Al llegar aqu Torquemada sac su sebosa petaca. Como tena tanta
confianza, iba a echar un cigarro; ofreci a Maximiliano, y doa Lupe
respondi bruscamente por l diciendo con desdn: Este no fuma.

Las operaciones previas de la fumada duraban un buen rato, porque
Torquemada le variaba el papel al cigarrillo. Despus encendi el
fsforo raspndolo en el muslo. Como seguro--prosigui--, aunque da
mucho que hacer, el _chico_ de la tienda de ropas hechas, Jos Mara
Vallejo. All me tiene todos los primeros de mes, como un perro de
presa... Mil duros me tiene all, y no le cobro ms que veintisis todos
los meses. Que se atrasa? Hijo, yo tengo un gran compromiso y no te
puedo aguardar. Cojo media docena de capas, y me las llevo, y tan
fresco... Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que
mire bien el plazo. Si no hay ms remedio, seora. Es menester tratarles
as, porque no guardan consideracin. Se figuran que tiene uno el dinero
para que ellos se diviertan. Se acuerda usted de aquellos estudiantes
que nos dieron tanta guerra?, fue el primer dinero de usted que coloqu.
Aquel Cienfuegos, aquel Arias Ortiz! Vaya unos peines. Si no es por m,
no se les cobra...

Y eran tan tunantes, que despus que iban a casa llorndome tocante a la
prrroga, me los encontraba en el caf atizndose bisteques... y vengan
copas de ron y marrasquino... Lo mismo que aquel tendero de la calle
Mayor, aquel Rubio que tena peletera, se acuerda usted? Un da,
finalmente, me trajo su reloj, los pendientes de su mujer, y doce cajas
de pieles y manguitos, y aquella misma tarde, aquella mismsima tarde,
seora, me le veo en la Puerta del Sol, encaramndose en un coche para
ir a los Toros... Si son as... quieren el dinero, como quien dice, para
el materialismo de tirarlo. Por eso estoy todo el santo da vigilando a
Jos Mara Vallejo, que es un buen hombre, sin despreciar a nadie. Voy a
la tienda y veo si hay gente, si hay movimiento; echo una guiada al
cajn; me entero de si el chico que va a cobrar las cuentas trae
_guano_; sermoneo al principal, le doy consejos, le recomiendo que al
que paga no le crucifique. Si es la verdad, si no hay ms camino...!
Finalmente, el que se hace de manteca pronto se lo meriendan. Y no lo
agradecen, no seora, no agradecen el inters que me tomo por ellos.
Cuando me ven entrar, si viera usted qu cara me ponen! No reparan que
estn trabajando con mi dinero. Y finalmente, qu eran ellos? Unos
pobres pelagatos. Les parece que porque me dan veintisis duros al mes,
ya han cumplido... Dicen que es mucho y yo digo que me lo tienen que
agradecer, porque los tiempos estn malos, pero muy malos.

En toda la parte del siglo XIX que dur la largusima existencia
usuraria de D. Francisco Torquemada, no se le oy decir una sola vez
siquiera que los tiempos fueran buenos. Siempre eran malos, pero muy
malos. Aun as, el 68 ya tena Torquemada dos casas en Madrid, y haba
empezado sus negocios con doce mil reales que hered su mujer el 51. Los
un da mezquinos capitales de doa Lupe, l se los haba centuplicado en
un par de lustros, siendo esta la nica persona que asociaba a sus
oscuros negocios. Cobrbale una comisin insignificante, y se tomaba por
los asuntos de ella tanto inters como por los propios, en razn a la
gran amistad que haba tenido con el difunto Juregui.

Y con esta fecha y con esta facha me voy dijo levantndose y
colgndose la capa que se le caa del hombro izquierdo.

--Tan pronto?--Seora, que no he odo misa. Lo que le deca a usted,
estaba vistindome para salir a orla, cuando entr Joaquinito a darme
la gran peripecia.

--Buena ha sido, buena!--exclam doa Lupe, oprimiendo contra su seno
la mano en que tena los billetes, tan bien cogidos que no se vea el
papel por entre los dedos.

--Qudate con Dios--dijo Torquemada a Maximiliano que slo contest al
saludo con un _ju ju_...

Y sali al recibimiento, acompaado de doa Lupe. Maximiliano les sinti
cuchicheando en la puerta. Por fin se oyeron las botas chillonas del
ex-alabardero bajando la escalera, y doa Lupe reapareci en el
gabinete. El jbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que crea
perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucan como dos carbones
encendidos, y su boca traa bosquejada una sonrisa. Desde que la vio
entrar, conoci Maximiliano que su clera se haba aplacado. El _guano_,
como deca Torquemada, no poda menos de dulcificarla; y llegndose a
donde estaba el delincuente, que no se haba movido de la butaca, le
puso una mano en el hombro, empuando fuertemente en la otra los
billetes, y le dijo:

No, no te sofoques... no es para tomarlo as. Yo te digo estas cosas
por tu bien....

--Yo, realmente--repuso Maximiliano con serenidad, que ms le asombr a
l mismo que a doa Lupe--, no me he sofocado... yo estoy tranquilo,
porque mi conciencia...

Aqu se volvi a embarullar. Doa Lupe no le dio tiempo a desenvolverse
porque se meti en la alcoba, cerrando las vidrieras. Desde el gabinete
la sinti Maximiliano trasteando.

Guardaba el dinero. Abriendo despus la puerta, mas sin salir de la
alcoba, la seora sigui hablando con su sobrino:

Ya sabes lo que te he dicho. Hoy no me sales a la calle... Y desde
maana empezars a tomarme el aceite de hgado de bacalao, porque todo
eso que te da no es ms que debilidad del cerebro... Luego seguiremos
con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste dejar de
tomarlo....

Maximiliano, como no tena delante a su ta, se permiti una sonrisa
burlona. Miraba en aquel momento a su to el Sr. de Juregui, que le
miraba tambin a l, como es consiguiente. No pudo menos de observar que
el digno esposo de su ta era horrendo; ni comprenda cmo doa Lupe no
se mora de miedo cuando se quedaba sola, de noche, en compaa de
semejante espantajo.

Con que ya sabes--dijo al aparecer en la puerta, abrochndose su cuerpo
de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir--. Ya puedes ir a
quitarte las botas. Ests preso.

Fuese el joven a su cuarto sin decir nada, y doa Lupe se qued pensando
en lo dcil que era. El rigor de su autoridad, que el muchacho acataba
siempre con veneracin, sera remedio eficaz y pronto del desorden de
aquella cabeza. Bien lo deca ella. En cuanto yo le doy cuatro gritos,
le pongo como una liebre. Trabajo les mando a esas lobas que me le
quieran trastornar.

Papitos...! grit la seora, y al punto se oyeron las patadas de la
chica en el pasillo como las de un caballo en el Hipdromo. Presentose
con una patata en la mano y el cuchillo en la otra.

Mira--le dijo su ama con voz queda--. Ten cuidado de ver lo que hace el
seorito Maxi mientras yo estoy fuera. A ver si escribe alguna carta o
qu hace.

La mona se dio por enterada, y volvi a la cocina dando brincos.

A ver--dijo la seora hablando consigo misma--, se me olvidar algo?..
Ah!, el portamonedas. Qu hay que traer?... Fideos, azcar... y nada
ms. Ah!, el aceite de hgado de bacalao: lo que es eso no se lo
perdono. A cucharetazos es como se cura esto. Y ahora no habr el
realito de velln por cada toma. Ya es un hombre, quiero decir, ya no es
un chiquillo.

Figrese el lector cul sera el asombro de doa Lupe _la de los Pavos_,
cuando vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren
de andar por casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas
encarnadas, su chaqu azul y su honguito de color de caf. Tan
estupefacta y colrica estaba por la desobediencia del mancebo, que
apenas pudo balbucir una protesta: Pe... pero....

Ta--dijo Maximiliano con voz alterada y temblorosa--, no pue... no
puedo obedecer a usted... Soy mayor de edad. He cumplido veinticinco
aos... Yo la respeto a usted; respteme usted a m.

Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y sali de la casa a toda
prisa, temiendo sin duda que su ta le agarrase por los faldones.

Bien claro explicaba l su conducta, chismorreando consigo mismo: Yo no
s defenderme con palabras; yo no puedo hablar, y me aturullo y me turbo
slo de que mi ta me mire; pero me defender con hechos. Mis nervios me
venden; pero mi voluntad podr ms que mis nervios, y lo que es la
voluntad, bien firme la tengo ahora. Que se metan conmigo; que venga
todo el gnero humano a impedirme esta resolucin; yo no discutir, yo
no dir una palabra; pero a donde voy, voy, y al que se me ponga por
delante, sea quien sea, le piso y sigo mi camino.




--iii--


Doa Lupe se qued que no saba lo que le pasaba.

Papitos, Papitos!... No, no te llamo... vete... Pero has visto qu
insolente? Si no es l, no es l... Es que me le han vuelto del revs,
me le han embrujado. Habr tunante? Si estoy por seguirle y avisar a
una pareja de Orden Pblico para que me le trinquen... Pero a la noche
nos veremos las caras. Porque t has de volver, t tienes que volver,
sietemesino hipcrita... Papitos, toma, toma; bjate por los fideos y el
azcar. Yo no salgo, no puedo salir. Creo que me va a dar algo... Mira,
te pasas por la botica y pides un frasco de aceite de hgado de bacalao,
del que yo traa. Ya saben ellos. Dices que yo ir a pagarlo... Oye,
oye, no traigas eso. Si no lo va a querer tomar...! Trete una vara.
No, no traigas tampoco vara... Te pasas por la droguera y pides diez
cntimos de sanguinaria. A m me va a dar algo....

Estaba en efecto amenazada de un arrebato de sangre, y la cosa no era
para menos. Nunca haba visto en su sobrino un rasgo de independencia
como el que acababa de ver. Haba sido siempre tan poquita cosa, que
donde le ponan all se estaba. Voluntad propia, no la tuvo jams. En
ningn tiempo fue preciso ponerle la mano encima, porque un fruncimiento
de cejas bastaba para traerle a la obediencia. Qu haba pasado en
aquel cordero para convertirle en algo as como un leoncillo? La mente
de doa Lupe no poda descifrar misterio tan grande. Tras de la clera y
la confusin vino el abatimiento, y se senta tan rendida fsicamente
como si hubiera estado toda la maana ocupada en alguna faena penosa.

Quitose con pausa los trapitos domingueros que se haba empezado a
poner, y volvi a llamar a la mona para decirle: No hagas ms que unas
sopas de ajo. El seoritingo no vendr a almorzar, y si viene le acusar
las cuarenta.

Tomando la sillita baja, que usaba cuando cosa, la coloc junto al
balcn. Le dola la cintura y al sentarse exhal un ay! Para coser
usaba siempre gafas. Se las puso, y sacando obra de su cesta de costura,
empez a repasar unas sbanas. No le repugnaba a doa Lupe trabajar los
domingos, porque sus escrpulos religiosos se los haba quitado Juregui
en tantos aos de propaganda matrimonial progresista. Psose, pues, a
zurcir en su sitio de costumbre, que era junto a la vidriera. En el
balcn tena dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas vea la
calle. Como el cuarto era principal, desde aquel sitio se vera muy bien
pasar gente en caso de que la gente quisiese pasar por all. Pero la
calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ngulo con
ella, son de muy poco trnsito. Parece aquello un pueblo. La nica
distraccin de doa Lupe en sus horas solitarias era ver quin entraba
en el taller de coches inmediato o en la imprenta de enfrente, y si
pasaba o no doa Guillermina Pacheco en direccin del asilo de la calle
de Alburquerque. Lugar y ocasin admirables eran aquellos para
reflexionar, con los trapos sobre la falda, la aguja en la mano, los
espejuelos calados, la cesta de la ropa al lado, el gato hecho una
pelota de sueo a los pies de su ama. Aquel da doa Lupe tena, ms que
nunca, materia larga de meditaciones.

Que se est una sacrificada toda la vida para esto!... l no lo sabe,
qu ha de saber, si es un tontn? Le ponen el plato delante, y qu
sabe las agonas que ha costado ponrselo?... Pues si le dijera yo que
cada garbanzo, algunos das, tiempo ha, tena el valor de una perla...
segn lo que costaba traerlo a casa...! No s qu habra sido de m sin
el Sr. de Torquemada, ni qu hubiera sido de Maxi sin m. Lucida
existencia sera la suya si no hubiera tenido ms arrimo que el de sus
hermanos! Dime, bobo de Coria, si yo no hubiera trabajado como una
negra para defender el panecillo y poner esta casa en el pie que tiene;
si no discurriera tanto como discurro, calentndome los sesos a todas
horas y empleando en mil menudencias estas entendederas que Dios me ha
dado, qu habra sido de ti, ingratuelo?... Ah! Si viviera mi
Juregui!.

El recuerdo de su difunto, que siempre se avivaba en la mente de doa
Lupe cuando se vea en algn conflicto, la enterneci. En todas sus
aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad
matrimonial, pues Juregui haba sido el mejor de los hombres y el
nmero uno de los maridos. Ay, mi Juregui! exclamaba echando toda
el alma en un suspiro.

Don Pedro Manuel de Juregui haba servido en el Real Cuerpo de
Alabarderos. Despus se dedic a negocios, y era tan honrado, pero tan
sosamente honrado, que no dej al morir ms que cinco mil reales.
Oriundo de la provincia de Len, reciba partidas de huevos y otros
artculos de recoba. Todos los paveros leoneses, zamoranos y segovianos
depositaban en sus manos el dinero que ganaban, para que lo girase a los
pueblos productores del artculo, y de aqu vino el apodo que le dieron
en Puerta Cerrada y que hered doa Lupe. Tambin reciba Juregui, por
Navidad, remesas de mantecadas de Astorga, y a su casa iban a cobrar y a
dejar fondos todos los ordinarios de la maragatera. En poltica hizo
gran papel D. Pedro por ser uno de los corifeos de la Milicia Nacional,
y era tan sensato, que la nica vez que se sublev lo hizo al grito
mgico de Viva Isabel II! Falleci aquel bendito, y doa Lupe se
hubiera muerto tambin si el dolor matara. Y no se vaya a creer que le
faltaron pretendientes a la viudita, pues haba, entre otros, un D.
Evaristo Feijoo, coronel de ejrcito, que le rondaba la calle y no la
dejaba vivir. Pero la fidelidad a la memoria de su feo y honrado
Juregui se sobrepona en doa Lupe a todos los intereses de la tierra.
Despus vino la crianza y cuidado de su sobrinito, que le dieron esa
distraccin tan saludable para las desazones del alma. Torquemada y los
negocios ayudronla tambin a entretener su existencia y a conllevar su
dolor... Pas tiempo, gan dinero, y lentamente vino la situacin en que
la he descrito. Frisaba ya doa Lupe en los cincuenta aos, mas estaba
tan bien conservada, que no pareca tener ms de cuarenta. Haba sido en
su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tena cierto
parecido remoto con Juan Pablo. Sus ojos pardos conservaban la viveza de
la juventud; pero tena cierta adustez jurdica en la cara, acentuada de
lneas y seca de color. Sobre el labio superior, fino y violado cual los
bordes de una reciente herida, le corra un bozo tenue, muy tenue, como
el de los chicos precoces, vello finsimo que no la afeaba ciertamente;
por el contrario, era quizs la nica pincelada feliz de aquel rostro
semejante a las pinturas de la Edad Media, y haca la gracia el tal bozo
de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita
muy mona, de la cual salan dos o tres pelos bermejos que a la luz
brillaban retorcidos como hilillos de cobre. El busto era hermoso,
aunque, como se ver ms adelante, haba en l algo y aun algos de
falseamiento de la verdad.

Descollaba doa Lupe por la inteligencia y por el prurito de mostrarla a
cada instante.

As como a otras el amor propio les inspira la presuncin, a la viuda de
Juregui le infunda convicciones de superioridad intelectual y el deseo
de dirigir la conducta ajena, resplandeciendo en el consejo y en todo lo
que es prctico y gubernativo. Era una de esas personas que, no habiendo
recibido educacin, parece que la han tenido cumplidsima, por lo bien
que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carcter y lo
sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retricas sociales las
brutalidades del egosmo humano.

De la memoria de su Juregui llev el pensamiento a su sobrino. Eran sus
dos amores. Subindose las gafas que se le haban deslizado hasta la
punta de la nariz, prosigui as: Pues conmigo no juega. Le pongo en la
calle como tres y dos son cinco. Tendr que hacer un esfuerzo, porque le
quiero como debe de quererse a los hijos... Yo que tena la ilusin de
casarle con Rufina o al menos con Olimpia!... No, me gusta mucho ms
Rufina Torquemada. Cuidado que soy tonta. Al verle tan hurao, y que se
esconda cuando entraba doa Silvia con su hija, crea que hablarle a
este chico de mujeres era como mentarle al diablo la cruz. Fese usted
de apariencias. Y ahora resulta que hace meses sostiene a una mujer, y
se pasa el da entero con ella y... Vamos, yo tengo que ver esto para
creerlo... Y otra cosa: cmo se las arreglar para mantenerla?... La
hucha est all con su peso de siempre....

Doa Lupe, al llegar aqu, se engolf en cavilaciones tan abstrusas que
no es posible seguirla. Su mente se sumerga y sala a flote, como un
madero arrojado en medio de las bravas olas. La buena seora estuvo as
toda la tarde. Llegada la noche, deseaba ardientemente que el sobrino
entrase de la calle para descargar sobre l todo el material de lavas
que el volcn de su pecho no poda contener. Entr el sietemesino muy
tarde, cuando su ta estaba ya comiendo y se haba servido el cocido.
Maximiliano se sent a la mesa sin decir nada, muy grave y algo azorado.
Empez a comer con apetito la sopa fra, echando miradas indagatorias e
inquietas a su seora ta, que evitaba el mirarle... _por no romper_...
Debo contenerme--pensaba ella--, hasta que coma... Y parece que tiene
ganitas.... A ratos el joven daba hondos suspiros mirando a su ta,
cual si deseara tener una explicacin con ella. Ms de una vez quiso
doa Lupe romper en denuestos; pero el silencio y la compostura de su
sobrino la contenan, hacindole temer que se repitiera el rasgo varonil
de aquella maana. Por fin, apenas cat el joven unas pasas que de
postre haba, se levant para ir a su cuarto; y apenas le vio doa Lupe
de espalda, se le encendieron bruscamente los nimos y corri tras l,
conteniendo las palabras que a la boca se le salan. Estaba el pobre
chico encendiendo el quinqu de su cuarto, cuando la seora apareci en
la puerta, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: Zascandil.

No se inmut Maximiliano ni aun cuando doa Lupe, repitiendo su
apstrofe, lleg al cuarto o al quinto _zascandil_. Y como si esta
palabra fuera el tapn de su ira, tras ella corrieron en vena abundante
las quejas por lo que el chico haba hecho aquella maana. Y no quiero
hablar ahora del motivo--aadi ella--; de esa moza que te has echado...
y que sin duda empieza por pegarte su mala educacin. Voy a la patochada
de esta maana. Crees que tu ta es algn trapo viejo?.

El muchacho se sent en la silla que junto a la cama estaba, y apoyando
el codo en esta, aguant el achuchn, sin mirar a su juez. Tena un
palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca
con nerviosa presteza. Ya se le haba quitado el gran temor que la
hermana de su padre le infunda. Como ciertos cobardes se vuelven
valientes desde que disparan el primer tiro, Maximiliano, una vez que
rompi el fuego con la hombrada de aquella maana, senta su voluntad
libre del freno que le pusiera la timidez. Dicha timidez era un fenmeno
puramente nervioso, y en ella tenan no poca parte tambin sus
rutinarios hbitos de subordinacin y apocamiento. Mientras no hubo en
su alma una fuerza poderosa, aquellos hbitos y la ditesis nerviosa
formaron la costra o apariencia de su carcter; pero surgi dentro la
energa, que estuvo luchando durante algn tiempo por mostrarse,
rompiendo la corteza. La timidez o falsa humildad endureca esta, y como
la energa interior no encontraba un auxilio en la palabra, porque la
sumisin consuetudinaria y la cortedad no le haban permitido educarla
para discutir, pasaba tiempo sin que la costra se rompiera. Por fin, lo
que no pudieron hacer las palabras, lo hizo un acto. Roto el cascarn,
Maximiliano se encontr ms valiente y dispuesto a medirse con la fiera.
Lo que antes era como levantar una montaa, parecale ya como alzar del
suelo un pauelo.

Oy en calma los desahogos de su ta. Cuntos argumentos se podan
oponer a los que la buena seora disparaba con ms ardor que lgica!
Pero lo que es en argumentar con palabras qu diablo!, todava no
estaba l fuerte. Argumentaba con hechos. En esto s que se pintaba
solo. Cuando su ta tom respiro dejndose caer sofocada en la silla
prxima a la mesa, Maximiliano rompi a hablar a su vez; pero no era
aquello razonar, era como si cogiera su corazn y lo volcara sobre la
cama, lo mismo que haba volcado la hucha despus de cascarla.

La quiero tanto--dijo sin mirar a su ta, y encontrando palabras
relativamente fciles para expresar sus sentimientos--, la quiero tanto,
que toda mi vida est en ella, y ni ley ni familia ni el mundo entero me
pueden apartar de ella... Si me ponen en esta mano la muerte y en esta
otra dejar de quererla y me obligan a escoger, preferir mil veces
morirme, matarme o que me maten... La quise desde el momento en que la
vi, y no puedo dejar de quererla, sino dejando de vivir... de modo que
es tontera oponerse a lo que tengo pensado, porque salto por encima de
todo y si me ponen delante una pared la paso... Ve usted cmo rompen
los jinetes del Circo de Price los papeles que les ponen delante cuando
saltan sobre los caballos? Pues as rompo yo una pared si me la ponen
entre ella y yo.




--iv--


Este smil hubo de impresionar vivamente a la gran doa Lupe, que
contempl un rato a su sobrino con ms lstima que ira.

Yo me he llevado chascos en mi vida--dijo meneando la cabeza como los
muecos que tienen un alambre en el pescuezo--; pero un chasco como este
no me lo he llevado nunca. Me la has dado completa, a fondo, de
maestro... Cierto que no tengo poder sobre ti... Si te pierdes, bien
perdido ests. No me vengas a m despus con arrumacos. Te cri, te
eduqu, he sido para ti una madre. No te parece que debas haberme
dicho: 'pues ta, esto hay'?.

--Cierto que s--replic vivamente Maximiliano--, pero me daba reparo,
ta. Ahora que me he soltado parceme la cosa ms fcil del mundo. De
esta falta le pido a usted perdn, porque reconozco que me port mal.
Pero se me trababa la lengua cuando quera decir algo, y me entraban
sudores... Me acostumbr a no hablar a usted ms que de si me dola o no
la cabeza, de que se me haba cado un botn, de si llova o estaba seco
y otras tonteras as... Oiga usted ahora, que despus de callar tanto
me parece que reviento si no le cuento a usted todo. La conoc hace tres
meses. Estaba pobre, haba sido muy desgraciada...

--S, s, me han dicho que es muy corrida. Tienes buenas
tragaderas--afirm doa Lupe con crueldad.

--No haga usted caso... los hombres son muy malos. No conviene usted
conmigo en que los hombres son muy malos? Y dgame usted ahora. No es
accin noble traer al buen camino a una alma buena que se ha
descarriado?

--Y t, t--chill la de Juregui con espanto, persignndose--, te has
metido a pastor!

--Pero agurdese usted, ta. No juzgue usted las cosas tan de
ligero--insisti Maximiliano, apurado por no saber expresarse bien--.
Si ella est arrepentida! Ni ha sido tampoco tan mala como a usted le
han dicho. Si es un ngel...

--De cornisa! Buen provecho.

--Crame usted, y cuando la conozca...

--Yo... conocerla yo! De eso est libre... Repito que buen provecho te
haga tu oveja, mejor dicho, tu cabra descarriada.

--Pero si no es eso... es que yo no me expreso bien. Dgame una cosa,
el querer ser honrada no es lo mismo que serlo? Dice usted que no?
Pues yo no lo veo as, yo no lo veo as.

--Cmo ha de ser lo mismo querer ser una cosa que serlo?

--En el terreno moral s... Si conmigo es honrada y sin m podra no
serlo, cmo quiere usted que yo le diga, anda y vete a los demonios?
No es ms natural y humano que la acoja y la salve? Pues qu, las obras
grandes y cmo dir?... cristianas, se han de mirar por el lado del
egosmo?

Crey el pobre muchacho que haba puesto una pica en Flandes con este
argumento, y observ el efecto que en su ta haba hecho. La verdad es
que doa Lupe se qued un instante algo confusa sin saber qu responder.
Al fin le contest con desdn:

Ests loco. Esas cosas no se le ocurren a nadie que tenga sesos. Me
voy, te dejo, porque si estoy aqu, te pego, no tengo ms remedio que
romperte encima el palo de una escoba, y la verdad, si eres poco hombre
para ese amor tan sublime, an lo eres menos para recibir una paliza.

Maximiliano la sujet por el vestido y la oblig a sentarse otra vez.

igame usted... ta. Yo la quiero a usted mucho; yo le debo a usted la
vida, y aunque usted se empee en reir conmigo, no lo ha de
conseguir... Vamos a ver. Lo que yo hago ahora, lo que la tiene a usted
tan enojada es, segn voy viendo, una accin noble, y mi conciencia me
la aprueba, y estoy satisfecho de ella como si tuviera a Dios dentro de
m dicindome: _bien, bien_... Porque usted no me puede hacer creer que
estamos en el mundo slo para comer, dormir, digerir la comida y
pasearnos. No; estamos para otra cosa. Y si yo siento dentro de m una
fuerza muy grande, pero muy grande, que me impulsa a la salvacin de
otra alma lo he de realizar, aunque se hunda el mundo.

--Lo que t tienes--afirm doa Lupe queriendo sostener su papel--, es
la tontera que te rebosa por todo el cuerpo... y nada ms. No me
engatusars con palabritas. Vaya que de la noche a la maana has
aprendido unos trminos y unos floreos de frases que me tienen
pasmada... Ests hecho un poeta... en toda la extensin de la palabra;
yo siempre he tenido a los poetas por unos grandes embusteros... tontos
de atar... T no eres ya el sobrinito que yo cri. Cmo me has
engaado!... Una mujer, una manceba, un beln...!, y ahora viene la de
me caso, y a Roma por todo. Anda, ya no te quiero; ya no soy tu tiita
Lupe... No te echo de mi casa por lstima, porque espero que todava has
de arrepentirte y me has de pedir perdn.

Maximiliano, ya completamente sereno, movi la cabeza expresando duda.

El perdn ya lo ped por haber callado, y ya no tengo que pedir ms
perdones. Todava hay algo que usted no sabe y que le quiero decir.
Cmo la he mantenido durante tres meses? Ay, ta! Romp la hucha;
tena tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia,
porque es muy econmica, sumamente econmica, ta, y no gasta ms que lo
preciso.

Esta revelacin hizo vacilar un momento la ira de doa Lupe. Era
econmica!... El joven sac la hucha, y mostrndola a su ta, revel el
suceso como la cosa ms natural del mundo, reproducindolo a lo vivo.
Mire usted, cog la hucha vieja, despus de traer esta, que es
enteramente igual. Machaqu la llena; cog el oro y la plata y pas a
esta el cobre, aadiendo dos pesetas en cuartos para que pesara lo
mismo... Quiere usted verlo?.

Antes que doa Lupe respondiera, Maximiliano estrell la hucha contra el
suelo, y las piezas de cobre inundaron la habitacin.

Ya veo, ya veo que no tienes desperdicio--observ doa Lupe recogiendo
la calderilla--. Y cuando se te acabe el dinero? Vendrs a que yo te
d? Ay, qu equivocado ests!.

--Cuando se me acabe, Dios me socorrer por algn lado--dijo Maximiliano
con fe.

Estaba excitadsimo y tena el rostro encendido. Doa Lupe no haba
visto nunca tanto brillo en aquellos ojos ni animacin semejante en
aquella cara. Cuando entre los dos hubieron recogido las piezas, la ta
las envolvi en un nmero de _La Correspondencia_, y arrojando el
paquete sobre la cmoda, dijo con soberano menosprecio:

Ah tienes para el regalo de boda.

Maximiliano guard en la cmoda el pesado paquete, y despus se puso la
capa. Doa Lupe no se atrevi a retenerle, pues aunque su corazn se
llen de sentimientos de soberbia y autoridad, nada de esto pudo
traducirse al exterior, porque en el momento de intentarlo, un freno
inexplicable la contuvo. Senta desvanecida su autoridad sobre el
enamorado joven; vea una fuerza efectiva y revolucionaria delante de su
fuerza histrica, y si no le tena miedo, era innegable que aquel
repentino tesn la infunda algn respeto.

Aquella mujer que dorma a pierna suelta despus de haber estrangulado,
en connivencia con Torquemada, a un infeliz deudor, estaba intranquila
ante los problemas de conciencia que le haba planteado su sobrino tan
candorosamente. Si quera tanto a esa mujer, con qu derecho oponerse a
que se casara con ella? Y si tena la tal inclinaciones honradas, y buen
sntoma de honradez era el ser tan econmica, quin cargaba con la
responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma? Doa Lupe empez
a llenarse de escrpulos. Su corazn no era depravado sino en lo tocante
a prstamos; era como los que tienen un vicio, que fuera de l, y cuando
no estn atacados de fiebre, son razonables, prudentes y discretos.

Al da siguiente, despus de otro altercado con su sobrino, apuntaron
vagamente en su alma las ideas de transaccin. Ya no caba duda de que
la pasin de Maximiliano era tenaz y profunda, y de que le prestaba
energas incontrastables. Ponerse frente a ella era como ponerse delante
de una ola muy hinchada en el momento de reventar. Doa Lupe reflexion
mucho todo aquel da, y como tena un gran sentido de la realidad,
empez a reconocer el poder que ejercen sobre nuestras acciones los
hechos consumados, y el escaso valor de las ideas contra ellos. Lo de
Maxi sera un disparate, ella segua creyendo que era una burrada atroz;
mas era un hecho, y no haba otro remedio que admitirlo como tal. Pens
entonces con admirable tino que cuando en el orden privado, lo mismo
que en el pblico, se inicia un poderoso impulso revolucionario, lgico,
motivado, que arranca de la naturaleza misma de las cosas y se fortifica
en las circunstancias, es locura plantrsele delante; lo prctico es
sortearlo y con l dejarse ir aspirando a dirigirlo y encauzarlo. Pues a
sortear y dirigir aquella revolucin domstica; que atajarla era
imposible, y el que se le pusiera delante, arrollado sera sin
remedio... De esta idea provino la relativa tolerancia con que habl a
su sobrino en la segunda noche de confianzas, la maa con que le fue
sacando noticias y pormenores de su novia, sin aparentar curiosidad,
aventurndose a darle algunos consejos. Verdad que entre col y col le
soltaba ciertas frescuras; pero esto era muy estudiado para que Maxi no
viera el juego. No cuentes conmigo para nada; all te las hayas... Ya
te he dicho que no quiero saber si tu novia tiene los ojos negros o
amarillos. A m no me vengas con zalameras. Te oigo por consideracin;
pero no me importa. Que la vaya yo a ver? Ests t fresco...!.

A Maximiliano le haba dado su metamorfosis una penetracin
intermitente. En ocasiones posea la vista rpida y segura del ingenio
superior; en ocasiones era tan ciego que no vea tres sobre un burro.
Las pasiones exaltadas producen estas pasmosas diferencias en la
eficacia de una facultad, y hacen a los hombres romos o agudos cual si
estuviera el espritu sometido a una influencia luntica. Aquel da ley
el joven en el corazn de doa Lupe y apreci sus disposiciones
pacificadoras, a pesar de las frases estudiadas con que las quera
disimular. Hizo adems un razonamiento que demuestra la agudeza genial
que adquira en ciertos momentos de verdadero estro, adivinando por arte
de inspiracin los arcanos del alma de sus semejantes. El razonamiento
fue este: Mi ta se ablanda; mi ta se da a partido. Y como Fortunata
no le debe dinero, ni se lo deber nunca, porque estoy yo para
impedirlo, ha de llegar da en que sean amigas.




--v--


Porque doa Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve
consideracin; era juiciosa, razonable, se haca cargo de todo, miraba
con ojos un tanto escpticos las flaquezas humanas, y saba perdonar las
ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba
nunca. Haba en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista.
El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho
cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple
pagar, extendido y firmado de la manera ms cordial del mundo, bastaba
a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora.

La doble personalidad de esta seora tena un signo externo en su
cuerpo, una representacin fatal, obra de la ciruga, que en este punto
fue una ciencia justiciera y acusadora. A doa Lupe le faltaba un pecho,
por amputacin a consecuencia del tumor scirroso de que padeci en vida
de su marido. Como presuma de buen cuerpo y usaba cors dentro de casa,
aquella parte que le faltaba la supli con una bien construida pelota de
algodn en rama. A la vista, despus de vestida, ofreca gallardo
conjunto; pero tras de la ropa, slo la mitad de su seno era de carne;
la otra mitad era insensible y bien se le poda clavar un pual sin que
le doliese. Lo mismo era su corazn; la mitad de carne, la mitad de
algodn. La ndole de las relaciones que con las personas tuviese
determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningn
pagar, daba gusto de tratar con aquella seora; mas como las
circunstancias la hicieran _inglesa_, ya estaba fresco el que se metiese
con ella.

Y no haba sido as en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo
venturoso, no manejaba ms dinero que el que Juregui le daba para el
gasto de la casa. Despus de viuda, vindose con cuatro cachivaches y
cinco mil reales, imagin fundar una casa de huspedes, pero Torquemada
se lo quit de la cabeza, ofrecindose a colocarle sus dineros con buen
inters y toda la seguridad posible. El xito y las ganancias
engolosinaron a doa Lupe, que adquiri gradual y rpidamente todas las
cualidades del perfecto usurero, y ech el medio pecho de algodn,
hacindose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual
de sus crditos se trataba. Los primeros aos de esta vida pas la
seora grandes apuros, porque los rditos, aun con ser tan crecidos, no
le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y
economa fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros
atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los
considerables gastos de su carrera. Quera mucho a su sobrino y se
afanaba porque nada le faltara. Este mrito grande no se le poda negar.
Lo que dijo del garbanzo que tena el valor de una perla, es muy cierto.
Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo inters de dar
carrera al sietemesino. Esto se lo deca ella a s propia en sus
soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y
ennoblecerse el egosmo humano. Doa Lupe _trabajaba en prstamos_ por
pura aficin que le infundi Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades
habra hecho lo mismo.

Cuando vinieron los aos bonancibles y el capitalito de la viuda
ascendi a dos mil duros, iniciose un periodo de buena suerte que deba
de ser pronto increble prosperidad. Cay en las combinadas redes de los
dos prestamistas un pobre seor, ms desgraciado que perverso (que haba
sido director general y viva con gran rumbo a pesar de estar a la
cuarta pregunta), y no quiero decir cmo le pusieron. Los dos mil duros
de doa Lupe crecieron como la espuma en el trmino de tres aos,
renovando obligaciones, acumulando intereses y aumentando estos cada ao
desde dos por ciento mensual, que era el tipo primitivo, a cuatro. A la
pobre vctima le sac Torquemada mucho ms, porque se adjudic sus
muebles riqusimos por un pedazo de pan; pero el tal se lo tena muy
bien merecido. Despus se rehzo con un destino en la administracin de
Cuba; se volvi a perder, torn a reponerse en Filipinas, y ahora est
por cuarta vez en poder de los vampiros. Como ya no hay dinero en las
colonias, parece difcil que este desventurado haga la quinta pella.
Dicen que Amrica para los americanos. Vaya una tontera! Amrica para
los usureros de Madrid.

En la fecha en que nuestra narracin coge a doa Lupe, tena ya un
caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y
parte en prstamos con pagar legalizado, figurando mucha mayor cantidad
de la percibida por el deudor. El ex-alabardero era enemigo _del
materialismo_ de las hipotecas con seguridad legal y rdito prudente.
Los prstamos arriesgados con premio muy subido eran su delicia y su
arte predilecto, porque aun cuando alguno no se cobrase hasta la vspera
del Juicio Final, la mayor parte de las vctimas caan atontadas por el
miedo al escndalo, y se doblaba el dinero en poco tiempo. Tena olfato
seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan
el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas
se meta hasta el fondo, _se atracaba de deudor_.

Poco a poco fue transmitiendo su manera de ser, de obrar y sentir a su
compinche, como se pasa la imagen de un papel a otro por medio del calco
o el estarcido. Cada vez que D. Francisco le llevaba dinero cobrado, un
problema de usura resuelto y finiquito, se alegraba tanto la viudita que
se le abran los poros, y por aquellas vas se le entraba el carcter de
Torquemada a posesionarse del suyo e informarlo de nuevo.

La esposa de Torquemada estaba hecha tan a semejanza de este, que doa
Lupe la oa y la trataba como al propio don Francisco. Y con el trato
frecuente que las dos seoras tenan, doa Silvia lleg tambin a
ejercer gran influencia sobre su amiga, imprimiendo en esta algunos
rasgos de su fisonoma moral. Era hombruna, descarada y cuando se pona
en jarras haca temblar a medio mundo. Ms de una vez aguard en la
calle a un acreedor, con acecho de asesino apostado, para insultarle sin
piedad delante de la gente que pasaba. A esto no lleg ni poda llegar
la de Juregui, porque tena ciertas delicadezas de ndole y de
educacin que se sobreponan a sus enconos de usurera. Pero s fueron
juntas alguna vez a la casa de una infeliz viuda que les deba dinero, y
despus de apremiarla intilmente para que les pagara, echaron miradas
codiciosas hacia los muebles. Las dos harpas cambiaron breves palabras
frente a la vctima, que por poco se muere del susto. A usted le
conviene esta copa-brasero--dijo doa Silvia--, y a m aquella cmoda.
Hicieron subir a los mozos de cordel y se llevaron los citados objetos,
despus de quitarle a la cmoda la ropa y a la copa el fuego. La deudora
se avino a todo por perder de vista a las dos infernales mujeres que
tanto pavor le causaban.

La copa aquella estaba en la sala de doa Lupe; mas no se encenda
nunca. Maximiliano saba su procedencia, as como la de un bargueo y un
armario soberbio que en la alcoba estaban. La mesa en que el estudiante
escriba entr en la casa de la misma manera, y la vajilla buena que se
usaba en ciertos das fue adquirida por la quinta parte de su valor, en
pago de un pico que adeudaba una amiga ntima. Doa Silvia haba hecho
el negocio, que doa Lupe no se atreviera a tanto. Un centro de plata,
dos bandejas del mismo metal y una tetera que la seora mostraba con
orgullo, haban ido a la casa empeadas tambin por una amiga ntima y
all se quedaron por insolvencia. Maximiliano se haba enterado de
muchos pormenores concernientes a los manejos de su ta. Las alhajas,
vestidos de seora, encajes y mantones de Manila que pasaban a ser
suyos, tras largo cautiverio, vendalos por conducto de una corredora
llamada Mauricia la Dura. Esta iba a la casa con frecuencia en otros
tiempos; pero ya apenas _corra_, y doa Lupe la echaba muy de menos,
porque aunque era muy alborotada y disoluta, cumpla siempre bien.
Asimismo haba podido observar Maximiliano en su propia casa lo
implacable que era su ta con los deudores, y de este conocimiento vino
el inspirado juicio que formul de esta manera: Si me caso con
Fortunata y si la suerte nos trae escaseces, antes pediremos limosna por
las calles que pedir a mi ta un prstamo de dos pesetas... Mientras ms
amigos, ms claros.




-IV-

Nicols y Juan Pablo Rubn.--Propnense nuevas artes y medios de
redencin




--i--


Hallbase doa Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transaccin
lenta que imponan las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a
torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que
viniese Juan Pablo y hablaran ta y sobrino de la inaudita novedad que
haba en la familia. Una maana, cuando Maximiliano estaba an en la
cama no bien dormido ni despierto, sinti ruido en la escalera y en los
pasillos. Oy primero patadas y gritos de mozos que suban bales,
despus la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue orla, que
sentir renovado en su alma aquel pcaro miedo que pareca vencido.

No tena malditas ganas de levantarse. Oy a su ta regateando con los
mozos por si eran tres o eran dos y medio. Despus, le pareci que Juan
Pablo y su ta hablaban en el comedor. Si le estara contando
aquello...! Seguramente, porque su ta era muy novelera, y no le gustaba
de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oy luego que
su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doa Lupe entr
para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calcul que
probablemente hablaran de la herencia; pero no las tena todas consigo.
Trataba de darse nimos considerando que su hermano era el ms simptico
de la familia, el de ms talento y el que mejor se haca cargo de las
cosas.

Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y
se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doa Lupe toc a la
puerta, y entonces ya no hubo ms remedio que salir. Estaba plido y
daba lstima verle. Abraz a su hermano, y en el mirar de este, en el
tono de sus palabras, conoci al punto que saba la grande, increble
historia. No tena ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella
hora, y como era un poco tarde se apresur a irse a la clase. Mas no
tuvo sosiego en ella, ni ces de pensar en lo que su hermano dira y
hara. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pcaro miedo
era su principal enemigo. Convenale, pues, quitarse pronto la mscara
ante su hermano como se la haba quitado ante doa Lupe, pues hasta que
lo hiciera no se reintegrara en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo
sala por la tremenda, quizs era mejor, porque as no estaba
Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se pona
en un pie de astucias diplomticas, fingiendo ceder para resistir con la
inercia, entonces... Esto ay!, lo tema ms que nada.

Pronto haba de salir de dudas. Cuando Maximiliano entr a almorzar, ya
estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco lleg doa Lupe con una
bandeja de huevos fritos y lonjas de jamn. Gozosa estaba aquel da la
seora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que haba aumento
de trabajo. Es tan novelera esta mona--deca--, que cuando tenemos
mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse,
y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que
hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco
a poco le he ido quitando maas. Era golosa, y siempre que iba a la
tienda por algo, lo haba de catar. Creers que se coma los fideos
crudos?... La recog de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta,
cubierta de andrajos. Sala a pedir y por eso tena todos los malos
hbitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo
va, porrazo viene, la verdad es que sacar de ella una mujer en toda la
extensin de la palabra.

--Est tan malo el servicio en Madrid--observ Juan Pablo--, que no debe
usted mirarle mucho los defectos.

Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decan
miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observ
que su hermano estaba serio con l, pero aquella seriedad indicaba que
le reconoca hombre, pues hasta entonces le trat siempre como a un
nio. El estudiante esperaba burlas, que era lo que ms tema, o una
reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje
indiferente y fro de Juan Pablo. Este, despus de almorzar, sintiose
amagado de la jaqueca y se ech de muy mal humor en su cama. Toda la
tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazn ms
molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de
Maximiliano, y generalmente le era fcil anegar el dolor hemicrneo en
la onda del sueo. Ya saba que el cansancio de los viajes consecutivos
le produca el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto
lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde,
y al fin descans con sosegado sueo.

En tanto, doa Lupe haca mil consideraciones sobre el aptico desdn
con que Juan Pablo recibiera la noticia de _aquello_. Haba fruncido el
ceo; despus haba opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando
los hombros, dijo: Yo qu tengo que ver? Es mayor de edad. All se las
haya.

Lo mismo Maximiliano que su ta haban notado que Juan Pablo estaba
triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que
despus de las doce horas de sueo reparador, estaba ms triste an. No
sostena ninguna conversacin. Pareca que nada le interesaba, ni aun la
herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en trminos precisos.

Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma? dijo doa Lupe a Maxi
una noche.

--Qu?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. Y sabes lo que hace?
Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meique, y
decir que ah se las den todas.

El enamorado oa con jbilo estas palabras, que eran para l un gran
consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de
respetar los sentimientos y propsitos ajenos para que le respetaran los
suyos. Hablaba tan poco, que doa Lupe tena que sacarle las palabras
con cuchara. O est tambin haciendo el trovador--deca doa Lupe--, o
le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos estn con
murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere.

Hubiera hurgado doa Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la
causa de su tristeza; pero como presuma fuese cosa de poltica, no
quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo,
que era o haba sido carlista, al paso que doa Lupe era liberal, cosa
extraa, liberal _en toda la extensin de la palabra_. Despus de servir
a D. Carlos en una posicin militar administrativa, Rubn haba sido
expulsado del Cuartel Real. Sus ntimos amigos le oyeron hablar de
calumnias y de celadas traidoras; pero nada se saba concretamente.
Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza
y apstrofes de despecho contra s mismo. Bien merecido lo tengo por
meterme con esa gente!. Cuando lleg a Madrid echado de la corte de D.
Carlos, fue a casa de su ta, segn costumbre antigua; pero apenas
paraba en la casa. Dorma fuera, coma tambin fuera, casi siempre en
los cafs o en casa de alguna amiga, y doa Lupe se desazonaba juzgando
con razn que semejante vida no se ajustaba a las buenas prcticas
morales y econmicas. De repente, el misntropo volvi al Norte,
diciendo que regresara pronto, y mientras estuvo fuera se supo la
muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo
Juan Pablo disela su ta paterna por una carta que le dirigi a Bayona.
Preparbase a volver a Espaa, y la carta aquella con la noticia que
llevaba aceler su vuelta. Entr por Santander, se fue a Zaragoza por
Miranda y de all a Molina de Aragn. Diez das estuvo en esta villa,
donde ninguna dificultad de importancia le ofreci la toma de posesin
del caudal heredado. Este ascenda a unos treinta mil duros entre
inmuebles y dinero dado a rdito sobre fincas; y descontadas las mandas
y los derechos de traslacin de dominio, quedaban unos veintisiete mil
duros. Cada hermano cobrara nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid,
escribi a Nicols para que tambin viniese, con objeto de estar
reunidos los tres hermanos y tratar de la particin.

He dicho que doa Lupe rehua el hablar de poltica con Juan Pablo. En
realidad, ella no entenda jota de poltica, y si era liberal, ralo por
sentimiento, como tributo a la memoria de su Juregui y por respeto al
uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en
su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos
esenciales del dogma liberal, se habra visto muy apurada para
responder. No saba ms sino que aquellos malditos _carcas_ eran unos
indecentes que nos queran traer la Inquisicin y las _caenas_. Haba
respirado aquella seora aires tan progresistas durante su niez y en
los gloriosos veinte aos de su unin con Juregui, que no quera ni or
hablar de absolutismo. No comprenda cmo su sobrino, un muchacho tan
listo, haba cometido la borricada de hacerse sbdito de aquel zagaln
de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un dspota _en toda la extensin
de la palabra_.

En la cuestin religiosa, las ideas de doa Lupe se adaptaban al
criterio de su difunto esposo, que era el ms juicioso de los hombres y
saba dar _a Dios lo que es de Dios y al Csar_, etc... Este estribillo
lo repeta muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una
oportunidad, aadiendo que crea cuanto la Santa Madre Iglesia manda
creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oa su
misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso
regular no la sacaba nadie.

Desde un da en que disputando con su sobrino sobre este tema, se
amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no
quiso doa Lupe volver a mentar a los _carcundas_ delante de Juan Pablo.
Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la
seora una alegra tal que con dificultad poda disimularla. Se acordaba
de su Juregui y de las cosas oportunas y sapientsimas que este deca
sobre todo desgraciado que se meta con curas, pues era lo mismo que
acostarse con nios. Y no aprender--pensaba doa Lupe--; todava es
capaz de volver a las andadas, y de ir all a quitarle motas al zngano
de Carlos _Siete_.




--ii--


Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Sntoma de
conciliacin era que su ta no le hablaba ya con ira, y aun pareca
tenerle en verdadero concepto de hombre o de varn. A veces, hasta
pareca que la insigne seora le tena cierto respeto. Si no hay como
mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo dems,
doa Lupe haba vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le
pona en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba
para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba
satisfecho; senta que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se
reconoca ms rbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal
batalla que estaba dando a su familia.

En cuanto a Juan Pablo, no haba nada que temer. Los dos hermanos no
tenan ocasiones de hablar mucho, porque el primognito, despus de
almorzar, se marchaba a uno de los cafs de la Puerta del Sol y all se
estaba las horas muertas. Por la noche o vena muy tarde o no vena. La
idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque
ahora se ver--deca--, quin es ms juicioso, quin cumple mejor las
leyes de la moral. Que no nos venga aqu echndosela de plancheta con
su _nesmo_.

En suma, que mi hombre se vea ms respetado y considerado desde que se
las tuvo tiesas con su ta la maana de marras. La nica persona que no
participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada da
le trataba con familiaridad ms chocarrera. Feo, cara de pito, memo en
polvo--decale sacando un trozo de lengua tal que casi pareca
inverosmil--. Valiente mico est _vust_... Ver cmo no le dejan
casar... S, para _vust_ estaba. Bobo, ms que bobo. Maximiliano la
despreciaba y se lo deca: Lrgate de aqu, sinvergenza, o te quito
todas las muelas de una bofetada. _Vust, vust?_, ja, ja. Si le
cojo, del primer borleo va a parar al tejado.

Ms vala no hacerle caso. Era una inocente que no saba lo que se
deca. Estaba Papitos arreglando el cuarto de _sito_ Maxi, donde se puso
la cama para el cura, que deba llegar al da siguiente por la maana.
No vea el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que
su hermano Nicols vena a Madrid y dorma en aquel cuarto le espantaba
el sueo con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de
Jeric con diferentes registros a cual peor. Maxi se pona tan nervioso,
que a veces tena que salirse de la cama y del cuarto. Lo que ms le
incomodaba era que a la maana siguiente el cura sostena que no haba
dormido nada.

Indic a doa Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicols en
otra habitacin. Pero dnde, si no haba ms aposentos en la casa? La
seora le prometi ponerle la cama en su propia alcoba si el cura
roncaba mucho la primera noche. Pero ahora que me acuerdo, yo tambin
ronco... En fin, ya se arreglar. Aunque sea en la sala te podrs
quedar.

Lleg Nicols Rubn a la maanita siguiente, y Maxi le vio entrar como
un enemigo ms con quien tendra que batirse. El carcter sacerdotal de
su hermano le impresionaba, pues por mucho que su ta y l hablaran
contra el _nesmo_, un cura siempre es una autoridad en cualquier
familia. A este hermano le quera Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda
por haber vivido ausente de l durante su niez.

Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada
de poltica, por no chocar con doa Lupe. Precisamente Nicols fue quien
meti a Juan Pablo por el aro carlista, prometindole villas y
castillos. Habale dado recomendaciones para elevadas personas del
Cuartel Real y para unos clrigos de caballera que residan en Bayona.
Pero nada, como digo, se habl en la mesa. No se les ocultaba que su ta
saba hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Juregui,
presente siempre en la casa por ficcin mental, de que era smbolo el
feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal
que se viva en Toledo, de que el viento se haba llevado toda la flor
del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen
almuerzo.

De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos,
tratar algunos puntos de la herencia, que deban ponerse en claro. l no
quera propiedad rstica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibira su
parte en metlico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras seran para
Nicols y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano
propona, y a doa Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto;
pero no se atrevi a intervenir en un negocio que no le incumba. No
tuvo ms remedio que tragar saliva y callarse. Despus le dijo a
Maximiliano: Habis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en
metlico para gastarla en cuatro das. Es una mano rota. A m qu me va
ni me viene? Pues ms te habra valido recibir lo tuyo en dinero
contante, que bien colocado por m, te habra dado una rentita bien
segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cmo te las vas t a
gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que
dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicols; a todo deca
que s. Por de pronto tendris que tomar un administrador que os robar
los ojos, y os dar cada cuenta que Dios tirita. Qu par de zopencos
sois! Yo te miraba y te quera comer con los ojos, dndote a entender
que te resistieras; y t, hecho un marmolillo... Y luego quieres
echrtela de hombre de carcter. Bonito camino, s seor, bonito camino
tomas.

Otra cosa haba propuesto tambin el primognito, a la que accedieron
gustosos los otros dos hermanos. Cuando muri D. Nicols Rubn, todos
los _ingleses_ cobraron con las existencias de la tienda, a excepcin de
uno, que haba sido el mejor y ms fiel amigo del difunto en sus das
buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle
del Ave Mara, y su crdito ascenda, con el inters vencido de seis por
ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo
como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre,
y se vot afirmativamente por unanimidad. La misma doa Lupe aprob este
acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto
de lealtad y como una consagracin pstuma de la honradez de su infeliz
hermano. Samaniego no haba reclamado nunca el pago de su deuda, y esta
delicadeza pesaba ms en el nimo de los Rubn para pagarle. Ambas
familias se visitaban a menudo, tratndose con la mayor cordialidad, y
aun se lleg a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor
de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento
y aptitud para el trabajo se haca toda lenguas doa Lupe.

Aprobadas la particin propuesta por Juan Pablo y la cancelacin del
crdito de Samaniego.

Maximiliano, con estas cosas, se senta cada vez ms fuerte. Haba
tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tena la
personalidad legal, cmo no tener la otra? Figurbase que algo creca y
se vigorizaba dentro de l, y hasta lleg a imaginar que si le pusieran
en una bscula haba de pesar ms que antes de aquellas determinaciones.
Sin duda tena tambin ms robustez fsica, ms dureza de msculos, ms
plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su
hermano el cleriguito no se explicase. Podra suceder muy bien que
cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas _mistiqueras_
propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y
alborotando la casa.

La noche del mismo da en que se trat de la herencia, supo Nicols lo
que pasaba, y no lo tom con tanta calma como Juan Pablo. Su primer
arranque fue de indignacin. Tom una actitud consternada y meditabunda,
haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades
y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicols
y la viuda, que haban sido fras hasta un par de meses antes de los
sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque
ta y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta
coincidencia en procederes econmicos que atenuaba la gran disparidad
entre sus caracteres. Doa Lupe no haba simpatizado nunca con Nicols;
primero, porque las sotanas en general no la hacan feliz; segundo,
porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tena las seducciones
personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeo. Su fisonoma no
era agradable, distinguindose por lo peluda, como antes se indic. Bien
deca doa Lupe que as como el primognito se llevara todos los
talentos de la familia, Nicols se haba adjudicado todos los pelos de
ella. Se afeitaba hoy, y maana tena toda la cara negra. Recin
afeitado, sus mandbulas eran de color pizarra. El vello le creca en
las manos y brazos como la yerba en un frtil campo, y por las orejas y
narices le asomaban espesos mechones. Dirase que eran las ideas, que
cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la
nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo.

Cargbanle a doa Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosera
entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro
eran puramente de frmula, hasta que a Nicols, en uno de los viajes que
hizo a Madrid, se le ocurri entregar a la ta sus ahorros para que se
los colocara, y vase aqu cmo se estableci entre estas dos personas
una corriente de simpata convencional que haba de producir la amistad.
Era como dos pases separados por esenciales diferencias de raza y
antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio.
Lo contrario pas entre Juan Pablo y doa Lupe. Esta le tuvo en otro
tiempo mucho cario y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero
ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hbitos de
despilfarro y el poco aprecio que haca del dinero gastndolo tan sin
sustancia. Ni una sola vez, ni una, le haba dado un pico para que se lo
colocase a rdito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera
sacarle a su ta alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del
mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la
sangre con esto. Vase, pues, cmo se entenda mejor con el ms
antiptico de sus sobrinos que con el ms simptico.




--iii--


Conocedor Nicols de la tremenda noticia, le falt tiempo para pegar la
hebra de su soporfero sermn, slo interrumpido cuando Papitos trajo la
ensalada. Porque Nicols Rubn no poda dormir si no le ponan delante a
punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, segn el tiempo,
bien aliada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la
ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Haba comido muy bien
el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria
de que dejara de hacerlo cumplidamente ningn da del ao. Pero su
estmago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado,
haba que cargarlo otra vez. Esto no es ms que debilidad--deca
poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los
esfuerzos que he hecho por corregirla. El mdico me manda que coma poco
y a menudo.

Cay sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella
como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba.

Le dir a usted, ta--murmuraba con el gruido que la masticacin le
permita--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca.

--Podas serlo ms. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.

--Le dir a usted, ta...

No le dijo nada, porque la operacin aquella de mascar los jugosos
tallos de la escarola absorba toda su atencin. Los gruesos labios le
relucan con la pringue, y esta se le escurra por las comisuras de la
boca formando un hilo corriente, que hubiera descendido hasta la
garganta si los caones de la mal rapada barba no lo detuvieran. Tena
puesto un gorro negro de lana con borlita que le caa por delante al
inclinar la cabeza, y se retiraba hacia atrs cuando la alzaba. A doa
Lupe (no lo poda remediar) le daba asco el modo de comer de su sobrino,
considerando que ms le vala saber menos de cosas teolgicas y un
poquito ms de arte de urbanidad. Como estaban los dos solos, dbale
bromas sobre aquello del comer poco y a menudo; pero l se apresur a
variar la conversacin, llevndola al asunto de Maxi.

Una cosa muy seria, ta, pero que muy seria.

--S que lo es; pero creo muy difcil quitrsela de la cabeza.

--Eso corre de mi cuenta... Oh! Si no tuviera yo otras montaas que
levantar en vilo...--dijo el clrigo apartando de s la ensaladera, en
la cual no quedaba ni una hebra--. Ver usted... ver usted si le vuelvo
yo del revs como un calcetn. Para esas cosas me pinto...

No pudo concluir la frase, porque le vino de lo hondo del cuerpo a la
boca una tan voluminosa cantidad de gases, que las palabras tuvieron que
echarse a un lado para darle salida. Fue tan sonada la regurgitacin,
que doa Lupe tuvo que apartar la cara, aunque Nicols se puso la palma
de la mano delante de la boca a guisa de mampara. Este movimiento era
una de las pocas cosas relativamente finas que saba.

...me pinto solo--termin, cuando ya los fluidos se haban difundido
por el comedor--. Ver usted, en cuanto llegue le echo el toro... Oh!,
es mi fuerte. Me parece que ya est ah.

Oyose la campanilla, y la misma doa Lupe abri a su sobrino. Lo mismo
fue entrar este en el comedor que conocer en la cara impertinente de su
hermano que ya saba _aquello_... No le dio Nicols tiempo a prepararse,
porque de buenas a primeras le emboc de este modo:

Sintese usted aqu, caballerito, que tenemos que hablar. Vaya, que me
ha dejado fro lo que acabo de saber. Estamos bien. Con que....

La mano tiesa volvi a ponerse delante de la boca, a punto que se
atascaban las palabras, sufriendo la cabeza como una trepidacin.

Con que aqu hace cada cual lo que le da la gana, sin tener en cuenta
las leyes divinas ni humanas, y haciendo mangas y capirotes de la
religin, de la dignidad de la familia....

Maximiliano, que al principiar el rspice, estaba anonadado, se rehzo
de sbito, y todas las fuerzas de su espritu se pronunciaron con
varonil arranque. Tal era el sntoma caracterstico del _hombre nuevo_
que en l haba surgido. Roto el hielo de la cortedad desde el momento
en que la tremenda cuestin sala a _vista pblica_, le brotaban del
fondo del alma aquellos alientos grandes para su defensa. Discutir, eso
no; pero lo que es obrar, s, o al menos demostrar con palabras breves y
enfticas su firme propsito de independencia...

Bah!--exclam apartando la vista de su hermano con un movimiento
desdeoso de la cabeza--. No quiero or sermones. Yo s bien lo que debo
hacer.

Dijo, y levantndose se march a su cuarto.

--Bien, muy bien--murmur el cura quedndose corrido, mirando a doa
Lupe y a Papitos, la cual se pasmaba de aquel mirar que pareca una
consulta--. Y qu mal educadito y que rabiosito se ha vuelto. Bien, muy
bien; pero muy...

Un metro cbico de gas se precipit a la boca con tanta violencia, que
Nicols tuvo que ponerse tieso para darle salida franca, y a pesar de lo
furioso que estaba, supo cuidar de que la mano desempeara su
obligacin. Doa Lupe tambin pareca indignada, aunque si se hubiera
ido a examinar bien el interior de la digna seora, se habra visto que
en medio del enojo que su dignidad le impona, naca tmidamente un
sentimiento extrao de regocijo por aquella misma independencia de su
sobrino. Si sera efectivamente un hombre, un carcter entero...!
Siempre le disgust a ella que fuera tan encogido y para poco. Por qu
no se haba de alegrar de ver en l un rasgo siquiera de personalidad
rbitra de s misma? Hay que ver por dnde sale este demonches de
chico--pensaba con cierta travesura--. Y qu geniazo va sacando!.

Pero muy bien, perfectamente bien--dijo el cura apoyando las manos en
los brazos del silln, para enderezar el cuerpo--. Vers ahora,
grandsimo pirutano, cmo te pongo yo las peras a cuarto. Ta, buenas
noches. Ahora va a ser la gorda. Acostados los dos, hablaremos.

Encerrose Nicols en su alcoba, que era la de su hermano, y ambos se
metieron en la cama. Doa Lupe se puso fuera a escuchar. Al principio no
oy ms que el crujir de los hierros de la cama del clrigo, que era muy
mala y endeble, y en cuanto se mova el desgraciado ocupador de ella
volvase toda una pura msica, la que unida al ruido de los muelles del
colchn veterano, hubiera quitado el sueo a todo hombre que no fuese
Nicols Rubn. Despus oy doa Lupe la voz de Maxi, opaca, pero entera
y firme. Nicols no le dejaba meter baza; pero el otro se las tena
tiesas... Terrible duelo entre el sermn y el lenguaje sincero de los
afectos! Pona singular atencin doa Lupe a la voz del sietemesino, y
se hubiera alegrado de or algo estupendo, categrico y que se saliera
de lo comn; pero no poda distinguir bien los conceptos, porque la voz
de Maxi era muy apagada y pareca salir de la cavidad de una botella. En
cambio los gritos del cura se oan claramente desde el pasillo. Miren
por dnde sale ahora este...--pens doa Lupe volviendo la cara con
desdn--. Qu tendrn que ver Santo Toms ni el padre Surez con...!.
Al fin dej de orse la voz cavernosa del sacerdote, y en cambio se
percibi un silbido rtmico, al que siguieron pronto mugidos como los
del aire filtrndose por los huecos de un torren en ruinas.

Ya est roncando ese...--dijo doa Lupe retirndose a su alcoba--. Qu
noche va a pasar el otro pobre!.

Seran las nueve de la maana siguiente, cuando Nicols pidi a Papitos
su chocolate. Sali del cuarto con la cara muy mal lavada, y algunas
partes de ella parecan no haber visto ms agua que la del bautismo.

Ese chocolate? pregunt en el comedor, resobndose las manos una con
otra, como si quisiera sacar fuego de ellas.

--Ahora mismo. El chocolate haba de ser con canela, hecho con leche,
por supuesto, y en racin de dos onzas. Le haban de acompaar un bollo
de tahona, varios bizcochitos y agua con azucarillo. Y an deca Nicols
que tomaba chocolate no por tomarlo, sino nada ms que por fumarse un
cigarrillo encima.

--Y qu result anoche?--pregunt doa Lupe al ponerle delante todo
aquel cargamento.

--Pues nada, que no hay quien le apee--respondi el clrigo, sumergiendo
el primer bizcochito en el espeso lquido--. Lo que usted deca: no es
posible quitrselo de la cabeza. Una de dos, o matarle o dejarle, y como
no le hemos de matar... Al fin convenimos en que yo vera hoy a esa...
cabra loca.

--No me parece mal.--Y segn la impresin que me haga, determinaremos.

--Vais juntos?--No, yo solo, quiero ir solo. Adems l est hoy con
jaqueca.

--Con jaqueca? Pobrecito!

Doa Lupe corri a ver a Maximiliano, que despus de empezar a vestirse,
haba tenido que echarse otra vez en la cama. Provocado sin duda por las
emociones de aquellos das, por el largo debate con su hermano Nicols,
y ms an quizs por los insufribles ronquidos de este, apareci el
temido acceso. Desde media noche sinti Maxi un entorpecimiento
particular dentro de la cabeza, acompaado del presagio del mal. La
atona sigui, con el deseo de sueo no satisfecho y luego una punzada
detrs del ojo izquierdo, la cual se aliviaba con la compresin bajo la
ceja. El paciente daba vueltas en la cama buscando posturas, sin
encontrar la del alivio. Resolvase luego la punzada en dolor
gravitativo, extendindose como un cerco de hierro por todo el crneo.
El trastorno general no se haca esperar, ansiedad, nuseas, ganas de
moverse, a las que seguan inmediatamente ganas ms vivas todava de
estarse quieto. Esto no poda ser, y por fin le entraba aquella desazn
epilptica, aquel maldito hormigueo por todo el cuerpo. Cuando trat de
levantarse parecale que la cabeza se le abra en dos o tres cascos,
como se haba abierto la hucha a los golpes de la mano del almirez.
Sinti entrar a su ta. Doa Lupe conoca tan bien la enfermedad, que no
tena ms que verle para comprender el periodo de ella en que estaba.

Tienes ya el clavo?--le pregunt en voz muy baja--. Te pondr
ludano.

Haba aparecido el clavo, que era la sensacin de una baguetilla de
hierro caliente atravesada desde el ojo izquierdo a la coronilla.
Despus pasaba al ojo derecho este suplicio, algo atenuado ya. Doa
Lupe, tan cariosa como siempre, le puso ludano, y arreglando la cama y
cerrando bien las maderas, le dej para ir a hacer una taza de t,
porque era preciso que tomase algo. El enfermo dijo a su ta que si iba
Olmedo a buscarle para ir a clase, le dejase pasar para hacerle un
encargo. Fue Olmedo, y Maximiliano le rog corriese a avisar a Fortunata
la visita del clrigo, para que estuviese prevenida. Oye, advirtele
que tenga mucho cuidado con lo que dice; que hable sin miedo y con
sinceridad; basta con esto. Dile cmo estoy y que no la podr ver hasta
maana.




--iv--


El aviso, puntualmente transmitido por Olmedo, de la visita del cura
puso a Fortunata en gran confusin. Pareciole al pronto un honor harto
grande, luego compromiso, porque la visita de persona tan respetable
indicaba que la cosa iba de veras. No se conceptuaba, adems, con
bastante finura para recibir a sujetos de tanta autoridad. Un seor
eclesistico!... qu vergenza voy a pasar! Porque de seguro me
preguntar cosas como cuando una se va a confesar... Y cmo me pondr?
Me vestir con los trapitos de cristianar, o de cualquier manera?...
Quizs sea mejor ponerme hecha un pingo, a lo pobre, para que no crea...
No, no es propio. Me vestir decente y modestita. Despachados los ms
urgentes quehaceres del da, peinose con mucha sencillez, se puso su
vestido negro, las botas nuevas; psose tambin su pauelo de lana
oscuro, sujeto con un imperdible de metal blanco que representaba una
golondrina, y mirndose al espejo, aprob su perfecta facha de mujer
honesta. Antes de arreglarse haba almorzado precipitadamente, con poca
gana, porque no le gustaban visitas tan serias, ni saba lo que en ellas
haba de decir. La idea de soltar alguna barbaridad o de no responder
derechamente a lo que se le preguntara, le quit el apetito... Y bien
mirado, qu necesidad tena ella de visitas de curas? Pero no tuvo
tiempo de pensar mucho en esto, porque de repente... tiln. Era
prximamente la una y media.

Corri a abrir la puerta. El corazn le saltaba en el pecho. La figura
negra avanz por el pasillo para entrar en la salita. Fortunata estaba
tan turbada que no acert a decirle que se sentase y dejara la canaleja.
Maxi, que al hablar de la familia se dejaba guiar ms por el amor propio
que por la sinceridad, le haba hecho mil cuentos hiperblicos de
Nicols, pintndole como persona de mucha virtud y talento, y ella se
los haba credo. Por esto se desilusion algo al ver aquella figura
tosca de cura de pueblo, aquellas barbas mal rapadas y la abundancia de
vello negro que pareca cultivado para formar cosecha. La cara era
desagradable, la boca grande y muy separada de la nariz corva y chica;
la frente espaciosa, pero sin nobleza; el cuerpo fornido, las manos
largas, negras y poco familiarizadas con el jabn; la tez morena,
spera y aceitosa. El ropaje negro del cura revelaba desaseo, y este
detalle bien observado por Fortunata la ilusion otra vez respecto a la
santidad del sujeto, porque en su ignorancia supona la limpieza reida
con la virtud. Poco despus, notando que su futuro hermano poltico
ola, y no a mbar, se confirm en aquella idea.

Parece que est usted como asustada--dijo Nicols con fra sonrisa
clerical--. No me tenga usted miedo. No me como a la gente. Se figura
usted a lo que vengo?.

--S seor... no... digo, me figuro. Maximiliano...

--Maximiliano es un tarambana--afirm el clrigo con la seguridad
burlesca del que se siente frente a un interlocutor demasiado dbil--, y
usted lo debe conocer como lo conozco yo. Ahora ha dado en la simpleza
de casarse con usted... No, si no me enfado. No crea usted que la voy a
reir. Yo soy moro de paz, amiga ma, y vengo aqu a tratar la cosa por
las buenas. Mi idea es esta: ver si es usted una persona juiciosa, y si
como persona juiciosa comprende que esto del casorio es una botaratada;
ni ms ni menos... Y si lo reconoce as, pretendo, esta, esta es la
cosa, que usted misma sea quien se lo quite de la cabeza... ni menos ni
ms.

Fortunata conoca _La Dama de las Camelias_, por haberla odo leer.
Recordaba la escena aquella del padre suplicando a la _dama_ que le
quite de la cabeza al chico la tontera de amor que le degrada, y sinti
cierto orgullo de encontrarse en situacin semejante. Ms por coquetera
de virtud que por abnegacin, acept aquel bonito papel que se le
ofreca, y vaya si era bonito! Como no le costaba trabajo desempearlo
por no estar enamorada ni mucho menos, respondi en tono dulce y grave:

Yo estoy dispuesta a hacer todo lo que usted me mande.

--Bien, muy bien, perfectamente bien--dijo Nicols, orgulloso de lo que
crea un triunfo de su personalidad, que se impona slo con
mostrarse--. As me gusta a m la gente. Y si le mando que no vuelva a
ver ms a mi hermano, que se escape esta noche para que cuando l vuelva
maana no la encuentre?

Al or esto, Fortunata vacil.

Lo har, s, seor--contest al fin, cuidando luego de buscar
inconvenientes al plan del sacerdote--. Pero a dnde ir yo que l no
venga tras de m? Al ltimo rincn de la tierra ha de ir a buscarme.
Porque usted no sabe lo desatinado que est por... esta su servidora.

--Oh!, lo s, lo s... A buena parte viene. De modo que usted cree que
no adelantamos nada con darle esquinazo?... Esta es la cosa.

--Nada, seor, pero nada--declar ella, disgustada ya del papel de _Dama
de las Camelias_, porque si el casarse con Maximiliano era una solucin
poco grata a su alma, la vida pblica la aterraba en tales trminos, que
todo le pareca bien antes que volver a ella.

--Bien, perfectamente bien--afirm Nicols dndose aires de persona que
medita mucho las cosas, y razona a lo matemtico--. Ya tenemos un punto
de partida, que es la buena disposicin de usted... esta es la cosa.
Respndame ahora. No tiene usted quin la ampare si rompe con mi
hermano?

--No seor.--No tiene usted familia?--No seor.--Pues est usted
aviada... De forma y manera--dijo cruzando los brazos y echando el
cuerpo atrs--, que en tal caso no tiene ms remedio que... que echarse
a la buena vida... al amor libre... a... Ya usted me entiende.

--S, seor, entiendo... no tengo ms camino--manifest la joven con
humildad.

--Tremenda responsabilidad para m!--exclam el curita moviendo la
cabeza y mirando al suelo, y lo repiti hasta unas cinco veces en tono
de plpito.

En aquel instante le vinieron al pensamiento ideas distintas de las que
haba llevado a la visita, y ms conformes con su empinada soberbia
clerical. Haba ido con el propsito de romper aquellos lazos, si la
novia de su hermano no se prestaba medianamente a ello; pero cuando la
vio tan humilde, tan resignada a su triste suerte, entrole apetito de
componendas y de mostrar sus habilidades de zurcidor moral. He aqu una
ocasin de lucirme--pens--. Si consigo este triunfo, ser el ms grande
y cristiano de que puede vanagloriarse un sacerdote. Porque figrense
ustedes que consigo hacer de esta samaritana una seora ejemplar y tan
catlica como la primera... figrenselo ustedes.... Al pensar esto,
Nicols crea estar hablando con sus colegas. Tomaba en serio su oficio
de pescador de gente, y la verdad, nunca se le haba presentado un pez
como aquel. Si lo sacaba de las aguas de la corrupcin, qu victoria,
seores, pero qu pesca!. En otros casos semejantes, aunque no de tanta
importancia, en los cuales haba l mangoneado con todos sus ardides
apostlicos, alcanz xitos de relumbrn que le hicieron objeto de
envidia entre el clero toledano. S; el curita Rubn haba reconciliado
dos matrimonios que andaban a la grea, haba salvado de la prostitucin
a una nia bonita, haba obligado a casarse a tres seductores con las
respectivas seducidas; todo por la fuerza persuasiva de su dialctica...
Soy de encargo para estas cosas fue lo ltimo que pens, hinchado de
vanidad y alegra como caudillo valeroso que ve delante de s una gran
batalla. Despus se frot mucho las manos, murmurando:

Bien, bien; esta es la cosa. Era el movimiento inicial del obrero que
se aligera las manos antes de empezar una ruda faena, o del cavador que
se las escupe antes de coger la azada. Despus dijo bruscamente y
sonriendo:

Me permite usted echar un cigarrillo?.

--S, seor, pues no faltaba ms...--replic Fortunata, que esperaba el
resultado de aquel meditar y del frote de las manos.

--Pues s--declar gravemente Nicols, chupando su cigarrillo--, me
falta valor para lanzarla a usted al mundo malo; mejor dicho, la caridad
y el ministerio que profeso me vedan hacerlo. Cuando un nufrago quiere
salvarse, es humano darle una patada desde la orilla? No; lo humano es
alargarle una mano o echarle un palo para que se agarre... esta es la
cosa.

--S, seor--indic Fortunata agradecida--, porque yo soy nu...

Iba a decir _nufraga_; pero temiendo no pronunciar bien palabra tan
difcil, la guard para otra ocasin, diciendo para s: No metamos la
pata sin necesidad.

Pues lo que yo necesito ahora--agreg Rubn tercindose el manteo sobre
las piernas, y accionando como un hombre que necesita tener los brazos
libres para una gran faena--, es ver en usted seales claras de
arrepentimiento y deseo de una vida regular y decente; lo que yo
necesito ahora es leer en su interior, en su corazn de usted. Vamos
all. Hace mucho tiempo que no se confiesa usted?.

La Samaritana se puso colorada, porque le daba vergenza de decir que
haca lo menos diez o doce aos que no se haba confesado. Por fin lo
declar.

Perfectamente--dijo Nicols, acercando su silln al sof en que la
joven estaba--. Le prevengo a usted que tengo mucha experiencia de esto.
Hace cinco aos que practico el confesonario, y que las cazo al vuelo.
Quiero decir que a m no hay mujer que me engae.

Fortunata tuvo miedo y Nicols aproxim ms el silln. Aunque estaban
solos, ciertas cosas deban decirse en voz baja.

Vamos a ver, quin fue el primero? pregunt el presbtero llevndose
la mano tiesa a la boca, porque con la pregunta queran salir tambin
ciertos gases.

Cont ella lo de Juanito Santa Cruz, pasando no poca vergenza, y dando
a conocer la triste historia incoherente.

Abrevie usted. Hay muchos pormenores que ya me los s, como me s el
Catecismo... Que le dio a usted palabra de casamiento y que usted fue
tan boba que se lo crey. Que un da la cogi descuidada y sola... Bah,
bah... lo de siempre. Despus habr usted conocido a otros muchos
hombres, a cuntos prximamente?.

Fortunata mir al techo, haciendo un clculo numrico.

Es difcil decir... Lo que es conocer....

El sacerdote se sonri. Quiero decir tratar con intimidad; hombres con
quienes ha vivido usted en relaciones de un mes, de dos... esta es la
cosa. No me refiero a los conocimientos de un instante, que eso vendr
despus.

Pues sern... dijo ella pasando un rato muy malo.

--Vamos, no se asuste usted del nmero.

--Pues podrn ser... como unos ocho... Deje usted que me acuerde bien...

--Basta ya; lo mismo da ocho que doce o que ochocientos doce. Le
repugna a usted la memoria de esos escndalos?

--Oh!, s, seor... Crea usted que...

--Que no los puede ver ni pintados. Lo creo... Valientes pillos! Sin
embargo, dgame usted: No volvera a tener amistad con alguno de ellos,
si la solicitara?

Con ninguno...--dijo Fortunata.--De veras? Pinselo usted bien.

Fortunata lo pens, y al cabo de un ratito, la lealtad y buena fe con
que se confesaba mostrronse en esta declaracin:

Con uno... qu s yo... Pero no puede ser.

--Djese usted de que pueda o no pueda ser. Ese uno, esa excepcin de su
hasto es el primero, ese tal D. Juanito. No necesita usted
confirmarlo. Me s estas historias al dedillo. No ve usted, hija ma,
que he sido confesor de las Arrepentidas de Toledo durante cinco aos
largos de talle?

--Pero no puede ser. Est casado, es muy feliz, y no se acuerda de m.

--A saber, a saber... Pero en fin, usted confiesa que es el nico sujeto
a quien de veras quiere, el nico por quien de veras siente apetito de
amores y esa cosa, esa tontera que ustedes las mujeres...

--El nico.--Y a los dems que los parta un rayo.

--A los dems, nada.--Y a mi hermano?... esta es la cosa.

Lo brusco de la pregunta aturdi a la penitente. No la esperaba, ni se
acordaba para nada en aquel momento del pobre Maxi. Como era tan sincera
no pens ni por un momento en alterar la verdad. Las cosas claras.
Adems, el clrigo aquel parecale muy listo, y si le deca una cosa por
otra conocera el embuste.

Pues a su hermano de usted, tampoco.

--Perfectamente--dijo el curita, acercando su silln todo lo ms que
acercarse poda.




--v--


Para que ningn malicioso interprete mal las bruscas aproximaciones del
silln de Nicols Rubn al asiento de su interlocutora, conviene hacer
constar de una vez que era hombre de temple fortsimo, o ms propiamente
hablando, frigidsimo. La belleza femenina no le conmova o le conmova
muy poco, razn por la cual su castidad careca de mrito. La carne que
a l le tentaba era otra, la de ternera por ejemplo, y la de cerdo ms,
en buenas magras, chuletas rionadas o solomillo bien puesto con
guisantes. Ms pronto se le iban los ojos detrs de un jamn que de una
cadera, por suculenta que esta fuese, y la mejor _falda_ para l era la
que da nombre al guisado. Jactbase de su inapetencia mujeril haciendo
de ella una estupenda virtud; pero no necesitaba andar a cachetes con el
demonio para triunfar. Las embestidas del silln eran simplemente un
hbito de confianza, adquirido con el uso del secreto penitenciario.

Lo que se llama querer...--dijo Fortunata haciendo esfuerzos para
expresarse claramente--, querer, entiende usted?, no; pero aprecio,
estimacin s.

--De modo que no hay lo que llaman ilusin?...

--No seor.--Pero hay esa aficin tranquila, que puede ser principio de
una amistad constante, de ese afecto puro, honesto y reposado que hace
la felicidad de los matrimonios.

Fortunata no se atrevi a responder claro.

Le pareca mucho lo que el eclesistico propona. Recortndolo algo se
poda aceptar.

Puedo llegar a quererle con el trato....

--Perfectamente... Porque es preciso que usted se fije bien en una cosa:
eso de la ilusin es pura monserga, eso es para bobas. Ilusionarse con
un caballerete porque tenga los ojos as o asado, porque tenga el
bigotito de esta manera, el cuerpo derecho y el habla dengosa, es propio
de hembras salvajes. Amar de ese modo no es amar, es perversin, es
vicio, hija ma. El verdadero amor es el espiritual, y la nica manera
de amar es enamorarse de la persona por las prendas del alma. Las
mujeres de estos tiempos se dejan pervertir por las novelas y por las
ideas falsas que otras mujeres les imbuyen acerca del amor. Patraa y
propaganda indecente que hace Satans por mediacin de los poetas,
novelistas y otros holgazanes! Diranle a usted que el amor y la
hermosura fsica son hermanos, y le hablarn a usted de Grecia y del
naturalismo pagano. No haga usted caso de patraas, hija ma, no crea en
otro amor que en el espiritual, o sea en las simpatas de alma con
alma...

La prjima adivinaba ms que entenda esto, que era contrario a sus
sentimientos; pero como lo deca un sabio, no haba ms remedio que
contestar a todo que s. Viendo que haca indicaciones afirmativas con
la cabeza, el cura se animaba, aadiendo con nfasis:

Sostener otra cosa es renegar del catolicismo y volver a la
mitologa... esta es la cosa.

--Claro--apunt la joven; pero en su interior se preguntaba qu quera
decir aquello de la mitologa... porque de seguro no sera cosa de
mitones.

Aquel clrigo, arreglador de conciencias, que se crea mdico de
corazones daados de amor, era quizs la persona ms inepta para el
oficio a que se dedicaba, a causa de su propia virtud, estril y
glacial, condicin negativa que, si le apartaba del peligro, cerraba sus
ojos a la realidad del alma humana. Practicaba su apostolado por
frmulas rutinarias o rancios aforismos de libros escritos por santos a
la manera de l, y haba hecho inmensos daos a la humanidad arrastrando
a doncellas incautas a la soledad de un convento, tramando casamientos
entre personas que no se queran, y desgobernando, en fin, la mquina
admirable de las pasiones. Era como los mdicos que han estudiado el
cuerpo humano en un atlas de Anatoma. Tena recetas charlatnicas para
todo, y las aplicaba al buen tun tun, haciendo estragos por donde quiera
que pasaba.

De esta manera, hija ma--aadi lleno de fatuidad--, puede darse el
caso de que una mujer hermosa llegue a amar entraablemente a un hombre
feo. El verdadero amor, fjese usted en esto y estmpelo en su memoria,
es el de alma por alma. Todo lo dems es obra de la imaginacin, la
loca de la casa.

A Fortunata le hizo gracia esta figura.

Quin hace caso de la imaginacin?--prosigui l, oyndose, y muy
satisfecho del efecto que crea causar--. Cuando la loca le alborote a
usted, no se d por entendida, hija. Hara usted caso de una persona
que pasara ahora por la calle diciendo disparates? Pues lo mismo es,
exactamente lo mismo. A la imaginacin se la mira con desprecio, y se
hace lo contrario de lo que ella inspira. Comprendo que usted, por la
vida mala que ha llevado y por no haber tenido a su lado buenos
ejemplos, no podr durante algn tiempo meter en cintura a la loca de la
casa; pero aqu estamos para ensearla. Aqu me tiene a m, y me parece
que s lo que traigo entre manos... Empecemos. Para que usted sea digna
de casarse con un hombre honrado, lo primerito es que me vuelva los ojos
a la religin, empezando por edificarse interiormente.

--S seor--respondi humildemente la prjima, que entenda lo de la
religin; pero no lo de la edificacin. Para ella edificar era lo mismo
que hacer casas,

--Bien. Est usted dispuesta a ponerse bajo mi direccin y a hacer todo
lo que yo le mande?--propuso el cura con la hinchazn de vanidad que le
daba aquel papel sublime de laador de almas cascadas.

--S seor.--Y cmo estamos de doctrina cristiana?

Dijo esto con un tonillo de superioridad impertinente, lo mismo que
dicen algunos mdicos: a ver la lengua.

--Yo... la _dotrina_--replic la penitente temblando...--muy mal. No s
nada.

El capelln no hizo aspavientos. Al contrario, le gustaba que sus
catecmenos estuvieran rasos y limpios de toda ciencia, para poder l
enserselo todo. Despus medit un rato, las manos cruzadas y dando
vuelta a los pulgares uno sobre otro. Fortunata le miraba en silencio.
No poda dudar de que era hombre muy sabedor de cosas del mundo y de las
flaquezas humanas, y pens que le convena ponerse bajo su direccin. En
aquel momento hallbase bajo la influencia de ideas supersticiosas
adquiridas en su infancia respecto a la religin y al clero. Su
catecismo era harto elemental y se reduca a dos o tres nociones
incompletas, el Cielo y el Infierno, padecer aqu para gozar all, o lo
contrario. Su moral era puramente personal, intuitiva y no tena nada
que ver con lo poco que recordaba de la doctrina cristiana. Form del
hermano de Maxi buen concepto, porque se lavaba poco y saba mucho y no
rea a las pecadoras, sino que las trataba con dulzura, ofrecindoles
el matrimonio, la salvacin, y hablndoles del alma y otras cosas muy
bonitas.

Todo depende de que usted sepa mandar a paseo a la loquilla--continu
Nicols saliendo de su abstraccin--. Ya sabe usted lo que Jess le dijo
a la samaritana cuando habl con ella en el pozo, en una situacin
parecida a la que ahora tenemos usted y yo....

Fortunata se sonri, afectando entender la cita; pero se haba quedado a
oscuras.

Si usted quiere mejorar de vida y edificrsenos interiormente para
adquirir la fuerza necesaria, aqu me tiene. Pues para qu estamos?
Cuando yo considere segura la reforma de usted, quizs no ponga tantos
peros al casorio con mi hermano. El pobre est loco por usted; me dijo
anoche que si no le dejamos casar se muere. Mi ta quiere quitrselo de
la cabeza; mas yo le dije: Calma, calma, las cosas hay que verlas
despacio. No nos precipitemos, ta, y por eso me vine aqu. Me
comprometo a curarle a usted esa enfermedad de la imaginacin que
consiste en tener cario al hombre indigno que la perdi. Conseguido
esto, amar usted al que ha de ser su marido, y lo amar con ilusin
espiritual, no de los sentidos... ni ms ni menos. Oh, he alcanzado yo
tantos triunfos de estos; he salvado a tanta gente que se crea daada
para siempre! Convnzase usted, en esto, como en otras cosas, todo es
ponerse a ello, todo es empezar... Imagnese usted lo bien que estar
cuando se nos reforme; vivir feliz y considerada, tendr un nombre
respetable, y habr quien la adore, no por sus gracias personales, que
maldito lo que significan, sino por las espirituales, que es lo que
importa. Al principio tendr usted que hacer algunos esfuerzos; ser
preciso que se olvide de su buen palmito. Esto es quizs lo ms difcil,
pero hagmonos la cuenta de que la nica hermosura verdad es la del
alma, hija ma, porque de la del cuerpo dan cuenta los gusanos....

Esto le pareci muy bien a la pecadora, y deca que s con la cabeza.

Pues vamos a cuentas. Usted quiere que establezcamos la posibilidad,
esta es la cosa, la posibilidad de casarse con un Rubn?.

--S seor--respondi Fortunata con cierto miedo, espantada an por
aquello de los gusanos.

--Pues es preciso que se nos someta usted a la siguiente prueba--dijo el
cura, tapndose un bostezo, porque eran ya las cuatro y no habra tenido
inconveniente en tomar una friolera--. Hay en Madrid una institucin
religiosa de las ms tiles, la cual tiene por objeto recoger a las
muchachas extraviadas y convertirlas a la verdad por medio de la
oracin, del trabajo y del recogimiento. Unas, desengaadas de la poca
sustancia que se saca al deleite, se quedan all para siempre; otras
salen ya _edificadas_, bien para casarse, bien para servir en casas de
personas respetabilsimas. Son muy pocas las que salen para volver a la
perdicin. Tambin entran all seoras decentes a expiar sus pecados,
esposas ligeras de cascos que han hecho alguna trastada a sus maridos, y
otras que buscan en la soledad la dicha que no tuvieron en el bullicio
del mundo.

Fortunata segua dando cabezadas. Haba odo hablar de aquella casa, que
era el convento de las Micaelas.

Perfectamente; as se llama. Bueno, usted va all y la tenemos
encerradita durante tres, cuatro meses o ms. El capelln de la casa es
tan amigo mo, que es como si fuera yo mismo. l la dirigir a usted
espiritualmente, puesto que yo no puedo hacerlo porque tengo que
volverme a Toledo. Pero siempre que venga a Madrid, he de ir a tomarle
el pulso y a ver cmo anda esa educacin, sin perjuicio de que antes de
entrar en el convento, le he de dar a usted un buen recorrido de
doctrina cristiana para que no se nos vaya all enteramente cerril. Si
pasado un plazo prudencial, me resulta usted en tal disposicin de
espritu que yo la crea digna de ser mi hermana poltica, podra quizs
llegar a serlo. Yo le respondo a usted de que, como este indigno
capelln d el pase, toda la familia dir _amn_.

Estas palabras fueron dichas con sencillez y dulzura. Eran una de sus
mejores y ms estudiadas recetas, y tena para ello un tonillo de
conviccin que haca efecto grande en las inexpertas personas a quienes
se dirigan.

En Fortunata fue tan grande el efecto, que casi casi se le saltaron las
lgrimas. Indudablemente era muy de agradecer el inters que aquel
bondadoso apstol de Cristo se tomaba por ella. Y todo sin regaos, sin
manotadas, tratndola como un buen pastor tratara a la ms querida de
sus ovejas. A pesar de esta excelente disposicin de su nimo, la
infeliz vacilaba un poco. De una parte le seduca la vida retirada,
silenciosa y cristiana del claustro. Bien pudiera ser que all se
cerrase por completo la herida de su corazn. Haba que probarlo al
menos. De otra parte la aterraba lo desconocido, las monjas... cmo
seran las monjas?, cmo la trataran? Pero Nicols se adelant a sus
temores, dicindole que eran las seoras ms indulgentes y cariosas que
se podan ver. A la samaritana se le aguaron los ojos, y pens en lo que
sera ella convertida de _chica_ en seora, la imaginacin limpia de
aquella maleza que la perda, la conciencia hecha de nuevo, el
entendimiento iluminado por mil cosas bonitas que aprendera. La misma
imaginacin, a quien el maestro haba puesto que no haba por donde
cogerla, fue la que le encendi fuegos de entusiasmo en su alma,
infundindole el orgullo de ser otra mujer distinta de lo que era.

Pues s, pues s... quiero entrar en las Micaelas afirm con arranque.

--Pues nada, a purificarse tocan. Ve usted cmo nos hemos
entendido?--dijo el clrigo con alegra, levantndose--. Cansado ya de
tanto discutir, yo le dije a mi hermano: Si tu pasin es tan fuerte que
no la puedes combatir, pon el pleito en mis manos, tonto, que yo te lo
arreglar. Si es mi oficio; si para eso estamos; si no s hacer otra
cosa... Para qu servira yo si no sirviera para enderezar torceduras
de estas?

El orgullo se le rezuma por todos los poros como si fuera sudor; los
ojos le brillaban. Cogi la canaleja, diciendo:

Volver por aqu. Hablar a mi hermano y a mi ta. Tenemos ya una gran
base de arreglo, que es su conformidad de usted con todo lo que le mande
este pobre sacerdote.

Fortunata al darle la mano se la bes.

Las ltimas palabras de la visita fueron referentes al mal tiempo, a que
l no poda estar en Madrid sino dos semanas, y por fin a la jaqueca que
tena Maximiliano aquel da.

Es mal de familia. Yo tambin las padezco. Pero lo que principalmente
me trae descompuesto ahora es un pcaro mal de estmago... debilidad,
dicen que es debilidad... Tengo que comer muy a menudo y muy poca
cantidad... esta es la cosa... Es efecto del excesivo trabajo... qu le
vamos a hacer! Al llegar esta hora se me pone aqu un perrito... lo
mismo que un perrito que me estuviera mordiendo. Y como no le eche algo
al condenado, me da muy mal rato.

--Si quiere usted... aguarde usted... yo...--dijo Fortunata pasando
revista mental a su pobre despensa.

--Quite usted all, criatura... No faltaba ms... Piensa que no me
puedo pasar...? No es que yo apetezca nada; lo tomo hasta con asco; pero
me sienta bien, conozco que me sienta bien.

--Si quiere usted, traer... No tengo en casa; pero bajar a la
tienda...

--Quite usted all... no me lo diga ni en broma... Vaya, abur, abur... Y
cuidarse, cuidarse mucho, eh?, que andan pulmonas.

El clrigo sali y fue a casa de un amigo donde le solan dar, en
aquella crtica hora, el remedio de su debilidad de estmago.




--vi--


En la noche de aquel memorable da, y cuando la jaqueca se le calm,
pudo enterarse Maxi de que su hermano haba ido a la calle de Pelayo, y
de que sus impresiones no haban sido malas segn declaracin del
propio cura. Daba este mucha importancia a su apostolado, y cuando le
caa en las manos uno de aquellos negocios de conquista espiritual,
exageraba los peligros y dificultades para dar ms valor a su victoria.
El otro se abrasaba en impaciencia; mas no consegua obtener de Nicols
sino medias palabras. All veremos... estas no son cosas de juego... Ya
tengo las manos en la masa... no es mala masa; pero hay que trabajarla a
pulso... esta es la cosa. He de volver all... Es preciso que tengas
paciencia... pues t qu te crees?. El pobre chico no vea las santas
horas de que llegase el da para saber por ella pormenores de la
conferencia. Fortunata le vio entrar sobre las diez, plido como la
cera, convaleciente de la jaqueca, que le dejaba mareos, aturdimiento y
fatiga general. Se ech en el sof; cubriole su amiga la mitad del
cuerpo con una manta, psole almohadas para que recostase la cabeza, y a
medida que esto haca, le aplacaba la curiosidad contndole
precipitadamente todo.

Aquella idea de llevarla al convento como a una casa de purificacin,
pareciole a Maxi prueba estupenda del gran talento catequizador de su
hermano. A l le haba pasado vagamente por la cabeza algo semejante;
mas no supo formularlo. Qu insigne hombre era Nicols! Ocurrirle
aquello!... Tamizada por la religin, Fortunata volvera a la sociedad
limpia de polvo y paja, y entonces quin osara dudar de su
honorabilidad? El espritu del sietemesino, revuelto desde el fondo a la
superficie por la pasin, como un mar sacudido por furioso huracn, se
corra, digmoslo as, de una parte a otra, explayndose en toda idea
que se le pusiese delante. As, lo mismo fue presentrsele la idea
religiosa, que tenderse hacia ella y cubrirla toda con impetuosa y
fresca onda. La religin, qu cosa tan buena!... Y l, tan torpe, que
no haba cado en ello! No era torpeza sino distraccin. Es que andaba
muy distrado. Y su manceba, que ms bien era ya novia, se le apareci
entonces con aureola resplandeciente y se revisti de ideales atributos.
Creerase que el amor que le inspiraba se iba a depurar an ms,
hacindose tan sutil como aquel que dicen le tena a Beatriz el Dante, o
el de Petrarca por Laura, que tambin era amor de lo ms fino.

Nunca haba sido Maximiliano muy dado a lo religioso; pero en aquel
instante le entraron de sopetn en el espritu unos ardores de piedad
tan singulares, unas ganas de tomarse confianzas con Cristo o con la
Santsima Trinidad, y aun con tal o cual santo, que no saba lo que le
pasaba. El amor le conduca a la devocin, como le habra conducido a la
impiedad, si las cosas fuesen por aquel camino. Tan bien le pareci el
plan de su hermano, que el gozo le reprodujo el dolor de cabeza, aunque
levemente. Comprimindose con dos dedos de la mano la ceja izquierda,
habl a Fortunata de lo buenas que deban de ser aquellas madres
Micaelas, de lo bonito que sera el convento, y de las preciosas y
utilsimas cosas que all aprendera, soltando como por ensalmo la
cscara amarga y trocndose en seora, s, en seora tan decente, que
habra otras lo mismo, pero ms no... ms no.

A Fortunata se le comunic el entusiasmo. La religin! Tampoco ella
haba cado en esto. Cuidado que no ocurrrsele una cosa tan
sencilla...! Lo particular era que vea su purificacin como se ve un
milagro cuando se cree en ellos, como convertir el agua en vino o hacer
de cuatro peces cuarenta.

Dime una cosa--pregunt a Maxi, acordndose de que era bella--. Y me
pondrn tocas blancas?.

--Puede que s--replic l con seriedad--. No puedo asegurrtelo; pero
es fcil que s te las pongan.

Fortunata cogi una toalla y echndosela por la cabeza, se fue a mirar
al espejo. Acordose entonces de una cosa esencial, esto es, que en la
nueva existencia, la hermosura fsica no vala un pito y que lo que
importaba y tena valor era la del alma. Observando la cara que tena
Maxi aquel da y lo plido que estaba, consider que las prendas morales
del joven empezaban a transparentarse en su rostro, hacindole menos
desagradable... Entrevi una mudanza radical en su manera de ver las
cosas.

Quin sabe--se dijo--, lo que pasar despus de estar all tratando
con las monjas, rezando y viendo a todas horas la custodia! De seguro me
volver otra sin sentirlo. Yo saco la cuenta de lo bueno que puede
sucederme, por lo malo que me ha sucedido. Calculo que esto es como
cuando una teme llegar a la cosa ms mala del mundo y dice una: 'jams
llegar a eso'. Y qu pasa?, que luego llega una y se asombra de verse
all, y dice: 'pareca mentira'. Pues lo mismo ser con lo bueno. Dice
una: 'jams llegar tan arriba', y sin saber cmo, arriba se encuentra.

Maximiliano se qued a almorzar; pero la irritacin de su estmago y la
desgana hubieron de contenerle en la ms prudente frugalidad. Ella en
cambio tena buen apetito, porque haba trabajado mucho aquella maana y
quizs porque estaba contenta y excitada. De aqu tom pie el redentor
para hablar de lo mucho que coma su hermano Nicols. Esto desilusion
un poco a Fortunata, que se qued como lela, mirando a su amante, y
deteniendo el tenedor a poca distancia de la boca. Crea ella que los
curas de mucho saber y virtud deban de conocerse en el poco uso que
hacan del agua y jabn, y tambin en que su alimento no poda ser sino
yerbas cocidas y sin sal.

Toda la tarde estuvieron platicando acerca de la ida al convento y
tambin sobre cosas relacionadas con la parte material de su existencia
futura. En la particin--dijo con cierto nfasis Maximiliano--, me
tocan fincas rsticas. Mi ta se enfad porque deseaba para m el dinero
contante; pero yo no soy de su opinin; prefiero los inmuebles.

Fortunata apoy esta idea con un signo de cabeza; mas no estaba segura
de lo que significaba la palabra _inmueble_, ni quera tampoco
preguntarlo. Ello deba de ser lo contrario de muebles. Maxi la sac de
dudas ms tarde, hablando de sus olivares y vias y de la buena cosecha
que se anunciaba; por lo cual vino a entender que inmuebles es lo mismo
que decir rboles. Tambin ella prefera las propiedades de campo a
todas las dems clases de riqueza. Despus que se retir su amante, se
qued pensando en su fortuna, y todo aquel frrago de olivos, parrales y
carrascales que tena metido en la cabeza le impidi dormir hasta muy
tarde, enderezando an ms sus propsitos por la va de la honradez.

A ver, qu tal?... cmo es?... es guapa? haba preguntado doa Lupe
a Nicols con vivsima curiosidad.

Aunque el insigne clrigo no tena cierta clase de pasiones, saba
apreciar el gnero a la vista. Hizo con los dedos de su mano derecha un
manojo, y llevndolos a la boca los apart al instante, diciendo:

Es una mujer... hasta all.

Doa Lupe se qued desconcertada. A los peligros ya conocidos deban
unirse los que ofrece por s misma toda belleza superior dentro de la
mquina del matrimonio. Las mujeres casadas _no deben_ ser muy
hermosas dijo la seora promulgando la frase con acento de conviccin
profunda.

Hzole otras mil preguntas para aplacar su ardentsima curiosidad; cmo
estaba vestida y peinada; qu tal se expresaba; cmo tena arreglada la
casa, y Nicols responda echndoselas de observador. Sus impresiones no
haban sido malas, y aunque no tena bastantes datos para formar juicio
del verdadero carcter de la prjima, poda anticipar, fiado en su
experiencia, en su buen ojo y en un cierto no s que, presunciones
favorables. Con esto la curiosidad de doa Lupe se acaloraba ms, y ya
no poda tener sosiego hasta no meter su propia nariz en aquel guisado.
Visitar a la tal no le pareca digno, habiendo hecho tantos aspavientos
en contra suya; pero estar muchos das sin verla y averiguarle las
faltas, si las tena, era imposible. Hubiera deseado verla _por un
agujerito_. Con el sobrinillo no quera la seora dar su brazo a torcer,
y siempre se mostraba intolerante, aunque ya con menos fuego. Pareciole
buena idea aquello de purificarla en las Micaelas, y aunque a nadie lo
dijo, para s consideraba aquel camino como el nico que poda conducir
a una solucin. Rabiaba por echarle la vista encima al _basilisco_, y
como su sobrino no le deca que fuera a verla, este silencio hacala
rabiar ms. Un da ya no pudo contenerse, y cogiendo descuidado a Maxi
en su cuarto, le emboc esto de buenas a primeras: No creas que voy yo
a rebajarme a eso....

--A qu, seora?

--A visitar a tu... no puedo pronunciar ciertas palabras. Me parece
indecoroso que yo vaya all, a pesar de todos esos proyectos de lega
eclesistica que le vais a dar.

--Seora, si yo no he dicho a usted nada...

--Te digo que no ir... no ir.

--Pero ta...--No hay ta que valga. No me lo has dicho; pero lo deseas.
Crees que no te leo yo los pensamientos? Qu podrs t disimular
delante de m! Pues no, no te sales con la tuya. Yo no voy all sino en
el caso de que me llevis atada de pies y manos.

--Pues la llevaremos atada de manos y pies--dijo Maxi, riendo.

Lo deseaba, s; pero como tena su criterio formado y su invariable
lnea de conducta trazada, no daba un valor excesivo a lo que de la
visita pudiera resultar. Vase por dnde la fuerza de las circunstancias
haba puesto a doa Lupe en una situacin subalterna, y el pobre chico,
que meses antes no se atreva a chistar delante de ella, miraba a su ta
de igual a igual. La dignidad de su pasin haba hecho del nio un
hombre, y como el plebeyo que se ennoblece, miraba a su antiguo
autcrata con respeto, pero sin miedo.

Como Nicols visitaba algunos das a Fortunata para ensearle la
doctrina cristiana, doa Lupe se pona furiosa. Tantas idas y venidas
deca ella que le tenan revuelto el estmago. Pero el sentimiento que
verdaderamente la haca chillar era como envidia de que fuese Nicols y
no pudiera ir ella. Por este motivo andaban ta y sobrino algo
desavenidos. Corra Marzo, y el da de San Jos dijo Nicols en la mesa:
Ta, ya hay fresa. Pero la indirecta no hizo efecto en la econmica
viuda. Volvi a la carga el clrigo en diferentes ocasiones: Qu fresa
ms rica he visto hoy! Ta, a cmo estar ahora la fresa?.

--No lo s, ni me importa--replic ella--, porque como no la pienso
traer hasta que no se ponga a tres reales...

Nicols dio un suspiro, mientras doa Lupe deca para s: Como no comas
ms fresa que la que yo te ponga, tragaldabas, aviado ests.

Y como doa Lupe era algo golosa, trajo un da un cucurucho de fresa,
bien escondido entre la mantilla; mas no lo puso en la mesa. Concluida
la comida, y mientras Nicols lea _La Correspondencia _ o _ El
Papelito_ en el comedor, doa Lupe se encerraba en su cuarto para
comerse la fresa bien espolvoreada con azcar. En cuanto el cura se
echaba a la calle, sala doa Lupe de su escondite para ofrecer a
Maximiliano un poco de aquella sabrosa fruta, y entraba en su cuarto con
el platito y la cucharilla. Agradeca mucho estas finezas el chico, y se
coma la golosina. Mirbale comer su ta con expectante atencin, y
cuando quedaban en el plato no ms que seis o siete fresas, se lo
quitaba de las manos diciendo: Esto para Papitos que est con cada ojo
como los de un besugo.

La chiquilla se coma las fresas, y despus, con los lengetazos que le
daba al plato, lo dejaba como si lo hubiera lavado.




--vii--


Juan Pablo prestaba atencin muy escasa al asunto de Maximiliano y a
todos los dems asuntos de la familia, como no fuera el de la herencia.
Su anhelo era cobrar pronto para pagar sus trampas. Entraba de noche muy
tarde, y casi siempre coma fuera, lo que agradeca mucho doa Lupe,
pues Nicols con su voracidad puntual le desequilibraba el presupuesto
de la casa. La misantropa que le entr a Juan Pablo desde su desairado
regreso del Cuartel Real no se alter en aquellos das que sucedieron a
la herencia. Hablaba muy poco, y cuando doa Lupe le nombraba el casorio
de Maxi, como cuando se le pega a uno un alfilerazo para que no se
duerma, alzaba los hombros, deca palabras de desdn hacia su hermano y
nada ms. Con su pan se lo coma... Y a m qu?.

De carlismo no se hablaba en la casa, porque doa Lupe no lo consenta.
Pero una maana, los dos hermanos mayores se enfrascaron de tal modo en
la conversacin, ms bien disputa, que no hicieron maldito caso de la
seora. Juan Pablo estaba lavndose en su cuarto, entr Nicols a
decirle no s qu, y por si el cura Santa Cruz era un bandido o un loco,
se fueron enzarzando, enzarzando hasta que...

Quieres que te diga una cosa?--gritaba el primognito,
descomponindose--. Pues don Carlos no ha triunfado ya por vuestra
culpa, por culpa de los curas. Hay que ir all, como he ido yo, para
hacerse cargo de las intrigas de la gentualla de sotana, que todo lo
quiere para s, y no va ms que a desacreditar con calumnias y chismes a
los que verdaderamente trabajan. Yo no poda estar all; me ahogaba. Le
dije a Dorregaray: 'mi general, no s cmo usted aguanta esto', y l se
alzaba de hombros, ponindome una cara...! No pasaba da sin que los
lechuzos le llevaran un cuento a don Carlos. Que Dorregaray andaba en
tratos con Moriones para rendirse, que Moriones le haba ofrecido diez
millones de reales, en fin, mil indecencias. Cuando lleg a mi noticia
que me acusaban de haber ido al Cuartel General de Moriones a llevar
recados de mi jefe, me vol, y aquella misma tarde, habindome
encontrado a la camarilla en el atrio de la iglesia de San Miguel, me
li la manta a la cabeza, y por poco se arma all un Dos de Mayo. Aqu
no hay ms traidores que ustedes. Lo que tienen es envidia del traidor,
si le hubiera, por el provecho que saque de su traicin. No digo yo por
diez millones; pero por diez mil ochavos venderan ustedes al Rey, y
toda su descendencia; ladrones infames, tos de Judas. En fin, que si
no acierta a pasar el coronel Goiri, que me quera mucho, y me coge a la
fuerza y me arranca de all y me lleva a mi casa, aquella tarde sale el
redao de un cura a ver la puesta del sol. Estuve tres das en cama con
un amago de ataque cerebral. Cuando me levant, ped una audiencia a Su
Majestad. Su contestacin fue ponerme en la mano el canuto y el
pasaporte para la frontera. En fin, que los _engarza-rosarios_ dieron
conmigo en tierra, porque no me prestaba a ayudarles en sus
maquinaciones contra los leales y valientes. Por las sotanas se perdi
don Carlos V, y al VII no le aprovech la leccin. All se las haya. No
queras religin?, pues ah la tienes; atrcate de curas, indigstate y
revienta.

--Es una apreciacin tuya--dijo Nicols moderando su ira--, que no me
parece muy fundada... esta es la cosa.

--T qu sabes lo que es el mundo y la realidad? Ests en babia.

--Y t, me parece que ests algo ido, porque cuidado que has dicho
disparates.

--Cllate la boca, estpido...--dijo Nicols, sulfurndose.

--Sabes lo que te digo?--grit Juan Pablo, alzando arrogante la voz--,
que a m no se me manda callar, estamos? He tenido el honor de decirle
cuatro frescas al obispo de Perspolis, y quien no teme a las sotanas
moradas, qu miedo ha de tener a las negras?...

--Pues yo te digo...--agreg Nicols descompuesto, trmulo y no sabiendo
si amenazar con los puos o simplemente con las palabras--, yo te digo
que eres un chisgarabs.

--Qu alboroto es este?--clam doa Lupe entrando a poner paz--. Vaya
con los caballeros estos! Ya les dije otra vez a los seores ojalateros,
que cuando quisieran disputar por alto se fueran a hacerlo a la calle.
En mi casa no quiero escndalos.

--Es que con este bruto no se puede discutir...--dijo Nicols, que casi
no poda respirar de tan sofocado como estaba.

Juan Pablo no deca nada, y sigui vistindose, volviendo la espalda a
su hermano.

Vaya un genio que has echado!--le dijo doa Lupe, sin que l la
mirara--. Podas considerar que tu hermano es sacerdote... Y sobre todo,
no vengas echndotela de plancheta; porque si te sali mal el pase a _la
infame faccin_, y has tenido que volverte con las manos en la cabeza,
qu culpa tenemos los dems?.

Juan Pablo no se dign contestar. Doa Lupe cogi por un brazo al cura y
se lo llev consigo temerosa de que se enzarzaran otra vez. En el
comedor estaba Maximiliano sentado ya para almorzar. Haba odo la
reyerta sin drsele una higa de lo que resultara. All ellos. A Nicols
no le quit su berrinchn el apetito, pues ninguna turbacin del nimo,
por grande que fuera, le poda privar de su ms caracterstica
manifestacin orgnica. Los tres oyeron gritos en la calle, y doa Lupe
puso atencin, creyendo que era un _extraordinario_ de peridico
anunciando triunfos del ejrcito liberal sobre los carlistas. En
aquellos das del ao 1874, menudeaban los suplementos de peridico,
manteniendo al vecindario en continua ansiedad.

Papitos--dijo la seora--, toma dos cuartos y bjate a comprar el
_extraordinario de la Gaceta_. Veris cmo habla de alguna buena tollina
que les han dado a los _tersos_.

Nicols que tena un odo sutilsimo, despus de callar un rato y hacer
callar a todos, dijo: Pero, ta, no sea usted chiflada. Si no hay tal
pregn de _extraordinario_. Lo que dice la voz, claramente se oye... El
_freeeesero... fresa_.

--Puede que as sea--replic doa Lupe, guardando su portamonedas ms
pronto que la vista--. Pero est tan verde, que es un puro vinagre...

--Todo sea por Dios--se dej decir Nicols suspirando--. Peor lo pas
Jess, que pidi agua y le dieron hiel.

Mascando el ltimo bocado, sali Maximiliano para irse a clase, llevando
la carga de sus libros, y mucho despus almorz Juan Pablo solo.
Aquellos almuerzos servidos a distintas horas molestaban mucho a doa
Lupe. Se crean sus sobrinos que aquella casa era una posada? El nico
que tena consideracin, el que menos guerra daba y el que menos coma
era Maxi, el de la pasta de ngel, siempre comedido, aun despus de que
le volvieron tarumba los ojos de una mujer. Sobre esto reflexionaba doa
Lupe aquella tarde, cosiendo en la sillita, junto al balcn de la calle,
sin ms compaa que la del gato.

Dgase lo que se quiera, es el mejor de los tres--pensaba, metiendo y
sacando la aguja--, mejor que el egoistn de Nicols, mejor que el
tarambana de Juan Pablo... Que se quiere casar con una...? Hay que ver,
hay que ver eso. No se puede juzgar sin or... Podra suceder que no
fuera... Se dan casos... Vaya!... Y est enamorado como un tonto... Y
qu le vamos a hacer? Dios nos tenga de su mano.

Entr Nicols de la calle y preguntado por doa Lupe, dijo que vena de
casa del _basilisco_. Aquel da se mostr ms satisfecho, llegando a
asegurar que su catecmena comprenda bien las cosas de religin, y que
en lo moral pareca ser _de buena madera_, con lo que lleg a su colmo
la curiosidad de la viuda y ya no le fue posible sostener por ms tiempo
el papel desdeoso que representaba.

Tanto te empears--dijo al estudiante aquella noche--, que al fin lo
vas a conseguir.

--Qu, ta?--Que vaya yo en persona a ver a esa... Pero conste que si
voy es contra mi voluntad.

Maximiliano, que era bondadoso y quera estar bien con ella, no quiso
manifestarle indiferencia. Pues s, ta, si usted va a verla, se lo
agradeceremos toda nuestra vida.

--Ninguna falta me hacen vuestros agradecimientos, si es que me decido a
ir, que todava no lo s...

--S, ta.--Ni voy, si es que me decido, porque me lo agradezcis, sino
por medir con mis propios ojos toda la hondura del abismo en que te
quieres arrojar, a ver si hallo an modo de apartarte de l.

--Maana mismo, ta; yo la acompao a usted--dijo entusiasmado el
chico--. Ver usted mi abismo, y cuando lo vea me empujar.

Y fue al da siguiente doa Lupe, vestida con los trapitos de
cristianar, porque antes haba ido a la gran funcin del asilo de doa
Guillermina, por invitacin de esta, de lo que estaba muy satisfecha.
Quera dar el golpe, y como tena tanto dominio sobre s y se expresaba
con tanta soltura, juzgaba fcil darse mucho lustre en la visita.

As fue en efecto. Pocas veces en su vida, ni aun en los mejores das de
Juregui, se dio doa Lupe tanto pisto como en aquella entrevista, pues
siendo el _basilisco_ tan poco fuerte en artes sociales y hallndose tan
cohibida por su situacin y su mala fama, la otra se despach a su gusto
y se empingorot hasta un extremo increble. Trataba doa Lupe a su
presunta sobrina con urbanidad; pero guardando las distancias. Haba de
conocerse hasta en los menores detalles, que la visitada era una moza de
cscara amarga, con recomendables pretensiones de decencia, y la
visitante una seora, y no una seora cualquiera, sino la seora de
Juregui, el hombre ms honrado y de ms sanas costumbres que haba
existido en todo tiempo en Madrid o por lo menos en Puerta Cerrada. Y su
condicin de dama se probaba en que despus de haber hecho todo lo
posible, en la primera parte de la visita, por mostrar cierta severidad
de principios, juzg en la segunda que vena bien caerse un poco del
lado de la indulgencia. El verdadero seoro jams se complace en
humillar a los inferiores. Doa Lupe se sinti con unas ganas tan vivas
de proteccin con respecto a Fortunata, que no podra llevarse cuenta de
los consejos que le dio y reglas de conducta que se sirvi trazarle. Es
que se pirraba por proteger, dirigir, aconsejar y tener alguien sobre
quien ejercer dominio...

Una de las cosas que ms gracia le hicieron en Fortunata, fue su timidez
para expresarse. Se le conoca en seguida que no hablaba como las
personas finas, y que tena miedo y vergenza de decir disparates. Esto
la favoreci en opinin de doa Lupe, porque el desenfado en el lenguaje
habra sido seal de anarqua en la voluntad. No se apure usted--le
deca la viuda, tocndole familiarmente la rodilla con su abanico--; que
no es posible aprender en un da a expresarse como nosotras. Eso vendr
con el tiempo y el uso y el trato. Pronunciar mal una palabra no es
vergenza para nadie, y la que no ha recibido una educacin esmerada no
tiene la culpa de ello.

Fortunata estaba pasando la pena negra con aquella visita de _tantismo
cumplido_, y un color se le iba y otro se le vena, sin saber cmo
contestar a las preguntas de doa Lupe ni si sonrer o ponerse seria. Lo
que deseaba era que se largara pronto. Hablaron de la ida al convento,
resolucin que la ta de Maxi alab mucho, esforzndose en sacar de su
cabeza los conceptos ms alambicados y los vocablos ms requetefinos. A
tal extremo hubo de llegar en esto, que Fortunata quedose en ayunas de
muchas cosas que le oy. Por fin lleg el instante de la despedida, que
Fortunata deseaba con ansia y tema, considerndose incapaz de decir con
claridad y sosiego todas aquellas frmulas ltimas y el ofrecimiento de
la casa. La de Juregui lo hizo como persona corrida en esto; Fortunata
tartamude, y todo lo dijo al revs.

Maximiliano habl poco durante la visita. No haca ms que estar _al
quite_, acudiendo con el capote all donde Fortunata se vea en peligro
por torpeza de lenguaje. Cuando sali doa Lupe, crey que deba
acompaarla hasta la calle, y as lo hizo.

Si es una bobona...--dijo la viuda a su sobrino--; tal para cual...
Parece que la han cogido con lazo. En manos de una persona inteligente,
esta mujer podra enderezarse, porque no debe de tener mal fondo. Pero
yo dudo que t....




--viii--


Doa Lupe era persona de buen gusto y apreci al instante la hermosura
del _basilisco_ sin ponerle reparos, como es uso y costumbre en juicios
de mujeres. Aun aquellas que no tienen pretensiones de belleza se
resisten a proclamar la ajena. Es bonita de veras--deca para s la
viuda, camino de su casa--, lo que se llama bonita. Pero es una salvaje
que necesita que la domestiquen. Los deseos de aprender que Fortunata
manifestaba le agradaron mucho, y sinti que se agitaban en su alma, con
pruritos de ejercitarse, sus dotes de maestra, de consejera, de
protectora y jefe de familia. Posea doa Lupe la aptitud y la vanidad
educativas, y para ella no haba mayor gloria que tener alguien sobre
quien desplegar autoridad. Maxi y Papitos eran al mismo tiempo hijos y
alumnos, porque la seora se haca siempre querer de los seres
inferiores a quienes educaba. El mismo Juregui haba sido tambin, al
decir de la gente, tan discpulo como marido.

Volvi, pues, a su casa la ta de Maximiliano revolviendo en su mente
planes soberbios. La pasin de domesticar se despertaba en ella delante
de aquel magnfico animal que estaba pidiendo una mano hbil que lo
desbravase. Y vase aqu cmo a impulsos de distintas pasiones, ta y
sobrino vinieron a coincidir en sus deseos; vase cmo la tirana de la
casa concluy por mirar con ojos benvolos a la misma persona de quien
haba dicho tantas perreras. Mucho agradeca esto el joven, y juzgando
por s mismo, crea que la indulgencia de doa Lupe se derivaba de un
afecto, cuando en rigor provena de esa imperiosa necesidad que sienten
los humanos de ejercitar y poner en funciones toda facultad grande que
poseen. Por esto la viuda no cesaba de pensar en el gran partido que
poda sacar de Fortunata, desbastndola y pulindola hasta tallarla en
seora, e imaginaba una victoria semejante a la que Maximiliano
pretenda alcanzar en otro orden. La cosa no sera fcil, porque el
animal deba tener muchos resabios; pero mientras ms grandes fueran las
dificultades, ms se lucira la maestra. De repente le entraban a la
seora de Juregui recelos punzantes, y deca: Si no puede ser, si es
mucha mujer para medio hombre. Si no existiera este maldito
desequilibrio de sangre, l con su cario y yo con lo mucho que s,
domaramos a la fiera; pero esta moza se nos tuerce el mejor da, no hay
duda de que se nos tuerce.

Media semana estuvo en esta lucha, ya queriendo ceder para oficiar de
maestra, ya perseverando en sus primitivos temores e inclinndose a no
intervenir para nada... Pero con las amigas tena que representar otros
papeles, pues era vanidosa fuera de casa, y no gustaba nunca de aparecer
en situacin desairada o ridcula. Cuidaba mucho de ponerse siempre muy
alta, para lo cual tena que exagerar y embellecer cuanto la rodeaba.
Era de esas personas que siempre alaban desmedidamente las cosas
propias. Todo lo suyo era siempre bueno: su casa era la mejor de la
calle, su calle la mejor del barrio, y su barrio el mejor de la villa.
Cuando se mudaba de cuarto, esta supremaca domiciliaria iba con ella a
donde quiera que fuese. Si algo desairado o ridculo le ocurra, lo
guardaba en secreto; pero si era cosa lisonjera, la publicaba poco menos
que con repiques. Por esto cuando se corri entre las familias amigas
que el sietemesino se quera casar con una tarasca, no saba _la de los
Pavos_ cmo arreglarse para quedar bien. Dificilillo de componer era
aquello, y no bastaba todo su talento a convertir en blanco lo negro,
como otras veces haba hecho.

Varias noches estuvo en la tertulia de las de la Caa completamente
achantada y sin saber por dnde tirar. Pero desde el da en que vio a
Fortunata, se sacudi la morria, creyendo haber encontrado un punto de
apoyo para levantar de nuevo el mundo abatido de su optimismo. En qu
creeris que se fund para volver a tomar aquellos aires de persona
superior a todos los sucesos? Pues en la hermosura de Fortunata. Por
mucho que se figuraran de su belleza, no tendran idea de la realidad.
En fin, que haba visto mujeres guapas, pero como aquella ninguna. Era
una divinidad _en toda la extensin de la palabra_.

Pasmadas estaban las amigas oyndola, y aprovech doa Lupe este asombro
para acudir con el siguiente ardid estratgico: Y en cuanto a lo de su
mala vida, hay mucho que hablar... No es tanto como se ha dicho. Yo me
atrevo a asegurar que es muchsimo menos.

Interrogada sobre la condicin moral y de carcter de la divinidad, hizo
muchas salvedades y distingos: Eso no lo puedo decir... No he hablado
con ella ms que una vez. Me ha parecido humilde, de un carcter
apocado, de esas que son fciles de dominar por quien pueda y sepa
hacerlo. Hablando luego de que la metan en las Micaelas, todas las
presentes elogiaron esta resolucin, y doa Lupe se encastill ms en su
vanidad, diciendo que haba sido idea suya y condicin que puso para
transigir, que despus de una larga cuarentena religiosa poda ser
admitida en la familia, pues las cosas no se podan llevar a punto de
lanza, y eso de tronar con Maximiliano y cerrarle la puerta, muy pronto
se dice; pero hacerlo ya es otra cosa.

Entre tanto, acercbase el da designado para llevar el _basilisco_ a
las Micaelas. Nicols Rubn haba hablado al capelln, su compaero de
Seminario, el cual habl a la Superiora, que era una dama ilustre, amiga
ntima y pariente lejana de Guillermina Pacheco. Acordada la admisin en
los trminos que marca el reglamento de la casa, slo se esperaba para
realizarla a que pasasen los das de Semana Santa. El Jueves salieron
Maxi y su amiga a andar algunas estaciones, y el Viernes muy tempranito
fueron a la Cara de Dios, dndose despus un largo paseo por San
Bernardino. Fortunata estaba, con la religin, como chiquillo con
zapatos nuevos, y quera que su amante le explicase lo que significan el
Jueves Santo y las Tinieblas, el Cirio Pascual y dems smbolos. Maxi
sala del paso con dificultad, y all se las arreglaba de cualquier
modo, poniendo a los huecos de su ignorancia los remiendos de su
inventiva. La religin que l senta en aquella crisis de su alma era
demasiado alta y no poda inspirarle verdadero inters por ningn culto;
pero bien se le alcanzaba que la inteligencia de Fortunata no poda
remontarse ms arriba del punto a donde alcanzan las torres de las
iglesias catlicas. l s; l iba lejos, muy lejos, llevado del
sentimiento ms que de la reflexin, y aunque no tena base de estudios
en qu apoyarse, pensaba en las causas que ordenan el universo e
imprimen al mundo fsico como al mundo moral movimiento solemne, regular
y matemtico. Todo lo que debe pasar, pasa--deca--, y todo lo que debe
ser, es. Le haba entrado fe ciega en la accin directa de la
Providencia sobre el mecanismo funcionante de la vida menuda. La
Providencia dictaba no slo la historia pblica sino tambin la privada.
Por debajo de esto qu significaban los smbolos? Nada. Pero no quera
quitarle a Fortunata su ilusin de las imgenes, del _gori gori_ y de
las pompas teatrales que se admiran en las iglesias, porque, ya se ve...
la pobrecilla no tena su inteligencia cultivada para comprender ciertas
cosas, y a fuer de pecadora, convena conservarla durante algn tiempo
sujeta a observacin, en aquel orden de ideas relativamente bajo, que
viene a ser algo como sanitarismo moral o polica religiosa.

El entusiasmo que la joven senta era como los encantos de una moda que
empieza. Iban, pues, los dos amantes, como he dicho, por aquellos
altozanos de Vallehermoso, ya entre tejares, ya por veredas trazadas en
un campo de cebada, y al fin se cansaron de tanta charla religiosa. A
Rubn se le acab su saber de liturgia, y a Fortunata le empezaba a
molestar un pie, a causa de la apretura de la bota. El calzado estrecho
es gran suplicio, y la molestia fsica corta los vuelos de la mente.
Haban pasado por junto a los cementerios del Norte, luego hicieron alto
en los depsitos de agua; la samaritana se sent en un sillar y se quit
la bota. Maximiliano le hizo notar lo bien que luca desde all el
apretado casero de Madrid con tanta cpula y detrs un horizonte
inmenso que pareca la mar. Despus le seal hacia el lado del Oriente
una mole de ladrillo rojo, parte en construccin, y le dijo que aquel
era el convento de las Micaelas donde ella iba a entrar. Parecironle a
Fortunata bonitos el edificio y su situacin, expresando el deseo de
entrar pronto, aquel mismo da si era posible. Asalt entonces el
pensamiento de Rubn una idea triste. Bueno era lo bueno, pero no lo
demasiado. Tanta piedad poda llegar a ser una desgracia para l, porque
si Fortunata se entusiasmaba mucho con la religin y se volva santa de
veras, y no quera ms cuentas con el mundo, sino quedarse all
encerradita adorando la custodia durante todo el resto de sus das...
Oh!, esta idea sofoc tanto al pobre redentor, que se puso rojo. Y bien
poda suceder, porque algunas que entraban all cargadas de pecados se
corregan de tal modo y se daban con tanta gana a la penitencia, que no
queran salir ms, y hablarles de casarse era como hablarles del
demonio... Pero no, Fortunata no sera as; no tena ella cariz de
volverse santa _en toda la extensin de la palabra_, como dira doa
Lupe. Si lo fuera, Maximiliano se morira de pena, se volvera entonces
protestante, masn, judo, ateo.

No manifest estos temores a su querida, que estaba con un pie calzado y
otro descalzo, mirando atentamente las idas y venidas de una procesin
de hormigas. nicamente le dijo: Tiempo tienes de entrar. No conviene
tampoco que te d muy fuerte.

Era preciso seguir. Volvi a ponerse la bota y... ay!, qu dolor!, lo
malo fue que aquel da, Viernes Santo, no haba coches, y no era posible
volver a casa de otra manera que a pie.

Nos hemos alejado mucho--dijo Maximiliano ofrecindole su brazo--.
Apyate y as no cojears tanto... Sabes lo que pareces as, llevada a
remolque?... pues una embarazada fuera de cuenta, que ya no puede dar un
paso, y yo parezco el marido que pronto va a ser padre. No pudo menos
de hacerla rer esta idea, y recordando que la noche anterior,
Maximiliano, en las efusiones epilpticas de su cario, haba hablado
algo de sucesin, dijo para su sayo: De eso s que ests t libre.

El jueves siguiente fue conducida Fortunata a las Micaelas.




-V-

Las Micaelas por fuera




--i--


Hay en Madrid tres conventos destinados a la correccin de mujeres. Dos
de ellos estn en la poblacin antigua, uno en la ampliacin del Norte,
que es la zona predilecta de los nuevos institutos religiosos y de las
comunidades expulsadas del centro por la incautacin revolucionaria de
sus histricas casas. En esta faja Norte son tantos los edificios
religiosos que casi es difcil contarlos. Los hay para monjas reclusas,
y para las religiosas que viven en comunicacin con el mundo y en
batalla ruda con la miseria humana, en estas rdenes modernas derivadas
de la de San Vicente de Pal, cuya mortificacin consiste en recoger
ancianos, asistir enfermos o educar nios. Como por encanto hemos visto
levantarse en aquella zona grandes pelmazos de ladrillo, de dudoso valer
arquitectnico, que manifiestan cun positiva es an la propaganda
religiosa, y qu resultados tan prcticos se obtienen del ahorro
espiritual, o sea la limosna, cultivado por buena mano. Las _Hermanitas
de los Pobres_, las _Siervas de Mara_ y otras, tan apreciadas en
Madrid por los positivos auxilios que prestan al vecindario, han labrado
en esta zona sus casas con la prontitud de las obras de contrata. De
institutos para clrigos slo hay uno, grandn, vulgar y triste como un
falansterio. Las Salesas Reales, arrojadas del convento que les hizo
doa Brbara, tienen tambin domicilio nuevo, y otras monjas histricas,
las que recogieron y guardaron los huesos de D. Pedro el Cruel, acampan
all sobre las alturas del barrio de Salamanca.

La planicie de Chamber, desde los Pozos y Santa Brbara hasta ms all
de Cuatro Caminos, es el sitio preferido de las rdenes nuevas. All
hemos visto levantarse el asilo de Guillermina Pacheco, la mujer
constante y extraordinaria, y all tambin la casa de las Micaelas.
Estos edificios tienen cierto carcter de improvisacin, y en todos,
combinando la baratura con la prisa, se ha empleado el ladrillo al
descubierto, con ciertos aires mudjares y pegotes de gtico a la
francesa. Las iglesias afectan, en las frgiles escayolas que las
decoran interiormente, el estilo adamado con pretensiones de elegante de
la baslica de Lourdes. Hay, pues, en ellas una impresin de aseo y
arreglo que encanta la vista, y una deplorable manera arquitectnica. La
importacin de los nuevos estilos de piedad, como el del Sagrado
Corazn, y esas manadas de curas de babero expulsados de Francia, nos
han trado una cosa buena, el aseo de los lugares destinados al culto; y
una cosa mala, la perversin del gusto en la decoracin religiosa.
Verdad que Madrid apenas tena elementos de defensa contra esta
invasin, porque las iglesias de esta villa, adems de muy sucias, son
verdaderos adefesios como arte. As es que no podemos alzar mucho el
gallo. El barroquismo sin gracia de nuestras parroquias, los canceles
llenos de mugre, las capillas cubiertas de horribles escayolas
empolvadas y todo lo dems que constituye la vulgaridad indecorosa de
los templos madrileos, no tiene que echar nada en cara a las
cursileras de esta novsima monumentalidad, tambin armada en yesos
deleznables y con derroche de oro y pinturas al temple, pero que al
menos despide olor de aseo, y tiene el decoro de los sitios en que anda
mucho la santidad de la escoba, del agua y el jabn.

El casern que llamamos _Las Micaelas_ estaba situado ms arriba del de
Guillermina, all donde las rarificaciones de la poblacin aumentan en
trminos de que es mucho ms extenso el suelo baldo que el edificado.
Por algunos huecos del casero se ven horizontes esteparios y luminosos,
tapias de cementerios coronadas de cipreses, esbeltas chimeneas de
fbricas como palmeras sin ramas, grandes extensiones de terreno mal
sembrado para pasto de las burras de leche y de las cabras. Las casas
son bajas, como las de los pueblos, y hay algunas de corredor con
habitaciones numeradas, cuyas puertas se ven por la medianera. El
edificio de las Micaelas haba sido una casa particular, a la que se
agreg un ala interior costeando dos lados de la huerta en forma de
medio claustro, y a la sazn se le estaba aadiendo por el lado opuesto
la iglesia, que era amplia y del estilo de moda, ladrillo sin revoco
modelado a lo mudjar y cabos de cantera de Novelda labrada en ojival
constructivo. Como la iglesia estaba an a medio hacer, el culto se
celebraba en la capilla provisional, que era una gran cruja baja, a la
izquierda de la puerta.

En el arreglo de esta cruja para convertirla en templo interino,
manifestbase el buen deseo, la pulcritud y la inocencia artstica de
las excelentes seoras que componan la comunidad. Las paredes estaban
estucadas, como las de nuestras alcobas, porque este es un gnero de
decoracin barato en Madrid y sumamente favorable a la limpieza. En el
fondo estaba el altar, que era, ya se sabe, blanco y oro, de un estilo
tan visto y tan determinado, que parece que viene en los figurines. A
derecha e izquierda, en cromos chillones de gran tamao, los dos
Sagrados Corazones, y sobre ellos se abran dos ventanas enjutsimas,
terminadas por arriba en corte ojival, con vidrios blancos, rojos y
azules, combinados en rombo, como se usan en las escaleras de las casas
modernas.

Cerca de la puerta haba una reja de madera que separaba el pblico de
las monjas los das en que el pblico entraba, que eran los jueves y
domingos. De la reja para adentro, el piso estaba cubierto de hule, y a
los costados de lo que bien podremos llamar nave haba dos filas de
sillas reclinatorios. A la derecha de la nave dos puertas, no muy
grandes: la una conduca a la sacrista, la otra a la habitacin que
haca de coro. De all venan los flauteados de un harmonium taido
candorosamente en los acordes de la tnica y la dominante, y con las
modulaciones ms elementales; de all venan tambin los exaltados
acentos de las dos o tres monjas cantoras. La msica era digna de la
arquitectura, y sonaba a zarzuela sentimental o a cancin de las que se
reparten como regalo a las suscritoras en los peridicos de modas. En
esto ha venido a parar el grandioso canto eclesistico, por el abandono
de los que mandan en estas cosas y la latitud con que se vienen
permitiendo novedades en el severo culto catlico.

La pecadora fue llevada a las Micaelas pocos das despus de la Pascua
de Resurreccin. Aquel da, desde que despert, se le puso a Maxi la
obstruccin en la boca del estmago, pero tan fuerte como si tuviera
entre pecho y espalda atravesado un palo. Molestia semejante senta en
los das de exmenes, pero no con tanta intensidad. Fortunata pareca
contenta, y deseaba que la hora llegase pronto para abreviar la
expectacin y perplejidad en que los dos amantes estaban, sin saber qu
decirse. A ella por lo menos no se le ocurra nada que decirle, y aunque
a l se le pasaban por el magn muchas cosas, tena cierta aversin
innata a lo teatral, y no gustaba de hablar gordo en ciertas ocasiones.
Si ha de decirse verdad, Maxi inspiraba aquel da a su novia un
sentimiento de cario dulce y sosegado, con su poquillo de lstima. Y l
procuraba dar a la conversacin tono familiar, hablando del tiempo o
recomendando a la joven que tuviese cuidado de no olvidar alguna
importante prenda de ropa. Nicols, que estaba presente, no habra
permitido tampoco zalameras de amor ni besuqueo, y ayudaba a recoger y
agrupar todas las cosas que haban de llevarse, aadiendo observaciones
tan prcticas como esta: Ya sabe usted que ni perfumes ni joyas ni
ringorrangos de ninguna clase entran en aquella casa. Todo el bagaje
mundano se arroja a la puerta.

Cuando vino el mozo que deba llevar el bal, Fortunata estaba ya
dispuesta, vestida con la mayor sencillez. Maximiliano mir diferentes
veces su reloj sin enterarse de la hora. Nicols, que estaba ms sereno,
mir el suyo y dijo que era tarde. Bajaron los tres, y fueron
pausadamente y sin hablar hacia la calle de Hortaleza a tomar un coche
simn. Instalose el joven con no poco trabajo en la bigotera, porque las
faldas de su futura esposa y la ropa talar del clrigo estorbaban lo que
no es decible la entrada y la salida; y si el trayecto fuera ms largo,
el martirio de aquellas seis piernas que no saban cmo colocarse habra
sido muy grande. La nefita miraba por la ventanilla, atrada vagamente
y sin inters su atencin por la gente que pasaba. Creerase que miraba
hacia fuera por no mirar hacia dentro; Maximiliano se la coma con los
ojos, mientras el presbtero procuraba en vano animar la conversacin
con algunas cuchufletas bien poco ingeniosas.

Llegaron por fin al convento. En la puerta haba dos o tres mendigas
viejas, que pidieron limosna, y a Maximiliano le falt tiempo para
drsela. Le amargaba extraordinariamente la boca, y su voz ahilada sala
de la garganta con interrupciones y sncopas como la de un asmtico. Su
turbacin le obligaba a refugiarse en los temas vulgares... Vaya que
son pesados estos pobres!... Parece que hay misa, porque se oye la
campanilla de alzar... Es bonita la casa, y alegre, s seor, alegre.

Entraron en una sala que hay a la derecha, en el lado opuesto a la
capilla. En dicha sala reciban visitas las monjas, y las recogidas a
quienes se permita ver a su familia los jueves por la tarde, durante
hora y media, en presencia de dos madres. Adornada con sencillez rayana
en pobreza, la tal sala no tena ms que algunas estampas de santos y un
cuadrote de San Jos, al leo, que pareca hecho por la misma mano que
pint el Juregui de la casa de doa Lupe. El piso era de baldosn, bien
lavado y frotado, sin ms defensa contra el fro que dos esteritas de
junco delante de los dos bancos que ocupaban los testeros principales.
Dichos bancos, las sillas y un canap de patas curvas eran piezas
diferentes, y bien se conoca que todo aquel pobre menaje provena de
donativos o limosnas de esta y la otra casa. Ni cinco minutos tuvieron
que esperar, porque al punto entraron dos madres que ya estaban
avisadas, y casi pisndoles los talones entr el seor capelln, un
hombrn muy campechano y que de todo se rea. Llambase D. Len Pintado,
y en nada corresponda la persona al nombre. Nicols Rubn y aquel
pasmarote tan grande y tan jovial se abrazaron y se saludaron
tutendose. Una de las dos monjas era joven, coloradita, de boca
agraciada y ojos que habran sido lindsimos si no adolecieran de
estrabismo. La otra era seca y de edad madura, con gafas, y daba bien
claramente a entender que tena en la casa ms autoridad que su
compaera. A las palabras que dijeron, impregnadas de esa cortesa
dulzona que informa el estilo y el metal de voz de las religiosas del
da, iba la nefita a contestar alguna cosa apropiada al caso; pero se
cort y de sus labios no pudo salir ms que un _ju ju_, que las otras no
entendieron. La sesin fue breve. Sin duda las madres Micaelas no
gustaban de perder el tiempo. Despdase usted le dijo la seca,
tomndola por un brazo. Fortunata estrech la mano de Maxi y de Nicols,
sin distinguir entre los dos, y dejose llevar. _Rubinius vulgaris_ dio
un paso, dejando solos a los dos curas que hablaban cogindose
recprocamente las borlas de sus manteos, y vio desaparecer a su amada,
a su dolo, a su ilusin, por la puerta aquella pintada de blanco, que
comunicaba la sala con el resto de la religiosa morada. Era una puerta
como otra cualquiera; pero cuando se cerr otra vez, pareciole al
enamorado chico cosa diferente de todo lo que contiene el mundo en el
vastsimo reino de las puertas.




--ii--


Ech a andar hacia Madrid por el polvoriento camino del antiguo Campo de
Guardias, y volviendo a mirar su reloj por un movimiento maquinal,
tampoco entonces se hizo cargo de la hora que era. No se dio cuenta de
que su hermano y D. Len Pintado, entretenidos en una conversacin
interesante y parndose cada diez palabras, se haban quedado atrs.
Hablaban de las oposiciones a la lectoral de Sigenza y de las peloteras
que ocurrieron en ella. El capelln, como candidato reventado, pona de
oro y azul al obispo de la dicesis y a todo el cabildo. Maximiliano,
sin advertir las paradas, sigui andando hasta que se encontr en su
casa. Abriole doa Lupe la puerta y le hizo varias preguntas: Y qu
tal, iba contenta?. Revelaban estas interrogaciones tanto inters como
curiosidad, y el joven, animado por la benevolencia que en su ta
observaba, departi con ella, arrancndose a mostrarle algunas de las
afiladas pas que le rasguaban el corazn. Tena un presentimiento vago
de no volverla a ver, no porque ella se muriese, sino porque dentro del
convento y contagiada de la piedad de las monjas, poda chiflarse
demasiado con las cosas divinas y enamorarse de la vida espiritual hasta
el punto de no querer ya marido de carne y hueso, sino a Jesucristo, que
es el esposo que a las monjas de verdadera santidad les hace tiln. Esto
lo expres irreverentemente con medias palabras; pero doa Lupe sac
toda la sustancia a los conceptos. Bien podra suceder eso--le dijo con
acento de conviccin, que turb ms a Maximiliano--, y no sera el
primer caso de mujeres malas... quiero decir ligeras... que se han
convertido en un abrir y cerrar de ojos, volvindose tan del revs, que
luego no ha habido ms remedio que canonizarlas.

El redentor sinti fro en el corazn. Fortunata canonizada! Esta idea,
por lo muy absurda que era, le atorment toda la maana. Francamente
--dijo al fin, despus de muchas meditaciones--, tanto como canonizar,
no; pero bien podra darle por el misticismo y no querer salir, y
quedarme yo _in albis_. Vamos, que semejante idea le aterraba! En tal
caso no tena ms remedio que volverse l santito tambin, dedicarse a
la Iglesia y hacerse cura... Jess qu disparate! Cura!, y para qu?
De vuelta en vuelta, su mente lleg a un torbellino doloroso en el cual
no tuvo ya ms remedio que ahogar las ideas, para librarse del tormento
que le ocasionaban. Intent estudiar... Imposible. Ocurriole escribir a
Fortunata, encargndole que no hiciera caso alguno de lo que le dijesen
las monjas acerca de la vida espiritual, la gracia y el amor mstico...
Otro disparate. Por fin se fue calmando, y la razn se clareaba un poco
tras aquellas nieblas.

Las once seran ya, cuando desde su cuarto sinti un grande altercado
entre doa Lupe y Papitos. El motivo de aquella domstica zaragata fue
que a Nicols Rubn se le ocurri la idea trgica de convidar a almorzar
a su amigo el padre Pintado, y no fue lo peor que se le ocurriera, sino
que se apresurase a ejecutarla con aquella frescura clerical que en tan
alto grado tena, metiendo a su camarada por las puertas de la casa sin
ocuparse para nada de si en esta haba o no los bastimentos necesarios
para dos bocas de tal naturaleza.

Doa Lupe que tal vio y oy, no pudo decir nada, por estar el otro
clrigo delante; pero tena la sangre requemada. Su orgullo no le
permita desprestigiar la casa, ponindoles un artesn de bazofia para
que se hartaran; y afrontando despechada el conflicto, deca para su
sayo cosas que habran hecho saltar a toda la curia eclesistica. No s
lo que se figura este heliogbalo... cree que mi casa es la posada del
Peine. Despus que l me come un codo, trae a su compinche para que me
coma el otro. Y por las trazas, debe tener buen diente y un estmago
como las galeras del Depsito de aguas... Ay, Dios mo!, qu egostas
son estos curas...! Lo que yo deba hacer era ponerle la cuentecita, y
entonces... ah!, entonces s que no se volva a descolgar con
invitados, porque es _Alejandro en puo_ y no le gusta ser rumboso sino
con dinero ajeno.

El volcn que ruga en el pecho de la seora de Juregui no poda
arrojar su lava sino sobre Papitos, que para esto justamente estaba.
Haba empezado aquel da la monilla por hacer bien las cosas; pero la
ri su ama tan sin razn, que... diablo de chica!, concluy por
hacerlo todo al revs. Si le ordenaban quitar agua de un puchero, echaba
ms. En vez de picar cebolla, machacaba ajos; la mandaron a la tienda
por una lata de sardinas y trajo cuatro libras de bacalao de Escocia;
rompi una escudilla, y tantos disparates hizo que doa Lupe por poco le
aporrea el crneo con la mano del almirez. De esto tengo la culpa yo,
grandsima bestia, por empearme en domar acmilas y en hacer de ellas
personas... Hoy te vas a tu casa, a la choza del muladar de Cuatro
Caminos donde estabas, entre cerdos y gallinas, que es la sociedad que
te cuadra.... Y por aqu segua la retahla... Pobre Papitos!
Suspiraba y le corran las lgrimas por la cara abajo. Haba llegado ya
a tal punto su azoramiento, que no daba pie con bola.

Entre tanto los dos curas estaban en la sala, fumando cigarrillos, las
canalejas sobre sillas, groseramente espatarrados ambos en los dos
sillones principales, y hablando sin cesar del mismo tema de las
oposiciones de Sigenza. La culpa de todo la tena el den, que era un
trasto y quera la lectoral a todo trance para su sobrinito. Valientes
perros estaban to y sobrino! Este haba hecho discursos racionalistas,
y cuando la _Gloriosa_ dio vivas a Topete y a Prim en una reunin de
demcratas. Doa Lupe entr al fin haciendo violentsimas contorsiones
con los msculos de su cara para poder brindarles una sonrisa en el
momento de decir que ya podan pasar... que tendran que dispensar
muchas faltas, y que iban a hacer penitencia.

Y mientras se sentaban, mir con terror al amigo de su sobrino, que era
lo mismo que un buey puesto en dos pies, y pensaba que si el apetito
corresponda al volumen, todo lo que en la mesa haba no bastara para
llenar aquel inmenso estmago. Felizmente, Maxi estaba tan sin gana, que
apenas prob bocado; doa Lupe se declar tambin inapetente, y de este
modo se fue resolviendo el problema y no hubo conflicto que lamentar. El
padre Pintado, a pesar de ser tan proceroso, no era hombre de mucho
comer y ameniz la reunin contando otra vez... las oposiciones de
Sigenza. Doa Lupe, por cortesa, afirmaba que era una barbaridad que
no le hubieran dado a l la lectoral.

La ira de la seora de Juregui no se calm con el feliz xito del
almuerzo... y sigui machacando sobre la pobre Papitos. Esta, que
tambin tena su genio, herva interiormente en despecho y deseos de
revancha. Miren la ta bruja--deca para s, bebindose las
lgrimas--, con su teta menos...! Mejor tuviera vergenza de ponerse la
teta de trapo para que crea la gente que tiene las dos de verdad, como
las tienen todas y como las tendr yo el da de maana.... Por la
tarde, cuando la seora sali, encargando que le limpiara la ropa,
ocurriole a la mona tomar de su ama una venganza terrible; pero una de
esas venganzas que dejan eterna memoria. Se le ocurri poner, colgado en
el balcn, el cuerpo de vestido que pegada tena la _cosa falsa_ con que
doa Lupe engaaba al pblico. La malicia de Papitos imaginaba que
puesto en el balcn el testimonio de la falta de su seora, la gente que
pasase lo haba de ver y se haba de rer mucho. Pero no ocurrieron de
este modo las cosas, porque ningn transente se fij en el pecho
postizo, que era lo mismo que una vejiga de manteca; y al fin la
chiquilla se apresur a quitarlo, discurriendo con buen juicio que si
doa Lupe al entrar vea colgado del balcn aquel acusador de su
defecto, se haba de poner hecha una fiera, y sera capaz de cortarle a
su criada _las dos cosas de verdad_ que pensaba tener.




--iii--


A la maana siguiente, Maximiliano encamin sus pasos al convento, no
por entrar, que esto era imposible, sino por ver aquellas paredes tras
de las cuales respiraba la persona querida. La maana estaba deliciosa,
el cielo despejadsimo, los rboles del paseo de Santa Engracia
empezaban a echar la hoja. Detvose el joven frente a las Micaelas,
mirando la obra de la nueva iglesia que llegaba ya a la mitad de las
ojivas de la nave principal. Alejndose hasta ms all de la acera de
enfrente, y subiendo a unos montones de tierra endurecida, se vea, por
encima de la iglesia en construccin, un largo corredor del convento, y
aun se podan distinguir las cabezas de las monjas o recogidas que por
l andaban. Pero como la obra avanzaba rpidamente, cada da se vea
menos. Observ Maxi en los das sucesivos que cada hilada de ladrillos
iba tapando discretamente aquella interesante parte de la interioridad
monjil, como la ropa que se extiende para velar las carnes descubiertas.
Lleg un da en que slo se alcanzaban a ver las zapatas de los maderos
que sostenan el techo del corredor, y al fin la masa constructiva lo
tap todo, no quedando fuera ms que las chimeneas, y aun para columbrar
estas era preciso tomar la visual desde muy lejos.

Al Norte haba un terreno mal sembrado de cebada. Hacia aquel ejido, en
el cual haba un poste con letrero anunciando venta de solares, caan
las tapias de la huerta del convento, que eran muy altas. Por encima de
ellas asomaban las copas de dos o tres soforas y de un castao de
Indias. Pero lo ms visible y lo que ms cautivaba la atencin del
desconsolado muchacho era un motor de viento, sistema Parson, para
noria, que se destacaba sobre altsimo aparato a mayor altura que los
tejados del convento y de las casas prximas. El inmenso disco,
semejante a una sombrilla japonesa a la cual se hubiera quitado la
convexidad, daba vueltas sobre su eje pausada o rpidamente, segn la
fuerza del aire. La primera vez que Maxi lo observ, movase el disco
con majestuosa lentitud, y era tan hermoso de ver con su coraza de
tablitas blancas y rojas, parecida a un plumaje, que tuvo fijos en l
los tristes ojos un buen cuarto de hora. Por el Sur la huerta lindaba
con la medianera de una fbrica de tintas de imprimir, y por el Este
con la tejavana perteneciente al inmediato taller de cantera, donde se
trabajaba mucho. As como los ojos de Maximiliano miraban con
inexplicable simpata el disco de la noria, su odo estaba preso, por
decirlo as, en la continua y siempre igual msica de los canteros,
tallando con sus escoplos la dura berroquea. Creerase que grababan en
lpidas inmortales la leyenda que el corazn de un inconsolable poeta
les iba dictando letra por letra. Detrs de esta tocata reinaba el
augusto silencio del campo, como la inmensidad del cielo detrs de un
grupo de estrellas.

Tambin se paseaba por aquellos andurriales, sin perder de vista el
convento; iba y vena por las veredas que el paso traza en los terrenos,
matando la yerba, y a ratos sentbase al sol, cuando este no picaba
mucho. Montones de estircol y paja rompan a lo lejos la uniformidad
del suelo; aqu y all tapias de ladrillo de color de polvo, letreros
industriales sobre faja de yeso, casas que intentaban rodearse de un
jardinillo sin poderlo conseguir; ms all tejares y las casetas
plomizas de los vigilantes de consumos, y en todo lo que la vista abarca
un sentimiento profundsimo de soledad expectante. Turbbala slo algn
perro sabio de los que, huyendo de la estricnina municipal, se pasean
por all sin quitar la vista del suelo. A veces el joven volva al
camino real y se dejaba ir un buen trecho hacia el Norte; pero no tena
ganas de ver gente y se echaba fuera, metindose otra vez por el campo
hasta divisar las arcadas del acueducto del Lozoya. La vista de la
sierra lejana suspenda su atencin, y le encantaba un momento con
aquellos brochazos de azul intenssimo y sus toques de nieve; pero muy
luego volva los ojos al Sur, buscando los andamiajes y la mole de las
Micaelas, que se confunda con las casas ms excntricas de Chamber.

Todas las maanas antes de ir a clase, haca Rubn esta excursin al
campo de sus ilusiones. Era como ir a misa, para el hombre devoto, o
como visitar el cementerio donde yacen los restos de la persona querida.
Desde que pasaba de la iglesia de Chamber vea el disco de la noria, y
ya no le quitaba los ojos hasta llegar prximo a l. Cuando el motor
daba sus vueltas con celeridad, el enamorado, sin saber por qu y
obedeciendo a un impulso de su sangre, avivaba el paso. No saba
explicarse por qu oculta relacin de las cosas la velocidad de la
mquina le deca: apresrate, ven, que hay novedades. Pero luego
llegaba y no haba novedad ninguna, como no fuera que aquel da soplaba
el viento con ms fuerza. Desde la tapia de la huerta oase el rumor
blando del volteo del disco, como el que hacen las cometas, y sentase
el crujir del mecanismo que transmite la energa del viento al vstago
de la bomba... Otros das le vea quieto, amodorrado en brazos del aire.
Sin saber por qu, detenase el joven; pero luego segua andando
despacio. Hubiera l lanzado al aire el mayor soplo posible de sus
pulmones para hacer andar la mquina. Era una tontera; pero no lo poda
remediar. El estar parado el motor parecale seal de desventura.

Pero lo que ms tormento daba a Maximiliano era la distinta impresin
que sacaba todos los jueves de la visita que a su futura haca. Iba
siempre acompaado de Nicols, y como adems no se apartaban de la
recogida las dos monjas, no haba medio de expresarse con confianza. El
primer jueves encontr a Fortunata muy contenta; el segundo, estaba
plida y algo triste. Como apenas se sonrea, faltbale aquel rasgo
hechicero de la contraccin de los labios, que enloqueca a su amante.
La conversacin fue sobre asuntos de la casa, que Fortunata elogi
mucho, encomiando los progresos que haca en la lectura y escritura, y
jactndose del cario que le haban tomado las seoras. Como en uno de
los sucesivos jueves dijera algo acerca de lo que le haba gustado la
fiesta de Pentecosts, la principal del ao en la comunidad, y despus
recayera la conversacin sobre temas de iglesia y de culto, expresndose
la nefita con bastante calor, Maximiliano volvi a sentirse atormentado
por la idea aquella de que su querida se iba a volver mstica y a
enamorarse perdidamente de un rival tan temible como Jesucristo. Se le
ocurran cosas tan extravagantes como aprovechar los pocos momentos de
distraccin de las madres para secretearse con su amada y decirle que no
creyera en aquello de la Pentecosts, figuracin alegrica nada ms,
porque no hubo ni poda haber tales lenguas de fuego ni Cristo que lo
fund; aadiendo, si poda, que la vida contemplativa es la ms estril
que se puede imaginar, aun como preparacin para la inmortalidad, porque
las luchas del mundo y los deberes sociales bien cumplidos son lo que
ms purifica y ennoblece las almas. Ocioso es aadir que se guard para
s estas doctrinas escandalosas porque era difcil expresarlas delante
de las madres.




-VI-

Las Micaelas por dentro




--i--


Cuando las dos madres aquellas, la bizca y la seca, la llevaron adentro,
Fortunata estaba muy conmovida. Era aquella sensacin primera de miedo y
vergenza de que se siente posedo el escolar cuando le ponen delante de
sus compaeros, que han de ser pronto sus amigos, pero que al verle
entrar le dirigen miradas de hostilidad y burla. Las recogidas que
encontr al paso mirbanla con tanta impertinencia, que se puso muy
colorada y no saba qu expresin dar a su cara. Las madres, que tantos
y tan diversos rostros de pecadoras haban visto entrar all, no
parecan dar importancia a la belleza de la nueva recogida. Eran como
los mdicos que no se espantan ya de ningn horror patolgico que vean
entrar en las clnicas. Hubo de pasar un buen rato antes de que la joven
se serenase y pudiera cambiar algunas palabras con sus compaeras de
lazareto. Pero entre mujeres se rompe ms pronto an que entre
colegiales ese hielo de las primeras horas, y palabra tras palabra
fueron brotando las simpatas, echando el cimiento de futuras
amistades.

Como ella esperaba y deseaba, pusironle una toca blanca; mas no haba
en el convento espejos en que mirar si caa bien o mal. Luego le
hicieron poner un vestido de lana burda y negra muy sencillo; pero
aquellas prendas slo eran de indispensable uso al bajar a la capilla y
en las horas de rezo, y poda quitrselas en las horas de trabajo,
ponindose entonces una falda vieja de las de su propio ajuar y un
cuerpo, tambin de lana, muy honesto, que reciban para tales casos. Las
recogidas dividanse en dos clases, una llamada las _Filomenas_ y otra
las _Josefinas_. Constituan la primera, las mujeres sujetas a
correccin; la segunda componase de nias puestas all por sus padres,
para que las educaran, y ms comnmente por madrastras que no queran
tenerlas a su lado. Estos dos grupos o familias no se comunicaban en
ninguna ocasin. Dicho se est que Fortunata perteneca a la clase de
las _Filomenas_. Observ que buena parte del tiempo se dedicaba a
ejercicios religiosos, rezos por la maana, doctrina por la tarde.
Enterose luego de que los jueves y domingos haba adoracin del
Sacramento, con largusimas y entretenidas devociones, acompaadas de
msica. En este ejercicio y en la misa matinal, las recogidas, como las
madres, entraban en la iglesia con un gran velo por la cabeza, el cual
era casi tan grande como una sbana.

Lo tomaban en la habitacin prxima a la entrada, y al salir lo volvan
a dejar despus de doblarlo.

Acostumbrada la prjima a levantarse a las nueve o las diez de la
maana, ranle penosos aquellos madrugones que en el convento se usaban.
A las cinco de la maana ya entraba Sor Antonia en los dormitorios
tocando una campana que les desgarraba los odos a las pobres
durmientes. El madrugar era uno de los mejores medios de disciplina y
educacin empleados por las madres, y el velar a altas horas de la noche
una mala costumbre que combatan con ahnco, como cosa igualmente nociva
para el alma y para el cuerpo. Por esto, la monja que estaba de guardia
pasaba revista a los dormitorios a diferentes horas de la noche, y como
sorprendiese murmullos de secreteo, impona seversimos castigos.

Los trabajos eran diversos y en ocasiones rudos. Ponan las maestras
especial cuidado en desbastar aquellas naturalezas enviciadas o fogosas,
mortificando las carnes y ennobleciendo los espritus con el cansancio.
Las labores delicadas, como costura y bordados, de que haba taller en
la casa, eran las que menos agradaban a Fortunata, que tena poca
aficin a los primores de aguja y los dedos muy torpes. Ms le agradaba
que la mandaran lavar, brochar los pisos de baldosn, limpiar las
vidrieras y otros menesteres propios de criadas de escalera abajo. En
cambio, como la tuvieran sentada en una silla haciendo trabajos de marca
de ropa se aburra de lo lindo. Tambin era muy de su gusto que la
pusieran en la cocina a las rdenes de la hermana cocinera, y era de ver
cmo fregaba ella sola todo el material de cobre y loza, mejor y ms
pronto que dos o tres de las ms diligentes.

Mucho rigor y vigilancia desplegaban las madres en lo tocante a
relaciones entre las llamadas arrepentidas, ya fuesen _Filomenas_ o
_Josefinas_. Eran centinelas sagaces de las amistades que se pudieran
entablar y de las parejas que formara la simpata. A las prjimas
antiguas y ya conocidas y probadas por su sumisin, se las mandaba a
acompaar a las nuevas y sospechosas. Haba algunas a quienes no se
permita hablar con sus compaeras sino en el corro principal en las
horas de recreo.

A pesar de la severidad empleada para impedir las parejas ntimas o
grupos, siempre haba alguna infraccin hipcrita de esta observancia.
Era imposible evitar que entre cuarenta o cincuenta mujeres hubiese dos
o tres que se pusieran al habla, aprovechando cualquier coyuntura
oportuna en las varias ocupaciones de la casa. Un sbado por la maana
Sor Natividad, que era la Superiora (por ms seas la madrecita seca que
recibi a Fortunata el da de su entrada), mand a esta que brochase
los baldosines de la sala de recibir. Era Sor Natividad vizcana, y tan
celosa por el aseo del convento que lo tena siempre como tacita de
plata, y en viendo ella una mota, un poco de polvo o cualquier suciedad,
ya estaba desatinada y fuera de s, poniendo el grito en el Cielo como
si se tratara de una gran calamidad cada sobre el mundo, otro pecado
original o cosa as. Apstol fantico de la limpieza, a la que segua
sus doctrinas la agasajaba y mimaba mucho, arrojando tremendos anatemas
sobre las que prevaricaban, aunque slo fuera venialmente, en aquella
moral cerrada del aseo. Cierto da arm un escndalo porque no haban
limpiado... qu creeris?, las cabezas doradas de los clavos que
sostenan las estampas de la sala. En cuanto a los cuadros, haba que
descolgarlos y limpiarlos por detrs lo mismo que por delante. Si no
tenis alma, ni un adarme de gracia de Dios--les deca--, y no os habis
de condenar por malas, sino por puercas. El sbado aquel mand, como
digo, dar cera y brochado al piso de la sala, encargando a Fortunata y a
otra compaera que se lo haban de dejar _lo mismo que la cara del Sol_.

Era para Fortunata este trabajo no slo fcil, sino divertido. Gustbale
calzarse en el pie derecho el grueso escobilln, y arrastrando el pao
con el izquierdo, andar de un lado para otro en la vasta pieza, con
paso de baile o de patinacin, puesta la mano en la cintura y
ejercitando en grata gimnasia todos los msculos hasta sudar
copiosamente, ponerse la cara como un pavo y sentir unos dulcsimos
retozos de alegra por todo el cuerpo. La compaera que Sor Natividad le
dio en aquella faena era una _filomena_ en cuyo rostro se haba fijado
no pocas veces la nefita, creyendo reconocerlo. Indudablemente haba
visto aquella cara en alguna parte, pero no recordaba dnde ni cundo.
Ambas se haban mirado mucho, como deseando tener una explicacin; pero
no se haban dirigido nunca la palabra. Lo que s saba Fortunata era
que aquella mujer daba mucha guerra a las madres por su carcter
alborotado y desigual.

Desde que la Superiora las dej solas, la otra rompi a patinar y a
hablar al mismo tiempo. Parndose despus ante Fortunata, le dijo:
Porque nosotras nos conocemos, eh? A m me llaman _Mauricia la Dura_.
No te acuerdas de haberme visto en casa de la Paca?.

Ah... s!... indic Fortunata, y cargando sobre el pie derecho, tir
para otro lado frotando el suelo con amaznica fuerza.

Mauricia la Dura representaba treinta aos o poco ms, y su rostro era
conocido de todo el que entendiese algo de iconografa histrica, pues
era el mismo, exactamente el mismo de Napolen Bonaparte antes de ser
Primer Cnsul. Aquella mujer singularsima, bella y varonil tena el
pelo corto y lo llevaba siempre mal peinado y peor sujeto. Cuando se
agitaba mucho trabajando, las melenas se le soltaban, llegndole hasta
los hombros, y entonces la semejanza con el precoz caudillo de Italia y
Egipto era perfecta. No inspiraba simpatas Mauricia a todos los que la
vean; pero el que la viera una vez, no la olvidaba y senta deseos de
volverla a mirar. Porque ejercan indecible fascinacin sobre el
observador aquellas cejas rectas y prominentes, los ojos grandes y
febriles, escondidos como en acecho bajo la concavidad frontal, la
pupila inquieta y vida, mucho hueso en los pmulos, poca carne en las
mejillas, la quijada robusta, la nariz romana, la boca acentuada
terminando en flexiones enrgicas, y la expresin, en fin, soadora y
melanclica. Pero en cuanto Mauricia hablaba, adis ilusin. Su voz era
bronca, ms de hombre que de mujer, y su lenguaje vulgarsimo, revelando
una naturaleza desordenada, con alternativas misteriosas de depravacin
y de afabilidad.




--ii--


Despus que se reconocieron, callaron un rato, trabajando las dos con
igual ahnco. Un tanto fatigadas se sentaron en el suelo, y entonces
Mauricia, arrastrndose hasta llegar junto a su compaera, le dijo:

Aquel da... sabes?, acabadita de marcharte t, estuvo en casa de la
Paca Juanito Santa Cruz.

Fortunata la mir aterrada.

Qu da? fue lo nico que dijo.

--No te acuerdas? El da que estuviste t, el da en que te conoc...
_Paices_ boba. Yo me li con la Visitacin, que me rob un pauelo, la
muy ladrona sinvergenza. Le met mano, y... ras!, le trinqu la oreja
y me qued con el pendiente en la mano, partindole el pulpejo... por
poco me traigo media cara. Ella me mordi un brazo, mira... todava est
aqu la seal; pero yo le dej sellato un ojo... todava no lo ha
abierto, y le saqu una tira de pellejo ras!, desde semejante parte,
aqu por la sien... hasta la barba. Si no nos apartan, si no me coges t
a m por la cintura, y Paca a ella, la reviento... cretelo.

--Ya me acuerdo de aquella trifulca--dijo Fortunata mirando a su
compaera con miedo.

--A m, la que me la hace me la paga. No s si sabes que a la Matilde,
aquella silfidona rubia...

--No s, no la conozco.--Pues all se me vino con unos chismajos, porque
yo _hablaba_ entonces con el chico de Tellera y... Pues la cog un da,
la tir al suelo, me estuve paseando sobre ella todo el tiempo que me
dio la gana... y luego, cog una badila y del primer golpe le abr un
ojal en la cabeza, del tamao de un duro... La llevaron al hospital...
Dicen que por el boquete que le hice se le vea la sesada... Buen repaso
le di. Pues otro da, estando en el Modelo... vers... me dijo una ta
muy pindongona y muy facha que si yo era no s qu y no s cunto, y de
la primer bofetada que le alumbr fue rodando por el suelo con las patas
al aire. Nada, que tuvieron que atarme... Pues volviendo a lo que deca.
Aquel da que tuve la zaragata con Visitacin...

Sintieron venir a la Superiora, y rpidamente se levantaron y se
pusieron a brochar otra vez. La monja mir el piso, ladeando la cara
como los pjaros cuando miran al suelo, y se retir. Un rato despus,
las dos arrepentidas volvieron a pegar su hebra.

No aportaste ms por all. Yo le pregunt despus a la Paca si haba
vuelto por all el _chico_ de Santa Cruz, y me contest: 'Calla hija, si
han dicho aqu anoche que est con _plumona_...'. Pobrecito, por poco
no lo cuenta. Estuvo si se las la, si no se las la... Por ti pregunt
a la Feliciana una tarde que fui a ensearle los mantones de Manila que
yo estaba corriendo, y me dijo que te ibas a casar con un boticario...
ya, el sobrino de doa Lupe _la de los Pavos_... Ah!, chica, si esa tal
doa Lupe es lo que ms conozco... Pregntale por m. Le he vendido ms
alhajas que pelos tengo en la cabeza. Ah!, entonces s que estaba yo
bien; pero de repente me trastorn, y ca tan enferma del estmago, que
no poda pasar nada, y lo mismo era entrarme bocado en l o gota de
agua, que pareca que me encendan lumbre; y mi hermana Severiana, que
vive en la calle de Mira el Ro, me llev a su casa, y all me entraron
unos calambres que cre que espichaba; y una noche, viendo que aquello
no se me quera calmar, sal de estampa, y en la taberna me atiz tres
copas de aguardiente, arreo, tras, tras, tras, y sal, y en medio a
medio de la calle came al suelo, y los chiquillos se me ajuntaron a la
redonda, y luego vinieron los guindillas y me soplaron en la prevencin.
Severiana quiso llevarme otra vez a su casa; pero entonces una seora
que conocemos, esa doa Guillermina... la habrs odo nombrar... me
cogi por su cuenta y me trajo a este _establecimiento_. La doa
Guillermina es una que se ha echado mismamente a pobre, sabes?, y pide
limosna y est haciendo un palacin ah abajo para _los hurfanos_. Mi
hermana y yo nos criamos en su casa, gran casa la de los seores de
Pacheco! Personas muy ricas, no te creas, y mi madre era la que les
planchaba. Por eso nos tiene tanta ley doa Guillermina, que siempre que
me ve con miseria me socorre, y dice que mientras ms mala sea yo ms me
ha de socorrer. Pues que quise que no, aqu me metieron... Ya me haban
metido antes; pero no estuve ms que una semana, porque me escap
subindome por la tapia de la huerta como los gatos.

Esta historia, contada con tan aterradora sinceridad, impresion mucho a
la otra _filomena_. Siguieron ambas bailando a lo largo de la sala,
deslizndose sobre el ya pulimentado piso, como los patinadores sobre el
hielo, y Fortunata, a quien le escarbaba en el interior lo que referente
a ella habla dicho Mauricia la Dura, quiso aclarar un punto importante,
dicindole:

Yo no fui ms que dos veces a casa de la Paca, y por mi gusto no
hubiera ido ninguna. La necesidad, hija... Despus no volv ms porque
me salieron relaciones con el chico con quien me voy a casar.

Despus de una pausa, durante la cual vinironle al pensamiento muchas
cosas pasadas, crey oportuno decir algo, conforme a las ideas que
aquella casa impona: Y para qu me buscaba a m ese hombre?... para
qu? Para perderme otra vez. Con una basta.

--Los hombres son muy caprichosos--dijo en tono de filosofa Mauricia la
Dura--, y cuando la tienen a una a su disposicin, no le hacen ms caso
que a un trasto viejo; pero si una habla con otro, ya el de antes quiere
arrimarse, por el aquel de la golosina que otro se lleva. Pues digo...
si una se pone a ser verbigracia honrada, los muy peines no pasan por
eso, y si una se mete mucho a rezar y a confesar y comulgar, se les
encienden ms a ellos las querencias, y se pirran por nosotras desde que
nos convertimos por lo eclesistico... Pues qu, crees t que Juanito
no viene a rondar este convento desde que sabe que ests aqu? _Paices_
boba. Tenlo por cierto, y alguno de los coches que se sienten por ah,
crete que es el suyo.

--No seas tonta... no digas burradas--replic la otra palideciendo--. No
puede ser... Porque mira t, l cay con la pulmona en Febrero...

--Bien enterada ests.--Lo s por Feliciana, a quien se lo cont, _das
atrs_, un seor que es amigo de Villalonga. Pues vers, l cay con la
pulmona en Febrero, y en este _entremedio_ conoc yo al chico con quien
hablo... El otro estuvo dos meses muy malito... si se va si no se va.
Por fin sali, y en Marzo se fue con su mujer a Valencia.

--Y qu?--Que todava no habr vuelto.

--_Paices_ boba... Esto es un decir. Y si no ha vuelto, volver...
Quiere decirse que te har la rueda cuando venga y se entere de que
ahora vas para santa.

--T s que eres boba... djame en paz. Y suponiendo que venga y me
ronde... A m qu?

Sor Natividad examin el brochado y vio que era bueno. Satisfaccin de
artista resplandeca en su carita seca. Mir al techo tratando de
descubrir alguna mota producida por las moscas; pero no haba nada, y
hasta las cabezas de los clavos de la pared, limpiados el da antes,
resplandecan como estrellitas de oro. La Superiora volva las gafas a
todas partes buscando algo que reprender; pero nada encontr que
mereciese su crtica estrecha. Dispuso que antes de entrar los muebles
los limpiasen y frotasen bien para que todo el polvo quedase fuera; pero
encarg mucho que aquella operacin se hiciese _al hilo_ de la madera; y
como las dos trabajadoras no entendiesen bien lo que esto significaba,
cogi ella misma un trapo y prcticamente les hizo ver con la mayor
seriedad cul era su sistema. Cuando se quedaron solas otra vez,
Mauricia dijo a su amiga: Hay que tener contenta a esta _ta chiflada_,
que es buena persona, y como le froten los muebles _al hilo_, la tienes
partiendo un pin.

Mauricia tena das. Las monjas la consideraban luntica, porque si las
ms de las veces la sometan fcilmente a la obediencia, hacindola
trabajar, entrbale de golpe como una locura y rompa a decir y hacer
los mayores desatinos. La primera vez que esto pas, las religiosas se
alarmaron; mas domada la furia sin que fuese preciso apelar a la fuerza,
cuando se repetan los accesos de indisciplina y procacidad no les daban
gran importancia. Era un espectculo imponente y aun divertido el que de
tiempo en tiempo, comnmente cada quince o veinte das, daba Mauricia a
todo el personal del convento. La primera vez que lo presenci
Fortunata, sinti verdadero terror.

Inicibasele aquel trastorno a Mauricia como se inician las
enfermedades, con sntomas leves, pero infalibles, los cuales se van
acentuando y recorren despus todo el proceso morboso. El periodo
prodrmico sola ser una cuestin con cualquier recogida por el
chocolate del desayuno, o por si al salir le tropezaron y la otra lo
hizo con mala intencin. Las madres intervenan, y Mauricia callaba al
fin, quedndose durante dos o tres horas taciturna, rebelde al trato,
hacindolo todo al revs de como se le mandaba. Su diligencia pasmosa
trocbase en dejadez; y como las madres la reprendieran, no les
responda nada cara a cara; pero en cuanto volvan la espalda, dejaba
or gruidos, masticando entre ellos palabras soeces. A este periodo
segua por lo comn una travesura ruidosa y carnavalesca, hecha de
improviso para provocar la risa de algunas _Filomenas_ y la indignacin
de las seoras. Mauricia aprovechaba el silencio de la sala de labores
para lanzar en medio de ella un gato con una chocolatera amarrada a la
cola, o hacer cualquier otro disparate ms propio de chiquillos que de
mujeres formales. Sor Antonia, que era la bondad misma, mirbala con
toda la severidad que caba en su carcter angelical, y Mauricia le
devolva la mirada con insolente dureza, diciendo: Si no he sido
_yio_... _amos_, si no he sido _yio_... Para qu me mira usted
tantooo?... Es que me quiere retrataaar...?.

Aquel da, Sor Antonia llam a la Superiora, que era una vizcana muy
templada. Esta dijo al entrar: Ya est otra vez suelto el
enemigo?.... Y decret que fuese encerrada en el cuarto que serva de
prisin cuando alguna recogida se insubordinaba. Aqu fue el estallar la
fiereza de aquella maldita mujer. Encerrarme a m!... De veee... ras?
No me lo diga usted... prenda.

--Mauricia--dijo con varonil entereza la monja, soltando una expresin
de su tierra--, djese usted de _chnchirri-mncharras_, y obedezca. Ya
sabe usted que no nos asusta con sus botaratadas. Aqu no tenemos miedo
a ninguna tarasca. Por compasin y caridad no la echamos a la calle, ya
lo sabe usted... Vamos, hija, pocas palabras y a hacer lo que se le
manda.

A Mauricia le temblaba la quijada, y sus ojos tomaban esa opacidad
siniestra de los ojos de los gatos cuando van a atacar. Las recogidas la
miraban con miedo, y algunas monjas rodearon a la Superiora para hacerla
respetar.

Vaya con lo que sale ahora la ta chiflada... Encerrarme a m! A donde
voy es a mi casa, hala...!, a mi casa, de donde me sacaron engaada
estas indecentonas, s seor, engaada, porque yo era honrada como un
sol, y aqu no nos ensean ms que peines y peinetas... Ja ja ja!...
Vaya con las seoras virtuosas y _santifiqusimas_. Ja ja ja!....

Estos monoslabos guturales los emita con todo el grueso de su
gruessima voz, y con tal acento de sarcasmo infame y de grosera, que
habran sacado de quicio a personas de menos paciencia y flema que Sor
Natividad y sus compaeras. Estaban tan hechas a ser tratadas de aquel
modo y haban domado fieras tan espantables, que ya las injurias no les
hacan efecto. Vamos--dijo la Superiora frunciendo el ceo--; callando,
y baje usted al patio.

--Pues me gusta la santidad de estas traviatonas de iglesia... Ja ja
ja!...--grit la infame puesta en jarras y mirando en redondo a todo el
concurso de recogidas--. Se encierran aqu para retozar a sus anchas con
los curnganos de babero... Ja ja ja!... qu peines!... y con los que
no son de babero.

Muchas recogidas se tapaban los odos. Otras, suspensa la mano sobre el
bastidor, miraban a las monjas y se pasmaban de su serenidad. En aquel
instante apareci en la sala una figura extraa. Era Sor Marcela, una
monja vieja, coja y casi enana, la ms desdichada estampa de mujer que
puede imaginarse. Su cara, que pareca de cartn, era morena, dura,
chata, de tipo monglico, los ojos expresivos y afables como los de
algunas bestias de la raza cuadrumana. Su cuerpo no tena forma de
mujer, y al andar pareca desbaratarse y hundirse del lado izquierdo,
imprimiendo en el suelo un golpe seco que no se saba si era de pie de
palo o del propio mun del hueso roto. Su fealdad slo era igualada por
la impavidez y el desdn compasivo con que mir a Mauricia.

Sor Marcela traa en la mano derecha una gran llave, y apuntando con
ella al esternn de la delincuente, hizo un castaeteo de lengua y no
dijo ms que esto: Andando.

Quitose la fiera con rpido movimiento su toca, sacudi las melenas y
sali al corredor, echando por aquella boca insolencias terribles. La
coja volvi a indicarle el camino, y Mauricia, moviendo los brazos como
aspas de molino de viento, se puso a gritar:

Peines y peinetas!... Pues no me quieren deshonrar y encerrarme como
si yo fuera una _criminala_? Tunantas!... cuando si yo quisiera, de
tres bofetadas las tumbaba a todas patas arriba....

A pesar de estas fierezas, la coja la llevaba por delante con la misma
calma con que se conduce a un perro que ladra mucho, pero que se sabe no
ha de morder. A mitad de la escalera se volvi la harpa, y mirando con
inflamados ojos a las monjas que en el corredor quedaban, les deca en
un grito estridente: Ladronas, ms que ladronas!... Grandsimas
pas!....

Dicho esto, la coja le pona suavemente la mano en la espalda,
empujndola hacia adelante. En el patio tuvo que cogerla por un brazo,
porque quera subir de nuevo.

Si no te hacen caso, estpida--le dijo--, si no eres t la que hablas
sino el demonio que te anda dentro de la boca. Cllate ya por amor de
Dios y no marees ms.

--El demonio eres t--replic la fiera, que pareca ya, por lo muy
exaltada, irresponsable de los disparates que deca--. Facha,
mamarracho, esperpento...

--Echa, echa ms veneno--murmuraba Sor Marcela con tranquilidad,
abriendo la puerta de la prisin--. As te pasar ms pronto el
arrechucho. Vaya, adentro, y maana como un guante. A la noche te traer
de comer. Paciencia, hija...

Mauricia ladr un poco ms; pero con tanto furor de palabras no haca
resistencia verdadera, de modo que aquella pobre vieja invlida la
manejaba como a un nio. Bast que esta la cogiese por un brazo y la
metiera dentro del encierro, para que la prisin se efectuase sin ningn
inconveniente, despus de tanta bulla. Sor Marcela ech la llave dando
dos vueltas, y la guard en su bolsillo. Su rostro, tan parecido a una
mscara japonesa, continuaba imperturbable. Cuando atravesaba el patio
en direccin a la escalera, oy el _ja ja ja_ de Mauricia, que estaba
asomada por uno de los dos tragaluces con barras de hierro que la puerta
tena en su parte superior. La monja no se detuvo a or las injurias que
la fiera le deca.

Eh!... coja... galpago, vuelve ac y vers qu morrazo te doy... Qu
facha!, caamn, pata y media....




--iii--


La faz napolenica, lvida y con la melena suelta, volvi a asomar en la
reja a la cada de la tarde. Y Sor Marcela pas repetidas veces por
delante de la crcel, volviendo de registrar los nidos de las gallinas,
por ver si tenan huevos, o de regar los pensamientos y francesillas que
cultivaba en un rincn de la huerta. El patio, que era pequeo y se
comunicaba con la huerta por una reja de madera casi siempre abierta,
estaba muy mal empedrado, resultando tan irregular el paso de la coja,
que los balanceos de su cuerpo semejaban los de una pequea embarcacin
en un mar muy agitado. Muy a menudo andaba Sor Marcela por all, pues
tena la llave de la leera y carbonera, la del calabozo y la de otra
pieza en que se guardaban trastos de la casa y de la iglesia.

Ya cerca de la noche, como he dicho, Mauricia no se quitaba de la reja
para hablar a la monja cuando pasaba. Su acento haba perdido la
aspereza iracunda de por la maana, aunque estaba ms ronca y tena
tonos de dolor y de miseria, implorando caridad. La fiera estaba domada.
Fuertemente asida con ambas manos a los hierros, la cara pegada a estos,
alargando la boca para ser mejor oda, deca con voz plaidera:

Cojita ma... caamoncito de mi alma, cunto te quiero!... All va el
patito con sus meneos; una, dos, tres... Lucero del convento, ven y
escucha, que te quiero decir una cosita.

A estas expresiones de ternura, mezcladas de burla cariosa, la monja no
contestaba ni siquiera con una mirada. Y la otra segua:

Ay, mi galapaguito de mi alma, qu enfadadito est conmigo, que le
quiero tanto!... Sor Marcela, una palabrita, nada ms que una palabrita.
Yo no quiero que me saques de aqu, porque me merezco la encerrona. Pero
ay niita ma, si vieras qu mala me he puesto! _Paice_ que me estn
arrancando el estmago con unas tenazas de fuego... Es de la tremolina
de esta maana. Me dan tentaciones de ahorcarme colgndome de esta reja
con un cordn hecho de tiras del refajo. Y lo voy a hacer, s, lo hago y
me cuelgo si no me miras y me dices algo... Cojita graciosa, enanita
remonona, mira, oye: si quieres que te quiera ms que a mi vida y te
obedezca como un perro, hazme un favor que voy a pedirte; treme nada
ms que una lagrimita de aquella gloria divina que t tienes, de aquello
que te recet el mdico para tu mal de barriga... Anda, ngel, mira que
te lo pido con toda mi alma, porque esta penita que tengo aqu no se me
quiere quitar, y parece que me voy a morir. Anda, rica, caamn de los
ngeles; treme lo que te pido, as Dios te d la vida celestial que te
tienes ganada, y tres ms, y as te coronen los serafines cuando entres
en el Cielo con tu patita coja....

La monja pasaba... trun, trun... hiriendo los guijarros con aquel pie
duro que deba ser como la pata de una silla; y no conceda a la
prisionera ni respuesta ni mirada. Al anochecer, baj con la cena para
la presa, y abriendo la puerta penetr en el lbrego aposento. Por el
pronto no vio a Mauricia, que estaba acurrucada sobre unas tablas, las
rodillas junto al pecho, las manos cruzadas sobre las rodillas, y en las
manos apoyada la barba.

No veo. Dnde ests? murmur la coja sentndose sobre otro rimero de
tablas.

Contest Mauricia con un gruido, como el de un mastn a quien dan con
el pie para que se despierte. Sor Marcela puso junto a s un plato de
menestra y un pan. La Superiora--dijo--, no quera que te trajera ms
que pan y agua; pero interced por ti... No te lo mereces. Aunque me
proponga no tener entraas, no lo puedo conseguir. A ti te manejo yo a
mi modo y s que mientras peor se te trate, ms rabiosa te pones... Y
para que veas, hija, hasta dnde llevo mi condescendencia... aadi
sacando de debajo del manto un objeto...

Creyrase que Mauricia lo haba olido, porque de improviso alz la
cabeza, adquiriendo tal animacin y vida su cara que pareca
_mismamente_ la del otro cuando, sealando las pirmides, dijo lo de los
_cuarenta siglos_. La mazmorra estaba oscura, mas por la puerta entraba
la ltima claridad del da, y las dos mujeres all encerradas se podan
ver y se vean, aunque ms bien como bultos que como personas. Mauricia
alarg las manos con ansia hasta tocar la botella, pronunciando palabras
truncadas y balbucientes para expresar su gratitud; pero la monja
apartaba el codiciado objeto.

Eh!... las manos quietas. Si no tenemos formalidad, me voy. Ya ves que
no soy tirana, que llevo la caridad hasta un lmite que quizs sea
imprudente. Pero yo digo: 'Dndole un poquito, nada ms que una miajita,
la consuelo, y aqu no puede haber vicio'. Porque yo s lo que es la
debilidad de estmago y cunto hace sufrir. Negar y negar siempre al
preso pecador todo lo que pide, no es bueno. El Seor no puede negar
esto. Tengamos misericordia y consolemos al triste.

Diciendo esto sac un cortadillo y se prepar a escanciar corta porcin
del precioso licor, el cual era un coac muy bueno que sola usar para
combatir sus rebeldes dispepsias. Luego cay en la cuenta de que antes
deba comerse Mauricia el plato de menestra. La presa lo comprendi as,
apresurndose a devorar la cena para abreviar.

Esto que te doy--aadi la monja--, es una reparacin de los nervios y
un puntal del nimo desmayado. No creas que lo hago a escondidas de la
Superiora, pues acaba de autorizarme para darte esta golosina, siempre
que sea en la medida que separa la necesidad del apetito y el remedio
del deleite. Yo s que esto te entona y te da la alegra necesaria para
cumplir bien con los deberes. Mira t por dnde lo que algunos podran
tener por malo, es bueno en medida razonable.

Mauricia estaba tan agradecida, que no acertaba a expresar su gratitud.
La cojita ech en el cortadillo una cantidad, as como un dedo,
inclinando la botella con extraordinario pulso para que no saliera ms
de lo conveniente; y al drselo a la presa, le repiti el sermn. Y
cmo se relama la otra despus de beber, y qu bien le supo! Conoca
muy bien al galapaguito para atreverse a pedir ms. Saba, por
experiencia de casos anlogos, que no traspasaba jams el lmite que su
bondad y su caridad le imponan. Era buena como un ngel para conceder,
y firme como una roca para detenerse en el punto que deba.

Ya s--dijo tapando cuidadosamente la botella--, que con este consuelo
de tus nervios desmayados estars ms dispuesta, y la reparacin del
cuerpo ayuda la del alma.

En efecto, Mauricia empez a sentirse alegre, y con la alegra vnole
una viva disposicin del nimo para la obediencia y el trabajo, y tantas
ganas le entraron de todo lo bueno, que hasta tuvo deseos de rezar, de
confesarse y de hacer devociones exageradas como las que haca Sor
Marcela, que, al decir de las recogidas, llevaba cilicio.

Dgale por Dios a la Superiora que estoy arrepentida y que me
perdone... que yo cuando me da el toque y me pongo a despotricar soy un
papagayo, y la lengua se lo dice sola. Squeme pronto de aqu, y
trabajar como nunca, y si me mandan fregar toda la casa de arriba a
abajo, la fregar. chenme penitencias gordas y las cumplir en un decir
luz.

--Me gusta verte tan entrada en razn--le dijo la madre, recogiendo el
plato--; pero por esta noche no saldrs de aqu. Medita, medita en tus
pecados, reza mucho y pdele al Seor y a la Santsima Virgen que te
iluminen.

Mauricia crea que estaba ya bastante iluminada, porque la excitacin
encenda sus ideas dndole un cierto entusiasmo; y despus de hacer un
poco de ejercicio corporal colgndose de la reja, porque sus miembros
apetecan estirarse, se puso a rezar con toda la devocin de que era
capaz, luchando con las varias distracciones que llevaban su mente de un
lado para otro, y por fin se qued dormida sobre el duro lecho de
tablas. Sacronla del encierro al da siguiente temprano, y al punto se
puso a trabajar en la cocina, sumisa, callada y desplegando maravillosas
actividades. Despus de cumplir una condena, lo que ocurra
infaliblemente una vez cada treinta o cuarenta das, la mujer
napolenica estaba cohibida y como avergonzada entre sus compaeras,
poniendo toda su atencin en las obligaciones, demostrando un celo y
obediencia que encantaban a las madres. Durante cuatro o cinco das
desempeaba sin embarazo ni fatiga la tarea de tres mujeres. Pasadas dos
semanas, advertan que se iba cansando; ya no haba en su trabajo
aquella correccin y diligencia admirables; empezaban las omisiones, los
olvidos, los descuidillos, y todo esto iba en aumento hasta que la
repeticin de las faltas anunciaba la proximidad de otro estallido. Con
Fortunata volvi a intimar despus de la escena violenta que he
descrito, y juntas echaron largos prrafos en la cocina, mientras
pelaban patatas o fregaban los peroles y cazuelas. All gozaban de
cierta libertad, y estaban sin tocas y en traje de _mecnica_ como las
criadas de cualquier casa.

Yo tengo una nia--dijo Mauricia en una de sus confidencias--. La puse
por nombre Adoracin. Es ms mona...! Est con mi hermana Severiana,
porque yo, como gasto este geniazo, le doy malos ejemplos sin querer,
t sabes?, y mejor vive el angelito con Severiana que conmigo. Esa doa
Jacinta, esposa de tu seor, quiere mucho a mi nia, y le compra ropa y
le da el toque por llevrsela consigo; como que est rabiando por tener
chiquillos y el Seor no se los quiere dar. Mal hecho, verdad? Pues los
hijos deben ser para los ricos y no para los pobres, que no los pueden
mantener.

Fortunata se manifest conforme con estas ideas. Algo haba odo ella
contar del desmedido afn de aquella seora por tener hijos; pero
Mauricia le dijo algo ms, contndole tambin el caso del _Pituso_, a
quien Jacinta quiso recoger creyndolo hijo de su marido y de la propia
Fortunata. Tal efecto hizo en esta la historia de aquel increble caso
de delirio maternal y de pasin no satisfecha, que estuvo tres das sin
poder apartarlo del pensamiento.




--iv--


Desde el corredor alto se vea parte del Campo de Guardias, el Depsito
de aguas del Lozoya, el cementerio de San Martn y el casero de Cuatro
Caminos, y detrs de esto los tonos severos del paisaje de la Moncloa y
el admirable horizonte que parece el mar, lneas ligeramente onduladas,
en cuya aparente inquietud parece balancearse, como la vela de un barco,
la torre de Aravaca o de Hmera. Al ponerse el sol, aquel magnfico
cielo de Occidente se encenda en esplndidas llamas, y despus de
puesto, apagbase con gracia infinita, fundindose en las palideces del
palo. Las recortadas nubes oscuras hacan figuras extraas,
acomodndose al pensamiento o a la melancola de los que las miraban, y
cuando en las calles y en las casas era ya de noche, permaneca en
aquella parte del cielo la claridad blanda, cola del da fugitivo, la
cual lentamente tambin se iba.

Estas hermosuras se ocultaran completamente a la vista de _Filomenas_ y
_Josefinas_ cuando estuviera concluida la iglesia en que se trabajaba
constantemente. Cada da, la creciente masa de ladrillos tapaba una
lnea de paisaje.

Pareca que los albailes, al poner cada hilada, no construan, sino que
borraban. De abajo arriba, el panorama iba desapareciendo como un mundo
que se anega. Hundironse las casas del paseo de Santa Engracia, el
Depsito de aguas, despus el cementerio. Cuando los ladrillos rozaban
ya la bellsima lnea del horizonte, an sobresalan las lejanas torres
de Hmera y las puntas de los cipreses del Campo Santo. Lleg un da en
que las recogidas se alzaban sobre las puntas de los pies o daban saltos
para ver algo ms y despedirse de aquellos amigos que se iban para
siempre. Por fin la techumbre de la iglesia se lo trag todo, y slo se
pudo ver la claridad del crepsculo, la cola del da arrastrada por el
cielo.

Pero si ya no se vea nada, se oa, pues el tiqui tiqui del taller de
canteros pareca formar parte de la atmsfera que rodeaba el convento.
Era ya un fenmeno familiar, y los domingos, cuando cesaba, la falta de
aquella msica era para todas las habitantes de la casa la mejor
apreciacin de da de fiesta. Los domingos, empezaba a orse desde las
dos el tambor que ameniza el To Vivo y balancines que estn junto al
Depsito de aguas. Este bullicio y el de la muchedumbre que concurre a
los merenderos de los Cuatro Caminos y de Tetun, duraba hasta muy
entrada la noche. Mucho molest en los primeros tiempos a algunas
monjas el tal tamboril, no slo por la pesadez de su toque, sino por la
idea de lo mucho que se peca al son de aquel mundano instrumento. Pero
se fueron acostumbrando, y por fin lo mismo oan el rumor del To Vivo
los domingos, que el de los picapedreros los das de labor. Algunas
tardes de da de fiesta, cuando las recogidas se paseaban por la huerta
o el patio, la tolerancia de las madres llegaba hasta el extremo de
permitirles bailar una chispita, con decencia se entiende, al son de
aquellas msicas populares. Cuntas memorias evocadas, cuntas
sensaciones reverdecidas en aquellos poquitos compases y vueltas de las
pobres reclusas! Qu recuerdo tan vivo de las polkas bailadas con
horteras en el saln de la Alhambra, de tarde, levantando mucho polvo
del piso, las manos muy sudadas y chupando caramelos revenidos! Y lo
peor de todo y lo que en definitiva las haba perdido era que aquellos
benditos horteras iban todos con buen fin. El buen fin precisamente,
disculpando los malos medios, era la ms negra. Porque despus, ni fin
ni principio ni nada ms que vergenza y miseria.

La monja que ms empeadamente abogaba porque se las dejase zarandearse
un ratito era Sor Marcela, que por su cojera y su facha pareca incapaz
de apreciar el sentimiento esttico de la danza. Pero la mujer aquella
con su aplastada cara japonesa, saba mucho del mundo y de las pasiones
humanas, tena el corazn rebosando tolerancia y caridad, y sostena
esta tesis: que la privacin absoluta de los apetitos alimentados por la
costumbre ms o menos viciosa, es el peor de los remedios, por engendrar
la desesperacin, y que para curar aejos defectos es conveniente
permitirlos de vez en cuando con mucha medida.

Un da sorprendi a Mauricia en la carbonera fumndose un cigarrillo,
cosa ciertamente fea e impropia de una mujer. La coja no se apresur a
quitarle el cigarro de la boca, como pareca natural. Slo le dijo:
Qu cochina eres! No s cmo te puede gustar eso. No te mareas?.
Mauricia se rea; y cerrando fuertemente un ojo porque el humo se le
haba metido en l, mir a la monja con el otro, y alargndole el
cigarro, le dijo: Pruebe, seora. Cosa inaudita! Sor Marcela dio una
chupada y despus arroj el cigarro, haciendo ascos, escupiendo mucho y
poniendo una cara tan fea como la de esos fetiches monstruosos de las
idolatras malayas. Mauricia lo recogi y sigui chupando, alternando un
ojo con otro en el cerrarse y en el mirar. Despus hablaron de la
procedencia del pitillo. La otra no quera confesarlo; pero la
madrecita, que saba tanto, le dijo: Los albailes te lo han tirado
desde la obra. No lo niegues. Ya te vi hacindoles garatusas. Si la
Superiora sabe que andas en telgrafos con los albailes, buena te la
arma... y con razn. Tira ya el tabacazo, indecente... Ay, qu asco! Me
ha dejado la boca perdida. No comprendo cmo os puede gustar ese ardor,
ese picor de mil demonios. Los hombres, como si no tuvieran bastantes
vicios, los inventan cada da.... Mauricia tir el cigarro y apagolo
con el pie.

Fortunata, al mes de estar all, tuvo otra amiga con quien intim
bastante. Doa Manolita era _seora_ en regla, puesto que era casada,
ayudaba a las monjas en las clases de lectura y escritura, y pona un
empeo particular en ensear a Fortunata, de lo que principalmente vino
su amistad. Permitan las madres a aquella recogida cierta latitud en la
observancia de las reglas; se la dejaba sola con una o dos _filomenas_
durante largo rato, bien en la sala de estudio, bien en la huerta; se le
permita ir al departamento de _Josefinas_, y como tena habitacin
aparte y pagaba buena pensin, gozaba de ms comodidad que sus
compaeras de encierro.

Fortunata y ella, una vez que se conocieron, no tardaron en referirse
sus respectivas historias. La que ya conocemos sali descarnada; pero
Manolita adorn la suya tanto y de tal modo la quiso hacer pattica, que
no la conocera nadie. Segn su relato, no haba pecado, todo haba sido
pura equivocacin; pero su marido, que era muy bruto y tena la culpa,
s, l tena la culpa, de las equivocaciones, o si se quiere, malas
tentaciones de ella, la haba metido all sin andarse con rodeos. Como
aquella seora haba ocupado una regular posicin, contaba con embeleso
cosas del mundo y sus pompas, de los saraos a que asista, de los muchos
y buenos vestidos que usaba. Porque su marido era comerciante de
novedades, hombre inferior a ella por el nacimiento; como que su pap
era oficial primero de la Direccin de la Deuda. Oyendo estas
ponderaciones orgullosas, Fortunata se echaba a pensar qu cosa tan
empingorotada sera aquel destino del pap de su amiga.

Pero lo mejor fue que en la conversacin sali de repente una cosa
interesantsima. Manolita conoca a los de Santa Cruz. Vaya!, si su
marido, Pepe Reoyos, era ntimo, pero ntimo, de D. Baldomero. Y ella,
la propia Manolita, visitaba mucho a doa Brbara. De aqu salt la
conversacin a hablar de Jacinta. Ah! Jacinta era una mujer muy mona:
lo tena todo, bondad, belleza, talento y virtud. El danzante de Juan no
mereca tal joya, por ser muy dado a picos pardos. Pero fuera de esto,
era un excelente chico, y muy simptico, pero mucho.

Ya sabr usted--dijo luego--, que cay malo con pulmona en Febrero de
este ao. Por poco se muere. En esta casa, que debe mucha proteccin a
los seores de Santa Cruz, pusieron al Seor de Manifiesto, y cuando
estuvo fuera de peligro, Jacinta coste unas funciones solemnes. Como
que vino el obispo auxiliar a decirnos la misa....

--De veras?... _tie_ gracia.

--Como usted lo oye. Lo que usted se perdi! Jacinta es una de las
seoras que ms han ayudado a sostener esta casa. Ya se ve, como no
tiene hijos... no sabe en qu gastar el dinero. Se ha fijado usted en
aquellos grandes ramos, monsimos, con flores de tis de oro y hojas de
plata?

--S--replic Fortunata que atenda con toda su alma--. Los que se
pusieron en el altar el da de Pentecosts!

--Los mismos. Pues los regal Jacinta. Y el manto de la Virgen, el manto
de brocado con ramos... qu mono!, tambin es donativo suyo, en accin
de gracias por haberse puesto bueno su marido.

Fortunata lanz una exclamacin de pasmo y maravilla. Cosa ms rara! Y
ella haba tenido en su mano, das antes, para limpiarle unas gotas de
cera, aquel mismo manto que haba servido para pagar, digmoslo as, la
salvacin del chico de Santa Cruz! Y no obstante, todo era muy natural,
slo que a ella se le revolvan los pensamientos y le daba qu pensar,
no el hecho en s, sino la casualidad, eso es, la casualidad, el haber
tenido en su mano objetos relacionados, por medio de una curva social,
con ella misma, sin que ella misma lo sospechara.

--Pues no sabe usted lo mejor--aadi Manolita, gozndose en el asombro
de la otra, el cual ms bien pareca espanto--. La custodia, sabe usted,
la custodia en que se pone al propio Dios, tambin vino de all. Fue
regalo de Barbarita, que hizo promesa de ofrecerla a estas monjas si su
hijo se pona bueno. No vaya usted a creer que es de oro; es de plata
sobredorada; pero muy _mona_, verdad?

Fortunata tena sus pensamientos tan en lo hondo, que no par mientes en
la increble tontera de llamar mona a una custodia.




--v--


Y no pudo en muchos das apartar de su pensamiento las cosas que le
refiri doa Manolita que, entre parntesis, no acababa de serle
simptica, y lo que ms metida en reflexiones la traa no era
precisamente que aquellos hechos de regalar la custodia y el manto se
hubieran verificado, sino la casualidad... _Tie_ gracia. Si hubiera
ella ido al convento algunos das antes, habra asistido a la solemne
misa, con obispo y todo, que se dijo en accin de gracias por haberse
puesto bueno el tal... Esto tena ms gracia. Y por su parte Fortunata,
que saba perdonar las ofensas, no habra tenido inconveniente en unir
sus votos a los de todo el personal de la casa... Esto tena ms gracia
todava.

Pero lo que produjo en su alma inmenso trastorno fue el ver a la propia
Jacinta, viva, de carne y hueso. Ni la conoca ni vio nunca su retrato;
pero de tanto pensar en ella haba llegado a formarse una imagen que,
ante la realidad, result completamente mentirosa. Las seoras que
protegan la casa sostenindola con cuotas en metlico o donativos, eran
admitidas a visitar el interior del convento cuando quisieren; y en
ciertos das solemnes se haca limpieza general y se pona toda la casa
como una plata, sin desfigurarla ni ocultar las necesidades de ella,
para que las protectoras vieran bien a qu orden de cosas deban aplicar
su generosidad. El da de Corpus, despus de misa mayor, empezaron las
visitas que duraron casi toda la tarde. Marquesas y duquesas, que haban
venido en coches blasonados, y otras que no tenan ttulo pero s mucho
dinero, desfilaron por aquellas salas y pasillos, en los cuales la
direccin fantica de Sor Natividad y las manos rudas de las recogidas
haban hecho tales prodigios de limpieza que, segn frase vulgar, se
poda comer en el suelo sin necesidad de manteles. Las labores de
bordado de las _Filomenas_, las planas de las _Josefinas_ y otros
primores de ambas estaban expuestos en una sala, y todo era plcemes y
felicitaciones. Las seoras entraban y salan, dejando en el ambiente de
la casa un perfume mundano que algunas narices de reclusas aspiraban con
avidez. Despertaban curiosidad en los grupos de muchachas los vestidos y
sombreros de toda aquella muchedumbre elegante, libre, en la cual haba
algunas, justo es decirlo, que haban pecado mucho ms, pero muchsimo
ms que la peor de las que all estaban encerradas. Manolita no dej de
hacer al odo de su amiga esta observacin picante. En medio de aquel
desfile vio Fortunata a Jacinta, y Manolita (marcando esta sola
excepcin en su crtica social), cuid de hacerle notar la gracia de la
seora de Santa Cruz, la elegancia y sencillez de su traje, y aquel aire
de modestia que se ganaba todos los corazones. Desde que Jacinta
apareci al extremo del corredor, Fortunata no quit de ella sus ojos,
examinndole con atencin ansiosa el rostro y el andar, los modales y el
vestido. Confundida con otras compaeras en un grupo que estaba a la
puerta del comedor, la sigui con sus miradas, y se puso en acecho junto
a la escalera para verla de cerca cuando bajase, y se le qued, por fin,
aquella simptica imagen vivamente estampada en la memoria.

La impresin moral que recibi la samaritana era tan compleja, que ella
misma no se daba cuenta de lo que senta. Indudablemente su natural
rudo y apasionado la llev en el primer momento a la envidia. Aquella
mujer le haba quitado lo suyo, lo que, a su parecer, le perteneca de
derecho. Pero a este sentimiento mezclbase con extraa amalgama otro
muy distinto y ms acentuado. Era un deseo ardentsimo de parecerse a
Jacinta, de ser como ella, de tener su aire, su _aquel_ de dulzura y
seoro. Porque de cuantas damas vio aquel da, ninguna le pareci a
Fortunata tan seora como la de Santa Cruz, ninguna tena tan impresa en
el rostro y en los ademanes la decencia. De modo que si le propusieran a
la prjima, en aquel momento, transmigrar al cuerpo de otra persona, sin
vacilar y a ojos cerrados habra dicho que quera ser Jacinta.

Aquel resentimiento que se inici en su alma iba trocndose poco a poco
en lstima, porque Manolita le repiti hasta la saciedad que Jacinta
sufra desdenes y horribles desaires de su marido. Lleg a sentar como
principio general que todos los maridos quieren ms a sus mujeres
eventuales que a las fijas, aunque hay excepciones. De modo que Jacinta,
al fin y al cabo y a pesar del Sacramento, era tan vctima como
Fortunata. Cuando esta idea se cruz entre una y otra, el rencor de la
pecadora fue ms dbil y su deseo de parecerse a aquella otra vctima
ms intenso.

En los das sucesivos figurbase que segua vindola o que se iba a
aparecer por cualquier puerta cuando menos lo esperase... El mucho
pensar en ella la llev, al amparo de la soledad del convento, a tener
por las noches ensueos en que la seora de Santa Cruz apareca en su
cerebro con el relieve de las cosas reales. Ya soaba que Jacinta se le
presentaba a llorarle sus cuitas y a contarle las perradas de su marido,
ya que las dos cuestionaban sobre cul era ms vctima; ya, en fin, que
transmigraban recprocamente, tomando Jacinta el exterior de Fortunata y
Fortunata el exterior de Jacinta. Estos disparates recalentaban de tal
modo el cerebro de la reclusa, que despierta segua imaginando desvaros
del mismo si no de mayor calibre.

Cortaban estas cavilaciones las visitas de Maximiliano todos los jueves
y domingos, entre las cuatro y seis de la tarde. Vea la joven con gusto
llegar la ocasin de aquellas visitas, las deseaba y las esperaba,
porque Maximiliano era el nico lazo efectivo que con el mundo tena, y
aunque el sentimiento religioso conquistara algo en ella, no la haba
desligado de los intereses y afectos mundanos. Por esta parte bien poda
estar tranquilo el bueno de Rubn, porque ni una sola vez, en los
momentos de mayor fervor piadoso, le pas a la pecadora por el magn la
idea de volverse santa a machamartillo.

Vea, pues, a Maximiliano con gusto, y aun se le hacan cortas las horas
que en su compaa pasaba hablando de doa Lupe y de Papitos, o haciendo
clculos honestos sobre sucesos que haban de venir. Cierto que
fsicamente el apreciable chico le desagradaba; pero tambin es verdad
que se iba acostumbrando a l, que sus defectos no le parecan ya tan
grandes y que la gratitud iba ahondando mucho en su alma. Si haca
examen de corazn, encontraba que en cuestin de amor a su redentor
haba ganado muy poco; pero el aprecio y estimacin eran seguramente
mayores, y sobre todo, lo que haba crecido y fortalecdose en su
pensamiento era la conveniencia de casarse para ocupar un lugar honroso
en el mundo. A ratos se preguntaba con sinceridad de dnde y cmo le
haba venido el fortalecimiento de aquella idea; mas no acertaba a darse
respuesta. Era quizs que el silencio y la paz de aquella vida hacan
nacer y desarrollarse en ella la facultad del sentido comn? Si era as,
no se daba cuenta de semejante fenmeno, y lo nico que su rudeza saba
formular era esto: Es que de tanto pensar me ha entrado talento, como a
Maximiliano le entr de tanto quererme, y este talento es el que me dice
que me debo casar, que ser tonta de remate si no me caso.

Feliz entre todos los mortales se crea el buen estudiante de Farmacia,
viendo que su querida no rechazaba la idea de dar por concluida la
cuarentena y apresurar el casamiento. Sin duda estaba ya su alma ms
limpia que una patena. Lo malo era que el tontaina de Nicols, a los
cinco meses de estar la pobre chica en el convento, deca que no era
bastante y que por lo menos deban esperar al ao. Maximiliano se pona
furioso, y doa Lupe, consultada sobre el particular, dio su dictamen
favorable a la salida. Aunque dos o tres veces, llevada por su sobrino
haba visitado al _basilisco_, no haba podido averiguar si estaba ya
bien despercudida de las mculas de marras, pero ella quera ejercitar,
como he dicho antes, su facultad educatriz, y todo lo que se tardase en
tener a Fortunata bajo su jurisdiccin, se detena el gran experimento.
Desconfiaba algo la buena seora de la eficacia de los institutos
religiosos para enderezar a la gente torcida. Lo que all aprendan,
deca, era el arte de disimular sus resabios con formas hipcritas. En
el mundo, en el mundo, en medio de las circunstancias es donde se
corrigen los defectos, bajo una direccin sabia. Muy santo y muy bueno
que al raquitismo se apliquen los reconstituyentes; pero doa Lupe
opinaba que de nada valen estos si no van acompaados del ejercicio al
aire libre y de la gimnasia, y esto era lo que ella quera aplicar, el
mundo, la vida y al mismo tiempo principios.




--vi--


Con las _Josefinas_ no tena Fortunata relacin alguna. Eran todas nias
de cinco a diez o doce aos, que vivan aparte ocupando las habitaciones
de la fachada. Coman antes que las otras en el mismo comedor, y bajaban
a la huerta a hora distinta que las _Filomenas_. Toda la maana estaban
las nias diciendo a coro sus lecciones, con un chillar cadencioso y
plaidero que se oa en toda la casa. Por la tarde cantaban tambin la
doctrina. Para ir a la iglesia, salan de su departamento
procesionalmente, de dos en dos, con su pauelo negro a la cabeza, y se
ponan a los lados del presbiterio capitaneadas por las dos monjas
maestras.

Como Fortunata haca cada da nuevas relaciones de amistad entre las
_Filomenas_, debo mencionar aqu a dos de estas, quizs las ms jvenes,
que se distinguan por la exageracin de sus manifestaciones religiosas.
Una de ellas era casi una nia, de tipo finsimo, rubia, y tena muy
bonita voz. Cantaba en el coro los estribillos de muy dudoso gusto con
que se celebraba la presencia del Dios Sacramentado. Llambase Beln, y
en el tiempo que all haba pasado dio pruebas inequvocas de su deseo
de enmienda. Sus pecados no deban de ser muchos, pues era muy joven;
pero fueran como se quiera, la chica pareca dispuesta a no dejar en su
alma ni rastro de ellos, segn la vida de perros que llevaba, las
atroces penitencias que haca y el frenes con que se consagraba a las
tareas de piedad. Decase que haba sido corista de zarzuela, pasando de
all a peor vida, hasta que una mano caritativa la sac del cieno para
ponerla en aquel seguro lugar. Inseparable de esta era Felisa, de alguna
ms edad, tambin de tipo fino y como de seorita, sin serlo. Ambas se
juntaban siempre que podan, trabajaban en el mismo bastidor y coman en
el propio plato, formando pareja indisoluble en las horas de recreo. La
procedencia de Felisa era muy distinta de la de su amiguita. No haba
pertenecido al teatro ms que de una manera indirecta, por ser doncella
de una actriz famosa, y en el teatro tuvo tambin su perdicin. Llevola
a las Micaelas doa Guillermina Pacheco, que la caz, puede decirse, en
las calles de Madrid, echndole una pareja de Orden Pblico, y sin ms
razn que su voluntad, se apoder de ella. Guillermina las gastaba as,
y lo que hizo con Felisa habalo hecho con otras muchas, sin dar
explicaciones a nadie de aquel atentado contra los derechos
individuales.

Si queran ver incomodadas a Felisa y Beln, no haba ms que hablarles
de volver al mundo. De buena se haban librado! All estaban tan
ricamente, y no se acordaban de lo que dejaron atrs ms que para
compadecer a las infelices que an seguan entre las uas del demonio.
No haba en toda la casa, salvo las monjas, otras ms rezonas. Si las
dejaran, no saldran de la capilla en todo el da. Los largos ejercicios
piadosos de las distintas pocas del ao, como octava de Corpus,
sermones de Cuaresma, flores de Mara, les saban siempre a poco. Beln
pona con tanto calor sus facultades musicales al servicio de Dios, que
cantaba coplitas hasta quedarse ronca, y cantara hasta morir. Ambas
confesaban a menudo y hacan preguntas al capelln sobre dudas muy
sutiles de la conciencia, parecindose en esto a los estudiantes
aplicaditos que acorralan al profesor a la salida de clase para que les
aclare un punto difcil. Las monjas estaban contentas de ellas, y aunque
les agradaba ver tanta piedad, como personas expertas que eran y
conocedoras de la juventud, vigilaban mucho a la pareja, cuidando de que
nunca estuviese sola. Felisa y Beln, juntas todo el da, se separaban
por las noches, pues sus dormitorios eran distintos. Las madres
desplegaban un celo escrupuloso en separar durante las horas de descanso
a las que en las de trabajo propendan a juntarse, obedeciendo las
naturales atracciones de la simpata y de la congenialidad.

Los lazos de afecto que unan a Fortunata con Mauricia eran muy
extraos, porque a la primera le inspiraba terror su amiga cuando
estaba en el _ataque_; enojbanla sus audacias, y sin embargo, algn
poder diablico deba de tener la Dura para conquistar corazones, pues
la otra simpatizaba con ella ms que con las dems y gustaba
extraordinariamente de su conversacin ntima. Cautivbale sin duda su
franqueza y aquella prontitud de su entendimiento para encontrar razones
que explicaran todas las cosas. La fisonoma de Mauricia, su expresin
de tristeza y gravedad, aquella palidez hermosa, aquel mirar profundo y
acechador la fascinaban, y de esto proceda que la tuviese por autoridad
en cuestiones de amores y en la definicin de la moral rarsima que
ambas profesaban. Un da las pusieron a lavar en la huerta. Estaban en
traje de _mecnica_, sin tocas, sintiendo con gusto el picor del sol y
el fresco del aire sobre sus cuellos robustos. Fortunata hizo a su amiga
algunas confidencias acerca de su prxima salida y de la persona con
quien iba a casarse.

No me digas ms, chica... te conviene, te conviene. Peines y peinetas!
A doa Lupe la conozco como si la hubiera parido. Cuando la veas,
pregntale por Mauricia la Dura, y vers cmo me pone en las nubes.
Ah!, cunta guita le he llevado! A m me llaman la _dura_; pero a ella
debieran llamarla la _apretada_. Chica, es as... (diciendo esto
mostraba a su amiga el puo fuertemente cerrado). Pero es mujer de
mucho caletre y que se sabe timonear. Qu te crees t? Tiene millones
escondidos en el Banco y en el Monte. Digo! Si sabe ms que Cnovas esa
ta. Al sobrino le he visto algunas veces. O que es tonto y que no
sirve para nada. Mejor para ti; ni de encargo, chica. No podas pedir a
Dios que te cayera mejor breva. T bien puedes hacer caso de lo que yo
te diga, pues tengo yo mucha linterna... _amos_, que veo mucho. Crelo
porque yo te lo digo: si tu marido es un _alilao_, quiere decirse, si se
deja gobernar por ti y te pones t los pantalones, puedes cantar el
aleluya, porque eso y estar en la gloria es lo mismo. Hasta para ser
_mismamente_ honrada te conviene.

En el vivo inters que este dilogo tena para las dos mujeres, a veces
los cuatro vigorosos brazos metidos en el agua se detenan, y las manos
enrojecidas dejaban en paz por un momento el envoltorio de ropa anegada,
que chillaba con los hervores del jabn. Puestas una frente a otra a los
dos lados de la artesa, mirbanse cara a cara en aquellos cortos
intervalos de descanso, y despus volvan con furor al trabajo sin parar
por eso la lengua.

Hasta para ser honrada--repiti Fortunata, echando todo el peso de su
cuerpo sobre las manos, para estrujar el rollo de tela como si lo
amasara--. De eso no se hable, porque hazte cuenta... yo, una vez que
me case, honrada tengo que ser. No quiero ms belenes.

--S, es lo mejor para vivir una... tan ancha--dijo Mauricia--. Pero a
saber cmo vienen las cosas... porque una dice: esto deseo, y despus
se pone a hacerlo y tras!, lo que una quera que saliera pez sale rana.
T ests en grande, chica, y te ha venido Dios a ver. Puedes hacer
rabiar al chico de Santa Cruz, porque en cuanto te vea hecha una persona
decente se ha de ir a ti como el gato a la carne. Cretelo porque te lo
digo yo.

--Quita, quita; si l no se acuerda ya ni del santo de mi nombre.

--_Paices_ boba, qu apuestas a que en cuanto te echen el Sacramento,
pierde pie...? No conoces t el peine.

--Vers cmo no pasa eso.

--Qu apuestas? S, porque creers que ahora mismo no te anda rondando.
Como si lo viera. Y me hars creer t a m que no piensas en l!...
Cuando una est encerrada entre tanta cosa de religin, misa va y misa
viene, sermn por arriba y sermn por abajo, mirando siempre a la
custodia, respirando tufo de monjas, vengan luces y tira de incensario,
_paice_ que le salen a una _de entre s_ todas las cosas malas o buenas
que ha pasado en el mundo, como las hormigas salen del agujero cuando se
pone el Sol, y la religin lo que hace es refrescarle a una la
entendedera y ponerle el corazn ms tierno.

Alentada por esta declaracin arrancose Fortunata a revelar que, en
efecto, pensaba algo, y que algunas noches tena sueos extravagantes. A
lo mejor soaba que iba por los portales de la calle de la Fresa y
plan!, se le encontraba de manos a boca. Otras veces le vea saliendo
del Ministerio de Hacienda. Ninguno de estos sitios tena significacin
en sus recuerdos. Despus soaba que era ella la esposa y Jacinta la
querida del tal, unas veces abandonada, otras no. La manceba era la que
deseaba los chiquillos y la esposa la que los tena. Hasta que un
da... me daba tanta lstima que le dije, digo: 'Bueno, pues tome usted
una criatura para que no llore ms'.

--Ay, qu salado!--exclam Mauricia--. Es buen golpe. Lo que una suea
tiene su aquel.

--Vaya unos disparates! Como te lo digo, me pareca que lo estaba
viendo. Yo era la seora por delante de la Iglesia, ella por detrs, y
lo ms particular es que yo no le tena tirria, sino lstima, porque yo
para un chiquillo todos los aos, y ella... ni esto... A la noche
siguiente volva a soar lo mismo, y por el da a pensarlo. Vaya unas
papas! Qu me importa que _la_ Jacinta beba los vientos por tener un
chiquillo sin poderlo conseguir, mientras que yo?...

--Mientras que t los tienes siempre y cuando te d la gana. Dilo tonta,
y no te acobardes.

--Quiere decirse que ya lo he tenido y bien podra volverlo a tener.

--Claro! Y que no rabiar poco la otra cuando vea que lo que ella no
puede, para ti es coser y cantar... Chica, no seas tonta, no te rebajes,
no le tengas lstima, que ella no la tuvo de ti cuando te birl lo que
era tuyo y muy tuyo... Pero a la que nace pobre no se la respeta, y as
anda este mundo pastelero. Siempre y cuando puedas darle un disgusto,
dselo, por vida del santsimo peine... Que no se ran de ti porque
naciste pobre. Qutale lo que ella te ha quitado, y adivina quin te
dio.

Fortunata no contest. Estas palabras y otras semejantes que Mauricia le
sola decir, despertaban siempre en ella estmulos de amor o
desconsuelos que dormitaban en lo ms escondido de su alma. Al orlas,
un relmpago glacial le corra por todo el espinazo, y senta que las
insinuaciones de su compaera concordaban con sentimientos que ella
tena muy guardados, como se guardan las armas peligrosas.




--vii--


Sorprendidas por una monja en esta sabrosa conversacin que las haca
desmayar en el trabajo, tuvieron que callarse. Mauricia dio salida al
agua sucia, y Fortunata abri el grifo para que se llenara la artesa con
el agua limpia del depsito de palastro. Creerase que aquello
simbolizaba la necesidad de llevar pensamientos claros al dilogo un
tanto impuro de las dos amigas. La artesa tardaba mucho en llenarse,
porque el depsito tena poca agua. El gran disco que transmita a la
bomba la fuerza del viento, estaba aquel da muy perezoso, movindose
tan slo a ratos con indolente majestad; y el aparato, despus de gemir
un instante como si trabajara de mala gana, quedaba inactivo en medio
del silencio del campo. Ganas tenan las dos recogidas de seguir
charlando; pero la monja no las dejaba y quiso ver cmo aclaraban la
ropa. Despus las amigas tuvieron que separarse, porque era jueves y
Fortunata haba de vestirse para recibir la visita de los de Rubn.
Mauricia se qued sola tendiendo la ropa.

Maximiliano dijo categricamente aquella tarde que por acuerdo de la
familia y con asentimiento de la Superiora, en el prximo mes de
Setiembre se dara por concluida la reclusin de Fortunata, y esta
saldra para casarse. Las madres no tenan queja de ella y alababan su
humildad y obediencia. No se distingua, como Beln y Felisa, por su
ardiente celo religioso, lo que indicaba falta de vocacin para la vida
claustral; pero cumpla sus deberes puntualmente, y esto bastaba. Haba
adelantado mucho en la lectura y escritura, y se saba de corrido la
doctrina cristiana, con cuya luz las Micaelas reputaban a su discpula
suficientemente alumbrada para guiarse en los senderos rectos o
tortuosos del mundo; y tenan por cierto que la posesin de aquellos
principios daba a sus alumnas increble fuerza para hacer frente a todas
las dudas. En esto hay que contar con la ndole, con el esqueleto
espiritual, con esa forma interna y perdurable de la persona, que suele
sobreponerse a todas las transfiguraciones epidrmicas producidas por la
enseanza; pero con respecto a Fortunata, ninguna de las madres, ni aun
las que ms de cerca la haban tratado, tenan motivos para creer que
fuera mala. Considerbanla de poco entendimiento, docilota y fcilmente
gobernable. Verdad que en todo lo que corresponde al reino inmenso de
las pasiones, las monjas apenas ejercitaban su facultad educatriz, bien
porque no conocieran aquel reino, bien porque se asustaran de asomarse a
sus fronteras.

Debe decirse que aquella tarde, cuando Maximiliano habl a su futura de
prxima salida, los sentimientos de ella experimentaron un retroceso.
Salir, casarse!... En aquel instante parecale su dichoso novio ms
antiptico que nunca, y advirti con miedo que aquellas regiones
magnficas de la hermosura del alma no haban sido descubiertas por
ella en la soledad y santidad de las Micaelas, como le anunciara Nicols
Rubn, a pesar de haber rezado tanto y de haber odo _tantismos_
sermones. Porque lo que el capelln deca en el plpito era que debemos
hacer todo lo posible para salvarnos, que seamos buenos y que no
pequemos; tambin deca que se debe amar a Dios sobre todas las cosas y
que Dios es _hermosismo_ en s y tal como el alma le ve; pero a ella se
le figuraba que por bajo de esto quedaba libre el corazn para el amor
mundano, que este entra por los ojos o por la simpata, y no tiene nada
que ver con que la persona querida se parezca o no se parezca a los
santos. De este modo caa por tierra toda la doctrina del cura Rubn, el
cual entenda tanto de amor como de herrar mosquitos.

En resumen, que los sentimientos de la prjima hacia su marido futuro no
haban cambiado en nada. No obstante, cuando Maximiliano le dijo que ya
tena elegida la casita que iba a alquilar y le consult acerca de los
muebles que comprara, aquella presuncin o sentimiento de su hogar
honrado despert en el nimo de Fortunata la dignidad de la nueva vida,
se sinti impulsada hacia aquel hombre que la redima y la regeneraba.
De este modo vino a mostrarse complacidsima con la salida prxima, y
dijo mil cosas oportunas acerca de los muebles, de la vajilla y hasta de
la batera de cocina.

Despidironse muy gozosos, y Fortunata se retir con la mente hecha a
aquel orden de ideas. Un hogar honrado y tranquilo!... Si era lo que
ella haba deseado toda su vida!... Si jams tuvo aficin al lujo ni a
la vida de aparato y perdicin!... Si su gusto fue siempre la oscuridad
y la paz, y su maldito destino la llevaba a la publicidad y a la
inquietud!... Si ella haba soado siempre con verse rodeada de un
corro chiquito de personas queridas, y vivir como Dios manda, queriendo
bien a los suyos y bien querida de ellos, pasando la vida sin afanes!...
Si fue lanzada a la vida mala por despecho y contra su voluntad, y no
le gustaba, no seor, no le gustaba!... Despus de pensar mucho en esto
hizo examen de conciencia, y se pregunt qu haba obtenido de la
religin en aquella casa. Si en lo tocante a prendarse de las guapezas
del alma haba adelantado poco, en otro orden algo iba ganando. Gozaba
de cierta paz espiritual, desconocida para ella en pocas anteriores,
paz que slo turbaba Mauricia arrojando en sus odos una maligna frase.
Y no fue esto la nica conquista, pues tambin prendi en ella la idea
de la resignacin y el convencimiento de que debemos tomar las cosas de
la vida como vienen, recibir con alegra lo que se nos da, y no aspirar
a la realizacin cumplida y total de nuestros deseos. Esto se lo deca
aquella misma claridad esencial, aquella _idea blanca_ que sala de la
custodia. Lo malo era que en aquellas largas horas, a veces aburridas,
que pasaba de rodillas ante el Sacramento, la faz envuelta en un gran
velo al modo de mosquitero, la pecadora sola fijarse ms en la
custodia, marco y continente de la sagrada forma, que en la forma misma,
por las asociaciones de ideas que aquella joya despertaba en su mente.

Y llegaba a creerse la muy tonta que la forma, _la idea blanca_, le
deca con familiar lenguaje semejante al suyo: No mires tanto este
cerco de oro y piedras que me rodea, y mrame a m que soy la verdad. Yo
te he dado el nico bien que puedes esperar. Con ser poco, es ms de lo
que te mereces. Acptalo y no me pidas imposibles. Crees que estamos
aqu para mandar, verbi gracia, que se altere la ley de la sociedad slo
porque a una marmotona como t se le antoja? El hombre que me pides es
un seor de muchas campanillas y t una pobre muchacha. Te parece fcil
que Yo haga casar a los seoritos con las criadas o que a las muchachas
del pueblo las convierta en seoras? Qu cosas se os ocurren, hijas! Y
adems, tonta, no ves que es casado, casado por mi religin y en mis
altares?, y con quin!, con uno de mis ngeles hembras. Te parece que
no hay ms que enviudar a un hombre para satisfacer el antojito de una
corrida como t? Cierto que lo que a m me conviene, como t has dicho,
es traerme ac a Jacinta. Pero eso no es cuenta tuya. Y supn que la
traigo, supn que se queda viudo. Bah! Crees que se va a casar
contigo? S, para ti estaba. Pues no se casara si te hubieras
conservado honrada, _cuanti ms_, sosona, habindote echado tan a
perder! Si es lo que Yo digo: parece que estis locas rematadas, y que
el vicio os ha secado la mollera. Me peds unos disparates que no s
cmo los oigo. Lo que importa es dirigirse a M con el corazn limpio y
la intencin recta, como os ha dicho ayer vuestro capelln, que no habr
inventado la plvora; pero, en fin, es buen hombre y sabe su obligacin.
A ti, Fortunata, te mir con _indilugencia_ entre las descarriadas,
porque volvas a M tus ojos alguna vez, y Yo vi en ti deseos de
enmienda; pero ahora, hija, me sales con que s, sers honrada, todo lo
honrada que Yo quiera, siempre y cuando que te d el hombre de tu
gusto... Vaya una gracia!... Pero en fin, no me quiero enfadar. Lo
dicho, dicho: soy infinitamente misericordioso contigo, dndote un bien
que no mereces, deparndote un marido honrado y que te adora, y todava
refunfuas y pides ms, ms, ms... Ved aqu por qu se cansa Uno de
decir que s a todo... No calculan, no se hacen cargo estas
desgraciadas. Dispone Uno que a tal o cual hombre se le meta en la
cabeza la idea de regenerarlas, y luego vienen ellas poniendo peros. Ya
salen con que ha de ser bonito, ya con que ha de ser Fulano y si no,
no. Hijas de mi alma, Yo no puedo alterar mis obras ni hacer mangas y
capirotes de mis propias leyes. Para hombres bonitos est el tiempo!
Con que resignarse, hijas mas, que por ser cabras no ha de abandonaros
vuestro pastor; tomad ejemplo de las ovejas con quien vivs; y t,
Fortunata, agradceme sinceramente el bien inmenso que te doy y que no
te mereces, y djate de hacer melindres y de pedir golleras, porque
entonces no te doy nada y tirars otra vez al monte. Con que,
cuidadito....

Cuando las recogidas, al retirarse, se quitaban el velo, las ms
prximas a Fortunata notaron que esta se sonrea.




--viii--


Es cosa muy cargante para el historiador verse obligado a hacer mencin
de muchos pormenores y circunstancias enteramente pueriles, y que ms
bien han de excitar el desdn que la curiosidad del que lee, pues aunque
luego resulte que estas nimiedades tienen su engranaje efectivo en la
mquina de los acontecimientos, no por esto parecen dignas de que se las
traiga a cuento en una relacin verdica y grave. Ved, pues, por qu
pienso que se han de rer los que lean aqu ahora que Sor Marcela tena
miedo a los ratones; y no valdr seguramente aadir que el miedo de la
cojita era grande, espantoso, ocasionado a desagradables incidentes y
aun a derivaciones trgicas. Como ella sintiera en la soledad de su
celda el bulle bulle del maldecido animal, ya no pegaba los ojos en toda
la noche. Le entraba tal rabia, que no poda ni siquiera rezar, y la
rabia, ms que contra el ratn, era contra Sor Natividad, que se haba
empeado en que no hubiera gatos en el convento, porque el ltimo que
all existi no participaba de sus ideas en punto al aseo de todos los
rincones de la casa.

En una de aquellas noches de Agosto le dio el diminuto roedor tanta
guerra a la madrecita, que esta se levant al amanecer con la firmsima
resolucin de cazarlo y hacer el ms terrible de los escarmientos. Era
tan insolente el tal, que despus de ser da claro se paseaba por la
celda muy tranquilo y miraba a Sor Marcela con sus ojuelos negros y
pillines. Vers, vers--dijo esta subindose con gran trabajo a la
cama, porque la idea de que el ratn se acercase a uno de sus pies,
aunque fuera el de palo, causbale terror--, lo que es hoy no te
escapas... djate estar, que ya te compondremos.

Llam a Fortunata y a Mauricia, y en breves palabras las puso al
corriente de la situacin. Ambas recogidas, particularmente la Dura, no
queran otra cosa. O se apoderaban del enemigo, o no eran ellas quienes
eran. Baj Sor Marcela a la iglesia, y las dos mujeres emprendieron su
campaa. No qued trasto que no removieran, y para separar de su sitio
la cmoda, que era pesadsima, estuvieron haciendo esfuerzos varoniles
cosa de un cuarto de hora, no acabando antes porque la risa les cortaba
las fuerzas. Por fin, tanto trabajaron que cuando Sor Marcela sali de
la iglesia, una monja le dio la feliz noticia de que el ratn haba sido
cogido. Subi la enana a su celda, y la algazara de las recogidas le
anunciaba por el camino las diabluras de Mauricia, que tena el ratn
vivo en la mano y asustaba con l a sus compaeras.

Cost algn trabajo restablecer el orden y que Mauricia diese muerte a
la vctima y la arrojase. Sor Marcela dispuso que le volviesen a poner
los trastos de la celda lo mismo que estaban, y acabose el cuento del
ratn.

El da siguiente fue uno de los ms calurosos de aquel verano. En las
habitaciones que caan al Medioda era imposible parar, porque faltaba
el aire respirable. Donde quiera que daba el sol, el ambiente seco,
quieto y abrasado tostaba. Ni aun las ramas ms altas de los rboles de
la huerta se movan, y el disco de Parson, inmvil, miraba a la
inmensidad como una pupila cuajada y moribunda. De doce a tres, se
suspenda todo trabajo en la casa, porque no haba cuerpo ni espritu
que lo resistiera.

Algunas monjas se retiraban a su celda a dormir la siesta; otras se iban
a la iglesia que era lo ms fresco de la casa, y sentadas en las
banquetas, apoyando en la pared su espalda, o rezaban con somnolencia, o
descabezaban un sueecillo.

Las _Filomenas_ caan tambin rendidas de cansancio. Algunas se iban a
sus dormitorios, y otras tendanse en el suelo de la sala de labores o
de la escuela. Las monjas que las vigilaban permitan aquella infraccin
a la regla, porque ellas tampoco podan resistir, y cerrando dulcemente
sus ojos y arrullndose en un plcido arrobo, conservaban en las
facciones, como una careta, el mohn de la maestra, cuya obligacin es
mantener la disciplina.

En la sala de escuela haba dos o tres grupos de mujeres sentadas en los
bancos, con la cabeza y el busto descansando sobre las mesas. Algunas
roncaban con estrpito. La monja se haba dormido tambin con la cabeza
echada hacia atrs y la boca abierta. En una de las carpetas de estudio,
dos recogidas velaban: una era Beln, que lea en su libro de rezos, y
la otra Mauricia la Dura, que tena la cabeza inclinada sobre la
carpeta, apoyando la frente en un puo cerrado. Al principio, su vecina
Beln crey que rezaba, porque oy cierto murmullo y algn silabeo
fugaz. Pero luego observ que lo que haca Mauricia era llorar.

Qu tienes, mujer? le dijo Beln, alzndole a viva fuerza la cabeza.

La pecadora no contest nada; mas la otra pudo observar que su rostro
estaba tan baado en lgrimas como si le hubiesen echado por la frente
un cubo de agua, y sus ojos encendidos y aquella grandsima humedad
igualaban el rostro de Mauricia al de la Magdalena; as al menos lo vio
Beln. Tantas preguntas le hizo esta y tanto cario le mostr, que al
fin obtuvo respuesta de la pobre mujer desolada, que no pareca tener
consuelo ni hartarse nunca de llorar.

Qu he de tener, desgraciada de m?--exclam al fin bebindose sus
lgrimas--, sino que hoy, sin saber por qu ni por qu no, me veo tal y
como soy; soy mala, mala, ms que mala, y se me vienen al filo del
pensamiento toditos los pecados que he cometido, desde el primero hasta
el ltimo....

--Pues, hija--arguy Beln con aquel sonsonete que haba aprendido y que
tan bien se acomodaba a su figura angelical y a sus moditos
insinuantes--, ten entendido que aunque tus crmenes fueran tantos como
las arenas de la mar, Dios te los perdonar si te arrepientes de ellos.

Or esto Mauricia y dar un gran berrido y soltar otra catarata de
lgrimas fue todo uno.

No, no, no--murmur luego entre sollozos tales que pareca que se
ahogaba--. A m no me puede perdonar, a m no, porque he sido muy
arrastrada, pero mucho, y cuanto pecado hay, chica, lo he cometido yo...
Y si no, di uno, nmbrame el que quieras, y de seguro que lo tengo
metido aqu....

--Qu cosas tienes, mujer--observ Beln muy apurada, acordndose de
cuando fue corista y representndose con terror el escenario de la
Zarzuela--; otras han hecho tambin pecados feos, pero los han llorado
como t, y ctalas perdonadas.

Mauricia tena un pauelo en la mano; pero con la humedad del lloro y
del sudor era ya como una pelota. Amasbalo en la mano y se lo pasaba
por la angustiada frente.

Pero cmo te ha dado as... tan de repente?--dijo la otra confusa.
Ah!, es que Dios toca en el corazn cuando menos lo piensa una. Llora,
hija, desahgate, y no te asustes... Sabes lo que vas a hacer? Maana
te confiesas... Puede que se te haya quedado algo por decir y confesar,
porque siempre se queda algo sin saber cmo, y esos pozos son lo que ms
atormenta... pues dilo todo, rebaa bien... As lo hice yo, y hasta que
lo hice no tuve tranquilidad. Luego el perro de Satans me atormentaba
por vengarse, y cuando empezaba la misa, a m me pareca que alzaban el
teln, y cuando yo rompa a cantar, se me vena a la boca aquello de _El
_ _ Siglo_, que dice: _'Somos figurines vivos...'_. Y un da por poco
no lo suelto... Pillinadas del diablo; pero no poda conmigo ni con mi
fe, y tanto hice que lo met en un puo, y ahora, que se atreva, a que
no se atreve?... Llora, hija, llora todo lo que quieras, que Dios te
iluminar y te dar su gracia.

Ni por esas. Mientras ms consuelos le daba Beln, ms inconsolable
estaba la otra, y ms caudaloso era el ro de sus lgrimas. Sor Antonia,
la madre que gobernaba all, se despert, y para disimular su descuido,
dio una fuerte voz, sin incomodarse mucho con las durmientes y aadiendo
que haca un calor horrible. Un instante despus, Beln y la monja
cuchichearon, sin duda a propsito de Mauricia a quien miraban. Tena
Beln vara alta con las seoras, por su humildad y devocin y por la
diligencia con que iba a contarles cuanto hacan y decan sus
compaeras.

Era domingo, y a las cuatro toda la comunidad entr en la iglesia donde
haba ejercicio y sermn. Las _Filomenas_ ocuparon su sitio detrs de
las monjas, unas y otras con los velos por la cabeza. Las _Josefinas_
permanecan en la habitacin que haca de coro. Beln y las damas
cantoras entonaban inocentes romanzas, mientras dur el Manifiesto, en
las cuales se deca que tenan el _pecho ardiendo en llamas de amor_ y
otras candideces por el estilo. La que tocaba el _harmonium_ haca en
los descansos unos ritornellos muy cursis. Pero a pesar de estas
profanaciones artsticas, la iglesita estaba muy mona, como dira
Manolita, apacible, misteriosa y relativamente fresca, inundada de la
fragancia de las flores naturales.

A Fortunata le toc al lado Mauricia. Cuenta la que despus fue seora
de Rubn que en una ocasin que mir a su compaera, hubo de observar al
travs del velo suyo y del de ella una expresin tan particular que se
qued atnita. Mauricia, al entrar, lloraba; pero al cabo de un rato ms
bien pareca rerse con contenida y satnica risa. Fortunata no pudo
comprender el motivo de esto, y crey que la oscuridad del velo le
desfiguraba la realidad de la cara de su pareja. Volvi a mirar con
disimulo, haciendo que se volva para ahuyentar una mosca, y... ello
podra ser ilusin, pero los ojos de Mauricia parecan dos ascuas. En
fin, todo sera aprensin.

Subi D. Len Pintado al plpito y ech un sermonazo lleno de los
amaneramientos que el tal usaba en su oratoria. Lo que aquella tarde
dijo habalo dicho ya otras tardes, y ciertas frases no se le caan de
la boca. Tron, como siempre, contra los librepensadores, a quienes
llam _apstoles del error_ unas mil y quinientas veces. Al salir de la
iglesia, Fortunata ech, como de costumbre, una mirada al pblico, que
estaba tras de la verja de madera, y vio a Maximiliano, que no faltaba
ningn domingo a aquella amorosa cita muda. Le vio con simpata. Notaba
gozosa que empezaban a perder valor ante sus ojos los defectos fsicos
del apreciable joven. Si seran aquellos los brotes del amor por la
hermosura del alma! Lo que ms consolaba a Fortunata era la esperanza
cada da ms firme, porque el capelln se lo haba dicho no pocas veces
en el confesonario, de que cuando se casase y viviese santamente con su
marido a la sombra de las leyes divinas y humanas, le haba de amar;
pero no as de cualquier modo, sino con verdadero calor y arranque del
alma. Tambin le deca esto la forma, _la idea blanca_ encerrada en la
custodia.




--ix--


Llegada la noche, y recogidas las _Josefinas_ a su dormitorio, las
madres permitieron que las _Filomenas_ estuvieran en la huerta hasta ms
tarde de lo reglamentario, por ver si sala un poco de fresco. Eran ya
las nueve, y la tierra abrasaba; el aire no se mova; las estrellas
parecan ms prximas segn el fulgor vivsimo con que brillaban, y
vease entre las grandes y medianas mayor nmero, al parecer, de las
pequeitas, tantas, tantas que era como un polvo de plata esparcido
sobre aquel azul intenssimo.

La luna nueva se puso temprano, bajando al horizonte como una hoz,
rodeada de aureola blanquecina que anunciaba ms calor para el da
siguiente.

Las recogidas formaban diferentes grupos sentadas en el suelo y en la
escalera de madera que comunica el corredor principal con la huerta, y
se quitaban las tocas para disminuir el calor de la piel. Algunas
miraban el motor de viento que segua inmvil. Al borde del estanque que
est al pie del aparato, haba tres mujeres, Fortunata, Felisa y doa
Manolita, sentadas sobre el muro de ladrillo, gozando de la frescura del
agua prxima. Aquel era el mejor sitio; pero no lo decan, porque el
egosmo les haca considerar que si se enracimaban all todas las
mujeres, el escaso fresco del agua se repartira ms y tocaran a menos.
En el opuesto lado de la huerta, que era el sitio ms apartado y feo,
haba un tinglado, bajo el cual se vean tiestos vacos o rotos, un
montn de mantillo que pareca caf molido, dos carretillas, regaderas y
varios instrumentos de jardinera. En otro tiempo hubo all un cubil, y
en el cubil un cerdo que se criaba con los desperdicios; pero el
Ayuntamiento mand quitar el animal de San Antn, y el cubil estaba
vaco.

Desde el anochecer se puso all Mauricia la Dura, sola, sobre el montn
de mantillo; y como era el sitio ms caldeado, nadie la quiso
acompaar.

Alguna se le aproxim en son de burla; pero no pudo obtener de ella una
sola palabra. Estaba sentada a lo moro, con los brazos cados, la cabeza
derecha, ms napolenica que nunca, la vista fija enfrente de s con
dispersin vaga ms bien de persona soadora que meditabunda. Pareca
lela o quizs tena semejanza con esos penitentes del Hindostn que se
estn tantsimos das seguidos mirando al cielo sin pestaear, en un
estado medio entre la modorra y el xtasis. Ya era tarde cuando se le
acerc Beln sentndosele al lado. La mir atentamente, preguntndole
que qu haca all y en qu pensaba, y por fin Mauricia despleg sus
labios de esfinge, y dijo estas palabras que le produjeron a Belencita
una corriente fra en el espinazo:

He visto a Nuestra Seora.

--Qu dices, mujer, qu te pasa?--le pregunt la ex-corista con
ansiedad muy viva.

--He visto a la Virgen--repiti Mauricia con una seguridad y aplomo que
dejaron a la otra como quien no sabe lo que le pasa.

--T ests segura de lo que dices?

--Oh!... As me muera si no es verdad. Te lo juro por estas
cruces--dijo la iluminada con voz trmula, besndose las manos--. La he
visto... baj por all, donde est el abanicn de la noria... Bajaba en
mitad de una luz... cmo te lo dir?... de una luz que no te puedes
figurar... de una luz que era, verbi gracia como las puras mieles...

--Como las mieles!--repiti Beln no comprendiendo.

--Pues... tan dulce que... Despus vino andando, andando hacia ac y se
puso all, delantito. Pas por entre vosotras y vosotras no la veais.
Yo sola la vea... No traa el nio Dios en brazos. Dio dos o tres
pasitos ms y se par otra vez. Mira, ves aquella piedrecita?, pues
all... y me estuvo mirando... Yo no poda respirar.

--Y te dijo algo, te dijo algo?--pregunt Beln toda ojos, plida como
una muerta.

--Nada... pero lloraba mirndome... Se le caan unos lagrimones...! No
traa nene Dios; _paica_ que se lo haban quitado. Despus dio la
vuelta para all y volvi a pasar entre vosotras sin que la vierais,
hasta llegar _mismamente_ a aquel rbol... All vi muchos angelitos que
suban y bajaban corre que corre del tronco a las ramas y...

--Y de las ramas al tronco...--Y despus... ya no vi nada... Me qued
como ciega... quiere decirse, enteramente ciega; estuve un rato sin ver
gota, sin poder moverme. Senta aqu, entre m, una cosa...

--Como una pena...--Como pena no, un gusto, un consuelo...

Se acerc entonces Fortunata, y ambas callaron.

--Si estn de secreto, me voy.

--Yo creo--dijo Beln, despus de una grave pausa--, que eso debes
consultarlo con el confesor.

Mauricia se levant y andando lentamente retirose a la habitacin donde
dorma y tena su ropa. Creyeron las otras dos que se haba ido a
acostar, y quedronse all haciendo comentarios sobre el extrao caso,
que Beln transmiti a Fortunata con todos sus pelos y seales. Beln lo
crea o afectaba creerlo, Fortunata no. Pero de pronto vieron que la
Dura volva y se sentaba de nuevo sobre el montn de mantillo. Mirronla
con recelo y se alejaron.

De pronto son en la huerta un ah! prolongado y gozoso, como los que
lanza la multitud en presencia de los fuegos artificiales. Todas las
recogidas miraban al disco, que se haba movido solemnemente, dando dos
vueltas y parndose otra vez. Aire, aire gritaron varias voces. Pero
el motor no dio despus ms que media vuelta, y otra vez quieto. El
vstago de hierro chill un instante, y las que estaban junto al
estanque oyeron en lo profundo de la bomba una regurgitacin tenue. El
cao escupi un salivazo de agua, y todo qued despus en la misma
quietud chicha y desesperante.

Beln se haba puesto a charlar por lo bajo con una monja llamada Sor
Facunda, que era la marisabidilla de la casa, muy leda y escribida,
bondadosa e inocente hasta no ms, directora de todas las funciones
extraordinarias, camarera de la Virgen y de todas las imgenes que
tenan alguna ropa que ponerse, muy querida de las _Filomenas_ y an ms
de las _Josefinas_, y persona tan candorosa, que cuanto le decan, sobre
todo si era bueno, se lo crea como el Evangelio. Basta decir en elogio
de la _sancta simplicitas_ de esta seora, que en sus confesiones jams
tena nada de qu acusarse, pues ni con el pensamiento haba pecado
nunca; mas como creyera que era muy desairado no ofrecer nada
absolutamente ante el tribunal de la penitencia, revolva su magn
buscando algo que pudiera tener siquiera un tufillo de maldad, y se
rebaaba la conciencia para sacar unas cosas tan sutiles y sin
sustancia, que el capelln se rea para su sotana. Como el pobre D. Len
Pintado tena que vivir de aquello, lo oa seriamente, y haca que
tomaba muy en consideracin aquellos pecados tan superfirolticos que no
haba cristiano que los comprendiera... Y la monja se pona muy
compungida, diciendo que no lo volvera a hacer; y l, que era muy tuno,
deca que s, que era preciso tener cuidado para otra vez, y que patatn
y que patatn... Tal era Sor Facunda, dama ilustre de la ms alta
aristocracia, que dej riquezas y posicin por meterse en aquella vida,
mujer pequeita, no bien parecida, afable y cariosa, muy aficionada a
hacerse querer de las jvenes. Llevaba siempre tras s, en las horas de
recreo, un hato de nias precozmente msticas, preguntonas, rezonas y
cuya conducta, palabras y entusiasmos pertenecan a lo que podra
llamarse _el pavo_ de la santidad.

Difcil es averiguar lo que pas en el cotarro que formaban Sor Facunda
y sus amiguitas. Ello fue que Beln, temblando de emocin y con la cara
ansiosa, dijo a la monja: Mauricia ha visto a la Virgen.... Y poco
despus repetan las otras con indefinible asombro: Ha visto a la
Virgen!.

Sor Facunda, seguida de su escolta, se acerc a Mauricia, a quien mir
un buen rato sin decirle palabra. Estaba la infeliz mujer en la misma
postura morisca, la cabeza apoyada sobre las rodillas. Pareca llorar.

Mauricia--le dijo en tono lacrimoso la monja, con aquella buena fe que
en ella equivala a la gracia divina--. Porque hayas sido muy mala no
vayas a creerte que Dios te niega su perdn.

Oyose un gran bramido, y la reclusa mostr su cara inundada de llanto.
Dijo algunas palabras ininteligibles y estropajosas, a las que Sor
Facunda y compaa no sacaron ninguna sustancia. De repente se levant.
Su rostro, a la claridad de la luna, tena una belleza grandiosa que las
circunstantes no supieron apreciar. Sus ojos despedan fulgor de
inspiracin. Se apret el pecho con ambas manos en actitud semejante a
las que la escultura ha puesto en algunas imgenes, y dijo con acento
conmovedor estas palabras:

Oh mi seora!... te lo traer, te lo traer....

Echando a correr hacia la escalera con gran presteza, pronto
desapareci. Sor Facunda habl con las otras madres. Cuando toda la
comunidad, a la voz de la Superiora, se recoga abandonando la huerta y
subiendo lentamente a las habitaciones (la mayor parte de las mujeres de
mala gana, porque el calor de la noche convidaba a estar al aire libre),
corri la voz de que la visionaria se haba acostado.

Fortunata, que pocos das antes fue trasladada al dormitorio en que
estaba Mauricia, vio que esta se haba acostado vestida y descalza.
Acercose a ella y por su bronca respiracin crey entender que dorma
profundamente. Mucho le daba qu pensar el singular estado en que su
amiga se haba puesto, y esperaba que le pasara pronto, como otros
_toques_ semejantes aunque de diverso carcter. Largo tiempo estuvo
desvelada, pensando en aquello y en otras cosas, y a eso de las doce,
cuando en el dormitorio y en la casa toda reinaban el silencio y la paz,
not que Mauricia se levantaba. Pero no se atrevi a hablarle ni a
detenerla, por no turbar el silencio del dormitorio, iluminado por una
luz tan dbil que le faltaba poco para extinguirse. Mauricia atraves
la estancia sin hacer ruido, como sombra, y se fue. Poco despus
Fortunata senta sueo y se aletargaba; mas en aquel estado indeciso
entre el dormir y el velar, crey ver a su compaera entrar otra vez en
el dormitorio sin que se le sintieran los pasos. Metiose debajo de la
cama, donde tena un cofre; revolvi luego entre los colchones...
Despus Fortunata no se hizo cargo de nada, porque se durmi de veras.

Mauricia sali al corredor, y atravesndolo todo, se sent en el primer
peldao de la escalera.

Te digo que me atrever....

Con quin hablaba? Con nadie, porque estaba enteramente sola. No tena
ms compaa en aquella soledad que las altas estrellas.

Qu dices?--pregunt despus como quien sostiene un dilogo--. Habla
ms alto, que con el ruido del rgano no se oye. Ah!, ya entiendo...
Estate tranquila, que aunque me maten, yo te lo traer. Ya sabrn quin
es Mauricia la Dura, que no teme ni a Dios... Ja ja ja... Maana, cuando
venga el capelln y bajen esas tas pasteleras a la iglesia, qu chasco
se van a llevar!.

Soltando una risilla insolente, se precipit por la escalera abajo. Qu
demonios pasaba en aquel cerebro?... Entr por la puerta pequea que
comunica el patio con el largo pasillo interior del edificio, y una vez
all pas sin obstculo al vestbulo, tentando la pared porque la
oscuridad era completa. Se le oa un cierto rechinar de dientes y algn
monoslabo gutural que lo mismo pudiera ser signo de risa que de clera.
Por fin lleg palpando paredes a la puerta de la capilla, y buscando la
cerradura con las manos, empez a rasguar en el hierro. La llave no
estaba puesta... Peines y peinetas, dnde estar la condenada llave!
murmur con un rugido de hondsimo despecho. Prob a abrir valindose de
la fuerza y de la maa. Pero ni una ni otra valan en aquel caso. La
puerta del sagrado recinto estaba bien cerrada. Sigui la infeliz mujer
exhalando gemidos, como los de un perro que se ha quedado fuera de su
casa y quiere que le abran. Despus de media hora de intiles esfuerzos,
desplomose en el umbral de la puerta, e inclinando la cabeza se durmi.
Fue uno de esos sueos que se parecen al morir instantneo. La cabeza
dio contra el canto como una piedra que cae, y la torcida postura en que
quedaba el cuerpo al caer doblndose con violencia, fue causa de que el
resuello se le dificultara, producindose en los conductos de la
respiracin silbidos agudsimos, a los que sigui un estertor como de
lquidos que hierven.

Aletargada profundamente, Mauricia hizo lo que no haba podido hacer
despierta, y prosigui la accin interrumpida por una puerta bien
cerrada. Falt el hecho real, pero no la realidad del mismo en la
voluntad. Entr, pues, la tarasca en la iglesia y all pudo andar sin
tropiezo, porque la lmpara del altar daba luz bastante para ver el
camino. Sin vacilar dirigi sus pasos al altar mayor, diciendo por el
camino: Si no te voy a hacer mal ninguno, Diosecito mo; si voy a
llevarte con tu mam que est ah fuera llorando por ti y esperando a
que yo te saque... Pero qu?... no quieres ir con tu mamata... Mira
que te est esperando... tan guapetona, tan maja, con aquel manto todito
lleno de estrellas y los pies encima del _biricornio_ de la luna...
Vers, vers, qu bien te saco yo, monn... Si te quiero mucho; pero no
me conoces?... Soy Mauricia la Dura, soy tu amiguita.

Aunque andaba muy aprisa, tardaba mucho tiempo en llegar al altar,
porque la capilla, que era tan chica, se haba vuelto muy grande. Lo
menos haba media legua desde la puerta al altar... Y mientras ms
andaba, ms lejos, ms lejos... Lleg por fin y subi los dos, tres,
cuatro escalones, y le causaba tanta extraeza verse en aquel sitio
mirando de cerca la mesa aquella cubierta con finsimo y albo lienzo,
que un rato estuvo sin poder dar el ltimo paso. Le entr una risa
convulsiva cuando puso su mano sobre el ara sagrada... Quin me haba
de decir?... oh, mi re--Dios de mi alma que yo... ji ji ji!.... Apart
el Crucifijo que est delante de la puerta del sagrario, alarg luego el
brazo; pero como no alcanzaba, alargbalo ms y ms, hasta que lleg a
dolerle mucho de tantos estirones... Por fin, gracias a Dios, pudo abrir
la puerta que slo tocan las manos ungidas del sacerdote. Levantando la
cortinilla, busc un momento en el misterioso, santo y venerado hueco...
Oh!, no haba nada. Busca por aqu, busca por all y nada... Acordose
de que no era aquel el sitio donde est la custodia, sino otro ms alto.
Subi al altar, puso los pies en el ara santa... Busca por aqu, por
all... Ah!, por fin tropezaron sus dedos con el metlico pie de la
custodia. Pero qu fro estaba, tan fro que quemaba. El contacto del
metal llev por todo lo largo del espinazo de Mauricia una corriente
glacial... Vacil. Lo cogera, s o no? S, s mil veces; aunque
muriera, era preciso cumplir. Con exquisito cuidado, ms con gran
decisin, empu la custodia bajando con ella por una escalera que antes
no estaba all. Orgullo y alegra inundaron el alma de la atrevida mujer
al mirar en su propia mano la representacin visible de Dios... Cmo
brillaban los rayos de oro que circundan el viril, y qu misteriosa y
plcida majestad la de la hostia pursima, guardada tras el cristal,
blanca, divina y con todo el aquel de persona, sin ser ms que una
sustancia de delicado pan!

Con increble arrogancia Mauricia descenda, sin sentir peso alguno.
Alzaba la custodia como la alza el sacerdote para que la adoren los
fieles... Veis cmo me he atrevido?--pensaba--. No decas que no
poda ser?... Pues pudo ser, qu peine!. Segua por la iglesia
adelante. La pursima hostia, con no tener cara, miraba cual si tuviera
ojos... y la sacrlega, al llegar bajo el coro, empezaba a sentir miedo
de aquella mirada. No, no te suelto, ya no vuelves all... A casa con
tu mam...! s? Verdad que el nio no llora y quiere ir con su
mam?.... Diciendo esto, atrevase a agasajar contra su pecho la
sagrada forma. Entonces not que la sagrada forma no slo tena ya ojos
profundos tan luminosos como el cielo, sino tambin voz, una voz que la
tarasca oy resonar en su odo con lastimero son. Haba desaparecido
toda sensacin de la materialidad de la custodia; no quedaba ms que lo
esencial, la representacin, el smbolo puro, y esto era lo que Mauricia
apretaba furiosamente contra s. Chica--le deca la voz--, no me
saques, vuelve a ponerme donde estaba. No hagas locuras... Si me sueltas
te perdonar tus pecados, que son tantos que no se pueden contar; pero
si te obstinas en llevarme, te condenars. Sultame y no temas, que yo
no le dir nada a D. Len ni a las monjas para que no te rian...
Mauricia, chica, qu haces...? Me comes, me comes...?.

Y nada ms... Qu desvaro! Por grande que sea un absurdo siempre tiene
cabida en el inconmensurable hueco de la mente humana.




--x--


Por la maana tempranito, la Superiora y Sor Facunda se tropezaron al
salir de sus respectivas celdas.

Crame usted--dijo Sor Facunda--, algo hay de extraordinario.
Consultar ahora mismo con D. Len. El caso de Mauricia debe de
examinarse detenidamente.

Sor Natividad, que era mujer de mucho entendimiento y estaba
acostumbrada a los pueriles entusiasmos de su compaera, no hizo ms que
sonrer con bondad. Hubiera dicho a Sor Facunda: qu tonta es usted,
hija; pero no le dijo nada; y sacando un manojo de llaves se fue hacia
el guardarropa.

Pero en dnde est esa loca? pregunt despus.

--No parece por ninguna parte--dijo Fortunata, que por orden de Sor
Marcela haba bajado en busca de su amiga--. Arriba no est.

En los dormitorios de las _Filomenas_ haba gran trfago. Todas se
lavaban la cara y las manos, riendo por el agua, cuestionando sobre si
t me quitaste la toalla o si esa es mi agua. Que no, que mi agua es
esta. Otra sacaba de debajo de la cama un zoquete de pan y empezaba a
comrselo. Ay, qu hambre tengo...!, con estos calores, cuidado que
suda una; no se puede vivir... Y ponerse ahora la toca!.

Sor Antonia entraba, impona silencio y les daba prisa. Oase el
esquiln de la capilla. El sacristn se haba asomado varias veces por
la reja de la sacrista que da al vestbulo diciendo sucesivamente:
Todava no ha venido don Len... ya est ah D. Len... ya se est
vistiendo. Oanse en la parte alta los pasos de toda la comunidad que
iba hacia el templo a or la primera misa. Delante fueron las
_Josefinas_, soolientas an y dando bostezos, empujndose unas a otras.
Seguan las _Filomenas_ con cierto orden, las ms diligentes dando prisa
a las perezosas. Donde hay muchas mujeres, tiene que haber ese rumor de
colegio, que se hace superior a la disciplina ms severa. Entre chacota
y risas se oa el rumorcillo aquel: Mauricia... no sabis? Vio anoche
la propia figura de la Virgen.

--Mujer, quita all.--Mi palabra... Pregntaselo a Beln.

--Bah!, ni que furamos tontas...

--La cara de la Virgen?... Vaya... Sera la de Nuestra Seora del
Aguardiente.

Pero Sor Facunda y las de su cotarro iban por la escalera abajo
diciendo que el hecho poda ser falso, y poda tambin no serlo; y que
el ser Mauricia muy pecadora no significaba nada, porque de otras
muchsimo ms perversas se haba valido Dios para sus fines.

Dijo la misa D. Len, que pareca _el padre fuguilla_ por la presteza
con que despachaba. Haba sido cura de tropa, y a las monjas no les
acababa de gustar la marcial diligencia de su capelln. Ms tarde
celebraba don Hildebrando, cura francs de los de babero, el cual era lo
contrario que Pintado, pues estiraba la misa hasta lo increble.

Cuando la comunidad sala de la capilla, doa Manolita, que haba
entrado de las ltimas, sofocada, se acerc a la Superiora y le dijo que
Mauricia estaba en la huerta sobre el montn de mantillo.

--Ya... en la basura--replic Sor Natividad frunciendo el ceo--; es su
sitio.

Bajaron las recogidas al refectorio a tomar el chocolate con rebanada de
pan. Animacin mundana reinaba en el frugal desayuno, y aunque las
monjas se esforzaban por mantener un orden cuartelesco, no lo podan
conseguir.

Ese plato es el mo. Dame mi servilleta... Te digo que es la ma...
Vaya! Ay, San Antonio, qu duro est el pan!... Este s que es de la
boda de San Isidro.

--A callar!

Algunas tenan un apetito voraz; se habran comido triple racin, si se
la dieran.

Inmediatamente despus empezaba a distribuirse toda aquella tropa
mujeril, como soldados que se incorporan a sus respectivos regimientos.
Estas bajaban a la cocina, aquellas suban a la escuela y saln de
costura, y otras, quitndose las tocas y ponindose la falda de
_mecnica_, se dedicaban a la limpieza de la casa.

Estaba la Superiora hablando con Sor Antonia en la puerta de una celda,
cuando lleg muy apurada una reclusa, diciendo: Le he mandado que venga
y no quiere venir. Me ha querido pegar. Si no echo a correr...! Despus
cogi un montn de aquella basura y me lo tir. Mire usted....

La recogida ense a las madres su hombro manchado de mantillo.

Tendr que ir yo... Ay, qu mujer!... qu guerra nos da!--dijo la
Superiora...--. Dnde est Sor Marcela? Que traiga la llave de la
perrera. Hoy tendremos _chnchirri-mncharras_... Est ms tocada que
nunca. Dios nos d paciencia.

--Y Sor Facunda que me ha dicho ahora mismo--indic Sor Antonia con
franca risa y bizcando ms los ojos--, que Mauricia haba visto a la
Virgen!

La Superiora respondi a aquella risa con otra menos franca. Tres o
cuatro _Filomenas_ de las ms hombrunas bajaron a la huerta con orden
expresa de traer a la visionaria.

--Pobre mujer y qu perdida se pone!--observ Sor Natividad dentro del
corrillo de monjas que se iba formando--. Males de nervios, y nada ms
que males de nervios.

Y al decirlo, sus miradas chocaron con las de Sor Facunda, que se
acercaba con semblante extraordinariamente afligido.

Pero no ha consultado usted este caso con el seor capelln? le dijo.

--S--replic Sor Natividad con un poco de humorismo--, y el capelln me
ha dicho que la meta en la perrera.

--Encerrarla porque llora!...--exclam la otra que en su timidez no se
atreva a contradecir a la Superiora--. El caso mereca examinarse.

--Para preverlo todo--indic la vizcana--, avisaremos tambin al
mdico.

--Y qu tiene que ver el mdico...? En fin, yo no s. Quien manda,
manda. Pero me pareca... Ello podr ser cosa fsica; pero si no lo
fuera? Si efectivamente Mauricia... No es que yo lo afirme; pero tampoco
me atrevo a negarlo. Aquel llorar continuo, qu puede ser sino
arrepentimiento? A saber los medios que el Seor escoge...

Y se retir a su celda. Casi casi se dieron un encontronazo Sor Facunda
alejndose y Sor Marcela que al corrillo se acercaba, dando balances y
golpeando el suelo duramente con su pie de madera. Su semblante
descompuesto por la ira estaba ms feo que nunca; con la prisa que traa
apenas poda respirar, y las primeras frases le salieron de la boca
desmenuzadas por el enojo: Ya, ya sabemos... San Antonio!...
bribona... parece mentira... Ay, Dios mo!, si es para volverse
loca....

Habl algunas palabras en voz muy baja con la Superiora, quien al orlas
puso una cara que daba miedo.

Yo... bien lo sabe usted...--balbuci Sor Marcela--, lo tena para mi
mal del estmago... coac superior.

--Pero esa maldita cmo...? Si esto parece... Jess me valga! Estoy
horrorizada. Pero cundo...?

--Es muy sencillo... hgase usted cargo. Anteayer, San Antonio
bendito!, cuando estuvo en mi celda moviendo los trastos para coger el
ratn.

A la Superiora se le escap, sin poderlo remediar, una ligera
sonrisilla; mas al punto volvi a poner cara de palo. Y la enana corri
hacia donde estaban las recogidas, y lo mismo que dijera a Sor Natividad
se lo repiti a Fortunata, sin poner un freno a su ira: Habrase visto
diablura semejante?... Qu te parece? Estamos todas horripiladas!.

Fortunata no dijo nada y se puso muy seria. Quizs no la coga de nuevo
la declaracin de la monja. Obedeciendo a esta subi al dormitorio en
busca de pruebas del nefando crimen imputado a su amiga.

Ah tienen ustedes--deca la Superiora a las que ms cerca de ella
estaban--, cmo esa arrastrada ha visto visiones... Ya!, qu no vera
ella!... Pero no viene al fin? Yo le juro que no vuelve a hacernos
otra. Es preciso ajustarle bien las cuentas....

La cojita se present otra vez en el corrillo mostrando la enorme llave
de la perrera; la esgrima como si fuera una pistola, con amenaza
homicida. Realmente estaba furiosa, y el topetazo de su pie duro sobre
el suelo tena una violencia y sonoridad excepcionales. En esto lleg
Fortunata trayendo una botella, que al punto le arrebat Sor Marcela.

Vaca, enteramente vaca!--exclam esta levantndola en alto y
mirndola al trasluz--. Y estaba casi llena, pues apenas....

Aplic despus su nariz chafada a la boca de la botella, diciendo con
lastimera entonacin: No ha dejado ms que el olor... Bribonaza!, ya
te dara yo bebida.... De la nariz de la coja pas el cuerpo del delito
a la de Sor Natividad y de esta a otras narices prximas, resultando, de
la apreciacin del tufo, mayor severidad en el comentario del crimen.

Qu asco! Buen pechugn se ha dado...--exclam la Superiora--. Ya,
cmo estar aquel cuerpo con todo ese lquido ardiente! Nunca nos haba
pasado otra... La arreglaremos, la arreglaremos. Pero viene o no?.

Bajaba ya, decidida a abreviar la tardanza del acto de justicia, cuando
se oy un gran tumulto. Las tres mujeronas que haban ido en busca de la
delincuente, pasaban de la huerta al patio por la puertecilla verde,
huyendo despavoridas y dando voces de pnico. Son en dicha puerta el
estampido de un fuerte cantazo.

Que nos mata, que nos mata! gritaban las tres, recogiendo sus faldas
para correr ms fcilmente por la escalera arriba. Asomronse las madres
al barandal del corredor que sobre el patio caa, y vieron aparecer a
Mauricia, descalza, las melenas sueltas, la mirada ardiente y
extraviada, y todas las apariencias, en fin, de una loca. La Superiora,
que era mujer de genio fuerte, no se pudo contener y desde arriba grit:
Trasto... infame, si no te ests quieta, vers.

Una pareja, una pareja de Orden Pblico apuntaron varias voces de
monjas.

--No... veris... Si yo me basto y me sobro...--indic la Superiora,
haciendo alarde de ser mujer para el caso--. Lo que es conmigo no juega.

Psose Mauricia de un salto en el rincn frontero al corredor donde las
madres estaban, y desde all las mir con insolencia, sacando y
estirando la lengua, y haciendo muecas y gestos indecentsimos.

Tiorras, so tiorras! gritaba, e inclinndose con rpido movimiento,
cogi del suelo piedras y pedazos de ladrillo, y empez a dispararlos
con tanto vigor como buena puntera. Las monjas y las recogidas, que al
sentir el alboroto salieron en tropel a los corredores del principal y
del segundo piso, prorrumpieron en chillidos. Pareca que se vena el
mundo abajo. Dios mo, qu bulla! Y a las exclamaciones de arriba
responda la tarasca con aullidos salvajes.

Unas se agachaban resguardndose tras el barandal de fbrica cuando
vena la pedrada; otras asomaban la cabeza un momento y la volvan a
esconder. Los proyectiles menudeaban, y con ellos las voces de aquella
endemoniada mujer. Pareca una amazona. Tena un pecho medio
descubierto, el cuerpo del vestido hecho girones y las melenas cortas le
azotaban la cara en aquellos movimientos del hondero que haca con el
brazo derecho. Su catadura les pareca horrible a las seoras monjas;
pero estaba bella en rigor de verdad, y ms arrogante, varonil y
napolenica que nunca.

Sor Marcela intent bajar valerosa, pero a los tres peldaos cogi miedo
y vir para arriba. Su cara filipina se haba puesto de color de
mostaza inglesa.

Vers t si bajo, infame diablo! era su muletilla; pero ello es que
no bajaba.

Por una reja de la sacrista que da al patio, asom la cara del
sacristn, y poco despus la de D. Len Pintado. Dos monjas que estaban
de turno en la portera se asomaron tambin por otra ventana baja; pero
lo mismo fue verlas Mauricia que empezar tambin a mandarles piedras.
Nada, que tuvieron que retirarse. Asustadas las infelices, quisieron
pedir auxilio. En aquel instante llam alguien a la puerta del convento,
y a poco entr una seora, de visita, que pas al saln, y enterndose
de lo que ocurra, asomose tambin a la ventana baja. Era Guillermina
Pacheco, que se persign al ver la tragedia que all se haba armado.

En el nombre del...! Pero t!... Mauricia!... cmo se entiende?...
qu haces?... ests loca?.

La portera y la otra monja no la pudieron contener, y Guillermina sali
al patio por la puerta que lo comunica con el vestbulo.

Guillermina--grit Sor Natividad desde arriba--, no salgas...
Cuidado... mira que es una fiera... Ah tienes, ah tienes la alhaja que
t nos has trado... Retrate por Dios, mira que est loca y no
repara... Hazme el favor de llamar a una pareja de Orden Pblico.

--Qu pareja ni pareja?--dijo Guillermina incomodadsima--.
Mauricia!... cmo se entiende!

Pero no haba tenido tiempo de decirlo cuando una peladilla de arroyo le
roz la cara. Si le da de lleno la descalabra.

Jess!... Pero no, no es nada.

Y llevndose la mano a la parte dolorida, clam: Infame, a m, a m me
has tirado!.

A usted, s, y a todo el gnero mundano--grit con voz tan ronca, que
apenas se entenda--, so ta pastelera... Vyase pronto de aqu.

Las monjas horrorizadas elevaban sus manos al Cielo; algunas lloraban.
En esto, D. Len Pintado haba abierto con no poco trabajo la reja de la
sacrista; salt al patio, nica manera de comunicarse con el convento
desde la sacrista, y abalanzndose a Mauricia le sujet ambos brazos.

Sultame, Len, capelln de peinetas! rugi la visionaria...

Pero Pintado tena manos de hierro, aunque era de pocos nimos, y una
vez lanzado al herosmo, no slo sujet a Mauricia, sino que le aplic
dos sonoras bofetadas. La escena era repugnante. Tras el capelln sali
tambin su aclito, y mientras los dos arreglaban a la Dura, las monjas,
viendo sojuzgado al enemigo, arriesgronse a bajar y acudieron a
Guillermina, que con el pauelo se restaaba la sangre de su leve
herida. Con cierta tranquilidad, y ms risuea que enojada, la fundadora
dijo a sus amigas: Cuidado que pasan unas cosas...! Yo vena a que me
dierais los ladrillos y el cascote que os sobran, y mirad qu pronto me
he salido con la ma... Nada, ponedla ahora mismo en la calle, y que se
vaya a los quintos infiernos, que es donde debe estar.

Ahora mismo. D. Len, no la maltrate usted dijo la Superiora.

--Zngano!... mala pualada te mate!...--bramaba Mauricia, que ya
tena pocas fuerzas y haba cado al suelo--. Un sacerdote pegando a
una... seora!

--Que le traigan su ropa--grit Sor Natividad--. Pronto, pronto. Me
parece mentira que la ver salir...

Mauricia ya no se defenda. Haba perdido su salvaje fuerza; pero su
semblante expresaba an ferocidad y desorden mental.

Luego se vio que desde el corredor alto tiraban un par de botas, luego
un mantn...

--Bajarlo, hijas, bajarlo--dijo desde el patio la Superiora, mirando
hacia arriba y ya recobrada la serenidad con que daba siempre sus
rdenes. Fortunata baj un lo de ropa, y recogiendo las botas, se lo
dio todo a Mauricia, es decir, se lo puso delante. La espantosa escena
descrita haba impresionado desagradablemente a la joven, que sinti
profunda compasin de su amiga. Si las monjas se lo hubieran permitido,
quizs ella habra aplacado a la bestia.

Toma tu ropa, tus botas--le dijo en voz baja y en tono apacible--.
Pero, hija, cmo te has puesto!... No conoces ya que has estado
trastornada?.

--Qutate de ah, pendoncillo... qutate o te...

--Dejarla, dejarla--dijo la Superiora--. No decirle una palabra ms. A
la calle, y hemos concluido.

Con gran dificultad se levant Mauricia del suelo y recogi su ropa. Al
ponerse en pie pareci recobrar parte de su furor.

Que se te queda este lo.

--Las botas, las botas. La tarasca lo recogi todo. Ya sala sin decir
nada, cuando Guillermina la mir severamente.

Pero qu mujer esta! Ni siquiera sabe salir con decencia.

Iba descalza, cogidas las botas por los tirantes.

--Pngase usted las botas--le grit la Superiora.

--No me da la gana. Abur... Son todas unas judas pasteleras...!

--Paciencia, hija, paciencia... necesitamos mucha paciencia--dijo Sor
Natividad a sus compaeras, tapndose los odos.

Se le franquearon todas las puertas, abrindolas de par en par y
resguardndose tras las hojas de ellas, como se abren las puertas del
toril para que salga la fiera a la plaza. La ltima que cambi algunas
palabras con ella fue Fortunata, que la sigui hasta el vestbulo movida
de lstima y amistad, y an quiso arrancarle alguna declaracin de
arrepentimiento. Pero la otra estaba ciega y sorda; no se enteraba de
nada, y dio a su amiga tal empujn, que si no se apoya en la pared cae
redonda al suelo.

Sali triunfante, echando a una parte y otra miradas de altivez y
desprecio. Cuando vio la calle, sus ojos se iluminaron con fulgores de
jbilo y grit: Ay, mi querida calle de mi alma!. Extendi y cerr
los brazos, cual si en ellos quisiera apretar amorosamente todo lo que
vean sus ojos. Respir despus con fuerza, parose mirando azorada a
todos lados, como el toro cuando sale al redondel. Luego, orientndose,
tir muy decidida por el paseo abajo. Era cosa de ver aquella mujerona
descalza, desgarrada, melenuda, despidiendo de sus ojos fiereza, con un
lo bajo el brazo y las botas colgando de una mano. Las pocas personas
que por all pasaban, mirronla con asombro. Al llegar junto a los
almacenes de la Villa, pas junto a varios chicos, barrenderos, que
estaban sentados en sus carretillas con las escobas en la mano.
Tuvironla ellos por persona de poco ms o menos y se echaron a rer
delante de su cara napolenica.

Vaya, que buena _curda_ te llevas, olee!....

Y ella se les puso delante en actitud arrogantsima, alz el brazo que
tena libre y les dijo:

Apstoles del error!.

Prorrumpiendo al mismo tiempo en estpida risa, pas de largo. A los
barrenderos les hizo aquello mucha gracia, y ponindose en marcha con
las carretillas por delante y las escobas sobre ellas, siguieron detrs
de Mauricia, como una escolta de burlesca artillera, haciendo un ruido
de mil demonios y disparndole bala rasa de groseras e injurias.




-VII-

La boda y la luna de miel




--i--


Por fin se acord que Fortunata saldra del convento para casarse en la
segunda quincena de Setiembre. El da sealado estaba ya muy prximo, y
si el pensamiento de la reclusa no se haba familiarizado an de una
manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tena duda de
que le convena casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo
mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la
Providencia nos toca. En las ltimas visitas, Maxi no hablaba ms que de
la proximidad de su dicha. Contole un da que ya tena tomada la casa,
un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su ta; otro la
entretuvo refirindole pormenores deliciosos de la instalacin. Ya se
haban comprado casi todos los muebles. Doa Lupe, que se pintaba sola
para estas cosas, recorra diariamente las almonedas anunciadas en _La
Correspondencia_, adquiriendo gangas y ms gangas. La cama de matrimonio
fue lo nico que se tom en el almacn; pero doa Lupe la sac tan
arreglada, que era como de lance. Y no slo tenan ya casa y muebles,
sino tambin criada. Torquemada les recomend una que serva para todo y
que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada.
Bien poda decirse de ella que era tambin ganga como los muebles,
porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrbase
Patricia, pero Torquemada la llamaba _Patria_, pues era hombre tan
econmico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las
abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escriba.

Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entr en
el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban
empeadas quedaron en poder del joven, que hizo propsito de liberar
aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya poda
anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva
casa, encontrara en ella las prendas de vestir y de adorno que la
infeliz haba arrojado al mar el da de su naufragio. Por cierto que las
alhajas le haban gustado mucho a doa Lupe por lo ricas y elegantes, y
del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sera una pieza
esplndida. Esto le llev naturalmente a hablar de la herencia. Ya haba
cogido su parte, y con un pico que recibi en metlico haba redimido
las prendas empeadas. Ya era propietario de inmuebles, y ms vala esto
que el dinero contante. Y a propsito de la herencia, tambin le cont
que entre su hermano mayor y doa Lupe haban surgido ruidosas
desavenencias. Juan Pablo emple toda su parte en pagar las deudas que
le devoraban y un descubierto que dejara en la administracin carlista.
No bastndole el caudal de la herencia, haba tenido el atrevimiento de
pedir prestada una cantidad a doa Lupe, la cual se vol y le dijo
tantas cosas...! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde
entonces no se hablaban ta y sobrino, y este se haba ido a vivir con
una querida. Y viva la moralidad! Y tradicionalista me soy!.

Charlaron otro da de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas.
Como que del balcn del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del
Depsito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila,
poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y slo haba principal y
segundo. A tantas ventajas se una la de estar todo muy a la mano:
debajo carbonera, a cuatro pasos carnicera, y en la esquina prxima
tienda de ultramarinos.

No poda olvidrseles el importante asunto de la carrera de _Rubinius
vulgaris_. A mediados de Setiembre se haba examinado de la nica clase
que le faltaba para aprobar el ltimo ao, y lo ms pronto que le fuera
posible tomara el grado. Desde luego entrara de practicante en la
botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se mora,
la viuda tendra que confiar a dos licenciados la explotacin de la
farmacia. Maxi entrara seguramente de segundo, con el tiempo llegara a
ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba
bien y el porvenir les sonrea.

Estas cosas daban a Fortunata alegra y esperanza, avivando los
sentimientos de paz, orden y regularidad domstica que haban nacido en
ella. Con ayuda de la razn, estimulaba en su propia voluntad la
direccin aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.

Dos das antes de la salida, confes con el padre Pintado; expurgacin
larga, repaso general de conciencia desde los tiempos ms remotos. La
preparacin fue como la de un examen de grado, y el capelln tomo aquel
caso con gran solicitud y atencin. All donde la penitente no poda
llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de
gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tena nada de gazmoo,
la confesin concluy por ser un dilogo de amigos. Diole consejos sanos
y prcticos, hzole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden
humorstico, la perdicin que trae a la criatura el dejarse mover de
los sentidos, y le pint las ventajas de una vida de continencia y
modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos.
Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofa
utilitaria, don Len demostr a su penitente que el portarse bien es
siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompaado de
triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de
penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles.
Hgase usted la cuenta--le dijo tambin--, de que es otra mujer, de que
se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algn da
por ah a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la
perdicin, figrese que son fantasmas, sombras, as como suena, y no las
mire siquiera. Por fin, encomendole la devocin de la Santsima Virgen,
como un ejercicio saludable del espritu y una predisposicin a las
buenas acciones. La penitente se qued muy gozosa, y el da que hizo la
comunin se observ con una tranquilidad que nunca haba tenido.

La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se ech a llorar.
Sus compaeras Beln y Felisa le dieron besos, regalronle estampitas y
medallas, asegurndole que rezaran por ella. Doa Manolita mostrose
envidiosa y desconsolada. Ella tambin saldra, pues slo estaba all
por equivocacin; pronto se haban de ver claras las cosas, y el asno
de su marido vendra a pedirle perdn y a sacarla de aquel encierro. Sor
Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las dems madres mostrronse muy
afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les haban
dado menos que hacer. Despidironla con sentimiento de verla salir; pero
dndole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusin haba
tenido.

En la sala esperaban Maximiliano y doa Lupe, que la recogieron y se la
llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla
a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como
ella no tena en Madrid parientes, al menos conocidos, doa Lupe no vio
solucin mejor al problema de alojamiento. La boda se verificara el
lunes 1. de Octubre, dos das despus de la salida de las Micaelas.

Senta la seora de Juregui el goce inefable del escultor eminente a
quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que
sepa. Sus aptitudes educativas tenan ya materia blanda en quien
emplearse. De una salvaje _en toda la extensin de la palabra_, formara
una seora, hacindola a su imagen y semejanza. Tena que ensearle
todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras ms pobreza de educacin
revelaba la alumna, ms gozaba la maestra con las perspectivas e
ilusiones de su plan.

Aquella misma maana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasin, con
tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a
aplicar sus enseanzas. No se dice _armejas_ sino _almejas_. Hija, hay
que irse acostumbrando a hablar como Dios manda. Quera doa Lupe que
Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo
moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una
severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al
pelo su obligacin.

Destinsele una habitacin contigua a la alcoba de la seora, y que le
serva a esta de guardarropa. Haba all tantos cachivaches y tanto
trasto, que la huspeda apenas poda moverse; pero dos das se pasan de
cualquier manera. Durante aquellos dos das, hallbase la joven muy
cohibida delante de la que iba a ser su ta, porque esta no bajaba del
trpode ni cesaba en sus correcciones; y rara vez abra la boca
Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la
pronunciacin, ya a la manera de conducirse, mostrndose siempre
autoritaria, aunque con estudiada suavidad. En los conventos--deca--,
se corrigen muchos defectos; pero tambin se adquieren modales
encogidos. Sultese usted, y cuando salude a las visitas, hgalo con
serenidad y sin atropellarse.

Estas cosas ponan a Fortunata de mal humor, y su encogimiento creca.

Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emancipara de aquella
tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque adems doa Lupe le
pareca mujer de gran utilidad, que saba mucho y aconsejaba algunas
cosas muy puestas en razn.

Molestaban a Fortunata las visitas que, segn ella, slo iban por
curiosear. Doa Silvia no haba podido resistir la curiosidad y se
plant en la casa el mismo da en que la novia sali del convento. Al
otro da fue Paquita Morejn, esposa de D. Basilio Andrs de la Caa, y
ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura
resultole afectada, como de personas ordinarias que se empean en no
parecerlo.

Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se
les lea este pensamiento: Vaya una ganga la de usted!. La seora de
D. Basilio repiti la visita el segundo da. Iba vestida de pingajos de
seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hzose muy pegajosa; quera
intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de
expresar las deficiencias de la misma en el orden moral.

Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llev su hermano. Doa
Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban despus de la marimorena
que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia,
Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creerase que intentaba hacer
rabiar a su ta, concediendo su benevolencia a la persona de quien
aquella haba dicho tantas perreras. Durante la visita, que no fue
breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo
atontada y no sabiendo qu decir para sostener la conversacin con un
hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un
fuerte apretn de manos, dicindole que asistira a la boda.

Luego fueron ta y sobrina a ver la casa matrimonial. Doa Lupe le
mostr uno por uno los muebles, hacindole notar lo buenos que eran, y
que su colocacin, dispuesta por ella, no poda ser ms acertada. El
juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribucin
dbalo ya por anticipado doa Lupe, de modo que la otra no tuviese que
decir ms que s... verdad....

De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se
ocuparon en disponer varias cosas para el da siguiente. Maximiliano
haba ido a invitar a algunos amigos, y doa Lupe sali tambin diciendo
que volvera antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a
hacer en su vestido de gro negro, que haba de lucir en la ceremonia,
ciertos arreglos de escasa importancia. No tena ms compaa que la de
Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la
seorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal
causa de la estupefaccin de la chiquilla, y habra dado esta un dedo de
la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de
contemplarla, llenndose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda,
aunque slo fuera para lo ms insignificante. En esto llamaron a la
puerta; corri a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba
cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura.




--ii--


El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la
inexplicable mescolanza de terror y atraccin prodjose en aquel
instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infunda miedo y al
propio tiempo una simpata irresistible y misteriosa, cual si le
sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su
corazn. Mir a su amiga sin hablarle, y esta se le acerc sonriendo,
como si quisiera decir: Lo que menos esperabas t era verme aqu
ahora....

--De veras eres t...?

Y observ que Mauricia traa unos zapatos muy bonitos de cuero
amarillo, atados con cordones azules terminados en madroos.

--Y qu bien calzada!...

--Qu te creas t?

Despus le mir la cara. Estaba muy plida; los ojos parecan ms
grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo
la ceja recta y negra. La nariz pareca de marfil, la boca ms acentuada
y los dos pliegues que la limitaban ms enrgicos. Todo el semblante
revelaba melancola y profundidad de pensamiento, al menos as lo
consider Fortunata sin poder expresar por qu. Traa Mauricia un mantn
nuevo y a la cabeza un pauelo de seda de fajas azul-turqu y rojo vivo,
delantal de cuadritos y falda de tartn, y en la mano un bulto atado con
un pauelo por las cuatro puntas.

No est doa Lupe? dijo sentndose sin ninguna ceremonia.

--Ya le he dicho que no--replic Papitos con mal modo.

--No te he preguntado a ti, refistolera, mtome-en-todo. Lrgate a tu
cocina, y djanos en paz.

Papitos se fue refunfuando.

--Qu traes por aqu?--le pregunt Fortunata, que desde que la vio
entrar, senta palpitaciones muy fuertes.

--Pues nada... Estoy otra vez corriendo prendas, y aqu traigo unos
mantones para que los vea esa ta pastelera...

--Qu manera de hablar! Corrgete, mujer... Te has olvidado ya de la
que hiciste en el convento? Vaya un escndalo! Lo sent mucho por ti.
Aquel da me puse mala.

--Chica, no me hables... Vaya, que me trastorn de veras. Pero una
tentacin cualquiera la tiene. Y qu, dije muchas barbaridades? Yo no
me acuerdo. No estaba en m, no saba lo que haca. Slo me acuerdo de
que vi a la Pura y Limpia, y despus quise entrar en la iglesia y coger
al Santsimo Sacramento... so que me coma la hostia... Nunca me ha
dado un toque tan fuerte, chica... Qu cosas se le ocurren a una cuando
se sube el mengue a la cabeza! Cremelo porque yo te lo digo: cuando se
me seren el sentido, estaba abochornada... El nico a quien guardaba
rencor era al to capelln. Me lo hubiera comido a bocados. A las
seoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdn; pero por el aquel de
la _dinid_ no fui. Lo que ms me escoca era haberle tirado un
ladrillazo a doa Guillermina. Esto s que no me lo paso, no me lo
paso... Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle,
se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no
me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ves?, y que todava
cuenta hacer algo por m.

--Es que eres atroz...--le dijo Fortunata--. Si no te quitas ese vicio,
vas a parar en mal.

--Quita, mujer, y no me digas nada... Pues si desde que sal de las
Micaelas no he vuelto a catarlo... Soy ahora, como quien dice, otra. No
quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien;
pero a persona decente no me gana nadie ahora. Cretelo porque yo te lo
digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, t lo has de ver... Y pasando a
otra cosa, ya s que te casas maana.

--Por dnde lo has sabido?

--Eso, ac yo... Todo se sabe--replic la Dura con malicia--. Vaya, que
te ha cado la lotera. Yo me alegro, porque te quiero.

En esto Mauricia se inclin bruscamente y recogi del suelo un objeto
pequeo. Era un botn.

Buen agero, mira--dijo mostrndolo a Fortunata--. Seal de que vas a
ser dichosa.

--No creas en brujeras.--Que no crea?... _Paices_ boba. Cuando una se
encuentra un botn, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el
botn es como este, blanco y con cuatro _ujeritos_, buena seal; pero si
es negro y con tres, mala.

--Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de
veces. Ahora vas a estar en grande. Sabes una cosa?

Dijo esto ltimo con tal intencin, que Fortunata, cuya ansiedad creca
sin saber por qu, vio tras el _sabes una cosa_ una confidencia de
extraordinaria gravedad.

--Qu?--Que te quemas.--Cmo que me quemo?

--Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las
cosas claras, verdad?, pues all va. Volvi de Valencia muy bueno y muy
enamoradito de ti. Lo que yo te deca, chica, lo mismo fue enterarse de
que estabas en las Micaelas hacindote la catlica, que se le encendi
el celo, y todas las tardes pasaba por all en su _featn_. Los hombres
son as: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y
candados, eso, eso es lo que se les antoja.

--Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me
vengas con cuentos.

--T lo has de ver.--Cmo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas
cosas...

Mauricia se ech a rer con aquel desparpajo que a su amiga le pareca
el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal
risa, brotaba esta frase que a Fortunata le pona los pelos de punta:
Te lo digo?... te lo digo?.

--Pero qu?

Se miraron ambas. Dentro de los cncavos y amoratados huecos de los
ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pjaro cazador.

Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya,
que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a
caer... Como que ya has metido la patita dentro.

--Yo...?--S... t. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la
casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.

--Bah!... no digas desatinos--replic Fortunata, queriendo echrselas
de valiente.

Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba
arreglando.

Como lo oyes, chica... All le tienes. Desde que entres en tu casa, le
sentirs la respiracin.

--Quita, quita... no quiero orte.

--Si sabr yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que
he estado hablando con l en casa de una amiga. Si no caes en la trampa,
creo que el pobrecito revienta... tan dislocado est por ti.

--El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mo a
esta mano; de modo que... No me vuelvas loca...

--Lo ha tomado por cuenta de l una que llaman Cirila... T no la
conoces; yo s: ha sido tambin corredora de alhajas y tuvo casa de
huspedes. Est casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu
seor me le ha colocado en el tren.

Fortunata sinti que se congestionaba. Su cabeza arda.

Vaya, todo eso es cuento... Piensas que me voy a creer esas bolas?...
Como no se acuerde l de m...!, ni falta.

--T lo has de ver. Ay qu chico! Da pena verle... loquito por ti... y
arrepentido de la partida serrana que te jug. Si la pudiera reparar, la
reparara. Cretelo porque yo te lo digo.

En esto entr Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la seorita,
pero realmente con el nico objeto de curiosear. Lo mismo fue verla
Mauricia que echarle los tiempos del modo ms desptico.

Mira, chiquilla, si no te largas, vers.

La amenaz con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada;
pero la mona se le rebel, chillando as: No me da la gana... Y a
usted qu?... Ma esta!.... Fortunata le dijo: Papitos, vete a la
cocina, y obedeci la rapaza, aunque de muy mala gana.

Pues yo...--prosigui Fortunata--, si es verdad, le dir a mi marido
que tome otra casa.

--Tendras que cantarle el motivo.

--Se lo cantar... vaya.--Bonita escandalera armaras... Nada, hija,
que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y pum!... dem de
lienzo.

--Pues ea... no me casar--dijo la novia en el colmo ya de la confusin.

--Quia! Por tonta que te quieras volver, no hars tal... Crees que
esas brevas caen todos los das? Que se te quite de la cabeza...
Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la
_comenencia_. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La
que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.

Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en
la mano.

Qu miras?--dijo la Dura inclinndose--. Ah!, otro botn... y este es
negro, con tres _ujeros_... Mala seal, chica. Esto quiere decir que si
no te casas, mereces que te azoten.

Recogiendo el botn, lo miraba de cerca. Anocheca, y la sala se iba
quedando a oscuras. Poco despus Fortunata vea slo el bulto de su
amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba
que se marchase, sino que hablara ms y ms del mismo temeroso asunto.

Te digo que no me caso repiti la joven, sintiendo que se renovaba en
su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubn. Y las ideas tan
trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente.
Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la
razn, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.

El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una
puerta aqu, otra all....

--Lo que te digo, una patita en la trampa; slo te falta meter la otra.

Y rompi a rer de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata
le agradaba, cosa extraa, despertando en su alma instintos de dulce
perversidad.

Nada, yo no me caso, que no me caso, ea!--declar la novia
levantndose y dando pasos de aqu para all, cual si movindose
quisiera infundirse la energa que le faltaba.

--Como lo vuelvas a decir...--aadi Mauricia haciendo un gesto de
burlesca amenaza--. Piensas que una ganga como esta se encuentra detrs
de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran
verse otras. Y para acabar, chica, csate, y haz por no caer en la
trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo
que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:

Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la oblig a sentarse otra vez
a su lado.

Nada, te casas... porque casarte es tu salvacin. Si no, vas a andar de
mano en mano hasta la consuncin de los siglos. T no seas boba; si
quieres ser honrada, _serlo_, hija. Descuida, que no te pondrn un pual
al pecho para que peques.

--Pues s--dijo Fortunata animndose--, qu me importa a m la trampa?
Como yo no quiera caer...

--Claro... El otro ah junto... pues que le parta un rayo. A ti qu? T
di soy honrada, y de ah no te saca nadie. A los pocos das le dices a
tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomis otra.

--Di que s... tomamos otra, y se acab la trampa--observ la novia
tomando en serio los consejos de su amiga.

--Verdad que l no se acobardar, y a donde vayas, l detrs. Creme que
est loco, Y te digo ms. La criada que tienes, esa Patricia que le
recomend a doa Lupe el seor de Torquemada, est vendida.

--Vendida!... Ah!...--exclam Fortunata con nuevo terror--. Mira t
por qu esa mujer no me gust cuando la vi esta maana. Es muy adulona,
muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentn... Pues nada, le dir
a mi marido que no me gusta, y maana mismo la despido.

--Eso... y viva el _caraiter_. T mira bien lo que te digo: siempre y
cuando quieras ser honrada, _serlo_; pero dejarte de casar, dejar de
casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.

Fortunata pareca recobrar la calma con esta exhortacin de su amiga,
expresada de una manera cariosa y fraternal.

Otra cosa se me ocurre--indic luego con la alegra del nufrago que ve
flotar una tabla cerca de s--. Le dir a mi marido que estoy mala y que
me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia.

--Pueblo!... Y qu vas a hacer t en un pueblo?--dijo Mauricia con
expresin de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su
hija--. Mira t, y crelo porque yo te lo digo: ms difcil es ser
honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho
personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay ms que dos
o tres sujetos finos y siempre les ests viendo, qu peine!, acabas por
encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los
pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el
mdico y si no el juez, si lo hay, te hacen tiln, y no quiero decirte
nada. En ltimo caso, tanto te aburres, que te da un _toque_ y caes con
el seor cura...

--Quita, quita, qu asco!

--Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agreg la tarasca
cogindola por un brazo, atrayndola a s y sentndola sobre sus
rodillas--. Hija de mi vida, a quin quiero yo? A ti nada ms. Lo que
yo te diga es por tu bien.

Djate llevar; csate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar,
pasa... Deja correr y haz caso de m, que te he tomado cario y soy
_mismamente_ como tu madre.

Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunci que se
aproximaba doa Lupe.

Cuando esta penetr en la sala, ya saba por Papitos quin estaba all.

--En dnde est esa loca?--entr diciendo--. Pero qu oscuridad! No
veo gota. Mauricia...

--Aqu estoy, mi seora doa Lupe. Ya nos podan traer una luz.

Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora:

Qu traes por ac? Cunto tiempo...! Y qu tal? Te has enmendado?
Porque el padre Pintado le cont a Nicols horrores de ti....

--No haga caso, seora. D. Len es muy fabulista y boquea ms de la
cuenta. Fue un pronto que tuve.

--Vaya unos prontos!... Y qu traes ah?

Entr Fortunata con la lmpara encendida, y la tarasca empez a mostrar
mantones de Manila, un tapiz japons, una colcha de malla y felpilla.

Mire, mire qu primores. Este paoln es de la se marquesa de
Tellera. Lo da por un pedazo de pan. Anmese, seora, para que haga un
regalo a su sobrina, el da de maana, que as sea el _escomienzo_ de
todas las felicidades.

--Quita all!... ni para qu quiere esta mantones. Buenos estn los
tiempos! Y qu precio?... Cincuenta duros! Ajaj... qu gracia! Los
tengo yo del propio Senqu, mucho ms floreados que ese y los doy a
veinticinco.

--Quisiera verlos... Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aqu
mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he
querido dar... Mire, por estas cruces.

Y haciendo la cruz con dos dedos, se la bes.

--A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones....

--Pero no sern como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me
alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo
corras.

Y siguieron picoteando de este modo hasta que entr Maximiliano, y doa
Lupe mand sacar la sopa. El novio, enterndose de que haba visita en
la sala, acercose despacito a la puerta para ver quin era. Es
Mauricia le dijo su prometida salindole al encuentro.

Ambos se fueron al comedor, esperando all a que su ta despachase a la
corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por
temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.




--iii--


Maximiliano habl a su futura de las invitaciones que haba hecho, y
ella le oa como quien oye llover; mas no repar el joven en esta
distraccin por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista,
quera hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el
uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratbala con
aquellos miramientos que impone el pudor ms exquisito. No se decida ni
a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas despus de
recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias
con la falsa ilusin de no habrselas hecho antes. Mientras coman,
Fortunata se sinti anegada en tristeza, que le costaba trabajo
disimular. Inspirbale el prximo estado tanto temor y repugnancia, que
le pas por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo:
No me llevan a la Iglesia ni atada. Doa Lupe, que gustaba tanto de
hacer papeles y de poner en todos los actos la correccin social, no
quera que los novios se quedasen solos ni un momento. Haba que emplear
una ficcin moral como tributo a la moral misma y en prueba de la
importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones.

Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una
Magdalena, y ponase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y
el remedio de la devocin a la Santsima Virgen. Durmiose al fin
rezando, y so que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su
verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despert
sobresaltada, diciendo: Esto no es lo convenido. En el delirio de su
febril insomnio, pens que D. Len la haba engaado y que la Virgen se
pasaba al enemigo, Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro
y tanta Ave Mara.... Por la maana rease de aquellos disparates, y
sus ideas fueron ms reposadas. Vio claramente que era locura no seguir
el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. Hala!,
honrada a todo trance. Ya me defender de cuantas trampas se me quieran
armar.

Doa Lupe dej las ociosas plumas a las cinco de la maana cuando an no
era de da, y arranc de la cama a Papitos, tirndole de una oreja, para
que encendiera la lumbre. Flojita tarea la de aquel da; un almuerzo
para doce personas! Llam a Fortunata para que se fuera arreglando, y
acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los
madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que
trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el
cesto ms grande que en la casa haba.

Lo que doa Lupe llamaba el _menudo_ era excelente: riones salteados,
sesos, merluza o pajeles, si los haba, chuletas de ternera, filete a la
inglesa... Esto corra de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometi
a hacer una paella. A las ocho ya estaba doa Lupe de vuelta, y pareca
una plvora; tal era su actividad. Como que a las diez deban ir a la
Iglesia. Pero no, no ir, porque si voy, de fijo me hace Papitos algn
desaguisado. La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidi la
seora a asistir a la ceremonia.

Psose la novia su vestido de seda negro, y doa Lupe se empe en
plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que
s, que no. Pero la seora de D. Basilio haba trado el ramo y no se la
poda desairar. Como que era el mismo ramo que ella se haba puesto el
da de su boda. Fortunata estaba guapsima, y Papitos buscaba mil
pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque slo fuera un instante.
Esta s que no tiene algodn en la delantera pensaba.

La de Juregui se puso su _visita_ adornada con abalorio, y doa Silvia
se present con pauelo de Manila, lo que no agrad mucho a la viuda,
porque pareca boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo
nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y
en ella un alfiler con magnfica perla que haba sido de la marquesa de
Casa-Bojo. El bastn de roten y las enormes rodilleras de los calzones
le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorstico y tena una
baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba
diciendo: Hace un polvo atroz. Aquel da haca mucho calor y sequedad,
motivo sobrado para que mi hombre se luciera: Vaya una nevada que est
cayendo!. Estas gracias slo las rean doa Silvia y doa Lupe.

Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel da se puso por
primera vez. Extraaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo
vea en la sombra, parecale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de
casa, crea que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de
chisteras, la ms notable era la de D. Basilio Andrs de la Caa, que lo
menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo
Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al
sombrero por el lustre que tena. Nicols Rubn presentose menos
desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. Len.
_Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea_, y _Pseudo Narcissus odoripherus_
presentronse muy guapetones, de levitn, y alguno de ellos con guantes
acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le
dieron bromas, vindose ella apuradsima para contestarles. Por fin,
doa Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.

Fortunata tena la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera
mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sinti horrible
miedo. Figurbase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si
senta pasos, crea que eran los de l. La ceremonia verificose en la
sacrista, y dur poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los
smbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio
tiempo senta en s una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque
de la dignidad que entraba. La idea del seoro enderez su espritu,
que estaba como columna inclinada y prxima a perder el equilibrio.
Casada!, honrada o en disposicin de serlo! Se reconoca otra. Estas
ideas, que quizs procedan de un fenmeno espasmdico, la confortaron;
pero al salir volvi a sentirse acometida del miedo. Si por acaso el
enemigo se le apareca...! Porque Mauricia le haba dicho que rondaba,
que rondaba, que rondaba... Aqu de la Virgen! Pero qu cosas! Si
Mara Santsima protega ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la
poda echar de s. Cmo era posible que la Virgen defendiera el pecado?
Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no haba medio de
destruirlo.

De regreso a la casa, doa Lupe no caba en su pellejo; de tal modo se
creca y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya
recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con
doa Silvia; ya corra al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con
Papitos y con Patricia, y pareca que a la vez estaba en la cocina, en
la sala, en la despensa y en los pasillos. Creerase que haba en la
casa tres o cuatro viudas de Juregui funcionando a un tiempo. Su mente
se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera
mal. Pero si sala bien, qu triunfo! El corazn le lata con fuerza,
comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de
algodn pareca recibir tambin su parte de vida, palpitando y
permitindose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no
haba ido a la iglesia, pero que se haba unido a la comitiva al volver
de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entr en el comedor cuando
sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los
comensales, y cont... Me voy--dijo--, para no hacer trece. Algunos
protestaron de tal supersticin, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le
pareca esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo crea doa
Lupe; pero se guard muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que
le tena, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la
tranquilizadora cifra de doce.

Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata sigui muy
encogida, sin atreverse a hablar, o hacindolo con mucha torpeza cuando
no tena ms remedio. Tema no comer con bastante finura y revelar
demasiado su escasa educacin. El temor de parecer ordinaria era causa
de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser
pronunciadas. Doa Lupe, que la tena al lado, estaba al quite para
auxiliarla si fuera menester, y en los ms de los casos responda por
ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que deba
de decir.

A un tiempo notaron Fortunata y doa Lupe que Maximiliano no se senta
bien. El pobrecito quera engaarse a s mismo, hacindose el valiente;
mas al fin se entreg. T tienes jaqueca le dijo su ta. S que la
tengo--replic l con desaliento, llevndose la mano a los ojos--; pero
quera olvidarla a ver si no hacindole caso, se pasaba. Pero es intil;
no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitacin
de ayer, la mala noche, porque a las tres de la maana despert creyendo
que era la hora, y no volv a dormir.

Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigan al pobre jaquecoso
miradas de lstima y algunos le proponan remedios extravagantes.

Es mal de familia--observ Nicols--, y con nada se quita. Las mas
han sido tan tremendas, que el da que me tocaba, no poda menos que
compararme a San Pedro Mrtir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero
de algn tiempo a esta parte se me alivian con jamn.

--Cmo es eso?... aplicndose una tajada a la cabeza?

--No, hija... comindolo...--Ah!, uso interno...--Vale ms que te
retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento creca por
instantes.

Doa Lupe fue de la misma opinin, y Maximiliano pidi permiso para
retirarse, sindole concedido con otro coro de lamentaciones. El
almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levant para acompaar a su
marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de
abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de
las miradas de tanta gente. Maxi se ech en su cama; su mujer le arrop
bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un t. All
tropez con doa Lupe, que le dijo:

Primero es el caf. Ya lo estn esperando. Aydame, y luego hars el t
para tu marido. Lo que l necesita ms es descanso.

La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicols sobre el
carlismo, la guerra y su solucin probable, y se arm una gran
tremolina, porque intervinieron los farmacuticos, que eran atrozmente
liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada
procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo
con la bulla que hacan. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando,
teniendo la desposada que or los plcemes empalagosos que le dirigan,
confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le
daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vmitos y se
vio acometido de aquel hormigueo epilptico que era lo que ms le
molestaba. Al anochecer se empe en que se haba de ir a la nueva casa,
y su mujer y su ta no podan quitrselo de la cabeza.

Mira que te vas a poner peor. Duerme aqu, y maana....

--No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo ms malo pas ya.
Ahora el dolor est como indeciso, y dentro de media hora aparecer en
el lado derecho, dejndome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me
acuesto entre sbanas y all pasar lo que me resta.

Fortunata insista en que no se moviese, pero l se levant y se puso la
capa. No hubo ms remedio que emprender la marcha para la otra casa.

Ta--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de ludano. Cgelo t,
Fortunata, y llvalo. Cuando me meta en la cama, tratar de dormir, y
si no lo consigo, echars seis gotas, cuidado... seis gotas nada ms de
esta medicina en un vaso de agua, y me las dars a beber.

Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese fro,
llevronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco
lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al
atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata crey ver... jurara...
Le corri una exhalacin fra por todo el cuerpo. Pero no se atreva a
mirar para atrs con objeto de cerciorarse. Probablemente no era ms que
delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andrminas que
le haba contado Mauricia.

Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de
menos. Slo se hablan olvidado unas bujas y Patricia baj a traerlas.
Acostado Maxi, sucedi lo que se tema: que se puso peor, y vuelta a los
vmitos y a la desazn espasmdica. T no quieres hacer caso de m...
Cunto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ah tienes el
resultado de tu terquedad. Despus de expresar su opinin autoritaria
de esta manera, doa Lupe, viendo a su sobrino ms tranquilo y como
vencido del sopor, empez a dar instrucciones a Fortunata sobre el
gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que dispona. Por dar rdenes,
hasta le dijo lo que haba de mandar traer de la plaza al da
siguiente, y al otro y al otro. Y cuidado con dejar de tomarle la
cuenta a la muchacha, al cntimo, pues Torquemada dice que no la abona y
no hay que fiar... Si te falta algn cacharro en la cocina, no lo
compres; yo te lo comprar, porque a ti te clavan... Nada de comprar
petrleo en latas... el fuego me horripila. Desde maana vendr el
petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el da... Patatas y
jabn, una arroba de cada cosa. Cuidado cmo te sales de un diario de
diecisis reales todo lo ms... El da que sea conveniente un
extraordinario, me lo avisas... Yo ir con Papitos a la plaza de San
Ildefonso, y te traer lo que me parezca bien... A Maxi le pones maana
dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los dems das su
chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamber.
Papitos te la traer. Mucho ojo con este carnicero, que es ms ladrn
que Judas. Si tienes alguna cuestin con l, nmbrame a m y le vers
temblar.... Y por aqu sigui amonestando y apercibiendo con nfulas de
verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se march.

Seran las diez cuando la desposada se qued sola con su marido y con
Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso
apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidi, dejando or una
voz quejumbrosa que sala de entre las sbanas, y que por su tenuidad
no pareca corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogi el
cuenta gotas y acercando la luz prepar la pcima. En vez de siete gotas
no puso ms que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al
poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que
lo mismo poda ser de dolor que de irona.




--iv--


Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba;
encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud
traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y
las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los
tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que
permitan ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas
por los pasillos y por la sala, percibi rumor de voces. Si aplicara el
odo a la pared, oira quizs claramente; pero no se atrevi a
aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero,
vease otra ventana igual con visillos en los cristales. All luca una
lmpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras,
borrosas imgenes de personas, cuyas caras no se podan distinguir.

Despus de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la
criada preparando los trastos para el da siguiente. Era tan hacendosa y
tan corrida en el oficio, que la misma doa Lupe se sorprenda de verla
trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jess, sin
atropellarse. Pero a Fortunata le era antiptica por aquella amabilidad
empalagosa tras de la cual vislumbraba la traicin.

Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. Sabe
usted qu gente es esa del cuarto de al lado?.

--Seorita--replic la criada sin dejarla concluir--; como estoy aqu
desde el da antes de salir usted del convento, ya conozco a toda la
vecindad... sabe? En ese cuarto vive una seora muy fina que la llaman
doa Cirila. Su marido es no s qu del tren. Tiene una gorra con
galones y letras. Esta noche, cuando baj por las bujas, me encontr a
la vecina en la tienda y me pregunt por el seorito. Dijo que cualquier
cosa que se ofreciera... sabe? Es muy amable. Ayer entr aqu a ver la
casa, y yo pas a la suya... Dice que tiene muchas ganas de hacerle a
usted la visita.

--A m!--replic Fortunata sentndose en la silla de la cocina, junto a
la mesa de pino blanco--. Qu confianzudo est el tiempo! Y usted,
para qu se ha metido all, sin ms ni ms?... Qu saba usted si a m
me gustaba o no me gustaba entrar en relaciones...?

--Yo... seorita... calcul que...

--Nada, estoy vendida...--pens Fortunata--, y esta mujer es el mismo
demonio.

Un rato estuvo meditando, hasta que Patricia, mientras pona los
garbanzos de remojo, la sac de su abstraccin con estas maosas
palabras:

Djome doa Cirila que es usted muy linda, sabe?... que esta maana la
vio a usted en la iglesia y que le fue muy simptica. Ver usted, cuando
la trate, que tambin ella se deja querer. Dice que se alegrar mucho de
que usted pase a su casa cuando guste... con confianza, y que de noche
estn jugando a la brisca hasta las doce.

--Que pase yo all!... yo!

--Claro... y esta noche misma puede pasar, puesto que el seorito duerme
y no son ms que las diez... Digo, si quiere distraerse un rato.

Pero qu est usted diciendo? Distraerme yo!.

Fortunata se habra dejado llevar del primer impulso de clera, si en su
alma no hubiera nacido otro impulso de tolerancia, unido a cierta
relajacin de conciencia. Se call, y en aquel instante llamaron a la
puerta.

Llaman!... No abra usted, no abra usted dijo con presentimiento de
un cercano peligro.

--Por qu, seorita?... A qu esos miedos...? Mirar por el
ventanillo.

Y fue hacia el recibimiento. Desde la cocina oy Fortunata cuchicheo en
la puerta. Dur poco, y la criada volvi diciendo:

Los de al lado... la misma seorita Cirila fue la que llam. Nada; que
si tenamos por casualidad azucarillos... Le he dicho que no. Me
pregunt cmo segua el seorito. Le contest que duerme como un lirn.

Fortunata sali de la cocina sin decir nada, cejijunta y con los labios
temblorosos. Fue a la alcoba y observ a su marido que dorma
profundamente, pronunciando en su delirio opiceo palabras amorosas
entremezcladas con trminos de farmacia: dolo... De acetato de
morfina, un centigramo... Cielo de mi vida... Clorhidrato de amoniaco,
tres gramos... disulvase....

Volviendo a la cocina, mand a la criada que se acostase; pero la seora
Patria no tena sueo. Mientras la seorita no se acueste, para qu me
he de acostar yo? Podra ofrecerse algo. Y la muy picarona quera
entablar conversacin con su ama; mas esta no le responda a nada. De
pronto, el despierto odo de Fortunata, cuyo pensamiento estaba
reconcentrado en la trampa que a su parecer se le armaba, crey sentir
ruido en la puerta. Pareca como si cautelosamente probaran llaves
desde fuera para abrirla. Fue all muerta de miedo, y al acercarse ces
el ruido; ella no las tena todas consigo, y llam a Patria: Jurara
que alguien anda en la puerta... Pero qu, no ha echado usted el
cerrojo?.

Observ entonces que el cerrojo no estaba echado, y lo corri con mucho
cuidado para no hacer ruido.

Vaya, que si yo me fiara de usted para guardar la casa!... A ver,
atencin... No siente usted un ruidito como si alguien estuviera
tentando la cerradura?... Ve usted?, ahora empujan... qu es esto?.

--Seorita... sabe?, es el viento que rebulle en la escalera. No sea
usted tan medrosica...

Lo ms particular era que la misma Fortunata, al correr el cerrojo con
tanto cuidado, haba sentido, all en el ms apartado escondrijo de su
alma, un travieso anhelo de volverlo a descorrer. Podra ser ilusin
suya; pero crea ver, cual si la puerta fuera de cristal, a la persona
que tras esta, a su parecer, estaba... Le conoca, cosa ms rara!, en
la manera de empujar, en la manera de rasguar la fechadura en la manera
de probar una llave que no serva. Durante un rato, seora y criada no
se miraron. A la primera le temblaban las manos y le andaba por dentro
del crneo un barullo tumultuoso. La sirviente clavaba en la seora sus
ojos de gato, y su irnica sonrisa podra ser lo mismo el nico aspecto
cmico de la escena que el ms terrible y dramtico. Pero de repente,
sin saber cmo, criada y ama cruzaron sus miradas, y en una mirada
pareci que se entendieron. Patria le deca con sus ojuelos que
araaban: Abra usted, tonta, y djese de remilgos. La seora deca:
Le parece a usted bien que abra?... Cree usted que...?.

Pero a Fortunata la gan de sbito el decoro, y tuvo un rechazo de honor
y dignidad.

Si esto sigue--dijo--, despertar a mi marido. Ah!, ya parece que se
retira el ladrn, pues ladrn debe de ser....

Toc el cerrojo para cerciorarse de que estaba corrido, y se fue a la
sala. Patricia volvi a la cocina.

En todo caso, es demasiado pronto pens Fortunata sentndose en una
silla y ponindose a pensar. Fue como una concesin a las ideas malas
que con tanta presteza surgan de su cerebro, como salen del hormiguero
las hormigas, en larga procesin, negras y diligentes. Despus trat de
rehacerse de nuevo: Resueltamente, maana le digo a mi marido que la
casa no me gusta y que es preciso que nos mudemos. Y a esta sinvergenza
la planto en la calle.

Qu cosas pasan! De improviso, obedeciendo a un movimiento
irresistible, casi puramente mecnico y fatal, Fortunata se levant y
saliendo de la sala, se acerc a la puerta. En aquel acto, todo lo que
constituye la entidad moral haba desaparecido con total eclipse del
alma de la infortunada mujer; no haba ms que el impulso fsico, y lo
poco que de espiritual haba en ello, engabase a s mismo creyndose
simple curiosidad. Aplic el odo a la rejilla... Pues s, la persona,
el ladrn o lo que fuera, continuaba all. Instintivamente, como el
suicida pone el dedo en el gatillo, llev la mano al cerrojo; pero as
como el suicida, instintivamente tambin, se sobrecoge y no tira, apart
su mano del cerrojo, el cual tena el mango tieso hacia adelante como un
dedo que seala.

Entonces, por los huecos de la rejilla, de fuera adentro, penetraron
estas palabras adelgazadas por la voz, cual si hubieran de pasar por un
tamiz finsimo: Nena, nena... ahora s que no te me escapas.

Fortunata no hizo movimiento alguno. Se haba convertido en estatua.
Crea estar sola, y vio que Patria se acercaba pasito a pasito, pisando
como los gatos. No con el lenguaje, sino con aquella cara gatesca y
aquella boca que pareca que se estaba siempre relamiendo, deca:
Seorita, abra usted y no haga ms papeles. Si al fin ha de abrir
maana, por qu no abre esta noche?.

Como si esto hubiera sido expresado con la voz, con la voz respondi la
seora: No, no abro.

--Vaya por Dios... Largo y temeroso silencio sigui a esto. Despus
sintieron que se abra y se cerraba la puerta del cuarto vecino.
Fortunata respir. El _otro_, cansado de esperar, se retiraba.

Vaya por Dios repiti Patria, como si dijera: Tanto repulgo para
caerse luego....

Pasado un cuarto de hora, sintieron que se abra otra vez la puerta de
la izquierda. Corri Fortunata al ventanillo, mir con cuidado y... el
_otro_ sala embozado en su capa con vueltas encarnadas. La emocin que
sinti al verle fue tan grande, que se qued como yerta, sin saber dnde
estaba. Haca tres aos que no le haba visto... Observ un hecho muy
desagradable: al salir el tal, no haba mirado a la puerta de la
derecha, como pareca natural... Estaba enojado sin duda...

Y movida del mismo impulso mecnico, la seora de Rubn corri al balcn
de la sala, y abri quedamente la madera... En efecto, le vio atravesar
la calle y doblar la esquina de la de Don Juan de Austria. Tampoco haba
mirado para los balcones de la casa, como es natural mire el chasqueado
expugnador de una plaza, al retirarse de sus muros.

Patricia se permiti la confianza de poner su mano en el hombro de su
ama, dicindole:

Ahora s que nos podemos acostar. Qu susto hemos pasado!. Fortunata
le respondi: Susto yo?... quia!. Todo esto se deca con un
cuchicheo cauteloso, y lo mismo lo habran dicho aunque no hubiera all
un enfermo cuyo sueo haba que respetar. La criada se desliz
blandamente por los oscuros pasillos y el ama entr en la alcoba. Al ver
a su marido, sinti como si lo que est a cien mil leguas de nosotros se
nos pusiera al lado de repente. Maxi haba dado vueltas en el lecho y
dorma como los pjaros, con la cabeza bajo el ala. El mezquino cuerpo
se perda en la anchura de aquella cama tan grande, y all poda
pasearse en sueos el esposo como en los inconmensurables espacios del
Limbo.

La esposa no se acost, y acercando una butaca a la cama, y echndose en
ella, cerr los ojos. Y all de madrugada fue vencida del sueo, y se le
arm en el cerebro un penoso tumulto de cerrojos que se descorran, de
puertas que se franqueaban, de tabiques transparentes y de hombres que
se colaban en su casa filtrndose por las paredes.




--v--


A la maana siguiente, Maxi estaba mejor, pero rendidsimo. Daba lstima
verle. Su palidez era como la de un muerto; tena la lengua blanca,
mucha debilidad y ningn apetito.

Dironle algo de comer, y Fortunata opin que deba quedarse en la cama
hasta la tarde. Esto no le disgustaba a Maxi, porque senta cierto
alborozo infantil de verse en aquel lecho tan grandn y rodar por l. La
mujer le cuidaba como se cuida a un nio, y se haba borrado de su mente
la idea de que era un hombre.

Vino doa Lupe muy temprano, y enterada que Maxi estaba bien, empez a
dar rdenes y ms rdenes, y a incomodarse porque ciertas cosas no se
haban hecho como ella mandara. Iba de la sala a la cocina y de la
cocina a la sala, dictando reglas y pragmticas de buen gobierno. Maxi
se quejaba de que su mujer estaba ms tiempo fuera de la alcoba que en
ella, y la llamaba a cada instante.

Gracias a Dios, hija, que pareces por aqu. Ni siquiera me has dado un
beso. Qu da de boda, hija, y qu noche! Esta maldita jaqueca... pero
ya pas, y ahora lo menos en quince das no me volver a dar... Vamos!,
ya ests otra vez queriendo marcharte a la cocina. No est ah esa
seora Patria?.

--Ha ido a la compra. La que est es tu ta, por cierto dando
_tantismas_ rdenes, que no sabe una a cul atender primero.

--Pues djala. T, a todo di que s, y luego haces lo que quieras,
pichona. Ven ac... Que trabaje Patria; para eso est. Qu bien sirve!
verdad? Es una mujer muy lista.

--Ya lo creo...--Te vas de veras?--S, porque si no, tu ta me va a
echar los tiempos.

--Pues me gusta!... Entonces me levanto, y me voy tambin a la cocina.
Yo quiero estarte mirando hasta que me harte bien. Ahora eres ma; soy
tu dueo nico, y mando en ti.

--Vuelvo al momentito, rico...--Estos momentitos me cargan--dijo l
nadando en las sbanas como si fueran olas.

Toda la maana tuvo Fortunata el pensamiento fijo en la casa vecina.
Mientras almorzaba sola, miraba por la ventana del patio, pero no vio a
nadie. Pareca vivienda deshabitada. Siempre que pasaba por la sala
echaba la esposa de Rubn miradas furtivas a la calle. Ni un alma. Sin
duda la trampa se armaba slo por las noches.

A la tarde, hallndose sola con Patricia en la cocina, tuvo ya las
palabras en la boca para preguntarle: y los de al lado?. Pero no
despleg sus labios. Debi de penetrar la maldita gata aquella en el
pensamiento de su ama, pues como si contestara a una pregunta, le dijo
de buenas a primeras:

Pues ahorita, cuando baj a la carnicera, sabe?, encontreme a la
seorita Cirila. Me pregunt por el seorito, y dijo que pasara a verla
a usted, sin decir cundo ni cundo no.

--No me venga usted con cuentos de... esa familiona--contest Fortunata,
cuyo nimo estaba bastante aplacado para poder tomar aquella correcta
actitud--. Ni qu me importa a m... me entiende usted?

Maximiliano se levant, dio algunas vueltas; pero estaba tan dbil, que
tuvo que volver a acostarse. Ella, en tanto, segua observando. No se
oa en la vecindad ningn rumor. Por la noche igual silencio. Pareca
que a la doa Cirila, a su marido, el de la gorra con letras, y a los
amigos que les visitaban, se les haba tragado la tierra. Por la noche,
sinti Fortunata tristeza y desasosiego tan grandes, que no saba lo que
le pasaba. Se habra podido creer que la contrariaba el no ver a nadie
de la casa prxima, el no sentir pisadas, ni ruido de puertas, ni nada.
Maximiliano, que desde media tarde haba vuelto a nadar entre las
agitadas sbanas del lecho, y estaba tan impertinente como un nio
enfermo que ha entrado en la convalecencia, dijo a su consorte, ya cerca
de las diez, que se acostase, y esta obedeci; mas la repugnancia y
hasto que inundaban su alma en aquel instante eran de tal modo
imperiosos, que le cost trabajo no darlos a conocer. Y el pobre chico
no se encontraba en aptitud de expresarle su desmedido amor de otro modo
que por manifestaciones relacionadas exclusivamente con el pensamiento y
con el corazn. Palabras ardientes sin eco en ninguna concavidad de la
mquina humana, impulsos de cario propiamente ideales, y de aqu no
sala, es decir, no poda salir. Fortunata le dijo con expresin
fraternal y consoladora: Mira, durmete, descansa y no te acalores.
Anoche has estado muy malito, y necesitas unos das para reponerte.
Hazte cuenta que no estoy aqu, y a dormir se ha dicho. Si lo
tranquiliz, no se sabe; pero ello es que se qued dormida, y no
despert hasta las siete de la maana.

Maxi se qued ms tiempo en la cama, hartndose de sueo, aquel reparo
que su desmedrada constitucin reclamaba. Psose Fortunata a arreglar la
casa y mand a Patricia a la compra, cuando he aqu que entra doa Lupe
toda descompuesta: No sabes lo que pasa? Pues una friolera. Djame
sentar que vengo sofocadsima. Vaya que dan que hacer mis dichosos
sobrinos. Anoche han puesto preso a Juan Pablo. Ha venido a decrmelo
ahora mismo D. Basilio. Entraron los de la polica en la casa de esa
mujer con quien vive ahora, te vas enterando?, y despus de registrar
todo y de coger los papeles, trincaron a mi sobrino, y en el Saladero me
le tienes... Vamos a ver, y qu hago yo ahora? Francamente, se ha
portado muy mal conmigo; es un mal agradecido y un manirroto. Si slo se
tratara de tenerle unos das en la crcel, hasta me alegrara, para que
escarmiente y no vuelva a meterse donde no le llaman. Pero me ha dicho
D. Basilio que a todos los presos de anoche... han cogido a mucha
gente... les van a mandar nada menos que a las islas Marianas; y aunque
Juan Pablo se tiene bien merecido este paseo, francamente, es mi
sobrino, y he de hacer cuanto pueda para que le pongan en libertad.

Maxi, que oyera desde la alcoba algunas palabras de este relato, llam;
y doa Lupe lo repiti en su presencia, aadiendo:

Es preciso que te levantes ahora mismo y vayas a ver a todas las
personas que puedan interesarse por tu hermano, que bien ganado se tiene
el achuchn, pero qu le hemos de hacer!... T vers a D. Len Pintado,
para que te presente al Doctor Sedeo, el cual te presentar a D. Juan
de Lantigua, que aunque es un seor muy _neo_, tiene influencia por su
respetabilidad. Yo pienso ver a Casta Moreno para que interceda con D.
Manuel Moreno Isla, y este le hable a Zalamero, que est casado con la
chica de Ruiz Ochoa. Cada uno por su lado, beberemos los vientos para
impedir que le plantifiquen en las islas Marianas. Vistiose el joven a
toda prisa, y doa Lupe, en tanto, dispuso que no se hiciese almuerzo en
la cocina de Fortunata, y que esta y su marido almorzaran con ella, para
estar de este modo reunidos en da de tanto trajn. Maxi sali despus
de desayunarse, y su mujer y su ta se fueron a la otra casa. Por el
camino, doa Lupe deca: Es lstima que Nicols se haya ido a Toledo
hace dos das, pues si estuviera aqu, l dara pasos por su hermano, y
con seguridad le sacara hoy mismo de la crcel, porque los curas son
los que ms conspiran y los que ms pueden con el Gobierno... Ellos la
arman, y luego se dan buena maa para atarles las manos a los ministros
cuando tocan a castigar. As est el pas que es un dolor... todo tan
perdido... Hay ms miseria...!, y las patatas a seis reales arroba,
cosa que no se ha visto nunca.

Psose la viuda en movimiento con aquella actividad valerosa que le
haba proporcionado tantos xitos en su vida, y Fortunata y Papitos
quedaron encargadas de hacer el almuerzo. A la hora de este, volvi doa
Lupe sofocada, diciendo que Samaniego, el marido de Casta Moreno, se
hallaba en peligro de muerte y que por aquel lado no poda hacerse nada.
Casta no estaba en disposicin de acompaarla a ninguna parte. Tocara,
pues, a otra puerta, yndose derechita a ver al Sr. de Feijoo, que era
amigo suyo y haba sido su pretendiente, y tena gran amistad con don
Jacinto Villalonga, ntimo del Ministro de la Gobernacin. A poco lleg
don Basilio diciendo que Maxi no vena a almorzar. Ha ido con D. Len
Pintado a ver a no s qu personaje, y tienen para un rato.

Fortunata determin volverse a su casa, pues tena algo que hacer en
ella, y repitindole a Papitos las varias disposiciones dictadas por la
autcrata en el momento de su segunda salida, se puso el mantn y cogi
calle. No tena prisa y se fue a dar un paseto, recrendose en la
hermosura del da, y dando vueltas a su pensamiento, que estaba como el
To Vivo, dale que le dars, y torna y vira... Iba despacio por la calle
de Santa Engracia, y se detuvo un instante en una tienda a comprar
dtiles, que le gustaban mucho. Siguiendo luego su vagabundo camino,
saboreaba el placer ntimo de la libertad, de estar sola y suelta
siquiera poco tiempo. La idea de poder ir a donde gustase la excitaba
haciendo circular su sangre con ms viveza. Tradjose esta disposicin
de nimo en un sentimiento filantrpico, pues toda la calderilla que
tena la iba dando a los pobres que encontraba, que no eran pocos... Y
anda que andars, vino a hacerse la consideracin de que no senta
malditas ganas de meterse en su casa. Qu iba ella a hacer en su casa?
Nada. Convenale sacudirse, tomar el aire. Bastante esclavitud haba
tenido dentro de las Micaelas. Qu gusto poder coger de punta a punta
una calle tan larga como la de Santa Engracia! El principal goce del
paseo era ir solita, libre. Ni Maxi ni doa Lupe ni Patricia ni nadie
podan contarle los pasos, ni vigilarla ni detenerla.

Se hubiera ido as... sabe Dios hasta dnde. Miraba todo con la
curiosidad alborozada que las cosas ms insignificantes inspiran a la
persona salida de un largo cautiverio. Su pensamiento se gallardeaba en
aquella dulce libertad, recrendose con sus propias ideas. Qu bonita,
_verbi gracia_, era la vida sin cuidados, al lado de personas que la
quieren a una y a quien una quiere...! Fijose en las casas del barrio de
las Virtudes, pues las habitaciones de los pobres le inspiraban siempre
carioso inters. Las mujeres mal vestidas que salan a las puertas y
los chicos derrotados y sucios que jugaban en la calle atraan sus
miradas, porque la existencia tranquila, aunque fuese oscura y con
estrecheces, le causaba envidia. Semejante vida no poda ser para ella,
porque estaba fuera de su centro natural, Haba nacido para menestrala;
no le importaba trabajar _como el obispo_ con tal de poseer lo que por
suyo tena. Pero alguien la sac de aquel su primer molde para lanzarla
a vida distinta; despus la trajeron y la llevaron diferentes manos. Y
por fin, otras manos emperonse en convertirla en seora. La ponan en
un convento para moldearla de nuevo, despus la casaban... y tira y
dale. Figurbase ser una mueca viva, con la cual jugaba una entidad
invisible, desconocida, y a la cual no saba dar nombre.

Ocurriole si no tendra ella _pecho_ alguna vez, quera decir
iniciativa... si no hara alguna vez lo que le saliera _de entre s_.
Embebecida en esta cavilacin lleg al Campo de Guardias, junto al
Depsito. Haba all muchos sillares, y sentndose en uno de ellos,
empez a comer dtiles. Siempre que arrojaba un hueso, pareca que
lanzaba a la inmensidad del pensar general una idea suya, calentita,
como se arroja la chispa al montn de paja para que arda.

Todo va al revs para m... Dios no me hace caso. Cuidado que me pone
las cosas mal... El hombre que quise, por qu no era un triste albail?
Pues no; haba de ser seorito rico, para que me engaara y no se
pudiera casar conmigo... Luego, lo natural era que yo le aborreciera...
pues no seor, sale siempre la mala, sale que le quiero ms... Luego lo
natural era que me dejara en paz, y as se me pasara esto; pues no
seor, la mala otra vez; me anda rondando y me tiene armada una
trampa... Tambin era natural que ninguna persona decente se quisiera
casar conmigo; pues no seor, sale Maxi y... tras!, me pone en el
disparadero de casarme, y nada, cuando apenas lo pienso, bendicin al
canto... Pero es verdad que estoy casada yo?....




--vi--


Miraba el hueso del dtil que se acababa de comer, y como si el hueso le
dijera que s, hizo ella un signo afirmativo y algo desconsolado...
Vaya si lo estoy!. Quedose tan profundamente ensimismada, que olvid
dnde estaba. Pero levantndose de repente, ech a andar hacia abajo,
como los que llevan en el cerebro ese cascabel que se llama _idea fija_.
Haba subido la luenga calle con aires de paseante, distrada, alegre,
vago el mirar; bajbala como los monomaniacos. Al llegar frente a la
iglesia, sacola de este embebecimiento un ruido de pasos que sinti tras
s. Estos pasos son los suyos--pens--; pues lo que es yo no miro para
atrs. Qu har? Aprisita, aprisita.

La curiosidad pudo ms que nada y Fortunata mir; no era. Ms adelante
sinti otra vez pasos persistentes y vio una sombra que se extenda por
la calle, paralela a su sombra. Aquel s era... Mirara? No; ms vala
no darse por entendida... Por fin, la pcara curiosidad... Mir y
tampoco era. Al llegar a su casa estaba ms tranquila. Cuando Patria
abri la puerta, le pregunt: Ha venido alguien? El seorito
est?....

--El seorito no viene hasta la noche. Mand un recado para que no le
esperase usted.

Y la taimada gata se sonrea de un modo tan zalamero, que Fortunata no
pudo menos de preguntarle: Quin est ah?.

Volvi a sonrer Patricia con infernal malicia, y... Qu... pero
qu...? balbuci la seora acercndose de puntillas a la puerta de la
sala. Empujola suavemente hasta abrir un poquito. No vea nada. Abri
ms, ms... Estaba plida como si se hubiera quedado sin sangre... Abri
ms... acabramos. En el sof de la sala, tranquilamente sentado...
Dios!, _el otro_. Fortunata estuvo a punto de perder el conocimiento.
Le pas un no s qu por delante de los ojos, algo como un velo que baja
o un velo que sube. No dijo nada. l, plido tambin, se levant y dijo
claramente: Adelante, _nena_.

Fortunata no daba un paso. De repente (el demonio explicara aquello),
sinti una alegra insensata, un estallido de infinitas ansias que en su
alma estaban contenidas. Y se precipit en los brazos del Delfn,
lanzando este grito salvaje: Nene!... bendito Dios!.

Olvidados de todo, los amantes estuvieron abrazados largo rato. La
prjima fue quien primero habl, diciendo: Nene, me muero por ti....

Ven ac dijo Santa Cruz cogindola por una brazo. Dejbase llevar
ella, como la cosa ms natural del mundo. Franquearon la puerta de la
casa, que estaba abierta. Y la del cuarto de la izquierda, qu
casualidad!, abierta tambin.

Luego que pasaron, alguien cerr. En aquella morada reinaba una
discrecin alevosa. Juan la llev a una salita muy bien puesta, junto a
la cual haba una alcoba perfectamente arreglada. Sentronse en el sof
y se volvieron a abrazar. Fortunata estaba como embriagada, con cierto
desvaro en el alma, perdida la memoria de los hechos recientes. Toda
idea moral haba desaparecido como un sueo borrado del cerebro al
despertar; su casamiento, su marido, las Micaelas, todo esto se haba
alejado y pustose a millones de leguas, en punto donde ni aun el
pensamiento lo poda seguir. Su amante le dijo con simptica voz:
cunto tenemos que hablar! y a ella le entr una risa convulsiva, que
difcilmente poda expresarse: Ji ji ji... tres aos!... no, ms aos,
ms porque ji ji ji... Ves cmo tiemblo? No s lo que me pasa... pues
s, ms tiempo, porque cuando estuve aqu con ji ji ji... _Jurez el
Negro_, te vi y no te vi... y siempre l delante, y un da que le dije
que te quera, sac un cuchillo muy grande, ji ji ji... y me quiso
matar... Yo murindome por hablarte y l que no... que no... Nuestro
_nenn_ muerto, y yo ms muerta, ji ji; y en Barcelona me acordaba de ti
y te mandaba besos por el aire, y en Zaragoza... besos por el aire... ji
ji, y en Madrid lo mismo. Y cuando me metieron en el convento,
tambin... ji ji ji... besos por el aire... y t sin acordarte de m,
malo....

--Sin acordarme! Desde que volv de Valencia te estoy dando caza... Lo
que he pasado, hija! Ya te contar. Y al fin te he cogido... ah, buena
pieza! Ahora me las pagars todas juntas... Cunto me has hecho
sufrir!... Ms maldiciones le he echado a ese dichoso convento...! Pero
qu guapa ests, nena.

--_Chi_.

--Ests hermossima.--_Chi_... para ti.

El fro aquel de fiebre se troc de improviso en calor violentsimo, y
la risa convulsiva en explosin de llanto.

No es da de llorar, sino de estar alegre.

--Sabes de qu me acuerdo? De mi _nenn_ tan gracioso... Si hubiera
vivido, le habras querido t, verdad? Me parece que le veo, cuando se
le llevaron en la cajita azul... Aquella misma noche fue cuando Jurez
el Negro me sac un cuchillote tan grande, y me dijo con aquel vocerrn:
Brr... son las ocho; reza lo que tengas que rezar, porque antes de las
nueve te mato. Estaba furioso de celos... Ay, qu miedo tan atroz!

--Cunto tenemos que contar!... yo a ti, t a m. Ya s que te has
casado. Has hecho bien.

Este _has hecho bien_ le cay a la prjima como una gota fra en el
corazn, trayndola bruscamente a la realidad. Enjugando sus lgrimas,
se acord de Maxi, de su boda; y su casa, que se haba alejado cien
millas de leguas, se puso all, a cuatro pasos, fnebre y antiptica. El
rechazo de su alma ante este fenmeno le sec en un instante todas las
lgrimas.

Y por qu hice bien?.

--Porque as eres ms libre y tienes un nombre. Puedes hacer lo que
quieras, siempre que lo hagas con discrecin. He odo que tu marido es
un buen chico, que ve visiones...

Al or esto, vio Fortunata levantarse en su espritu la imagen ideal, o
ms bien, el espectro de su perversidad. Lo que acababa de hacer era de
lo que apenas tiene nombre, por lo muy extraordinario y anormal, en el
registro de las maldades humanas. El lugar, la ocasin daban a su acto
mayor fealdad, y as lo comprendi en un rpido examen de conciencia;
pero tena la antigua y siempre nueva pasin tanto empuje y lozana, que
el espectro huy sin dejar rastro de s. Se consideraba Fortunata en
aquel caso como ciego mecanismo que recibe impulso de sobrenatural mano.
Lo que haba hecho, hacalo, a juicio suyo, por disposicin de las
misteriosas energas que ordenan las cosas ms grandes del universo, la
salida del Sol y la cada de los cuerpos graves. Y ni poda dejar de
hacerlo, ni discuta lo inevitable, ni intentaba atenuar su
responsabilidad, porque esta no la vea muy clara, y aunque la viese,
era persona tan firme en su direccin, que no se detena ante ninguna
consecuencia, y se _conformaba_, tal era su idea, _con ir al infierno_.

Esto de alquilar la casa prxima a la tuya--dijo Santa Cruz--, es una
calaverada que no puede disculparse sino por la demencia en que yo
estaba, nia ma, y por mi furor de verte y hablarte. Cuando supe que
habas venido a Madrid, me entr un delirio...! Yo tena contigo una
deuda del corazn, y el cario que te deba me pesaba en la conciencia.
Me volv loco, te busqu como se busca lo que ms queremos en el mundo.
No te encontr; a la vuelta de una esquina me acechaba una pulmona para
darme el estacazo... ca.

--Pobrecito mo!... Lo supe, s. Tambin supe que me buscaste. Dios te
lo pague! Si lo hubiera sabido antes, me habras encontrado.

Esparci sus miradas por la sala; pero la relativa elegancia con que
estaba puesta no la afect. En miserable bodegn, en un stano lleno de
telaraas, en cualquier lugar subterrneo y ftido habra estado
contenta con tal de tener al lado a quien entonces tena. No se hartaba
de mirarle.

Qu guapo ests!.

--Pues y t? Ests preciossima!... Ests ahora mucho mejor que antes.

--Ah!, no--repuso ella con cierta coquetera--. Lo dices porque me he
civilizado algo? Quia!, no lo creas: yo no me civilizo, ni quiero; soy
siempre pueblo; quiero ser como antes, como cuando t me echaste el
lazo y me cogiste.

--Pueblo!, eso es--observ Juan con un poquito de pedantera--; en
otros trminos: lo esencial de la humanidad, la materia prima, porque
cuando la civilizacin deja perder los grandes sentimientos, las ideas
matrices, hay que ir a buscarlos al bloque, a la cantera del pueblo.

Fortunata no entenda bien los conceptos; pero alguna idea vaga tena de
aquello.

Me parece mentira--dijo l--, que te tengo aqu, cogida otra vez con
lazo, fierecita ma, y que puedo pedirte perdn por todo el mal que te
he hecho....

--Quita all... perdn!--exclam la joven anegndose en su propia
generosidad--. Si me quieres, qu importa lo pasado?

En el mismo instante alz la frente, y con satnica conviccin, que
tena cierta hermosura por ser conviccin y por ser satnica, se dej
decir estas arrogantes palabras:

Mi marido eres t... todo lo dems... papas!.

Elstica era la conciencia de Santa Cruz, mas no tanto que no sintiera
cierto terror al or expresin tan atrevida. Por corresponder, iba l a
decir _mi mujer eres t_; pero envain su mentira, como el hombre
prudente que reserva para los casos graves el uso de las armas.




--vii--


Ya de noche pas Fortunata a su casa. Su marido no haba llegado an.
Mientras le esperaba, la pecadora volvi a ver el espectro aquel de su
perversidad; pero entonces le vio ms claro, y no pudo tan fcilmente
hacerle huir de su espritu. Me han engaado--pensaba--, me han llevado
al casorio, como llevan una res al matadero, y cuando quise recordar, ya
estaba degollada... Qu culpa tengo yo?. La casa estaba a oscuras y
encendi luz. Al arrojar la cerilla en el suelo, esta cay encendida, y
Fortunata la mir con vivo inters, recordando una de las supersticiones
que le haban enseado en su juventud. Cuando la cerilla cae
prendida--se dijo--y con la llama vuelta para una, buena suerte.

Maxi entr cansado y meditabundo; pero al ver a su mujer se puso alegre.
Todo un da sin verla! Le haba trado un paquete de rosquillas. Y
Juan Pablo? Al fin se arreglara todo. Seguramente no iba a las islas
Marianas, pero quizs le tendran en el Saladero quince o veinte das.
Y merecido, hija. Para qu se mete a buscarle el pelo al huevo?.

Mientras comieron, Fortunata contemplaba a su marido, ms que en la
realidad, en s misma, y de este examen surga un tedio abrumador, y la
antipata de marras, pero tan agrandada, tanto, que ya no caba ms. Y
la perversa no trat de combatir aquel sentimiento; se recreaba en l
como en una monstruosidad que tiene algo de seductora.

Alma ma--le dijo su marido cuando acababan de comer--, veo con gusto
que no te falta apetito. Quieres que nos vayamos ahora a un caf?.

--No--replic ella secamente--. Estoy rendidsima. No ves que se me
cierran los prpados? Lo que quiero es dormir.

--Bueno, mejor; yo tambin lo deseo.

Acostronse, y el tiempo que an estuvo despierta empleolo Fortunata en
hacer comparaciones. El cuerpo desmedrado de Maxi le produca, al tocar
el suyo, crispamientos nerviosos. Y tambin se dio a pensar en lo
molesto y difcil que era para ella tener que vivir dos vidas
diferentes, una verdadera, otra falsa, como las vidas de los que
trabajan en el teatro. A ella le era muy difcil representar y fingir,
por lo que su tormento se creca considerablemente. No podr, no
podr--pensaba al dormirse--hacer esta comedia mucho tiempo. A la
madrugada despert despus de un profundsimo y reparador sueo, y
entonces le dio por llorar, haciendo clculos, representndose con gran
poder de la mente escenas probables, y condolindose de no poder ver a
su amante a todas horas.

En los siguientes das, las escapadas al cuarto vecino tenan lugar a
horas varias, cuando Maxi sala. Iba a estudiar con un amigo para tomar
el grado, y adems sola ir a la farmacia de Samaniego. Ya estaba
acordado que tendra plaza en el establecimiento. Aunque sus ausencias
eran seguras, ambos criminales determinaron poner el nido ms lejos. En
tanto, Patricia haca lo que le daba la gana. Las disposiciones de
Fortunata y aun de la misma doa Lupe eran letra muerta. Robaba
descaradamente, y su ama no se atreva a reprenderla. Santa Cruz, que
era el autor de todo aquel fregado, no saba cmo arreglarlo, cuando su
amiga le consultaba. El plan ms prudente era tomar otro cuarto y
despedir luego a Patricia, dndole una buena propina para que se
callara.

Algunos das el Delfn ofreca regalos y dinero a su amante; pero esta
no quera tomar nada. Se le haba encajado en la cabeza una mana
estrambtica, de que ambos se rean mucho, cuando ella la contaba. Pues
la mana era que Juanito _no deba_ ser rico. Para que las cosas fueran
en regla, _deba_ ser pobre, y entonces ella trabajara _como una negra_
para mantenerle. Si t hubieras sido albail, carpintero o, pongo por
caso, celador del resguardo, otro gallo me cantara.--Vaya por dnde te
ha dado ahora.--Y nada ms. No haba medio de quitarle de la cabeza
aquella correccin de las obras de la Providencia.

En resumidas cuentas--le deca l--, eres una inocentona. Pero, di, no
te gusta el lujo?.

--Cuando no estoy contigo, me gusta algo, no mucho. Nunca me he chiflado
por los trapos. Pero cuando te tengo, lo mismo me da oro que cobre; seda
y percal todo es lo mismo.

--Hblame con franqueza. No necesitas nada?

--Nada; me lo puedes creer.--Ese alma de Dios te da todo lo que
necesitas?.--Todo; me lo puedes creer.--Quiero regalarte un
vestido.--No me lo pondr.--Y un sombrero.--Lo convertir en
espuerta.--Has hecho voto de pobreza?.--Yo no he hecho voto de
nada. Te quiero porque te quiero, y no s ms.

Nada, enteramente primitiva pensaba el Delfn, el bloque del pueblo,
al cual se han de ir a buscar los sentimientos que la civilizacin deja
perder por refinarlos demasiado.

Un da hablaban de Maximiliano. Infeliz chico!--deca Fortunata--, el
odio que le he tomado, no es odio verdadero sino lstima. Siempre me fue
muy antiptico. Me dej meter en las Micaelas y me dej casar... Sabes
t cmo fue todo eso?, pues como lo que cuentan de que _manetizan_ a una
persona y hacen de ella lo que quieren; lo mismito. Yo, cuando no se
trata de querer, no tengo voluntad. Me traen y me llevan como una
mueca... Y ahora, crete que me entran remordimientos de engaar a ese
pobre chico. Es un angeln sin pena ni gloria. Danme ganas a veces de
desengaarle, y la verdad... Porque lo que es acariciarle, no puedo, se
me resiste, no est en mi natural. Le pido a la Virgen que me d fuerzas
para cantar claro.

--A la Virgen!... pero t crees?...--dijo Santa Cruz pasmado, pues
tena a Fortunata por heterodoxa.

--Pues no he de creer? Lo que me aconseja la Virgen siempre que le rezo
con los ojos cerrados, es que te quiera mucho y me deje querer de ti...
La tienes de tu parte, chiquillo... De qu te espantas? Pues digo; yo
le rezo a la Virgen y ella me protege, aunque yo sea mala. Quin sabe
lo que resultar de aqu, y si las cosas se volvern algn da lo que
_deben_ ser! Y si te hablo con franqueza, a veces dudo que yo sea
mala... s, tengo mis dudas. Puede que no lo sea. La conciencia se me
vuelve ahora para aqu, despus para all; estoy dudando siempre, y al
fin me hago este cargo: _querer a quien se quiere no puede ser cosa
mala_.

--Oye una cosa--dijo el Delfn, que se recreaba en las singularsimas
nociones de aquel espritu--. Y si tu marido descubriera esto y me
quisiera matar?

--Ay!, no me lo digas... ni en broma me lo digas. Me tiraba a l como
una leona y le destrozaba... Ves cmo se coge un langostino y se le
arrancan las patas, y se le retuerce el corpacho y se le saca lo que
tiene dentro?, pues as.

--Pero vamos a ver, nena: No me guardas rencor por haberte abandonado,
dejndote en la miseria, con tus _vsperas_ de chiquillo y en poder de
_Jurez el Negro_?

--Ningn rencor te guardo: Entonces estaba rabiosa. La rabia y la
miseria me llevaron con _Jurez el Negro_. Creers lo que te voy a
decir? Pues me fui con l por lo mucho que le aborreca. Cosa rara,
verdad?... Y como no tena un triste pedazo de pan que llevar a la
boca, y l me lo daba, ah tienes... Yo dije: me vengar yndome con
este animal. Cuando tuve a mi nio, me consolaba con l; pero luego se
me muri; y cuando revent Jurez, como yo me pens que ya no me
queras, dije: pues ahora me vengar siendo todo lo mala que pueda.

--Pero qu ideas tienes t de las maneras de tomar venganza?

--No me preguntes nada... no s... Vengarse es hacer lo que no se
debe... lo ms feo, lo ms...

--Y de quin te vengas as, criatura?

--Pues de Dios, de... de qu s yo... no me preguntes, porque para
explicrtelo, tendra que ser sabia como t, y yo no s jota, ni aprendo
nada, aunque doa Lupe y las monjas, frota que frota, me hayan sacado
algn lustre... ensendome a no decir tanto disparate.

Santa Cruz estuvo un gran rato pensativo.

Un da hablaron tambin de Jacinta... No gustaba Juan que la
conversacin fuese llevada a este terreno; pero Fortunata, siempre que
tena ocasin, base a l derecha. A sus preguntas, contestaba el otro
evasivamente.

Mira, nena; deja a mi mujer en su casa.

--Pues asegrame que no la quieres.

--La quiero, s... a qu engaarte?... pero de una manera muy distinta
que a ti. Le guardo todas las consideraciones que ella se merece,
porque... no puedes figurarte lo buena que es.

Fortunata sigui inquiriendo con molesta curiosidad todo lo que quera
saber respecto a la intimidad de los esposos; pero el otro se escurra
gallardamente, dejando a salvo, hasta donde era posible en aquel
criminal coloquio, la personalidad sagrada de su mujer.

La pobrecilla--dijo al fin--, tiene una pasin que la domina, mejor
dicho, una mana que la trae trastornada.

--Qu es?--La mana de los hijos. Dios no quiere y ella se empea en
que s. De la pena que le causa su esterilidad, se ha desmejorado, ha
enflaquecido, y hace algn tiempo que se est llenando de canas. Es ya
pasin de nimo. Te enteraste de lo que pas? Pues le dieron el gran
timo. Tu to Jos Izquierdo, de compinche con otro loco, le hizo creer
que un chiquillo de tres aos que consigo tena, era nuestro Juann. Mi
mujer perdi la chaveta, quiso adoptarlo y nada menos que llevrnoslo a
casa. Por pronto que se descubri el enredo, no se pudo evitar que tu
to le estafase seis mil reales.

--_Tie_ gracia. Ya saba yo esa historia. El nio ese debe de ser el de
Nicolasa, la entenada del to Pepe. Naci seis das despus que el
nuestro, y era hijo de uno que encenda los faroles del gas... Pero no
comprendo una cosa. A m me parece que tu mujer deba de querer a ese
nene por creerlo tuyo y aborrecerlo por ser de otra madre. Yo juzgo por
m.

--Calla, tonta, mi mujer se vuelve loca por todos los nios del
universo, sean de quien fueren. Y al supuesto Juann, bastara que le
tuviera por mo, para que le adorara. Ella es as; si no tienes t idea
de lo buena que es. Pues si pariera...! Santo Cristo, no quiero
pensarlo. De seguro perda el juicio, y nos lo haca perder a todos.
Querra a mi hijo ms que a m y ms que al mundo entero.

Quedose Fortunata, al or esto, risuea y pensativa. Qu estaba
tramando aquella cabeza llena de extravagancias? Pues esto:

Escucha, nenito de mi vida, lo que se me ha ocurrido. Una gran idea;
vers. Le voy a proponer un trato a tu mujer. Dir que s?.

--Veamos lo que es.--Muy sencillo. A ver qu te parece. Yo le cedo a
ella un hijo tuyo y ella me cede a m su marido. Total, cambiar un nene
chico por el nene grande.

El Delfn se ri de aquel singular convenio, expresado con cierto
donaire.

--Dir que s?... Qu crees t?--pregunt Fortunata con la mayor buena
fe, pasando luego de la candidez al entusiasmo para decir:

--Pues mira, t te reirs todo lo que quieras; pero esto es una gran
idea.

El ilustrado joven se zambull en un mar de meditaciones.




--viii--


Las visitas a la casa de Cirila prosiguieron durante dos semanas; pero
bien se demostr en la prctica que aquello no poda seguir, y tomaron
otro cuarto. Patricia se haba hecho insoportable, y doa Lupe,
descolgndose en la casa a horas intempestivas, llevada de su afn de
mangonear, dificultaba las escapatorias de su sobrina. En tanto,
Fortunata no trataba a Maximiliano desconsideradamente; pero su frialdad
sera capaz de helar el fuego mismo. Habra preferido l mil veces que
su mujer le tirase los trastos a la cabeza, a que le tratara con aquella
cortesa desdeosa y glacial. Rarsima vez se daba el caso de que ella
le hiciese una caricia; para obtenerla, tena Maxi que echarle
memoriales, y lo que lograba era como limosna. Es que Fortunata no
serva para cortesana, y sus fingimientos eran tan torpes que daba
lstima verla fingir.

El joven farmacutico tena momentos de horrible tristeza, y cavilaba
mucho. De tal estado pas a la observacin, desarrollndosele esta
facultad de un modo pasmoso. Siempre que estaba en casa, no quitaba los
ojos de su mujer, estudindole los movimientos, las miradas, los pasos y
hasta el respirar. Cuando coman, le examinaba la manera de comer;
cuando estaban en el lecho, la manera de dormir.

Fortunata no le miraba nunca. Este hecho, cuidadosamente observado,
produjo en el infeliz muchacho indecible melancola. Haber comprado
aquellos ojos con su mano, su honra y su nombre para que se empleasen en
mirar a una silla antes que en mirarle a l! Esto era tremendo, pero
tremendo, y cierto da agit su alma un furor insano; mas no quiso
manifestarlo, y lo desahog a solas mordindose los puos.

Por qu no me miras? le pregunt una noche, con semblante ceudo.

--Porque... No dijo ms; se comi el resto de la frase. Dios sabe lo que
iba a decir.

Beba los vientos el desgraciado chico por hacerse querer, inventando
cuantas sutilezas da de s la mana o enfermedad de amor. Indagaba con
febril examen las causas recnditas del agradar, y no pudiendo conseguir
cosa de provecho en el terreno fsico, escudriaba el mundo moral para
pedirle su remedio. Imagin enamorar a su esposa por medios
espirituales. Hallbase dispuesto, l que ya era bueno, a ser santo, y
haca estudio de lo que a su mujer le era grato en el orden del
sentimiento para realizarlo como pudiera. Gustaba ella de dar limosna a
cuantos pobres encontrase; pues l dara ms, mucho ms. Ella sola
admirar los casos de abnegacin; pues l se buscara una coyuntura de
ser heroico. A ella le agradaba el trabajo; pues l se matara a
trabajar. De este modo devastaba el infeliz su alma, arrancando todo lo
bueno, noble y hermoso para ofrecrselo a la ingrata, como quien tala un
jardn para ofrecer en un solo ramo todas las flores posibles.

Ya no me quieres--le dijo un da con inmensa tristeza--, ya tu corazn
vol, como el pajarito a quien le dejan abierta la jaula. Ya no me
quieres.

Y ella le responda que s; pero de qu manera! Ms vala que dijese
terminantemente que no. Por qu te vas tan lejos de m? Parece que te
causo horror. Cuando entro, te pones seria; cuando crees que no me fijo
en ti, ests ensimismada y te sonres como si en espritu hablaras con
alguien.

Otra cosa le mortificaba. Cuando salan juntos a paseo, todo el mundo se
fijaba en Fortunata, admirando su hermosura; luego le miraban a l.
Supona Maxi que todos hacan la observacin de que no era l hombre
para tal hembra. Algunos se permitan examinarle de una manera
insolente. Si iban al caf, estaban poco tiempo, porque los amigos se
enracimaban alrededor de Fortunata sin hacer maldito caso de su marido,
y este tragaba mucha bilis. Lo que desorientaba ms a Maxi era que ella
no _tomaba varas_ con nadie, y siempre que l deca _vmonos_, estaba
dispuesta a retirarse.

Buscaba el farmacutico algo en qu fundar las conjeturas que empezaban
a devorarle, y no lo encontraba. Ide consultar el caso con su ta; pero
no quiso dar su brazo a torcer, y temblaba de que doa Lupe le dijese:
Ves?, por no hacer caso de m!. Celos! Y de quin? Fortunata
mostrbase con todos tan fra como con l. Sola esparcir
melanclicamente sus miradas por la calle, entre el gento, sin fijarse
en nadie, cual si buscaran a alguien que no quera dejarse ver. Y
despus las miradas volvan a s misma con mayor tristeza.

Tambin atormentaban al joven los elogios que sus amigos le hacan de
ella. Qu mujer te tienes! le deca _Pseudo-Narcissus odoripherus_.
Y _Quercus gigantea_ le silbaba en el odo estas fnebres palabras: Es
mucha hembra para ti, barbin. ndate con mucho ojo.

Pero doa Lupe le infunda ideas optimistas. Pareca mentira! La
perspicaz, la sabia y experimentada seora de Juregui dijo ms de una
vez a su sobrino: Qu trabajadora es tu mujer! Siempre que vengo aqu
me la encuentro planchando o lavando. Francamente, no cre... Te
ayudar, te ayudar. Y luego tan calladita... Hay das que no le oigo el
metal de voz.

Con unas cosas y otras, el pobre chico apenas poda estudiar, y con
mucho trabajo se preparaba para la licenciatura. El asunto de su
colocacin se haba resuelto ya, porque habiendo fallecido Samaniego a
fines de Octubre, su viuda organiz el personal de la botica, dando una
plaza a Maximiliano. Se convino entre doa Casta Moreno y doa Lupe que
cuando el chico tomara el grado, se le fijara sueldo, y que pasado un
ao de prctica, tendra participacin en las ganancias. Por el lado
econmico todo iba a pedir de boca, porque mientras llegaba el da de
ganar con su profesin, poda vivir bien con la corta renta de la
herencia. Lo malo era que desde que ingresara en la botica, serale
preciso ausentarse de su casa das enteros, y esto le pona en ascuas.
Ocurrisele entonces lo que se le ocurre a cualquier celoso, salir un
da, diciendo que iba a la farmacia, y volver en seguida. Hzolo una
vez, y no sorprendi nada: Fortunata estaba en la cocina. Repiti la
treta, y lo mismo: estaba cosiendo. A la tercera, Fortunata haba
salido. Dos horas despus entr, trayendo un paquete en la mano. Que
de dnde vengo? Pues de comprar unas cosillas. No me dijiste que
queras una corbata? Mrala.

Una noche entr Maximiliano bastante excitado. Le tom la mano a su
mujer, y hacindola sentar a su lado, le dijo a boca de jarro: Hoy he
conocido a ese pillo que te deshonr.

Fortunata se qued como muerta.

Pues qu... no est enfermo?.

Se le escap esta espontaneidad, y cuando quiso contenerla ya era tarde.
Haca una semana que Santa Cruz no iba a las citas, y le haba enviado,
por medio de Cirila, un recadito. Se haba cado del caballo en la Casa
de Campo, estropendose ligeramente un brazo.

Enfermo?--dijo Maxi, clavando en ella sus ojos de iluminado--. En
efecto, tena un brazo en cabestrillo. Pero t por dnde sabes...?.

--No, no, yo no saba nada--replic Fortunata enteramente aturdida.

--T lo has dicho!--exclam Rubn con la mirada terrorfica--. Por
dnde lo sabes?

La prjima se puso como la grana; despus volvi a palidecer. Buscaba
una salida de aquel compromiso, y al fin la encontr: Ah!.

--Qu?--Dices que cmo lo s, tontn?... Pues muy sencillo. Si lo
traa el peridico... Tu ta lo ley anoche. Mira, aqu est: que se
cay del caballo paseando por la Casa de Campo.

Y recobrando su serenidad, revolvi en la mesa y cogi _El Imparcial_
que, en efecto, traa la noticia: Mira... lo ves?... convncete.

Maxi, despus de leer, sigui diciendo: Le vi en el Saladero; all
debiera estar ese canalla toda su vida. Olmedo, que iba conmigo, me le
ense. Fue a ver a mi hermano; l iba a visitar a un tal Moreno Vallejo
que tambin est preso por conspirar. Y el tal Santa Cruz es de lo ms
cargante...!.

Fortunata se tapaba la cara con el peridico, fingiendo que lea. Maxi
le arrebat el papel de un manotazo.

Te has quedado as como... estupefacta.

--Djame en paz--replic ella con un despego que a su marido le lleg al
alma.

--Qu modales, hija! Ya ni consideracin.

Fortunata pareca que tena sellada la boca. Comieron sin chistar; l se
puso luego a estudiar y ella a coser, sin que el fnebre silencio se
rompiera. Acostronse, y lo mismo. Ella volvi la espalda a su marido,
insensible a los suspiros que daba. Desvelados estuvieron ambos largo
rato, cada cual por su lado, muy cerca materialmente uno de otro, pero
en espritu Fortunata se haba ido a los antpodas.

Dos o tres das despus, volviendo del Saladero, a donde fue para decir
a su hermano que pronto le soltaran, vio Maximiliano a Santa Cruz
guiando un faetn por la calle de Santa Engracia arriba. Ya tena el
brazo bueno. Mir a Maxi, y este le mir a l. Desde lejos, porque el
coche iba bastante a prisa, observ Rubn que este entraba por la calle
de Raimundo Lulio. Pasara luego a la de Sagunto? Nunca como en aquel
momento sinti el exaltado chico ganas de tener alas. Apresur el paso
todo lo que pudo, y al llegar a su calle... Dios!... lo que se tema...
Fortunata en el balcn, mirando por la calle del Castillo hacia el paseo
de la Habana, por donde seguramente haba seguido el coche. Subi el
joven farmacutico tan rpidamente la escalera, que al llegar arriba no
poda respirar. Es que para ser celoso se necesitan buenos pulmones.
Cayose ms bien que se sent en una silla, y su mujer y Patricia
acudieron a l creyendo que le daba algn accidente. No poda hablar y
se golpeaba la cabeza con los puos. Cuando su mujer se qued sola con
l sinti Rubn que aquella furibunda clera se trocaba en un dolor
cobarde. El alma se le desgajaba y sacuda resistindose a albergar en
su seno la ira. Los ojos se le llenaron de lgrimas, las rodillas se le
doblaron. Cayendo a los pies de su mujer, le besuque las manos. Ten
piedad de m--le dijo con afliccin ms de nio que de hombre--. Por tu
vida... la verdad, la verdad. Ese seor... t esperndole... l pasaba
por verte. T no me quieres, t me ests engaando... le quieres otra
vez... le has visto en alguna parte. La verdad... Ms quiero morirme de
pena que de vergenza. Fortunata, yo te saqu de las barreduras de la
calle, y t me cubres a m de fango. Yo te di mi honor limpio, y me lo
devuelves sucio. Yo te di mi nombre, y haces de l una caricatura. El
ltimo favor te pido... la verdad, dime la verdad.




--ix--


Fortunata movi la lengua y agit los labios. En la punta de aquella
tena la verdad, y por instantes dud si soltarla o meterla para
adentro. La verdad quera salir. Las palabras se alinearon mudas y
decan: S, es cierto que te aborrezco. Vivir contigo es la muerte. Y a
l le quiero ms que a mi vida. La batalla fue breve, y Fortunata
volvi la terrible verdad a los senos de su espritu. La afliccin de
Maxi exiga la mentira, y su mujer tuvo que decrsela... mentiras de
esas que inspiran viva compasin al que las dice y consuelan poco al que
las oye. Echbalas de s como enfermera que administra la intil
medicina al agonizante.

Dmelo de otra manera y te creer--manifest Rubn--. Dilo con un
poquito de calor, siquiera como me lo decas antes. T no sabes el dao
que me haces. Me ests haciendo creer que no hay Dios, que portarse bien
y portarse mal todo es lo mismo.

La compasin venci a la delincuente y se mostr tan afable aquella
tarde y noche, que Maximiliano hubo de tranquilizarse. El pobrecito
estaba destinado a no tener rato bueno, pues a punto que su espritu
reciba algn alivio, se le inici la jaqueca. La noche fue cruel, y
Fortunata esmerose en cuidarle. En medio de sus dolores cefallgicos, el
infortunado joven se caldeaba ms la mente arbitrando remedios o
paliativos de la ansiedad que le dominaba. A poco de vomitar, dijo a su
mujer: Se me ocurre una idea que resolver las dificultades... Nos
iremos a Molina de Aragn, donde tengo mis fincas. Abandono la carrera y
me dedico a labrador... Quieres, s o no? All vivir con
tranquilidad. Fortunata se mostr conforme, si bien recordaba lo que
Mauricia le haba dicho de la vida de los pueblos. Slo descuartizada
ira ella a vivir al campo; pero aquella noche no tena ms remedio que
decir _s_ a todo.

En los siguientes das notaba el pobre Maxi que su descaecimiento
aumentaba de una manera alarmante como si le sangraran, y asustadsimo
fue a consultar con Augusto Miquis, el cual le dijo que hubiera sido
mejor consultara antes de casarse, pues en tal caso le habra ordenado
terminantemente el celibato. Esto redobl sus tristezas; mas cuando
Miquis le propuso como nico remedio de su mal la rusticacin, cobr
esperanzas, confirmndose en la idea de abandonar la corte y sepultarse
para siempre en sus estados de Molina.

La segunda vez que habl de esto a su mujer, no la encontr tan bien
dispuesta. Y tus estudios, y tu carrera? Aconsjate con tu ta, y ella
te dir que lo que ests pensando es un disparate. Maxi estaba muy
caviloso por ciertas cosas que en su mujer notaba. Haca das que apenas
levantaba ella los ojos del suelo y su mirar revelaba una gran
pesadumbre. De repente, una tarde que volva Rubn de la botica, al
subir la escalera la oy cantar. Entr, y la cara de Fortunata
resplandeca de contento y animacin. Qu haba pasado? Maxi no lo pudo
penetrar, aunque sus celos, aguzadores de la inteligencia, le apuntaban
presunciones que bien podran contener la verdad. Esta era que la
prjima haba recibido, por conducto de Patria, una esquelita en que se
le anunciaba la reapertura del curso amoroso, interrumpido durante una
quincena. Esta alegra--pensaba Maxi--, por qu ser?. Y
comprendiendo por instinto de celoso que echaba un jarro de agua fra
sobre aquel contento, dijo a Fortunata: Ya est decidido que nos iremos
al pueblo. Lo he consultado con mi ta y ella lo aprueba.

No era verdad que haba consultado con doa Lupe, mas lo deca para dar
a su proposicin autoridad indiscutible.

Te irs t... dijo ella sonriendo.

--No--agreg l conteniendo la amargura que de su alma se desbordaba--,
los dos.

--T te has vuelto loco--observ Fortunata riendo con cierto descaro--.
Yo cre... Pero lo dices con formalidad?

--Toma!... Y t no me dijiste que iras tambin y que queras ser
paleta?

--S; pero fue porque me pens que era conversacin. Encerrarme yo en
un pueblo! Qu talento tienes!

De tal modo se demud el rostro del joven, que Fortunata, que ya
empezaba a decir algunas bromas sobre aquel asunto, se recogi en s.
Maxi no dijo una palabra, y de pronto sali disparado de la casa, cerr
con estruendo la puerta y baj la escalera de cuatro en cuatro peldaos.
Asustose Fortunata, y asomndose al balcn, viole recorrer
apresuradamente la calle de Sagunto y despus tomar por la de Santa
Engracia, hacia abajo. Ella sali despus, tomando por la misma calle,
pero haca arriba, en direccin de Cuatro Caminos.

Las seis de la tarde seran cuando Rubn volvi a su casa. Estaba
lvido, y de lvido pas a verde, cuanto Patricia le dijo que la
seorita haba salido a compras. Dejndose llevar de su insensato
recelo, interrog a la criada, tratando de averiguar por ella. Pero a
buena parte iba. Patricia tena la discrecin del traidor, y cuanto dijo
fue encaminado a introducir en el cerebro de Maxi el convencimiento de
que su mujer era punto menos que canonizable. Cuando la criminal entr,
el marido haba mandado encender luz y estaba sentado junto a la mesa de
la sala. De dnde vienes? le pregunt.--Me parece--replic ella--,
haberte dicho que iba a comprar este retor. Mostr un envoltorio,
despus un paquetito, y otro. Ves?... la sopa Juliana que tanto te
gusta....

--Yo tambin--dijo Maximiliano de una manera siniestra--, te he comprado
a ti esta tarde un regalito... Mira.

Alarg el brazo para sacar de debajo de la mesa algo que ocult al
entrar. Era un objeto envuelto en papeles, que descubri lentamente,
cuando ella se inclinaba risuea para verlo.

A ver... qu es?... Ay!, un revlver....

--S, para matarte y matarme...--dijo Maxi en un tono que no pudo ser
tan lgubre como l deseaba, pues el arma empez a causarle miedo, a
causa de que en su vida haba tenido en las manos un chisme de tal
clase...

--Qu cosas tienes!--dijo ella palideciendo--. T no sabes lo que te
pescas... Pareces tonto... Matarme a m, y por qu?...

Le ech una mirada dulce y penetrante, el mismo mirar con que le haba
hecho su esclavo. El pobre chico sinti como si le pusieran un grillete
en el alma.

Vaya que se te ocurren unos disparates, hijo... Soy muy miedosa, y de
slo ver eso me pongo a temblar. Bonita manera tienes de hacer que yo te
quiera, s seor, bonita manera.

Acerc tmidamente su mano al mango del arma. Puedes cogerlo, est
descargado dijo Maxi, que de un salto se haba dejado caer del furor a
la piedad.

--Eres un nio--declar ella, cogiendo el arma--, y como nio hay que
tratarte. Venga ac ese chisme: lo guardar para el caso de que entren
ladrones en casa.

Y se lo llev sin que l hiciese resistencia. Despus de guardarlo con
llave en un bal lleno de cosas viejas, volvi al lado de su marido, que
se haba quedado absorto, midiendo sin duda con azorado pensamiento la
enorme distancia que en su ser haba entre los arranques de la voluntad
y la ineficacia de su desmayada accin.

Aquella noche no ocurri nada; pero a la tarde siguiente,
_Pseudo-Narcissus odoripherus_, fue a buscarle a la botica de
Samaniego, y le dijo que Fortunata tena citas con un seor en una casa
del paseo de Santa Engracia, un poquito ms arriba de los almacenes de
la Villa.




--x--


Tom Maxi un coche para ir a Chamber y a su casa. Despus de entrar en
ella e informarse de que la seorita no estaba, subi lentamente hacia
la iglesia, y al pasar por delante de ella y ver una cruz de hierro que
hay en el atrio, vnole al pensamiento la idea de que deba haberse
trado el revlver. Retrocedi, y a mitad del camino acordose de que su
mujer haba guardado el arma. Qu tonto estuvo l en permitrselo!
Volvi a tomar la direccin Norte, sintiendo en su alma el suplicio
indecible que produca la conjuncin de dos sentimientos tan opuestos
como el anhelo de la verdad y el terror de ella. Al distinguir el motor
de noria que se destacaba sobre la casa de las Micaelas, no pudo
reprimir un ahogo de pena que le hizo sollozar. El disco no se mova.

Pas el joven ms all de los Almacenes de la Villa y examin las casas
de un solo piso alto que all existen. Como ignoraba cul era la que
serva de abrigo a los adlteros, resolvi vigilarlas todas. La noche se
vena encima y Maxi deseaba que viniese ms aprisa para dejar de ver el
disco, que le pareca el ojo de un bufn testigo, expresando todo el
sarcasmo del mundo. Maldicin sacrlega escapose de sus labios, y reneg
de que hubieran venido a estar tan cerca su deshonra y el santuario
donde le haban dorado la infame pldora de su ilusin. En otros
trminos: l haba ido all en busca de una hostia, y le haban dado una
rueda de molino... y lo peor era que se la haba tragado.

Despus de mucho pasear vio el faetn de Santa Cruz, guiado por el
lacayo, despacio, como para que no se enfriaran los caballos. Ya no
quedaba duda. El coche le esperaba. Violo subir hasta Cuatro Caminos,
donde se detuvo para encender las luces. Despus baj, y al llegar a los
Almacenes de la Villa, otra vez para arriba. Maxi no le perda de vista.
El cochero daba a conocer su aburrimiento e impaciencia. En una de las
vueltas del vehculo, Rubn sorprendi en aquel hombre una mirada
dirigida a una de las casas. Aqu es... aqu est. Fijose cerca de
all, reduciendo el espacio de su paseo vigilante. Eran las siete.

Por fin, en un momento en que Maxi iba de Sur a Norte vio, a bastante
distancia, a un hombre que sala de la casa. Era l, Santa Cruz, el
mismo, vestido de americana y hongo. Detvose en la puerta buscando con
la vista su carruaje. Las dos luces brillaban all arriba. Dirigiose
hacia Cuatro Caminos... Detrs, avivando el paso, el odio personificado
en Maximiliano.

La va estaba solitaria. Pasaba muy poca gente, y haca bastante fro.
El Delfn sinti aquellos pasos detrs de s, y una misteriosa
aprensin, la conciencia tal vez, le dijo de quin eran. Volviose a
punto que la temblorosa voz del otro deca: Oiga usted. Parose en
firme Santa Cruz, y aunque no le conoca bien, le tuvo por quien era sin
dudar un momento.

Qu se le ofrece a usted?.

--Canalla!... indecente!--exclam Rubn con ms fiereza en el tono que
en la actitud.

No esper Santa Cruz a or ms, ni su amor propio le permita dar
explicaciones, y con un movimiento vigoroso de su brazo derecho rechaz
a su antagonista. Ms que bofetada fue un empujn; pero el endeble
esqueleto de Rubn no pudo resistirlo; puso un pie en falso al
retroceder y se cay al suelo, diciendo: Te voy a matar... y a ella
tambin. Revolcose en la tierra; se le vio un instante pataleando a
gatas, diciendo entre mugidos... ladrn, ratero... vers!.... Santa
Cruz estuvo un rato contemplndole con la calma fra del ofuscado
asesino, y cuando vio que al fin consegua levantarse, se fue hacia l y
le cogi por el pescuezo, apretndole saudamente cual si quisiera
ahogarle de veras... Retenindole contra el suelo, gritaba: Estpido...
escuerzo... quieres que te patee...?.

De la oprimida garganta del desdichado joven sala un gemido, estertor
de asfixia. Sus ojos reventones se clavaban en su verdugo con un
centelleo elctrico de ojos de gato rabioso y moribundo. La nica
defensa del que estaba debajo era clavar sus uas, afilndolas con el
pensamiento, en los brazos, en las piernas, en todo lo que alcanzaba del
vencedor; y logrando alzarse un poco con nervioso coraje, trat de
hacerle molinete para derribarle. Derribados los dos, lucharan quizs
ms proporcionadamente. Pobre razn aplastada por la soberbia! Dnde
est la justicia? dnde est la vindicta del dbil? En ninguna parte.

El furor del Delfn no fue tanto que se le ocultara el peligro de llegar
a un homicidio, abusando de su superioridad. Este al fin es un hombre,
aunque parece un insecto pens. Y con desdn que tena algo de lstima,
hubo de soltar su presa, que cay inerte a un lado del camino, en una
especie de hoyo o surco. Al verle como un bulto, Juan sinti algo de
miedo. Si le habr matado sin querer... Y en todo caso... ha sido en
defensa propia. Pero la vctima exhal un mugido, y revolcndose como
los epilpticos, repiti: Ladrn... asesino. El Delfn se acerc y
ponindole un pie sobre el pecho, cuidando de no apretar, dijo: Si no
te callas, cucaracha, te aplasto.

Levantose Rubn de un salto. Era todo uas y todo dientes; sacaba las
armas del dbil; pero con tanta fiereza, que si coge al otro le arranca
la piel. Santa Cruz acudi pronto a la defensa. Te digo que te pateo...
si vuelves.... Le levant como una pluma y le lanz violentamente donde
antes haba cado. Era un solar o campo mal labrado, ms all de la
ltima casa. La vctima no daba acuerdo de s, y aprovechando aquel
momento el brbaro seorito, que vio pasar su coche, lo detuvo, montose
en l de un salto y hala!, partieron los caballos a escape.

Un hombre se haba detenido ante los combatientes en el ltimo instante
de la reyerta; acercose a Maxi y le mir con recelo. Creyendo que estaba
mortalmente herido, no quera meterse en los con la justicia. Cuando le
oy hablar, acercose ms. Buen hombre, qu es eso?... Pobre chico! Si
no parece chico, sino un viejo... Vaya, que pegar as a un pobre
anciano!. Luego lleg otro hombre, que se destac de un grupo de
obreros que suban. Auxiliado por este, Maxi logr levantarse y corri
un buen trecho por el camino abajo, gritando: Ladrn!... a ese!...
al asesino!.... Pero el coche estaba ya ms all de la iglesia.
Formose en torno a la vctima un corro de cuatro, seis, diez personas de
ambos sexos. Mirbales como si fueran amigos que haban de darle la
razn reconociendo en l a la justicia pateada y a la humanidad
escarnecida. Pareca un insensato. Su descompuesto rostro daba miedo, y
su ahilada voz excitaba la mayor extraeza.

Porque el ardor de la lucha haba determinado como una relajacin de la
laringe, en trminos que la voz se le haba vuelto enteramente de
falsete. Salan de su garganta las palabras como el acento de un
impber. En dnde se ha metido?... en dnde?... No es verdad,
seores, que es un miserable?... un secuestrador?... Me ha quitado lo
mo, me ha robado... l la arroj a la basura... yo la recog y la
limpi... l me la quit y la... volvi a arrojar... la volvi a
arrojar. Trasto infame!... Pero yo tengo que hacer dos muertes. Ir al
patbulo... no me importa ir al patbulo, seores... digo que quiero ir
al palo... pero ellos por delante, ellos por delante....

Los que le rodeaban le tenan lstima. Desconociendo el motivo de la
zaragata, cada cual deca lo que le pareca. _Sobre vino_ una
pendencia.--No, cuestin de faldas; verdad?.--Quita all!, pero
no ves que es marica?.

Las mujeres le miraban con ms inters. Tiene usted sangre en la
frente le dijo una. Era una rozadura de que el joven no se haba dado
cuenta. Llevose la mano a la cabeza y la retir manchada de sangre. Not
que el brazo derecho le dola horriblemente.

Vamos, vamos--le dijo uno--, vngase usted a la Casa de Socorro.

--Gatera... miserable...--Vamos; ya eso se acab... En dnde tiene
usted el sombrero?

Maxi no dijo nada ni se cuid del sombrero. De repente rompi en
aullidos, pues no parecan otra cosa los esfuerzos de su voz para hablar
a gritos. Los circunstantes podan orle difcilmente estos conceptos:
Partirle el corazn es poco; es menester... machacrselo.

Dos hombres le llevaban calle abajo, cada cual agarrndole de un brazo,
y l, mirando con estupidez a sus conductores,
repeta:--machacrselo!--. A ratos se paraba, prorrumpiendo en risas de
demente. Ya cerca de la iglesia aparecieron dos individuos de Orden
Pblico, que viendo a Maxi en aquel estado, le recibieron muy mal.
Pensaron que era un pillete, y que los golpes que haba recibido le
estaban muy bien merecidos... Le cogieron por el cuello de la americana
con esa paternal zarpa de la justicia callejera. Qu tiene usted? le
pregunt uno de ellos, mal humorado. Maxi contest con la misma risa
insana y delirante; viendo lo cual el polizonte, apret la zarpa, como
expresin de los rigores que la justicia humana debe emplear con los
criminales.

Y el agresor?.

--Machacrselo!... Lleg a la Casa de Socorro, ya con una procesin de
gente tras s. El mdico de guardia conoca a Maxi, y despus de
curarle la contusin de la cabeza, que no tena importancia, le mand a
su casa al cuidado de los guardias de Orden Pblico.




--xi--


Cuando entr el malaventurado chico en su casa, Fortunata no haba
aparecido an. Lo mismo fue verle Patricia en aquel lastimoso estado,
que correr a dar aviso a doa Lupe, la cual no tard en presentarse
alborotada y afligida. Lo primero que hizo, conforme a su gran carcter,
fue sobreponerse a los sucesos, no amilanarse por la vista de la sangre
y dictar atinadas rdenes preliminares, como acostar a Maximiliano,
traer provisin de rnica, reconocerle bien las contusiones que tena y
llamar un mdico.

Pero y Fortunata?.

--Sali a hacer unas compras--dijo Patricia.

--Es particular! Las ocho y media de la noche.

En vano intent doa Lupe saber lo que haba ocurrido de los propios
labios del joven. Este no deca ms que machacrselo! con aquella voz
de falsete, que era otra novedad para su ta. Acostronle con no poco
trabajo, y le llenaron de bizmas. El mdico de la Casa de Socorro vino y
orden el reposo. Tema que hubiese algo de conmocin cerebral; pero
probablemente concluira todo con una fuerte jaqueca. Tambin propin el
bromuro potsico a fuertes dosis, y a la primera toma se adormeci el
herido, pronunciando palabras sueltas, de las cuales nada pudo sacar en
claro la seora de Juregui. Y a todas estas la otra sin parecer!

Por fin, a eso de las nueve y media, cuando el mdico se fue, sinti
doa Lupe un rebullicio, luego cuchicheos en el pasillo. Fortunata haba
entrado, y hablaba muy bajito con Patria. La mente de la viuda, en la
cual hasta entonces todo era confusin y vaguedades, empez a dar de s
los juicios ms extraos, ideas de atrevido alcance y de un pesimismo
aterrador. Sali paso a paso a la sala, deseosa de sorprender aquel
secreteo. Fortunata entr, plida como un cirio y con ojos aterrados;
mas doa Lupe no le dijo nada. La vio que avanzaba hacia el gabinete,
que daba algunos pasos hacia la alcoba detenindose en la puerta, y que
desde all alargaba el cuerpo para mirar a su marido. Por qu no entr?
Qu temor la detena? La alcoba estaba casi a oscuras, pues apenas
llegaba a ella la claridad de la lmpara encendida en la sala. Doa Lupe
llev al gabinete la luz. Quera observar lo que haca su sobrina, y por
de pronto le llam la atencin su actitud extraa, no muy conforme con
los sentimientos naturales en una esposa en situacin tan aflictiva.
Una vez que le mir bien de lejos, Fortunata, sin hacer maldito caso de
persona tan respetable como su ta poltica, volvi a la sala, que ya
estaba medio a oscuras, y se sent en una silla. Todava no se haba
quitado el manto, y pareca que iba a volver a la calle. Apoyada la
mejilla en la mano, permaneci inmvil como un cuarto de hora. El
silencio que en las tres piezas reinaba slo se interrumpa con tal cual
palabra estropajosa pronunciada por Maxi, y con el paso gatuno de la
sirviente que atravesaba la sala para ir a recibir rdenes de la nica
persona que aquella noche mandara en la casa. Si el estado del enfermo
permitiera alzar la voz, ay!, doa Lupe hara retemblar la casa con el
estruendo de su palabra autoritaria y fiscalizadora; pero no poda ser.
Qu cosas haba de or su sobrina! Resolvi, pues, la ta dejar la
discusin para el da siguiente; mas tanto la apremiaron la curiosidad y
el enojo, que no pudo menos de personarse, pasito a paso, en la sala, y
decir a Fortunata, con voz oprimida: Explcame esto.

--Esto?...--murmur la prjima, alzando la cara, como quien despierta.

--Esto, s... Maximiliano maltratado... t entrando en casa tan tarde y
con esos modos de traidora de melodrama.

Fortunata, despus de mirar de hito en hito a doa Lupe por espacio
como de un minuto, volvi a apoyar la mejilla en el puo sin decir una
palabra.

Pues me he enterado... Me gusta....

Y fue a la alcoba, porque se oy la voz de Maxi llamando. Poco despus
se le sinti vomitar. Fortunata prest atencin a lo que all pasaba;
pero sin abandonar su postura de esfinge.

Cuando la viuda volvi a la sala, ya eran ms de las diez.

Las diez dadas!--dijo con aquella voz tan severa que habra hecho
estremecer a una piedra--. Y no te has quitado el manto. Es que piensas
volver... de compras? El pobre Maxi, al despertar hace un rato, me
pregunt si habas venido, y le dije que no. Me dio vergenza de decirle
que s, porque habra sido preciso aadir que slo con la manera de
entrar te declaras culpable... l dijo: 'Ms vale que no venga...'. Y
t no conoces que as no se puede seguir?... que es preciso que me
expliques esto? Habla, hija, habla o yo ver lo que tengo que hacer.

Fortunata, despus de mirarla con una emocin que doa Lupe no podra
definir, volvi a apoyar la cara en la mejilla, y dando un gran suspiro,
se acoraz dentro de aquel silencio lgubre, que desesperara a la misma
paciencia.

Esto es para volverse loca!...--expres doa Lupe con un gesto
iracundo--. Creers t, creer usted que conmigo valen marrulleras?
Sepa usted que....

La ira se le desbordaba, y para contenerla volvi a la alcoba. Su mente
acalorada revolva estas ideas: Sali lo que yo me tema... Si lo dije,
si esta mujer nos haba de dar al fin un disgusto... Ay, qu ojo tengo!
A m no me entraba, no me entraba; y siempre lo dije: 'ni con Micaelas
ni sin Micaelas, podremos hacer de una mujer mala una esposa decente'.
Ah est, ah est, ah la tienen. Vean si acert; vean si eran
preocupaciones mas....

Lo que ms ensoberbeca a doa Lupe era el chasco que se haba llevado,
pues aunque dijera otra cosa, ello es que haba credo a Fortunata
radicalmente reformada. No pudo contener su arranque, y volvi a la
sala. Pero se explica usted, s o no?....

Repar entonces que hablaba con una sombra. Fortunata no estaba all.
Sali doa Lupe al pasillo, y vio luz en un cuartito interior, donde la
mujer de Maxi guardaba su ropa. Empuj la puerta. All estaba, ya sin
mantilla, sacando ropa del armario y metindola en un mundo.

Pero querr usted al fin sacarme de dudas?--dijo sin recatarse ya de
alzar la voz--. Esto es vergonzoso. Si usted se obstina en callarse,
creer que la causante de toda esta tragedia es usted y nada ms que
usted.

Fortunata se volvi hacia ella. Su palidez era como la de un muerto.

Vamos a ver--aadi la de Juregui manoteando--. Si mi sobrino me
vuelve a preguntar si ha entrado usted, qu le digo?.

--Dgale usted--replic la esposa en voz ms baja y expresndose con
mucha dificultad--; dgale usted que no he venido, porque me marchar en
cuanto sea de da.

--Yo no entiendo una palabra... qu ha pasado, Santo Dios!... Quin
maltrat a Maxi?

Fortunata dio un gran suspiro. Qu farsa! Voy a dar parte a la
justicia. Veremos si al juez le contesta de esa manera. Que usted es
culpable, bien a la vista est. Si no, por qu se marcha usted?.

--Porque me debo ir--replic la otra mirando al suelo.

No dijo ms. Fuera de s, doa Lupe le ech la zarpa a un brazo y
sacudindola fuertemente, le solt esta imprecacin:

Ah!, maldita... bien claro se ve que es usted una bribona... una
bribona en toda la extensin de la palabra... que lo ha sido siempre y
lo ser mientras viva... A todos enga usted menos a m... a m no...
Yo la vi venir.

Abrumada por su conciencia, Fortunata no pudo contestar nada. Si doa
Lupe se hubiera abalanzado a ella para pegarle, se habra dejado
castigar.

Hace usted bien en largarse--aadi la otra ya en la puerta--. No ser
yo quien la detenga... Viento fresco. Qu casa esta y qu matrimonio!
Nada me coge de nuevo... porque, lo repito, a todos enga usted menos a
m.

Y era mentira, porque la primera engaada fue ella. Valiente fiasco
haban tenido sus facultades educatrices! La idea de este fracaso
encenda su furor ms que el delito mismo que en su sobrina sospechaba.

Volviendo a la sala, apoderose de la seora de Juregui el frenes de
las disposiciones. La primera fue que se quedara all aquella noche.
Despus mand a Patricia a su casa con un recado, llamando a Nicols,
que aquel da haba llegado de Toledo. Que venga mi sobrino
inmediatamente, y si est durmiendo, encargue usted a Papitos que le
despierte.

Fortunata segua en el cuarto de la ropa; mas adelantaba muy poco en el
arreglo de su equipaje, porque a lo mejor se quedaba inmvil, sentada
sobre un bal, mirando al suelo o a la vela, que arda con pbilo muy
larguilucho y negro, chorreando goterones de grasa. Desde que empez a
faltar, no haba sentido remordimientos como los de aquella noche. El
espectro de su maldad no haba hecho antes ms que presentarse como en
broma, y rale a ella muy fcil espantarlo; pero ya no aconteca lo
mismo. El espectro vena y se sentaba con ella y con ella se levantaba;
cuando se pona a guardar ropa, la ayudaba; al suspirar, suspiraba; los
ojos de ella eran los de l, y, en fin, la persona de ambos pareca una
misma persona. Y la atormentaban, juntamente con los revuelcos de su
conciencia, ansias de amor, deseos vivsimos de normalizar su vida
dentro de la pasin que la dominaba. Acordose de que su amante le haba
ofrecido ponerle casa, y establecer entre ambos una familiaridad regular
dentro de la irregularidad. Pero esto podra ser? Las ansias amorosas
se cruzaban en su espritu con temores vagos, y al fin vena a
considerarse la persona ms desgraciada del mundo, no por culpa suya,
sino por disposicin superior, por aquella mecnica espiritual que la
empujaba de un modo irresistible. No pens en dormir aquella noche, y
anhelaba que viniese el da para marcharse, porque el sentir la voz
doliente de su marido producale atroz martirio. Habra dado diez aos
de su vida porque lo que pas no hubiera pasado. Pero ya que no lo poda
remediar, ojal que las heridas de Maxi fuesen de poca importancia!
Despus de esto, su ms vivo deseo era coger la puerta y huir para
siempre de la casa aquella. Antes morir que continuar la farsa de un
matrimonio imposible.

De estas meditaciones la sac doa Lupe, que despus de media noche
volvi a entrar en el cuarto. Envolvase toda en una manta, lo que le
daba cierto aspecto temeroso y lgubre como de alma del otro mundo.

Al pobre Maxi--dijo--, le da ahora por llorar... No cesa de preguntarme
si ha venido usted... Francamente, no s qu responderle.

--Dgale usted que me he muerto--replic Fortunata.

--Y positivamente sera lo mejor... Ha arreglado usted ya sus bales?

--Me falta poco... Mire, mire... no me llevo nada que no sea mo.

--Y sus alhajas?--pregunt la viuda que custodiaba en su casa las de
ms valor.

--Mis alhajas?--observ la otra vacilando primero y asegurndose al
fin--. No son mas. Son de l, de Maxi, que las desempe. Se las dejo
todas.

--De modo que no se lleva usted ms que su ropa?

--Nada ms. Hasta el portamonedas, con el ltimo dinero que me dio, lo
dejo aqu sobre la cmoda. Valo usted.

Cogi la prudente seora el portamonedas que estaba an bien repleto y
se lo guard.




--xii--


Hay motivos para creer que cuando Papitos entr a media noche en el
cuarto de Nicols Rubn y le dijo sacudindole fuertemente: Seor,
seor, su ta que vaya all ahora mismo, el santo varn solt un
bramido y dio media vuelta volviendo a caer en profundo sueo. Es
probable que a la segunda acometida de Papitos, el clrigo se
desperezara, y que ahuyentase a la mona con otro fuerte berrido,
agasajando en su empaado cerebro la idea de que su ta deba esperar
hasta la maana siguiente. Y el fundamento de estas apreciaciones es que
Nicols no se present en la casa de su hermano Maxi hasta las siete
dadas. Tanta pachorra sacaba de quicio a doa Lupe, que poniendo el
grito en el Cielo, deca: Estoy destinada a ser la vctima de estos
tres idiotas... Cada uno por su lado me consumen la vida, y entre los
tres juntos van a acabar conmigo... Qu familia, Seor, qu familia! Si
me viera mi Juregui, otro gallo me cantara. Pero hombre de Dios, vaya
que tienes una calma! No s cmo con ella y lo que comes no ests ms
gordo... Te llamo a las once de la noche y esta es la hora en que te
descuelgas por aqu... T sabes lo que pasa?.

Esto lo deca en la sala, al ver entrar a Nicols, cuyos ojos tenan an
seales evidentes de lo bien que haba dormido. Al sentir el coloquio,
sali la pecadora de su escondite, y acercndose a la puerta de la sala
trat de escuchar. Pero ta y sobrino siguieron hablando muy bajito, y
nada pudo percibir. Despus el clrigo, a instancias de su ta, sali
al pasillo, y Fortunata metiose rpidamente en su escondite para
esperarle all.

El cuarto aquel estaba casi completamente a oscuras en las primeras
horas del da. Los que entraban no vean a quien dentro estuviera. La
vela, que ardi gran parte de la noche, se haba consumido. Desde
dentro, vio Fortunata al cura, sombra negra en el cuadro luminoso de la
puerta, y esper a que entrase o a que dijese algo. Como el que recela
penetrar en la madriguera de una bestia feroz, Nicols permaneci en la
puerta, y desde ella lanz en medio de la oscuridad estas palabras:
Mujer, est usted aqu?... No veo nada.

--Aqu estoy, s seor--murmur ella.

--Mi ta--aadi el clrigo--, me ha contado los horrores de esta
noche... Mi hermano maltratado, herido; usted entrando en casa a
deshora, y entrando para recoger su ropa y marcharse, rompiendo la
armona conyugal y dejndonos a todos en la mayor confusin. Me querr
usted explicar a m este turris-burris?

--S seor--replic la voz con miedo y turbacin indecibles.

--Y si ha tenido usted parte en esta infamia?

--Yo... en lo de los golpes no he tenido parte--apunt con rpida frase
la voz.

--Vamos a cuentas--dijo el clrigo avanzando un poco, precedido de sus
manos que palpaban en las tinieblas--. Hace algunos das... lo he
sabido ayer por casualidad... mi hermano sospechaba que usted no le era
fiel; esta es la cosa. Tena fundamento esta sospecha?

La voz no dijo nada, y hubo un ratito de temerosa expectativa.

Pero no contesta usted?--interrog Nicols con acento airado--. Por
quin me toma? Hgase usted cargo de que est en el confesonario. No
hago la pregunta como persona de la familia ni como juez, sino como
sacerdote. Tena fundamento la sospecha?.

Despus de otro ratito, que al cura se le hizo ms largo que el primero,
la voz respondi tenuemente:

S seor.

--Ya veo--afirm Rubn con ira--, que nos ha engaado usted a todos, a
m el primero, a las seoras Micaelas, a mi amigo Pintado y a toda mi
familia despus. Es usted indigna de ser nuestra hermana. Vea usted qu
bonito papel hemos hecho. Y yo que respond...! En mi vida me ha pasado
otra. La tuve a usted por extraviada, no por corrompida, y ahora veo que
es usted lo que se llama un monstruo.

Dio entonces un paso ms, cerrando un poco la puerta, y tent la pared
por si hallaba silla o banco en qu sentarse.

Hablando en plata, usted no quiere a mi hermano... brete,
conciencia.

--No seor--dijo la voz prontamente y sin hacer ningn esfuerzo.

--No le ha querido nunca... esta es la cosa.

--No seor.--Pero usted me dijo que esperaba tomarle cario conforme le
fuera tratando.

--S lo dije.--Pero no ha resultado... No ha resultado. Chasco como
este...! Se dan casos... De modo que nada.

--Nada.--Perfectamente! Pero usted olvida que es casada y que Dios le
manda querer a su marido, y si no le quiere, serle fiel de cuerpo y de
pensamiento. Bonita plancha, s seor, bonita!... En mi vida me ha
pasado otra. Y usted, pisoteando el honor y la ley de Dios, se ha
prendado de cualquier pelagatos... ya se ve: su pasado licencioso le
envenena el alma, y la purificacin fue una pamema. No haber visto
esto, Seor, no haberlo visto!

Estaba tan furioso el cura por lo mal que le haba salido aquella
compostura, y su amor propio de arreglador padeca tanto, que no pudo
menos de desahogar su despecho con estas colricas razones: Pues spase
usted que est condenada, y no le d vueltas: condenada.

No se sabe si este procedimiento del terror hizo su efecto, porque
Fortunata no contest nada. La expresin de sus sentimientos acerca del
tremendo anatema perdiose en la oscuridad de aquella caverna.

Al menos, desdichada, confiese usted su delito--dijo Rubn, que
deslizndose en las tinieblas haba encontrado un cajn en que
sentarse--. No me oculte usted nada. Cuntas veces, cuntas veces ha
faltado usted a su marido?.

La contestacin tardaba. Nicols repiti la pregunta hasta tres veces
suavizando el tono, y al fin oy un susurro que deca: Muchas.

Cuenta el padre Rubn que aquel

_muchas_ le dio escalofros, y que le pareci el rumorcillo que hacen
las correderas cuando en tropel se escurren por las paredes.

--Con cuntos hombres?

--Con uno solo...--Con uno slo!... De veras? Le conoci usted
despus de casada?

--No seor. Le conozco hace mucho tiempo... le he querido siempre.

--Ah! ya... la historia vieja... perfectamente--dijo el cura, cuyo amor
propio se ergua al encontrar un medio de aparecer previsor--. Eso ya me
lo tema yo. El amorcito primero...! No lo dije, no se lo dije a
usted? Por ah est el peligro. He visto muchos casos. Bueno. Y ese
pelafustn es el de marras?

Fortunata contest que s, sin comprender lo que quera decir de marras.

Y ese ha sido el miserable que abusando de su fuerza maltrat al pobre
Maxi, dbil y enfermizo... Ay, mundo amargo!.

--l fue... pero Maxi le provoc...--dijo la voz--. Esas cosas vienen
sin saber cmo... Yo lo presenci desde la ventana.

--Desde qu ventana?

--De la casa aquella.--Casita tenemos?... S... s, lo de siempre. Lo
haba previsto yo. No crea usted que me coge de nuevo. Casita y
todo!... Cunta infamia! Y no siente usted remordimientos? Cualquier
persona que tuviera alma estara en tal caso llena de tribulacin...
pero usted tan fresca.

--Yo lo siento... lo siento... Quisiera que eso no hubiera pasado.

--Eso, que no hubiera pasado el lance, para continuar pecando a la
calladita. Y siga el fandango. Tambin esta clase de perversidad me la
s de memoria.

Fortunata se call. Fuera que los ojos del clrigo se acostumbraran a la
oscuridad, fuera que entrase en el cuarto ms luz, ello es que Nicols
empez a distinguir a su hermana poltica, sentada sobre el bal, con un
pauelo en la mano. A ratos se lo llevaba al rostro como para secar sus
lgrimas. Cierto es que Fortunata lloraba; pero algunas veces la causa
de la aproximacin del pauelo a la cara era la necesidad en que la
joven se vea de resguardar su olfato del olor desagradable que las
ropas negras y muy usadas del clrigo despedan.

Esas lgrimas que usted derrama, son de arrepentimiento sincero? A
saber...! Si usted se nos arrepintiera de verdad, pero de verdad, con
contricin ardiente, todava esto podra arreglarse. Pero sera preciso
que se nos sometiera a pruebas rudas y concluyentes... esta es la cosa.
Volvera usted a las Micaelas?.

--Oh!, no seor--replic la pecadora con prontitud.

--Pues entonces, que se la lleve a usted el demonio--grit el clrigo
con gesto de menosprecio.

--Le dir a usted... yo me arrepiento; pero...

--Qu peros ni qu manzanas...--manifest Rubn, manoteando con groseros
modales--. Reniegue usted de su infame adulterio; reniegue tambin del
hombre malo que la tiene endemoniada.

--Eso...--Eso qu?... Vaya con la muy...! Y me lo dice as, con ese
cinismo.

Fortunata no saba lo que quiere decir cinismo, y se call.

Todo induce a creer que usted se prepara a reincidir, y que no hay
quien le quite de la cabeza esa maldita ilusin.

El gran suspiro que dio la otra confirm esta suposicin mejor que las
palabras.

De modo que, aun vindose perdida y deshonrada por ese miserable,
todava le quiere usted. Buen provecho le haga.

--No lo puedo remediar. Ello est _entre_ m y no puedo vencerlo.

--Ya... la historia de siempre. Si me la s de memoria... Que quieren
slo a aquel y no pueden desterrarlo del pensamiento, y que patatn y
que patatn... En fin, todo ello no es ms que falta de conciencia,
podredumbre del corazn, subterfugios del pecado. Ay, qu mujeres!
Saben que es preciso vencer y desarraigar las pasiones; pues no seor,
siempre aferradas a la ilusioncita... Tijeretas han de ser... En
resumidas cuentas, que usted no quiere salvarse. La pusimos en el camino
de la regeneracin, y le ha faltado tiempo para echarse por los senderos
de la cabra. Al monte, hija, al monte! Bueno; all se entender usted
con Dios. Ya me estoy riendo del chasco que se va usted a llevar. Porque
ahora, como si lo viera, se lanzar otra vez a la vida libre.
Divertirse... ea!... Por de pronto habr un arreglito, y ese tunante le
dar alguna proteccin; tendr usted casa en que vivir... Y ahora que me
acuerdo, ese hombre es casado?

--S seor--dijo Fortunata con pena.

--Ave Mara Pursima!--exclam el cura llevndose ambas manos a la
cabeza--. Qu horror y qu sociedad! Otra vctima; la esposa de ese
seor... Y usted tan fresca, sembrando muertes y exterminios por donde
quiera que va...

Esta frase de sermn aterr un poco a Fortunata.

Tendr usted su castigo y pronto. La historia de siempre... Qu
mujeres, Seor, qu mujeres! Vyase usted a correr aventuras, deshonre a
su marido, perturbe dos matrimonios; ya vendr, ya vendr el estallido.
No le arriendo la ganancia. El amancebamiento ahora, despus la
prostitucin, el abismo. S, ah lo tiene usted, mrelo abierto ya, con
su boca negra, ms fea que la boca de un dragn. Y no hay remedio, a l
va usted de cabeza... porque ese hombre la abandonar a usted... Son
habas contadas.

Fortunata tena la cabeza prxima a las rodillas. Estaba hecha un
ovillo, y sus sollozos declaraban la agitacin de su alma.

Ah, mujer infeliz!--aadi el clrigo con solemnidad, levantndose--;
no slo es usted una bribona, sino una idiota. Todas las enamoradas lo
son porque se les seca el entendimiento. Las saca uno del purgatorio del
deleite y all se van otra vez. T te lo quieres, pues t te lo ten. En
el Infierno le ajustarn a usted las cuentas. Vyase usted luego all
con sofismas y con zalameras de amor... Esto se acab. Ni yo tengo que
hacer nada con usted, ni usted tiene nada que hacer en esta casa.
Cuenta concluida. Al arroyo, hija; divertirse; usted sale de aqu, y
cuando se vaya, sahumaremos, s, sahumaremos... Perfec... tamente.

Esto lo dijo en la puerta y luego se retir sin aadir una palabra ms.
Doa Lupe le aguardaba en la sala para saber si haba sido ms
afortunado que ella en la averiguacin de la verdad, y all se
estuvieron picoteando un buen rato. Despus oyeron ruido, sintieron la
voz de Fortunata que hablaba quedito con Patricia, dicindole quizs
cmo y cundo mandara a buscar su ropa. Ta y sobrino asomronse luego
a los cristales del balcn y la vieron atravesar la calle presurosa, y
doblar la esquina sin dirigir una mirada a la casa que abandonaba para
siempre.

Nicols repeta una figura de que estaba satisfecho: Sahumar, sahumar y
sahumar. Y a propsito de espliego, a l, fsicamente, tampoco le
vendra mal... esto sin ofender a nadie.

Madrid.--Mayo de 1886.

FIN DE LA PARTE SEGUNDA

       *       *       *       *       *





Parte tercera




--I--

Costumbres turcas




---i---


Juan Pablo Rubn no poda vivir sin pasarse la mitad de las horas del
da o casi todas ellas en el caf. Amoldada su naturaleza a este gnero
de vida, habrase tenido por infeliz si el trabajo o las ocupaciones le
obligaran a vivir de otro modo. Era un asesino implacable y reincidente
del tiempo, y el nico goce de su alma consista en ver cmo expiraban
las horas dando boqueadas, y cmo iban cayendo los periodos de fastidio
para no volver a levantarse ms. Iba al caf al medio da, despus de
almorzar, y se estaba hasta las cuatro o las cinco. Volva despus de
comer, sobre las ocho, y no se retiraba hasta ms de media noche o hasta
la madrugada, segn los casos. Como sus amigos no eran tan constantes,
pasaba algunos ratos solo, meditando en problemas graves de poltica
religin o filosofa, contemplando con incierto y sooliento mirar las
escayolas de la escocia, las pinturas ahumadas del techo, los fustes de
hierro y las mediascaas doradas. Aquel recinto y aquella atmsfera
ranle tan necesarios a la vida, por efecto de la costumbre, que slo
all se senta en la plenitud de sus facultades. Hasta la memoria le
faltaba fuera del caf, y como a veces se olvidara sbitamente en la
calle de nombres o de hechos importantes, no se impacientaba por
recordar, y deca muy tranquilo: En el caf me acordar. En efecto,
apenas tomaba asiento en el divn, la influencia estimulante del local
dejbase sentir en su organismo. Heridos el olfato y la vista, pronto se
iban despertando las facultades espirituales, la memoria se le
refrescaba y el entendimiento se le desentumeca. Proporcionbale el
caf las sensaciones ntimas que son propias del hogar domstico, y al
entrar le sonrean todos los objetos, como si fueran suyos. Las personas
que all viera constantemente, los mozos y el encargado, ciertos
parroquianos fijos, se le representaban como unidos estrechamente a l
por lazos de familia. Hasta con la jorobadita que venda en la puerta
fsforos y peridicos tena cierto parentesco espiritual.

Pero aunque Juan Pablo se encariaba de este modo con el local, haba
cambiado de caf bastantes veces en el espacio de cinco aos.

Equivala esto a mudar de vivienda, y como todos los cafs de Madrid se
parecen, lo mismo que se parecen las casas, Juan Pablo llevaba en s
propio su domesticidad, y a los dos das de frecuentar un caf, ya se
encontraba en l como en familia. Los cambios eran determinados por
ciertas corrientes de emigracin que hay en la sociedad de los vagos y
que no se sabe a qu obedecen. Unas veces el impulso parta de algunos
amigos inconstantes, tocados de la mana de la variedad; otras la
emigracin era motivada por una cuestin muy desagradable con _aquel
seor de la mesa prxima_. Ya provena de que el amo del caf _se port
cochinamente_ cobrando a la tertulia unas copas, que se haban roto al
discutir las verdaderas causas de la muerte de Concha en Montemuru; ya,
por fin, de un desmejoramiento progresivo e intolerable del _gnero_,
razn por la cual desearan muchos estrenar los establecimientos nuevos o
renovados. Juan Pablo no gustaba de iniciar ninguna corriente de
emigracin; pero las segua casi siempre. En estas corrientes es fcil
que se pierda alguno de la partida, o por rebelde a las mudanzas o
porque las deudas le cautivan en el antiguo local y all le hipotecan la
asistencia, pero en cambio siempre se gana algn tertulio nuevo que
viene a refrescar las ideas y las bromas.

Quien se hubiera tomado el trabajo de seguir los pasos de Rubn desde
el 69 al 74, le habra visto parroquiano del caf de San Antonio en la
Corredera de San Pablo, despus del Suizo Nuevo, luego de Plateras, del
Siglo y de Levante; le vera, en cierta ocasin, prefiriendo los cafs
cantantes y en otra abominando de ellos; concurriendo al de Gallo o al
de la Concepcin Jernima cuando quera hacerse el invisible, y por fin,
sentar sus reales en uno de los ms concurridos y bulliciosos de la
Puerta del Sol.

Al medio da era siempre de los retrasados, porque se levantaba tarde;
por la noche era infaliblemente el primero. Rara vez, al entrar,
encontraba ya all a D. Evaristo Gonzlez Feijoo o a Leopoldo Montes. La
tertulia de la noche tena su personal distinto de la del da, y eran
pocos los que asistan a una y otra. Slo Rubn era punto fijo en ambas.
La pea aquella ocupaba tres mesas, y antes de que los parroquianos
llegaran, el mozo les pona a todos el servicio. Juan Pablo entraba a
las ocho, cuando an no haba en el local ms que tres o cuatro
personas, y los mozos estaban de conversacin sentados junto al
mostrador. En este, el amo o encargado preparaba los servicios, poniendo
pilas de platillos de azcar. Cada instante se abra la puerta de
cristales para dar paso a algn parroquiano (que entraba quitndose la
bufanda o desembozndose), y luego se cerraba con fuerte batacazo, para
volverse a abrir en seguida con estridente chirrido de goznes mohosos.
Era un estribillo abrumador... _Chirris_... entrada del individuo con su
puro de estanco en la boca... despus _pum_ y otra vez _chirris_...

El amo saludaba desde el mostrador a algn parroquiano que le caa
cerca. Los ms gustaban de que se les sirviera el caf sin ninguna
tardanza, y daban palmadas si el chico no vena pronto. Juan Pablo
entraba despacio y muy serio, como hombre que va a cumplir una
obligacin sagrada. Diriga el paso gravemente hacia las mesas de la
derecha y se sentaba siempre en el propio sitio con matemtica
exactitud. El mozo le saludaba en el momento de dar un restregn con el
pao a la mesa, y l, contestando con cierta dignidad, frotbase las
manos, se acomodaba bien en el asiento, conservando la capa sobre los
hombros; despus acercaba el vaso, poniendo a la derecha, a la discreta
distancia a que se pone el tintero para escribir, el platillo del
azcar, y luego atenda a la operacin de verter en el vaso la leche y
el caf, poniendo mucho cuidado en que las proporciones de ambos
lquidos fueran convenientes y en que el vaso se llenara sin rebosar.
Esto era elemental. Despus coga la cuchara con la mano izquierda y con
la derecha iba echando pausadamente los terrones, dirigiendo miradas
indulgentes a todo el local y a las personas que entraban. Como
veterano del caf saba tomarlo con aquella lentitud y arte que
corresponden a todo acto importante.

Imposible que la historia siga a este hombre en todos sus periodos
cafeteros. Pero no se puede pasar en silencio la etapa aquella de la
Puerta del Sol, en que Rubn tena por tertulios y amigos a D. Evaristo
Gonzlez Feijoo, a don Basilio Andrs de la Caa; a Melchor de Relimpio
y a Leopoldo Montes, personas todas muy dadas a la poltica, y que
hablaban del pas como de cosa propia. Teniendo todos la misma mana,
cada cual cultivaba una especialidad, pues Leopoldo Montes llevaba un
da y otro infaliblemente, noticias de crisis; D. Basilio descenda
siempre a menudencias de personal; Relimpio era procaz y malicioso en
sus juicios; Rubn descollaba por suponerse que todo lo saba y que se
anticipaba a los sucesos _vindolos venir_, y por ltimo, Feijoo era
profundamente escptico, y tomaba a broma todas las cosas de la
poltica.

All brillaba esplndidamente esa fraternidad espaola en cuyo seno se
dan mano de amigo el carlista y el republicano, el progresista de cabeza
dura y el moderado implacable. Antiguamente, los partidos separados en
pblico, estbanlo tambin en las relaciones privadas; pero el progreso
de las costumbres trajo primero cierta suavidad en las relaciones
personales, y por fin la suavidad se troc en blandura. Algunos creen
que hemos pasado de un extremado mal a otro, sin detenernos en el medio
conveniente, y ven en esta fraternidad una relajacin de los caracteres.
Esto de que todo el mundo sea amigo particular de todo el mundo es
sntoma de que las ideas van siendo tan slo un pretexto para conquistar
o defender el pan. Existe una confabulacin tcita (no tan escondida que
no se encuentre a poco que se rasque en los polticos), por la cual se
establece el turno en el dominio. En esto consiste que no hay
aspiracin, por extraviada que sea, que no se tenga por probable; en
esto consiste la inseguridad, nica cosa que es constante entre
nosotros, la ayuda masnica que se prestan todos los partidos desde el
clerical al anarquista, lo mismo dndose una credencial vergonzante en
tiempo de paces, que otorgndose perdones e indultos en las guerras y
revoluciones. Hay algo de seguros mutuos contra el castigo, razn por la
cual se miran los hechos de fuerza como la cosa ms natural del mundo.
La moral poltica es como una capa con tantos remiendos, que no se sabe
ya cul es el pao primitivo.

Hablando de esto, Feijoo y Rubn achacaban la relajacin de los
caracteres a los desengaos. Yo--deca Feijoo--, soy progresista
desengaado, y usted tradicionalista arrepentido. Tenemos algo de comn:
el creer que todo esto es una comedia y que slo se trata de saber a
quin le toca mamar y a quin no.




--ii--


Don Evaristo Gonzlez Feijoo merece algo ms que una mencin en
este relato. Era hombre de edad, soltern, y viva desahogadamente de
sus rentas y de su retiro de coronel del ejrcito. A poco de la guerra
de frica, abandon el servicio activo. Era el nico individuo de la
tertulia que no tena trampas ni apuros de dinero. Su existencia plcida
y ordenada, reflejbase en su persona pulcra, robusta y simptica. Su
facha denunciaba su profesin militar y su natural hidalgo; tena bigote
blanco y marcial arrogancia, continente reposado, ojos vivos, sonrisa
entre picaresca y bondadosa; vesta con mucho esmero y limpieza, y su
palabra era sumamente instructiva, porque haba viajado y servido en
Cuba y en Filipinas; haba tenido muchas aventuras y visto muchas y muy
extraas cosas. No se alteraba cuando oa expresar las ideas ms
exageradas y disolventes. Lo mismo al partidario de la inquisicin que
al petrolero ms rabioso, les escuchaba Feijoo con frialdad benvola.
Era indulgente con los entusiasmos, sin duda porque l tambin los haba
_padecido_. Cuando alguno se expresaba ante l con fe y calor, oale con
la paciencia compasiva con que se oye a los locos. Tambin l haba
sido loco; pero ya haba recobrado la razn, y la razn en poltica era,
segn l, la ausencia completa de fe.

En las tertulias de los cafs hay siempre dos categoras de individuos,
una es la de los que ponen la broza en la conversacin, llevando
noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas;
otra es la de los que dan la ltima palabra sobre lo que se debate,
soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas
y los dicharachos. Donde quiera que hay hombres, hay autoridad, y estas
autoridades de caf, definiendo a veces, a veces profetizando y siempre
influyendo, por la sensatez aparente de sus juicios, sobre la vulgar
multitud, constituyen una especie de opinin, que suele traslucirse a la
prensa, all donde no existe otra de mejor ley.

Bueno. Los que ejercen autoridad en los crculos o tertulias de caf
suelen sentarse en el divn, esto es, de espaldas a la pared, como si
presidieran o constituyesen tribunal. Juan Pablo y Feijoo pertenecan a
esta categora; pero el segundo no se sentaba nunca en el divn, porque
le daba calor la pana, sino en una de las sillas de fuera, tomando caf
en un ngulo de la mesa y volviendo la espalda a los individuos de la
mesa inmediata.

En cambio, D. Basilio Andrs de la Caa, que era vulgo, se sentaba
siempre en el divn. Gustaba de ocupar posiciones superiores a las que
mereca, y recostaba en el marco de los espejos su cabeza calva y
lustrosa. Usaba gafas, y su nariz pequea podra pasar por signo o
emblema de agudeza. Entornaba los ojos cuando daba una respuesta
difcil, como hombre que quiere reconcentrar bien las ideas. Su frente
era espaciossima y su fisonoma de esas que parecen revelar un
entendimiento profundo y sinttico. Tena algn parecido con Cavour, de
lo que provenan las bromas un tanto pesadas que le daban. Para juzgar
su talento, acudiremos a un dicho de Melchor de Relimpio: El mejor
negocio que se podra hacer en estos tiempos, a que no saben ustedes
cul es? Pues abrirle la cabeza a D. Basilio y sacarle toda la paja que
hay dentro para venderla.

Y don Basilio, que tena ciertas marrulleras de asno viejo, sacaba
partido de su fisonoma engaosa y de aquel aire de _hombre conspicuo_
que le daban su calva de calabaza, su frente abovedada, sus anteojos y
su nariz chiquita y prismtica. Ms de una vez, los ministros a quienes
se present experimentaron los efectos de fascinacin que aquella
cartula ejerca sobre el vulgo, y le tomaron por una eminencia no
comprendida. Crneo y entrecejo eran un timo frenoptico. Siempre que
discuta tomaba un tono tan solemne, que muchos incautos le miraban con
respeto. Consideraba la risa como un acto impropio de la dignidad
humana, y habala desterrado casi en absoluto de su cara, tomando por
modelo una pgina del Nomencltor o de la Memoria de la Deuda Pblica.

Dos fases tena la vida de este hombre: el periodismo y la empleomana.
En la prensa, siempre estuvo encargado de la parte extranjera y de las
cuestiones de Hacienda. Ni para una ni para otra cosa se necesitaba en
el periodismo antiguo saber escribir. Pero la Caa tomaba tan en serio
estas dos ramas del conocimiento humano, que cuando trabajaba pareca
que estaba escribiendo la _Crtica de la razn pura_. Su sueldo en las
redacciones no pas nunca de treinta duros, cuando le pagaban. De las
redacciones pasaba a las oficinas, y de las oficinas a las redacciones;
de modo que cuando estaba cesante y la familia pereciendo, alegrbanse
las Musas de la poltica extranjera y de la ciencia fiscal. Siempre fue
mi hombre _arrimado a la cola_, como decan sus amigos; es decir, muy
moderado, porque siempre le colocaban los doctrinarios. Su primer
destino se lo dio Mon, y estuvo en Hacienda con ciertas alternativas
hasta el periodo largo de la Unin Liberal. Esta poca fue su _cruja_
funesta, y vivi mseramente de la pluma, preguntando todos los das a
la conclusin del artculo: qu har la Rusia? y respondindose con
la ms deliciosa buena fe: no lo sabemos. A Inglaterra la llamaba
siempre el _Gabinete de Saint-James_, y a Francia el _Gabinete de las
Tulleras_.

Durante el periodo revolucionario, pas el pobre D. Basilio una
trinquetada horrible, porque no quiso venderse ni abdicar sus ideas.
nicamente consinti en trabajar en un peridico liberal templado;
pero... bien claro se lo dijo al director... nada ms que para tratar de
las cuestiones financieras, con exclusin absoluta de toda idea
poltica. Dicho y hecho: la Caa se largaba todos los das un articulazo
que no lea nadie, criticando la gestin de la Hacienda; pero no as
como se quiera, sino con nmeros. Con los nmeros no se juega deca
l, y le meta mano al presupuesto y lo desmenuzaba como si fuera la
cuenta de la lavandera. Si esta gente no comprende--deca en el caf
inflado de autoridad--, que sin presupuesto no hay poltica posible, ni
hay pas, ni nada. Estoy harto de decrselo todos los das. Y nada; como
si se lo dijera a este mrmol. Seores, yo les juro que he examinado una
por una todas las cifras, y cranmelo, parece mentira que ese buuelo
haya salido de las oficinas de Hacienda. Pero si es lo que yo digo: ese
seor (el Ministro del ramo) no sabe por dnde anda, ni en su vida las
ha visto ms gordas... Cuidado que lo vengo demostrando como tres y dos
son cinco! Pero nada... no lo quieren entender.

Despus de expresar con un gran suspiro la lstima que tena de este
pobre pas, segua tomando su caf con indolencia, pero con apetito,
porque para D. Basilio era verdadero alimento, y lo tomaba colmado, en
vaso, y dejando rebosar todo lo posible en el plato para trasegarlo
despus fro al vaso. En los ltimos aos de la Revolucin, D. Manuel
Pez diole un destinillo en el Gobierno civil, y l lo acept como ayuda
hasta que vinieran tiempos mejores; pero estaba descontento, no slo por
lo mezquino del sueldo, sino por razones de dignidad. Los amigos que le
oan quejarse, comparando la exigidad de la paga con la muchedumbre de
bocas que constituan su familia, le consolaban cada cual a su manera;
pero l deca invariablemente: y sobre todo, me lo pueden creer, lo que
ms me contrista es no estar _en mi ramo_. Su ramo era la Hacienda.

La conversacin del crculo, que empezaba casi siempre con el tema de la
guerra, pasaba insensiblemente al de los empleos. Leopoldo Montes,
cesante eterno, Relimpio, y otros que tenan entre los dientes alguna
piltrafa del presupuesto, se arrojaban con deleite famlico sobre aquel
tema picante. Usted, cunto tiene?.

--Yo _catorce_; pero me corresponden _diecisis_; Fulano, que estaba por
debajo de m en la Ordenacin de pagos, tiene ya _veinte_, y yo llevo
diez aos con _catorce_.

--Pues yo--deca D. Basilio--, cuando estaba _en mi ramo_, llegu a
_veinticuatro_ por mis pasos contados. Con este desbarajuste que hay
ahora, no se sabe ya por dnde anda uno. El da que vuelva a _mi ramo_,
no admito credencial que sea inferior a _treinta_.

--Pero como aqu se hacen mangas y capirotes de los _derechos
adquiridos_... qu pas! Yo entr en Penales con _ocho_, despus me
pasaron a Instruccin Pblica con _diez_, luego cesante, y al fin, para
no morirme de hambre, tuve que aceptar _seis_ en Loteras.

--Pues yo--murmuraba una voz que pareca salida de una botella, voz
correspondiente a una cara esculida y cadavrica, en la cual estaban
impresas todas las tristezas de la Administracin espaola--, slo pido
dos meses, dos meses ms de activo para poderme jubilar por Ultramar. He
pasado el charco siete veces, estoy sin sangre, y ya me corresponde
retirarme a descansar con _doce_. Maldita sea mi suerte!

El cesante ms digno de conmiseracin es aquel que slo pide unos
cuantos das ms de empleo para poder reclinar sobre la almohada de las
Clases Pasivas una frente cargada de aos, de sustos y de servicios.




--iii--


De ocho a diez estaba el caf completamente lleno, y los
alientos, el vapor y el humo hacan un potaje atmosfrico que
indigestaba los pulmones. A las nueve, cuando aparecan _La
Correspondencia_ y los dems peridicos de la noche, aumentaba el
bullicio. La jorobada y un su hermano, tambin algo cargado de espaldas,
entraban con las manos de papel, y dando brazadas por entre las mesas
del centro, iban alargando peridicos a todo el que los peda. Poco
despus empezaba a clarear la concurrencia; algunos se iban al teatro, y
las peas de estudiantes se disolvan, porque hay muchos que se van a
estudiar temprano. En todos los cafs son bastantes los parroquianos que
se retiran entre diez y once. A las doce vuelve a animarse el local con
la gente que regresa del teatro y que tiene costumbre de tomar chocolate
o de cenar antes de irse a la cama. Despus de la una slo quedan los
enviciados con la conversacin, los adheridos al divn o a las sillas
por una especie de solidificacin calcrea, las verdaderas ostras del
caf.

Juan Pablo no se iba hasta que cerraban las puertas, y de todos sus
amigos el nico que tan a deshora le acompaaba era Melchor de Relimpio.
Iban juntos hacia su barrio y a veces el uno dejaba al otro en la
puerta de su casa, sin cesar de charlar hasta el momento en que vena el
sereno a abrir. Si la noche estaba buena, solan darse una hora ms de
palique vagando por las calles.

De qu hablaban aquellos hombres durante tantas y tantas horas? El
espaol es el ser ms charlatn que existe sobre la tierra, y cuando no
tiene asunto de conversacin, habla de s mismo; dicho se est que ha de
hablar mal. En nuestros cafs se habla de cuanto cae bajo la ley de la
palabra humana desde el gran da de Babel, en que Dios hizo las
opiniones. yense en tales sitios vulgaridades groseras, y tambin
conceptos ingeniosos, discretos y oportunos. Porque no slo van al caf
los perdidos y maldicientes; tambin van personas ilustradas y de buena
conducta. Hay tertulias de militares, de ingenieros; las de empleados y
estudiantes son las que ms abundan, y los provincianos forasteros
llenan los huecos que aquellos dejan. En un caf se oyen las cosas ms
necias y tambin las ms sublimes. Hay quien ha aprendido todo lo que
sabe de filosofa en la mesa de un caf, de lo que se deduce que hay
quien en la misma mesa pone ctedra amena de los sistemas filosficos.
Hay notabilidades de la tribuna o de la prensa, que han aprendido en los
cafs todo lo que saben. Hombres de poderosa asimilacin ostentan cierto
caudal de conocimientos, sin haber abierto un libro, y es que se han
apropiado ideas vertidas en esos crculos nocturnos por los estudiosos
que se permiten una hora de esparcimiento en tertulias tan amenas y
fraternales. Tambin van sabios a los cafs; tambin se oyen all
observaciones elocuentes y llenas de sustancia, exposiciones sintticas
de profundas doctrinas. No es todo frivolidad, ancdotas callejeras y
mentiras. El caf es como una gran feria en la cual se cambian infinitos
productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero
entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable
precio.

La mesa presidida por Juan Pablo Rubn era la segunda, entrando, a mano
derecha. La inmediata perteneca al mismo crculo de amigos; despus
segua la de los _curas de tropa_, llamada as porque a ella se
arrimaban tres o cuatro sacerdotes, de estos que podramos llamar
sueltos, y que durante la noche y parte del da hacan vida laica. A
esta mesa sola ir Nicols Rubn, vestido de seglar como los otros,
sirviendo de transicin entre aquel crculo y el prximo, donde su
hermano estaba. Las dos tertulias vecinas vivan en excelentes
relaciones, y a veces se entremezclaban los apreciables sujetos que las
componan. A la mesa de los presbteros seguan dos de escritores,
periodistas y autores dramticos. Federico Ruiz iba por all muy a
menudo, y como era hombre tan comunicativo, meta baza con los curas, de
lo que result que estos se familiarizaran por una banda con la gente de
pluma, y por otra con los amigos de Rubn y Feijoo. A los escritores
seguan los _chicos de caminos_, que ocupaban las tres mesas del ngulo.
All empezaba lo que llamaban el _martillo_, o sea el crucero del
vastsimo local. Dicho crucero era como un segundo departamento del
caf, y estaba invadido por estudiantes, en su mayora gallegos y
leoneses, que metan una bulla infernal.

Como todo esto que cuento se refiere al ao 74, natural es que en el
caf se hablara principalmente de la guerra civil. En aquel ao
ocurrieron sucesos y lances muy notables, como el sitio de Bilbao, la
muerte de Concha, y por fin, el pronunciamiento de Sagunto. Raro era el
da que no echaban los peridicos un extraordinario anunciando batallas,
desembarcos de armas, movimientos de tropas, cambios de generales y
otras cosas que por lo comn daban pie a inacabables comentarios.

Se ha enterado usted, Rubn?--deca Feijoo al tomar asiento junto al
ngulo de la mesa, y quitando de la boca del vaso el platillo del
azcar--. Parece que Mendiry se ha corrido hacia Viana.

--Descuide usted--replicaba Juan Pablo con suficiencia. No saldrn del
circulito de las Provincias Vascongadas y Navarra. Les conozco bien...
Todos los jefes no van ms que a hacer su pella... El da en que haya un
gobierno que les quiera comprar, se acab la guerra.

--Pero, hombre...!--No hay ms que hablar. Pillera aqu, pillera
all, y todo una gran pillera.

--Aqu no hay ms que mucha hambre--deca uno de los curas de tropa
alzando la voz en la mesa inmediata--. La guerra no se acaba porque los
militares van muy a gusto en el machito. Los de ac y los de all no
estn por la paz. Pero qu me dicen ustedes a m que he visto aquello?
Yo he servido en el _cuarto montado_, he visto de cerca la guerra... y
esta seguir jorobndonos mientras unos y otros mamen de ella.

--Qu fuerte est el seor capelln!--dijo Feijoo sonriendo, y no dijo
ms porque entr D. Basilio y en tono de gran misterio se expres de
este modo:

Cuando digo que hay novedades....

Despus que le sirvieron el caf, agach la cabeza, y en el crculo que
formaban las cuatro o cinco cabezas de sus amigos que se alargaron para
orle, hizo la confidencia:

Se lo digo a ustedes en gran reserva.

--Pero qu es?--_Misterios!_... Sagasta est disgustado. Me lo ha
dicho su secretario particular.

--Ah!, yo tambin lo o--indic Relimpio--. Es cierto... como que tiene
dolor de muelas.

--El motivo--aadi la Caa radiante--, no lo s. Cada uno piense como
quiera. Yo lo nico que me permito decir es que esto est muy malo...
pero muy malo, y que hay mar de fondo.

--Pero no sabe usted ms?--le pregunt Feijoo de una manera
apremiante--. Yo cre que nos iba usted a dar noticia de la conferencia
del Duque con Elduayen... Y ahora sale con que Sagasta est
malhumorado... Dios nos asista... Pero lo de la conferencia, es cierto
o no?

Don Basilio sola llevar en la boca un palillo de dientes, y tomndolo
entre los dedos lo mostraba, accionando con l, como si formara parte
del argumento.

Lo que yo s--afirm con acento pattico, ofreciendo el palillo a la
admiracin de sus amigos--, lo que yo s es que esto est muy malo. Digo
con Lorenzana: _Meditemos_.

El crculo de cabezas volvi a formarse, y en l ech D. Basilio su
aliento, como los saludadores, antes de echar sus palabras. Era el tal
aliento poco grato a la nariz de Feijoo, por lo cual este se retir
discretamente.

Don Basilio estuvo vacilando entre su conciencia, que le exiga callar,
y el deseo de satisfacer la curiosidad de sus amigos. Por fin se
violent un poco para decir:

Esta tarde Romero Ortiz sali del ministerio a las cuatro, y al pasar
en coche por la calle del Amor de Dios, vio a un amigo, par el coche,
el amigo entr, y fueron....

--Pero quin era el amigo?

--Todo no se ha de decir... Pues bien; all va: era _el pollo Romero_.
Fueron... esta s que es gorda... a casa de D. Antonio Cnovas... Madera
Baja, 1.

Dicho esto, la Caa se qued muy serio, saboreando el efecto que deban
causar sus palabras. Volvi a poner el palillo entre los dientes y
miraba a sus amigos con cierta lstima.

Y qu?--dijo Rubn con desabrimiento--. No veo la tostada.

--Pues, amigo mo--replic D. Basilio en el tono de un hombre superior
que no quiere incomodarse--, si usted no quiere ver la tostada, yo qu
le voy a hacer?

--Y qu ms da que vayan o no a casa de Cnovas?

--Nada, nada... la cosa no tiene malicia. Flojilla cosa es... De qu
pan hago las migas, compadre? Del tuyo que con el viento no se oye.

Despus se permiti echarse a rer, cosa en l extrasima y desusada.

Este D. Basilio....--Amigo--manifest Feijoo con su franqueza
habitual--. Confiese usted que la noticia que nos ha trado podra ser
una sandez.

--Bueno, mi Sr. D. Evaristo, usted crea lo que quiera. Yo me lavo las
manos.

Esto de lavarse las manos lo repeta mucho la Caa; pero los hechos no
correspondan a las palabras como lo demostraba la simple observacin.
Ustedes podrn creer lo que les acomode--repeta el escritor de
Hacienda, intentando elevar su dignidad de noticiero sobre la chacota de
sus amigos--, pero lo que yo sostengo es que antes de un mes est el
Prncipe Alfonso en el trono.

Risa general. D. Basilio se pona colorado y despus palideca. Sus
labios temblaban al aplicarse al borde del vaso.

--A que no?--dijo con rabia Juan Pablo--. Eso, nunca. Antes que eso,
que vuelvan los cantonales. Ni que furamos bobos en Espaa! Seores,
a ustedes les cabe en la cabeza que venga aqu el Prncipe Alfonso? Y
detrs doa Isabel. Bonito porvenir!... Otra vez el _moderantismo_.
Pero yo pregunto--aadi con exaltacin, dejando caer la capa y echando
atrs el sombrero--, yo pregunto: qu gente tiene a su lado el
Prncipe? A ver; responderme.

Don Basilio, no se atreva a responder. Contentbase con tomar aires de
hombre profundo, que no se resuelve a soltar el enjambre de ideas que le
zumban en el cerebro.

--Responderme.--Nadie... cuatro gatos--dijo Montes.

--Los que no supieron defender a su madre cuando la echamos, seores...
Y ahora... Si quiere D. Basilio, pasaremos revista a todos los
personajes del _alfonsismo_. Vamos, vengan ratas.

Don Basilio, por su gusto, se habra metido debajo de la mesa. No haca
ms que morder el palillo y gruir como un mastn que no se decide a
ladrar ni quiere tampoco callarse.

El _alfonsismo_ es un crimen afirm con la mayor suficiencia Leopoldo
Montes, que no se paraba en barras para expresar una opinin.

--Pero un crimen _de lesa nacin_--agreg Rubn--. Es lo que yo le deca
anoche a Relimpio, que tambin se va cayendo de ese lado. En estos
momentos, cuando no se sabe lo que saldr de la guerra...! Pues qu, si
D. Carlos no fuera un necio, no estara ya en Madrid?

--Pero, y eso qu prueba?--arguy al fin D. Basilio, viendo una salida
favorable de la confusin en que su contrincante le meta--; qu tiene
que ver...? Lgica, seores, lgica.

--Nada, hombre, que no viene ac el nio ese... que no viene... Yo pongo
mi cabeza.

--Pero...--No hay pero... Que no viene, y no le d usted vueltas, Sr. de
la Caa.

--Deme usted razones.--Que no viene... Usted se convencer, usted lo
ver... Al tiempo...

--Pues al tiempo.

--Que no, hombre, que no. Si hasta que venga el Prncipe no le llevan a
usted _a su ramo_, menudo pelo va usted a echar...

--Si no se trata aqu de que yo eche pelo ni de que no eche
pelo--manifest D. Basilio incomodndose un poco y mostrando el palillo
deshilachado.

Pero Rubn se puso a hablar con Feijoo, que le preguntaba por aquel
inexplicable casamiento de su hermano con una mujer maleada. Don Basilio
peg la hebra con los curas de tropa y con Nicols Rubn. En aquel
crculo le hacan ms caso que en el suyo, y se despachaba ms a su
gusto. Divididas las opiniones, el capelln del _cuarto montado_ votaba
por el Prncipe; pero el cura Rubn y otros dos que all haba bufaban
slo de or hablar del _alfonsismo_. D. Basilio, inclinndose de aquel
lado, apoyado en el codo, les revelaba secretos con muchsima reserva.
Ya no faltaba ms que dar algunos perfiles a la cosa. Todo dispuesto, y
el primerito que estaba en el ajo era Serrano.

Lo que ustedes oyen... Al tiempo... Ustedes lo han de ver... y pronto,
muy pronto.

Despus se incautaba con disimulo de todos los terrones de azcar que
poda, y se marchaba a su casa, despidindose de cada uno
particularmente con apretn de manos a espaldarazo.




--iv--


Rubn, despus de su fracaso en el campo y corte de D. Carlos,
haba tomado en aborrecimiento a los hombres del bando absolutista; pero
conservaba las ideas autoritarias y la opinin de que no se puede
gobernar bien sino dando muchos palos. Toda la parte religiosa del
programa carlista la descartaba, quedndose tan slo con la poltica,
porque ya haba visto prcticamente que los curas lo echan todo a
perder. Deca que su ideal era _un gobierno de lea_, que hiciera las
leyes y nos las aplicara sin contemplaciones, mirando siempre a la
justicia, con una tranca muy grande y siempre alzada en la mano. Este
sistema autocrtico comprenda las maneras de gobernar ms que las ideas
y soluciones tericas, porque entre las que profesaba Rubn habalas
marcadamente avanzadas, populares y aun socialistas. Uno de sus temas
era este: Conviene que todo el mundo coma... porque el hambre y la
pobretera son lo que ms estorba la accin de los gobiernos, lo que da
calor a las revoluciones, manteniendo a la nacin en la intranquilidad y
el desbarajuste. Este socialismo sin libertad, combinado con el
absolutismo sin religin, formaba en la cabeza de aquel buen hombre un
revoltijo de mil demonios.

Otro de sus temas era: _No ms pillos y pena de muerte al ladrn_. O ms
claro: castigo inmediato y cruel a todos los que van al gobierno con el
nico fin de hacer chanchullos. La rfaga de ambicin que pasa por la
mente de todo espaol con ms o menos frecuencia hacindole decir _si yo
fuera poder_, le soplaba a Rubn dos o tres veces cada da, ms bien
como sueo que como esperanza; pero en sus horas de soledad se adormeca
con aquella idea y la trabajaba, batindola, como se bate la clara de
huevo para que crezca y se abulte y forme espumarajos. La conclusin de
este meneo mental era que aqu lo que hace falta es un hombre de
riones, un to de mucho talento con cada rin como la cpula del
Escorial.

Su prisin por sospechas de conspiracin acentuole la soberbia y la
murria soadora, revolviendo ms al propio tiempo el pisto manchego de
su programa poltico-social. Sali de la crcel con la cabeza ms
aturullada y los nimos ms encendidos. Entrole entonces cierto afn por
las lecturas, porque reconoca su ignorancia y la necesidad de entender
las ideas de los grandes hombres y los sucesos notables que haban
pasado en el mundo. Durante un par de semanas ley mucho, devorando
obras diferentes, y como tena facilidad de asimilacin y mucha labia,
lo que lea por las maanas lo desembuchaba por las noches en el caf
convertido en pajaritas. Pajaritas eran sus conceptos; pero no por
serlo, dejaban de cautivar a D. Basilio, a Leopoldo Montes y al mismo
Feijoo.

Un da se despert pensando que deba _empollar_ algo de sistemas
filosficos y de historia de las religiones. El mvil de esto no era
simplemente el amor al saber, sino un maligno deseo de tener argumentos
con qu apabullar a los curas de la mesa prxima, que slo por ser
curas, aunque sueltos, le eran antipticos, pues odiaba a la clase
entera desde aquella trastada que los sotanas le hicieron en el Norte.

Poco a poco, a medida que iba acopiando argumentos, fue Rubn
corrindose a lo largo del divn, hasta que lleg a presidir la mesa de
los capellanes. Eran estos tres, cuatro cuando iba Nicols Rubn, todos
de buena sombra y muy echados para adelante. Ninguno de ellos se morda
la lengua fuera cual fuese el tema de que se tratara. El ms calificado
era un viejo catarroso, andaluz, gran narrador de ancdotas, mal
hablado, y en el fondo buena persona. Retirbase a las once y deca sus
misitas por la maana. El segundo era cura de tropa, echado del servicio
por no s qu desafueros, y el tercero ex-capelln de un vapor correo
expulsado porque le cogieron contrabando de tabaco. Estos dos eran
buenos peines; haban corrido mucho mundo, y estaban sin licencias,
ladrando de hambre, echados de todas las iglesias y sin encontrar
amparo en parte alguna. Tal situacin les agriaba el carcter,
hacindoles parecer peores de lo que eran. Jams se vestan de hbitos;
pero conservaban la cara afeitada, como para estar disponibles en el
caso de que los admitiesen otra vez en el oficio.

No s cmo se llamaba el viejo catarroso, porque todos all le nombraban
_Pater_; hasta el mozo que le serva, dbale este apodo. El ex-castrense
se llamaba Quevedo y era del propio Perchel, feo como un susto, picado
de viruelas, de mirada aviesa y con una cara de secuestrador, que dara
espanto al infeliz que se la encontrase en mitad de un camino solitario.
Beba aguardiente aquel clrigo como si fuera agua, y su lenguaje era un
ceceo con gargarismos. Contaba hechos de armas y aventuras de cuartel
con una gracia burda y una sinceridad zafia que levantaban ampolla. El
otro se llamaba Pedernero y era del propio Ceuta, hijo de una _oficiala_
del Fijo, joven y simptico, de modales mucho ms finos que sus colegas,
listo como un chorro de plvora, y con un pico de oro que daba gusto.
Para l no tenan secretos la vida humana ni la juventud: Su compaero
Quevedo sola envolverse en formas hipcritas; Pedernero no. Se
presentaba sin mscara, tal como era, empezando por decir que el
Superior haba hecho muy bien en quitarle las licencias.

El llamado _Pater_ afectaba cierto magisterio episcopal con los otros
dos; les reprenda cuando decan alguna barbaridad y les daba buenos
consejos, profesando el principio de que todo era tolerable cuando se
trataba en broma. l, por ejemplo, hablaba y oa, sobre todo oa, muchas
cosas malas; pero su vida permaneca pura. Tena la cara redonda, blanca
y risuea, y cuando estaba sin sombrero pareca una mujer cincuentona,
ama de cannigo. No gustaba de que le armasen en la mesa disputas
violentas, sino que se mantuviera la tertulia en el terreno de las
hablillas sabrosas y de las chirigotas picantes, aunque fuesen sucias.
Pues bien; en este crculo fue donde se col Juan Pablo, con su
clerofobia y su pegadizo saber de teologa y filosofa catlica.

Empez dando puntadas. Como al principio era su charla frvola y de
gacetilla, todos se rean y el _Pater_ estaba en sus glorias. Pero poco
a poco iba sacando Rubn proposiciones serias. El poder temporal del
Papa fue puesto por los suelos, sin que ninguno de los tonsurados
hiciese una defensa formal. El _Pater_ y Quevedo tomaban la cuestin con
calma, oponiendo a los ataques de Rubn argumentos evasivos en estilo
joco-serio. Pedernero lo echaba todo a chacota; pero una noche que llev
Rubn, bien fresquecito y pegado con saliva, el tema de la pluralidad de
mundos habitados, Pedernero empez a despabilarse. Era doctor en
Teologa, y aunque haba ahorcado los libros haca mucho tiempo, algo
recordaba, y tena adems grandes dotes de polemista. Rubn sali un
tanto contuso; pero en retirada se defenda bien con su flexibilidad y
agudeza. Ms adelante llev un arsenal de argumentos contra la
revelacin. Esto no lo creen ya ms que los adoquines.... Todo el
Viejo Testamento no era ms que un fraude, una imitacin de las
teogonas india y persa. Bien se vea la reproduccin de los mismos
mitos y smbolos. El pecado original, la expulsin del paraso, la
encarnacin, la redencin, eran una serie de representaciones poticas y
naturalistas que se reproducan al travs de los siglos, lo mismo a
orillas del ufrates que del Nilo que del Jordn.

S?, pues ahora lo vers. Esto se dijo Pedernero, cuyo amor propio de
telogo contrabandista se pic extraordinariamente. En dos o tres das
refresc sus lecturas, rehzo su erudicin descompuesta en los viajes y
en la vida de libertino, y bien preparado acudi al torneo a que el otro
le retaba con sabiduras de tercera mano, aprendidas en los libritos
franceses de ciencia popular a treinta cntimos el tomo. Pues amigo, una
noche el ex-capelln del vapor-correo se li la manta y le dio tal
paliza a Rubn, que este hubo de salir con las manos en la cabeza. Haba
que ver a Pedernero transfigurado, hecho un orador ardiente y lleno de
arrogante facundia. El auditorio se estrechaba, y de las mesas prximas
y de los veladores del centro acuda gente, apelmazndose en torno a los
bravos contrincantes. Rubn era agudo, gil, guerrillero de la
discusin; el otro dominaba el asunto y era firme y sobrio de palabras,
seguro en la dialctica.

No pararon aqu las cosas. Rubn, lleno de despecho, resobaba sus
libritos de a treinta cntimos para buscar armas contra la Iglesia.
Apenas las esgrima, Pedernero le reventaba. Su argumentacin era la
maza de Fraga. El _Pater_ no caba en s de gozo y bailaba en el
asiento; Quevedo alargaba el hocico, y hasta se atreva a decir _mu_,
repitiendo las admirables razones de su amigo. Los dems tertulios se
envalentonaban adhirindose algunos al bando de Pedernero, otros al de
Rubn, no por conviccin, sino por divertirse y aumentar la jarana.
Adems de los tres curas, eran parroquianos de aquella mesa las
siguientes personas: un agente de Bolsa riqusimo que, con el _Pater_,
llevaba diez aos de concurrir todas las noches a aquel mismo sitio, un
bajo de pera retirado, un funcionario de poco sueldo y el dueo de un
acreditado molino de chocolate. Los curas y estos cuatro seores
formaban la partida ms fraternal que puede imaginarse. Llevando cada
cual un bocado sabroso al festn de la murmuracin pasaban dulcemente
las horas, amigos all, distantes unos de otros en el comercio de la
vida ordinaria.

Rubn, al verse vencido, pues hasta el agente de Bolsa, que era el ms
libre-pensador de todos, se cay del lado de Pedernero, buscaba camorra,
empleando argumentos de mala fe y personalizando la disputa. El bajo de
pera se crea en el deber de apoyar la idea religiosa, por haberla
expresado tantas veces con su sbana por la cabeza, haciendo el
respetable papel de sumo sacerdote; y el del molino de chocolate azuzaba
a los dos por ver si la cosa se enfurruaba y no quedaban ms que los
rabos. Oanse en aquella parte del caf clusulas furibundas,
proposiciones que parecan dichas en un plpito, y descollaba sobre el
tumulto la valiente voz de Pedernero gritando:

Yo le digo a usted que ningn Santo Padre ha podido sostener ese
disparate. No jorobar. Yo le reto a usted a que me traiga el texto, y si
no lo trae, es prueba de que lo inventa usted.

Aquella noche qued la cosa mal, y el tono de los contendientes, as
como la atmsfera caldeada que en la tertulia rein, hacan temer una
escena desagradable. La catstrofe tuvo lugar a la noche siguiente, pues
habindose permitido Rubn algunas reticencias desfavorables a la
reputacin de la Virgen Mara, salt Pedernero de su asiento, trmulo y
descompuesto, en estado de horrible agitacin, y lanz a su contrario
anatema tan furibundo que los amigos tuvieron que sujetarles.

Porque yo soy un lipendi. Yo reconozco--gritaba el capelln
ahogndose--, que soy un mal sacerdote; pero delante de m no hay un
judo sin vergenza que se atreva a hablar mal de la Virgen. O se traga
usted esas infamias o le rompo el alma... ahora mismo.

No puede describirse lo que all pas. Voces, gritos, patadas, capas
rotas, vasos volcados, terrones por el suelo. Trincando una botella,
Rubn apunt al cura con tal desacierto que qued descalabrado... el
infeliz bajo de pera. El zipizape fue de lo ms clebre... D. Basilio
tir de los faldones a Rubn y por poco se queda con ellos en la mano.
Todo el caf se alborot. El amo intervino...

Emigracin. Desde el da siguiente Juan Pablo traslad sus reales a otro
caf.




--v--


El primero que hubo de seguirle fue don Evaristo Gonzlez Feijoo, a
quien era indiferente este o el otro establecimiento. Instalronse por
el pronto en Fornos, y all esperaron. A la segunda noche fue Leopoldo
Montes, y a la tercera D. Basilio, que les encontr discutiendo de qu
caf se posesionaran definitivamente.

El escritor de Hacienda se apresur a dar su opinin favorable al caf
de Santo Toms, porque all daban ms azcar que en ninguna parte.
Replic a esto Montes que no haba que mirar el caso _bajo el prisma
exclusivo_ del azcar y que el gnero que ms importaba era el caf. El
de la Aduana estuvo a punto de triunfar; pero lo desecharon por no estar
siempre entre franceses, as como se excluy el Imperial por los
toreros, y otro por las cursis que lo invadan. Feijoo se habra quedado
all; pero a Rubn le eran antipticos los alumnos de escuelas
preparatorias militares que iban a Fornos a primera hora. Molestbale
tambin la costumbre que all haba de quitar gas a las diez de la noche
cuando se iban los tales alumnos. El local se quedaba medio a oscuras,
no volviendo a ser bien alumbrado hasta las doce, hora en que venan a
cenar los bolsistas. A Rubn le cargaban tambin los dichosos bolsistas,
que no hablaban ms que de dinero.

Decidieron por fin establecerse en el Siglo de la calle Mayor, donde se
encontraron bastantes personas conocidas. Rubn necesitaba algunos das
para la aclimatacin en nuevo local. Al principio cambiaba
frecuentemente de mesa, bien porque el sitio era expuesto a las
corrientes de aire, bien por ciertas vecindades un poco molestas. Una de
las primeras noches, cuando an no haban llegado los amigos, Rubn
estaba solo en la mesa, y pona su atencin en dos grupos inmediatos a
l. En ambos era vivo y animado el dilogo. En el de la derecha decan:
Hoy he hecho yo unas cincuenta arrobas a veinticinco reales. Pero est
la plaza perdida. Los paletos van aprendiendo mucho. Hoy han dicho que
no traen ms escarola si no se la ponemos a diez. En el grupo de la
izquierda, compuesto de tres individuos, oy Rubn lo siguiente: Te
aseguro que yo admito la metempscosis, segn la entendan los egipcios
y los caldeos. Comprendi Rubn que los de la derecha eran asentadores
de vveres y los de la izquierda filsofos de caf. En el del Siglo
haba una gran reunin de espiritistas, a la que concurra por aquella
fecha Federico Ruiz. Viole Rubn, y se acerc a la tertulia, teniendo el
gusto de discutir con los individuos ms entusiastas de aquella secta.
Entenda Juan Pablo que esto de ir corrindola de mundo en mundo despus
que uno se muere es muy aceptable; pero lo del _periespritu_ no lo
tragaba, ni la guasa de que vengan Scrates y Cervantes a ponerse de
chchara con nosotros cuando nos place. Vamos; esto es para bobos. Uno
de los ms chiflados de la escuela se esforzaba en convencer a Rubn,
tomando ese tonillo de uncin y ese amaneramiento de cuello torcido y
ojos bajos en que cae todo propagandista de doctrina religiosa,
cualquiera que sea. Feijoo aparentaba creer, por darles cuerda y orles
desatinar. A aquel crculo iba Federico Ruiz siempre con prisa y con el
tiempo tasado, porque a tal hora tena que asistir a una junta para
tratar de la ereccin del monumento a Jovellanos; despus a otra para
ocuparse del banquete que se haba de dar a los pescadores de provincias
que vendran al Congreso de piscicultura. Hombre ms atareado no se vio
jams en nuestro pas, y como tena tantas cosas en el caletre, para no
olvidar muchas de ellas se vea obligado a apuntrselas con lpiz en los
puos de la camisa. Cuando no tena que ir a la _Sociedad Econmica_ a
defender su voto particular como individuo de la comisin informadora de
reformas sociales, iba al _Fomento de las Ciencias_ a dar su conferencia
sobre la utilidad de elevar a estudio serio el arte de la panificacin.
Entre col y col, Ruiz pasaba un rato con sus amigos los espiritistas, y
les alentaba a organizarse, a establecerse, a alquilar un local, y sobre
todo a fundar un rgano en la prensa. Nada adelantaran sin rgano.

Iba tambin a aquel corrillo Aparisi el concejal, a quien tenan ya
medio trastornado los apstoles, Pepe Samaniego, que no se dejaba
embaucar, y Dmaso Trujillo, el dueo de la zapatera titulada _Al ramo
de azucenas_, que todo se lo crea como un bendito, y a solas en su casa
haca experimentos con una banqueta de zapatero. En la mesa prxima
haba empleados de Hacienda, Gobernacin y Ultramar, y una tanda de
cesantes. Entre ellos vio Rubn al individuo a quien slo faltaban dos
meses de empleo para poder pedir su jubilacin. Tena pintada en su cara
la ansiedad ms terrible; su piel era como la cscara de un limn
podrido, sus ojos de espectro, y cuando se acercaba a la mesa de los
espiritistas, pareca uno de aquellos seres muertos hace miles de aos,
que vienen ahora por estos barrios, llamados por el toque de la pata de
un velador. El clima de Cuba y Filipinas le haba dejado en los huesos,
y como era todo l una pura mojama, relumbraban en su cara las miradas
de tal modo que pareca que se iba a comer a la gente. A un guasn se le
ocurri llamarle Ramss II, y cay tan en gracia el mote, que Ramss II
se qued. Pasando con desdn por junto a los espiritistas, se sentaba en
el crculo de los empleados, oyendo ms bien que hablando, y
permitindose hacer tal cual observacin con voz de ultratumba, que
sala de su garganta como un eco de las fras cavernas de una pirmide
egipcia. Dos meses, nada ms que dos meses me faltan, y todo se vuelve
promesas, que hoy, que maana, que veremos, que no hay vacante....

Feijoo se arrimaba a l y le daba conversacin, por lstima, animndole
y procurando distraerle de su tema; pero Ramss II, cuyo verdadero
nombre era Villaamil, no tena ms consuelo que aplicar su oreja seca y
amarilla a la conversacin, por si escuchaba algo de crisis o de
trifulca prxima que diese patas arriba con todo. Lo que l quera era
que se armase gorda, pero muy gorda, a ver si...

Pero a usted quin le recomienda? le pregunt una noche Juan Pablo.

--A m D. Claudio Moyano.--Pues entonces ya est usted fresco.

--Dicen que traen al Prncipe...--indic Ramss II con timidez.

--S; lo traern los rusos... por las ventas de Alcorcn. Aviado est
usted si espera a que venga el Prncipe... Aqu lo que viene es la
liquidacin social... y despus, sabe Dios. Saldr el hombre que hace
falta, un to con un garrote muy grande y con cada rin... as.

Ramss II bajaba la cabeza. D. Basilio era su nico amigo, porque
tambin all pona el pao al plpito para anunciar la venida del
Prncipe... Por supuesto--aada--, tiene que venir con la estaca de
que habla el amigo Juan Pablo.

Rubn se encontraba bien en aquel crculo, pero una noche acert a ver
en las mesas de enfrente a un hombre que le desconcert por completo.
Era un amigo suyo que le haba prestado dinero. La secreta antipata que
inspira el acreedor manifestbase en el alma de Rubn en forma de un
odio recndito, nacido quizs del sentimiento de humillacin que
producen las deudas a toda persona de amor propio muy susceptible. El
tal era Cndido Samaniego, hombre medio curial y medio negociante, en su
trato afable, en sus negocios duro. Muchas veces renov a Juan Pablo sus
pagars, y ltimamente le haba apremiado con cierta acritud. Rubn
condensaba sus sentimientos respecto al prestamista en esta frase:
Pagarle y despus romperle la cabeza. Desde que le vea en las mesas
de enfrente, senta una desazn profundsima, mal de estmago y como
ganas de enfadarse. Ponase tan nervioso, que le habra tirado un
botellazo al primer espiritista que hablase de llamar a Epaminondas para
consultarle sobre la marcha de los carlistas por el Baztn.

Y el prfido _ingls_ se dejaba caer hacia aquellas mesas pretextando
tener que hablar a su primo Pepe; pero con intencin de aproximarse a
Juan Pablo, ver lo que haca y cruzar con l algunas palabras. El
infeliz deudor haca de tripas corazn, y ponindole cara risuea,
convidbale a tomar algo; mas el usurero le daba las gracias, y si tena
ocasin le soltaba indirectas tan suaves como esta: Mire usted que no
puedo ms. Siempre me est usted diciendo que la semana que entra, y
francamente... sentir verme obligado a dar un paso que....

A Rubn se le haca acbar el caf y la tertulia un infierno. rale
insoportable la presencia de aquel hombre a quien no poda mandar a
paseo, imagen viva del desorden de su vida, que se le apareca como el
espectro de una vctima cuando ms contento estaba. La nica delicia de
su triste existencia era el caf. Aquel sueo plcido, Samaniego se lo
trocaba en angustiosa pesadilla. No pudo ms, y una noche, sin decir
nada, levant el vuelo hacia otras regiones.




--vi--


En esta nueva emigracin, deseando estar lo ms lejos posible del
Siglo, se fue a San Joaqun, en la calle de Fuencarral, y no se corri
ms al Norte porque no haba cafs en las latitudes altas de Madrid.
Pero en esta desercin, ya no le acompaaron ni D. Basilio Andrs de la
Caa, ni Montes; ste porque San Joaqun estaba _donde Cristo dio las
tres voces_, aqul porque ya se iba cargando de la pertinencia con que
Rubn se burlaba de sus profecas sobre la proximidad de la
Restauracin. El mismo D. Evaristo Feijoo le sigui de mal humor,
dicindole con desabrimiento que no le gustaban los cafs de piano, y
que el _gnero_ y la sociedad no deban ser de lo mejor en aquellas
alturas. Estuvieron solos algunos das. No vean por all caras de
amigos, hasta que una noche se apareci en el local una pareja conocida.
Eran Feliciana y Olmedo, el estudiante de farmacia amigo de Maxi. Ya no
vivan juntos, porque Olmedo haba dado un cambiazo en sus costumbres
volvindose aplicadsimo a cara descubierta. No se recataba ya para
estudiar, y haca pblico alarde, con la mayor desvergenza, de su
decidida inclinacin a tomar el grado aquel mismo ao, llegando hasta la
audacia de escribir un trabajo muy bueno sobre la dextrina, e
ilusionndose con la idea de hacer oposicin a una ctedra. Pero no se
haba encontrado a su antiguo amor, hecha un pingo, y la convid a tomar
un caf en aquel apartado establecimiento. Ms de dos horas estuvieron
charlando los que fueron amantes, y ella no paraba el pico refiriendo
los malos tratos que le daba el hombre que a la sazn era su dueo.
Volvieron dos noches despus a la misma mesa, y Rubn trab conversacin
con ellos. Hablaron de la boda de Maximiliano y de los increbles
sucesos que despus vinieron, diciendo Juan Pablo que su cuadita era
una buena pieza.

Pero, hombre--dijo Feijoo a su amigo--. Y usted, para qu dej casar a
su hermano?.

--A mi hermano le falta un tornillo...

--Ah!, como guapa, ya lo es--agreg D. Evaristo con cierto
entusiasmo--. La he visto ayer... mejor dicho, la he visto varias
veces.

--Dnde?--En su casa. Es largo de contar... dejmoslo para otra noche.

Era sin duda cosa delicada para dicha delante de testigos, y estos eran:
Olmedo con Feliciana, el pianista ciego, que en los descansos sola
agregarse a aquella plcida tertulia, y una seora jamona, fiel
parroquiana del caf de nueve a doce. La llamaban doa Mara de las
Nieves, y era una de las figuras ms notables que presenta Madrid en la
variadsima serie de los tipos de caf. Iba algunas veces sola, otras
con una mujer de mantn borrego que pareca verdulera acomodada. Llevaba
toquilla de color corinto, que se quitaba al sentarse, y al punto se le
armaba en la mesa una tertulia de hombres, compuesta de los siguientes
personajes: un portero del Colegio de Sordo-Mudos, un empleado del
Tribunal de Cuentas, un teniente viejo, de la clase de tropa, retirado
del servicio, y dos individuos que tenan puesto de carne y frutas en la
plaza de San Ildefonso. En esta sociedad reinaba doa Nieves como en un
saln, siendo ella la que pronunciaba las frases maliciosas y
chispeantes sobre el suceso del da, y los otros los que las rean.
Corrase algunas veces hacia la mesa inmediata, sobre todo a ltima
hora, cuando sus amigos, gente que tena que madrugar, empezaba a
desertar del local. Entonces se formaba una segunda pea. Doa Nieves,
bien digerido el caf, tomaba chocolate, y acompabanla Juan Pablo,
Feijoo, el pianista ciego, Feliciana, Olmedo y algn otro. El mozo
mismo, que haba llegado a familiarizarse con aquella sociedad, se
agregaba tambin, tomando asiento a un extremo del corro para escuchar y
aplaudir. Doa Nieves era propietaria de algunos puestos del mercado y
los arrendaba; por esto, as como por sus muchas relaciones, los
diferentes tratos en que andaba y los anticipos que haca a las
placeras, ejerca cierto caciquismo en la plazuela. Se haca respetar de
los guindillas, protegiendo al dbil contra el fuerte y los
contraventores de las Ordenanzas urbanas contra la tirana municipal.

Al pianista ciego le daba el cafetero siete reales y la cena. Por el da
se dedicaba a afinar. Era casado y con ocho de familia. Tocaba piezas de
pera y de zarzuelas francesas como una mquina, con ejecucin fcil,
aunque incorrecta, sin gusto ni sentimiento. A pesar de esto, en ciertos
pasajes muy naturalistas en que imitaba una tempestad o _las campanadas
de incendios_ que da cada parroquia, le aplauda mucho el pblico, y a
ltima hora le pedan siempre habaneras.

La verdad es que todo esto, doa Nieves y las placeras sus amigas, las
mujeres de equvoca decencia que iban all acompaadas de madres
postizas, el mozo y sus familiaridades, el pianista y sus habaneras,
aburran a Juan Pablo soberanamente. Para colmo de hasto, Feijoo no era
puntual y faltaba muchas noches. En cambio, Feliciana y Olmedo iban con
ms frecuencia, llevando ella una amiguita que acababa de salir de San
Juan de Dios.

En las ltimas semanas del 74, Rubn volvi a sentir comezn de
lecturas. Quera instruirse a todo trance, labor inmensa y difcil por
carecer de base, pues su padre, con la idea de que al comerciante le
estorba el latn, no le permiti aprender ms que las cuatro reglas y un
poco de francs. No tena biblioteca, y un amigo le proporcionaba
libros. Fue a verle, escogi los que ms despertaron su curiosidad por
los ttulos, y consagr a la lectura todo el tiempo que le dejaban libre
el caf y el sueo. Tantas ideas adquiri que se senta con vivas ansias
de devolverlas por medio de la propaganda. O predicaba o reventaba.
Lstima grande no volver a la tertulia de Pedernero para ponerle verde,
porque ya saba lo bastante para pasarse a todos los telogos por la
nariz.

Las lecturas de Rubn fueron como un descubrimiento. Ya sospechaba l
aquello; pero no se atreva a expresarlo. El hallazgo era negativo, es
decir, haba descubierto que la mejor organizacin de los estados es la
desorganizacin; la mejor de las leyes la que las anula todas, y el
nico gobierno _serio_ el que tiene por misin no gobernar nada,
dejando que las energas sociales se manifiesten como les da la gana. La
anarqua absoluta produce el orden verdadero, el orden racional y
propiamente humano. Las sociedades, claro, tienen sus edades como las
personas: hay sociedades que estn mamando, sociedades que andan a
gatas, sociedades pollas, sociedades jvenes, y por fin, las maduras y
dueas de s; sociedades con barbas, en una palabra, y tambin con
algunas canas. Tocante a religiones y prcticas sociales que de ellas se
derivan, Juan Pablo iba muy lejos, pero muy lejos; como que no le
costaba nada el billete para tan largo viaje. Slo en la edad pueril,
cuando a la sociedad se le cae la baba y vive bajo la frula del dmine,
se comprende que exista y tenga proslitos la institucin llamada
matrimonio, unin perpetua de los sexos, contraviniendo la ley de
Naturaleza... y a santo de qu?, vamos a ver... Eso s, por encima de
todo la Naturaleza. Estudiando bien la vida total, el entendimiento se
limpia de las telaraas que en l han tejido los siglos. La Naturaleza
es la verdadera luz de las almas, el Verbo, el legtimo Mesas, no el
que ha de venir sino el que est siempre viniendo. Ella se hizo a s
propia, y en sus devoluciones eternas, concibiendo y naciendo sin cesar,
es siempre hija y madre de s misma. Qu tal? Toma canela fina.

Encontrbase mi hombre con fuerza dialctica y entusiasmo bastantes para
predicar y extender por todo el mundo aquellas verdades. Pero como no
tena ms pblico que la tertulia del caf, con ese inocente auditorio
tuvo que contentarse. Y qu? Cunto mejor no era sembrar la nueva
doctrina en entendimientos sencillos y absolutamente incultivados! Pues
el mismo Jesucristo no escogi por discpulos a unos infelices
pescadores, hombres rudos que no conocan ninguna letra, y a mujeres de
mala vida? Ved aqu por dnde doa Nieves y las placeras sus amigas,
Feliciana y la parroquiana de San Juan de Dios, el camarero, el pianista
fueron escogidos para que Juan Pablo sembrara en ellos la primera
simiente de aquel Evangelio al natural. Por espacio de muchas noches
hizo propaganda acalorada. A veces se tena que incomodar, porque le
hacan observaciones estpidas o socarronas. Como se expresaba muy bien,
oanle todos con gran atencin, y las chicas del partido le ponan
buenos ojos. El mozo era el ms entusiasmado y deca: Qu pico tiene
este seor de Rubn!.

Pasaba lo de la anarqua y aun lo del matrimonio; pero en llegando a que
todo es Naturaleza, reinaba gran confusin en el auditorio, y doa
Nieves, tomando el caso a broma, peda mayor claridad.

Pero a ver, D. Juan Pablo, explquese mejor... porque eso de que todos
seamos todo no lo calo yo bien....

--Lo primero, hijas mas--deca con uncin el expositor--, es limpiar el
_intellectus_ de errores adquiridos en la infancia, de prejuicios y
muletillas; lo primero es _querer entender_. No admito argumentos que no
sean racionales.

--Y cuando nos morimos--pregunt una de las samaritanas--, qu pasa?

--Hija, cuando nos morimos, pasamos a fundirnos en el grandioso conjunto
universal...

--_Mia_ sta... Pues qu queras t, seguir gozando y divirtindote por
all?

--Y Dios?--Dios!... francamente, no me gusta, por consideraciones que
se deben a toda gran idea histrica, no me gusta, digo, hablar mal de
l... Me concreto, pues, a negarle... respetuosamente.

--Otra!, qu cosas se le ocurren! De modo que la misa no es nada
tampoco...

--Mara Santsima!, con lo que sale usted ahora. La misa... es un rito,
uno de tantos ritos.

--Y lo mismo da orla que no? Y para qu son los funerales?

--Otro rito... La que no pueda o no sepa dar a la Naturaleza lo que es
de la Naturaleza y a la historia lo que es de la historia, que se
calle... No hay tal muerte, hijas mas: la que tenga odos, oiga... Esta
es la verdad; morirse es cumplir una ley de armona.

--Vaya un lo que me arman ustedes!

Una de las placeras que presentes estaban tena muy abultado el seno. En
cierta ocasin, estando confesndose, le dijo el cura: sea usted
modesta en el vestir y no haga ostentacin de esas
_naturalezas_....--Qu, seor?.--Eso, la delantera. Por esto, al
or hablar de Naturaleza y de pecado, crey que se referan a aquellas
partes que debe cubrir el recato, y dijo escandalizada:

Vaya unas conversaciones indecentes que sacan ustedes!.

Indecentes no, hija.

--Lo que yo dijo y sostengo--manifest una de las samaritanas, tirando
por la calle de enmedio--, es que este D. Juan Pablo est _guillado_.

Loco, tal vez no; pero fatigado s de sus intiles esfuerzos. Ni
abriendo con martillo un boquete en aquellas cabezas de piedra, lograra
meter la luz de la verdad. Corrindose al velador inmediato, donde
estaba cenando el ciego, mand al mozo que le pusiese all su chocolate.
El ciego volvi hacia l sus ojos vacos y muertos, su cara que pareca
un quinqu sin encender, y le dijo con profundsima tristeza:

Pero es verdad, D. Juan Pablo, lo que usted nos cuenta? Lo cree usted
as, o es que quiere entretenerse y divertirse con nosotros, ignorantes?
Me ha llenado usted de dudas.

Ser verdad que cuando uno se muere se convierte en escarola?.

Juan Pablo mir al ciego, y se helaron en sus labios las palabras con
que iba a espetarle nuevamente su cruel filosofa. Era Rubn hombre de
buen corazn, y le pareci poco humano aumentar las tinieblas de aquella
triste y miserable vida. Pero al propio tiempo su conciencia no le
permita desmentir lo que acababa de sostener. La dignidad por delante.
Estuvo luchando un rato entre la piedad y el deber, y como el ciego
volviese a preguntarle con insistente afn: pero es cierto que al
morir nos convertimos en berzas...? le replic el apstol:

Le dir a usted... hay opiniones... No haga caso. Si no fuera por estas
bromas, cmo se pasaba el rato?.

No siguieron estas conversaciones filosficas, porque sobrevino lo de
Sagunto, y este suceso absorbi la atencin general en todos los cafs,
desde el ms grande al ms chico. Rubn estaba furioso, y sostena que
el Gobierno no tena vergenza si no fusilaba en el acto... pero en el
acto... a Martnez Campos, a Jovellar y todos los dems que haban
andado en aquel lo. Cuando sus amigos no le queran or sobre este
particular, hablaba solo. Desmenta categricamente cuantas noticias
llegaban al caf. Todo era falso. Antes que el Prncipe viniera, habra
un levantamiento general, y los carlistas haran el ltimo esfuerzo.
Negaba que D. Alfonso hubiera llegado a Marsella, que se embarcase para
Barcelona en la _Navas de Tolosa_, y vindolo entrar en Madrid habra de
negar que estaba entre nosotros. Pero una noche, despus de largas
ausencias, lleg Feijoo al caf, y sentndose los dos aparte, le dijo:

Hombre, he visto a Jacinto Villalonga; he hablado largamente con l. Ya
sabe usted que es de la situacin y muy amigo mo. Por supuesto, no
acepta la Direccin que se le ha ofrecido, porque prefiere andar suelto.
Es ua y carne de Romero Robledo. Y voy a lo que iba... Le he hablado de
usted....

--De m!--S; es preciso colocarse. Usted no puede continuar as.

--Mire usted, amigo Feijoo--dijo Rubn masticando las palabras para
salir de aquel atolladero--. Yo no puedo admitir... Y el decoro de los
hombres? Yo he profesado toda mi vida...!

--Msica, msica.--Yo no soy de esos que hablan mal de una situacin, y
luego van a quitarles motas al que antes desollaron.

--Msica, msica.--En fin, que yo agradezco... pero no puede ser... Me
ofendera, s seor, me ofendera.

--De modo--exclam Feijoo en voz alta, abriendo los brazos y tomando un
tono que no se podra decir si era de indignacin o de burla--, de modo
que ya no hay patriotismo.

--Otra!... Patriotismo s hay; pero yo...

--Usted har lo que yo le mande, y tendremos credencial.

Rubn sigui toda la noche afectando mal humor, una severidad torva, el
malestar de la persona a quien ponen un pual al pecho para que consume
un acto contrario a sus convicciones. Al retirarse a casa, se comparaba
con Wamba y deca para su sayo: Cmo ha de ser... paciencia. Tengo que
ser alfonsino... a la fuerza. Vaya un compromiso... Re-Dios, qu
compromiso...!.




-II-

La restauracin vencedora




--i--


Me ha contado Jacinta que una noche lleg a tal grado su irritacin
por causa de los celos, de la curiosidad no satisfecha y de la forzada
reserva, que a punto estuvo de estallar y descubrirse, haciendo pedazos
la mscara de tranquilidad que ante sus suegros se pona. Porque la peor
de sus mortificaciones era tener que desempear el papel de mujer
venturosa, y verse obligada a contribuir con sus risitas a la felicidad
de D. Baldomero y doa Brbara, tragndose en silencio su amargura. Ya
no le quedaba duda de que su marido _entretena_, como se dice ahora, a
una mujer, y de estos entretenimientos no tenan ni siquiera sospechas
los bienaventurados paps. Saba que la tarasca que le robaba su marido
era la misma con quien tuvo amores antes de casarse, la madre del
_Pituso_ muerto, la condenada Fortunata que le haba dado tantas
jaquecas. Deseaba verla... pero no; ms vala que no la viera jams,
porque si la vea, de fijo se le iba el santo al Cielo.

La noche a que Jacinta se refera, contando estas cosas, noche
tristsima para ella por haber adquirido recientemente noticias
fidedignas de la infidelidad de su marido, hubo en la casa gran
regocijo. Aquel da haba entrado en Madrid el Rey Alfonso XII, y D.
Baldomero estaba con la Restauracin como chiquillo con zapatos nuevos.
Barbarita tambin reventaba de gozo y deca: Pero qu chico ms salado
y ms simptico!. Jacinta tena que entusiasmarse tambin, a pesar de
aquella procesin que por dentro le andaba, y poner cara de pascua a
todos los que entraron felicitndose del suceso. El marqus de
Casa-Muoz oficiaba de chambeln palatino. Haba tenido la dicha
inmensa de estar en Palacio formando parte de una de las comisiones, y
el Rey habl con l... Contaba el caso el marqus, haciendo notar bien
el tono familiar con que se haba expresado S. M. Hola, marqus, cmo
va?. Nada, lo mismo que si me hubiera tratado toda la vida.

Aparisi sostuvo poco despus que l haba previsto todo lo que estaba
pasando. l no era partidario de la Restauracin; pero haba que
respetar los hechos consumados. D. Baldomero no cesaba de exclamar:
_Veremos a ver_ si ahora, qu dianches!, hacemos algo; si esta nacin
entra por el aro.... Jacinta se indignaba en su interior. Tena un
volcn en el pecho, y la alegra de los dems la mortificaba. Por su
gusto se hubiera echado a llorar en medio de la reunin; mas rale
forzoso contenerse y sonrer cuando su suegro la miraba. Retorciendo en
su corazn la cuerda con que a s propia se ahogaba, se deca: Pero a
este buen seor, qu le va ni le viene con el Rey?... qu les
importa!... Yo estoy volada, y aqu mismo me pondra a dar chillidos, si
no temiera escandalizar. Esto es horrible!....

Don Alfonso rale antiptico, porque su imagen estaba asociada a la
horrible pena que la infeliz sufra. Aquella maana fue con Barbarita a
casa de Eulalia Muoz, que viva en la Calle Mayor, a ver la entrada del
Rey. Amalia Trujillo la tom por su cuenta, y la estuvo adulando antes
de darle el gran susto. Hallbanse las dos solas en el balcn de la
alcoba de Eulalia, y ya sonaban los clarines anunciando la proximidad
del Rey, cuando Amalia, plum!, le solt el pistoletazo. Tu marido
_entretiene_ a una mujer, a una tal Fortunata, guapsima... de pelo
negro... Le ha puesto una casa muy lujosa, calle tal, nmero tantos...
En Madrid lo sabe todo el mundo, y conviene que t tambin lo sepas.
Quedose yerta. Cierto que sospechaba; pero la noticia, dada as con
tales detalles, como el pelo negro, el nmero de la casa, era un
jicarazo tremendo. Desde aquel aciago instante, ya no se enter de lo
que en la calle ocurra. El Rey pas, y Jacinta le vio confusa y
vagamente, entre la agitacin de la multitud y el _turur_ de tantas
cornetas y msicas. Vio que se agitaban pauelos, y bien pudo suceder
que ella agitara el suyo sin saber lo que haca... Todo el resto del da
estuvo como una sonmbula.

Entr Guillermina, que tambin hubo de llevar sus notas de alegra al
concierto general. Ya era tiempo--dijo antes de meterse en el rincn en
que sola estar--. No aguardo sino a que descanse del viaje para ir a
echarle el toro... Me tiene que dar para concluir el piso bajo. Y lo
har, porque le hemos trado con esa condicin: que favorezca la
beneficencia y la religin. Dios le conserve.

Jacinta la sigui al gabinete prximo, y all estuvieron las dos de
chchara por espacio de una hora larga. Guillermina deca: Paciencia,
hija, paciencia, y todo se arreglar; yo te lo prometo. Ya cerca de las
doce entr Juan, y su mujer le mir con severidad sin decirle nada...
Es que te voy a aborrecer--pens--, como no te enmiendes. Pues no
faltaba otra cosa... Y lo que es esta noche te como... No me engatusars
con tus zalameras.

Juan, aunque bien hubiera querido contradecir los optimismos de su padre
y amigos, no se atrevi a ello, porque el empuje de aquella opinin era
demasiado fuerte para luchar con l. Hasta los ltimos das del 74 haba
defendido la Restauracin. Despus de hecha, encontr mal que la
hicieran los militares, y en esto fund sus crticas del suceso
consumado.

Aqu siempre se han hecho las mudanzas de esa manera--dijo el seor de
Santa Cruz con patriarcal buena fe--. Es nuestra manera de matar pulgas.
Pues qu, queras t que las Cortes...? Ests fresco.

Despus sostuvo el Delfn, con ejemplos de Francia e Inglaterra, que
ninguna Restauracin haba prevalecido; mas todos se negaron a seguirle
por los vericuetos histricos. D. Baldomero, sin meterse en dibujos,
dijo una cosa muy sensata, producto de su observacin de tanto tiempo:
Yo no s lo que suceder dentro de viente, dentro de cincuenta aos. En
la sociedad espaola no se puede nunca fiar tan largo. Lo nico que
sabemos es que nuestro pas padece alternativas o fiebres intermitentes
de revolucin y de paz. En ciertos periodos todos deseamos que haya
mucha autoridad. Venga lea! Pero nos cansamos de ella y todos queremos
echar el pie fuera del plato. Vuelven los das de jarana, y ya estamos
suspirando otra vez porque se acorte la cuerda. As somos, y as creo
que seremos hasta que se afeiten las ranas.

--Es la condicin humana. As viven y se educan las sociedades--dijo el
Delfn--. Lo que a m no me gusta es que esto se haga por otra va que
la de la Ley.

Pillo, tunante!--pensaba Jacinta comindose las palabras, y con las
palabras la hiel que se le quera salir--. Qu sabes t lo que es ley?
Farsante, demagogo, anarquista! Cmo se hace el purito... Quien no te
conoce....

Cuando se retiraron a su alcoba, Jacinta se esforzaba en aumentar su
furor; quera cultivarlo, o alimentarlo como se alimenta una llama,
arrojando en ella ms combustible. Esta noche me le como. Quisiera
estar ms furiosa de lo que estoy, para no dejarme engolosinar. Y eso
que lo estoy bastante. Pero an me vendra bien un poquito ms de ira.
Es un falso, un hipcrita, y si no le aborrezco, no tengo perdn de
Dios.

En esto, sinti que Juan la abrazaba por la cintura... Qutate,
djame...--grit ella--. Estoy muy incomodada; pero no ves que estoy
muy incomodada?.

Juan la vio temblorosa y sin poder respirar. Perdone uste, seora
replic bromeando.

Jacinta tuvo ya en la punta de la lengua el _lo s todo_; pero se acord
de que noches antes su marido y ella se haban redo mucho de esta
frase, observndola repetida en todas las comedias de intriga. La
irritada esposa crey ms del caso decir: Te aborrecer, ya te estoy
aborreciendo. Santa Cruz, que estaba de buenas, repiti con buena
sombra otra frase de las comedias: _Ahora lo comprendo todo_. Pero la
verdad, chica, es que no comprendo nada.

Turbada en sus propsitos de pelea por el buen genio y los cariosos
modos que el prfido traa aquella noche, Jacinta rompi a llorar como
un nio. Juan le hizo muchas caricias, besos por aqu y all, en el
cuello y en las manos, en las orejas y en la coronilla; besos en un codo
y en la barba, acompaados del lenguaje ms finamente tierno que se
podra imaginar.

No aguanto ms, no puedo aguantar ms era lo nico que ella deca con
angustioso hipo, mojndole a l la cara y las manos con tanta y tanta
lgrima. No poda tener consuelo. Todo aquel llanto era el disimulo de
tantsimos das, sospechar callando, sentirse herida y no poder decir ni
siquera ay! Esto es horrible, esto es espantoso; no hay mujer ms
desgraciada que yo... Y lo que es ahora, te aborrecer de veras, porque
yo no puedo querer a quien no me quiere. Te quera ms que a mi vida.
Qu tonta he sido! A los hombres hay que tratarlos sin consideracin...
Ya no ms, ya no ms... Estoy volada, y lo que es esta no te la
perdono... digo que no te la perdono.

Algn trabajo le cost a Santa Cruz que su mujer repitiese lo que le
haba dicho una amiga aquella maana. Y cuando l lo negaba, la ofendida
esposa, que senta en su alma la conviccin profundsima de la
autenticidad del hecho, irritbase ms: No lo niegues, no me lo
niegues, pues yo s que es cierto. Hace tiempo que te lo he conocido.

--En qu...?--En muchas cosas.--Dmelas--indic l ponindose serio.

--Si siempre has de negarlo... Pero no, no me engaas ms.

--Si no pienso engaarte...--Lo que Amalia me ha dicho--afirm Jacinta
con sbita ira, llena de dignidad, ponindose en pie y afianzando con un
gesto admirable su aseveracin--, es verdad. Yo digo que es verdad y
basta.

Grave y mirndola a los ojos, el anarquista replic en tono muy seguro:

Bueno, pues es verdad. Yo te declaro que es verdad.




--ii--


Quedose Jacinta como una estatua, y al fin, volviendo la espalda a
su marido, hizo un ademn de salir. l la cogi por una mano, y quiso
abrazarla. Ella no se dej. En medio del estrujn frustrado, slo pudo
articular la esposa muy vagamente estas palabras: Me voy. Lo que ms
la irritaba era que el tunante, despus de lo que haba dicho, tuviera
todava humor de bromas y pusiera aquella cara de pilln, como si se
tratara de una cosa de juego. Porque se sonrea, y tranquilo en
apariencia, djole en tono de seriedad cmica:

Seora, acustese usted.

--Yo...?--Se lo mando a usted... Acustese usted al momento.

No le fue a ella posible entonces librarse de un abrazo apretado, y en
aquel segundo estrujn, oy estas cariosas palabras:

No vale ms que nos expliquemos como buenos amigos? Hijita de mi alma,
si te enfurruas, no llegaremos a entendernos.

Jacinta fue bruscamente desarmada. Quedose como el combatiente de los
cuentos de nios, a quien por obra de magia se le convierte la espada en
alfiler y el escudo en dedal.

El Delfn haba entrado, desde los ltimos das del 74, en aquel periodo
sedante que segua infaliblemente a sus desvaros. En realidad no era
aquello virtud, sino cansancio del pecado; no era el sentimiento puro y
regular del orden, sino el hasto de la revolucin. Verificbase en l
lo que D. Baldomero haba dicho del pas; que padeca fiebres
alternativas de libertad y de paz. A los dos meses de una de las ms
graves distracciones de su vida, su mujer empezaba a gustarle lo mismito
que si fuera la mujer de otro. La bondad de ella favoreca este
movimiento centrpeto, que se haba determinado por quinta o sexta vez
desde que estaban casados. Ya en otras ocasiones pudo creer Jacinta que
la vuelta a los deberes conyugales sera definitiva; pero se equivoc,
porque el Delfn, que tena en el cuerpo el demonio malo de la variedad,
cansbase de ser bueno y fiel, y tornaba a dejarse mover de la fuerza
centrfuga. Mas era tanta la alegra de la esposa al verle enmendado,
que no pensaba que aquella enmienda fuera como un descanso, para
emprenderla despus con ms bro por esos mundos de Dios. Tambin esto
concordaba con un pensamiento de D. Baldomero, que deca: Cuando el
pas remite, y fortalece con su opinin la autoridad, no es que ame
verdaderamente el orden y la ley, sino que se pone en cura y hace sangre
para saciar despus con mejor gusto el apetito de las trifulcas.

Qued, como he dicho, tan desarmada Jacinta, que no poda ser ms. Pero
creyendo que su dignidad le ordenaba seguir muy colrica, dijo todas las
palabras necesarias para mostrarlo, por ejemplo: Me acostar o no me
acostar, segn me acomode. A ti qu te importa? No parece si no que...
Conmigo no se juega, estamos?... Pues qu se ha figurado este tonto?
Hemos concluido, te digo que hemos concluido... Bien, me acuesto porque
quiero, no porque t me lo mandes... Vaya!....

Poco despus se oa en la alcoba lo siguiente: Que te ests quieto...
No vayas a creerte que ahora te voy a perdonar. No, si no me
engatusas... ni hay _tiln_ que valga. Ya van quince y raya. No estn
los tiempos para perdones, caballerito. Haz el favor, te digo... No
quiero verte, no quiero orte, ni me importa que me quieras o no. Si me
quieres, rabia y rabia; mejor. Yo me reir vindote padecer. Con que lo
dicho, djame en paz. Tengo un sueo espantoso... No ves cmo se me
cierran los ojos?.

Y era mentira. Lejos de tener ganas de dormir, estaba muy despabilada y
nerviosa.

T no tienes sueo; a que no lo tienes?--le deca l--. A que te
despabilo y te pongo como un lucero?.

--A que no? Cmo?

--Contndote toda la verdad de lo que te dijo Amalia, haciendo una
confesin general para que veas que no soy tan malo como crees.

--Ah!, s; ven, ven, hijito--exclam ella alargando sus brazos
desnudos--. Confisame todo; pero con nobleza. Nada de comedias...
porque t eras muy comiquito. Gracias que yo te conozco ya las
marrulleras, y algunas bolas me trago; pero otras no. De veras que vas
a contrmelo todo?

La idea de perdonar electrizaba a Jacinta, ponindola tan nerviosa que
echaba chispas. No caba en s de inquietud, pensando en lo grande del
perdn que tena que dar en pago de lo enorme de la sinceridad que se le
ofreca.

Y su zozobra era tal, que por poco se echa de la cama, cuando Juan se
apart de ella para ir hacia la suya... Pero qu?--pens--, se
arrepiente este tuno de lo que ha dicho?... Es que no quiere contarme
nada?....

Abur, hombre dijo en alta voz con despecho.

--Si vuelvo, si voy all en seguida... Mi mujer gasta un genio muy vivo.

--Es que si cuentas, cuentas pronto; y si no, lo dices, para dormirme.
No estoy yo aqu esperando a que al seorito le d la gana de tenerme en
vela toda la noche.

--Cllese usted, _so ta_...--Diciendo esto, volvi hacia ella,
sentndose en el lecho y hacindole mil ternezas.

--Ah!, esto est perdido--murmur Jacinta en los respiros que las
caricias de su marido le dejaban, ahogndola...--. Mira, estate quieto y
no me sofoques. No tengo yo gana de bromas.

--Vamos al caso, niita ma. Para que yo te cuente lo que deseas saber,
es preciso que t me cuentes antes a m otra cosa. Dices que t
sospechabas esto que ha pasado, mejor, que lo adivinabas. En qu te
fundabas t para adivinarlo?... qu observaste y qu supiste?

--Ay!... con lo que sale ahora este bobo...! Crees que una mujer
celosa necesita ver nada? Lo olfatea, lo calcula y no se equivoca... Se
lo dice el corazn.

--El corazn no dice nada. Eso es una frase.

--Cuando te vuelves faltn, la menor palabra, cualquier gesto tuyo me
sirven para leerte los pensamientos. Y te parece que es poco dato el
ver cmo me tratas a m? Hasta la manera de entrar aqu es un dato.
Hasta una ternura, una palabra cariosa te venden, porque al punto se ve
que son sobras de otra parte, tradas aqu por deber y para cubrir el
expediente... Palabras y caricias vienen muy usadas.

--Cunto sabes!--Ms sabes t... No, no, ms s yo. En la desgracia se
aprende... Muchas veces me callo por no escandalizar; pero por dentro
siento algo que me est rallando as, as... muele que te muele... Pues
tengo yo un olfato...! Cuando ests faltoncito, si no lo conociera por
otras cosas, lo conocera por el perfume que traes algunas veces en la
ropa... Otro dato: Una noche traas en el pauelo de seda del cuello,
qu crees?, pues un cabello negro, grande. Lo saqu con las puntas de
los dedos y lo estuve mirando. Me daba tanto asco como si me lo hubiera
encontrado en la sopa. No chist. Otra noche dijiste en sueos palabras
de las que se dicen cuando un hombre se pega con otro. Yo me asust. Fue
aquella noche que entraste muy nervioso y con un dolor en el brazo. Tuve
que ponerte rnica. Me contaste que viniendo no s por dnde te sali un
borracho, y tuviste que andar a trompazos con l. Traas tierra en la
americana azul. Toda la noche estuviste muy inquieto, no te acuerdas?

--Me acuerdo, s--dijo el Delfn, renovando en su mente el lance con
Maximiliano.

--Pues vers. Otra noche, cuando te desnudabas, plin... cay al suelo un
botn. Vino saltando hasta cerca de mi cama. Pareca que me miraba. Era
de nquel, labrado, con muchos garabatos. Cuando te dormiste, me ech de
la cama y lo cog. Era un botn de mujer, de los que se usan ahora en
las chaquetillas. Lo tengo guardado. Estas ignominias se guardan para en
su da sacarlas y decir: me negars esto?... Y t siempre tan
comediante! Yo pasaba unas fatigas...!, pero nunca quise rebajarme al
espionaje. Se me ocurri preguntar al cochero. Con una buena propinilla,
Manuel no me habra ocultado lo que supiera. Pero por respeto a ti y a
m misma y a la familia, no hice nada. Contarle a tu mam mis
sospechas!... Para qu?, para disgustarla sin ventaja ninguna?...
Guillermina, con quien nicamente me clareaba, decame siempre:
paciencia, hija, paciencia. Y por fin llegaba yo a tenerla, y el
molinillo que me daba vueltas en el corazn, mola, hacindomelo polvo,
y yo aguanta que aguanta, siempre callada, poniendo cara de Pascua y
tragando hiel, tragando hiel. Esta maana, cuando Amalia me dijo lo que
me dijo, toda la sangre se me hizo como un veneno, y me propuse
aborrecerte, pero aborrecerte en toda regla, no creas... y no perdonarte
aunque te me pusieras delante de rodillas. Pero es una tan dbil...!
Si merecemos todo lo que nos pasa...! Es la mayor desgracia ser as,
tan simplona... Como que estamos a merced de esas... secuestradoras, que
de tiempo en tiempo nos prestan a nuestros propios maridos para que no
alborotemos...




--iii--


Esta ltima queja puso al seorito de Santa Cruz un tanto
pensativo y desconcertado. No desconoca l la situacin poco airosa en
que estaba ante Jacinta, cuya grandeza moral se elevaba ante sus ojos
para darle la medida de su pequeez. Era muy soberbio, y el amor propio
descollaba en l sobre la conciencia y sobre los sentimientos todos; de
manera que nada le molestaba tanto como verse y reconocerse inferior a
su mujer. Cuando, media hora antes, prometi confesar sus faltas, hzolo
movido de orgullo, para engalanarse con la sinceridad, a la manera del
fatuo que se da tono con una cruz. La confesin de la culpa ennoblece
siempre, y como demasiado saba l que todo lo noble hallaba eco en el
gran corazn de Jacinta, se dijo: aqu me viene bien un _rasgo_. Pero
el momento de la confesin se acercaba, y el pecador estaba algo
confuso, sin saber cmo iba a salir de ella. Lo que l quera era quedar
bien, remontarse hasta su mujer, y superarla si era posible, presentando
sus faltas como mritos, y retocando toda la historia de modo que
pareciese blanco y hasta noble lo que con los datos sueltos del botn y
el cabello era negro y deshonroso. No tena que calentarse mucho los
sesos para salir del paso, porque para tales escamoteos tena su
entendimiento una aptitud particular. Su imaginacin despiertsima se
pintaba sola para hacer pasar de un cubilete a otro las ideas. Lo que l
no poda sufrir era que se le tuviese por hombre vulgar, por uno de
tantos. Hasta las acciones ms triviales y comunes, si eran suyas,
quera que pasasen por actos deliberadamente admirables y que en nada se
parecan a lo que hace todo el mundo. Rpidamente, con aquella presteza
de juicio del artista improvisador, hizo su composicin, y all te van
las confidencias... Jacinta se haba de quedar tamaita. Ya vera ella
qu marido tena, qu ser superior, qu persona tan extraordinaria. Hay
una moral gruesa, la que comprende todo el mundo, incluso los nios y
las mujeres. Hay otra moral fina, exquisita, inapreciable para el vulgo:
es la que slo pueden gustar los paladares muy sensibles... Vamos all.

Preparmonos a or tus papas dijo ella.

--De todo lo que has dicho, parece deducirse que yo soy un miserable,
un cualquiera, uno de tantos. Pues ahora lo veremos. He guardado reserva
contigo, porque cre que no me comprenderas. Veremos si me comprendes
ahora. Es cierto que hace dos meses, me encontr otra vez a...

--Haz el favor de no nombrarla--suplic Jacinta con viveza--. Ese nombre
me hace el efecto de la picadura de una vbora.

--Bueno, pues voy al grano... Encontrmela casada.

--Casada!--S, con un simple. La metieron en un convento, la casaron
despus como por sorpresa... Chica, una historia de intrigas, violencias
y atrocidades que horroriza.

--Pobre mujer!--exclam ella, respondiendo al intento de Juan, que
empezaba por hacer a la otra digna de lstima--. Pero bien merecido le
est por su mala conducta.

--Esprate un poco, hija. Mujer tan desgraciada no creo que haya nacido.

--Ni ms mala tampoco.--Sobre eso hay mucho que decir. No es maldad lo
que hay en ella, es falta de ideas morales. Si no ha visto nunca ms que
malos ejemplos; si ha vivido siempre con tunantes...! Yo pongo en su
lugar a la mujer ms perfecta, a ver lo que haca. No, no es lo que
crees. Digo ms, sera muy buena, si la dirigieran al bien. Pero hazte
cargo: despus de andar de mano en mano, este la coge, este la suelta,
la casan con un hombre que no es hombre, con un hombre que no puede ser
marido de nadie...

Jacinta abri la boca; tan grande era su pasmo.

Y ese majadero la martirizaba de tal modo desde el primer da de
matrimonio, que la infeliz, prefiriendo la libertad en la ignominia a
una esclavitud insoportable, se escapa de la casa, y se echa otra vez a
la calle, como en sus peores tiempos. En esto me encuentra y me pide
amparo.

Jacinta no haba cerrado todava la boca.

En tal situacin--prosigui Juan, hallndose ya en plena posesin de su
tesis y con los cubiletes en la mano--, yo te planteo el problema a
ti... vamos a ver... Figrate que eres hombre; figrate que te
encuentras delante de aquella infeliz mujer, que te pide socorro, una
defensa contra la miseria y la deshonra, y al verla delante, t te
reconoces autor de todas sus desdichas, porque t la perdiste, porque de
ti le vienen todos sus males. Yo quiero que me digas con lealtad qu
haras, qu haras t en este trance. Pero cierra ya esa boca; basta ya
de asombro y contstame.

--Pues yo... qu hara? Echar mano al bolsillo, darle cuatro o cinco
duros, y marcharme a mi casa.

--Esa fue mi primera idea. Pero ciertas deudas, seora ma--dijo Santa
Cruz triunfante--, no se saldan con cuatro ni con cinco duros.

--Pues mil, dos mil, cien mil reales, vamos.

--Tampoco. Yo pens que deba poner a aquella infeliz en camino de
adquirir una posicin decente y estable. Buscarle un marido, no poda
ser; estaba casada. Procurarle una manera de vivir con independencia y
honradez... ah!, esto es muy difcil. No tiene educacin; no sabe
trabajar en nada que produzca dinero. No hay para ella ms recurso que
comer de su belleza. Pero en esto mismo hay distintos grados de
ignominia. No empieces a hacerte cruces, hija. Las cosas hay que
tomarlas como son; otra cosa es empearse en sostener una filosofa
cursi. Yo le dije: bueno, pues te pongo una casa, y arrglatelas como
puedas.... No, si no es para que hagas tantas cruces, lo repito. Hay
que ponerse en la realidad, niita. No mires esto con ojos de mujer;
ponte en mi caso; figrate que eres hombre...

--Estoy asombrada de la vuelta que le das a tus caprichos, y de lo bien
que te las compones para hacer pasar por proteccin desinteresada lo que
en realidad es amor que tenas o tienes a esa maldita.

--Pues a eso voy ahora. Aqu te quiero ver... Atencin. Yo te juro que
no despertaba en m ni el amor ms insignificante, ni tan siquiera un
capricho de momento. No hay ejemplo de una frialdad como la que yo
senta ante ella. Bien me lo puedes creer. No slo no me inspiraba
pasin, sino que hasta me repugnaba.

--Eso--dijo la esposa--, que te lo crea otro, que lo que es yo...

--Qu tonta eres! Tu incredulidad nace de la idea equivocada que tienes
de esa mujer. Te la has figurado como un monstruo de seducciones, como
una de esas que, sin tener pizca de educacin ni ningn atractivo moral,
poseen un sin fin de artimaas para enloquecer a los hombres y
esclavizarles volvindoles estpidos. Esta casta de perdidas que en
Francia tanto abunda, como si hubiera all escuela para formarlas,
apenas existe en Espaa, donde son contadas... todava, se entiende,
porque ello al fin tiene que venir, como han venido los ferrocarriles...
Pues digo que Fortunata no es de esas, no posee ms educacin que la
cara bonita; por lo dems, es sosa, vulgar, no se le ocurre ninguna
picarda de las que trastornan a los hombres; y en cuanto a formas... no
hablo del cuerpo y talle... sigue tan tosca como cuando la conoc. No
aprende; no se le pega nada. Y como para todo se necesita talento, una
especialidad de talento, resulta que esa infeliz que tanto te da que
pensar, no sirve absolutamente para diablo, me entiendes? Si todas
fueran como ella, apenas habra escndalos en el mundo, y los
matrimonios viviran en paz, y tendramos muchsima moralidad. En una
palabra, chiquilla, no hay en ella complexin viciosa; tiene todo el
corte de mujer honrada; naci para la vida oscura, para hacer calceta y
cuidar muchachos.

Al llegar aqu Juan se asust, creyendo que se le haba ido un poco la
lengua, y cay en la cuenta de que si Fortunata era como l deca, si no
tena _complexin viciosa_, mayor, mucho mayor era la responsabilidad de
l por haberla perdido. Jacinta hubo de pensar esto mismo, y no tard en
manifestrselo. Pero el prestidigitador acudi a defender la suerte con
la presteza de su flexible ingenio.

Es verdad--le dijo--, y esto aumentaba mis remordimientos. No tena ms
remedio que hacer en obsequio suyo lo que no habra hecho por otra.
Ponte t en mi caso, figrate que eres yo, y que te ha pasado todo lo
que me ha pasado a m. Puedes hacerte cargo de mi tormento, y de lo que
yo sufrira teniendo que considerar y proteger, por escrpulo de
conciencia, a una mujer que no me inspira ningn afecto, ninguno, y que
ltimamente me inspiraba antipata, porque Fortunata, crelo como el
Evangelio, es de tal condicin, que el hombre ms enamorado no la
resiste un mes. Al mes, todos se rinden, es decir, echan a correr....

Jacinta haba empezado a dar pataditas, haciendo saltar el edredn que
a los pies tena. Era su manera de expresar la alegra bulliciosa cuando
estaba acostada. Porque siendo verdad lo que Juan deca, la temida rival
era como los espantajos puestos en el campo, de los cuales se ren hasta
los pjaros cuando los examinan de cerca. Pero an le quedaba una duda,
Era aquello verdad o no? Para mentira estaba demasiado bien hiladito.

--Y ella te quiere todava?--pregunt con la picarda de un juez de
instruccin.

El esposo se hizo repetir la pregunta, sin otro objeto que retrasar la
respuesta, que deba ser muy pensada.

--Pues te dir... que s. Tiene esa debilidad. Otras mujeres, las de
complexin viciosa, son en sus pasiones tan vehementes como
inconstantes. Pronto olvidan al que adoraron y cambian de ilusin como
de moda. Esta no.

--Esta no--repiti Jacinta, asustada de ver a su enemiga tan distinta de
como ella se la figuraba.

--No. Ha dado en la tontera de quererme siempre lo mismo, como antes,
como la primera vez. Aqu tienes otra cosa que me anonada, que me obliga
a ser indulgente. Ponte en mi lugar, hija. Porque si yo viera que
coqueteaba con otros hombres, anda con Dios. Pero si no hay quien la
apee de una fidelidad que no viene al caso. Fiel a m! a santo de qu?
Te aseguro que me ha hecho cavilar ms esa sosona! Ha pasado por
tantas manos, y siempre fiel, consecuente como un clavo, que se est
donde le clavan. Ni el deshonor, ni el matrimonio la han curado de esta
mana. No te parece a ti que es mana?

A Jacinta le acudieron tantas ideas a la mente, que no saba con cul
quedarse, y estaba perpleja y muda.

Hay tantos--exclam Santa Cruz en el tono que se da a las cosas muy
filosficas--, hay tantos a quienes hace infelices la inconstancia de
las mujeres, y a m me hace padecer una fidelidad que no solicito, que
no me hace falta, que no me importa para nada!.

Jacinta dio un gran suspiro.--Pero al tener conciencia, el tener un
sentido moral muy elevado--aadi el Delfn dominando la suerte--, como
lo tengo yo, me ha puesto en una situacin equvoca frente a ti. Yo
necesitaba darte explicaciones. Ya te las he dado, y por ellas habrs
visto que no se debe juzgar los actos de los hombres por lo que parece,
sino que es preciso ir al fondo, hija, al fondo de las cosas. Con que
te vas enterando? A lo mejor se lleva uno cada chasco... Cuntas veces
pensamos mal de un sujeto, fundndonos en hablillas del vulgo o en
cualquier dato inseguro, como por ejemplo, un pelo, un botn!... y
despus de mirar bien el hecho, qu resulta?, que no basta para
muestra un botn, que el que se cuelga de un cabello se cae; en una
palabra, nia ma, que lo aparentemente deshonroso puede no serlo, y que
la realidad, en vez de arrojar vergenza sobre el sujeto, lo que hace es
enaltecerlo y quizs honrarle.

--Poco a poco--dijo la esposa prontamente--, que para m sigue siendo
turbio. Me parece que en todo lo que has dicho hay demasiada
composicin. No me fo yo, no me fo, porque para fabricar estos arcos
triunfales de frases y entrar por ellos dndote mucho tono, te pintas t
solo. Lo cierto es que le has puesto la casa, la has visitado y te has
divertido en grande con ella. Vaya una conciencia la tuya, vaya una
manera de pagarle su fidelidad, tirando por el suelo la que me debes a
m!... Qu moral es esta? No escamotees la verdad. Esa mujer es una
bribona, y t seras un simple si no fueras tambin un solemnsimo
pillo.

--Prese usted un poco, _camarata_--replic Santa Cruz algo
desconcertado--. Qu palabras usar yo para pintarte la situacin en
que me encontraba? Es que el caso es de los ms raros que se pueden
ofrecer... Para que veas que soy sincero y leal, te dir que hubo en m
algo de flaqueza, s, flaqueza que naca de la compasin. No tuve valor
para resistir a las... cmo dir?... a las sugestiones apasionadas de
quien tiene por m una idolatra que yo no merezco.

Pero te juro que lo hice sin ilusin, con fastidio, como el que cumple
un deber, pensando en mi mujer, vindote a ti ms que a la que tan cerca
tena, y deseando que aquella comedia concluyera.

Ambos estuvieron callados un mediano rato. Crea Jacinta aquellas
cosas, o aparentaba creerlas como Sancho las bolas que D. Quijote le
cont de la cueva de Montesinos? Lo ltimo que Juan dijo fue esto:
Ahora juzga t como te parezca bien lo que acabo de confesarte, y
compara lo bueno que hay en ello con lo malo que habr tambin. Yo me
entrego a ti.

--Romper, romper para siempre toda clase de relaciones con esa calamidad
es lo que importa--manifest la Delfina inquietsima, dando vueltas en
el lecho--. Que no la veas ms, que ni siquiera la saludes si te la
encuentras por la calle... Oh, qu mujer!, es mi pesadilla.

--Da por hecho el rompimiento, pero definitivo, absoluto. Lo deseo tanto
como t; me lo puedes creer.

Lo deca con tal expresin de ingenuidad, que Jacinta sinti grande
alegra.

S, hija, no aguanto ms. Que se vaya con su constancia a los quintos
infiernos.

--Y si da en perseguirte?--Ser capaz hasta de recurrir a la polica.

--De modo que no vuelves ms a esa casa?... Di que no vuelves, dime que
no la quieres.

--Bah! Demasiado lo sabes. No volver ms que a despedirme.

--No; escrbele una carta. Las despedidas cara a cara no son buenas para
romper.

--Har lo que t quieras, lo que t me mandes, niita de mi alma,
monsima... ms salada que el terrn de los mares.




--iv--


A la siguiente maana, Jacinta se levant muy gozosa, con los
espritus avispados, y muchas ganitas de hablar y de rer sin motivo
aparente. Barbarita, que entr de la calle a las diez, le dijo: Qu
retozona ests hoy!... Oye. Al volver de San Gins, me encontr con
Manolo Moreno, que lleg ayer de Londres. Le he convidado a almorzar.

Jacinta fue a su tocador. An dorma su marido, y ella se empez a
arreglar. A poco entr una visita, que Jacinta recibi en su gabinete.
Era Severiana, que dos veces por semana llevaba a Adoracin a que la
viese su protectora. Ya se sabe que la Delfina, no pudiendo adoptar al
_Pituso_ y tomarlo por hijo, y sintiendo ms fuerte e imperioso en su
alma el anhelo de la maternidad, dio en proteger a la preciossima y
cariosa hija de Mauricia la Dura. Para Jacinta no haba goce ms grande
y puro que acariciar un pequeuelo, darle calor y comunicarle aquel
sentimiento de bondad que se desbordaba de su alma. Agradbale tanto la
nia aquella, que se la habra llevado consigo si sus suegros y su
marido lo permitieran; pero no siendo posible esto, se consolaba
vistindola como una seorita, pagndole el colegio y pasando un ratito
con ella. Gozaba en ver su belleza, en aspirar la fragancia de su
inocencia y en examinarla para cerciorarse de sus adelantos.

Hola, ven ac, mujer, dame un beso y un abrazo le dijo la seorita,
atrayndola a s con maternal cario.

Adoracin se frot bien la cara y el cuerpo contra la cintura y falda de
su protectora.

Dice que lo que le pide a la Virgen--declar Severiana con esa
adulacin de los humildes muy favorecidos y que an quieren serlo ms--,
es no separarse nunca, nunca de la seorita... para estarla mirando
siempre.

--Ya s que me quiere mucho, y yo la quiero a ella, si es buena y
estudia. Qu elegante ests!... No te haba visto el vestido nuevo.

--Anoche soaba con la ropa nueva--dijo Severiana--, y ayer, cuando se
la puso, no haca ms que mirarse al espejo. Si la tocbamos ay!, nos
quera pegar... Lo que ella deseaba era que la seorita la viera tan
maja, verdad, rica?

--No me gusta tanto afn por las composturas. Ahora lo que yo quiero es
ver qu tal andan esas lecciones... Hoy no tengo tiempo de hacer
preguntas; pero otro da, el jueves, veremos cmo est ese catecismo.

--Ah!, seorita, se lo sabe de corrido. Nos tiene mareados con lo que
hicieron aquellos que se coman el man y lo de No en el arca, con
tantos animales como meti en ella. Pues y leer? Lee mejor que mi
marido.

--Eso me gusta... El mes que entra la pondremos en un colegio, interna.
Ya es grandecita... es preciso que vaya aprendiendo los buenos
modales... su poquito de francs, su poquito de piano... Quiero educarla
para maestrita o institutriz, verdad?

Adoracin la miraba como en xtasis.

Y esa mujer? pregunt luego Jacinta a Severiana, refirindose a la
madre de Adoracin.

Seora, no me la nombre. A poco de salir de las Micaelas, pareca algo
enmendada. Volvi a correr pauelos de Manila y algunas prendas; estaba
en buena conformidad; pero ya la tenemos otra vez en danza con el
maldito vicio. Anteanoche la recogieron tiesa en la calle de la
Comadre... Qu vergenza...!.

Jacinta hizo un gesto de pena. Pobrecita ma! exclam abrazando ms
estrechamente a su protegida.

--Por esto--aadi la otra--, yo quera hablar a la seorita para ver si
doa Guillermina tena proporcin de meterla en cualquier parte donde la
sujetaran. En las Micaelas no puede ser, a cuento de que all la
tuvieron que echar por escandalosa... Pero bien la podran poner, si a
mano viene, en un hospicio, o casa de orates, al menos para que no diera
malos ejemplos.

--Veremos...--dijo distrada Jacinta levantndose, porque haba odo el
repique del timbre con que su marido llamaba.

Faltaba algo antes de que Adoracin se despidiera. Su protectora le daba
siempre una golosina, y aquel da hubo de olvidarse. Quedose parada la
nia en medio del gabinete aun despus de los ltimos besos de la
despedida. Jacinta cay en la cuenta de su distraccin. Esprate un
momento. A poco volvi con lo que la chiquilla deseaba, y repetida la
recomendacin de portarse bien y estudiar mucho, acompaolas hasta la
puerta. Cuando Severiana y su sobrinita salan, entraba Moreno-Isla, y
Jacinta que le vio subir, se detuvo en el recibimiento. Suba despacio y
jadeante, a causa de la afeccin al corazn que padeca. Estaba muy
envejecido, de mal color, y con ms aire extranjero que antes.

Oh, puerta del paraso!, qu manos te abren...! Dispense usted... Me
canso horriblemente dijo Moreno, saludndola con tanta urbanidad como
afecto.

Estupi, que entraba detrs, le ech tambin un gran saludo a D.
Manuel, permitindose abrazarle, porque eran antiguos amigos.

Ests hecho un pollo le dijo Moreno, palmotendole en los hombros.

--Vamos tirando... Y usted...?

--As, as.--Siempre por esas tierras de extranjis!... Caramba, tambin
es gusto, teniendo aqu tantos que le quieren bien...

El forastero le contest con la benevolencia un tanto fra que saben
emplear los superiores bien educados. Separronse en el pasillo, porque
Estupi tena que ir hacia el comedor. Moreno sigui a Jacinta hasta el
saln y de all al gabinete.

No me haba dicho Guillermina que estaba usted en Madrid. Lo supe hoy
por mam dijo ella por decir algo.

--Guillermina? Buena tiene ella la cabeza para acordarse de
anunciarme! Sabe usted que cada vez que vengo a Espaa me la encuentro
ms tocada? Ayer, cuando entr en casa, lo primero que hizo, mientras me
saludaba, fue un registro de todos los bolsillos de mi ropa. Me
desplum. Lo que yo deca: apenas se pone el pie en Espaa, no se da un
paso sin tropezar con bandoleros. Ahora pretende que entre todos los
parientes le hagamos un piso... friolera.

--Pobrecilla! Es una santa. Lleg entonces D. Baldomero, anuncindose
antes de entrar con estas alegres voces: En dnde est ese
anti-patriota?. Cuando apareci en la puerta, con los brazos abiertos,
fue Moreno a dejarse estrechar en ellos.

Bien, padrino; est usted hecho un muchacho.

--Y t, perdido? Me dijeron que estabas algo delicado.

--Me canso horriblemente--replic el forastero, tocndose el corazn--.
Algo aqu... Pero dicen que es nervioso.

--S, s, nervioso--afirm Santa Cruz como si tuviera en el dedillo toda
la medicina.

--Nervioso, claro--repiti Jacinta; y Barbarita, que a la sazn entraba,
tambin dijo: Qu ha de ser sino nervioso...?.

--Vaya, vaya con este perdis--deca D. Baldomero mirando mucho a su
amigo y pariente y no atrevindose a decir que le encontraba muy
desmejorado--. Siempre tan extranjerote.

--No quiere nada con nosotros--dijo Barbarita, examinndole la ropa--.
Mira, mira que levita gris cerrada... y botines blancos... Pero, Manolo,
qu zapatones usan por all! Esos guantes pasaran aqu por guantes de
cochero.

Moreno se ech a rer. Su persona tena tal aire ingls, que quien le
viera, tomarale por uno de esos lores aburridos y millonarios que andan
por el mundo sacudindose la morria que les consume. Hasta cuando
hablaba desmenta, no por afectacin, sino por hbito, su progenie
espaola, porque arrastraba un poco las erres y olvidaba algunos
vocablos de los menos usuales. Se haba educado en el clebre colegio de
Eton; a los treinta aos volvi a Inglaterra y all viva de continuo,
salvo las cortas temporadas que pasaba en Madrid. Posea el arte de la
buena educacin en su forma ms exquisita, y una soltura de modales que
cautivaba. Era ahijado de D. Baldomero I, y por esto segua llamando
_padrino_ a D. Baldomero II.

--Ya saben ustedes que no transijo con la patria--dijo sonriendo--.
Mientras ms la visito, menos me gusta. Por respeto a mi padrino, no me
atrevo a decir ms.

Los gustos extranjeros de aquel hombre y el desamor que a su patria
mostraba, eran ocasin de empeadas reyertas entre l y D. Baldomero,
que defenda todo _lo del Reino_ con sincero entusiasmo. A veces perda
los estribos el buen espaol, sosteniendo que en todo lo _de fuera_ hay
mucho de farsa, y Moreno, extremando sus antipatas, sostena que en
Espaa no hay ms que tres cosas buenas: la Guardia Civil, las uvas de
albillo y el Museo del Prado.

Vamos a ver--dijo D. Baldomero con alegra, que le retozaba en la
cara--. Qu me dices del Rey que hemos trado? Ahora s que vamos a
estar en grande. Vers cmo prospera el pas y se acaban las guerras.

--Es guapo chico. Varios espaoles residentes en Londres le acompaamos
en el tren hasta Dover. Yo le regal un magnfico reloj... Es muy
despejado chico, pero muy despejado. Lstima de Rey! Yo le dije:
Vuestra Majestad va a gobernar el pas de la ingratitud; pero Vuestra
Majestad vencer a la hidra. Esto lo dije por cortesa; pero yo no creo
que pueda barajar a esta gente. l querr hacerlo bien; pero falta que
le dejen.

En esto entr Juan, y l y su pariente se dieron los abrazos de
ordenanza. Para ponerse a almorzar no faltaba ms que Villalonga.

Pero qu?--dijo el Delfn--, le esperamos? Sabe Dios a qu hora
vendr. Anoche se retirara a las tres de la tertulia del Ministro de la
Gobernacin, y estar todava en la cama.

Acordaron, pues, no aguardar ms, y durante el cordial almuerzo, que
quieras que no, la conversacin vers sobre si en Espaa es todo malo, o
si en Francia e Inglaterra es de buena ley todo lo que admiramos.
Moreno-Isla no ceda una pulgada de terreno antipatritico en que su
terquedad se encerraba.

Miren ustedes... hablando ahora con toda seriedad--dijo, despus de
apurar bien el tema de las comidas, y pasando a ciertas ideas de cultura
general--. Yo he hecho una observacin que nadie me desmentir. Desde
que se pasa la frontera para all y se entra en Francia, no le pica a
usted una pulga. _(Risas)_.

Pero qu tendrn que ver las pulgas...!.

--Y sostienes t que en Francia no hay pulgas?

--No las hay, crame usted, padrino, no las hay. Es un resultado del
aseo general, de la limpieza de las casas y de las personas. Vaya usted
a San Sebastin. Se lo comen vivo...

--Hombre, por Dios, qu argumentos!...

Son la campanilla. Ah est! dijeron todos, y Barbarita mir al
lugar vaco que estaba destinado a Villalonga en la mesa. Este entr muy
alegre, saludando a la familia, y dando un apretn de manos a Moreno.

Indulgencia, seora. He venido volando por no hacerme esperar.

--Amigo, desde que est usted en candelero, no hay quien le vea. Qu
caro se cotiza!

--Es que no me dejan vivir. Anoche dur el jubileo hasta las tres.
Doscientas personas entrando y saliendo. Y que no pretenden nada...

--Preparando las elecciones, eh?

--Oh!, pues si pasamos al terreno poltico...--indic Moreno.

--No, no pases--replic Santa Cruz--. En ese terreno concedo, concedo...

Despus hubo debate sobre quesos, diciendo D. Baldomero que los del
Reino son tambin muy buenos. Luego tratose de las casas, que Moreno
calific de inhabitables. Por eso todo el mundo vive en la calle.

Pues mire usted--dijo Villalonga--: las casas sern todo lo malas que
usted quiera; pero hay en las del extranjero una costumbre que maldita
la gracia que tiene. Me refiero a la falta de maderas en los balcones y
ventanas, por lo cual entra la luz desde que Dios amanece, y no puede
usted pegar los ojos.

--Pero usted cree que por all hay alguien que se est durmiendo hasta
el medio da?

Sobre esto se habl mucho, y el forastero sac a relucir otras cosas.
Yo de m s decir que cuando paso la frontera para ac recibo las ms
tristes impresiones. Habr algo que admirar; a m se me esconde, y no
veo ms que la grosera, los malos modos, la pobreza, hombres que
parecen salvajes, liados en mantas; mujeres flacas... Lo que ms me
choca es lo desmedrado de la casta. Rara vez ve usted un hombrachn
robusto y una mujer fresca. No lo duden ustedes, nuestra raza est mal
alimentada, y no es de ahora; viene pasando hambres desde hace siglos...
Mi pas me es bastante antiptico, y desde que me meto en el _express_
de Irn ya estoy renegando. Por la maana, cuando despierto en la Sierra
y oigo pregonar el _botijo e leche_, me siento mal; cranlo ustedes...
Al llegar a Madrid, y ver la gente de capa, las mujeres con mantones,
las calles mal adoquinadas, y los caballos de los coches como
esqueletos, no veo la hora de volverme a marchar.

--Hombre, en qu tonteras te fijas!--observ D. Baldomero, continuando
la apologa de la patria en trminos calurosos que el otro oa con
benevolencia.

Cuando tomaban el caf, notaron todos que Moreno se senta mal; pero l
disimulaba, y llevndose la mano al corazn, deca otra vez: Algo
aqu... No es nada. Nervioso quizs. Lo que ms me molesta es el ruido
de la circulacin de la sangre. Por eso me gusta tanto viajar... Con el
ruido del tren, no oigo el mo.

Hubo un momento de silencio y tristeza en la mesa; pero aquello pas, y
siguieron charlando. Jacinta observaba que alguien le haca telgrafos
desde la puerta, alzando un poco el cortinn. Sali: era Guillermina.

No, yo no paso. Tengo que irme al momento a la obra--le dijo con
secreteo--. Vengo para encargarte que le hables. Saca la conversacin
como puedas, y que se entere bien de la necesidad en que estamos.

--Moreno ayudar--djole su amiguita, llevndola a otra pieza para
hablar con ms libertad.

--No s... est incomodado conmigo... Esta maana hemos reido... La
verdad... me enfad, me tuve que enfadar. Figrate que esta vez viene
ms hereje que nunca. Cada uno es dueo de condenarse; pero a qu viene
decirme a m cosas contra la religin?

--Qu malo!--Y tantas fueron sus burlas y sacrilegios que... Dios me lo
perdone... me incomod. Le dije que no me haca falta su dinero para
nada, y que tendra miedo de tomarlo en mis manos, por ser dinero de
Satans. Pero esto es un dicho, sabes?

--Claro.--Y aqu no ha hablado de religin?

--No; ni jota. Mam no se lo tolerara. Ha hablado de que en Espaa hay
ms pulgas que en Francia.

--Dale! Qu importar que haya pulgas con tal que haya cristiandad!
Las cosas que dicen estos herejotes nos indignaran si no las tomramos
a risa. T no sabes bien lo protestante y calvinista que viene ahora. Me
horripil oyndole. Pero en fin, all se entender con Dios; y entre
tanto, lo que importa es que afloje los cuartos para mi obra. Y que le
ha de valer para su alma, aunque l no quiera... Con que a ver si me le
catequizas.

--Har lo que pueda... Veremos, le dir algo...

--No vayas a olvidarte... Adis, hija de mi alma. Me voy; esta noche me
contars lo que te diga. Creo que no nos dejar mal, porque en el fondo
es un buenazo. A poco que se le raspe la corteza de hereje, sale aquella
pasta de ngel de otros tiempos. Qudate con Dios.

Volvi Jacinta al comedor. Si cumpli o no el encargo de Guillermina,
lo veremos a su tiempo. Ms que reunir dinero para el asilo, preocupaba
a la dama el ver resuelto segn su deseo lo que ella y su marido haban
tratado la noche anterior. Movida de este afn, as que se marcharon
Moreno y Villalonga, cogi por su cuenta al Delfn, y otra vez trataron
ambos la cuestin de la ruptura. De acuerdo estaban en lo principal,
discrepando slo en el procedimiento ms adecuado, pues ella opinaba por
una carta y l por una entrevista de despedida. Al fin, tras laboriosa
discusin, prevaleci este criterio, como ver el que siga leyendo.




-III-

La revolucin vencida




--i--


Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas ms o
menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el seorito de Santa
Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontrara la
seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra
cosa que un profundsimo hasto de Fortunata y las ganas de perderla de
vista lo ms pronto posible. Por qu lo que no se tiene se desea, y lo
que se tiene se desprecia? Cuando ella sali del convento con corona de
honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas
de la purificacin religiosa y los azahares de la boda, parecale al
Delfn digna y lucida hazaa arrancarla de aquella vida. Hzolo as con
xito superior a sus esperanzas, pero su conquista le impona la
obligacin de sostener indefinidamente a la vctima, y esto, pasado
cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era
l hombre perdido; lo tena en su naturaleza y no lo poda remediar.
Haba que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba
en repblica, le pareca la monarqua tan seductora...! Al salir de su
casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando
ms, mucho ms que aquella situacin revolucionaria que haba
implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios.

Quin duda--segua pensando--, que es prudente evitar el escndalo? Yo
no puedo parecerme a este y el otro y el de ms all, que viven en la
anarqua, sealados de todo el mundo. Hay otra razn, y es que se me
est volviendo antiptica, lo mismo que la otra vez. La pobrecilla no
aprende, no adelanta un solo paso en el arte de agradar; no tiene
instintos de seduccin, desconoce las gateras que embelesan. Naci para
hacer la felicidad de un apreciable albail, y no ve nada ms all de su
nariz bonita. Pues no le ha dado ahora por hacerme camisas? Buenas
estaran!... Habla con sinceridad; pero sin gracia ni _esprit_. Qu
diferente de Sofa la Ferrolana, que, cuando Pepito Trastamara la trajo
del primer viaje a Pars, era una verdadera Dubarry espaolizada! Para
todas las artes se necesitan facultades de asimilacin, y esta marmotona
que me ha cado a m es siempre igual a s misma. Con decir que hace
das le dio por estar rezando toda la tarde... y para qu?... para
pedirle a Dios chiquillos...

Al Demonio se le ocurre...! En fin, que no puedo ya ms, y hoy mismo se
acaba esta irregularidad. Abajo la repblica!.

Pensando de este modo, haba llegado a la casa de su querida, y en el
momento de poner la mano en el llamador, un hecho extrao cort
bruscamente el hilo de sus ideas. Antes de que llamara, se abri la
puerta, dando paso a un seor mayor, de muy buena presencia, el cual
sali, saludando a Santa Cruz con una corts inclinacin de cabeza. La
misma Fortunata le haba abierto la puerta y le despeda.

Juan entr. La salida de aquel seor le produjo en un instante dos
sentimientos distintos que se sucedieron con brevedad. El primero fue
algo de enojo, el segundo satisfaccin de que el acaso le proporcionase
un buen apoyo para el rompimiento que deseaba... Me parece que yo
conozco a este seor tan terne. Le he visto, le he visto en alguna
parte--pensaba entrando hacia la sala--. Si tendremos gatuperio...!
Estara bueno. Pero ms vale as.

Y en alta voz y de mal modo, pregunt a Fortunata: Quin es ese
viejo?.

--Yo cre que le conocas. D. Evaristo Feijoo, coronel o no s qu de
milicia... Es grande amigo de Juan Pablo.

--Y quin es Juan Pablo? Vaya unos conocimientos que me quieres
colgar...!

--Mi cuado.

--Y cundo he conocido yo a tu cuado, ni qu me importa?... Estamos
bien. Y a qu vena aqu ese seor... Feijoo, dices? Me parece que es
amigo de Villalonga.

--Ha venido a visitarme, y esta es la tercera vez... Es un seor muy
bueno y muy fino. Qu te crees, que viene a hacerme el amor? Qu
tontito! Pero en resumidas cuentas, si te parece que no debo recibirle,
no lo har ms. Y aqu paz...

--No, no; recbele todo lo que quieras--dijo l variando de tctica con
la rapidez del genio--. Si, como dices, es una persona formal, podra
ser que te conviniera cultivar su amistad.

Fortunata no comprendi bien, y l se envalenton con el silencio de
ella.

Porque, hija ma, yo debo decirte que no podemos seguir as.

Pensaba el muy tuno que lo mejor era cortar por lo sano, planteando la
cuestin desde el primer momento con limpieza y claridad.

La salita en que estaba tena ese lujo allegadizo que sustituye al
verdadero all donde el concubinato elegante vive an en condiciones de
timidez y ms bien como ensayo. Haba muebles forrados de seda y
cortinas hermosas; pero aquellos eran feotes, de amaranto combinado con
verde-limn; las cortinas estaban torcidas, las guardamalletas mal
colocadas, la alfombra mal casada; y las jardineras de bazar, con
begonias de trapo, cojeaban. El reloj de la consola no haba sabido
nunca lo que es dar la hora. Era dorado, con figuras como de pastores,
haciendo juego con candelabros encerrados en guardabrisas. Haba
laminitas compradas en baratillos, con marcos de cruceta, y otras mil
porqueras con pretensiones de lujo y riqueza, todo ello anterior a la
transformacin del gusto que se ha verificado de diez aos a esta parte.
Santa Cruz miraba esta sala con cierto orgullo, viendo en ella como un
testimonio de su esplendidez; pero al mismo tiempo sola ridiculizar a
Fortunata por su mal gusto. Ciertamente que para vestirse tena
instintos de elegancia; pero en muebles y decoracin de casa desbarraba.
En suma, que ella tendra todas las cualidades que quisiera; pero lo que
es _chic_ no tena.

Sentado en el sof y con el sombrero puesto, Juan contempl aquel da
todo lo que all haba, gozndose en la idea de que lo miraba por ltima
vez. Fortunata estaba en pie, delante de l, y luego se sent en una
banqueta, fijando los ojos en su amante, como en expectativa de algo muy
grave que de l esperaba or.

Si esta pavisosa--pens Santa Cruz mirndola tambin--, viera con qu
donaire se sienta en un _puff_ Sofa la Ferrolana, tendra mucho que
aprender. Lo que es esta, ni a palos aprender nunca esas blanduras de
la gata, esos arqueos de un cuerpo pegadizo y sutil que acaricia el
asiento Ah!, qu bestias nos hizo Dios!....

Y en alta voz: Dime, por qu no te has puesto la bata de seda, como te
he mandado?.

--Qu cosas tienes!... No la quiero estropear.

--Eso es...--dijo el otro riendo sin delicadeza--, gurdala para los
das de fiesta. As me gusta a m la gente, arregladita... Y cuando yo
vengo aqu te pones la batita de lana, que unos das apesta a canela y
otros a petrleo...

--Mentira--replic Fortunata, oliendo su propio vestido--. Est bien
limpia. Para qu dices lo que no es?

--No, lo que es dentro de casa, t ests por aquello de _ya enga_.
Eso; ponte bien ordinaria y todo lo cursi que puedas.

--Ay qu gracia!... pues hoy no me he puesto la bata de seda, porque he
estado toda la maana en la cocina.

--Haciendo qu?--Escabeche de besugo.--Bien; me gusta. _Jormiguita_
para cuando vengan los malos tiempos--dijo el Delfn con benvola
irona--. Pues hija, yo tengo que hablarte hoy con claridad. Te quiero
demasiado para andar en misterios contigo. T eres razonable, te haces
cargo de las cosas y comprenders que tengo razn en lo que te voy a
decir.

Este lenguaje desconcert a Fortunata, porque le recordaba el otra vez
usado para licenciarla. Pero l crey oportuno mostrarse carioso, y la
hizo sentar a su lado para pasarle la mano por la cara y hacerle algunas
zalameras de las que se emplean con los nios cuando se les quiere
hacer tomar una medicina.

Ven ac, y no te asustes. Yo no quiero ms que tu bien. No dirs que no
he hecho por ti cuanto estaba en mi mano. Por mi parte, bien lo sabes
t, seguiramos lo mismo; pero mi mujer se ha enterado... anoche hemos
tenido una bronca espantosa, pero espantosa, chica; no puedes figurarte
cmo se puso. Se desmay; tuvimos que llamar al mdico. La ms negra fue
que mis paps se enteraron tambin del motivo, y... una chilla por aqu,
otra por all; mi padre furioso... entre todos me queran comer.

Fortunata estaba tan absorta y aterrada, que no poda pronunciar palabra
alguna.

Ya te he dicho que lo paso todo, menos dar un disgusto a mis padres.
As es que anoche me plant conmigo mismo, y dije: 'Aunque me muera de
pena, esto se tiene que acabar'. S que me costar una enfermedad. El
golpe ser rudo. No se arranca fibra tan sensible sin que duela mucho.
Pero es preciso, y para estos casos son los caracteres....

Mientras ella empezaba a lloriquear, Juan se deca: Ahora viene la
lagrimita. Es infalible. Preparmonos.

Tonta, no llores, no te aflijas--aadi besndola--. Mira que yo estoy
con el alma en un hilo, y si te veo flaquear, soy hombre perdido.

Procuraba mostrarse a dos dedos de romper en llanto, y pona una cara
muy triste.

No creas--balbuci la prjima entre sollozos--. Te vea venir. Hace
das que la ests t tramando... Bueno, hemos concluido.

--No, si yo te querr siempre, nena negra. Slo que no puedo visitarte
ms. Alguna vez... no digo que no... Pero as, con esta manera de
vivir... imposible. Madrid, que parece grande, es muy chico, es una
aldea. Aqu todo se hace pblico, y al fin no hay ms remedio que bajar
la cabeza. Yo soy casado, t tambin; estamos pateando todas las leyes
divinas y humanas. Si hubiera muchos como nosotros, pronto la sociedad
sera peor que un presidio, un verdadero infierno suelto. No has
pensado t alguna vez en esto?

Lo que Fortunata haba pensado era que el amor salva todas las
irregularidades, mejor dicho, que el amor lo hace todo regular, que
rectifica las leyes, derogando las que se le oponen. Lo haba dicho
varias veces a su amante, expresndose de una manera ruda; pero en aquel
lance, parecale ridculo volver sobre aquella idea verdadera o falsa
del amor, porque en su buen instinto comprenda que toda aquella
hojarasca de leyes divinas, principios, conciencia y dems, serva para
ocultar el hueco que dejaba el amor fugitivo. Pero ella no lo seguira
jams al terreno de la controversia, porque no saba desenvolverse con
tanta palabra fina.

Ya me lo deca el corazn exclamaba, apretando el pauelo contra sus
ojos.

--No se puede uno sustraer a los principios--prosigui l--. Las
conveniencias sociales, nena ma, son ms fuertes que nosotros, y no
puede uno estar rindose de ellas mucho tiempo, porque a lo mejor viene
el garrotazo, y hay que bajar la cabeza. Yo quisiera que t te
penetraras bien de esto... Nunca te he dicho nada; pero a veces, aqu
mismo he sentido mi conciencia tan alborotada, que...

Fortunata le mir de un modo que le hizo callar... A buenas horas y
con sol!--quera decir aquella mirada--. Despus que hemos cometido
todos los crmenes, ahora salimos con escrpulos... Y yo pago la falta
de los dos....

Bien merecido me lo tengo--declar en un arranque de dolor combinado
con la rabia--, porque los dos hemos sido malos; pero yo he sido ms
mala que t... yo dejo tamaitas a todas... Dios, con la que yo hice!,
portarme como me port con aquella familia! T me decas que no era
nada, cuando yo me pona triste... pensando en lo que haba hecho, s, y
te reas... te reas.

--S... pero...--Repito que te reas... pero cmo!, a carcajadas,
llamndome simple y qu s yo qu... Bien, bien; bastante hemos
hablado... Te vas, pues muy santo y muy bueno. Lo sentir; calcula si lo
sentir... pero ya me ir consolando. No hay mal que cien aos dure.
Aire, aire!

Se limpiaba rpidamente las lgrimas, fingiendo una fortaleza que no
tena.

Nos separaremos como amigos--dijo Santa Cruz tomndole una mano, que
ella separ prontamente--, y me retiro dndote un buen consejo.

--Cul?--pregunt ella ms airada que dolorida.

--Que te unas... que procures unirte otra vez con tu marido.

--Yo...!--exclam la seora de Rubn con indecible terror--. Despus
de...!

--Ya te serenars, hija. El tiempo! Sabes t los milagros que ese
seor hace? T lo has dicho: no hay mal que cien aos dure, y cuando se
tocan de cerca los grandes inconvenientes de vivir lejos de la ley, no
hay ms remedio que volver a ella. Ahora te parece imposible; pero
volvers. Si es lo natural, es lo fcil, lo fcil... Solemos decir: tal
cosa no llega nunca. Y sin embargo llega, y apenas nos sorprende por la
suavidad con que ha venido.

Levantose la joven disparada, y se meti en su gabinete. Estaba como una
loca. Juan la sigui, temiendo que le acometiese un acceso de
desesperacin. Ambos se encontraron en la puerta de la alcoba. l
entraba, ella sala.

Sabes lo que te digo?...--grit Fortunata con la voz ronca de despecho
y dolor--. Que ya ests dems aqu.

--Pero no te irrites...--Fuera, fuera!--gritaba ella empujndole con
ruda energa.

Santa Cruz reconoci aquella fuerza casi superior a la suya, y no tena
gran empeo en oponerse a ella. Por punto, hizo como que sus brazos
intentaban someter a los de su querida. Esta pudo ms y cerr
violentamente la puerta de la alcoba. El Delfn toc en los cristales,
diciendo: Si no hay motivo para tanta bulla... Nena, nena negra,
abre... Ten calma y no te sofoques... Bah!, siempre eres as....

Pero de dentro de la alcoba no vena ninguna respuesta, ni una voz
siquiera. Juan aplic el odo, creyendo sentir sollozos... gemidos
sofocados. Pronto comprendi que no poda apetecer mejor coyuntura para
plantarse rpidamente en la calle y dar por terminado el enojoso trmite
de la ruptura.

Pero an me falta la ltima parte--pens echando mano a su cartera--.
No puedo abandonarla as.... Despus de meditar un rato, volvi a
guardar la cartera y se dijo: Mejor ser que me vaya... Se lo mandar
en una carta... Adis. No dir Jacinta que....

Sali de puntillas, como se sale de la casa en que hay un enfermo grave.




--ii--


En el resto de aquel aciago da, dicho se est que la pobre seora
de Rubn se entreg a las mayores extravagancias, pues tal nombre
merecen sin duda actos como no querer comer, estar llorando a moco y
baba tres horas seguidas, encender la luz cuando an era da claro,
apagarla despus que fue noche por gusto de la oscuridad, y decir mil
disparates en alta voz, lo mismo que si delirara. La criada intent
tranquilizarla; pero los consuelos verbales la irritaban ms. A eso de
las nueve, la dolorida se levant con resolucin del sof en que se
haba echado, y a tientas, porque el gabinete estaba oscursimo, busc
su mantn. Ya vern, ya vern murmuraba en su agitacin epilptica; y
a tientas busc tambin las botas y se las puso. Pauelo a la cabeza,
mantn bien recogido sobre los hombros, y a la calle... Sali con
rapidez y determinacin, como quien sabe a dnde va y obedece a uno de
esos formidables impulsos en lnea recta que conducen a toda accin
terminante. Ni tiempo dio a que Dorotea pudiera detenerla, porque cuando
esta la vio, ya estaba abriendo la puerta y sala como una saeta.

Eran las nueve de la noche. Fortunata atraves con paso ligero la calle
de Hortaleza, la Red de San Luis. No deba de estar muy trastornada
cuando en vez de tomar por la calle de la Montera, en la cual el gento
estorbaba el trnsito, fue a buscar la de la Salud y baj por ella,
considerando que por tal camino ganaba diez minutos. De la calle del
Carmen pas a la de Preciados, sin perder ni un momento el instinto de
la viabilidad. Atraves la Puerta del Sol por frente a la casa de
Cordero, y ya la tenis subiendo por la calle de Correos hacia la
plazuela de Pontejos. Ya llegaba, y a medida que vea ms cerca el
objeto de su viaje, pareca como que se le iba acabando la cuerda
epilptica que la impulsaba a la febril marcha. Vio el portal de la casa
de Santa Cruz, y sus miradas se internaron con recelo por aquella
cavidad ancha, de estucadas paredes, y alumbrada por mecheros de gas.
Ver esto y pararse en firme, con cierta frialdad en el alma, sintiendo
el choque interior de toda velocidad bruscamente enfrenada, fue todo
uno.

Ver el portal fue para la prjima, como para el pjaro, que ciego y
disparado vuela, topar violentamente contra un muro. Los que obran bajo
la accin de impulsos cerebrales, irresistibles y mecnicos, como los
instintos que ataen a la conservacin, van muy bien en su carrera
mientras no ven el fin ms que en la representacin falsa que de l les
da su deseo; pero cuando la realidad de aquel fin se les pone delante,
ofrecindoseles como accin sometida a las leyes generales, no hay
velocidad que no tenga su rechazo. Cul era el intento de Fortunata y
qu iba a hacer all? Friolera!... Pues nada ms que entrar en la casa
sin pedir permiso a nadie, llamar, colarse de rondn, dando gritos y
atropellando a todo el que encontrara, llegarse a Jacinta, cogerla por
el moo y... Esto de cogerla por el moo no se determin bien en su
voluntad; pero s que le dira mil cosas amargas y violentas. Tal
pensaba cuando le entr aquel desatino de salir de su casa y correr
hacia la plazuela de Pontejos. Y cuando bajaba por la calle de la Salud,
iba pensando as: No se me quedar en el cuerpo nada, nada. Ella es la
que me hace desgraciada, robndome a mi marido... Porque es mi marido:
yo he tenido un hijo suyo y ella no... Vamos a ver, quin tiene ms
derecho? Entraas por entraas, cules valen ms?. Estos enormes
disparates, nacidos del trastorno que en su cerebro reinara,
persistieron cuando estaba parada y atnita delante del portal de los de
Santa Cruz.

Pues no s por qu no entro y armo la escandalera que debo armar....

Pero la contena un cierto respeto que no acertaba a explicarse. Se
alej, y desde la acera de enfrente mir hacia la casa, diciendo para
s: Habr luz en el gabinete de Jacinta, donde estarn de tertulia.
Pero no vio nada. Todo cerrado; todo a oscuras... Si habrn salido...!
No, estarn ah burlndose de m, rindose de la trastada que me han
hecho... Buenos son todos: tales hijos, tales padres!. Volvi a sentir
el insensato anhelo de entrar en la casa, y dio tres o cuatro pasos
hacia ella; pero retrocedi por segunda vez. A ver quin sale?. Era
un viejo que se detena en el portal y echaba un prrafo con Deogracias.
La joven reconoci a Estupi, que haba sido vecino suyo cuando ella
viva en la Cava, donde tuvieron principio sus interminables desgracias.
Plcido se emboz en su capa tomando hacia la calle del Vicario Viejo.
Siguiole Fortunata con la vista hasta verle desaparecer, y poco despus
volvi a su acecho. Quin sala? Un caballero con botines blancos que
pareca extranjero. El tal pas junto a ella, la mir, casi casi se
detuvo un instante para verla mejor; despus sigui su camino. Otras
personas salan o entraban. Aunque en el pensamiento de Fortunata iba
condensndose la imposibilidad de entrar, continuaba all clavada sin
saber por qu. No se poda marchar, aunque iba comprendiendo que la idea
que a tal sitio la llev era una locura, como las que se hacen en
sueos. Uno de los muchos desvaros que se sucedieron en su mente fue
imaginar que tal o cual hombre de los que vio salir era amante de
Jacinta. Porque a m no me digan que es virtuosa... Vaya unos embustes
que corre la gente. No se puede creer nada. Virtuosa?, _tie_ gracia...
Ninguna de estas casadas ricas lo es ni lo puede ser. Nosotras las del
pueblo somos las nicas que tenemos virtud, cuando no nos engaan. Yo,
por ejemplo... verbigracia, yo. Entrole una risa convulsiva. Y de qu
te res, pnfila?--se dijo a s misma--. Ms honrada eres t que el sol,
porque no has querido ni quieres ms que a uno. Pero estas... estas?...
Ja ja ja. Cada trimestre hombre nuevo, y virtuosa me soy. Por qu? Pues
porque no dan escndalos, y todo se lo tapan unas con otras. Ah!,
seora doa Jacinta, gurdese el mrito para quien lo crea; usted
caer... tiene usted que caer, si no ha cado ya.

De pronto vio que al portal se acercaba un coche. Traera gente o vena
a tomarla? A tomarla porque no sali nadie; el lacayo entr en la casa,
y Deogracias se puso a hablar con el cochero. Van a salirse dijo la
infeliz, sintiendo otra vez los ardientes impulsos que la sacaron de su
casa--. Ahora s que no se me escapan... Me voy encima, y a las dos las
afrento... tal suegra para tal nuera... buen par de cuas estn!...
Cunto tardan! La cabeza se me abrasa, y parece que me vuelvo toda
uas....

Salieron las seoras. Fortunata vio primero a una de pelo blanco,
despus a Jacinta, despus a una pollita que deba de ser su hermana...;
vio terciopelo, pieles blancas, sedas, joyas, todo rpidamente y como
por magia. Las tres entraron en el coche, y el lacayo cerr la
portezuela. Pero qu cosas! Lo mismo fue ver a las tres damas, que a
Fortunata le entr un fuerte miedo. Y ella que pensaba clavarles las
puntas de sus dedos como garfios de acero! Lo que sinti era ms bien
terror, como el que infunde un sbito y horrendo peligro, y tan
impotente se vio su voluntad ante aquel pnico, que ech a correr y
alejose a escape, sin atreverse ni siquiera a mirar hacia atrs. Oy el
ruido del coche que rodaba por la calle abajo, y an lo vio pasar por
delante con tan rpida vuelta que por poco la arrolla. Eh!... grit
el cochero, y la seora de Rubn dio un grito, saltando hacia atrs...
Qu susto, pero qu susto, Seor!... Sigui hacia la Puerta del Sol,
dndose cuenta de aquel miedo intenssimo que haba sentido y
preguntndose si en l haba tambin algo de vergenza. Pero no le era
difcil discernir si su espanto era como el del exaltado cristiano que
ve al demonio, o como el de este cuando le presentan una cruz.

Dejndose llevar de sus propios pasos, se encontr sin saber cmo en el
centro de la Puerta del Sol. Inconscientemente se sent en el brocal de
la fuente y estuvo mirando los espumarajos del agua. Un individuo de
Orden Pblico la mir con aire suspicaz; pero ella no hizo caso y
continu all largo rato, viendo pasar tranvas y coches en derredor
suyo como si estuviera en el eje de un To Vivo. El fro y la impresin
de humedad la obligaron a ausentarse y se alej envolvindose bien en su
mantn y tapndose la boca. Casi no se le vean ms que los ojos, y como
estos eran tan bonitos, muchos se le ponan al lado y le pedan permiso
para acompaarla, dicindole mil cuchufletas. Record entonces otros
tiempos infelices, y la idea de tener que volver a ellos le produjo
dolor muy vivo, despejndole la cabeza de las quimeras que se le haban
metido en ella. El sentimiento de la realidad iba poco a poco recobrando
su imperio. Mas la realidad rale odiosa y trataba de mantenerse en
aquel estado delirante. Un individuo de los que la siguieron se aventur
a detenerla en toda regla, llamndola por su nombre.

Pero qu tapadita va usted!... Fortunata.

Detvose ella ante el que esto dijo. Pensando en quin podra ser,
estuvo un ratito como lela mirando a la persona que enfrente tena. Yo
quiero conocer esta cara--se dijo--. Ah!, es D. Evaristo.

--Hija, muy distraidita va usted...

--Voy a mi casa.

--Por aqu!--exclam Feijoo con asombro--. Pues el camino que lleva
usted es el del Teatro Real.

--Es que...--replic ella mirando las casas--me haba equivocado... No
s lo que me pasa...

--Vamos por aqu; la acompaar a usted--dijo D. Evaristo con bondad--.
Capellanes, Rompelanzas, Olivo, Ballesta, San Onofre, Hortaleza, Arco.

--Ese es el camino; pero no dude usted lo que le digo...

--Qu?, hija ma.

--Que yo soy honrada, que siempre lo he sido.

Feijoo mir a su amiga. Francamente, aquellos ojos tan bonitos le haban
hecho siempre muchsima gracia; pero no le haca maldita la exaltacin
que en ellos notaba aquella noche.

La abandonada se volvi a tapar la boca con el mantn, y su acompaante
no chistaba. Mas como ella se detuviera de nuevo para repetir aquel
concepto de la honradez, Feijoo, que era hombre muy franco, no pudo
menos de decirle:

Amiguita, usted no est buena, quiero decir, a usted le ha pasado algo
muy gordo. Confiese usted a m, que soy un amigo leal, y le dar buenos
consejos.

--Pero duda usted--dijo Fortunata, apoyndose en la pared--, que yo
haya sido siempre...?

--Honrada? Cmo he de dudar eso, hija ma?, pues no faltaba ms. Lo
que dudo es que usted tenga buena salud. Est usted fatigada, y me
parece que debemos tomar un coche... Eh!, cochero...

La de Rubn se dej llevar, y maquinalmente entr en el simn. Alguna
vez haba hecho lo mismo con un cualquiera encontrado en la calle.

Feijoo le habl dentro del coche con paternal cario; pero ella no
contestaba de una manera completamente acorde. De pronto le mir en la
oscuridad del vehculo, dicindole: Y t, quin eres?... A dnde me
llevas? Por quin me has tomado? No sabes que soy honrada?.

--Ay, Dios mo!--murmur el buen D. Evaristo con hondsimo disgusto--.
Esa cabeza no est buena, ni medio buena...

Por fin llegaron, y los dos subieron. La criada les abri. Ahora--dijo
el simptico coronel retirado--, a acostarse. Quiere usted que le
traiga un mdico?.

Sin contestar, metiose ella en su alcoba. Feijoo la sigui, afligidsimo
de verla en tan lastimoso estado. Despus, l y la criada, cuchichearon.

--Rompimiento... Le ha dado otra vez el canuto ese bergante--deca D.
Evaristo--. Si no es ms que eso, la trinquetada pasar.

Despidiose hasta el da siguiente, y la dolorida se acost diciendo a la
criada mientras la ayudaba a desnudarse: Honrada soy, y lo he sido
siempre. Qu?... lo dudas t?.

--Yo... no seorita; qu he de dudarlo?--replic la criada, volviendo
la cara para disimular una sonrisa.

Durmiose pronto la infeliz seora de Rubn; pero a la media hora ya
estaba despierta y muy excitada. Dorotea, que se qued junto a ella, la
oy cantando, a media voz y con las manos cruzadas, las coplas msticas
de las Micaelas.




-IV-

Un curso de filosofa prctica




--i--


Dos o tres veces fue D. Evaristo al siguiente da a enterarse de la
salud de Fortunata; pero no la pudo ver. Dorotea le dijo que la seorita
no quera ver a nadie, y que de tanto pensar que era honrada, le dola
horriblemente la cabeza. Al otro da la seorita estaba un poco mejor,
se haba levantado y apetecido un sopicaldo. Pero sigue con la misma
idea--aadi no sin malicia la chica, que era graciosa y avisada--. Se
lo prevengo, seor, para que le lleve el genio y le diga que s.

--Descuida, hija--replic el caballero--, que por m no ha de quedar.
Puedo verla? No la molestar mucho? Sabe que estoy aqu?

--Ya lo sabe. Esprese un ratito y pasar.

Quedose solo en el comedor mi hombre, y despus de quince minutos de
espera, Dorotea le mand pasar. Estaba Fortunata en su gabinete, tendida
en el sof, la cabeza reclinada sobre un almohadn de raso azul. Tena
puesta la bata de seda y un pauelo blanco finsimo a la cabeza, tan
ajustado, que no se le vea ms que el valo del rostro. Estaba ojerosa,
plida y muy abatida. Como D. Evaristo se preciaba de saber algo de
medicina, tomole el pulso.

Si est usted como un reloj, hija. Si no tiene fiebre ni ese es el
camino... Bah!, coqueteras... un poco de rabietina y nada ms. Y que
est usted guapsima con ese paolito, ya, ya. No se le ven ni el pelo
ni las orejas. Parece una hermana de la Caridad... Vaya con los males
de esta seora!.

--Ayer estuve muy malita--dijo ella con voz apagada--. La cabeza se me
parta, y como no me poda quitar de _entre m_ aquella idea, y dale con
lo mismo... Lo que una piensa!... Tengo que declarar que soy...

--Honrada, s, hoy ms que ayer y maana ms que hoy. Por sabido se
calla.

--No, hombre, no digo eso.--Cmo que no?--Lo que soy es muy mala, la
mujer ms mala que ha nacido. Pero usted sabe bien lo que yo he hecho?
Lo que me pasa me lo tengo bien ganado, s, bien ganado me lo tengo,
porque cuidado que he hecho yo perreras en este mundo...!

--Quite usted all!... No habr sido tanto.

--Vamos ahora a otra cosa--dijo la joven, sacando de debajo del manto
una mano, en la que tena una carta--. Ayer me mand esto.

--Quin? Ah! Santa Cruz.

--No la he ledo hasta esta maana. Aqu se despide otra vez, dndome
consejos y echndoselas de santo varn. Me manda dentro de la carta
cuatro mil reales.

--Vamos... No se ha corrido que digamos.

--Quiero escribirle hoy mismo--indic ella animndose un poco--.
Escribirle, no... nada ms que meter los dos billetes de dos mil reales
dentro de un sobre y devolvrselos.

--Hija ma, prese usted y piense bien lo que hace--dijo el amigo,
acercndose cariosamente a ella--. Eso de devolver dinero es un
romanticismo impropio de estos tiempos. Slo se devuelve el dinero que
se ha robado, y usted tena derecho a que l le diera, no slo eso, sino
muchsimo ms. Con que djese usted de _rasgos_ si no quiere que la
silbe, porque esas simplezas no se ven ya ms que en las comedias malas.
Nada, yo me he propuesto sacarla a usted del terreno de la tontera y
ponerla slidamente sobre el terreno prctico.

--Lo que es el dinero no lo tomo--declar la enferma del corazn,
alargando los labios como los nios mimosos.

--Ay, qu gracia!... Eso es, y coma usted mimitos--dijo el coronel,
haciendo tambin con sus labios la trompeta ms larga que le fue
posible--. Devolverle los santos cuartos! S, para que se ra ms. Eso
es lo que l quiere... Tiene usted ahorros?

--Tendr unos treinta duros.

--Pues eso y nada... De qu va usted a vivir ahora?

--Quiero ser honrada.--Magnfico... sublime. Lo que no veo tan claro es
que para ser honrada sea preciso no comer... Acaso piensa usted
trabajar? En qu?... Al menos, con esos cuatro mil reales tiene tiempo
de pensarlo y vivir algunos meses. Con que a guardar los _monises_, y no
se hable ms del asunto.

No se convenci Fortunata, que era algo terca; pero aplaz la devolucin
de los billetes para el da siguiente. Como tena clavada en su mente la
injuria recibida, sin querer hablaba de ella.

Vaya la que me ha hecho!--murmur despus de una pausa, mirando al
suelo--. Qu manera de pagarme! Yo, que lo dej todo por l, y a los
que me haban hecho decente les di una patada!... Perdone usted si hablo
mal. Soy muy ordinaria. Es mi ser natural; y como a los que me queran
afinar y hacerme honrada les di con su honradez en los hocicos... Qu
ingrata, verdad?, qu indecente he sido! Todo por querer ms de lo que
es debido, por querer como una leona. Y para que calcule usted si soy
simple, aqu, donde usted me ve, si ese hombre me vuelve a decir tan
siquiera media palabra, le perdono y le quiero otra vez.

--S, ya se conoce que es usted ms tierna que el requesn--dijo D.
Evaristo, meditando.

--Es que los dems me parece que no son tales hombres. Para m hay dos
clases de hombres; l a este lado, todos los dems al otro. No voy de
aqu a esa puerta por todos ellos. Soy as, no lo puedo remediar.

--No me dice usted nada que yo no sepa. He visto mucho mundo--afirm
Feijoo, con tolerancia de sacerdote hecho al confesonario--. Las
personas que son como usted suelen pasar una vida de perros. No hay
mayor desgracia que tener el corazn demasiado grande. Cerebro grande,
estmago grande, hgado grande, son males tambin; pero menores. Y yo he
de poder poco o le he de recortar a usted el corazn, para que haya
equilibrio.

--Equi...?--Equilibrio.--Ya; no lo digo bien; pero comprendo lo que es.
Y cmo me va usted a recortar?

--Oh! Se necesitan muchas lecciones... es la nica manera de que usted
no sea desgraciada toda la vida. Ah!, este mundo es una gaita con
muchos agujeros, y hay que templar, templar para que suene bien. Usted
no sabe de la misa la media. Parece que acaba de nacer, y que la han
puesto de patitas en el mundo. Qu resulta?, que no sabe por dnde
anda. Devuelve el dinero que le dan, y se chifla dos, tres veces por una
misma persona. Bonito porvenir! Yo le voy a ensear a usted una cosa
que no sabe.

--Qu?--Vivir... Vivir es nuestra primera obligacin en este valle de
lgrimas, y sin embargo... qu pocos hay que sepan desempearla!... Se
lo dice a usted un hombre que ha visto mucho mundo, que ha tenido, como
usted, un corazn del tamao de hoy y maana. Conque prepararse, que
empiezo mis lecciones.

--Y ser feliz?--dijo Fortunata con expectacin supersticiosa, como si
le estuvieran echando las cartas.

--Por de pronto, de lo que yo trato es de que sea usted prctica.

--Prctica!--replic ella arrugando la nariz con salero, como haca
siempre que afectaba no comprender una cosa y burlarse de ella al mismo
tiempo--. Prctica, qu quiere decir eso?

--Y no lo sabe?... No se haga usted ms tonta de lo que es!--indic D.
Evaristo arrugando tambin su nariz.

--Pues nos haremos _pliticas_--dijo la seora de Rubn, ridiculizando
la palabra para ridiculizar la idea.

Poco ms dur aquella visita, porque el seor de Feijoo no quera
molestar. Despidiose, prometiendo volver pronto. Por l, volvera dentro
de una hora. Amiguita, usted no puede estar mucho tiempo sola, porque
esa cabeza se pone a trabajar... Como usted no me eche, aqu me tendr
otra vez esta tarde.

Y volvi cerca de anochecido trayendo un ramo de flores, y poco despus
fue un mozo de cuerda con dos o tres tiestos. A Fortunata le gustaban
mucho las flores, as vivas como cortadas; tena los balcones llenos de
macetas y se pasaba buena parte de la maana cuidndolas. Mucho
agradeci al buen caballero tales obsequios, que tenan mayor precio en
la estacin que corra. Las flores del ramo eran de las ms bellas,
raras y valiosas que hay en invierno. De lo que sobre plantas se habl
aquella tarde, coligi D. Evaristo que su amiga tena gustos un poco
desacordes con el gusto corriente. No le haca gracia ninguna flor que
no tuviese fragancia, y particularmente las camelias le eran
antipticas. Entre la mejor de las camelias y el ms amarillo y sosn de
los girasoles, no hallaba gran diferencia en cuanto al mrito. Diranle
a ella un buen clavel, un nardo, una rosa de la tierra, y en fin, todas
aquellas flores que _ilusionan el sentido_ en cuanto uno se acerca a
ellas...

--Y qu tal nos encontramos esta tarde?--dijo D. Evaristo inclinndose
para verle la cara.

Echbaselas de mdico; pero examinaba la cara por lo bonita que le
pareca, no por buscar en ella sntomas hipocrticos; y como avanzara la
noche y no haba luz, tena que acercarse mucho para ver bien.
Continuaba ella en el propio sitio y postura que por la maana.

--Estoy lo mismo--replic sin moverse--. Desde que usted se fue, estuve
llorando hasta ahorita.

--Pues no hay que devanarse los sesos para encontrar el remedio. Con no
moverme de aqu... Pero podra ser el remedio peor que la enfermedad, y
al fin tendra usted que llorar para que me marchase... Vamos, hija,
modere esos suspiros tan fuertes, que parece se le va a salir el alma
por la boca. Ya nos iremos consolando. El tiempo es un mdico que se
pinta solo para curar estas cosas; y todava he de ver yo a mi amiga ms
contenta que unas Pascuas, sin acordarse para nada de lo que tanto la
aflige hoy. Y pronto, muy pronto... Y es preciso distraerse. Sabe usted
jugar al tresillo?

--Yo? No s ms que el tute. _Ese_ quiso ensearme el tresillo; pero
nunca lo pude aprender. No sabe usted bien lo torpe que soy.

--Le gusta a usted el teatro?

--Eso s, sobre todo los dramas en que hay cosas que la hacen llorar a
una.

--Ave Mara Pursima!... Esas obras en que sale aquello de hijo
mo!... padre mo!....

--Esas, y otras en que hay pasos de mucha afliccin, y sacan las
espadas, y se desmaya una actriz porque le quitan el hijo.

--Alabado sea el Santsimo!...--dijo Feijoo con socarronera--. En eso
s que son contrarios nuestros gustos, porque yo, en cuanto veo que los
actores pegan gritos y las actrices principian a hacerme pucheritos, ya
estoy bufando en mi butaca y mirando para la puerta... Nada de lgrimas.
Lo que le conviene a usted ahora es rerse con las piececitas de Lara y
Variedades. Para dramas, hija, los de la realidad... Le gustan a usted
los bailes de mscaras?

--Se va usted a rer--replic Fortunata incorporndose--. En el poco
tiempo que anduve yo suelta en Barcelona, de la ceca a la meca, sola ir
a bailes y divertirme algo; despus no... Este ao me llev Juan dos
veces, y otra vez fui yo sola con una amiga, por ver si le sorprenda
pegndomela con algn trasto... Creer usted que no me he divertido ni
esto? La careta me da un calor que me abrasa... me la quiero quitar.
Pues digo... si me pongo a dar bromas, yo misma me ro de mi poca
gracia. No puede usted figurarse lo _desaborida_ que soy. No se me
ocurre nada ms que sandeces. Juan me deca que no sirvo para nada, y
que no me merezco el palmito que tengo. l se empeaba en que yo fuera
de otro modo; pero la cabra siempre tira al monte. Pueblo nac y pueblo
soy; quiero decir, ordinariota y salvaje... Ah, si viera usted lo
furioso que se pona cuando le deca yo que me gusta un guisado de falda
y pechos como los que se comen en los bodegones!

Pues nada; que tena que esconderme para comer a mi gusto. Y cuando me
sermoneaba porque no tengo ese aire de francesa que tiene la Antoita,
esa que est con Villalonga, y otra que llaman Sofa la Ferrolana?
Hasta en la manera de sentarse se diferencian de ti--me deca--. Fjate
bien en aquel aire de abandono o de viveza segn los casos; en aquella
gracia, en aquel modo de andar por la calle. T cuando vas por ah con
tu velito y ese pasito reposado, sin mirar a nadie, parece que vas de
casa en casa pidiendo para una misa. Ve usted lo que me deca? Y
cuando se empeaba en que me pusiera yo esos cuerpos tan ceidos, tan
ceidos que con ellos parece que ensea una todo lo que Dios le ha
dado?...

--Esta mujer me vuelve loco--pensaba Feijoo, experimentando, al or a
Fortunata, una sensacin de inefable contento--. Si estoy chocho, si no
s lo que me pasa... Ay Dios mo, a mi edad!... No hay remedio, me
declaro... Pero no, refrnate, compaero, an no es tiempo...

Al buen seor se le ponan los ojos encandilados oyndole contar
aquellas cosas con tan encantadora sinceridad. Sonrisa de alegra y
esperanza contraa sus labios, mostrando su dentadura intachable. Su
cara, que era siempre sonrosada, ponasele encendida, con verdaderos
ardores de juventud en las mejillas. Era, en suma, el viejo ms guapo,
simptico y frescachn que se poda imaginar; limpio como los chorros
del oro, el cabello rizado, el bigote como la pura plata; lo dems de la
cara tan bien afeitadito, que daba gloria verle; la frente espaciosa y
de color marfil, con las arrugas finas y bien rasgueadas. Pues de
cuerpo, ya quisieran parecrsele la mayor parte de los muchachos de hoy.
Otro ms derecho y bien plantado no haba.

No, lo que es hoy no le digo nada--pensaba--. Temo hacer el bisoo.
Calma, compaero, y repligate un poco; tiempo tienes de picar espuelas.
Hoy lo recibira mal. Est muy reciente la herida.




--ii--


Pues lo que es hoy s que no me quedo con esto dentro del
cuerpo--pens mi hombre al otro da, entrando en la sala, hecho un sol
de limpio y despidiendo, como todas las maanas al salir de su casa, un
fuerte olor a _colonia_--. Y dnde est?, qu hace que no sale? Es un
encanto esa mujer, y tengo al tal Santa Cruz por el gaznpiro ms grande
que come pan... Cunto me hace esperar! Parceme que oigo trastazos
como de dar con el zorro en los muebles. Estar de limpieza, aunque hoy
no es sbado. Pero no importa que no sea sbado. Eso le conviene:
trabajar, hacer ejercicio, distraerse, andar de aqu para all.
Magnfico!... S, s, sin duda est de limpieza. Es un diamante en
bruto esa mujer. Si hubiera cado en mis manos, en vez de caer en las de
ese simpln, qu facetas, Dios mo, qu facetas le habra tallado
yo!... Y sigue el traqueteo all dentro. Parece que arrastran muebles...
Bien, muy bien, dale duro. Para cosas del corazn, sudar, sudar. Ay qu
contento estoy hoy! Tiempo haca, compaero, mucho tiempo haca que no
te sentas tan feliz como te sientes hoy. Desde que estuviste en
Filipinas... Pues ahora parece que estn moviendo la cama de hierro.
Cmo rechina el metal!... Ah!, por fin sale....

--Dispnseme usted, amigo D. Evaristo--dijo Fortunata apareciendo en la
puerta del gabinete, con bata de diario, un delantal muy grande y
pauelo liado a la cabeza--. Estoy de limpia. Tras ella se vea una
atmsfera polvorienta, turbia y luminosa; el sol entraba por el balcn,
de par en par abierto.

Porque yo tengo esta costumbre... Cuando me siento con ganas de llorar
y dada a todos los demonios, sabe usted qu hago?, pues coger el zorro,
las escobas, una esponja grande y un cubo de agua. Siempre que tengo una
pena muy grande le meto mano al polvo.

--Pues ay, hija ma!, la compadezco a usted... porque la casa est como
una plata...

--Cmo ha de ser!... S, esta es mi nica distraccin. Y no s ninguna
labor delicada; no s coser en fino; no bordo ni toco el piano. Tampoco
pinto platos como esa Antonia, amiga de Villalonga, la cual est siempre
de pinceles; yo apenas s leer y no le saco sentido a ningn libro...
qu he de hacer?, fregar y limpiar. Con esto no me acuerdo de otras
cosas.

--Me la comera--pens D. Evaristo, que la contemplaba embobado, sin
decir nada.

--Conque lo mejor es que se vaya usted ahora, y vuelva ms tarde. Le
vamos a llenar de polvo y basura.

--No, hija, yo no me voy de aqu.

--Uy!... Cmo huele usted a _colonia_. Ese olor s que me gusta... Pero
le vamos a poner perdido. Mire que ahora empezaremos con la sala.

--No me importa--replic el buen seor con sonrisa inefable--. Me
empolva?, mejor. Yo me sacudir.

--Como usted quiera... Pues ndese por ah... Yo no tengo aqu _lbumes_
ni libros para que se entretenga.

--Maldita la falta que me hacen a m los _lbumes_... Siga, siga usted y
trabaje firme. Eso, eso es lo que nos conviene. Luego hablaremos. Yo no
tengo absolutamente nada que hacer...

Y dos horas ms tarde estaban sentados ambos en el gabinete, uno frente
a otro, ella en el mismo pergenio en que antes se presentara, y algo
fatigada...

Debo tener una facha...!--dijo levantndose para mirarse al espejo que
sobre el sof estaba--. Mara Santsima! Ve usted las pestaas cmo
las tengo, llenas de polvo?.

--No estaran as sino fueran tan negras y tan grandes y hermosas...

--Quisiera aviarme un poco. Es una falta recibir visitas con esta facha.

--Por m no se apure usted... Me agrada ms verla as. Descanse ahora y
echemos un parrafito. Voy a permitirme una pregunta. Qu piensa usted
hacer ahora?

Fortunata, que se inclinaba hacia adelante para or mejor, dej caer la
cabeza sobre el respaldo; la mejor manera de expresar que no haba
pensado nada sobre aquel punto.

--Piensa usted pedir perdn a su marido y reconciliarse con l?

--Jess! Y qu cosas se le ocurren!--exclam ella, llevndose las
manos a la cabeza, cual si oyera el mayor de los absurdos.

--Pues me parece que no he dicho ningn disparate.

--Antes que volver con Maximiliano--afirm Fortunata poniendo la cara
ms seria que saba poner--, todo lo paso, todo...

--Incluso la miseria, la deshonra...

--S seor.--Bueno. Pues quiere decir que cuando se acabe lo poquito que
usted tiene... y supongo que no habr insistido en devolver los cuatro
mil reales... pues cuando se acabe, no tendr usted ms remedio que
buscarse la vida como pueda. Usted no sabe ningn trabajo honrado que
produzca dinero; conque claro es... si me aciertas lo que llevo en la
mano te doy un racimo.

Fortunata frunci el ceo, y sin levantar las miradas del suelo, doblaba
y desdoblaba un pico del delantal.

--Eso no tiene vuelta de hoja, compaera. O a casa con su marido, o a la
calle con Juan, Pedro y Diego, a ver si sale algn primo con quien ir
tirando. De este camino malo parten varios senderos, y no todos
concluyen en el hospital y en la abyeccin. De modo que pinselo usted.
Por ms que se devane los sesos, no podr salir de este dilema.

--De este qu?--Dilema; quiere decir que a fondo o a Flandes.

--Yo quiero ser honrada--afirm la joven con la mayor seriedad del
mundo, atormentando ms la punta del delantal.

--Honrada?, me parece muy bien. Y dgame usted con toda franqueza:
honrada comiendo o sin comer?

Fortunata se sonri un poco. Aquella sonrisa ilumin su pena un
instante; pero pronto qued su rostro envuelto otra vez en seriedad
sombra, seal de la duda horrible que agitaba su alma.

--Eso de la honradez es muy bonito--prosigui Feijoo--. No hay nada que
se diga tan fcilmente y que luego resulte ms difcil en la prctica.
Yo creo que usted ha querido decir honradez relativa...

--No; yo quiero ser honrada a carta cabal, honrada, honrada.

--Sin volver con su marido?

--Sin volver con mi marido. Feijoo hizo con los labios, con los ojos,
con todos los msculos de su cara un mohn muy humano y expresivo, signo
perteneciente al lenguaje universal y a la mmica de todos los pases,
el cual quera decir:

Hija ma, no lo entiendo....

Ni Fortunata lo entenda tampoco, por lo cual estaba verdaderamente
anonadada. Faltbale poco para echarse a llorar.

Vamos, vamos--dijo el coronel sacudiendo toda aquella argumentacin
capciosa, como se sacuden las moscas--; hablemos claro y seamos
prcticos sin miedo a la situacin verdadera. Las cosas son como son, no
como deseamos que sean. Qu ms quisiramos sino que usted pudiera ser
tan honrada y pura como el sol! Pero _tarde piache_, como dijo el pjaro
cuando se lo estaban comiendo. De lo que tratamos ahora es de que usted
sea lo menos deshonrada posible. Porque me ro yo de las virtudes que
slo estn en el pico de la lengua. Y el vivir y el comer?

Usted, compaera, no tiene ahora ms remedio que aceptar el amparo de un
hombre. Slo falta que la suerte le depare un buen hombre. Se echar
usted a buscarlo por ah entre sus relaciones, o saldr a pescar un
desconocido por las calles, teatros y paseos? A ver... Dgolo porque si
quiere usted ahorrarse ese trabajo, figrese que aburrida ha salido por
esos mundos, que ha echado el anzuelo, que le han picado, que tira para
arriba, y que oh, sorpresa!, me ha pescado a m. Aqu me tiene usted
fuera del agua dando coletazos de gusto por verme tan bien pescado. Soy
algo viejo, pero sin vanidad creo que sirvo para todo, y por fuera y por
dentro valgo ms que la mayora de los muchachos. No tengo nada que
hacer, vivo de mis rentas, soy solo en el mundo, me doy buena vida y
puedo drsela a quien me acomoda. Conque a decidirse. Modestia a un
lado, dgole a usted que dificilillo le sera, en su situacin,
encontrar un acomodo mejor. Bien lo comprender cuando le pasen las
tristezas, que ojal sea pronto. Ahora no tiene la cabeza despejada. Y
no vacilo en decirlo--agreg alzando la voz, como si se incomodara--. Le
ha cado a usted la lotera, y no as un premio cualquiera, sino el
gordo de Navidad.

--Quiero ser honrada--repiti Fortunata sin mirarle, como los nios
mimosos que insisten en decir la cosa fea por que les reprenden.

--No ser yo quien le quite a usted eso de la cabeza--dijo el caballero
sonriendo, sin dudar de su victoria--. Y bien podra ser que hubiera
usted descubierto la cuadratura del crculo.

--Qu dice?--Nada... Tambin se me ocurre que dentro de mi proposicin
puede usted ser todo lo honrada que quiera. Mientras ms, mejor... En
fin, no quiero marearla a usted ms, y la dejo sola para que piense en
lo que le he dicho. Siga limpiando, trabaje, d bofetadas a los muebles,
fregotee hasta que le escuezan los dedos; mecnica, mucha mecnica, y
mientras tanto, piense bien en esto, y maana o pasado maana... no hay
prisa... vengo por la _rimpuesta_, como dice el payo...




--iii--


Como lo que debe suceder sucede, y no hay bromas con la realidad,
las cosas vinieron y ocurrieron conforme a los deseos de D. Evaristo
Gonzlez Feijoo. Bien saba l que no poda ser de otro modo, a menos
que aquella mujer estuviese loca. Qu salida tena fuera de la
propuesta por l? Ninguna. Qu honradez era aquella que apeteca, no
sabiendo trabajar, no queriendo volver con su marido y no teniendo
malditas ganas de irse a un yermo a comer races? Moraleja: Lo que tena
que llegar, por la sucesin infalible de las necesidades humanas, lleg.
Y para que veas si s yo hacer las cosas y me intereso por ti--le dijo
un da D. Evaristo tutendola ya--; me propongo evitar el escndalo por
ti y por m. Pondr singular cuidado en que ignore esto Juan Pablo
Rubn, que fue quien me present a ti, en la calle, te acuerdas?, y de
ah viene nuestro dichoso conocimiento. Estas relaciones las hemos de
esconder y reservar hasta donde sea humanamente posible. Vers qu bien
vamos a estar. Yo te ensear a ser prctica, y cuando pruebes el ser
prctica, te ha de parecer mentira que hayas hecho en tu vida tantsimas
tonteras contrarias a la ley de la realidad.

Fortunata, preciso es decirlo, no estaba contenta, ni aun medianamente.
Hallbase ms bien resignada y se consolaba con la idea de que dentro de
su desgracia no haba solucin mejor que aquella, y de que vale ms caer
sobre un montn de paja que sobre un montn de piedras. En los primeros
das tuvo horas de melancola intenssima, en las cuales su conciencia,
confabulada con la memoria, le representaba de un modo vivo todas las
maldades que cometiera en su vida, singularmente la de casarse y ser
adltera con pocas horas de diferencia. Pero de repente, sin saber cmo
ni por qu, todo se le volva del revs all en las cavidades
desconocidas de su espritu, y la conciencia se le presentaba limpia,
clara y firme. Juzgbase entonces sin culpa alguna, inocente de todo el
mal causado, como el que obra a impulsos de un mandato extrao y
superior. Si yo no soy mala--pensaba--. Qu tengo yo de malo aqu
_entre m_? Pues nada.

Con estos diferentes estados de su espritu se relacionaban ciertas
intermitencias de mana religiosa. En las horas en que se senta muy
culpable, entrbale temor de los castigos temporales y eternos.
Acordbase de cuanto le ensearon D. Len y las Micaelas, y volvan a su
mente las impresiones de la vida del convento con frescura y claridad
pasmosas. Cuando le daba por ah, iba a misa, y aun se le ocurra
confesarse; pero de pronto le entraba miedo y lo dejaba para ms
adelante. Luego vena la contraria, o sea el sentimiento de su
inculpabilidad, como una reversin mecnica del estado anterior, y todas
las somnolencias y aprensiones msticas huan de su mente. Se pasaba
entonces dos o tres das en completa tranquilidad, sin rezar ms que los
Padrenuestros que por rutina le salan de entre dientes todas las
maanas. Su conciencia giraba sobre un pivote, presentndole, ya el lado
blanco, ya el lado negro. A veces esta brusca revuelta dependa de una
palabra, de una idea caprichosa que pasaba volando por su espritu, como
pasa un pjaro fugaz por la inmensidad del Cielo. Entre creerse un
monstruo de maldad o un ser inocente y desgraciado, mediaban a veces el
lapso de tiempo ms breve o el accidente ms sencillo; que se
desprendiese una hoja del tallo ya marchito de una planta cayendo sin
ruido sobre la alfombra; que cantase el canario del vecino o que pasara
un coche cualquiera por la calle, haciendo mucho ruido.

Estaba muy agradecida al seor de Feijoo, que se portaba con ella como
un caballero, y no tena nada de quisquilloso, ni las impertinencias que
suelen gastar los hombres. El primer da le ley la cartilla, que era
muy breve: Mira, yo te dejo en absoluta libertad. Puedes salir y entrar
a la hora que quieras, y hacer lo que te d tu real gana. No soy
partidario del sistema preventivo. Quiero que seas leal conmigo, como yo
lo soy contigo. En cuanto te canses avisas... Aqu no me entres a ningn
hombre, porque si algn da descubro gatuperio, me marcho tan calladito
y no me vuelves a ver... Lo mismo har si lo descubro fuera. Si te
portas bien, no dejar de protegerte, ni aun en el caso de que me fuera
preciso dejarte.

Lo que propiamente llamamos amor, la verdad, Fortunata no lo senta por
su amigo; pero s le tena respeto, y el cario apacible a que era
acreedor por su hidalgo comportamiento. Tenale ella por la persona ms
decente que haba tratado en su vida. Y cunto saba! Qu experiencia
del mundo la suya, y con qu habilidad se las gobernaba! Para poner en
ejecucin aquel plan de reserva de que hablara al principio, mandole
tomar un cuartito modesto. No por economa, pues bien poda l pagar una
casa como la que Santa Cruz pagaba; era por recato. Lo de la honradez,
que ella anhelaba ignorando el valor exacto de las palabras, no tena
sentido; pero ya que no fuese honrada, al menos pareciralo, y esto iba
ganando, que no era floja ganancia. Un cuartito modesto en un barrio
apartado era ya seal de que al menos se evitaba el escndalo. A poco de
instalada en su nuevo domicilio, D. Evaristo le compr una buena mquina
de Singer, con lo que ella se entretena mucho. La visita del protector
era diaria, pero sin hora fija. Unas veces iba de tarde, otras de noche.
Pero siempre se retiraba a su casa a dormir. Convena que Fortunata
tuviese una criada fiel, discreta y de cierta responsabilidad. Feijoo
estuvo cosa de un mes buscndola y al fin pudo encontrarla.

Si Fortunata, empezando por conformarse, acab por sentirse bien, D.
Evaristo estuvo desde luego muy a gusto en aquella vida. Yo no soy
celoso--le deca--, y aunque no pongo mi mano en el fuego por ninguna
mujer, creo que no me faltars, como no se descuelgue otra vez el
danzante de marras. A este s que le tengo miedo. Y ella declaraba con
su sinceridad de siempre que, en efecto, le conservaba ley al maldito
autor de sus desgracias... no lo poda remediar; pero que si la buscaba
otra vez, ya sabra ella resistir y darle con toda la fuerza de su
honradez en los hocicos, para que no volviera a ser pillo. Al or esto,
Feijoo se mostraba benvolamente incrdulo y deca: Pidmosle a Dios
que no te busque, por si acaso; que a Segura llevan preso.

Vivan retiradamente, y no se presentaban juntos en ninguna parte. La
calaverada de Feijoo no fue descubierta por sus amigos ms sagaces;
Fortunata no daba que hablar a nadie, y la familia de su marido crea
que haba desaparecido de Madrid. Con este sistema de cautela y recato,
les iba tan bien que D. Evaristo no cesaba de congratularse. Ves,
chulita, cmo de este modo estamos en el Paraso? As se consiguen dos
cosas, la tranquilidad dentro, el decoro fuera. Qu necesidad tengo yo
de que me llamen _viejo verde_? Y t, por qu has de andar en lenguas
de la gente? Aqu tienes lo que yo te quera ensear, ser persona
prctica. Al mundo hay que tratarlo siempre con muchsimo respeto. Yo
bien s que lo mejor es que uno sea un santo; pero como esto es
dificilillo, hay que tener formalidad y no dar nunca malos ejemplos.
Fjate bien en esto; la dignidad siempre por delante, compaera.

Hablando de esto, se animaba llegando hasta la elocuencia. Porque mira
t, chulita, no predico yo la hipocresa. En cierta clase de faltas, la
dignidad consiste en no cometerlas. No transijo, pues, con nada que sea
apropiarse lo ajeno, ni con mentiras que daan al honor del prjimo, ni
con nada que sea vil y cobarde; tampoco transijo con menospreciar la
disciplina militar: en esto soy muy severo; pero en todo aquello que se
relaciona con el amor, la dignidad consiste en guardar el decoro...
porque no me entra ni me ha entrado nunca en la cabeza que sea pecado,
ni delito, ni siquiera falta, ningn hecho derivado del amor verdadero.
Por eso no me he querido casar... Claro, es preciso contener algo a la
gente y asustar a los viciosos; por eso se hicieron diez mandamientos en
vez de ocho, que son los legtimos; los otros dos no me entran a m.
Ah!, chulita, dirs que yo tengo la moral muy rara. La verdad, si me
dicen que Fulano hizo un robo, o que mat o calumni o arm cualquier
gatera, me indigno, y si le cogiera, crelo, le ahogara; pero vienen y
me cuentan que tal mujer le falt a su marido, que tal nia se fug de
la casa paterna con el novio, y me quedo tan fresco. Verdad que por el
decoro debido a la sociedad, hago que me espanto, y digo: Qu
barbaridad, hombre, qu barbaridad!. Pero en mi interior me ro y digo:
ande el mundo y crezca la especie, que para eso estamos....

Todo esto le pareci a Fortunata muy peregrino cuando lo oy por primera
vez; pero a la segunda, encontrolo conforme con algo que ella haba
pensado. Pero no sera un disparate? Porque era imposible que ella y
Feijoo tuviesen razn contra el mundo entero.

Conque ya sabes--aadi el coronel--; el da en que se te antoje
faltarme, me lo dices. Yo no creo en las fidelidades absolutas. Yo soy
indulgente, soy hombre, en una palabra, y s que decir _humanidad_ es lo
mismo que decir _debilidad_... Pues vienes y me lo cuentas a m, en mis
barbas; nada de tapujos... Creers que voy a venir con un revlver para
pegarte un tirito y pegarme yo otro?... Valiente asno sera si lo
hiciera! No. En nombre de la humanidad y de la especie te mirar con
benevolencia... Cierto que me ha de escocer algo. Pero coger mi
sombrero y me marchar de tu casa, sin que eso quiera decir que te
abandone, pues lo que har ser jubilarte, sealndote media paga.

--Pero qu hombre ms raro, y qu manera de querer!--pensaba Fortunata.




--iv--


Aquel da comieron juntos; expansin que D. Evaristo se permita
algunas veces. Dijo ella que saba _poner unas judas_ estofadas a
estilo de taberna, que era lo que haba que comer.

Quiso Feijoo probar tambin aquel plato, porque le gustaban algunas
comidas espaolas. Fortunata tena una despensa admirablemente provista,
y en ropa y trapos gastaba muy poco. l era tan listo y tan prctico,
que supo sin esfuerzo hacerle disminuir el intil y ruinoso rengln de
las modas. En la cuestin de _buclica_, s que no le pona tasa, y le
recomendaba que trajese siempre lo mejor y ms adecuado a cada estacin.
Pero ella no necesitaba que su seor le hiciera estas advertencias,
porque, madrilea neta y de la Cava de San Miguel nada menos, saba lo
que se debe comer en cada poca. No era glotona; pero s inteligente en
vveres y en todo lo que concierne a la bien provista plaza de Madrid.

Y la verdad era que con aquella vida tranquila y sosegada, eminentemente
prctica, se iba poniendo tan lucida de carnes, tan guapa y hermosota
que daba gloria verla. Siempre tuvo la de Rubn buena salud; pero nunca,
como en aquella temporada, vio desarrollarse la existencia material con
tanta plenitud y lozana. Feijoo, al contemplarla, no poda por menos de
sentirse descorazonado. Cada da ms guapa--pensaba--, y yo cada da
ms viejo. Y ella, cuando se miraba al espejo, no se resista a la
admiracin de su propia imagen. Algunos das le pasaba por bajo del
entrecejo la observacin aquella de otros tiempos: Si me viera
ahora...!.

Pero al punto trataba de alejar estas ideas, que no le traan ms que
tristezas y cavilaciones.

Viva en la calle de Tabernillas (Puerta de Moros), que para los
madrileos del centro es _donde Cristo dio las tres voces y no le
oyeron_. Es aquel barrio tan apartado, que parece _un pueblo_.
Comuncase, de una parte con San Andrs, y de otra con el Rosario y la
V.O.T. El vecindario es en su mayora pacfico y modestamente acomodado;
asentadores, placeros, trajineros. Empleados no se encuentran all, por
estar aquel casero lejos de toda oficina. Es el arrabal alegre y bien
asoleado, y corrindose al Portillo de Gilimn, se ve la vega del
Manzanares, y la Sierra, San Isidro y la Casa de Campo. Hacia los
taludes del Rosario la vecindad no es muy distinguida, ni las vistas muy
buenas, por caer contra aquella parte las prisiones militares y
encontrarse a cada paso mujeres sueltas y soldados que se quieren
soltar. Al fin de la calle del guila tambin desmerece mucho el
vecindario, pues en la explanada de Gilimn, inundada de sol a todas las
horas del da, suelen verse cuadros dignos del Potro de Crdoba y del
Albaicn de Granada. Por la calle de la Solana, donde habita tanta
pobretera, iba Fortunata a misa a la Paloma, y se pasmaba de no
encontrar nunca en su camino ninguna cara conocida. Ciertamente, cuando
un habitante del centro o del Norte de la Villa visita aquellos barrios,
ni las casas ni los rostros le resultan Madrid. En un mes no pas
Fortunata ms ac de Puerta de Moros, y una vez que lo hizo, detvose en
Puerta Cerrada. Al sentir el mugido de la respiracin de la capital en
sus senos centrales, volviose asustada a su pacfica y silenciosa calle
de Tabernillas.

Don Evaristo viva, desde que obtuvo el retiro, en el segundo piso de un
casern aristocrtico de la calle de Don Pedro. Era uno de esos palacios
grandones y sin arquitectura, construidos por la nobleza. En el
principal haba una embajada, y cuando en ella se celebraba sarao,
decoraban la escalera con tiestos y le ponan alfombra. Habase
acostumbrado Feijoo a la amplitud desnuda de sus habitaciones, a las
grandes vidrieras, a la altura de techos, y no poda vivir en _estas
casas de cartn_ del Madrid moderno. Su domicilio tena algo de
convento, y su vecino en el segundo de la izquierda era un arquelogo,
poseedor de colecciones maravillosas. En toda la casa no se oa ni el
ruido de una mosca, pues el Ministro Plenipotenciario del principal era
hombre solo, y fuera de las noches de recepcin, que eran muy contadas,
creerase que all no viva nada.

Por la solitaria calle de las Aguas se comunicaba brevemente Feijoo con
su dolo. No me vuelvo atrs de lo que esta expresin indica, pues el
buen seor lleg a sentir por su protegida un amor entraable, no todo
compuesto de fiebre de amante, sino tambin de un cierto cario
paternal, que cada da se determinaba ms. Qu lstima,
compaero!--pensaba--, que no tengas veinte aos menos... De veras que
es una lstima. Si a esta la cojo yo antes...! As como otros
estropearon con sus manos inhbiles esta preciossima _individua_, yo le
hubiera dado una configuracin admirable. Qu espaola es, y qu chocho
me estoy volviendo!.

Al mes, ya Feijoo no poda vivir sin aumentar indefinidamente las horas
que al lado de ella pasaba. Muchos das coman o almorzaban juntos, y
como ambos amantes haban convenido en enaltecer y restaurar
prcticamente la hispana cocina, haca la _individua_ unos guisotes y
fritangas, cuyo olor llegaba ms all de San Francisco el Grande. De
sobremesa, si no jugaban al tute, el buen seor le contaba a su querida
aventuras y pasos estupendos de su dramtica vida militar. Haba estado
en Cuba en tiempo de la expedicin de Narciso Lpez, y trabaj mucho en
la persecucin y captura del famoso insurgente. Fortunata le oa
embelesada, puestos los codos sobre la mesa, la cara sostenida en las
manos, los ojos clavados en el narrador, quien bajo la influencia de la
atencin ingenua de su amada, se senta ms elocuente, con la memoria
ms fresca y las ideas ms claras. T no puedes hacerte cargo de
aquellas noches de luna en Cuba, de aquella bveda de plata
resplandeciente, de aquellos manglares que son jardines en medio de los
espejos de la mar... Pues aquella noche de que te hablo, estbamos
acechando junto a un ro, porque sabamos que por all haban de pasar
los insurgentes. Omos un chapoteo en el agua; cremos que era un caimn
que se escurra entre las caas bravas. De repente, pim... un tiro.
Ellos!... Al instante toda nuestra gente se echa los fusiles a la cara.
Ta-ra-ra-trap... Un negrazo salta sobre m, y zas, le meto el machete
por el ombligo y se lo saco por el lomo... No me he visto en otra,
hija.

Tambin haba estado en la expedicin a Roma el 48. Oh, Roma! Aquello
s que era cosa grande. Qu bonito aquel paso de Po IX bendiciendo a
las tropas! Y la conversacin rodaba, sin saber cmo, de la bendicin
papal a los amoros del narrador. En esto era la de no acabar, y de la
cuenta total salan a siete aventuras por ao, con la particularidad de
que eran en las cinco partes del mundo, porque Feijoo, que tambin haba
estado en Filipinas, tuvo algo que ver con chinas, javanesas y hasta con
joloanas. Una salvaje le haba trastornado el seso, demostrando que en
las islas de la Polinesia se dan casos de coquetera no menos refinada
que la de los salones europeos. Ay, qu bueno!--exclamaba Fortunata
riendo con toda su alma, al or ciertos lances--. Si eso parece de
ac...! Pero qu lista...! Has visto? Y luego dicen...!.

De europeas no haba que hablar. Cont el ex-coronel aventuras con
solteras y casadas, que a su amiga le parecan mentira, y no las habra
credo si no las oyera de labios de persona tan verdica y formal.
--Pero has visto? Si eso se dice, no se cree... Y si lo escriben,
pensarn que es fbula mal inventada. Qu cosas hacen las mujeres! Bien
dicen que somos el Demonio.

Debo advertir que nada refera Feijoo que no fuese verdad, porque ni
siquiera recargaba sus cuadros y retratos del natural. Lo mismo haca
Fortunata, cuando le tocaba a ella ser narradora, incitada por su
protector a mostrar algn captulo de la historia de su vida, que en
corto tiempo ofreca lances dignos de ser contados y aun escritos. No se
haca ella de rogar, y como tena la virtud de la franqueza, y no
apreciaba bien, por rudeza de paladar moral, la significacin buena o
mala de ciertos hechos, todo lo desembuchaba. A veces senta D. Evaristo
gran regocijo oyndola, a veces verdadero terror; pero de todas estas
sesiones sala al fin con impresiones de tristeza, y pensaba as: Si
hubiera cado antes en mis manos, si yo la hubiera cogido antes, todas
esas ignominias se habran evitado... Qu lstima, compaero, qu
lstima!... Y lo ms raro es que despus de tanto manosear hayan quedado
intactas ciertas prendas, como la sinceridad, que al fin es algo y la
constancia en el amor a uno solo....

Ambos evitaban que en sus conversaciones surgieran ciertos nombres; pero
una noche se habl, no s por qu, de Juanito Santa Cruz. Anda--dijo
Fortunata--, que ya se habr cansado otra vez de la tonta de su mujer. A
bien que ella se tomar la revancha....

--No lo creo...--Pues yo s...--afirm la prjima fingiendo
conviccin--. Bah! No hay mujer casada que no peque... Ya saben tapar
bien esas seoras ricas.

--No me gusta, hija, que hables as de persona alguna y menos de esa. Yo
me explico que no la quieras bien; pero observa que es inocente de las
trastadas que te ha hecho su marido.

Feijoo conoca a algunas personas de la familia de Santa Cruz. A Jacinta
y a Juan no les haba hablado nunca; pero s a D. Baldomero y algo a
Barbarita. Trataba al gordo Arnaiz, y a otros muy allegados a la
familia, como el marqus de Casa-Muoz y Villalonga; y el mismo Plcido
Estupi no era un desconocido para l.

Es preciso que te acostumbres--prosigui con cierta severidad--, a no
hacer juicios temerarios, huyendo de cuanto pueda herir o lastimar a una
familia respetable. Dobla la hoja y hazte cuenta de que esa gente se ha
ido a Ultramar, o se ha muerto.

--Te dir una cosa que ha de pasmarte--indic Fortunata con la expresin
grave que tomaba cuando haca una declaracin de extremada y casi
increble sinceridad--. Pues el da en que vi por primera vez a Jacinta,
me gust... sin que por gustarme dejara de aborrecerla. Una noche me
acost con el corazn tan requemado de celos, que me senta capaz...
hasta de matarla... mira t.

--Bah!, no digas tonteras... No me hace gracia que te pongas as...
Eso de matar a la rival es hasta cursi...

--Pero si no he acabado... djame que te cuente lo mejor. La aborrezco y
me agrada mirarla, quiere decirse, que me gustara parecerme a ella, ser
como ella, y que se me cambiara todo mi ser natural hasta volverme tal y
como ella es.

--Eso s que no lo entiendo--dijo Feijoo cayendo en un mar de
meditaciones--. Caprichos del corazn.

Y al levantarse, apoyando las manos en los brazos del silln, not ay!,
que el cuerpo le pesaba ms; pero mucho ms que antes.




--v--


No pararon aqu las observaciones referentes a su decaimiento
fsico. Una maana, al levantarse, not que la cabeza se le mareaba.
Jams haba sentido cosa semejante. En la calle advirti que para andar
completamente derecho, necesitaba pensarlo y proponrselo. Pasando junto
a la carcomida puerta del convento de la Latina, no pudo menos que
mirarse en ella como en un espejo. Se vio all bien claro, cual vestigio
honroso conservado slo por indulgencia del tiempo. Todo envejece
--pens--, y cuando las piedras se gastan, cmo no ha de gastarse el
cuerpo del hombre!.

Y los sntomas de decadencia aumentaban con rapidez aterradora. Dos das
despus not Feijoo que no oa bien. El sonido se le escapaba, como si
el mundo todo con su bulla y las palabras de los hombres se hubieran ido
ms lejos. Fortunata tena que gritar para que l se enterase de lo que
deca. A lo penoso de esta situacin unase lo que tiene de ridculo.
Verdad que an andaba al paso de costumbre; pero el cansancio era mayor
que antes, y cuando suba escaleras, el aliento le faltaba. Mirbase al
espejo por las maanas, y en aquella consulta infalible notaba flccidas
y amarillentas sus mejillas, antes lozanas; la frente se apergaminaba, y
tena los ojos enrojecidos y llorones. Al ponerse las botas, la rodilla
derecha le dola como si le metieran por la choquezuela una aguja
caliente, y siempre que se inclinaba, un msculo de la espalda, cuyo
nombre no saba l, producale molestia lacerante, que fuera terrible si
no pasara pronto... Qu bajn tan grande, compaero--se deca--, pero
qu bajn! Y esto va a escape. Ya se ve. La locurilla me ha cogido ya
con los huesos duros y con muchas Navidades encima... Pero francamente,
este bajoncito no me lo esperaba yo todava....

Esto le ocasion grandes tristezas que al principio trataba de disimular
delante de su querida; pero una tarde que estaban sentados junto al
balcn, se le abatieron tanto los espritus que no pudo contener su pena
y la confi a su amiga: Chulita, habrs notado que yo... pues... habrs
visto que mi salud no es buena. Y entre parntesis, qu edad me echas
t?.

--Sesenta--dijo ella seriamente con la reserva mental de que se quedaba
algo corta.

--Hace unos das que he entrado en lo sesenta y nueve... Dentro de nada
setenta... Sabes que de quince das a esta parte me parece que he
envejecido de golpe y porrazo veinte aos? Yo me conservaba en mis
apariencias y en mis bros de cincuenta, cuando de improviso la
naturaleza ha dicho: Que me voy... que no puedo ms...!.

Fortunata haba notado el bajn; pero, como es natural, no hablaba de
semejante cosa.

Lo que ms me carga--dijo D. Evaristo con rabia, dando un puetazo en
el brazo del silln--, es que la vista... Yo siempre he tenido una vista
como un lince. Figrate que en la Habana vea, desde el castillo de
Atars, las seales del viga del Morro, distinguiendo perfectamente los
colores de las banderas. Pues desde ayer noto no s qu. Algunos objetos
se me oscurecen completamente, y cuando me da el sol, me pican los
ojos... Desde maana pienso usar gafas verdes. Estar bonito. En cuanto
al odo, ya te habrs enterado. Hace das era el izquierdo, ahora es el
derecho; he ascendido: era teniente y soy ya capitn. Te aseguro que
estoy divertido. Pero es insigne majadera rebelarse contra la
naturaleza. Tiene ella sus fueros, y el que los desconoce, lo paga. Yo
he sido en esto poco prctico, sindolo tanto en otras cosas; pero ya
que se me olvidaron los papeles en el caso este de hacer el pollo a los
sesenta y nueve aos, voy a recogerlos para prevenir las malas
consecuencias. Ahora es preciso que me ocupe ms de ti que de m. Yo,
poco puedo durar....

--No... qu tontuna!--dijo Fortunata, aquella vez ms piadosa que
sincera.

--A m no me vengas t con zalameras. Por mucho que tire... pon que
tire un ao, dos; eso si no me quedo el mejor da hecho un monigote y en
tal estado que tengas t que sonarme y ponerme la cuchara en la boca. De
todas maneras, ya tengo poca cuerda, chulita de mi alma, y tengo que
pensar mucho en ti, que la tienes todava para rato, pues ahora ests en
la flor de tus aos y en lo mejor de tu hermosura.

Y otro da, subiendo la escalera, notaba que casi la suba ms con los
brazos que con las piernas, pues tena que ampararse del pasamanos,
haciendo mucha fuerza en l. Esto va por la posta. Si me descuido, no
tengo tiempo ni de dejar a esta infeliz bien defendida de los pillos y
de las propias debilidades de su carcter. Pobre chulita! Hay que mirar
mucho cmo la dejo, porque esta al son que la tocan baila. Lo que se me
ha ocurrido para asegurarla contra incendios, es decir, contra los
_rasgos_ de todas clases, quizs no le guste; de fijo que no le gustar.
Pero ya ir comprendiendo que no hay otro camino... Ay de m, que an
me falta un tramo! Dios nos asista. Quin me haba de decir a m...!.

Al entrar en la casa, pas insensiblemente del soliloquio al discurso,
dando voz a sus meditaciones. Quin me haba de decir a m que
llegara a ocuparme de que existan boticas en el mundo! Yo que jams
cat pldora, ni pastilla, ni glbulo, tengo mi alcoba llena de
potingues; y si fuera a hacer todo lo que el mdico me dice, no durara
tres das. Y quin me haba de decir a m que le hara ascos a la
comida, yo que jams le he preguntado a ningn plato por sus
intenciones! El estmago se me quiere jubilar antes que lo dems del
cuerpo, y ya debes suponer que faltando el jefe de la oficina... En fin,
qu le hemos de hacer.

Al llegar aqu, D. Evaristo tena que alzar mucho la voz para hacerse
or, porque en la calle se situ un pianito de manubrio, tocando polkas
y walses. Las del tercero, que eran las amas o sobrinas del ecnomo de
San Andrs, que all viva, se pusieron a bailar, y al poco rato
hicieron lo propio de los del segundo de la derecha. En el principal y
segundo de la casa de enfrente armose igual jaleo, y como los chicos
alborotaban tanto en la calle, la gritera era espantosa y D. Evaristo y
su amiga tuvieron que callarse, mirndose y riendo.

Pues sobre que estoy sordo--dijo el simptico viejo--, la vecindad no
nos deja ornos. Callmonos, que tiempo hay de hablar.

Fij sus tristes miradas en el suelo y Fortunata, con los brazos
cruzados, mirbale atenta, contemplando los estragos de la degeneracin
senil en su fisonoma, mientras se alejaban y extinguan en la calle los
picantes ritmos del baile. La tarde caa; pronto iba a ser de noche, y
como Feijoo tena horror a la oscuridad, su amiga encendi luz, que puso
en la mesa de camilla, y cerr despus las maderas.

En dnde has estado hoy? le pregunt D. Evaristo, que casi todas las
noches le haca la misma pregunta, no por fiscalizar sus actos, sino
porque de aquella interrogacin sala casi siempre una pltica
agradable.

--Pues hoy al medioda sub a casa de las del cura--dijo ella sonriendo
y pasndole el brazo por encima de los hombros--. Son dos sobrinas o qu
s yo qu, guapillas, y se parecen aunque no son hermanas. Ayer
estuvieron aqu y me dijeron si les quera pespuntar y dobladillar unas
tiras para tableado de vestidos. Se componen mucho y tienen arriba la
mar de figurines. Estn haciendo dos trajes, y si vieras... no pude por
menos de rerme; porque del terciopelo que les sobra hacen trajes para
Nios Jess y para Vrgenes. Todo lo aprovechan, y hasta una hebilla de
sombrero que no puedan gastar, se la plantan a cualquier santo en la
cintura.

Haba hecho Fortunata algunas relaciones en la vecindad ms prxima. Se
visitaba con los inquilinos de la casa, y con alguna familia de la
inmediata, gente muy llana, muy neta; como que a todas las visitas iba
la prjima con mantn y pauelo a la cabeza. En el tiempo que dur
aquella cmoda vida volvieron a determinarse en ella las primitivas
maneras, que haba perdido con el roce de otra gente de ms afinadas
costumbres. El ademn de llevarse las manos a la cintura en toda ocasin
volvi a ser dominante en ella, y el hablar arrastrado, dejoso y
prolongando ciertas vocales, reverdeci en su boca, como reverdece el
idioma nativo en la de aquel que vuelve a la patria tras larga ausencia.
La gente ms fina de aquella vecindad, o la que ms procuraba serlo, era
la familia del cura, y estas dos sobrinas eclesisticas se esforzaban en
hacer contrastar su lenguaje atildado con el de su hermosa vecina.

Pero no sabes, _hijo_, lo que me han dicho hoy?--prosigui Fortunata
conteniendo la risa--. Ay qu gracia!... Te lo contar para que te
ras. La mayor, que es la ms estirada, levant las cejas, y mirndome
como con lstima, y echando aquella voz tan fina, pero tan fina que
parece que se la han hecho las araas, fue y me dijo, dice: 'Pero ese
seor, no se casa con usted?'. Por poco suelto el trapo... Yo le
contest 'puede' y sigui con el sermn. Para que me dejara en paz le
dije al fin que s, que nos bamos a casar, que ya estbamos sacando los
papeles y que pronto se echaran las proclamas.

--Bien contestado... Qu ganas de meterse en lo que no les importa!

--Y ahora te pregunto yo--dijo Fortunata ms cariosa, pero bastante ms
seria--. Si yo fuera soltera, te casaras conmigo?

--Sobre eso ya sabes cules son mis ideas--replic l de buen humor--.
Crees que han variado desde que estoy enfermo, y que los hombres
piensan de un modo cuando tienen el estmago como un reloj, y de otro
cuando la maquina principia a descomponerse? Algo de esto pasa, chulita,
y una cosa es hablar desde la altura de una salud perfecta y otra al
borde del hoyo... Pero en esto del matrimonio te aseguro que no han
variado mis ideas. Sigo creyendo que el casarse es estpido, y me ir
para el otro barrio sin apearme de esto. Qu quieres! Yo he visto mucho
mundo... A m no me la da nadie. S que es condicin precisa del amor la
no duracin, y que todos los que se comprometen a adorarse mientras
vivan, el noventa por ciento, cretelo, a los dos aos se consideran
prisioneros el uno del otro, y daran algo por soltar el grillete. Lo
que llaman infidelidad no es ms que el fuero de la naturaleza que
quiere imponerse contra el despotismo social, y por eso vers que soy
tan indulgente con los y las que se pronuncian.

Por aqu sigui en su ingenioso tema; pero Fortunata no entenda bien
estas teoras, sin duda por el lenguaje que empleaba su amigo. A poco de
esto se puso ella a cenar. Feijoo no tomaba ms que un huevo pasado y
despus chocolate, porque su estmago no le permita ya las cenas
pesadas. Pero en su frugal colacin gozaba viendo comer a su protegida,
cuyo apetito era una bendicin de Dios.

Hija, tienes un apetito modelo. Te estoy mirando, y al paso que te
envidio, me felicito de verte tan bien agarrada a la vida. As, as me
gusta... No te d vergenza de comer bien, y puesto que lo hay, aplcate
todo lo que puedas, que da vendr... ojal que no. Ya ves qu
contraste; yo voy para abajo, t para arriba. Cuando digo que tienes lo
mejor de la vida por delante...! Y buena tonta sers si no engordas todo
lo que puedas, y te pones las carnes an ms duras y apretadas si es
posible. Figrate si con esas tragaderas estars bien dispuesta para el
amor.

Despus de esto y mientras Fortunata se coma una cantidad inapreciable
de pasas y almendras, cogindolas del plato una a una y llevndoselas a
la boca sin mirarlas, el bondadoso anciano sigui sus habladuras con
cierto desconcierto, y como desvariando. A ratos pareca incomodado, y
expresndose cual si refutara opiniones que acabara de or, daba
palmetazos en los brazos del silln:

Si siempre he sostenido lo mismo, si no es de ahora esta opinin. El
amor es la reclamacin de la especie que quiere perpetuarse, y al
estmulo de esta necesidad tan conservadora como el comer, los sexos se
buscan y las uniones se verifican por eleccin fatal, superior y extraa
a todos los artificios de la Sociedad. Mranse un hombre y una mujer.
Qu es? La exigencia de la especie que pide un nuevo ser, y este nuevo
ser reclama de sus probables padres que le den vida. Todo lo dems es
msica; fatuidad y palabrera de los que han querido hacer una Sociedad
en sus gabinetes, fuera de las bases inmortales de la Naturaleza. Si
esto es claro como el agua! Por eso me ro yo de ciertas leyes y de todo
el cdigo penal social del amor, que es un frrago de tonteras
inventadas por los feos, los mamarrachos y los sabios estpidos que
jams han obtenido de una hembra el ms ligero favorcito.

Fortunata le miraba con sorpresa mezclada de temor, el codo en la mesa,
derecho el busto, en una actitud airosa y elegante, llevando
pausadamente del plato a la boca, ahora una pasita, ahora una
almendrita. Feijoo le cogi la barbilla entre sus dedos, dicindole con
cario: Verdad, chulita, que tengo razn? Verdad que s?... Ay, qu
ser de ti, chulita, cuando yo me muera!... Y en lo que me queda de
vida, si esta se prolonga y voy ms para abajo todava...? Hay que
preverlo todo, compaera. Me ha entrado un desasosiego...! Qu gruesa
ests y qu hermosota, y yo... yo... concluido, absolutamente concluido!
Soy un reloj que toc su ltima campanada, y aunque anda un poco
todava, ya no da la hora.

--No--murmur ella frotndole el pecho con su cabeza--, no... Todava...

--Ay, qu ilusin! Yo acab. El estmago me pide el retiro. Hay algo en
m que ha hecho dimisin; pero dimisin irrevocable; efectividad
concluida, funciones que pasaron a la historia. Es preciso prevenir...
mirar por ti, asegurarte contra la tontera.

Fortunata se rea, y para calmarle aquel desasosiego que sus
estrafalarios pensamientos y aprensiones le causaban, prodigole aquella
noche, hasta que se separaron, los carios y cuidados de una hija
amantsima con el mejor de los padres.




--vi--


Al siguiente da, Feijoo le dijo al entrar: Hoy es la primera vez
que he tenido que tomar un coche desde la Plaza Mayor aqu. Hasta ahora
las piernas se han defendido; estas piernas que han hecho marchas de
seis leguas en una noche... Tengo el simn a la puerta. Vente conmigo y
vamos a dar una vuelta por las rondas del Sur. Fortunata no pensaba ms
que en complacerle, y accedi con algn recelo, pues siempre que
paseaban juntos, aunque fuera por sitios apartados, tema encontrarse a
Maximiliano o a doa Lupe a la vuelta de una esquina. Esta idea le haca
temblar.

Pasearon un buen ratito, sin que tuvieran ningn encuentro desagradable.
Dos das despus, don Evaristo no fue a verla, y en su lugar lleg el
criado con una breve esquelita, llamndola. El seor haba pasado muy
mala noche, y el mdico le haba ordenado que se quedase en la cama.
Corri all Fortunata muy afligida, y le vio incorporado en el lecho,
afectando tranquilidad y alegra. No es nada de particular--le dijo,
hacindola sentar a su lado--. El mdico se empea en que no salga. Pero
no estoy mal; casi casi estoy mejor que los das pasados. Slo que como
no tengo costumbre de encamarme... Desde que pas la fiebre amarilla en
Cuba hace cuarenta aos, no saba yo lo que son sbanas a las cuatro de
la tarde. Qu ganas tena de verte! Anoche me entr como una
angustia... Cre que me mora sin dejarte arreglada una vida prctica,
esencialmente prctica. Por lo que pueda tronar, te voy a decir lo que
desde hace das tengo pensado. Vers qu plan. Al principio puede que te
escueza un poco; pero... no hay otro remedio, no hay otro remedio.

Inclinose del lado en que la joven estaba, para poner su boca lo ms
cerca posible del odo de ella, y le dispar cara a cara estas palabras:

Resultado de lo mucho que cavilo por ti. Es preciso que te vuelvas a
unir a tu marido.

Contra lo que el simptico viejo esperaba Fortunata no hizo aspavientos
de sorpresa.

Puso, s, una carita muy monamente apenada, y alzando la voz, dijo:

Pero eso, cabe en lo posible?.

--No necesitas alzar mucho la voz. Hoy estoy mucho mejor de la sordera.
Por este odo izquierdo me entra todo perfectamente, y no sale por el
otro... Dices que si cabe en lo posible? De eso se trata; de hacerle
hueco. Ya he tanteado el terreno. Esta maana estuvo Juan Pablo a verme
y le ech una chinita. Has de saber que anteayer me encontr a doa Lupe
en la calle y le arroj otra chinita.

--Ellos saben...?--pregunt la seora de Rubn con los labios muy
secos.

--Esto?... Creo que no. Quizs lo sospechen; pero oficialmente no saben
nada.

--Ay!, no me podas decir nada--manifest la joven dndose un
lengetazo en los labios, que se le secaban ms todava--, nada que me
fuera ms antiptico, ms...

--Yo lo comprendo...--Si t no te has de morir--dijo Fortunata
irguindose con bro, en son de protesta--. Si te pondrs bueno...!

Feijoo haba cerrado los ojos, y se sonrea en las tinieblas de su
meditacin. La chulita callaba mirndole. Con aquella sonrisa, que
pareca la que les queda a algunas caras despus que se han muerto,
contestaba D. Evaristo mejor que con palabras.

Y a Nicols le has echado otra chinita? pregunt ella despus de una
pausa, queriendo alegrar conversacin tan lgubre.

--No, porque no le he visto. Es el ms bruto de los tres. T creme; si
ganamos a doa Lupe, todos los dems bajarn la cabeza, incluso tu
marido. Doa Lupe es la que manda all, y peor para ellos si no mandara.

--Oh!, yo dudo mucho que quieran... Les jugu una partida muy
serrana--afirm ella, gozosa de encontrar un argumento contra aquel plan
tan contrario a su gusto--, pero muy serrana. Lo que yo hice es de eso
que no se perdona.

--Todo se perdona, hija, todo, todo--dijo el enfermo con indulgencia
empapada en escepticismo--. Por muy grande que nos figuremos la masa de
olvido derramado en la sociedad como elemento reparador, esa masa supera
todava a todos nuestros clculos. El bien y la gratitud son limitados;
siempre los encontramos cortos. El olvido es infinito. De l se deriva
el _vuelva a empezar_, sin el cual el mundo se acabara.

--Oh!, no, no es posible... No tienen vergenza si me perdonan.

--Eso, all ellos... Lo que me importa a m es que t quedes en una
situacin correcta y sobre todo... prctica. Tienes t en ti misma poca
defensa contra los peligros que a la vida ofrece continuadamente el
entusiasmo. Si te dejo sola, aunque te asegure la subsistencia, te
arrastrarn otra vez las pasiones y volvers a la vida mala. Necesita mi
nia un freno, y ese freno, que es la legalidad, no le ser molesto si
lo sabe llevar... si sigue los consejos que voy a darle. Tonta,
tontaina, si todo en este mundo depende del modo, del estilo... Nada es
bueno ni malo por s. Me entiendes? Ojo al corazn es lo primero que te
digo. No permitas que te domine. Eso de echar todo por la ventana en
cuanto el seor corazn se atufa, es un disparate que se paga caro. Hay
que dar al corazn sus miajitas de carne; es fiera y las hambres largas
le ponen furioso; pero tambin hay que dar a la fiera de la sociedad la
parte que le corresponde, para que no alborote. Si no, lo echas todo a
rodar, y no hay vida posible. A ti te asusta el hacer vida comn con tu
marido porque no le quieres...

--Ni tanto as; no le quiero, ni es posible que le quiera nunca, nunca,
nunca.

--Corriente. Pues todo se arreglar, hija, todo se arreglar... No te
apures ni pongas esa cara tan afligida. Hablaremos despacio. Por hoy no
quiero calentarte la cabeza, ni calentrmela yo, que bastante he
charlado ya, y empiezo a sentirme mal. Est la cosa aprobada en
principio... en principio.

Quedose dormido el buen seor, que por haber pasado muy mala noche,
tena sueo atrasado, y Fortunata permaneci a su lado sin chistar ni
moverse por no turbar su descanso. Examinaba la habitacin y habra
deseado poder escudriar la casa toda. De lo que en la alcoba observ,
hubo de sacar el conocimiento de que la casa estaba muy bien puesta. D.
Evaristo, que tan prctico quera ser en la vida social, deba de serlo
ms en la domstica, y, conforme a sus ideas, lo primero que tiene que
hacer el hombre en este valle de inquietudes es buscarse un buen agujero
donde morar, y labrar en l un perfecto molde de su carcter. Soltero y
con fortuna suficiente para quien no tiene mujer ni chiquillos ni
familia prxima, Feijoo viva en dichosa soledad, bien servido por
criados fieles, dueo absoluto de su casa y de su tiempo, no privndose
de nada que le gustase, y teniendo todos los deseos cumplidos en el filo
mismo de su santsima voluntad. Ms que por el lujo, despuntaba la casa
por la comodidad y el aseo. Gobernbala una tal doa Paca, gallega, que
tuvo casa de huspedes distinguidos y recomendados, en la cual vivi
Feijoo mucho tiempo, y completaban la servidumbre una cocinera bastante
buena y un criado muy callado y ya algo viejo, que haba sido asistente
de su amo.

Este despert como a la media hora de haberse dormido, y restregndose
los ojos y gruendo un poco, hubo de asombrarse de ver all a su amiga,
y alarg la cabeza para mirarla. Vindola rer, se expres as:

Pues con el sueecito que he echado perd la situacin, chica, y al
despertar, no me acordaba de que habas quedado ah... Y vindote ahora,
me deca yo, en ese estado de torpeza que divide el dormir del velar:
'pero es ella la que veo? Cmo y cundo ha venido a mi casa?'.

Sac su mano de entre las sbanas para tomar la de ella, y recogiendo al
punto las ideas que se haban dispersado, le dijo: Fjate bien en una
cosa, y es que doa Lupe _la de los Pavos_, que es la persona de ms
entendimiento en toda esa familia, no se ha de llevar mal contigo, si
tienes tacto. Lo que a doa Lupe le gusta es mangonear, dirigir la casa,
y echrselas de consejera y maestra. Hay que darle cuerda por ah, y
dejarla que mangonee todo lo que quiera. El gobierno de la casa lo ha de
llevar mucho mejor que t, porque es mujer que lo entiende: la trat un
poco cuando viva su marido, que era amigo y paisano mo. Por cierto que
cuando se qued viuda, dio en la flor de decir que yo le haca el oso.
Tontera y fatuidad suya!... Pero en fin, es mujer de gobierno. De modo
que dejndola que se explaye a su gusto en todo lo que sea el mete y
saca de la vida domstica, podrs conservar tu independencia en lo
dems. No s si me entiendes ahora; pero ya te lo explicar mejor. En
ltimo caso, si algn da tuvieras un choque con ella, te plantas y le
dices: ea, seora, yo no me meto en lo que es de su incumbencia de
usted. No se meta usted en lo que es de la ma.

Se haba hecho de noche y los dos interlocutores no se vean. Feijoo
llam para que trajeran luz, y cuando la trajo doa Paca, la primera
claridad que se esparci por el aposento sirvi al ama de llaves para
examinar con rpida inspeccin el rostro de la amiga de su seor,
dicindose: esta es la pjara que nos le ha trastornado. Aquel
curioseo receloso de criado que espera heredar, fue seguido de
diferentes pretextos para permanecer all con idea de pescar algo de la
conversacin. Pero mientras Paca estuvo en la alcoba haciendo que
ordenaba las cosas, moviendo los trastos y revisando las medicinas, D.
Evaristo no despleg los labios. Miraba a su ama de llaves, y su sonrisa
maliciosa quera decir: t te cansars.

As fue. Retirose la duea, y D. Evaristo volvi a su tema: Lo primero
que has de tener presente es que siempre, siempre, en todo caso y
momento, hay que guardar el decoro. Mira, chulita, no me muero hasta que
no te deje esta idea bien metida en la cabeza. Aprndete de memoria mis
palabras, y reptelas todas las maanas a rengln seguido del
Padre-nuestro.

Como un dmine que repite la declinacin a sus discpulos, machacando
slaba tras slaba, cual si se las claveteara en el cerebro a golpes de
maza, D. Evaristo, la mano derecha en el aire, actuando a comps como un
martillo, iba incrustando en el caletre de su alumna estas palabras:

Guardando... las... apariencias, observando... las reglas... del
respeto que nos debemos los unos a los otros... y... sobre todo, esto es
lo principal... no descomponindose nunca, oye lo que te digo... no
descomponindose nunca... (A la segunda repeticin del concepto, la mano
del dmine quedbase suspendida en el aire; y sus cejas arqueadas en
mitad de la frente, sus ojos extraordinariamente iluminados denotaban la
importancia que daba a este punto de la leccin)... no descomponindose
nunca, se puede hacer todo lo que se quiera.

Despus le entr tos. Doa Paca se apareci dando gruidos y diciendo
que la tos provena de tanto hablar, contra lo que el mdico ordenaba.
A usted no le ha de matar la enfermedad, sino la conversacin... A ver
si toma el jarabe y cierra el pico. Para atenuar el efecto de esa
salida un tanto descorts, estando presente una visita, la seora
aquella agraci a la intrusa con una sonrisilla forzada. Cul de las
dos dara al enfermo la cucharada de jarabe? Quiso hacerlo el ama de
llaves; pero Fortunata estuvo ms lista. La otra tom su desquite,
arrojando una observacin de autoridad displicente a la cara de la
entrometida. Eso es, dele el cloral en vez del jarabe, y la
hacemos....

Pero no es esta la medicina?.

--Esa es, s... pero poda usted haberse equivocado. Para eso estoy yo
aqu.

--Que me d lo que quiera--gru Feijoo con burlesca incomodidad--. A
usted qu le importa, seora doa Francisca?...

--Es que...--Bueno; aunque me envenenara. Mejor.




--vii--


Al verse otra vez en su casa y sola, Fortunata no poda con la
gusanera de pensamientos que _le llenaba toda la caja de la cabeza_.
Volver con su marido! Ser otra vez la seora de Rubn! Si un mes antes
le hubieran hablado de tal cosa, se habra echado a rer. La idea
continuaba teniendo para ella una extraeza dolorosa; pero despus de lo
que oy al buen amigo no le pareca tan absurda. Llegara aquello a ser
posible y hasta conveniente? Un cuchicheo de su alma le dijo que s,
aunque las antipatas que los Rubn le inspiraban no se extinguieran.
Que D. Evaristo se mora pronto era cosa indudable: no haba ms que
verle. Qu iba a ser de ella, privada de la direccin y consejo de tan
excelente hombre?... Cuidado que saba el tal! Toda la ciencia del
mundo la posea al dedillo, y la naturaleza humana, _el aquel de la
vida_, que para otros es tan difcil de conocer, para l era como un
catecismo que se sabe de memoria. Qu hombre!

As como en las mutaciones de cuadros disolventes, a medida que unas
figuras se borran van apareciendo las lneas de otras, primero una
vaguedad o presentimiento de las nuevas formas, despus contornos, luego
masas de color, y por fin, las actitudes completas, as en la mente de
Fortunata empezaron a esbozarse desde aquella noche, cual apariencias
que brotan en la nebulosa del sueo, las personas de Maxi, de doa Lupe,
de Nicols Rubn y hasta de la misma Papitos. Eran ellos que salan
nuevamente a luz, primero como espectros, despus como seres reales con
cuerpo, vida y voz. Al amanecer, inquieta y rebelde al sueo, oales
hablar y reconoca hasta los gestos ms insignificantes que modelaban la
personalidad de cada uno.

Levantose la chulita muy tarde y recibi un recado de su amigo
dicindole que estaba mejor y que se levantara y saldra a la calle con
permiso del tiempo. Esper su visita, y en tanto no cesaba de cavilar en
lo mismo. La gratitud que hacia Feijoo senta, era ms viva an que
antes, y habra deseado que la vida que con l llevaba continuase, pues
aunque algo tediosa, era tan pacfica que no deba ambicionar otra
mejor. Si dura mucho esto, llegar a cansarme y a no poder sufrir esta
sosera?

Puede que s. El apetito del corazn, aquella necesidad de querer
fuerte, le daba sus desazones de tiempo en tiempo, producindole la
ilusin triste de estar como encarcelada y puesta a pan y agua. Pero no
se conformaba; quizs cada da la conformidad era menor... quizs vea
con agrado en las lontananzas de su imaginacin algo nuevo y desconocido
que interesara profundamente su alma, y pusiera en ejercicio sus
facultades, que se desentumecan despus de una larga inactividad.

Don Evaristo lleg en coche a eso de las cuatro muy animado, y le mand
que le hiciera un chocolatito para las cinco. Esmerose ella en esto, y
cuando el buen seor tomaba con gana su merienda, le dijo entre otras
cosas que, si segua mejor, al da siguiente hablara con Juan Pablo,
plantendole la cuestin resueltamente. Y tambin te digo una cosa. No
veo la causa de que tu marido te sea tan odioso. Podr no ser simptico;
pero no es mala persona. Podr no ser un Adonis; pero tampoco es el
coco. Mujeres hay casadas con hombres infinitamente peores, y viven con
ellos; all tendrn sus encontronazos; pero se arreglan y viven... T no
seas tonta, que no sabes la ganga que es tener un hombre y una chapa
decorosa en el casillero de la sociedad. Si sacas partido de esto, sers
feliz. Casi estoy por decirte que mejor te cuadra un marido como el que
tienes, que otro de mejor lmina, porque con un poco de muleta hars de
l lo que quieras. Me han dicho que desde la separacin est muy
taciturno, muy dado a sus estudios, y que no se le conocen trapicheos ni
distracciones... Por grandes que sean sus resentimientos, chica, creo
que en cuanto le hablen de volver contigo, se le hace la boca agua.

Fortunata, sonriendo, dio a entender su incredulidad.

Que no? Ay, chulita!, t no conoces la naturaleza humana. Cree lo que
te he dicho. Maximiliano te abrir los brazos. No ves que es como t,
un apasionado, un sentimental? Te idolatra, y los que aman as, con esa
locura, se pirran por perdonar. Ah, perdonar! Todo lo que sea _rasgos_
les vuelve locos de gusto. T djate querer, grandsima tonta, y hazte
cargo de que se te presenta un ancho horizonte de vida... si lo sabes
aprovechar.

Esto del horizonte aviv en la mente de la joven aquel naciente anhelo
de lo desconocido, del querer fuerte sin saber cmo ni a quin. Lo que
no poda era compaginar esperanza tan incierta con la vida de familia
que se le recomendaba. Pero algo y aun algos se le iba clareando en el
entendimiento.

Feijoo mejor sensiblemente en los das que siguieron al arrechucho
aquel. Recobr parte de sus fuerzas, algo del buen humor, y las
presunciones de prxima muerte se desvanecieron en su espritu. Mas no
por esto desisti de llevar adelante un plan que haba llegado a ser
casi una mana, absorbiendo todos sus pensamientos. Decidido a hablar
con Juan Pablo, fue a verle una maana al caf de Madrid, donde tena un
rato de tertulia antes de entrar en la oficina, pues al fin miseria
humana!, hubo de aceptar la credencialeja de doce mil que le haba dado
Villalonga, por recomendacin del mismo Feijoo. No estaba contento ni
mucho menos con esto del orgulloso Rubn, y se quejaba de que una
amistad sagrada le hubiera puesto en el compromiso de aceptar el turrn
alfonsino. Por supuesto que la situacin no duraba ni poda durar.
Cnovas no saba por dnde andaba. Entre tanto, y supiera o no don
Antonio lo que traa entre manos, ello es que Juan Pablo se haba
comprado una chistera nueva, y tena el proyecto de trocar su capa, algo
deshilachada de ribetes y mugrienta de forros, por otra nueva. Eso al
menos iba ganando el pas.

Pero de todas las mejoras de ropa que publicaban en los _crculos
polticos_ y en las calles de Madrid el cambio de instituciones, ninguna
tan digna de pasar a la historia como el estreno de levita de pao fino
que transform a don Basilio Andrs de la Caa a los seis das de
colocado. Hundiose en los abismos del ayer la levita antigua, con toda
su mugre, testimonio lustroso de luengos aos de cesanta y de arrastrar
las mangas por las mesas de las redacciones. Completaba el buen ver de
la prenda un sombrero de moda, y el gran D. Basilio pareca un sol,
porque su cara echaba lumbre de satisfaccin. Desde que entr a servir
_en su ramo_ y en la categora que le cuadraba, estaba el hombre que no
caba en su chaleco. Hasta pareca que haba engordado, que tena ms
pelo en la cabeza, que era menos miope, y que se le haban quitado diez
aos de encima. Se afeitaba ya todos los das, lo que en realidad le
quitaba el parecido consigo mismo. No quiero hablar de las otras muchas
levitas y gabanes flamantes que se vean por Madrid, ni de las seoras
que trocaban sus anticuados trajes por otros elegantes y de ltima
novedad. Este es un fenmeno histrico muy conocido. Por eso cuando pasa
mucho tiempo sin cambio poltico, cogen el cielo con las manos los
sastres y mercaderes de trapos, y con sus quejas acaloran a los
descontentos y azuzan a los revolucionarios. Estn los negocios muy
parados dicen los tenderos; y otro resuella tambin por la herida
diciendo: No se protege al comercio ni a la industria....

Cuando Feijoo entr en el caf de Madrid, Juan Pablo no haba llegado
an, y decidi esperarle en el sitio que su amigo acostumbraba ocupar. A
poco entr D. Basilio presuroso, de levita nueva, el palillo entre los
dientes, y se dirigi al mostrador con ademanes gubernamentales. Que me
lleven el caf a la oficina dijo en voz alta, mirando el reloj y
haciendo un gesto, por el cual los circunstantes podran comprender, sin
necesidad de ms explicaciones, el cataclismo que iba a ocurrir en la
Hacienda si D. Basilio se retrasaba un minuto ms.

Hola, D. Evaristo--dijo detenindose un instante a estrecharle la
mano--. Cmo va la salud...? Bien? Me alegro... Conservarse... Muy
ocupado... Junta en el despacho del jefe... Abur.

--Buen pelo echamos, eh?... Sea enhorabuena. Yo tal cual. Adis.

Al quedarse otra vez solo, D. Evaristo arrug el ceo. Ocurrisele una
contrariedad que entorpecera su plan. Al ir hacia el caf haba
preparado por el camino el discurso que le espetara a Juan Pablo. Este
discurso empezaba as: Amigo mo, me he enterado de que la pobre mujer
de su hermano de usted vive en el ms grande apartamiento, arrepentida
ya de su falta, indigente y sin amparo alguno... y por aqu segua.
Pero esto era insigne torpeza, porque si despus de encarecer lo tronada
y hambrienta que estaba Fortunata, la vean tan hermosa...! No, de
ninguna manera. Facilillo era compaginar la lozana de la seora de
Rubn con su desgracia. Y cmo evitar que del indicio de aquellas
apretadas carnes y de aquel color admirable indujeran los parientes la
certeza de una vida regalona, alegre y descuidada?... Uno rato estuvo mi
hombre discurriendo cmo probar que no es cosa del otro jueves que las
personas afligidas engorden, y an no haba logrado construir su plan
lgico, cuando lleg Juan Pablo, frotndose las manos, y dejando ver en
su cara la satisfaccin ntima que el simple hecho de entrar en el caf
le produca. Era como el tinte de placidez que toma la cara del buen
burgus al penetrar en el hogar domstico. Saludronse los dos amigos
con el afecto de siempre. Despus de or, acerca de su salud, todas las
vulgaridades hipocrticas con que el sano trastea al enfermo, como
aquello de _es nervioso... pasee usted... yo tambin estuve as_, Feijoo
abord la cuestin, y por zancas y barrancas, soltando lo primero que se
le ocurra, lleg a decir que l se haba propuesto, por pura caridad,
negociar la reconciliacin.

Probrecilla!--dijo Rubn, echando los terrones de azcar en el vaso,
con aquella pausa que constitua un verdadero placer--. Dice usted que
pasando miserias y muy arrepentida... Cunto se habr desmejorado!.

--Le dir a usted... Precisamente desmejorarse, no; lo que est es as,
muy... ensimismada. Pero sigue tan guapa como antes.

--Y Santa Cruz, no...?--Quite usted, hombre. Si hace la mar de tiempo
que tronaron. A poco de las trapisondas de marras... Desde entonces su
cuada de usted ha vivido apartada del bullicio, llorando sus faltas y
comindose los ahorros que tena, hasta que han venido los apuros. Ha
sido una casualidad que yo me enterara. Ver usted... me la encontr
hace das... contome sus cuitas... Me dio mucha pena. Hgase usted cargo
de lo que sufrir una criatura con la conciencia alborotada y en esta
situacin...

--Ah! Sr. D. Evaristo, a m no me la da usted... Usted es muy tunante y
las mata callando...

Al or esto, la diplomacia de Feijoo se alarm, creyendo llegada la
ocasin de sacar, si no todo el Cristo, la cabeza de l.

Mire usted, compaero--le dijo con reposado acento--; cuando trato las
cosas en serio, ya sabe usted que las bromas me parecen impertinentes,
estamos? Es poco delicado en usted suponer que he tenido algn lo con
esa seora, y que lo disimilo con la hipocresa de querer reconciliar el
matrimonio. Vamos, que se pasa usted de pilln....

--Era un suponer, D. Evaristo--manifest Rubn desdicindose.

--Pues haca yo bonito papel... Hombre, muchas gracias...

--No, no he dicho nada...--Adems, diferentes veces me ha odo usted
decir que hace tiempo que me cort la coleta.

--S, s.--Y si en mis treinta, y en mis cuarenta y aun en mis
cincuenta, he toreado de lo fino, lo que es ahora... Pues estoy yo
bueno para fiestas con mis sesenta y nueve aos y estos achaques...!
Hgame usted ms favor, y cuando le digo una cosa, cramela, porque para
eso son los buenos amigos, para creerle a uno...

--Tiene usted razn, y lo que siento qu cua!, es que no viera en mi
reticencia una broma...

--Me pareca a m que el asunto, por tratarse de una persona de la
familia de usted y por iniciarlo yo, no era para bromear.

Rubn crey o aparent creer, y puso la atencin ms filosfica del
mundo en lo que su amigo sigui diciendo sobre materia tan importante. Y
aqu viene bien un dato: Juan Pablo haba recibido de Feijoo algunos
prstamos a plazo indefinido. Este excelente hombre, viendo sus
angustias, hall una manera delicada de suministrarle la cantidad
necesaria para librarse de Cndido Samaniego, que le persegua con saa
inquisidora. Estas caridades discretas las haca muy a menudo Feijoo con
los amigos a quienes estimaba, favorecindoles sin humillarles. Por
supuesto, ya saba l que aquello no era prestar, sino hacer limosna,
quizs la ms evanglica, la ms aceptable a los ojos de Dios. Y no se
dio el caso de que recordase la deuda a ninguno de los deudores, ni aun
a los que luego fueron ingratos y olvidadizos. Juan Pablo no era de
estos, y se pona gustoso, con respecto a su generoso _ingls_, en ese
estado de subordinacin moral, propio del insolvente a quien se le dan
todas las largas que l quiere tomarse. Demasiado saba que un hombre de
quien se han recibido tales favores hay que creerle siempre todo lo que
dice, y que se contrae con l la obligacin tcita de ser de su opinin
en cualquier disputa, y de ponerse serio cuando l recomienda la
seriedad. All en su interior pensara Rubn lo que quisiese; pero de
dientes afuera se mantuvo en el papel que le corresponda.

Por mi parte, no he de poner inconvenientes... Qu quiere usted que le
diga. No s lo que pensar Maximiliano. Desde aquellas cosas, no le he
odo mentar a su mujer... Si algo se ha de hacer, crea usted que no se
dar un paso si mi ta no va por delante... Yo estoy un poco torcido con
ella... Lo mejor es que le hable usted.

Despus se enter Feijoo con mucha maa de ciertas particularidades de
la familia. Maxi haba tomado el grado y estaba ya practicando en la
botica de Samaniego, a las rdenes de un tal Ballester, encargado del
establecimiento.

Supo adems el anciano que doa Lupe no viva ya en Chamber, sino en la
calle del Ave Mara, y que todo el tiempo que le dejaba libre a Maxi la
farmacia, lo empleaba en darse buenos atracones de lectura filosfica.
Le haba dado por ah.

Luego hablaron de otras cosas. El filsofo cafetero dijo a su amigo que
cuando quisiera echar otro prrafo no le buscase ms en el Caf de
Madrid, porque all haba cado en un crculo de cazadores que le tenan
marcado y aburrido con la _perra pechona, el hurn_, y con _que si la
perdiz vena o no vena al reclamo_. No saba an a qu _local_ mudarse;
pero probablemente sera al Suizo Viejo, donde iban Federico Ruiz y
otros chicos atrozmente pantestas. De los antiguos cofrades slo iban a
_Madrid_ D. Basilio, insufrible con su ministerialismo, Leopoldo Montes
y el _Pater_. Pero este se marchara aquella misma noche a Cuevas de
Vera, su pueblo, a trabajar las elecciones de Villalonga. Tambin charl
Juan Pablo de poltica, diciendo con mucho _tup_ que el Gobierno
_estaba de cuerpo presente_, y que la situacin durara... a todo tirar,
a todo tirar, tres o cuatro meses.




--viii--


La primera vez que D. Evaristo visit a su dama despus de esta
entrevista, abrazola gozoso, y le dijo: Albricias... vamos bien, vamos
bien.

--Pero qu... qu hay? buenas noticias?

--Oro molido; mejor dicho, excelentes impresiones. Tu marido...

--Le ha visto usted?--No he tenido esa satisfaccin. Pero me han
contado de l una cosa que es en extremo favorable. Te lo dir para que
no caviles. Maximiliano se ha dedicado a la filosofa...

Fortunata se qued mirando a su amigo, sin saber qu expresin tomar. No
vea la tostada, ni saba en rigor lo que era la filosofa, aunque
sospechaba que fuese una cosa muy enrevesada, incomprensible y que
vuelve _gils_ a los hombres.

No me llama la atencin que te quedes con la boca abierta. Ya irs
comprendiendo... Se da unos atracones de filosofa!, y me parece que
dijo Juan Pablo que era filosofa espiritualista....

--Ah!... De esos que hablan con las patas de las mesas? Alabado
sea...!

--No, esos no. Pero estamos de enhorabuena: cualquiera que sea la secta
o escuela que le sorbe el seso a tu marido, tenemos ya noventa y seis
probabilidades contra cuatro de que te reciba con los brazos abiertos.
T lo has de ver.

Fortunata dudaba que esto fuera as. La partida que ella le haba jugado
a Maxi era demasiado serrana para que este la olvidara por lo que dicen
los libros. Al otro da entr el simptico amigo ms alegre y excitado.
Su proyecto lleg a dominarle de tal modo, que no saba pensar en otra
cosa, y de la maana a la noche estaba dando vueltas al tema. Haba
mejorado mucho su salud y al mismo tiempo no pona tanto cuidado como
antes en el adorno de su persona. Desde que tomara con tanto cario las
funciones paternales, se haba dejado toda la barba, usaba hongo y una
gran bufanda alrededor del cuello. Sala a sus diligencias en coche
simn por horas. Cuando la prjima le vio entrar aquel da con el
sombrero echado hacia atrs, los ojos chispeantes, los movimientos
giles, comprendi que las noticias eran buenas. Con estos
alegrones--dijo l abrazndola--, se rejuvenece uno. Chulita, otro
abrazo, otro. Vengo de hablar con la mismsima doa Lupe _la de los
Pavos_. Fortunata se asust slo de or el nombre de su ta poltica.

Impresiones muy buenas--aadi el diplomtico...--. Ha empezado por
ahuecar la voz, y por negarse a proponer la reconciliacin. Pero
mientras ms cerdea ella, ms claro veo yo que har lo que deseamos.
Oh!, entiendo bien a mi gente. Tambin esta tiene sus filosofas
pardas, y a m no me la da. Conozco las callejuelas de la naturaleza
humana mejor que los rincones de mi casa. Doa Lupe est deseando que
vuelvas; pero desendolo, para que lo sepas. Se lo he conocido en la
cara y en el modo de decir que no... Yo no s si te he contado que en un
tiempo, a poco de enviudar, tuvo sus pretensiones respecto a m...
pretensiones honestas... Deca la muy fatua que yo le paseaba la calle.
Creers que se le descompone la cara siempre que me ve?.

Fortunata solt la carcajada. Dime, y cuando te pretenda, ya le
haban cortado el pecho que le falte?.

--Pues no lo s. Por m que le cortaran los dos... En fin, chica, que
esto marcha. Yo le dije que si haba reconciliacin, viviras con ella,
pues yo estimaba muy conveniente esta vida comn. Tan hueca se puso al
orme decir esto, que an creo que le naca un pecho nuevo... Oye lo que
tienes que hacer cuando esto se realice: Yo te dar una cantidad que le
entregars a ella el primer da, suplicndole que te la coloque. Te
niegas a admitirle recibo. Nada le gusta tanto como que tengan confianza
en ella en asuntos de dinero... Ah!... leo en ella como leo en ti. No
ves que la trat bastante en vida de Juregui, que, entre parntesis,
era un hombre excelente? Ya te dar una leccin larga sobre el tole tole
con que debes tratarla, una mezcla hbil de sumisin e independencia,
hacindole una raya, pero una raya bien clarita, y dicindole: de aqu
para all manda usted; de aqu para ac estoy yo.... Ahora la tecla que
me falta tocar es tu marido. He hablado pocas veces con l, apenas le
trato; pero no importa...

La mejora se acentu tanto, que D. Evaristo atreviose a salir de noche,
y lo primero que hizo fue ir en busca de Juan Pablo. No le encontr en
el Suizo Viejo. All estaban Villalonga, Juanito Santa Cruz, Zalamero,
Severiano Rodrguez, el mdico Moreno Rubio, Snchez Botn, Joaqun Pez
y otros que tenan constituida la ms ingeniosa y regocijada pea que en
los cafs de Madrid ha existido. Haban hecho un reglamento humorstico,
del cual cada uno de los socios tena su ejemplar en el bolsillo. De
aquellas clebres mesas haban salido ya un ministro, dos subsecretarios
y varios gobernadores. Aunque era amigo de algunos, no quiso Feijoo
acercarse, y se fue a una mesa lejana. Junto a l, los ingenieros de
Caminos hablaban de poltica europea, y ms ac los de Minas disputaban
sobre literatura dramtica. No lejos de estos, un grupo de empleados en
la Contadura central se ocupaba con gran calor de pozos artesianos, y
dos jueces de primera instancia, unidos a un actor retirado, a un
empresario de caballos para la Plaza de Toros y a un oficial de la
Armada, discutan si eran ms bonitas las mujeres con _polisn_ o sin
l. Despus llam la atencin de D. Evaristo la facha de un hombre que
iba por entre las mesas, el cual sujeto ms bien pareca momia animada
por arte de brujera. Yo conozco esta cara--se dijo Feijoo--. Ah! ya;
es el que llambamos _Ramss II_, el pobre Villaamil que slo necesitaba
dos meses para jubilarse. Acercose tmidamente este desgraciado a
Villalonga, que ya estaba levantado para marcharse; y en actitud
cohibida, echando los ojos fuera del casco, le habl de algo que deba
ser los maldecidos dos meses. Jacinto alzaba los hombros, respondindole
con benevolencia quejumbrosa. Pareca decirle: Yo, qu ms
quisiera...! He hecho todo lo posible... Veremos... he dado una nota...
Crea usted que por m no queda... Si, ya s, dos meses nada ms.... Un
instante despus _Ramss II_ pas junto a D. Evaristo, deslizndose por
entre las mesas y sillas como sombra impalpable. Llamole por su nombre
verdadero Feijoo, y acercose el otro a la mesa, inclinando, para ver
quin le llamaba, su cara amarilla, requemada por el sol de Cuba y
Filipinas. Se reconocieron. Villaamil, invitado por su amigo, dobl su
esqueleto para sentarse, y tom caf... con ms leche que caf... Ah!,
buscaba usted a Juan Pablo? Pues del salto se ha ido al caf de
Zaragoza. Dice que le cargan los ingenieros....

Como le convena retirarse temprano, no fue D. Evaristo aquella noche al
indicado caf.

Las nueve seran de la siguiente, cuando entr en el establecimiento de
la Plaza de Antn Martn, que lleno de gente estaba, con una atmsfera
espesa y sofocante que se poda mascar, y un ensordecedor ruido de
colmena; bulla y ambiente que soportan sin molestia los madrileos, como
los herreros el calor y el estrpito de una fragua. Desembozndose,
avanz el anciano por la tortuosa calle que dejaran libre las mesas del
centro, y miraba a un lado y otro buscando a su amigo. Ya tropezaba con
un mozo encargado de _servicio_, ya su capa se llevaba la toquilla de
una cursi; aqu se le interpona el brazo del vendedor de
_Correspondencias_ que alargaba ejemplares a los parroquianos, y all le
hacan barricada dos individuos gordos que salan o cuatro flacos que
entraban. Por fin, distingui a Juan Pablo en el rincn inmediato a la
escalera de caracol por donde se sube al billar. Acompabanle en la
misma mesa dos personas: una mujer bastante bonita, aunque estropeada, y
un joven en quien al pronto reconoci D. Evaristo a Maximiliano. Los dos
hermanos sostenan conversacin muy animada. La _indivudua_ eran el amor
de Juan Pablo, una tal Refugio, personaje de historia, aunque no
histrico, de cara graciosa y picante, con un diente de menos en la
enca superior. Feijoo no la haba visto nunca, ni el filsofo de caf
acostumbraba a presentarse en pblico en compaa de aquella Aspasia,
por cuya razn quedose Rubn un tanto cortado al ver a su amigo.

Maximiliano salud a D. Evaristo, preguntndole con mucho inters por su
salud, a lo que respondi el anciano con mucha viveza: Ya ve usted...
_Cinco_ meses llevo as... un da caigo, otro me levanto... _Cinco_
meses!... Nada; que viene un da en que la mquina dice, 'hasta aqu
llegamos, compaero' y no se empee usted en remendarla, ni echarle
aceite. Que no anda, y que no anda, y se tiene que parar.

--Pero qu es lo que usted tiene?--pregunt Maximiliano con presuncin
de mdico novel o de boticario incipiente, que unos y otros se desviven
por ser tiles a la humanidad.

--Que qu tengo? Ah!, una cosa muy mala. La peor de las enfermedades.
Sesenta aos!, le parece a usted poco?

Todos se echaron a rer. Me ha dicho mi hermano--aadi Maxi--, que
digiere usted mal.

--Cinco meses lleva mi estmago de indisciplina--replic el ladino
viejo, que quera sin duda meterle a Maxi en la cabeza aquello de los
cinco meses--. Ya no le hago caso. Me he rendido, y espero tranquilo el
_cese_.

--Si quiere usted, le har un preparado de peptona.

--Gracias... Veremos lo que dice mi mdico.

--Poco mal y bien quejado--afirm el otro Rubn, dndole palmadas en el
hombro.

--Pero ustedes estaban hablando de algo que deba de ser
interesante--dijo Feijoo--. Por m no se interrumpan.

--Estbamos... psmese usted... en las regiones etreas.

--Nada, es que me quiere convencer--manifest Maximiliano con calor--,
de que todo es fuerza y materia. Yo le digo una cosa, pues a eso que t
llamas fuerza, lo llamo yo espritu, el Verbo, el querer universal; y
volvemos a la misma historia, al Dios uno y creador y al alma que de l
emana.

Don Evaristo, en tanto, miraba a Refugio, examinndole el rostro, la
boca, el diente menos. La muchacha senta vergenza de verse tan
observada, y no saba cmo ponerse, ni qu dengues hacer con los labios
al llevarse a ellos la cucharilla con leche merengada.

Eso, eso... por ah duele--dijo el ex-coronel, arrimndose al partido
de Maximiliano--. El alma!... Estos seores materialistas creen que con
variar el nombre a las cosas han vuelto el mundo patas arriba.

--Pero si ya te he dicho...--arga sofocado Juan Pablo.

--Djame que acabe...--No es eso... qu cua!

--Volvemos a lo mismo. No me conozco yo en m, uno, consciente,
responsable?

--Otra te pego! Pero ven ac...

--Aguarda. Si yo me reconozco ntimamente en la sustancia de mi yo...

Se expresaba con exaltacin sin dejar meter baza a su hermano, y este,
en cambio, no se la dejaba meter a l, y simultneamente se quitaban la
palabra de la boca.

--Esprate un poco... no es eso.

--All voy... yo vivo en mi conciencia, por m y antes y despus de m.

--Ah!, pero lo primero es distinguir... Mira...

--Buen par de chiflados estis los dos!--dijo para s D. Evaristo
mirando con curiosidad el portillo que en la dentadura tena Refugio.

--Dale, bola!...--replic Maxi--. Si no es eso... Yo, soy yo?... me
reconozco como tal yo en todos mis actos?

--No, yo no soy ms que un accidente del concierto total; yo no me
pertenezco, soy un fenmeno.

--Que yo soy un fenmeno!... Ave-Mara Pursima, qu disparate!

--Ests t fresco... Lo permanente no soy yo, qu cua!, es el
conjunto... Yo lo reconozco as en el fenmeno pasajero de mi
conocimiento.

Y estas cosas se decan en el rincn de un caf, al lado de un
parroquiano que lea _La Correspondencia_ y de otro que hablaba del
precio de la carne! En una de las mesas prximas haba un grupo de
individuos que tenan facha de matuteros o cosa tal. A la derecha
veanse dos cursis acompaadas de una buscona y obsequiadas por un seor
que les deca mil tonteras empalagosas; enfrente una trinca en que se
disputaba acerca de Lagartijo y Frascuelo, con voces destempladas y
manotazos. Y por la escalera de caracol suban y bajaban constantemente
parroquianos, dando patadas que ms parecan coces; y por aquella
espiral venan rumores de disputa, el chasquido de las bolas de billar,
y el canto del mozo que apuntaba.

Si se me permite dar una opinin--dijo Feijoo, que empezaba a marearse
con tanto barullo--, voto con el pollo.

En esto son el piano, que se alzaba sobre una tarima en medio del caf,
con la tapa triangular levantada para que hiciera ms ruido; y empez la
tocata, que era de piano y violn. La msica, los aplausos, las voces y
el murmullo constante del caf formaban un run run tan insoportable, que
el buen D. Evaristo crey que se le iba la cabeza, y que caera redondo
al suelo si permaneca all un cuarto de hora ms. Decidi retirarse,
descontento de no haber encontrado solo a Juan Pablo, pues delante del
farmacutico no poda hablar del espinoso asunto que entre manos traa.
Su enojo se troc en alegra cuando Maxi, al verle en pie, dijo que l
tambin se iba porque era hora de volver a su farmacia. Salieron, pues,
juntos, y antes de llegar a la puerta, vio el anciano que le cortaba el
paso una figura macilenta y sepulcral. Era _Ramss II_, que vena en
busca suya. Seor D. Evaristo, por Dios, hable usted de m al seor de
Villalonga le dijo la momia, interponindose como si no quisiera darle
paso sino a cambio de una promesa.

--Se har, compaero, se har; hablaremos a Villalonga--dijo D. Evaristo
embozndose--; pero ahora estoy de prisa... no puedo detenerme... Hijo,
vamos.

Y abrindose paso, sali con el chico de Rubn.




--ix--


Al cual dijo en la puerta: Hacia dnde va usted con su cuerpo?.

--Yo? A la calle del Ave Mara.

--Qu casualidad! Yo llevo esa direccin. Iremos juntos... Deje usted
que me emboce bien... Ahora deme usted el brazo. Las piernas no me
ayudan. Ya se ve... cinco meses... cabalitos... fjese usted bien... sin
digerir. No s cmo estoy vivo. Desde Octubre del ao pasado no levanto
cabeza... Pero qu ideas las de Juan Pablo! Parece mentira... un
muchacho de entendimiento!... Usted s que sabe por dnde anda. S; no
espere usted a llegar a viejo y a ver de cerca la muerte para creer que
somos algo ms que montoncitos de basura animados por fuerza semejante a
la electricidad que hace hablar a un alambre. Eso se deja para los
tontos y perdularios, para la gente que no piensa. Usted est en lo
firme, y ser capaz de acciones nobles, de acciones que, por lo mismo
que son tan elevadas, no estn al alcance del vulgo.

No comprenda Maximiliano a cuenta de qu era aquello; pero tena su
espritu admirablemente dispuesto para recibir toda sutileza que se le
quisiera echar; estaba hambriento de cosas ideales, y la meditacin, el
estudio y la soledad habanle dado una receptividad asombrosa para todo
lo que procediera del pensamiento puro. Por esta causa, sin entender de
qu se trataba, contest humildemente: Tiene usted mucha razn... pero
mucha razn.

El hombre que como usted--prosigui don Evaristo--, no se deja
engatusar por las sabiduras modernas, est en disposicin de hacer el
bien, pero no el bien de cualquier modo, sino sublimemente caramba!,
mirando para el cielo, no para la tierra....

Tiempo haca que Maxi se haba dedicado a mirar al cielo.

Mire uste, Sr. D. Evaristo--dijo sintindose lleno y ahto de aquella
espiritual sustancia, acopiada a fuerza de barajar sus tristezas con las
hojas de los libros--. La desgracia me ha hecho a m volver los ojos a
las cosas que no se ven ni se tocan. Si no lo hubiera hecho as, me
habra muerto ya cien veces. Y si viera usted qu distinto es el mundo
mirado desde arriba a mirado desde abajo! Me pareca a m mentira que yo
haba de ver apagarse en m la sed de venganza, y el odio que me
embruteci. Y sin embargo, el tiempo, la abstraccin, el pensar en el
conjunto de la vida y en lo grande de sus fines me han puesto como estoy
ahora.

--Claro... A qu vienen esos odios y esas venganzas de melodrama?--dijo
gozoso don Evaristo--. Para perderse nada ms. Dichoso el que sabe
elevarse sobre las pasiones de momento y atemperar su alma en las
verdades eternas!

Y para su sayo habl de este modo: Tan metafsico est este chico, que
nos viene como anillo al dedo.

--En este bulle-bulle de las pasiones de los hombres del da--prosigui
Maxi con cierto nfasis--, llega uno a olvidarse de que vivimos para
perdonar las ofensas y hacer bien a los que nos han hecho mal.

--Tiene usted razn, hijo... y dichoso mil veces el que como usted, as,
tan jovencito, llega a posesionarse de esa idea y a hacerla efectiva en
la vida real.

--La desgracia, un golpe rudo... ah tiene usted el maestro. Se llega a
este estado padeciendo, despus de pasar por todas las angustias de la
clera, por los pinchazos que le da a uno el amor propio y por mil
amarguras... Ay, seor don Evaristo! Parece mentira que yo est tan
fresco despus de haberme credo con derecho a matar a un hombre,
despus de haberme ilusionado con la idea de cometer el crimen,
concluyendo por renunciar a ello. Mi conciencia est hoy tan tranquila
no habiendo matado, como firme y decidida estuvo cuando pens matar...
Entonces no vea a Dios en m; ahora s que le veo. Cralo usted; hay
que anularse para triunfar; decir _no soy nada_ para serlo todo.

Feijoo, en vista de estas buenas disposiciones, se fue derecho al bulto.
A un espritu tan bien fortalecido--le dijo--, se le puede hablar sin
rodeos. Doa Lupe no ha tratado con usted de cierto asunto...?.

Maximiliano se puso del color de la grana de su embozo, y contest
afirmativamente con embarazo y turbacin.

Por mi parte--aadi D. Evaristo--, har todo lo que pueda para que
esto cuaje. Si ello tiene que suceder. Es lo prctico, amigo mo; y ya
que usted es tan mstico, conviene que sea un poquito prctico... Por
una casualidad intervengo yo en esto... Le advierto a usted que ella
desea volver....

--Lo desea!--exclam Rubn, dejando caer el embozo.

--Toma! Ahora salimos con eso? Pues si no lo deseara cmo me haba de
meter yo en semejante negocio? No comprende usted...?

--S... pero... No hay que confundir. El perdn puramente espiritual o
evanglico, ya lo tiene... Pero el otro perdn, el que llamaramos
social, porque equivale a reconciliarse, es imposible.

--Vamos, que no ser tanto--dijo para s don Evaristo, subindose el
embozo.

--Es imposible--repiti Maxi.

--Pinselo bien, pinselo bien; pregnteselo a la almohada, compaero...
Yo creo que cuando usted madure la idea...

--Me parece que aunque la estuviera madurando diez aos...

--En estas cosas hay que poner algo de caridad; no se puede proceder con
simple criterio de justicia. Convendra que usted hablase con ella...

--Yo!... pero D. Evaristo...

--S, no me vuelvo atrs. Quien tiene ideas como las que usted tiene,
caramba!, y sabe sentir y pensar con esa alteza de miras... eso es, con
esa espiritualidad de la... pues... de... claro...

--Y cree usted que ella me podra dar explicaciones claras, pero muy
claras, de todo lo que ha hecho despus que se separ de m?

--Hijo, yo creo que las dar... pero es claro que usted no debe apurar
mucho tampoco... O hay perdn o no hay perdn. La caridad por delante,
detrs la indulgencia, y ver si en efecto hay propsitos sinceros de
enmienda. Por lo que he odo, me parece que los hay; se lo digo a usted
de corazn.

--Yo lo dudo.--Pues yo no. Juzgue usted mi opinin como quiera. Y sepa
que intervengo en esto por pura humanidad, porque se me ha ocurrido no
morirme sin dejar tras de m una buena accin, ya que en la cuenta de mi
vida tengo tantas malas o insignificantes. No me gusta meterme en vidas
ajenas; pero en este caso, cralo usted... se me ha puesto en la cabeza
que a entrambos les conviene volver a unirse.

Ya en este terreno, D. Evaristo se descubri ms:

Amigo--dijo parndose en la puerta de la botica--. Su mujer de usted me
ha parecido una mujer defectuossima. Aunque la he tratado poco puedo
asegurar que tiene buen fondo; pero carece de fuerza moral. Ser siempre
lo que quieran hacer de ella los que la traten.

Maximiliano le miraba con ojos atnitos. Lo mismo pensaba l.

Yo le ech anteayer un largo sermn, recomendndole que se amoldara a
las realidades de la vida, que pusiera un freno a aquella
imaginacioncilla tan desenvuelta. 'Pero, hija ma, es preciso pensar lo
que se hace, y dejarse de tonteras'. Yo muy serio. Creo que algo he
conseguido. Usted lo ha de ver, compaero. Es lstima que teniendo buen
fondo, buen corazn... slo que algo grande... y careciendo de las
malicias de otras, no posea un poco de juicio. Porque con un poco de
juicio, nada ms que con un poco de juicio, no se pueden hacer las
tonteras que ella ha hecho... En fin, hijo, usted dir que quin me
mete a m a leador, pero qu quiere usted?, a los viejecillos nos
gusta arreglar a los jvenes y marcarles el paso de esta vida para que
eviten los tropezones que hemos dado nosotros.

Dijo esto ltimo sonriendo con tal hombra de bien, que Maximiliano se
llen de confusiones. No saba qu contestar, y senta que se le
apretaba la garganta. Despidiose D. Evaristo, dejando al pobre chico en
tal grado de aturdimiento, que durante muchos das hubo de revolver en
su mente indigestada los dejos de aquel coloquio que tuvo con el
respetable anciano, en una noche fra del mes de Marzo.

Al siguiente da, D. Evaristo fue en coche a ver a Fortunata, a quien
encontr peinndose sola. Sentndose a su lado, y cogindola por un
brazo, la llam a s y le dio un beso, dicindole: El ltimo beso... La
aventura del viejo Feijoo ha pasado a la historia... Entraremos pronto
en vida nueva, y de esto no quedar sino un recuerdo en m y otro en
ti... Para el pblico nada. Estas cenizas slo para nosotros esconden un
poco de calor.

Fortunata, que tena en cada mano una de las gruesas bandas de sus
cabellos negros, apartndolas como si fueran una cortina, no saba si
rer o echarse a llorar...

--Has hablado con l...?--dijo conmovida y al mismo tiempo sonriente.

--Vete acostumbrando a tratarme de usted...--replic l con cierta
severidad--. No se te escape una expresin familiar, porque entonces la
echamos a perder. Yo tambin te tratar de usted delante de gente...
Todo acab... Fortunata, no soy para ti ms que un padre... Aquel que te
quiso como quiere el hombre a la mujer, no existe ya... Eres mi hija. Y
no es que hagamos un papel aprendido, no; es que t sers verdaderamente
para m, de aqu en adelante, como una hijita, y yo ser para ti un
verdadero papato. Lo digo con toda mi alma. Yo no soy aquel; yo me
morir pronto, y...

Vindole que se conmova, la chulita no pudo aguantar ms, y solt el
trapo a llorar. Aquellas admirables guedejas sueltas la asemejaban a
esas imgenes del dolor que acompaan a los epitafios. Feijoo hizo un
mohn como de persona mayor que quiere dominar una debilidad pueril, y
le dijo:

Pero no, no me avergenzo de que se me salte una lgrima. Yo juro por
Dios, en quien siempre he credo, que el cario paternal es lo que me la
hace derramar. Todo lo que en m exista de varn, capaz de amar, ha
desaparecido; todo muri, y no me queda de ello nada; ni aun siquiera lo
echo de menos. Nunca he sido padre; ahora siento que lo soy... y mi
corazn se llena de afectos desconocidos, tan puros, pero tan puros....

La prjima no haba visto nunca a su amigo tan vencido de la emocin.
Tena los ojos hmedos y le temblaban las manos. Sujetose ella en la
coronilla con una correa negra las crenchas de su abundante cabello,
porque no era posible repicar y andar en la procesin; no poda peinarse
y al mismo tiempo celebrar, entre lgrimas y castos apretones de mano,
la santificacin de las relaciones que entre ambos haban existido. Poco
a poco se serenaron; don Evaristo, la hizo sentar a su lado en el sof,
y con voz clara y firme le habl de esta manera:

Me parece que esto se arregla. Cunto me gustara morirme dejndote en
una situacin normal y decorosa!... Bien veo que no es fcil que tu
marido te sea simptico; pero eso no es inconveniente invencible. Hay
que transigir con las formas, y tomar las cosas de la vida como son. Y
quin te dice que tratndole algo, no llegues a tenerle afecto? Porque
l es bueno y decente. Anoche le vi, y no me ha parecido tan raqutico.
Ha engordado; ha echado carnes, y hasta me pareci que tiene un aire ms
arrogantillo, ms....

Sonriendo tristemente, expresaba la joven su incredulidad.

En fin, t lo has de ver. Y en ltimo caso, hay que conformarse. La
vida regular y el transigir con las leyes sociales tienen tal
importancia, que hay que sacrificar el gusto, hija ma, y la ilusin...
No digo que se sacrifique todo, todo el gusto y toda la ilusin; pero
algo, no lo dudes, algo hay que sacrificar. De tener un marido, un
nombre, una casa decente, a andar con la _alquila_ levantada, como los
simones, a ste tomo, a ste dejo, va mucha diferencia para que no te
pares a pensar bien lo que haces... Vamos a ver. Es preciso preverlo
todo. Yo te voy a presentar los dos casos que se te pueden ofrecer en tu
vida legal, y para los dos te voy a dar mi consejo franco, leal, con un
gran sentido de la realidad. Primer caso: supongamos que al poco tiempo
de vivir con Maximiliano, encuentras que el muchacho se porta bien
contigo, vas viendo sus buenas cualidades, que se manifiestan en todos
los actos de la vida, y supongamos tambin que le vas teniendo algn
cario....

Fortunata tena la mirada fija en un punto del suelo, como una espada,
tan bien hundida que no la poda desclavar. Seguro de que le oa, aunque
no le miraba, Feijoo sigui hablando despacio, poniendo pausas entre las
clusulas.

Supongamos esto... Pues tu deber en tal caso, es esforzarte en que ese
cario... llammosle amistad, se aumente todo lo posible. Trabaja
contigo misma para conseguirlo. Ah!, hija ma, el trato hace milagros;
la buena voluntad tambin los hace. Evita al propio tiempo la ociosidad,
y vers cmo lo que te parece tan difcil te ha de ser muy fcil. Se han
dado casos, pero muchos casos, de mujeres unidas por fuerza a un hombre
aborrecido, y que le han ido tomando ley poquito a poco hasta llegar a
ponerse ms tiernas que la manteca. No digo nada si tienes chiquillos,
porque entonces....

--Lo que es eso...!--indic con viveza Fortunata.

--Mira qu tonta! Y qu sabes t? No se puede asegurar tal cosa. La
Naturaleza sale siempre por donde menos se piensa... Y con chiquillos,
ya llevas ms de la mitad del camino andado para llegar al sosiego que
te recomiendo, pues en criarlos y en cuidarlos se te desgastar el
sentimiento que de sobra tienes en esa alma de Dios, y te equilibrars,
y no hars ms tonteras... Bueno; ya hemos hablado del primer caso, que
es el mejor; pasemos al segundo. Te lo presento en la previsin de que
falle el primero, lo que bien pudiera suceder. Vamos all...

Fortunata esperaba con ansia la exposicin del segundo caso, pero Feijoo
lo tomaba con calma, pues se qued buen rato meditando, con el ceo
fruncido y la vista fija en el suelo.

Lo mejor--prosigui--es lo que acabo de decirte; pero cuando no se
puede hacer lo mejor, se hace lo menos malo... me entiendes? Suponiendo
que no te sea posible encariarte con ese bendito, y que ni el trato ni
las buenas prendas de l te lo hagan menos antiptico; suponiendo que la
vida llegue a serte insoportable, y... Vaya que esto es temerario, y se
necesita de toda mi entereza para aconsejarte. Pero yo, antes que todo,
veo lo prctico, lo posible, y no puedo aconsejar a nadie que se deje
morir ni que se suicide. No se deben imponer sacrificios superiores a
las fuerzas humanas. Si el corazn se te conserva en el tamao que ahora
tiene, si no hay medio de recortarlo, si se te pronuncia, qu le vamos
a hacer? Dentro del mal, veamos qu es lo mejor entre lo peor, y....

Feijoo rebuscaba las palabras ms propias para expresar su pensamiento.
Las ideas se alborotaron un poco y necesit someterlas para no
embarullarse. Dando un gran suspiro, se pas la mano por la cabeza,
perdida la vista en el espacio. Saliendo al fin de su perplejidad, dijo
con voz cautelosa:

Y en un caso extremo, quiero decir, si te ves en el disparadero de
faltar, guardas el decoro, y habrs hecho el menor mal posible... El
decoro, la correccin, la decencia, este es el secreto, compaera.

Detvose asustado, a la manera del ladrn que siente ruido, y se volvi
a poner la mano sobre la cabeza, como invocando sus canas. Pero sus
canas no le dijeron nada. Al punto se envalenton, y recobr la
seguridad de su lenguaje, diciendo: T eres demasiado inexperta para
conocer la importancia que tiene en el mundo la forma. Sabes t lo que
es la forma, o mejor dicho, las formas? Pues no te dir que estas sean
todo; pero hay casos en que son casi todo. Con ellas marcha la sociedad,
no te dir que a pedir de boca, pero s de la mejor manera que puede
marchar. Oh!, los principios son una cosa muy bonita; pero las formas
no lo son menos. Entre una sociedad sin principios, y una sociedad sin
formas, no s yo con cul me quedara.




--x--


Fortunata haba comprendido. Haca signos afirmativos con la
cabeza, y cruzadas las manos sobre una de sus rodillas, imprima a su
cuerpo movimientos de balancn o remadera.

A Feijoo le haba costado algn trabajo arrancarse a exponer su moral en
aquellas circunstancias, porque en la conciencia se le puso un nudo, que
le apret durante breve rato; pero al punto lo deshizo evocando las
teoras que haba profesado toda su vida. Lanzado, pues, el concepto ms
peligroso, sigui luego como una seda, sin nudo y sin tropiezo.

Ya sabes cules son mis ideas respecto al amor. Reclamacin imperiosa
de la Naturaleza... la Naturaleza diciendo _aumntame_... No hay medio
de oponerse... la especie humana que grita _quiero crecer_... Me
entiendes? Hablo con claridad? Necesitar emplear parbolas o
ejemplos?.

Fortunata entenda, y segua balancendose de atrs adelante, acentuando
las afirmaciones con su cabeza despeinada.

Pues no te digo ms. Esto es muy delicado, tan delicado como una
pistola montada al pelo, con la cual no se puede jugar. Siempre es
preferible el primer caso, el caso de la fidelidad, porque de este modo
cumples con la Naturaleza y con el mundo. El segundo trmino te lo pongo
como un _por si acaso_, y para que... pon en esto tus cinco sentidos...
para que si te ves en el trance, por exigencias irresistibles del
corazn, de echar abajo el principio, sepas salvar la forma....

Aqu volvi mi hombre a sentir el nudo; pero evocando otra vez su
filosofa de tantos aos, lo desat.

Hay que guardar en todo caso las santas apariencias, y tributar a la
sociedad ese culto externo sin el cual volveramos al estado salvaje. En
nuestras relaciones tienes un ejemplo de que cuando se quiere el secreto
se consigue. Es cuestin de estilo y habilidad. Si yo tuviera tiempo
ahora, te contara infinitos casos de pecadillos cometidos con una
reserva absoluta, sin el menor escndalo, sin la menor ofensa del decoro
que todos nos debemos... Te pasmaras. Oye bien lo que te digo, y
aprndetelo de memoria. Lo primero que tienes que hacer es sostener el
_orden pblico_, quiero decir la paz del matrimonio, respetar a tu
marido y no consentir que pierda su dignidad de tal... Dirs que es
difcil; pero ah est el talento, compaera... Hay que discurrir, y
sobre todo, penetrarse bien del propio decoro para saber mirar por el
ajeno... Lo segundo....

Aqu D. Evaristo se acerc ms a ella, como si temiera que alguien le
pudiese or, y con el dedo ndice muy tieso iba marcando bien lo que le
deca.

Lo segundo es que tengas mucho cuidado en elegir, esto es
esencialsimo; mucho cuidado en ver con quin... en ver a quin....

La conclusin del concepto no sala, no quera salir. Vindole Fortunata
en aquel apuro, acudi a remediarlo, diciendo: Comprendido,
comprendido.

--Bueno, pues no necesito aadir nada ms... porque si caes en la
tentacin de querer a un hombre indigno, adis mi dinero, adis
decoro... Y lo ltimo que te recomiendo es que si logras conseguir que
no pueda tentarte otra vez el mameluco de Santa Cruz, habrs puesto una
pica en Flandes.

Dicho esto, el anciano se levant, y tomando capa y sombrero, se dispuso
a marcharse. De la puerta volvi hacia Fortunata, y alzando el bastn
con ademn de mando, le dijo:

Repito lo de antes. Aquello se acab... y ahora soy tu padre, t mi
hija... trtame de usted... ocupemos nuestros puestos... Aprendamos a
vivir vida prctica... Por de pronto, serenidad, y concluye de peinarte,
que es tarde. Yo me voy, que tengo mucho que hacer.

Metiose el original moralista en su simn, y apenas haba llegado a la
Plaza de los Carros, empez a sentir en su alma una inquietud
inexplicable. Y tras la inquietud moral vino un cierto malestar fsico,
con algo de temblor y escalofros, acompaado de terror supersticioso...
Pero no poda definir la causa del miedo... El coche corra por la
Cava-Alta, y Feijoo se senta cada vez peor. De improviso sinti como
una vibracin intenssima en su interior, y un relmpago a manera de
lanceta fugaz atravesole de parte a parte. Crey que una desconocida
lengua le gritaba: Estpido, vaya unas cosas que enseas a tu
hija...!. Extendi la mano para detener al cochero y decirle que
volviera a la calle de Tabernillas; pero antes de realizar aquel
propsito, ces la trepidacin que en su alma haba sentido, y todo
qued en reposo... Qu debilidades!--pens--; estas son chocheces y
nada ms que chocheces... Pues no se me ocurri volver all para
desdecirme? No te reselles, compaero, y sostn ahora lo que has credo
siempre. Esto es lo prctico, es lo nico posible... Si le recomendara
la virtud absoluta, qu sera?, sermn absolutamente perdido. As al
menos....

Y sigui tan satisfecho. Con el ajetreo que traa aquellos das, en los
cuales hizo dos visitas a doa Lupe, celebr muchas conferencias con
Juan Pablo y otra muy sustanciosa con Nicols Rubn, que andaba desalado
detrs de una canonja, tuvo el buen seor una recada en su enfermedad.
Una tarde de fines de Marzo se sinti tan mal, que hubo de retirarse a
su casa y se acost. Doa Paca advirti en l, juntamente con los
sntomas de agravacin, cierta alegra febril, lo que juzg de malsimo
agero, pues si su amo se volva nio o demente cuando tan malito
estaba, seal era esto de la proximidad del fin. Toda la noche estuvo
dando vueltas de un lado para otro, queriendo levantarse, y renegando de
que le tuvieran prisionero en la crcel de aquellas malditas sbanas. A
la madrugada, se nublaron sus sentidos, y a punto de perder el
conocimiento, se despidi del mundo sensible con este varonil concepto
que apenas sali del magn a los labios: Ya me puedo morir tranquilo,
puesto que he sabido arrancarle al demonio de la tontera el alma que ya
tena entre sus uas....

Doa Paca y el criado, creyendo que su amo se quedaba en aquel espasmo,
empezaron a dar chillidos; llamaron al mdico, dieron al seor muchas
friegas, y por fin volvironle a la vida. Todos se pasmaron de verle
risueo y de orle afirmar que no le dola nada y que se senta bien y
contento. Mas a pesar de esto, el doctor puso muy mala cara,
pronosticando que la debilidad cerebral y nerviosa acabara pronto con
el enfermo. Por ms que este se envalenton, no pudo levantarse y las
fuerzas le iban faltando. Careca en absoluto de apetito. Los amigos que
aquel da le acompaaban, convinieron en decirle de la manera ms
delicada que se preparase espiritualmente para el traspaso final,
ocupndose del negocio de salvar su alma. Creyeron los ms que D.
Evaristo se alborotara con esto, pues siempre hizo alarde de libre
pensador; mas con gran sorpresa de todos, oy la indicacin del modo ms
sereno y amable, diciendo que l tena sus creencias, pero que al mismo
tiempo gustaba de cumplir toda obligacin consagrada por el asentimiento
del mayor nmero. Yo creo en Dios--dijo--, y tengo ac mi religin a mi
manera. Por el respeto que los hombres nos debemos los unos a los otros,
no quiero dejar de cumplir ningn requisito de los que ordena toda
sociedad bien organizada. Siempre he sido esclavo de las buenas formas.
Triganme ustedes cuantos curas quieran, que yo no me asusto de nada, ni
temo nada, y no desentono jams. No descomponerse; ese es mi tema.

Todos los presentes se maravillaron al orle, y aquel mismo da se le
administraron los Sacramentos. Despus se puso mucho mejor, lo cual dio
motivo a que le dijeran, como es uso y costumbre, que la religin es
medicina del cuerpo y del alma. l aseguraba que no se mora de aquel
arrechucho, que tena siete vidas como los gatos, y que era muy posible
que Dios le dejase tirar algn tiempo ms para permitirle ver muchas y
muy peregrinas cosas. As fue en efecto, pues en todo el ao 75 que
corra no se muri el filsofo prctico.

Durante la convalecencia de aquel ataque, no permiti que Fortunata
fuese a verle. Le escriba algunas cartitas, reiterndole sus consejos y
dndole otros nuevos para el da ya prximo en que la reconciliacin
deba efectuarse. Al propio tiempo se ocupaba en la revisin de su
testamento y en tomar varias disposiciones benficas que algunas
personas haban de agradecerle mucho. Tena un pequeo caudal repartido
en diferentes prstamos hechos a amigos menesterosos. Algunos le haban
firmado pagars de mil, de dos y hasta de tres mil reales. Todos estos
papeles fueron rotos. Dispuso cmo se haban de repartir las alhajas que
tena, algunas de bastante valor, sortijas con hermosos solitarios,
botonaduras, y adems cajitas primorosas de marfil y sndalo que haba
trado de Filipinas, una hermosa espada, dos o tres bastones de mando
con puo de oro. Hizo la distribucin de todo con un acierto que
declaraba su gran delicadeza y el aprecio que haca de las amistades
consecuentes.

Respecto a Fortunata lo dispuso tan bien que no caba ms. No le dejaba
en su testamento ms que algunos regalitos, llamndola _ahijada_; pero,
por medio de un agente de Bolsa muy discreto, se hizo una operacin en
que la chulita figuraba como compradora de cierta cantidad de acciones
del Banco, dndole adems, de mano a mano, algunas cantidades en
billetes. No olvid por esto D. Evaristo a sus parientes, que eran dos
sobrinas, residentes la una en Astorga, la otra en Ponferrada. Ambas
quedaban muy bien atendidas en el testamento; y en cuanto a los socorros
que anualmente les enviaba, no perdi aquel ao la memoria de esta
obligacin, a pesar de los muchos quebraderos de cabeza que tuvo. Doa
Paca y los dos criados tambin se llevaran un pellizco el da en que el
amo faltara.

Indicronle los clrigos de la parroquia si no dejaba algo para
sufragios por su alma, y l, con bondadosa sonrisa, replic que no haba
olvidado ninguno de los deberes de la cortesa social, y que para no
desafinar en nada, tambin quedaba puesto el rengloncito de las misas.

Fue a verle una tarde Villalonga, y lo primero que le dijo Feijoo,
mientras se dejaba abrazar por l, fue esto: Pero, hombre, ser usted
tan malo que no le d la canonja a mi recomendado?.

--Por Dios, querido patriarca, tengamos paciencia... Har lo que pueda.
Le puse una carta muy expresiva a Crdenas mandndole la nota. Pero
considere usted que es un arco de iglesia. Canonja! Para m la
quisiera yo.

--Y para m tambin... Pero en fin, puede ser o no? Es un cleriguito de
las mejores condiciones.

--Lo creo... pero qu quiere usted! Estos cargos son muy solicitados, y
cuando vaca uno, hay cuatrocientos curas con los dientes de este tamao.

--S, pero mi presbtero es un cura apreciabilsimo, un santo varn...
Como que ayuna todos los das...

--Ya... ser un bacalao ese padre Rubn. No le di ya a usted una
credencial de Penales para un Rubn? Usted por lo visto protege a esa
familia.

--Yo no protejo familias, nio. Djese usted de protecciones... Slo que
me intereso por las personas de mrito.

--Por m no ha de quedar. Le dar otro achuchn a Crdenas. Pero, lo que
digo, son plazas que tienen muchos golosos. Los pretendientes explotan
el valimiento y la influencia de las seoras. Casi siempre son las
faldas las que deciden quin se ha de sentar en los coros de las
catedrales.

--Pues suponga usted, compaero, que yo tengo faldas, que soy una
dama... ea.

--Pero si yo no lo he de decidir...

--Mire usted que si no me nombra mi cannigo, no me muero, y le estar
atormentando meses y meses.

--Mejor... Viva usted mil aos.

--Y esas elecciones, van bien?

--Como un acero. Tengo all un padre cura que vale un imperio. Me est
haciendo unos arreglos en el distrito, que Dios tirita, y tirita toda la
Santsima Trinidad. Ese s que merece, no digo yo canonjas, sino siete
mitras.

--Le conozco, el _Pater_... fue capelln de mi regimiento.

Villalonga se despidi reiterando sus buenos deseos respecto a Nicols
Rubn.

Eh, Jacinto, por Dios, una palabra!--dijo D. Evaristo llamndole
cuando ya estaba en la puerta--. Por Dios y todos los santos, no me
olvide usted a ese desdichado... al pobre Villaamil, a ese que llaman
_Ramss II_.

--Est recomendado en una nota de _indispensables_. Conque ms no puedo
hacer.

--Mire usted que no me deja vivir... Todos los das viene tres veces. La
noche que me dieron el Vitico, en el momento aquel, mir para este lado
y lo primero que vi fue a _Ramss II_, con una vela en la mano. Cmo me
miraba el infeliz!... Creo que no me mor de tanto como rez Villaamil,
pidiendo a Dios que viviera.

--Podr ser... No le olvidar. Abur, abur.

Y D. Evaristo se qued solo, pensativo y dulcemente ensimismado,
saboreando en su conciencia el goce puro de hacer a sus semejantes todo
el bien posible, o de haber evitado el mal en la medida que la
Providencia ha concedido a la iniciativa humana.




-V-

Otra restauracin




--i--


Las personas muy rutinarias y ordenadas que se acostumbran a las
dulzuras tranquilas del mtodo en la vida, concluyen, abusando en cierto
modo de la regularidad, por someter al casillero del tiempo, no slo las
ocupaciones, sino los actos y funciones del espritu y aun del cuerpo
que parecen ms rebeldes al rgimen de las horas. As, pues, la gran
doa Lupe, cuya existencia era muy semejante a la de un reloj con alma,
haba distribuido tan bien el tiempo, que hasta para pensar en cualquier
asunto de inters que sobreviniese, tena marcada una parte del da y un
determinado sitio. Cuando era preciso meditar, por el picor de una de
esas ideas, hermanas del abejorro, que se plantan en el cerebro y no hay
medio de sacudirlas, o doa Lupe no meditaba, o tena que hacerlo
sentada en la silleta junto a la ventana de la sala, los anteojos en el
caballete de la nariz, la cesta de la ropa delante y el gato muy
repantigado en un extremo de la alfombrita. La meditacin era mucho ms
honda y eficaz si la seora tena metida toda la mano izquierda, hasta
ms arriba de la mueca, dentro de una media, y si las claraboyas de
esta eran bastante anchas para poder tener sobre ellas enrejados como
los de una crcel. Tal era la fuerza del mtodo, que doa Lupe no
pensaba a gusto sino all, as como para hacer sus clculos aritmticos
el mejor momento era cuando descascaraba los guisantes en la cocina (en
tiempo de guisantes), o cuando pona los garbanzos de remojo. La
costumbre obraba estos prodigios, y lo mismo era ver la seora los
garbanzos y poner su mano en ellos, que se le llenaba el cerebro de
nmeros y vea claro en sus negocios, si le convena o no tal prstamo,
si deba quedarse o no con tal o cual alhaja. Al levantarse, por la
maana temprano, prevea todos los sucesos y acciones del da que
empezaba, y se preparaba para ellos con una evocacin mental de su
energa, y con la distribucin metdica de las horas para todo lo
previsto y probable. Era esto como si _se diera cuerda_, acumulando en
s la fuerza inteligente que necesitaba.

Todas estas rutinas del pensamiento y de la accin fueron perturbadas
por la mudanza de casa, que se efectu en Diciembre del 74, y no hay que
decir cun gran sacrificio fue para doa Lupe este cambio. Era de esas
personas que aborrecen lo desconocido y que se encarian con el rincn
en que viven. Mover los trastos era para ella algo semejante a incendio
o demolicin; pero no haba ms remedio que dar el salto del Norte al
Sur de Madrid, pues teniendo Maximiliano que pasar la mayor parte del
tiempo en la botica de Samaniego, era una falta de caridad hacerle
recorrer dos veces al da los tres cuartos de legua que separan el
barrio de Chamber del de Lavapis. Carg, pues, la seora de Juregui
con sus penates, y se instal en un segundo de la calle del Ave-Mara.
Habrale gustado vivir en la misma casa de la botica; pero no haba all
ningn cuarto con papeles. Eligi un segundo de la finca inmediata, y
sus balcones caan al lado de los de su amiga Casta Moreno, viuda de
Samaniego. Los primeros das extraaba la casa, tenindola por peor que
la otra; mas pronto hubo de reconocer que era mucho mejor, ms espaciosa
y bella, y en cuanto a los barrios, lo que la seora haba perdido en
tranquilidad ganbalo en animacin. Poco a poco se fue adaptando a su
nuevo domicilio, y cuando la sorprende de nuevo nuestro relato, sentada
junto a la ventana y recapacitando, con la mano dentro de la media, en
una fecha que debe caer all por Marzo del 75, ya no se acordaba de la
vivienda de Chamber en que la conocimos.

La meditacin y el zurcido no le impedan mirar de vez en cuando a la
calle, y la del Ave-Mara es mucho ms _pasajera_ que la de Raimundo
Lulio. En una de aquellas miradas casi maquinales que la viuda echaba
hacia afuera, como para poner solucin de continuidad al temeroso
problema que tena entre ceja y ceja, vio pasar a una persona que le
retuvo un instante la atencin. Era Guillermina Pacheco. Parece que la
santa frecuenta ahora estos barrios--murmur doa Lupe, alargando la
cabeza para observarla por la calle abajo--. Ya la he visto pasar cuatro
o cinco veces a distintas horas. Verdad que para ella no hay
distancias... Ahora que recuerdo, me ha dicho Casta que es pariente
suya, y he de preguntarle....

La fundadora inspiraba a doa Lupe grandes simpatas. De tanto verla
pasar por la calle de Raimundo Lulio, camino del asilo de la de
Alburquerque, lleg a imaginar que la trataba. Siempre que haba funcin
pblica en la capilla del asilo, iba doa Lupe, deseosa de introducirse
y de hacer migas con la santa. Admirbala mucho, no exclusivamente por
sus santidades, sino ms bien por aquel desprecio del mundo, por su
actividad varonil y la grandeza de su carcter. Quizs la seora de
Juregui crea sentir tambin en su alma algo de aquella levadura
autocrtica, de aquella iniciativa ardiente y de aquel poder
organizador, y esta especie de parentesco espiritual era quizs lo que
le infunda mayores ganas de tratarla ntimamente. Slo le haba hablado
una o dos veces en las funciones del asilo, as como por entrometimiento
y oficiosidad, y cuando en dichas fiestas veala rodeada de damas _de la
grandeza_ y de seoronas ricas, que tenan el coche a la puerta, doa
Lupe habra dado el nico pecho que posea por meter las narices entre
aquella gente, codearse con ellas y mangonear en los petitorios. Porque
ella tena la vanidad, muy bien fundada por cierto, de no desmerecer de
las tales seoras en punto a buena crianza y modales. Harto saba,
adems, que no todas haban nacido en doradas cunas, y que la finura es
lo que constituye la verdadera aristocracia en estos tiempos liberales.
No haba razn para que ella, que saba presentarse como la primera,
dejase de alternar con las damas que seguan a Guillermina cual las
ovejas siguen al pastor... A mayor abundamiento, en lo tocante a ropa
estaba a la sazn la viuda de Juregui en excelentes condiciones. Con su
talento y su economa se haba agenciado un abrigo de terciopelo, con
pieles, que la ms pintada no lo usara mejor. Y le haba salido por poco
ms de nada, atendido lo que generalmente cuestan estas piezas... Le
estaban arreglando una capota, que... vamos; el da que la estrenara
haba de llamar la atencin... Estas reflexiones fueron como un inciso
en lo que aquella tarde pensaba la seora, inciso que se abri al ver
pasar a Guillermina, cerrndose cuando la virgen y fundadora desapareci
por la calle abajo.

Vuelta a la meditacin, tomando el hilo de ella en el mismo punto en que
lo haba soltado... Y aunque el Sr. de Feijoo lo niegue hoy, es tan
verdad que me rondaba la calle al ao de perder a mi Juregui... tan
verdad como que nos hemos de morir. Y si no, qu haca plantado en
aquella dichosa esquina de la calle de Tintoreros? Esto fue poco antes
de la guerra de frica, bien me acuerdo; y si el tal no se va a matar
moros, sabe Dios si... Pero esto no hace al caso, y vamos a lo otro. Que
es un caballero decentsimo, no tiene la menor duda. Juregui le
apreciaba mucho, y me deca que no tena ms contra que ser muy
mujeriego... Fuera de esto, hombre de veracidad, con una palabra como
los Evangelios, y cosa que l deca ponindose formal era como si la
escribieran notarios... Con todo, lo que me ha venido contando estos
das me parece tan extrao...! Que est arrepentida, que l la ha tomado
bajo su proteccin... Se la encontr en casa de unos vecinos, y le dio
lstima, y qu s yo qu... Por ms que diga ese santo varn, tales
arrepentimientos me parecen a m las coplas de Calainos... Y si por
acaso... Quita, quita, pensamiento y no me tientes con una sospecha, que
parece tan verosmil... El mismo Feijoo quizs... puede... habr
tenido... y ahora... Sobre esto quiero echar tierra, porque me volvera
loca. La verdad es que el pobre seor ha dado un bajn tremendo y no
debe de haber estado para morisquetas de algunos meses ac. Si ser
cierto lo que dice!... Caridad, lstima, arrepentimiento... necesidad
de transigir, decoro, reconciliacin...!.

Otro inciso. Mir a la calle y vio por segunda vez a Guillermina que
suba. Pero qu trae en la mano?, un palo y un garfio de hierro. Vaya
con la santa esta! Algo que le han dado. Dicen que lo acepta todo. Vase
por dnde yo le podra ayudar a su obra, dndole media docena de llaves
viejas que tengo aqu. Aquella tabla que lleva parece una plantilla...
Toma, como que vendr del almacn de maderas de la calle de Valencia.
Vaya unos trajines... Vea usted una cosa que a m me gustara, edificar
un _establecimiento_, pidindole dinero al Verbo... Lo hara yo tan
grande como el Escorial....

Cerrado el inciso, y otra vez al tema: Vaya con lo que me ha dicho
esta maana Nicols: que Feijoo es el primer caballero de Madrid y que
le ha prometido una canonja! Si se la dan, ya no me queda nada que ver.
Yo me alegrara, para quitarme esa carga de encima; pero qu tiempos y
qu Gobiernos! Ah!, si yo gobernara, si yo fuera ministra, qu
derechitos andaran todos! Si esta gente no sabe... si salta a la vista
que no sabe. Dar una canonja a un clrigo joven, que entra en su casa
a la una de la noche y pasa el tiempo charlando en el caf con los curas
de caballera que andan por ah sueltos y sin licencias! Pero en fin,
all te la d Dios, y si pescas el turrn, hijo, buen provecho, y
escribe en llegando, y no parezcas ms por aqu, egoistn,
tragaldabas... Pues digo, el otro, el Juanito Pablo, desde que tiene
empleo no pone los pies en casa. Si comparado con sus hermanos,
Maximiliano es un ngel de Dios y un talentazo...! Voy a lo que me deca
Nicols esta maana... Que D. Evaristo es un cristiano rancio, y que
cuando le administraron, recibi al Seor con una edificacin y una
santidad tan grandes, que todos los concurrentes al acto lloraban a moco
y baba. Vaya, no sera para tanto... exageracin. En estas cosas de
santidad hay que llamar al to Paco para que traiga la rebaja. Pero en
fin, pongamos que sea as, y qu? Ahora lo que falta saber es si con
toda esa cristiandad nos querr dar gato por liebre... Lstima,
arrepentimiento!... Dios mo, o dame una luz clara sobre esto, o qutame
esta grillera de mi cabeza. Yo me vuelvo loca... Y no s por qu me
devano los sesos, porque en rigor, a m qu me va ni me viene? Si
Maximiliano quiere humillarse despus de las atrocidades que pasaron, yo
no debo meterme... Pero s, s me meter. Cmo consentir tal afrenta?
La muy bribona... imaginar que su marido puede perdonarla despus de la
trastada indecente que le hizo, despus que el querindango atropell a
este infeliz abusando de su fuerza...! Qu infamia! Si yo no hubiera
estado un mes seguido trasteando a este chico para quitarle de la cabeza
la idea de la venganza... no s qu catstrofes habran sucedido. Quera
pegarle un tiro al otro, y hasta se le ocurri hacer un cartucho de
dinamita para ponrselo en la puerta de su casa. Delirios... lo mejor es
el desprecio... A estos badulaques se les desprecia... Bueno est mi
sobrino para meterse en lances, l que se asusta de entrar en un cuarto
sin luz. Pobrecillo Maxi!, tiene un corazn de oro, y ahora que est
tan dado a estudiar lo del otro mundo, se le ocurren unas cosas...!
Vaya con lo que me deca anoche! 'Ta de mi alma, a fuerza de pensar y
padecer, he llegado a desprenderme de todas las pasiones, y a no sentir
en m ni odio ni venganza'. Dice que la perdona cristianamente, por esto
y lo otro y qu s yo qu... pero en cuanto a hacer vida comn, ni que
se lo mande el Papa. Y a rengln seguido me marea para que la vaya a
ver. 'Ta, vistela usted, entrese... sondela, a ver cmo se presenta.
Puede que sea verdad lo que dice D. Evaristo...'. Todas las noches la
misma cancin. Al fin, si se pone muy pesadito, no tendr ms remedio
que ir. Y no es flojo el paseo que tengo que dar, de aqu a Puerta de
Moros....




--ii--


Un lunes por la tarde, doa Lupe entr en su casa a eso de las
cinco. Vena muy emperifollada. Papitos, quin ha venido?.

--Aquel seor de las barbas blancas.

--Y nadie ms? No ha estado Mauricia?

--No seora... Esta maana la vi en la puerta del bodegn de la Plazuela
de Lavapis. Vive por aqu cerca... Se Mauricia, mire que la seora
la est esperando.... Me contest, dice: dile a esa _tiona_ que si
quiere correr los pauelos que los corra ella, y que si no, que los
deje...

Habr indecente!... exclam la seora algo distrada.

Papitos, que aquella maana haba sido castigada porque trajo de la
plaza una merluza muy mala, crey que a su ama no se le haba pasado el
berrinchn, y temblaba mirndole las manos. Pero en el nimo de doa
Lupe se haba disipado la ira correccional, a causa de los sentimientos
de otro orden y del gran estupor que desde una hora antes reinaban en
l.

Oye, Papitos--le dijo--. Ven ac, y atiende bien a lo que te encargo.
Yo tengo que salir otra vez. Das de comer al seorito Nicols y al
seorito Maxi; pero este vendr mucho ms tarde que su hermano. Fjate
bien, y no salgas luego haciendo lo contrario de lo que te mando.

Para principio del clrigo, pones la merluza mala que trajiste esta
maana, sabes?, y que est apestando... Le echas bastante sal, y
despus la cargas de harina todo lo que puedas y la fres. Ponle todas
las tajadas, y se las embaular sin enterarse de si est buena o mala.
Es como los tiburones, que tragan todo lo que les echan. Para postre,
las nueces y el arrope, sabes? Le pones en la mesa la orza, y que se
harte; a ver si lo acaba. Est fermentando y no hay quien lo pase... Si
el seorito Maxi viniese antes de que est de vuelta, le pones de
principio una de las dos chuletas de ternera, la ms crecidita, y de
postre le sacas las pastas que trajo el bollero esta maana, y la carne
de membrillo que yo tomo. Conque a ver si lo haces todo al revs.

Cuando le daban tales pruebas de confianza, delegando en ella la
autoridad, la mona se creca, y aguzado su entendimiento por la vanidad,
desempeaba sus obligaciones de un modo intachable. Doa Lupe, que ya la
conoca bien, estaba segura de que sus rdenes seran cumplidas. Papitos
hizo con la cabeza signos de inteligencia, y se sonrea la muy tunanta,
pensando sin duda, aqu que no peco!... en la cantidad de sal que le
iba a echar a la merluza del seorito Nicols.

Doa Lupe permaneci un rato en la sala, sin moverse del silln en que
se sentara al entrar, con el manto puesto, la mano en la mejilla,
pensando en lo mismo. No haba vuelto an de su asombro, ni volvera en
mucho tiempo. Fortunata, de cuya casa vena, le haba dado mil duros
para que se los colocara del modo que lo creyera ms conveniente... y
sin querer admitir recibo... Al pronto sospech la seora de Juregui si
seran falsos los billetes... pero quia, si eran ms legtimos que el
sol! Tal prueba de confianza le llegaba al alma, porque no slo era
confianza en su honradez, sino en su talento para hacer producir dinero
al dinero... Pues adems, Fortunata, en el curso de la conversacin,
haba dado a entender que tena acciones del Banco, sin decir cuntas.
De dnde haba salido esta riqueza? Quizs Juanito Santa Cruz... quizs
Feijoo... Lo ms particular era que doa Lupe, por impulsos de
tolerancia que haban surgido bruscamente en su espritu, se esforzaba
en suponer a aquel caudal una procedencia decente. Fascinacin que la
moneda ejerce en ciertos caracteres, porque para estos lo bueno tiene
que tener buen origen!... Y por qu no ha de ser verdad todo eso del
arrepentimiento?...--se deca--. Lo que no me explico es una cosa... El
primer da me dijo Feijoo que estaba miserable... pero miserable, y
comindose sus ahorros. Pues si son estas las sobras...! En fin,
doblemos la hoja; pongmonos en un punto de vista imparcial, y no
hagamos juicios temerarios antes de tener datos seguros. Quin se
atreve a condenar a un semejante sin orlo? Sera una crueldad, una
injusticia. Eso de que siempre hayamos de pensar mal, me parece una
barbaridad... Pero me estoy aqu ensimismada, y si tardo, quizs no
encuentre en su casa a D. Francisco... l dir qu hacemos con todo este
_guano_.

Al bajar la escalera, sus pensamientos tomaban otro giro. Y qu guapa
est!... Es un horror de guapa. Y siempre tan modosita... Parece que no
rompe un plato. Cuando entr, por poco se desmaya. Y aquello no es
fingido... ella ser todo lo que se quiera; pero no hace papeles, no
tiene talento para hacerlos. En cuanto a modales, ha olvidado todo lo
que le ense... ser preciso volver a empezar... y de lenguaje seguimos
lo mismo. Ni la ms ligera alusin a los sucesos del ao pasado. Dir, y
con razn, que peor es meneallo....

Como tres horas largas estuvo doa Lupe fuera de su casa. Cuando volvi,
Nicols haba comido y marchdose, y Maximiliano estaba concluyendo. La
primer pregunta que hizo el ama a Papitos fue referente a las rdenes
que le haba dado.

No dej ni rastro replic la muchacha, enseando a su ama la fuente en
que haba servido la merluza.

--Y dijo algo?

--No poda decir nada, porque no paraba de tragar.

Doa Lupe se sonrea. Cerciorose de que a Maximiliano se le haba
servido conforme a sus rdenes, y despus de cambiar de ropa, dispuso su
propia comida, que era de lo ms frugal. Cuando entr en el comedor, ya
Maxi no estaba all, y media hora despus encontrole en su cuarto, sin
luz, sentado junto a la mesa y de bruces en ella, con la cabeza
sostenida en las manos, y agarradas estas al cabello, como si se lo
quisiera arrancar. Vindole tan sumergido en su tristeza, su seora ta
le dijo: Vamos, hombre, no te pongas as. No hay que tomar las cosas
tan a pechos... Lo que est de Dios que sea, ser. Cuando las cosas
vienen bien rodadas, no hay medio de evitarlas.

Y qu, la ha visto usted? dijo Maxi dejando al fin aquella posicin
violenta, y mirando con ansiedad a su ta.

--S... Me has mareado tanto... que al fin... Pues nada... la he visto y
no me ha comido. Es la misma panfilona inexperta de siempre.

--Est desmejorada?--Desmejorada? Qutate de ah. Lo que est es
guapsima. Por cada ojo parece que le salen cuantas estrellas hay en el
Cielo. A algunas personas la miseria les prueba bien.

--Pero qu, est miserable? Pasa necesidades?--pregunt el chico,
movindose con inquietud en la silla--. Eso no debe consentirse...

--No digo que tenga hambre... y tal vez... Su situacin no debe ser muy
desahogada. Hoy a las cuatro de la tarde, segn me dijo, no haba
entrado en su cuerpo ms que un poco de pan del da antes, un pedacito
de chocolate crudo, y al medioda una corta racin de bofes.

--Por Dios! Y usted consiente eso? Bofes...!

--Ser penitencia tal vez--replic la viuda en aquel tono de conviccin
ingenua que tomaba cuando quera jugar con la credulidad de su sobrino,
como el gato con la bola de papel.

--Francamente, ta, eso de que pase hambres... Yo no la perdono, no
puede ser... le aseguro a usted que eso... _jams, jams, jams_.

--Ya te he dicho que no es prudente soltar _jamases_ tan a boca llena
sobre ningn punto que se refiera a las cosas humanas. Ya ves el bueno
de D. Juan Prim qu lucido ha quedado con sus _jamases_.

--Pues a m no me pasar lo que a D. Juan Prim, porque s lo que digo...
Y como la restauracin depende de m, y yo no he de hacerla... Pero de
esto no se trata ahora. Aunque no ha de haber las paces, me duele que
pase hambre. Es preciso socorrerla.

--Pues volver all. Pero se me ocurre una cosa. Por qu no vas t?

--Yo!--exclam el exaltado chico sintiendo que los cabellos se le
ponan de punta.

--S, t... porque ests acostumbrado a que todo te lo den bien amasado
y cocido... Esto es cosa delicada... Yo no quiero responsabilidades. T
no eres ya un nio, y debes decidir por ti mismo estas cosas.

--Yo!, que vaya yo!--murmur el joven farmacutico, sintiendo un
temblor, un fro... Se pona malo de slo pensarlo.

--T, s, t... Djate de miedos y vacilaciones. Si lo quieres hacer lo
haces, y si no lo dejas.

--No tengo tiempo de ir--dijo Rubn tranquilizndose al encontrar tan
liviano pretexto.

Volvi a insistir doa Lupe con lenguaje duro en que l deba decidir
por s mismo aquel asunto de la reconciliacin, ver a Fortunata y
proceder en conciencia segn las impresiones que recibiera. Tanto y
tanto le predic, que al cabo el pobre muchacho hizo propsito de ir; y
al da siguiente, en un rato que le dej libre la botica, tom el camino
de la calle de Tabernillas, ms muerto que vivo, pensando en lo que
dira y lo que callara, con la penita muy acentuada en la boca del
estmago, lo mismo que cuando iba a examinarse. Al llegar y reconocer el
nmero de la casa, entrole tal espanto, que se retir, huyendo de la
calle y del barrio...

Al da siguiente hizo un segundo esfuerzo y pudo entrar en el portal;
pero ante la vidriera que daba paso a la escalera, se detuvo. Le
aterraba la idea de subir, y de su mente se haba borrado todo lo que
pensaba decirle. Aguard un rato en espantosa lucha, hasta que le
asaltaron ideas alarmantes como esta: Si ahora baja y me ve aqu.... Y
sali escapado por la calle adelante sin atreverse ni a mirar hacia
atrs. La tentativa del tercer da no tuvo mejor xito, y aburrido al
fin y desconcertado, resolvi expresarse con su mujer por medio de una
carta. Andando hacia la calle del Ave-Mara, iba discurriendo que deba
poner en la carta mucha severidad, y un ligero matiz de indulgencia, un
grano nada ms de sal de piedad para sazonarla. Dirale que no poda
admitirla en su casa; pero que con el tiempo... si daba pruebas de
arrepentimiento... En fin, que ya saldra la epstola tan guapamente.
Excitado por estas ideas y propsitos, entr en su casa, y al dirigirse
a su cuarto y or la voz de su ta que desde la sala le llamaba, sinti
en el corazn como si se lo tocaran con la punta de un alfiler... Entr
en la sala, y... lo que vieron sus ojos, Dios omnipotente!... Dios que
haces posible lo imposible! En la sala estaba Fortunata, en pie, lvida
como los que van a ser ajusticiados...

Maximiliano no cay redondo por milagro de Dios... Dijo _ah!_... y se
qued como una estatua. Tampoco ella chistaba nada y sus miradas caan
al suelo como pesas de plomo. Por fin el joven, en el ltimo grado de la
turbacin y del desconcierto, se aventur a hablar, y dijo algo as como
_buenas tardes_... y despus: _Yo cre que_... y luego: _De modo que
usted, ta..._ No, yo no me meto en nada--declar doa Lupe, que estaba
sentada como presidiendo--. Lo nico que he dispuesto es traerla aqu
para que frente a frente decidis... Fortunata, sintate.

Al recuerdo de su agravio sinti Maximiliano en su alma una reaccin
brusca contra aquel misticismo recin aprendido, ms hijo de la
necesidad que de la conviccin. Esto me parece prematuro dijo, y sali
de la sala.

Pronto se le reuni su ta en el despacho, y le dijo: Me parece bien tu
severidad. Pero las circunstancias... No me has dicho que era
indispensable pasarle un tanto diario para alimentos? Y te parece a ti
que estamos en disposicin de sostener dos casas?.

Tena el muchacho la cabeza tan alborotada, que no pudo hacerse cargo de
tales argumentos. Para l lo mismo era que su ta le hablase de dos
casas que de cuatro mil. Djeme usted--le dijo, casi sollozando--.
Estoy dejado de la mano de Dios.

Pues ya que est aqu, no se ha de marchar--prosigui doa Lupe en voz
baja--. La pondremos en el cuartito prximo al mo. Y basta. Ay!, que
siempre me han de tocar a m estos arreglos y composturas!... Sabes lo
que te digo? Pues que aqu tenis ocasin de deciros todas las perreras
que queris o de daros todas las explicaciones que juzguis
convenientes. Yo me lavo mis manos. A m no me metis en vuestras
contradanzas. Si queris llegar a un acuerdo, en hora buena sea, y si no
queris, tambin. Bastante servicio os hago con prestaros mi casa para
que os tomis el pulso hasta ver si hay paces o no hay paces. Y por
Dios, no me des ms jaquecas. Si pasan das y no salta la avenencia, se
acab. Pero no me deis ms jaquecas, por Dios, no me deis ms jaquecas.

Esto ltimo lo dijo en alta voz, saliendo ya al pasillo, de modo que lo
oyeron muy bien, Papitos en un extremo de la casa, y Fortunata en otro.
Esta qued desde aquella tarde en la casa, y su situacin era de las
menos airosas, porque su marido apenas le hablaba. Nicols haca el
gasto de conversacin en la mesa. Al segundo da, Fortunata dijo a doa
Lupe que se marchaba, lo que dio motivo a que la seora saliera por los
pasillos gritando: Por Dios, no me deis ms jaquecas... ya no puedo
ms. Que cada cual haga lo que quiera. Pero a pesar de esto, la esposa
no se march. Al tercer da, en medio de la reserva y hurao silencio
que entre ambos cnyuges reinaba, empez Maxi a soltar una que otra
palabra; luego ya no eran palabras, sino frases, y tras las clusulas
fras vinieron las tibias. Por fin se permiti algn concepto jovial. Al
quinto da se sonrea mirando a su mujer. Al sexto, Fortunata le miraba
con atencin corts cuando deca algo; al stimo, Maxi opinaba como ella
en toda discusin que en la mesa se trabase; al octavo le daba una
palmadita en el hombro; al noveno la seora de Rubn se interesaba
porque su marido se abrigase bien al salir, y al dcimo estuvieron como
un cuarto de hora secretendose a solas en un rincn de la sala; al
undcimo Maxi le apret mucho la mano al entrar, y al duodcimo exclam
doa Lupe como sacerdote que entona el _hosanna_: Vaya que os ponis
babosos. Por Dios, no me deis jaquecas. Si estis reventando por hacer
las paces, a qu tantos remilgos? Bien hago yo en no meterme en nada,
bendita de m.

Y de este modo se verific aquella restauracin, aquel restablecimiento
de la vida legal. Fue de esas cosas que pasan, sin que se pueda
determinar cmo pasaron, hechos fatales en la historia de una familia
como lo son sus similares en la historia de los pueblos; hechos que los
sabios presienten, que los expertos vaticinan sin poder decir en qu se
fundan, y que llegan a ser efectivos sin que se sepa cmo, pues aunque
se les sienta venir, no se ve el disimulado mecanismo que los trae.




--iii--


En los primeros das que sucedieron a este gran suceso, nada
ocurri digno de contarse. Y si algo hubo fue de puertas afuera. Voy a
ello. Una tarde estaban doa Lupe y Fortunata en la sala cosiendo unas
anillas a las magnficas cortinas de seda con que se haba quedado la
seora por prstamo no satisfecho, cuando Papitos, que se haba asomado
al balcn para descolgar la ropa puesta a secar, empez a dar chillidos:
Seoras, vengan, miren... cunta gente!... Han matado a uno.
Asomronse las dos seoras y vieron que en la parte baja de la calle,
cerca de la esquina de la de San Carlos, haba un gran corrillo que a
cada momento engrosaba ms. Hay un _cadvere_ difunto all en mitad de
la gente grit Papitos que tena medio cuerpo fuera del balcn.--Yo veo
un bulto tendido en el suelo--dijo doa Lupe.--Ves t algo?... Ser
algn borracho. Pero observa qu multitud se va reuniendo. Como que los
coches no pueden pasar... Y mira qu policas estos. Ni para un remedio.

Seora, mndeme por los fideos... Ya sabe que no hay... dijo la mona.

--Vamos... lo que t quieres es curiosear...

--Mndeme--repiti la chiquilla dando brincos entre risuea y
suplicante.

--Pues anda--dijo doa Lupe, que aquel da estaba de buen humor--; si no
sales te vas a caer por el balcn. Pero ven prontito... y ten cuidado de
limpiarte bien los pies en los felpudos que hay en la portera, porque
hay muchos barros... Mira cmo pusiste la alfombra cuando volviste de
avisar al carbonero.

Sali Papitos ms pronta que la vista, y estuvo fuera como unos veinte
minutos. Su ama la vio entrar en la casa y fue a abrirle la puerta...
Te has restregado bien las patas?.

--S seora... mire.--Ahora aqu otra vez... Sabes lo que debes hacer
siempre que subes?, refregarte bien en el limpia-barros del vecino, en
ese que est ah.

--En este?--dijo la mona, bailando el zapateado en el limpia-barros del
cuarto de la izquierda.

--Porque todos los pisotones de menos que le demos al nuestro, eso vamos
ganando.

--Sabe, seora, sabe?...--agreg Papitos, que a pesar de venir sofocada
de tanto correr, segua bailoteando en el felpudo ajeno--. No sabe lo
que hay all? Es una mujer que parece est bebida; pero muy bebida... Y
no acierta quin es?, la se Mauricia.

--Pero oyes, mujer, has odo?--dijo doa Lupe desde el pasillo
volviendo a la sala--. Mauricia... borracha... ah tienes lo que rene
tantsima gente.

--Pero la viste bien?, ests segura de que es ella?--pregunt
Fortunata pasado el primer momento de asombro.

--S, seorita, ella es...

--Pero hija--observ doa Lupe volviendo a asomarse con
oficiosidad...--cree que me hace esto una impresin... Y los de Orden
Pblico que no parecen!... Ah!, s, la levantan... Qu mujer!... Miren
que ponerse en ese estado.

--Ahora se la llevan... Est como un cuerpo muerto--deca Fortunata,
acordndose de las escenas que haba presenciado en el convento.

--S, se la llevan a la Casa de Socorro o al hospital... Pero quia!,
no... Suben. Apostamos a que la traen a la botica?

--Si tiene rajada la cabeza en salva la parte...--afirm Papitos dando a
conocer grficamente las dimensiones de la herida--. Y echaba la mar de
sangre... que corra por la calle abajo, como corre el agua cuando
llueve.

Cuando pasaba bajo los balcones el cuerpo inerte de Mauricia la Dura,
cargado por los de Orden Pblico y escoltado por el gento, Fortunata se
quit del balcn, porque le faltaba nimo para presenciar tal
espectculo. Doa Lupe y Papitos s que lo vieron todo, y esta tuvo an
la pretensin de que su ama la dejase ir a la botica para ver la cura
que le hacan a _aquella borrachona_. Pero esto ya era mucha libertad, y
aunque la chiquilla imagin diferentes pretextos para bajar, no se sali
con la suya.

A la hora de comer, Maximiliano habl del caso, describiendo la cura y
haciendo augurios poco lisonjeros sobre la suerte de la enferma.

Tienes razn--observ la viuda--. Me parece que de este barquinazo no
sale. Pobre mujer! Tener ese vicio! De veras lo siento, pues no hay
otra como ella para correr alhajas.

Refiri entonces Maxi un pasaje curiossimo y reciente de la historia de
la tal Mauricia, que haba sido contado aquella misma tarde, despus de
la cura, por el Sr. de Aparisi, uno de los que solan ir de tertulia a
la botica. Pues esa buena pieza, en una de las tremendas borrascas que
le produce el maldito vicio, fue recogida de la calle por los
protestantes, que tienen su capilla y casa en las Peuelas. Enterose
doa Guillermina, la seora esa que pide para los hurfanos de la calle
de Alburquerque, y lo mismo fue saberlo, que volarse... Vean ustedes.
Plantose en la casa de los protestantes a reclamar a la tarasca. Tun,
tun... quin?... yo... Y sali el pastor, que es uno que llaman D.
Horacio, que tiene el pelo colorado y ralo, como barbas de maz; sali
tambin la pastora, su mujer, que es una tal doa Malvina... buenas
personas los dos, porque lo protestante no quita lo decente. Entre
parntesis, se distinguen por su independencia en el vestir. Doa
Malvina le hace las levitas a D. Horacio, y D. Horacio le arregla los
sombreros a doa Malvina. Total, que estos inglesones lo entienden: no
gastan un cuarto en sastres ni modistas. Pero voy al cuento. Los
pastores se las tuvieron tiesas, y doa Guillermina ms tiesas todava.
Religin frente a religin, la cosa se iba poniendo fea. Los
protestantes decan que la mujer aquella les haba pedido limosna y
proteccin; doa Guillermina lo negaba, acusndoles de haberla sonsacado
y de haber ido a buscarla a su propia casa. D. Horacio dijo que nones y
que hara valer sus derechos luteranos ante el mismo Tribunal Supremo;
amoscose la otra, y doa Malvina sac el libro de la Constitucin, a lo
que replic Guillermina que ella no entenda de constituciones ni de
libros de caballeras. Por fin, acudi la catlica al Gobernador, y el
Gobernador mand que saliese Mauricia del poder de Poncio Pilatos, o sea
de D. Horacio.

--Ves, qu cosas?--observ doa Lupe--. Ah tienes los belenes que se
arman por la religin. Bien deca mi Juregui que l era muy liberal,
pero que no le petaba por la libertad de cultos.

--Pues agurdense ustedes, que falta lo mejor. D. Horacio, como ingls
que sabe respetar las leyes, obedeci la orden del Gobernador,
reservndose el sostener su derecho ante los tribunales. Pero cuando le
dijo a Mauricia que se marchara, esta no quiso, y empez a poner de oro
y azul a doa Guillermina, hallndose esta presente, y a todas las
seoras de las Juntas catlicas, diciendo que eran unas tales y unas
cuales.

--Qu bribona! Si es atroz... le entran esos toques, y no sabe lo que
dice.

--Doa Guillermina no se acobard por esto, ni renunci a llevrsela. Se
fue pian pianino, y se sent en la puerta, en un guardacantn que hay
all. Todos los das iba a ponerse en el mismo sitio, como un centinela.
El pastor y la pastora le decan que pasara y ella contestaba que muchas
gracias... Y por fin ayer se volvieron las tornas, porque Mauricia se
enfureci, y acometiendo a doa Malvina le llen la cara de araazos...
D. Horacio llama a los de Orden Pblico, y la tarasca se mete en la
capilla, rompe el plpito, vuelca el tintero, hace pedazos todos los
libros, arma una barricada con las sillas, y coge la copa en que ellos
comulgan, y... la profana del modo ms indecente. Cost trabajo echarla
a la calle... Al salir, tras!... doa Guillermina, que me le echa un
cordel al pescuezo y se la lleva. Todo esto lo ha contado Aparisi, que
lo sabe por el mismo D. Horacio y por doa Guillermina, y porque tuvo
que intervenir como teniente alcalde que es del distrito... A Mauricia
la pusieron en casa de una hermana que vive ah por la calle de Toledo;
y se conoce que all tampoco la pueden sujetar, por lo que se ha visto
esta tarde. De la botica la llevaron a la Casa de Socorro.

Esta relacin era demasiado larga para los pulmones de Maximiliano, por
lo cual lleg al trmino de ella fatigadsimo. Todos se pasmaron del
cuento, y doa Lupe compadeci a la Dura, deplorando que con vicio tan
inmundo malograse las cualidades de inteligencia corredora que posea.
En cuanto a Fortunata, se senta profundamente lastimada, y deseaba que
su marido acabase de contar aquellos tristsimos lances, para que la
conversacin recayese en otro asunto. Pero no fue posible, porque hasta
el trmino de la comida no se habl ms que de Mauricia, de los
protestantes y del insano vicio de la embriaguez; y por fin, Nicols
sac a relucir sucesos ocurridos en las Micaelas, evocando el testimonio
de Fortunata. Esta, muy contra su voluntad, no tuvo ms remedio que
referir los novelescos pasajes del ratn, las visiones y de la botella
de coac; pero lo hizo a _grandes rasgos_, para acabar ms pronto.




--iv--


Aquella noche se fueron a Variedades, que est a dos pasos del
Ave-Mara. Otra ventaja de aquel barrio sobre Chamber es que se puede
ir de noche a ver una piececita o a pasar un rato en cualquier caf, sin
hacer caminatas de media legua, ni usar el tranva. A Fortunata no le
gustaba ir al teatro ni presentarse en pblico. Senta inexplicable
miedo de las miradas de la gente, y aunque pocos o ninguno la conocan,
figurbase que la conocan todos, y que de cada boca sala un comentario
acerca de ella. Por desgracia, asunto no faltaba. Pero si la miraban los
hombres, era para admirarla, y si cuchicheaban luego, rara vez decan
algo fundado en un conocimiento verdadero de la realidad. Otro motivo
del terror que el teatro y los sitios pblicos le inspiraban era
encontrar _caras conocidas_, y este recelo la tena como azorada y sobre
ascuas durante la funcin.

En la casa se hallaba muy bien. Haba tenido seguramente en su vida
temporadas de mayor felicidad, pero no de tan blando sosiego. Haba
visto das, los menos, eso s, en que brillaba echando chispas el sol
del alma, seguidos de otros en que se apagaba casi por completo; pero
nunca vio una tan inalterable y mansa corriente de das tibios, iguales,
de penumbra dulce y reparadora. Llevbase muy bien con doa Lupe, y con
su marido le pasaba lo ms extrao que imaginar pudiera. No digamos que
le quera, segn su concepto y definicin del querer; pero le haba
tomado un cierto cario como de hermana o hermano. No era ni poda ser
el hombre por quien la mujer da su vida, encontrando espiritual goce en
este sacrificio; era simplemente un ser cuya conservacin y bienestar
deseaba. Y as como se supone y casi se entrev una tierra lejana cuando
se va navegando a la aventura, as entrevea ella la contingencia de
quererle con amor ms firme, y de pasar a su lado toda la vida, llegando
a no desear nunca otra mejor. En vez de rehuir las obligaciones de su
casa, Fortunata haca por extenderlas y aumentarlas, conociendo que el
trabajo le ayudaba a sostenerse en aquel equilibrio, sin balances de
dicha, pero tambin sin penas, el corazn adormecido y aplanado, como
baj la accin de un blsamo emoliente. Acordbase de los dos casos que
le haba presentado el bueno de Feijoo, y pensaba si ocurrira lo que
ella tuvo por ms inverosmil, esto es, que se realizara el primero.
Llegara a conformarse con tal vida, y a contenerse con aquel fruto
desabrido del amor sin apetecer otro ms dulzn y menos sano?...

Maximiliano, en cambio, no poda vencer su inquietud. Ningn motivo
tena para sospechar de su mujer, cuya conducta era absolutamente
correcta. Doa Lupe y l convinieron en que jams Fortunata saldra sola
a la calle, y esto se cumpla al pie de la letra. Pero ni con tales
seguridades acababa de tranquilizarse. Deseaba ardientemente tener
hijos, por dos motivos: primero, para echarle a su cara mitad un lazo
ms y ligaduras nuevas; segundo, para que la maternidad desgastase un
poco aquella hermosura esplndida que cada da deslumbraba ms. La
desproporcin entre las estaturas de uno y otro, y entre el conjunto de
su apariencia personal, mortificaba tanto al pobre chico, que haca
esfuerzos imposibles y a veces ridculos para amenguar aquella falta de
armona. Encargbase calzado con tacones altos, y se esmeraba en vestir
bien y en atender a ciertos perfiles de que slo se ocupan los _dandys_.
Desgraciadamente, aunque Fortunata apenas se compona, la desproporcin
era siempre muy visible. Pero Maxi vea con gozo que su esposa se
cuidaba poco de hacer resaltar su belleza, mirando con desdn las modas,
y se alegraba por dos razones tambin: porque as se igualaran algo los
dos consortes _o haran ms juego_, y porque as la miraran menos los
extraos.

Desde la restauracin de su legalidad domstica haba abandonalo por
completo las lecturas filosficas, reverdeciendo en su alma el mal
curado dolor de su afrenta y los odios vengativos. Aquel ascetismo y
aquel _ver a Dios en s_ fueron nada ms que obra fugaz de la tristeza,
o quizs de las circunstancias, y existan en su mente como esas
lecciones, pegadas con saliva, que los estudiantes aprenden en los
apuros del examen. Sus nuevas obligaciones en la botica le llamaban del
lado de la qumica y de la farmacia, y se dedic a esto con verdadero
ardor, deseando aprender. Decale doa Lupe que inventase algn
especfico, alguna papa cualquiera o antigualla que con nombre peregrino
y nuevo pasase por prodigioso hallazgo; pero l se resista porque lo
consideraba impropio de la ciencia. Ta y sobrino tenan sobre esto
altercados muy vivos... Como si fuera un crimen idear cualquier clase
de pldoras, cpsulas o grajeas, y all te va un nombre!.... Cpsulas
_hipoquitropticas vegetales_... o _animales_, lo mismo da... del Doctor
Rubn... _infalibles_... contra cualquier cosa... contra la tisis... o
el moquillo de los perros... Lo que importa es _descubrir_ algo y
plantarle unas etiquetas muy chillonas con tu retrato... Eres un
mandria. Si no inventas t un especfico, al fin tendr que inventarlo
yo... Fortunata, dile que invente, hija, convncele... Podis ganar ros
de oro.

Pocas veces vea Fortunata al seor de Feijoo, que iba a la casa de
visita, ceremoniosamente, y se estaba all como una hora, charlando ms
con la seora de Juregui que con la de Rubn. El simptico viejo
pareca contento; pero los achaques le pesaban cada da ms, y ya en
Abril no sala a la calle sino acompaado de un criado. En una de sus
visitas habl a solas con su amiga, en trminos tan paternales que a
ella le falt poco para llorar. Todo iba bien, perfectamente bien, y ya
se habra convencido la chulita del valor de sus lecciones y consejos. A
Maxi le agradaba poco la amistad de Feijoo, sin que a punto fijo supiera
por qu. Pero lo ms particular era que a la misma Fortunata, al mes de
aquella vida, empezaron a serle menos gratas las visitas de D. Evaristo.
Su gratitud y afecto hacia l eran siempre los mismos; pero no poda
menos de considerar la presencia de su antiguo protector en la casa como
una monstruosidad. Ser verdad--pensaba--, como me ha dicho l, que de
estas barbaridades increbles est llena la vida humana?... Qu cosas
hay, pero qu cosas!... Un mundo que se ve, y otro que est debajo,
escondido... Y lo de dentro gobierna a lo de fuera... pues... claro...
no anda la muestra del reloj, sino la mquina que no se ve.

Al anochecer entr doa Lupe, despus de haberse limpiado el lodo de las
suelas en el felpudo del vecino. Oye una cosa--dijo a Fortunata,
quitndose el manto--. He sabido esta tarde que Mauricia se est
muriendo. Pobre mujer! Tenemos que ir a verla. No es lejos: calle de
Mira el Ro. Diole esta noticia su amiga Casta Moreno, que la supo por
Cndido Samaniego. Doa Guillermina haba sacado del Hospital a
Mauricia, trasladndola a casa de la hermana de esta, y la asista el
mdico de la Beneficencia Domiciliaria y de la Junta de seoras. La
infeliz tarasca viciosa, con estos cuidados y las ternezas de doa
Guillermina, y ms an, con la proximidad de la muerte, estaba que
pareca otra, curada de sus maldades y arrepentida _en toda la extensin
de la palabra_, diciendo que se quera morir lo ms catlicamente
posible, y pidiendo perdn a todos con unos ayes y una religiosidad tan
fervientes que partan el corazn. Te digo que si esto es verdad, habr
que alquilar balcones para verla morir. Maana nos vamos all.

Doa Lupe no iba a ver a Mauricia por pura caridad. Tiempo haca que
Guillermina la fascinaba, ms por el seoro que por la virtud, y ya que
la gran fundadora iba a hacer patente su santidad, teniendo por corte a
las damas ms encopetadas, en lugar accesible a doa Lupe, por qu no
haba esta de intentar meter la jeta? Pues qu, no era ella tambin
_dama_? Sobre estos particulares habl largamente con Casta Moreno, que
algunas noches iba de tertulia con sus dos hijas a casa de Rubn, y la
viuda de Samaniego se haca lenguas de Guillermina, conceptundola
sobrenatural. Y era pariente suya, lejana, por los Morenos! El amor
propio y el orgullo inflaban a doa Lupe cuando se consideraba
mangoneando en cosas de beneficencia elegante a las rdenes de la
ilustre fundadora. Una contra tendra esto si llegaba a realizarse, y
era que no haba ms remedio que dar algo de _guano_.

A la maana siguiente, vistindose para salir, pens mi doa Lupe si
debera ponerse el abrigo de terciopelo. Pero pronto cay en la cuenta
de que era un disparate. Sobre que se le mojara, porque el da estaba
lluvioso, no era propio aquel regio atavo del lugar, personas y ocasin
de la visita. Tiempo tena de darse pisto con el abrigo, la capota y
otras prendas. Encarg a Fortunata que se vistiese con sencillez, y ella
se puso algo ms apaadita, de modo que resultase siempre la conveniente
distancia.




-VI-

Naturalismo espiritual




--i--


Al entrar en la calle de Mira el Ro, encontraron a Severiana, a
quien doa Lupe haba visto algunas veces. Llevaba un vaso con medicina,
tapado con un papel a estilo de botica antigua. Doa Lupe la interrog,
y enterada la otra de que iban a ver a su hermana, hizo gustosamente de
introductora, guindolas por el sucio portal, la menos sucia y tortuosa
escalera, hasta llegar al corredor. Ya se sabe que la vivienda de
Severiana era una de las mejores de aquel falansterio, y que por su
capacidad y arreglo bien poda pasar por lujosa en semejante vecindad.
Viva en compaa con aqulla una tal doa Fuensanta, viuda de un
comandante, y la casa responda a esta situacin comanditaria, pues
constaba de dos salitas enteramente iguales, cada una con ventana a la
calle. Entre la puerta y la sala primera haba un pasillo, en el cual se
vea la artesa de lavar y la entrada de la cocina, cuya reja daba al
corredor. Dos piezas interiores completaban el cuarto. Cuando
Guillermina, comprendiendo el fin prximo de Mauricia, indujo a
Severiana a sacarla del hospital por tercera vez y llevarla a su casa,
la seora viuda del comandante cedi su cuarto para tan benfico objeto,
trasladando sus muebles al cuarto de otra vecina. Mauricia fue, pues,
instalada en la segunda de las dos salitas. Severiana tena su cama en
la alcoba interior, y la sala primera estaba destinada a recibir
visitas, como lo declaraban el relativo lujo de la cmoda, las sillas de
Vitoria nuevecitas, el sof de lo mismo, la mesa con cubierta de hule,
el cuadrito de los _dos corazones amantes_, el de la _Numancia_ en mar
de musgo, los retratos de militares cuados de Severiana, la estera de
esparto flamante y sin ningn agujero, de empleitas rojas y amarillas, y
en fin, las laminotas que recientemente haban sido adquiridas en el
Rastro por una bicoca. Eran excelentes grabados ya pasados de moda, el
papel viejo y con manchas de humedad, los marcos de caoba, y
representaban asuntos que nada tenan de espaol, por cierto, las
batallas de Napolen I, reproducidas de los un tiempo clebres retratos
de Horacio Vernet y el barn Gros. Quin no ha visto el _Napolen en
Eylau_, y _en Jena_, el _Bonaparte en Arcola_, la _apoteosis de
Austerlitz_ y la _Despedida de Fontainebleau_?

Doa Lupe y Fortunata entraron, precedidas de Severiana, en el aposento
de la enferma, que estaba incorporada en la cama. Le haban cortado el
pelo das antes para poderle curar la herida de la cabeza; su perfil
romano se haba acentuado; era ms fina la nariz, la quijada inferior
abultaba ms, y la extenuacin le agrandaba los ojos. Las curvas airosas
de la boca eran ms rasgueadas, y la decomisura de los labios, que
pareca obra de un agudo punzn, dbale cierto aspecto de grandeza cada
o de humillacin sublimemente resignada. Las crdenas ojeras le cogan
media cara; el superciliar sala como una visera; los ojos, hermosos y
ardientes, quedbanse all dentro, y rodeados de aquella piel morada
relumbraban ms, como si acecharan el acaso que iba a pasar. Las cejas
negras formaban una sola lnea recta. La frente era espaciosa, con un
mechn de pelo negro... En fin, que la Dura completaba la historia
aquella expuesta en las paredes: era el _Napolen en Santa Helena_.

Cuando doa Lupe y Fortunata la saludaron, las estuvo mirando un rato,
como si tardara en reconocerlas. Despus las nombr. Qu voz! Siempre
fue ronca la voz de Mauricia; pero haba bajado ya a lo ms grave del
diapasn. Dios mo!--se dijo Fortunata, oyndola despus de mirarla--,
si parece un hombre...!. Doa Lupe, en tanto, sentndose en una de las
sillas de paja, pronunciaba las frases de consuelo propias de la
ocasin, aadiendo: Eso para que aprendas... y tengas formalidad.

A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento.

Mauricia se volvi para Fortunata, que se haba sentado junto a la
cabecera; la mir mucho, sin decir nada; despus clav sus ojos en el
techo, rezongando: S... bien mala he sido, bien re-mala.... Y vuelta
otra vez hacia su amiga, le dirigi estas palabras:

Oye t, arrepintete... pero con tiempo, con tiempo. No lo dejes para
ltima hora, porque... eso no vale. T tampoco eres trigo limpio, y el
da que hagas sbado en tu conciencia, vas a necesitar mucha agua y
jabn, mucha escoba y mucho estropajo....

Con tan buena fe lo dijo, que Fortunata no poda ofenderse. A doa Lupe
le pareci la amonestacin muy impertinente y descorts, porque a santo
de qu vena el hablar de pecados ajenos, teniendo tantos propios de qu
ocuparse? Verdad que su sobrina poltica no haba sido un modelo; pero
ya estaba corregida y no haba que volver sobre lo pasado. Ya sabemos
que te tratan muy bien dijo, para variar la conversacin.

--Gracias a la madre de los pobres--declar Severiana, que estaba en pie
arreglando la cama--, no le falta nada. Qu seora esa!

--Una santa!--exclam doa Lupe en el tono ms encomistico--. No le d
usted otro nombre, porque ese es el que le cae bien...

--Pero esta se ha cerrado a no comer--dijo la hermana mirndola--, y sin
comer no viven ms que los camaleones.

--Pero ayunas, de verdad?....

--Para pasar el caldo tenemos que drselo con Jerez... y por la maana,
para que pase una tostadita, hay que darle un dedito de la horchata de
cepa, y por la noche otro dedito...

--Pero de veras le dais... esa perdicin?--pregunt alarmadsima doa
Lupe.

--Lo ha mandado el mdico. Dice que es medicina. Parece aquello de _al
revs te lo digo_.

--Qu cosas!... Y no te comeras t--le propuso Fortunata--, un
muslito de gallina, una ruedita de merluza, una croquetita?

Slo de or hablar de comida se pona peor Mauricia. Le temblaban mucho
las manos, y de rato en rato le daban como ataques de asfixia, siendo su
respiracin muy difcil, y quejndose de irresistible calor. Hallndose
presentes la de Juregui y su sobrina, estuvo la Dura un ratito como
quien desea romper a toser y no puede. Las tres mujeres la miraban con
pena, lamentndose de no saber aliviarle aquel ahogo... Bebe un poco de
agua le dijo Fortunata incorporndose. Pero aquello pas, y la infeliz
volvi a hablar, cortando mucho las frases y tomando aire a cada
palabra.

Ayer me trajeron a la nia... qu guapa y qu seorita est!....

--Pero no la tienes contigo?--pregunt la de Rubn.

--No, seora. Si est en el colegio...--replic Severiana--; interna en
el colegio de seoritas de doa Visitacin.

--S... ms vale que est... all... _desapartada_ de m. Ayer... qu
pena!... no me conoci... Tanto tiempo sin verme!... me tena miedo...
pobrecita de mi alma!... miedo, as como se dice... Ni que su madre
fuera el coco...

En esto oyeron pasos, y miraron todas a la puerta. Era doa Guillermina,
que entr, como siempre, muy apresurada, encendidas las mejillas, con su
perdurable mantn oscuro, sus zapatones, su falda de merino. Doa Lupe y
Fortunata se levantaron, y la fundadora salud con aquella gracia y
amabilidad que eran iguales para el Rey y para el ltimo de los
mendigos. Doa Lupe crey que no la reconocera, pues slo se haban
hablado una vez en la funcin del Asilo; pero s la reconoci, y aun la
nombr, porque Guillermina era como los grandes capitanes, que tienen
memoria felicsima de nombres y fisonomas, y soldado con quien hablan
una vez, no se les despinta. Mi sobrina dijo la viuda presentndola, y
Guillermina la mir sonriendo. No me es desconocida su cara... la he
visto en las Micaelas... Por muchos aos. En seguida dirigiose a
Mauricia, apoyando ambas manos en la cama. Y qu tal te encuentras
hoy? Comeras algo?... Nada, este chubasco te pasar pronto. Maana
recibirs a Dios. Cmo va esa conciencia? Buen limpin te vamos a dar.
Eso te conviene ms que nada. Yo te quera coger por mi cuenta y hacerte
confesar, porque dicindole t misma al Seor lo buena pieza que eres,
el Seor te dara su gracia... Con que prepararse. Esta tarde volver el
padre Nones. Me ha dicho que te confesaste bien. Se me figura que an
tendrs algunas heces que sacar, eh?.

Mauricia se sonrea, cortada y confusa. Con la cabeza dijo que s.

--Pues estos pozos endurecidos hay que echarlos fuera, porque el demonio
se agarra de cualquier cosa--dijo la santa, acaricindole la barba--.
Con que ya sabes... maana tenemos aqu gran fiesta... Te parece? Viene
a visitarte el que hizo los Cielos y la Tierra... Te parecer a ti que
no lo mereces... Pues aunque no lo merezcas, l viene, y sabido se
tendr por qu.

La vivacidad, la gracia y el fervor con que Guillermina deca estas
cosas, impresionaron a las cuatro mujeres que las oan. Severiana
soltaba dos lagrimones. Fortunata senta en su alma tanta admiracin por
aquella mujer, que le habra besado la orla del vestido. Luego dicen
que ya no hay gente buena en el mundo--pensaba--. Pues y esta?...
Cuidado que mandar todo a paseo, casa, parientes, fortuna, querer, y
sacrificar su juventud para andar toda la vida entre miserias...!.
Asustbase de medir con el pensamiento la distancia que haba entre ella
y la ilustre seora; distancia infinita sin duda, y que en manera alguna
poda acortarse, pues aunque la gente santa pecara, y ella hiciera
muchas obras de caridad, las dos almas no llegaran jams a verse
prximas.

La fundadora, con aquella actividad vivaracha que en todo pona, dict a
Severiana algunas disposiciones para la ceremonia que se preparaba.
Aqu pondrs la mesilla que est en la otra sala, y se har el altar.
Yo te mandar un crucifijo, y buscaremos flores... La ropa de la cama
hay que ponerla limpia, y adornar todo el cuarto lo mejor que se
pueda....

Luego pas a la sala, seguida de doa Lupe, que quera meter baza a todo
trance: Tendremos sumo gusto en venir maana. Aprecio mucho a Mauricia,
que a no ser por el maldito vicio, sera una buena mujer, trabajadora,
fiel... Y dgame usted: de noche habr que velarla. Yo no tendra
inconveniente en quedarme alguna noche; y si no, mi sobrina....

--Dios se lo pague a usted... Se acepta, se acepta. Pngase usted de
acuerdo con Severiana. La comandanta y yo nos hemos quedado anoche. Se
necesitan dos personas, porque cuando le dan convulsiones, cuesta Dios y
ayuda sujetarla.

--Verdaderamente--manifest doa Lupe con adulacin--; los ejemplos que
usted da, seora, hacen que todas las dems seamos mejores de lo que
seramos si usted no existiera.

La flor estaba bien ideada; pero Guillermina se ech a rer,
agradeciendo la flor, pero no querindola tomar.

Ejemplos yo! Eso quisiera. Me vendra bien que alguien me los diese a
m. Ay, hija! Estoy para que me enseen, no para ensear.

--Usted qu ha de decir? Ni aun le gusta que le saquen la cuenta de
todo lo que vale... Pues, amiga, no sea usted tan buena y rebajaremos.

--Quite usted, quite usted... Eso lo dice por disimular. Sabe Dios las
misericordias que usted, a la calladita, habr hecho en este mundo, con
esta misma Mauricia tal vez...! Y ahora me las quiere colgar a m.

--Yo!... Jess! No digo que no tenga yo tambin algunas buenas obras
en mi cuentecita del cielo; pero compararme con usted...! Calle por
Dios, seora.

--En fin, no es cosa de que nos pongamos a reir por quin peca menos...
le parece a usted?--dijo la fundadora, uniendo la cortesa a la
modestia, y permitindose el caracterstico guiar de ojos, un tanto
picaresco--. Mi lema es este: haga cada uno lo que pueda y lo que sepa,
y Dios ver.

--Eso mismo pienso yo...--Conque, usted me dispensar... tengo mucho que
hacer. Hasta maana; no faltar...

Entre tanto, la de Rubn estaba sola con la enferma, porque Severiana se
fue a la cocina. Le arregl las almohadas, y despus ambas se estuvieron
mirando. Fortunata pensaba en la simpata inexplicable que aquella mujer
le haba inspirado siempre, a pesar de ser tan loca y tan mala. Sera
tal simpata un parentesco de perversidad? Ejerca sobre ella una
atraccin querenciosa, y como le dijera algn concepto lisonjero a su
corazn, sentalo retumbar en su mente cual si fuera verdad pronunciada
por sobrenatural labio. Mil veces analiz la joven este poder fascinador
de su amiga, sin lograr encontrarle nunca el sentido. Cosas del
espritu, que no las entiende ms que Dios!

Mauricia pareca melanclica y sosegada. Qu seora esa!--exclam
Fortunata--. Habr nacido de madre como nosotras?.

--Apuesto a que no--replic la Dura--. Qu mujer!... El da que me
quiso sacar de esos indinos protestantes, me entr el toque y la
insult... Qu mala fui!... (Iba a soltar un terno; pero se contuvo,
porque le estaba absolutamente prohibido pronunciar palabras feas,
siendo esto para ella un gran martirio, a causa de la poca variedad de
trminos de su habitual lenguaje)... Y ella, como si le dijeran nia
bonita...

No has visto otra. _Mia _ que traerme aqu y cuidarme como me cuida!,
re...! No s cmo hablar... _Mia_ que esto que hace conmigo!... Es
prima hermana del Nazareno; no hay quien me lo quite de la cabeza...
Figrate lo que suponemos nosotras al comps de ella... nosotras que
hemos sido unos peines...! Es que ni arrepentidas valemos para
descalzarle el zapato. Pues djate que venga la otra... tambin aquella
es de la piel de Cristo...

--Quin?--La amiguita, la que protege a mi nia...

Fortunata vio delante de s, sbitamente, una oscura niebla que se le
iba encima... El corazn le dio un salto... Jacinta--dijo--; pues qu,
tambin viene aqu esa?.

--Ayer estuvo... Ella misma traa mi nia. Mira; cretelo porque te lo
digo yo: cuando entr _paica_ que entraba una luz en el cuarto.

Fortunata senta ganas de echar a correr.

Pero todava le tienes tirria?... Ay, qu mala eres! Perdnala, que
bien lo merece. Te quit tu hombre; pero ella no tena culpa. Qu
roa!... ay!, se me escap. Palabra fea, vulvete para adentro; no,
qudate fuera... Pues chica, no seas pava... crees t, que el mejor da
no te vuelve a querer tu D. Juan?... Como si lo viera. Cuando una se va
a morir, ve las cosas claras, muy claritas; la muerte la alumbra a una,
y yo te digo que tu seor volver contigo.

Es ley, hija, es ley, que no puede faltar... Y si me apuras, te dir que
a Jacinta no se le importa un pito. A cuenta que no le quiere nada...
Estas casadas ricas, como viven con _tantismo_ regalo, no quieren a sus
maridos... quieren a otros. No lo digo por ella, Dios me oiga, aunque
sabe Dios lo que har, lo cual no quita que sea mayormente un ngel y
que reparta muchas caridades.

Fortunata no deca nada. La enferma se inclin hacia ella, y dndose
unos aires evanglicos, en el tono que podra emplear un pastor de
almas, le amonest as: Arrepintete, chica, y no lo dejes para luego.
Vete arrepintiendo de todo, menos de querer a quien te sale de _entre
ti_, que esto no es, como quien dice, pecado. No robar, no _ajumarse_,
no decir mentiras; pero en el querer, aire, aire!, y caiga el que
caiga. Siempre y cuando lo hagas as, tu miajita de cielo no te la quita
nadie.

Algo iba a contestarle su amiga; pero no pudo porque entr doa Lupe
dndole prisa para marcharse. Era un poco tarde y tenan que ir a otra
parte antes de regresar a casa. Despidironse con promesa de volver al
da siguiente, y salieron. Por la calle hablaban de Guillermina, de
quien dijo la de Juregui: Es una mujer esa que electriza; y cuando se
la trata, sin querer se vuelve una tambin algo santa... Cincuenta y
tres reales me deba Mauricia.

Yo, de todas maneras, se los haba perdonado; pero ahora, crelo, me
alegrara de que me debiera lo menos doscientos, para perdonrselos
tambin.




--ii--


Dos horas antes de la sealada para que Mauricia recibiera a Dios,
ya estaba all la fundadora. Pero Severiana, en qu ests
pensando?--fue lo primero que dijo al entrar por el pasillo--. Quita de
aqu esta artesa. Vaya un adorno! Ropa sucia y agua de jabn....

--Seorita, lo iba a quitar... Pase usted. Me han dicho las vecinas que
las dos lminas de Napolen que caen al lado del altar deben quitarse,
porque era muy protestante, _masnico_ y...

--Djate de tonteras... Y cmo est esta pjara hoy? Qu tal, hija?

Aquel da estaba bastante aplanada, las manos ms temblorosas,
respirando lentamente, aunque sin gran fatiga, con invencible tendencia
a permanecer muda y quieta, los ojos vagando por el techo o por la pared
de enfrente, cual si siguiera el vuelo de una mosca.

Enterose la dama minuciosamente de cmo haba pasado la noche, de
quines se quedaron a velarla, de lo que haba dicho el mdico en la
visita de la maana. A todo contest Severiana: el doctor haba mandado
que se le diera doble dosis de _la nuez cmica_, seguir con las
cucharadas por la noche, las papeletitas por el da, y a sus horas el
Jerez o Pajarete. Guillermina, sin dejar de or esto, empezaba a poner
su atencin en otra cosa. Frente a la ventana y formando ngulo recto
con la cama haban puesto la mesa, que deba ser altar, y en ella estaba
de rodillas Juan Antonio, el marido de Severiana, fijando en la pared
todos los clavos que crea necesarios para suspender la decoracin
proyectada.

No clavetee usted ms, por Dios... Parece que va a derribar la casa...
Y que el ruido la molestar... Pero qu van a poner ustedes ah?.

La comandanta entr con unos pedazos de damasco rojo y amarillo, que
haban sido cortinas cuarenta aos antes, pasando despus por distintos
usos. Con aquella tela se forrara la pared, formando la bandera
espaola, y en el centro se pondra una lmina del Cristo del Gran
Poder, propiedad de la portera. No me parece mal--dijo Guillermina,
sacando del estuche sus anteojos y calndoselos--. A ver, Juan Antonio,
si se luce usted. Y flores, no tenemos?.

De trapo... ver usted--replic Severiana llevando a la seora a su
alcoba y mostrndole un montn de flores de papel dorado, tul y talco
extendidas sobre la cama. Haba tambin all cintas de cigarros, y esas
rosas con hojas plateadas que sirven para decorar los pitos de San
Isidro. Esto es muy feo--opin la santa--, pero no hay naturales, o
siquiera ramaje?.

--S seora... El vecino del 6, que es no s qu de la Villa, me ha
prometido traer rama de pino y carrasca. Esto lo pondr Juan Antonio por
arriba haciendo cenefas...

--Buscar algn bonito tiesto de _bonibus_, hija; no se os ocurre
nada--dijo Guillermina, volviendo a la sala--, y en las ramas verdes
atis flores de trapo, y resulta muy bonito--. Vaya, Juan Antonio, no
ms clavazn; ya estn bien sujetas las cortinas. Ahora, culgueme usted
la Virgen de las Angustias debajo del Seor, y a los lados...

La comandanta entr trayendo un cuadrote que representaba a Po IX
echando la bendicin a las tropas espaolas en Gaeta. Para hacer juego,
propuso Juan Antonio poner al otro lado la _Numancia_. Guillermina
vacil en dar su asentimiento; pero al fin... una risita y un guio
resolvieron la duda. Poner el barquito, ponerlo, que todo lo de la mar
es de Dios.

Sali luego al corredor, y habiendo notado que la escalera no estaba
barrida an, llam a la portera. Pero usted en qu est pensando? No
le han dicho que hoy viene el Seor a esta casa? Y est ese portal que
da asco mirarlo! Coja usted la escoba mujer. Si no, la coger yo. Qu,
se cree usted que no lo hago como lo digo?.

La portera vio que doa Guillermina se quitaba el manto... No,
seorita, no sea tan viva de genio. Barreremos... pero ya ver lo que
tarda esta granujera en volver a ensuciarlo.

--Pues lo vuelve usted a barrer. Baj la seora al patio, donde haba
entrado un ciego tocando la guitarra y estaban algunos chiquillos
jugando a los toros. Eh, nios, hoy es preciso que tengamos mucha
formalidad. Y cuidadito con echarme basura en el portal y en la
escalera. Estas eneas y juncos que habis esparcido en el patio, me los
vais a recoger y entregrselos a su dueo.

Los chicos oyeron esto sin chistar. En el fondo del patio se haba
establecido un sillero que haca fondos de junco y tena montones de
ellos arrimados a la pared, los unos teidos de rojo y puestos a secar,
los otros sin teir, cortados y apilados. Eran enemigos jurados de este
industrial los _chavales_ de la vecindad, que bonitamente le robaban los
juncos para sus juegos y diabluras. Al ver a la santa parlamentando con
ellos, sali de su tenducho y encarndose con la infantil cuadrilla, les
dijo:

Ya veis, gateras, lo que _vus_ dice la seorita. Que _vus_ estis
quietos, que _vus_ estis callados, que si no, _vus_ llevar a todos a
la crcel.

--Tiene razn el maestro Curtis--dijo la fundadora, poniendo la cara ms
severa que le fue posible--. A la crcel van atados codo con codo, si no
se portan hoy como es debido, hoy que viene a honrar esta casa el...

La interrumpi un sacerdote anciano que entr y fue derecho hacia ella.
Era el Padre Nones. Buenos das, maestra. Ya est usted en planta,
oficiando de capitana generala.

--Tengo que estar en todo. Si yo no tratara de ensear a esta gente la
buena crianza, vendra usted luego con el Santsimo y tendra que entrar
pisando lodo, y cuanta inmundicia hay.

--Y qu importa?--observ Nones riendo.

--Claro que no importa; pero por qu no hemos de tener limpieza y
decoro delante del Seor, siquiera por estimacin de nosotros mismos? Se
limpia la casa cuando vienen el teniente alcalde y el mdico del
Ayuntamiento con sus bastones de borlas, y se ha de dejar sucia cuando
viene el... Pero cllese usted hombre, por amor de Dios--esto se lo
deca al ciego de la guitarra, que habindose enterado de la presencia
de la seora, quiso que esta conociera la suya, y se acercaba tanto, que
al fin pareca querer meterle por los ojos el mango del instrumento. Al
propio tiempo tocaba y cantaba hasta desgaitarse...

Que se calle usted... por amor de Dios... Nos deja sordos--dijo la
santa sacando su portamonedas--.

Tenga, y a la calle a cantar. Hoy no quiero aqu fandangos. Me
entiende?.

Marchose el porfiado ciego, y la fundadora sigui hablando con el Padre
Nones: Suba usted a ver si me la reconcilia y le da la ltima pasadita.
Parceme que no est muy bien dispuesta. La encuentro peor de la
enfermedad del cuerpo; y en cuanto al alma, cada vez la entiendo menos.
Qu ideas tan extraas! Arriba, arriba. Nos veremos luego. Yo no me voy
ya de la casa hasta que se acabe todo.

Subi Nones, y la dama, despus de recomendar al sillero y a otros
vecinos que barrieran la delantera de las respectivas puertas, iba a
subir tambin; pero le interceptaron el paso dos sujetos que bajaban.
Era el uno don Jos Ido del Sagrario, a quien no conoceran los testigos
de sus romnticas hazaas al principio de esta historia, segn estaba ya
de bien trajeado y limpio. Visto por detrs, pareca otra persona; mas
de frente, lo desengonzado de su cuerpo, la escualidez carunculosa de su
cara y el desarrollo cada vez mayor de la nuez, le declaraban idntico a
s mismo. El que le acompaaba era un infeliz msico, habitante en el
segundo patio y en el mismo cuchitril en que anidara antes Izquierdo. Lo
primero que se notaba en l era la gran bufanda que le envolva el
cuello subiendo en sus vueltas hasta ms arriba de las orejas, y
descendiendo hasta el pecho. Llevaba gorra con galn, y de la bufanda
para abajo toda la ropa era de pursimo verano, y adems adelgazada por
el uso. Temblaba de fro, y con el brazo derecho oprima los aros
broncneos de un trombn, dirigiendo la abollada boca hacia adelante
como si quisiera bostezar con ella en vez de hacerlo con la suya propia.

Este amigo--dijo Ido, en son de presentacin--, este amigo mo... un
italiano, seora... se llama el seor de Leopardi, un artista
desgraciado. Pues me ha dicho que si la seora quiere, naturalmente, se
pondr en la escalera cuando pase el Santsimo y tocar la marcha
real....

El otro infeliz murmur algo, con marcado acento extranjero, llevndose
a la gorra la temblorosa mano.

Pero qu cosas se le ocurren a este hombre! Ave Mara
Pursima--exclam Guillermina con benevolencia--. Djese usted de
marchas reales... No, no se quite la gorra; se va usted a constipar.
Caballeros, aqu, y durante la ceremonia, mientras menos msica, mejor.

Ido y Leopardi se miraron desconcertados. A la observacin de la seora
no se ocult lo mal que estaba de ropa el infeliz artista, y le dijo que
se fuera a su cuarto, que tocara all el trombn todo lo que quisiese y
por fin que... Yo ver si encuentro por ah unos pantalones.

Subi al principal, y de puerta en puerta exhortaba a los grupos de
mujeres que all estaban peinndose. A las doce... que no vea yo aqu
estos corrillos, estamos? Y barrerme bien todo el corredor. La que
tenga velas que las saque; la que tenga flores o tiestos bonitos que los
lleve all... Y todos estos pingajos que aqu veo colgados, estn ahora
dems.

Sirven estos ramos de caracoles? dijo la del guarda de consumos,
mostrndolos en la puerta de su casa.

--Ya lo creo. Llvalos. Y t, Rita, recgete esas melenas, mujer, que
pareces una cmica. Es preciso que estis todas muy decentes.

La mujer del sereno se dispona a encender el farol de su marido y a
ponerlo colgado del chuzo en la reja de la cocina. Otra preguntaba si
vala el quinqu de petrleo. A las nias que deban salir al portal con
velas, se les pusieron los pauelos de Manila llamados de talle, y la
que tena botas nuevas se las calzaba; la que no, sala como estaba, con
las alpargatas llenas de agujeros. No se quiere lujo, sino decencia
repeta Guillermina, que comunicaba su actividad febril a todos los
vecinos y vecinas de la casa. Cuando volva al cuarto de Severiana,
encontr al Padre Nones que sala. Le he enderezado las ideas, maestra;
ahora est bien preparada--le dijo el clrigo que, por su alta estatura,
tena que encorvarse para hablar con ella--. Voy a la iglesia. Dentro de
tres cuartos de hora estamos aqu.

Entr la fundadora en la casa y vio el altar, que estaba muy bien. Juan
Antonio haba claveteado las flores de trapo al borde de los lienzos de
damasco, formando como un marco. Resultaba un conjunto bonito y muy
simptico, y as lo declar la seora, echndole sus gafas. Luego
cubrieron la mesa con una colcha muy hermosa que la comandanta, mujer de
gran habilidad, haba hecho para rifarla. Era de cuadros de malla,
combinados con otros cuadros de _peluche_ carmes. Encima se puso un
pao de altar trado de la parroquia, que tena un hermoso encaje.
Trajeron luego las ramas de pino, y para colocarlas fue preciso
improvisar bcaros con barrilitos de aceitunas y de escabeche, que Juan
Antonio cubri y decor con pedazos de papeles pintados. Era papelista,
y en su arte, con paciencia y engrudo, haca maravillas. Se colocaron
los ramos de caracoles, cajitas de dulce y estampas; y por fin, los
retratos de los dos sargentos hermanos de Juan Antonio, con su pantaln
rojo, muy a lo vivo, y los botones amarillos, asomaban por entre las
ramas de pino, como soldados que estn en emboscada acechando al
enemigo.

Poco despus apareci Estupi, de capa verde, trayendo bajo los
pliegues de ella una cosa que abultaba mucho y que guardaba con respeto.
Era el crucifijo de bronce de Guillermina, hermosa escultura de bastante
peso, y que Plcido no quiso entregar a nadie sino a la misma duea de
l. Esta sali al pasillo, recibi de manos de Rossini la sagrada
imagen, y quitndole el pauelo de seda que la envolva, entr con ella
en la sala, parecindose mucho, en tal momento, a una verdadera santa
escapada del Ao Cristiano para recibir culto en el pintoresco altar,
que simbolizaba la ingenua sencillez y firmeza de las creencias del
pueblo. Puso el Cristo en su sitio, regocijndose mucho con la
admiracin que produca el bronce en los circunstantes, y despus sali
a dar rdenes a Estupi. Vaya usted a la parroquia para que acompae
al Santsimo, y diga que traigan pronto las velas que se han de repartir
aqu.

En esto, ya haban entrado Fortunata y su ta, ambas de negro, muy
decentes, y mientras la de Juregui meta su cucharada en el corro de
Guillermina, la otra pas a ver a Mauricia. Encontrola como aturdida,
sin saber lo que le pasaba. A las preguntas que le hizo, responda con
la mayor concisin, porque el temor de decir alguna palabra fea
enfrenaba sus labios. Estaba reducida a usar tan slo la tercera parte
de los vocablos que emplear sola, y an no se le quitaban los
escrpulos, sospechando que tuviese en algn eco infernal las voces ms
comunes. Lo que Fortunata le oy claramente fue esto: Ay, qu gusto
salvarse!...

Pero al punto frunci Mauricia el ceo. Le haba entrado la sospecha de
que la palabra _gusto_ fuese mala. Comunic estos temores a su amiga,
quien la tranquiliz sonriendo, y por fin le dijo que siendo su
intencin limpia, no importaba que se le saliese de la boca sin querer
algn trmino sucio. Creyolo as la enferma; pero no las tena todas
consigo y estaba como bajo la presin de un gran temor. En un momento
que cogi a Fortunata sola, le dijo temblorosa: Arrepintete de todo,
chica, pero de todo... Somos muy malas... t no sabes bien lo malas que
somos.




--iii--


Se acercaba la hora, y en el patio sonaba el rumor de emocin
teatral que acompaa a las grandes solemnidades. El pueblo ocupaba el
sitio infalible que la curiosidad dispone. En el portal no se caba, y
todos los chicos del barrio se haban dado cita all, cual si creyeran
que sin ellos no poda tener lucimiento alguno la ceremonia. Guillermina
recorra toda la _carrera_, desde la puerta del cuarto de Severiana
hasta la de la calle, dando rdenes, inspeccionando el pblico y
mandando que se pusieran en ltima fila las individualidades de uno y
otro sexo que no tenan buen ver. Haba venido de la parroquia un hombre
asacristanado, y estaba repartiendo la carga de velas que trajo.

En la parte del corredor que haba de recorrer el Vitico, mand que se
pusieran las nias que lucan pauelo de talle, y como no tuvieran
velas, orden que se les diesen. Abocose a ella la comandanta, como un
edecn de parada, para decirle que en la calle, frente al mismo portal,
se haba puesto un condenado pianito, tocando jotas, polkas, y _la
cancin de la Lola_; que esto era una irreverencia y no se poda
consentir. A lo que replic la santa que no deban ocuparse de lo que
pasase fuera; pero observando al punto que el profano instrumento
molestaba mucho y estorbaba la edificacin del vecindario, por el
apetito que algunos sentan de ponerse a bailar, baj al portal y habl
con el de Orden Pblico que all estaba. Todos los individuos de este
cuerpo que conocan a Guillermina, la obedecan como al mismo
gobernador. Total, que el piano tuvo que salir pitando, y sus arpegios y
trinos se oan despus perdidos y revueltos, como si alguien estuviera
barriendo sus notas por la calle de Toledo abajo.

Lleg el momento hermoso y solemne. Oase desde arriba el rumor popular;
y luego, en el seno de aquel silencio que cay sbitamente sobre la casa
como una nube, la campanilla vibrante marc el paso de la comitiva del
Sacramento. El altar estaba hecho un ascua de oro con tantsima luz, que
reflejaba en el talco de las flores. Haba sido entornada la ventana, y
todos de rodillas esperaban. El _tiln_ sonaba cada vez ms cerca; se le
senta subir la escalera entre un traqueteo de pasos; despus llegaba a
la puerta; vibraba ms fuerte en el pasillo entre el muge-muge de los
latines que vena murmurando el aclito. Apareci por fin el Padre
Nones, tan alto que pareca llegaba al techo, un poco encorvado, la
cabeza blanca como el velln del Cordero Pascual, llevando agasajado el
porta-formas entre los pliegues de la capa blanca. Arrodillose ante el
altar y all estuvo rezando un ratito. Mauricia estaba en aquel instante
blanca, difana, y sus ojos entornados y como sin vida miraban al
sacerdote y lo que entre manos traa. Guillermina se le puso al lado y
acerc su rostro al de ella. Cuando el sacerdote se aproximaba, la santa
susurr al odo de la enferma, como secreto de ngeles, estas palabras:
Abre la boca. El cura dijo: _Corpus Domini Nostri_, etc. y todo
qued en silencio, y los prpados de Mauricia se abatieron, proyectando
sobre las ojeras la sombra de sus largas pestaas.

Poco despus sali la comitiva, precedida de la campanilla, entre la
calle formada por mujeres arrodilladas, con velas o sin ellas. Se sinti
que bajaba, que sala y se alejaba por la calle. Cuando ya no se oa ms
el _tiln_, Guillermina, cesando de rezar, acerc su cara a la de
Mauricia y empez a darle besos. Todas las dems, lloriqueando, la
felicitaban con ruidosos aspavientos, y por fin la misma santa hubo de
mandar que cesaran aquellas manifestaciones de regocijo, porque la
enferma se afectaba mucho, y podra resultarle algn retroceso
peligroso. Mas por efecto de la excitacin, Mauricia no senta dolor ni
molestia alguna; estaba como bajo la accin de fortsimo anestsico, de
los que producen efectos infalibles aunque pasajeros. Desde la edad de
doce aos, en que la llevaron a comulgar por primera vez, no haba
vuelto a verse en otra como aquella, y con la impresin recibida
retrogradaba su pensamiento a la infancia, llegando hasta adormecerse
por breves momentos en la ilusin de que era nia inocente y pura, y de
que, como entonces, ignoraba lo que son pecados gordos.

Tambin mand Guillermina despejar la habitacin y que se apagaran las
luces. Entre la mucha gente que haba entrado, veanse dos mujeres muy
bien vestidas a la chulesca, con mantn color caf con leche, delantal
azul, falda de tartn, pauelos de color chilln a la cabeza, el peinado
rematado en _quiquiriqu_ con peina de bolas, el calzado de la ms
perfecta hechura y ajuste. Parecan deseosas de hablar a Mauricia; pero
no se atrevan a adelantarse hasta la cama. Guillermina, concluida la
ceremonia, no les quitaba ojo, y por fin resolvi darles el quin vive.
Seoras mas--les dijo--, qu bueno traen ustedes por aqu? Si han
venido por devocin, me parece muy bien. Pero si vienen a curiosear,
siento tener que decirles que tomen la puerta y que aqu no hacen falta
para nada.

Salieron las tales muy corridas, echando de sus bocas, por la escalera
abajo, palabras absolutamente contrarias a los latines que pocos
momentos antes se haban odo en el propio sitio. Todas las que
presenciaron la _indirecta_ que les ech la seora, la celebraron mucho,
dicindole doa Lupe al pasar a la sala: Vaya unas despachaderas que
tiene usted, amiga ma. Eso se llama carcter.

--Una de ellas--dijo Severiana--, es _Pepa la Lagarta_... mujer de
historia, sabe?... la que dicen mat a su marido con una aguja de coser
serones... muy amigota de Mauricia, a quien debe quinientos reales... Y
no se los puede sacar... Pero creen ustedes que no tiene dinero? Ya
quisiera yo... Gasta como una marquesa, y el mes pasado coste, en San
Cayetano, una novena a la Virgen de las Angustias, que era lo que haba
que ver...

--Novena?--S, porque sanara el _Clavelero_, un chulito que tiene muy
guapn, el cual recibi un achuchn en la plaza de Legans... como que
le entr el pitn por salva la parte... Pues el _Clavelero_ san. Y
eso...? Vea usted, seora, qu cosas hace la Virgen!

--Ella se sabr lo que le conviene, tonta.

Poco despus se retir Guillermina. La casa volvi a tomar su aspecto
ordinario. La comandanta y doa Lupe estaban en la sala hablando de la
rifa de la maravillosa colcha que decoraba el altar. Fortunata y
Severiana acompaaban a Mauricia, que se aletargaba lentamente, pues no
haba dormido nada la noche anterior. Doa Fuensanta, deseosa de mostrar
a la seora de Juregui sus habilidades, la invit a pasar a la casa
inmediata. Hay que decir de paso que doa Lupe estaba algo
desilusionada, pues haba credo que Guillermina iba siempre a sus
visitas benficas con un regimiento de seoras. Pero dnde estn esas
_damas distinguidas_ de que hablan los peridicos? Por lo que voy
viendo, aqu no viene ms _dama_ que yo.

Viendo Fortunata que Mauricia se dorma profundamente, sali a la sala.
No haba nadie. Acercose a la ventana, mirando a la calle por entre los
cristales, y all estuvo un largo rato con la atencin vagabunda y el
pensamiento adormilado, cuando un rumor en el pasillo la sac de su
abstraccin. Al volverse, se qued atnita, viendo a Jacinta que,
detenida en la puerta, alargaba la cabeza para ver quin estaba all.
Traa de la mano una nia, vestida a la moda, pero con sencillez y sin
pizca de afectacin de elegancia. Avanz hacia Fortunata; interrogndola
con aquella sonrisa angelical que vista una vez no se poda olvidar.
Senta la de Rubn una gran turbacin, mezcla increble de cortedad de
genio y de temor ante la superioridad, y se puso muy colorada, despus
como la cera. Debi Jacinta preguntarle algo; sin duda la otra no acert
a responderle. La seora de Santa Cruz se acerc a la puerta que
comunicaba con la otra sala. Entonces Fortunata, que se hallaba detrs,
dijo: Se ha quedado dormida.

Volvindose hacia ella, otra vez le ech Jacinta aquella mirada y
aquella sonrisa que la asesinaban. En ese caso, esperaremos un poco,
indic en voz casi imperceptible, sentndose en una de las sillas de
paja. Fortunata no saba qu hacer. No tuvo valor para marcharse, y se
sent en el sof. Casi en el mismo instante la Delfina sintiose vacilar
en su asiento, porque la silla estaba invlida, y se pas al sof.
Hallronse las dos juntas, tocando falda con falda. Fortunata, por no
mirar a su rival, miraba a la nia, a quien aquella tena en pie delante
de s, cogindola de las manos. Observ la de Rubn el trajecito azul de
Adoracin, sus botas, todo su decente atavo, y en aquella inspeccin
fisgona que hizo, sus miradas y las de Jacinta se encontraron alguna
vez. Oh, si t supieras al lado de quin ests! pensaba Fortunata, y
aqu su temor se desvaneca un tanto, para dejar revivir la ira. Si yo
te dijera ahora quin soy, padeceras quizs ms de lo que yo padezco.
Adoracin quera decir algo; pero Jacinta le tapaba la boca, y mirando a
la de Rubn se sonrea con esa ingenuidad que indica ganas de trabar
conversacin. Comprendiolo la otra, diciendo para s: No, pues yo no he
de buscarte la lengua. La nia, aquel dato vivo de la bondad de la
Delfina, no poda menos de determinar en Fortunata un pensamiento
distinto de los anteriores. Pero sus renovados odios trataban de
envenenar la admiracin: Oh!, s, seora--pensaba--. Ya sabemos que
tiene usted un sin fin de perfecciones. A qu cacarearlo tanto...? Poco
falta para que lo canten los ciegos. Si estuviramos como usted, entre
personas decentes, y bien casaditas con el hombre que nos gusta, y
teniendo todas las necesidades satisfechas, seramos lo mismo. S,
seora; yo sera lo que es usted si estuviera donde usted est... Vaya,
que el mrito no es tan del otro jueves, ni hay motivo para tanto bombo
y platillo. Y si no, venga usted a mi puesto, al puesto que tuve desde
que me enga _aquel_, y entonces veramos las perfecciones que nos
sacaba la mona esta.

Y las miradas de la de Santa Cruz volvieron a flecharla. Eran un
comentario que con los ojos pona a la tontera o pueril gracia que
Adoracin acababa de decirle. Sin saber cmo, aquel nuevo flechazo trajo
a la mente de Fortunata un pensamiento que en cierto modo se eslabonaba
con la presencia de la nia. Acordose de que Jacinta haba querido
recoger a otro nio, creyndolo hijo de su marido... Y mo...!
creyndolo el mo!. Desde la altura de esta idea, se despe en un
verdadero abismo de confusiones y contradicciones... Habra hecho ella
lo mismo? Vamos, que no... que s... que no, y otra vez que s.... Y
si el _Pituso_ no hubiera sido una falsificacin de Izquierdo; si en
aquel instante, en vez de mirar all a la nia de Mauricia, viera a su
pobre Juann...! Le entraron tan fuertes ganas de echarse a llorar, que
para contenerse evoc su coraje, tocando el registro de los agravios,
segura de que le sacaran del laberinto en que estaba. Porque t me
quitaste lo que era mo... y si Dios hiciera justicia, ahora mismo te
pondras donde yo estoy, y yo donde t ests, grandsima ladrona.... No
sigui, porque Jacinta, no pudiendo resistir ms las ganas de entablar
conversacin, la mir otra vez y le hizo esta preguntita: Qu tal
estuvo la Comunin? Y Mauricia, qu tal?.... He aqu a la prjima otra
vez turbada y sin saber lo que le pasaba. Muy bien... pero muy bien...
Mauricia contenta....

Agradeci mucho Fortunata que en aquel momento se abriese suavemente la
puerta de la alcoba y apareciera la cabeza de Severiana. Hacia ella fue
corriendo Adoracin. Chitito--le dijo su ta, entrando pasito a paso--.
No hagas ruido, que tu mam est dormida. Tiempo hace que no ha cogido
un sueo tan largo. Ay, seorita, lo que se perdi usted! Ha estado
todo tan bien, que daba gusto.

Mientras la Delfina y Severiana hablaban, Fortunata, que continuaba
sentada, examin con curiosidad a la esposa de _aquel_, fijndose
detenidamente en el traje, en el abrigo, en el sombrero... No le pareca
propio venir de sombrero; pero por lo dems, no haba nada que criticar.
El abrigo era perfecto. La de Rubn hizo propsito de encargarse el suyo
exactamente igual. Y la falda, qu elegante! Dnde se encontrara
aquella tela? Seguramente era de Pars.

Oyose la voz ronca de Mauricia. Su hermana entr corriendo, y Jacinta
miraba por el hueco de la puerta entornada. Cuando Severiana volvi a la
sala, la seorita dijo: Yo no entro. Pase usted con la pequea. Yo me
quedo aqu. A pesar de lo trastornadas que estaban sus facultades,
Fortunata supo apreciar el verdadero sentido de aquella resistencia de
Jacinta a presentarse con la nia. Era un sentimiento de modestia y
delicadeza. Quera sustraerse a las manifestaciones de gratitud de la
pobre enferma, y evitarle a esta el sonrojo de su desairada situacin
como madre.

Ser por eso por lo que no quiere entrar?--se pregunt mirndola de
espaldas--. Qu remilgos estos! Cuando digo que me cargan a m estas
perfecciones... Qu monas nos hizo Dios! Pues lo que es yo, s entro.

Severiana se acerc a la cama, llevando de la mano a la chiquilla.
Mira, mira lo que te traigo... Cul visita te gusta ms? Esta o la
que estuvo antes?.

Mauricia le ech los brazos a su hija y le dio muchos besos. Un poco
asustada, la nena bes tambin a su madre, sin efusin de cario, y como
besan a cualquier persona los chicos obedientes, cuando se lo manda la
maestra. Ay, qu mala he sido!--exclam la enferma, tambin sin
efusin, como quien cumple un trmite...--. Nia de mi alma, bien haces
en querer a la seorita ms que a m, porque yo he sido ms mala que
arrancada, re...!. Atravessele el vocablo, y ella hizo como que
escupa algo. Luego revolvi a todos lados sus miradas anhelantes,
diciendo: Severiana, o t, o cualquiera, si quisierais darme!....

Doa Lupe y la comandanta haban entrado tambin. Qu tal, Mauricia?
Hoy es para ti da feliz. Recibes a Dios, y ves a tu nena. Oh, qu maja
est!.

Pero la Dura tena todo su ser embargado por la ardentsima ansiedad
fsica que experimentaba, y sus ojos de guila se fijaron en Severiana
que escanciaba en un vaso algo del contenido de una botella. El licor
brillaba con reflejos de topacio engastado en oro. Cmo lo miras,
bribona!--pens la escptica y observadora doa Lupe--. Esa es la
Eucarista que a ti te gusta, el Pajarete.... Y vindoselo tomar, deca
la muy picarona: Eso, saborate bien, y relmete. No lo hacas as
cuando recibas a Dios....

Despus del _trinquis_, Mauricia pareci como si resucitara, y su cara
resplandeca de animacin y contento. Entonces s demostr que en el
fondo de su ser existan instintos y sentimientos maternales; entonces
s que abraz y bes con efusin tiernsima a la hija que haba llevado
en sus entraas... Y tanto se excit, que temiendo le diera un sncope,
quitronle de los brazos a la nena. S, que te lleven, que te quiten de
mi lado... No merezco tenerte... Me tienes miedo, rica... Como que
cuando seas maosa, no te dirn 'que viene el coco', sino 'que viene tu
madre'. Ay, qu pena!... Pero estoy conforme. Dicen que tengo que
salvar... Ay, qu gusto! Y mi hija est mejor en la tierra con la
seorita que conmigo en el Cielo... Y nada ms.

Adoracin rompi a llorar entre afligida y espantada. Total, que
tuvieron que llevrsela, porque aquel espectculo no poda prolongarse.
Mauricia segua dando besos al aire y diciendo cosas que enternecan a
las dems... S, s--pens doa Lupe, que tambin estaba conmovida--.
Cunto quieres a tu hija!... Te la beberas!.

Fortunata no aguard al fin de la escena. Senta en su interior un
trastorno tan grande, que una de dos, o rompa en llanto o reventaba.
Refugiose en el cuarto interior, y echndose sobre un bal, se ech a
llorar. Los sentimientos que desataban aquel raudal de lgrimas no eran
nicamente los producidos por la situacin del momento; eran algo
antiguo y profundo, sedimentado en su alma, su tradicional desgracia, el
despecho combinado con un vago deseo de ser buena, sin poderlo
conseguir... Cuidado que esto es de lo que se dice y no se cree.

Muchas lgrimas haba derramado cuando sinti el ruido del coche de
Jacinta que parta, y entonces sali a la sala. Doa Lupe se despeda de
la comandanta, ofrecindole tomar diez papeletas de la rifa de la
colcha, y haca una sea a su sobrina indicndole que era hora de
retirarse. Dieron un vistazo y un apretn de manos a la enferma, y
salieron. Cuando iban por la calle, doa Lupe, que comprendi cunto
haba impresionado a su sobrina el encuentro con la seora de Santa
Cruz, intent dos o tres veces aludir a esto; pero la prudencia y un
sentimiento de delicadeza retuvieron su charlatana lengua.




--iv--


En el portal de su casa se separaron; doa Lupe subi y Fortunata
fue a la botica, donde Maxi estaba solo, haciendo un emplasto. Contole
su mujer lo que haba visto aquel da, recordando con feliz memoria
todos los pormenores. La visita de Jacinta fue omitida discretamente. Al
farmacutico le agradaba que su cara mitad anduviera en aquellos trotes
de beneficencia, viese buenos ejemplos y se familiarizara con aquellos
cuadros hondamente humanos de la miseria y de la muerte, pues sin duda
seran ms provechosos a su espritu que los saraos, bullangas y
diversiones.

A la hora de comer se hablaba de lo mismo, y ponderaba doa Lupe la
solemnidad conmovedora del acto de aquel da. Discutiose si deban
volver por la noche a la calle de Mira el Ro o irse a Variedades a ver
una pieza; mas como Fortunata mostrase gran repugnancia a las funciones
teatrales, prevaleci lo primero, y Maxi, muy complacido de aquella
aplicacin a las obras de piedad, prometi que las acompaara y que
ira a recogerlas a las once. Y como no haya esta noche quien se quede
a velar, me quedar yo dijo la viuda, a quien no se le coca el pan
hasta no dar a Guillermina prueba palmaria de humildad y abnegacin.
Opusironse a esto el sobrino y su mujer, diciendo el primero que bueno
era lo bueno, pero no lo demasiado. La de Juregui deca con deliciosa
modestia: Si yo no lo hago por buscar un elogio; si no hay en esto el
menor asomo de mrito...! Yo resisto perfectamente una noche toledana, y
hasta dos y tres. De modo que....

Las nueve sera, cuando los tres entraban por el portal de la casa de
corredor, y no fue poco su asombro al ver en el patio resplandor de
hoguera y multitud de antorchas, cuyas movibles y rojizas llamas daban a
la escena temeroso y fantstico aspecto. Qu era aquello? Que los
granujas de la vecindad haban pegado fuego a un montn de paja que en
mitad del patio haba, y despus robaron al maestro Curtis todas las
eneas que pudieron, y encendindolas por un cabo empezaron a _jugar al
Vitico_, el cual juego consista en formarse de dos en dos, llevando
los juncos a guisa de velas, y en marchar lentamente _echando latines_
al son de la campanilla que uno de ellos imitaba y de la marcha real de
cornetas que tocaban todos. La diversin consista en romper filas
inesperadamente, y saltar por encima de la hoguera. El que llevaba el
copn, bien abrigadito con un refajo atado al cuello, daba las zapatetas
ms atrevidas que se podran imaginar, y hasta vueltas de carnero,
poniendo todo su arte en recobrar la actitud reverente en el momento
mismo de tomar la vertical. En fin, que semejante escena daba una idea
de aquella parte del Infierno donde deben tener sus esparcimientos los
chiquillos del Demonio. Maximiliano y su mujer se detuvieron un rato a
ver aquello; pero doa Lupe dirigi a la infantil tropa miradas y
expresiones de desdn, diciendo que la culpa la tenan los padres que
tal sacrilegio consentan.

Subieron, y cuando Fortunata pas a la alcoba de Mauricia, que estaba
sola, retirose Maxi, diciendo que volvera a las once. Estaba aquella
noche la enferma sumamente inquieta, y lo poco que hablaba no era un
modelo de claridad. El temor de pronunciar palabras malas pareca
haberse desvanecido en ella, porque escupi de sus labios algunas que
ardan. La memoria no deba de estar muy firme, porque cuando su amiga
le dijo: Sosigate y acurdate de lo de esta maana replic: Lo de
esta maana...!, qu ha sido...?. Y mirando con extraviados ojos al
techo, pareca entregarse al doloroso trabajo de recordar, cazando las
ideas como si fueran moscas. Ms presente que la administracin del
Sacramento tena el _paso_ con su hija; ay, qu paso!... No vistes a
_la_ Jacinta?--pregunt a Fortunata, volvindose de un costado y
ponindole la mano en el hombro...--. Habl contigo?... T eres una
sosona y no tienes genio... Si a m me llega a pasar lo que te ha pasado
a ti con esa pastelera; si el hombre mo me lo quita una mona golosa, y
se me pone delante, ay!, por algo me llaman Mauricia la Dura. Si me la
veo delante, digo, y me viene con palabras superfirolticas... la trinco
por el moo y as, as, le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto....
Uniendo la accin a la palabra, Mauricia haca contorsiones violentas,
se destapaba, rechinaba los dientes... no pudiendo sujetarla Fortunata,
llam a Severiana: Ay, venga usted! Est diciendo mil disparates...
por Dios, vea usted de reducirla... Dele algo para que se calme,
aguardiente....

A m no me puede nadie--grit la infeliz con frenes, los ojos
desencajados, forcejeando contra los cuatro brazos que la queran
sujetar--. Soy Mauricia la Dura, la que le abri una ventana en el casco
a aquella ladrona que me robaba los pauelos, la que le arranc el moo
a la Pepa, la que le ara la cara a doa Malvina la _protestanta_...
Sultame tiorra pastelera, o de una mordida te arranco media cara.
Persona decente t!... t, que dejas un soldado pa tomar otro... t que
tienes ya el corazn como la puerta de Alcal, de tanta gente como ha
entrado por l... Ja, ja, ja... Loba, ms que loba, so asquerosa, juda,
con ms babas que un perro tioso... cara de escupidera, zurrn, celemn
de peinetas... vers qu recorrido te doy... as, as, y te arranco la
nariz, y te escupo los ojos, y te saco todo el mondongo.... Por fin no
eran voces humanas las que de sus labios llenos de espuma salan, sino
rugidos de fiera sujeta y acorralada. No pudiendo librar sus brazos de
los vigorosos que la contenan, sus dedos se agarraron con rabia
epilptica a lo que encontraban, y queran deshacer y rasgar la sbana y
la colcha. El fatigoso mugido iba calmndose poco a poco, las
contorsiones eran menos violentas, y por fin, cay en un colapso
profundsimo. La sedacin era instantnea, y a la misma muerte se
pareca.

La seora de Rubn estaba aterrada. Severiana le dijo: ya ha tenido
esta noche tres achuchones de estos, y anteanoche tuvo seis. Si viniera
el mdico la aplacara dndole esos pinchacitos que llaman _yeciones_...
sabe?, una gotita de morfina. Sin duda por esta frecuencia de los
accesos vealos Severiana con relativa calma, como los que se
acostumbran a los prodigios del dolor humano en las clnicas. A poco de
tranquilizarse Mauricia, la otra se dedic a preparar la lmpara que
deba arder toda la noche, un vaso con agua, aceite y una mariposa
encima.

Media hora estuvo la tarasca como dormida, pronunciando en sueos
retazos de palabras y fragmentos de clusulas groseras, como retumban en
lontananza los dejos de la tempestad que ha pasado. Despert luego, y
con voz sosegada dijo a su amiga: Ests aqu?... qu gusto me da
verte! De todas las personas que veo aqu, la que me gusta ms eres t.
Te quiero ms que a mi hermana. Lo primerito que he de pedirle al Seor
cuando me meta en el Cielo, es que te haga feliz, dndote lo que es muy
re-tuyo, lo que te han quitado... Su Divina Majestad puede arreglarlo,
si quiere....

A Fortunata no se le ocurra nada que responder a estos disparates.

Porque t has padecido... pobrecita! Buenas perradas te han jugado en
esta vida. La pobre siempre debajo, y las ricas patendole la cara. Pero
djate estar, que el Seor te arreglar, haciendo justicia y dndote lo
que te quitaron. Lo s, lo he soado ahora, cuando me dorm pensando que
me mora y que entraba en el Cielo escoltada por la mar de angelitos...
tan monos...! Cretelo, porque yo te lo digo... Y yo, _mismamente_ le
he de decir a la Virgen y al Verbo y Gracia que te hagan feliz y se
acuerden de las amarguras que has pasado.

Callose un instante, y despus de los dos o tres suspiros que Fortunata
ech de su seno, volvi a hablar la enferma de este modo: Has visto a
Jacinta?... porque ella fue quien trajo a mi nia. Es un serafn esa
mujer... Ahora cuando me pens que estaba en el Cielo, la vi encima de
una nube con un velo blanco... Estaba all, _entremedio_ de aquellos
grandes corros de ngeles. Ser que se va a morir? Lo sentir por mi
nia. Pero Dios sabe ms que nosotras, verdad?, y lo que l hace, bien
sabido se lo tiene... Pero dime, te habl ella? Le soltaste alguna
patochada? Haras mal. Porque ella no tiene la culpa. Perdnala, chica,
perdnala; que lo primerito para salvarse es perdonar a una parte y
otra. Mrame a m, que no hago ms que lo que me manda el Padre Nones, y
he perdonado a la Pepa, a la Matilde, que me quiso envenenar, y a doa
Malvina la _protestanta_ y a todo el gnero mundano... re...! Prate
boca que ya ibas a soltarlo... Pues s, perdonar; cretelo porque yo te
lo digo. Ves qu tranquila estoy? Pues a cuenta que lo mismo estars
t, y Dios te dar lo tuyo; eso no tiene duda... porque es de ley. Y por
la santidad que tengo entre m, te digo que si el marido de la seorita
se quiere volver contigo y le recibes, no pecas, no pecas....

Fortunata crey prudente mandarla callar, pues aquel concepto se
armonizaba mal con la santidad de que haca gala su amiga.

--Me parece--le dijo--, que si el Padre Nones te oye eso, te ha de
reprender... porque ya ves... quien manda manda, y est dispuesto que no
sean las cosas as.

--Qu risa contigo! Pues t qu sabes? Yo estoy arrepentida de todo lo
malo que he hecho; yo he perdonado a todo Cristo. Qu ms quieren? Esto
que te cuento es, como quien dice, una idea. No puede una tener una
idea?... Cuando me muera, veremos, cretelo... el Santsimo me dir que
tengo razn...

Callose fatigada, y Fortunata le impuso silencio. De repente determinose
una brusca sacudida en su espritu, y tomndole la mano a su querida
amiga y apretndosela mucho, le dijo con expresin de terror:

Qu te parece a ti, me salvar yo?.

--Pues qu duda tiene?--replic la otra tranquilizndola--Dicen que
aunque los pecados de una sean tantos como las arenas de la mar...
figrate t la cantidad de arenas que habr en todita la mar...

--Oh!... si habr arenas en todita la mar y sus arenales!--repiti
Mauricia con voz pattica.

--Pues aunque los pecados de una sean ms que las arenas, Dios los
perdona cuando una se arrepiente de verdad.

--Y crees t que una idea, pongo por caso, es tambin pecado?

--Segn y conforme. Pero t no tienes malas ideas. Estate tranquila.

--Dios te oiga... Se me arranca el alma de verte penando... con un
hombre que no quieres... qu traspaso! Chavala querida, murete, y
vente conmigo. Vers qu bien vamos a estar las dos all. Porque te
quiero tanto...! Dame un abrazo, hija, y murete conmigo.

--No lo digas mucho--balbuci Fortunata conmovidsima, acariciando a su
amiga--. Bien podra ser que me muriera pronto. Para lo que yo hago en
este mundo... no s... valdra ms... Ay, qu desgraciada soy!

--Re...! Bendita sea tu alma! Lo primerito que le pido al Seor, lo
juro por estas cruces, es que te mueras.

Las dos se echaron a llorar. En tanto doa Lupe sostena una gallarda
disputa con Severiana. Ya lo he dicho y no hay ms que hablar. Yo me
quedo esta noche para que usted descanse un poco.--Seora, no lo
consiento. Hay vecinas que se quieren quedar.--Vecinas!... Aviada
est la enferma con las vecinas. Son tan torpes y tan descuidadas...!
Ver usted cmo trabucan las medicinas y le encajan una por
otra.--Oh!, no seora, no consiento que usted se moleste.--Repito
que me quedo, vaya! Si no hay en ello mrito alguno, ni sacrificio. No
me cuesta ningn trabajo estar en vela toda la noche. Y adems, hija,
hay que hacer algo por el prjimo. Velaremos, pues, y no me hable usted
de gratitud que es ridculo hacer tanto aspaviento por lo que no vale
tres cominos.

La viuda de Juregui no haca gran sacrificio, y su determinacin estaba
calculada con habilidad, pues como una de las vecinas le dijera que
Guillermina pensaba echar un guante al da siguiente para atender a las
apremiantes necesidades de algunos inquilinos de la casa, doa Lupe
pens de esta suerte: Con quedarme a velar, cumplo; y eso del guante no
va conmigo, porque en todo el da de maana no aparezco por aqu, ni a
media legua a la redonda.

Severiana explic minuciosamente a la seora cuanto haba que hacer,
advirtindole que la llamase si ocurra algo extraordinario. Otra vecina
se quedaba tambin, en calidad de ayudante. A las doce, Fortunata se
retir a su casa con su marido, que fue a buscarla. Cogiditos del brazo
recorrieron el trayecto ms tortuoso que largo que les separaba de su
domicilio, hablando de alcoholismo y de beneficencia domiciliaria, y
poniendo muy en duda que doa Lupe resistiese toda la noche sin
dormirse, pues era persona que en dando las diez ya estaba haciendo
cortesas aunque se encontrase en visita.

A la maana siguiente, determin la esposa ir a enterarse de la noche
toledana que habra pasado doa Lupe, y Maximiliano no se opuso a ello.
Cumplidas las sabias rdenes que haba dado la directora de la casa,
Fortunata sali con Papitos, y despus de encaminarla a la compra,
indicndole algunas cosas que deba tomar, separose de ella en la
plazuela de Lavapis para dirigirse a la calle Mira el Ro. Encontr a
su ta en el cuarto de la comandanta en un estado verdaderamente
aflictivo, ojerosa, con la cabeza pesada y un humor poco dispuesto a las
bromas.

Bien por las valentas!...--le dijo Fortunata--. Y qu tal se ha
portado la enferma?.

--No me hables, hija; noche ms perra no la he pasado en mi vida. No me
ha dejado ni siquiera descabezar un sueo de diez minutos. La maldita
pareca que lo haca a propsito y por vengarse de lo muy derecha que la
he obligado a andar cuando me corra mantones... Figrate; en un puro
delirio hasta que Dios amaneci. Jurara que todo el aguardiente que ha
bebido en su vida se le subi a la cabeza esta noche. Ya se levantaba,
ya se revolva, echaba las piernazas fuera de la cama, y los brazos como
aspas de molino... Luego unas voces y unos berridos...! Ya sabes el
diccionario que gasta... Y a lo mejor se quedaba como un gato que
acecha, los ojos como ascuas, y hablando bajito, bajito, y sealando
para la mesa en que est el altar y la lamparilla, deca: Mrenlo,
mrenlo; all est. A m me daba un miedo...! Prefera orla gritar...
Crete que me horripilaba cuando le vea sealar a la luz y al altarito.

Doa Lupe empez a tomar el chocolate que le trajo doa Fuensanta, y a
rengln seguido continu la relacin, imitando la voz y la actitud de la
delirante.

Y se pona as: 'All est, mrenlo... el _seor_ de Sor Natividad...
La bribona lo tiene preso... Bribona, ms que loba...'. Sabes t quin
es el _seor_... con retintn, de Sor Natividad? Pues la custodia, hija,
el Santsimo... Y segua: 'Ahora voy all, te cojo, te saco y te echo al
pozo...'. Al pozo!, has visto?, arrojar la custodia al pozo! Mira t
si tendr malas ideas... Luego dice que se salva. Como no se salve
esa...! Me ha dicho Severiana que cuando delira fuerte, siempre se sale
con eso, con que va a sacar del Sagrario la custodia y a guardarla en su
bal, o qu s yo qu. Vers: soltaba una risa que a m me pona los
pelos de punta, y deca muy callandito: Qu guapo ests con tu cara
blanca, con tu cara de hostia dentro del cerco de piedras finas!... Oh,
qu reguapo ests! No creas que te robo las piedras... Para nada las
quiero... Me gustas... te comera! No me digas que no te coja, porque
te cojo, aunque me muera y me eches al infierno... Sor Natividad te
falta; para que lo sepas; te falta con el Padre Pintado...'. En fin,
hija, que era un horror. Suprimo las flores que iba entreverando, porque
me ardera la boca.

Doa Lupe hizo esfuerzos por atraer hacia su paladar, con la lengua y
con los rechupidos de sus labios, lo que en el fondo del pocillo
quedaba, y conseguido esto al fin, acab as: Con estos disparates
sacrlegos estuve toda la noche en vilo, horrorizada, el estmago
revuelto, y deseando que el da llegara.

--Me lo figuraba--dijo Fortunata, y despus le dio cuenta de lo que
haba dispuesto y de lo que le indic a Papitos que comprase.

Ay! Me parece que he estado un ao fuera de mi casa. Me ocurra que no
sabrais desenvolveros y que la mona se declarara en cantn, haciendo
lo que le daba la gana. Ahora a casa, que es madre. Ya hemos cumplido.
Claro que esto no es ninguna santidad extraordinaria, ni un caso de
herosmo; pero algo es algo....

Vieron entonces que Guillermina pasaba en direccin al cuarto de
Severiana, y doa Lupe corri a recibir de su boca augusta los plcemes
que mereca. Oh, qu buena es usted!--le dijo la santa, estrechndole
las manos--. Quedarse aqu cuidando a esta pobre...! No, no diga usted
que esto no vale nada. Vaya si vale. Dejar las comodidades de su casa
para velar a la cabecera de una infeliz...! Pues lo que yo s es que no
lo hacen todas... Dios se lo pagar. Ms de agradecer es esto que los
donativos que hacen otras... quedndose muy abrigaditas en sus camas...
porque esta es la verdadera caridad que sale del corazn... En fin, veo
que su modestia se ofende, amiga ma, y no quiero sacarle a usted los
colores a la cara. Gracias, gracias.

Doa Lupe estaba muy satisfecha; pero sospechando que la fundadora iba a
sacar el temido guante, se despidi con prisa. Amiga de mi alma, la
obligacin me llama a mi choza....

--S, s--le dijo Guillermina--. La obligacin antes que nada. Hasta
luego.

Y llevando aparte a Fortunata en el corredor, su ta le dijo: T te
quedars aqu un ratito; si hay petitorio, no quedaremos nosotras en mal
lugar. Le dices que apunte un duro por ti y otro por m. Es bastante.
Bien debe saber que no somos potentadas. No me gustan guantes; pero s
cumplir en todas las circunstancias y no hacer un mal papel. Un duro por
ti y otro por m; no lo olvides. No digas si podemos o no podemos ms.
T lo sueltas seco, sin achicarte ni engrandecerte; que ella, aunque se
le d un ochavo, siempre da las gracias con la misma boquita de
merengue. Vaya... Mentira me parece que he de verme en mis cuatro
paredes....




--v--


Cuando Fortunata, despus de un ratito de palique con la
comandanta, penetr en la otra casa, vio cosas que la pasmaron.
Guillermina, dejando su mantilla y su libro de misa sobre el sof,
desempeaba junto a Mauricia las obligaciones ms penosas del arte de
cuidar enfermos, acometiendo con actividad maquinal las faenas ms
repugnantes, como persona que tiene la obligacin y la costumbre de
hacerlo. Severiana se esforzaba en impedirlo; pero Guillermina no ceda.
Djame t... si a m esto no me cuesta ningn trabajo... Vete a ver lo
que quiere Juan Antonio, que est dando voces hace un rato. La pobre
menestrala deseaba tener tres o cuatro cuerpos para atender todo.
Hombre, ten consideracin. Cmo quieres que deje a la seora en...?.
Al ver la de Rubn este trfago y la poca gente que haba para tan
diversos quehaceres, brindose gustosa a ayudar. Lo que haca Guillermina
era para asustar a cualquiera. Fortunata no se crea con valor para
tanto. Y sin embargo, al ver a la insigne dama aristocrtica humillarse
de aquel modo, avergonzose de no tener valor para imitarla, y sacando
fuerzas de flaqueza, ofreci su ayuda. Como hija del pueblo, no quera
ser menos que la _seora de la grandeza_ en aquellos bajsimos
menesteres... Quite usted all, por Dos, hija...--replic la santa--.
No faltaba ms; no lo consiento... de ninguna manera. Es que quiere
usted ayudarnos? Pues si tan buen deseo tiene, barra la sala, que va a
venir el mdico.

Apenas hubo cogido Fortunata la escoba, entr Severiana, y que quieras
que no, se la quit de las manos. No faltaba ms... seorita. Se va
usted a poner perdida....

--Por Dios, djeme usted que la ayude. Quiere que le haga el almuerzo a
su marido?

--Qu cosas tiene...!

--Ay qu gracia!... Cree usted que no s?... La tortillita en la
fiambrera, y el pan abierto con la sardina dentro. Si he hecho yo en mi
vida ms almuerzos de obreros que pelos tengo en la cabeza...

--Hemos encendido la lumbre en la casa de la vecina. All est doa
Fuensanta; pero va a salir a la compra, y si usted hiciera el favor...

Fortunata no necesit ms, y fue a la otra casa, donde encontr a la
comandanta muy afanada, porque no era un almuerzo, sino tres los que
tena que preparar, el de Juan Antonio y el de dos obreros ms, cuyas
respectivas mujeres se haban ido ya para la fbrica, dejndole aquel
encargo. Vyase usted a la compra--le dijo--, que de las tortillas se
encarga una servidora.... Mucho agradeci esto doa Fuensanta, y
ponindose su toquilla encarnada, quedndose con la bata de tartn y las
gruesas zapatillas de orillo, cogi el cesto y el portamonedas y fue a
pedir rdenes a Severiana, que estaba en la sala, dentro de una nube de
polvo. Trigame usted un codillo como el del otro da, para ponerlo en
sal... un cuartern de agujas cortas... Tocino hay en casa... Ah!, no
olvide las zanahorias, ni el cuarto de gallina... Si trae para usted
sesada de carnero, cmpreme otra a m...

Oiga, oiga; si ve una buena lengua, trigamela descargada, y la
salaremos para las dos....

Sali la viuda del comandante renqueando por aquellas escaleras abajo, y
a poco partieron Juan Antonio y los otros dos obreros con sus saquitos
de comida en la mano. La seora de Rubn haba desempeado su cometido
con tanta presteza como acierto, y mientras se lavaba las manos, dejose
llevar por su vagabundo pensamiento a un orden de ideas que no era nuevo
en ella. Si es lo que a m me gusta, ser obrera, mujer de un
trabajador honradote que me quiera...! No le des vueltas, chica; pueblo
naciste y pueblo sers toda tu vida. La cabra tira al monte, y se te
despega el seoro, cretelo, se te despega....

Cuando pas a decir a Severiana que estaba servida, esta haba concluido
de limpiar la sala. Como haba tan mal olor all, trajeron una paletada
de carbones encendidos, y echando un puado de espliego, la pasearon por
toda la casa, desde el pasillo hasta la cocina. Despus del sahumerio,
Fortunata entr a ver a Mauricia, a quien encontr muy mal, en un estado
de decaimiento y postracin muy visibles. El mdico, que lleg entonces,
la examin detenidamente, observando hinchazn en las piernas y en el
vientre. La parlisis agitante creca de una manera aterradora. Antes de
partir, el doctor habl con Guillermina en la sala, dicindole que
aquello no poda menos de acabar mal, y que a todo tirar, tirara dos
das... Acercbase Fortunata para enterarse de esto, cuando vio entrar
inesperadamente a una persona cuya presencia le hizo el efecto de una
descarga elctrica.

Jess, esa mona otra vez...!, yo me voy.

Jacinta y Guillermina hablaron un momento con el mdico, que se despidi
luego. Entrar un ratito a verla--dijo la Delfina a su amiga,
sentndose en el sof--. Va usted a estar aqu mucho tiempo?.

--Tengo que pasar al otro corredor a ver al zapatero... Pobre hombre, no
ha querido ir al hospital. Yo no haba visto nunca un caso de hidropesa
semejante. La barriga de ese infeliz era anoche como un tonel... Y ya le
han dado tres barrenos; pero el de ayer con tan mala fortuna, que no le
sacaron ms que medio litro, y dicen que tiene en aquel cuerpo la
friolera de catorce litros... Qu humanidad, Dios mo!

Fortunata pas a la otra sala, y a poco volvi diciendo que Mauricia
dorma profundamente. La fundadora hizo entonces una observacin
humorstica. Dirigindose a las dos, les dijo: Oyen ustedes ese
trombn que toca la marcha real?. En efecto, se oa bien clara, aunque
lejana, la marcha real tocada con verdadero frenes por Leopardi, que en
la repeticin le pona un lujo escandaloso de mordentes y apoyaturas.

Pues ese pobre hombre--aadi la santa conteniendo la risa--, desde que
se entera de que estoy aqu, se pone a tocar como un descosido. Es la
manera de recordarme que le promet vestirle, porque el desventurado
est mejor de pulmones que de ropa. Mira--propuso a Jacinta, cogindole
un brazo--; en cuanto vayas hoy a tu casa, has de ver si tiene tu marido
algunos pantalones que no le sirvan... Puede que no tenga porque ya
hemos hecho tantos escrutinios en su guardarropa!.

--No s, no s--dijo la seora de Santa Cruz, procurando recordar...--me
parece.

--Si no--manifest prontamente la de Rubn--, yo traer unos del mo...

--Dios se lo pagar a usted... porque verdaderamente parte el corazn
ver a ese pobre hombre, en este tiempo, con unos calzones de hilo, de
los que traen los soldados de Cuba...

Sali Guillermina para ir al almacn de maderas de la Ronda, y Jacinta
la acompa hasta el corredor. Sentose Fortunata en el sof, creyendo
que las dos se marchaban. Pero la de Santa Cruz, despus de hablar con
su amiga de varias cosas, le dijo: Aqu la espero a usted. Lleve mi
coche, y luego me recoger y nos iremos juntas. Entr inmediatamente,
sentndose tambin en el sof.

Ponerse a su lado! No conocerle en la cara que las dos no podan estar
juntas en parte alguna!...

Esto pensaba la mujer de Maxi, que sinti deseos de huir, y luego
vergenza y miedo de hacerlo. Si la otra le hablaba, no tendra ms
remedio que responderle. Pues si yo le dijera quin soy, la hara
temblar. Veramos entonces quin temblaba ms.

Jacinta la mir. Ya el da anterior haba despertado su curiosidad
hermosura tan expresiva. Y cuando sus ojos se encontraban con el rayo de
aquellos ojos negros, senta una impresin no muy grata, al modo de esos
presentimientos inseguros que son, no como el contacto de un objeto,
sino como la sensacin del aire que hace el objeto al pasar rpidamente.

Segn ha dicho el mdico--indic la Delfina decidida a pegar la
hebra--, la pobre Mauricia no saldr de esta.

--No saldr la pobre--opin Fortunata algo cortada, porque le asaltaba
la idea de que su lenguaje no sera bastante fino.

--Si sigue as, traer esta tarde a la nia, para que la vea... De todos
modos, debo traerla no le parece a usted?

--S, trigala. Jacinta saba que aquella desconocida no era soltera,
porque haba ofrecido unos pantalones _de su marido_. Hzole, pues, la
pregunta que ingenuamente se le sala siempre de los labios cuando se
encontraba delante de una casada: Tiene usted nios?.

--No seora--replic la de Rubn con alguna sequedad.

--Yo tampoco. Pero me gustan tanto los nios, que tengo verdadera mana
por ellos, y los ajenos me parece que deberan ser mos... y, cralo
usted, no tendra escrpulo de conciencia en robar uno, si pudiera...

--Pues yo tambin, si pudiera...--declar Fortunata, que no quera ser
menos que su rival en aquello de la mana materna.

--Pero es que se le han muerto a usted, o que no los ha tenido?

--Tuve uno, s seora... va para cuatro aos...

--Y en cuatro aos no ha tenido usted ms que uno? Qu tiempo lleva
usted de matrimonio? Perdone mi indiscrecin.

--Yo?...--murmur la otra vacilando--. Cinco aos. Yo me cas antes que
usted...

--Antes que yo!--S, seora... pues deca que tuve un nio y se me
muri, s seora, y si me viviera, le digo a usted que...

Como advirtiera la dama en los ojos de su interlocutora una lucidez y
movilidad singularsimas, sospech si aquella mujer padecera
enajenacin mental. Su tono y su mirar eran muy extraos, impropios del
lugar y de la sosegada conversacin que ambas sostenan. A esta mujer
hay que dejarla--pens Jacinta--; me callar.

Guardaron silencio un rato mirando al suelo. Jacinta no pensaba en nada
importante; Fortunata s, y por la mente le pas toda su historia como
envuelta en una nube de fuego. Se le vinieron a la boca palabras duras
para increpar a aquella _mona del Cielo_, que le haba quitado lo suyo.
Pues no era esto una gran injusticia? Los agravios se le revolvan en
el seno, salindole a los labios en esa forma descomedida y grosera de
las hijas del pueblo, cuando se ponen a reir. La cojo y la...!--deca
para s clavndose las uas en sus propios brazos--. Que es un ngel?
Pues que lo sea... Que es una santa? Y a m qu?.... Pero de los
labios para fuera, nada... Qu cobarde soy! Con una palabra la har
caer redonda, y me tendr un miedo tan grande que no le darn ganas de
volverme a hacer preguntitas....

En esto _la mona del Cielo_, impaciente porque no vena Guillermina,
sali un instante al corredor. Al verse sola, crey sentirse la otra con
ms valor para dar un escndalo... Toda la rudeza, toda la pasin gozosa
de mujer del pueblo, ardiente, sincera, ineducada, herva en su alma, y
una sugestin increble la impulsaba a mostrarse tal como realmente era,
sin disimulo hipcrita. Si no volver!... se dijo mirando al
corredor, y al decir esto su espritu volva sobre s, penetrndose del
sentido lgico de las cosas... Ella es una mujer de mrito y yo he sido
una perdida... Pero yo tengo razn, y perdida o no, la justicia est de
mi parte... porque ella sera yo, si estuviera en mi lugar....

En esto vio que _la mona_ volva... Verla y cegarse fue todo uno. No
poda darse cuenta de lo que le pas. Obedeca a un empuje superior a su
voluntad, cuando se lanz hacia ella con la rapidez y el salto de un
perro de presa. Juntronse, chocando en mitad del angosto pasillo. La
prjima le clav sus dedos en los brazos, y Jacinta la mir aterrada,
como quien est delante de una fiera... Entonces vio una sonrisa de
brutal irona en los labios de la desconocida, y oy una voz asesina que
le dijo claramente: Soy Fortunata.

Jacinta se qued sin habla... despus lanz un ay! agudsimo, como la
persona que recibe la picada de una vbora. En tanto Fortunata mova la
cabeza afirmativamente con insolente dureza, repitiendo: Soy... soy...
soy la.... Pero tan sofocada estaba, que no articul las ltimas
palabras. La Delfina baj los ojos, y dando un tirn se solt. Quiso
decir algo, no pudo. La otra se apart, echando llamas de sus ojos y
resoplidos de su pecho, y andando hacia atrs sigui diciendo, sin que
las palabras llegaran a articularse: Te cojo y te revuelco... porque si
yo estuviera donde t ests, sera.... Aqu recobr el aliento, y pudo
decir: Mejor que t, mejor que t...!.

La de Santa Cruz recobr la serenidad, y entrando en la sala, volvi a
ponerse en el sof. Su actitud revelaba tanta dignidad como inocencia.
Era la agredida, y no slo poda serenarse ms pronto, sino responder a
la ofensa con desdn soberano y aun con el perdn mismo. La otra sinti,
por el contrario, tremendo peso dentro de s. Ay, su accin
descompuesta y brutal le gravit en el alma como si la casa se le
hubiera desplomado encima! No tuvo nimo para entrar tambin; tembl de
pensar lo que dira Severiana si se enteraba; pues y doa
Guillermina?... Refugiose en el cuarto de la comandanta, donde haba
dejado velo y manguito. La cobarda que sinti impulsbala a correr
hacia la calle. Huir, s, y no volver a poner los pies en aquella casa
ni en parte alguna donde pudiera tener tales encuentros... Sali sin
hacer ruido, deslizndose, y al pasar frente a la puerta, mir y la vio
all dentro, al extremo del largo pasillo, que pareca un anteojo. La
vea de perfil, la mano en la mejilla, muy pensativa, y Jacinta no la
vea a ella. Baj y se puso en la calle, acordndose de una de las
principales recomendaciones que le haba hecho Feijoo: No descomponerse
nunca. Pues bien se haba descompuesto aquel da... Pero
verdaderamente--discurri tratando de serenarse--. Yo qu le he hecho?,
nada... nicamente decirle quin soy, para que me conozca....

Cosa extraa!, le entraron ganas de esperar para verla salir. Psose de
centinela en la calle del Bastero, y cinco minutos despus vio a la
fundadora entrar en la casa. Han de subir por la calle de
Toledo--pens--; desde all las ver sin que me vean. Sigui a la calle
de Toledo, ponindose en acecho en la acera de enfrente, junto a la
puerta de una taberna. Al cabo de un cuarto de hora, apareci por la
boca-calle la berlina con las dos damas. Hablan de m, y le est
contando cmo pas el lance... me imita, remedando mi movimiento, cuando
la cog por los brazos... Qu dirn, Dios mo, qu dirn? Me parece
orlas... Que soy un trasto y que me deban mandar a presidio.




--vi--


Cuando suba la escalera de su casa, se iniciaba en la conciencia
de la joven una reprobacin clara de lo que haba hecho. ...Hubiera
sido mucho mejor--pens deteniendo el paso y tardando un minuto de
escaln a escaln--, decirle aquello de _yo soy Fortunata_, con calma,
reparando bien qu cara pona ella al orlo, y luego quedarme tan
fresca, esperando a ver por qu registro sala, o echarle tres o cuatro
chinitas, dicindole que yo tambin soy honrada, claro, y que su marido
es un tunante... a ver por dnde la tomaba.

Al entrar en la casa, hall a doa Lupe muy incomodada con Papitos,
sobre cuya inocente cabeza descargaba el mal humor que la noche en vela
le produjo. Cuanto se haba hecho en su ausencia le pareca mal,
dejndose decir que ni tan siquiera para una obra de caridad poda salir
de casa, pues en cuanto volva la espalda, era todo un desbarajuste.
Fortunata comprendi que tambin quera meterse con ella; mas no
teniendo ganas de reir, dejaba sin contestacin sus refunfuos. Mira
que es pifia mandar traer esta babilla y esta falda que no sirve ni para
el gato. Tienes la cabeza llena de viento. Nada, en cuanto yo me
descuido, ya no das pie con bola.

Fortunata empezaba a sentirse mal. Tena escalofros, dolor de cabeza y
ganas de bostezar a cada momento. Conociole doa Lupe en la cara la
desazn, y le pregunt con gran inters: Tienes ascos, mareos...?.

--No s lo que tengo; pero me acostara de buena gana.

Doa Lupe, al irse a la cocina, iba pensando que aquellos sntomas
podran anunciar tal vez la probable reproduccin del tipo de Rubn en
la especie humana; pero bien saba la otra que no era nada de esto, y
sin ms explicaciones echose, bien envuelta en una manta, en el sof de
su cuarto. Despus que se le aplacara el fro, sinti somnolencia, que
la llev a un delirio tranquilo, reproduciendo en su mente la escena
aquella con varias adiciones de importancia. Eran estas algo que con la
prisa no pudo decir, pero que debi haber dicho, o eran simplemente
desvaros de su cerebro encendido por la calentura?... Si creer esta
seora que no hay en el mundo ms mujeres honradas que ella!... Que se
le quite a usted eso de la cabeza. Vaya con el modelo!... A buena
parte viene usted...! Sabe usted, nia, que como a m se me meta en la
cabeza, le doy a usted honradez y virtudes por los hocicos hasta que no
quiera ms? Porque eso es cuestin de decir: 'Ea!'... S, y si me atufo
no hay quien me tosa. Pues qu cree usted, que a m me costara trabajo
cuidar enfermos y drmelas de muy catlica? Pues si a mano viene me
pondr el mejor da a cuidar y limpiar y revolver los enfermos ms
podridos, y me vestir una saya, y recoger nios que no tengan padres,
que de eso y de mucho ms soy yo capaz... Vaya con la _mona del Cielo_!
Ea... no venga ac vendiendo mrito... Y ngel me soy! Pues para que lo
sepa, tambin yo, si me da la gana de ser ngel, lo ser, y ms que
usted, mucho ms. Todas tenemos nuestro ngel en el cuerpo....

Despus de esto, torn a ver con claridad las cosas, y dejando vagar sus
miradas por la habitacin solitaria y semioscura, pensaba en lo mismo,
pero apreciando mejor la realidad de las cosas. En aquella meditacin,
lo que descollaba, despus de vueltas mil, era un vivo deseo de ser no
slo igual, sino superior a la otra. El cmo era lo difcil. Porque lo
primero que tengo que hacer es querer a mi marido, y portarme bien para
que se olviden las maldades que he hecho....

El pensamiento, recorriendo todas las caras del tema, iba de las cosas
ms sutiles a las ms triviales. Me tengo que hacer una falda
enteramente igual a la que llevaba ella... lo mismito, con aquel
tableado; y si encontrara tela igual... La verdad es que tiene la mona
un aire de seoro y de... de... de qu?, de majestad, s... Bah!,
esto es idea, idea nada ms de los que la miran, porque con aquello de
que es ngel... A saber si lo es realmente, que las apariencias
engaan....

Sacola de esta cavilacin doa Lupe, que entr con pisadas de gato, y le
dijo que era preciso tomara algo. Negose Fortunata a comer cosa alguna,
y dijo que lo nico que apeteca era una naranja para chuparla.
Antojitos ya? murmur la ta sonriendo, y mand a Papitos por la
naranja.

Mientras la chupaba, hacindole un agujerito y apretndola como aprietan
los chicos la teta, a la seora de Rubn le pas por el cerebro otra
rfaga de aquel furor que determin el acto de la maana: Tu marido es
mo y te lo tengo que quitar... Pinturera... santurrona... ya te dir yo
si eres ngel o lo que eres... Tu marido es mo; me lo has robado...
como se puede robar un pauelo. Dios es testigo, y si no, pregntale...
Ahora mismo lo sueltas o vers, vers quin soy....

Quedose dormida, dejando caer al suelo la naranja. Despert al sentir
sobre su frente la mano de su amante esposo, que haba subido a comer, y
enterado de que estaba indispuesta, se asust mucho, Doa Lupe quiso
hacerle concebir esperanzas de sucesin; pero l, moviendo la cabeza con
expresin escptica y desconsolada, entr en la alcoba y le palp la
frente a su mujer.

Hija de mi vida, qu tienes?.

Al or esta terneza y al ver delante la figura de Maxi, Fortunata sinti
fuerte sacudida en su interior. Como una neurosis constitutiva de esas
que se manifiestan de repente, cuando menos se las espera, as se
present en el alma de la joven, a golpe, y a manera de explosin de
plvora, la aversin que su marido le haba inspirado en otro tiempo. Lo
primero que pens fue cmo haba retoado tan de repente la infame
planta del odio que ella crea seca y muerta, o al menos moribunda. Le
miraba, y mientras ms le miraba, peor... Se volvi del otro lado
respondiendo con sequedad: Nada.

--Sabes lo que dice la ta?... oye...

La opinin de la ta aumentaba la malquerencia de la sobrina y el vivo
deseo de perder de vista a su marido. Cerrando los ojos, invoc a Dios y
a la Virgen, de quien esperaba auxilio para poder curarse de aquella
insana antipata; pero ni por esas... Si no le puedo ver; si me ira
al fin del mundo por no verle...! Y yo cre que le iba tomando cario!
Buen cario nos d Dios! Ni s yo en qu estaba pensando Feijoo...
Tonto l, y yo ms tonta en hacerle caso.

Maxi, al tomarle el pulso, ech por aquella boca una retahla de frases
de medicina, concluyendo por decir: Subir esta noche un
antiespasmdico, jarabe de azahar con bromuro, y quizs, quizs unas
pildoritas de sulfato de quinina. Hay fiebre, aunque poca. Principio de
un fuerte catarro. T te has enfriado en aquella maldita casa de
corredor... o te habrs atufado con algn brasero.

Fortunata pens que, en efecto, se haba atufado, pero no con brasero.
Cediendo a los ruegos de su marido y de doa Lupe, se acost, y a prima
noche estaba ms tranquila, desvelada, sin ningn apetito, oyendo con
desagrado el ruido de los platos y cucharas que del comedor vena a la
hora de cenar. Nicols hablaba por los codos. Mejor es que no tomes
nada, si no tienes gana--le dijo Maxi, que entr mascando el postre y
con un higo pasado en la mano--. Por si acaso, no bajar esta noche a la
botica, y te acompaar. La peor de las medicinas era esta, pues
gustaba la joven de estar sola, entretenida con sus pensamientos. Hizo
por dormirse; su marido le at fuertemente un pauelo a la cabeza, y
despus se puso junto a la cama. Despus de un breve sueo, vio ella la
escueta figura de Maxi dando paseos en la habitacin. Tan pronto miraba
su persona como su sombra corriendo por la pared, larga, angulosa,
doblndose en las esquinas del muro. Ah!... Jacinta, yo te quisiera
ver casada con este... Entonces me reira, me estara riendo tres aos
seguidos.

Maximiliano se desnudaba para acostarse. Al quitarse el chaleco, salan
de las boca-mangas los hombros, como alones de un ave flaca que no tiene
nada que comer. Luego, los pantalones echaron de s aquellas piernas
como bastones que se desenfundan. Todas sus coyunturas funcionaban con
trabajo, cual si estuvieran mohosas, y el pelo se le haba hecho tan
ralo, que su cabeza ofreca una de esas calvas sin dignidad que suelen
verse en jvenes de poca y mala sangre. Al meterse en la cama y estirar
los huesos, exhalaba un _ah!_ que no se saba si era de dolor o de
gusto. Fortunata, fingiendo dormir, se volvi para el otro lado y a
media noche dorma de veras.

A la madrugada abri los ojos. La alcoba estaba en completa oscuridad.
Oy la respiracin de su marido, spera a ratos, a ratos silbante y con
diversos flauteados, como si el aire encontrase en aquel pecho
obstrucciones gelatinosas y lengetas metlicas. Incorporose Fortunata,
cediendo a un movimiento interior cuyo impulso inicial se determin
cuando estaba dormida. Lo que pensaba entonces era por dems peregrino.
El disparate que se le haba ocurrido, porque disparate era y de los
gordos, fue que deba echarse del lecho muy callandito, buscar a tientas
su ropa, vestirse... ir hacia la percha, coger su bata y ponrsela. El
mantn, dnde estaba? No pudo recordarlo; pero lo buscara, a tientas
tambin; y una vez hallado, saldra de la alcoba, cogera el llavn que
estaba colgado de un clavo en el recibimiento, y aire!... a la calle!
La idea de la evasin estuvo flameando un rato sobre sus sesos, como una
luz de alcohol, sin que pudiera entender cmo se haba encendido
semejante idea. En el bolsillo de la bata tena medio duro, una peseta,
y algunos cuartos, la vuelta del duro que dio a Papitos para que le
trajera... no recordaba qu. Pues con aquel dinero tena bastante. Para
qu ms? Y a dnde ira? A una casa de huspedes. No... a casa de D.
Evaristo... No, porque D. Evaristo la reira. Esta idea de que la
reira su _padrino_ fue el golpe que le aclar el sentido, porque la
idea de la fuga era un rastro del sueo. Estoy despierta o dormida?
se preguntaba al reconocer su desatino; y quedose un rato sentada en la
cama, con la mano en la mejilla. El pauelo se le haba desatado de la
cabeza, y deshecho el peinado, sus espesas guedejas le caan sobre los
hombros. Qu marido este!--pensaba, recogindose el cabello--, ni
atar un pauelo sabe!. Despus crey ver ojos, que en aquella profunda
oscuridad la miraban. Debo de estar soando todava. Qu me miras t?
Qu dices? Que estoy guapa? Ya lo creo. Ms que tu mujer.

Y se volvi a acostar. Maximiliano, al revolverse, le dio un
encontronazo con un omoplato. Ay!, me ha hecho ver las estrellas dijo
para s Fortunata, recogindose ms en su lado.

Duermes, vidita? murmur el otro despertndose, y rechupando luego
como si tuviera una pastilla en la boca.

Pero sin or la respuesta, se volvi a dormir.




--vii--


Al da siguiente Fortunata se senta mejor; pero an estaba en la
cama cuando su marido, despus de dar una vuelta por la botica, subi a
verla. Qu tal?--le dijo inclinndose sobre ella y besndola en
frente--. Te puedes levantar.

El da est bueno. Ay!, yo tengo menos salud que t, y no me quejo
tanto. Siento tal debilidad que a veces me cuesta trabajo mover un dedo.
Todos los huesos me duelen, y la cabeza la siento a ratos como si
estuviera vaca, sin sesos... Pero no me duele, y esto es mala seal,
porque las jaquecas son un puntal de la vida. Yo no s lo que me pasa. A
ratos me distraigo, me entra como un olvido, me quedo lelo sin saber
dnde estoy ni lo que hago... Pues digo, y cundo pierdo la memoria y
se me va de ella lo que ms s?... T estars buena maana; pero yo no
s a dnde voy a parar con estas cosas. Dice Ballester que tome mucho
hierro, pero mucho hierro, y que esto es falta de glbulos en la sangre,
y as debe de ser... Esta mquina ma nunca ha sido muy famosa, y ahora
est que no vale dos cuartos....

Fortunata le miraba y senta una lstima profunda. Quizs esta lstima
refrescaba el cario fraternal que haba empezado a marchitarse. Pero no
estaba muy segura de esto, y cuando le vio salir, pensaba que si aquella
planta raqutica del cario se agostaba, deba hacer ella esfuerzos
colosales por impedirlo.

Poco despus, hallndose en el gabinete sentada junto al balcn, por
donde entraba el sol, sinti en los pasillos ruidos de voces que al
pronto no se poda saber si eran de gozo o de ira. Pero ni tuvo tiempo
de asustarse porque vio entrar a Nicols haciendo aspavientos de jbilo,
el rostro encendido, los ojos chispos, y llegndose a su cuada le dio
un fuerte abrazo:

Denme todos la enhorabuena... Ya... al fin... No ha sido favor, sino
justicia. Pero estoy muy agradecido a las personas que....

--Gracias a Dios! Ya tenemos a Periquito hecho fraile--dijo doa Lupe,
que despus de haber recibido el estrujn en el pasillo, entraba tras
l, radiante de dicha, porque se le quitaba de encima aquella fiera
boca--. Y de dnde?

--De Orihuela, ta--replic el clrigo frotndose las manos--. Mala
catedral; pero ya veremos si sale una permuta.

--Cannigo te vean mis ojos, que Papa como tenerlo en la mano.

--Cunto me alegro!--dijo Fortunata por decir algo, y mir a la calle
al travs de los cristales, temiendo que le leyeran en la cara los
pensamientos que la canonja de su cuado le sugera.

Lo que es el mundo!--pensaba--. Razn tena D. Evaristo. Hay dos
sociedades, la que se ve y la que est escondida. Si no hubiera sido por
mi maldad, cundo habra sido cannigo este tonto de capirote,
ordinario y hediondo! Y l tan satisfecho!.

--Me voy maana mismo a que me den la colacin... Pero antes convido a
todo el mundo. Juan Pablo no lo sabe todava. Que rabie!...

Ayer me apostaba que no me la daran. Ese Villalonga es una gran
persona, y Feijoo lo que se llama un caballero, y el Ministro tambin...
Sabis quin me dio la noticia? Pues Leopoldo Montes, que est ahora en
Gracia y Justicia. Corr all, y cuando el jefe del personal de
catedrales me dijo que eran ciertos los toros, cre que me daba un
desmayo. La credencial estaba all, y no me la haban mandado por no
saber mis seas... Lo repito, convido a todo Cristo... a lo que
quieran... y convido a las de Torquemada, a Ballester... a doa Casta y
sus simpticas hijas...

--Para, hijo, para--dijo doa Lupe amoscndose--, que para esas
convidadas no te va a bastar el sueldo de un ao; y si piensas que yo
cargo con el mochuelo de los gastos, te equivocas...

Nicols se calm luego, tomando el tono que cuadra a un sacerdote y con
el cual saba l muy bien rectificar la descompostura que le producan
la ira o el contento. Nada, yo estoy satisfecho, y aunque creo que me
lo merezco por mis estudios y por los servicios que he prestado en el
confesonario, no he de tener orgullo; y desde ahora lo digo, me he de
llevar bien con mis compaeros de cabildo... esta es la cosa. A m me
gusta la paz y concordia entre prncipes cristianos. Una vida
descansada, mi misita por las maanas con la fresca, mi corito maana y
tarde, mi altar mayor cuando me toque, mi paseto por las tardes, y
vengan penas.

Cuando estaban almorzando, Fortunata no poda alejar de s este
comentario: Si fue un bien que me adecentaras, estpido, ya te lo he
pagado y no te debo nada.

Yo tengo que ir al Monte--le dijo ms tarde doa Lupe--, que hoy
empiezan las subastas. Ten cuidado con Papitos, que estos das anda muy
salida. T la echas a perder con tus benevolencias. Date una vuelta por
la cocina y no le quites ojo. Hazle que ponga el bacalao de remojo o
ponlo t. Y que cuando yo venga est lavada toda la ropa.

Quedose sola Fortunata con la chiquilla; pero no pudo vigilarla, porque
toda la tarde estuvieron entrando visitas. Primero fue doa Casta
Moreno, viuda de Samaniego, con sus hijas, dos jvenes muy bien educadas
o que se lo crean ellas. La mam perteneca a la familia de los
Morenos, que en el primer tercio del siglo se dividieron en dos grandes
ramas, los _Morenos ricos_ y los _Morenos pobres_; pero habiendo nacido
en la primera de estas ramas, vino a parar a la segunda. Cas con
Samaniego, hombre de bien y muy entendido en Farmacia, pero que no supo
hacerse rico. Por los Trujillos, tena doa Casta parentesco remoto con
Barbarita; pero habiendo sido muy amigas en la niez, apenas se trataban
ya, porque la fortuna y las vicisitudes de la vida las haban alejado
considerablemente una de otra. Sus relaciones eran intermitentes. A
veces se vean y se saludaban; a veces no. Les pasaba lo que a muchas
personas que se han tratado en la infancia y que despus estn aos y
ms aos sin verse. Resulta que cuando se encuentran dudan si hablarse o
no, y al fin no se hablan, porque ninguna se decide a ser la primera.

Ms cercano y claro era el parentesco de Casta con Moreno-Isla, el
cual, a pesar de ser _Moreno rico_, mantena cierta comunicacin de
familia con aquella _Moreno pobre_, visitndola alguna vez. Se tuteaban
por resabio de la niez; pero sus relaciones eran fras, lo
absolutamente preciso para salvar el principio del linaje. La rama de
los Moreno-Isla estableca adems un enlace remoto entre doa Casta y
Guillermina Pacheco; pero este parentesco era ya de los que no coge un
galgo. Guillermina y la viuda de Samaniego no se haban tratado nunca.

Jactbase doa Casta de haber educado muy bien a sus dos hijas. La
mayor, Aurora, guapetona, viuda de un francs, era mujer de mucha
disposicin para el trabajo. Haba vivido algn tiempo en Francia,
dirigiendo un gran establecimiento de ropa blanca, y tena hbitos
independientes y mucho tino mercantil. La segunda, Olimpia, haba estado
asistiendo al Conservatorio siete aos seguidos, y obtenido muchos
premios de piano. Su mam quera que fuese profesora consumada, y para
demostrarlo en los exmenes y obtener buena nota, la haca estudiar una
pieza, con la cual mortificaba a la vecindad da y noche, durante meses
y aun aos. Contaba esta nia la serie de sus novios por los dedos de
las manos; pero lo que es a casarse no haban tocado todava.

Fortunata simpatizaba mucho con Aurora y muy poco con la mam y con
Olimpia. Tema que se burlasen de ella, por su falta de educacin, y que
la estimaran en poco, sabedoras de su pasado. Reconociendo que le eran
las tres muy superiores por la crianza y el acertado empleo de palabras
finas, a veces quedbase a oscuras de lo que hablaban, y slo asenta
con movimientos de cabeza. Siempre era de la opinin de ellas, pues
aunque pensara de distinta manera, no se atreva a expresar su
disentimiento. Aquella tarde, por causa de su situacin de espritu,
estaba la de Rubn ms cohibida que nunca y deseando que se marchasen.
Pero desgraciadamente nunca estuvo doa Casta ms habladora. Senta
mucho no encontrar a Lupe, pues deseaba comunicarle noticias de la mayor
trascendencia. Aurora iba a ponerse al frente de un establecimiento de
ropa blanca, montado a estilo de los mejores que hay en Pars y Londres.
Qu tal?

Esforzbase la mujer de Maxi en disimular el aburrimiento que esto le
causaba, y a la hiprbole de doa Casta responda con exclamaciones de
pasmo y asentimiento. Mi hija--aadi la viuda de Samaniego--, estar
encargada de la direccin de los _trousseaux_, canastillas de bautizo y
dems gnero elegante, y tendr sueldo y participacin en los
beneficios. El dueo de este gran establecimiento, que tanto ha de
llamar la atencin, es Pepe Samaniego, a quien ha facilitado el dinero
para montarlo mi _primo_ D. Manuel Moreno-Isla, el hombre ms bueno y
ms generoso del mundo, y con un capital... qu capital! Y vea usted,
es soltero... y se pasa la vida en Londres aburrindose... Lo que yo
digo; podra haber hecho feliz a una joven, de las muchas que hay en la
familia... Siempre que viene a verme, le largo un _espich_ como l dice,
l se re, se re....

--Pero qu me importarn a m todas estas cosas!--pensaba Fortunata,
que ya no poda sostener ms tiempo el papel, ni saba de dnde sacar
los monoslabos y las sonrisas.

Por fin quiso Dios misericordioso que _las Samaniegas_ se marcharan;
pero no haban pasado diez minutos cuando entr D. Evaristo, con su
criado, que le sostena por el brazo derecho, y Fortunata le condujo
hasta la sala en una de cuyas butacas se sent el anciano pesadamente.

Doa Lupe...?.

--No hay nadie--dijo ella, lo que significaba: estoy sola, puede usted
hablar con libertad.

--Ah!, sola... y qu tal...? Me dijeron que estabas... que estaba
usted algo mala...

Despus de decirle que su enfermedad no haba sido nada, la chulita se
sent junto a l, haciendo propsito de contarle la verdadera dolencia
que sufra, que era puramente moral, y con los ms graves caracteres.
Pensaba preguntar a su sabio amigo y maestro, por qu todo aquel
desorden se haba manifestado a consecuencia de las breves palabras que
cruz con Jacinta. Qu relacin tena aquella mujer con su conducta y
con sus sentimientos? Sobre esto le dira algo sustancioso aquel sagaz
conocedor del corazn humano y del mundo, porque ella se devanaba los
sesos y no poda dar con la razn de que _la mona_ le trastornase su
espritu. Si era ngel, por qu la haca mala? Por qu era con ella lo
que es el demonio con las criaturas, que las tienta y les inspira el
mal? Luego no era ngel. Otro punto oscuro quera consultarle, y era que
senta deseos vivsimos de parecerse a aquella mujer, y ser, si no
mejor, lo mismo que ella. Luego Jacinta no era demonio.

Lo difcil era explicar esto de modo que el amigo Feijoo lo entendiese,
porque ya se sabe que no se daba buena mano para encontrar las palabras
que en el lenguaje corriente expresan las cosas espirituales y
enrevesadas.




--viii--


Lo peor del caso fue que an no haba empezado la consulta
cuando entr doa Lupe, quien invit al Sr. de Feijoo a tomar chocolate.
No se hizo de rogar el buen caballero, y la misma viuda de Juregui se
lo sirvi. Mientras lo tomaba, hablaron de las visitas que ta y sobrina
hacan a la calle de Mira el Ro. Yo--declaraba doa Lupe--, reconozco
que no tengo valor ni estmago para practicar la caridad en ese grado.
Admiro mucho a _la amiga_ Guillermina; pero no la puedo imitar. Feijoo
expuso sobre aquel tema de la filantropa algunas consideraciones muy
sesudas, y despidiose, dando a cada una de las seoras un fuerte apretn
de manos.

Aquella noche not Fortunata en su marido algo que la puso en cuidado.
Durante la comida no haba dicho una palabra; tena el color arrebatado,
estaba muy inquieto, dando a cada instante suspiros hondsimos. Cuando
subi a acostarse no tena ya el rostro encendido, sino de color de
cola. Tienes jaqueca? le pregunt su mujer, vindole desplomarse en
una silla y apoyar la cabeza en las manos. Contest Maxi que no, que la
cabeza no le dola nada, y que lo que le aterraba era sentir el crneo
vaco, _desalquilado_, como una casa _con papeles_.

Hace poco--dijo con desaliento amargo--, perd la memoria de tal
modo... que... no saba cmo te llamas t. Vena subiendo la escalera, y
me entr tal rabia, que me pregunt a gritos: 'Pero cmo se llama, cmo
se llama?...'. Me acord al entrar en la casa. Hoy estaba haciendo una
medicina para un enfermo de los ojos, y en vez del sulfato de _atropina_
puse el de _eserina_, que es la indicacin contraria. Si no lo advierte
Ballester... qu atrocidad!, dejo ciego al enfermo... No puedo
trabajar. Esta cabeza se me ha trastornado. Figrate que a ratos....

Diciendo esto la miraba de hito en hito, y Fortunata no saba disimular
bien el terror que aquellos ojos le causaban.

Figrate que a ratos me siento tan estpido, pero tan estpido, que
creo tener por cabeza un pedazo de granito. No salta aqu una idea
aunque me d con un martillo. Y otros ratos parece que me vuelvo el
hombre de ms seso del mundo, y se me ocurren unas cosas...! De tan
sublimes que son no las puedo expresar; me tiembla la lengua, me la
muerdo y escupo sangre... Despus me quedo como el que sale de un
desmayo.

--Acustate y descansa--le propuso su mujer compadecida y asustada--.
Eso no es ms que cansancio de tanto discurrir.

Maximiliano empez a desnudarse, detenindose a cada momento.

En cuanto muevo un brazo--deca con terror--, me aumentan de tal modo
las palpitaciones que no puedo respirar. Ballester dice que es nervioso,
una hiperquinesia del corazn, producida por la dispepsia... gases...
Pero yo digo que no, que no, que esto es ms grave. Es la aorta... Yo
tengo una aneurisma, y el mejor da, plaf... revienta....

--No seas aprensivo... Si no leyeras librotes de Medicina no se te
ocurriran esos disparates--opin ella sacndole los pantalones.

Quedose con las piernas tiesas, en calzoncillos, esperando a que su
mujer le quitara tambin las botas. Dios te lo pague, hija de mi vida.
Aydame, que bien lo necesita tu pobre marido. Estoy lucido, como hay
Dios.

Fortunata le cogi gallardamente en brazos y le meti en la cama. An
poda ella ms. Ambos se rean; pero despus de la risa, Maximiliano dio
un suspiro, diciendo con la tristeza mayor del mundo:

Qu fuerza tienes!... Y yo qu dbil! Y a este llaman sexo fuerte!
Valiente sexo el mo!.

Durmete y no pienses en tonteras indic ella que, movida de piedad,
crey oportuno y caritativo hacerle algunas caricias.

--Si no fuera por ti--dijo l, como un nio mimoso--, no se me
importara que la vida se me acabara... El mundo no vale nada sino por
el amor. Es lo nico efectivo y real; lo dems es figurado.

Acostose tambin ella, y estuvo dndole conversacin hasta que le entr
sueo. Pobre chico! La lstima que Fortunata senta, apagaba en su
espritu la aversin, o al menos la esconda, como en un repliegue, no
permitindole manifestarse. Y la compasin haca que brotaran en su
voluntad aquellos deseos de virtud sublime que a ratos surgan como flor
de un minuto, criada por la emulacin. La emulacin o la mana imitativa
eran lo que determinaba la idea de que si su marido se pona muy malo,
muy malo, ella sera la maravilla del mundo por el esmero en asistirle y
cuidarle. Mas para que el triunfo fuese completo era menester que a Maxi
le entrase una enfermedad asquerosa, repugnante y pestfera, de esas que
ahuyentan hasta a los ms allegados. Ella, entonces, dara pruebas de
ser tan ngel como otra cualquiera, y tendra alma, paciencia, valor y
estmago para todo. Y entonces vera _esa_ si aqu hay perfecciones o
no hay perfecciones, y que cada una es cada una... Lo malo sera que no
lo viese, porque ac no ha de venir....

Maximiliano la distrajo de esta meditacin, dando quejidos profundos. Ya
conoca aquello su mujer y saba el remedio, que era volverlo suavemente
del otro lado...

Qu sueo!--murmur Maxi medio despierto--. Soaba que te habas
marchado... y yo te haba cogido de un pie, y t tirabas, y yo tiraba
ms, y tirando se me rompa la bolsa del aneurisma, y todo el cuarto se
llenaba de sangre, todo el cuarto, hasta el techo....

Le arrull para que se durmiera, y ella se durmi tambin. Levantose
temprano porque tena que trabajar. Despus de las nueve, cuando entr
en la alcoba a ver si a su marido se le ofreca alguna cosa, este se
estaba vistiendo, y en una disposicin de nimo muy distinta de la que
tuviera la noche anterior. No slo pareca recobrado de su debilidad,
sino que estaba inquieto, gil y como si acabara de tomar un excitante
muy enrgico. En cuanto entr su mujer, se fue derecho a ella,
abotonndose el cuello de la camisa, y en tono de acritud le dijo:

Oye... estaba deseando que vinieras para decirte que esas visitas del
seor de Feijoo me cargan. Anoche te lo iba a decir y se me olvid... Ya
lo sabes... S que ayer tarde estuvo aqu otra vez y le dieron chocolate
con mojicn. Me lo cont mi hermano Juan, que pasaba por la calle cuando
l sala, y hablaron.

Fortunata estaba pasmada de aquel exabrupto, y ms an del tono. Por las
maanas, sola estar Maximiliano algo regan y displicente; pero nunca
como aquel da. Volvindose hacia el espejo para ponerse la corbata,
prosigui diciendo: Es que parece que hacen las cosas a propsito para
molestarme, para que rabie... Y no eres t sola... mi ta tambin. Se
han propuesto sin duda hacerme perder la salud.

En el espejo pudo ver Fortunata la cara plida y contrada de Maxi, cuya
susceptibilidad nerviosa se manifestaba en un movimiento vibratorio de
cabeza, la cual pareca querer arrancarse por s misma del tronco.
Disculpose ella como pudo; pero l, en vez de calmarse, sigui
quejndose de que le mortificaban adrede, de que se proponan acabar con
l. La esposa callaba, sospechando que su marido no tena la cabeza
buena, y que sera peor llevarle la contraria. Desde entonces pudo
observar que por las maanas se repeta en Maxi la misma excitacin, y
la terquedad de que todas las personas de la familia se confabulaban
contra l para atormentarle. Unas veces tomaba pie de alguna falta
advertida en la ropa, botn cado, ojal roto, o cosa semejante. Otras,
era que le ponan un chocolate muy malo para que reventara... como que
le quedan envenenar...!, o bien que dejaban los balcones y las puertas
abiertas para que entrase un aire colado y le partiese. Estas manas
iban de mal en peor, poniendo a doa Lupe de un humor acerbsimo y
hacindole presagiar alguna desgracia. Lleg da en que Maxi se
expresaba con una violencia muy opuesta a su carcter pacfico, y cuando
no le contradecan, se contestaba l, echando lea por s propio en la
hoguera de su ira; y por fin se iba refunfuando, cerraba con golpe
formidable la puerta, y bajaba la escalera de cuatro en cuatro peldaos.

Por las noches el lobo se trocaba en cordero. Creerase que la fuerte
inervacin de la maana se iba gastando con los actos y movimientos de
la persona en el curso del da, y que esta llegaba a la noche en el
estado contrario, exhausta como el que ha trabajado mucho. Ya Fortunata
se haba acostumbrado a este tira y afloja, y ninguna de las
extravagancias de su marido la coga por sorpresa. Por las maanas lo
mejor era no hacerle caso, aparentando sumisin a sus exigencias; por
las noches no haba ms remedio que halagarle y mimarle un poco; que
otra cosa habra sido cruel.

Diferentes veces, en las intimidades con su cara mitad, Maximiliano
haba expresado esas tristezas tan comunes en los matrimonios que no
tienen hijos. Fortunata no gustaba de este tpico; pero no tena ms
remedio que aceptarlo. Una noche lo acogi con verdadero entusiasmo,
porque llevaba a l una felicsima idea que aquel da haba tenido.
Mira t--dijo a su esposo--; si Dios no quiere darnos una criatura, l
se sabr por qu lo hace. Pero podemos adoptar uno, buscar un huerfanito
y trarnosle a casa. A m me gustara mucho, y a los dos nos
distraera. Por qu no he de hacer yo, aunque soy pobre, lo que hacen
las seoras ricas, que no tienen hijos? Es muy soso un matrimonio sin
chiquitn.

A Maximiliano le pareci bien la idea; pero doa Lupe, aunque no la
contradijo abiertamente, no pareci entusiasmarse con ella. Los
chiquillos ensucian la casa, todo lo revuelven y enredan, y dan enormes
disgustos con sus enfermedades y travesuras. Aunque expuso estas ideas
con mucha discrecin, Fortunata se entristeci, porque se le haba
metido en la cabeza desde la noche antes aquel tema de recoger un nio
hurfano, y encariada con ella, le costaba mucho trabajo desecharla.
Mana de imitacin!




--ix--


Doa Lupe la invit, dos das despus de la tarde del choque con
Jacinta, a volver a visitar a Mauricia. Qu dira doa Guillermina si
no volvan! Negose Fortunata no s con qu pretexto, a ir all, y fue
sola doa Lupe. Era el da de San Isidro y no haba ventas en el Monte
de Piedad. A eso de las diez regres muy afectada, y entrando en el
gabinete donde su sobrina estaba cosiendo, le dijo: Hija, rzale un
Padre nuestro a la pobre Mauricia.

--Se ha muerto!--exclam Fortunata sintiendo una fuerte sacudida en su
alma.

--S, a las diez y media. Pareca que estaba esperando a que llegara yo
para morirse... pobrecilla! Vengo horrorizada. Si yo lo s, no parezco
por all. Estos cuadros no son para m. Cuando llegu estaba en su sano
juicio. Preguntome por ti con un inters...! Dijo que te quera ms que
a nadie, y que en cuantito que entrara en el Cielo, le iba a pedir al
Seor que te hiciera feliz. Yo, francamente, al or esto, vi que estaba
fatal, y Severiana me dijo que anoche creyeron por dos o tres veces que
se les quedaba en las manos. Le dieron congojas tan fuertes, que se le
acababa la respiracin... Not tambin que su voz pareca salir del
hueco de un cntaro muy hondo, y sonaba como lejos... La cara la tena
muy arrebatada, y los ojos hundidos, pero muy brillantes. Guillermina
estaba sentada a su cabecera, y a cada rato le daba abrazos y besos,
dicindole que pensara en Dios, que padeci tanto por salvarnos a
nosotros... De repente, se descompuso, hija; pero de qu manera...! se
qued amoratada, empez a dar manotazos y a echar por aquella boca unas
flores, unas berzas...! Era un horror. En esto lleg el Padre Nones, a
quien Guillermina haba mandado llamar para que la auxiliase; pero todo
intil. Ni la pobre enferma poda or lo que le decan, ni estaba su
cabeza para cosas de religin. La santa tuvo una idea feliz. Le dio a
beber una copa de Jerez, llena hasta los bordes. Mauricia apretaba los
dientes; pero al fin, debi darle en la nariz el olorcillo, porque
abriendo la bocaza, se lo atiz de un trago. Cmo se relama la
infeliz! Se calm y pum!, la cabeza en la almohada. Entonces
Guillermina, ponindole una cruz entre las manos, le preguntaba si crea
en Dios, si se encomendaba a Dios y a la Santsima Virgen, y a tales y
cuales santos del Cielo, y contestaba ella que s moviendo la cabeza...
El Padre Nones estaba de rodillas, reza que te reza. Encendieron una
vela, y te aseguro que el tufillo de la cera, los rezos y aquel
espectculo me levantaron el estmago y me han puesto los nervios como
cuerdas de guitarra. Yo no quera mirar; pero la curiosidad... eso es lo
que tiene... me haca mirar. Los ojos de Mauricia se le haban hundido
hasta ponrsele en la nunca, y la nariz, aquella nariz tan bonita, se le
afil como un cuchillo. Guillermina, alzando la voz, decale que se
abrazara a la cruz, que Dios la perdonaba, que ella la envidiaba por
irse derechita a la gloria, y otras muchas cosas que la hacan a una
llorar. La cabeza de Mauricia se iba quedando quieta, quieta... Luego la
vimos mover los labios, y sacar la punta de la lengua como si quisiera
relamerse... Dej or una voz que pareca venir, por un tubo, del stano
de la casa. A m me pareci que dijo: _ms, ms_... Otras personas
que all haba aseguran que dijo: _ya_. Como quien dice: Ya veo
la gloria y los ngeles. Bobera; no dijo sino _ms_... a saber,
_ms Jerez_. Guillermina y Severiana le acercaron un espejo a la
cara y lo tuvieron un ratito... Despus todos empezaron a hablar en
alta voz. Ya estaba Mauricia en el otro mundo; se haba quedado de un
color violado tirando a azul. A los diez minutos su fisonoma estaba
tan variada, que si la ves no la conoces.

Pero Guillermina... Qu mujer esa!--prosigui la de Juregui, despus
de una triste pausa, poniendo los ojos en blanco--. Creers que la
amortaj con sus propias manos? No hara ms si fuera su hija. Ella la
lav... ella la visti... ella le puso el hbito... y tan tranquila. Yo
habra querido ayudar; pero, francamente, no sirvo para esas cosas. Me
pareca natural el ofrecerme. Bien saba yo que la santa no haba de
ceder a nadie el llevar la batuta en aquella operacin: lo ha tomado por
oficio. Pero me ofrec, me ofrec. Hay que estar en todo y quedar
siempre en buen lugar. Y crete que lo poco que hice tiene mrito,
porque en m es un sacrificio cualquier niera de este gnero, mientras
que en esa seora no lo es, por estar muy acostumbrada a revolverse
entre enfermos y difuntos, como las hermanas de la caridad. Habas de
verla. Y siempre con su carita tan sonrosada, y aquel pasito ligero y
vivaracho. Cuando concluy, echamos las dos un largo prrafo en la
salita; hablamos de Mauricia, de la mucha miseria que hay en este
Madrid, y de que gracias a las buenas almas 'como usted' me dijo, se
remediaban muchos males. Y la sobrinita, no ha venido?--me pregunt--.
El otro da me prometi unos pantalones de su marido.

--Ah!, s--record Fortunata--. No crea usted que lo he olvidado. Ya
los apart. Son para un hombre que toca la corneta, el trombn o qu s
yo qu. Se los mandaremos a Severiana.

--Yo me encargo de eso--replic doa Lupe, dando a entender que pensaba
volver all.

--No, los llevar yo, bien envueltitos en un pauelo--dijo la sobrina, a
quien de sbito entraron ganas de ir a la casa mortuoria--. Llevaremos
cada una nuestro duro, por si piden para el entierro.

--Eso no est mal pensado. Pero a quien hay que darlos es a Guillermina
que es la que sabe agradecer. Ah! Se me olvidaba decirte otra cosa. Me
invit a ir a visitar su asilo, mejor dicho, nos invit a las dos.
Iremos. Ese da estrenar mi abrigo nuevo y t la falda que te piensas
hacer. Habr que echarle algo en el cepillo; pero no importa. Otros
petitorios me enfadan a m; que a los cepillos no les temo.

Papitos entr, y su ama le dijo que hiciera una taza de t, porque tena
el estmago revuelto. La seora no se haba quitado el manto ni los
guantes; pero cuando se aligeraba, charlando, de la carga que en su
espritu tena, pens en mudarse de ropa. En la mano traa un lo. Eran
varias cosillas que de paso compr para engolosinar a Maxi. Ballester
haba recomendado que se le diera carne cruda; pero como l se negaba a
comerla, doa Lupe discurri el darle menudillos, corazones de aves, y
suprimir para l el cocido y los feculentos. Para postre le trajo
_bruos_ de Portugal.

A nada de esto atenda Fortunata, por tener el pensamiento enteramente
ocupado con aquella idea de visitar el asilo de doa Guillermina. De
all sacara el huerfanito que quera prohijar. Pues digo... si estaba
todava en el establecimiento aquel mismo nene que su to Pepe Izquierdo
quiso venderle a Jacinta, qu ocasin, Cristo!, qu golpe! Que vieran,
s, que vieran cmo tambin ella...

Pero pronto haba de ocurrir algo que desconcert por completo el plan
de adoptar un huerfanito. Al da siguiente, resistiendo al empeo de
Maxi que quera llevarlas a San Isidro, fueron, como estaba concertado,
a la calle de Mira el Ro. Tema Fortunata aquella visita por diferentes
motivos, no siendo el menor la pena que le causara, ver los restos de
Mauricia. Temerosa y sobresaltada, quedose en la salita, donde estaba
doa Fuensanta con un pauelo negro por los hombros. Severiana entraba y
sala. Sus ojos revelaban que haba llorado, y tambin tena un mantn
negro por los hombros. Por un resquicio de la puerta que comunicaba la
sala primera con la cmara mortuoria, vio Fortunata los pies de la Dura
en el atad, y no tuvo nimo para acercarse a ver ms. Dbale pena y
terror, y no poda olvidar las ltimas palabras que le dijo su infeliz
amiga: Lo primerito que le he de pedir al Seor es que te mueras t
tambin, y estaremos juntas en el Cielo. Aunque se tena por
desgraciada, la de Rubn se agarraba con el pensamiento a la vida. Lo
que dijo Mauricia era un disparate. Cada uno se muere cuando le toca, y
nada ms. Doa Lupe, que pas a ver a la difunta, se afect tanto, que
no pudo permanecer all. Hija ma--dijo a su sobrina secretendose--,
yo no puedo ver estas cosas fnebres. Creo que me va a dar algo. La
muerte me aterra, y no es que yo sea aprensiva. No me causa espanto
ninguna enfermedad, como no sea el mal de miserere. Es lo que temo... En
fin, que yo me voy de aqu al Monte. Necesito que me d el aire. Qudate
t por el buen parecer; ah dentro est la santa. Toma mi duro, por si
hay la consabida suscricioncita. En cuanto se lleven el cuerpo te vas a
casa. Abur.

Cuando se fue la de Juregui, dejando sola a su sobrina, esta mud de
sitio por no ver los pies de Mauricia, calzados con bonitas botas de
caa clara; pies preciossimos que no daran ya un solo paso, Doa
Fuensanta sali y le dijo algunas palabras. Un ratito despus, abriose
la puerta de la estancia mortuoria, y Fortunata tuvo un estremecimiento
nervioso, creyendo al pronto que era la propia Mauricia que apareca...
Pero no, era Guillermina. Desde que dio esta el primer paso en la sala,
fijronse sus ojos en la joven, quien otra vez tuvo miedo. La santa iba
derecha a ella, mirndola como no la haba mirado nunca.

Tocndole suavemente un brazo, le dijo: Tengo que hablar con usted.

Conmigo!....--S, con usted--y al decir esto le volvi a tocar. La
impresin de este contacto corrale por el brazo arriba hasta llegar al
corazn.

Dos palabritas--aadi la santa; y luego se corrigi as--: Algunas ms
sern.

Adverta Fortunata en aquella cara cierta severidad: iba a decir algo;
pero la otra no le dio tiempo, y tomndole el brazo, como se toma el de
los hombres, le dijo:

Venga usted por aqu. Tiene prisa?.

--No seora...--Yo no me haba marchado por esperar a ver si usted
vena. Anoche tambin la esper a usted, y no quiso venir.

Condjola a la casa prxima, donde doa Fuensanta viva, y entraron en
una salita bastante desordenada, en la cual haba ms bales que sillas,
y dos cmodas. Guillermina cerr la puerta, e invitando a Fortunata a
ocupar una silla, sentose ella en un cofre.




--x--


Fortunata no saba qu decir, ni qu cara poner, ni para dnde
mirar; tanto la asustaba y sobrecoga la presencia de la respetable dama
y la presuncin del grave negocio que en aquella conferencia se iba a
tratar. Guillermina, que no gustaba de perder el tiempo, abord al
instante la cuestin de esta manera: Yo tengo una amiga a quien quiero
mucho... la quiero tanto que dara mi vida por ella; y esta amiga tiene
un marido que... En una palabra, mi amiga ha padecido horriblemente con
ciertas... tonteras de su esposo... el cual es una excelente persona
tambin... entendmonos, y yo le quiero mucho... Pero en fin, los
hombres....

La seora de Rubn miraba los trastos que obstruan el cuarto. Sin duda
buscaba algn mueble debajo del cual se pudiera meter.

Vamos al caso--prosigui la otra, dando un castaetazo con los
labios--. Yo soy muy clara en todas mis cosas; no me gustan comedias. Me
he comprometido a hablar con usted.

Primero se convino en acudir a la seora de Juregui; pero luego cre
mejor embestirla a usted directamente, y apelar a su conciencia, porque
me pareca a m que llamando a esa puerta, alguien me respondera desde
dentro. Yo no creo que haya nadie malo, malo de todas veras. Me he
llevado tantos chascos!... tantas veces me ha pasado ver que una persona
con fama de perversa sala de buenas a primeras con un acto de los ms
cristianos, que ya no me sorprendo de ver saltar el bien en donde menos
se piensa. Que usted ha tenido sus extravos, todo el mundo lo sabe.
Para qu hemos de decir otra cosa?.

--Claro!...--murmur Fortunata sin enterarse del verdadero sentido de
las palabras.

--Yo no tena el gusto de conocer a usted... Le confieso que me qued
pasmada cuando mi amiguita me dijo ayer quin era usted. Ni remota
sospecha tena yo... Si esto parece comedia! Encontrarse aqu, en un
acto de caridad dos personas tan... no se me ofenda si digo tan opuestas
por sus antecedentes, por su manera de ser...! Y no quiero rebajar a
nadie. Todo lo contrario: se me figura, no s por qu... esto es cosa de
presentimiento, de adivinacin, de corazonada... se me figura que usted,
si la sacuden bien, as como otros cuando los apalean sueltan bellotas,
si la sacuden bien, digo, ha de dejar caer alguna flor.

Fortunata dijo que s con la cabeza, y el dogal que en el cuello senta
empez a aflojarse.

Por esto apelo a su conciencia, y le pido que me declare, la mano
puesta en el corazn, si esta temporada, en estos das, tiene algn
trato con el esposo de mi amiga... Porque esta es la idea que se le ha
metido ahora en la cabeza. Con que a ver, dgame usted si....

--Yo!--exclam Fortunata, que casi perdi el miedo con el empuje de la
verdad que quera salir--. Yo... ahora? Est usted soando? Si hace
un siglo que ni siquiera le he visto...!

--De veras?--pregunt la santa, guiando los ojos. Aquel modo de mirar
extraa la verdad como con tenazas; y ciertamente, la pecadora senta
que la mirada aquella la penetraba hasta lo ms profundo, trincando todo
lo que encontraba.

--Pero no lo cree?... Pero lo duda?--aadi; y olvidndose de los
buenos modales, iba a hacer la cruz con los dedos y a besrselos jurando
_por esta_.

El deseo de ser creda resplandeca de tal modo en sus ojos, que
Guillermina no pudo menos de ver asomada en ellos la conciencia. Pero
como disimulaba esto, permaneciendo fra y observadora, la otra se
impacientaba y enardeca, no sabiendo ya qu decir para convencerla.
Por qu quiere usted que se lo jure?...

Vamos, que dudar esto!... Ni verle, ni saber de l tan siquiera....

--No diga usted ms--manifest Guillermina con cierta solemnidad--. Me
basta. Lo creo. Si usted me hubiera dicho lo contrario, yo le habra
pedido que hiciese todo lo posible por devolver a esa pobrecilla la
tranquilidad, eso es. Pero si no hay nada, me guardo mi splica por
ahora; nicamente me permito hacerla de un modo condicional, qu le
parece a usted?, mirando a lo futuro, y para el caso de que lo que ahora
no sucede, sucediera maana o pasado.

La seora de Rubn miraba al suelo. Tena el pauelo metido en el puo y
este en la barba.

Pero ahora--agreg la santa mujer--, se me ocurre hacer otra
preguntita... Usted tenga mucha paciencia; buena jaqueca le ha cado
encima. Vamos a ver: si ya no hay nada absolutamente entre usted y el
marido de mi amiga, si todo pas, por qu guardamos ese rencor a una
persona que no nos hace ningn dao?... Por qu el otro da, ah en ese
pasillo, la trat usted de una manera tan descompuesta y le dijo... no
s qu? Francamente, hija, esto nos ha parecido muy extrao, porque
usted es casada, y vive en paz con su marido, al menos as lo parece. Si
aquellas diabluras se acabaron, a qu vena maltratar de palabra y
hasta de obra a la pobre Jacinta, cuando lo que proceda era pedirle
perdn?.

--Eso fue que...--murmur Fortunata, haciendo del pauelo una perfecta
pelota--, eso fue... pues fue que...

Y no haba medio de pasar de aqu. Las lgrimas salan a sus ojos, y el
nudo de la garganta volvi a apretrsele de un modo horrible. En toda su
vida, en tiempo alguno, habase visto la infeliz en trance semejante. La
persona que familiar y cariosamente llamaban algunos la _rata
eclesistica_, infundale ms respeto que un confesor, ms que un
obispo, ms que el Papa. Y la _rata_ guiaba ms los ojos, y en su
bondad quiso abrir camino a la confesin.

Es que usted, como si lo viera, conserva resentimientos y quiz
pretensiones que son un gran pecado; es que usted no est curada de su
enfermedad del nimo; es que usted, si no tiene ahora trato con aquel
sujeto, se halla dispuesta a volverlo a tener. Las cosas claritas.

Fortunata no contest. He acertado? He puesto el dedo en la parte ms
sensible de la llaga? Franqueza, seora ma; que esto no ha de salir de
aqu. Yo me tomo estas libertades, porque s que usted no se ha de
enfadar. Bien s que abuso y que me pongo insoportable y machacona; pero
agunteme usted por un momento; no hay ms remedio... Con que a ver....

Tampoco dijo nada. Por fin, desliando el pauelo y expresndose a
tropezones, quiso escapar por la tangente en esta forma: Aquel da...
cuando le dije a esa seora... aquello... despus me pes.

--Y por qu no le pidi usted perdn?

--Digo que me pes mucho.--Estamos en ello... corriente... pero conteste
claro, por qu no le dio excusas?

--Porque me march a mi casa.

--Bueno. Y si ahora la viera usted?

Silencio completo. Guillermina no tuvo paciencia para esperar ms la
respuesta, y acalorndose expres lo que sigue: Pero usted no sabe que
esa seora es mujer legtima... mujer legtima de aquel caballero?
Usted no sabe que Dios les cas y su unin es sagrada? No sabe que es
pecado, y pecado horrible, desear el hombre ajeno, y que la esposa
ofendida tiene derecho a ponerle a usted las peras al cuarto, mientras
que usted, con dos adulterios nada menos sobre su conciencia, la ofende
con slo mirarla? Pero vamos a ver, usted qu se ha llegado a figurar,
que estamos aqu entre salvajes y que cada cual puede hacer lo que le da
la gana, y que no hay ley, ni religin, ni nada? Pues estaramos lucidos
con esas idetas, s seor... No extrae usted que me enfade un poco, y
dispense.

Fortunata estaba como si le hubieran vaciado sobre el crneo una cesta
de piedras. Cada palabra de Guillermina fue como un guijarro.

En aquel momento, cogido el pauelo por las dos puntas haca con l una
soga. No se puede saber si fueron espontaneidad aturdida o bien
reflexin deliberada estas palabras suyas:

Es que yo soy muy mala; no sabe usted lo mala que soy.

--S, s; ya voy viendo que no somos una perfeccin--indic la santa
irguindose en el asiento como para mirarla ms de lejos--. Cuando hay
arrepentimiento el Seor perdona. Pero usted, por lo visto, tiene una
frescura para mirar estas cosas de la moral...!, frescura que no le
envidio. Usted est casada: ya que la conciencia no le remuerde por un
lado, cmo no le escuece por el otro?

--Me cas sin saber lo que haca.

--Qu angelito!... sin saber lo que haca! Pues qu, casarse es un
acto insignificante y maquinal como beber un buche de agua? Puede
alguien casarse sin saber que se casa?... Hija ma, ese argumento
gurdelo usted para cuando hable con tontas, que conmigo no vale.

--Me casaron--agreg Fortunata, volviendo a hacer una pelota con el
pauelo--me casaron sin que pueda decir cmo. Cre que me convena y que
podra querer a mi marido.

--Ay, qu gracioso!... Qu monsima es la criatura!--exclam la
fundadora con amable irona y gracejo--. Estas... hartas de pecados son
muy saladas cuando se hacen las inocentes. Crey que le podra querer!
Y qu hizo usted para conseguirlo?... Ah! Lo que usted quera, digamos
las cosas claras, lo que usted quera era casarse para tener un nombre,
independencia y poder corretear libremente. Ms clarito todava? Pues
lo que usted deseaba era una bandera para poder ejercer la piratera con
apariencias de legalidad. Desdichado hombre el que carg con usted! De
veras que le cay la lotera. Y dgame, al fin no salt por alguna
parte ese cario que usted quera tener?

--No seora--replic Fortunata, rompiendo a llorar--. Pero si me habla
usted de esa manera, no podr seguir; tendr que retirarme.

La santa se corri en el cofre que le serva de asiento para aproximarse
a la silla en que estaba la otra.

Vamos, no llore usted--le dijo con bondad, ponindole la mano en el
hombro--. No se ofenda por lo que he dicho. Ya le recomend a usted que
me llevara con paciencia. Hay que tomarme o dejarme. Cuando me pongo a
sacar pecados no se me puede aguantar... Pues es claro, les duele; pero
luego sienten alivio. Y hasta ahora, nada me ha dicho usted en su
descargo.

--Pero qu culpa tengo yo de no querer a mi marido?--manifest la
pecadora de la manera sofocada e intermitente que el llanto le
permita--. Yo no lo puedo remediar. Yo no me cas por lo que la seora
dice, sino porque estaba equivocada, porque vea las cosas de otro modo
que como son. A mi marido no le quiero, ni le querr nunca, aunque me lo
manden todos los santos de la Corte celestial. Por eso digo que soy muy
mala, muy mala.

Guillermina dio un gran suspiro. En presencia de aquel terrible
antagonismo entre el corazn y las leyes divinas y humanas, problema
insoluble, su gran piedad inspirole una idea sublime. Bien s que es
difcil mandar al corazn. Pero eso mismo le da a usted motivo para
dejar de ser mala, como dice, y adquirir mritos inmensos. Pero, hija,
en qu ha estado pensando que no se le ha ocurrido esto? Cumplir
ciertos deberes, cuando el amor no facilita el cumplimiento, es la mayor
hermosura del alma. Hacer esto bastara para que todas las culpas de
usted fueran lavadas. Cul es la mayor de las virtudes? La abnegacin,
la renuncia de la felicidad. Qu es lo que ms purifica a la criatura?,
el sacrificio. Pues no le digo a usted ms. Abra esos ojos, por amor de
Dios; abra ese corazn de par en par. Llnese usted de paciencia, cumpla
todos sus deberes, confrmese, sacrifquese, y Dios la tendr por suya,
pero por muy suya. Haga usted eso, pero claro, que se vea, que se palpe,
y el da en que usted sea como le propongo, yo... yo....

Al decir _yo_, Guillermina se pona la mano en el pecho y daba a sus
ojos la expresin ms hermosa.

Yo, yo... ese da, ir a confesarme con usted como usted se confiesa
ahora conmigo.

Esto dej a Fortunata tan desconcertada, que sus lgrimas se secaron de
improviso. Miraba con verdadero espanto a la _rata eclesistica_.

No se asombre usted ni ponga esos ojazos--prosigui esta--. Yo no he
tenido ocasin de tirar por el balcn a la calle una felicidad, ni una
ilusin, ni nada. Yo no he tenido lucha. Entr en este terreno en que
estoy como se pasa de una habitacin a otra. No ha habido sacrificio, o
es tan insignificante, que no merece se hable de l. Rase usted de m,
si quiere; pero sepa que cuando veo a alguna persona que tiene la
posibilidad de sacrificar algo, de arrancarse algo que duele, le tengo
envidia... S; yo envidio a los malos, porque envidio la ocasin, que me
falta, de romper y tirar un mundo, y les miro y les digo: 'Necios,
tenis en la mano la facultad del sacrificio y no la aprovechis...'.

Esta idea, a pesar de ser tan alta, fue muy inteligible para Fortunata,
a quien se acerc Guillermina, y echndole el brazo por los hombros, la
apret suavemente contra s. Nunca, en tiempo alguno, ni en el
confesionario, haba sentido la prjima su corazn con tantas ganas de
desbordarse, arrojando fuera cuanto en l exista. La mirada sola de la
virgen y fundadora pareca extraerle la representacin ideal que de sus
propias acciones y sentimientos tena aquella infeliz en su espritu,
como la tenemos todos, representacin que se aclara o se oscurece, segn
los casos, y que en aquel resplandeca como un foco de luz.




--xi--


Abriose la puerta y entr Severiana llorando a gritos. Haba
llegado el momento de que se llevaran el cuerpo de Mauricia, y este acto
tristsimo se conoci en los gemidos y sollozos de todas las mujeres que
en la casa mortuoria estaban. Cuando Guillermina y Fortunata salieron,
ya el atad era bajado en hombros de dos jayanes para ponerlo en el
carro humilde que esperaba en la calle. La curiosidad y el deseo de dar
el ltimo adis a su amiga empujaron a Fortunata hacia la escalera...
Alcanz a ver las cintas amarillas sobre la tela negra, en la revuelta
de la escalera; pero fue un segundo no ms. Despus se asom al balcn,
y vio cmo pusieron la caja en el carro, y cmo se puso en marcha este
sin ms acompaamiento que el de un triste simn en que iban Juan
Antonio y dos vecinos. Se vio tan vivamente acometida de ganas de
llorar, que no recordaba haber llorado nunca tanto, en tan poco tiempo.

Y no era slo la pena de ver desaparecer para siempre a una persona
hacia la cual senta amor, aficin, querencia increble; era adems una
necesidad de desahogar su corazn por penas atrasadas y que sin duda no
estaban bien lloradas todava.

Pronto desapareci el carro, y de Mauricia no qued ms que un recuerdo,
todava fresco; pero que se haba de secar rpidamente. A los diez
minutos de haber salido el cuerpo, entr Severiana con los ojos
hinchados, y abri todas las puertas, ventanas y balcones para que se
ventilara la casa. La comandanta empezaba a disponer el tren de
limpieza, y a sacar los trastos para barrer con desahogo.

--Pobre Mauricia!--dijo Fortunata a Guillermina, secndose el llanto a
toda prisa, pues no le pareca bien ser ella la que ms llorase--. Mire
usted, seora, a m me pasaba con esa mujer una cosa rara. Sabiendo que
era muy mala, yo la quera... me era simptica, no lo poda remediar. Y
cuando me contaba las barbaridades que hizo en su vida, yo no s... me
alegraba de orla... y cuando me aconsejaba cosas malas, me pareca, ac
para entre m, que no eran tan malas y que tena razn en
aconsejrmelas. Cmo me explica usted esto?

--Yo?... que le explique yo?...--repuso la fundadora con cierto
aturdimiento--. Hay en el corazn misterios muy grandes, y en lo que
toca a la simpata, misterios de misterios... Pobre mujer! Y si viera
usted qu guapa era cuando polla. Se cri en casa de mis padres.
Lstima de chica! Su perfil elegante, la mirada, la expresin, eran de
lo poco que se ve. Despus se ech a perder, y se le puso la cara dura y
hombruna, la voz ronca. Dicen que era el retrato vivo de Bonaparte, y
efectivamente...

Guillermina mir las lminas napolenicas, y Fortunata tambin,
reconociendo el parecido. Despus la santa se despidi de Severiana,
dicindole que volvera al da siguiente. Le recomend la paciencia, y
tomando el brazo de la de Rubn, se fue con ella. Severiana y la
comandanta las escoltaron hasta el portal.

Tenemos mucho que hablar--le dijo Guillermina en la calle--; pero
mucho. Lo de hoy no ha sido ms que desflorar el asunto. Me ha sabido a
nada. Y usted, tendr un poco ms de paciencia para aguantarme? Porque
si no ha quedado harta de m, le he de rogar que me d otra audiencia.
Ser usted tan buena que quiera tener conmigo otro rato de palique?.

--Todos los que usted quiera--replic la seora de Rubn, encantada con
la indulgencia y cortesa de la ilustre dama.

--Bueno; ya fijaremos cundo y cmo. Va usted hacia su casa? Pues
iremos juntas, porque yo tengo que ir a la calle de Zurita a echarle un
rspice a mi herrero, y no har usted nada dems si me acompaa un poco.
Pronto despacho, y la dejar a usted en la puerta de su casa.

Aceptada con sumo agrado la proposicin, anduvieron juntas el torcido y
desigual camino que separa la vertiente de la Arganzuela del barranco de
Lavapis. Hablaban de cosas que nada tenan de espirituales, de lo caro
que se estaba poniendo todo... La carne sin hueso, quin lo haba de
decir!, a peseta; la leche a diez cuartos; el pan de picos a diez y
seis, y de las casas no dijramos; un cuarto que antes costaba ocho
reales, ya no se encontraba por catorce. Llegaron por fin a la calle de
Zurita y se metieron en una herrera, grande, negra, el piso cubierto de
carbn, toda llena de humo y de ruido. El dueo del establecimiento
avanz a recibir a la seora, con su mandil de cuero ennegrecido, la
cara sudorosa y tiznada, y quitndose la porra, le dio sus excusas por
no haber entregado los clavos _bellotes_.

Pero y los gatillos, que es lo que hace ms falta?--dijo la dama
amoscndose--. Hombre de Dios, usted se va a condenar por tantos
embustes como dice. No me prometi que estaran por ayer? Qu palabras
son esas? Vaya, que ni Job tendra paciencia para aguantarle a usted.
Estn parados los carpinteros de armar, por causa de esa santa pachorra.
No me extraa que est usted tan gordo, Sr. Pepe... Y pngase la gorra,
que est sudando y se puede constipar.

El herrero se excusaba con voz balbuciente, y por fin hizo juramento de
dar los gatillos para el jueves, s, para el jueves, con toda
seguridad... Haba tenido un encargo con muchas prisas... pero en
seguida se pondra con los gatillos de la seora, y los tendra, los
tendra _por encima de la cabeza de Cristo_ para el da sealado. Volvi
la fundadora a sermonearle, pues no se contentaba con promesas, y se
despidi diciendo que si no estaban el jueves, se poda quedar con
ellos. Sali el Sr. Pepe, haciendo cortesas, hasta media calle, y las
dos seoras subieron despacio hacia la del Ave-Mara.

Bueno--dijo Guillermina--; antes de separarnos, quedaremos en algo.
Quiere usted ir a mi casa? Sabe usted dnde vivo?.

Fortunata dijo que s. Santa Cruz le haba dicho varias veces que la
_rata eclesistica_ viva en la casa inmediata a la suya, y que ella y
Barbarita se comunicaban por los miradores. Para fijar el da, tuvo que
pensarlo porque no quera dar cuenta a doa Lupe de tal visita, temerosa
de que metiera en ella su cucharada, y discurri que era preciso escoger
un da en que _la de los pavos_ fuera al Monte de Piedad.

El viernes... le parece a usted bien?, de diez a once de la maana.

--Perfectamente... Adis, hija, conservarse.

(Ya estaban en la puerta de la casa). Que la espero a usted. Que no me
d un plantn.

--Quia!... No faltaba ms.

Quedose un rato Fortunata en la puerta mirndola subir, calle arriba, y
despus entr despacio, meditabunda. En todo el resto del da no la pudo
apartar de su mente. Qu extraordinaria mujer aquella! Sentala dentro
de s, como si se la hubiera tragado, cual si la hubiera tomado en
comunin. Las miradas y la voz de la santa se le agarraban a su interior
como sustancias perfectamente asimiladas. Y por la noche, cuando Maxi se
durmi, y estaba ella dando vueltas en la cama sin poder coger el sueo,
vnole a la imaginacin una idea que la hizo estremecer. Con tal
claridad vea a Guillermina como si la tuviera delante; pero lo raro no
era esto, sino que se le pareca tambin a Napolen, como Mauricia la
Dura. Y la voz?... La voz era enteramente igual a la de su difunta
amiga. Cmo as, siendo una y otra personas tan distintas? Fuera lo que
fuese, la simpata misteriosa que le haba inspirado Mauricia, se pasaba
a Guillermina. Cmo, pues, se podan confundir la que se seal por sus
vergonzosas maldades y la santa seora que era la admiracin del mundo?
Yo no s cmo es esto--discurra Fortunata--; pero que se parecen no
tiene duda. Y el habla de las dos me suena lo mismo... Seor, qu ser
esto!.

Se devanaba los sesos en el torniquete de su desvelo para averiguar el
sentido de tal fenmeno, y lleg a figurarse que de los restos fros de
Mauricia sala volando una mariposita, la cual mariposita se meta
dentro de la _rata eclesistica_ y la transformaba... Cosa ms rara!
El mal extremado refundindose as y reviviendo en el bien ms puro!...
Pero no podra ser que Mauricia, arrepentida y bien confesada y
absuelta, se hubiera trocado, al morir, en criatura sana y pura, tan
pura como la misma santa fundadora... o ms, o ms? Qu confusin,
Dios mo! Y que no haya nadie que le explique a una estas cosas....

Despus le causaba pavor la visin figurada de los pies de Mauricia...
En la oscuridad, que surcaban rayas luminosas, vea las botas elegantes
y pequeas de la difunta... Los pies se movan, el cuerpo se levantaba,
daba algunos pasos, iba hacia ella y le deca: Fortunata, querida amiga
de mi alma, no me conoces? Re...! Si no me he muerto, chica, si estoy
en el mundo, cretelo porque yo te lo digo. Soy Guillermina, doa
Guillermina, la _rata eclesistica_. Mrame bien, mrame la cara, los
pies... las manos, el mantn negro... Estoy loca con este asilo
pastelero, y no hago ms que pedir, pedir, pedir al Verbo y a la Verba.
Sr. Pepe, me hace usted esos gatillos o no?... peinetas se deban
volver!.




-VII-

La idea... la pcara idea




--i--


Guillermina viva, como antes se ha dicho, en la calle de Pontejos,
pared por medio con los de Santa Cruz. Era aquella la antigua casa de
los Morenos; all estuvo la banca de este nombre desde tiempos remotos,
y all est todava con la razn social de _Ruiz Ochoa_ y _Compaa_. El
edificio, por lo angosto y alto, pareca una torre. El jefe actual de la
banca no viva all; pero tena su escritorio en el entresuelo; en el
principal moraba D. Manuel Moreno-Isla, cuando vena a Madrid, su
hermana doa Patrocinio, viuda, y su ta Guillermina Pacheco; en el
segundo viva Zalamero, casado con la hija de Ruiz Ochoa, y en el
tercero, dos seoras ancianas, tambin de la familia, hermanas del
obispo de Plasencia, Fray Luis Moreno-Isla y Bonilla.

Entr Guillermina en su casa a las nueve y media de aquel da que deba
de ser memorable. Tan temprano, y ya haba andado aquella mujer medio
mundo, odo tres misas y visitado el asilo viejo y el que estaba en
construccin, despachando de paso algunas diligencias. Llegose un
instante a su gabinete, pensando en la visita que aquel da esperaba,
pero el inters de este asunto no le hizo olvidar los suyos propios, y
sin quitarse el manto, volvi a salir y fue al despacho de su sobrino.
Se puede? pregunt abriendo suavemente la puerta.

Pasa, _rata_ replic Moreno, que se acababa de dar un bao y estaba
sentado, escribiendo en su pupitre, con bata y gorro, clavados los
lentes de oro en el caballete de la nariz.

--Buenos das--dijo la santa entrando; l la miraba por encima de los
quevedos--. No vengo a molestarte... Pero ante todo. Cmo ests hoy?
No se ha repetido el ahoguillo?

--Estoy bien. Anoche he dormido. Me parece mentira que haya descansado
una noche. Todo lo llevo con paciencia; pero esos desvelos horribles me
matan. Hoy, ya lo ves, hablo un rato seguido y no me canso.

--Vaya... cosas de los nervios... y resultado tambin de la vida ociosa
que llevas... Pero vamos a mi pleito. Slo te quera decir que ya que no
me acabes el piso, me des siquiera unas vigas viejas que tienes en tu
solar de la calle de Relatores... Ayer fui a verlas. Si me las das, yo
las mandar aserrar...

--Vaya por las vigas, que no son viejas.

--Si estn medio podridas!

--Qu han de estar! Pero en fin, tarasca, tuyas son--replic Moreno
volviendo a escribir--. Cundo querr Dios que acabes tu dichoso asilo,
a ver si descansa el gnero humano! Mira, no sabes lo antiptica que te
haces con tus petitorios. Eres la pesadilla de todas las familias y
cuando te ven entrar, no lo dudes, aunque te pongan buena cara, te
echan de dientes adentro cada maldicin...!

A estas palabras, dichas con seriedad que ms bien pareca broma,
contestole Guillermina sentndose junto al pupitre, apoyando un codo en
l, y mirando frente a frente al sobrino, cuya barba acarici con sus
dedos, entre los cuales tena enredado an el rosario.

Todo eso lo dices por buscarme la lengua. Eres muy pillincito. Por de
pronto vengan esos maderos que no te sirven para nada.

--Carga con ellos y as te perniquiebres--repuso D. Manuel sonriendo.

--Pero no basta eso. Es preciso que pongas una orden a tu administrador
para que me los entregue. Aqu, en este papelito... Ya que tienes la
pluma en la mano no me voy sin la orden. Luego acabars tu carta.

Diciendo esto, coga de la papelera un pliego timbrado y se lo pona
delante, apartando con su propia mano la carta que estaba a medio
escribir.

--Dios tenga compasin de m! Y el diablo cargue con estas santas
cursis, con estas fundadoras de establecimientos que no sirven para
nada.

--Escribe, tontito. Si todo eso que hablas es bulla. Si eres lo ms
bueno... y lo ms cristiano...!

--Cristiano yo!--exclam el caballero enmascarando su benevolencia con
una fiereza histrinica--. Cristiano yo! Mal pecado! Para que no te
vuelvas a acercar ms a m, me voy a hacer protestante, judo, mormn...
Quiero que huyas de m como de la peste.

--Vamos, no tontees. Te advierto que de ninguna manera te has de librar
de m, pues aunque te vuelvas el mismo Demonio, te he de pedir dinero y
te lo he de sacar. Vamos; ponme eso.

--No me da la gana. Y dicindolo empezaba a redactar la orden.

--As, as...--deca Guillermina dictando--. Sr. D... haga usted el
favor de dar los palos....

--Por ah... los palos... Lea, que te den lea es lo que a ti te viene
bien.

Durante el silencio de la escritura, oyose en el pasillo prximo rumor
de faldas, voces de mujeres y estallido de besos. Moreno levant la
pluma diciendo: Quin es?.

--No te interrumpas... Qu te importa a ti? Debe de ser Jacinta. Sigue.

--Pues que pase aqu. Por qu no pasa?

--Est hablando con tu hermana. Jacinta, Jacintilla!, entra: el
monstruo quiere verte.

Abriose la puerta y aparecieron Jacinta y Patrocinio, la hermana de
Moreno. Esta se rea de ver a su hermano enzarzado con la santa, y
rindose se retir.

--Venga usted... Jacinta por Dios--dijo Moreno echando la firma al
documento--, y squeme de este Calvario. Crea usted que su amiguita me
est crucificando.

Calle usted, cicatero--le contest la joven avanzando hacia la mesa--.
Usted es el que la crucifica a ella, porque pudiendo darle todo lo que
le pide, que bien de sobra lo tiene, no se lo da: y hace muy mal en
atormentarla si piensa drselo al fin.

--Vamos, usted se me ha pasado al enemigo. Ya no hay salvacin--afirm
l quitndose los lentes y frotndose los ojos, cansados de tanto
escribir--. Estamos perdidos.

--Eh?, qu tal? Tengo buenos abogados?--dijo Guillermina recogiendo
su papel.

--Cicatero!--repiti Jacinta--. Negarle tres o cuatro mil tristes
duros para acabar el piso...!, un hombre que no tiene hijos, que est
nadando en dinero! Usted que antes era tan bueno, tan caritativo...!

--Es que me he vuelto protestante, hereje, y me voy a volver judo, a
ver si esta calamidad me deja en paz.

--No, no le dejaremos, verdad?--insisti la santa--. Mira, Manolo:
Jacinta y yo pedimos ahora juntas. Aunque te vuelvas turco, ya te cay
que hacer.

--No, Jacinta no se mete en esos enredos--dijo Moreno mirndola
fijamente en los ojos.

--Vaya que s me meto. El asilo es mo; lo he comprado.

--S?, pues si ha dado usted dos pesetas por l ha hecho un mal
negocio. Todava est a la mitad y ya se est cayendo.

--Primero te caers t.

--Es mo--afirm la seora de Santa Cruz avanzando ms y poniendo la
palma de la mano sobre el pupitre--. A ver, rico avariento, d usted
para la obra de Dios.

--Otra! Ya he dado unas vigas que valen cualquier cosa--replic Manolo,
mirando embelesado, tan pronto la cara de la mendicante como su mano de
ngel, sonrosada y gordita.

--Eso no basta. Necesitamos acabar el piso principal, y...

--Eso... eso...--interrumpi Guillermina--. Pero no te dar ni una mota.
Sabes? Se va a hacer mormn, y necesita el dinero para tantsimas
mujeres como tendr que mantener.

--Poco a poco, seoras mas--observ el rico avariento, echndose sobre
el respaldo del silln--. La cosa vara de aspecto. Jacinta metida a
santa fundadora! Qu compromiso! Ahora s que no s cmo salir del
paso, porque ahora s que me condeno de veras, si me obstino en la
negativa. Porque no hay duda de que esta mano que pide, mano del Cielo
es...

--Y tan del Cielo--indic la propia Delfina sacudiendo la mano--.
Decidirse pronto, caballero. Es la primera vez que ejerzo de santa. Si
me echa la limosnita, usted me estrena.

--S?...--dijo l movindose en el silln con gran desasosiego--. Pues
doy, pues doy.

Guillermina empez a dar palmadas, gritando: Hosanna... ya le tenemos
cogido. Y con vivacidad, semejante a la de una jovenzuela, ech mano a
la llave que estaba puesta en uno de los cajones de la mesa.

--Eh... qu libertades son estas?--grit su sobrino sujetndole la
mano.

--El talonario del Banco...--deca la _rata eclesistica_, luchando por
desasirse y por sofocar la risa--. Aqu, aqu lo tienes, perro hereje...
scalo pronto y pon cuatro nmeros, cuatro letras y el garabato de tu
firma. Jacinta, abre... scalo... no tengas miedo.

--Orden, orden, seoras--arguy Moreno a quien la risa cortaba la
respiracin--. Esto ya es un allanamiento, un escalo. Tengan calma,
porque si no me ver en el caso de llamar a una pareja.

--El talonario, el talonario!--chillaba Jacinta, dando tambin
palmadas.

--Paciencia, paciencia. No tengo aqu el talonario. Est abajo, en el
escritorio. Luego...

--Bah!... se est burlando de nosotras!...

--No, no--dijo Guillermina con ardor--, ya no puede volverse atrs.

--Yo no me voy ya sin la firma.--Ms que la firma--manifest Moreno muy
serio, ponindose la mano sobre aquel corazn que no vala ya dos
cuartos--, vale mi palabra.

Estaba plido, casi blanco, del color del papel en que escriba.

De veras?.--No hay ms que hablar.--Eso s--dijo la santa--, l es un
pillo, un hereje; pero lo que es palabra, la tiene...

Dichas otras cuantas bromas, retirronse las dos santas fundadoras,
dejando al hereje con su mdico. Iban tan contentas, que cuando entraron
en el cuarto de Guillermina, a esta le faltaba poco para ponerse a
bailar.

Pero de veras nos mandar el taln? pregunt Jacinta, incrdula.

--Como tenerlo en la mano... Has estado muy hbil... Como tiene conmigo
tanta confianza, se pone muy pesado. Pero a ti no te haba de negar...
Qu alegra!... Ya tenemos piso principal! Viva San Jos bendito!
Vivaaaa!... Viva la Virgen del Carmen!... Vivaaaa! Porque a ellos se
le debe todo. Tarde o temprano, Manolo me habra dado esos cuartos.
Ah!, yo le conozco bien. Si es un angelote, un bendito, un alma de
Dios...!




--ii--


No les dur mucho el regocijo, porque oyeron el reloj de la Puerta
del Sol dando las diez, y ambas mudaron sbitamente la expresin de su
rostro. Las diez, ya veremos si viene--dijo Guillermina, que an
conservaba resplandores de alegra en su cara--. Prometi venir; pero
esa palabra no debe de ser tan de fiar como la de Manolo.

Y permaneciendo ambas en pie, la fundadora dijo a su amiguita:

Esto no lo hago yo ms que por ti... meterme en vidas ajenas! La
impresin que saqu el otro da es que por el momento no es ella quien
te le distrae. Sera una actriz consumada si as no fuese. Como venga
hoy, le echaremos la sonda ms abajo a ver si sale algo. De todas
suertes, ya la sermonear bien para que le reciba a cajas destempladas,
si l intentara... Creers una cosa? Que esa mujer no me parece
enteramente mala?.

--Podr ser... Pero si usted hubiera visto la cara que me puso el otro
da, una cara de rencor como usted no puede figurarse...

--Dice que despus le pes...

--Bribona!--exclam Jacinta, frunciendo los labios y apretando los
puos.

--Pero, en fin, hoy la tantearemos otra vez.

Como quiera que sea, su sermoncito no hay quien se lo quite. Y por si
viene pronto... quedamos en que de diez a once... debes marcharte ya, no
sea que te pille aqu.

Despus de un rato de silencio, la Delfina dijo con resolucin: Yo no
me voy.

--Hija, qu me dices!... Ests loca?

--Yo no me voy. Me esconder en la alcoba. Quiero or lo que diga...

--Eso s que no te lo consiento. En mi casa escenas de comedia? No, no
lo esperes.

--Pero qu tonta, y qu exagerada, y qu puntillosa es usted, hija!
Qu mal hay en eso?, a ver... Le digo a usted que no me voy.

--Pues te quedas aqu... Ah!, no, eso tampoco. Mrchate, nia de mi
alma, y no me pongas en tan mal paso. No es de mi carcter eso.

--Djeme... por Dios! Pero qu le importa a usted?... vaya... Yo me
meto en la alcoba y me estoy all como en misa.

--Hija, ni en los teatros resulta eso con sentido comn... Para salir
diciendo luego con voz hueca: lo he odo todo!.

--Yo no chistar. No har ms que or... Vamos, remilgada, djeme usted.

--Ya me figuraba yo que habas de salir con alguna tontera. Eres una
voluntariosa. De esa manera me agradeces lo que hago por ti...

--Pero qu mal hay?... Vaya, que es usted terca. Pues que no me voy,
que no me voy.

Son la campanilla. Apostamos a que es ella?... Lo siento dijo
Guillermina, asomndose a la puerta.

Jacinta no crey prudente discutir ms, y sin decir nada metiose en la
alcoba, cerrando cuidadosamente las vidrieras. Guillermina, no
conformndose con el escondite, quiso salir con nimo de recibir la
visita en otra habitacin; mas dispuso la fatalidad que su prima
Patrocinio, al ver entrar a Fortunata, la tomara por una de las muchas
personas que iban all a pedir socorros, y la introdujese, como si
dijramos, a boca de jarro, en el gabinete de la santa. Esta se vio algo
confusa, sin saber cmo salir de aquel atolladero. Ah!, era usted?...
No la esperaba... Pase y tome asiento.

Fortunata, que iba vestida con mucha sencillez, entr como entrara una
planchadora que va a entregar la ropa. Avanzaba tmidamente,
detenindose a cada palabra del saludo, y fue preciso que Guillermina la
mandase dos o tres veces sentarse para que lo hiciera. Su aire de
modestia, su encogimiento, que era el mejor signo de la conciencia de su
inferioridad, hacanla en aquel instante verdadero tipo de mujer del
pueblo, que por incidencia se encuentra mano a mano con las personas de
clase superior. Mucho la cohiba el temor de no saber usar trminos en
consonancia con los que empleara la confesora, pues en todas las
ocasiones difciles recobraba su popular rudeza, y se le iban de la
memoria las pocas enseanzas de lenguaje y modales que haba recibido en
su corta y accidentada vida de seora.

Pero lo verdaderamente singular era que Guillermina, tan duea de su
palabra normalmente, estaba tambin azorada aquel da, y no saba cmo
desenvolverse. El escondite de su amiga la llenaba de confusin, porque
era un engao, un fraude, una superchera indigna de personas formales.
Lo primero que a la santa se le ocurri, para empezar, fue una
ampliacin de lo que haba dicho en la casa de Severiana. Si quiere
usted que seamos amigas y que le d buenos consejos, es preciso que
tenga conmigo mucha confianza y no me oculte nada, por feo y malo que
sea. Hay en su vida de usted un punto muy oscuro. Usted est casada y no
quiere a su marido; as me lo confes el otro da. Crea que esto me ha
dado qu pensar. Dice usted que se cas sin saber lo que haca...
Explicacin escurridiza. Tengamos sinceridad, y hablemos claro. La
sinceridad es difcil; pero as como los nios, que confiesan por
primera vez, no confesaran si el cura no les sacara los pecadillos con
cuchara, as yo voy a ayudarle a usted preguntando y echndole el
anzuelo de la respuesta. Veremos si pica... Cuando usted se determin a
casarse, no hizo all en el fondo de su pensamiento, la reserva de que
el matrimonio le permitiera pecar libremente, no digo que con este y con
el otro, sino con el que usted quera?.

Fortunata miraba al techo, recordando.

No haba esa reserva? A ver... busque usted bien; busque ms adentro,
ms abajo.

--Puede que s la hubiera--dijo la otra al fin, con voz muy apagada y
trmula--. Puede que s...

--Ve usted cmo salen las heces cuando se las quiere sacar?

--Pero tambin le dir a usted que yo no contaba con volverle a ver...
Pens que no se acordaba de m. Yo me llegu a creer que podra ser
buena y honrada... me lo tragu. Pero cmo fue ello?, que l me
busc... s seora, me busc y me encontr. Sin saber cmo, de repente,
el casamiento y mi marido se me pusieron a cien mil leguas de distancia.
Yo no s explicarlo, no s explicarlo.

En cuanto la conversacin se corra del lado de Juanito Santa Cruz,
Guillermina se aterraba. Quera apartarla de aquel extremo peligroso, y
no saba cmo llevar a su penitente a un terreno puramente ideal.

Pero su conciencia... eso es lo que quiero saber.

--Mi conciencia!... esto s que es raro... se lo cuento a usted como
pas... no se me alborotaba cuando cometa yo aquellos pecados tan
refeos... Le dir a usted ms, aunque se horrorice... mi conciencia me
aprobaba... vamos al caso, me deca una cosa muy atroz, me deca que mi
verdadero marido...

--No siga usted--interrumpi la santa alarmadsima, creyendo sentir
ruido en la alcoba. Es horrible. No siga usted. Virgen del Carmen! Est
usted muy daada.

--Parecame a m--prosigui la penitente sin poder contener la efusin
de su sinceridad--, que aquel hombre me perteneca a m y que yo no
perteneca al otro... que mi boda era un engao, una ilusin, como lo
que sacan en los teatros.

--Calle, cllese por Dios...

--Pero agurdese usted... A m me haba dado palabra de casamiento...
como esta es luz... Y me la haba dado antes de casarse... Y yo haba
tenido un nio... Y a m me pareca que estbamos los dos atados para
siempre, y que lo dems que vino despus no vale... eso es.

Guillermina se llev las manos a la cabeza... Discurri que lo mejor era
diferir la conferencia para otro da, pretextando que tena que salir.
Eso es muy grave. Hay que tratarlo despacio. Cierto que una promesa
liga algo... No sostendr yo que ese joven se port bien con usted. Pero
el tiempo, la sociedad... Y sobre todo, los derechos que usted podra
tener, los ha perdido con su mala conducta.--Yo no habra sido
mala--dijo la de Rubn envalentonndose, al ver en su confesora un
inexplicable aturdimiento--, si l no me hubiera plantado en medio del
arroyo con un hijo dentro de m--la santa vacilaba; no saba por dnde
romper. Ah!, sin aquel peligroso testigo de Jacinta ya se habra
explicado ella bien, enseando a la atrevida cuntas son cinco.

--Usted, hija ma, est como trastornada--le dijo, buscando modos de
hacer insignificante la conversacin--. El otro da me pareci usted ms
razonable... qu mosca la ha picado...?

--Qu mosca?--dijo Fortunata con cierto extravo en la mirada--. Qu
mosca?, pues una.

--Porque usted no se hace cargo de que ha pasado tiempo, de que ese
hombre est casado con una mujer angelical, y que...

En la fisonoma de la prjima se encendi de improviso una luz vivsima.
Fue como una aureola de inspiracin que le envolva toda la cara. Ms
hermosa que nunca, sac de su cabeza un gallardsimo argumento, y se lo
solt a la otra como se suelta una bomba explosiva.

Pruuun! Guillermina se qued atontada cuando oy esta atrocidad:

Angelical!... s, todo lo angelical que usted quiera; pero _no tiene
hijos_. Esposa que no tiene hijos, no es tal esposa.

Guillermina se qued tan pasmada, que no pudo responder.

Es idea ma--prosigui la otra con la inspiracin de un apstol y la
audacia criminal de un anarquista--. Dir usted lo que guste; pero es
idea ma, y no hay quien me la quite de la cabeza... Virtuosa, s;
estamos en ello; pero no le puede dar un heredero... Yo, yo, yo se lo he
dado, y se lo puedo volver a dar....

--Por Dios... cllese usted... no he visto otro caso... Qu idea!...
qu atrevimiento! Est usted condenada.

Y la virgen y confesora lleg a tal grado de confusin, que no daba ya
pie con bola.

Yo estar todo lo condenada que usted quiera... pero es mi idea; con
esta idea me ir al Infierno, al Cielo o a donde Dios disponga que me
vaya... Porque eso de que yo sea mala, muy mala, todava est por ver.

La santa la miraba con verdadero espanto. Fortunata pareca estar fuera
de s y como el exaltado artista que no tiene conciencia de lo que dice
o canta.

Por qu he de ser yo tan mala como parece?... porque tengo una idea?
No puede una tener una idea?... Dice usted que la otra es un ngel? Yo
no lo niego, yo no pretendo quitarle su mrito... Si a m me gusta, si
quisiera parecerme a ella en algunas cosas, en otras no, porque ella
ser para usted todo lo santa que se quiera, pero est por debajo de m
en una cosa: _no tiene hijos_, y cuando tocan a tener hijos, no me
rebajo a ella, y levanto mi cabeza, s seora... Y no los tendr ya,
porque est probado, y por lo que hace a que yo los puedo tener, tambin
muy probado est. Es mi idea, es una idea ma. Y otra vez lo digo: la
esposa que no da hijos, no vale... Sin nosotras las que los damos, se
acabara el mundo... Luego nosotras....

Nada, nada, esta mujer est loca y no tendr ms remedio que ponerla en
la calle--pens Guillermina--. Y qu trago estar pasando la otra
pobre, oyendo tales lindezas!.

Notaba en ella cierta exaltacin insana. No era la misma mujer con quien
haba hablado dos das antes. Ya tena la palabra en la boca para
despedirla con buen modo, cuando se sinti ruido como de mano golpeando
en los cristales de un mirador, y luego una voz que llamaba a
Guillermina. Asomose esta. Fortunata oy claramente la voz de doa
Brbara preguntando: Est ah Jacinta?.




--iii--


La santa vacil antes de dar respuesta. Por fin la dio:
Jacinta?... No, aqu no est. Poco ms hablaron las dos damas, y
Guillermina volvi al lado de la visita; pero la falsedad que se haba
visto obligada a decir trastornaba de tal modo su espritu, que no
pareca la misma mujer de siempre, segura, impvida y tan duea de su
palabra como de sus actos. La mentira y el escondite escnico de su
amiga pusironla en la situacin ms crtica del mundo, porque se haba
hecho a la verdad, y viva en ella como los peces en el agua. Estaba la
pobre seora, con aquellos escrpulos, como pez a quien sacan de su
elemento, y an le pas por el magn la pavorosa idea: _pecado mortal!_
En fin que aquello se tena que concluir.

Hija ma, usted est hoy un poco alucinada. Bien quisiera poderla or,
consolarla... pero tiene que dispensarme por hoy... Otro da....

--Tiene usted que salir?--dijo la anarquista con pena--. Bueno,
volver; yo tengo que contarle a usted una cosa... Si no se la cuento a
usted, lo sentir... Ay!, una cosa que me ha pasado ayer... tremenda,
muy tremenda!

Guillermina permaneci en pie, diciendo para s: qu ser?.

Si persiste usted--agreg en voz alta--, en tener esas ideas
estrambticas, es difcil que yo la consuele. No nos entenderemos
nunca.

En aquel momento la pecadora clavaba sus ojos en la santa. Se le estaba
pareciendo a Mauricia. La cara no era la misma; pero la expresin s...
y la voz, se le haba enronquecido como la de las personas que beben
aguardiente.

En qu piensa usted? Por qu me mira tanto? le pregunt Guillermina,
que ya estaba impaciente por terminar.--La miro a usted porque me gusta
mirarla... Anoche y anteanoche, y todos los das desde aquel en que
hablamos, la tengo a usted metidita dentro de mis ojos, la veo cuando
duermo y cuando no duermo. Ayer, cuando me pas lo que me pas, dije:
No tengo sosiego hasta que no se lo cuente a la seora.

Guillermina, movida de gran curiosidad, se sent, y tomndole una mano,
le dijo en voz queda: Cuente usted... Ya oigo.

Pues ayer--refiri la joven con los ojos bajos, alzndolos al final de
cada frase, como si pusiera con ellos las comas, ms que con el
acento--, pues ayer... iba yo tan tranquila por la calle de la
Magdalena, pensando en usted... porque siempre estoy pensando en usted
y... me par a ver el escaparate de una tienda donde hay tubos y llaves
de agua... Ni s por qu me par all, pues qu me importan a m los
tubos?... cuando sent a mi espalda... mejor dicho aqu en el cuello,
una voz... Ay, seora!, la voz me son aqu detrs junto a estos
pelitos que tenemos donde nace la cabellera, y fue como si me entraran
una aguja muy fina y muy fra... Me qued helada... volvime... le vi...
se sonrea.

Guillermina extendi la mano para taparle la boca; pero sin resultado.

Yo no poda hablar... Me qued como una estatua; me dieron ganas de
llorar, de echar a correr o de no s qu.

--No le dira a usted nada de particular--indic la santa muy asustada,
quitando gravedad al asunto--. Nada ms que un saludo...

--Qu saludo?... Ver usted. Me dijo: Chiquilla, qu es de tu
vida?.... Yo no le pude contestar... Di media vuelta, y l me cogi una
mano.

--Vamos, vamos, esto ya es demasiado--declar Guillermina, levantndose
turbadsima--. Otro da me contar usted eso...

--No, si no hay ms... Yo retir mi mano, y me fui sin decirle nada...
No tuve alma para seguir adelante sin mirar para atrs, y mir y le
vi... Me segua, distante. Apresur el paso y me met en mi casa...

--Muy bien hecho, muy bien hecho...

--Pero agurdese usted--dijo Fortunata que ya no estaba exaltada, sino
en un grado de humildad lastimosa, y su tono era el de los penitentes
muy afligidos, que no pueden con el peso de sus culpas--. An falta lo
mejor. Despus que le vi, se me ha clavado de tal manera en el
pensamiento la idea de... Es una idea ma, idea mala, seora... pero
usted es una santa, y me la quitar de la cabeza... Por eso no tengo
sosiego hasta no decrsela...

--Basta, basta; no quiero, no quiero.

--Que s quiere--insisti la joven retenindola por ambas manos, pues la
confesora hizo ademn de apartarse de ella.

--Una idea infame... la idea de pecar otra vez...--dijo Guillermina,
balbuciente--. Es eso?...

--Eso es... pero ver la seora. Yo quiero echarla de m; pero a veces
se me ocurre que no debo echarla, que no peco...

--Jess!--Que as debe ser, que as est dispuesto--aadi la seora de
Rubn, volviendo a exaltarse y a tomar la expresin del anarquista que
arroja la bomba explosiva para hacer saltar a los poderes de la tierra.
Es una idea ma, una idea muy perra, una idea negra como las nias de
los ojos de Satans... y no me la puedo arrancar.

--Cllese usted... Guillermina puso cara de consternacin y dio algunos
pasos, vacilando como una persona que se va a caer. Tiempo haca, mucho
tiempo, que la insigne fundadora no se haba encontrado en compromiso
semejante. Sentase atada y sin libertad, y esto la pona fuera de s,
destruyendo aquella serenidad soberana que normalmente tena. An
intent un esfuerzo para dominar situacin tan penosa, y echando miradas
de alarma a la vidriera de su alcoba, dijo: Pero usted... no
reflexiona... que....

No pudo concluir esta frase trivial. La otra, que siendo cifra de todas
las debilidades humanas, pareca ms fuerte que la gran doctora y santa,
se permiti sonrer oyndola. Y qu saco de reflexionar? Mientras ms
reflexiono peor.

--Veo que usted no tiene atadero... Con esas ideas, pronto volveramos
al estado salvaje.

Con sonrisa sarcstica y un expresivo alzar de hombros, dio a entender
Fortunata que por ella no haba inconveniente en que la sociedad
volviera al estado salvaje...

Usted no tiene sentido moral; usted no puede tener nunca principios,
porque es anterior a la civilizacin; usted es una salvaje y pertenece
de lleno a los pueblos primitivos. Esto o cosa parecida le habra dicho
Guillermina si su espritu hubiera estado en otra disposicin.
nicamente expres algo que se relacionaba vagamente con aquellas ideas:
Tiene usted las pasiones del pueblo, brutales y como un canto sin
labrar.

As era la verdad, porque el pueblo, en nuestras sociedades, conserva
las ideas y los sentimientos elementales en su tosca plenitud, como la
cantera contiene el mrmol, materia de la forma. El pueblo posee las
verdades grandes y en bloque, y a l acude la civilizacin conforme se
le van gastando las menudas, de que vive.

De repente Fortunata vacil en su nimo. Pareca una fuerza nerviosa que
caa en brusca sedacin. La otra, en cambio, se creci de repente por
una sacudida de su conciencia. Ya no ms, no ms mentira. No puedo, no
puedo....

Alz los ojos al techo, cruz las manos, su cara se puso muy encendida y
sus ojos iluminados. Quedose atnita la anarquista oyndole decir estas
palabras con un acento que pareca ser de otro mundo:

Salva, Jess mo, esta alma que se quiere perder, y aprtame a m de la
mentira. Despus se lleg a ella y le cogi una mano, dicindole con
profunda lstima: Pobre mujer!, yo tengo la culpa de las atrocidades
que ha dicho usted, yo, yo, Dios me lo perdone, y la causa ha sido una
farsa, una mentira... La verdad ante todo. La verdad me ha salvado
siempre y me salvar ahora. Usted ha dicho cosas infernales que
desgarran el corazn de mi amiga, y las ha dicho porque crea que
hablaba slo conmigo. Pues la he engaado a usted, porque Jacinta est
escondida en aquella alcoba.

Dicindolo, corri hacia la puerta vidriera y la empuj. Fortunata, que
estaba sentada frente a la puerta aquella, levantose de golpe,
quedndose yerta y muda. Jacinta no apareca. Se oyeron tan slo sus
sollozos. Estaba sentada en una silla, apoyando la cabeza en la cama de
la santa. Esta se fue a ella y le dijo: Perdnala, querida ma, que no
sabe lo que se dice.

--Y usted...--aadi, saliendo a la puerta--, bien comprender que debe
retirarse. Hgame el favor... Quizs todo habra concluido de un modo
pacfico; pero la Delfina se levant de repente, poseda de la rabia de
paloma que en ocasiones le entraba. nimas benditas! De un salto sali
al gabinete. Estaba amoratada de tanto llorar y de tantsima clera como
senta... No poda hablar... se ahogaba. Tuvo que hacer como que escupa
las palabras para poder decir con gritos intermitentes: Bribona...
infame, tiene el valor de creerse!... no comprende que no se la ha
mandado... a la galera, porque la justicia... porque no hay justicia...
Y usted... (por Guillermina) no s cmo consiente, no s cmo ha podido
creer... Qu ignominia!... Esta mujerzuela aqu, en esta casa... qu
afrenta!... Ladrona...!.

Fortunata, en el primer movimiento de sorpresa y temor, haba dado una
vuelta y pustose tras el silln en que poco antes estaba sentada.
Apoyando las manos en el respaldo, agach el cuerpo y mene las caderas
como los tigres que van a dar el salto. Mirola Guillermina, sintiendo el
espanto ms grande que en su vida haba sentido... Fortunata agach ms
la cabeza... Sus ojos negros, situados contra la claridad del balcn,
pareca que se le volvan verdes, arrojando un resplandor de luz
elctrica. Al propio tiempo dej or una voz ronca y terrible que deca:
La ladrona eres t... t! Y ahora mismo....

La ira, la pasin y la grosera del pueblo se manifestaron en ella de
golpe, con explosin formidable. Volvi a la niez, a aquella poca en
que trabndose de palabras con alguna otra zagalona de la plazuela, se
agarraban por el moo y se sacudan de firme, hasta que los mayores las
separaban. No pareca ser quien era, ni deba de tener conciencia de lo
que haca. Jacinta y Guillermina se acobardaron un momento; pero luego
la primera lanz un grito de angustia, y la santa sali a pedir socorro.
No tuvo tiempo Fortunata de prolongar su altercado ni de volver en s,
porque apareci en la puerta el criado de Moreno, que era un inglesote
como un castillo, y a poco vino tambin doa Patrocinio, y despus el
mismo Moreno.

La seora de Rubn no se dio cuenta de lo dems... Tena despus una
idea incierta de que la mano dura del ingls la haba cogido por un
brazo, apretndoselo tanto que an le dola al da siguiente; de que la
sacaron del gabinete, de que le abrieron la puerta y de que se vio
bajando la escalera.

Todos acudieron a la seora de Santa Cruz que haba perdido el
conocimiento, y Moreno, poniendo una cara entre burlesca y consternada,
se dej decir: Estas cosas le pasan a mi querida ta por meterse a
redentora.




--iv--


Baj Fortunata los peldaos riendo... Era una risa estpida
salpicada de interjecciones. A m, decirme...! Si no me echan, la
cojo... le levanto... pero no s, no recuerdo bien si le ara la cara.
A m decirme! Si le pego un bocado no la suelto... Ja, ja, ja.... Le
temblaban tanto las piernas, que al llegar a la calle apenas poda
andar. La luz y el aire pareca que le despejaban algo la cabeza, y
empez a darse cuenta de la situacin. Pero era verdad lo que haba
dicho y hecho? No estaba segura de haberle pegado; pero s de que le
dijo algo. Y para qu la otra la haba llamado a ella _ladrona_?...
Subi por la calle de la Paz, pasando a cada instante de una acera a
otra sin saber lo que haca.

Pero yo qu he hecho?... Oh!, bien hecho est... Llamarme a m
_ladrona_, ella que me ha robado lo mo!. Se volvi para atrs, y como
quien echa una maldicin, dijo entre dientes: T me llamars lo que
quieras... Llmame tal o cual y tendrs razn... T sers un ngel...
pero t no has tenido hijos. Los ngeles no los tienen. Y yo s... Es mi
idea, una idea ma. Rabia, rabia, rabia... Y no los tendrs, no los
tendrs nunca, y yo s... Rabia, rabia, rabia....

Ms all del Banco volvi a rerse. Su monlogo era as: Lo mismo que
la otra, la _seora_ del Espritu Santo...! Doa Mauricia, digo,
Guillermina la Dura... Quiere hacernos creer que es santa... buen peine
est! Harta de retozar con los curas, se quiere hacer la obispa
catoliqusima y meterse en el confesonario... Perdida, borrachona,
hipocritona!... pa de sacrista, amancebada con todos los clrigos...
con el Nuncio y con San Jos....

De pronto sus ideas variaron, y sintiendo dolorosa angustia en su alma,
como impresin de horrible vaco, pensaba as: Pero a quin me volver
ahora? Dios mo, qu sola estoy! Por qu te me has muerto, amiga de mi
alma, Mauricia!... Por ms que digan, t eras un ngel en la tierra, y
ahora ests divirtindote con los del Cielo; y yo aqu tan solita! Por
qu te has muerto? Vulvete ac... Qu es de m? Qu me aconsejas?
Qu me dices?... Qu ganas siento de llorar! Sola, sin nadie que me
diga una palabra de consuelo... Oh!, qu amiga me he perdido!...
Mauricia, no ests ms entre las nimas benditas, y vuelve a vivir...
Mira que estoy hurfana, y yo y los huerfanitos de tu asilo estamos
llorando por ti... Los pobres que t socorras te llaman. Ven, ven...
Seor Pepe te ha hecho los gatillos... le vi esta maana en la fragua,
machacando, tin, tan... Mauricia, amiga de mi alma, ven y las dos juntas
nos contaremos nuestras penas, hablaremos de cuando nos queran nuestros
hombres, y de lo que nos decan cuando nos arrullaban, y luego beberemos
aguardiente las dos, porque yo tambin quiero el aguardientito, como t,
que ests en la gloria, y lo beber contigo para que se me duerman mis
penas, s, para que se me emborrachen mis penas.

Entr por fin en casa. Enteramente trastornada, andaba como una mquina.
No haba nadie ms que Papitos, a quien vio, mas no le dijo nada.
Encerrose en su alcoba, tir el manto y se ech en el sof, dando un
rugido. Despus de revolcarse como las fieras heridas, se puso boca
abajo, oprimiendo el vientre contra los muelles del sof, y clavando los
dedos en un cojn. No tard en caer en penoso letargo, lleno de visiones
disparatadas y horribles, sin darse cuenta del tiempo que estuvo en tal
disposicin. Cuando volvi en s, haba poca luz en el cuarto. Fijndose
bien, pudo distinguir la cara escrutadora de doa Lupe que la
observaba... Qu tienes?... Me has asustado. Dabas unos mugidos...!,
y de pronto te echabas a rer, y se te escapaban unas palabritas...!.
A las reiteradas y capciosas preguntas de su ta, contestaba
evasivamente y con mucha torpeza. En dnde has estado hoy? T has
salido.--Fui a comprar aquella tela....--Y dnde est?.--Que
dnde est la tela?... Pues no s....--Parece que ests en Babia. A ti
te pasa algo. Levntate de ese sof.

Pero no se levantaba. Empez a sospechar la viuda que aquel espritu
estaba perturbado, y tembl. Vinieron a su pensamiento pasadas
vergenzas y desdichas, y se prometi vigilar mucho. Estuvo la seora de
morros toda la noche, y Fortunata de ms morros todava, sintiendo que
se apoderaba de su alma la aversin a toda aquella familia. No les poda
ver. Eran sus carceleros, sus enemigos, sus espas. A cualquier parte de
la casa que fuese, seguala doa Lupe. Se senta vigilada, y el rechinar
de las zapatillas de su ta le causaba violentsima ira. Al da
siguiente, despus de almorzar, y cuando Maxi se haba marchado a la
botica, tuvo tanto miedo Fortunata a que la ira estallase, que para
evitarlo se at una venda a la cabeza, fingiendo jaqueca, y encerrndose
en su alcoba, acostose en su cama. A la media hora le entr, como el da
anterior, la embriaguez aquella, el desvanecimiento de las ideas, que se
emborrachaban con tragos de dolor y se dorman.

En tal situacin siente vivos impulsos de salir a la calle; se levanta,
se viste, pero no est segura de haberse quitado la venda. Sale, se
dirige a la calle de la Magdalena, y se para ante el escaparate de la
tienda de tubos, obedeciendo a esa rutina del instinto por la cual,
cuando tenemos un encuentro feliz en determinado sitio, volvemos al
propio sitio creyendo que lo tendremos por segunda vez. Cunto tubo!,
llaves de bronce, grifos, y multitud de cosas para llevar y traer el
agua... Detinese all mediano rato viendo y esperando. Despus sigue
hacia la plaza del Progreso. En la calle de Barrionuevo, se detiene en
la puerta de una tienda donde hay piezas de tela desenvueltas y colgadas
haciendo ondas. Fortunata las examina, y coge algunas telas entre los
dedos para apreciarlas por el tacto. Qu bonita es esta cretona!.
Dentro hay un enano, un monstruo, vestido con balandrn rojo y turbante,
alimaa de transicin que se ha quedado a la mitad del camino darwinista
por donde los orangutanes vinieron a ser hombres. Aquel adefesio hace
all mil extravagancias para atraer a la gente, y en la calle se
apelmazaban los chiquillos para verle y rerse de l. Fortunata sigue y
pasa junto a la taberna en cuya puerta est la gran parrilla de asar
chuletas, y debajo el enorme hogar lleno de fuego. La tal taberna tiene
para ella recuerdos que le sacan tiras del corazn... Entra por la
Concepcin Jernima; sube despus por el callejn del Verdugo a la plaza
de Provincia; ve los puestos de flores, y all duda si tirar hacia
Pontejos, a donde la empuja su pcara idea, o correrse hacia la calle de
Toledo. Opta por esta ltima direccin, sin saber por qu. Djase ir por
la calle Imperial, y se detiene frente al portal del Fiel Contraste a
or un pianito que est tocando una msica muy preciosa. ntranle ganas
de bailar, y quizs baila algo: no est segura de ello. Ocurre entonces
una de estas obstrucciones que tan frecuentes son en las calles de
Madrid. Sube un carromato de siete mulas ensartadas formando rosario. La
delantera se insubordina metindose en la acera, y las otras toman
aquello por pretexto para no tirar ms. El vehculo, cargado de pellejos
de aceite, con un perro atado al eje, la sartn de las migas colgando
por detrs, se planta, a punto que llega por detrs el carro de la carne
con los cuartos de vaca chorreando sangre, y ambos carreteros empiezan a
echar por aquellas bocas las finuras de costumbre. No hay medio de abrir
paso, porque el rosario de mulas hace una curva, y dentro de ella es
cogido un simn que baja con dos seoras. ramos pocos... A poco llega
un coche de lujo con un caballero muy gordo. Que si pasas t, que si te
apartas, que s y que no. El carretero de la carne pone a Dios de vuelta
y media. Palo a las mulas, que empiezan a respingar, y una de estas
coces coge la portezuela del simn y la deshace... Gritos, lea, y el
carromatero empeado en que la cosa se arregla poniendo a Dios, a la
Virgen, a la hostia y al Espritu Santo que no hay por dnde cogerlos.

Y el pianito sigue tocando aires populares, que parecen encender con sus
acentos de pelea la sangre de toda aquella chusma. Varias mujeres que
tienen en la cuneta puestos ambulantes de pauelos, recogen a escape su
comercio, y lo mismo hacen los de la _gran liquidacin por saldo, a real
y medio la pieza_. Un individuo que sobre una mesilla de tijera exhibe
el gran invento para cortar cristal, tiene que salir a espeta perros;
otro que vende los lpices ms fuertes del mundo (como que da con ellos
tremendos picotazos en la madera sin que se les rompa la punta), tambin
recoge los brtulos, porque la mula delantera se le va encima. Fortunata
mira todo esto y se re. El piso est hmedo y los pies se resbalan. De
repente, ay!, cree que le clavan un dardo. Bajando por la calle
Imperial, en direccin al gran pelmazo de gente que se ha formado, viene
Juanito Santa Cruz. Ella se empina sobre las puntas de los pies para
verle y ser vista. Milagro fuera que no la viese. La ve al instante y se
va derecho a ella. Tiembla Fortunata, y l le coge una mano
preguntndole por su salud. Como el pianito sigue blasfemando y los
carreteros tocando, ambos tienen que alzar la voz para hacerse or. Al
mismo tiempo Juan pone una cara muy afligida, y llevndola dentro del
portal del Fiel Contraste, le dice: Me he arruinado, chica, y para
mantener a mis padres y a mi mujer, estoy trabajando de escribiente en
una oficina... Pretendo una plaza de cobrador del tranva. No ves lo
mal trajeado que estoy? Fortunata le mira, y siente un dolor tan vivo
como si le dieran una pualada. En efecto; la capa del seorito de Santa
Cruz tiene un siete tremendo, y debajo de ella asoma la americana con
los ribetes deshilachados, corbata mugrienta, y el cuello de la camisa
de dos semanas... Entonces ella se deja caer sobre l, y le dice con
efusin cariosa: Alma ma, yo trabajar para ti; yo tengo costumbre,
t no; s planchar, s repasar, s servir... t no tienes que
trabajar... yo para ti... Con que me sirvas para ir a entregar, basta...
no ms. Viviremos en un sotabanco, solos y tan contentos.

Entonces empieza a ver que las casas y el cielo se desvanecen, y Juan no
est ya de capa sino con un gabn muy majo. Edificios y carros se van, y
en su lugar ve Fortunata algo que conoce muy bien, la ropa de Maxi,
colgada de una percha, la ropa suya en otra, con una cortina de percal
por encima; luego ve la cama, va reconociendo pedazo a pedazo su alcoba;
y la voz de doa Lupe ensordece la casa riendo a Papitos porque, al
aviar las lmparas, ha vertido casi todo el mineral... y gracias que es
de da, que si es de noche y hay luz, incendio seguro.




--v--


Lo que haba soado se le qued a la seora de Rubn tan impreso en
la mente cual si hubiera sido realidad. Le haba visto, le haba
hablado. Complet su pensamiento, amenazando con el puo cerrado a un
ser invisible: Tiene que volver... Pues t qu creas? Y si l no me
busca, le buscar yo... Yo tengo mi idea, y no hay quien me la quite.
Incorporose despus, quedndose apoyada en un codo y mirando a los
ladrillos. Sus ojos se fijaron en un punto del suelo. Con rpido impulso
salt hacia aquel punto y recogi un objeto. Era un botn... Mirolo
tristemente, y despus lo arroj con fuerza lejos de s, diciendo: es
negro y de tres _aujeritos_. Mala sombra. Vuelta otra vez a la
cavilacin: Porque si le encuentro y no quiere venir, me mato, juro que
me mato. No vivo ms as, Seor; te digo que no me da la gana de vivir
ms as. Yo ver el modo de buscar en la botica un veneno cualquiera que
acabe pronto... Me lo trago, y me voy con Mauricia. Esta idea pareca
darle cierto aplomo, y sali del cuarto. En pocas palabras la puso doa
Lupe al tanto de la gran burrada que haba hecho Papitos. Nada, hija,
que si es de noche y se vierte el mineral con la luz encendida, aqu
perecemos todos achicharrados... Es muy perra esta chica, y me va a
consumir la vida.

Pasado el berrinche, se fij en la cara de su sobrina, encontrando en
ella un oscursimo jeroglfico que no poda descifrar: Pero estate sin
cuidado que ya te lo acertar yo... Conmigo no juegas t.

Aquella noche hizo Maxi mil extravagancias, y a la maana siguiente se
puso tan encalabrinado y vidrioso, que no se le poda aguantar. Hay que
tener mucha paciencia--dijo doa Lupe a Fortunata--. Sabes lo que te
aconsejo? Que no le lleves la contraria en nada. Hay que decirle a todo
que s, sin perjuicio de hacer lo que se deba. El pobrecito est mal. Me
ha dicho esta maana Ballester que tiene algo de reblandecimiento
cerebral. Dios nos tenga de su mano. Senta Fortunata vivos deseos de
salir a la calle, y no saba qu pretexto inventar para procurarse
escapatorias. Ofrecase a hacer compras de que doa Lupe tena
necesidad, e inventaba menesteres que motivaran una salidita. La taimada
viuda de Juregui comprendi que una sujecin absoluta sera
perjudicial, y empez a darle libertad. Un da le ley la cartilla en
estos trminos: Puedes salir; no eres una chiquilla y ya sabes lo que
haces. Yo creo que no nos dars ningn disgusto, y que has de mirar por
el decoro de la familia lo mismo que miro yo. La dignidad, hija, la
dignidad es lo primero. Pero doa Lupe empezaba a hacrsele
horriblemente antiptica, y por nada del mundo le habra hecho una
confidencia. Hablando con verdad, lo que ms disgustada tena a doa
Lupe era, no que Fortunata saliese, sino que no le comunicase nada de lo
que pensaba o senta. El pensar que tal vez estara a la sazn la seora
de Rubn jugando una gran trastada al decoro de la familia, la
mortificaba, s, pero no tanto como el ver que no la consultaba ni le
peda consejo sobre aquello desconocido y oscuro que sin duda le
ocurra. El tapujito es lo que me revienta. Como yo lo descubra va a
ser sonada. En hora maldita entr aqu esta loquinaria. No, yo nunca la
tragu, el Seor es testigo... siempre me dio la cara. El ganso de
Nicols fue quien lo ech a perder tomndolo por lo religioso... Si al
menos se llegara a m y me dijera: ta, yo me veo en este conflicto, yo
he faltado o voy a faltar, o puede que falte si no me atajan....
Demasiado sabe ella que con este mundo que yo tengo y con lo bien que
discurro, gracias a Dios, le abrira camino para poner a salvo el honor
de la familia. Pero no... la muy bestia se empea en gobernarse sola, y
qu har?... Alguna barbaridad, pero gorda. Si no, all lo veremos.

Fortunata se ech a la calle, y en la Plaza del Progreso vio muchos
coches; pero muchos. Era un entierro, que iba por la calle del Duque de
Alba hacia la de Toledo. Por las caras conocidas que fue viendo mientras
el fnebre squito pasaba, vino a comprender que el entierro era el de
Arnaiz el Gordo, que se haba muerto el da antes. Pasaron los
Villuendas, los Trujillos, los Samaniegos, Moreno-Isla... Pues iran
tambin D. Baldomero y su hijo... quizs en los coches de delante,
haciendo cabecera... Toma; tambin Estupi. Desde el simn en que iba
con uno de los _chicos_, el gran Plcido le ech una mirada de
indignacin y desdn. Sigui ella tras el entierro, y al llegar a la
parte baja de la calle de Toledo, tom a la derecha por la calle de la
Ventosa y se fue a la explanada del Portillo de Gilimn, desde donde se
descubre toda la vega del Manzanares. Harto conoca aquel sitio, porque
cuando viva en la calle de Tabernillas, base muchas tardes de paseo a
Gilimn, y sentndose en un sillar de los que all hay, y que no se sabe
si son restos o preparativos de obras municipales, estbase largo rato
contemplando las bonitas vistas del ro. Pues lo mismo hizo aquel da.
El cielo, el horizonte, las fantsticas formas de la sierra azul,
revueltas con las masas de nubes, le sugeran vagas ideas de un mundo
desconocido, quizs mejor que este en que estamos; pero seguramente
distinto. El paisaje es ancho y hermoso, limitado al Sur por la fila de
cementerios, cuyos mausoleos blanquean entre el verde oscuro de los
cipreses. Fortunata vio largo rosario de coches como culebra que
avanzaba ondeando; y al mismo tiempo otro entierro suba por la rampa de
San Isidro, y otro por la de San Justo. Como el viento vena de aquella
parte, oy claramente la campana de San Justo que anunciaba cadver.

Estar con su pap--pens ella--, y aunque al volver me vea, no ha de
decirme nada.

Despus de permanecer all largo rato, fue a la Virgen de la Paloma, a
quien dijo cuatro cosas, y estaba rezndole, cuando sus ojos, al
resbalar por el suelo, tropezaron con un objeto que brillaba en medio de
los baldosines de mrmol. Psose un momento a gatas para cogerlo. Era un
botn. Es blanco y de cuatro _aujeritos_! Buena sombra dijo
guardndolo.

Se fue a su casa, y al da siguiente sali a comprar tela para un
vestido. Estuvo en dos tiendas de la Plaza Mayor, tom despus por la
calle de Toledo, con su paquete en la mano, y al volver la esquina de la
calle de la Colegiata para tomar la direccin de su casa, recibi como
un pistoletazo esta voz que son a su lado: Negra!.

Ay Dios mo!, encontrrsele as tan de sopetn, precisamente en uno de
los pocos instantes en que no estaba pensando en l! Como que iba
discurriendo la combinacin que le pondra al vestido. Azul o plata
vieja? Le mir y se puso del color de la cera blanca. l entonces detuvo
un simn que pasaba. Abri la portezuela, y mir a su antigua amiga,
sonriendo; sonrisa que quera decir: Vienes o no? Si ests rabiando por
venir... a qu esa vacilacin?

La vacilacin durara como un par de segundos. Y despus Fortunata se
meti en el coche, de cabeza, como quien se tira en un pozo. l entr
detrs, diciendo al cochero: Mira, te vas hacia las Rondas... paseo de
los Olmos... el Canal.

Durante un rato se miraban, sonrean y no decan nada. A ratos Fortunata
se inclinaba hacia atrs, como deseando no ser vista de los transentes;
a ratos pareca tan tranquila, como si fuera en compaa de su marido.

Ayer te vi... digo, no te vi... Vi el entierro y me figur que iras en
los coches de delante.

Los ojos de ella le envolvan en una mirada suave y cariosa.

Ah!, s, el entierro del pobre Arnaiz... Dime una cosa, me guardas
rencor?.

La mirada se volvi hmeda.

--Yo?... ninguno.--A pesar de lo mal que me port contigo?...

--Ya te lo perdon.--Cundo?--Cundo! Qu gracia! Pues el mismo da.

--Hace tiempo, _nena negra_, que me estoy acordando mucho de ti--dijo
Santa Cruz con cario que no pareca fingido, clavndole una mano en un
muslo.

--Y yo!... Te vi en la calle Imperial... no, digo, so que te vi.

--Yo te vi en la calle de la Magdalena.

--Ah!, s... la tienda de tubos; muchos tubos.

Aun con este lenguaje amistoso, no se rompi la reserva hasta que no
salieron a la Ronda. All el aislamiento les invada. El coche penetraba
en el silencio y en la soledad, como un buque que avanza en alta mar.

--Tanto tiempo sin vernos!--exclam Juan pasndole el brazo por la
espalda.

--Tena que ser, tena que ser!--dijo ella inclinando su cabeza sobre
el hombre de l--. Es mi destino.

--Qu guapa ests! Cada da ms hermosa!

--Para ti toda--afirm ella, poniendo toda su alma en una frase.

--Para m toda--dijo l, y las dos caras se estrujaron una contra
otra--. Y no me la merezco, no me la merezco. Francamente, chica, no s
cmo me miras.

--Mi destino, hijo, mi destino. Y no me pesa, porque yo tengo ac mi
idea, sabes?

Santa Cruz no pens en rogarle que explicara su idea. La suya era esta:
Pero qu hermosa ests! Has hecho alguna picarda en el tiempo que ha
pasado sin que nos veamos?.

--Picardas yo?... (extraando mucho la pregunta).

--Quiero decir: despus que volviste con tu marido, no has tenido por
ah algn devaneo...?

--Yo!--exclam ella con el acento de la dignidad ofendida--; pero
ests loco! Yo no tengo devaneos ms que contigo...

--De cunto tiempo puedes disponer?

--De todo el que t quieras.

--Podras tener un disgusto en tu casa.

--Es verdad... pero y qu?

Y en el acto se acord de las amonestaciones de Feijoo. Claro; no haba
necesidad de descomponerse, ni de faltar a la religin de las
apariencias.

--Pues dispongo de una hora.--Y maana?--Nos veremos maana? No me
engaes, pero no me engaes--dijo ella suplicante--. Estoy acostumbrada
a tus papas...

--No, ahora no... Me quieres?

--Qu pregunta!... Bien lo sabes t, y por eso abusas. Yo soy muy tonta
contigo; pero no lo puedo remediar. Aunque me pegaras, te querra
siempre. Qu burrada! Pero Dios me ha hecho as, qu culpa tengo?

Tanta ingenuidad, ya conocida del incrdulo Delfn, era una de las cosas
que ms le encantaban en ella. Tiempo haca que l notaba cierta
sequedad en su alma, y ansiaba sumergirla en la frescura de aquel afecto
primitivo y salvaje, pura esencia de los sentimientos del pueblo rudo.

--Me engaars otra vez, farsantuelo? (clavndole a su vez los dedos en
la rodilla).

--No claves tanto, hija, que duele. Y ahora gocemos del momento
presente, sin pensar en lo que se har o no se har despus. Eso depende
de las circunstancias.

--Ah!, esas seoras circunstancias son las que me cargan a m. Y yo
digo: Pero, Seor, para qu hay en el mundo circunstancias?. No debe
haber ms que _quererse_ y a vivir.

--Tienes razn (abrazndola con nervioso frenes y dndole la mar de
besos). _Quererse_ y a vivir. Eres el corazn ms grande que existe.

Fortunata se acord otra vez de su amigo y maestro Feijoo. El corazn
grande era un mal y haba que recortarlo.

--Reconozco--prosigui el Delfn--, que vales mucho ms que yo, como
corazn; pero mucho ms. Soy al lado tuyo muy poca cosa, _nena negra_.
No s qu tienes en esos condenados ojos. Te andan dentro de ellos todas
las auroras de la gloria celestial y todas las llamas del Infierno...
Quireme, aunque no me lo merezco.

--Me muero por ti! (tirndole suavemente de las barbas). Si no me
quieres, te irs al Infierno... para que lo sepas; te irs conmigo... te
llevar yo, arrastrndote por estas barbas.

Risas. Qu feliz soy, pero qu feliz soy hoy, Dios mo!--exclam la
joven, con semblante y ojos iluminados--. No me cambiara por todos los
ngeles y serafines que estn brincando delante de su Divina Majestad en
el Cielo; no me cambiara, no me cambiara.

--Ni yo... hace tiempo que yo necesitaba una alegra. Estaba triste, y
deca: A m me falta algo; pero qu es lo que me falta a m?.

--Yo tambin estaba triste. Pero el corazn me est diciendo hace
tiempo: T volvers, t volvers.... Y si una no volviera, para qu
es vivir? Vivir para que llegue un da as; lo dems es estarse muriendo
siempre.

--Es tarde, y no quiero que te comprometas. Precaucin, chica. No
hagamos tonteras.

Volviendo a acordarse de Feijoo, repiti ella: Lo principal es no hacer
tonteras.

--Quedamos en que...--Maana, a la hora que te venga mejor.

--Cochero, vuelva usted.--Djame a la entrada de la calle de Valencia.

--Donde t quieras.--Y pasado maana tambin--dijo tras una pausa y con
ansiedad la insensata mujer.

--Y al otro, y al otro... Pero no muerdas...

Miraba ella al porvenir, y su radiante felicidad se nublaba con la idea
de que los das venideros desmintieran aquel en que estaba.

--Porque ahora no sers tan malito como antes. Verdad, pilln mo?...
No sers, no, verdad, rico mo?

--Que no, que no... Vas a ver... T te convencers...

--Jramelo... Ah!, qu tonta!, como si los juramentos valieran! En
fin, que ahora tomar mis precauciones... Si mi idea se cumple...

--Y cul es tu idea?, qu idea es esa?

--No te lo quiero decir... Es una idea ma: si te la dijera, te
parecera una barbaridad. No lo entenderas... Pero qu te crees t,
que yo no tengo tambin mi talento?

--Lo que t tienes, _nena negra_, es toda la sal de Dios (besndola con
romanticismo).

--Pues eso... junto con la sal est la idea... Si mi idea se cumple...
No te quiero decir ms.

--Maana me lo dirs.

--No, maana tampoco... El ao que viene.

--_Ya lleg el instante fiero_...

--_Silvia de la despedida_. Djame aqu. Adis, hijo de mi vida.
Acurdate de m. Que no fueran los minutos horas! Adis... me muero por
ti.

--Que no faltes. Y no te olvides del nmero.

--Qu me he de olvidar, hombre? Primero me olvidar de mi nombre.

--A la una en punto. Adis, negra salada.

--Hasta maana.--Hasta maana.


Madrid.--Diciembre de 1886.


FIN DE LA PARTE TERCERA

       *       *       *       *       *




Parte cuarta




-I-

En la calle del Ave-Mara




--i--


Segismundo Ballester (el licenciado en Farmacia que estaba al
frente de la botica de Samaniego) tena frecuentes altercados con Maxi
por los garrafales errores en que este incurra. Lleg el caso de
prohibirle que hiciese por s solo ningn medicamento de cuidado.
Carambita!, hijo, si da usted en confundirme los _alcoholatos_ con las
_tinturas alcohlicas_, apaga y vmonos. Este frasco es el _alcohol de
coclearia_, y este otro la _tintura de acnito_... Vea usted la receta y
fjese bien... Si seguimos as, lo mejor sera que doa Casta cerrase el
establecimiento.

Y expresndose as, con nfulas y asperezas de dmine, Ballester le
quit de las manos a su subalterno lo que entre ellas tena. Pero qu
demonios ha echado usted aqu?--dijo luego con enojo, llevndose el
potingue a la nariz--. O esto es _valeriana_ o no s lo que me pesco.

Cuando digo...! Hoy est usted muy malo. Ms vale que se retire a su
casa. Yo me las arreglo mejor solo. Cuidarse; llvese usted un
derivativo... Mire, mire, llvese tambin un preparado de hierro. El
derivativo se lo zampa en ayunas... Luego en cada comida se atiza una
pldora de _hierro reducido por el hidrgeno_, con _extracto de
ajenjos_... por la noche al acostarse se atiza usted otra... Con estos
calores, conviene no abusar mucho del hierro, sabe?, y sobre todo,
pasese usted y no lea tanto.

Relevado por su regente de la obligacin de trabajar, Rubn se fue al
laboratorio, y tomando de debajo de la silla un librote, se puso a leer.
Profundsima tristeza se revelaba en su rostro enjuto y granuloso. Caa
en la lectura como en una cisterna; tan abstrado estaba y tan apartado
de todo lo que no fuera el torbellino de letras en que nadaban sus ojos
y con sus ojos su espritu. Tomaba extraas e increbles posturas. A
veces las piernas en cruz suban por un tablero prximo hasta mucho ms
arriba de donde estaba la cabeza; a veces una de ellas se meta dentro
de la estantera baja por entre dos garrafas de drogas. En los dobleces
del cuerpo, las rodillas juntbanse a ratos con el pecho, y una de las
manos serva de almohada a la nuca. Ya se apoyaba en la mesa sobre el
codo izquierdo, ya el sobaco derecho montaba sobre el respaldo de la
silla, como si esta fuera una muleta, ya en fin, las piernas se
extendan sobre la mesa cual si fueran brazos. La silla, sustentada en
las patas de atrs, anunciaba con lastimeros crujidos sus intenciones de
deshacerse; y en tanto el libro cambiaba de disposicin con aquellos
extravagantes escorzos del cuerpo del lector. Tan pronto apareca por
arriba, sostenido en una sola mano, como agarrado con las dos, ms abajo
de donde estaban las rodillas; ya se le vea abierto con las hojas al
viento como si quisiera volar, ya doblado violentamente a riesgo de
desencuadernarse. Lo que nunca variaba ni disminua era la atencin del
lector, siempre intensa y fija al travs de todos los sacudimientos de
la materia muscular, como el principio que sobrevive a las revoluciones.

Ballester iba y vena, trabajando sin cesar, y cantaba entre dientes
estribillos de zarzuelas populares. Era un hombre simptico, no muy
limpio, de barba inculta, la nariz muy gruesa, personalidad negligente,
terminada por arriba en una caballera de matorral, que deba de tener
muy poco trato con los peines, y por abajo en anchas y muy usadas
pantuflas de pana, que iba arrastrando por los ladrillos de la rebotica
y laboratorio.

Pero, alma de Dios, ya que no trabaja usted... al menos despache
menudencias--dijo, parndose ante Rubn--. Mire, all est esa mujer
esperando hace un cuarto de hora... Diez cntimos de diaquiln. En
aquella gaveta est. Vamos, menese.

Rubn sala a la tienda y despachaba.

En dnde estn los frascos de _Emulsin Scott_?.

--Mrelos, mrelos; si los tiene casi en la mano. Dgole que es preciso
cuidar esa cabeza... Otra vez a leer! Bueno; usted se acordar de m...
leer, leer, y el aparato cerebro-espinal que lo parta un rayo... Tarar,
tarar...

Segua cantando y el otro plum!, se chapuzaba otra vez en su lectura.

Y qu lee?... vamos a ver--dijo Ballester mirando el libro--. _La
pluralidad de mundos habitados_... Bueno va... Cualquier da me iba yo
a ocupar de si haba personas en Jpiter! Cuando digo que usted, amigo
Rubn, va a acabar mal. Aqu para entre los dos: a usted qu le va ni
qu le viene con que haya gente en Marte o deje de haberla? Le van a
dar a usted algo por el descubrimiento? Tarar... tarar. Yo doy de
barato--aadi luego, ponindose a machacar en el mortero--, yo doy de
barato que haya familia en las estrellas; es ms, declaro que la hay.
Bueno, y qu? La consecuencia es que estaran tan jorobados como
nosotros.

Rubn no contestaba. A cierta hora, dej el libro, metindolo en un
rincn de la anaquelera, que apestaba a fnico, entre dos potes de
este lquido; despus se restregaba los ojos y estiraba los brazos y el
cuerpo todo, tardando lo menos cinco minutos en aquel desperezo que
activaba la circulacin de su poca sangre. Coga el hongo que de una
percha colgaba, y a la calle. Poco tena que andar por ella para ir a su
casa. Entr en esta con la cabeza baja, las cejas fruncidas. Su ta le
dijo que Fortunata no haba venido an y que le esperaran para comer.
Maxi ocup su sitio en la mesa, doa Lupe le recogi el sombreo, y
volviendo al poco rato, sentose en el sof de paja; ambos esperaron un
rato en silencio.

Cuidado que hoy tarda ms que nunca observ doa Lupe; y como notase
en el rostro de su sobrino seales de desasosiego, se apresur a
entablar conversacin ms amena.

Todo el da me he estado acordando de lo que hablamos anoche. Ah!, si
t fueras otro, si t tuvieras ambicin, pronto seramos todos ricos. El
farmacutico que no hace dinero en estos tiempos es porque tiene
vocacin de pobre. T sabes bastante, y con un poco de trastienda y otro
poco de farsa y mucho anuncio, mucho anuncio, negocio hecho. Creme, yo
te ayudara.

--No crea usted, ta, yo tambin he pensado en eso. Ayer se me ocurra
una aplicacin del _hierro dializado_ a sin fin de medicamentos... Creo
que encontrara una frmula nueva.

--Estas cosas, hijo, o se hacen en gordo o no se hacen. Si inventas
algo, que sea _panacea_, una cosa que lo cure todo, absolutamente todo,
y que se pueda vender en lquido, en pldoras, pastillas, cpsulas,
jarabe, emplasto y en cigarros aspiradores. Pero hombre, en tantsima
droga como tenis no hay tres o cuatro que bien combinadas sirvan para
todos los enfermos? Es un dolor que teniendo la fortuna tan a la mano,
no se la coja. Mira el doctor Perpi, de la calle de Caizares. Ha
hecho un capitalazo con ese jarabe... no recuerdo bien el nombre; es
algo as como _latro-faccioso_...

--El _lacto-fosfato de cal perfeccionado_--dijo Maxi--. En cuanto a las
_panaceas_, la moral farmacutica no las admite.

--Qu tonto!... Y qu tiene que ver la moral con esto? Lo que digo; no
saldrs de pobre en toda tu vida... Lo mismo que el tontaina de
Ballester: tambin me sali el otro da con esa msica. Nada os dice la
experiencia? Ya veis: el pobre Samaniego no dej capital a su familia,
porque tambin tocaba la misma tecla. Como que en su tiempo no se
vendan en su farmacia sino muy contados especficos. Casta bufaba con
esto. Tambin ella desea que entre t y Ballester le inventis algo, y
deis nombre a la casa, y llenis bien el cajn del dinero... Pero buen
par de sosos tiene en su establecimiento...

Charla que te charla, doa Lupe miraba al reloj del comedor, mas no
expresaba su impaciencia con palabras. Por fin son la campanilla
dbilmente. Era Fortunata que, cuando iba tarde, llamaba con timidez y
cautela, como si quisiera que hasta la campanilla comentase lo menos
posible su tardo regreso al hogar domstico. Papitos corri a abrir, y
doa Lupe fue a la cocina. Maxi habl con su mujer en un tono que
indicaba la complacencia de verla, y se quej suavemente de que no
hubiese entrado antes. Tena ella los ojos encendidos como de haber
llorado, y no era difcil conocer que disimulaba una gran pena. Pero
Rubn no reparaba en lo cabizbaja y suspirona que estaba su mujer
aquella noche. Haca algn tiempo que la facultad de observacin se
eclipsaba en l; viva de s mismo, y todas sus ideas y sentimientos
procedan de la elaboracin interior. La impulsin objetiva era casi
nula, resultando de esto una existencia enteramente soadora.

A doa Lupe s que no se le escapaba nada, y de todo iba tomando notas.
Hablose en la mesa del tiempo, del gran calor que se haba metido,
_impropio de la estacin_, porque todava no haba entrado Julio, aunque
faltaban pocos das; de los trenes de ida y vuelta, y de la mucha gente
que sala para las provincias del Norte. Con cierta timidez, se aventur
Fortunata a decir que su marido deba dejarse de pldoras, y decidirse
a ir a San Sebastin a tomar baos de mar. Mostrndose muy aptico, dijo
el pobre chico que lo mismo era tomarlos en Madrid con las _algas
marinas del Cantbrico_, a lo que respondi su mujer con energa: Eso
de las algas es conversacin, y aunque no lo fuera, lo que ms importa
es tomar las _brisas_.

Picando con el tenedor en el plato, para coger los garbanzos uno a uno,
la seora de Juregui se deca lo siguiente: Te veo venir... buena
pieza. Ya s yo las _brisas_ que t quieres. Despus de zarandearte
aqu, quieres zarandearte all, porque se te va el amigo... S, lo s
por Casta. Los seores de la Plazuela de Pontejos se marchan maana.
Pero yo te respondo, picaronaza, de que con esa no te sales... A San
Sebastin nada menos! Ests fresca... Ya te dar yo _brisas_....

Vino luego doa Casta con Olimpia a proponerles dar un paseo al Prado.
Rubn vacilaba; pero su mujer se neg resueltamente a salir. Fuese doa
Lupe con sus amigas, y Fortunata y Maxi estuvieron solos hasta media
noche en la sala, a oscuras, con los balcones abiertos, a causa del
calor que reinaba, hablando de cosas enteramente apartadas de la
realidad. l propona los temas ms extravagantes, por ejemplo: Cul
de nosotros dos se morir primero? Porque yo estoy muy delicado; pero
con estos achaques, quizs tenga tela para muchos aos. Los
temperamentos delicados son los que ms viven, y los robustos estn ms
expuestos a dar un estallido. Haca ella esfuerzos por sostener pltica
tan soporfera y desagradable. Otra proposicin de Maxi: Mira una cosa;
si yo no estuviera casado contigo, me consagrara por entero a la vida
religiosa. No sabes t cmo me seduce, cmo me llama... Abstraerse,
renunciar a todo, anular por completo la vida exterior, y vivir slo
para adentro... este es el nico bien positivo; lo dems es darle
vueltas a una noria de la cual no sale nunca una gota de agua.

Fortunata deca a todo que s, y aparentando ocuparse de aquello,
pensaba en lo suyo, mecindose en la dulce oscuridad y la tibia
atmsfera de la sala. Por los balcones entraba muy debilitada la luz de
los faroles de la calle. Dicha luz reproduca en el techo de la
habitacin el foco de los candelabros, con las sombras de su armadura, y
esta imagen fantstica, temblando sobre la superficie blanca del cielo
raso, atraa las miradas de la triste joven, que estaba tendida en una
butaca con la cabeza echada hacia atrs. Maxi volvi a machacar: Si no
fuera por ti, no se me importara nada morirme, Es ms, la idea de la
muerte es grata en mi alma. La muerte es la esperanza de realizar en
otra parte lo que aqu no ha sido ms que una tentativa. Si nos
aseguraran que no nos moriramos nunca, pronto se convertira uno en
bestia, no te parece a ti?.

--Pues qu duda tiene?--responda la otra maquinalmente, dejando a su
idea revolotear por el techo.

--Yo pienso mucho en esto, y me entregara desde luego a la vida
interior, si no fuera porque est uno atado a un carro de afectos, del
cual hay que tirar.

--Ay, Dios mo, la que me espera maana!--pens la esposa. Era probado:
Siempre que su marido estaba por las noches muy dado a la somnolencia
espiritual, al da siguiente le entraba la desconfianza furibunda y la
mana de que todos se conjuraban contra l.

Poco despus de esto, dijo Maxi que se quera acostar. Fortunata
encendi luz, y l fue hacia la alcoba, arrastrando los pies como un
viejo. Mientras su mujer le desnudaba, el pobre chico la sorprendi con
estas palabras, que a ella le parecieron infernal inspiracin de un
cerebro dado a los demonios: Veremos si esta noche sueo lo mismo que
so anoche. No te lo he contado? Vers. Pues so que estaba yo en el
laboratorio, y que me entretena en distribuir bromuro potsico en
papeletas de un gramo... a ojo. Estaba afligido, y me acordaba de ti.
Puse lo menos cien papeletas, y despus sent en m una sed muy rara,
sed espiritual que no se aplaca en fuentes de agua. Me fui hacia el
frasco del clorhidrato de morfina y me lo beb todo. Ca al suelo, y en
aquel sopor... T vete haciendo cargo... en aquel sopor se me apareci
un ngel y me dijo, dice: 'Jos, no tengas celos, que si tu mujer est
encinta, es por obra del _Pensamiento puro_...'. Ves qu disparates? Es
que ayer tarde trinqu la Biblia y le el pasaje aquel de....

Maxi se estir en la cama, y cerrando los ojos, cay al instante en
profundo sueo, cual si se hubiera bebido todo el ludano de la
farmacia.




--ii--


Fortunata no se acost en la cama, porque haca mucho calor.
Echose medio vestida en el sof, y a la madrugada, despus de haber
dormido algunos ratos, sinti que su marido estaba despierto. Oale dar
suspiros y gruir como una persona sofocada por la clera. Sintiole
palpar en la mesa de noche buscando la caja de cerillas. Esta se cay al
suelo, y en el suelo vio Fortunata la claridad lvida que los fsforos
despiden en la oscuridad. La mano de Maxi descendi buscando la caja, y
al fin pudo apoderarse de ella. Fortunata vio subir el azulado
resplandor, como difusa humareda. Este fenmeno desapareci con el
restallido del fsforo y la instantnea presencia de la luz alumbrando
la estancia. Los ojos del joven se esparcieron ansiosos por ella, y
viendo a su mujer acostada, dijo: Ah!... ests ah... qu bien haces
el papel!.

Para evitar cuestiones tan a deshora, la esposa fingi que dorma. Pero
entreabriendo los ojos le vio encender la vela. Psose Maxi la ropa
necesaria para no levantarse desnudo, y se baj de la cama
cautelosamente. Cogiendo la vela, sali al pasillo. Fortunata le sinti
reconociendo el cerrojo de la puerta, registrando el cuarto en que ella
tena su ropa, y despus el comedor y la cocina. Tantas veces haba
hecho Maxi aquello mismo, que su mujer se haba acostumbrado a tal
extravagancia. Era que le acometa la pcara idea de que alguien entraba
o quera entrar en la casa con intenciones de robarle su honor.

Cuando Maxi volvi a la alcoba, ya principiaba a apuntar el da. Si no
te cojo hoy, te cojo maana--rezongaba--. No hay nada; pero yo sent
pasos, yo sent cuchicheos; t saliste de aqu... Has vuelto a entrar y
ests ah hacindote la dormida para engaarme... Djate estar... Yo
estoy con mucho ojo, y aunque parezca que no veo nada, lo veo todo... A
buena parte vienes... Que andaba un hombre por los pasillos, no tiene
duda. No vale el jurarme que no haba nadie. Pues qu, no tengo yo
odos?... Estoy yo tonto?.

Deca esto sentado al borde del lecho, la vela en la mano, mirando a su
mujer, que continuaba fingindose dormida, con la esperanza de que se
aplacara. Pero esto no era fcil, y una vez desatada la insana mana, ya
haba jaqueca para un rato. Acabando de vestirse, empez a dar trancos
por la habitacin, manoteando y hablando solo.

No, no, no... Si creen que me la dan, se equivocan. Lo ms horrible es
que mi ta es encubridora... Pues qu, entrara nadie en la casa si
ella no lo consintiera? Y Papitos tambin es encubridora. Buenas
propinas se calzar. Pero ya te arreglar yo, _celestina_ menuda. Que no
me vengan con tonteras. Ayer not yo bien marcadas en el felpudo de la
entrada las suelas de unas botas de persona fina. Dicen que el
aguador... Qu aguador ni que nio muerto!... Y anteayer haba en esa
misma alcoba la impresin, s, la impresin de una persona que aqu
estuvo. No lo puedo explicar; era como huellas dejadas en el aire, como
un olor, como el molde de un cuerpo en el ambiente. No me equivoco; aqu
entr alguien. Lucido, lucido papel estoy haciendo. Dios mo! De qu
le vale a uno el poner su honor por encima de todas las cosas? Viene un
cualquiera y lo pisotea, y lo llena de inmundicia. Y no le basta a uno
vigilar, vigilar, vigilar. Yo no duermo nada, y sin embargo... Pero es
preciso vigilar ms todava y no perder de vista ni un momento a mi
mujer, a mi ta, a Papitos... Esta condenada Papitos es la que abre la
puerta, y yo la voy a reventar.

Fortunata crey al fin que convena hacer que despertaba. Lo particular
era que en aquella crisis el desventurado joven no pasaba de las
extravagancias de lenguaje a las violencias de obra; todo era quejas
acerbsimas, afn angustioso por su honor y amenazas de que iba a hacer
y acontecer.

Qu disparates ests hablando ah?--le dijo su mujer--. Por qu no te
acuestas? Ya que t no duermes, djame dormir a m.

--Te parece que despus de lo que has hecho, se puede dormir? Qu
conciencias, vlgame Dios, qu conciencias estas!... T lo negars
ahora... Quin andaba por los pasillos? Claro, el gato. El pobre minino
paga todas las culpas. Y t a qu saliste?, a jugar con el gato,
verdad?, justo. Y eso me lo he de tragar yo! Lo que me anonada es que
mi ta consienta esto, mi ta que me quiere tanto. T, ya s que no me
quieres; pero mi ta...! Vamos que... Pues esa vbora de Papitos, con su
cara de mona... Qu humanidad, Dios mo! El hombre honrado no tiene
defensa contra tanto enemigo; la traicin le rodea; la deslealtad le
acecha. Aquellos en quienes ms confa le venden. Donde menos lo piensa,
en el seno de la familia, salta un Judas. En la tierra no hay ni puede
haber honor. En el Cielo nicamente, porque Dios es el nico que no nos
engaa, el nico que no se pone careta de amor para darnos la pualada.

Fortunata se visti a toda prisa. Saba por experiencia que mientras ms
le contradeca era peor. Un rato estuvo sentada en el sof, oyndole
disparatar y aguardando a que avanzara un poco la maana par avisar a
doa Lupe. Antes de ir a lavarse, pas por la alcoba de su ta, que ya
estaba vistiendo, y le dijo: Hoy est atroz... pobrecito!... A ver si
usted le puede calmar.

--Voy, voy all... Veo que sin m no os podis gobernar. Si yo
faltara... no quiero pensarlo. Mira, pon en planta a Papitos, y que
encienda lumbre... Le haremos chocolate en seguida; porque la debilidad
es lo que le pone as, y hay que meterle lastre en aquel pobre cuerpo.
Toma las llaves, saca de aquel chocolate que nos dio Ballester,
_chocolate con hierro dializado_... Qu chico, vaya por dnde le da...!
Salgo al momento.

Cuando su ta entr con el chocolate, Maxi segua tan disparado como
antes. Lo que yo extrao, ta, lo que yo no puedo explicarme--dijo
clavando en ella sus ojos que relampagueaban--, es que usted consienta
esto y lo encubra y me quiera matar, porque spalo usted, para m el
honor es primero que la vida.

--Hijo de mi alma--le contest doa Lupe poniendo el chocolate sobre la
mesa--, despus hablaremos de eso... Yo te explicar lo que hay, y te
convencers de que todo es una figuracin tuya. Toma primero el
chocolate, que ests muy dbil...

El joven se dej caer en el sof, inclinndose hacia la mesa prxima, en
que el desayuno estaba, y tomando un bizcocho lo moj en el lquido
espeso. Antes de probarlo, se le fue la lengua otra vez acerca de lo
mismo, si bien en tono ms tranquilo. No s cmo me va usted a
convencer, cuando yo tengo odos, yo tengo ojos, y ante la evidencia, no
valen....

Hizo un gesto de repugnancia y horror al probar el bizcocho mojado.

Ta... Fortunata!... qu es esto?, qu me dan?... Este chocolate
tiene arsnico.

--Hijo, por Mara Santsima!--exclam doa Lupe consternada, a punto
que entraba su sobrina.

--Pero ustedes creen que a m se me puede ocultar el gusto del
arsnico?...--dijo enteramente descompuesto, los ojos extraviados--. Y
no son tontas; ponen poca dosis... un centigramo, para irme matando
lentamente... Y apuesto a que ha sido Ballester el que les ha dado el
cido arsenioso... porque tambin l est contra m... Qu infierno es
este, Dios mo?...

--Vamos, esto no se puede sufrir. Decir que le hemos envenenado el
chocolate...!

--Gusto a arsnico!... clavado... pero tan clavado...!

Levantose en actitud de desesperacin y volvi a la inquietud delirante
de sus paseos...

Tendr que dejarme morir de hambre... es horrible... Mi casa llena de
enemigos. Las personas que ms me queran antes, ahora desean mi
muerte.

--Conque arsnico...!--dijo Fortunata tomndolo a broma, con esperanza
de obtener as mejor efecto--. Para que veas que eres un simple y un
majadero, voy a tomarme yo el chocolate.

Y en el acto empez a tomarlo. Su marido la miraba atnito.

A ver si espichamos de una vez... l podr tener veneno, pero bien rico
est... Te convences ahora?... Me tomara otra jcara. No creas, me
vendra bien que esto matara, porque as me iba pronto de este mundo,
que maldita la gracia que tiene, con las jaquecas que me das y lo mucho
que nos haces sufrir.

Doa Lupe, en tanto, trajo la cocinilla econmica para hacer en
presencia de Maxi otro chocolate. Aun as, fue preciso sostener una
lucha penosa para que se decidiera a probarlo, pues insista en que
tambin aquel tena gusto a arsnico... Aunque no tanto, convengo en
que no es tanto. Despus, tomando tonos de transaccin, les dijo: Yo
creo que todo ello es cosa de Papitos... porque ustedes no saben lo
mala que es y la inquina que me tiene.

--Vamos, que es para pegarte--le contest doa Lupe--. Tomarla as con
la pobre Papitos!... Mira, cuando te den manas, chame a m toda la
culpa. Yo s desenvolverme y probar mi inocencia. Y ahora, por qu no
os vais los dos a dar un paseto por el Retiro? Hasta las nueve no hace
calor; la maana est deliciosa.

Fortunata apoy esta proposicin, pero l no tena ganas de salir.
Continuaba en el sof, apoyado el codo en la mesilla y la cabeza en la
mano, mirando al suelo como si quisiera contar los juncos de la esterita
que haba junto al sof. Las dos mujeres se miraban, comunicndose con
los ojos malas impresiones.

Eso--murmur l de una manera torva y recelosa--. Quieren echarme a la
calle, para....

--Pero alma de Dios, si va ella contigo...

--Y a dnde me quiere llevar? Sabe Dios... Alguna trampa que me quieren
armar. Si slo fuera para asesinarme, pase; pero si es para atentar al
sagrado de mi honor...!

--Todo sea por Dios.--No sabe usted, ta, que hace tres meses...? la
_Correspondencia_ lo trajo... una mujer llev a su marido al Retiro, y
cuando iban por un paseo solitario sali el cmplice... s, el cmplice,
que estaba escondido tras unas matas, y entre ella y aquel tuno cogieron
al pobre marido, le ataron de pies y manos y le arrojaron al
estanque...

--Jess, qu barbaridad! De dnde has sacado esos desatinos?

--La _Correspondencia_ no ha trado tal cosa--dijo Fortunata.

--Vamos, lo habrs soado t.

--Yo no lo he soado--grit l levantndose con golpe de resorte--. Es
verdad; lo he ledo en la _Correspondencia_... y... Tambin me llaman
embustero! Yo no digo ms que la verdad. Las embusteras son ustedes...
ustedes, con esas conciencias cargadas de crmenes...

Doa Lupe cruzaba las manos y miraba al Cielo, invocando la justicia
divina. Fortunata expresaba un gran abatimiento, cual si su paciencia
tocase ya al punto en que agotarse deba.

Mira--dijo la viuda--, vete a la botica, ponte a trabajar, y con la
distraccin se te despejar la cabeza.

Saba por experiencia la seora de Juregui que en los ataques fuertes
de su sobrino, Ballester era la nica persona que le haca entrar en
razn, desplegando ante l, ya la burla descarada, ya la autoridad seca
y hasta cruel. Las personas de la familia, a quienes l quera, eran las
ms ineptas para dominarle, pues contra ellas iba la descarga de su
recelo furibundo. Bueno, bajar--dijo Maxi tomando su sombrero--.
Tengo que ajustarle las cuentas al seor de Ballester. De m no se re
ms... Y en ltimo caso, que me lo diga cara a cara. A que no se
atreve? Es un cobarde y un traidor, que vendiendo amistad, hiere por la
espalda.

Ta y esposa no le dijeron nada, y fueron tras l. Cogiendo de la percha
del recibimiento la caa que usaba, sali dando un fuerte portazo. Baj
rpidamente y estuvo hablando un rato con la portera. Desde el balcn le
vieron las dos seoras salir a la calle, pasar la acera de enfrente,
mirar hacia la casa... Ocultronse ellas entonces, y asomndose con
cautela por entre los hierros, vironle seguir, gesticulando y haciendo
molinete con el bastn. A cada instante se paraba y volva hacia atrs.
Daba unos cuantos pasos y otra vez por la calle arriba. En una de estas
vueltas, sali Ballester a la puerta de la botica y le llam con gesto
imperativo: Aqu pronto... Me gusta...! Venga usted aqu.

En actitud semejante a la de un perro que ante el palo de su amo agacha
las orejas y arrastra el rabo por el suelo, entr Rubn en la botica
diciendo a su regente: Buenos das, amigo Ballester. No le haba visto.
Iba a tomar un poco el aire. Y usted, qu tal?.




--iii--


Yo, bueno... conque a tomar el aire...--contest Segismundo con
cara de muy mal genio--.

El aire que me va usted a tomar ahora es ponerle las etiquetas a estos
frascos de jarabes... Y cuidado con equivocarse. Las etiquetas rojas son
las del _jarabe de corteza de naranja amarga con yoduro potsico_; las
verdes el mismo con _hierro dializado_. Como usted me trueque las
papeletas, le trituro.

Ponase a trabajar, y, cosa por dems extraa, a pesar del desorden de
su cabeza, no cometa una sola equivocacin, ni aun cuando le dieron
seis clases ms de jarabes con sus correspondientes letreros de
diferentes colores. Ballester, que ya tena noticia, por una esquelita
de doa Lupe, del rudo acceso de aquella maana, le vigilaba
disimuladamente, mirndole por el rabillo del ojo, pero en una de las
vueltas que dio al laboratorio, Maxi dej bruscamente el trabajo y se
fue a la calle sin sombrero. Al volver a la tienda y notar la ausencia
del joven, el regente se qued muy tranquilo y no dijo ms que: Ya
vol... buena va. Tomaba con calma las extravagancias de su colega, y
su deseo era que una de aquellas escapatorias fuera la del humo. Pero
no tendr yo esa suerte--deca--, y ya me lo volvern a traer para que
le amanse.

Maxi subi a su casa. Al abrirle la puerta, no se admir Fortunata de lo
descompuesto que vena, porque ya no eran nuevas aquellas inesperadas
apariciones. Supongo--dijo l con trmulo labio--, que no me lo
negars ahora... Puede que mi ta lo niegue... es tan hipcrita...!
Pero t no, t eres mala y sincera. Cuando das el golpe mortal lo dices,
verdad? Y ahora ante los hechos palpables, evidentes, qu tenis que
decir?.

Otra vez... pero hijo... chill doa Lupe, saliendo al recibimiento.

--Usted, ta, se empear en negarlo ahora... pero esta no lo niega.
Cierto que no le coger; porque habr saltado por el balcn; pero no me
negarn que entr... Le he visto yo, le he visto pasar por delante de la
botica... En la escalera ha dejado su huella, su rastro, rastro y
huella, seores, que no se pueden confundir con nada... pero con nada.

--Pues estamos divertidas!--dijo doa Lupe a Fortunata, que daba
suspiros mirando a su marido con lstima intenssima.

--La que me las va a pagar todas juntas es esa indecente de
Papitos--grit l, dando algunos pasos hacia la cocina.

--Papitos!, est en la compra. Pobre chica!... Ea, ya estamos hartas.
A ver si nos dejas en paz. Le encargaremos a Ballester que te amarre...
Nio, nio, se acabaron las tonteras.

Diciendo esto le coga por un brazo y le sacuda con ira materna y
correccional. Mira que no te podemos sufrir... Lo que t tienes es
mucho mimo.

El desgraciado joven se dej caer en un banco que en el recibimiento
haba, el cual semejaba banco de iglesia, y all se transform la
mscara insana de su rostro, pasando de la furia a la consternacin.
Garantceme usted... pues... que mi honor est... lo que llaman
intacto... y yo me tranquilizar.

Tu honor! Pero quin diablos se ha metido con l? Si todo es humo,
humo que hay dentro de esta cabeza.

--Humo!... ah!...--S, todo humo--dijo Fortunata, ponindole
cariosamente la mano en el hombro--. No pienses y no temers nada. Es
la imaginacin, nada ms que la imaginacin... la loca de la casa, como
deca tu hermano Nicols.

--Sabes lo que vamos a hacer?--indic doa Lupe, algn tiempo despus,
aprovechando la relativa calma que en su sobrino se notaba--. Pues vamos
a darle de almorzar.

Su mujer le agarr por un brazo para llevarle a la mesa, y l no hizo
ninguna resistencia. Teman una y otra que no quisiese tomar nada,
fundndose en que la comida estaba envenenada; pero con gran sorpresa de
ambas, Maxi no manifest recelo alguno sobre este particular. Tena poco
apetito, y para que pasara algo, las dos hubieron de hacer a competencia
considerable gasto de palabras tiernas. Tan cariosas se mostraron, que
Maxi comi ms que otros das, sin hacer observacin alguna ni quejarse
de lo mal condimentado que estaba todo. Hicironle caf y esto fue lo
nico que tom con gana. De sobremesa, trat doa Lupe de alegrarse los
espritus, charlando de cosas enteramente contrarias a aquella monserga
del honor; mas l daba a conocer con suspiros profundos que la tormenta
de su alma no estaba del todo extinguida. Pero la fuerza del ataque
haba pasado, y pronto vendra la completa serenidad. Al despedirse para
volver a la botica, llev a su mujer aparte y le dijo: Promteme no
salir esta tarde... promteme no salir nunca sino conmigo.

--Salir yo!, qu disparates se te ocurren! No pienso en tal
cosa--replic ella sonriendo--. Aqu me estar esperndote. A la noche
iremos a casa de doa Casta. Quieres? O a paseo.

Mientras esto deca, doa Lupe, acechndola desde un rincn del pasillo,
fijaba en ella una mirada astuta.

Aquella tarde estuvo Maxi en la botica bastante ms calmado. En un rato
que tuvo libre, se fue al rincn del laboratorio en que guardaba sus
libros, y cogi uno disponindose a sumergirse en la lectura. Pero
Ballester tom una vara; se fue derecho a l, y arrebatndole el libro,
le amenaz con castigarle. Ea, dejmonos de sabiduras, que eso es lo
que nos trastorna. A ver qu es esto?... Hombre, qu bonito!

_Errores de la teogona egipcia y persa_... Esto reza el epgrafe del
captulo... Pero, criatura, que siempre ha de estar usted metindose en
lo que no le importa? Qu le va a usted ni qu le viene con que
aquellos brbaros, que ya se murieron hace miles de aos, adoraran
muchos dioses?... Es gana de meterse en vidas ajenas. Que tenan los
dioses por gruesas! Bueno, y qu? Acaso los tiene usted que mantener?
Lo que yo digo: es gana de entrometerse. No puedo ver tanta tontera
(exaltndose ms a cada frase y llegando hasta la clera); no puedo ver
que un cristiano se queme las cejas por averiguar cosas de las cuales ha
de sacar lo que el negro del sermn... Que le escondo los libros, que se
los quemo... Voy al momento.

Esto ltimo se lo deca a un parroquiano que mostraba una receta.

A ver, marmolillo (por Maxi) menese usted. Alcnceme el alcanfor, el
nitro dulce, el polvo de regaliz....

Confeccionada la medicina en un dos por tres, volvi Ballester a coger
la vara, y continu la filpica de este modo:

Lo mismo que la tontera en que ahora ha dado... que le van a quitar su
honor; que entran hombres en la casa... que por todas partes se le
tienden asechanzas a su honor... Qu melodramticos estamos y qu
simples _semos_! Parece mentira que tales absurdos se le ocurran a
quien est casado con una mujer, que es _la casta Susana_, s seor, me
ratifico, _la casta Susana_, mujer que antes se dejara descuartizar que
mirarle a la cara a un hombre. Y si lo sabe usted, para qu arma esas
tragedias? Ah!, si yo tuviera una hembra as, tan hermosa, tan
virtuosa; si yo tuviera a mi lado una virgen como esa, la adorara de
rodillas y primero me apaleaban que darle un disgusto. Su honor! Si
tiene usted ms honor que... vamos, no s con qu compararlo. Tiene
usted un honor ms limpio que el sol... qu digo sol, si el sol tiene
manchas? Ms limpio que la limpieza. Y todava se queja... Nada, yo le
voy a curar a usted con esta vara. En cuanto hable del honor, zas!...
No hay otra manera. Lo que yo digo: esas cosas las hace usted por lo muy
mimadito que est. Ta que le cuida, mujer guapa que le mima tambin y
que se mira en las nias de sus ojos... Como que es la verdad...
Carambita, pues si yo tuviera una mujer as....

Al llegar a esta parte de la reprimenda que Segismundo le espetaba ms
en serio que un ladrillo, Rubn se haba tranquilizado tanto, que casi
estaba dispuesto a orle con benevolencia y hasta con jovialidad. Y
concluy por sonrer, y al cabo de un gran rato le dijo:

Amigo Ballester, le convido a usted a Variedades esta noche. Quiere?.

--Pues no he de querer? Bueno va. Pedradas de esas vengan todos los
das, ilustre amigo mo. Iremos... en el bien entendido de que venga
Padilla esta noche a quedarse de guardia. Vamos ahora, mi queridsimo
colega, a hacer estas pldoras de _protoioduro de mercurio_. Prepare
usted el regaliz y el muclago de goma arbiga. Receta de cuidado. Mucho
ojo... Le digo a usted que no hay ciencia ms sublime que la Farmacia.
Cunto ms bonita que averiguar si hubo o no tantas o cuntas docenas
de dioses! Vamos all; mucho cuidado con este precioso mercurial. Aviado
estar el enfermo para quien sea. No, no le arriendo la ganancia. Pero a
fe que se habr divertido bastante en este mundo con las mozas guapas, y
si buenos azotes le cuesta ahora, buenas nsulas se habr calzado.
Eh!... cuidado con las dosis. No sea usted tan vivo de genio. Mire que
va a jorobar al paciente, y la saliva que eche va a llegar hasta aqu...
Qu hermosa es la Farmacia! Para m hay dos artes, la Farmacia y la
Msica. Ambas curan a la humanidad. La Msica es la Farmacia del alma, y
la... viceversa, ya usted me entiende. Nosotros, qu somos si no los
compositores del cuerpo? Usted es un Rossini, por ejemplo, yo un
Beethoven. En uno y otro arte todo es combinar, combinar. Llmanse notas
all, aqu las llamamos drogas, sustancias; all sonatas, oratorios y
cuartetos... aqu vomitivos, diurticos, tnicos, etc... El _quid_ est
en saber herir con la composicin la parte sensible... Qu le parecen
a usted estas teoras?... Cuando desafinamos, el enfermo se muere.

A poco lleg el practicante que slo haca servicio en la botica por las
noches, y llevndole aparte, le dijo Segismundo: Amigo Padilla, hoy
mismo le voy a proponer a doa Casta que vengas de da, porque esta
calamidad de Rubn tiene la cabeza como un cesto, y me temo que si se
queda solo envenene a toda la parroquia.




--iv--


Aquella noche, despus de comer, fueron todos a casa de doa
Casta, donde deban reunirse para ir a paseo. Pero a poco de estar all,
entr Ballester diciendo que se haba levantado un airote muy fuerte y
amenazaba tormenta, por lo que unnimemente se acord no salir; se
encendi luz en la sala, y doa Casta dijo a Olimpia que tocara la pieza
para que la oyeran Maximiliano y Ballester.

Olimpia era la menor de las hijas de Samaniego, y hubiera causado gran
admiracin en la poca en que era de moda ser tsico, o al menos
parecerlo. Delgada, espiritual, ojerosa, con un corte de cara fino y de
expresin romntica, la nia aquella habra sido perfecta beldad
cincuenta aos ha, en tiempo de los tirabuzones y de los talles de
slfide. Quera doa Casta que sus nias tuvieran un medio de ganarse la
vida para el da en que por cualquier contingencia empobreciesen, y
Olimpia fue llevada al Conservatorio desde edad temprana. Siete aos
estuvo tecleando, y despus tecleaba en casa bajo la direccin de un
reputado maestro que iba dos veces por semana. Tratbase de que ganara
premio en los exmenes, y para esto la nia estuvo por espacio de tres
aos estudiando una dichosa pieza, que no acababa de dominar nunca.
Pieza por la maana, pieza por tarde y noche. Ballester se la saba ya
de memoria sin perder nota. No haba logrado Olimpia _decir_ toda, toda
la pieza, desde el _adagio pattico_ hasta el _presto con fuoco_, sin
equivocarse alguna vez, y siempre que tocaba delante de gente, se
embarullaba y haca un pisto de notas que ni Cristo lo entenda. Por eso
doa Casta la mandaba tocar cuando haba personas extraas, para que
fuese perdiendo el miedo al _pblico_.

La determinacin de no salir a paseo puso a la seorita de mal talante,
porque no poda hablar con su novio, que a aquella hora estaba clavado
en la esquina de la calle de los Tres Peces, esperando a que saliese la
familia para incorporarse. Era un chico de mrito, que estudiaba el
ltimo ao de no s qu carrera, y escriba artculos de crtica
(gratis) en diferentes peridicos. A pesar de sus notables prendas,
doa Casta no le vea con buenos ojos, porque la crtica, francamente,
como oficio para mantener una familia, no le pareca de lo ms
lucrativo. Pero Olimpia estaba muy apasionada; lea todos los artculos
de su novio, que este le llevaba recortados de los peridicos y pegados
en cuartillas, y con esta lectura se iba ilustrando considerablemente.
Todo aquel frrago de sentencias estticas lo guardaba con las cartas y
los mechones de pelo. Doa Casta no permita an al apreciable joven
entrar en la casa.

Toc la nia su pieza con no poca fatiga, a ratos aporreando las teclas
como si las quisiera castigar por alguna falta que haban cometido, a
ratos acaricindolas para que sonaran suavemente con ayuda de pedal,
arqueando el cuerpo, ya de un lado, ya de otro, y poniendo cara afligida
o de mal genio, segn el pasaje. Pareca que los dedos eran bocas, y que
estas bocas tenan hambre atrasada por las muchas notas que se coman.
En ciertas escalas difciles algunas notas se anticipaban a sus
predecesoras y otras se quedaban rezagadas; pero cuando llegaba un
efecto fcil, la pianista deca aqu que no peco, y se indemnizaba de
las pifias que cometiera antes. Durante el largo martirio de las teclas,
las exclamaciones de admiracin no cesaban. Qu dedos los de esta
chica!... Me ro yo de Guelbenzu... Y qu talento artstico, qu
expresin! deca el gran tuno de Ballester.

Y doa Casta: Ahora viene el paso difcil, ahora... En este trozo no
tiene pero... Qu limpieza... qu manera de frasear!.... Doa Lupe
tambin haca aspavientos, y Fortunata se vea obligada a expresar su
entusiasmo, aunque no entenda una palabra de tal cencerrada, y en su
interior se pasmaba de que aquello se llamase _arte sublime_, y de que
las personas formales aplaudiesen msica semejante a la de un taller de
calderera. Cualquier tonadilla de los pianitos de ruedas que van por la
calle le gustaba y la conmova ms.

Olimpia tocaba con fe y emocin, presumiendo que el espejo de los
crticos la oa desde la calle. Cuando concluy, estaba rendida,
sudorosa, le dolan todos los huesos y apenas poda respirar. Ni
siquiera tena aliento para dar las gracias por las flores que todos le
echaban. La tos que le entr pareca anunciar un ataque de hemoptisis.
Hija ma--le dijo su mam, vindola ir hacia el balcn--, no te asomes,
que ests sudando. Toma, ponte esta toquilla.

Y se la pona, y no pudiendo refrenar las ganas de salir al balcn,
sali con Fortunata, y ambas estuvieron contemplando el alma en pena que
se paseaba en la acera de enfrente.

Al poco rato entr Aurora, la mayor de _las Samaniegas_, que era muy
distinta de su hermana, pelinegra, bien parecida sin ser una hermosura,
de esas que a un color anmico unen cierta robustez fofa y lozana de
carnes incoloras. Su pecho era desproporcionadamente abultado, su cuello
corto, las caderas y el talle bien torneados, y las costuras de las
mangas parecan prximas a reventar por causa de la gordura creciente de
los brazos. La cabeza era bonita, de poco pelo y muy bien arreglada.
Tena ms entendimiento que su hermana; vesta con esa sencillez airosa
de las mujeres extranjeras que se ganan la vida en un mostrador de
tienda elegante, o llevando la contabilidad de un restaurant. Su traje
era siempre de un solo color, sin combinaciones, de un corte severo y
como expeditivo, traje de mujer joven que sale sola a la calle y trabaja
honradamente.

Expliquemos esto. Aurora Samaniego tena treinta aos y era viuda de un
francs, que vino a Espaa representando casas extranjeras de droguera.
A poco de casarse, all por el 65, el francs se fue con su mujer a
Burdeos y all hered de sus padres un establecimiento de ropa blanca,
que mejor a fuerza de trabajo, poniendo en l las bases de una fortuna.
Pero entre Bismark y Napolen III lo echaron todo a perder, pues por
causa de estos dos personajes sobrevino la guerra de 1870, que tantas
esperanzas haba de segar en flor. Feneln, que era hombre bonsimo y de
inteligencia mercantil, tena el defecto del _chauvinisme_. Empu las
armas, se agreg a un cuerpo de ejrcito, y a los primeros disparos, los
prusianos le dejaron seco.

Viuda y con poco dinero, aunque tambin sin hijos, Aurora volvi a
Madrid, donde las disposiciones y hbitos de trabajo que haba adquirido
no pudieron tener empleo por no existir aqu _grandes almacenes_, y los
que hay, estn servidos por esos gandulones de horteras, que usurpan a
las muchachas el nico medio decoroso de ganarse la vida. Haba
aprendido la viuda de Feneln cuanto hay que saber en lo concerniente al
ramo de ropa blanca; estaba fuerte en contabilidad; tena nociones
claras del orden econmico y del rgimen a que debe sujetarse un negocio
bien montado, y hablaba el francs a la perfeccin. Pero todos estos
mritos habran sido intiles hasta el fin del mundo, si no se le
ocurriera a Pepe Samaniego establecer el comercio de ropa blanca _con
arreglo a los ltimos adelantos del extranjero_, y llevar a l a persona
tan inteligente y para el caso como su prima. El plan era vastsimo.
Aurora estara al frente del departamento de equipos de boda y
canastillas de bautizo, ropa de nios y de seora. El capital para la
instalacin de esta importante industria habalo facilitado D. Manuel
Moreno-Isla, que tena confianza en la honradez y tino de Pepe
Samaniego. La tienda estara en una casa nueva de la subida a Santa
Cruz, frente por frente a la calle de Pontejos, y sus escaparates seran
de seguro los ms vistosos y elegantes de Madrid. Inauguracin, el 1 de
Setiembre. Samaniego estaba en Pars haciendo compras, y en la fecha a
que esto se refiere, ya empezaban a venir algunas cajas. En la tienda
provisional, que estaba prxima a la definitiva, haba ya mucho trabajo.
Aurora, al frente de una graciosa plyade de oficiales habilsimas,
estaba disponiendo las piezas-modelo que se haban de presentar en los
primeros das, como muestras de las ricas confecciones de la casa. De
sol a sol viva entre oleadas de batista con espuma de encajes
riqusimos, cortando y probando, puntada aqu, tijeretazo all,
gobernando su hato de cosedoras con tanta inteligencia como autoridad.

Por las noches, cuando llegaba a su casa, rendida, su madre gustaba de
que estuvieran presentes doa Lupe, Fortunata o las dems amigas, para
dar rienda suelta a su vanidad. En cuanto la vea entrar, se le
iluminaba el rostro, y ya no se hablaba ms que del establecimiento
nuevo, y de las cosas no vistas que en l admirara el Madrid elegante.
Las cuatro mujeres no paraban el pico hasta las doce, y por eso
Ballester, aquella noche, al ver que se armaba el nublado de ropa
blanca, cogi por un brazo a Maxi y le dijo: Nosotros nos vamos a ver
una piececita en Variedades. Dicho se est que Olimpia, no participando
de la presuncin ni del entusiasmo mercantil de su mam, segua posada
en el antepecho del balcn del gabinete, viendo pasar la sombra
melanclica del aburrido Aristarco, y arrojndole desde arriba alguna
palabrilla, para que endulzara el plantn.

Estars muy cansada, sintate--deca doa Casta a su hija, armando el
corrillo--. Cmo va eso?.

--Hoy han estado probando el gas en la nueva tienda. Ser una cosa
esplndida. Ya estn llegando cajas de novedades, cosas, ay!, _por
ejemplo_, tan bonitas, que en Madrid no se ha visto nada igual. Aqu no
saben poner escaparates. Vern, vern el nuestro, con _todo lo que hay
de ms lindo_, para llamar la atencin, y hacer que la gente se pare y
entre a comprar algo. Despus que entran, se les ensea ms, se les
_hace ver_ esta y la otra cosa de precio, se les engatusa, y al fin
caen. Los tenderos de aqu apenas tienen el arte del _etalaje_, y en
cuanto al arte de vender, pocos lo poseen. Hay muchos que pertenecen
todava a la escuela de Estupi, que rea a los que iban a comprar.

--Yo creo--dijo doa Lupe con expresin avariciosa--, que Pepe Samaniego
va a hacer un gran negocio. Madrid est por explotar. Todo consiste en
tener pesquis. Oh!, pues en el ramo de Farmacia, Dios mo, hay una
verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que
salga por ah con su poco de _panacea_. Pero nos hemos vuelto todos muy
morales y muy rigoristas. Vean por qu esta nacin no adelanta, y los
extranjeros nos explotan llevndose todo el dinero.

Esta ltima frase llev la conversacin al primitivo terreno, del cual
se haba desviado un poco con aquello de la panacea.

Por eso--dijo doa Casta--, un establecimiento montado como los mejores
del extranjero, no puede menos de hacerse de oro, pues habindolo aqu,
las seoras de la grandeza no tendrn que ir a Bayona y a Biarritz a
comprar la ltima novedad.

Aurora vesta un traje de percal, azul claro, con cinturn de cuero, y
en este una gran hebilla. Su atavo era todo frescura, sencillez de
obrera elegante. Fue un rato para adentro a tomarse la colacin o
golosina que su madre le guardaba siempre, y volvi con un platito en
una mano y una cucharilla en la otra. Era compota de ciruelas lo que
tomaba, con un pedazo de rosca.

Ustedes gustan?... Pues deca que en las cajas que estn ahora en la
Aduana de Irn, vienen unos trajecitos de nio, de punto, que han de
hacer sensacin. El modelo lleg ayer en gran velocidad, y tambin vino
un fich del cual estamos haciendo imitaciones de clase inferior, con
puntilla ordinaria. Vern, vern ustedes... Pues el faldn de bautizo,
_por ejemplo_, que estamos arreglando con encaje _valenciennes_, no se
podr poner menos de quinientos francos. (Aurora tena la costumbre de
contar siempre por francos). Es verdaderamente encantador. Lo traer
aqu cuando est acabado para que lo vean ustedes.

--Mejor ser que vayamos nosotras all--dijo doa Lupe--, y as veremos
y hociquearemos todo antes de que se abra al pblico.

Fortunata deca tambin algo, aunque no mucho, porque lo de la tienda no
despertaba en ella gran inters. Despus que apur el platillo de la
compota, volvi Aurora para adentro, y trajo unas yemas en un papel.
Qu golosa era! Ofreci una a Fortunata, que la tom, y doa Casta se
dispuso a obsequiar a sus amigos con vasos de agua. Pona esta seora
sus cinco sentidos en los botijos para enfriar el agua, y tena a gala
el que en ninguna parte la hubiese tan fresca y rica como en su casa.
Despus de traer un plato con azucarillos, fue a escanciar el precioso
contenido de los botijos, pues eran varios, y en ellos graduaba la
temperatura, ponindolos o no en el balcn, Doa Lupe la ayudaba en la
trada de aguas, y en tanto Aurora le pas a Fortunata el brazo por la
cintura y ambas salieron al balcn de la sala.

Cada cual se coma una yema de chocolate, y despus tomaron otra de
coco.

Lejos del odo impertinente de doa Lupe y doa Casta, Aurora se
secrete con Fortunata: Se han ido todos esta tarde... El primo Manolo
va tambin con ellos.




--v--


Aqu cuadra bien decir que Fortunata y la viuda de Feneln se
haban hecho muy amigas. Esta mostraba a la de Rubn una gran simpata,
y con esta simpata, la dulce confianza que de ella emanaba, y por fin,
con el verdadero derroche de indulgencia que en favor de sus faltas
haca, apoderose poco a poco de todos sus secretos. Por de contado,
estas intimidades slo tenan lugar a espaldas de doa Lupe y muy lejos
de doa Casta, pues ni una ni otra habran consentido que tales temas se
trajesen a las honestas y decorosas conversaciones de aquella casa.

Enlazadas por la cintura, brazo con brazo, estuvieron un rato las dos
mujeres sin decirse nada, comindose las yemas y mirando a la calle. De
pronto se ech a rer Aurora.

Mira el tonto de Ponce, hacindole cucamonas a Olimpia. Yo creo que mi
hermana es la nica mujer que en el mundo existe capaz de querer a un
crtico. Merecera en castigo casarse con l. _Solamente_, que como es
mi hermana, no le deseo esta catstrofe.

Vaya, que est apurado el hombre--deca Fortunata, riendo tambin--. Le
hace seas para que baje... S, ahora va a bajar. Ests t fresco...
Ser que quiere darle uno de esos artculos que escribe y en los cuales
cuenta el argumento de los dramas para que nos enteremos. Vaya, hombre,
no te apures, que ya le hablars otra noche. Ahora no puede ser... Qu
pesados son estos novios!, verdad?.

Pasado otro rato, y cuando los brazos soltaron las cinturas y ambas
estaban limpindose los dedos en sus respectivos pauelos, Aurora volvi
a decir: Pues s, todos partieron esta tarde y el primo Moreno con
ellos. Creo que van a San Juan de Luz.

Fortunata volvi la cara para el balcn del gabinete, donde estaba
Olimpia. Despus mir a su amiga, dicindole en tono muy seco: Van a
San Sebastin y a Biarritz, y a principios de Setiembre irn todos a
Pars.

--Nias--dijo doa Casta, tocndoles en los hombros--. De qu agua
quieren ustedes?... _Progreso_ o Lozoya?

--Lo mismo me da--replic Fortunata.

--Toma Lozoya, y creme--insinu doa Lupe, con su vaso en la mano--.
Por ms que diga esta, _Progreso_ es un poquito salobre.

--Eso va en gustos... Y tambin influye el hbito--arguy Casta con la
suficiencia y formalidad de un catador de vinos--. Como yo me he criado
bebiendo el agua de _Pontejos_, que es la misma que la de la Merced, que
hoy llaman _Progreso_, toda otra agua me parece que sabe a fango.

No insistir en lo mucho que se dijo sobre este tratado de las aguas de
Madrid. Mientras las dos seoras mayores cotorreaban dentro, Fortunata y
Aurora lo hacan en el balcn. Las once y media seran cuando sintieron
la voz de Ballester. Este y Maxi las miraban desde la acera de enfrente.
Si bajan ustedes--dijo Rubn--, las espero aqu.

--Olimpia--grit Ballester--. Venimos de ver la obra que se estren
anteanoche. Qu mala es! Tiene usted ya noticias de ella?

--Yo?... Qu est usted diciendo?

--Como usted se trata con autoridades...

Al decir esto pasaba el crtico junto a l.

Oiga usted, Olimpa... La obra es una ferocidad; pero ciertos amigos del
autor la pondrn en las nubes. Quisiera yo verles para que me dijeran a
m por qu engaan de este modo al pblico.

--Djeme usted en paz... Qu tonto es usted!--replic Olimpia, y se
meti para adentro.

--Bajis o no?--dijo Maxi; y su mujer le contest que esperase en la
botica, que ellas bajaran. Aurora y Fortunata se rean mirando a
Ponce, que iba escapado por la calle arriba, como alma que lleva el
diablo.

Retirronse las de Rubn a su domicilio, teniendo ambas seoras la
satisfaccin de ver a Maxi tan mejorado de los desrdenes cerebrales de
aquella maana, que no pareca el mismo hombre. Sntomas favorables eran
la obediencia a cuanto se le mandaba, y lo juicioso y sosegado de sus
respuestas. Aquella noche durmi con tranquilidad, y nada ocurri que
saliera del canon ordinario. A la tarde siguiente convinieron marido y
mujer en dar un paseo a prima noche. Fue ella a buscarle a la botica a
la hora concertada, y no le encontr. Ha ido a cortarse el pelo--le
dijo Ballester, ofrecindole una silla--. Con las murrias de estos
ltimos tiempos, el pobre chico no caa en la cuenta de que se iba
pareciendo a los poetas melenudos... Le he mandado que se trasquilase
esta misma tarde. Tenga usted presente una cosa: hay que imponrsele,
combatirle el abandono, las lecturas y no consentir que se ensimisme.
Antes que dejarle caer en las melancolas, vale ms darle un disgusto.
Yo siempre le hablo gordo, y crea usted... me ha cogido miedo. Es lo que
hace falta.

--Pobrecito!...--exclam Fortunata--. Pero ve usted por dnde le ha
dado?... Yo no he visto un desatinar semejante.

Segismundo, que en aquel momento tena poco que hacer, dejolo todo por
atender cortsmente a la seora de su amigo y serle grato en lo que de
l dependiera. Era hombre que tena que contenerse mucho para no ser
galante y aun atrevido con cualquier mujer en cuya presencia estuviese.
Con Fortunata se haba permitido alguna vez tal cual broma; aquel da se
corri ms. Llevndose los dedos a su rebelde cabellera para hacer con
ellos pas de peine, se la atus, y arqueando el cuerpo, inclinose hacia
la seora para decirle con retintn:

Muy triste est usted desde ayer... No, no me lo niegue... Pues yo no
veo lo que pasa? Leo en las caras.

--Pues en la ma poco habr ledo usted.

--Ms de lo que se piensa... Leo pasajes tiernsimos... estrofas de
despedida... ayes de soledad...

--Ay, qu majadero!--Oh!, a m no se me escapa nada. Convengo en que
no hay motivos para que usted est tan pattica... Pero hay otra cosa...
a m me gusta remontarme a los orgenes, me gusta buscar el por qu, y
francamente, cuando miro ese por qu, no puedo menos que lamentar la
equivocacin de que usted viene padeciendo desde tiempos remotos.

Fortunata le miraba sonriendo, pues no crea que deba enojarse.

S, no puedo menos de deplorar--prosigui el regente inflndose--, que
usted sea tan consecuente con personas que no lo merecen... Habiendo en
el mundo tanto corazn leal, ir a buscar precisamente el ms inconstante
y....

--Qu disparates est usted diciendo?

--Oh!, no son disparates--replic el farmacutico, dando algunos pasos
delante de ella y procurando que dichos pasos fueran todo lo airosos
posible--. Perdneme usted mi atrevimiento. Yo las gasto as; siempre he
sido Juan Claridades, y cuando una idea quiere salir de m, le abro la
puerta para que salga, porque si la dejo dentro, estallo... Pues
deca... Se va usted a enfadar?

--No, hombre, qu me voy a enfadar yo? Sultela, sultela.

--Pues deca... (Ballester tomaba una actitud que a l le pareca
aristocrtica), deca que a quien debiera usted querer es a m... Ya ve
usted que no me muerdo la lengua.

--Ay, qu gracia! Me gusta usted por lo corto de genio.

--Al pan pan y al vino vino. Querindome a m, ver lo que es corazn
amante, consecuente y tropical. Pero le advierto una cosa...

--Qu?--Que si se decide a quererme... usted no se decidir, pero si se
decide, tenga cuidado de no decrmelo de sopetn... porque me morir de
gusto... Sera como una descarga elctrica.

--Estese tranquilo... S, se lo ir diciendo poco a poco...
preparndole, como cuando se dan malas noticias...

--No tanto, no tanto...--Vaya que es usted malo... Aqu, entre tanta
medicina, no hay nada que le cure la cabeza?

--Pues si lo hubiera, amiga ma, si lo hubiera...! Y creen muchos que
la peor cabeza de esta casa es la del pobre Maxi, cuando la ma es una
pajarera. Verdad que dos palabras de quien yo me s me haran la persona
ms cuerda y ms feliz de la tierra...

Viendo en esto que entraba Rubn, dio otro giro a su charla. Aqu le
estaba diciendo a su cara mitad, que le voy a dar unas pldoras...
Dios, qu pldoras!.

--Para ella?--No hombre, para usted.--Y de qu son?--Bueno va; ya
quiere saber de qu son. Carambita, cuando uno discurre algo nuevo, debe
reservarse el secreto. Es un especfico.

--Este Segismundo est ido--dijo Fortunata--. Vmonos.

--Yo no tomo pldoras sin saber la composicin--indic Maxi con la mayor
buena fe.

--Estos hombres felices son muy impertinentes. Todo lo quieren
averiguar... Y ahora se va de paseto con su trtola! Qu babosos...
_semos_! Luego se queja el nene!... (tirndole de una oreja), se queja
de vicio... el nio mimado de la Providencia... Abur, divertirse.

Sali a despedirles a la puerta de la botica, se puso muy tieso, y
estirndose todo lo posible sobre la base de sus zapatillas, les sigui
con la vista hasta que desaparecieron en lo alto de la calle.




--vi--


Iban pasando los cansados das del verano, que es en Madrid la
estacin de las tristezas, porque el sueo y el apetito escasean, la
sociedad disminuye, y los que aqu se quedan parece que comen el pan de
la emigracin. En la familia de Rubn nada ocurra de particular, pues
Maxi no empeoraba, aunque todas las maanas tena su excitacin
correspondiente, ms o menos aparatosa; pero mientras no llegase a un
grado de furor como el de la clebre maanita del arsnico, las dos
mujeres podan llevarlo con paciencia. De noche, las depresiones se
manifestaban levemente, y a veces no se conocan. Ballester haba
conseguido, combinando la persuasin con la severidad, apartarle en
absoluto de toda lectura favorable a la concentracin del nimo.

Entre Fortunata y doa Lupe no era todo concordia, como se puede haber
comprendido, pues la seora de Juregui, observadora sagaz, haba
comprendido que desde principios de Junio su sobrina andaba en malos
pasos. Todas las personas relacionadas con la familia de Rubn saban la
historia de la mujer de Maxi, y el dramtico papel que desempeaba en
ella el seorito de Santa Cruz. Algunas, quizs, tenan conocimiento de
aquella tercera salida de la aventurera al campo de su loca ilusin;
pero nadie se atrevi a llevar el cuento a _la de los Pavos_. Esta, no
obstante, lo saba por obra del puro clculo y de sus facultades
olfatorias. Arrancose una vez a _armar la gorda_ para que no
crea--pensaba--que me trago sus mentiras y que estoy aqu haciendo el
papamoscas. Pero Fortunata, recordando al instante las lecciones de su
amigo Feijoo, traz la raya divisoria que este le recomendara, y vino a
decir en sustancia: de aqu para all, seora, gobierna usted; de aqu
para ac, estn _mis cosas_ y en ellas no tiene usted que meterse.

No se dio por vencida la orgullosa viuda del alabardero, y volvi a la
carga dos o tres veces en esta forma: Si el pobre Maxi estuviera bueno,
l te arreglara como cumple a todo hombre que se estima; pero no lo
est, y tengo que tomar yo a mi cargo el decoro de la familia. Me he
dicho mil veces: 'dar el estallido o no dar el estallido?'. En la
situacin de ese pobrecito, mi estallido sera su muerte. Por eso me
contengo y me trago todo el veneno. Ves?, mi cabeza se est llenando
de canas desde que veo estas ignominias sin poderlas remediar....

Fortunata volvi el rostro para ocultar sus lgrimas. Esta escena
ocurra en el gabinete, hallndose las dos cosiendo sus trajes de
verano.

Despus de lo que pas en Noviembre del ao pasado--prosigui la viuda
con serenidad que espantaba--, despus de tu enmienda verdadera o falsa;
despus que se te perdon (y por mi voto no se te habra perdonado);
despus que echamos tierra al horrible crimen, me parece que estabas
obligada a portarte de otra manera. No vengas ahora con lagrimitas que
han de parecer de hipocresa. Porque yo digo una cosa. yeme
atentamente.

Doa Lupe dej la costura y se prepar a hablar, como los oradores de
profesin. Yo me pongo en el caso de una mujer que siente una pasin
antigua, con raigones muy hondos y que no se pueden arrancar. Hay casos,
y verdaderamente, esto es para mirarlo despacio. Pues si t hubieras
venido a m y me hubieras dicho: 'Ta, esto me pasa. Me persiguen; yo no
s si podr defenderme; soy dbil; aydeme usted...'. Oh!, la cosa
variaba mucho. Porque yo te habra dirigido, yo te habra dado
fortaleza, consuelo... Pero no; se te antoja campar por tus respetos, y
hacer y acontecer, como una mozuela sin juicio... Eso es un disparate:
ah tienes, ah tienes el motivo de todas tus desgracias al no contar
para nada con las personas que deben guiarte. Total; que cuando acudas
pidiendo socorro ya ser tarde, y esas personas te dirn: 'Entindete
ahora, hndete, y cbrete de vergenza y date a los demonios'.

Pronunciada esta elocuente filpica, continu la seora un buen espacio
de tiempo dando resoplidos, y Fortunata no levantaba los ojos de su
costura. Discurra sobre la extraeza de aquellos conceptos de la viuda,
que pareca dispuesta a ciertos temperamentos indulgentes en caso de que
se la consultara, y de que se la tuviera por dispensadora infalible de
proteccin y por sancionadora de las acciones. Esta mujer quiere ser el
Papa--pensaba--, y con tal que la hagan Papa, se aviene a todo. Pero lo
que es por m.... A Fortunata le repugnaba la moral desptica de doa
Lupe, en la cual entreva ms soberbia que rectitud, o una rectitud
adaptada jesuticamente a la soberbia. No se conformaba esto con las
ideas absolutas de la joven criminal. Ella quera para sus actos la
absolucin completa o la completa condenacin. Infierno o Cielo, y nada
ms. Tena _su idea_ y para nada necesitaba de consejos ni de la
proteccin de nadie. Se las compona sola mucho mejor, y cualquiera que
fuese su cruz, no le haca falta Cirineo. Sus acciones eran decisivas,
rectilneas, iba a ellas disparada como proyectil que sale del can.

Enterada doa Lupe, en aquellos secreteos que con su amiga Casta tena,
de que los de Santa Cruz se haban marchado a veranear, tom pie de esta
circunstancia para endilgarle a su sobrina otro discurso, aunque en tono
menos catilinario que los anteriores.

Era aquella seora esencialmente gubernamental y edificaba siempre sobre
la base slida de los hechos consumados todos sus planes y raciocinios.
Mira t por dnde podramos llegar a entendernos--le dijo una tarde que
la volvi a coger a mano para el caso--. He sabido que la persona que te
trae dislocada no est ya en Madrid. Qu mejor ocasin quieres para
emprender la reforma de tu estado interior, que est como una casa en
ruinas? Yo estoy dispuesta a ayudarte todo lo que pueda. No debiera
hacerlo; pero tengo caridad y me hago cargo de las flaquezas humanas.
Otra tomara por la calle de en medio; yo creo que en cosas tan
delicadas se debe proceder con cierto ten con ten. Habras de empezar
por ponerme en antecedentes, por confiarme hasta los menores detalles,
entindelo bien, hasta los menores detalles; por ponerme al tanto de lo
que piensas, de lo que sientes, de las tentaciones que te dan por la
maana, por la tarde y por la noche; en fin, habas de declarar todos,
toditos los sntomas de esa maldita enfermedad, y darme palabra de hacer
cuanto yo te mandare. Hablaba, pues, la viuda como si tuviera en el
bolsillo las recetas para todos los casos patolgicos del alma.

Por cumplir, ms que por gusto, Fortunata tuvo la condescendencia de
decir algo, reservando, como es natural lo ms delicado. Doa Lupe se
entusiasm tanto con aquella muestra de sumisin, que hizo gala de sus
facultades profesionales, y termin as: Te aseguro que si me obedeces,
te quitar eso de la cabeza y sers lo que no eres, un modelo de mujeres
casadas. Por de pronto, me comprometo a que no vuelvas a caer, aun en el
caso de que se te tendiera el lazo otra vez. Vaya, con el caballerito!
Es cosa de dar parte a la polica. T djate llevar; pon el pleito en
mis manos, djame a m... y vers. Apuestas a que me planto un da en
casa de doa Brbara y le canto clarito? T no sabes quin soy, t no me
conoces. Y has sido tan tonta que no has querido valerte de m...! Bien
merecido tienes lo que te pasa. Pues lo que es ahora, que quieras que
no, tomo cartas en el asunto... Has de concluir por adorarme como se
adora a una madre.

Y al finalizar estaba doa Lupe radiante. Casi casi se aventur a hacer
a su sobrina una maternal caricia; tales eran su gozo y satisfaccin. Un
pensamiento se le sala del magn a cada instante; pero lo reservaba en
la hoja ms escondida de su gramtica parda. Ni la sombra de este
pensamiento dejaba entrever a Fortunata.

Guardbalo para s y se recreaba con l a solas. Le habr dado
dinero?. Siempre que se haca esta pregunta, se contestaba
afirmativamente. Tiene que haberle dado algo, quizs grandes
cantidades. Pero dnde demonios las tiene? Qu hace que no me las da
para que se las coloque?... Como si lo viera: es que tiene vergenza de
poner en mis manos dinero adquirido por tales medios. Esta delicadeza la
honra... Y no es otra cosa; le da vergenza de decrmelo. Pero al fin
ello saldr.

Y una tarde que el matrimonio haba ido a paseo, la gran capitalista, no
pudiendo enfrenar por ms tiempo su curiosidad, mand a Papitos a un
recado, por quedarse sola, y con determinacin admirable hizo un
registro en la cmoda y bal de Fortunata. Valindose del sin fin de
llaves que tena, abri todos los cajones y revolvi en ellos
cuidadosamente, esmerndose en dejar las cosas, despus de bien
examinadas, en la misma disposicin que antes tenan. Este proceder
jesutico lo practicaba siempre que meta sus manos escudriadoras en
donde no deban estar. Busca por all, busca por all, y nada. Los
billetes se esconden tan fcilmente, que no hay manera de encontrarlos.
Pero tena doa Lupe tan fino olfato para descubrir dinero, que estaba
segura de dar con los billetes si los haba. Tendralos cosidos en la
ropa?--pens--. Puede ser. Esa socarrona parece que no sabe jota, y
sabe ms...!. En la cmoda no haba nada que a dinero se pareciese, ni
tampoco cartas. Algunas joyas y chucheras vio, que le parecieron
recuerdo o prenda de amores; pero lo que es _guano_, ni el olor.

Es muy particular--grua la viuda, registrando el bal, despus del
reconocimiento minucioso que en la cmoda hizo--. Y no se comprende que
siendo l tan rico y ella una pobre...!. El bal, que slo contena
ropas viejas, no dio tampoco nada de s. Pues tiene que haber
algo...--rezong la seora--, tiene que haber algo. En alguna parte est
el escondrijo. Dinero hay, o no hay dinero en el mundo.

Cansada de su intil escrutinio y guardando las llaves, que formaban
apretado racimo, digno del arsenal de una compaa de ladrones, doa
Lupe se sent a meditar, y ponindose una mano sobre el pecho de algodn
y acaricindoselo, se rasc con los dedos de la otra la frente, all
donde principia el cabello, como quien estimula la generacin de una
idea, y dijo: Pues si efectivamente no le ha dado nada, hay que
reconocer que ese hombre es el mayor de los indecentes.




--vii--


Apretaba el calor, y las escenas que he descrito se repetan,
reproducindose con ese amaneramiento que suele tomar la vida humana en
ciertos periodos, cual fatigado artista que descuida la renovacin de la
forma. Los pasetos por la noche para tomar el tranva del _barrio_; las
excursiones a algn teatro de verano; las tertulias en casa de Samaniego
o de Rubn; las garatusas del crtico en la calle; la romntica figura
de Olimpia colgada en el balcn como una muestra o insignia que dijera:
aqu se ama por lo fino; las extravagancias de Ballester; los espasmos
de Maxi, todo continuaba repitindose de da en da con regularidad de
programa.

En Agosto ocurri algo que no estaba en los papeles, y fue del modo
siguiente. Una maana fue Torquemada a ver a doa Lupe para tratar de
negocios. Con su traje de verano, tena el buen D. Francisco aspecto
semejante al de los militares que vienen de Cuba, pues a ms del
trajecito azul, se haba encasquetado un sombrero de paja de ala ancha.
Su camisa, de rayas coloradas, pareca la bandera de los Estados Unidos;
y para recalcar ms su facha americana, llevaba una joya en la corbata y
una cadena de reloj interminable, que le daba muchas vueltas de una
parte a otra del pecho. Los pantalones eran tan cortos, que al sentarse
se le vea media pierna. All vena bien decir que el _difunto era ms
chico_. Todo ello pareca prendas heredadas, o venidas a su poder por
embargo judicial, o cogidas a algn filibustero. Servale el sombrero
de abanico, cuando estaba en visita, con la ventaja de que las personas
circunstantes participaban de la ventilacin que daba aquella prenda
tropical tan bien manejada.

Un rato llevaban de interesante conferencia, cuando son la campanilla,
y a poco entr Maxi en el gabinete, que era donde su ta y don Francisco
estaban. Fortunata estaba planchando. En cuanto vio llegar a su marido,
fue a ver qu se le ofreca, pues algo desusado deba de ser. A tal
hora, las diez de la maana, no vena jams a casa el pobre chico.
Echndose un pauelo por los hombros, porque el calor de la plancha la
obligaba a estar al fresco, pas al gabinete. Lo mismo ella que su ta
se pasmaron de ver en el semblante del joven una alegra inusitada, Los
ojos le brillaban, y hasta en la manera de saludar a D. Francisco
advirtieron algo extrao, que las llen de alarma. Hola, D. Paco; yo
bien, y usted?... Y doa Silvia y Rufinita, siguen tomando los baos
del Manzanares?. Este lenguaje tan confianzudo, era lo ms contrario al
temperamento y a la timidez de Maxi.

Qu traes por aqu a esta hora? le pregunt su ta, disimulando su
sorpresa.

Fortunata le examinaba atentamente, sentada lejos del grupo principal,
en una silla prxima a la puerta de la alcoba de doa Lupe. l no se
sent, y despus de aquel saludo tan campechano que le ech al usurero,
se puso de espaldas al balcn con las manos en los bolsillos, mirando a
todos como quien espera recibir felicitaciones. Pues nada--dijo--, que
estoy de enhorabuena.

--Qu, te ha cado la lotera?

--No es eso... Para qu quiero yo loteras? Ni falta... Es mucho ms
que eso, porque he encontrado lo que buscaba. Ya le dije a usted que
estaba pensando, que slo me faltaba una frmula para completar...

--La combinacin!... Pues qu, has encontrado la _panacea_?--expres
la ta con incredulidad.

--No es mal nombre si usted se lo quiere dar--dijo el pobre chico,
exaltndose ms a cada palabra--. De _pan_, que significa todo... y
_akos_ que es lo mismo que decir _remedio_. Que lo sana y purifica todo,
vamos...

--Gracias a Dios que haces algo de provecho!--declar doa Lupe,
recelosa, observando las miradas de Maxi, cuyo resplandor de jbilo era
enteramente febril.

--Anoche estuve toda la noche discurriendo muy intranquilo, los sesos
como ascuas, porque al plan, mejor dicho, al sistema no le faltaba ms
que una frmula para estar completo... La maldita frmula...! Por fin,
ahora, hace un ratito, se me ocurri; di un brinco de alegra.
Ballester, que no comprende esto, ni lo comprender nunca, se enfad
conmigo y no me quera dar papel y tinta para escribir la frmula y
dejarla consignada... Temo que se me escape, que se me vaya de la
cabeza... Mi memoria es una jaula abierta, y los pjaros... pif...

Doa Lupe y Fortunata se miraron con tristeza. Bueno--dijo la ta,
viendo que le vena encima una nube--. Tranquilzate, escribirs la
frmula, hars tu _panacea_, tendr un gran xito y ganaremos mucho
dinero.

--Ah!...--exclam l con la expresin que se da a toda idea de un
trabajo abrumador--. No crea usted... para exponer el sistema completo
con claridad bastante para que todos lo comprendan, se necesita quemarse
las cejas... digo! Tendr que pasar las noches de claro en claro. No
importa; cuando esto empiece a correr, vern ustedes; adquirir una
reputacin y una gloria tan grandes, pero tan grandes que...

--Adis mi dinero--murmur doa Lupe, y Fortunata dijo para s algo
parecido.

--El problema que quedaba por resolver--dijo Maxi acercndose a su ta y
dando castaetazos con los dedos--, era el de la emanacin de las almas.
De dnde emana el alma? Es parte de la sustancia divina, que se
encarna con la vida y se desencarna con la muerte para volver a su
origen?... o es una creacin accidental hecha por Dios, subsistiendo
siempre impersonal? Aqu estaba el intrngulis.

Doa Lupe dio un gran suspiro, mirando a D. Francisco que guiaba los
ojos de una manera entre burlesca y compasiva.

Hijo, por Dios!--dijo Fortunata acercndose--, no discurras esas cosas
que dan dolor de cabeza... S, est muy bien; pero todo lo que hay que
averiguar sobre esto, est ya averiguado... No te calientes la cabeza.

--Querida ma (rechazndola con dulzura y tomando un tonillo enftico),
si en este _via crucis _ de trabajos y persecuciones que me espera; si
en el camino doloroso y glorioso de este apostolado, no me quieres
acompaar t, lo sentir por ti ms que por m; pero t al fin vendrs.
Cmo no, si eres pecadora, y para los pecadores, para su redencin y
para su salvacin es para lo que yo pienso lo que pienso y propongo lo
que propongo?

Fortunata volvi a la apartada silla en que antes estuvo, y doa Lupe,
despus de llevarse las manos a la cabeza, hizo un gesto de conformidad
cristiana. Le faltaba poco para echarse a llorar. En este punto crey
oportuno Torquemada intervenir, con esperanza de que sus discretas
razones enderezaran el torcido _intellectus_ del desdichado joven. Mire
usted, amigo Maximiliano, yo creo que todo lo que debemos saber sobre
eso, ya nos lo han enseado. Y lo que no, ms vale que no lo sepamos...
porque el mucho apurar las cosas le quita a uno la fe. Esta vida no es
ms que un mediano pasar: as lo encontramos y as lo hemos de dejar; y
por mucho que miremos para el Cielo no ha de caer el man... Ganars el
pan con el sudor de tu frente, dijo quien dijo, y no hay ms. Qu saca
usted de ponerse a cavilar sobre si el alma es esto o aquello? Si al fin
nos hemos de morir... Tengamos la conciencia tranquila; no hagamos cosas
malas, y ruede la bola... y no temamos el materialismo de la muerte; que
al fin polvo somos, y....

--Basta, no siga usted--dijo Maxi, ceudo, cortndole el discurso--. Si
usted es materialista, nunca nos entenderemos.

--No, si lo que yo digo es que el alma tiene el pago que merece, y como
el cuerpo no es ms que a la manera de un cascarn, cuando este se
pudre, a m no me asusta el materialismo de hacerse uno polvo.

--Ya... comprendido--dijo el otro con mayor exaltacin, y acentuando la
contrariedad que experimentaba--. Usted es de la escuela de mi hermano
Juan Pablo: _fuerza y materia_. Ya discutiremos eso. Yo expondr mi
doctrina; que exponga Juan Pablo la suya, y veremos quin se lleva tras
s a la seora humanidad.

Diciendo esto gir sobre un tacn, y rpidamente sali, marchndose a su
cuarto. Su mujer fue tras l muy afligida. Maxi se sent en la mesilla
en que tena algunos libros y recado de escribir. Apoyando la mano en el
hombro de l, su mujer mir los garrapatos que trazaba con febril mano
sobre un papel.

Ved aqu fijados los puntos capitales--balbuca l, escribiendo--.
Solidaridad de sustancia espiritual. La encarnacin es un estado
penitenciario o de prueba. La muerte es la liberacin, el indulto o sea
la vida verdadera. Procuremos obtenerla pronto....

--Chico, descansa ahora un ratito--djole su esposa, tratando de
quitarle la pluma de la mano--. Bastante has trabajado hoy con esos
clculos tan difciles... Maana seguirs... No, no creas que me parece
mal; yo te ayudar a pensar... hablaremos de esto. Yo tambin discurro.

Contra lo que esperaba, Maxi no se irrit. Tena su semblante expresin
serfica; sus modales eran suaves y ms pareca un iluminado antiguo,
cuya demencia se elaboraba en la soledad claustral, que el insensato de
estos tiempos, educado para el manicomio en los febriles apetitos de la
sociedad presente.

T tambin discurres--le dijo con dulzura--. Lo s, t piensas, porque
sientes; t me comprendes, porque amas. Has pecado, has padecido; pecar
y padecer son dos aspectos de una misma cosa; por consiguiente, tienes
el sentimiento de la liberacin... Usando una parbola, te escuece en
las muecas el grillete de la vida.

Fortunata se qued en ayunas de toda esta cantinela, pero por no
contrariarle, responda que s. Lo que es por padecer no ha de quedar,
porque toda mi vida ha sido un puro suplicio... Pero ahora no te ocupes
ms de eso.

Doa Lupe miraba por el hueco de la puerta entornada.

T me ayudars--prosigui Maxi con rfagas de inspiracin religiosa en
sus ojos encandilados--, t me ayudars a propagar esta gran doctrina,
resultado de tantas cavilaciones, y que no habra llegado a ser
completamente ma sin el auxilio del Cielo. El gran misterio de la
revelacin se ha renovado en m. Lo que s, lo s porque me lo ha dicho
quien todo se lo sabe.

Observando entonces que su ta le miraba, extendi la mano para
llamarla, y le dijo: Ta, pase usted... Aqu no hablamos en secreto.
Tambin usted ser conmigo en la inmensa... en la inmensa y dolorosa
propaganda... Por cierto que no me explico, que no s cmo ustedes dejan
entrar aqu a ese materialista....

--Don Francisco...!, hijo, pues qu mal puede hacerte?

--Mucho, ta, mucho, porque todos los de esa infame secta no me pueden
ver ni pintado, y si ese hombre sigue entrando en esta casa con tanta
confianza, podra intentar el descrdito de mi sistema, robndome antes
mi honor.

Y miraba a Fortunata como para buscar en su rostro la aseveracin o
apoyo de lo que deca. Ella lo comprendi. Tiene razn, ta... ese
materialista que no entre ms aqu.

--Pues no entrar, hijo, no entrar... Vaya. Yo le dir que se largue
con su materialismo a los infiernos.

--Te sientes bien? Quieres tomar algo?--le dijo su mujer con cario.

--Me siento tan bien como nunca me he sentido, cranmelo (demostrando en
su tono y semblante la placidez de su alma). Desde que di con la tan
rebuscada frmula, parceme que soy otro... Antes mi vida era un
martirio, ahora no me cambio por nadie. No me duele nada, me siento
bien, y para colmo de felicidad no tengo ganas de comer ni de dormir...

--Pues es preciso que tomes algo.--No lo necesito... cranmelo. Vern
cmo no lo necesito. Si soy otro, si no tengo ya carne ni para nada la
quiero. No tengo ms que el esqueleto, y l se basta para llevar el
alma.

A Fortunata se le humedecieron los ojos. Poco despus, cuando sali un
instante, encontr a doa Lupe lloriqueando. Est perdido--le dijo la
seora de Juregui--, enteramente perdido... Ya esto no tiene
soldadura.





--viii--


Aquella tarde pasaron las dos pobres mujeres ratos muy malos.
Quedose l como aletargado en el sof de la alcoba, ms propiamente en
xtasis, porque tena los ojos abiertos, y no pareca enterarse de nada
de lo que a su alrededor pasaba. Fortunata tom su costura y se le sent
al lado, esperando a ver en qu paraba aquello. Doa Lupe entraba y
sala, dando suspiros y haciendo algn puchero. Al llegar la hora de
comer, Maxi se despabil un poco, resistindose a tomar alimento. Ellas
no tenan ganas de probar bocado, y le instaban a l a que lo hiciese,
empleando los ms extraos medios de persuasin. Por fin, doa Lupe
obtuvo resultado con este argumento: No s yo cmo vas a resistir esa
vida de trabajos sin comer algo. Se dice de Cristo que ayunaba; pero no
que estuviera das y das sin probar bocado. Al contrario, su
institucin fundamental, la Eucarista, la hizo cenando....

Con esto, Maxi se avino a tomar un plato de sopa y un poco de vino; pero
de aqu no le hicieron pasar. Despus pareca ms exaltado. Tomndole
las manos a su mujer, le dijo:

Yo no soy ms que el precursor de esta doctrina; el verdadero Mesas de
ella vendr despus, vendr pronto; ya est en camino. Quien todo se lo
sabe me lo ha dicho a m.

Fortunata no entenda palotada.

Doa Lupe mand recado a Ballester, que fue a verle despus de
anochecido. No saba vencer el farmacutico su genio vivo y zumbn, ni
mostrarse tan habilidoso como el caso exiga, y aunque Fortunata le
tiraba de los faldones de la levita para que tomase un tono ms
contemporizador, el maldito no se poda contener: Vaya con la que saca
ahora... Pero, hombre de Dios, a usted qu le importa que el alma venga
de ac o venga de all? Qu se mete usted en el bolsillo con esto?
Cree que le van a dar algo por el descubrimiento? Anteayer me dio usted
la gran jaqueca con aquello de _la cosa en s_... Pues pongamos que sea
_la cosa en no_. Yo digo que esto es msica pura; _la cosa en s bemol_.
Ah, qu tontita es la criatura y qu refistolera! Porque esto de meter
las narices en la eternidad, es una cosa que a Dios le debe cargar
mucho. A nadie le gusta que le estn atisbando de cerca y viendo lo que
hace o deja de hacer. Por esto Dios, a todos los sobones y entrometidos
que le siguen los pasos y le cuentan las arrugas, les castiga
volvindolos tontos. Conque, saque usted la consecuencia. Parece mentira
que un hombre que podra ser el ms feliz del mundo, casado con esta
perla de Oriente y sobrino de esta ta, que es otra perla, se devane
los sesos por cosas que no le importan. Si nadie se lo ha de
agradecer!... En fin, que si estas seoras me autorizan, yo le curo a
usted con el extracto de fresno administrado en vrgulas, uso externo,
por la maana y por la tarde.

Maxi le miraba con desdn, y el otro, viendo que sus cuchufletas no
hacan el efecto de costumbre, psose ms serio y tom por otros rumbos.
Al salir, acompaado hasta la puerta por las dos seoras, les dijo: Le
voy a dar la _hatchisschina_, o _extracto de camo indiano_, que es
maravilloso para combatir el abatimiento del nimo, causante de las
ideas lgubres y de la mana religiosa. Efecto inmediato. Vern
ustedes... Si se le da a un anacoreta, en seguida se pone a bailar.

Como la nueva fase del trastorno de Maxi era pacfica, ta y esposa
estaban en expectativa. Por las noches no se mova de la cama, y si bien
es verdad que hablaba solo, hacalo en voz baja, en el tono de los
chicos que se aprenden la leccin. A pesar de esto, Fortunata se pona
tan nerviosa que no poda pegar los ojos en toda la noche, durmiendo
algunos ratos de da. El enfermo no iba ya a la botica, ni mostraba
deseos de ir a parte alguna, pareciendo caer en profunda apata y
reconcentrar toda su existencia en el hervidero callado y recndito de
sus propias ideas. Fuera de los paseos que daba en el comedor o en la
alcoba, no haca ejercicio alguno, y despus de la inapetencia de los
primeros das, le entr un apetito voraz, que las dos mujeres tuvieron
por buen sntoma. A la semana, manifest deseos de salir; pero una y
otra trataron de disuadirle. Estaba tranquilo, y como hablara de algo
distinto de aquellas manas de la emanacin del alma y de la doctrina
que iba a predicar, se expresaba con seso y hasta con donaire. Poco a
poco iban siendo menos los ratos de extravo, y se pasaba largas horas
completamente despejado y tratando de cualquier asunto con discreta
naturalidad. Fortunata haca que le ayudase a estirar la ropa o a
devanar madejas, y l se prestaba a todo con sumisin; doa Lupe sola
encargarle que le arreglase alguna cuenta, y con esto se entretena, y
nadie le tuviera por daado en la parte ms fina de la mquina humana. A
principios de Setiembre, habiendo llegado a estar tres das sin mentar
para nada aquel galimatas del alma, las dos seoras estaban muy alegres
confiando en que pasara pronto el ramalazo. Volvieron los paseos de
noche, y por fin le permitieron salir solo, y reanud sus trabajos en la
botica, cuidadosamente vigilado por Ballester.

Fortunata tena adems otros motivos de hondsima pena. _Aqul _ no le
haba escrito ni una sola carta, faltando a su solemne promesa.
Ingrato! Qu le costaba poner dos letras diciendo, por ejemplo: _Estoy
bueno y te quiero siempre_? Pero nada, ni siquiera esto... Revelaba
estas tristezas a su nica confidente, Aurora, en aquellos ratos de
charla sabrosa que las seoras mayores les permitan. La inauguracin de
la tienda de Samaniego, que se verific hacia el 15 de Setiembre, tuvo a
la viuda de Feneln muy atareada en aquellos das. Pocas veces se vio en
un comercio de Madrid tanto movimiento ni ms claras seales de que
haba cado bien en la gracia y atencin del pblico. Las novedades de
exquisito gusto, tradas de Pars por Pepe Samaniego, atraan mucha
gente, y las seoras se enracimaban y caan como las moscas en la miel.
Los dependientes no tenan manos para ensear, y Aurora estaba rendida
de trabajo, porque los encargos de _trousseaux_ y _ajuares _ se sucedan
sin interrupcin. Doa Casta no estaba tranquila el da en que no iba a
meter las narices en la tienda y taller, para traerle luego el cuento a
doa Lupe de los encargos que haba, y de lo que se estaba haciendo para
la Casa Real y otras que sin ser reales tienen mucho dinero. Fortunata
iba poco, por propia inspiracin y tambin por consejo de Aurora, pues
no convena que la viesen all las de Santa Cruz, que frecuentaban mucho
el taller y tienda.

Los domingos pasaban juntas las dos amigas toda la tarde en la casa de
una o de otra, y all era el comer dulces y el contarse cositas,
sentadas al balcn, viendo las idas y venidas del crtico desde la calle
de los Tres Peces a la de la Magdalena. l no tendra criterio, pero lo
que es piernas...

Un domingo de los ltimos de Setiembre, la Feneln llev a la otra una
noticia importante: Maana vienen. Hoy ha estado Candelaria limpiando
toda la casa.

Lo que Fortunata sinti era una combinacin de pena y alegra que no la
dejaba hablar. Porque deseando que volviese, al mismo tiempo tena
presentimientos de una nueva desgracia. Cuidado que no haberle escrito
ni una sola letra, pero ni una...! Aurora convena en que era una gran
bribonada. Despus que pusieron a esto los comentarios propios del caso,
la de Feneln dijo a su compinche algo ms que fue odo con
extraordinaria curiosidad y atencin: Creers que se me ha metido una
cosa en la cabeza?... Ello no ser; pero bien podra ser. Ayer estuvo
doa Guillermina en la tienda. Pepe le haba ofrecido una cantidad para
su obra, si sala bien la inauguracin, y nada... que se plant all a
cobrar... Pues hablando de la familia, dijo que el primo Moreno viene
tambin maana con ellos. Se fue con ellos y con ellos vuelve. Yo s que
han pasado el verano en Biarritz, y despus han ido todos a Pars...
Qu te parece a ti? El primo Manolo no viene a Espaa ms que, _por
ejemplo, _ en invierno; nunca ha venido en Setiembre. Y eso de pegarse a
la familia de Santa Cruz, l, que gusta de andar siempre solo! Ello no
ser; pero hay tantas cosas que parece que no pueden ser y luego son!
Antes de que partieran, me pareci a m, por ciertas cosas que vi y o,
que al _buen hombre_ le gustaba demasiado Jacinta. Si habr algo...! A
ti qu te parece?.

Fortunata estaba absorta y como lela. Le pareca increble lo que su
amiga contaba.

Porque es muy rara esa persecucin! Siempre con ellos... un hombre
que no hace su nido en ninguna parte...! Yo no s, no s. Habr
algo?... Qu te parece a ti?.

--Pues...--dijo la de Rubn pensndolo mucho--, a m me parece que no.

--Pues como haya algo, no se me ha de escapar, porque estoy all, como
quien dice, en mi garita de vigilancia. Desde la ventana de mi
entresuelo, veo los miradores de la casa de Santa Cruz y los de Moreno.
Como haya telgrafos, cuenta que les atrapo el _juego_... A ti qu te
parece... Habr...?

--Me parece que no--volvi a decir Fortunata, pensndolo cada vez ms.




--ix--


La noticia del regreso de los de Santa Cruz, que le fue comunicada
por Casta, aviv en la viuda de Juregui los deseos de emprender su
campaa reparadora en favor de su sobrina. Cogiola muy a mano aquel da
y le endilg otra perorata: Ahora o nunca. El enemigo en puerta. Estoy
a tus rdenes, por si quieres consejos o un plan de defensa en toda
regla. Dicho esto, trat de meterle los dedos en la boca para salir de
dudas respecto a si haba recibido o no alguna cantidad gruesa de manos
de su amante.

Fortunata no apartaba los ojos de la ropa que estaba repasando.
Comprendo--expuso la seora con acento parlamentario--, que tengas
cortedad para confesarme ciertas cosas, y por mi parte, te soy franca:
no te tengo yo por peor de lo que eres; no creo, como podran creerlo
otras personas, que tu debilidad es interesada, y que quieres a ese
hombre porque es rico, y que no lo querras si fuese pobre. No, yo no te
hago ese disfavor... para que veas. Tengo la seguridad de que arrastrada
y todo como eres, loca y sin pizca de juicio, tus faltas nacen del amor
y no del inters; y los mismos disparates que haces por un hombre
poderoso, que te da grandes cantidades, lo haras si fuera un pobre
pelagatos y tuvieras que comprarle t a l una cajetilla.

--Qu est usted ah hablando de grandes cantidades?--pregunt
Fortunata mirndola con sorpresa, y casi casi echndose a rer.

--No, si esto no es para que me digas la cifra exacta. Cllatela... haz
el favor... que ciertas cosas vale ms que se queden dentro. No vayas a
creerte que pretendo me entregues a m esos capitales para
colocrtelos... No, ya sabrs t manejarte bien...

--Pero qu est usted diciendo... seora?...

--No, yo no digo nada. Me repugnara, puedes creerlo, manejar esos
fondos.

--Pero qu fondos, ni qu...? Usted est soando.

--Vaya... si pretenders que me trague yo esa rueda de molino ms grande
que esta casa. Si me querrs hacer creer que no te da...!

--A m!--No me hagas tan tonta...--No s de dnde ha sacado usted...
Para que lo sepa de una vez: No tengo nada. Me dara si me viera en una
necesidad. Me ha ofrecido... pero yo no he querido tomarlo.

Iba doa Lupe a soltarle otra andanada. Valiente turrn te ha cado,
grandsima idiota. Por no saber, no sabes ni siquiera perderte. Pero se
contuvo y se trag su ira, desahogndola despus en agitado soliloquio:
No he visto otra. No tiene vergenza, ni tampoco sentido comn. Qu
canalla y al mismo tiempo qu bestia! Si hubiera un Infierno para los
tontos, ah debieras ir t de cabeza.

Maximiliano volva lentamente a la vida regular, sin que esto quiera
decir que se le quitara de la cabeza la idea aquella. Habase
transformado, y as como en las crisis hepticas hay derrames de bilis,
en aquella crisis mental pareca haberse verificado un derrame de
sentimientos. No slo era ya pacfico, sino tiernsimo, y sus afectos se
haban sutilizado, como el licor que pasa por el alambique. Las frmulas
de cario que con su ta y su mujer usaba eran extraordinariamente
suaves y hasta empalagosas; se afliga cuando causaba alguna molestia, y
agradeciendo mucho los cuidados que se le prodigaban, los rehua como
pudiera. Inicibase en l cierta tendencia a imponerse privaciones y
sufrimientos, y la mortificacin, que antes le sublevaba, por liviana
que fuese, ya le complaca. Si en la conversacin, o en aquellas
polmicas que con su familia tena a las horas de comer, se le escapaba
una palabra ms alta que otra, luego senta remordimientos de haberla
pronunciado, y si no la recoga, pidiendo perdn de ella, era porque la
timidez le pona un freno.

Un da hubo de decirle a Papitos, porque no le haba limpiado las botas:
Vaya con la chiquilla esta... Vers t!. Y al salir de la casa
sinti tal pena de haberse expresado con displicencia y ardor, que le
faltaba poco para derramar una lgrima. Cundo se me quitar esta
costumbre viciosa de ultrajar a los humildes!... Qu ms da que estn
las botas con o sin betn? La que debe tener lustre es el alma, no el
calzado. Parece mentira que los humanos demos tal valor a estas
nieras. Injusto estuve con la pobre chiquilla! Inocente y angelical
criatura! Soy un animal... Pero quin es el guapo que de estrellas
abajo entiende y practica la justicia? El tenido por justo hace setenta
y dos barbaridades cada da. Trabajillo cuesta el desprenderse de esta
sarna moral, heredada, con la cual nace uno y con la cual vive hasta que
llega la hora de la liberacin.

Qu trae usted ah entre ceja y ceja? Saco la vara?--le dijo
Ballester con aquella dureza que era, segn l, el ms eficaz
tratamiento--. Porque hoy me parece que venimos muy _evangelsticos_.
Cuidadito. Ya sabe usted cmo las gasto.

--Pgueme usted. No me importa--le contest Maxi, dejando el sombrero en
la percha--. Lo merezco, como lo merece toda persona que se enfada
porque no le han limpiado las botas. Qu humanidad tan imbcil! Amigo
Segismundo, qu hermosa es la muerte!

--Si me vuelve usted a decir que es hermosa la muerte--replic el otro
cogiendo la vara y esgrimindola cmicamente--, le lleno el cuerpo de
chichones. Decir que es guapa esa tarasca, mamarracho, ms fea que el
no comer! Mrela usted all, mrela all con esa cara que da asco...
mrela, y como diga que es guapa, le pulverizo.

Sealaba a un emblema pintado en el techo de la botica, en el cual
estaban, decorativamente combinados, la serpiente de Esculapio, el reloj
de arena del Tiempo, un alambique, una retorta, el busto de Hipcrates y
una calavera.

Si quiere usted contemplar toda la gracia del mundo, mreme a m--dijo
Ballester, que dejando la vara, dio una vuelta, cogindose los faldones
de la levita--. Estoy guapo, s o no?.

Ballester ostentaba aquel da zapatillas nuevas, estrenaba traje de
lanilla de los ms baratos, y se haba ido a la peluquera, donde
despus de cardarle la caballera, se la haban rizado con tenacillas.

Vaya, que est usted elegante dijo Maxi, ponindose a pesar unas dosis
para pldoras.

--Pues ms he de estarlo maana. Maana se casa mi hermanita con
Federico Ruiz, un chico de mucho talento. Le conoce usted? Los
peridicos, que hablan constantemente de l, anteponen siempre a su
nombre algn mote muy salado. Ahora le llaman _el distinguido pensador_.
A que no le llaman a usted as, a pesar de lo mucho que piensa? Porque
usted no piensa con juicio y l s.

Por la noche estaban en la botica, adems de Ballester, los dos
practicantes Padilla y Rubn. Como apareciese en la acera de enfrente el
clebre crtico, Segismundo se vio acometido a la ira cmica que le
produca la presencia de aquel personaje de tan indudable importancia en
la repblica de las letras. Tengo a ese caballerito--deca--, sentado
en la boca del estmago... sobre todo, desde que elogi aquella obra tan
mala, estrenada este invierno, diciendo que en ella se _planteaba el
problema_, y qu s yo qu. Veris: Es aquel dramita moral en que se
recomienda el matrimonio y las buenas costumbres; como que all resulta
que todos los solteros somos unos pillos; y porque un joven se retira
tarde y se gasta algn durete en picos pardos, me le llaman monstruo y
el pap le maldice... Hay una escena en que todos se desmayan, porque
sale uno muy malo, que resulta ser un hombre dedicado a la ciencia, el
cual dice con la mayor frescura que l no cree en Dios aunque le
fusilen. Total, que cuando la vi representar, pens que me tragaba todos
los emticos que hay en mi farmacia. La moraleja de la obra es que sin
religin no hay felicidad, y por eso la pone en las nubes este ngel de
Dios, que es el alcaloide de la cursilera.

Cerr la noche y Ponce se acerc para telegrafiarse con su amada. Del
balcn descenda una cuerda, a la que el joven ataba un papel.

Le manda su ltimo artculo--dijo el regente a sus amigos, acechando en
la puerta de la farmacia--. Ahora baja la cuerda con un dulce... Como
anoche, lo mismo que anoche. Veris, veris la broma que le tengo
preparada.

Con nerviosa presteza fue a la rebotica y sac del cajn un objeto del
tamao de una yema, blanco y de apariencia azucarada. Padilla se
desternillaba de risa, y Maxi observaba con atencin simptica.

Pero es preciso que me ayudis. T, Padilla, que le conoces, sales, te
haces el encontradizo, le hablas de literatura dramtica, le entretienes
un rato volvindole la cara para all; y entretanto, yo, con muchsimo
disimulo, me escurro pegado a la pared, en el momento en que baja el
bramante con el dulce. Quito la yema, sabes?... y pongo esta. La hice
anoche. Es estricnina, a la dosis que se echa a los perros, bien
neutralizado el sabor con regaliz, y forrada de azcar. Se la come y
revienta como un triquitraque.

Padilla se parta de risa, y Maxi lo tomaba a broma.

Hombre, matarle no--dijo Padilla--. Si la hubieras hecho de jalapa,
escamonea o cosa as....

--No, chico; si yo lo que quiero es que reviente... Ir a presidio... me
pierdo. Y qu? No se la perdono... Ultrajar a los hombres de ciencia
y a los solteros!

Llevando su broma hasta el fin, Ballester porfiaba que la yema era
venenosa; mas como el otro rechazara la complicidad en aquel homicidio,
diose a partido el exaltado boticario, diciendo que la pelotilla era de
azcar con aceite de croto, que es el derivativo drstico por
excelencia. Maxi, que le haba ayudado a hacerla, se sonrea. Como en
estos dimes y diretes se pas bastante tiempo, cuando Ballester quiso
poner en ejecucin la chuscada, ya haba bajado el hilo con una yema de
coco, y el crtico se la estaba comiendo. El otro se consol pensando
que otra noche consumara su trgica venganza. l se la tiene que
comer...--dijo guardando la bola--. Como me llamo Segismundo, se la
tiene que tragar, y entonces dir como mi tocayo: 'Vive Dios que pudo
ser!'.




--x--


Aquella noche, cuando Maxi subi a comer, encontr a su mujer un
poco enferma. Le dola la cabeza y tena nuseas. Doa Lupe, que la
estaba observando siempre, vea en su mal un pretexto para esconder de
la familia los pesares que la consuman. Lo que t tienes--pensaba--,
es el afn de volver al reclamo. Ests luchando contigo misma. Quieres
ir y no te determinas. Algo de esto deba de ser, pues Fortunata se
meti en su alcoba, resistindose a tomar alimento. Maximiliano no le
instaba a que comiera, pues aquella actitud de su mujer tombala l por
querencia de privaciones, por iniciacin del aniquilamiento, o apetito
de muerte y liberacin. Doa Lupe, fatigada de lidiar con tanta
insensatez de una y otra parte, se retir, dejndoles solos y diciendo:
Haced lo que queris. All os arreglis a vuestro gusto. Yo estoy
rendida. Comi sola, y con Papitos les mandaba de algn plato, que
volva casi intacto. Despus entr un instante en la alcoba para
preguntarles qu tal estaban, y se fue a descansar. No puedo resistir
ms esta vida de perros--deca--. Dios tenga compasin de m.

Fortunata habra deseado que su marido se durmiese y la dejase en paz.
Pero no pareca l dispuesto a hacerle el gusto en esto. Presentbase
aquella noche bastante locuaz, lo que la disgust mucho, pues pocas
veces se haba sentido con menos ganas de conversacin. A poco de
acostarse, observ que su marido, sentado frente a la mesa donde estaba
la luz, sacaba del bolsillo un paquete, despus otro, objetos envueltos
en papeles, y los pona frente a s, como un hombre que se prepara a
trabajar. El ligero ruido estridente que hace el papel al ser
desdoblado, ruido que se acreca con el silencio de la noche, molestaba
a Fortunata atrayendo su atencin. Lo primero que hizo Maxi fue sacar de
un envoltorio de regular tamao multitud de paquetes chicos muy bien
doblados, como los que en Farmacia se llaman _papeletas_, forma en que
se dividen y expenden las dosis de las medicinas en polvo. Pero despus
vio la joven que desliaba otro paquete de forma larga y... Ay, Dios
mo, era un cuchillo!... Lo estuvo l contemplando un rato por un lado y
por otro, y acercaba la yema del dedo a la punta como para probar si era
bien aguda. La esposa sinti sudor fro en todo su cuerpo... No pudo
contenerse, y como si despertase a un durmiente para librarle de los
fingidos horrores de angustiosa pesadilla, le dijo... Maxi, hijo, qu
haces?. l la mir con gran tranquilidad.

Yo cre que dormas. No tienes sueo? Pues charlaremos de cosas
agradables.

--Como quieras. Pero ms vale que te acuestes, y dejes las cosas
agradables para maana.

--No... de seguro que te gustar lo que voy a decirte. Espera un poco.

Recogi todos sus paquetes y el cuchillo, y trasladndose a la silla que
estaba junto a la cama, lo puso todo sobre la mesa de noche.

Ajaj... Ahora vers--dijo sonriendo cariosamente, como el que se
dispone a dar a la persona amada la sorpresa de un regalito--. Esto, ya
lo ves: es un pual.

Fortunata se estremeci como si la hoja fra le tocara las carnes, y se
puso a dar diente con diente.

Lo compr hoy en la tienda de espadas de la calle de Caizares. Aqu
dice: _Toledo, 1873_. Es bonito, verdad? Hace das que vengo pensando
en cul es la mejor manera de hacerle al alma el gran favor de mandarla
para el otro barrio. A ti que te parece? No decido nada sin tu consejo;
y lo que t prefieras, eso preferir yo.

La infeliz mujer estaba tan medrosa, que apenas poda hablar.

Guarda eso, por Dios... Mira que me da mucho miedo.

--Miedo!--exclam l con asombro y desconsuelo--. Pues yo cre que
habra conseguido infundirte mi idea y que ya mi idea te era familiar.
Miedo a la muerte!, es decir, miedo a la libertad y amor al calabozo!
Ahora salimos con eso? Si lo primero, mil veces te lo he dicho, es
mirar a la muerte como el fin de los padecimientos, como miran a la
playa los infelices que luchan con las olas, agarrados a un madero.

--No, si no tengo miedo--dijo ella con deseos de tranquilizarle, porque
observ que se exaltaba--. Pero es que... esas cosas, ms vale dejarlas
para de da. Ahora, a dormir.

--Dormir!... Ah tienes otra tontera. Dormir, y qu saca uno de
dormir? Pues embrutecerse, olvidarse de lo principal, que es el
desprendimiento y la evasin. Querida ma, o ests conmigo o ests
contra m; decdete pronto. Ests dispuesta a tomar la llave de la
puerta y escaparte conmigo? S? Pues lo primero es no tener horror a la
muerte, que es la puerta, estar siempre mirndola, y prepararse para
salir por ella cuando llegue la hora feliz de la liberacin.

Fortunata se arrop bien, porque le haba entrado ms fro. Ay qu
miedo tan grande!

El momento de la liberacin es aquel en que uno se considera
suficientemente purificado para apechugar con el paso de un mundo a
otro, y dar ese paso por s mismo. Las religiones dominantes prohben el
suicidio. Qu tontas son! La ma lo ordena. Es el sacramento, es la
suprema alianza con la divinidad... Bueno; pues las personas que por
medio de la anulacin social, y cultivando la vida interior, llegan a
purificarse, comprenden por su propio sentido cundo llega el momento de
tomar el portante. La liberacin no debiera llamarse suicidio. La
expresin mejor es esta: matar a la bestia carcelera. Llega un momento
en que el alma no puede ya aguantar la esclavitud, y es preciso
soltarse. Cmo? Mira.

Fortunata tiritaba, discurriendo si se levantara para llamar a doa
Lupe.

Esto es un pual... bien afilado... Hay que tener en cuenta que la
bestia se defiende, por muy decada que est. La carne es carne, y
mientras tenga vida hace la gracia de doler. Por eso conviene que la
liberacin sea con el menor dolor posible, porque la misma alma, con
toda su fortaleza, se amilana, siente lstima de la bestia carcelera e
intercede por ella. T fjate bien, y si el arma blanca no te gusta, me
lo dices con franqueza. Prefieres el arma de fuego? Pueden fallar los
tiros, y entonces el alma se impacienta; suele suceder que la bala no
toma la direccin conveniente y queda la bestia a medio matar con medio
cuerpo muerto y medio cuerpo vivo. Por eso yo te traigo aqu los medios
txicos, que son callados y seguros.

Empez a mostrar aquellas papeletas tan bien hechas y bien dobladas,
sobre las cuales haba escrito con clarsima letra el nombre de cada
droga. Mirbalas Fortunata con indecible terror, y se tapaba la nariz y
la boca, temerosa de que, respirando tales ingredientes, pudiera
envenenarse.

Vete enterando. Esta sustancia que ves aqu, blanca y en cristalitos,
es la _estricnina_... Muerte segura y tetnica, y que produce muchas
angustias, por lo cual no te la recomiendo. La _atropina_ es esta, y
esta la _cicutina_. Ves?, polvos blancos. La _citutina_ tiene una
ventaja, y es que con ella se liber el seor de Scrates, lo que la
hace venerable. Ambos son venenos virosos, es a saber, que se queda uno
dormido y en sueos se acaba. Pero yo me pregunto: En las tinieblas del
sueo, no producirn los pataleos de la bestia horribles martirios?
Qu te parece a ti? Preferiremos la _digitalina_, que mata por
asfixia? O nos fijaremos en los mercuriales? Mralos aqu: El _ioduro
de Mercurio_, rojo; el _cianuro de Mercurio_, blanco. Tambin tengo un
preparado de fsforo, que mata por envenenamiento de la sangre. Pero lo
bueno est aqu, mralo; el verdadero _ojo de boticario_, la bendicin
de Dios. Esto s que mata, y pronto. Ves este polvo gris? Es la
_gelsemina_, la maravilla de la toxicacin. La bestia se estremece slo
de verla; porque sabe que con esto no hay bromas. Muerte instantnea.

--Basta, basta--dijo Fortunata, que ya no poda resistir ms--. Si no
guardas todo eso, me levanto y me voy.

l la mir con semblante en que se pintaban un desconsuelo siniestro y
un asombro compasivo. Esta mirada le aument a ella el miedo, y
comprendiendo que era forzoso disimularlo, acaricindole la mana para
evitar cualquier barbaridad, le dijo:

Todo est muy bien... yo comprendo... Claro, la bestia hay que matarla.
Pero si quieres que yo te quiera, ha de ser con condicin de que no me
traigas ac venenos....

--Ah!, corriente... Si prefieres las armas de fuego... Pero en este
caso hay que ejercitarse. Preciso es que mueras primero t, despus
yo... Y si me falla el tiro y me quedo vivo y viene gente y me
sujetan...?

--No, hijo no; cada cual coge una pistola, y apunta uno para el otro
como en los desafos... Se da la seal, pum!, y ya vers cmo quedan
las dos bestias.

Maximiliano meditaba. No me parece muy practicable tu solucin.

--S, chico, s, te digo que s. Hazme el favor de coger todos esos
polvos y tirarlos por la ventana al patio. No, mejor ser que los
envuelvas en un paquete y me los des; yo los guardar. Te prometo
guardarlos. Pero qu, desconfas de m?... Gracias, hombre.

De veras que desconfiaba, porque cuando ella extendi sus manos para
coger las papeletas, acudi l a defenderlas como se defiende una
propiedad sagrada. Tate, tate; djame esto aqu. Yo lo guardar....

--Bueno, mtelo en el cajn de la mesa de noche, y tambin el
cuchillito. Yo te prometo no tocarlo.

--Me lo juras?--Te lo juro... No parece sino que yo te he engaado
alguna vez. Qu cosas tienes!... Pero te has de acostar...

--Si no tengo sueo, a Dios gracias. Cuando duermo algo, sueo que soy
hombre, es decir, que la bestia me amarra, me azota y hace de m lo que
le da la gana... Infame carcelero!

Impaciente, Fortunata se lanz a las determinaciones que exigen los
casos graves. Echose de la cama tal como estaba, y casi a la fuerza,
mezclando los carios con la autoridad, como se hace con los nios, le
hizo acostar. Quitole la ropa, le cogi en brazos, y despus de meterle
en la cama, se abraz a l sujetndole y arrullndole hasta que se
adormeciera. Decale mil disparates referentes a aquello de la
liberacin, de la hermosura de la muerte y de lo buena que es la matanza
de la bestia carcelera. A cada bestia le llega su San Martn repeta,
con otras frases que habran sido humorsticas, si las circunstancias no
las hicieran lgubres.

Ella durmi muy poco. Al amanecer, vindole en profundo letargo,
levantose cautelosamente y ech mano al pual y las papeletas. Escondido
el primero, vaci todo el contenido de las segundas en un peridico,
metindolo todo revuelto en un cucurucho para llevrselo a Ballester.
Con ayuda de doa Lupe, que se horripilaba oyendo contar el paso de la
noche anterior, pusieron en cada papelillo cantidad proporcionada de sal
o azcar molida, y bien dobladitos como estaban, volvieron a meterlos en
la mesa de noche. Lo primero que l hizo al despertar fue ver si le
haban quitado su tesoro, y como extraase no hallar el pual, djole su
mujer: El pual lo he guardado yo... Es monsimo. Descuida, que no lo
perder. Tienes o no confianza en m? Tocante a esos polvos, encrgate
t de guardarlos, y si el caso llega, chico, no ser yo quien les haga
ascos, porque, bien mirado, para lo que sirve esta vida... Lucidas
estamos; siempre penando, siempre penando! Espera que te espera, y cada
da un desengao... Te aseguro que el vivir es una broma pesada.

--Dame un abrazo--le dijo Maxi arrojndose a ella medio vestido--. As
te quiero. T has padecido, t has pecado... luego eres ma.

Y como en aquel momento entrara su ta trayndole el chocolate, se fue
hacia ella, en pernetas, con intento de abrazarla, dicindole:

--Tambin usted ha padecido, tambin usted ha pecado, querida ta.

--Pecar yo!...--Y es usted de mi tanda.--Todo lo que quieras, con tal
que te tomes ahora este chocolatito.

--Lo tomar, lo tomar, aunque no tengo apetito. Venga... Por aquello de
cumplir.

--Dices bien; una cosa es enamorarse de la muerte, y otra cumplir
nuestras obligaciones mientras no llega el momento--dijo doa Lupe con
naturalidad--. De m te s decir que estoy harta de la vida, pero harta,
y si no he tomado ya una determinacin es porque como tiene una tanto
que hacer, no le queda tiempo ni para pensar en lo que le conviene. Pero
ya lo arreglaremos, hijo, y a m me tienes dispuesta a darle la morrada
a la bestia cuando menos ella se lo piense. Ya no la puedo sufrir.

Ta y esposa, disimulando su tristeza, le contemplaban mientras tom el
chocolate, admiradas de que lo tomase con ganas. Las ganas tenalas la
bestia, l no.




--xi--


A eso de las diez sali Fortunata para llevar a Ballester el
paquete de sustancias venenosas. Ah tiene usted la que nos preparaba
su amigo--le dijo con desabrimiento--. Vaya un cuidado que tiene usted!
Vea lo que llev a casa....

Ballester examinaba las terribles drogas... Despus se puso muy serio:
Ese tonto de Padillita tiene la culpa. No s cmo le permiti andar en
esto. Descuide usted, que le echar hoy una buena peluca. Lo mejor ser
que no trabaje ms aqu; cualquier da nos mete en un conflicto... Pero
sintese usted....

Al ofrecerle una silla, Ballester pareca poner especial cuidado en dar
a conocer sus botas nuevas, resplandecientes; en que Fortunata admirase
su levita y su cabellera rizada a fuego, la cual despeda fuerte olor a
heliotropo. En todo repar ella, demostrndolo con una sonrisa
picaresca.

Se re usted de lo reguapo que me he puesto hoy, verdad? Acostumbrada
a verme hecho un cavador... Pues le dir: hoy se casa mi hermana con ese
a quien llaman el _distinguido pensador_, Federico Ruiz. Voy a la boda,
y esta noche le traer a usted los dulces.

Fortunata volvi a su tema: Es preciso tomar una determinacin. Las
medicinas que usted le da, no le hacen ningn efecto. Hoy hemos hablado
mi ta y yo. Antes de llevarle a un manicomio, es preciso probar algn
otro medicamento. No se decide usted a darle eso que deca?... no me
acuerdo cmo se llama... eso que suena as como un estornudo....

--Ah!, el _hatchiss_... lo prepararemos. Usted manda en esta casa... es
usted el ama, y me manda a m, y si me pide una cataplasma hecha con
picadillo de mi corazn, al momento se la hago.

--Ya est usted con sus guasas?

--Y ahora me toca a m pedirle un favor...

--Usted dir.--Esta noche traigo los dulces de la boda. Mando al segundo
una parte, otra la dejo aqu para los amigos que vengan. Ir usted
arriba a casa de doa Casta, o vendr aqu?

--Iremos arriba... Si paseamos, puede que entremos aqu. Segn est ese.

--Bueno; esta noche ha de venir mi amigo el crtico. Padilla le invitar
a entrar y le ofrecer dulces. Quiero que se coma uno que tengo yo aqu
preparado para l... No sabe usted cunto le odio.

Fortunata, que tena la cabeza caldeada con ideas de envenenamiento, se
asust.

Pero qu demonios le va usted a dar a ese infeliz? Si es un buen
chico.

--Nada, no se asuste usted... No es ms que un derivativo... La fiesta
consiste en que luego le invite doa Casta a subir, y que suba...

--No sea usted bruto. Si es un chico muy bueno! Me han dicho que
mantiene a su madre...

--Que mantiene a su madre! Pues estar lucida. Y con qu la mantiene?
Con los artculos?

--Le dan dos duros por cada uno. Ya ve usted. Y hace cuatro todas las
semanas.

--Buen pelo, buen pelo... Pero en fin, aunque mantenga a su madre y a su
abuela y a toda su familia, y sea un excelente chico, yo le quiero dar
esta broma inocente. Me har usted el favor que le pido?

--Cul?--No le pido a usted que me d un beso, porque si le pidiera ese
pedazo de la gloria, usted no me lo dara, y si me lo diera, al instante
me tendran que poner en manos del amigo Ezquerdo... Pues mis
aspiraciones se concretan hoy, querida amiga, a que usted, si est aqu
cuando entre ese nio ilustrado, le ofrezca la yema que yo tengo
dispuesta. Dndosela usted no sospechar... Adems, usted le dir a doa
Casta o a Aurora que le inviten a subir para que oiga tocar la pieza...

--Qutese usted de ah... Yo no me meto en esas intrigas. Pobre
muchacho! Me pongo de su parte. Qu malo es usted!

--Ms mala es usted... En pago de su infamia le voy a dar una buena
noticia.

--A m noticias?...--Y tan buena que le ha de saber a usted mejor que
los dulces que le enviar esta noche... Ay!, me consuela una cosa,
amiga ma; y es que si conmigo es usted ingrata, lo es tambin con
otros. Mal de muchos...!

--Qu est diciendo?

--Pues que bien le pasean a usted la calle... Y la nia sin parecer por
ninguna parte. El nio rompa el pescuezo mirando para los balcones, y
usted atormentndole con su ausencia. Pobre seor!... toda la tarde
calle arriba calle abajo...

Fortunata palideci, y con la mayor seriedad del mundo se dej decir:

Quin... y cundo?....

--No se haga usted la tonta... Pues ayer tarde, cuando se retir, iba
con una cara de mal humor...! Plantn como aquel no se ha llevado nunca.
Yo le miraba y me deca: bien merecido te est... Aguntate, cachete...
Todos somos iguales. Quiere usted que le d un consejo? Pues trtele a
la baqueta. Que suspire, que pasee, que le tome la medida a la calle.
Toda la hiel no ha de ser para m... Quiere que le d otro consejo?
Pues a usted le conviene un corazn como este que yo tengo aqu
guardadito, virgen, cralo usted, virgen. Acptelo, y djese de querer a
ingratos...

Fortunata se haba puesto tan desasosegada, que no oa las amorosas
confianzas del farmacutico. Abur, abur--dijo levantndose--. Tengo que
volverme a mi casa.

--Vamos a ver... Y si vuelve esta tarde, qu le digo?

--Qutese usted all...--indic ella corriendo hacia la puerta, y el
otro detrs.

--Qu le digo?... Porque aunque no le he hablado nunca, le hablar, si
usted me lo manda. Dgole que no parezca ms por aqu?... Ay, qu
mujer! All va como una exhalacin. Est tocada, tan tocada como su
marido... Todo por no enamorarse de un hombre digno, como por ejemplo...
un servidor. Ah! Segismundo, paciencia. Imita a los pescadores de caa;
espera, espera, que al fin ella picar.

Doa Lupe, cuando entr su sobrina bastante sofocada por haber subido
muy aprisa la escalera, admirose de verla tan alegre. Sabe Dios--dijo
para s--; sabe Dios por qu estarn los tiempos tan divertidos...
Probablemente esta salidita, con pretexto de llevarle a Ballester los
polvos, sera para verle... l le dira que pasaba a tal hora... Y qu
colorada viene! Sin duda ha habido hocicadas en el portal.

Maxi continuaba tranquilo. Ms bien pareca un convaleciente que un
enfermo. Estaba muy dbil y no apeteca ms que sentarse junto a los
cristales del balcn del gabinete, contemplando con incierta mirada a
los transentes. Esto no le haca maldita gracia a Fortunata, porque...
si _al otro_ le da la gana de pasar tambin esta tarde y Maxi le ve, se
va a excitar mucho. Por tal motivo estuvo muy inquieta, y a cada
instante se asomaba y volva para adentro, tratando de que su marido se
pusiese en otra parte. Pero al otro no le dio la gana de pasar aquella
tarde. Lo que hizo fue mandar un recadito a su amiga, sacndola del
purgatorio de incertidumbre y tristeza en que estaba. Serva de
Celestina para estas comunicaciones la ta de Fortunata, Segunda
Izquierdo, que en Mayo ltimo se le haba presentado, miserable y
llorosa, a que le diera una limosna. Desde entonces iba todas las
semanas, y su sobrina la socorra, unas veces con dinero, otras con
comida sobrante o alguna prenda de vestir.

Santa Cruz la amparaba tambin, y ella se serva de su mendicidad para
introducir en la morada de Rubn los mensajes de amor; y tan ladinamente
lo haca, que la sagaz doa Lupe no sospechaba nada. Pues aquella tarde,
despus de mucho tiempo de entrar all _con las manos vacas_, puso en
las de Fortunata una esquelita. Al fin, oh, dicha increble!... Cuando
pudo, ley la feliz mujer el papelito, en el cual se le citaba a tal
hora y a tal sitio para el da siguiente.

Por la noche fueron todos a casa de doa Casta, quien tom por su cuenta
a Maxi, prodigndole mil cuidados, ofrecindole golosinas, y tratando de
refrescarle el cerebro con una plcida disertacin sobre las aguas de
Madrid, y sobre las propiedades por que se distinguen las de la
Acubilla, Abroigal, y fuente de la Reina, de las de Lozoya.

La viuda de Feneln lleg a la hora de costumbre, y a poco subi el mozo
de la botica con la bandeja de dulces que mandaba Ballester. No tardaron
en presentarse el seor y la seora del tercero de la derecha. l, por
una de esas ironas tan comunes en la vida, era el hombre ms grave,
seco y desapacible del mundo, comadrn de oficio, y se llamaba _D.
Francisco de Quevedo_ (hermano del cura castrense, Quevedo, a quien
conocimos en la tertulia del caf, junto con el _Pater_ y Pedernero). Su
mujer competa en elegancia con una boya de las que estn ancladas en
el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difcil, lento y
pesado, y cuando se sentaba, no haba medio de que se levantara sin
ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcalda o Casa de Socorro,
porque era roja y pareca tener una luz por dentro; de tal modo
brillaba. Pues a esta monstruosidad la llamaba Ballester _doa
Desdmona_, por ser o haber sido Quevedo muy celoso, y con este mote la
designar, aunque su verdadero nombre era doa Petra. No tena nios
este matrimonio, y mientras D. Francisco se pasaba la vida sacando a luz
los hijos del hombre, su esposa sacaba y criaba pjaros, para lo cual
tena muy buena mano. Estaba la casa llena de jaulas, y en ellas se
reproducan diversas familias y especies de aves cantoras. Y para colmo
de contrastes, era la seora del comadrn una mujer chistossima, que
contaba las cosas con mucha sal. En cambio, D. Francisco de Quevedo no
tena ms chiste que el que podra tener un caimn.




--xii--


Aurora y Fortunata, despus de cumplir un rato con la visita,
rindole las gracias a _doa Desdmona_, se fueron al balcn. La viuda
tena que contar a su amiga cosa de mucha importancia, y al instante
empez el secreto. Ya no me queda duda. Ciertos son los toros. Sabes
que el primo Moreno no sale de la tienda? All se va por las maanas, y
no quita los ojos del portal de Santa Cruz, acechando si entran o salen.
El muy tonto, qu mal lo disimula! Parece mentira que se chifle as un
hombre de su edad... porque anda ya cerca de los cincuenta; un hombre
enfermo... porque los mdicos dirn lo que quieran, pero el mejor da
hace el _crac_... Y qu ms prueba de su embrutecimiento que estar
aqu?... Por qu no se va al extranjero como otros aos? Buen pajarraco
est. Ya ves; un hombre, _por ejemplo_, que podra haber hecho la
felicidad de cualquier muchacha honrada, se ve ahora sin amor, sin
familia propia, solo, triste... Ah!, le conozco bien: es un disoluto,
un inmoral, un corrompido. No le gustan ms que las casadas. Me lo ha
dicho a m misma... a m me lo ha dicho.

--Pero t...?--Espera, te contar--dijo Aurora con cautela,
asegurndose de que ningn curioso se destacaba de la tertulia para
acecharlas--. Pues este primo Moreno, aunque pariente lejano, y ms
lejano por ser rico y nosotras pobres, nos visitaba alguna vez... har
de esto trece o catorce aos. Mam le consideraba mucho, y cuando vena
a casa le reciba poco menos que en palio. Tuvo mam en un tiempo la
ilusin qu tontera!, de casarme con l. Yo tena dieciocho aos, l
treinta y pico. Te vas enterando?

Fortunata atenda con toda su alma.

Quieres que te hable con franqueza? Pues a m no me disgustaba; pero
nunca me dijo nada... Tena buena figura y unos aires de caballero como
los tienen pocos... Mam y pap hechos unos tontos con aquella
esperanza... qu inocentes! Es muy lagarto ese hombre. Casarse
conmigo! S, para m estaba. A lo mejor, meses y meses sin parecer por
aqu. Yo me acordaba de l y de cuando vena a casa; como que al verle
entrar nos quedbamos todos turulatos y nos pareca que entraba por esa
puerta la Divina Majestad... Pues como te digo, dej de venir. En aquel
tiempo conoc a Feneln; fue mi novio y me pidi. Mam tena todava
ilusiones; pap se haba curado de ellas. Nos casamos... Pues creers
que al mes de casados, viene el primo a Madrid y empieza a hacerme la
corte por lo fino?.

Fortunata pareca que estaba oyendo leer el relato ms novelesco, segn
el inters y asombro que mostraba.

Pues vers. Feneln era un bendito; de estos que juzgan a todo el mundo
por s mismos, y que no ven el mal aunque se lo cuelguen de la nariz. No
se enteraba de la persecucin, y yo pasando la pena negra. Ay hija, qu
peligro tan grande! Siempre que sala, pin!, me le encontraba. Yo no
s... pareca que me ola como los perros huelen la caza. Una tarde que
llova, me cogi y casi a la fuerza me meti en su coche. Estuve a dos
dedos del abismo, casi a dedo y medio; pero no, no ca. Dios mo, qu
hombre!, es absurdo.

--Pero t le queras?--pregunt la de Rubn, que con la idea del querer
resolva todos los problemas.

--Yo... te dir... me pasaba una cosa particular. Temblaba siempre que
nos encontrbamos... le tena miedo, y... de ti para m, me gustaba.
Pero, lo que yo digo, por qu no se cas conmigo?

--Claro.--Yo le hubiera querido mucho, y no le habra faltado por nada
de este mundo. Pero estos hombres, qu malos son, pero qu malos! Pues
vers. Me voy a Burdeos con mi marido, pasan meses y meses, llega el
verano y nos vamos a pasar una corta temporada en Royan, un pueblo de
baos de mar. Pues, hija, estaba yo una tarde en el muelle viendo
desembarcar a los pasajeros que venan en el vaporcito de Burdeos,
cuando me veo al primo Moreno. Me qued... ay!, no te quiero decir
nada.

--Y tu marido estaba contigo?

--No; ese es el caso. Feneln haba ido a Pars a hacer compras. En
Pars estaba Moreno, le vio... y chitito callando se fue a Royan,
sabiendo que me coga sola y descuidada. Descuido fue, que aquella vez,
hija, no pude zafarme como cuando la del coche... Ay!, estas cosas te
las cuento a ti, porque s que eres callada y no me has de hacer
traicin. Si mam lo supiera...! En fin, que el muy tunante se divirti
todo lo que quiso, y despus la del humo. Lleg el 70, y al pobrecito
Feneln le mataron esos infames prusianos. Fue un dolor... ah! por ser
valiente, por empearse en salir en una descubierta! Era un hombre tan
patriota, que por salvar a su querida Francia, habra dado l cien vidas
que tuviera... Pero vamos al otro, a ese soltern estragado... Cuando
enviud, dije: Pues ahora, si de veras le gusto.... Quia! Me le
encontr en Madrid al ao siguiente, y como si tal cosa. Creers que me
dijo algo de amor? Creers que se acordaba de cumplir las promesas que
me haba hecho? Buen cumplimiento nos d Dios. Hija, frialdad igual no
he visto. Te aseguro, que me dan ganas, _por ejemplo_, de clavarle un
pual... Cierto que me ofreci lo que yo quisiera para establecerme...
pero no quise tomar nada de aquellas manos. Monstruo! Cuando le dio al
primo Pepe el dinero para la gran tienda, puso por condicin que me
haba de colocar al frente de las labores... Pero no se lo agradezco,
palabra de honor, no se lo agradezco...

--A tu primo no le gustan ms que las casadas.

Valiente tuno!--dijo Fortunata moviendo la cabeza, como quien comprende
tarde lo que debi de comprender antes.

--Estos solterones vagabundos y ricos son as... Estn viciosos,
estragados, mimosos; y como se han acostumbrado a hacer su gusto, piden
_medioda a catorce horas_. Ah le tienes ya, aburrido, enfermo; no sabe
qu hacerse; quiere calor de familia y no le encuentra en ninguna parte.
Bien merecido le est; me alegro. Que lo pague. Y para mayor desgracia,
se engolosina ahora con Jacinta. Lo que a l le enciende el amor es la
resistencia; y las que tienen fama de honradas, le entusiasman, y las
que sobre tener fama, lo son, le vuelven loco. Con Jacinta debe de haber
sostenido una guerra tremenda, s, tremenda; pero al fin, ella se ha
rendido, no te quepa duda. Yo fui Metz, que cay demasiado pronto; y
ella es Belfort, que se defiende; pero al fin cae tambin... Ah!, las
seas son mortales. El primo va a la casa todos los das, y la acecha
cuando sale, para hacerse el encontradizo... Algunas tardes no parece
por la tienda. Tendrn citas? He aqu mi idea. Te juro que lo he de
averiguar. Imposible que yo no lo averige. Aunque tuviera que perder mi
colocacin, aunque me quedara sin camisa que ponerme... Qu infamia! Y
miren la otra, la mosquita muerta, con su cara de Nio Jess y su fama
de virtud. S; santidades a cuarto; vase la clase. Te aseguro que el
da en que esto estalle y haya la gran tragedia, ser el da ms feliz
de mi vida. Pues qu cree ese? Que se puede engaar, y engaar, y
engaar siempre, y burlarse de los pobres maridos? Pues ya cay otro;
_solamente_ que ahora no da con mi Feneln, que era un santo y no
sospechaba de nadie ms que de los prusianos. Ahora da con un hombre
templado, tu amigo, que no se conformar con esta deshonra, verdad? Te
aseguro que le va a arder el pelo al tal primito con todo su mal de
corazn y su extranjerismo.

Fortunata no chist. Aquella revelacin le haba dejado tan atontada,
cual si le descargasen un fuerte golpe en la cabeza.

Jacinta... Jess!.. el modelito, el ngel, la mona de Dios... Qu
dira Guillermina, la _obispa_, empeada en convertir a la gente y en
ver la que peca y la que no peca?... Qu dira?... ja, ja, ja... Ya no
haba virtud! Ya no haba ms ley que el amor!... Ya poda ella alzar
su frente! Ya no le sacaran ningn ejemplo que la confundiera y
abrumara. Ya Dios las haba hecho a todas iguales... para poderlas
perdonar a todas.




-II-

Insomnio




-i--


A las doce de un hermoso da de Octubre, D. Manuel Moreno-Isla
regresaba a su casa, de vuelta de un paseto por _Hide Park_ ... digo,
por el Retiro. Responde la equivocacin del narrador al _quid pro quo_
del personaje, porque Moreno, en las perturbaciones superficiales que
por aquel entonces tena su espritu, sola confundir las impresiones
positivas con los recuerdos. Aquel da, no obstante, el cansancio que
experimentaba, determinando en l un trabajo mental comparativo,
permitale apreciar bien la situacin efectiva y el escenario en que
estaba. Muy mal debe andar la mquina, cuando a mitad de la calle de
Alcal ya estoy rendido. Y no he hecho ms que dar la vuelta al
estanque. Demonio de neurosis o lo que sea! Yo, que despus de darle la
vuelta a la _Serpentine_ me iba del tirn a _Cromwell road_... friolera;
como diez veces el paseo de hoy... yo que llegaba a mi casa dispuesto a
andar otro tanto, ahora me siento fatigado a la mitad de esta condenada
calle de Alcal... Tal vez consista en estos endiablados pisos, en
este repecho insoportable!... Esta es la capital de las setecientas
colinas. Ah!, ya estn regando esos brutos, y tengo que pasarme a la
otra acera para que no me atice una ducha este salvaje con su manga de
riego. 'Eso es, bestias, encharcad bien para que haya fango y
paludismo...'. Pues por aqu, los barrenderos me echan encima una nube
de polvo... 'Animales, respetad a la gente...'. Prefiero las duchas...
En fin, que este salvajismo es lo que me tiene a m enfermo. No se puede
vivir aqu... Pues digo; otro pobre. No se puede dar un paso sin que le
acosen a uno estas hordas de mendigos. Y algunos son tan insolentes!...
'Toma, toma t tambin'. Como me olvide algn da de traer un bolsillo
lleno de cobre, me divierto. Aqu no hay polica, ni beneficencia, ni
formas, ni civilizacin!... Gracias a Dios que he subido el repecho.
Parece la subida al Calvario, y con esta cruz que llevo a cuestas,
ms... Qu hermosos nardos vende esta mujer! Le comprar uno... 'Deme
usted un nardo. Una varita sola... Vaya, deme usted tres varitas.
Cunto? Tome usted... Abur'. Me ha robado. Aqu todos roban... Debo de
parecer un San Jos; pero no importa... 'Yo no juego a la lotera;
djeme usted en paz'. Qu me importar a m que sea maana ltimo da
de billetes, ni que el nmero sea bonito o feo...? Se me ocurre comprar
un billete, y drselo a Guillermina. De seguro que le toca. Es la
mujer de ms suerte!... 'Venga ese dcimo, nia... S, es bonito nmero.
Y t por qu andas tan sucia?'. Qu pueblo, vlgame Dios, qu raza! Lo
que yo le deca anteayer a D. Alfonso: 'Desengese Vuestra Majestad,
han de pasar siglos antes de que esta nacin sea presentable. A no ser
que venga el cruzamiento con alguna casta del Norte, trayendo aqu
madres sajonas'. Ya poco me falta. Francamente, es cosa de tomar un
coche; pero no, aguntate, que pronto llegars... Un entierro por la
Puerta del Sol. No, lo que es aqu no me he de morir yo, para que no me
lleven en esas horribles carrozas... Dan las doce. All estn los
cesantes mirando caer la bola. Buena bola os dara yo. Ah viene
Casa-Muoz. Pero qu veo? Es l? Ya no se tie. Ha comprendido que es
absurdo llevar el pelo blanco y las patillas negras. No me mira, no
quiere que le salude. Realmente es muy ridcula la situacin de un
hombre que se tie, el da en que se decide a renunciar a la pintura,
porque la edad lo exige o porque se convence de que nadie cree en el
engao... All va en un coche la duquesa de Gravelinas... No me ha
visto... 'Abur Feijoo...'. Qu bajn ha dado ese hombre!... Vamos, ya
entro por mi calle de Correos. Si habr venido a almorzar mi primo... Lo
que es hoy me tiene que hacer un reconocimiento en toda regla, porque me
siento muy mal... Que me ausculte bien, porque este corazn parece un
fuelle roto. Ser esto un fenmeno puramente moral? Puede ser. Ya veo
yo el remedio... Pero qu verdes estn las uvas, qu verdes! Los
balcones tan tristes como siempre. Ah!... sale al mirador Barbarita
para hablar con la _rata eclesistica_... 'Adis, adis... vengo de dar
mi paseto... Estoy muy bien, hoy no me he cansado nada...'. Qu
mentira tan grande he dicho! Me canso como nunca. Ahora, escalera de mi
casa, s benvola conmigo. Subamos... Ay, qu corazn, maldito fuelle!
Despacito, tiempo hay de llegar arriba. Si no llego hoy, llegar maana.
Seis escalones a la espalda. Dios mo, lo que falta todava!.

Cuando lleg al principal, su hermana le esperaba en la puerta. Te has
cansado mucho?.--As, as. Dnde est Tom? Que venga.

Moreno entr en su habitacin, seguido del criado. Este era ingls y le
acompaaba en todos su viajes. Deca el anti-patriota que los sirvientes
espaoles son tan torpes que no saben ni cerrar una puerta. El suyo era
de esos que hacen de la servidumbre una profesin inteligente, y se
adelantan a los ms insignificantes deseos de sus amos para
satisfacerlos. En ingls le dijo Moreno que echase agua en uno de los
bcaros que en la estancia haba, para poner los nardos; y sin soltar
estos de la mano se dej caer en el sof. Vesta el caballero americana
oscura y pantaln de cuadros, sombrero de copa, y los indispensables
botines blancos cubriendo las botas holgadsimas, con suelas de un dedo
de grueso. Ha venido mi primo? pregunt a Tom dndole las flores.

--El seor doctor est en la habitacin de _miss_ Guillermina.

--_Dgale usted_ que estoy aqu.

La fatiga del paseo y de la escalera le duraba an cuando vio entrar al
ms simptico de los doctores, Moreno Rubio, despidiendo tufo de
alegra, como un preservativo contra las tristezas de la medicina.
Mdico de gran saber y aplicacin, haba alcanzado mucha fama y tena
una clientela brillantsima.

Hoy me vas a examinar bien...--le dijo su primo--. Figrate que soy un
desconocido que se te presenta en tu consulta. Djate de bromas conmigo,
y no me ocultes la verdad. Mira que te desacredito, si no lo haces as.

--Bueno, hombre, descuida; te registraremos en toda regla--replic el
mdico sonriendo y sentndose junto a l--. Te has cansado mucho?

--No me ves? Tambin es gana de hacer preguntas. En cuanto almorcemos,
me entrego a ti, como un cadver de la sala de diseccin.

--Pues mejor es antes (sacando la trompetilla y tornillndola).

--Bueno, pues ya puedes empezar. (Quitndose la americana). Me echo en
la cama? Es mejor, s; aqu me tienes como un muerto, con las manos
cruzadas.

--No, extiende los brazos. As...

El doctor abri la camisa y aplic un extremo de la trompeta,
inclinndose para poner su odo en el otro. No te muevas... Ahora,
respira fuerte... da un suspiro, pero un suspiro grande, como los de los
enamorados.

--Me parece que t ests de guasa. Pepe, por Dios, mira que esto es
serio, muy serio. Llevo ms de diez noches sin pegar los ojos, y tu
dichoso digital no me alivia nada.

--Cllate, y djame or...

--Qu notas?... qu?

--Pero ten paciencia. Aguarda... Pues esto est muy malo. Hay aqu
dentro un zipizape de mil demonios.

--Qu clase de ruido sientes? La sstole es demasiado fuerte y...

--Algo de eso.--El empuje de la corriente sangunea...

--S; pero prevalece un sntoma muy perro, un sntoma...

--Cul es?, dmelo. Cmo se llama?

--Amor.--Vaya! Llamar otro mdico. T no me sirves... con tus guasitas
de mal gusto. Ni qu tendr que ver...!

--Pues no ha de tener que ver!--dijo Moreno Rubio ponindose serio y
guardando su instrumento--.

No s qu te figuras t. Quieres romper de un golpe la armona del
mundo espiritual con el mundo fsico? Ya lo sabes; te lo he dicho mil
veces. No necesito auscultarle ms. Tienes desrdenes en la circulacin,
los cuales podrn ser muy graves si no cambias de vida.

--No parece sino que hago yo la vida del perdido (levantndose y
volvindose a poner su ropa).

--Haces la vida del caprichoso, que es peor. Te conviene una
tranquilidad absoluta, renunciar a los deseos vehementes, a las
cavilaciones que la no satisfaccin de ellos te produce; viajar menos,
ahogar todo apetito loco de los sentidos, renunciar a todos los
excitantes malsanos; no me refiero solamente al caf y al t, sino ms
principalmente a los excitantes imaginativos e ideales; huir de las
emociones, y cortarte la coleta de banderillero, con intencin de no
dejrtela crecer ms; trazar una raya en tu vida y decir: ni Cristo
pas de la Cruz, ni yo paso de aqu. Si tuvieras treinta o treinta y
cinco aos, te aconsejara que te casaras; pero ms vale que te hagas la
cuenta de que por reciente providencia judicial... o divina, han
desaparecido todas las mujeres que hay en el mundo, casadas, solteras y
viudas...

--Bah!, bah! Siempre la misma historia--dijo Moreno-Isla, tomndolo a
broma--. Pero t eres un mdico o un confesor?

--Las dos cosas--afirm el otro con serenidad y energa--. Si no haces
lo que te he dicho, Manolo, si no lo haces, te mueres, y pronto. De modo
que ya sabes mi opinin. No vuelvas a consultarme. No s ms. He agotado
mi ciencia contigo. Si hay algn colega que encuentre el medio de poner
de acuerdo tus costumbres y tus pasiones con una ordenada y sana funcin
vascular, llmalo, y entindete con l.

El criado anunci que el almuerzo estaba servido. Vamos en
seguida--dijo el enfermo, cogiendo a su primo por el brazo--. Esprate
un poco, que te quiero consultar otra cosa.

Detuvironse un instante en la habitacin, y D. Manuel, ponindole una
cara muy seria, hizo a su primo esta pregunta: Vamos a ver, sin guasa.
En mi estado, sea bueno, sea malo, en mi estado presente, fjate bien,
tal como ahora estoy, podra yo tener hijos?.

Moreno Rubio solt la carcajada.

Hombre, no digo que no. Podras tener una escuela de prvulos.

--Quiero decir... pero respndeme en serio... quiero decir, si tal como
estoy, con la tubera descompuesta...

--Ya lo creo, por poder...--Eso te lo digo, porque despus de eso, me
decidira a aceptar lo que propones, el retraimiento, cortar la coleta,
etc...

--Mira, inocente, no te cuides de aumentar la especie. Mientras menos
seres humanos nazcan, mejor. Para lo que vale esta vida...

--Creo lo mismo... pero a m me gustara tener la seguridad de que... Es
un ejemplo, un por si acaso nada ms. No creas que me parece mal tu plan
de vida vegetativa. Yo lo adoptara, s seor; pero a su tiempo.

--Primo--le dijo el otro mirndole con socarronera--; si quieres hijos,
haberlo pensado antes.

--No, tonto, si no es que yo los quiera; ni maldita la falta que me
hacen a m chiquillos. Si esto te lo pregunto hipotticamente. Me basta
con tener conciencia de mi aptitud... Curiosidades de enfermo...

--Que no vienen?--dijo, presentndose en la puerta, la hermana de
Moreno-Isla.

--Vaya unas prisas. Ya vamos. Para la gana que uno tiene...!

--Pero la tengo yo, canastos--dijo el mdico.




--ii--


Por la tarde pidi Moreno su coche y estuvo haciendo visitas hasta
las siete. Comi en casa de los de Santa Cruz, y estos lo notaron
sombro, padeciendo chocantes distracciones, y tan indiferente a todo,
que ni siquiera tomaba con calor la defensa de sus principios y gustos
extranjeros, cuando Barbarita, por combatirle la murria, sacaba a
relucir algn tema de entretenida polmica sobre este punto. Algo dijo,
sin embargo, que anim la desmayada conversacin de aquella noche.
Saben ustedes cul es una de las cosas que me cargan ms en Espaa? La
costumbre que tienen las criadas de ponerse a cantar cuando trabajan.
Pareca natural que en mi casa me viera yo libre de este tormento. Pues
no seor. Tiene mi ta Guillermina una criadita cuya boca vale por dos
murgas. No vale mandarla callar. Obedece durante diez minutos, y de
repente vuelve otra vez con _el seor alcalde mayor_. Dice que se
olvida, Crenmelo ustedes. Le rompera la cabeza.

--Y me quieres hacer creer que en el extranjero...! Pero Manolo...

--Ah!, no, seora... est usted segura de que si en Londres una criada
se permitiera cantar, pronto la pondran de patitas en la calle. Es que
ni se les ocurre tal disparate.

--Lo creo; tan sosas son.--Es que esta pcara raza, que no conoce el
valor del tiempo, tampoco conoce el del silencio. No podr usted meterle
en la cabeza a esta gente la idea de que la persona que se pone a pegar
gritos cuando yo escribo, o cuando pienso, o cuando duermo, me roba. Es
una falta de civilizacin como otra cualquiera. Apoderarse del silencio
ajeno es como quitarle a uno una moneda del bolsillo.

Estas cosas hacan gracia, y aquella noche las rieron ms, para
animarle. Invitado por Juan a ir al Teatro Real, lo rehus. Haba en la
casa muy poca gente, Guillermina en su rincn, D. Valeriano Ruiz Ochoa y
Barbarita II. Barbarita I haba concebido el loco proyecto de casar a
Moreno con esta sobrina suya, que era muy mona, y comunicado el
pensamiento a Jacinta, esta lo encontr de lo ms insensato que se le
podra ocurrir a nadie. Pero mam, si mi hermana no tiene ms que
dieciocho aos, y Moreno anda ya cerca de los cincuenta, y adems est
enfermo!.

--Cierto que hay diferencia de edades--deca la seora riendo--, pero es
un gran partido. ndate con repulgos y vers cmo le cae a tu hermana un
subteniente, un oficial de la clase de quintos u otra lotera semejante.
Este hombre es un buenazo muy rico, y eso que padece no es sino
aburrimiento, mal de soltera, lo que los ingleses llaman _espln_.
Csale, y se le quitan diez aos de encima.

Jacinta no se convenca, y en cuanto a la enfermedad, su opinin era muy
distinta de la de su suegra. Aquella noche le cogi por su cuenta para
echarle un buen rspice. Estaban en el despacho apartados de los dos
grupos de tresillistas (D. Baldomero, Ruiz Ochoa, su seora, Pepe
Samaniego y otros). Barbarita II y su hermana tenan delante a Moreno,
que en los primeros momentos de aquella situacin, deca de dientes
para adentro: Creo que si no estuviera presente la polla, le dira
algo. Me enfada esta nia con su inocencia y su cara bonita. Parece que
se la pone al lado como un escudo contra m... Es fatalidad esta; las
pocas veces que la cojo sola, no adelanto nada. Si le digo cualquier
reticencia delicada, se hace la tonta. Evita el encontrarse sola
conmigo, y ahora trae siempre a rastras al espantajo angelical de su
hermana para asustarme.

--Pero qu callado est usted...--observ Jacinta sonriendo--. Qu?,
se siente usted peor? Dice mam, que si usted se casa se le quitarn
diez aos de encima. Conque, decidirse...

La fisonoma del misntropo se ilumin al or esta peregrina receta.

Tambin yo lo creo--dijo--. Vea usted; un remedio que parece tan fcil,
es imposible.

--Justo; como se ha concluido el gnero femenino... Tiene usted razn,
ya no hay mujeres.

--Para m como si no las hubiera... Qu le dije a usted ayer? Ya no se
acuerda. Si ya se sabe: cosa que yo le diga a usted es como si la
escribiera en el agua.

--De veras que se me ha olvidado. Te acuerdas t, Brbara?

--No, si Brbara no estaba presente.

--No importa. Todo lo que usted me dice a m, al instante voy a
contrselo a mi hermana.

--S, es usted muy cuentera. Y por qu se lo cuenta usted a su hermana?

--Porque le hace gracia. Moreno no pudo disimular la profunda tristeza
que se apoderaba de l.

Pero qu tiene usted?... Esta noche le encuentro ms _esplinado_ que
nunca.

--No nos contaba ayer que dej tres novias en Londres?--apunt
Barbarita, que gustaba de buscarle la lengua.

--S; pero a esas no las quiero--replic Moreno con la ingenuidad de un
nio. Y luego, revolcndose en aquella tristeza contra la cual nada
poda su dominio de hombre de sociedad, se espet otro monlogo--: Ya
estoy entrando en el periodo pueril... La tontera y la incapacidad me
invaden... Esta mujer con su frialdad y su irona me ha puesto el pie
sobre la cabeza y me la ha aplastado, como la Virgen la de la
serpiente... Ya empiezo a estar ridculo...

--Por qu no le repite usted esta noche a mi hermana lo que le dijo la
semana pasada?--dijo Barbarita II al melanclico caballero.

--Yo... que...? (asustado, como quien despierta de un sueo). Yo... no
le he dicho nada.

--S, la semana pasada, cuando fuimos a la Casa de Campo, y se puso
usted a contar el cuento de aquella inglesona que le quiso pegar un tiro
porque le dijo no s qu, en un tren.

--No me acuerdo--dijo el misntropo con todas las apariencias de un
estpido.

--Este hombre--indic Jacinta--, cuando tocan a olvidarse, no hay quien
le gane. Me dijo usted que se casaba si yo me comprometa a buscarle la
novia...

--Ah!... Pues no; me desdigo, recojo la proposicin. Si ha empezado
usted sus trabajos, delos por intiles. Pagar indemnizacin, si es
preciso.

--Ya lo creo que es preciso... Poquito que haba yo hecho ya. Vaya que
la formalidad de usted...!

Ambas se pusieron muy serias. Notaban en Moreno palidez mortal, gran
abatimiento, y un cierto olvido, extrao en l, de la atencin constante
que se debe prestar a las seoras cuando se platica con ellas. Jacinta
se inclin un poco hacia l, abriendo su abanico sobre las rodillas, y
le dijo en tono muy carioso: Amigo mo, es preciso que usted se cuide,
y mire ms por su salud. Esta tarde nos encontramos a Moreno Rubio en
casa de Amalia, y me dijo que lo que usted padece no es nada; pero que
si se descuida y no hace lo que l le manda, lo va a pasar mal. Usted no
es un nio, y debe comprenderlo. Por qu no hace caso de lo que le
dicen las personas que le quieren bien y que se interesan por usted?.

Moreno la miraba esttico. Algunos monoslabos salieron de su boca;
pero aquellos pedazos rotos de su pensamiento ms bien parecan de
aquiescencia que de protesta. Jacinta sigui hablndole en un tono
dulce, tiernsimo, y ms bien pareca una madre que una amiga.

Cunto nos alegraramos de verle a usted bueno y sano, y qu fcil
sera con buena voluntad!... Porque lo que usted tiene no es ms que
malas ideas. As me lo dijo su primo, y viene bien esta opinin con lo
que yo crea. Es lstima que teniendo todos los medios de ser feliz no
lo sea. Qu le falta a usted?....

Moreno senta que el corazn se le haca pedazos. Pues no dice que qu
me falta?... Si me falta todo, absolutamente todo. Ay, qu mujer!, si
sigue en esta cuerda, creo que me pongo ms en ridculo.

--Qu le falta a usted? Nada. Si no se le pusieran en la cabeza cosas
imposibles, estara tan campante. Lo que tiene usted es mucho mimo. Es
como los chiquillos.

Ya lo creo; soy como los chiquillos! pensaba el infeliz caballero.

--Moreno Rubio lo ha dicho y tiene razn: usted tiene en su mano su
salud y su vida. Si las pierde es porque quiere. Parece mentira que un
hombre de su edad no sepa ponerse a las rdenes de la razn.

La razn! Buena ta indecente est observ D. Manuel dentro de su
pensamiento.

--Y sacudir las malas ideas y atemperar el espritu; no desear lo que no
se puede tener, y hacer vida ramplona, sin empearse en que todas las
cosas se desquicien para acomodarse a su gusto y satisfaccin. Qu es
el _espln_ ms que soberbia? S, lo que usted tiene es soberbia, el
_usted_ satnico. Estos inglesotes se figuran que el mundo se ha hecho
para ellos... No, seor mo, hay que ponerse en fila y ser como los
dems... Conque se cuidar usted, har lo que le manda su primo y lo
que le mande yo?... porque yo tambin soy mdica... Otra cosa; aqu en
Espaa est usted siempre renegando y echando pestes. Esto no le gusta,
pues para qu vive aqu? Por qu no se va a Inglaterra?

--Ya me quiere echar... ve usted...?--dijo Moreno mirando a Barbarita y
esforzndose en sonrer para ocultar su turbacin--. Y luego quieren que
no viaje.

--No, no le conviene andar siempre de ceca en meca, como un viajante de
comercio que va enseando muestras. Mrchese a su Londres, estese all
quietecito, muy quietecito, y si se le presenta una inglesa fresca y de
buen genio, csese, apechugue con ella, aunque sea protestante... Ay,
Dios!, que no me oiga Guillermina; s, csese, y ver cmo se le pasan
todas las murrias, tendr nios... Me comprometo a ser madrina del
primero... digo, si es que le bautizan. Y hasta madre me comprometo a
ser si me le dan... le tomo, aunque est sin cristianar. Yo le
bautizar. Pero no hay que hablar de esto. Me contento con ser madrina
del primer Morenito que nazca, y le dir a mi marido que me lleve a
Londres para el bautizo...

Moreno se levant. Se senta muy mal, y las palabras de la Delfina le
excitaban extraordinariamente.

Pero se va usted...? Se ha puesto malo? Es que no le gustan mis
sermones?.

Si no me voy, la entrego--pensaba el misntropo, apretando los
labios...--. Esta pcara me est asesinando.

--Te vas, Manolo?--le pregunt D. Baldomero desde el otro extremo de la
habitacin.

--Si me echan, padrino...! Su hijita de usted me quiere desterrar.

--Ay, qu pillo!... Si es todo lo contrario.

Barbarita I se adelant, diciendo: Extravagante, coge del brazo a la
polla, y pasate un momento de aqu a mi gabinete, y de mi gabinete
aqu. Te sientes mal? Eso no es ms que nervios. Distrete un poquito.
Brbara, anda.

Moreno le dio el brazo a Barbarita II, y empezaron los paseos. De su
conversacin insustancial cogi al vuelo Jacinta algunas clusulas,
cuando la pareja, en aquel ir y venir de su estancia a otra, pasaba
junto a ella. Yo?, no... me lo puedo creer.... Ay, qu cosas se le
ocurren!... Pero qu malo es usted...!. En cuanto vaya all me voy a
convertir al judasmo. Jess!.... Que yo tengo novio? De dnde ha
sacado eso?.... Lo apuntar para que no se me olvide.... No, si a m
no me gustan los pollos....

Si sta fuera ms lista--dijo la seora de Santa Cruz a su nuera--,
creo que le cazaba.

Pero Jacinta era muy incrdula en este particular, y miraba tristemente
a la pareja cuando pasaba. Al retirase, Moreno pudo hablarle un instante
sin testigos.

Se har lo que usted desea... Se ha de cumplir todo el programa...
todo, hasta en lo que se refiere el _nene_. Tendr usted su _Morenito_.

Jacinta observ en su mirada una expresin tan ttrica, que no pudo
menos de decirse: Est ya completamente trastornado.

Moreno sali con paso inseguro... La cabeza se le desvaneca, y al bajar
la escalera tuvo que agarrarse al barandal para no caerse... Cuando
digo que me he vuelto tonto, pero tonto de remate... Ya no s pensar. No
s adnde diablos se me ha ido la razn... Esta mujer me ha embrujado...
Nada, enteramente imbcil.




--iii--


En la soledad de su alcoba, encontrose mi hombre ms dueo de s
mismo, habiendo vencido aquella turbacin inexplicable con que saliera
de la casa de Santa Cruz. Despidi a su criado, despus de quitarse la
ropa, y envuelto en su bata se tendi en el sof. En aquellas tristes
horas engaaba el insomnio pasendose a ratos por la habitacin, a ratos
echado y descabezando un ligero intranquilo sueo. Acudan entonces a su
memoria las acciones e imgenes de aquel da o de los anteriores, a
veces las de fechas muy remotas y que no tenan relacin alguna con su
situacin presente. Aquella noche, cosa rara, apenas sali el ayuda de
cmara, Moreno se qued profundamente dormido en el sof, sin soar
nada; pero despert a la media hora, no pudiendo apreciar el tiempo que
su letargo durara. Al despertar huy de tal modo el sueo de su cerebro
y hallbase tan inquieto, que ni siquiera admita como probable la idea
de dormir. A la manera que el jugador saca las piezas del ajedrez y las
va poniendo sobre el tablero de casillas blancas y negras, as fue
sacando sus ideas. Tena por pareja a s mismo en aquel juego...
Adelante un pen.

Te has lucido! Campaa como esta...! Cunto tiempo hace que ests en
Espaa? A poco ms, ao completo. Y para qu? Para nada. Pobre hombre!
Lo que me pareci fcil, resulta no ya difcil, sino imposible... Para
ms contrariedad, delante de esa bendita y maldita mujer, me convierto
en el ms inspido de los colegiales. Por qu es esto? Y dime otra
cosa, idiota, qu tiene esa mona para que de este modo te hayas
embrutecido por ella? Otras son ms guapas, otras tienen ms ingenio,
otras hay ms elegantes; y sin embargo, es el nmero uno, el nmero
nico. De gustarme pasa a enloquecerme, y noto en m lo que no haba
notado nunca, una alegra, una tristeza... ganas de llorar, de rer, y
aun de hacer el tonto delante de ella. Nada, que a los cuarenta y ocho
aos me sale el sarampin y la edad del pavo. Tampoco me haba pasado
nunca lo que me pasa ahora, cortarme, sentir que quiero ser atrevido y
no puedo. Le voy a decir una galantera intencionada, y me sale una
simpleza. Me infunde un respeto que jams conoc. La sigo a Biarritz, la
acompao a Pars; y cuanto ms la trato, ms atado me veo por este
maldecido respeto... Me cortara yo este respeto como se corta una mano
gangrenada. A qu viene tal respeto? Qu quiere decir esto? Sea lo que
quiera, de esa mujer digo yo lo que hasta ahora no he dicho de ninguna,
y es que si fuera soltera, me casara con ella....

Se agit tanto, que tuvo que levantarse y ponerse a pasear. Vaya que
este mundo es una cosa divertida. Yo desgraciado; ella desgraciada,
porque su marido es un ciego y desconoce la joya que posee. De estas dos
desgracias podramos hacer una felicidad, si el mundo no fuera lo que
es, esclavitud de esclavitudes y toda esclavitud... Me parece que la
estoy viendo cuando le dije aquello... Qu risita, qu serenidad, y qu
contestacin tan admirable! Me dej pegado a la pared. Tan pegado estoy,
que no he vuelto por otra, y cuando preparo algo para decrselo, anda
valiente!... le digo todo lo contrario. Que se vuelva uno tan estpido,
es cosa que no me caba en la cabeza. Ay! Dios, si me muero, y el
pensamiento vive ms all de la muerte, estar viendo toda la eternidad
esta carita graciosa, con su expresin celestial, estos ojos serenos y
risueos, esta cabellera oscura con rfagas blancas que le hacen tanta
gracia... esta boca, que no habla sin que me duela el alma. Pobre
ngel!, su nica pasin es la maternidad, sed no satisfecha, desconsuelo
inmenso. Su pasin se me comunica y me abrasa; yo tambin quiero tener
un hijo, yo tambin. Si me parece que le estoy viendo!, si est aqu,
en los linderos de la vida, mirndome, dicindome que le traiga, y no
falta ms que traerlo. Vendra si ella quisiera. Tengo la seguridad de
que vendra; es una idea que se me ha clavado aqu. Y yo le digo: 'Por
un nio, bien se podra dar la virtud...'. Ah!, no tener valor para
decirle esto... Pero cmo?, si no hay palabra que se preste a
decirlo!....

La palpitacin que senta era tan fuerte que tuvo que sentarse. Se
ahogaba. En la regin cardiaca, o cerca de ella, ms al centro, senta
el golpe de sangre, con duro y contundente comps. Era como si un
herrero martillase junto al mismo corazn, remachando a fuego una pieza
nueva que se acababa de echar.

Esto es horrible. Si rompe, que rompa de una vez. Ay de m!... Si me
quisiera, el corazn se me curara; como que no es enfermedad lo que
tiene, sino impaciencia... hormiguilla... Qu habr hecho yo para ser
tan desgraciado? Ahora caigo en la cuenta de que no me he divertido
nunca. Todas mis aventuras han sido el deseo corriendo detrs del
fastidio. Y cree la gente que yo he sido un hombre feliz, que yo estoy
enfermo de congestin de goces! Estpidos!.

Sin saber cmo ni por qu, ciertas impresiones de aquel da se
reprodujeron en su mente. Entre ellas la menos fugaz fue esta: Por la
maana, entrando en el Retiro, se le puso delante uno de esos pobres
asquerosos que suelen pedir en los extremos de la poblacin, y que a
veces se corren hasta el centro. Era un hombre cubierto de andrajos, y
que andaba con un pie y una muleta; la otra pierna era un miembro
repugnante, el muslo hinchado y cubierto de costras, el pie colgando,
seco, informe y sanguinolento. Mostraba aquello para excitar la
compasin. Era la pierna para l su modo de vivir, su finca, su oficio,
lo que para los mendigos msicos es la guitarra o el violn. Tales
espectculos indignaban a Moreno, que al verse acosado por estos
industriales de la miseria humana, trinaba de ira. Pues cuando se volva
para no verle, el maldito, haciendo un quiebro con su gil muleta, se le
pona otra vez delante, mostrndole la pierna. Al aburrido caballero se
le quitaban las ganas de dar limosna, y por fin la dio para librarse de
persecucin tan terrorfica. Alejose del pordiosero, renegando. Ni
esto es pas, ni esto es capital, ni aqu hay civilizacin!... Qu
ganas tengo de pasar el Pirineo!.

Pues bien, aquella noche, se le represent el pobre paraltico con tanta
viveza, que casi casi crea verle en su alcoba. Hubo un instante en que
la alucinacin de Moreno lleg a ser tan efectiva, que se incorpor, y
cogiendo un libro que en la prxima silla estaba... Mira, si no te
marchas con tu pierna podrida.... Despus cay otra vez su cabeza en el
sof y se puso la mano sobre los ojos. El infeliz se ha de buscar la
vida de alguna manera. No tiene l la culpa de que no haya en esta
tierra maldita establecimientos de beneficencia. Si le veo maana, le
doy un duro... Vaya si se lo doy... Qu envidia le va a tener mi ta
Guillermina! Volvmonos ahora para la pared, a ver si me duermo un poco.
As; cerrar los ojos. No, mejor ser que los abra, y que me figure que
quiero despabilarme.

Lo que se desea no se tiene nunca. Ea, figurmonos que hago esfuerzos
para no dormirme. Y para qu quiero yo dormir? Mejor es estar as,
pensando uno en sus cosas. Estas rayas de papel, azules y verdes, se
quiebran a distancia de veinticinco centmetros; no, de veinte. La flor
gris alterna con la flor azul. Bonito dibujo. Cmo se le quedara la
cabeza al que lo invent!... Y aqu hay una pequea mancha... Creo que
si me pusiera a mirar la luz, me dormira ms pronto, Vuelta otra vez.

Mir la luz puesta sobre la mesa central, grande, redonda y cubierta con
rico tapete. La lmpara era de aceite, compuesta de dos candilones de
bronce unidos por un vstago. Ambas luces tenan pantallas verdes, con
aadidura de raso del mismo color, al modo de faldones que caan por una
sola parte de las dos circunferencias. La claridad se esparca por la
mesa, y el resto de la habitacin estaba en penumbra manchada, con
verdosa ptina de tapiz viejo. Sobre la mesa haba unos guantes, varios
libros, dos retratos en bonitos marcos, uno de ellos del gordo Arnaiz,
una papelera, juego de t de finsima porcelana, una cajita de marfil y
otros objetos muy lindos. Aquel guante--dijo Moreno--, que monta sobre
la papelera, parece exactamente un lebrel que corre tras la caza... Qu
silencio tan solemne hay ahora! El chorrear de la fuente de Pontejos, es
lo que se siente siempre, y alguno que otro coche que pasa por la
Puerta del Sol... Son los trasnochadores, que se retiran. As iba yo en
mi _cab_ al salir del club de Picadilly... slo que mi _cab_ corra como
una exhalacin y estos carruajes andan poco y parece que se deshacen
sobre los adoquines. Y cmo se me refrescan las memorias...! Parece que
estoy mirando a aquella prjima que se me apareci una noche en
Haymarket, al salir de aquel Bar... No me ha ocurrido otra...! Y cmo
se pareca a esta tonta de Aurora Feneln! Todo pas, todo va cayendo
atrs revolvindose en la estela que deja el barco....

De repente dio un salto, y levantndose se puso a dar paseos.

Maana mismo me voy--dijo--, s, me voy para siempre. Morirme yo aqu,
para que me lleven en esos carros tan cursis! No; gracias a Dios que
tomo una resolucin; y lo que es esta viene fuertecilla. Me ha entrado
de repente y con un empuje... No veo la hora de que amanezca para
mandarle a Tom que haga el equipaje. Maana har mis compras. No puede
uno ir de Espaa sin llevar los regalitos de abanicos y panderetas...
Ay, qu feliz me siento con esta idea que me ha dado! Irme!... Si
esto debiste resolverlo hace tiempo! Para qu ests aqu, para
consumirte ms? Vamos, no dir ella que no la obedezco; sus deseos son
rdenes. Me ha dicho: 'Amigo mo, vete', y me voy.

Me querr cuando me vaya? Pensar en m...? Bien podra ser... Si se
convenciera de que el amor que tiene a su marido es como echar rosas a
un burro para que se las coma, si se convenciera de esto...! Pero vaya
usted a esperar que se convenza. No puede ser. Quiere locamente a ese
mico, y se morir querindole. A m se me figura que le desprecia y le
ama: hay estos dualismos en el corazn humano. Pero yo digo: no pasar
por su mente alguna vez la idea de quererme a m? Me contentara con
esto, con que la idea hubiera pasado una vez; vamos, dos veces. Bien
puede haber dicho: 'qu bueno es este Moreno!, si yo fuera su mujer, no
me dara disgustos, y habramos tenido un chiquillo, dos o ms'. Quin
sabe... Habr dicho esto alguna vez? No s por qu me figuro que s lo
ha dicho. Qu s yo... dentro de m anida este convencimiento como un
germen de esperanza, como una semilla que est dentro de la tierra y que
no ha brotado pero que vive... Si me constara que ella se ha dicho esto,
yo al verla tan religiosa, me volvera el hombre ms catlico del
mundo... Por agradarle, cuntas funciones y misas haba de costear yo!
Y no hara esto con hipocresa, porque amndola, vendra la fe, la fe,
s, que se ha ido yo no s adnde... Creo que ya amanece. No tengo
sueo, ni lo tendr ms. Maana me voy, y me ira esta tarde, si tuviera
tiempo de arreglar el viaje... Y otra cosa.

Ir a despedirme de ella? No s qu determinar. Si la veo no me voy.
Pues por qu no? Me ir. Ella me ha dicho que me vaya, desea que me
vaya. De lejos la querr lo mismo que de cerca, y ella me querr tal
vez. Ser para ella como un sueo, y los sueos suelen herir el corazn
ms que la realidad.

Volvi a echarse, y se entretuvo contemplando con errante mirada las
paredes de la habitacin. Haba all un San Jos, cuadro grande, de
familia, que como pintura vala poco, pero Moreno lo tena en gran
estima, porque estuvo muchos aos en la alcoba donde l naci. Se
asociaba a las impresiones de su niez aquel santo tan guapote,
reclinado sobre nubes, con su vara, su nio, y aquella capa amarilla
cuyos pliegues hacan competencia al celaje. Se le refresc de tal modo
al buen caballero en aquel momento la memoria de su padre, que pareca
que le estaba viendo, y oyndole el metal de voz. A su madre no la haba
conocido, porque muri siendo l muy nio. Tambin se acord de cuando
su hermana y l (aquella misma hermana viuda que all viva), iban a la
casa del abuelito, en la Concepcin Jernima, cogidos de la mano. Y una
tarde, al revolver la calle Imperial, se perdieron, es decir, se perdi
ella, y l por poco se muere del susto. Pues un da que iba por la Plaza
de Provincia, vio el burro de un aguador, suelto: el dueo estaba en la
taberna prxima. Entrronle ganas a Manolito de montarse en el pollino,
y como lo pens lo hizo. Pero el condenado animal, en cuanto sinti el
jinete sali escapado, y aunque el chico haca esfuerzos por detenerlo,
no poda... Total, que lleg hasta la calle de Segovia, muy cerca del
puente. Y no fue que el burro se parara, sino que el jinete se cay,
abrindose la cabeza. Todava tena la seal. Por suerte, los hermanos
Garca, boteros, que tenan su taller de corambres debajo del
Sacramento, y le vieron caer, le conocan, y recogindole, le llevaron a
casa de su abuelito. La que se arm all! Acordbase D. Manuel de aquel
lance como si hubiera ocurrido el da anterior; vea a su abuelito, D.
Antonio Moreno, que todava usaba chorreras, corbatn de suela y casaca
a todas las horas del da. Hasta en el almacn (droguera al por mayor),
estaba de frac. Pues luego vino el pap y estuvo dudando si pegarle o
no... Lo peor de todo, fue que al asno no se le vio ms el pelo, y la
familia tuvo que pagar por l una fuerte indemnizacin. Si parece que
fue ayer deca Moreno, tocndose la frente, en el sitio donde estaba la
cicatriz.

Cuando ya clareaba el da, sinti ruido en la casa; mas al punto
comprendi lo que era. Ya est en pie la _rata eclesistica_. Ahora se
va a or siete misas lo menos... y a tratar de t a la Santsima
Trinidad. Pobrecilla, qu sacar de eso!... Pero en fin, saque o no
saque, es una felicidad ser as....




--iv--


Guillermina dio dos golpecitos en la puerta, y abrindola un poco,
asom por ella su cara sonrosada y sus ojos vivos. Hijo, al ver la luz
en tu alcoba, dije: ese pobrecillo estar en vela todava. Veo que
acert. Qu es eso?, has pasado otra mala noche?.

--Ya lo ves. Pasa. No he dormido nada. Y t?

--Yo?, del lado que me acuesto, amanezco. No duermo ms que cuatro
horas; pero van de un tirn. No ves que llego a casa rendida? Y lo que
tengo que cavilar lo cavilo por el da.

--Qu felicidad! Te vas ahora a misa?

--S, para lo que gustes mandar--replic la santa; y su semblante recin
lavado despeda tanta frescura como regocijo.

--Y tan tranquila...!, porque t ests muy tranquila... con tus misas
por la maana, y el resto del da dando cada sablazo que tiembla el
misterio. Sabes una cosa?, te tengo envidia... me cambiara por ti...

--Pues tonto (avanzando hacia l), lo que yo hago es lo fcil, qu ms
tienes que... hacerlo?

--Sintate un ratito--dijo Moreno, hacindolo en el sof y dando una
palmada en el asiento--. Ms santidad que en or siete misas, hay en
practicar las obras de misericordia, acompaando a los enfermos y dando
un ratito de conversacin a quien se ha pasado toda la noche en vela.
Dime una cosa. Cmo llevas las obras de tu asilo?

--Pues no lo sabes? (sentndose). Bien. Gracias a las almas
caritativas, la construccin va echado chispas. Jacinta lo ha tomado con
tanto calor, que hoy trabaja ms que yo, y maneja el sable con un garbo
que me deja tamaita.

--Tienes unas amigas que valen cualquier cosa. Esta noche he pensado en
ti y en tus devociones. Te asombrars si te digo que desde la madrugada
se me ha metido aqu un sentimiento desconocido, algo como ganas de
hacerme religioso, de pensar en Dios, de dedicarme a obras de piedad...

--Manolo!... (ponindose muy seria). Si empiezas con tus bromitas, me
voy.

--No, no es broma--replic l; y tena en su cara tal expresin de
abatimiento, que la santa se qued como lela mirndole...

--Pero ests de chanza o...? Manolo, en qu piensas?... Qu te pasa?

--Hay horas en la vida, que parecen siglos por las mudanzas que traen.
Hace un rato, vers qu cosa tan extraa! Me acord de un pobre que me
pidi limosna esta maana... Era un infeliz que tiene una pierna
deforme y repugnante, llena de lceras... Me pidi limosna y le arroj
una moneda de cobre, dicindole con horror: Qutese usted de delante de
m, so pillete. Pues esta noche he tenido aqu la visita de aquel
hombre... Le he visto, como te estoy viendo a ti, y primero me inspiraba
repugnancia, despus compasin, y acab por decirle: Quieres cambiarte
conmigo?. Porque con su pierna podrida, su muleta y su libertad,
disfruta l de una tranquilidad que yo no tengo. Su conciencia est como
un charco empozado en el cual no cae jams la piedra ms pequea. Pobre
de m!, cambiara con l; cambiara mi riqueza por su mendicidad, mi
corazn enfermo por su pierna inerte, y mi desasosiego por su paz. Qu
crees t?

--Creo que Dios te toca en el corazn--dijo la dama guiando los ojos, y
poniendo sobre la cabeza del triste caballero su mano derecha, en la
cual tena el libro de misa y el rosario--. No tienes t cara de bromas.
Alguna procesin muy grande te anda por dentro. Y si otras veces te da
la vena por decirme herejas y hacerme rabiar, no creas que te he tenido
por malo. Eres un bendito; y si vivieras siempre con nosotras y no te
pasaras la vida entre protestantes y ateos, t seras otro.

--Pero no sabes que me voy maana?

--Te vas?, de veras?--con vivo desconsuelo--.

Mal negocio. Buscando siempre la frialdad; huyendo siempre del calor de
la familia.

--No, si aqu es donde no me quieren--manifest Moreno con aire sombro.

--Que no te queremos? Vaya con lo que sales... Tontn, no digas
disparates.

--Mi vida est completamente truncada y rota. No hay manera de soldarla
ya... Cree que si me quisieran yo me quedara aqu, yo sera bueno, y
por darte gusto a ti y a tus amigas, me hara muy religioso, muy amigo
de Dios y de la Virgen; empleara todo mi dinero en obras de caridad,
protegera la devocin...

El asombro de la santa era tan grande, que no lo poda expresar. Abra
la boca, maravillada, cual si presenciara un milagro.

Pero de veras que t... Mira, hijo, si quieres que yo crea en ese
estado de tu espritu, es preciso que me lo pruebes....

--Cmo he de probrtelo?

--Vamos a ver--dijo la virgen y fundadora, con resolucin--. A que no
haces una cosa?

--A que s la hago?--A que no te vienes conmigo a San Gins?

--A que s. Levantose para tirar de la campanilla.

Necesito verlo para creerlo--dijo Guillermina, echando de sus ojos
chispazos de alegra--. Deja, yo llamar a Toms. El pobre chico no se
habr levantado todava.

--Creo que s... Tom!...

--Yo te har el t... Vamos, vete vistiendo.

Aquella salida matinal le agradaba, porque rompa las tediosas rutinas
de su existencia.

Vaya que si voy a la iglesia... (disponindose con actividad febril). Y
oir todas las misas que quieras, y rezar contigo... Dime, no va
Jacinta a esta hora a San Gins?.

--Hombre, tan temprano no. Un poco ms tarde que yo, suele ir Brbara.

--Pues me alegro de que seamos nosotros los primeros, los ms
madrugadores, los ms impacientes por cumplir y santificarnos... Tom!

El ingls entr, y a poco, cuando ya su amo estaba vestido, le trajo el
t. Guillermina, sirvindole el desayuno, le deca: Abrgate bien, que
las maanas estn frescas. No sea cosa que por empezar tu vida nueva,
vayas a coger una pulmona.

--Mejor... me he convencido de que vivir es la mayor de las sandeces--le
dijo l, bajando la escalera--. Para qu vive uno? Para padecer. El
pobre de la pierna es el que lo pasa regularmente. Porque aquello no
duele. Lleva su pierna por delante como si fuera una cosa bonita que el
pblico desea conocer.

--Hay mucha miseria--observ la dama, tomando el tema por otro lado--, y
los que tenemos qu comer nos quejamos de vicio. Mientras ms padezcamos
aqu, ms gozaremos all.

(El misntropo no dijo nada a esto. Segua tan pensativo.)

El mendigo de la pierna se ir al Cielo derechito, con su muleta, y
muchos de los ricos que andan por ah en carretela, irn tan muellemente
en ella a pasearse por los infiernos. Yo le pido a Dios que me d la ms
asquerosa de las enfermedades, y... no me quiere hacer caso; siempre tan
sana. Paciencia; l nos da siempre lo que nos conviene.

Tampoco a esto dijo nada Moreno. Entraron en San Gins, y Guillermina se
fue derecha a la capilla de la Soledad, a punto que empezaba la primera
misa. Mientras esta dur, la ilustre dama, aunque no apartaba su
atencin del Oficio, pudo advertir que su sobrino estaba tras ella,
cumpliendo con todo el ritual como cualquier devoto, arrodillndose y
levantndose en las ocasiones convenientes. Pero a la segunda misa
observole distrado e inquieto. Iba de un lado para otro, examinaba los
altares y las imgenes como si estuviera en un museo. Esto la disgust,
y tal fue su incomodidad, que no se atrevi a comulgar aquel da, porque
no se encontraba con el espritu absolutamente sereno y limpio. Ya en la
cuarta misa, el caballero aquel, no slo se distraa sino que perturbaba
la devocin de los fieles, pasando delante de los altares, donde se
deca misa, sin hacer la ms ligera genuflexin ni reverencia. Tendr
que decirle que se vaya--pensaba la santa--. Esa no es manera de estar
en la iglesia.

Hallbase Moreno contemplando una imagen yacente, encerrada en lujosa
urna de cristal, cuando sinti a su lado este susurro:

Bonita efigie verdad? Es el Cristo que sacamos en la procesin del
Santo Entierro.

Volviose y vio a su lado a Estupi, calado hasta las orejas el gorro
negro de punto, sealando la imagen con gesto de cicerone.

La mortaja de fina holanda la bordaron las seoras Micaelas, y es
regalo de doa Brbara. Escultura soberbia... y es de movimiento, porque
le clavamos en la cruz o le _descendemos_ segn conviene.

Y como el caballero no le dijese nada, Plcido se alej rezando entre
dientes. Sentose en un banco, y desde entonces, sin dejar de atender a
sus devociones, no le quitaba ojo al seor de Moreno, sin poder
explicarse su presencia en la parroquia. Es lo que me quedaba que
ver--deca--, D. Manolo aqu... l, que no tiene religin! Es que gusta
de ver las buenas imgenes... Por ah empec yo.

Menudo rspice le ech la fundadora a su sobrino cuando salieron. Pero,
hijo, me has quitado la devocin con tus paseos por la iglesia. Ya deca
yo que te habas de cansar.

--Pues ta, para primer da de curso, no puedes quejarte. Todo es
empezar. Ya ves que o una misita. Qu queras? Que fuera como t? Te
aseguro que me satisfizo el ensayo. Pas un rato muy agradable, en un
estado de tranquilidad que me ha hecho mucho bien. Te quejas de que me
paseaba por la iglesia?... Es que cuando uno va a hacer vida nueva, le
gusta enterarse... Quera yo mirar bien las imgenes. Crelo; si
siguiera en Madrid, me hara amigo de todas ellas. Me gusta verlas tan
hermosas, con sus ropas de lujo y sus miradas fijas en un punto. Parece
que estn viendo venir algo que no acaba de venir. Las que nos miran
parece que nos dicen algo cuando las miramos, y que efectivamente nos
han de consolar si les pedimos algo. Comprendo el misticismo; lo veo
claro... Ay!, si yo me quedara aqu...

--Por qu no te quedas?... Qu tonto!--le dijo la santa con
desconsuelo.

--Imposible!... me tengo que marchar... Y all voy a estar muy triste;
como si lo viera...

--Entonces... qudate. Quieres que te d una ocupacin? Buena falta te
hace. Te nombro sobrestante de mis obras, administrador de mis colectas
y sacristn mayor de mi capilla nueva, cuando est concluida.

Moreno se ech a rer con gana.

Monaguillo mayor...! Lo aceptara. Te juro que lo aceptara... Me
estoy volviendo enteramente infantil. Monaguillo en jefe! Y yo
encendera las velas, yo quitara el polvo a las imgenes y las pondra
tan guapas; yo charlara con las beatas...! No lo creers; pero dentro
de m est naciendo algo que se compagina muy bien con ese oficio
humilde.

--Si eres t un buenazo. La ociosidad, lo mucho que te has divertido y
el _espln_ ingls te ponen as. Y yo te juro que te aburrirs ms si no
vuelves a Dios tus miradas. Haz lo que yo, Manolo; dale un puntapi al
mundo; hazte chiquito para ser grande; bjate para subir. T ya no eres
pollo; t no te has de casar ya. Ni te conviene el andar siempre de
viaje, como una carta con el sobre mal puesto, que recorre todas las
estafetas del mundo. Mujeres, para qu sirven sino de perdicin? Ten un
cuarto de hora de arrojo, y ofrcele a Dios lo que te queda de vida. No
es esto decir que te metas fraile: hay mil maneras de ganarse la dicha
eterna. Oye lo que se me ocurre. Por qu no dedicas tu dinero, tu
actividad y todo tu espritu a una obra grande y santa, no a una obra
pasajera, sino a esas que quedan, para bien de la humanidad y gloria de
Dios? Levanta de nueva planta un buen edificio, un asilo para este o el
otro fin, por ejemplo, un gran manicomio en que se recoja y cuide a los
pobrecitos que han perdido la razn...

--T tienes la mana de los edificios, y quieres pegrmela a m...

--Es lo primero que se me ha ocurrido. Te parece mala idea? Un
manicomio modelo, como los que habrs visto en el extranjero. Aqu
estamos en eso muy atrasados. Haras una inmensa obra de caridad, y
Madrid y Espaa te bendecirn.

--Un manicomio!--dijo Moreno, sonriendo de un modo que le hel la
sangre a su generosa ta--. S, no me parece mal. Y lo estrenaramos t
y yo...




--v--


Despidiose Guillermina a la puerta de la casa, para ir al asilo, y
l subi. Cosa ms rara! Apenas se cansaba al acometer la escalera.
Sentase muy bien aquella maana, el espritu confortado, la palpitacin
muy adormecida, el apetito despierto. Al entrar en su casa, pidi ms
t, y mientras Tom se lo serva, le dijo en espaol:

Maana nos vamos. Haz el equipaje. Avisars a Estupi... Que me haga
el favor de venir, para que me traiga de las tiendas algunas cosillas.
No puede uno ir de Espaa a Inglaterra sin llevar a los amigos alguna
chuchera que tenga color local.

Luego sigui hablando consigo mismo: Es un mareo. Si no lleva usted
panderetas con figuras de toros, chulos u otras porqueras as, se lo
comen vivo. Veremos si encuentro algunas acuarelas. Tambin necesito
mantas, moas de toros, y tratar de encontrar algn cacharro de
carcter. No hay peor calamidad que ser amigo de coleccionistas.
Estupi, que en aquella temporada frecuentaba el trato de Moreno, por
haberle este confiado la administracin de su casa de la Cava, se
present dispuesto a llevarle todo el contenido de las tiendas de Madrid
para que escogiese. Panderetas de las ms abigarradas, abanicos y
algunos cuadritos fueron llegando sucesivamente en todo el transcurso
del da, y D. Manuel escoga y pagaba. Aquello le entretuvo
agradablemente, y se rea pensando en la felicidad que iba a repartir
entre sus amistades londonenses. Esta suerte de picas con el caballo
pisndose las tripas est pintiparada para las de Simpson, que son tan
marimachos. Esta pandereta, con la chula tocando la guitarra, para
_miss_ Newton. Si ella viera los originales, qu desilusin! Esta
pareja del andaluz a caballo y la maja en la reja pelando la pava, para
la sentimental y romancesca _mistress_ Mitchell, que pone los ojos en
blanco al hablar de Espaa, el pas del amor, del naranjo y de las
aventuras increbles... Ah!, este D. Quijote reventando a cuchilladas
los cueros de vino, para el amigo Davidson, que llama a D. Quijote _don
Cuiste_, y se las tira de hispanfilo... Bien, bien. De cacharros
estamos tal cual. Estos botijos son horribles. Toda la cermica moderna
espaola no vale dos cuartos. A ver, Plcido, seras t capaz de
buscarme un vestido de torero completo?... Lo quiero para un amigo que
suea con ponrselo en un baile de trajes... Estar hecho un mamarracho.
Pero a nosotros no nos importa. Podrs buscrmelo?.

--Pues ya lo creo--dijo Plcido, para quien no haba nunca dificultades
tratndose de compras--. Usado o sin usar?

--Hombre, sin usar... En fin, como le encuentres...

Sali Estupi como si Mercurio le hubiera prestado sus alados
borcegues, y a poco entr el domstico, a quien su amo tena tambin
ocupado en la busca de ciertos encargos. Tom se haba aficionado mucho a
los toros; no perda corrida, y entre sus amigos contaba a varias
eminencias del arte del cuerno. Por esto le dio Moreno el encargo de
buscarle alguna moa, de las que guardan los aficionados como veneradas
reliquias, y convena que tuviesen manchas de sangre y muchos pisotones,
con seales de la trgica brega. Muy desconsolado entr el ingls,
diciendo que no encontraba moas ni aun ofreciendo por ellas un ojo de
la cara.

Mira, chico--le dijo su amo--, no te apures. Puesto que no se
encuentran moas, llevaremos otra cosa. Has visto por ah, en el Prado
y Recoletos, a un to muy feo que lleva una cesta y en ella, puestos en
caas, formando como un gran rbol, multitud de molinillos de papel
dorado y plateado y de todos los colores...? sabes?, molinillos que
dan vueltas con el viento, y que los nios compran por dos o tres
peniques? Pues trete una docena, los llevamos y decimos que esas son
las moas que se les ponen a los toros cuando salen a la plaza, brrrr...
reventando al mundo entero con aquellos cuernos tan afilados... Y se lo
creen... Si conocer yo a mi gente.

Tom se rea; pero en su interior rechazaba aquella superchera por dos
mviles de conciencia, el mvil de la rectitud inglesa y el de la
formalidad del aficionado a toros. Con el fraude propuesto por su amo se
cometan dos graves faltas, engaar a una nacin y ultrajar el
respetable arte de la Tauromaquia, el verdadero _sport_ trgico. No s
qu se decidi de esto. En tanto Rossini llenaba la casa de abanicos y
panderetas, y Moreno escoga y pagaba, entretenindose luego en
envolverlos en papeles y en ponerles rtulos con el nombre del
destinatario.

Haba resuelto hacer muy pocas visitas de despedida, pretextando el mal
estado de su salud. Despus de almorzar, baj al escritorio, y se ocup
de liquidar y poner en claro su cuenta personal. No intervena en ningn
negocio; y el trabajo de banca, que en otro tiempo le haba gustado
tanto, aburrale ya. Pero aquel da pareci que se le despertaban las
aficiones, porque habl largamente de negocios con Ruiz Ochoa,
recomendndole no dejase de interesarse en alguna subasta de pastas de
oro para el Banco. Me parece que este ao he de comprar algn oro...
Bien podis andar aqu con mucho pulso en eso de acuar tanta plata,
porque este metal va para abajo y ha de ir mucho ms. Al precio que
tienen aqu las libras, vale ms expedir oro, y por mi parte, me he de
llevar todo el que pueda. En esto entr Ramn Villuendas, preguntando a
cmo tomaban las libras, y la conversacin vino a recaer sobre el mismo
tema. l estaba mandando oro y ms oro...

Este pico, ddselo a Guillermina dijo Moreno al ver, en la cuenta de
alquileres de sus casas, un sobrante con que no contaba.

Entraron otras personas y se habl de muy diferentes cosas. Mientras
dur aquella conversacin, pensaba Moreno si ira o no a despedirse de
los de Santa Cruz. Si no iba, se ofendera quizs su padrino, y yendo,
podan sobrevenirle contrariedades mayores, incluso la de arrepentirse
del viaje y aplazarlo... No haba ms remedio que ir. Pero a qu hora?
A la de comer? Titubeaba, y de vuelta a su casa, estuvo discurriendo un
largo rato sobre aquel problema de la hora. Adoptado un partido--se
dijo--, lo mejor ser que no la vea ms en carne y hueso, porque lo que
es en idea, vindola estoy a todas horas. Qu chiquillo me he
vuelto!... En fin, tengo tiempo de pensarlo de aqu a maana, porque lo
que es hoy, no ir.

A eso de las cinco fue el misntropo a una tienda de la Plaza Mayor a
ver las mantas granadinas con que quera obsequiar a sus amigos
ingleses. All estuvo un cuarto de hora, y el tendero le propuso
mandarle con Plcido lo mejor que tena, para que escogiese. Ya era casi
de noche, y vala ms que el seor examinase de da el gnero. As se
convino y volviose a su casa. Al entrar en el portal sinti un golpecito
en el hombro. Era Jacinta que le pegaba un paraguazo. Quedose el buen
seor como si le hubieran dado un tiro. Quiso hablar y no pudo. Jacinta
le cogi del brazo, y rebasados los primeros escalones, empez el
dilogo.

Con que al fin se va usted?.

--Al fin me arranco. Ya era tiempo...

--Pero qu, se cansa usted mucho hoy...? Pues vamos despacio, ms
despacio si usted quiere... Ah!, ya me ha contado Guillermina que hoy
estuvo usted muy santito... As me gusta a m la gente.

--Por qu no fue usted a verme?... Estaba yo ms salado...!

--Si no lo saba. Vuelve usted maana?

--De veras que va usted a ir a verme?... Cmo se reir de m!

--Rerme! Qu cosas se le ocurren! Ir a tomar ejemplo.

--A que no va?--A que s?--Pues all me tendr, hacindole la
competencia a Estupi... Ver usted, ver usted... cada da ms.

--Cada da! Pero no se va usted maana?

--Es verdad, no me acordaba... Bueno, pues no me ir.

--Eso no; le conviene a usted marcharse, y all seguir haciendo su
noviciado.

--All no vale.--Cmo que no vale?--Porque all me cogen por su cuenta
unas amigas protestantes que tengo, y que quiera que no, me hacen
renegar... Usted tendr la culpa; sobre su conciencia va. Conque me
quedo o me voy?

--Pues con esa responsabilidad tan grande no me atrevo a aconsejarle.
Haga usted lo que le parezca mejor... Vaya, por fin llegamos. Se ha
cansado usted mucho?

--Un poquitito... pero con usted siempre contento. Quiere usted volver
a bajar?

--Otra vez?--S, para volver a subir... Como si quisiera usted ir al
cuarto piso.

--No me lo perdonara, si usted me acompaaba, fatigndose tanto.

Entraron, y Jacinta se meti en el cuarto de la santa. Moreno fuese al
suyo y se dej caer en el sof, echndose el sombrero para atrs.
Pensaba descansar un ratito y pasar luego a la habitacin de
Guillermina. No, no paso; no quiero verla ms. Para qu atormentarme?
Se acab. Pongmosle encima una losa. Al poco rato, sintiendo que
Jacinta sala, acercose a la puerta con nimo de verla. Pero no puedo
ver nada. Como an no haban encendido la luz del recibimiento, slo
columbr un bulto, una sobra y pudo or dos o tres palabras que se
dijeron, al despedirse, Jacinta y la _rata eclesistica_. Esta fue
entonces al cuarto de su sobrino, y hallole dando vueltas en l. Qu
tal te encuentras, catecmeno? le dijo con mucho cario.

--Regular, casi bien... Espero dormir esta noche.

--Recgete temprano.--Eso pienso hacer... y maana... Oye una cosa: no
te ha dicho Jacinta que maana pienso volver a San Gins?

--No, no me lo ha dicho.--No te ha dicho que ella ira a verme tan
devoto?

--No... no hemos hablado una palabra de ti.

--Ni dijo que haba subido conmigo y que...?

--No... nada. Moreno sinti que la horrible pulsacin de su pecho era
anegada por una onda glacial. En aquel punto tuvo que sentarse, porque
le flaqueaban las piernas, y se le desvaneca la cabeza.

Pues si quieres volver maana, yo vendr a llamarte. Se entiende, si
pasas buena noche.

--Iremos a pasar un rato--dijo Moreno de una manera lgubre--, y a
echarle a mi desesperacin una hora de esparcimiento, como se le echa
carne a una fiera para que no muerda.

--Si t le pidieras al Seor... pero bien pedido... que te curara esos
_esplines_, te los curara... Pdeselo, hijo; pero si sabr yo lo que
me digo!

--Qu has de saber t?... Qu has de saber lo que hay del lado de all
de la puerta negra?

--Ahora sales con eso?... T podrs haber perdido parte de la fe; pero
toda no se pierde nunca. Esas cosas se dicen sin creer en ellas, por
fatuidad. Con todas sus bromas, si te rascan, aparece el creyente...

--No, tonta, yo no creo en nada, en nada, en nada--le dijo Moreno con
nfasis, complacindose en mortificarla.

--Todo sea por Dios... Entonces, para qu vienes conmigo a la iglesia?

--Toma, por distraerme un rato, por verte a ti, por ver a Estupi,
figuras raras de la humanidad, excentricidades, tipos, como todo esto
que yo llevo a Londres para los aficionados a lo caracterstico y al
color local.

Guillermina daba suspiros. No quera incomodarse.

Para rarezas t...--dijo al fin echndose a rer--. A ti s que te
deban ensear por las ferias... _a dos reales, un real los nios y
soldados_. Cree que ganaba dinero el que te expusiera.

--Con un carteln que dijese: se ensea aqu el hombre ms desgraciado
del mundo.

--Por su culpa, por su culpa; hay que aadir eso. Ser desgraciado y no
volver los ojos a Dios es lo ltimo que me quedaba que ver. Eso es,
bruto, encengate ms; hazte ms materialista y ms gozn, a ver si te
sale la felicidad... Eres un soberbio, un tonto... Mira, sobrino, me
voy, porque si no me voy te pego con tu propio bastn.

Y l estaba tan abstrado que ni siquiera la sinti salir.




--vi--


Comi con regular apetito en compaa de su hermana y de
Guillermina. Cuando concluyeron, dijo a esta que haba dado orden en el
escritorio de que le entregaran el sobrante de su cuenta personal, con
cuya noticia su puso la fundadora como unas castauelas, y no pudiendo
contener su alegra, se fue derecha a l, y le dijo: Cunto tengo que
agradecer a mi querido ateo de mi alma! Sigue, sigue dndome esas
pruebas de tu atesmo, y los pobres te bendecirn... Ateo t? Ni
aunque me lo jures lo he de creer!. Moreno se sonrea tristemente. Tal
entusiasmo le entr a la santa, que le dio un beso... Toma, perdido,
masn, luterano y anabaptista; ah tienes el pago de tu limosna.

Sentase l tan propenso a la emocin, que cuando los labios de la santa
tocaron su frente, le entr una leve congoja y a punto estuvo de darlo a
conocer. Estrech suavemente a la santa contra su pecho, dicindole: Es
que lo uno no quita lo otro, y aunque yo sea incrdulo, quiero tener
contenta a mi _rata eclesistica_, por lo que pudiera tronar. Supongamos
que hay lo que yo creo que no hay... Podra ser... Entonces mi querida
_rata_ se pondra a roer en un rincn del cielo para hacer un agujerito,
por el cual me colara yo....

--Y nos colaramos todos--indic la hermana de Moreno, gozosa, pues le
hacan mucha gracia aquellas bromas.

--Vaya si le har el agujerito!--dijo Guillermina--. Roe que te roe me
estar yo un rato de eternidad, y si Dios me descubre y me echa una
peluca, le dir: Seor, es para que entre mi sobrino, que era muy
ateo... de jarabe de pico, se entiende; y me daba para los pobres. El
Seor se quedar pensando un rato, y dir: Vaya, pues que entre sin
decir nada a nadie.

A las diez estaba el misntropo en su habitacin, disponindose para
acostarse. Se te ofrece algo? le dijo su hermana.

--No. Tratar de dormir... Maana a estas horas estar oyendo cantar el
_botijo e leche_. Qu aburrimiento!

--Pero, hombre, qu ms te da? Con no comprrselo si no te gusta... Si
esa gente vive de eso, djales vivir.

--No, si yo no me opongo a que vivan todo lo que quieran--replic Moreno
con energa--. Lo que no quita que me cargue mucho, pero mucho, or el
tal pregn...

--Vaya por Dios... Otras cosas hay peores y se llevan con paciencia.

Despus lleg Tom, y la hermana de Moreno se retir a punto que entraba
Guillermina con la misma cantinela: Quieres algo?... A ver si te
duermes, que no es mal ajetreo el que vas a llevar maana. Mira; de
Pars telegrafas, para que sepamos si vas bien....

Daba algunos pasos hacia fuera y volva: Lo que es maana no te llamo.
Necesitas descanso. Tiempo tienes, hijo, tiempo tienes de darte golpes
de pecho. Lo primero es la salud.

--Esta noche s que voy a dormir bien--anunci D. Manuel con esa
esperanza de enfermo que es gozo empapado en melancola--. No tengo
sueo an; pero siento dentro de m un cierto presagio de que voy a
dormir.

--Y yo voy a rezar porque descanses. Vers, vers t. Mientras ests
all, rezar tanto por ti, que te has de curar, sin saber de dnde te
viene el remedio. Lo que menos pensars t, tontn, es que la _rata
eclesistica_ te ha tomado por su cuenta y te est salvando sin que lo
adviertas. Y cuando te sientas con alguna novedad en tu alma, y te
encuentres de la noche a la maana con todas esas mculas ateas bien
curadas, dirs milagro, milagro! y no hay tal milagro, sino que
tienes el padre alcalde, como se suele decir. En fin, no te quiero
marear, que es tarde... Acustate prontito, y durmete de un tirn siete
horas.

Le dio varios palmetazos en los hombros, y l la vio salir con
desconsuelo. Habra deseado que le acompaase algn tiempo ms, pues sus
palabras le producan mucho bien.

Oye una cosa... Si quieres llamarme temprano, hazlo... Yo te prometo
que maana estar ms formal que hoy.

--Si ests despierto, entrar. Si no, no--dijo Guillermina volviendo--.
Ms te conviene dormir que rezar. Necesitas algo? Quieres agua con
azcar?

--Ya est aqu. Retrate, que t tambin has de dormir. Pobrecilla, no
s cmo resistes... Vaya un trabajo que te tomas!...

Iba a decir y todo para qu? pero se contuvo. Nunca le haba sido tan
grata la persona de su ta como aquella noche, y se sinti atrado hacia
ella por fuerza irresistible. Por fin se fue la santa, y a poco, Moreno
orden a su criado que se retirara. Me acostar dentro de un
ratito--dijo el caballero--; pues aunque creo que he de dormir, todava
no tengo ni pizca de sueo. Me sentar aqu y revisar la lista de
regalos, a ver si se me queda alguno. Ah!, conviene no olvidar las
mantas. La hermana de Morris se enfadar si no le llevo algo de mucho
carcter.... La idea de las mantas llev a su mente, por
encadenamiento, el recuerdo de algo que haba visto aquella tarde. Al ir
a la tienda de la Plaza Mayor en busca de aquel original artculo,
tropez con una ciega que peda limosna. Era una muchacha, acompaada
por un viejo guitarrista, y cantaba jotas con tal gracia y maestra, que
Moreno no pudo menos de detenerse un rato ante ella. Era horriblemente
fea, andrajosa, ftida, y al cantar pareca que se le salan del casco
los ojos cuajados y reventones, como los de un pez muerto. Tena la cara
llena de cicatrices de viruelas. Slo dos cosas bonitas haba en ella:
los dientes, que eran blanqusimos, y la voz pujante, argentina, con
vibraciones de sentimiento y un dejo triste que llenaba el alma de
punzadora nostalgia. Esto s que tiene carcter pensaba Moreno
oyndola, y durante un rato tuvironle encantado las cadencias
graciosas, aquel amoroso gorjeo que no saben imitar las celebridades del
teatro. La letra era tan potica como la msica.

Moreno haba echado mano al bolsillo para sacar una peseta. Pero le
pareci mucho, y sac dos peniques (digo, dos piezas del perro), y se
fue.

Pues aquella noche se le representaron tan al vivo la muchacha ciega, su
fealdad y su canto bonito, que crea estarla viendo y oyendo. La popular
msica revivi en su cerebro de tal modo, que la ilusin mejoraba la
realidad. Y la jota esparca por todo su ser tristeza infinita, pero que
al propio tiempo era tristeza consoladora, blsamo que se extenda
suavemente untado por una mano celestial. Deb darle la peseta pens,
y esta idea le produjo un remordimiento indecible. Era tan grande su
susceptibilidad nerviosa, que todas las impresiones que reciba eran
intenssimas, y el gusto o pena que de ellas emanaban, le revolvan lo
ms hondo de sus entraas. Sinti como deseos de llorar... Aquella
msica vibraba en su alma, como si esta se compusiera totalmente de
cuerdas armoniosas. Despus alz la cabeza y se dijo: Pero estoy
dormido o despierto? De veras que deb darle la peseta... Pobrecilla!
Si maana tuviera tiempo, la buscara para drsela.

El reloj de la Puerta del Sol dio la hora. Despus Moreno advirti el
profundsimo silencio que le envolva, y la idea de la soledad sucedi
en su mente a las impresiones musicales. Figurbase que no exista nadie
a su lado, que la casa estaba desierta, el barrio desierto, Madrid
desierto. Mir un rato la luz, y bebindola con los ojos, otras ideas le
asaltaron. Eran las ideas principales, como si dijramos las ideas
inquilinas, palomas que regresaban al palomar despus de pasearse un
poco por los aires. Ella se lo pierde...--se dijo con cierta conviccin
enftica--. Y en el desdn se lleva la penitencia, porque no tendr
nunca el consuelo que desea... Yo me consolar con mi soledad, que es el
mejor de los amigos. Y quin me asegura que el ao que viene, cuando
vuelva, no la encontrar en otra disposicin? Vamos a ver... por qu no
haba de ser as? Se habr convencido de que amar a un marido como el
que tiene es contrario a la naturaleza; y su Dios, aquel buen Seor que
est acostado en la urna de cristal, con su sbana de holanda finsima,
aquel mismo Dios, amigo de Estupi, le ha de aconsejar que me quiera.
Oh!, s, el ao que viene vuelvo... en Abril ya estoy andando para ac.
Ya ver mi ta si me hago yo mstico, y tan mstico, que dejar
tamaitos a los de aqu... Oh!... mi nia adorada bien vale una misa. Y
entonces gastar un milln, dos millones, seis millones, en construir un
asilo benfico. Para qu dijo Guillermina? Ah!, para locos; s, es lo
que hace ms falta... y me llamarn la _Providencia de los
desgraciados_, y pasmar al mundo con mi devocin... Tendremos uno, dos,
muchos hijos, y ser el ms feliz de los hombres... Le comprar al
Cristo aquel tan lleno de cardenales una urna de plata... y....

Se levant, y despus de dar dos o tres paseos, volvi a sentarse junto
a la mesa donde estaba la luz, porque haba sentido una opresin
molestsima. Las pulsaciones, que un instante cesaron, volvieron con
fuerza abrumadora, acompaadas de un sentimiento de plenitud torcica.
Qu mal estoy ahora!... pero esto pasar, y me dormir. Esta noche voy
a dormir muy bien... Ya va pasando la opresin. Pues s, en Abril
vuelvo, y para entonces tengo la seguridad de que....

Tuvo que ponerse rgido, porque desde el centro del cuerpo le suba por
el pecho un bulto inmenso, una ola, algo que le cortaba la respiracin.
Alarg el brazo como quien acompaa del gesto un vocablo; pero el
vocablo, expresin de angustia tal vez, o demanda de socorro, no pudo
salir de sus labios. La onda creca, la sinti pasar por la garganta y
subir, subir siempre. Dej de ver la luz. Puso ambas manos sobre el
borde de la mesa, e inclinando la cabeza, apoy la frente en ellas
exhalando un sordo gemido. Dejose estar as, inmvil, mudo. Y en aquella
actitud de recogimiento y tristeza, expir aquel infeliz hombre.

La vida ces en l, a consecuencia del estallido y desbordamiento
vascular, producindole conmocin instantnea, tan pronto iniciada como
extinguida. Se desprendi de la humanidad, cay del gran rbol la hoja
completamente seca, slo sostenida por fibra imperceptible. El rbol no
sinti nada en sus inmensas ramas. Por aqu y por all caan en el mismo
instante hojas y ms hojas intiles; pero la maana prxima haba de
alumbrar innumerables pimpollos, frescos y nuevos.

Ya de da, Guillermina se acerc a la puerta y aplic su odo. No senta
ningn rumor. No haba luz. Duerme como un bendito... Buen disparate
hara si le despertara. Y se alej de puntillas.




-III-

Disolucin




--i--


A mediados de Noviembre, Fortunata estaba algo desmejorada.
Observndola, Ballester se deca: Cuando yo digo que me deba querer a
m en vez de consumir su vida por ese botarate! Qu mujeres estas! Son
como los burros, que cuando se empean en andar por el borde del
precipicio, primero lo matan a palos que tomar otro camino.

Desde la rebotica, donde estaba trabajando, la vio pasar por la calle:
All va la nave. Siempre tan puntual a la citita. Doa Lupe furiosa, el
pobre Rubn ido, y esta paloma volando al tejado del vecino. Qu lejos
est ella de que le he descubierto el escondrijo! Trabajillo me cost;
pero me sal con la ma. Y no es que me proponga delatarla... cosa
impropia de un caballero como yo. Hgolo para mi gobierno. Yo soy as;
me gusta seguir los pasos de la persona que me interesa... De seguro que
al volver del tortoleo entra por aqu... Ah!, qu memoria la tuya,
Segismundo; ya no te acordabas de que para hoy le prometiste tener
hechas las pldoras de _hatchisschina_, que le quieren dar al pobre
Maxi, a ver si le levantan y aclaran un poco aquellos espritus tan
entenebrecidos. Vamos a ello, y que la alegra ms expansiva y la ms
placentera ilusin de vida _(sacando de un armario el frasco del
extracto indiano)_, iluminen el cacumen de mi infeliz amigo, a la accin
de este precioso excitante.

Dos o tres horas despus de esto, Fortunata entraba en la botica. El
farmacutico observ pintada en su semblante la consternacin. Sin duda
tena una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden
expresarse sino con la imagen retrica de una espada traspasando el
pecho. Amiga ma--le dijo Ballester--, no tema usted que la mortifique
con consuelos vulgares. Usted padece hoy, y no es cosa de poco ms o
menos, sino alguna tribulacin muy gorda lo que usted tiene dentro. No,
ni me lo niegue. Su cara de usted es para m un libro, el ms hermoso de
los libros. Leo en l todo lo que a usted le pasa. No valen evasivas. Ni
pretendo que me confe sus penitas, hasta que no se convenza de que el
mdico llamado a currselas soy yo.

--Vaya Ballester--dijo Fortunata con malsimo humor--. No estoy ahora
para bromas.

--Lo creo... Tiene usted el corazn como si se lo estuvieran apretando
con una soga...

--Ay!, s...--exclam con arranque la joven a quien faltaba poco para
echarse a llorar.

--Y usted ha llorado, porque los ojos tambin lo estn diciendo.

--S, s... pero djese de tonteras y no se meta en lo que no le
importa. Est usted hoy muy agudo.

--_Siempre lo fue don Garca_. Para otras personas tendr usted
secretos, para m no. S de dnde viene usted. S la calle, nmero de la
casa y piso... Y si me apura, s lo que ha ocurrido. Desazn; que si t,
que si yo; que no me quieres, que s, que tira, que afloja, que vira,
que vuelta; que me engaas, que no, que t ms, y hemos concluido, y
adis, y all va la lagrimita.

La seora de Rubn dej caer la cabeza sobre el pecho, dando un chapuzn
en el lago negro de su tristeza. Ballester la miraba sin osar decirle
nada, respetando aquel dolor que por lo muy verdadero no poda
disimularse. Por fin, Fortunata, como quien vuelve en s, se levant de
la silla, y le dijo:

--Esas pldoras, las ha hecho usted?

--Aqu estn (entregndole la cajita). Y a propsito, a usted no le
vendr mal tomarse una.

--Yo?... Lo mo no va con pldoras... Qudese con Dios; me voy a mi
casa.

--Consolarse--le dijo Segismundo en la puerta--. La vida es as; hoy
pena, maana una alegra. Hay que tener calma, y tomar las cosas como
vienen, y no ligar todo nuestro ser a una sola persona. Cuando una vela
se acaba, debe encenderse otra... Conque tengamos valor, y aprendamos a
despreciar... Quien no sabe despreciar, no es digno de los goces del
amor... Y por ltimo, simptica amiga ma, ya sabe que estoy a sus
rdenes, que tiene en m el ms rendido de los servidores para cuanto se
le ocurra, amigo diligente, reservadsimo, buena persona... Abur.

Subi la joven a su casa. Doa Lupe no estaba, porque en aquellos das
iba infaliblemente a las subastas del Monte de Piedad. Maximiliano
permaneca largas horas en su despacho o en la alcoba, sin salir ni
siquiera a los pasillos, sumergido en una meditacin que ms bien
pareca somnolencia, por lo comn echado en el sof, la vista fija en un
punto del techo, al modo de penitente visionario. No molestaba a nadie;
no se resista a tomar el alimento ni las medicinas, sometindose
silenciosamente a cuanto se le mandaba, como si lo dominante, en aquella
fase del proceso enceflico, fuera la anulacin de la voluntad, el no
ser nada para llegar a serlo todo. Considerndose sola en la casa,
Fortunata anduvo de una parte a otra, buscando una ocupacin que la
distrajera y consolara. Imposible. Mientras ms trabajaba, con ms
energa y claridad repeta su mente lo que le haba pasado aquella
maana. Yo me voy a volver loca--se dijo ponindose a mojar la ropa--.
Ms loca estoy que el pobre Maxi, y esto me acaba de rematar.

Sin que se interrumpiera la accin mecnica, el espritu de la pobre
mujer reproduca fielmente la escena aquella, con las palabras, los
gestos y las inflexiones ms insignificantes del dilogo. En medio de la
reproduccin iban colocndose, como anotaciones puestas al acaso, los
comentarios que se le ocurran. El trabajo de su cerebro era una
calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la
memoria, revolvindose con desorden y alumbrndose unas a otras con
aquella claridad de relmpago que a cada instante despedan.

Tontera grande fue decrselo... l est hace tiempo muy fro, y como
con ganas de romper. Cansado otra vez!, cansado; y all por Junio, s,
bien me acuerdo de que era en Junio, porque estaban poniendo los palos
para el toldo de la procesin del Corpus, me dijo que nunca ms me
dejara, que se avergonzaba de haberme abandonado dos veces, y qu s
yo cuntas mentiras ms!... Lo que hace ahora es buscar un pretexto para
llamarse andana... Cristo!, qu cara me puso cuando le dije
aquello...! 'No seas bobito, ni fes tanto en la virtud de tu mujer.
Pues qu te crees? Que no es ella como las dems? Para que lo sepas;
tu mujer te ha faltado con aquel seor de Moreno, que se muri de
repente, una noche. La suerte tuya fue que dio el estallido; y es que
los corazones revientan, de la fuerza del querer... Crete, como Dios es
mi padre, que la _mona del Cielo_ le quera tambin, y tenan sus
citas... no s dnde... pero las tenan. Tan listo como eres, y a ti
tambin te la dan...'. Bendito Dios, qu cara me puso! Ah!, el amor
propio y la soberbia le salan a borbotones por la boca....

Despus senta claramente en su odo la vibracin de aquella rplica que
la haba hecho estremecer, que an la alumbraba, porque las palabras se
repetan sin cesar como la pieza de una caja de msica, cuyo cilindro,
sonada la ltima nota, da la primera. Pero qu te has figurado, que mi
mujer es como t? De dnde has sacado esa historia infame? Quin te ha
metido en la cabeza esas ideas? Mi mujer es sagrada. Mi mujer no tiene
mancilla. Yo no la merezco a ella, y por lo mismo la respeto y la admiro
ms. Mi mujer, entindelo bien, est muy por encima de todas las
calumnias. Tengo en ella una fe absoluta, ciega, y ni la ms ligera duda
puede molestarme. Es tan buena, que sobre serme fiel, tiene la costumbre
de entregarme todos sus pensamientos para que yo los examine. Ojal
pudiera yo entregarle los mos! Y ahora, cuando t me traes esos
absurdos cuentos, me veo tan por bajo de ella, que no puede ser ms. T
misma me ests castigando con eso de decirme que mi mujer es como t, o
que en algo puede parecerse a ti. Me castigas porque me demuestras la
diferencia; te comparo con ella, y si pierdes en la comparacin, chate
a ti la culpa... Para concluir, si vuelves a pronunciar delante de m
una palabra sola referente a mi mujer, cojo mi sombrero... y no vuelves
a verme ms en todos los das de tu vida.

Comentario: Y yo que me haba hecho la ilusin de que no era honrada,
para salir ahora con que no tengo ms remedio que confesar que lo es!
Habr visto visiones Aurora? Lo asegura de un modo, que no s... Puede
que se equivoque... Puede que el caballero ese estuviera prendado de
ella; eso no quiere decir que ella pecase ni mucho menos....

Otra vez senta retumbar en su odo las tremendas palabras de _aquel_:
Si vuelves a pronunciar delante de m, _etc_.... Y el comentario
pareca producirse en el cerebro paralelamente a la repeticin de la
filpica: Ah!, tuno, no hablabas antes de ese modo. En Junio, s, bien
me acuerdo, todo era _te quiero y te adoro_, y bastante que nos reamos
de la _mona del Cielo_, aunque siempre la tenamos por virtuosa. Que es
sagrada, dices?... Entonces, para qu la engaas? Sagrada! Ahora sales
con eso. _Cojo mi sombrero y no me vuelves a ver_... Eso es que t lo
quieres hace tiempo. Ests buscando un motivo, y te agarras a lo que
dije. _Te comparo con ella, y si pierdes en la comparacin, chate a ti
misma la culpa_. Eso es decirme que soy un trasto, que yo no puedo ser
honrada aunque quiera... Cmo me requemaba oyendo esto y cmo me
requemo ahora mismo! Se me aprieta la garganta, y los ojos se me llenan
de lgrimas. Decirme a m esto, a m, que me estoy condenando por
l...! Pero, Seor, qu culpa tendr yo de que esa nia bonita sea
ngel! Hasta la virtud sirve para darme a m en la cabeza. Ingrato!.

Reproduccin de algo que ella le haba contestado: Mira; no lo tomes
tan a pechos. Podr ser mentira. Yo qu s? No creers que lo he
inventado yo. Para que veas que no me gustan farsas contigo; eso que te
incomoda tanto, es cosa de Aurora....

Y l: Como la coja, le arranco la lengua. Es una vbora esa mujer, una
envidiosa, una intrigante. ndate con cuidado con ella.

Comentario: De veras que estuve muy prudente. No se debe hablar mal de
nadie sin tener seguridad de lo que se dice. Desde aquel momento no me
volvi a mirar como me mira siempre. Le chaf su amor propio. Es como
cuando se sienta una, sin pensarlo, sobre un sombrero de copa, que no
hay manera, por ms que se le planche despus, de volverlo a poner como
estaba. Esta s que no me la perdona.

Perdona l todo; pero que le toquen a su soberbia no lo perdona. Ests
enfadado?.--Si te parece que no debo estarlo...!.--Hazte el cargo
de que no he dicho nada.--No puedo; me has ofendido; te has rebajado a
mis ojos. Como t no tienes sentido moral, no comprendes esto. No
calculas el valor que se quitan a s mismas las personas cuando hablan
ms de la cuenta.--No me digas esas cosas.--Se me salen de la boca.
Desde que calumniaste a mi mujer, la veneracin y el cario que le tengo
se aumentan, y veo otra cosa; veo lo miserable que soy al lado suyo; t
eres el espejo en que miro mi conciencia y te aseguro que me veo
horrible.

Comentario: Cuando toma este tonito, le pegara... Eso es decirme que
soy una indecente. Y siempre que saca estas _tiologas_, es porque me
quiere dejar. Y yo no puedo vivir as, Dios mo; esto es peor que la
muerte.

Reproduccin: Te vas ya?.--Te parece que es temprano
todava?.--Vienes el lunes?.--No puedo asegurrtelo.--Ya empiezas
con tus maas.--T s que te pones pesada.--No quiero disputar. Dime
lo que quieras.--Si rompemos, no me eches a m la culpa, porque eres
t quien la tiene.--Yo?.--S, t, por salir con alguna patochada
ordinaria.--Bueno, lo que quieras... T siempre has de tener razn...
Adis.--Hasta la vista.

Y al cabo de un rato, su mente salt de improviso con una idea nueva,
expresada en medio de los ahogos de la desesperacin, como un rayo que
atraviesa las nubes y momentneamente las horada, las ilumina con sus
refulgentes dobleces. Pero qu demonios es esto de la virtud, que por
ms vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en m?.

Entonces advirti que no haba mojado la ropa. Su tarea estaba por
empezar, y los rollos de camisas, chambras y dems prendas continuaban
delante de ella, muertos de risa, lo mismo que el barreo de agua.
Papitos, que entr en el comedor con los cuchillos ya limpios, fue el
choque que la hizo salir de su abstraccin.




--ii--


El da de San Eugenio propuso doa Casta ir de merienda al Pardo;
pero las de Rubn no queran ni or hablar de nada que a diversin se
pareciese. Bueno tenan ellas el espritu para meriendas. Fueron _las
Samaniegas_ con _doa Desdmona_, Quevedo y otros amigos. Por la noche,
doa Casta se empeaba en que todas haban de comer bellota, de la
provisin que trajo. Estaban de tertulia en casa de Rubn. Slo faltaba
Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que senta pasos
en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase. Por
fin lleg la viuda de Feneln, fatigadsima. Los encargos en aquel mes
eran considerables; las bodas aristocrticas menudeaban, y la pobre
Aurora no poda desenvolverse. Como que por cumplir y hacer las entregas
a tiempo se haba trado alguna labor para trabajar en su casa. Velara
hasta las doce o la una. Brindose la de Rubn a ayudarla, y con la venia
de las dos seoras mayores se fueron a la casa prxima. Fortunata
deseaba estar sola con su amiga para hablar largo y tendido sobre
diferentes cosas.

Encendieron luz en el gabinete, y sobre una gran mesa que all haba,
por el estilo de las mesas de los sastres, Aurora, sacando sus avos, se
puso a cortar y a preparar. Fortunata la ayudaba a desenvolver los
patrones y a hilvanarlos sobre la tela. A cada momento se arrancaba
Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en l, pues el
pecho era su acerico, y all tena tambin una batera de alfileres.
Extendiendo sus miradas sobre los patrones, con atencin de artista,
cogiendo ora la aguja, ora las tijeras, ya inclinada sobre la mesa, ya
derecha y mirando desde lejos el efecto del corte; moviendo la cabeza
para obtener la oblicuidad de la mirada en ciertas ocasiones, empez a
charlar, arrojando las palabras como un sobrante de la potencia
espiritual que aplicaba a su obra mecnica.

Hoy ha sido el funeral. Cosa estupenda, segn me ha dicho Candelaria!
El catafalco llegaba hasta el techo, y la orquesta era magnfica; muchas
luces... Ah tienes para qu les sirve el dinero a esos _celibatarios_
egostas. Estaban las de Santa Cruz y Ruiz Ochoa, _las Trujillas_, y qu
s yo quin ms... Como no nos vemos desde hace muchos das, no te he
podido contar la impresin que recib aquella maana. Vers: pasaba yo a
eso de las ocho y media por la plaza de Pontejos para ir a mi obrador,
cuando vi que del portal sala despavorido el criado ingls... Segn
despus supe, iba en busca de mi primo Moreno Rubio, que vive en la
calle de Bordadores. Yo dije: 'qu pasar?' y Samaniego sali de la
tienda preguntando: 'qu hay?'--'Cmo que qu hay?'. El ingls
entonces, con un terror que no puedo pintarte, nos dijo: 'Seor muerto;
seor como muerto'. Corri all Pepe y yo detrs. En el portal haba un
corrillo de gente; unos salan, otros entraban, y todos se lamentaban
del suceso. Sub con Pepe... la puerta estaba abierta. Los gritos de
Patrocinio Moreno se oan desde la escalera. Ay, qu paso, hija! Yo
tena un miedo que no te puedo ponderar. Acerqueme poco a poco a la
habitacin. All estaba la santa, todava con el manto puesto y el libro
de misa en la mano... Pareca una imagen. Y Moreno... no me quiero
acordar, sentado en una silla junto a la mesa...

Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco,
rgido y sin sangre. No puedo pintarte el horror que me caus lo que vi.
Le haban incorporado en el asiento. Toda la pechera de la camisa estaba
manchada de sangre, la barba llena de cuajarones... los ojos abiertos.
(Aqu suspendi Aurora su trabajo, poniendo todo su espritu en lo que
relataba...) No quise entrar. De la puerta me volv, y no s cmo llegu
al taller, porque me iba cayendo por el camino; tal impresin me hizo.
Hay que reconocer que ese hombre tena que concluir de mala manera; pero
eso no quita que una le tenga lstima. (Volvi a poner toda la atencin
en su trabajo). Estuve muy mala aquel da, y a ratos me entraban ganas
de llorar. Mal se port conmigo, muy mal... Ah!, ya veo yo que todo se
paga en este mundo.

--Pobre seor!--exclam Fortunata--. A m tambin me dio lstima cuando
lo supe. Pero, no sabes una cosa?, que hoy hemos tenido la gran bronca
_ese_ y yo, porque le dije aquello...

--Lo de...?--apunt Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando
a su amiga con intencin picaresca.

--S... Se enfad tanto, que concluimos mal. Ay, qu pena tengo! Porque
si es calumnia, figrate, qu barbaridad ir con esa historia!

--Calumnia no--dijo la de Feneln, atendiendo ms a su corte--. Podr
ser equivocacin.

Quin demonios sabe lo que pasa en el interior de la _mona_? Que el
difunto Moreno andaba loco por ella, no tiene duda. Falta saber, _por
ejemplo_, si ella le corresponda o no.

--T me dijiste que s, y que tenan citas...

--S; pero te lo dije como una suposicin nada ms--replic la astuta
mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversacin--. T te
precipitaste al llevarle ese cuento. Se habr volado. Hay que tener
tacto, amiga ma, y no herir el amor propio de los hombres. Ya debas
suponer que le sabra mal.

--Y t qu crees?, hablando ahora como si estuviramos delante de un
confesor. T qu crees?, es, como quien dice, ngel o qu?

Aurora dej las tijeras, y se clav en el pecho la aguja enhebrada.
Despus de calcular su respuesta, la solt en esta forma:

Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te dir
que la tengo por virtuosa. Si mi primo hubiera vivido, no s a dnde
habran llegado las cosas. l haca el trovador de la manera ms
infantil del mundo. Quin lo dira...!, un hombre tan corrido!...
Ella... no s... creo que se rea de l... Y bien merecido le estaba,
por pillo. Quizs le miraba con alguna simpata... pero lo que es citas,
amiga ma, me parece que no las hubo, digo, me parece; y si algo de esto
dije, fue como un _tal vez_, y me vuelvo atrs.

Torn a su faena dejando a la otra en la mayor confusin.

Y en ltimo resultado--le dijo despus--, a ti qu ms te da que sea
honrada o deje de serlo? Lo que te importa es que l te quiera a ti ms
que a ella.

--Oh!, no...--exclam Fortunata con toda su alma--, es que si no fuera
honrada esa mujer, a m me parecera que no hay honradez en el mundo y
que cada cual puede hacer lo que le da la gana... Parceme que se rompe
todo lo que la ata a una; no s si me explico; y que ya lo mismo da
blanco que negro. Cretelo; esa duda no se me va de la cabeza a ninguna
hora; siempre estoy pensando en lo mismo, y tan pronto me alegro de que
sea mala como de que no lo sea. Ah!, no sabes t lo que yo cavilo al
cabo del da. Las cosas que me pasan a m no tienen nombre.

--Pues para que te tranquilices de una vez--dijo la otra sin mirarla--.
Tenla por honrada, y cuando hables de esto con _l_, hazle entender que
lo crees as, y no aspires a que _l_ te d su respeto; contntate con
el amor.

--Qutate de ah, mujer--salt Fortunata muy nerviosa--. Si esto se
acaba... Si me est faltando ese perro! Si en quince das no le he
visto ms que dos veces. Siempre llega tarde, y como de mala gana. Oh!,
yo le conozco bien las maas: me le s de memoria. Nada, que quiere
echarme al agua otra vez, lo veo, lo estoy viendo. Hoy se lo dije
claro, y no me contest nada.

--Entonces tenemos a _la mona del Cielo_ de enhorabuena.

--Ah!, no... Me parece que ahora la veleta marca para otro lado. Me
est faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos. Ms claro, a
las dos nos est dando el plantn _hache_, y yo estoy que no s lo que
me pasa, ms muerta que viva... llena de rabia, llena de celos. No he de
parar hasta cogerle, y de veras te digo que si le cojo, y si cojo a la
otra, me pierdo. Yo vengar a _la mona del Cielo_, y me vengar a m. No
quisiera morirme sin este gusto.

--Dime una cosa... Te has fijado en determinada mujer?--le pregunt su
amiga mirndola de hito en hito.

--No s; esta noche se me ocurri si ser Sofa la Ferrolana, o la Peri,
o Antonia, esa que estaba con Villalonga.

--Es natural, piensas en las que conoces. Qu me das, querida ma, si
te lo averiguo? Al decir esto, Aurora abandon todo trabajo y se puso
delante de su amiga en la actitud ms complaciente.

Que qu te doy? Lo que t quieras. Todo lo que tengo... Te lo
agradecer eternamente.

--Bueno; pues djame a m, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de
llegar a la otra punta. Vers por qu lo digo; en mi taller hay una
chiquilla, muy graciosa por cierto, que me parece, me parece...

--En tu taller...!--S; pero no te precipites... No es ella tal vez...
Quiero decir, que por ella he de coger el cabo del hilo, y vers... ir
tirando, tirando hasta dar con lo que queremos saber. T confate en m,
y no hagas nada por tu parte. Promteme que no te has de meter en nada.
Sin esa condicin, no cuentes conmigo.

--Pues bien, yo te lo prometo. Pero me has de decir todo lo que vayas
averiguando. Te digo que si la cojo... No me importa ir al Modelo; te
juro que no me importa. Si ya me parece que la tengo entre mis uas...

Doa Casta entr, abriendo la puerta con su llavn. Era tarde, y
Fortunata tuvo que retirarse. Aurora se qued trabajando un momento ms,
y deca para s: Estas tontas son terribles, cuando les entra la rabia.
Pero ya se aplacar. Pues no faltara ms... Estara bueno....




--iii--


Una tarde, doa Lupe vio entrar a su sobrina tan desolada, que no
pudo menos de rsele encima, llena de irascibilidad, no pudiendo sufrir
ya que no le confiase sus penas, cualquiera que fuese la causa de ellas.
Te parece que estas son horas de venir? Y haz el favor, para otra
vez, de dejarte en la calle tus agonas y no ponrteme delante con esa
cara de viernes, pues bastantes espectculos tristes tenemos en casa.

Fortunata tena su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y
estall con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las
casas de vecindad. Seora, djeme usted en paz, que yo no me meto con
usted, ni me importa la cara que usted tenga o deje de tener. Pues
estamos bien... Que no pueda una ni siquiera estar triste, porque a la
seora esta le incomodan las caras afligidas... Me pondr a bailar, si
le parece.

No estaba acostumbrada doa Lupe a contestaciones de este temple, y al
pronto se desconcert. Por fin hubo de salir por este registro: Eso de
que me ocupe o no me ocupe, no eres t quien lo ha de decidir. Pues
qu? Han tocado ya a emanciparse? Ests fresca. Crees que se te va a
tolerar ese cantonalismo en que vives? Me gustan los humos de la loca
esta!... Ya te arreglar, ya te arreglar yo.

Estaba la otra tan violenta y tena los nervios tan tirantes, que al
apartar una silla la tir al suelo, y al poner su manguito sobre la
cmoda, dio contra un vaso de agua que en ella haba.

Eso es, rmpeme la sillita... Mira cmo has derramado el agua.

--Mejor.--S?... Ya te mejorar yo, ya te arreglar.

--Usted, seora, se arreglar sus narices, que a m no me arregla
nadie...

No quiero incomodarme, no quiero alzar tampoco la voz--dijo doa Lupe
levantndose de su asiento--, porque no se entere ese desventurado.
Sali un momento con objeto de cerrar puertas para que no se oyera la
gresca, y a poco volvi al gabinete, diciendo: Se ha quedado dormido.
Si te parece, haz bulla para que no descanse el pobrecito. Te ests
portando... Silencio!.

--Si es usted la que chilla... Yo bien callada entr. Pero se empea en
buscarme el genio.

--Mete ruido, mete ruido. Ni siquiera has de dejar dormir al pobre
chico.

--Por mi parte, que duerma todo lo que quiera.

--Y lo que ms me subleva es tu terquedad--dijo doa Lupe bajando la
voz--, y ese empeo de gobernarte sola, s, esa independencia
estpida... T te lo guisas y t te lo comes. As te sabe a demonios.
Bien empleado te est todo lo que te pasa, muy bien empleado.

Tanta turbacin haba en el alma de la esposa de Rubn, que la ira
estaba en ella como prendida con alfileres, y el menor accidente, una
nada, determinaba la transicin de la rabia al dolor, y de la energa
convulsiva a la pasividad ms desconsoladora. Algo se derrumbaba dentro
de ella, y perdiendo toda entereza, rompi a llorar como un nio a quien
le descubren una travesura gorda. Doa Lupe se vanaglori mucho de aquel
cambio de tono, que consideraba obra de sus facultades persuasivas.
Fortunata se dej caer en una silla, y ms de un cuarto de hora estuvo
sin articular palabra, oprimiendo el pauelo contra su cara.

Pues s, ta... es verdad que debiera yo... contarle a usted... No lo
hice porque me pareca impropio. Qu barbaridad! Traer a esta casa
cuentos de... Soy una miserable; yo no debo estar aqu... Hasta llorar
aqu por lo que lloro es una canallada. Pero no lo puedo remediar. El
alma se me deshace. Yo tengo que decirle a alguien que me muero de pena,
que no puedo vivir. Si no lo digo, reviento... Usted crea lo que
quiera... pero soy muy desgraciada. Yo s que me lo merezco, que soy
mala, mala de encargo... pero soy muy desgraciada.

--Ah tienes--le dijo doa Lupe moviendo la mano derecha, con dos dedos
de ella muy tiesos, en ademn enteramente episcopal--; ah tienes lo que
pasa por no hacer lo que yo te digo... Si hubieras seguido los consejos
que te di este verano, no te veras como te ves.

La otra estaba tan sofocada, que su ta tuvo que traerle un vaso de
agua.

--Sernate--le deca--, que ahora no te he de reir, aunque bien lo
mereces. No, no necesitas explicarme lo que te pasa; justo castigo de
Dios. Crees que no tengo yo pesquis? Me basta verte la cara. Ello tena
que suceder, porque los malos pasos conducen siempre a malos fines... El
resultado es que sale todo lo que yo digo. El pecado trae la penitencia.
Otra vez te da carpetazo ese hombre, acert?

--S, s... Pero qu infame!...

--Anda, que los dos estis buenos. Tal para cual. Las relaciones
criminales siempre acaban as. Uno se encarga de castigar al otro, y el
que castiga ya encontrar tambin su trancazo en alguna parte. Pues
ests lucida... Tras de cornuda, aporreada, y despus sacada a bailar.

--Pero qu infame!--volvi a decir Fortunata, mirando a su ta con los
ojos llenos de lgrimas--. Pues no ha tenido el atrevimiento de
decirme, entre bromas y veras, que yo estaba enredada con Ballester?
Pretextos, _tiologas_ y nada ms. De seguro que no lo cree.

--Aguanta, que todo te lo tienes bien merecido. Ni vengas a que yo te
consuele... Acudiendo con tiempo, no digo que no. Abres ahora los ojos y
te encuentras horriblemente sola, sin familia, sin marido, sin m.

Fortunata, con un pnico semejante al de quien se est ahogando,
agarrose a la falda de doa Lupe, y vuelta a soltar un raudal de
lgrimas.

No, no, no... yo no quiero estar sola, triste de m. Dgame usted algo,
siquiera que tenga paciencia, siquiera que me porte ahora bien... S, me
portar bien; ahora s, ahora s.

--Ahora s. Vaya, hija, no madrugues tanto. T no te acuerdas de Santa
Brbara sino cuando truena. Qu sacara yo de consolarte ahora y
corregirte, si el mejor da volvas a las andadas?

--Ahora no... ahora no...--Quien no te conoce que te compre... Al
extremo a que han llegado las cosas, me parece que no debo intervenir
ya, ni tomar vela en ese entierro. Sera hasta indecoroso para m.
Resultara... as como cierta complicidad en tus crmenes. No, hija, has
acudido tarde... Te he estado metiendo la indulgencia por los ojos, sin
que t la quisieras ver, y ahora que te ahogas, vienes a m...! Ay!, no
puedo, no puedo.

Y sin decir ms, se fue a la cocina, pensando que toda severidad era
poco contra aquella mujer, y que convena aterrorizarla, a ver si se
someta al fin de una manera absoluta.

Pronto se hizo de noche. Los das menguaban, entristeciendo el nimo de
los que ya, por otros motivos, estaban tristes. A las seis y media la
casa estaba a oscuras, y doa Lupe retardaba el encender luces todo lo
posible. Fortunata, en el cuarto de su marido, y casi a tientas, lleg
al sof donde l estaba echado, y le pregunt si tena ganas de comer,
sin obtener respuesta. Oa los suspiros que daba el infeliz, y en una de
aquellas aproximaciones, Maxi cogindole las manos, se las apret con
afecto. Algo haba en el alma de Fortunata que responda a tal
demostracin de ternura. Senta hacia l cario semejante al que inspira
un nio enfermo, efusin de lstima que protege y que no pide nada.

Doa Lupe trajo luz, y mirando a los esposos con sus ojos encandilados
por el vivo resplandor de la llama de petrleo, dijo, sin duda por
animar a Maxi con una broma: Ya estis haciendo los tortolitos?... Ms
cuenta te tiene comer. Quieres que esta coma aqu contigo?.

--S, s, yo comer aqu--dijo la esposa prontamente--. Y l comer
tambin, verdad, hijo? Verdad que comers con tu mujer? Ella te
cortar los pedacitos de carne y te los ir dando.

--Pues yo os mandar la comida--indic doa Lupe, poniendo la pantalla
al quinqu y acortando la llama--. Tengo hoy un arroz con menudillos que
es lo que hay que comer.

En el rato que estuvieron solos, antes de que entrara Papitos con el
servicio y la sopa, Maxi endilg a su mujer algunas frases enteramente
ceidas al endiablado asunto que constitua su demencia. Fortunata le
apoy en todo, mostrndose muy penetrada de la urgencia de establecer,
como realidad social, el principio de solidaridad de la sustancia
divina. A todo deca que s, y mientras coman, not que el enfermo se
animaba extraordinariamente, llegando hasta mostrarse alegre, locuaz y
poniendo un singular calor en sus proyectos de apostolado. En un momento
que sali afuera, preguntole Fortunata a su ta: Y le dio usted al fin
esas pldoras?.

S por cierto. Esta maana en ayunas se tom una, y a las cuatro le di
otra. No lo dispuso as Ballester...?.

--S... Vea usted por qu est tan avispado. Vaya con el camo ese!
Pero los disparates son los mismos; slo que ahora no ve las cosas de un
modo tan negro sino que las toma por lo risueo.

Volvi al lado de l, y le fue dando los menudillos con el tenedor, y l
se los coma con gana, sin cesar de hablar y aun de rer. Su risa
plcida no pareca la de un demente.

Fortunata senta leve consuelo en su alma, y se deca: Si Dios
quisiera que se pusiera bueno...! Pero cmo va Dios a hacer nada que yo
le pida... Si soy lo ms malo que l ha echado al mundo! Para m esta
casa se tiene que acabar. A dnde me retirar? Qu ser de m? Pero a
donde quiera que vaya, me gustar saber de este pobrecito, el nico que
me ha querido de verdad, el que me ha perdonado dos veces y me
perdonara la tercera... y la cuarta... Yo creo que me perdonara
tambin la quinta, si no tuviera esa cabeza como un campanario. Y esto
es por culpa ma. Ay, Cristo, qu remordimiento tan grande! Ir con
este peso a todas partes, y no podr ni respirar.

Despus de comer, estaba l animadsimo, cual no lo haba estado en
mucho tiempo, pero sus conceptos eran de lo ms estrafalario que
imaginarse puede. Como entraran doa Silvia y Rufinita, de visita, doa
Lupe se fue con ellas a la sala, y los esposos se quedaron solos. Maxi
se levant, y estir todo el cuerpo, elevando los brazos. Los huesos
crujieron, hizo diferentes contorsiones que parecan un trabajo de
gimnasia, y luego volvi a sentarse, abrazando a su mujer y quedndose
ante ella (pues estaba sentado en una banqueta junto al sof) en actitud
semejante a la que toman los amantes de teatro cuando van a decirse algo
muy bonito en dcimas o quintillas.




--iv--


Vida ma--le dijo en el tono ms dulce del mundo--, gracias mil
por el consuelo que me has dado con tus palabras.

Fortunata no saba qu palabras eran aquellas que le haban consolado;
pero lo mismo daba. Hizo un signo afirmativo, y adelante.

Porque estando t conforme conmigo, no deseo ms. Mis aspiraciones
estn cumplidas. Viva el gran principio de la liberacin por el
desprendimiento, por la anulacin!....

--Vivaaa...!--As lo dirn las multitudes, cuando esta doctrina se
propague; pero esto no nos toca a nosotros, sino al que vendr despus.
Cumplamos t y yo la ley de morir cuando nos creamos llegados al punto
de caramelo de la pureza. Matemos a la bestia cuando de ella est
completamente desligada su prisionera, la sustancia espiritual, como del
erizo se desprende la castaa bien madura.

--Nada, hijo, que la mataremos.--Me gusta verte as. Hay nada ms
hermoso que la muerte? Morir, acabar de penar, desprenderse de todas
estas miserias, de tantos dolores y de toda la inmundicia terrenal! Hay
nada que pueda compararse a este bien supremo?... Concibe el alma nada
ms sublime?

--Y despus?--dijo Fortunata, que aun sabiendo con quin hablaba, oa
con mucho gusto aquella manera de considerar la muerte.

--Oh!, despus, sentirse uno absolutamente puro, perteneciente a la
sustancia divina; reconocerse uno parte de ella, y todito con aquel gran
todo... Qu dicha tan grande!

--No padecer...!--murmur la prjima inclinando su cabeza sobre el
pecho de l--. No temer si le hacen a uno esta o la otra perrera...!,
no verse en agonas nunca y gozar, gozar, gozar...

Su mente se dej ir en alas de aquella sublime idea, perdindose en los
espacios invisibles y sin confines.

Sentir luego la irradiacin del bien en s, y contemplarse uno en
aquel todo etreo y sustancial, infinitamente perfecto y sano, hermoso,
transparente y placentero...!.

Esto era ya un poco metafsico, y Fortunata no lo comprenda bien. Lo
accesible para ella era la idea primera: morirse, desprenderse de las
lacerias de este mundo, y sentirse luego persona idntica a la persona
viva, gozando todo lo que hay que gozar y amando y siendo amada con
arrobamientos que no se acaban nunca.

Querida ma--le dijo Maxi moviendo mucho la cabeza y los msculos de la
cara, seal de una fuerte excitacin nerviosa--; los dos moriremos
despus que hayamos cumplido nuestra misin. Y para que te penetres bien
de la tuya, te voy a decir lo que he sabido por revelacin celestial.

Fortunata se prepar a or el gran disparate que su marido anunciaba, y
puso una carita muy gravemente atenta.

Pues yo s una cosa que t no sabes, aunque quizs lo presientes, y que
seguramente sabrs muy pronto. Quizs hayas empezado a notar algn
sntoma; pero an tu espritu no tendr ms presentimientos de este
gran suceso.

La miraba de tal modo, que ella empez a asustarse. Qu sera, Dios,
qu sera? Maxi estuvo un rato en silencio, clavados en ella sus ojos
como saetas, y por fin le dijo estas palabras que la hicieron
estremecer: T ests en cinta.

Quedose un rato la infeliz mujer como petrificada. Trataba de tomarlo a
broma, trataba de negarlo; pero para ninguna de estas determinaciones
tena valor. Terror inmenso llenaba su alma al ver que Maxi deca lo que
deca con expresin de la ms grande seguridad. Pero lo ltimo que a
Fortunata le quedaba que or fue esto, dicho con exaltacin de
iluminado, y con atroz recrudecimiento de las sacudidas nerviosas de la
cabeza: Ha sido una revelacin. El espritu que me instruye me ha
trado anoche esta idea... Misterio bonitsimo, verdad? T ests
embarazada... Y t lo presumes; mejor dicho, lo sabes, te lo estoy
conociendo en la cara; lo ocultas porque ignoras que esto no ha de
arrojar ninguna deshonra sobre ti. El hijo que llevas en tus entraas es
el hijo del Pensamiento Puro, que ha querido encarnarse para traer al
mundo su salvacin. Fuiste escogida para este prodigio, porque has
padecido mucho, porque has amado mucho, porque has pecado mucho.
Padecer, amar y pecar... ve ah los tres infinitivos del verbo de la
existencia. Nacer de ti el verdadero Mesas. Nosotros somos nada ms
que precursores, te vas enterando?, nada ms que precursores, y cuanto
des a luz, t y yo habremos cumplido nuestra misin, y nos liberaremos
matando nuestras bestias.

Del salto se puso Fortunata al otro extremo de la habitacin. Habale
entrado tal pnico, que por poco sale al pasillo pidiendo socorro. Maxi
tena la cara descompuesta y transfigurada, y sus ojos parecan carbones
encendidos. Ni siquiera repar que su mujer se haba alejado de l, y
continu hablando como si an la tuviera al lado. La infeliz, turbada y
muerta de miedo, se acurruc en el rincn opuesto, y cruzadas las manos,
miraba al desgraciado demente, diciendo para s: En qu lo habr
conocido?... Dios, qu hombre! Ser farsa todo esto de la locura?
Ser que se finge as para poder matarme, sin que la justicia le
persiga...? Pero cmo habr descubierto...! Si no lo he dicho a nadie!
Si no se me conoce nada todava...! Ah!, lo que este hombre tiene es
mucha picarda. Eso de la revelacin lo dice para engaar a la gente...
Sin duda se lo figura, se lo teme, o me lo ha conocido no s en qu...
Lo habr dicho yo en sueos?... Aunque no; podr haberlo adivinado por
su propia locura. No dicen que las grandes verdades las saben los nios
y los locos...? Ay, qu miedo me ha entrado! Dios mo, lbrame de esta
tribulacin. Este hombre me quiere matar y hace todas estas comedias
para vengarse en m y asesinarme a lo bbilis bbilis....

El iluminado fue hacia su mujer, cogindola por un brazo. Tal temor
senta ella, que hasta se encontr con fuerzas inferiores a las de su
marido, que era tan dbil. Mouca ma--le dijo apretndole el brazo con
nerviosa energa, y mirndola con una expresin en que la desdichada
vea confundidos al amante y al asesino--. Nos liberaremos, por medio de
una sangra suelta, desde que hayas cumplido tu misin. Cundo ser?
All por Febrero o Marzo.

--Debe ser por Marzo--pens Fortunata--; pero para ti estaba... Ya me
pondr yo en salvo. Mtate t, si quieres, que yo tengo que vivir para
criarlo, y voy a ser tan feliz con l...! Va a ser el consuelo de mi
vida. Para eso lo tengo, y para eso me lo ha dado Dios... Ves cmo me
sal con mi idea?... Mi hijo es una nueva vida para m. Y entonces no
habr quien me tosa... Oh!, si no lo sintiera aqu dentro, yo y t
seramos iguales, tan loco el uno como el otro, y entonces s que
debamos matarnos.

Oase el run run de las despedidas de doa Silvia y Rufinita en el
pasillo. A poco entr la de Juregui, y vindola su sobrino, se volvi
al sof, dejando a su mujer en pie en medio del cuarto.

Qu tal?--dijo doa Lupe--. Hay sueo? Son las once.

--Ha venido usted a turbar nuestra felicidad--replic Maxi sentado, y
moviendo las piernas en el aire--. Mi elegida y yo deseamos estar solos,
enteramente solos. Los misterios inefables que a ella y a m...

--Pero qu volteretas son esas que das? (no sabiendo si rer o ponerse
seria). Pareces un saltimbanquis.

--Que a ella y a m se nos han revelado... los misterios inefables,
digo... nos llevan a un xtasis delicioso, de que no pueden participar
las personas vulgares.

--Llamarme a m persona vulgar!...

--La vulgaridad consiste en estar muy apegada a los bienes terrenos...
es decir, en hacerle mimos a la bestia.

--Pero qu?, tambin vas a dar vueltas de carnero?--dijo asustada doa
Lupe, vindole apoyar las manos en el sof y doblar luego la cabeza
hasta tocar con ella la gutapercha.

--Lo que yo d, a usted no le importa, mujer de poca fe... La noche est
fra y necesito que las extremidades entren en calor. Dentro del crneo
me han encendido un hornillo.

--Ve usted... ve usted...?--indic Fortunata, no recatndose de decirlo
en alta voz--. El efecto de esas condenadas pldoras. Creo que no deben
drsele ms. Ya ve usted cmo se pone: se le trastorna ms el cerebro y
adivina los secretos.

--Cmo que adivina los secretos...? Pero, nio, qu haces?

Rubn se sentaba y se levantaba, dando botes en el asiento, como un
jinete que monta a la inglesa.

All por Marzo ser el gran suceso, la admiracin del mundo--grua el
infeliz, dando vueltas sobre s mismo--. Lo anunciar una estrella que
ha de aparecer por Occidente, y los Cielos y la tierra resonarn con
himnos de alegra.

--Pero qu ests diciendo? Vamos, hijo de mi alma, estate tranquilo.

--Lo que yo quisiera saber ahora es dnde est mi sombrero--dijo l,
mirando debajo de la mesa y del sof.

--Y para qu quieres el sombrero?

--Quiero salir, tengo que ir a la calle. Pero lo mismo da salir con la
cabeza descubierta. Hace un calor horrible.

--S, vmonos al Retiro. Fortunata, coge la vela; y t por delante.

Y agarrndose al brazo del joven sin ventura, le llevaron a la alcoba.
Del salto se plant Maxi en la cama, quedndose un instante con los
brazos y las piernas en alto. Despus dejaba caer pesadamente las
extremidades para volver a levantarlas.

Bonita noche nos va a hacer pasar! exclam doa Lupe cruzando las
manos. Fortunata, desalentada y meditabunda, se dej caer en el sof.

A que no me aciertan ustedes en dnde estoy?--dijo el pobre demente--.
Me he cado del Cielo sobre un tejado. Qu hace mi mujer ah que no
viene en mi socorro?.

--Pues s seor, bonita noche!--repeta doa Lupe, echando un suspiro
por cada palabra.

Intentaron acostarle. Pero no fue posible. Se les escapaba de las manos,
con viveza de nio, que a veces pareca agilidad de mono. Su risa
causaba espanto a las dos seoras, y ltimamente no se le entenda una
palabra de las muchas que de su boca soltaba atropelladamente,
pronuncindolas de un modo primitivo, como los chiquillos que empiezan a
hablar. Por fin el desgaste nervioso hubo de rendirle, y se qued quieto
en el sof, con una pierna sobre la mesa, la otra en una silla, la
cabeza debajo de un cojn, y los brazos extendidos en cruz. Una mano
daba contra el suelo, y tena la otra metida debajo del cuerpo, dando al
brazo una vuelta que pareca inverosmil. No quisieron ellas variarle la
difcil postura, temiendo que si le tocaban, se alborotara de nuevo y
les dara otra jaqueca. Doa Lupe dormitaba, sentada en una silla junto
a la cama del matrimonio; pero Fortunata no peg los ojos en toda la
noche.

Ya amaneca cuando le acostaron. Apenas daba acuerdo de s, y gema, al
moverse, como si tuviera molido a palos su ruin y desdichado cuerpo.




--v--


Creo que fue el da de la Concepcin cuando Rubn sali de su
cuarto con un cuchillo en la mano detrs de Papitos, diciendo que la
haba de matar. El susto de la ta y de Fortunata fue muy grande, y les
cost trabajo quitarle el arma homicida, que era un cuchillo de la mesa,
con el cual no era fcil quitar la vida a nadie. Pero el paso fue
terrible, y los chillidos de Papitos se oyeron en toda la vecindad.
Sali despavorida del cuarto del seorito, y l detrs, fro y resuelto,
como si fuera a hacer la cosa ms natural del mundo. La mona se refugi
entre las faldas de su ama, gritando: Que me mata, que me quiere
matar! y Fortunata corri a sujetarle, lo que no hubiera conseguido a
pesar de su superioridad muscular, sin la ayuda de doa Lupe. La
resistencia de l era puramente espasmdica, y mientras se defenda de
los cuatro brazos que queran contenerle y arrancarle el cuchillo, deca
con voz ronca: Le siego el pescuezo y la.... Despus se supo que
Papitos tena la culpa, porque le haba irritado, contradicindole
estpidamente. Doa Lupe lo sospech as, y mientras Fortunata se le
llevaba otra vez a su cuarto, procurando calmarle, la seora cogi a la
chiquilla por su cuenta, y con la persuasin de tres o cuatro pellizcos,
hzole confesar que ella era culpable de lo ocurrido. Mire,
seora--replicaba ella bebindose las lgrimas--; l fue quien empez,
porque yo no chist. Estaba recogiendo el servicio, y l salt contra
m, dicindome que para arriba y que para abajo... Yo no lo entenda y
me ech a rer... Pero _dimpus_ sali con unos disparates muy gordos.
Sabe, seora, lo que dijo? Que la seorita Fortunata iba a tener un
nio, y qu s yo qu ms. No pude _por menos_ de soltar la carcajada, y
entonces fue cuando _garr_ el cuchillo y sali tras de m. Si no doy un
_blinco_, me divide.

--Bueno; vete a la cocina, y aprende para otra vez. A todo lo que l
diga, por disparatado que sea, dices t _amn_, y siempre _amn_.

Aquel hecho era quizs sntoma de un nuevo aspecto de locura, y las dos
seoras no caban ya en su pellejo, de temor y zozobra. No pasaron ocho
das sin que el caso se repitiera. Maxi pudo apoderarse de un cuchillo,
y fue hacia su ta, diciendo que la quera _liberar_. Gracias a que
estaba all el Sr. Torquemada, no fue difcil desarmarle; pero el susto
no haba quien se lo quitara a doa Lupe, que tuvo que tomarse una taza
de tila. Por cierto que la seora se conceptuaba infeliz entre todas
las seoras y damas de la tierra, por las muchas pesadumbres que sobre
su alma tena. No era slo el estado lastimossimo del ms querido de
sus sobrinos; otras cosas la mortificaban atrozmente, abatiendo su
grande espritu. Entre Fortunata y ella mediaron ciertas palabras que
imposibilitaban absolutamente toda concordia.

Vaya--le dijo doa Lupe una noche--, que te ests luciendo! A qu
esas reservas, cuando ms indicada estaba la confianza? Cmo es que lo
ha sabido Maximiliano, que est demente, antes que yo, que estoy en mi
sano juicio? A qu esos escondites conmigo?.

Despus de una larga pausa, Fortunata, con muchsimo trabajo, se
determin a responder esto: Yo no se lo he dicho. l lo adivin. Esto
no poda yo decirlo a nadie de esta casa, y a l menos....

--Y a l menos!--repiti doa Lupe, clavando en la delincuente sus
miradas como flechas.

--S, porque l no deba saberlo nunca--prosigui la otra haciendo el
ltimo esfuerzo--. A usted pensaba yo decrselo, pero no me determin
por la vergenza que me daba. Ahora que lo sabe, lo que tengo que hacer
es pedirle que tenga compasin de m, recoger mi ropa y marcharme de
esta casa. Ahora s que ser para siempre.

La viuda de Juregui se tom tiempo para dar contestacin a estas
gravsimas palabras. Un sin fin de ideas se le meti en la cabeza, y
estuvo aturdida largo rato, sin saber con cul de ellas quedarse. El
rompimiento definitivo le arrancaba una tira de su corazn, con dolor
agudsimo, por no serle posible retener las cantidades que Fortunata
haba puesto en sus manos. La elasticidad de su conciencia no llegaba
nunca a sus estirones a la apropiacin de lo ajeno, ni directa ni
indirectamente. Lo ajeno era sagrado para ella, y aunque aumentase lo
suyo cuanto pudiera a costa del prjimo, jams llegaba a la absorcin de
lo que se le confiaba. Devolvera, pues, lo que se le haba entregado,
con los aumentos que a su buena administracin se deban. Cierto que
esta devolucin era para ella un trance doloroso, algo como la
separacin de un hijo que se va a la guerra a que le maten, pues aquel
_guano_, entregado a su dueo, pronto se perdera en el desorden y los
vicios.

Pero si esta pena la estimulaba a transigir una vez ms, su decoro y ms
an su amor propio se sublevaban airados contra aquella infame, que
traa al hogar domstico hijos que no eran de su marido. Esto no se
poda sufrir sin cubrirse de baldn; esto no lo tolerara doa Lupe,
aunque tuviera que dar, no slo el dinero ajeno, sino el propio... Tanto
como el propio, no, vamos; pero en fin, as lo pensaba para poder
expresar de una manera enftica su grandsimo enojo.

Qu dira la gente!... qu las amigas, ante quienes doa Lupe oficiaba
como guardadora de la moralidad y de los buenos principios! Cierto que
para el mundo la situacin que creara la maternidad de la de Rubn
sera una situacin legal, toda vez que Maxi, enfermo y encerrado quiz
para entonces en un manicomio, no haba de llamarse a engao; pero en
este caso, la afrenta sera mayor por aadirse a ella la mentira. Y
todos tendran a doa Lupe por encubridora, y le cortaran lindos sayos.
Si ya le pareca a ella orlo: Miren esa, tan orgullosa y rgida,
tapando el matute que la otra bribona ha introducido en su casa. Lo har
por la cuenta que le tiene. El padre de la criatura es hombre rico y
habr pagado bien el alijo. La idea de que pudieran decir esto haca
brotar de la frente augusta de la viuda gotas de sudor del tamao de
garbanzos.

Ella misma--pens--, no se ha recatado para decirme que el pobre Maxi
est tan inocente de esto como yo. Lo cantar lo mismo a todo el mundo,
porque ella es as, muy bocona... Pero entre dos afrentas, prefiero que
le haya dado por pregonar la verdad, pues as no har catlogos la
gente, ni tendr nadie que decir si el chico es o no es....

De todo esto se deduca que aquella pcara haba trado una maldicin a
la casa; ella tena la culpa de la demencia de Maxi. Bien lo vaticin
doa Lupe: mucha mujer para tan poco hombre. Naturalmente, el pobre
chico tena que morirse o perder la cabeza. Lo que haba que desear ya
era que la prjima se perdiese completamente de vista; que entre la
familia y ella mediasen abismos infranqueables; que pudiera decir doa
Lupe a los amigos: esa mujer se ha muerto para m. La sombra de
Juregui pareca venir en ayuda de las determinaciones de su ilustre
viuda, porque a esta le faltaba poco para ver a su marido salirse de
aquel cuadro en que retratado estaba, tomar vida y voz para decirle: Si
no arrojas de tu casa a esa pjara, me voy yo, me borro de este lienzo
en que estoy, y no me vuelves a ver ms. O ella o yo. Y cuando la
pjara repiti que se marchaba, doa Lupe no pudo menos de decirle con
acritud: Pero qu haces que no has echado ya a correr?... Francamente,
me pasma que tengas pachorra para estar aqu todava. Otra de ms
frescura no habr. Llevndola a su gabinete le habl de la entrega de
las cantidades que en su poder tena. Fortunata dijo con mucha calma y
frialdad que no se llevaba el dinero y que slo tomara los rditos.
Cmo voy a colocarlo yo? Tngalo usted; yo guardo el recibo y vendr
todos los trimestres a recoger el premio.

Doa Lupe abri tanta boca, que por poco se le entra una mosca en ella.
Su primer impulso fue negarse a ser administradora y apoderada de
semejante persona; pero tal prueba de confianza la anonadaba. Insisti
en dar el dinero; insisti ms la otra en dejarlo en manos que tan bien
lo saban aumentar, y as qued el asunto. _La de los Pavos_ tema que
entre ella y su sobrina quedase aquella relacin, aquel cable
telegrfico, por donde vinieran a comunicarse la honradez ms pura y la
inmoralidad. Conservar el dinero era sostener una especie de
parentesco... Oh!, no, esto pareca como transaccin con la afrenta.
Pero al propio tiempo, entregar los santos cuartos a su duea era lo
mismo que tirarlos a la calle. Sus amantes se los gastaran en un decir
Jess... y era lstima que tan bonito capital se destruyese.

Mucho se disput sobre esto, haciendo ambas alardes de delicadeza; pero,
al fin, el dinero qued en poder de doa Lupe. Ascenda la suma a
treinta mil reales, los veinte mil dados por Feijoo, y diez mil y pico
que haban producido desde aquella fecha, colocados por Torquemada en
prstamos a militares. Precisamente en los das ltimos del ao, cuando
ocurri lo que ahora se cuenta, casi toda la suma estaba sin colocar, y
la tena la seora en su cmoda, esperando una _proporcin_, que D.
Francisco tena en tratos con un seor comandante. La suma que posea
Fortunata en acciones del Banco, se conservaba en esta misma forma,
porque as lo haba dispuesto D. Evaristo. Guardaba la ta de Maxi el
extracto de la inscripcin en un hueco de su vargueo, y no se sacaba
sino al fin de los semestres, para ir al Banco a cobrar el dividendo.
Sobre esta clase de valores no hubo disputa entre las dos mujeres,
porque desde luego pens Fortunata llevrselos, y la otra no gustaba de
conservar fondos de que no poda disponer para sus ingeniosas
combinaciones financieras. La custodia de la inscripcin le molestaba y
la pona tan en cuidado sin ningn beneficio, que no sinti verla salir
de su casa. Los treinta mil reales quedaron bien agasajaditos en un
rincn de la cmoda. Eran para doa Lupe como un hijo adoptivo a quien
quera como a los hijos propios.




--vi--


La evasin (pues as debe llamrsela) de su mujer, no fue notada
por Maxi en los primeros das. Pero cuando se hizo cargo de ella,
manifest una inquietud que puso a la pobre doa Lupe en mayor
aburrimiento del que tena. Pens seriamente en llevar a su infeliz
sobrino a un manicomio. Mucha pena le daba separarse de l, entregndole
a la asistencia de gentes mercenarias; pero no haba otro remedio. Para
tratar de esto y acordar lo ms conveniente, llam a Juan Pablo, que a
la sazn haba pasado de Penales a Sanidad, y podra tal vez poner a su
hermano en Legans, en un departamento de distinguidos, con pago de
media pensin o quizs sin pagar un cuarto.

Entre tanto, Fortunata, al salir de la casa de su marido, y antes de
dirigirse a su nueva morada, encamin sus pasos a la de D. Evaristo. Era
este la primera persona a quien tena que consultar sobre la crtica
situacin en que se encontraba. Referirle lo ocurrido era ya para ella
un verdadero castigo de su perversidad, porque de slo pensar que lo
refera, le entraba espanto. Bueno se iba a poner Feijoo, al saber que
la chulita haba hecho mangas y capirotes de la doctrina prctica
expuesta con tanto ardor y cario por el simptico anciano, cuando
dispuso la separacin! Cunto mejor no haberse separado de aquel hombre
sin igual! Ella le habra soportado en su vejez caduca, y habra sido
feliz cuidndole como se cuida a un nio inocente! Al llegar a la Plaza
de los Carros, y al ver la calle de Don Pedro, pens que no tendra
valor para contarle a su amigo sus ltimas calaveradas. Subi temblando
por la ancha escalera, que estaba aquel da alfombrada y con muchos
tiestos, porque la noche antes se haba celebrado en la legacin, con
gran comistraje y mucha fiesta, el aniversario del Emperador.

As se lo dijo doa Paca a Fortunata, cuando esta le pregunt por su
amo. Anoche ha estado muy inquieto, porque hemos tenido convite y
recepcin en el principal y los coches no cesaron de alborotar en la
calle hasta la madrugada. Esta casa es ordinariamente muy silenciosa;
pero cuando hay ruido, parece que se hunde el mundo. Figrese usted qu
nos importar a nosotros que cumpla no s cuntos aos ese seor
Emperador, a quien parta un rayo! Valiente jaqueca nos dio anoche!...
Pase usted. Hoy le encontrar un poco aturdido a consecuencia de la mala
noche.

Don Evaristo se hallaba ya en lastimoso estado. Las piernas las tena
casi completamente paralizadas, y sala a paseo en un cochecillo o
silln de ruedas, que empujaba su criado. Iba a las Vistillas a tomar el
sol, y a veces se extenda hasta la Plaza de Oriente por el Viaducto. Al
centro de la Villa no vena nunca, y para las relaciones y amistades que
en las partes ms animadas de Madrid tena, aquella existencia
paraltica y con tantos achaques, aquella vida circunscrita al barrio
extremo, eran como una muerte anticipada, pues del verdadero Feijoo, tal
como le conocimos, no quedaba ya ms que una sombra. Estaba
completamente sordo, teniendo que auxiliarse de una trompetilla para
recoger algunos sonidos; su inteligencia sufra eclipses, y la memoria
se le perda en ocasiones casi por completo, quedndose en la tristeza
del instante presente, sin ayer, sin historia, como si cayera de una
nube en mitad de la vida, a la manera de un blido. Sus distracciones
eran ya puramente pueriles. Se pasaba las horas muertas haciendo el
juego del _bilboquet_, o bien entretenido en enredar con los muchos
gatos que haba en la casa. Todas las cras de la hermosa _menina_ de
doa Paca se conservaban, al menos mientras les duraba el donaire de la
infancia gatesca. Sentado al sol junto al balcn en su silln muy
cmodo, Feijoo arrojaba a sus graciosos amigos una pelota atada con un
hilo, y se diverta con las monsimas cabriolas y morisquetas que hacan
los pequeuelos. Otras veces les tiraba la pelota a lo largo de la
enorme estancia, o ataba al hilo un pedazo de trapo, recogindolo como
recoge el pescador su aparejo, para verlos correr tras l. Cuando entr
Fortunata, el juego del hilo y de la pelota estaba suspendido, por ley
de variedad, y D. Evaristo tena en la mano su _bilboquet_, saltando la
bola, y acertando muy raras veces a clavarla en el palo. Dos o tres
gatitos blancos con manchas grises enredaban sobre el buen seor. Uno se
le suba por la manta que le envolva las piernas; otro estaba en su
regazo sentado sobre los cuartos traseros, refregndose las patas con la
lengua y el hocico con la pata; y un tercero se le haba subido a un
hombro y all segua con vivaracha atencin los brincos de la bola del
_bilboquet_, marcndolos con la pata en el aire. Lo que l quera era
meterte mano a la bola aquella tan bonita.

Al ver entrar a su amiga, el invlido puso una cara muy risuea. Todos
los sentimientos los expresaba ya riendo. La mand sentar a su lado, y
aun quiso seguir en su solaz inocente; pero tuvo que suspenderlo para
coger la trompetilla. Fortunata cogi en sus manos uno de los gatitos
para acariciarlo.

Qu hay?--dijo D. Evaristo mirndola de un modo que pareca indicar
agradecimiento de las caricias que al micho haca--. Ah!, ese es el ms
tunante de todos... Sabe ms...!, y tiene ms picardas! Conque a ver,
chulita, qu hay?.

Fortunata no saba cmo empezar. Contraribala mucho tener que decir las
cosas a gritos, y tema que se enterasen los criados, la vecindad y
hasta el embajador con toda su gente extranjera. Y cmo se poda contar
una cosa tan delicada dando berridos, al modo que cantan los serenos las
horas, o como los pregones de las calles? Algo dijo que llev al nimo
de don Evaristo el convencimiento de que su chulita se vea en un mal
paso. De repente solt mi hombre la risa infantil y babosa, diciendo:
Apostamos a que ha habido algn _rasgo_? Precisamente lo que ms
prohib, los dichosos _rasgos_, que siempre traen alguna desgracia.

La consternada joven no poda asegurar que sus ltimas diabluras
mereciesen la denominacin y categora de _rasgos_; pero indudablemente
eran una cosa muy mala. Sobre todo no haba hecho maldito caso de las
sabias recetas de vida social que le diera su amigo. Para hacerle
comprender mejor que con largas explicaciones algo de lo que ocurra,
sac la inscripcin, que llevaba dentro de un sobre y este envuelto en
un papel.

Qu es eso, la inscripcin?--dijo el anciano rindose ms--Pues
qu... ji ji ji... ha habido rompimiento con ese bendito?....

Y se puso la trompetilla en la oreja para coger con ella la respuesta.

--Completamente ido de la cabeza... manicomio.

--Que no come!--Al manicomio... que le van a poner en Legans...

--Ah! Y doa Lupe?

--Ella y yo... Fortunata hizo con sus dos dedos ndices un signo muy
expresivo, ponindolos punta con punta.

--Habis reido... ji ji ji... Qu cosas! Doa Lupe muy lagarta...

El gatito que se haba subido en el hombro del seor, estaba muy
preocupado con la trompetilla. Ignoraba sin duda lo que era aquello, y
quera saberlo a todo trance, porque alargaba la pata como para hacer
un reconocimiento de tan misterioso objeto. La curiosidad del animalito
interrumpa la audicin, que era ya bastante penosa. Feijoo tom la
inscripcin diciendo: Pero qu ocurre?... doa Lupe...?, ji ji ji...
Todava sostendr que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la
cabeza. Y todo porque me sola parar en la esquina de la calle de
Tintoreros, esperando a la mujer de Inza, ji ji ji... el de la tienda de
mantas.

Despus de esta brillante rfaga de memoria, la preciosa facultad se
eclips por completo, y el ayer se borr absolutamente del espritu del
buen caballero. Miraba a su chulita con estupidez y cierta expresin de
duda o sorpresa. Fortunata segua pegando gritos; pero l no se
enteraba; lo poco que oa era como si oyese el ruido del viento: no le
sacaba sentido. Cansada de intiles esfuerzos, la joven se call,
mirando a su amigo con hondsima pena. Y mirndola l tambin, de
repente volvi a su risa pueril, motivada por las cosquillas que en el
cuello le haca el gatito... Si es un granuja este... si no me deja
vivir. Fortunata daba suspiros, sin que el anciano se enterase de esta
expresiva manifestacin de disgusto, y al fin, ella, comprendiendo que
era intil esperar de aquella ruina apuntalada un consuelo y un consejo,
decidi retirarse. Al darle un carioso abrazo, el anciano pareci
volver en s, recobrando su acuerdo, y se le refresc la memoria.
Chulita, no te vayas--le dijo, dndole un palmetazo en el muslo--.
Ah... qu tiempos aquellos! Te acuerdas? Qu das tan felices!
Lstima que yo no hubiera tenido veinte aos menos. Entonces s que
habramos sido dichosos. Ella deca que s con la cabeza. Luego D.
Evaristo pareci instantneamente asaltado por una idea que le
inquietaba. Despus de meditar un instante, aprovechando aquella rfaga
de inteligencia que cruzaba por su cerebro, cogi el sobre que contena
la inscripcin, y devolvindoselo, le dijo: No dejes esto aqu. Puedo
morirme de un momento a otro, y tu dinero corre peligro de extraviarse.
Es mejor que lo guardes t. No tengas cuidado. Las acciones son
nominativas, y nadie ms que t puede disponer de su importe. Y como si
el despejo de su inteligencia no hubiera tenido ms objeto que
permitirle aquella importante advertencia, en cuanto la hizo, la nube
invadi otra vez toda la caja del cerebro, volvi a la risa infantil, y
a preocuparse ms de que la bola del _bilboquet_ se pinchase en el
palito que de todo lo que a su desgraciada amiga pudiera referirse.

Sali, pues, Fortunata de la triste visita con la impresin de haber
perdido para siempre aquel grande y til amigo, el hombre mejor que ella
tratara en su vida y seguramente tambin el ms prctico, el ms sabio
y el que mejores consejos daba. Verdad que ella hizo tanto caso de estos
consejos como de las coplas de Calanos; pero no dejaba de conocer que
eran excelentes, y que debi al pie de la letra seguirlos.




--vii--


De aquel anciano chocho y que ms bien pareca un nio, no poda
la esposa de Rubn esperar ya ninguna proteccin ni amparo moral. Slo
en muy contados momentos lcidos se revelaba en l un recuerdo vago de
lo que haba sido. Le llor por muerto con verdadera efusin de hija
desconsolada, y se aterraba de la orfandad en que iba a quedar cuando
ms necesitaba de una persona sesuda y discreta que la dirigiera. La
impresin de vaco y soledad que sac de la casa, ponala en grandsima
tristeza. En la Cava Baja pas por junto a un pianito que tocaba aires
de pera con ritmo picante y amoroso. Esta msica le llegaba al alma.
Parose un rato a orla, y se le saltaron las lgrimas. Lo que senta era
como si su espritu se asomara al brocal de la cisterna en que estaba
encerrado, y desde all divisara regiones desconocidas. La msica
aquella le retozaba en la epidermis, hacindola estremecer con un
sentimiento indefinible que no poda expresarse sino llorando. Yo debo
de ser muy bruta--pens, alejndose--, porque me gusta ms esta msica
de los pianitos de la calle que la pieza que toca Olimpia, y que dicen
que es cosa tan buena. A m me parece que, cuando la oigo, me aporrean
los odos con la mano del almirez.

Haba resuelto Fortunata, de acuerdo con su ta Segunda, albergarse en
la casa de esta, que viva otra vez en la Cava. All se encamin desde
la calle de Don Pedro, y antes de entrar en el portal de la pollera, el
mismo portal y el mismo edificio donde tuvo principio la historia de sus
desdichas, una vecina le dijo que Segunda estaba en el puesto de la
plazuela, comiendo con unas amigas. Fuese all, y vio a su ta con otras
dos tarascas junto a una mesilla, comiendo un guiso de cordero en platos
de Talavera. Jarro de vino y botijo de agua completaban el servicio. Las
tres damas estaban con los moos al aire, hablando a un tiempo en alta
voz, con ese desparpajo y esa independencia de modales que caracterizan
a los vendedores ambulantes que viven siempre al aire libre, y tienen la
voz hecha a la gritera de los pregones. Segunda Izquierdo era una mujer
corpulenta y con la cara arrebatada, el pelo entrecano. Se pareca
bastante a su hermano Jos; pero no conservaba tan bien como este la
hermosura de aquella _raza de gente guapa_, porque las miserias, las
enfermedades y la vida aperreada de los ltimos aos haban hecho
efectos devastadores en su cara y cuerpo. Los que trataron a Segunda en
su edad de oro, apenas la conocan ya, porque su cara estaba toda llena
de costurones, y en el cuello y quijada inferior llevaba unas rbricas
que daban fe de otros tantos abcesos tratados quirrgicamente. El ojo
derecho no estaba ya todo lo abierto que deba, a causa de una rija, y
el prpado inferior del mismo haba adquirido notoria semejanza con un
tomate, a consecuencia de la aplicacin de un puo cerrado, de lo que
result una inflamacin que vino a parar en endurecimiento. Ni aun su
hermosa dentadura conservaba Segunda, pues un ao haca que empezaban a
emigrar las piezas unas tras otras. El cuerpo se iba pareciendo al de
una vaca que se pusiera en dos pies.

En cuanto vio venir a su sobrina, cogi de encima de la mesilla una
llave enorme, que pareca la llave de un castillo, y alargndosela le
dijo que subiera a la casa si quera. Las otras dos tiorras miraron a la
joven con descarada curiosidad. A una de ellas la conoca Fortunata, a
la otra no. Sentose un momento en una banqueta que le ofrecieron, porque
estaba cansada; pero sintindose molesta por las preguntas impertinentes
de las amigas de su ta, subi al cuarto que deba de ser su albergue...
hasta sabe Dios cundo. Aquel barrio y los sitios aquellos ranle tan
familiares, que a ojos cerrados andara por entre los cajones sin
tropezar. Pues y la casa? En ella, desde el portal hasta lo ms alto de
la escalera de piedra, vea pintada su infancia, con todos sus episodios
y accidentes, como se ven pintados en la iglesia los Pasos de la Pasin
y Muerte de Cristo. Cada peldao tena su historia, y la pollera y el
cuarto entresuelo y despus el segundo tenan ese _revestimiento de una
capa espiritual_ que es propio de los lugares consagrados por la
religin o por la vida. Las vueltas del mundo!--deca dando las de la
escalera y venciendo con fatiga los peldaos--. Quin me haba de decir
que parara aqu otra vez!... Ahora es cuando conozco que, aunque poco,
algo se me ha pegado el seoro. Miro todo esto con cario; pero me
parece tan ordinario...! Aquellas dos tiburonas... qu tipos!, pues y
mi ta?....

El cuarto que entonces tena Segunda en aquella casa era uno de los ms
altos. Estaba sobre el de Estupi. No haba llegado Fortunata al
segundo, cuando vio bajar a este, y le entraron ganas de saludarle. Puso
l una cartula dursima al verla; pero a pesar de esto, la joven senta
ganas de decirle algo. rale simptico; conoca sus apetitos
_parlamentarios_, y aunque por sus amistades con los de Santa Cruz poda
contarle ella en el nmero de sus enemigos, le miraba ella con buenos
ojos, tenindole por hombre inofensivo y bondadoso. Aunque usted no
quiera, D. Plcido, buenos das. El gran Rossini no se dign volver
hacia ella su perfil de cotorra, y refunfuando algo que la nueva
inquilina no pudo entender, sigui por la escalera abajo, haciendo sonar
con desusado estrpito los peldaos de piedra.

Fortunata vio el cuarto. Ay, Dios, qu malo era, y qu sucio y qu feo!
Las puertas pareca qu tenan un dedo de mugre, el papel era todo
manchas, los pisos desiguales. La cocina causaba horror. Indudablemente
la joven se haba adecentado mucho y adquirido hbitos de seora, porque
la vivienda aquella se le presentaba inferior a su categora, a sus
hbitos y a sus gustos. Hizo propsito de lavar las puertas y aun de
pintarlas, y de adecentar aquel basurero lo ms posible, sin perjuicio
de buscar casa ms a la moderna, quisiera o no Segunda vivir en su
compaa. El gabinetito que ella haba de ocupar tena, como la sala,
una gran reja para la Plaza Mayor. Estuvo un rato ocupada en hacer
mentalmente la colocacin de sus muebles, la cama, la cmoda, una mesa y
dos sillas. Por cierto que todo esto tena que comprarlo, pues de la
casa matrimonial no haba de sacar nada. Recorriendo el cuarto, pens
que si el casero se conformaba a hacer algunas reparaciones, no quedara
mal. Era menester blanquear la cocina, tapar con yeso algunos agujeros
y enormes grietas que por todas partes haba, empapelar el gabinete, que
iba a ser su alcoba, y pintar las puertas. Ya pensaba en la jaqueca que
le iba a dar al administrador, cuando se acord (su gozo en un pozo) de
que el administrador era Estupi. De seguro que en cuanto le hable de
obras en la casa, se va a poner hecho un tigre. Claro, me tiene tirria;
pues qu es l ms que un serviln de los de Santa Cruz? Con todo,
pienso decirle algo, porque en ltimo caso, con dejarle el cuarto hemos
concluido. Y ahora que recuerdo, esta casa era de D. Manuel
Moreno-Isla, que el ao pasado le dio la administracin a D. Plcido.
Me lo cont mi ta, y D. Plcido es tan tirano, que no da una paletada
de yeso aunque le fusilen. Falta saber de quin es ahora la casa... La
habr heredado doa Guillermina?.... Quedose meditando en que su
destino no le permita salir de aquel crculo de personas que en los
ltimos tiempos la haba rodeado. Era como una red que la envolva, y
como pensara escabullirse por algn lado, se encontraba otra vez cogida.
No; habrn heredado la casa los seores de Ruiz Ochoa, o la mujer de
Zalamero... Y despus de todo, a m qu me importa que herede la finca
Juan o Pedro? Yo no la he de heredar.

Si tuviera agua en abundancia, se pondra al instante a lavar toda la
casa; pero desde el siguiente empezara. Vio que la reja daba a un
balconcillo o terraza, y al punto determin poner all todos los tiestos
de flores que cupiesen. La vista del cuadriltero de la plaza era
bonita, despejada y alegre. El jardn luca muy bien desde arriba, con
sus dos fuentecillas y el caballo panzudo, del que Fortunata vea los
cuartos traseros, como los de un cebn, y el Rey aquel encima, con su
canuto en la mano. Acercbase Navidad, y ya estaban preparando los
puestos de Noche--Buena. Distingui tambin a su ta y a las otras dos
matronas que, ayudadas de un jayn, estaban claveteando tablas y armando
un toldo. Poco despus, mirando para la acera de la Casa-Panadera,
alcanz a ver a Juan Pablo, sentado en uno de los puestos de
limpia-botas, y leyendo un peridico mientras le daba lustre al calzado.
Despus le vio pasar a la acera de enfrente y seguir hasta el rincn de
la escalerilla, como si fuese al caf de Gallo.




--viii--


Como antes se ha dicho, a los pocos das de la desaparicin de
su mujer, Maxi empez a echarla de menos, mostrndose receloso, y
apeteciendo su compaa con cierta mimosidad impertinente que pona
furiosa a doa Lupe. Juan Pablo y ella disertaron largamente sobre lo
que se deba hacer, y por fin el primognito dijo que intentara
aplicar a su hermano un buen sistema teraputico, antes de recurrir al
extremo de encerrarle en un manicomio. No se haban probado las duchas,
ni el sacarle de paseo al campo, ni el bromuro de sodio, que estaba
dando tan buen resultado contra la peri-encefalitis difusa y contra la
meningo-encefalitis, etc... y sigui echando trminos de medicina por
aquella boca, pues entonces le daba por leer libros de esta ciencia, y
con una idea tomada de aqu y otra de all haca unos pistos que eran lo
que haba que ver.

Dicho y hecho. Todas las maanas iba Juan Pablo a buscar a su hermano, y
unas veces engaado, otras casi a la fuerza, le llevaba a San Felipe
Neri, y all le arreaba una ducha escocesa capaz de resucitar a un
muerto. Algunas tardes sacbale a paseo por las afueras, procurando
entretener su imaginacin con ideas y relatos placenteros, absolutamente
contrarios al frrago de disparates que el infeliz chico haba tenido
ltimamente en su cerebro. A los quince das de este enrgico
tratamiento, mejor visiblemente, y su hermano y mdico estaba muy
satisfecho. Ms de una vez se expres Maxi durante el paseo como la
persona ms razonable. De su mujer no hablaba nunca; pero como saltase
en la conversacin algo que de cerca o de lejos se relacionara con ella,
se le vea caer en sombras meditaciones y en un mutismo ttrico del
cual Juan Pablo, con todas su retricas, no le poda sacar. Una maana,
al salir de la ducha, y cuando el enfermo pareca entonado por la
reaccin, gil y con la cabeza muy despejada, se par en la calle, y
cogiendo suavemente las solapas del gabn de su hermano, le dijo: Pero
vamos a una cosa. Por qu ni t, ni mi ta, ni nadie queris decirme
dnde est mi mujer? Qu ha sido de ella? Tened franqueza, y no hagis
ms misterios conmigo... Es que se ha muerto, y no me lo queris decir?
Temis que la noticia me altere?.

Juan Pablo no supo qu contestarle. Viendo en la cara y en los ojos de
su hermano seales de nerviosa inquietud, trat de desviar la
conversacin. Pero el otro se aferraba a ella repitiendo sus preguntas y
parndose a cada instante. Pues mira--le respondi al fin haciendo un
gesto campechano--. Hazte cuenta que se ha muerto... porque lo que yo te
digo... A ti qu ms te da que viva o muera? Para qu quieres t
mujer? Las mujeres no sirven ms que para dar disgustos, chico. Ve aqu
por lo que yo no he querido casarme nunca.

--Muerta!--dijo Maxi sin alzar la voz, pero con extraordinaria luz en
los ojos--. Muerta!... De modo que yo me puedo volver a casar.

Al decir esto, se insubordinaba; no quera ir por la acera, sino por el
empedrado, dando manotadas y tropezando con algunos transentes.

Juan Pablo le meti en un coche para llevarle a su casa. Enterada la
ta, apoy la misma idea respecto a Fortunata, dicindole: Hijo, todos
nos tenemos que morir. No te asombres de que le haya tocado a ella la
china antes que a ti. Si Dios se la ha querido llevar, qu quieres que
hagamos?, conformarnos, mandar decirle sus misas correspondientes... y
yo te aseguro que ya lleva dichas ms de cuatro, y consolarnos poco a
poco, como podamos.

Desde que ocurri esto, la mejora iniciada con el nuevo tratamiento
pareci desmentirse. El enfermo no alborotaba; pero volvi a chapuzarse
en hondsimas abstracciones. Sin duda en su cerebro haba aparecido una
nueva idea, o reproducdose alguna de las antiguas, que ya se tenan por
abandonadas o dispersas. Durante muchos das no nombr a su mujer, hasta
que una noche, yendo de paseo con Juan Pablo por las calles, se par y
le dijo: Me quieres hacer creer que se ha muerto?... Qu tontera! En
ese caso, por qu no nos vestimos de luto?.

--Qu atrasado de noticias ests! No sabes que hay ahora una ley
prohibiendo el luto?

--Una ley prohibiendo el luto! Si creers que a m me comulgas con
ruedas de molino. Mira, chico, aunque parece que estoy trastornado, veo
ms claro que todos vosotros.

Y no se habl ms del asunto. Conviene apuntar, antes de pasar adelante,
que aquella abnegacin de Juan Pablo y el asiduo inters que por la
salud de su hermano mostraba, seran absolutamente inexplicables, dado
el egosmo del seor de Rubn, si no se acudiera, para encontrar la
causa, a ciertas ideas relacionadas con la economa poltica o la
ciencia que llaman financiera. Tiempo haca que Juan Pablo tena un
proyecto de conversin de su deuda flotante, proyecto vasto, para cuyo
xito necesitaba el concurso de la casa Rostchild, por otro nombre, su
ta. Respecto a la necesidad del emprstito, no caba la menor duda; era
cuestin de vida o muerte. Lo que restaba era que doa Lupe se prestase
a hacerlo, pues la garanta moral de una de las entidades contratantes
no era ni con mucho tan slida como la de Inglaterra o Francia. Empez,
pues, el primognito de Rubn por prestarle en aquel delicado asunto de
la enfermedad de Maxi la oficiosa ayuda que se ha visto. Iba de continuo
a la casa, y en todo cuanto hablaba con su ta, era de la opinin de
esta, ya fuese de Poltica, ya de Hacienda lo que se tratara. Hizo
entusiastas elogios del Sr. de Torquemada; explan acaloradamente la
necesidad de arreglar sus propios asuntos, con aquello de _ao nuevo
vida nueva_, estableciendo en sus gastos un orden tan escrupuloso, que
no hara ms el primer lord de la Tesorera inglesa. Cuando hallaba
ocasin, echaba una puntadita; pero doa Lupe tena ms conchas que un
galpago, y se haca la tonta... pero tan tonta que habra que pegarle.

Apretado por el crecimiento aterrador de su deuda flotante, el filsofo
desplegaba un tesn y constancia ms que fraternales en el cuidado de
Maxi. En Enero del 76, haba conseguido domarle hasta el punto de que le
llevaba consigo a la oficina, tenale all ocupado en ordenar papeles o
en tomar algn apunte, y por las noches sola llevarle a la tertulia del
caf, donde estaba el pobre chico como en misa, oyendo atentamente lo
que se deca, y sin desplegar sus labios. Rara vez sacaba de su cabeza
aquel viejo y maldecido tema de la _liberacin voluntaria_ y de _la
muerte de la bestia carcelera_; pero una noche que estaban solos en el
caf, lo sac, como se trae del desvn un trasto viejo y se le limpia el
polvo, a ver si lo ha deteriorado el tiempo o lo han rodo los ratones.
Con gran serenidad, Juan Pablo, oficiando de maestro de filosofa, dijo
lo siguiente: Mira, el dogma de la _solidaridad de sustancia_ ha sido
declarado cursi por todos los sabios de la poca, congregados en un
concilio ecumnico, que acaba de celebrarse en... Basilea. Las
conclusiones son tremendas. Como no lees la prensa, no te enteras. Pues
se ha decretado que son mamarrachos netos todos los individuos que creen
en la _liberacin por el desprendimiento_, y en que se debe dar _la
morcilla a la bestia_. A los que sostienen la hereja filosfica de que
va a venir un nuevo Mesas, encarnndose en una buena moza, etc.,
etc..., se les declara memos de capirote y se les condena a comer
virutas.

--Mira, t--dijo Maximiliano con el acento ms grave del mundo y como
quien hace una confidencia importante--. Eso del Mesas, ac para entre
los dos, no lo he credo yo nunca, ni era dogma ni cosa que lo valga. Lo
dije porque tuve un sueo, y al despertar se me qued parte de l en la
cabeza, y me andaba aqu dentro como un cascabel. Lo que hay es que me
haba entrado en aquellos das una idea de lo ms estrafalario que te
puedas imaginar, una idea que deba de ser criada aqu en el seno
cerebral donde fermenta eso que llaman celos. Qu creers que era? Pues
que mi mujer me faltaba y estaba en cinta. Ves qu disparate?

--Ave Mara Pursima, qu barbaridad!

--Senta en m, detrs de aquella idea, una calentura de celos que me
abrasaba. Para averiguar si era fundada aquella pcara idea, fui y qu
hice? Pues saqu la cancamurria del Mesas que iba a venir, dicindole
que ella lo tena en su seno y que el pap era el _Pensamiento Puro_...
En fin, que con esta farsa pensaba yo arrancarle la confesin de lo que
se me haba metido entre ceja y ceja. Qu result? Nada, porque aquella
noche me puse muy enfermo; pero despus he comprendido mi desatino, he
visto claro, muy claro, y... Dios la perdone.

Empez a tomar su caf, y en tanto Juan Pablo se deca con tristeza:
Pero qu malo est esta noche! Dios, qu malo!. Maxi repiti hasta
seis veces el _Dios la perdone_, y cuando entraron Leopoldo Montes y
otro amigo, se call. A la hora y media de tertulia, dio en celebrar con
extrema hilaridad los donaires que Montes contaba. Despus tom parte en
la conversacin, expresndose con tanta serenidad y con juicios tan
acertados, que se maravillaban de orle todos los presentes. Juan Pablo
discurra as: Pues no est tan _guillati_ como pens, y lo que dijo
antes revela ms bien talento agudsimo. Por vida de la santsima ua
del diablo! Si consigo yo ponerte bueno, mi querida ta, _alias_ la
baronesa de Rothschild, no tendr ms remedio que hincar la jeta y darme
lo que necesito.




-IV-

Vida nueva




--i--


El 4 del mes de Enero, Fortunata sinti un campanillazo y sali a
abrir, mirando antes por el ventanillo, cubierto de una chapa de hierro
con agujeros (estilo primitivo). Era Estupi, que miraba a los tales
agujeritos del modo ms autoritario. Abri la joven, y el gran Plcido,
con gesto displicente, las cejas algo fruncidas, mostrando en una mano
el bastn cuyo puo era una cabeza de cotorra (regalo que le trajeron de
Sevilla los seoritos de Santa Cruz), alarg con la otra un papel que
tena un sello. El recibo del mes dijo en tono de dspota asitico que
dicta una orden de pena de muerte.

--Pase, D. Plcido (sonriendo con gracia). Tengo que hablarle.

--Yo no paso. Vengan los cuartos. No tengo ganas de conversacin.

Decir aquel hombre que no tena ganas de conversacin era como si el
mar dijese que no tiene agua! Pero el tesn poda en l ms que el
liviano apetito.

Jess, qu mal genio ha echado este hombre!

Si le voy a dar la _guita_. No tendr usted mejores inquilinas que
nosotras.

--S... Buenas jaquecas me ha dado la Segunda. No... Yo no paso; no sea
majadera.

--Quiero que vea usted cmo est la casa, para que se convenza de que
aqu no pueden vivir cristianos.

--Pues mudarse.--Pero, hijo, qu _tiranstico_ se ha vuelto! No he
visto casero ms malo... Pero ni siquiera me blanquear la cocina, que
parece una carbonera? Y hay cada agujero!... Yo no puedo vivir entre
tanta suciedad. Sabe lo que le digo? Que si no quiere usted hacer las
obras, las har yo por mi cuenta... vaya!

--Eso es otra cosa. Siempre que sea bajo mi vigilancia y...

--Pase, pase y ver... Al fin Plcido se dign entrar por el pasillo
adelante. Fue a la cocina, ech un vistazo a la alcoba interior que
estaba llena de grietas...

No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino, porque
sera el cuento de nunca acabar. Maana, si a mano viene, se mudan
ustedes, y el que tome el cuarto, como vea la cal fresca, pide ms
obras. No podemos. El mes pasado me gast ms de veinte mil reales en
reparaciones. Conque, despcheme, que tengo prisa.

--Pero se ha vuelto usted cohete? Sintese un momento. Dgame una
cosa...

--No tengo que decir cosas. Que me voy...

--Ay qu plvora de hombre! Mire que as va a vivir poco.

--Mejor. Bastante he vivido ya.--Sintese. En seguidita le doy el
dinero. Pero dgame una cosa que quiero saber. De quin es ahora esta
casa?

--Eso a usted no le importa. Cree que estoy yo para perder el tiempo?
La casa es de su amo. Le repito que no tengo ganas de conversacin. Es
que quiere usted comprar la finca? Vamos; al avo... Ya sabe que soy
hombre de pocas palabras.

--De pocas?, digo... pues si lo fuera de muchas...! Si usted el da
que naci estaba charlando por siete. Dgame... de quin es la casa?

--De su amo. Conque... Bastante hemos hablado... y finalmente: la finca
es magnfica; est tasada en treinta y cinco mil duros. Slo el pedernal
de los cimientos y la berroquea de la escalera valen un dineral. Pues
y las paredes? El otro da, al abrir un hueco, los albailes no le
podan meter el pico, Nada, que _talmente_ se rompen las herramientas en
este ladrillo recocho que parece un diamante... Pues para concluir... no
tengo ganas de conversacin. Cuando se abri el testamento del seor D.
Manuel Moreno-Isla, que en gloria est, testamento hecho tres aos ha,
se encontr que dejaba esta casa y el solar de la calle de Relatores a
doa Guillermina Pacheco, su ta... La seora ha hipotecado ambas fincas
para acabar el asilo, y por eso ver usted que este va echando chispas.
Lo acabarn este ao... Conque...

Extendi la mano, y con la otra mostraba el bastn, como si fuera un
bastn de autoridad.

Doa Guillermina mi casera!--dijo Fortunata, pensativa, entregando el
dinero--. Pues a ella le voy a pedir que me haga las obras. Es amiga
ma.

--Qu ha de ser amiga de usted... qu ha de ser!--replic Estupi con
sarcasmo--. Y si quiere usted verla furiosa, hblele de obras que no
sean las del asilo. Adis; que haya salud... Ah!, me olvidaba: cuidado
con los tiestos de la ventana. Como yo vea rezumos de agua, la echo a
usted; cuente que la echo... Mara Santsima, y cunta planta tiene
usted aqu! Es un jardn... Me parece mucho peso... Qu vistas tan
hermosas! Mal ao ha sido este para los puestos de Navidad. Estn los
pobres vendedores que trinan. Ya se ve... con tanta agua... Y hoy me
parece que tenemos nieve. En toda mi vida no he visto un invierno tan
fro como este. Sabe usted que se muri el sordo, el del puesto de
carne? Anoche... de repente. Yo le vi tan bueno y tan sano anteayer,
y... qu vida esta!... En fin, voy a ver si les saco algo a los del
segundo de la izquierda. Me deben cinco meses. Ay qu gente! Si la
seora me dejara, ya les habra puesto los trastos en la calle; pero mi
ama es as, no quiere desahucios.--Por Dios Plcido, no les eches...
los pobrecitos ya pagarn; es que no pueden.--Pero seora, con que me
dieran lo que gastan en aguardiente y lo que se dejan en la pastelera
de Botn.... Total, que con caseras como la ma, estos bribones de
inquilinos estn como quieren.

Tanto charl aquel hombre, que Fortunata, despus de haberle rogado para
que entrara, le tuvo que echar con buen modo: Pero don Plcido, mire
que se le va a hacer tarde....

--Ah!, s... la culpa la tiene usted que es lo ms habladora...! Abur,
abur...

Fortunata no sala nunca a la calle. Ella misma se arreglaba su comida,
y Segunda, que tena puesto en la plazuela, le traa la compra.

En los das que siguieron a la primera visita del administrador de la
casa, no pudo la prjima apartar de su pensamiento a la que por tan
breve espacio de tiempo fue su amiga. Quin le haba de decir a ella y
quin me haba de decir que vivira en su casa! Qu vueltas da el
mundo! En aquellos das, ni a m se me pasaba por la cabeza venirme
aqu, ni esta casa era tampoco de ella. Y cuando don Plcido le cuente
que soy su inquilina, qu dir? Se pondr furiosa y querr echarme a
la calle? Tal vez no, tal vez no.... Cuando esta idea u otra semejante
le refrescaba el recuerdo de la inaudita escena y altercado en el
gabinete de la santa, senta la pobre mujer que la conciencia se le
alborotaba, y no poda aplacarla ni aun arguyndose que _la otra la
haba provocado_. Me cegu, no supe lo que hice. De veras digo que si
tuviera ocasin, le habra de decir a doa Guillermina que me
perdonara.

La soledad en que viva, favoreciendo en ella esta resurreccin mental
de lo pasado, inspirbale juicios muy claros de sus acciones y
sentimientos. Todo lo vea entonces transparentado por la luz de la
razn, a la distancia que permite apreciar bien el tamao y forma de los
objetos, as como la paz del claustro permite a los fugitivos del mundo
ver los errores y maldades que cometieron en l. Y a Jacinta, le
pedira yo perdn? se preguntaba sin acertar con la respuesta. Tan
pronto se le ocurra que s como que no. La Delfina la haba ofendido y
ultrajado, cuando ella no haca ms que contarle a la santa sus penas y
el conflicto en que estaba. Por fin, a fuerza de meditar en ello,
amasando sus ideas con la tristeza que destilaba su alma, empez a
prevalecer la afirmativa. Cierto que deba pedirle perdn por el intento
que tuvo de araarle la cara, qu barbaridad!, y por las palabras que
se dej decir. Mas para que esta idea triunfase por completo, faltaba
aclarar el siguiente punto:

Haba faltado Jacinta con el seor de Moreno?

Porque si haba faltado, all se iba la una con la otra, y tan buena era
Juana como Petra. Nunca pudo la seora de Rubn llegar en sus
cavilaciones a una solucin terminante en este punto oscursimo. Ya
afirmaba la culpabilidad de _la mona del Padre Eterno_, ya la negaba.
Dara yo cualquier cosa--exclamaba invocando al Cielo--, por saber esa
verdad que ahora no saben ms que Dios y ella, pues el tercero que la
saba se ha muerto. Lo sabr tambin el confesor de Jacinta, si es que
lo ha confesado. Pero nadie ms, nadie ms. Pues no s qu dara yo por
salir de la duda. Esta curiosidad me quema la sangre... Flojilla
diferencia va de una cosa a otra... Si pec, todo vara en m, y no me
rebajo yo a pedirle perdn; pero si no falt... ay!, la dichosa _mona_
me tiene debajo de su pie como tiene San Miguel al diablo.

De aqu pasaba a otro eslabn de ideas: Y ahora estamos las dos de un
color. A ninguna de las dos nos quiere. Estamos lucidas... Ambas nos
podramos consolar... porque en mi terreno, yo soy tambin virtuosa,
quiere decirse que yo no le he faltado con nadie; y si ella se hace
cargo de esto, bien podra venir a m, y entre las dos buscaramos a la
pindongona que nos le entretiene ahora, y la pondramos que no habra
por donde cogerla... Vamos a ver, por qu Jacinta y yo, ahora que
estamos iguales, no habamos de tratarnos? Por ms que digan, yo me he
afinado algo. Cuando pongo cuidado digo muy pocos disparates. Como no se
me suba la mostaza a la nariz, no suelto ninguna palabra fea. Las
seoras Micaelas me desbastaron, y mi marido y doa Lupe me pasaron la
piedra pmez, sacndome un poco de lustre. Por qu no nos habamos de
tratar, olvidando aquellas bromas que nos dijimos?... Esto en el caso de
que sea honrada, porque si no, no me rebajo. Cada una tiene su aquel de
honradez.

Pasaba sin pensarlo a otro eslabn. Pero ella no querr... Tiene mucho
orgullo y mucho tup, mayormente ahora que se la comer la envidia.
Ah!, que no me venga ahora hablando de sus derechos... Qu derechos ni
qu pamplinas? Esto que yo tengo aqu _entre m_, no es humo, no. Qu
contenta estoy!... El da en que _esa_ lo sepa, va a rabiar tanto, que
se va a morir del berrinchn. Dir que es mujer legtima... Humo! Todo
queda reducido a unos cuantos latines que le ech el cura, y a la
ceremonia, que no vale nada... Esto que yo tengo, seora ma, es algo
ms que latines; fastdiese usted... Los curas y los abogados, mala
peste cargue con ellos!, dirn que esto no vale... Yo digo que s vale;
es mi idea. Cuando lo natural habla, los hombres se tienen que callar la
boca.

Y su conviccin era tan profunda, que de ella tomaba fuerza para
soportar aquella vida solitaria y tristsima.





--ii--


Una maana, al levantarse, vio que haba cado durante la noche
una gran nevada. El espectculo que ofreca la plaza era precioso; los
techos enteramente blancos; todas las lneas horizontales de la
arquitectura y el herraje de los balcones perfilados con pursimas
lneas de nieve; los rboles ostentando cuajarones que parecan de
algodn, y el Rey Felipe III con pelliza de armio y gorro de dormir.
Despus de arreglarse volvi a mirar la plaza, entretenida en ver cmo
se deshaca el mgico encanto de la nieve; cmo se abran surcos en la
blancura de los techos; cmo se sacudan los pinos su desusada
vestimenta; cmo, en fin, en el cuerpo del Rey y en el del caballo, se
deslean los copos y chorreaba la humedad por el bronce abajo. El suelo,
a la maana tan puro y albo, era ya al medioda charca cenagosa, en la
cual chapoteaban los barrenderos y mangueros municipales, disolviendo la
nieve con los chorros de agua y revolvindola con el fango para echarlo
todo a la alcantarilla. Divertido era este espectculo, sobre todo
cuando restallaban los airosos surtidores de las mangas de riego, y los
chicos se lanzaban a la faena, armados con tremendas escobas. Miraba
esto Fortunata, cuando de repente... ay, Dios mo!, vio a su marido;
era l, Maximiliano, que entraba en la plaza por el arco del 7 de
Julio, y tuvo que retroceder saltando ms que de prisa, porque el chorro
de agua le cort el paso. Instintivamente se quit la joven de su
ventana; pero despus se volvi a asomar, dicindose: Si aqu no puede
verme... Lo que menos piensa l es que est tan cerca de m... Vamos; da
la vuelta... Se ha metido por los soportales. Sin duda va al caf de
Gallo a reunirse con su hermano, la otra cabeza de campanario. Pero
cmo es que le dejan salir solo? Se habr puesto bueno? Estar mejor?
Pobre chico!....

Y no se volvi a acordar ms de l hasta la noche, cuando estaba
acostada, sola en la casa, pues su ta no haba entrado an.

Es una barbaridad que le dejen salir solo a la calle. El mejor da hace
cualquier desavo y da un disgusto... Pues ahora que le he visto suelto,
voy a tener miedo, y me pondr a discurrir si se meter aqu el mejor
da... La suerte es que no sabr dnde estoy; buen cuidado tengo yo de
que no lo sepa. Pero quin est segura de ningn secreto en estos
tiempos? A lo mejor, cualquier chusco se lo canta y ya tenemos jaqueca
para rato... Como no le d por venir a matarme!... Eso tendr que ver.
Pero muy descuidada habra de cogerme, porque le deshago yo de un par de
porrazos... Pero, y si entra, se esconde, me acecha, y pim!, me pega
un tiro?... No; yo tengo que estar con mucho cuidado. Ni a Cristo le
abro yo la puerta. Y voy a decirle a mi ta que necesito tomar una
criada. Una chiquilla modosa y dispuestilla, as como Papitos, me
vendra muy bien. Sola todo el da en esta jaula!... Ah!, gracias a
Dios; ya siento el llavn de mi ta, que entra. Ser ella o ser alguno
que le ha quitado el llavn y viene a matarme?... Ta, ta, es usted?.

--Yo soy, qu se te ocurre?...

--Nada; ya estoy tranquila. Es que me da mucho miedo de estar sola, y me
parece que entran ladrones, asesinos y qu s yo...

Ninguna noche conciliaba el sueo antes de que diera las doce el reloj
de la Casa-Panadera. Oa claramente algunas campanadas; despus el
sonido se apagaba alejndose, como si se balanceara en la atmsfera,
para volver luego y estrellarse en los cristales de la ventana. En el
estado incierto del crepsculo cerebral, imaginaba Fortunata que el
viento vena a la plaza a jugar con la hora. Cuando el reloj empezaba a
darla, el viento la coga en sus brazos y se la llevaba lejos, muy
lejos... Despus volva para ac, describiendo una onda grandsima, y
retumbaba plam!, tan fuerte como si el sonoro metal estuviera dentro de
la casa. El viento pasaba con la hora en brazos por encima de la Plaza
Mayor y se iba hasta Palacio, y an ms all, cual si fuera mostrando la
hora por toda la Villa y diciendo a sus habitantes: Aqu tenis las
doce, tan guapas. Y luego tornaba para ac, plam!... ay!, era la
ltima. El viento entonces se largaba refunfuando. Otras noches se
entretena la joven discurriendo que la hora de la Puerta del Sol y la
hora de la Panadera se enzarzaban. Empezaba esta, y le responda la
otra. De tal modo se confundan los toques, que no conociera aquella
hora ni la misma noche que la invent. Las doce de ac y las doce de
all eran una disputa o guirigay de campanadas. Vamos, que tambin se
oye la Merced... Tantsima hora, tantsima hora, y no sabe una si son
las doce o qu....

Para tener compaa y servicio, tom por criada a una nia, hija de una
de las placeras amigas de Segunda. Llambase Encarnacin y pareca muy
formalita. Su ama le ley la cartilla el primer da, dicindole: Mira,
si algn sujeto que t no conoces, por ejemplo, un seorito flaco, de
mal color, as un poco alborotado, te pregunta en la calle si vivo yo
aqu, dices que no. No abras nunca la puerta a ninguna persona que no
sea de casa. Llaman, miras, y vienes y me dices: 'Seorita, es un hombre
o una mujer de estas y estas seas'. Conque fjate bien en lo que te
mando. Tu ta te habr hecho la misma recomendacin. Si no nos obedeces,
sabes lo que hacemos? Pues cogerte y mandarte a la crcel. Y no creas
que te van a sacar: all te estars lo menos, lo menos, tres aos y
medio.

La chica cumpla estas rdenes al pie de la letra. Un domingo llamaron.
Seorita, ah est un hombre con barbas largas, muy aseorado... y
tiene la voz as, como _respetosa_. Mir Fortunata por los agujeros de
la chapa. Era Ballester. Dile que pase. Se alegraba de verle para
saber lo que ocurra en la familia, y para que le contara por qu
demonios andaba suelto Maxi por esas calles.

De tan gozoso, estaba turbado el bueno del farmacutico. Vena vestido
con los trapitos de cristianar, peinado en la peluquera, con una raya
muy bien sacada desde la frente a la nuca, y las mechas negras
chorreando olorosa grasa, las botas nuevas y sombrero de copa muy
lustroso. Qu deseos tena de verla a usted...! No me atreva a
venir... Pero doa Lupe me ha instado tanto para que venga, que al
fin... No, no, no tema que Maximiliano descubra dnde usted est. Hay
mucho cuidado para que no se entere de nada. Y eso que ahora, si viera
usted, ha recobrado la razn; parece que est juiciossimo; habla de
todo con tino, y no hace ningn disparate.

Fortunata estaba algo cohibida, pues a pesar de la conviccin de que
haca gala con respecto a ciertas legitimidades, le daba vergenza de no
poder disimular ya su estado ante un amigo de la familia de Rubn. Se
puso muy colorada cuando Segismundo le dijo esto: Doa Lupe me ha dado
un recadito para usted. Me ha encargado decirle si quiere que le avise a
D. Francisco de Quevedo... Es hombre que sabe su obligacin; muy
cuidadoso y muy hbil....

--No s, veremos... lo pensar... todava...--balbuci ella cortadsima,
bajando los ojos.

--Cmo todava? Me ha dicho doa Lupe que ser en Marzo. Estamos a 20
de Febrero. No, no se descuide usted... que a lo mejor podra verse
sorprendida... Estas cosas deben prepararse con tiempo.

Tomando una actitud galante, aadi: Porque yo me intereso vivamente
por usted en todas las circunstancias, en todas absolutamente. Soy el
mismo Segismundo de siempre y cuando usted necesite de un amigo leal y
callado, acurdese de m....

Y elevando el tono casi hasta lo pattico, salt de repente con esto:
No me vuelvo atrs de nada de lo que he dicho a usted en otras
ocasiones. Como ella aparentase no interesarse en este giro de la
conversacin, volvi Ballester a tomar el tono fraternal de esta manera.
Me voy a permitir hablar a Quevedo. Debemos estar prevenidos... Le dir
que venga a ver a usted... Es persona de confianza, y ya sabe l que no
tiene que decir nada al amigo Rubn.

Lo que tena a Fortunata muy sorprendida y maravillada era el inters
que mostraba hacia ella, segn le dijo el regente, la viuda de Juregui.

Yo no s lo que es, amiga ma; pero _la ministra_, de unos das a esta
parte me ha preguntado como unas seis veces si la haba visto a usted...
'Yo no voy--me dijo--; pero hay que mirar algo por ella, y no
abandonarla como a un perro'. Por esto me decid a venir, y ahora me
alegro, porque veo que usted me ha recibido, y que continuaremos siendo
buenos amigos. Quedamos en que vendr Quevedo. S; preparmonos, porque
estas cosas unas veces se presentan bien y otras mal. No le faltar a
usted nada. Qu caramba! Hay que afrontar las situaciones, y... Oh!,
qu cabeza sta! Pues no se me olvidaba lo mejor? (metindose la mano
en el bolsillo). _La ministra_ me ha dado para usted este paquetito de
dinero. Por fuera est escrita la cantidad: mil doscientos cincuenta y
dos reales. Debe de ser lo que le corresponde a usted por rditos de
algn dinero. Para concluir: siempre que se le ofrezca a usted alguna
cosa, sea del orden que fuese, piensa usted un rato, y dice: 'A quin
acudir yo?, pues a ese tarambana de Segismundo'. Con mandarme un
recadito... Aunque yo cuidar de venir algn domingo o los ratos que
tenga libres, porque ahora, como estoy solo con Padilla, dispongo de
muy poquito tiempo. Si pudiera, vendra maana y tarde todos los das,
contando con su permiso. Pero en este pcaro mundo, se llega hasta donde
se puede, y el que, impulsado por el querer, va ms all del poder, cae
y se estrella.

Repiti sus ofrecimientos y se fue, dejando a Fortunata la impresin de
que no estaba tan sola como crea, y de que el tal Segismundo era, en
medio de sus tonteras y extravagancias, un corazn generoso y leal.
Mucho le extraaba a la infeliz joven que Aurora no hubiese ido a verla,
y sinti que se le olvidara, durante la visita del regente, preguntar a
este por _las Samaniegas_. Pero ya se lo preguntara cuando volviese.

Con el cambio de vida y domicilio, reanud la seora de Rubn algunas
relaciones de familia que estaban absolutamente quebrantadas, siendo de
notar entre ellas la de Jos Izquierdo, que, empezando por ir a cenar
con su hermana y sobrina algunas noches, acab, conforme a su genial
parasitario, por estar all todo el tiempo que tena libre. Fortunata
encontr a su to transfigurado moralmente, con un reposo espiritual que
nunca viera en l, suelto de palabra, curado de su loca ambicin y de
aquel negro pesimismo que le haca renegar de su suerte a cada instante.
El bueno de _Platn_, encontrando al fin el descanso de su vida
vagabunda, se haba sentado en una piedra del camino, a la sombra de
frondoso rbol cargado de fruto (valga la figura) sin que nadie le
disputase el hartarse de ella. No exista por aquel entonces en Madrid
un _modelo_ mejor, y los pintores se lo disputaban. Vease Izquierdo
acosado, requerido; reciba esquelas y recados a toda hora, y le
desconsolaba el no tener tres o cuatro cuerpos para servir con ellos al
arte. Ni haba oficio en el mundo que ms le cuadrase, porque aquello no
era trabajar qu demonio!, era _retratarse_, y el que trabajaba era el
pintor, poniendo en l sus cinco sentidos y mirndole como se mira a una
novia. En aquellos das de Febrero del 76, como se pusiera a hablar con
su hermana y sobrina de las muchas obras que traa entre manos, no
acababa. En tal estudio haca de _Pae Eterno_, en el momento de estar
fabricando la luz; en otro de Rey D. Jaime, a caballo, entrando en
Valencia. All de Nabucodonosor andando a cuatro patas; aqu de un _to
en pelota que le llaman_ Eneas, con su padre a _la pela_. Pero lo mejor
que estamos pintando ahora... y que lo vamos sacando _de lo fino_..., es
aquel paso de Hernn-Corts cuando manda dar fuego a las judas
naves.... Ganaba mi hombre todo lo que necesitaba, y era venturoso, y
la sujecin del da la compensaba con las largas expansiones de charla y
copas que se daba de noche en algn caf, convidando a los amigos. A su
sobrina le prestaba servicios, hacindole cuantos encargos eran
compatibles con sus tareas artsticas. Sola ella enviarle con algn
mensaje a casa de su costurera, o se vala de l para recados y compras.
Ms de una vez le mand a la gran tienda de Samaniego por tela o encajes
para el ajuar que estaba haciendo; pero siempre le encargaba que no la
descubriese all, pues ya que Aurora no haba ido a verla, lo que
propiamente era una falta de educacin, y hablando mal y pronto, una
cochinada, no quera ella tampoco aparentar que solicitaba su amistad; y
si razones tena _la Samaniega_ para retraerse, tambin ella las tena
para no rebajarse. A fina me ganar; pero a orgullosa no.




-V-

La razn de la sinrazn




--i--


La mejora de Maximiliano continuaba, de lo cual coligieron su ta
y su hermano que la separacin matrimonial haba sido un gran bien, pues
sin duda la presencia y compaa de su mujer era lo que le sacaba de
quicio. Todo aquel invierno continu el tratamiento de las duchas
circular y escocesa y el bromuro de sodio. Al principio, cuando no le
sacaba a paseo Juan Pablo, sacbale su misma ta, teniendo ocasin de
notar lo bien concertados que eran sus juicios. Observaron, no obstante,
que en el caletre del joven se esconda un pensamiento relativo al
paradero de su consorte, y teman que este pensamiento, aunque contenido
en proporciones menudas por el renacimiento armnico de la vida
cerebral, tuviera el mejor da fuerza expansiva bastante para volver a
trastornar toda la mquina. Pero estos temores no se confirmaron. En
Diciembre y Enero la mejora fue tan notoria, que doa Lupe estaba
pasmada y contentsima. En Febrero ya le permitieron salir solo, pues
no se meta con nadie y se le haban acentuado considerablemente la
timidez y la docilidad. Era como un retroceso a la edad en que estudi
los primeros aos de su carrera, y aun pareca que se renovaban en l
las ideas de aquellos lejanos das, y con las ideas el encogimiento en
el trato, la sobriedad de palabras y la falta de iniciativa.

Su vida era muy metdica; no se le permita leer nada, ni l lo
intentaba tampoco, y siempre que iba a la calle, doa Lupe le fijaba la
hora a que haba de volver. Ni una sola vez dej de entrar a la hora que
se le mandaba. Para que tales das se pareciesen ms a los de marras, el
nico gusto del joven era pasear por las calles sin rumbo fijo, a la
ventura, observando y pensando. Una diferencia haba entre la
deambulacin pasada y la presente. Aquella era nocturna y tena algo de
sonambulismo o de ideacin enfermiza; esta era diurna, y a causa de las
buenas condiciones del ambiente solar en que se produca, resultaba ms
sana y ms conforme con la higiene cerebro-espinal. En aquella, la mente
trabajaba en la ilusin, fabricando mundos vanos con la espuma que echan
de s las ideas bien batidas; en esta trabajaba en la razn,
entretenindose en ejercicios de lgica, sentando principios y
obteniendo consecuencias con admirable facilidad. En fin, que en la
marcha que llevaba el proceso cerebral, le sobrevino el _furor de la
lgica_, y se dice esto as, porque cuando pensaba algo, pona un
verdadero empeo manitico en que fuera pensado en los trminos usuales
de la ms rigurosa dialctica. Rechazaba de su mente con tenaz
repugnancia todo lo que no fuera obra de la razn y del clculo, no
desmintiendo esto ni en las cosas ms insignificantes.

Que al poco tiempo de sentir en s este tic del razonamiento lo aplic
al oscuro problema lgico de la ausencia de su mujer, no hay para qu
decirlo. Que vive, no tiene duda; este es un principio inconcuso que ni
siquiera se discute. Ahora dilucidemos si est en Madrid o fuera de
Madrid. Si se hubiera ido a otra parte, alguna vez recibira mi ta
cartas suyas. Es as que jams llega a casa el cartero del exterior, y
cuando va es para traer alguna carta de las hermanas de mi to Juregui;
luego... Pero propongamos la hiptesis de que dirige las cartas a otra
persona para que yo no me entere. Es inverosmil; pero propongmosla. En
tal caso, qu persona sera esta? En todo rigor de lgica no puede ser
doa Casta, porque la seora de Samaniego no gusta de tales papeles. En
todo rigor de lgica tiene que ser Torquemada. Pero Torquemada,
anteayer, entr en el gabinete de mi ta, y yo, desde el pasillo, le o
preguntarle claramente si haba sabido de la seorita... Luego,
Torquemada no es. Luego, no siendo Torquemada, no hay intermediario de
cartas; y no habiendo intermediario de cartas, no puede haber
correspondencia; luego est en Madrid.

Quedose muy satisfecho, y despus de detenerse un rato a ver un
escaparate de estampas, volvi a pegar la hebra: Podra ponerse en duda
que entre ella y mi ta haya comunicacin, y en caso de que no la
hubiera, el problema de su residencia seguira como boca de lobo; pero
yo sostengo que hay comunicacin. Si no, qu significa el papelito de
apuntes que sorprend el otro da sobre la cmoda de mi ta, y en el
cual, pasando al descuido la vista, distingu este rengln que deca:
_Corresponden a F. 1.252 reales_? _F._ quiere decir _ella_. Luego hay
comunicacin entre mi ta y ella, y como esta comunicacin no es postal,
resulta claro, como la luz del da, que reside en Madrid.

Largos ratos se pasaba en este ejercicio de la razn. A veces se deca:
Rechacemos todo lo fantstico. No admitamos nada que no se apoye en la
lgica. De qu vive? Vivir honradamente? No aventuremos ningn juicio
temerario. Podr vivir honradamente y podr vivir de mala manera. Yo
llegar a descubrir la verdad enterita, sin preguntar una palabra a
nadie. Pues todos callan ante m, yo callo ante todos. Veo, oigo y
pienso. As sabr todo lo que quiero. Qu hermosa es la verdad, mejor
dicho, estos bordes del manto de la verdad que alcanzamos a ver en la
tierra, porque el cuerpo del manto y el de la verdad misma no se ven
desde estos barrios!... Dios mo, me asombro de lo cuerdo que estoy. La
gente me mira con lstima, como a un enfermo; pero yo, en m, me recreo
en lo sano de mis juicios. Dichoso el que piensa bien, porque l est en
grande.

Entr en el caf del Siglo, donde crea encontrar a su hermano; pero
Leopoldo Montes le dijo que habiendo aceptado Villalonga la Direccin de
Beneficencia y Sanidad, haba encargado a Juan Pablo un trabajo
delicadsimo y muy enojoso... cosa de poner en claro unas cuentas de
lazaretos; y me le tena en la oficina de sol a sol. All le llevaban el
caf. No le vena mal a Juan Pablo que el director le encargase trabajos
extraordinarios, pues esto significaba confianza, y tras la confianza
vendra un ascenso. Hablaron de empleos y de poltica, diciendo
Maximiliano cosas muy buenas.

Refugio, la querida de Juan Pablo, estaba aquel invierno muy mal de
ropa, y no iba al caf del Siglo, sino al de Gallo, porque le coga
cerca (la pareja moraba en la Concepcin Jernima), y adems porque la
sociedad modesta que frecuentaba aquel establecimiento, permita
presentarse en l de trapillo o con mantn y pauelo a la cabeza.
Agregbansele a Refugio algunas personas con quienes tena amistad fcil
y adventicia, de esas que se contraen por vecindad de casa o de mesa de
caf. Eran un portero de la Academia de la Historia con su esposa, y un
cobrador municipal de puestos del mercado, con la suya o lo que fuese.
Este matrimonio sola ir los domingos acompaado de toda la familia, a
saber: una abuela que haba sido _vctima_ del 2 de Mayo, y siete
menores. El caf se compone de dos crujas, separadas por gruesa pared y
comunicadas por un arco de fbrica; mas a pesar de esta rareza de
construccin, que le asemeja algo a una logia masnica, el local no
tiene aspecto lgubre. En la segunda sala, donde se instalaba Refugio,
haba siempre animacin campechana y confianzuda, y como el espacio es
all tan reducido, toda la parroquia vena a formar una sola tertulia.
En ella imperaba Refugio como en un saln elegante en el cual fuera
estrella de la moda, Dbase mucho lustre, tomando aires de seora,
alardeando de expresarse con agudeza y de decir gracias que los dems
estaban en la obligacin de rer. Ponase siempre en un ngulo, que
tena, por la disposicin del local, honores de presidencia. Cuando Maxi
iba, su cuada le haca sentar a su lado, y le mimaba y atenda mucho,
con sentimientos compasivos y de proteccin familiar, permitindose
tambin tutearle y darle consejos higinicos. l se dejaba querer, y
apenas tomaba parte en la tertulia, como no fuera con los silogismos que
mentalmente haca sobre todo lo que all se charlaba. Una noche estaba
el pobre chico tomndose su caf, muy callado, en la misma mesa de
Refugio, cuando se fij en dos hombres que en la prxima estaban, uno de
los cuales no le era desconocido. Pensando, pensando, acert al fin. Era
Pepe Izquierdo, to de su mujer, a quien slo haba visto una vez, yendo
de paseo con Fortunata por las Rondas, y ella se lo present. Como en
Gallo haba tanta confianza, pronto se comunicaron los de una y otra
mesa. Primero se hablaba de poltica, despus de que la guerra se
acabara a fuerza de dinero, y como la poltica y las guerras vienen a
ser las fibras con que se teje la Historia, hablose de la Revolucin
francesa, poca funesta en que, segn el cobrador municipal, haban sido
guillotinadas _muchas almas_. Or que se hablaba de Historia y no meter
baza, era imposible para Izquierdo; pues desde que se puso a _modelo_
saba que Nabucodonosor era un Rey que coma hierba; que D. Jaime entr
en Valencia a caballo, y que Hernn-Corts era un _endivido_ muy
templado que se entretena en quemar barcos. Los disparates que aquel
hombre dijo acerca del _Pronunciamiento_ de Francia, hicieron rer mucho
a todos, particularmente al portero de la Academia de la Historia, que
echaba al concurso miradas desdeosas, no queriendo aventurar una
opinin, que habra sido lo mismo que arrojar margaritas a cerdos. Mas
el compaero de _Platn_, persona enteramente desconocida para Maxi,
deba de ser uno de los sujetos ms eruditos que en aquel local se
haban visto nunca, y cuando rompi a hablar, se gan la atencin del
auditorio. Tena la cara granulosa y el pescuezo como el de un pavo, con
una nuez muy grande, el pelo escobilln, y se expresaba en trminos muy
distintos del grrulo lenguaje de su amigo: Al Rey Luis XVI--dijo--, y
a la Reina Doa Mara Antonieta les cortaron la cabeza, naturalmente,
porque no queran darle libertad al pueblo. Por eso hubo, naturalmente,
aquel gran pronunciamiento, y todo lo variaron, hasta los nombres de los
meses, seores, y hasta abolieron la vara de medir y pusieron el metro,
y la religin tambin fue abolida, celebrndose las misas, naturalmente,
a la diosa Razn.

Tanta sabidura impresion a Maxi, que al punto se desat a charlar con
Ido del Sagrario, pues no era otro el docto amigo de Izquierdo, y
estuvieron poniendo comentarios a los trgicos sucesos del 93. Porque
mire usted, cuando el pueblo se desmanda, los ciudadanos se ven
indefensos, y francamente, naturalmente, buena es la libertad; pero
primero es vivir. Qu sucede? Que todos piden orden. Por consiguiente,
salta el dictador, un hombre que trae una macana muy grande, y cuando
empieza a funcionar la macana, todos la bendicen. O hay lgica o no hay
lgica. Vino, pues, Napolen Bonaparte, y empez a meter en cintura a
aquella gente. Y que lo hizo muy bien, y yo le aplaudo, s seor, yo le
aplaudo.

--Y yo tambin--dijo Maxi, con la mayor buena fe, observando que aquel
hombre razonaba discretamente.

--Quiere esto decir que yo sea partidario de la tirana?...--prosigui
Ido--. No seor. Me gusta la libertad; pero respetando... respetando a
Juan, Pedro y Diego... y que cada uno piense como quiera, pero sin
desmandarse, sin desmandarse, mirando siempre para la ley. Muchos creen
que el ser liberal consiste en pegar gritos, insultar a los curas, no
trabajar, pedir aboliciones y decir que mueran las autoridades. No
seor. Qu se desprende de esto? Que cuando hay libertad mal entendida
y muchas aboliciones, los ricos se asustan, se van al extranjero, y no
se ve una peseta por ninguna parte. No corriendo el dinero, la plaza
est mal, no se vende nada, y el bracero que tanto chillaba dando vivas
a la Constitucin, no tiene qu comer. Total, que yo digo siempre:
Lgica, liberales y de aqu no me saca nadie.

Este hombre tiene mucho talento pensaba Rubn, apoyando con
movimientos de cabeza la aseveracin de aquel sujeto.

Y cuando, al despedirse, Ido le dio su nombre, agregando que era
profesor de primeras letras en las escuelas catlicas, Maximiliano
discurri que no estaba en armona la humildad del empleo con el saber y
la destreza dialctica que aquel individuo mostraba.

Al siguiente da por la tarde, Maxi fue a Gallo y no estaban, de las
personas conocidas, ms que el cobrador municipal y Jos Izquierdo. Este
haba dejado en la silla prxima un envoltorio. Mirolo el joven con
disimulo y vio que era algo como ropa o calzado, cubierto con un
pauelo. Tan mal hecho estaba el atadijo, que al mover la silla se
descubri una bota elegante con caa color de caf. Al verla Rubn,
sinti como si le cayera una gota fra en el corazn. Esa bota es de
ella... ay, de ella es!... La conozco, como conozco las mas. No la
lleva a componer porque est casi nueva. La lleva de muestra para que le
hagan otro par. Es muy presumida en cuestiones de calzado. Le gusta
tener siempre tres o cuatro pares en buen uso. Y por qu no las lleva
ella? Porque no sale. Luego est enferma... Enferma, de qu?.




--ii--


_Platn_ se despidi de su amigo, y cogi el lo diciendo que
tena que ir a la calle del Arenal.

Justo--discurri Maxi sin decir una palabra--.

All est su zapatero. Arenal, 22... Lo que me falta saber, podra
averiguarlo siguiendo a ese brbaro. Pero no... Con la lgica y slo con
la lgica lo averiguar. Para qu quiero esta gran cordura que ahora
tengo? Con mi cabeza me gobierno yo solo.

Despus, cuando entraron Ido, Refugio y otras personas, estuvo muy
comunicativo, discurriendo admirablemente sobre todo lo que se trat,
que fue la insurreccin de Cuba, el alza de la carne, lo que se debe
hacer para escoger un bonito nmero en la lotera, la frecuencia con que
se tiraba gente por el Viaducto de la calle de Segovia, el tranva nuevo
que se iba a poner y otras menudencias.

Un da de los primeros de Marzo, Maxi, al dirigirse al caf, vio a
Izquierdo en los soportales de la Casa-Panadera, y a punto que le
saludaba, pas y se detuvo el cobrador municipal. Este y Jos cambiaron
unas palabras.

En seguida voy al caf--dijo el _modelo_, mostrando varios paquetes a
su amigo, que los miraba con curiosidad--. Subo a largar esto: Varas de
cinta... jabn... demonios, dtiles. Voy cargado como un santsimo
burro.

Maximiliano sigui hacia el caf, y observando que Platn tomaba hacia
la calle de Ciudad Rodrigo, mir su reloj.

--Dtiles!... Cuntos le he comprado yo! Las golosinas la venden. Se
despepita por ellas...--pens el razonador, penetrando en el establecimiento,
sin ver nada de lo que en l haba--. Come dtiles... luego no est mala;
los dtiles son muy indigestos. Y puesto que ella los come, la causa del no
salir, no es enfermedad... Luego, es otra cosa...

Y viendo entrar a Izquierdo, volvi a mirar su reloj. Ha tardado doce
minutos. Luego la casa est cerca... Doce minutos: pongamos cuatro para
subir la escalera, dos para bajarla... Y est cansado el hombre; debe de
ser alta la escalera... La casa est cerca. La descubriremos por la
lgica. Nada de preguntas, porque no me lo diran; ni seguir a este
animal, porque eso no tendra mrito. Clculo, puro clculo....

Izquierdo y el cobrador municipal le convidaron a unas copas; pero l no
quiso aceptar, porque le repugnaba el aguardiente. Oyoles la
conversacin sin aparentar orla, aunque nada interesante tena para l,
pues vers sobre si la Villa iba a suprimir tantas y tantas mulas del
ramo de jardines y paseos para repartirse la cebada entre los
concejales. Despus el recaudador sac a relucir no s qu asunto de
familia, quejndose de las continuas enfermedades de su esposa, de lo
que Izquierdo tom pie para decir unas cuantas barbaridades sobre las
ventajas de no tener familia que mantener. Musotros los viudos estamos
como queremos dijo volvindose a Maxi y dndole un palmetazo en el
hombro. El pobre muchacho hizo como que aprobaba la idea, sonriendo, y
para s dio unas cuantas vueltas al manubrio de la lgica: Se te ha
encargado que no descubras nada; se te ha dicho que tengas cuidado con
lo que hablas delante de m, dromedario, y t, como todos, te empeas en
meterme en la cabeza la idea de que estoy viudo. No cuentas con que mi
cabeza es un prodigio de claridad y raciocinio. A buena parte vienes.
Vers cmo destruyo tus sofismas y mentiras. Vers lo que puede el
clculo de un cerebro lleno de luz... Con que yo viudo! Lo mismo que mi
ta, que me dijo ayer: desde que _enviudaste_, pareces otro.... Me
conviene hacerles creer que me lo trago. Con mi lgica me las arreglo
admirablemente y me ro del mundo. Qu bonita es la lgica; pero qu
bonita! Y qu hermosura tener la cabeza como la tengo ahora, libre de
toda apreciacin fantasmagrica, atenta a los hechos, nada ms que a los
hechos, para fundar en ellos un raciocinio slido!... Pero vmonos a mi
casa, que mi ta me espera.

Tres das despus de esto, al entrar en la botica, not que Ballester y
Quevedo hablaban, y que al verle llegar a l, se callaron sbitamente.
Como haba adquirido facilidad para la apreciacin de los hechos, aquel
se le revel claramente. Segismundo y el comadrn trataban de algo que
no queran oyese Maximiliano.

Para disimular le preguntaron a l por su salud, y a poco dijo Quevedo
al farmacutico en tono muy misterioso: Ha preparado usted el
cornezuelo de centeno? Basta con eso por ahora.

Qu tal, paseamos mucho, joven?--agreg en alta voz, volviendo hacia
Maxi su cara de caimn, en la cual la sonrisa vena a ser como una
expresin de ferocidad--. Vamos bien, vamos bien. Al fin podr usted
volver a sus ocupaciones ordinarias. Ya deca yo que en cuanto estuviera
usted libre... por aquello de _muerto el perro se acab la rabia_.
Rubn contest afirmativamente y con amabilidad. Despus observ que
Ballester sacaba de un cajn un paquetito de medicamento y se lo daba al
Sr. de Quevedo, dicindole: Llveselo usted; lo he pulverizado yo mismo
con el mayor esmero. La antiespasmdica la llevar yo. El comadrn tom
el paquete y se fue.

A poco entr _doa Desdmona_ preguntando por su marido, y pudo observar
el joven que Ballester le hizo seas, llamndole la atencin sobre la
presencia de Maxi, pues la seora empez diciendo: Ha ido otra vez a
la Cava?. Aquello se arregl y _doa Desdmona_ invitole a que la
acompaase a su casa, lo que l hizo de bonsima gana, remolcndola del
brazo por la escalera arriba. Conversando estuvieron largo rato, y la
seora de Quevedo le enseaba sus jaulas de pjaros, canarias en cra,
un jilguero que sacaba agua del pozo, y coma extrayendo el alpiste de
una caja, con otras curiosidades ornitolgicas de que tena llena la
casa. A la hora de comer entr Quevedo muy fatigado, diciendo: No hay
nada todava.... Y como vio all al sobrino de doa Lupe, no dijo ms.

Cuando Maximiliano se retir, iba desarrollando en su mente la ms
prodigiosa cadena de razonamientos que en aquellas cavilaciones se haba
visto. Ves como sali? Lo que fulmin en mi cabeza como un resplandor
siniestro del delirio, ahora clarea como luz cenital que ilumina todas
las cosas. Vaya, hasta poeta me estoy volviendo. Pero dejmonos de
poesas; la inspiracin potica es un estado insano. Lgica, lgica, y
nada ms que lgica. Cmo es que lo averiguado hoy por procedimientos
lgicos, fundados en datos e indicios reales, existi antes en mi mente
como los rastros que deja el sueo o como las ideas extravagantes de un
delirio alcohlico? Porque esto no es nuevo para m. Yo lo pens, yo lo
conceb envuelto en impresiones disparatadas y confundido con ideas
enteramente absurdas. Misterios del cerebro, desrdenes de la ideacin!
Es que la inspiracin potica precede siempre a la verdad, y antes de
que la verdad aparezca, trada por la sana lgica, es revelada por la
poesa, estado morboso... En fin, que yo lo adivin, y ahora lo s. El
calor se transforma en fuerza. La poesa se convierte en razn. Qu
claro lo veo ahora! Vive en la Cava, en la Cava, en la misma casa tal
vez donde vivi antes. Se esconde para que no la vea nadie. El suceso se
aproxima. La asiste Quevedo. Para ella son el cornezuelo de centeno y la
antiespasmdica. Ah!, cmo me ro yo de estos imbciles que creen que
me engaan!... Engaarme a m, que estoy ahora ms cuerdo que la misma
cordura! Dios mo, qu talento tengo! Qu manera de discurrir!...
Estoy asombrado de m mismo, y compadezco a mi ta, a Ballester, a
todos los que hacen delante de m esta comedia! 'Todava no hay nada',
fue lo que dijo Quevedo al volver a la Cava. Presuncin equivocada,
falsos sntomas. Luego la cosa est prxima. Estamos en Marzo. Bien, no
me falta ms que averiguar la casa. Si me dejara llevar de la
inspiracin, asegurara que es la misma casa aquella, la de los
escalones de piedra. Pero no; procedamos con estricta lgica, y no
aseguremos nada que no est fundado en un dato real.

Al da siguiente estuvo con su hermano en el caf del Siglo, y despus
en el de Gallo con Refugio. Era el 19 de Marzo, y los que se llamaban
Jos convidaban a toda la tertulia. Ido del Sagrario se negaba a tomar
copas y su amigo Izquierdo, que beba aguardiente como si fuera agua, se
burlaba de la sobriedad del profesor de instruccin primaria, el cual
asegur haber comido _fuerte_ y no hallarse muy bien del estmago. Poco
a poco se iba desprendiendo el buen Ido de la masa de gente que formaba
la tertulia, retirndose de silla en silla, hasta que Maxi le vio en la
mesa ms lejana, ensimismado, los codos sobre el mrmol y la cabeza en
las palmas de las manos. Fuese hacia l, movido de lstima, y le
pregunt lo que tena. Amigo--le dijo Ido con voz cavernosa, mostrando
su cara descompuesta--, ve usted cmo me tiembla el prpado derecho?
Pues es seal de que me estoy poniendo malo... pero no tiene usted idea
de lo malo que me pongo.

--Vamos, D. Jos, eso no es ms que aprensin (tratando de llevarle al
grupo principal).

--Djeme usted... Se ren de m, porque desbarro mucho... Tiempo haca
que no me daba esto; pero lo veo venir, lo veo venir... Ya, ya me entra,
y no lo puedo remediar. Tendr que ausentarme, para que no se burlen de
m. Porque me pongo perdido... Me pongo como si bebiera mucho
aguardiente, y ya ve usted que no lo cato... no lo cato, cramelo usted,
caballero. Usted es el nico que no se reir de m; usted comprende mi
desgracia y me compadece.

--D. Jos... que se le quiten esas cosas de la cabeza--le dijo el otro,
oficiando de hombre sesudo y razonable.

--Ah!... pues quteme del campo de mi vida los hechos... (tocndole
amigablemente el brazo). Porque somos esclavos de las acciones ajenas, y
las nuestras no son la norma de nuestra vida. As es el mundo. De nada
le vale a usted ser honrado, si la maldad de los dems le obliga a hacer
una barbaridad.

--Eso est muy bien discurrido.

--Oh!, la desgracia vuelve sabios a los tontos... No, no somos dueos
de nuestra vida. Estamos engranados en una maquinaria, y andamos
conforme nos lleva la rueda de al lado. El hombre que hace el disparate
de casarse, se engrana, se engrana, me entiende usted?, y ya no es
dueo de su movimiento.

--Entiendo, s...--Pues no me acuse usted si oye que he cometido un
crimen (hablndole al odo), porque los que tenemos la desgracia de ser
esposos de una adltera... Los que tenemos esa desgracia, no podemos
responder de aquel mandamiento que dice: _no matar_. Creo que es el
quinto.

--S, el quinto es--dijo Maxi, que senta una corriente fra pasndole
por el espinazo.

--Y aqu donde usted me ve... (echndose para atrs y expresndose
siempre en voz muy baja), hoy mato yo...

Esto, aunque dicho muy quedamente, fue odo de Izquierdo, que rompiendo
a rer, solt esta andanada: Pues no dice este judo _Dio_ que hoy
mata l!... En qu plaza, camarata?.

Las carcajadas atronaban el caf, y Rubn se acerc al grupo principal,
diciendo con la mayor serenidad del mundo y en tono de benevolencia y
compasin: Seores, no burlarse de este pobre seor que no tiene la
cabeza buena. Un trastorno mental es el mayor de los males, y no es
cristiano tomar estas cosas a broma. Denle un poco de agua con
aguardiente.

Se la ofrecieron; pero Ido no la quiso tomar. Amorraba la cabeza entre
los brazos cruzados sobre el mrmol, y el dueo del establecimiento,
mirndole con sorna, le deca: Aqu no se duermen monas. A dormirlas a
la calle. Maxi trat de hacerle levantar la cabeza. D. Jos, a usted
le convendra tomar duchas y tambin unas pildoritas de bromuro de
sodio. Quiere que se las prepare? Es el tratamiento ms eficaz para
combatir eso... Dgamelo usted a m, que durante una temporada he estado
como usted... muchsimo peor. Yo inventaba religiones; yo quera que
todo el gnero humano se matara; yo esperaba el Mesas... Pues aqu me
tiene tan sano y tan bueno.

Y volviendo al grupo principal: Nada, hay que dejarle. Eso le pasar.
Pobrecito!, me da mucha lstima.

De repente, D. Jos se levant de su asiento y sali de estampa, entre
la risa y chacota de toda la partida. Maxi quiso salir detrs; pero
Refugio le tir de los faldones y le hizo sentar a su lado: Djalo t,
qu te importa?. Y apareci el tumulto, por la entrada de otros Pepes;
y el amo del caf, que tambin era algo Jos, reparti puros y ron con
marrasquino. Algunos se empearon en que Maximiliano bebiese; pero ni l
quera, ni Refugio se lo hubiera permitido, atenta siempre a cuidar de
su preciosa salud. Lo que haca el excelente muchacho era rer con la
mayor buena fe todas las gracias que all se decan, hasta las ms
zafias y groseras, aunque sin participar mucho de la estrepitosa alegra
de aquella gente.




--iii--


Comi Rubn aquella noche sosegadamente con su ta, contndole
algo de lo que haba visto y odo en el caf, a lo que respondi la gran
seora expresndole su deseo de que no fuese ms a aquel
establecimiento, por estar muy lejos, y porque en l siempre encontrara
una sociedad inculta y ordinaria. El joven pareca conformarse con esta
idea, y asegur que no volvera ms. Despus fue con su ta a casa de
Samaniego, y mientras dur la tertulia, permaneci apartado de ella,
labrando y puliendo su idea. Es en la casa de los escalones de
piedra... Despus que ech aquel brindis estpido, Izquierdo habl de
subir a gatas a casa de su hermana, y de bajar rodando por los
escalones de piedra... Ya s, pues, dnde est. Ahora, hay que proceder
con sigilo y decisin. Lleg la hora de castigar. El honor me lo pide.
No soy un asesino, soy un juez. Aquel desgraciado hombre lo deca:
'Estamos engranados en la mquina, y la rueda prxima es la que nos hace
mover. Sus dientes empujan mis dientes, y ando'.

--Por qu suspiras, hijo?--le pregunt su ta, observndole caviloso y
suspirante.

Contest evasivamente, y a poco se retiraron, no sin que _doa
Desdmona_ invitase al joven a pasar en su casa la maana siguiente. Le
enseara todos sus pjaros y le dara de almorzar. Aceptada esta
fineza, Maxi se person en casa de Quevedo desde las nueve, hora en que
la seora aquella se hallaba en la plenitud de sus funciones, limpiando
jaulas, revisando nidos, examinando huevos, y sosteniendo con este y el
otro voltil plticas muy cariosas. Su obesidad no le impeda ser gil
y diligentsima en aquella faena. Gastaba una bata de color de almagre,
y como su figura era casi esfrica, no pareca persona que anda, sino un
enorme queso de bola que iba rodando por las habitaciones y pasillos. No
tard en asociar al chico a sus operaciones, ensendole a distribuir el
alpiste a toda la familia. Con algunos sostena _doa Desdmona_
conversaciones maternales.

Qu dices t, chiquitn de la casa?... gloria ma... A ver, tiene el
nio mucha hambre...? Ay qu pico me abre este hijo!. Y los trinos
ensordecan la casa. Con verdadero ahnco, Maximiliano segua torneando
en su cabeza las ideas de la noche anterior. La matar a ella y me
matar despus, porque en estos casos hay que poner el pleito en manos
de Dios. La justicia humana no lo sabe fallar.

--Qu mala es esta pjara!--deca _doa Desdmona_--, no sabe usted lo
mala que es. Ha matado ya tres maridos... y de los hijos no hace caso.
Si no fuera por el macho, que es, ah donde usted lo ve, toda una
persona decente, los pobrecitos se moriran de hambre.

--Hay que perdonarla--replic Maxi con humorismo--, porque no sabe lo
que se hace... Y si la furamos a condenar, quin le tirara la primera
piedra?

--Vamos ahora a los pericos, que ya estn alborotados.

La lgica exige su muerte--pensaba Rubn colgando cuidadosamente una
jaula en que haba muchos nidos--. Si siguiera viviendo, no se cumplira
la ley de la razn.

La renovacin del alpiste y del agua daba a aquellos infelices y
graciosos seres aprisionados una alegra insensata; y ponindose todos a
piar y a cantar a un tiempo, no era posible que se entendieran las
personas que entre ellos estaban. _Doa Desdmona_ hablaba por seas.
Maxi pareca contento, y hubiera vuelto a empezar todas las operaciones
por puro entretenimiento. Cuando lleg la hora de almorzar, tena ya muy
buen apetito, y el comadrn y su esposa estuvieron muy amables con l,
dicindole que le agradeceran fuese todos los das, si tena gusto en
ello. Ya Quevedo no era celoso, y desde que su esposa se haba
redondeado hasta hacer la competencia a los quesos de Flandes, se cur
el buen seor de sus murrias y no volvi a hacer el Otelo. Sin embargo,
a ninguno que no fuera el pobre Rubn, le habra permitido entrar
libremente en la casa, porque en verdad, no le consideraba a ste capaz
de comprometer la honra de ningn hogar donde penetrase.

Doa Lupe entr muy gozosa, diciendo: Qu tal se ha portado el
galn?.

--Admirablemente, seora. Es lo ms amable...--replic _doa Desdmona_,
y llevndola aparte, aadi--: Si est bueno y sano... Si viera usted
qu contento y qu tranquilo...! Nada, como la persona de ms juicio.

--Yo creo--dijo la de Juregui--, que si no est curado, le falta poco.
Y qu hay de eso?

--Esta maana volvi Quevedo. Todava nada... Esperando por momentos...
Ella, con mucho miedo.

Algo ms cotorrearon, pero no hace al caso. Doa Lupe se llev a su
sobrino al Monte de Piedad, y como aquel da las ventas fueron de muy
poco inters, tornaron pronto a casa, despus de comprar fresa y
esprragos en un puesto de la calle de Atocha. Por la tarde, la seora
encarg a su sobrino que le hiciera unas cuentas algo complicadas, y l
las despach con presteza y exactitud, sin equivocarse ni en un cntimo;
y como su ta se maravillase de aquel tino aritmtico, el joven se ech
a rer, dicindole: Pero usted qu se ha figurado? Si tengo yo la
cabeza como no la he tenido nunca. Si estoy tan cuerdo, que me sobra
cordura para darla a muchos que por cuerdos pasan.

Haca muchsimo tiempo que doa Lupe no haba visto al chico tan
despejado, con tanto reposo en el espritu y el nimo tan dispuesto a la
alegra, seales todas de reparacin indudable. Si no dudo que ests
bien... Cierto que ya quisieran muchos... Yo me alegro infinito de verte
as, y le pido a Dios que te conserve.

--Crea usted que seguir lo mismo. Yo reconozco en mi cabeza una fuerza
que nunca he tenido. Discurro admirablemente, y se lo voy a probar a
usted ahora mismo. Se pasmar usted al ver que si buena comedia han
hecho ustedes conmigo, mejor la he hecho yo con ustedes. Los engaadores
son los engaados.

Doa Lupe empez a alarmarse.

--Pues ver usted (continuando en la mesa en que haba hecho las cuentas
y con el papel de ellas entre las manos). Mi familia, Ballester y todas
las personas a quienes conozco fuera de casa, _bordaban_ admirablemente
su papel; y yo callado... hacindome el tonto, mientras con la sola
fuerza del clculo, descubra la verdad.

Y doa Lupe tan parada, que no saba qu decirle.

Y vea usted cmo le pruebo que mi cabeza da quince y raya hoy a las
cabezas mejor organizadas, incluso la de usted. Sin decir una palabra a
nadie, sin preguntar a bicho viviente, y fundndome slo en algn
indicio que pescaba aqu y all, sentando hechos y deduciendo
consecuencias, he descubierto la verdad... todo con la pura lgica, ta,
con la lgica seca. Atienda usted y asmbrese.

Estaba, en efecto, la viuda ilustre tan asombrada como quien ve volar un
buey.

Pues por el orden siguiente, he ido descubriendo estos hechos: Que
Fortunata no se ha muerto, que est en Madrid, que vive cerca de la
Plaza Mayor, que vive en la Cava de San Miguel, en la casa de los
escalones de piedra, que est fuera de cuenta desde hace un mes, y que
D. Francisco de Quevedo la asiste.

Doa Lupe no se atrevi a negar; tan abrumadoras eran las verdades que
su sobrino manifestaba. Vers... T no debes ocuparte de eso... Te
concedo que vive, pero no s dnde. Y en cuanto al embarazo, es error
tuyo y de tu maldita lgica. Vaya con la salida! El diablo cargue con
tu lgica.

--Si insiste usted, querida ta, en hacer comedias, creer que quien ha
perdido el juicio es usted. Yo afirmo lo que he dicho, y tengo la
evidencia de que es verdad. M lgica no me engaa ni puede engaarme.
Con franqueza: nota usted en m algo que remotamente se parezca a falta
de juicio?

Doa Lupe no supo qu responder.

He dicho algn disparate?... Se atreve usted a sostener que lo he
dicho? Pues tomemos un coche y vamos a la Cava... Ah!, no quiere usted.
Luego, yo he dicho la verdad, y la que falta ahora a ella, sin duda con
muy buen fin, es mi seora ta. Quin es aqu el cuerdo y quin no lo
es?.

--Pues repito que eso del estado interesante es una papa--dijo la viuda
llena de confusin--. Alguien ha querido darte un bromazo, que por
cierto es de muy mal gusto.

--Yo le juro a usted que con nadie he hablado de este asunto,
absolutamente con nadie. El conocimiento adquirido es obra del clculo
puro. Y ahora, por si alguien duda todava de que yo sea la cordura
andando, voy a dar a todos la ltima prueba de ella. Cmo? Pues no
volviendo a hablar de semejante asunto. Se acab. Sigamos la vida
ordinaria... Aqu no ha pasado nada, ta; hgase usted cuenta de que no
hemos hablado nada. No me dijo usted que tena otra cuenta que
arreglar? Venga; estoy pronto, con una cabeza que es un acero para los
nmeros, pues estos son la pura esencia de la lgica.

Y se puso a trabajar en las operaciones aritmticas con tanta serenidad,
y un temple tan equilibrado, que doa Lupe sali de la estancia
hacindose cruces y diciendo que si lo que acababa de or se lo hubieran
contado los cuatro Evangelistas, no les habra dado crdito. Pero siendo
lo que refiri el sobrino un prodigio de capacidad intelectual, la
seora no las tena todas consigo respecto al estado de aquella cabeza.
Entrronle alarmas, como las de los peores das pasados, y se puso de un
humor vidrioso no acertando a determinar si aquello de la lgica era una
crisis favorable, o por el contrario, traera nuevas complicaciones.

Y no estuvo muy feliz Juan Pablo, en la eleccin de aquel da para hacer
a doa Lupe la proposicin de emprstito, pues encontr a la capitalista
dada a todos los demonios. Era el hombre de menos suerte que exista,
pues nunca daba en el quid de la buena ocasin; lstima grande, porque
el discurso que llevaba preparado para convencer a la seora era
admirable, y una roca se ablandara oyndolo. Su ta no le dej pasar
del exordio, negndose absolutamente a contratar ninguna clase de
prstamo ni en las condiciones ms usurarias. Total: que sali Juan
Pablo de la casa renegando de su estrella, de su ta y de todo el gnero
humano, revolviendo en su mente propsitos de venganza con proyectos de
suicidio, pues estaba el infeliz como el nufrago que patalea en medio
de las olas, y ya no poda ms, ya no poda ms. Se ahogaba.




--iv--


En la noche de aquel aciago da, que crey deber marcar con la
piedra ms negra que en su triste camino hubiera, Juan Pablo sostuvo en
el caf del Siglo las teoras ms disolventes. Con gran estupefaccin de
D. Basilio Andrs de la Caa, que volvi a la tertulia, embisti contra
la propiedad individual, haciendo creer al propio sujeto y a otros tales
que se haba dado un atracn de lecturas prudhonianas. No haba visto un
solo libro, ni por el forro, y toda su argumentacin ingeniosa sacbala
de la rabia que contra doa Lupe senta, rencor satnico que habra
bastado para inspirar epopeyas.

Como el gran principio de la propiedad individual no tena en aquella
desigual contienda ms defensor que D. Basilio, qued maltrecho. La mesa
de mrmol, en torno de la cual formaban animado crculo las caras de los
combatientes, estaba a ltima hora llena de cadveres, revueltos con
las cucharillas, con los vasos que an tenan heces de caf y leche, con
la ceniza de cigarro, los peridicos y los platillos de metal blanco, en
los cuales la mano afanadora de D. Basilio no haba dejado ms que polvo
de azcar. Dichos cadveres, horriblemente destrozados, eran la
propiedad, todas las clases de propiedad posibles, el Estado, la Iglesia
y cuantas instituciones se derivan de estos dos principios, Matrimonio,
Ejrcito, Crdito pblico, etc... Con admiracin de todos, Juan Pablo se
lanz a la defensa del amor libre, de las relaciones absolutamente
espontneas entre los sexos, y puso la patria potestad sobre la cabeza
de la madre. Al Papa le deshizo, y la tiara qued pateada bajo la mesa,
con los pedazos de peridico, los salivazos y el palillo deshilachado de
D. Basilio, quien al fin, en el barullo de la derrota, arroj lejos de
s aquel marcador de sus argumentos. Tambin andaba por el suelo la
corona real, triturada por las suelas de las botas, y el cetro de toda
autoridad corra la misma suerte. Las conteras de los bastones,
golpeando con furia el sucio entarimado, remataban las vctimas que iban
cayendo de la mesa, expirantes. Creerase que Juan Pablo las estrujaba
con los codos, despus de acribillarlas con su dialctica, y cuando
coga un lpiz y trazaba nmeros con febril mano sobre el mrmol, para
probar que no debe haber presupuesto, pareca un Fouquier de Thinville
firmando sentencias de muerte y mandando carne a la guillotina.

Y qu menos poda hacer el desgraciado Rubn que descargar contra el
orden social y los poderes histricos la horrible angustia que llenaba
su alma? Porque estaba perdido, y la cruel negativa de su ta le puso en
el caso de escoger entre la deshonra y el suicidio. Antes de ir al caf
haba tenido un vivo altercado con Refugio, por pretender sta que fuese
con ella a Gallo, y el disgusto con su querida, a quien tena cario, le
revolvi ms la bilis. Sus amigos no podan con l; estaba furioso; poco
faltaba para que insultase a los que le contradecan, y su numen
paradjico se excitaba hasta un grado de inspiracin que le haca
parecer un propagandista de la secta de los _tembladores_. El que mejor
replicaba parece increble!, era Maxi, que se qued en el caf ms
tiempo del acostumbrado, retenido por el inters de la polmica.
Defenda el joven Rubn los principios fundamentales de toda sociedad
con un ardor y una serena conviccin que eran el asombro de cuantos le
oan. No se alteraba como el otro; argumentaba con frialdad, y sus
nervios, absolutamente pacficos, dejaban a la razn desenvolverse con
libertad y holgura. La suerte de Rubn mayor fue que Rubn menor se
march a las diez, pues doa Lupe le tena prescrito que no entrase en
casa tarde, y por nada del mundo desobedecera l esta pragmtica. Haba
vuelto a la docilidad de los tiempos que se podran llamar
_antediluvianos_ o que precedieron a la catstrofe de su casamiento.
Dejando que su hermano se arreglara como pudiese con los dems
tratadistas de derecho pblico, abandon el caf con nimo de irse
derechito a su casa. Atraves la Plaza Mayor, desde la calle de Felipe
III a la de la Sal, y en aquel ngulo no pudo menos que pararse un rato,
mirando hacia las fachadas del lado occidental del cuadriltero. Pero
esta suspensin de su movimiento fue pronto vencida del prurito de
lgica que le dominaba, y se dijo: No; voy a casa, y han dado ya las
diez... Luego, no debo detenerme. Sigui por la calle de Postas y
Vicario Viejo, y antes de desembocar en la subida a Santa Cruz, vio
pasar a Aurora, que sala de la tienda de Samaniego para ir a su casa.
Qu tarde va hoy! pens, siguiendo tras ella por la calle arriba,
hacia la plazuela de Santa Cruz, no por seguirla, sino porque ella iba
delante de l, sin verle. Andaba la viuda de Feneln a buen paso, sin
mirar para ninguna parte, y llevaba en la mano un paquete, alguna obra
tal vez para trabajar en su casa el da siguiente, que era domingo, y
domingo de Ramos por ms seas.

Como iba ms aprisa que l, pronto se aument la distancia que les
separaba. En vez de seguir por la calle de Atocha para tomar por la de
Caizares, como pareca natural (este era el itinerario que usaba Maxi),
la joven se meti por el oscuro callejn del Salvador. En la sombra del
Ministerio de Ultramar la esperaba un hombre que la detuvo un instante:
dironse las manos y siguieron juntos. Hola, hola--se dijo Maxi
acechando--, belenes tenemos?. Y vindoles ir por el callejn
adelante, una idea o ms bien sospecha encendi en l vivsima
curiosidad. Siguindoles a cierta distancia, se cercior al punto de lo
que antes fuera presuncin, y la certidumbre produjo en su alma
violentsima sacudida. Es l, ese infame... La espera; van juntos... y
toman la va ms solitaria... Luego, son amantes... Engaar a una pobre
mujer... un hombre casado!.... Determinose en l con poderosa fuerza el
rencor de otros tiempos, aquel rencor concentrado y sutil que era como
un virus ponzooso, tan pronto manifiesto como latente, y que al
derramarse por todo su ser, produca tantos y tan distintos fenmenos
cerebrales. Al propio tiempo se desbordaba en el alma del desdichado
joven un sentimiento quijotesco de la justicia, no tal como la estiman
las leyes y los hombres, sino como se ofrece a nuestro espritu,
directamente emanada de la esencia divina. Esto lo tolera y aun lo
aplaude la sociedad... Luego, es una sociedad que no tiene vergenza.
Y qu defensa hay contra esto? En las leyes ninguna. Ay, Dios mo, si
tuviera aqu un revlver, ahora mismo, ahora mismo, sin titubear un
instante, le pegaba un tiro por la espalda y le parta el corazn! No
merece que se le mate por delante. Traidor, miserable, ladrn de
honras! Y esa tonta que se deja engaar!... Pero ella no merece la
muerte, sino la galera, s seor, la galera....

Al da siguiente del lastimoso lance ocurrido cerca de Cuatro Caminos,
no estaba Maxi ms excitado y rencoroso que aquella noche lo estuvo. En
el tiempo transcurrido desde la noche aciaga de Noviembre, no haba
visto a su ofensor sino muy contadas veces, y siempre de lejos; nunca le
haba tenido as, tan a tiro... Ay!, por qu no traigo un
revlver?... Ahora mismo le dejaba seco. Si pasara por una armera, lo
compraba... Pero si no tengo dinero. La ta no me da ms que los dos
reales para el caf. Dios, qu desesperacin! Si me infundes la idea de
la justicia, idea lgica, perfectamente lgica, por qu no me das los
medios para hacerla efectiva?... Verle expirar revolcndose en su
sangre; no tenerle ninguna lstima... Que no vea yo esto, Dios!... Que
no lo vea el mundo entero... porque el mundo entero se haba de
regocijar...!.

Despus de recorrer la calle de Barrionuevo y la Plaza del Progreso, la
pareja tom por la calle de San Pedro Mrtir, buscando la va menos
concurrida. Van a tomar por la calle de la Cabeza--dijo Maxi--, por
donde no pasa un alma a estas horas. Ah!, trasto, ladrn de honras,
asesino... La justicia caer sobre ti algn da, si no hoy, maana. Lo
que siento es que no sea por mi mano. Seguales sin perderles de vista,
a bastante distancia... Me duelen las contusiones que recib aquella
noche, como si las acabara de recibir... Perdulario, cobarde, que te
ensaas con los dbiles de cuerpo, con los enfermos que no se pueden
tener... A ti se te contesta con una bala... plaf! Y se te deja seco...
Y yo me quedara tan fresco si te pudiera dar lo que mereces... pero tan
fresco y tan satisfecho como se queda todo el que ha hecho un bien muy
grande, pero muy grande....

Al llegar a la calle del Ave Mara, Rubn se pas a la acera de los
impares y se puso en acecho en la esquina de la calle de San Simn, en
la sombra. Detuvironse: Aurora pareca decir a su galn que no siguiese
ms. Era prudente esta indicacin, y el galn se despidi apretndole la
mano. Maxi le mir subir hacia la calle de la Magdalena, y senta deseos
de gritar e rsele encima: Ratero de mi honor y de todos los honores...
ahora las vas a pagar todas juntas. Crea que se le afilaban las uas
hacindosele como garras de tigre. En un tris estuvo que Maxi diese el
salto y cayese sobre la presa. La lgica le salv. Soy mucho ms dbil,
y me destrozar... Un revlver, un rifle es lo que yo necesito.

Cuando los amantes desaparecieron de su vista, Rubn penetr en su casa.
Lo ms particular fue que la idea de su mujer se borr de su mente
durante aquel suceso, o quizs personificaba en Aurora la totalidad de
las deslealtades y traiciones femeninas. A solas en su cuarto, fue
acometido de una duda horrible. Pero esto que me desvela ahora--se
deca revolvindose en el lecho--, es verdad, o lo he soado yo? S que
entr, s que ca en la cama, s que dorm, y ahora me encuentro con
esta impresin espantosa en mi cerebro. Es verdad que les he visto, al
infame y a ella, o lo he soado? Que yo he tenido un sopor breve y
profundo, es indudable... Pues ya voy creyendo que ha sido sueo... S;
sueo ha sido... Aurora es honrada. Vaya con las cosas que suea uno...
Pero no, Dios, si lo vi, si lo estoy viendo todava, y si tengo
estampadas aqu las dos figuras...! Esto es para volverse loco... y
sera lstima, ahora que estoy tan cuerdo...!.

Todo el da siguiente estuvo con la misma confusin en su mente. Lo
haba visto, o lo haba soado? El Mircoles Santo enviole su ta con un
recado a casa de Samaniego, y despus de estarse all gran rato, oyendo
tocar la pieza, not que doa Casta hablaba muy vivamente con
Aurora.--Vaya, hija, que hoy nos has dado un buen plantn. Tres horas
esperndote!... A qu tienes t que ir hoy al obrador, si hoy no se
trabaja?... Lo mismo que el Domingo de Ramos... Toda la tarde en el
obrador, y luego viene Pepe y me dice que ni has aparecido por all ni
ese es el camino. En dnde estuviste? En casa de las de Reoyos! Y qu
hacas t tantas horas en casa de las de Reoyos? Tengo yo que
averiguarlo....

Aurora se defenda con ingenio y tesn, como quien sabe que es mayor de
edad y puede, cuando quiera, echar a rodar la autoridad materna; pero no
lleg el caso de hacerlo as. Maxi, aparentando poner sus cinco sentidos
en la pieza que tocaba Olimpia, no perda slaba de aquel domstico
altercado. Gracias que la cuestin ocurri cuando la nia tena entre
sus dedos el _andante cantabile molto expresivo_, que si llega a
coincidir con el _allegro agitato_, ni Dios pesca una letra de lo que
hija y madre hablaron. Durante el _presto con fuoco_, Maxi se deca:
Parece mentira que dudara yo un instante de que aquello era la pura
realidad... Y lo cre sueo...!, qu imbcil!... Un dato tomado de la
existencia positiva me ha quitado todas las dudas. Ahora no me basta con
la lgica, necesito ver algo ms... y ver. Qu leccin para mi mujer!
Oh! Dios mo, ahora me asalta otra duda horrible. Si la mato no hay
leccin. La enseanza es ms cristiana que la muerte, quiz ms cruel, y
de seguro ms lgica... Que viva para que padezca y padeciendo
aprenda... Pero a l debo matarle... a l s!.

Oyendo el estrepitoso fin de la pieza, tuvo como un sopor de medio
minuto, y volvi de l asaltado por esta idea que le sacuda: No, matar
no. Su maldad es necesaria para este gran escarmiento. La vida es lo que
duele y lo que ensea... La muerte para los buenos... para los
perversos, lgica, lgica.

Apenas se haba acabado la tocata, entr doa Casta a decirle: Maxi, la
seora de Quevedo me ha llamado por la ventana del patio para decirme
que le mande a usted subir un momento. Tiene que enviar un recado a
Lupe. Subi el pobre chico, y _doa Desdmona_ le hizo esperar un
ratito, pues estaba ayudando a su marido a desnudarse. Acababa de
entrar, muy fatigado; le llamaron a las doce y hasta aquella hora no
haba podido volver a casa.

Querido--dijo a Rubn la dama esfrica, tocndole amistosamente en el
hombro--. Hgame el favor de decirle a Lupe que la pjara mala sac
pollo esta maana... un polluelo hermossimo... con toda felicidad....

Maxi se rasc una oreja, y sacando de su alma a los labios una sonrisa
extraa, cuya significacin no pudo entender la seora de Quevedo, la
pjara mala--dijo con acento de nio mimoso--, ensemela usted... y el
pollo... ensemelo tambin.

--No, no, ahora no--replic _doa Desdmona_ empujndole hacia la
puerta--. Maana los ver... Vaya ahora a decirle esto a su ta.




--v--


El inters con que doa Lupe esperaba noticias de la pjara mala y
de si sacaba bien o mal el pollo, no podr ser comprendido sin tener en
cuenta las grandes ideas que en aquellos das despuntaban en el caletre
de la insigne seora. Su entendimiento excelso sugerale determinaciones
para todos los casos, y medios de armonizar los hechos con los
principios en la medida de lo posible. Era su lema que debemos partir
siempre de la realidad de las cosas, y sacrificar lo mejor a lo bueno, y
lo bueno a lo posible. Esto lo haba aprendido en la experiencia de los
negocios, la cual se aplica con xito a los asuntos morales, del mismo
modo que el ejercicio de las matemticas y la agilidad gimnstica que
dan al entendimiento, facilitan el estudio de la filosofa.

Pues pensando en su sobrina, vino a sentar ciertas bases que discuti
consigo misma, dndolas al fin por indestructibles, a saber: que aquello
no tena remedio, que la deshonra era inevitable, si bien no recaa
sobre doa Lupe, pues a todo el mundo constaba que ella no alent ni
favoreci jams los desvaros de Fortunata. Esto lo saban hasta los
perros de la calle. Por consiguiente, bien poda la seora estar
tranquila sobre este particular. Segundo punto: Fortunata sera todo lo
mala que se quisiera suponer; pero haba pertenecido a la familia, y la
persona ms importante de esta no poda menos de echar una mirada a la
descarriada joven para enterarse de sus pasos, y tratar de impedir que
arrojase sobre el claro apellido de Rubn ignominias mayores.
Presentbase un problema grave, cuya solucin no estaba al alcance de
los entendimientos vulgares. Aquel pequeuelo que iba a presentarse en
el mundo era, por ley de la naturaleza, sucesor de los Santa Cruz, nico
heredero directo de poderosa y acaudalada familia. Verdad que por la ley
escrita, el tal nene era un Rubn; pero la fuerza de la sangre y las
circunstancias haban de sobreponerse a las ficciones de la ley, y si el
seorito de Santa Cruz no se apresuraba a portarse como padre efectivo,
buscando medio de transmitir a su heredero parte del bienestar opulento
de que l disfrutaba, era preciso darle el ttulo de monstruo.

Oh!, si a m me hubiera pasado lo que le pasa a esa panfilona--se
deca--, cmo no me haba de sealar el otro una pensin de alimentos?

Bonito genio tengo yo para estas cosas... Ah! Pues si esa hiciera caso
de m, y se dejara llevar...! Lo que es ahora, yo le aseguro que sus dos
o tres mil duros de pensin no se los quitaba nadie... Lo primerito que
yo hara era plantarme en casa de doa Brbara y leerle la cartilla bien
leda... Y lo har, lo har, aunque esa simple no me autorice. No lo
puedo remediar, la iniciativa me alborota todo el espritu, y reviento
si no le doy salida... Y me inspira lstima lo que va a nacer, porque es
un dolor que viva pobre viniendo de quien viene. Pues el da de maana
(pongo que sea varn), cuando crezca y sea preciso librarle de quintas,
qu va a hacer esa infeliz? No, esto no puede quedar as... pobre
criaturita! Hay que hacer algo, y vase aqu cmo es una caritativa
cuando menos lo piensa... No, lo que es yo no me callo, yo me voy a ver
a doa Brbara, y con esta labia que tengo y lo bien que pongo los
puntos, le har ver el disparate de que su nieto est peor que un
inclusero... porque de qu va a vivir? Las acciones del Banco se las
comern hijo y madre en un par de aos, y con el rdito de los treinta
mil reales no tienen ni para sopas. Lo que es dinero de Maxi no lo han
de ver, de eso respondo, porque sera el colmo de la afrenta y de la
tontera... Nada, nada; que yo doy la campanada gorda, siempre y cuando
el seorito ese no le seale el estipendio en el trmino de un mes.
Vaya si la doy... Me pongo mi abrigo de terciopelo, mi capota, mis
guantes y hala!... Ahora se me ocurre que debo empezar por darle una
embestida a mi amiga Guillermina, que se har cargo de la justicia del
caso... S, magnfica idea! Guillermina hablar con la otra y... Ahora,
ahora comprender esa loquinaria la diferencia que hay entre obrar ella
por cuenta propia y tenerme a m por consejera y directora. Apostamos a
que ella, si el otro no le da un cuarto, se deja estar con su santa
pachorra, sin atreverse a nada, tragando hiel y murindose de hambre?
Pero yo, cuando hago el bien, lo hago contra viento y marea, y se lo
meto en los hocicos a las personas tercas e intiles que no saben hacer
nada por s.

Estas ideas, que fermentaron en el cerebro de aquella gran diplomtica y
ministra durante todo el mes de Marzo, determinaron los recaditos que
mand a Fortunata con Ballester, el encargo que hizo a Quevedo de
asistirla cuando el caso llegara, no vacilando en decir al feo y hbil
profesor de obstetricia que sus honorarios no seran perdidos. Algo la
desconcert Maxi el da en que se mostr sabedor del secreto, pues la
seora, para hacer todos aquellos proyectos benficos en inters del
vstago de Santa Cruz, _parta del principio_ de que su sobrino
desconoca en absoluto la verdad. Muchsimo se alegraba de verle tan
sereno; pero la sacaba de quicio el pensar que se volvera razonable
hasta el punto de compadecerse de su mujer, y asignarle alguna pequea
renta para que no pidiera limosna o se prostituyese. No, el otro, el que
haba roto los vidrios, era el que los tena que pagar.

A esta altura estaban sus cavilaciones, cuando Maxi le llev la noticia
que le diera _doa Desdmona_. Lo primero en que doa Lupe puso su
atencin inteligente fue en la cara del joven al dar el recado, y se
pasm de su impavidez, a pesar de que demostraba penetrar el sentido
recto de la alegora empleada por la seora de Quevedo. Despus de
repetir textualmente el recado, aadi: Ha sido esta maana. D.
Francisco acababa de llegar y se estaba acostando.

Doa Lupe no volva de su asombro. Vaya, que lo toma con calma. Ms
vale as. Y esto es cordura o qu es? Ser lo que llaman filosofa...
Dios nos tenga de su mano, si despus le da por la filosofa contraria.

--Piensa usted ir a verla?--le pregunt despus el chico con la mayor
naturalidad.

--Yo?... pero qu cosas tienes... Veo que es intil hacer comedias
contigo. Con ese talentazo que ests echando, nada se te escapa...
Verla yo! Slo por curiosidad he querido saber lo que s... De aqu en
adelante, como si no existiera. No piensas t lo mismo?

--Exactamente lo mismo... Ve usted lo fro y sereno que estoy?

--As me gusta. Esto se llama ser filsofo en toda la extensin de la
palabra, y elevarse sobre las miserias humanas--dijo la viuda con
emocin verdadera o falsa--. No vuelvas a acordarte ms del santo de su
nombre...

--Y aunque me acordara, ta, aunque me acordara...

--Para qu?... T no has de verla.

--Y aunque la viera, ta, aunque la viera...

Doa Lupe se inquiet un poco oyendo esta frase, dicha con cierto
sentido de tenacidad manitica. Pero Maximiliano se apresur a
tranquilizarla con otro argumento: Pero no observa usted lo cuerdo que
estoy? Si no me he visto nunca as, ni en mis mejores tiempos... Ya
quisieran todos....

La seora tom pie de esto ltimo para variar la conversacin: Dices
bien. Sabes que tu hermano Juan Pablo me parece a m que no est bueno
de la cabeza? Hoy estuvo otra vez a darme la jaqueca... Pues que le he
de hacer el prstamo o se pega un tirito. Como no se mate l! Es el
egosmo andando. Se necesita atrevimiento. Pedirme dinero un hombre
que, cuando debe, no hay medio de sacarle un real, y se enfada si una
reclama lo suyo! Dice que le van a hacer secretario de un gobierno de
provincia y qu s yo qu... T lo crees? Muy rebajada est la talla
de los empleados; pero no tanto....

En aquel segundo ataque desesperado que dio Juan Pablo a su ta, sali
de la casa el pobre hombre ms muerto que vivo. Su ta no era ya
simplemente una mujer mala; era un monstruo, una furia, un dragn
mitolgico. Aquel tiro con que l se amenazaba a s mismo, cunto mejor
estara empleado en ella! Pero ese tiro, me lo doy o no me lo doy?...
No tengo ms remedio que drmelo--discurra entrando por la calle de la
Magdalena--. Por ninguna parte veo la solucin. S, lo que es el tiro me
lo pego; vaya si me lo pego... Lo malo es que no tengo revlver... Se me
est figurando que al fin y al cabo no me pegar tiro ninguno. Es uno
as, tan dejado, que no se arranca... Ya voy viendo yo que una cosa es
decir uno de buena fe que se mata, y otra cosa es hacerlo... Pero en
fin, yo sigo en mis trece, y al fin, me lo tendr que pegar, no habr
ms remedio.




--vi--


Estuvo con un humor de mil diablos todo el Jueves y Viernes Santo.
El Sbado, a poco de entrar en la oficina, le llam Villalonga a su
despacho. Rubn se dirigi all palpitante de emocin. Dios!--se
deca--; ser para darme la secretara? Qu cua, si no es para esto,
qu cua, ya no aguanto ms! En cuanto salga del despacho del jefe, me
levanto la tapa de los sesos, como hay Dios. La contra es que no tengo
revlver... Me tirar por el balcn... No, eso no; me hara una
tortilla!... Vamos, que el corazoncito me anuncia secretara... nimo,
chico, que hoy te va a sonrer la suerte.

El director era hombre muy expeditivo, y sin hacerle sentar le dijo:
Amigo Rubn, usted es listo y me conviene usted....

Rubn vio la cara del director como la del Padre Eterno que los pintores
ponen entre nubes, esmaltadas de angelitos.

Me conviene usted, y yo le voy a meter en carrera.

--Muchas gracias, Sr. D. Jacinto. Ya sabe que estoy a sus rdenes.

--Pues le voy a dar a usted la gran sorpresa. Yo necesito un hombre; y
como entiendo que usted sabr desenvolverse en el destino delicadsimo
que le pienso dar...

--La secretara de...--No, amigo; es ms. Yo, cuando encuentro una
persona que me entra por el ojo derecho, y que sirve, digo _copo_, y la
tomo para que me sirva a m. Le juro a usted que me conviene, _camar_.
All va la bomba. Va usted a ser gobernador de una provincia de tercera
clase.

Rubn no pudo decir nada. Crey que se le caa encima el techo del
despacho y todo el Ministerio de la Gobernacin.

Pues s, gobernador de _mi_ provincia. Quiero ver cmo arreglo aquello.
Usted no tiene que entenderse ms que conmigo. El Ministro me da vara
alta.

--Seor director--balbuci Rubn--, disponga usted de m.

--Pues ser usted incluido en la combinacin que va maana a la firma
del Rey. Ya hablaremos, y le contar a usted de cmo est aquello. Creo
que iremos bien.

Luego echaron un cigarro, y hablaron algo del estado de la provincia,
desflorando el asunto. Empez a entrar gente en el despacho, y Rubn se
retir para comenzar sus preparativos. Estaba el hombre que no saba lo
que le pasaba; crea soar... se daba pellizcos a ver si estaba
despierto, anduvo algn tiempo por la calle como un insensato... se rea
solo... le dieron ganas de comprar un revlver para ponerse a disparar
tiros al aire... Ah!, lo que deba hacer era meterle un par de balas en
el cuerpo a doa Lupe... s, por mala, por tacaa... Pero no, no;
perdonar a todo el mundo... La vida es hermosa, y gobernar un pedazo de
pas es el mayor de los deleites. A los individuos de Orden Pblico o de
la Guardia Civil que iba encontrando, les miraba ya como subalternos, y
por poco les manda prender a su ta y a Torquemada.

En el caf, aquella noche, hubo la gran escena.

Al principio no dijo nada, esperando dar la sorpresa de sopetn; pero
sus amigos conocieron que no era el mismo hombre. Daba un sonsonete de
autoridad a sus palabras, medalas mucho, tomaba el caf con ms pausa
que de costumbre, y a cada momento echaba una frasecilla de proteccin.
Pero amigo Montes, no hay que apurarse... ya veremos, ya veremos si se
te puede meter en algn hueco... D. Basilio me tiene que dar unos datos
que necesito sobre la recaudacin de la provincia de X... Oiga usted,
Relimpio, no se d prisa a presentar la memoria, porque esta situacin
dura. Cnovas tiene para un rato. Es hombre que entiende la aguja de
marear. Y como se suscitara un debate poltico de los ms graves, Rubn
se puso de parte de los que defendan la tesis ms razonable,
conciliadora y templada. Pero ustedes, qu creen, que una sociedad
puede vivir siempre soando con trastornos? Seamos prcticos, seores,
seamos prcticos, y no confundamos las pandillas de politicastros con el
verdadero pas.

En esto lleg _La Correspondencia_, y a las primeras ojeadas conspicuas
que arroj sobre las columnas de ella el buen D. Basilio, tropez con la
combinacin de gobernadores, y lanzando un berrido de sorpresa, se
restreg los ojos creyendo que lea mal. Mas convencido de que no era
error, lanz otra exclamacin ms fuerte y al instante se enteraron
todos, y Juan Pablo fue objeto de aclamaciones y plcemes, unos
sinceros, otros con su poco de bien disimulada envidia.

Hace tiempo que el amigo Villalonga tena empeo en eso. Hoy ha
machacado tanto que no he podido decirle que no.

--Pero qu callado se lo tena!

De todos lados de la cmara... digo del caf, vino gente a felicitar al
gobernador, y el mozo, a quien Juan Pablo deba el consumo de cinco
meses, y algunos picos, se puso ms contento que si le hubiera cado la
lotera; y hasta el amo del establecimiento fue a dar un apretn de
manos a su parroquiano, dicindole si poda colocar en las oficinas de
la provincia a un sobrinito suyo que tena muy buena letra.

No le digo que s ni que no, D. Jos. Veremos. Tengo la mar de
compromisos... Pero ya sabe usted que har los imposibles por
servirle... Usted me manda.

El hombre compens con los goces de aquella noche los sufrimientos y
tristezas de tantsimos meses. Toda la gente que prxima estaba,
mirbale con cierta expresin de asombro y respeto, como se mira a quien
es, ha sido o va a ser algo en el mundo. En cuantos asuntos se trataron
aquella noche en el crculo, Rubn hizo gala de las ideas ms sensatas.
Era preciso moralizar la administracin provincial, desterrar abusos;
sobre todo, en el destierro de los abusos insisti mucho. Su plan de
conducta era muy poltico... contemporizar, contemporizar mientras se
pudiera, apurar hasta lo ltimo el espritu conciliador; y cuando se
cargara de razn, levantar el palo y deslomar a todo el que se
desmandase... Mucho respeto a las instituciones sobre que descansa el
orden social. Cuando va cundiendo el corruptor materialismo, es preciso
alentar la fe y dar apoyo a las conciencias honradas. Lo que es en su
provincia, ya se tentaran la ropa los _revolucionarios de oficio_ que
fueran a predicar ciertas ideas. Bonito genio tena l...! En fin, que
el pueblo espaol est ineducado y hay que impedir que cuatro pillastres
engaen a los inocentes... La mayora es buena; pero hay mucho tonto,
mucho inocente, y el Gobierno debe velar por los tontos para que no sean
engaados... En cuanto a moralidad administrativa, no haba que hablar.
l no pasaba ni pasara por ciertas cosas. Ya le haba dicho a
Villalonga que aceptaba con la condicin de que no le pondra veto a la
persecucin y exterminio de los pillos... A muchos que mangonean ahora,
les he de llevar _codo con codo_ a la crcel de partido... Yo soy as;
hay que tomarme o dejarme.

Don Basilio era de los que sinceramente se alegraban del _golpe de
suerte_ que haba tenido Juan Pablo. Aquel destino no era _de su ramo_,
y por tanto, no lo envidiaba. Si se hubiera tratado de la direccin
econmica de una provincia, D. Basilio habra sentido tristeza del bien
ajeno. Pero no le sacaran a l de sus nmeros... Por cierto que el
Ministro le haba encargado un trabajo que le traa marcado... _proyecto
de reglamento para la cobranza del subsidio industrial_... Siempre me
caen a m estos turrones. Ocurre en secretara que no se conocen los
antecedentes de tal o cual cosa... 'Ah!, la Caa lo sabr'. Piden en el
Congreso una nota del estado en que se halla la codificacin de
Hacienda. Qu lo! Nadie sabe una palabra... 'Ah!... a ver... la
Caa'. Y la Caa les saca del apuro. Que el Ministro quiere enterarse de
los trabajos hechos para el establecimiento del Registro fiscal, que es
el gran medio para descubrir la riqueza oculta... Pues toda la casa
revuelta; busca por aqu, busca por all. Hasta que a uno se le ocurre
decir... 'Eso la Caa...' y efectivamente; como que la Caa es el que
hizo los primeros estudios del Registro fiscal. Total, que si por
desgracia llegaba a faltar D. Basilio del Ministerio de Hacienda, este
se vena abajo de golpe como un edificio al cual falta el cimiento.

Leopoldo Montes aspiraba a que Rubn le llevase de secretario; pero esto
no era fcil. Chico, yo se lo dir a Villalonga. Creo que me dan el
secretario hecho... Veremos si te meto de inspector de polica. Otros
tertuliantes sentan envidia, y aunque felicitaban y adulaban al
favorecido, al propio tiempo hacan pronsticos de las dificultades que
haba de tener en el gobierno de su nsula. Pero ello es que la lisonja
y la envidia, la codicia ambiciosa, la curiosidad y la novelera
aumentaban considerablemente el personal de la tertulia en el tiempo que
medi entre el nombramiento y la salida de Rubn para su destino. Mucho
ajetreo tuvo aquellos das para arreglar sus asuntos y proveerse de
ropa. Y no dejaron de molestarle tambin y entorpecerle ciertas
disensiones domsticas, pues Refugio, que ya se estaba dando pisto de
gobernadora, y se haba despedido de sus amigas con ofrecimientos de
proteccin a todo el gnero humano, se qued helada cuando su seor le
dijo que no la poda llevar... Pucheros, lloros, apstrofes, quejas,
gritos... Pero, hija de mi alma, hazte cargo de las cosas; no seas as.
No comprendes que no me puedo presentar en mi capital de provincia con
una mujer que no es mi mujer? Qu dira la alta sociedad, y la pequea
sociedad tambin, y la burguesa!... Me desprestigiara, chica, y no
podramos seguir all. Esto no puede ser. Pues estara bueno que un
gobernador, cuya misin es velar por la moral pblica, diera tal
ejemplo. El encargado de hacer respetar todas las leyes, faltando a las
ms elementales!... Bonita andara la sociedad, si el representante del
Estado predicara prcticamente el concubinato! Ni que estuviramos
entre salvajes... Convncete de que no puede ser. T te quedas aqu y yo
te mandar lo que vayas necesitando... Pero lo que es all no me pongas
los pies... porque si lo hicieras, tu _chachito_ se vera en el caso de
cogerte... ya sabes que tengo mucho carcter... de cogerte y mandarte
para ac por trnsitos de la Guardia civil.




-VI-

Final




--i--


Fortunata sinti ruido en la puerta y esta voz: Se
puede?.--Pase usted, D. Segismundo dijo reconociendo al regente de la
botica. Y entr el tal con cara risuea y actitud oficiosa, como de
persona que cree ser til. Estaba la joven incorporada en su lecho, con
chambra y pauelo a la cabeza. Qu reguapa est!--pensaba Ballester al
saludarla, apretndole mucho la mano--. Lstima de mujer!.

Ayer no pas usted--le dijo ella con amabilidad--, porque yo no saba
quin era, y no quiero recibir visitas. Estoy muerta de miedo, y por las
noches sueo que alguien viene a robrmelo. Quiere usted verle?....

A su lado estaba, durmiendo con plcido sueo, el recin venido
personaje, cuyas precoces gracias quera mostrar a su amigo. As lo hizo
con ms orgullo que vergenza, y apart las sbanas, dejando ver la
carita sonrosada y los puos cerrados del tierno nio.

Cuidado que es bonito! dijo Ballester inclinndose--.

Tiene a quien salir por una y otra banda.

--Dos horas hace que est tan dormidito. Qu ngel! Y si viera usted
qu pillo es, y qu tragn! Viene determinado a darse buena vida. Si lo
viera usted cuando se pone a mirarme... Pobrecito! Me quiere mucho.
Sabe que le quiero ms que a mi vida, y que es para m el mundo entero.

--Ya sabe usted lo convenido. Ser padrino de Su Excelencia. Usted me lo
prometi la ltima vez que nos vimos.

--S, s, y no me vuelvo atrs. Usted ser padrino.

--Y despus del primer nombre, que usted designar (ponindose muy
inflado), llevar el mo, Segismundo. Qu le parece a usted?

--Muy bien. Se llamar Juan, despus Evaristo, y despus Segismundo.

--Bueno; transijo con el tercer lugar en el escalafn, pero de ah no
paso; como usted me quiera echar al cuarto, me sublevo.

Ambos se rieron. Ballester se haba sentado en una silla junto al lecho,
y no quitaba los ojos de aquella mujer, que le pareca entonces ms
hermosa que nunca. Le dara cuatro besos--pensaba--; pero de amistad,
de pura amistad, porque me interesa esta infeliz... y digan lo que
quieran, no es tan mala como se cree por ah. Despus empez a dar
noticias de la familia y amigos, las cuales oa Fortunata con gran
curiosidad. Doa Lupe, con toda su fiereza, no la olvida a usted. Todos
los das nos pide noticias a m o a Quevedo, y pregunta tambin por el
muchacho, si es robusto, si mama bien, si tiene algn defecto
fsico....

--Defecto!...--exclam la madre indignada--. Si es una preciosidad. Ms
perfecto es que las perfecciones. Se lo ensear a usted desnudo, para
que vea qu hermosura de hijo. Estoy loca con l. Me parece que han de
venir a quitrmelo. Y no crea usted; hay tanta envidiosona...!

Dejando que pasara la racha de entusiasmo maternal, Ballester continu
as: Pero lo que la pasmar a usted es saber que el amigo Maxi est tan
mejorado, pero tan mejorado, que si le ve usted no le conoce.

--Pero es de verdad?... Quia: guasas de usted.

--No hija. Siempre que ocurre en la casa o en la vecindad algo difcil
de resolver, se le consulta a l. Est hecho un Salomn. _Doa
Desdmona_, cuando surge alguna dificultad en su repblica de pjaros,
le llama, y lo que l dice, se hace.

--Vaya, que hoy estamos de vena. Ojal fuera verdad lo que usted dice.
Yo me alegrara mucho, con tal que no se acordara de m para nada, ni
supiera que estoy viva.

--Pues eso s que no lo logra usted... Todo lo sabe.

--Ay, no me lo diga, por Dios! (asustadsima y palideciendo). No sabe
usted el miedo que me ha entrado. Ya no voy a tener un minuto de
tranquilidad. Pero es eso verdad? No se divierta conmigo, Ballester;
mire que estoy temblando de miedo.

--Miedo a qu? Si est muy razonable, y ms tranquilo que nunca. Todas
sus ideas son ideas de benevolencia y tolerancia. Habla poco, y a lo
mejor se descuelga diciendo cosas muy buenas. No le suelta a usted un
disparate ni aunque se lo pida por favor. Respecto de usted, creo que el
sentimiento que tiene es la indiferencia, si es que la indiferencia se
puede llamar sentimiento.

--No me fo, no me fo (meditaba, demostrando en el tono que no las
tena todas consigo). Ver usted cmo el mejor da...

La conversacin pas de Maximiliano a _las Samaniegas_, mostrando
Fortunata gran extraeza de que Aurora no se acordase de ella. Es una
mala crianza, porque bien sabe dnde estoy, y desde su obrador aqu se
viene en tres minutos. Y si no quera ella venir, qu le costaba mandar
una oficiala a preguntar si vivo o si muero?... Crea usted que esto me
duele; porque yo, a quien me quiere como dos le quiero como catorce.

Ballester contest con un gran suspiro, al cual no dio su interlocutora
la interpretacin conveniente. De pronto el farmacutico mud el tema:
Ah!, me olvidaba de lo mejor. Sabe usted que el crtico y yo nos
hemos hecho amigos? Quin lo creera! Tanto como yo le odiaba! Pues
ver usted. Padillita le meti un da en la botica, y yo empec a darle
guasa con sus crticas, dicindole que me gustaban mucho. Pues resulta
que es muy modesto y que se asusta cuando le elogian lo que escribe.
Poco a poco hemos ido intimando, y toda la inquina que le tena se ha
evaporado. Es tan honradito el pobre Ponce, que todo lo que escribe es
de conciencia, y hasta cuando elogi el dramn aquel que a m me sacaba
de quicio, lo hizo porque le sala de dentro. Y aunque le paguen tarde,
mal y nunca, l tan conforme en su _sacerdocio_; lo toma en serio, y le
parece que nadie ha de tener opinin sobre las obras si l no la da. Ha
hecho oposicin a una placita en el Tribunal de Cuentas y la ha ganado.
Pues qu cree usted? El infeliz tiene que mantener a su madre, que est
enferma; y yo, desde que me cont su historia, no le cobro nada por las
medicinas. Le damos bromas con Olimpia y la pieza que toca, dicindole
que su adorada es muy romntica y que no tenga miedo de casarse, porque
no come. Ni necesitan cocinera, ni cocina, ni siquiera cesto para la
compra. Yo le digo que abandone el _sacerdocio_ y que deje a los
autores y al pblico que se arreglen como quieran. Est conforme
conmigo, y por fin me ha revelado un secreto: ha escrito un drama y lo
tiene en el Espaol; y como se represente, el exitazo es seguro. La
noche del estreno pienso ir con todos mis amigos para armar un alboroto
y llamar al autor a la escena lo menos cuarenta veces. Me quiere leer la
obra y yo le he dicho que me la deje all. Sin leerla, le dir que es
magnfica, y un amigo mo periodista pondr un sueltecito con aquello de
que _en los crculos literarios se habla mucho, etc_... Le digo a usted que
me interesa mucho ese infeliz, y que hara yo algo por l si pudiera. En
_blsamo tranquilo_ le tengo dado ya ms de medio cuartillo, y el
extracto de belladona se lo lleva de calle, porque lo que padece la mam
es reuma. Tambin le he hecho una bizma para la cintura que vale
cualquier dinero. Yo soy as; al que me entra por el ojo derecho, le doy
hasta la camisa. Y si viera usted qu cario me ha tomado Ponce!
Echamos largos prrafos sobre el arte realista, y el ideal, y la emocin
esttica, y cuanto yo digo, aunque sea un gran desatino, porque en mi
vida las he visto ms gordas, lo escucha como el Evangelio, y yo me doy
con l un lustre que no hay ms que ver. Fuera de estas tonteras de la
crtica, es un alma de Dios, muy agradecido, muy delicado, sin ms
debilidad que la de querer a Olimpia y figurarse que un hombre de sesos
se puede casar con semejante inutilidad. Yo me he propuesto quitrselo
de la cabeza, y creo que lo voy consiguiendo. Porque yo le digo: Con
qu se van a mantener? Con la pieza?. Si se casa, van a ser cuatro de
familia; el matrimonio y la mam de l, enferma, y una hermanita que,
segn me ha contado Ponce, debe de tener hambre canina. De esto hablamos
largamente en la botica, que llamamos el _crculo literario_, y le voy
engatusando. Olimpia me sacara los ojos si supiera las cosas que le
digo a su novio; pero que se fastidie. Ya le he conocido siete _osos_, y
lo que es a este no le pesca tampoco. Yo le he tomado bajo mi
proteccin, y le he de salvar. Buen turrn le caa si se casara...!.

--Qu risa con usted! Pobre Ponce! Ya le deca yo que era un buen
chico, y usted empeado en darle la morcilla.

--Ah!, de buena escap. Guardo la fatdica yema para otro, s, para
otro, en quien ahora recaen todos mis odios. No me pregunte usted quin
es, porque no se lo he de decir... Se lo dir despus que se la haya
zampado, porque se la tiene que comer, como este es da.

En esto, el ruido de voces, que sonaba en la salita prxima aument
considerablemente, y a los odos de Ballester llegaban estas palabras:
_envido a la chica, rdago a los pares_.

Es mi to Jos--dijo Fortunata--, que est jugando al mus con su amigo.
Le mando que venga aqu para que me acompae mientras estoy en la cama,
porque tengo mucho miedo, y para que no se aburra, hago que le traigan
una botella de cerveza y le permito que venga su amigo a hacerle
compaa.

Ballester se asom a la puerta entornada para ver a la pareja. No
conoca a ninguno de los dos; pero la cara de Ido del Sagrario no era
nueva para l, y crea haberla visto en alguna parte, aunque no
recordaba dnde ni cundo.




--ii--


La primera vez que Ballester vio a Izquierdo y a su docto amigo,
no les dijo ms que algunas palabras dictadas por la buena crianza; pero
a la segunda se cruz entre ellos tal tiroteo de cumplidos,
ofrecimientos y franquezas, que no haba de tardar la amistad en unirles
a los tres con apretado lazo.

Desde su alcoba, donde continuaba encamada, Fortunata se rea de las
ocurrencias de Segismundo buscndole la lengua a _Platn_ y a Ido del
Sagrario, a quien sola llamar _maestro_. Siempre que iba por las noches
el farmacutico, les encontraba infaliblemente y se diverta con ellos
lo indecible.

Mucho agradeca la desdichada joven aquellas visitas. Ballester era el
corazn ms honrado y generoso del mundo, y tena cierta vanidad en
tomar sobre s el cumplimiento de los deberes que correspondan a otros
y que estos otros olvidaban. Y aunque alentara, con respecto a la seora
de Rubn, pretensiones amorosas a plazo largo, no dejaban por eso de ser
puros y desinteresados sus actos de caridad, y habran sido lo mismo aun
en el caso de que su amiga espantara de fea y careciese de todo
atractivo personal.

Fortunata iba adquiriendo confianza con l, y le revelaba sus
pensamientos sobre diferentes cosas. No obstante, algo haba que no se
atreva a manifestar, por no tener la seguridad de ser bien comprendida.
Ni Segunda ni Jos Izquierdo lo comprenderan tampoco. Y como le era
forzoso echar fuera aquellas ideas, porque no le caban en la mente y se
le rebosaban, tena que decrselas a s misma para no ahogarse. Ahora
s que no temo las comparaciones. Entre ella y yo, qu diferencia! Yo
soy madre del nico _hijo de la casa_, madre soy, bien claro est, y no
hay ms nieto de don Baldomero que este rey del mundo que yo tengo
aqu... Habr quien me lo niegue? Yo no tengo la culpa de que la ley
ponga esto o ponga lo otro. Si las leyes son unos disparates muy gordos,
yo no tengo nada que ver con ellas. Para qu las han hecho as? La
verdadera ley es la de la sangre, o como dice Juan Pablo, la
Naturaleza, y yo por la Naturaleza le he quitado a la _mona del Cielo_
el puesto que ella me haba quitado a m... Ahora la quisiera yo ver
delante para decirle cuatro cosas y ensearle este hijo... Ah!, qu
envidia me va a tener cuando lo sepa!... Qu rabiosilla se va a
poner!... Que se me venga ahora con leyes, y ver lo que le contesto...
Pero no, no le guardo rencor; ahora que he ganado el pleito y est ella
debajo, la perdono; yo soy as.

Pues l, digo!, cuando lo sepa, qu har?, qu pensar? No acabo de
cavilar en esto, Dios mo! l ser un pillo, y un ingrato; pero lo que
es a su nene le tiene que querer. Como que se volver loco con l. Y
cuando vea que es su retrato vivo Cristo! Pues digo, si doa Brbara
le viera...! Y le ver, toma, le ver... Como hay Dios, que se vuelve
loca. Qu contenta estoy, Seor, qu contenta! Yo bien s que nunca
podr alternar con esa familia, porque soy muy ordinaria, y ellos muy
requetefinos; yo lo que quiero es que conste, que conste, s, que una
servidora es la madre del heredero, y que sin una servidora no tendran
nieto. Esta es mi idea, la idea que vengo criando aqu, desde hace
tantsimo tiempo, empollndola hasta que ha salido, como sale el
pajarito del cascarn... Bien sabe Dios que esto que pienso, no es
porque yo sea interesada.

Para nada quiero el dinero de esa gente, ni me hace maldita falta: lo
que yo quiero es que conste... S, seora doa Brbara, es usted mi
suegra por encima de la cabeza de Cristo Nuestro Padre, y usted salte
por donde quiera, pero soy la mam de su nieto, de su nico nieto.

Quedbase muy convencida despus de sentar estas arrogantes
afirmaciones, y la satisfaccin le produca tal contento, que se pona a
cantar en voz baja, arrullando a su hijo; y cuando este se dorma,
continuaba rezongando como la pjara en el nido. El gozo, algunas
noches, no la dejaba dormir, y se pasaba largas horas jugando con su
idea ya realizada, saltndola como Feijoo saltaba el _bilboquet_.

Quevedo iba a verla todos los das, y aunque la encontraba muy bien,
ordenaba que no se levantase. Qu aburrimiento estar tanto tiempo
prisionera! Gracias que con su chiquitn se entretena. De noche le
ayudaba Segunda a fajarlo y limpiarlo; por el da Encarnacin, que era
muy lista y se volva loca de gusto cuando su ama le dejaba tener el
pequeuelo en brazos durante algunos minutos. En sus ratos de alegra
delirante, Fortunata se acordaba mucho de Estupi. Pero, ta, no se
ha tropezado usted en la escalera con Plcido? Dgale que pase, que le
tengo que hablar. Responda Segunda que no una ni dos veces, sino ms
de veinte haba encontrado al tal; pero que todas las chinitas que le
echaba para que subiese haban sido como si no. Me puso una cara,
chica, cuando le cont la novedad, que pareca un juez de primera
_estancia_. Y ayer me dijo: 'Quite usted all, so chubasca,
encubridora; a usted y a la otra farfantona, las voy a poner en la
calle!'.

--Ya se amansar. Qu apostamos a que se amansa?--deca la joven
sonriendo--. Yo quiero que entre y vea esta estrella que se ha cado del
Cielo.

Tanto hizo Segunda y tales enredos arm, que Estupi entr una maana,
gruendo y echndoselas de hombre de mal genio que tiene que contraer
todos los msculos de su cara para enfrenar su indignacin. A cuanto le
decan Segunda y su hermano, responda con bufidos; y si la seora de
Izquierdo no me le sujeta por un brazo, de fijo que echa a correr por
las escaleras abajo. No se puede tratar con estas tas farfantonas...
Vaya usted al rbano. Vaya usted muy enhoramala. Pero dando estos
respiros a su ira verdadera o falsa, ello es que no se marchaba, y
Segunda le meti casi a la fuerza en la alcoba. Obedeciendo a un impulso
instintivo, Estupi se quit el sombrero en el momento en que senta
los chillidos del heredero de Santa Cruz que estaba pidiendo la teta con
mucha necesidad. Al ver que el hablador descubra su venerable cabeza,
Fortunata sinti en su alma inundacin de alegra, y se dijo: Eso es,
saluda a tu amito. l te proteger como te han protegido sus abuelos y
su padre. Plcido se inclin para verle, y aunque se quera hacer el
hombre terrible, se le escap esta frase: Clavado, _talmente_
clavado....

Qu feo es!... verdad, D. Plcido?--dijo la madre, radiante de
gozo--. Qu, no le da un beso?... Cree que le va a pegar algo?
Descuide, que lo bonito no se pega... Sabe una cosa don Plcido? Me
parece que le va usted a querer... y l a usted tambin. A que s?.

El hablador murmuraba algo que no se oa bien. Estuvo un momento como
indeciso entre el furor y la suavidad. Despus rompi a hablar con
Segunda sobre si esta pona o no pona aquel ao cajn en San Isidro, y
se retir al fin, despidindose de una manera que bien poda pasar por
conciliadora. Fortunata estaba contentsima, y se deca: De seguro que
ahora mismo va con el cuento. Es lo que yo quiero, que lleve el chisme.
Encadenando ideas, se daba a pensar en el gusto que tendra de ver a
doa Guillermina, presumiendo al mismo tiempo que si la viera haba de
sentir mucha vergenza. Le pedir perdn por lo mal que me port aquel
da, y me perdonar... como esta es luz. De fijo que me calienta las
orejas; pero paso por todo con tal de ver la cara que pone delante de
este hijo. A ver qu tiene que decir de mi idea. Qu se le ocurrir?
Alguna cosa que yo no entender ni la entender nadie... Diga lo que
quiera y tmelo por donde lo tome, Dios no puede volverse atrs de lo
que ha hecho; y aunque se hunda el mundo, este hijo es el _verdico
nieto natural_ de esos seores, D. Baldomero y doa Brbara... y la
otra, con todo su ngel, no toca pito, no toca pito... eso es lo que yo
digo. Que me presente uno como este... No lo presentar, no. Porque Dios
me dijo a m: _t pitars_; y a ella no le ha dicho tal cosa. Y si doa
Brbara se chifl por el _Pituso_ falso, cmo no se dislocar por el de
oro de ley! De lo contenta que estoy, creo que me voy a poner mala... Y
de fijo que Estupi lleva el cuento. La que yo quiero que lo sepa
primero de todos es mi amiga _la obispa_. Apostamos a que viene a
verme? Ya... no se le queda a ella en el cuerpo el sermn que me tiene
preparado. Vengan sermones! No me importa; mejor. Yo le dir que tiene
razn; pero que yo tengo el hijo, y all se van hijos con razones.

Esta visita tenala por infalible, pues la santa era muy amiga de echar
rspices y de enderezar a las que cometan pecados gordos. Tan segura
estaba de verla, que siempre que sonaba la campanilla crea que era
ella, y se preparaba a recibirla, arreglando la cama y ponindose con la
mayor decencia posible, trmula de emocin y esperanza.




--iii--


El bautizo se celebr con modestia suma en San Gins, una maana
de Abril, y le pusieron al chico los nombres de Juan Evaristo Segismundo
y algunos ms. Ballester se corri gallardamente aquel da a convidar a
Izquierdo y a Ido del Sagrario en el prximo caf de Levante. Inst
mucho al _maestro_ a que tomara un _biftec_; pero D. Jos lo rehus,
aunque buenas ganas tena de aceptarlo. De solo oler la carne y ver la
sangre de ella y la grasa en el plato de sus amigos, le pareca que se
trastornaba. Su almuerzo fue un caf con media tostada de abajo... y
otra media de arriba. Tras el caf vinieron las incitantes copas, y
tambin les hizo escrpulos el profesor; no as _el modelo_, que se
llen el cuerpo de ron hasta que ya no poda ms, sin que por eso se
perturbase su slida cabeza, que deba de ser un alambique. Mientras
coman, vieron pasar a Maximiliano Rubn, que sala del caf; pero como
l no aparent verlos, no le dijeron nada. A eso de la una, Ballester se
fue a su botica y los dos Joss a la casa de la Cava. Era domingo y
ninguno de los dos tena ocupaciones. Izquierdo mand a Encarnacin por
una _grande_ de cerveza, y sacando de una caja muy sucia el juego de
domin, extendi y mezcl las fichas para empezar una partidita. Y
cuentan las crnicas _platnicas_, que antes de llegar a la mitad del
segundo juego, las pobres fichas se quedaron solas. Ido se haba
levantado y daba paseos por la sala. Izquierdo se dej caer sobre el
sof de Vitoria y dorma como un _verdico_ bruto, el sombrero sobre los
ojos, la boca abierta y las cuatro patas estiradas. La se Segunda se
llev a Encarnacin a la plazuela, porque la noche antes haba habido
fuego en dos o tres puestos inmediatos al de ella, y se pas la maana
ayudando a sus compaeras a meter los trastos que se sacaron, y a
reparar lo que de reparacin era susceptible.

Fortunata estuvo aquel da aburridsima, con muchas ganas de levantarse.
Por respeto a las ordenanzas del seor de Quevedo, segua en la cama,
pero ya no aguantara aquella crcel enojosa dos das ms. Juan Evaristo
Segismundo, despus que le trajeron de San Gins, estaba tan guapote y
satisfecho, cual si tuviera conciencia de su dichoso ingreso en la
familia cristiana; y para celebrarlo, en cuantito lleg al lado de su
madre, busc la despensa y se puso el cuerpo que no le caba una gota
ms de leche. Oa Fortunata los ronquidos del venerable _Platn_, cual
monlogo de un cerdo, y senta tambin los paseos de Ido, y algn
monoslabo ininteligible, suspiros que parecan ayes de pena o
invocaciones poticas; y cuando el profesor llegaba en su deambulacin
febril a la puerta de la alcoba, crea distinguir sus manos o parte de
un brazo que suban hasta cerca del techo. Luego son la campanilla y D.
Jos fue a abrir. Fortunata crey que era Encarnacin que volva de la
plazuela; pero se equivocaba. No tard en or cuchicheos en la puerta.
Quin sera? Despus sinti pasos y un chillar de botas que la hicieron
estremecer, y se qued muda de terror al ver en la puerta a Maximiliano.
Era l; as lo afirm despus de dudarlo un momento. La estupefaccin
que senta apenas le permiti dar un grito, y su primer movimiento fue
echarle los brazos al nene, decidida a _comerse a bocados_ a quien
intentase hacerle dao o quitrselo. Rubn estuvo ms de un minuto sin
dar un paso, clavado en la puerta y destacndose dentro del marco de
ella como la figura de un cuadro. Cosa rara! Ningn signo de hostilidad
se vea en su cara ni en su ademn. Miraba a su mujer con seriedad, pero
sin dureza, y cuando dio los primeros pasos para acercarse a la cama, su
expresin era casi indulgente. Pero ella no las tena todas consigo, y
le mir como quien se dispone a una defensa enrgica. To, to--dijo
alzando la voz--. Encarnacin.... Como ni Izquierdo ni la criada
respondieran, quiso llamar al esperpento aquel que en el cuarto se
paseaba. Mas al ir a pronunciar su nombre se le borr de la memoria.

Cmo diablos se llama este hombre?... Usted, venga ac... Ah!, ya me
acuerdo. Seor Sagrario, haga el favor de despertar a mi to. Pero ni
el to despertaba, ni D. Jos se haca cargo de que le llamaban.

Parece que me tienes miedo, y que pides socorro--le dijo Maxi con fra
bondad--. No te voy a comer. Ests equivocada si piensas que vengo de
malas. Si no se trata ya de matarte ni de matar a nadie... Esa idea
estpida vol... por fortuna de todos.

Diciendo esto se sent en la silla, y quitndose el sombrero lo puso
sobre la cama. Fortunata le encontr ms delgado; la calva pareca
mayor, y sus miradas tenan cierto reposo que la tranquiliz.

Aunque nadie me ha dicho una palabra--prosigui Rubn--, s todo lo que
te ha pasado; lo he sabido por mi propia razn, y vengo a compadecerte y
a hacerte un gran bien... Porque yo perd la razn, bien lo sabes; pero
luego la volv a adquirir. Dios me la quit y me la volvi a dar tan
completa, que en este momento estoy ms cuerdo que t y que toda la
familia. No te asombres, hija, que bien conocers por lo que voy a
decirte que mi cabeza est buena, tan buena como nunca lo estuvo. Qu,
no lo crees?.

Fortunata no saba si creerlo o no. Su miedo no se haba extinguido, y
esperaba que tras aquellas palabras tranquilas, vinieran otras airadas
y sin pies ni cabeza. No dijo nada, y sigui protegiendo a su hijo, en
actitud de defenderle al primer ataque. Maxi no pareca reparar en el
nio. Con gran serenidad habl as:

Tan sano estoy de la cabeza, que me hago cargo de tu situacin y de la
ma. Ya entre t y yo no puede haber nada. Nos casamos por debilidad
tuya y equivocacin ma. Yo te adoraba; t a m no. Matrimonio
imposible. Tena que venir el divorcio, y el divorcio ha venido. Yo me
volv loco, y t te emancipaste. Los disparates que habamos hecho los
enmend la Naturaleza. Contra la Naturaleza no se puede protestar.

Miraba el bulto que en la cama haca Juan Evaristo; pero como su ademn
no tena nada de hostil, Fortunata se iba sosegando.

Ya s lo que hay aqu! Pobre nio! Dios no ha querido que sea mo. Si
lo fuera, me querras algo. Pero no lo es, todo el mundo lo sabe, y lo
s yo tambin... Divorcio consumado. Ms vale as. Yo no deb casarme
contigo. Bien lo pagu perdiendo la razn. Qu debo hacer ahora que la
he recobrado? Pues ver las cosas de muy alto, y acatar los hechos, y
observar las lecciones tremendas que da Dios a las criaturas... Antes me
las dio a m... ahora a ti. Preprate. No vengo a hacerte dao, sino a
anunciarte la buena nueva de la leccin, porque estas pedradas que
vienen de arriba sanan, curan y fortalecen.

--Pero este hombre--se deca Fortunata--, est cuerdo o est ms loco
que antes? Buena jaqueca me est dando; pero como no pase de ah, se le
puede aguantar.

Algo quiso decir en alta voz; pero l no la dejaba meter baza, y como si
trajera un discurso preparado y no quisiera dejar de pronunciar ninguna
de sus partes, peg en seguida la hebra: Te acuerdas de cuando yo
estaba loco? Los ratos que te di te los tenas bien merecidos; porque en
realidad te portabas muy mal conmigo. Tu infidelidad se me haba metido
a m en la cabeza; no tena ningn dato en qu fundarme; pero el
convencimiento de ella no lo poda echar de m. No s decir bien si so
que ibas a ser madre, o si me inspiraron esta idea los celos que tena.
Porque yo tena unos celos ay!, que no me dejaban vivir. 'Mi mujer me
falta--deca yo--, no tiene ms remedio que faltarme; no puede ser de
otra manera'. Y como por lo mucho que te quera, yo no encontraba a tu
pecado ms solucin que la muerte, ah tienes por qu me naci en la
cabeza, lo mismo que nace el musgo en los troncos, aquella idea de la
liberacin, pretextos y triquiuelas de la mente para justificar el
asesinato y el suicidio. Era aquello un reflejo de las ideas comunes, el
pensar general modificado y adulterado por mi cerebro enfermo. Ay, qu
malo me puse! Te digo que cuando invent aquel sistema filosfico tan
ridculo, estaba en el periodo peorcito. No me quiero acordar. Los
disparates que yo deca los recuerdo como se recuerdan los de las
novelas que uno ha ledo de nio; y ahora me ro de ellos, y calculo
cunto se reiran los dems. Te acuerdas t?.

Fortunata respondi que s con la cabeza. No le quitaba los ojos,
siguiendo atentamente sus movimientos por ver si se descompona, y estar
preparada a cualquier agresin.

Despus me atac lo que yo llamo la _Mesianitis_... Era tambin una
modificacin cerebral de los celos. El Mesas... tu hijo, el hijo de un
padre que no era tu marido! Empez por ocurrrseme que yo deba matarte
a ti y a tu descendencia, y luego esta idea herva y se descompona como
una sustancia puesta al fuego, y entre las espumas burbujeaba aquel
absurdo del Mesas. Examnalo bien, y vers que todo era celos, celos
fermentados y en putrefaccin. Ay, hija, qu malo es estar loco! Cunto
mejor es estar cuerdo, aunque uno, al recobrar el juicio, se encuentre
apagado el hornillo de los afectos, toda la vida del corazn muerta, y
limitado a hacer una vida de lgica, fra y algo triste.

Al or esto, que Maxi expres con cierta elocuencia, Fortunata volvi a
inquietarse, y llam de nuevo a su to, que segua dando los ronquidos
por respuesta. El mismo resultado tuvieron las voces de Seor Sagrario,
seor Sagrario... haga el favor de venir. D. Jos se asom a la puerta,
echando a la pareja una mirada de maestro de escuela que inspecciona el
aula en que estudian sus alumnos, y vuelta a pasearse sin hacer caso de
nada.

Rubn acerc ms la silla, y Fortunata tuvo ms miedo: Pero todo
aquello de la liberacin y del Mesas vol. Los hechos reales
sustituyeron a las figuraciones de mi cerebro... Dios me devolvi mi
razn, y me la devolvi corregida y aumentada. Con ella vi los hechos;
con ella descubr lo que mi familia me ocultaba; con ella reconstru mi
ser, que haba pasado por tantos cataclismos; con ella me penetr bien
de nuestro divorcio y desech dos y hasta tres veces la idea de
homicidio; con ella pude llegar a considerarte mujer extraa, madre de
hijos que yo no poda tener, y con ella me he revestido de serenidad y
conformidad. No te admiras de verme como me ves? Ms te asombraras si
pudieras leer en mi pensamiento, y comprender esta elevacin con que yo
miro todas las cosas, la calma con que te veo a ti, la indiferencia con
que veo a tu hijo... Un ser ms en el mundo! Cuando l ha venido sus
razones tendr. Qu derecho tengo yo a estorbarle la vida? Qu derecho
a matarte a ti porque se la hayas dado? Fjate bien: es muy grave eso
de decir: 'tal o cual persona no debi de nacer'.

--Dios mo!--exclam para s Fortunata--. Pero este hombre est cuerdo
o cmo est? Eso que dice es razn, o los mayores disparates que en mi
vida le he odo...?

--Yo pregunto--aadi Maxi acercndose ms--. El derecho a nacer, no es
el ms sagrado de todos los derechos? Quin me mete a m a poner
estorbo a ningn nacimiento? Estara gracioso... Nazcan y vivan, que
viviendo aprendern.

Nada, para m est peor que antes--pensaba la esposa--, y esto que dice
podr ser cuerdo, pero yo no entiendo palotada.

--Parece que me tienes miedo--le dijo l siempre serio y tranquilo--. No
s por qu. Ya habrs visto que a razonable no me gana nadie.

--S, es verdad; pero...--Pero qu...?--T dirs que gato escaldado del
agua fra huye (sonrindose ligeramente, por primera vez en aquella
conferencia). Otra cosa: ensame a tu hijo.

Fortunata volvi a sentir terror, y al ver que Maxi alargaba las manos
hacia donde estaba el pequeuelo, las apart con las suyas, diciendo:
Otro da le vers... Djale... est dormido y me le vas a despertar.

--Pero qu manitica eres!... Yo cre que despus de haberme odo, te
convenceras de que mi razn est como un reloj y de que adems me ha
entrado un gran talento. Qu has visto en m que te parezca sospechoso?
Nada absolutamente. Mis sentimientos son de paz; la ltima idea mala la
tuve hace das; pero la arranqu y estoy limpio de ira y de odio. Y para
decrtelo todo en una palabra: Fortunata, soy un santo. No es esto
jactancia, es la verdad... Crees que voy a hacer dao a tu hijo? Hacer
dao a una criatura! Eso no cabe en lo humano. Djamele ver, y te dir
algo que te aprovechar.

Fortunata, al fin, sospechando que la contrariedad poda irritarle,
permitiole ver al nene, sin acercarse mucho, y protegindole con sus
manos. No dijo nada mientras le miraba. Despus volvi a su asiento y
estuvo un rato con la mirada perdida entre los ramos de la colcha,
ligeramente fruncido el ceo.

Se parece a tu verdugo. Lo malo no perece nunca. La maldad engendra y
los buenos se aniquilan en la esterilidad.




--iv--


To, por Dios, to, despierte usted volvi a decir Fortunata
gritando; y como asomase a la puerta la flcida y carunculosa efigie de
Ido del Sagrario, la joven le dijo: Pero qu hace usted que no
despierta a mi to?... Qu sola me tienen aqu! Y esa chiquilla que no
viene!.

Ido refunfu algo que Fortunata no pudo entender. Mirando al profesor
con lstima, Maxi dijo a su esposa: Este buen seor est tocado. Me da
mucha lstima, porque s lo que es andar mal de la cabeza. Si l
quisiera seguir mi plan, yo me comprometa a ponerle como nuevo.

Y en alta voz, viendo al desgraciado Ido llegar otra vez hasta la puerta
de la alcoba y mirar hacia dentro con los ojos de estpido: Seor D.
Jos, sernese, y aprenda a ver la vida como es... Es tontera creer que
las cosas son como nos las imaginamos y no como a ellas les da la gana
de ser. Al amor no se le dictan leyes. Si la mujer falta, divorcio al
canto, y dejar que obre la lgica, pues ella castiga sin palo ni
piedra.

Y Fortunata se persignaba, llena de admiracin, dicindose: Pero ser
verdad, Dios mo, que a mi marido le ha entrado un gran talento, o estas
cosas que dice son farsa para tapar una mala idea? Qu har yo para que
se marche pronto? Porque a lo mejor me sale por malagueas, y me da el
gran susto.

Se parece a tu enemigo!--repiti Maxi, volviendo a la idea que le
haba excitado ligeramente--. Es una desgracia para l. Y si en lo moral
saca la casta, peor que peor. El nio inocente no es responsable de las
culpas del padre; pero hereda las malas maas. Pobre nio!, tengo
lstima de l. Si se te muere debes alegrarte, porque si vive te dar
muchos disgustos.

A Fortunata le indign esta idea; pero no se atrevi a contradecirla.
Que dijera todo lo que quisiese. Su plan era no contestarle nada, a ver
si se aburra y se marchaba pronto.

Tiene a quien salir--aadi Maxi con lgubre irona--. Su pap es de
oro... No necesitas decirme que no te hace caso... Harto lo s. Ni
siquiera habr venido a verle... Tambin me lo figuro. No vendr; ten
por cierto que no vendr.

--Quin sabe!...--se dej decir la joven, sintiendo que se le apretaba
la garganta.

--Te repito que no vendr... Tengo mis razones para asegurarlo.

--Claro... qu ha de venir...! Ni falta.

--Dices bien; ni falta. Gracias que te oigo una expresin filosfica.
Ese hombre tiene ahora otros entretenimientos.

Fortunata sinti que toda la sangre se le suba al rostro, y se puso muy
sofocada. Rubn estir el codo sobre el lecho, apoyndose en l con
actitud perezosa, semejante a la que tomaba en la botica cuando lea.

Es preciso que lo sepas pronto. Todo lo que tardes en saberlo, tardas
en regenerarte.

La _Pitusa_ tena mucho calor, y cogiendo un abanico que junto a la
almohada tena, empez a abanicarse.

--Es preciso que lo sepas--volvi a decir Maxi con cierta frialdad
implacable, propia del hombre acostumbrado al asesinato--. Tu verdugo no
se acuerda ya de ti para nada, y ahora tiene amores con otra mujer.

--Con otra mujer!--dijo ella, repitiendo la frase como una muletilla, a
la cual no se saca sentido. Sus miradas vagaban por los dibujos de la
colcha.

--S, con otra mujer a quien t conoces.

El asesino le iba soltando a la vctima las palabras en dosis pequeas,
y la miraba observando el efecto que le causaban. Fortunata quiso
sobreponerse a aquel suplicio, y sacudiendo la despeinada cabeza, como
para alejar y espantar una conviccin que quera penetrar en ella, le
dijo: Qu historias me vienes a contar ah?... Djame en paz.

--Esto que te cuento no es un enredo; es verdad. Ese hombre est
enamorado de otra mujer, y t la conoces. Aprende, pues. Ah tienes la
maravillosa arma de la lgica humana, con la cual te hiero para sanarte.
Ms vale morir aprendiendo, que vivir ignorando. Esta leccin terrible
puede llevarte hasta la santidad, que es el estado en que yo me
encuentro. Y quin me ha trado a m a este bendito estado? Pues una
leccin, una simple leccin.

Mira, Fortunata, bendito sea el cuchillo que sana.

--Falta que sea verdad lo que cuentas--dijo la vctima defendindose.

--T podrs creerlo o no creerlo, como un enfermo puede tomar o no la
medicina que el mdico le da. Porque esto es la medicina de tu
conciencia. Quieres otra? Quieres el nombre de la que te ha robado lo
que t robaste? Pues te lo voy a decir.

Fortunata sinti como un desvanecimiento, y al incorporarse se le iba la
cabeza, y la habitacin daba vueltas en torno suyo. Llevndose la mano a
los ojos, dijo a su marido:

Me lo tienes que decir.

--Es una amiga tuya.--Amiga ma!--S, y su nombre empieza con A.

--Aurora, Aurora es!--exclam la joven dando un salto en su lecho, y
mirando a su marido como miran las personas de honor que han recibido
una bofetada.

--Ella es.--Hace tiempo que el corazn me deca algo de esto, pero muy
bajito, y yo no lo quera creer.

--Estoy tan seguro de lo que afirmo, que no puede ser ms.

--T me engaas, t me engaas--replic la joven en actitud de
Dolorosa--. T me quieres matar, y en vez de pegarme un tiro, me vienes
con esta historia.

--Si lo tomas como golpe de muerte, tmalo--manifest Rubn con
implacable frialdad.

--Aurora... Aurora!... Dios mo!, qu idea tan perra...! (agitndose
extraordinariamente). Pero no puede ser. Este hombre est loco y no sabe
lo que se dice.

--Que estoy loco?... (imperturbable). Bueno, defindete con eso. Pero
t caers, t te convencers. No tienes escape. La verdad se impone. Ah
tienes un tiro que no yerra nunca. Quieres ms seas? Cuando Aurora
sale de su obrador, l la espera en la calle de Santo Toms y van juntos
hacia el Ave-Mara. Los domingos, Aurora dice en su casa que va al
obrador, y a donde va es a...

--Cllate; te digo que te calles--grit Fortunata retorcindose los
brazos--. Eres un mentiroso, un calumniador.

--Pues qu queras t...? (con sonrisa glacial). Hija, es preciso estar
a las agrias y a las maduras. Qu queras? Herir y que no te hirieran?
Matar y que no te mataran? El mundo es as. Hoy tiras t la estocada, y
maana eres t quien la recibe... Dudas todava?

La vctima no dijo nada. No dudaba, no; lo denunciado por aquel hombre,
que a veces pareca demente, a veces no, revesta las apariencias de un
hecho cierto. Algo tena la infeliz joven en su cabeza que se lo
confirmaba, inundndola de luz. Record frases y actos, at cabos, y...
nada, que era verdad, como hay Dios. El infeliz chico estara todo lo
enfermo que se quisiera suponer; pero lo que deca, verdad era.

Lo dudas todava? volvi a preguntar l.

--No s, no s... Y si te has equivocado?... (con extremada inquietud y
rfagas de ira). No s qu pensar... Maxi, Maxi, si me hubieras dado un
tiro, me habras matado menos. Te juro que si es verdad, esa mujer, esa
hipcrita, esa sinvergenza que me venda amistad, no se ha de rer de
m. Te juro que le pateo el alma ms pronto que lo digo (revolcndose en
el lecho). Esto no puede quedar as. La mato, le saco los ojos, le
arranco el corazn... Que me traigan mi ropa. To, chiquilla; quiero
levantarme. Pero qu abandonada me tienen!

--Comprendo que te d tan fuerte. As me dio a m; pero luego me he
vuelto estoico. Aprende de m. No ves qu sereno estoy? He pasado por
todas las crisis de la ira, de la rabia y de la locura...

--Porque t no eres un hombre (interrumpindole).

--Es que las lecciones me han valido.

--Bueno; porque eres un santo... Yo no soy santa, ni quiero.

--Y por qu no habas de serlo t tambin? (tomndole las manos y
tratando de contener con suavidad sus movimientos de ira). Por qu no
habas de aspirar al estado en que yo me encuentro? A l he llegado
pasando por la rabia, por la locura... Ahora mismo, no hace mucho,
cuando vi a ese diablo de hombre cometiendo una nueva infamia, sent
otra vez la debilidad de espritu que crea vencida... me entraron ganas
de pegarle un tiro, por librar a la humanidad de semejante monstruo...
Pero despus he sabido vencerme y he dicho: Mejor castiga una
consecuencia lgica que un pual.

--Quiere decirse que le viste con ella y te quedaste tan fresco!--grit
la joven, furibunda, echando llamaradas de los ojos.

--No me qued fresco... Me alborot mucho; pero despus vino la
reflexin. Lo que importa, me dije, no es que l muera, sino que ella
aprenda. Y t has aprendido.

--Pues si yo les llego a ver...!

--Si les llegas a ver, acurdate de m. Hazte santa como yo... Les miras
y pasas...

--T no eres hombre... T no eres nada--exclam la joven con
desprecio--. A ella, a esa bribona es a quien yo quisiera arreglar. Si
la cojo, no lo cuenta. Infame, arrastrada, indecente, engaarme as!

--T, mira bien si tienes derecho a tratarla de ese modo.

--Pues no he de tener! (ofuscndose por completo y sin reparar en lo
que deca). Me ha quitado lo mo. Yo ser mala; pero ella lo es ms,
mucho ms.

--Comprendo tu exaltacin. Yo, que no tena otro mvil que la justicia,
cuando les vi, cuando me persuad de que pecaban, creo que si tengo un
revlver, les suelto los seis tiros por la espalda.

--Bien, bien--dijo la esposa con ferocidad--. Por qu no lo hiciste?
Eres un tonto... Aunque despus me hubieras matado a m tambin. Tienes
derecho a hacerlo.

--Les vi entrar en aquella casa... Fortunata abra los ojos con espanto.

Les esper para verles salir. Calle tal, nmero tantos. Me escond en
un portal. Oh!, la suerte de ellos fue que no llevaba revlver....

--Yo te lo comprar... Hoy mismo, ahora mismo (agitndose en el lecho,
cogiendo a su hijo, volvindolo a dejar, descubrindose el pecho,
tapndoselo y sin saber qu hacer).

--Matar!... Leccin a ella? Y la tuya?

--La ma, la ma? Ya la tengo, majadero. Todava quieres ms leccin?
A esa traicionera s que se la voy a dar, y gorda.

--Irs a presidio si matas.--Pues ir contenta.--Y tu hijito? Al or
esto, Fortunata tuvo un retroceso en su salvaje idea, y cogiendo al
chiquillo, que empezaba a rezongar, se lo llev al seno.

La madre lloraba, el chico tambin, y el gran Ido apareci otra vez en
la puerta sin decir nada, contemplando a marido y mujer con miradas
semejantes a las de las estatuas de yeso o mrmol, pues pareca no tener
nias en los ojos. Gracias que la entrada de Segunda puso trmino a la
situacin; y lo mismo fue ver a Rubn que volarse, soltando por aquella
boca sapos y culebras y echando la culpa de todo a su hermano y al
tagarote intil de don Jos Ido, el cual, vindose insultado, a su
parecer tan sin motivo, haca contracciones casi inverosmiles con los
msculos de la cara, juntando un ojo con la boca y encaramando el otro
hasta la raz del pelo. Yo no s lo que es--deca--, yo no s lo que
es; pero hoy no tengo la cabeza buena... Y conste que si entr fue
porque quiso; que yo no le mand entrar... y si la mata, sus razones
tendr, naturalmente... Vaya con la seora esta qu genio gasta!, y
cmo me trata! No sabe quin soy? Pues soy Josef... el Idumeo...
profesor en partos... intelectuales.




--v--


Cllese usted, so _guillati_--chillaba Segunda, que por los
movimientos amenazadores que hizo, pareca dispuesta a desbaratar con
un par de bofetadas la frgil persona del _profesor idumeo_--. La culpa
la tiene este morral que est aqu durmindola.

Obra de romanos fue el despertar a _Platn_; por fin, su hermana le tir
de una pata, mientras Encarnacin tiraba de la otra, y el corpachn del
_modelo_, resbalando sobre el sof, se desplom con estruendo sobre el
piso. Un rato estuvo estirndose, refregndose los ojos con las manazas,
y escupiendo ms _hostias_ que palabras. Onde est el judo ladrn que
ha entrado sin mi premiso?, hostia!, que le parto por la met. El
lenguaje de Segunda no desmereca del de su hermano por la finura ni por
lo escogido de las voces, lo que desagradaba extraordinariamente a Ido.
Maxi sali a la salita, y Jos Izquierdo se le cuadr ladrndole as:
Ah!, era ust. Ora mismo a la calle... brrr... Y que tengo yo un
genio mu blando...! Pues si le llego a ver antes hostia!, me caso con
la santsima... si le llego a ver antes, por el judo balcn, hostia!,
va solutamente a la calle.

Sin demostrar temor alguno, Maximiliano sonrea. Se arm tal zaragata,
que tuvo que intervenir Ido con frases de concordia, y Segunda
manoteaba, echando la culpa al calzonazos de su hermano, y este
increpaba a Encarnacin, y la chiquilla daba de rechazo contra Maxi; y
fue tal el vocero que hubo de presentarse en la puerta, que estaba
abierta, Estupi, y penetr en la casa con ademanes policiacos,
mandando callar a todo el mundo y amenazando con traer una pareja. Ya
deca yo que en este cuarto no habra paz, y como sigan as, pronto los
planto a todos en la calle. Se fue refunfuando, y al anochecer, cuando
ya Ido y Maxi se haban marchado, y los hermanos Izquierdo estaban
comiendo, volvi a subir, con bastn de mando, y dijo despticamente:
Orden, orden y el primero que meta ruido, va a la crcel.

--Pues qu, D. Plcido, va a venir el Vitico?

--Poco menos--replic el hablador entrando sin pedir permiso y
dirigindose a la alcoba--. Que va a venir el ama, la seora casera.
Mucho orden, seores, mucha formalidad.

Lo mismo fue or _Platn_ que la seora de Pacheco vena, que el temor
de verla le intranquiliz y no tuvo ya sosiego. A trangullones despach
la comida, apresurndose a largarse a la calle. Tal era su miedo de que
la seora le viese, que baj la escalera a escape, y se le erizaba el
cabello pensando en que si Guillermina suba cuando l bajaba, no
tendra dnde meterse para evitar su encuentro.

Desde la entrevista con su marido, Fortunata se puso tan inquieta, que
Segunda tuvo que enfadarse para impedir que se levantara, pues quera
hacerlo a todo trance. El chiquitn deba de encontrar novedad en lo
tocante a provisiones de boca, porque estaba mal humorado, como si
quisiera tambin echarse a la calle, en son de pronunciamiento. El aviso
de la visita de la santa calm bastante a la madre; pero no al hijo, que
no entenda an ni jota de santidades. Presentose la dama a las nueve,
acompaada de Estupi; y despus de saludar a Segunda como si fuera
esta la seora ms encopetada, pas, y antes de decir nada a la que fue
su amiga, examin bien a Juan Evaristo Segismundo. Segunda acercaba una
vela para que la dama pudiera ver bien las facciones del nio, quien no
pareca entusiasmado, ni mucho menos, con inspeccin tan impertinente ni
con la viveza de la luz, tan prxima a sus ojitos.

Qu mal genio tiene! dijo la santa sentndose junto al lecho,
mientras Fortunata agasajaba a su hijo, y metindole el pecho en la
boca, trataba de aplacarle. Fue Guillermina muy parca en saludos y
demostraciones de afecto, y luego, cuando se quedaron solas la seora de
Rubn y la santa, esta no dijo nada de religin, ni ment la virtud, ni
el pecado, ni cosa alguna concerniente al orden moral. Habl de si la
joven madre tena o no mucha leche, y de si senta esta o la otra
molestia, con otras cosas pertinentes al estado en que se hallaba.
Fortunata not en la cara apacible de la fundadora cierta severidad
estudiada, y para romper aquel hielo, dijo lo siguiente, cuya
oportunidad podra dudarse: Este s que es el _Pituso_ legtimo, el de
la propia ta Javiera, verdad, seora? Ah!, no sabe? En cuanto mi to
Jos oy decir que usted vena, sali de carrera, como alma que lleva el
diablo.

--Por el miedo que me tiene. Buena nos la dio... Djele usted estar, que
como yo le coja a mano, le he de decir cuatro cosas.

Y cuando la madre puso al nio a su lado, ya harto y dormido,
Guillermina le volvi a mirar atentamente, observando sus facciones como
el numismtico observa el borroso perfil y las inscripciones de una
moneda antigua para averiguar si es autntica o falsificada. Despus dio
un suspiro, y guiando los ojos para mirar a Fortunata, se expres as:
Buena la hemos hecho, buena!....

Y ambas estuvieron calladas un rato, mirndose.

--Seora--dijo de improviso la parida, como queriendo romper un secreto
que abruma--. Yo tengo que pedir a usted perdn...

--A m!, perdn... de qu?

--De las burradas que hice, de las atrocidades que dije aquella maana
en su casa de usted. Tambin a ella le pedira perdn si la viera... Me
port mal, lo conozco. Yo no guardo rencor a nadie... digo, no se lo
guardo a ella, porque...

Ay, seora, usted no sabe lo que pasa, usted no sabe que a las dos nos
est engaando... y s quin es la que nos le entretiene, una culebra,
una hipocritona, que me venda amistad...! Esto no quedar as, seora,
no quedar as...

--No me traiga usted a m cuentos, que no me dan fro ni calor (con
reprensin graciosa). Ahora lo que le conviene es tranquilidad; que
tiempo hay de ajustar cuentas atrasadas...

Y volvi a mirar al chico, recrendose silenciosamente en su hermosura y
lozana. Fortunata le beba a ella las miradas, jactndose de adivinarle
el pensamiento, el cual bien poda ser este: Si Jacinta le viera...!.
Pero cmo le haba de ver? Esto s que era imposible. Por m--pensaba
la _Pitusa_--, no habra inconveniente... Pero cunto sufrir la
pobrecilla, si le ve! Y puede que se le antoje... S, para ella
estaba... Amiga ma, tenerlos, tenerlos... Esta le ir contando cmo es;
le dir: 'tiene la boca as, los ojos asado, y en esto se parece a su
padre y en lo otro a su madre. Criatura ms perfecta no ha echado Dios
al mundo'.

Cuando usted est buena, hablaremos--indic la santa con nimo ya de
retirarse--. Yo tengo una idea... No es usted sola quien tiene ideas;
slo que las mas no son malas, al menos no las tengo por tales. Y para
concluir por hoy, necesita usted algo? Si no puede criar, no se apure,
le pondremos un ama a este caballerito, que me parece no habra de
hacerle ascos. Es preciso criarle bien.

--Yo puedo, yo puedo... vaya!--replic la otra contrariada--. Qu cree
usted? Soy muy fuerte. Mi hijo no lo cra nadie ms que yo.

--Pues alimentarse bien (recobrando su tono dulcemente autoritario). Y
cuidado con hacerme disparates. Obedecer al mdico... Nada de arrebatos
de ira, ni devaneos. Ah!, yo dudo mucho que usted sirva...

Y sintiendo uno de aquellos arranques de inspiracin que la embellecan
y sublimaban, le dijo esto, ya en pie para marcharse:

Porque ha de saber usted que Dios me ha hecho tutora de este hijo...
S, buena moza, no se espante ni me ponga esos ojazos. Su madre es
usted, pero yo tengo sobre l una parte de autoridad. Dios me la ha
dado. Si su madre le faltara, yo me encargo de darle otra, y tambin
abuela. Hijo mo, has venido al mundo con bendicin, porque suceda lo
que suceda, no estars nunca solo. Djeme usted que le vea otra vez. No
me harto de mirarle. Quiero llevrmele metido dentro de mis ojos.
Virgen del Carmen!, qu lindsimo es...! Tiene a quien salir. Adis,
adis.

Sali acompaada de Estupi, diciendo al modo de rezo: Acatemos la
voluntad de Dios... l sabr por qu ha mandado ac este angelote.
Jacinta, furiosa, dice que Dios est chocho y que no hace ms que
disparates... Pobrecilla... Qu limitada inteligencia la nuestra! No
comprendemos nada, pero nada, de lo que l hace, y nos devanamos los
sesos por adivinar el sentido de ciertas cosas que pasan, y mientras ms
vueltas les damos menos las entendemos. Por eso yo corto por lo sano, y
todas mis _matemticas_ se reducen a decir: Cmplase la voluntad del
Seor.

Fortunata so aquella noche que entraban Aurora, Guillermina y Jacinta,
armadas de puales y con caretas negras, y amenazndola con darle
muerte, le quitaban a su hijo. Despus era Aurora sola la que cometa el
nefando crimen, penetrando de puntillas en la alcoba, dndole a oler un
maldecido pauelo empapado en menjurje de la botica, y dejndola como
dormida, sin movimiento, pero con aptitud de apreciar lo que pasaba.
Aurora coga al chiquillo y se lo llevaba, sin que su madre pudiera
impedirlo, ni siquiera gritar. Despert acongojadsima. Se senta mal,
propensa a desvaros de la mente en cuanto se aletargaba, y con
muchsima sed. Esta lleg a ser tan fuerte, que no pudiendo despertar a
su ta dando con los nudillos en el tabique, tuvo al fin que levantarse
en busca de agua. Al volverse a acostar sinti bastante fro, y con
estas alternativas de fro y calor estuvo hasta la maana.




--vi--


Ballester fue temprano, y a ella le falt tiempo para hablarle de
la visita de Maxi y de la historia que este le haba llevado. Mucho se
incomod el regente al enterarse de esto, y con desusada seriedad y
calor hubo de negar lo que su amigo contara de _la Samaniega_.

Mire, compaero--dijo ella--, mientras ms se amontone usted para
negarlo, ms creo yo en ello. Usted no habla nunca as; y cuando se pone
serio, no dice ms que mentiras. Lo que quiere es que yo me serene. Se
lo agradezco; pero no puede ser. Y lo que es esa francesilla asquerosa
no se re de m.

Agot el buen amigo toda su lgica para arrancarle aquella idea, sin
adelantar nada. Y por fin--dijo tomando el tono festivo y maleante que
empleara con Maxi en otra ocasin--, para qu hacemos caso de lo que
diga ese desventurado?... Ay qu romnticas y qu spitas... _semos_!
Mi amigo Rubn, con esas apariencias que ahora tiene de hombre de seso,
est ms _tocati_ que nunca. Todo lo dice al revs, y el otro da me
sostena que _doa Desdmona_ es una mujer hermosa. Me parece que si
seguimos por ese camino, tendr que traerme ac la vara....

No afectaron a Fortunata estas bromas.

Observbala l con atencin seria, notando que una idea muy siniestra y
tenaz la dominaba, y que no era fcil quitrsela de la cabeza. Temi que
aquel estado de nimo influyese desfavorablemente en su salud, y para
prevenirlo metiole miedo. Me ha dicho Quevedo que en estos das hay que
tener mucho cuidado con usted, y que no le permitir levantarse hasta la
semana que viene. Cualquier disparate que usted hiciera podra sernos
fatal. Conque, hija ma (tomndole las manos), muchsimo cuidado. No le
digo que lo haga por m. Qu caso hace usted de este pobre boticarn?
Ninguno, y con razn, porque yo para usted no soy nadie... hgalo por mi
amigo Juan Evaristo, a quien quiero ya como si fuera hijo mo, s,
spalo usted, y me constituyo en su tutor; hgalo por l, y _tutti
contenti_.

Pareca convencida, y Ballester se fue con la impresin de haber
triunfado. Tranquila estuvo toda la maana; pero a eso del medioda, al
despertar de un sueo breve, se sinti tan vivamente acometida de ganas
de salir a la calle, que no pudo sobreponerse a este ciego impulso.
Levantose, con gran sorpresa de Encarnacin, nica persona que en la
sala estaba, se pein a la ligera y se puso su falda de merino oscuro,
pauelo de crespn negro, otro de color a la cabeza, mitones colorados,
sus botas de caa clara, y... Pero antes de salir dedic un gran rato a
su hijo, que habiendo despertado cuando la mam se vesta, pareca
declarar con sus chillidos que le cargaba la salidita. Le convenci ella
dndole todo lo que quiso o lo que haba, y el angelito se qued dormido
en su cuna de mimbres. Mira--dijo a Encarnacin su ama--; yo voy a
salir. No estar fuera sino poco tiempo, porque tomar un coche, y har
la diligencia en media hora. T no te separas de aqu, y si despierta el
nio, le arrullas y le meces, dicindole que yo vendr en seguidita...
Cuidado cmo te separas de l. Oye; mientras yo est fuera, no abres a
nadie... Mejor ser otra cosa; yo cierro dando las dos vueltas y me
llevo la llave. Si viene Segunda, que espere en la escalera. Dio muchos
besos a su hijo, de quien por primera vez en aquella ocasin se
separaba, y sali, cerrando la puerta y llevndose la llave. No sea
cosa que alguien venga y... No, no me le quitarn; pero se han dado
casos. Este ngel mo, veo que tiene muchos golosos. Y sobre todo esa
envidiosona de Jacinta es la que ms miedo me da. De la pelusa que tiene
le van a salir ms canas, y se va a poner como un alambre de flaca.
Pero qu remedio tiene sino conformarse...? Bastante he penado yo...
que pene ahora ella. Ah!, siento pasos. Francamente, no quisiera que me
viera nadie, porque empezarn a decir que si salgo o no salgo, y no me
gustan _refirencias_.

Me parece que es D. Plcido el que sube. Me guardar un poquito hasta
que entre en su casa... Ya llega, abre su puerta. Ahora me escabullo, y
Dios me acompae. Debiera llevar algo que duela... Ah!, la llave. Es
mejor que la mano del almirez. Con esto y las uas... yo le juro
que....

Tom un coche y apenas entr en l se sinti tan mareada, a causa del
movimiento y de su propia debilidad, que hubo de cerrar los ojos e
inclinar la cabeza para no ver las casas volteando en torno suyo. Deb
haber tomado un caldito antes de salir... Pero a buena hora me acuerdo.
En fin, esto pasar. Pas ciertamente, y lo primero que hizo al
reponerse fue variar la orden que haba dado al simn. Habale dicho
_Ave Mara, 18_; pero tuvo una idea, y dijo _Cabeza, 10_, sacando la
suya por la ventanilla, alargando el brazo y tocando con la llave que en
la mano llevaba, al modo de un arma, el brazo del cochero. En la casa
ltimamente designada estuvo como una media hora, y cuando baj a tomar
de nuevo el carruaje, su cara plida tena transparencias de cera, los
labios no tenan color... A dnde vamos, seora? le pregunt el
cochero, viendo que pasaba tiempo sin que diera ninguna orden. Subida a
Santa Cruz, esquina a la calle de Vicario Viejo. Y dicho esto, y al
rodar de la berlina, daba vueltas a este pensamiento: Claro; lo que yo
dije. La Visitacin a m no me lo haba de ocultar. Y luego dice el
tonto de Ballester que mi marido est loco! Ms razn tiene y ms
talento que todos los cuerdos juntos... No se ha equivocado ni en tanto
as. Veinte duros le he dado a la Visitacin por la cantinela... Claro;
a m no me lo haba de negar.... Y partiendo de esta idea, volva a la
misma cien y cien veces, describiendo el doloroso crculo.

Apeose en la subida a Santa Cruz, y subi al obrador de Samaniego,
entrando por el portal, que estaba en la calle de Vicario Viejo. Iba tan
decidida, que no tuvo ni la ms ligera vacilacin. La puerta del
entresuelo tena mampara de hule, que al abrirse haca sonar un timbre.
Fortunata haba estado all en los das que precedieron a la
inauguracin de la tienda, y recordaba perfectamente todo. No haba que
llamar, sino que se empujaba la mampara, sonaba un _plin_ muy fuerte, y
ya estaba uno dentro. As lo hizo aquel da, y apenas recorri el corto
pasillo que a la estancia principal conduca, encarose con Aurora que en
aquel momento iba desde el centro, donde estaba la mesa, hacia una de
las ventanas, llevando telas en la mano. Alrededor de la mesa vio
Fortunata como unas seis o siete oficialas, cosiendo, y en un sof,
junto a la ventana apaisada que daba a la calle, estaban dos seoras,
examinando a la luz encajes y telas.

Buenos das dijo la Rubn, detenindose un instante y recorriendo con
mirada fugaz todas las caras que delante tena. Aurora, al verla, se
qued tan inmutada, que no supo ni qu decir ni qu cara poner. Ah!...
t, Fortunata... Cunto tiempo...!. De improviso tom un tonillo de
sequedad. Dispensa... Estoy ocupada. Si quisieras volver a otra
hora.... Pero al instante cambi de registro. Qu cara te vendes!
Has estado mala?.

--Y t, cmo ests?... siempre tan famosa...--le dijo Fortunata
acercndose y poniendo una cara fingidamente amable; pero en la cual no
era difcil ver la cruel suavidad con que algunas fieras lamen a la
vctima antes de devorarla.

--Y t, dnde te metes?--balbuci Aurora muy cortada, sin saber para
dnde volverse.

Por fin se dirigi a las seoras que all estaban; pero no supo qu
decirles. Fortunata se le puso delante cuando volva hacia la mesa
central. Tena que hablar contigo... Como no se te ve... Ay, qu
amigas estas, se muere una sin que le digan nada!.

Algo se tranquilizaba Aurora con este lenguaje, y sonriendo contest:
Hija, con tantas ocupaciones, no tiene una tiempo para visitas. Pens
ir a verte... Pero sintate.

--Estoy bien as... Pronto despacho.

Aurora se acerc otra vez a las seoras, y al volverse, su amiga le
toc un brazo. Tena que hablarte dos palabras... una cosita que te
quera decir. Me estaba muriendo por verte. Ingrata! Sabiendo el gusto
que me da tu compaa...!.

--Tienes razn--dijo la otra volviendo a inquietarse, porque en la cara
de su amiga advirti algo que la puso en cuidado--. Todos los das
pensaba ir...

--Sabiendo que te quiero tanto...--Y yo a ti... Pero por qu no te
sientas?

--No... Me voy en seguida. No he venido ms que a traerte una cosa...

--A traerme una cosa... a m!

--S, vers. Y diciendo _vers_, hizo con el brazo derecho un raudo y
enrgico movimiento, y le descarg tan de lleno la mano sobre la cara,
que la otra no pudo resistir el impulso, y dando un grito, se cay al
suelo. Fortunata dijo: Toma, indecente, pa, ladrona!.

Bofetada ms sonora y tremenda no se ha dado nunca. Todas las ofcialas
corrieron espantadas al auxilio de su jefe; pero por pronto que
acudieron, no fue posible impedir que Fortunata, empuando su llave con
la mano derecha, le descargase a la otra un martillazo en la frente; y
despus, con indecible rapidez y coraje, le ech ambas manos al moo y
tir con toda su fuerza. Los chillidos de Aurora se oan desde la
calle. Las dos seoras aquellas salieron a la escalera pidiendo socorro.
Gracias que las oficialas sujetaron a la fiera en el momento en que
clavaba sus garras en el pelo de la vctima, que si no, all da cuenta
de ella. Sujetada por tantas manos, Fortunata hizo esfuerzos por
desasirse y seguir la gresca; pero al fin el nmero, que no el valor,
venci su increble pujanza. A una de las modistillas la tir patas
arriba de una manotada; a otra le puso un ojo como un tomate. Dando
resoplidos, lvida y sudorosa, los ojos despidiendo llamas, Fortunata
continuaba con su lengua la trgica obra que sus manos no podan
realizar. Eso para que vuelvas, so tunanta, a meter tus dedos en el
plato ajeno... Embustera, timadora, comedianta, que eres capaz de
engaar al Verbo Divino. Lstima de agua del bautismo la que te
echaron! Tramposa, chalana... Te pateo la cara aunque me deshonre las
suelas de las botas.

Y tal esfuerzo hizo por desasirse, que a punto estuvo de lograrlo. Dos
de ellas haban acudido a levantar a Aurora, que continuaba dando gritos
de dolor. Si no se presentan Pepe Samaniego y un dependiente, sabe Dios
la que se arma all.

Qu es esto? Qu ha pasado aqu? Quin es usted? Qu busca usted?.

--Quin soy!...--grit Fortunata con desesperacin--. Una persona
decente...

--S, ya se conoce... Aurora, por Dios!... Qu es esto?

--Una persona decente, que he venido a ajustarle la cuenta a este
serpentn que tiene usted en su casa. Y tambin es calumniadora.

--Cllese usted y vyase muy enhoramala... Pero qu es esto, Aurora?...
Jess!, sangre en la cabeza. Una herida... Oiga usted, mujerzuela,
ahora mismo va usted a la crcel... Eh!, llamar a una pareja.

La Feneln estaba como desmayada, y sus alumnas le desabrocharon el
vestido para aflojarle el cors.

--Quien va a ir a la crcel es esa--chill la agresora, frentica,
revertida otra vez bruscamente a las condiciones de su origen, mujer del
pueblo, con toda la pasin y la grosera que el trato social haba
disimulado en ella--. Yo no he faltado... A m s que me han faltado...
Esa bribona me ha engaado, nos ha engaado a las dos, porque somos dos
las agraviadas, dos, y usted debe saberlo... _Aquella_ es un ngel, yo
otro ngel, digo, yo no... Pero hemos tenido un hijo; _el hijo de la
casa_, y esta es una entrometida, fea, tiosa y sin vergenza que me la
tiene que pagar, me la tiene que pagar.

--Si no se calla usted...!--dijo Samaniego, llegndose a ella con
ademn amenazador--. Vamos, que por ser usted mujer, no le sacudo el
polvo ahora mismo.

--Usted a m?... falta que pueda. Ms le valdr a usted no permitir las
indecencias que hace esta...

--Le digo a usted que si no se calla... No me puedo contener... Eh!,
llamar a una pareja.

La escena tom an peor carcter con la aparicin de doa Casta, que
hubo de llegar a la tienda en aquel instante, y enterada de la zaragata,
subi renqueando, y entr en el teatro del dramtico suceso, dando
gritos. Hija de mi alma!... Pero qu!... la han matado!...
Sangre!... Ay, Dios mo! Aurora... Aurora...! Pero quin ha sido?...
Ah!, esa mujer....

--S, yo, yo he sido--le dijo Fortunata desde el rincn donde la tenan
acorralada--. Mejor cuenta le tendra a usted, so bruja, no ser tapadera
de las tunanteras de su nia...

Doa Casta, acudiendo a su hija, no se haca cargo de las flores que la
otra le echaba. Aurora volvi en s exhalando gemidos. No es nada, ta
--dijo Samaniego--. No se asuste usted... Una leve contusin, y el susto
correspondiente... Pero no se calla esa salvaje?... A la prevencin, a
la prevencin....

--Dejarla; que se vaya...--murmur Aurora con los ojos cerrados.

--A la crcel--gritaba ronca doa Casta.

--No, a la crcel no--dijo la vctima, haciendo gala de
generosidad...--dejarla, dejarla... Pepe, no le hagas nada.

--No; si yo no le pego... All se entender con el juez.

--No, juez no, juez no--deca la de Feneln muy apurada--. La perdono.
Dejarla; que se vaya, que se vaya pronto; que yo no la vea.

Fortunata, implacable, no se quera callar, y entre los que rodeaban a
la vctima se dividieron los pareceres respecto a lo que se deba hacer
con la agresora. Subi ms gente, y el obrador, con tanto vocear y las
pisadas de los que entraban y salan, pareca un infierno.




--vii--


La primera que lleg a la casa de la Cava, durante la ausencia de
la _Pitusa_, fue Guillermina. Despus de llamar dos veces, la voz de
Encarnacin le respondi al travs de los agujeros de la chapa: La
seorita ha salido. Me ha dejado encerrada.

--Ha salido!... Dios nos asista!... Pero es eso verdad, o es que no
quiere recibirme?

--No, seora, no est. Dijo que volvera pronto. Ech la llave con dos
vueltas.

--Y el nio?--Sigue tan dormidito.--Esperar un rato--dijo la santa
dando un suspiro; y cansada de estar en pie, se sent en el ms alto
escaln del tramo. Pareca una pobre que espera se abra la puerta para
pedir limosna--Pero dnde habr ido esa loca?... Lo que yo digo: a
esta no la sujeta nadie. No va a poder criar a su hijo. Tiene a lo mejor
algunas corazonadas felices; pero cuando menos se piensa la pega... El
mejor da abandona a su nio o lo mete en la Inclusa... No, eso s que
no se lo consentimos. Si el pobrecito tiene una madre descastada, no le
faltar quien mire por l.

Cuando esto pensaba, sinti subir a otra persona. Era Ballester, quien
al verla, se qued algo cortado. Viene usted a esta casa?--le dijo la
dama--. Pues tmelo con paciencia, que el pjaro vol. La seora esa se
ha ido a la calle. Dentro estn el chico y la criada; pero como se llev
la llave, no podemos entrar. Aguante usted el plantn, como yo, si no
tiene prisa, que ya no puede tardar.

--Pero si le habamos prohibido que saliera! (asustadsimo y
disgustado). Anoche, segn me dijo D. Francisco de Quevedo, estaba algo
excitada. Por eso yo vena a ver... Qu disparates hace!

--Ya lo creo que es disparate! Y usted no sospecha dnde podr estar?

--Yo... nada. En fin, esperaremos. Sentose el regente dos escalones ms
abajo, y la santa gui los ojos para mirarle. Como no se paraba en
barras cuando crea necesario interrogar a alguna persona, de buenas a
primeras acometi a Ballester en esta forma: Dgame usted, caballero,
y dispense la confianza. Es usted la persona que ahora... tiene ms
ascendiente con esta mujer?.

--Yo, seora... ascendiente no creo tenerlo... La conozco hace poco
tiempo. Soy su amigo; me intereso algo por ella.

--No trato yo de que usted me diga qu clase de amistad es esa...

--Las relaciones ms puras... Qu, no lo cree usted?

--S, yo creo todo. Precisamente, tengo mucha fe (riendo con gracia);
pero no se trata ahora de esto. A m qu me importa? Lo que quiero
decir es que si usted tiene algn influjo sobre ella, debe aconsejarle
que... Porque el da mejor pensado, esta mujer vuelve a las andadas, y
se cansar de criar a su niito. Lo mejor sera que le pusiera un ama,
entregndoselo a personas que le habran de cuidar mejor que ella.
Aconsjele usted esto.

--Yo... que quiere usted que le diga... creo que no le abandonar. Est
muy entusiasmada con l.

--S; buen entusiasmo nos d Dios. Mire usted que esta...! Marcharse a
paseo!, qu ganas de calle tena. Ni s cmo el angelito aguanta tanto
tiempo sin mamar...

No haba acabado de decirlo, cuando oyeron los chillidos del pobre nio.
No pudiendo contenerse, Guillermina se levant y fue hacia la chapa
agujereada, y por all ech estas vehementes expresiones: Hijo mo,
esa loca que no viene!... tienes razn... bribona! Agurdate un
poquitn, un poquitn. Llam para que viniese a la puerta la chiquilla,
y le dijo: Oye, nia, a ver cmo le entretienes un momentito, que tu
ama no puede tardar. Mcele en su cunita, cntale algo, sosona.

Y volviendo al peldao, charl con su compaero de plantn: Qu alma
de mujer...! Ay!, tengo el genio tan vivo, que rompera la puerta,
cogera al nio y le llevara a que le dieran de mamar... Es usted
mdico?.

--No, seora; soy farmacutico.

Se call porque sintieron pasos, ya muy cerca, como de una persona que
suba con cautela, y miraron a la meseta intermedia, esperando a que el
que suba diese la vuelta. La aparicin de aquella persona les dej a
ambos muy sorprendidos. Era Maximiliano, quien al ver a doa Guillermina
y a Segismundo sentados en la escalera, hizo el siguiente razonamiento:
Dos personas que esperan y que se sientan cansadas. Luego, hace tiempo
que esperan, y la casa est cerrada.

Un rato estuvo inmvil sin saber si seguir subiendo o volverse para
abajo. El regente se rea y Guillermina le miraba con gracejo.

Nada--le dijo esta--, que tiene usted que esperar tambin. Tiene usted
llave?.

--Llave yo?--La del campo--indic Ballester con mal humor, discurriendo
que maldita la falta que haca Maxi all--. Ms vale que se vaya usted,
amigo Rubn, y vuelva, porque esto va largo.

--Esperar yo tambin--contest el otro sentndose debajo de Ballester.

Y volvieron a orse los desesperados gritos del _Pituso_, y Guillermina
no disimulaba su impaciencia y zozobra. Ya se ve, la pobre criatura
tiene ganita... Cuidado que levantarse antes de tiempo y plantarse en
la calle...! Le digo a usted que le pegara....

Maximiliano callaba, no quitndole los ojos a la santa, a quien nunca
haba visto tan de cerca.

--Pues estamos lucidos--aadi ella--. Ya somos tres. Y esto va picando
en historia. Siento pasos. Si ser al fin esa veleta...

Los pasos no parecan de mujer. Quin sera? Miraron los tres, y
apareci Jos Izquierdo, quien al ver a doa Guillermina, se sobresalt
extraordinariamente y mir para abajo, como si se quisiera tirar de
cabeza. Habra l dado cualquier cosa por tener dnde meterse. La santa
se rea en sus barbas, y por fin le dijo: No me tenga usted miedo,
seor de _Platn_... Por qu est usted tan asustado? No me como la
gente. Si somos amigos usted y yo....

--Seora--dijo el _modelo_ con un gruido--, cuando el endivido tiene
necesidad, no pue ser caballero y hace cualquiera cosa.

--S, hombre, ya lo s; y aquel gran timo que usted nos dio est
olvidado... Pues si viera usted qu guapo est el _Pituso_!

--De veras? Ay!, probe piojn de mis entraas!

--S; se cra perfectamente. Y es tan listo y tan travieso que tiene
alborotado todo el asilo.

--Ay!, cmo se le conoce la santsima sangre de su madre, que revolva
medio mundo. Si tena aquel chico un talento macho... vamos que...

--Ahora est usted como quiere, Sr. de _Platn_, segn he odo, ganando
unos grandes dinerales con la pintura.

--Defendemos el santo garbanzo, seora...

--Yo me alegro por diferentes motivos, pues estando usted tan en grande
no se le ocurrir engaar a la gente.

Izquierdo se rascaba una oreja, y la habra dado porque la santa mudara
de conversacin.

--Si la seora quiere, no miremos pa tras.

--Si esto no es mirar _pa tras_... Vamos, que ahora, si usted estuviera
mal de fondos, bien podra intentar otro negocio como aquel... y no con
moneda falsa, sino con legtima.

Ballester se rea y Maximiliano estaba muy serio, lo que repar la
fundadora, apresurndose a decir: Si no fuera por estas bromas, cmo
pasaramos el horrible plantn? Yo me consumo cuando tengo que esperar,
y cuando espero estpidamente por la tontera de una persona, pierdo la
paciencia en absoluto....

Volvi a orse la quejumbrosa cantinela de Juan Evaristo, y Guillermina
tir de la campanilla para decir a la criada: Mujer, entretenle; dile
cositas. Pareces tonta... Hijo mo, ya viene, ya viene!... Vers qu
soba le doy cuando entre, por tenerte as tan solito, muertecito de
hambre... Seores (volviendo al escaln), ustedes me han de dispensar, y
si alguno se cansa, no est aqu por hacerme compaa. Algo debe de
haberle pasado a esa mujer, cuando tarda tanto. Propongo que se nombre
una comisin, que vaya a hacer un reconocimiento a la calle y averige
dnde puede estar. Al decir esto, miraba a Maxi, dando a entender que
fuera l de la citada comisin. El joven no hizo ademn alguno que
indicara intencin de moverse, y en la misma actitud perezosa en que
estaba, mirando de soslayo a sus compaeros de plantn, dijo as: Hace
como unos cinco cuartos de hora iba en un coche por la calle de
Atocha... Entr por la calle de Caizares... Hace como unos tres cuartos
de hora, vi el mismo coche atravesar la plaza de Santa Cruz hacia la
calle de Esparteros....

Ballester y Guillermina se miraron alarmados. Pues propongo--repiti
ella--, que vaya una comisin a la calle de Esparteros...

Y no vio usted si el coche se detuvo en alguna parte?.

--No, seora... Yo cre que el coche vena hacia ac, pues aunque el
camino ms directo desde la calle de Atocha es Plaza Mayor, Ciudad
Rodrigo y Cava, como en la entrada de la Plaza, por Atocha, estn
adoquinando y no se puede pasar, dije yo: Es que el cochero va a tomar
la calle Mayor. Pero por lo visto no ha venido aqu. Luego, ha ido a
otra parte. Quizs haya ido a visitar a alguna amiga: Aurora, por
ejemplo...

Ballester y la santa volvieron a mirarse con inquietud. Lo que este
chico dice--indic el farmacutico, comunicando a la dama sus temores--,
me parece tan lgico, que casi casi me inclino a tenerlo por cierto.

Oyronse pasos otra vez; pero eran muy pesados y los acompaaba un
carraspeo y resoplido de persona madura, por lo que nadie crey fuera
Fortunata la que llegaba. Es Sigunda, dijo izquierdo antes de verla, y
no se equivoc. La placera se puso en jarras al ver la escalonada
tertulia que all haba, y cuando apreci quin estaba sentada en el
lugar ms alto, abri medio palmo de boca, expresando su admiracin de
esta manera: Bendito Dios! El ama de la casa sentadita en la
escalera, como una pobre que est esperando las sobras de la comida!
Pero qu, no est esa diabla?

Se ha escapado a la calle! Me lo tema. Qu cabeza! Si estaba ella
anoche muy encalabrinada...! Pero seora, por qu no pasa a casa de D.
Plcido? All habr sillas, al menos, y podrn la seora y los seores
sentarse a gusto....

--Hgame el favor de llamar en el tercero y ver si est Plcido. Tengo
la seguridad de que l la encuentra.

Segunda llam, y Plcido no estaba.

Quiere la seora que vaya a buscarla?... Pero adnde?.

--Yo ir--dijo Ballester, que no poda desechar la idea de que en el
obrador de Samaniego daran razn de la fugitiva. Pero an hablaba con
Guillermina en secreto, cuando Segunda, que haba bajado en busca de una
llave o ganza con que abrir la puerta, grit desde el principal: Ya
est aqu, ya est aqu.

--Ah!, gracias a Dios...!--exclam Guillermina sin intencin de doble
sentido--. Ya pareci la perdida. Veremos lo que trae.

--Una de dos--dijo Ballester suspirando--: o trae la cara araada, o
trae sangre o quizs piel humana en las uas.

--Es mucha mujer esta... Todos se levantaron menos Maximiliano, que
continu echado apticamente hasta que vio a su mujer. Esta suba
jadeante, sofocadsima, limpindose con un pauelo el sudor de la cara,
y levantndose las faldas para no pisrselas. En la mano traa la llave
de la casa. Qu, he tardado?... Si no he tardado nada. Despach en
seguida... Ah!, doa Guillermina tambin aqu. Hija, yo cre
desocuparme ms pronto... Y mi rey tiene hambre... ya le oigo llorar...
Voy, voy, hijo de mis entraas... Ay!, cre que no me dejaban venir. Si
me llevan a la crcel, no s... pobrecito mo.

--Abra usted, abra pronto...--le dijo Guillermina empujndola--,
callejera, cabra monts. Est visto; no sirve usted para madre... ngel
de Dios!, hace dos horas que est rabiando... Si usted no se enmienda,
tendremos que mirar por l.




--viii--


Abri y entraron todos atropelladamente; Fortunata delante,
Guillermina agarrada a ella, y detrs Ballester, Maxi, Izquierdo y
Segunda. La madre corri derecha a la alcoba, donde estaba el pequeo en
su cuna, dando unos gritos que enterneceran al caballo de bronce de
Felipe III. Aqu estoy, rico mo, aqu est tu esclava... Ven, ven,
cielo de mi vida; toma la tetita, toma... Ay qu hambre tan grande!...
Cunto ha llorado mi ngel!... Yo desatinada por venir. Qu contento
se pone mi nio!... Ya no llora ms, verdad? Ya no ms....

Sin quitarse el mantn, haba cogido al chiquillo, disponindose a
aplacar su gran necesidad. Se sent en la cama, para dejar a Guillermina
la nica silla que en la alcoba haba. La santa no atenda ms que al
pequeuelo, observando si la ansiedad con que mamaba iba acompaada de
satisfaccin: Me temo que con esos arrebatos se quede usted sin leche.

--Quia!, no seora... Vea usted, la tengo de sobra. Al contrario, creo
que si no me desahogo, me quedo seca. Estaba yo anoche, que no caba en
m. Me era tan preciso vengarme como el respirar y el comer. Pues ver
usted... despus de darle una bofetada que debi de orse en Tetun, le
pegu un achuchn con la llave, y la descalabr... despus met mano a
las greas...

--Cllese usted por Dios, que me da horror de orla.

--Me queran llevar a la crcel, y estuvieron cerca de una hora si me
llevan o no me llevan. Fueron los policas, y yo dije que estaba
criando. Total, que por fin me soltaron, y aqu me vine corriendo. Si
no hay como ser as para que la respeten a una! Si no estn all las
condenadas modistas, me paseo por encima de su corpacho como por esa
sala. Porque mire usted que es remala; engaar a dos, a dos, seora, a
m y a la otra, que es un ngel, segn dice todo el mundo! Dgale usted
que su cuenta con _la Samaniega_ est ajustada.

--Me parece que est usted muy trastornada... Cllese, cllese y atienda
a su hijo...

--Ya atiendo, seora, ya atiendo. Pues no me ve?... Hijo, gloria de tu
madre, emperador del mundo... Ay!, crea usted que si aquellos perros
guindillas no me dejan venir a dar de mamar a mi hijo, no s lo que me
pasa... El mismo Samaniego fue quien me solt, diciendo: Que se vaya
noramala. Pues s, seora, estoy contenta. Y crea usted que no me
alegro por inters... Para qu quiero yo el dinero? Para nada. Me
alegro por tener _el hijo de la casa_, y esto no me lo quita nadie. Ni
con latines ni sin latines me lo quitan. Verdad, seora? Usted est
ahora de mi parte. Y _ella_ tambin est ahora de mi parte, verdad?

--Cuando digo que usted no tiene la cabeza buena (bastante alarmada).
Cllese la boca. Tengamos formalidad (dndole palmadas en el hombro),
porque si no le cra bien, le pondremos ama; y en ltimo caso, hasta le
recogeremos para tenerlo con nosotras.

--Quia!... no seora... Yo no lo suelto (con gran excitacin y
desbordamientos de alegra). Estoy tan contenta!... Usted me va a
querer, seora verdad? Me querr usted? Porque yo necesito que alguien
me quiera de firme. Ver usted qu bien me voy a portar ahora.
Hombres?, ni mirarlos. No quiero cuentas con ninguno. Mi hijito y nada
ms.

--S... quien te conozca que te compre.

--Ah!, usted no me conoce, seora... Cree que...? Ja, ja, ja... Mi
hijito, y aqu paz... Ver usted; nos haremos cargo de que es hijo de
las tres, y tendr tres madres en vez de una...

A la santa le hizo gracia aquella extraa idea.

Mire usted; despus que Dios me ha dado al _hijo de la casa_, no le
guardo rencor a la otra... Porque yo soy tanto como ella por lo menos...
Como no sea ms. Pero pongamos que soy lo mismo. No le guardo rencor, y
como me apuren mucho, hasta le tomar cario... Tres mams va a tener
este rico, esta gloria: yo, que soy la mam primera; ella la mam
segunda, y usted la mam tercera.

Pero, hija, qu alborotada est usted, y qu disparates dice!
(tomndole el pulso y examinando con alarma el brillo de sus ojos).
Extrao mucho que el pobre Juann encuentre qu sacar de ese pecho....

Las dems personas que en la casa entraron estaban en la sala, sin
atreverse a pasar mientras durase aquel animado coloquio de la diabla y
la santa, cuyo lejano run run oan. Guillermina pas a la salita en
busca de Ballester, que estaba muy cariacontecido junto a los cristales
de la ventana, mirando a la plaza, y le dijo: Est esa mujer
excitadsima, y me temo que se seque... Hay aqu antiespasmdica?.

--S, s, la prepar yo con muchsimo esmero; pero traer ms esta
noche. Dice usted que est excitadsima?

--Pero atroz... Cabeza trastornada; dice mil despropsitos. Entre usted.

Cuando Ballester le propuso que tomara la medicina, replic la joven:
Lo que quiero es agua. Tengo una sed horrible... la boca seca. Bebi
con ansia, y entre tanto, la fundadora llevaba aparte a Ballester y le
deca:

--Oiga usted. Y su marido, ese pobre hombre, qu viene a buscar aqu?
Qu hace, qu dice, cmo ha tomado esto?

--Seora--replic el regente fluctuando entre la seriedad y la risa--.
Usted no lo entiende?... pues yo tampoco. Su natural es tmido. Por
eso, cuando veo que rompe a hablar con personas que no son de confianza,
me escamo mucho. De algn tiempo ac todo cuanto ese chico habla es tan
atinado, que podran tenerlo por suyo los siete sabios de Grecia.

--Pero no est...?--pregunt la dama llevndose a la sien su dedo
ndice.

--A saber... l fue quien le trajo el cuento de lo del tal con la cual,
quiero decir, con la _Fenelona_. Yo no me fo de la cordura de este
caballerito, y siempre que le cojo a mano le registro, a ver si trae
algn arma. No me gusta nada verle aqu.

Rubn e Izquierdo estaban sentados en el sof de la sala, ambos
silenciosos, Fortunata llam a Ballester y a _Platn_ para contarles lo
que haba hecho, y en tanto Guillermina se fue a sentar junto a
Maximiliano, insinundose con l por medio de una sonrisa de benignidad.
Quiso la dama hablarle, y no pudo decir una palabra, pues con todo su
talento y prctica del mundo no acertaba con la clave de las ideas que
ante aquel hombre, dada la situacin de l, deba desarrollar. Qu le
dira? Este s que era problema! Qu tono tomara? Era cuerdo el tal
o no? Porque si haba dificultades considerndole demente, tratndole
como sano las dificultades eran tales que rayaban en lo imposible. Le
hablara del nio?... Jess qu disparate. Le dira que su mujer era
una joya? Qu barbaridad! Acometera el estado real de las cosas? Ni
pensarlo. Lo tomara por el lado religioso y de la resignacin?
Tampoco. Por el lado mundano? Quia... Nunca se haba visto la buena
seora enfrente de un problema de ciencia social tan enrevesado y
temeroso. Aquel enigma superaba a cuantos enigmas haba visto ella en su
vida infatigable.

Vamos--pens la fundadora--, a que tirando por la calle de en medio
salgo bien? Es lo mejor, y este sistema siempre me ha dado resultados.
Oiga usted, caballerito....

--Seora... Y aqu se atasc el dilogo, porque la santa no se atreva
a pasar adelante. Pero quiso Dios que la misma esfinge le abriese camino
dicindole: Yo conoca a usted de vista y de fama; pero nunca haba
tenido el gusto de hablarle... Es usted una santa, y cuando se muera, la
canonizaremos y la pondremos en los altares.

--Gracias; es favor--replic ella con gracejo--. Y a m me parece que el
santo es usted.

--Yo... (sin maravillarse mucho de la lisonja). Pero de m a usted hay
una gran diferencia. Cierto que yo he ganado algunas batallitas contra
mis pasiones; pero no he llegado, ni con mucho, al grado de perfeccin
que usted. Disto bastante todava. Si con padecer se llegara, ya
estaramos en el pinculo, porque yo he padecido mucho, seora. Usted se
pasmar de la serenidad que nota en m. Todos se pasman, y no es para
menos. Porque aqu donde usted me ve, he estado loco, loco perdido...

--Lo s, lo s... Ay, qu dolor!

--Y he ido pasando por este y el otro grado. Primero tuve el delirio
persecutorio, despus el delirio de grandezas... Invent religiones; me
cre jefe de una secta que haba de transformar el mundo. Padec tambin
furor de homicidio, y por poco mato a mi ta y a Papitos. Siguieron
luego depresiones horribles, ganas de morirme, mana religiosa, ansias
de anacoreta, y el delirio de la abnegacin y el desprendimiento...

Pero Dios quiso curarme, y poco a poco aquellos estados fueron pasando,
y la razn, que estaba muerta, empez a nacer, primero chiquitita, y
despus creci tanto, tanto, que se me hizo un cerebro nuevo, y fui otro
hombre, seora. Y me encontr entonces con la novedad de un gran
talento, perdneme usted la inmodestia, con una gran aptitud para juzgar
de todas las cosas...

Guillermina estaba pasmada y no se le ocurra nada que oponer a aquellas
razones. Expresbase l con admirable serenidad y con fcil y aun
ingeniosa palabra, sin atropellarse ni vacilar un instante, las
facciones reposadas, todo cortesa y aplomo.

Y cuando volv a la vida, porque volver a la vida fue aquello,
encontreme como el que sube a un monte muy alto, muy alto, y ve todas
las cosas de golpe, reducidas a mnimo tamao. 'Aquello--deca yo--que
me pareci tan grande, vedlo all tan chiquitn'. Hceme cargo de todo
lo que haba pasado durante mi enfermedad, que ms bien me pareca
sueo, y vi la infidelidad de esa desgraciada, vi tambin que tena una
cra, y la claridad de aquella razn nueva y robusta que yo haba
echado, me hizo ver un caso de aplicacin de la justicia, y consider
que era de mi deber contribuir a la extirpacin del mal en la humanidad,
matando a esa infeliz, con lo cual la redima, porque yo he dicho
siempre: 'Bienaventurados los que van al patbulo, porque ellos en su
suplicio se arrepienten, y arrepintindose se salvan'.

Guillermina iba a contestar algo a esto; pero el otro no la dejaba meter
baza.

Agurdese usted un poquito, que falta la segunda parte. Pensaba yo cmo
realizara aquel acto de justicia, cuando la casualidad, mejor ser
decir la Providencia, me depar una solucin mejor y ms cristiana que
la muerte. Esta pobre mujer no necesitaba de mi justicia. Dios mismo
haba dispuesto su castigo y una leccin tremenda. Qu deba yo hacer?
Dejar que hiriera la leccin. La infidelidad castiga la infidelidad.
Hay nada ms lgico que esto? Yo deba, pues, dejar que obrase la
lgica. Di gracias a Dios por aquella luz que hizo venir a m. Dios es
el nico que castiga, verdad, seora? Y qu bien que lo sabe hacer! A
qu usurparle sus funciones? Dios, realizando la justicia por medio de
los sucesos, lgicamente, es el espectculo ms admirable que pueden
ofrecer el mundo y la historia. As es que yo me lavo las manos, y dejo
que la leccin natural se produzca y la justicia se cumpla. Es esto ser
razonable? Es esto ser cuerdo...?.

Hizo la pregunta cruzndose de brazos, y Guillermina despus de vacilar,
le dijo: Vaya si lo es. Y Cristo nos ensea que no debemos tomarnos la
justicia por nuestra mano, pues Dios castiga sin palo ni piedra, y l
da a cada criatura lo que le conviene. Cuando alguna injusticia nos
envuelve, por picardas de los hombres, lo que debemos hacer es
aguantar, y cruzarnos de brazos y decir: 'Vengan palos. Mientras ms me
humillen, ms me levantar despus. Mientras ms me azoten aqu, ms
salud tendr all'.

--Eso mismo pienso yo. Los resentimientos que haba en mi corazn, los
he ido desechando... La idea de matar la considero yo ineficaz y
absurda, como un medicamento equivocado. Slo Dios mata, y l es quien
siempre ensea. Yo he tenido celos horribles, yo he tenido rencores
ardientes; sin embargo, toda esta maleza va cayendo bajo el hacha de la
razn... Razn y nada ms que razn. Ya no pienso en matar a nadie, ni
aun a los que tanto odi. Veo las admirables enseanzas de Dios, veo a
los malos recibir su castigo, y procuro no merecerlo yo... Este es mi
sistema, esta es mi vida.

Segismundo haba llamado a Guillermina desde la puerta de la alcoba.
All cuchichearon algo referente a Fortunata, y habindole preguntado a
la santa su parecer respecto al joven Rubn, la fundadora se expres de
este modo: Lo ltimo que me ha dicho es el colmo de la sabidura y de
la cordura; pero....

--No las tiene usted todas consigo... Ni yo tampoco.




--ix--


Izquierdo entr con una botella de cerveza y detrs el mozo del
caf de Gallo con un _grande_ de limn, ponchera y copas. La
seora--dijo l queriendo ser amable--, va a tomar un vasito de cerveza
con limn.

--Quite usted all!--replic la dama--. Yo no bebo esas porqueras. Se
lo agradezco...

A Fortunata la invitaron tambin; pero ella no quiso tampoco tomarlo, y
pidi leche. Ballester, atento a serle agradable, mand a Encarnacin
por la leche, y Guillermina se despidi para retirarse en el momento en
que entraba Plcido, que haba subido presuroso y lleno de oficiosidad a
ponerse a sus rdenes.

Segismundo observaba a su amiga, y a la verdad, no le pareca su estado
muy catlico. El falso gozo que la haca rer a cada instante no era
buena seal, y hubiera l deseado que hablase menos. Pero todo se volva
contar el lance con Aurora, dndole proporciones trgicas, y una vez
concluido, lo empezaba de nuevo, revelando contra la que fue su amiga
una saa implacable. Ballester la contradeca suavemente, recomendndole
la prudencia, la tolerancia y el perdn de las injurias. No sabiendo ya
qu decirle, lleg hasta sacarle el ejemplo de Maximiliano, que llevaba
con tan cristiana mansedumbre el cargamento de sus agravios. La diabla,
al or esto, se rea ms, diciendo que su marido era un santo, un
verdadero santo, y que si le canonizaban y le ponan en los altares,
ella le rezara y le escupira. Esto no lo oy Rubn, que a la sazn
estaba jugando a las damas con Izquierdo.

Trajeron la leche, y cuando Encarnacin se la serva a su ama, esta vio
que haban cado dos moscas; le entr mucho asco y puso a la chiquilla
como hoja de perejil, llamndola puerca y descuidada. El regente mand
traer ms leche, y dijo que la de las moscas se la bebera l, pues no
tena asco de nada. Sac los insectos con el dedo meique, y su amiga le
critic esta accin, llamndole sucio y tratndole con cierta sequedad.
Trajeron la leche bien tapada para que no cayeran moscas, y mientras
Fortunata se la beba, Ballester se tom la otra, diciendo bromas y
chuscadas, con las cuales no lograba disipar la negra tristeza en que la
joven haba cado tras la ruidosa alegra. Mandola acostar, y
entretanto, pas el farmacutico a la sala, haciendo que atenda al
juego de las damas. No poda tener tranquilidad mientras Maxi estuviera
all, ni se fiaba de sus apariencias resignadas y filosficas. Con
disimulo, y fingiendo que le haca cosquillas, por jugar, le toc los
bolsillos, temeroso de que llevara algn arma. Pero nada encontr en su
disimulado reconocimiento. A pesar de todo, no quera Ballester irse
sin llevarle por delante, y tanto breg con l, que hubo de conseguirlo.
Sali, pues, el regente haciendo propsito de volver, pues su amiga le
haba puesto en cuidado.

_Platn_ se fue tambin al anochecer, pero a las nueve regres
encendiendo luz en la sala. No eran las nueve y cuarto, cuando
Fortunata, que haba empezado a dormitar, sinti pasos, y vio que un
hombre entraba en la alcoba. Quin es?--pregunt alarmada, echando los
brazos a su hijo--. Ah!, eres t, Maxi; no te haba conocido. Est esto
tan oscuro....

La tos perruna de su to la tranquiliz, dicindole que no estaba sola.
Mand a la chica que trajese luz, pues se le haba despabilado el sueo,
y Jos, atento a custodiarla, se asomaba a cada instante a la alcoba.
Sentose Maximiliano junto a la cama como el da anterior, y
bondadosamente le dijo: Esta tarde haba aqu mucha gente y no pude
hablarte. Por eso he vuelto. Ya s que t y Aurora os pegasteis. Doa
Casta est furiosa, y mi ta, no puedes figurarte lo alborotada que est
contra ti. Sobre este suceso de hoy se me ocurre a m una cosa que te
quiero comunicar.

--Dmelo, dmelo prontito--indic ella, que sin saber por qu, esperaba
de aquel hombre, a quien tena en tan poco ideas extraas y quizs
consoladoras.

--Pues lo que has hecho esta tarde favorece a tu enemiga--afirm Rubn
con severidad de mdico, aguardando el efecto que tales palabras haban
de hacer en ella--. S; favorece a tu enemiga. T eres tonta y no
conoces la naturaleza humana. Yo, desde que entr en esta gran crisis de
la razn, todo lo veo claro, y la naturaleza humana no tiene secretos
para m.

Fortunata no comprenda. Me explicar mejor. Quiero decir que al
maltratar a tu rival le has dado la victoria sobre ti. El hombre a quien
queris las dos pudo haber vacilado antes de elegir la que
definitivamente haba de merecer su amor. Ahora no vacilar. Entre una
que se descompone y hace las brutalidades que t hiciste y otra que
padece y es maltratada, el amor tiene que preferir a la vctima. Toda
vctima es por s interesante. Todo verdugo es por s odioso. En un
pleito de amor, la vctima gana siempre. sta es una verdad que est
escrita en el corazn humano como en un libro, y yo leo en l tan claro
como leemos una noticia en _El Imparcial_. Yo lo s todo; nada se me
oculta. Demasiadas pruebas tienes de ello.

A Fortunata le hizo esto tan mal efecto, que sinti ganas de coger la
palmatoria y tirrsela a la cabeza. Respondi con despecho: Pues si
gana ella, mejor. A m no me importa nada que l la quiera ni que la
deje de querer....

--Y ahora la va a querer tanto--agreg Maxi impasible y fro--, la va a
querer tanto, que los amantes de Teruel van a ser paja al lado de ellos.
La querr porque ha sido atropellada, y las vctimas siempre inspiran
amor. Cretelo porque te lo digo yo, que todo lo s. La querr con
locura, ms que a ti, ms que a su mujer; y har con ella lo que no hizo
con ninguna. Abandonar a su mujer y a sus padres para vivir a sus
anchas con ella... Y sern felices y tendrn muchos hijitos.

Lo que la de Rubn dijo no fue ms que un mugido. Hizo ademn de coger
la palmatoria. Despus se tap la cara con la mano.

Yo te digo estas cosas porque son la verdad, y te pego con la verdad
para que la leccin escueza. As, as es como aprendes. Bonita
enseanza, verdad? Cierto que duele y hace sangre; pero padecer y
aprender son sinnimos. Por tu bien es. Tu conciencia se purificar, y
ojal te murieras con esta pena, porque te iras derecha al Cielo.

La joven lloraba con angustia, y l no pareca tenerle compasin.

Veo que me crees y haces bien. Lo que te he dicho ha salido siempre
verdad. Yo lo s todo, y mi razn me presenta la vida como un panorama
ante los ojos. Es un don que recib de Dios. Cuando estaba loco,
adivinaba por inspiracin; bien lo sabes, y recordars que te anunci
todo lo que iba a pasar... La verdad vena entonces a m envuelta en
una especie de simbolismo, como las verdades reveladas a los pueblos de
Oriente. Pero luego entr en la poca de la razn, y la verdad se me
ofrece clara y desnuda, y desnuda y clara te la digo. Acert a
encontrarte cuando todos me decan que te habas muerto? Acert a
descubrir lo de Aurora con los detalles de casa, hora a que se reunan,
etctera? Pues ya ves. Nada se me esconde, y lo que acabo de decirte es
el Evangelio. Has dado la victoria a tu enemiga... aguanta el golpe. Tu
vctima y tu verdugo sern felices y tendrn muchos hijos.

--Cllate, cllate o vers...--dijo Fortunata amenazndole con el puo,
y tratando de vencer el terror sugestivo y supersticioso que su marido
le inspiraba--. Yo tambin s verdades y te voy a decir una.

--Pues dmela pronto.--Digo que eres un hombre sin honor...

Maximiliano se estremeci ligeramente, pero nada ms. Segua oyendo. Y
qu ms? dijo.

--Te parece poco?--prosigui la diabla, que de rabiosa que estaba,
tena espuma de saliva en los labios--. Pues Ballester y doa
Guillermina lo decan hace poco: Es un santo; pero no tiene el
sentimiento del honor. Conque ya sabes. Djame en paz. No quiero verte
ms. Unos dicen que ests cuerdo, y otros que ests loco. Yo creo que
ests cuerdo, pero que no eres hombre; has perdido la condicin de
hombre, y no tienes... vamos al decir, amor propio ni dignidad... Conque
ah tienes tu leccin. Aguanta y vuelve por otra. Qu creas?, que yo
iba a sufrirte tus lecciones, y no te iba yo a dar las mas?

--Lo que dices (con glacial estoicismo) es propio de una criatura llena
de debilidades y de impurezas, en quien la razn se halla en estado
embrionario, y que habla y obra siempre al impulso de las pasiones y del
vicio.

--_Tiologas!_--grit Fortunata exaltndose y moviendo los brazos como
una actriz en pasaje de empeo--. Si t hubieras tenido tanto as de
dignidad, me habras pegado un tiro... No lo has hecho. Mejor para m. Y
otra cosa te digo. Si hubieras tenido un adarme de sangre de hombre,
cuando viste a ese y a esa, les habras pegado seis tiros, dejndoles
secos a los dos. Pero t no tienes sangre. Esa santidad y esa
cristiandad y esa pastelera razn son la horchata que tienes en las
venas...

Izquierdo, que oa desde la puerta, se alarm, creyendo oportuno evitar
aquel coloquio que tan mal giro tomaba: Ea--dijo entrando--, bastante
hemos hablado. Y usted, seor de Maxi, haga el favor de tomar
soleta....

Le coga por un brazo, sin que l hiciese resistencia. Rubn estaba algo
aturdido, como si analizara y descompusiera en su mente las acusaciones
de su mujer antes de darles la rplica que merecan. De repente, cual
movida de un impulso epilptico, Fortunata se incorpor en el lecho,
ech los brazos hacia adelante, clav los dedos de una mano en el hombro
de su marido con tanta fuerza que le tuvo atenazado, y comindoselo con
los ojos, le grit de este modo: Marido mo, quieres que te quiera
yo?, quieres que te quiera con el alma y la vida?... Di si quieres...
Yo me he portado mal contigo; pero ahora, si haces lo que te pido, me
portar bien. Ser una santa como t... Di si quieres....

Maxi la interrogaba con su mirada luminosa.

Di si quieres. Vers cmo lo cumplo. Ser una mujer modelo, y tendremos
hijos t y yo... Pero has de hacer lo que te digo. Yo te juro que no me
volver atrs, y te querr. T no sabes lo que es una mujer que se muere
por un hombre. Pobretn, esa miel no la has catado nunca!... No daras
t algo porque yo te quisiera como t me queras a m?... Te acuerdas
de cuando me adorabas, te acuerdas?... Pues figrate que yo te adoro a
ti lo mismo y que te llevo estampado en mi corazn, como t me llevabas
a m....

Maximiliano empez a inmutarse... La mscara fra y estoica pareca
deshacerse como la cera al calor, y sus ojos revelaban emocin que por
instantes creca, como una ola que avanza engrosando.

Di si quieres...--repeta la diabla con exaltacin delirante--. Djate
de santidades y reconcilimonos y quermonos... T no lo has catado
nunca. No sabes lo que es ser querido... Vers... Pero ha de ser con una
condicin... Que hagas lo que debiste hacer, matar a esa indina,
matarla... porque lo merece... Yo te compro el revlver... ahora
mismo....

Sus manos revolvieron temblorosas bajo las almohadas buscando el
portamonedas. De l sac un billete de Banco. Toma, quieres ms?
Compras un revlver... bien seguro... pero bien seguro... la acechas, y
plim... la dejas seca... Oye otra cosa: Para que se te quiten los
celitos, y cumplas con tu honor como un caballero, les matas a los dos,
sabes?, a ella y a l, que tambin lo merece, y despus de muertos (con
salvaje sarcasmo), despus de muertos, que tengan los hijos en el otro
mundo!... Con que lo hars? Hazlo por m, y por su pobrecita mujer, que
es un ngel... las dos somos ngeles, cada una a su manera... Dime que
lo hars... Y luego te querr tanto...! No vivir ms que para ti...
Qu felices vamos a ser!... tendremos nios... hijos tuyos, qu te
crees?....

Maxi, lelo y mudo, la miraba, y al fin sus ojos se humedecieron... Se
deshelaba. Quiso hablar y no pudo... La voz le haca gargarismos.

S... quererte a ti--aadi ella--. No s por qu lo dudas. Ah!, no me
conoces... no sabes de lo que soy capaz... djate de _tiologas_... El
amor! Yo te ensear lo que es... No lo sabes, tontn... la cosa ms
rica...!.

--Vamos, qu _yeciones_ son estas?--clam Izquierdo, tirando a Rubn de
un brazo--. Basta de msica... A la calle, que esta chica est mu mala.

--To, djele usted, djele usted... Es mi marido, y queremos estar
juntos... Vaya!...

Maxi se dejaba levantar del asiento como un saco. Se haba quedado
inerte. De pronto, hubo algo en su espritu que podra compararse a un
vuelco sbito, o movimiento de cosas que, girando sobre un pivote,
estaban abajo y se haban puesto arriba. Las manos le temblaban, sus
ojos echaron chispas, y cuando dijo _matarles, matarles_, su voz son en
falsete como en la noche aquella funesta, despus del atropello de que
fue vctima en Cuatro Caminos.

Mtameles, s...--aadi la diabla, retorcindose las manos--. Hijos
ella!... En el infierno los tendr....

Cay desplomada sobre las almohadas, chocando la cabeza contra los
hierros de la cama.

Maxi alarg la mano y recogi el billete, que estaba an sobre la
colcha. Y a punto que Izquierdo le sacaba, reson la voz de Juan
Evaristo con agudsimo timbre, y entraba Segismundo, asombrndose mucho
de ver al filsofo otra vez all.




--x--


Demonio de chico!--dijo a Izquierdo cuando volva de acompaar
hasta la puerta al seor de Rubn--. Hay que tener mucho cuidado con l
y no perderle de vista cuando entra aqu. Y ella, qu tal est?...
Buena moza, cmo va ese valor?.

La joven no responda. Estaba como aletargada. Pero el chico sigui
chillando, y al reclamo de l, la madre abri los ojos, y tomndole en
brazos, le acerc a su seno. Ballester mand a la criada que quitara la
luz, que acaloraba mucho la alcoba, y se sent donde antes haba estado
Maxi. Luego sac una cajita de medicinas y una botellita con pocin.
Aqu traigo otra antiespasmdica. La he hecho yo mismo, y traigo
tambin el _percloruro de hierro_ y la _ergotina_, por si acaso... Mucho
cuidado, hija ma, mucho reposo; que las emociones y los disparates de
hoy nos pueden traer un trastorno. Apuesto a que Maxi ha venido a
contarle a usted alguna otra tontera. Es preciso prohibirle la
entrada.

Fortunata haba vuelto a cerrar los ojos. El nio callaba y se oan sus
lengetazos.

Buenas tragaderas tiene el amigo--dijo Ballester; y para s,
contemplando a la diabla, que dorma o finga dormir--: Qu hermosa
est!... Le dara yo un par de besos... con la intencin ms pura del
mundo... He aqu una mujer que hoy no vale nada moralmente, y que
valdra mucho, si reventara ese maldito Santa Cruz, que la tiene
_sugestionada_... Lstima de corazn echado a los perros...!.

El chico rompi a llorar otra vez, y la madre pareca tan inquieta como
l.

Amigo Ballester... sabe usted que me parece que me quedo sin leche?...
Mi hijo chupa, chupa y no saca....

--No asustarse. Es accidental. Procure usted dormir... A ver: Maxi le
ha dicho a usted alguna tontera?

--Tontera no... verdades...

--Verdades!... (rompiendo a rer). Y cmo sabe usted que son verdades?

--Porque las grandes verdades las dicen los nios y los locos.

--Es un refrn sin sentido comn. Los locos no dicen ms que disparates.

--Es que mi marido no est loco... Tiene ahora mucho talento. Tal creo
yo.

Juan Evaristo volvi a callar, pegndose al pezn con salvaje ahnco.

Tome usted un poco de esta bebida. La he preparado como para usted...
Est riqusima. Es preciso calmar los nervios.

La chica trajo un vaso con cucharilla, y Fortunata tom la
antiespasmdica.

Qu bueno es usted, Segismundo! Qu agradecida estoy a lo que hace
por m!.

--Todo y mucho ms se lo merece usted, carambita--replic el
farmacutico con efusin de cario--. Hemos de ser muy amigos.

--Amigos s, porque lo que es querer... No vuelvo yo a querer a ningn
hombre, como no sea a mi marido, siempre y cuando haga lo que le mando.

--A su marido! (tomndolo a broma). No me parece mal. Y ahora que est
hecho un santo...

--Santo, no... qu simplezas dice usted!

--Santo; as como suena. De modo que ser usted tambin santa... Pues yo
ser su discpulo. Nos iremos los tres a un desierto a hacer penitencia
y comer yerba.

--Cllese usted.--Usted es la que se va a callar... a ver si se duerme y
se le calman los nervios. La salida de hoy no tendr consecuencias.
Sabe usted lo que vena pensando?, que si encontraba mal a la buena
moza, me quedara aqu esta noche. Y al salir de casa, le dije a mi
madre que quizs no volvera. Nada, que estoy decidido a cuidarla como
si fuera mi cara mitad.

--No; si no es preciso que usted se moleste. Crea que me siento regular
esta noche, casi bien. Anoche sabe?, estaba peor.

--Pues me estar hasta las doce o la una. Me pondr a leer _La
Correspondencia_ o a jugar al tute con el seor de Izquierdo. Y si la
veo a usted tranquila y dormida, me retirar. Si no, aqu me estoy de
centinela.

As lo hizo, y no habiendo observado hasta ms de media noche nada de
particular, sali de puntillas, dando a la placera instrucciones por si
la mam o el nio tenan alguna novedad durante la noche. El _modelo_ se
fue tambin, y Segunda se meti en su cuchitril; mas apenas haba
descabezado el primer sueo, la llam Encarnacin de parte de la
seorita, que se senta mal. El chiquillo soltaba todos los registros de
su voz y no haba manera de acallarle. Agot la madre todos sus medios y
Encarnacin los suyos, que eran cogerle en brazos y dar un paso adelante
y otro atrs, como si bailara, tratando de persuadirle con amorosas
palabras de que los nios deben estarse calladitos.

Parceme--dijo Fortunata con terror--, que me estoy secando.

--Pues si te secas--le contest su ta, que hasta para consolar era
regaona y desapacible--, pues si te secas, demonche!, mejor, ponemos
un ama, y a vivir...

--Diga usted, ta, ha venido mi marido?

Segunda la mir asombrada. Tu marido!... sabes la hora que es? Y
para qu quieres que venga ac ese tipo?.

--Tena que hablarle...--Santo Cristo de Burgos, cortinas verdes!... A
buenas horas nos entra la fineza... El demonio que te entienda, chica,
ahora clamas por tu marido! Para lo que ha de servirte, ms vale que no
parezca por ac en mil aos.

--Es que le tena que hablar. No ha estado aqu desde anoche.

Segunda la volvi a mirar, echndose a rer con descarada grosera.
Pero, chica, si ha estado aqu esta noche, y se fue a las diez....

--Ah!, esta noche ha sido? Es que confundo yo las noches... Cre que
haba habido un da entre medio. Cuando una est en la cama, se le va la
idea del tiempo...

La criatura segua alborotando, y su madre se quejaba de un desasosiego
que no poda explicar. Cunto siento que se haya ido Segismundo! l me
recetara alguna cosa, o al menos, dicindome que esto no es nada, yo me
lo creera.

Segunda propuso ir a llamarle; pero Fortunata no consinti en ello,
porque una noche, dijo, se pasaba de cualquier manera. As fue, y la
verdad es que la pasaron todos muy mal, incluso Encarnacin, que se
dorma en pie.

A la maana siguiente, subi Estupi a preguntar por toda la familia
con un inters del cual Segunda saba sacar partido. Cmo ha pasado la
noche la mam? Y el nio, qu tal? Ya me he enterado del _artculo_ de
amas, y tengo noticias de tres muy buenas, la una pasiega, otra de Santa
Mara de Nieva y la tercera de la parte de Asturias, con cada ubre como
el de una vaca suiza. Gnero excelente!.

Pues no est dems que usted haya dado estos pasos, D. Plcido, porque
estoy en que se nos seca--dijo la placera, gozosa de meter su cucharada
en aquel asunto--; y si la seora (aludiendo a Guillermina), quiere que
se le ponga ama, yo soy de la misma conformidad.

Plcido, despus de cotorrear un poco con Segunda en la puerta de la
casa de esta, baj a la suya, y en la salita, tapizada de carteles de
novenas y otras funciones eclesisticas, estaba Guillermina, en pie, el
rosario y el libro de rezos en la mano. La casera y el administrador
cotorrearon otro poco, y el resultado de esta nueva conferencia fue que
Rossini volvi a subir presuroso y a tener otra hocicada con Segunda en
la puerta. Dgame usted, est durmiendo ahora? Y el nio mama o no
mama?--Pues ahora estn los dos callados... _Paice_ que
duermen.--Pues silencio. Cuide usted de que no haya ruido en la
casa... Yo, ver usted, como salgan los chicos del latonero a alborotar
en la escalera, les deslomo.

Y vuelta a bajar y a subir nuevamente con un mensaje. Se Segunda,
oiga. Que no deje usted de mandar recado hoy a ese seor de Quevedo,
para que la vea y nos diga si traemos el ama o no traemos el
ama.--Bien est, bien.--Yo estar a la mira; ya las tengo
apalabradas, y las reconoceremos en mi casa. Buenas mujeres, y no tienen
pretensiones de cobrar un sentido. Como leche, se Segunda, como leche,
creo que la asturiana nos ha de dar mejor resultado que ninguna. Tengo
yo un ojo... En fin, mucho cuidado.

Y torn a bajar con toda su oficiosidad y diligencia, dispuesto a subir
cien veces si fuese menester. Guillermina estuvo an un ratito en casa
de su amigo, el cual no saba qu hacerse al ver su pobre vivienda
honrada con persona tan excelsa. Habra trado de San Gins, si pudiera,
el trono de la Virgen del Rosario, para que se sentara. Pues, digo,
cuando llamaron a la puerta y fue a abrir, y vio ante s la simptica
figura de Jacinta, crey el pobre hombre que toda la corte celestial
penetraba en su casa. No dijo nada la seorita; no hizo ms que sonrer
de un modo que significaba: Qu raro verme aqu!. Guillermina alz la
voz desde la sala diciendo: Pasa, aqu estoy.... Estupi, siempre
delicado, se apart para dejarlas hablar a solas. Pareca que la santa
reprenda paternalmente a la otra: Si ya te he dicho que lo dejes de mi
cuenta. Yo me entiendo. Si te empeas en meter la cuchara, creo que lo
vas a echar a perder... No, no te dejo subir... te parece fcil entrar
a verle sin que se entere su madre? Atrevidilla te has vuelto... Que le
bajen aqu? Vamos; las cosas que se te ocurren...! Tiempo tienes de
verle. Si empezamos a hacer disparates y a portarnos como dos
intrigantas que se meten donde no las llaman, merecemos que nos tome Ido
por tipos de sus novelas. Vmonos ahora a San Gins, y luego sabremos la
opinin del seor de Quevedo. Descuida, que no se nos morir de hambre.

Salieron, y Plcido se fue con ellas a la iglesia, pues aunque ya haba
estado en ella, rale muy grato acompaar a las seoras a misa. Oyeron
dos, y antes de salir, sentadas en un banco, la Delfina dijo a su amiga:
Sabe usted que no he podido or las misas con devocin, acordndome de
esa mujer? No la puedo apartar de mi pensamiento. Y lo peor es que lo
que hizo ayer me parece muy bien hecho. Dios me perdone esta barbaridad
que voy a decir: creo que con la justiciada de ayer, esa picarona ha
redimido parte de sus culpas. Ella ser todo lo mala que se quiera; pero
valiente lo es. Todas deberamos hacer lo mismo.

La santa no respondi, porque dentro de la iglesia no gustaba de tratar
ciertos asuntos de reconocida profanidad; pero cuando salan por el
patio que da a la calle del Arenal, tom el brazo de su amiguita,
dicindole: Bueno estuvo el lance, bueno. Qu par de alhajas!.

--Crea usted que a m me daba una alegra cuando lo o contar!...
Habra yo dado cualquier cosa por estar presente en aquella tragedia...

--Quite all... es repugnante... Dos mujeres pegndose...

--Ser lo que usted quiera; pero desde que me lo contaron, la bribona
antigua se ha crecido a mis ojos y me parece menos arrastrada que la
moderna.

--Este mundo, hija ma, est lleno de maldades. A donde quiera que mira
una, no ve ms que pecados, y pecados cada vez ms gordos, porque la
humanidad parece que se vuelve de da en da ms descarada y menos
temerosa de Dios... Quin haba de decir que esa muchacha, esa
Aurorita, que pareca tan buena, tan lista...! No, como lista, ya lo es;
aunque la otra lo ha sido ms... Y qu dice Brbara?, estaba encantada
con ella, y todos los das iba al obrador a verla trabajar... Pero
cllate, que aqu viene tu seora suegra...

Barbarita y la pareja se encontraron.

Ya no alcanzas la del seor cura... Qu horas de ir a misa!.

--Pero si no me han dejado salir en toda la maana... Mira, Jacinta,
all tienes a tu marido llama que te llama... Entr y... Que dnde
estabas t. Que qu tenas t que hacer en la calle tan temprano.
Conque bien puedes darte prisa.

--Que espere... Pues no faltaba ms...--replic Jacinta con tedio--. Que
tenga paciencia, que tambin la tienen los dems.

--Y vosotras, de dnde vens?

--Nosotras? De ver amas de cra--dijo la santa sonriendo.

--Amas de cra!...--S, no es broma... amas, amas, amas.

--Qu graciosa ests hoy!...

--Pues qu, no te ha dicho esta tonta que hemos encontrado otro
_Pituso_?

Barbarita se ech a rer con donaire. Pero qu, os han dado otro
timo?.

--Quia; ahora no. Este es autntico... este es de ley; _no tiene hoja_,
como el otro, por quien perdiste la chaveta.

--Bah!, no quiero orte...--repuso Barbarita con humor festivo, y se
separ de ellas para ir presurosa a la iglesia.

--Oye... mira--dijo Guillermina llamndola...--Cuando salgas, date una
vuelta por las tiendas. All tienes a tu corredor, Estupi el Grande.
Aguarda, oye; te compras una buena cuna...

La dama se rea; todas se rean.




--xi--


El dictamen de Quevedo no fue alarmante con respecto a la madre;
pero al chico le dio el comadrn malas noticias, anuncindole que se
quedaba sin provisiones. Por la tarde, Plcido comunic a la seora que
la mujer aquella se negaba a poner a su hijo en pechos de nodriza,
aunque esta fuese bajada del Cielo; insista en que tena leche; el nio
berreaba, dando a entender que su mam faltaba descaradamente a la
verdad... En fin, seora--agreg Estupi con oficiosidad sauda--; que
a esa mujer hay que matarla. Es ms mala que arrancada, y lo que ella
quiere es que la criaturita perezca....

Fue all la fundadora, y se alegr de encontrar a Ballester en la sala.
A ver si la convence usted de que no puede criar. La pobre, como tiene
la cabeza un tanto dbil y trastornada, se figura que le van a quitar a
su hijo... Y no es eso, no es eso... Hay inters en que le cre bien.

--Ya se lo he dicho... Casi he empleado las mismas palabras, seora...
Pero si viera usted... Hllase hoy en un estado de apata y tristeza que
no me hace maldita gracia. No hay medio de sacarle una respuesta a nada
de lo que se le dice. Tiene el chico en brazos, y cuando le hablan de
amas o de que ella se est secando, le aprieta, le aprieta tanto contra
s, que me temo que en una de estas le ahogue.

--Todo sea por Dios... Entrar a ver a la fiera, y trataremos de
amansarla.

Sin abandonar aquella actitud de desconfianza y miedo, Fortunata pareci
alegrarse de ver a Guillermina, que la salud con extremada amabilidad,
demostrando un gran inters por ella y por su nio.

Qu gusto verla a usted!--exclam la pecadora sin moverse--. Tena yo
ganas de que viniera para decirle una cosa....

--Pues ya me la est usted diciendo, porque me voy a escape.

La infeliz joven puso el nene a su lado, mostrando menos desconfianza;
pero le rode con su brazo en ademn de proteccin.

Pero me le quitar?... Diga si me le quera quitar... Fuera bromas. Lo
que usted me diga lo creer.

--Muchas gracias, amiga ma... Me toma por ladrona de chiquillos. No
saba yo que soy bruja...

--No; es que... ver. Yo pensaba que me lo iban a quitar, por lo mala
que he sido. Pero eso no tiene que ver, verdad? Pues ahora soy mucho
ms mala. Ay!, seora, he cometido un pecado tan grande, tan regrande,
que no creo que me lo perdone Dios.

--Apostamos a que es cualquier tontera? (inclinndose hacia ella y
acaricindole la barba).

--Ay, seora, ojal fuera tontera!... Voy a decrselo... Pero no me
ria mucho... Pues anoche estuvo aqu mi marido, hablamos, y le di
veinte duros para que comprara un revlver. El revlver es para matar a
_ese_ y a _esa_... sobre todo a la francesota, infame, traicionera...

Guillermina recibi impresin muy fuerte con estas palabras; pero hizo
un esfuerzo por aparentar que no perda su serenidad. Fuertecillo es,
s, seora... Pero su marido de usted no har nada. He hablado con l y
me ha parecido muy razonable.

--La razn es su tema... pero no hay que fiar... Lo que es los tiros,
crea usted que no se le escapan. Yo le calent bien la cabeza... Toda
aquella sabidura que ahora tiene se la quit con las cosas que le
dije... Se volvi loco otra vez, seora; le promet quererle como l me
quiso a m, y crea usted que hice la promesa con voluntad.

--Me hace usted temblar (alarmndose). Vamos; el pecado ese es de lo ms
atroz que puede haber. l, si los mata, peca menos que usted, por
haberle mandado que lo hiciera, acalorndole con promesas.

--Lo mismo me parece a m, y por eso he estado con miedo toda la noche.

--Si usted reconoce que ha hecho mal, y le pide perdn a Dios de su mala
intencin y procura limpiarse de ella, Dios tendr piedad de la
pecadora.

--Es que... ver usted... estoy arrepentida por mitad. Matarle a l!,
sabe usted que me da lstima? No, no, que no le mate... Pero lo que es
a esa bribona, tramposa, embustera... Pues no tiene la poca vergenza
de creer que tendr hijos?... Hijos ella...! Dgame usted, qu se
pierde con que se vaya para el otro mundo un trasto semejante?

Esto lo deca con tanta naturalidad, que Guillermina, por un instante,
no supo si indignarse o tomarlo a risa. Vaya, que las ideas de usted me
gustan... Se me figura que marido y mujer all se van... en sabidura.
Si usted no se desdice al momento en todos esos disparates me voy y no
vuelve a verme en su vida ms. No se puede tolerar esto....

--De modo que a esta ta _monstrua_ no se le da un castigo?... Eso s
que est bueno. Y seguir rindose de nosotras... No lo entiendo.

--Dios es el que castiga; nosotros aprendemos.

Ambas callaron, mirndose. Tengo que traerle a usted un confesor. Usted
no est buena ni del cuerpo ni del alma. Pues digo, si lo que Dios no
quiera, sobreviene la muerte a la hora menos pensada, y la coge as, le
cay la lotera.

--Si me muero, me llevo a mi hijo conmigo--dijo la diabla, volvindole a
coger y estrechndole contra s.

--Otra barbaridad. Hoy estamos de vena.

--Pues no es mo?, no le he dado yo la vida? (con febril impaciencia y
ardor).

--Cmo!... darle vida usted? Hija, no tiene usted pocas pretensiones.
Tambin quiere ponerse en competencia con el Creador del mundo y de
todas las cosas... Vamos, lo mejor es que me eche a rer... En fin,
estamos aqu como dos tontas, y hay que poner las cosas en su lugar.
Tiene usted que llamar a su marido y decirle que para quererle como Dios
manda, es preciso que no mate a nadie, absolutamente a nadie. Lo har
usted?

--Si usted me lo manda, s... Ay!, yo cre que matar al que nos engaa,
al que nos vende, no es pecado... vamos, que no era pecado muy gordo, se
me subi la hiel a la cabeza. Le tengo tanta rabia a sa...! Digo yo
que se puede tener rabia a otra persona, desear que la maten, y sin
embargo no ser una mala.

Incorporose para expresar con mmica ms persuasiva un argumento que se
le haba ocurrido y que crea de gran fuerza: Vamos a ver, seora. A
que la dejo callada ahora?, a que, sabiendo usted tanto como sabe, no
me devuelve esta?.

--Qu?--Esta razn. Vamos a ver. La seorita Jacinta es, como quien
dice, un ngel... Todos la llaman as... Bueno; pues con todo su mrito
y su _santificacin_, no se alegrarla ella de que me quitaran a m de
en medio?

Se volvi a reclinar en las almohadas, satisfecha, esperando la
respuesta, con la seguridad de que la santa no tena ms remedio que
mentir para no darle la razn.

Qu est usted diciendo?--replic Guillermina indignada--. Jacinta
desear que maten a nadie!... O usted es tonta o ha perdido el juicio!.

--Vamos... Pues bueno, dir otra cosa (retirndose a la segunda paralela
despus de rechazada en la primera). No se alegrar la seorita de que
yo me muera?...

--Alegrarse... de que usted se muera... de que se la lleve Dios...?
(titubeando). Tampoco... tampoco... Jacinta no desea el mal del prjimo,
y sabe que debemos amar a nuestros enemigos y hacer bien a los que nos
aborrecen.

Con un _ju ju_ melanclico expresaba Fortunata su incredulidad.

Ay!, no lo cree?....

--Que me desea bien a m!

_Tie_ gracia.

--Jacinta no sabe tener rencor... ni se acuerda de usted para nada...

--Pero de eso a que me mire con buenos ojos...

--Pues no faltaba ms sino que la quisiera a usted como me quiere a
m... Por cierto que ha hecho la nia merecimientos para ello. Con que
la perdone debe darse por satisfecha...

--Y me perdona de verdad?... pero es de verdad?

--Pues qu duda tiene? Usted, como no sabe lo que es fe, ni temor de
Dios, ni nada, no comprende esto.

--Y podra ser mi amiga?...

--Hija, tanto como amiga... Eso ya es un poco fuerte (no pudiendo
contener la risa). Vamos, que no pide usted poco... Ahora quiere que
despus de lo que ha pasado partan un pin...

--Amigas!...--repiti la diabla frunciendo las cejas--. Por ms que
usted diga, no me puede ver, mayormente ahora que he tenido un hijo y
ella no... Y lo que es ahora, ya no lo tiene, est visto... Que no le d
vueltas.

Como Ballester se acercara a la puerta de la alcoba cuando oa rer a la
santa, esta le dijo: Entre usted si quiere divertirse, pues esto es una
comedia. Su amiga de usted est por conquistar. Qu ideas tiene! Por
cierto que yo le voy a traer al Padre Nones. Tenemos que darle una
limpia buena. En fin, me retiro, que con estas tonteras se me va la
maana.

Se levant, y Fortunata le tir del vestido para hacerla sentar otra
vez. Una duda me queda, seora. Squeme de ella.

--Veamos esa duda... otro despropsito. Ay, qu cabeza!

--Sintese usted un momento, que le voy a hacer otra pregunta. Dgame
(bajando la voz), Jacinta falt o no falt con aquel caballero?

--Ave Mara Pursima!... con qu caballero?

--Con aquel que se muri de repente...

--Cllese, cllese o le pego...

--No, si yo no lo creo ya. Lo crea; pero como fue la indecente de
Aurora quien me lo dijo, ya dej de creerlo... slo que tena un poquito
de duda.

--Esa...? (con soberano desprecio). Y se atreva a decir...!

--Si es lo ms mala... Usted no puede figurarse lo mala que es (con la
mayor buena fe). Aqu donde usted me ve, yo, al lado de ella, soy un
ngel.

--Lo creo (sonriendo). No nos ocupemos de esas miserias. Jacinta
faltar! Estas pecadoras empedernidas creen que todas son como ellas...

--No, si yo no lo creo, seora, si no lo cre (muy apurada). Ella fue la
que lo dijo y lo crea... Sabe una cosa? (Atrayndola a s y hablndole
en secreto). Crame esto que le voy a decir... Uno de los motivos porque
le pegu fue el haber dicho eso, el haberme encajado la bola de que
Jacinta era como nosotras... Y dgame, no mereca el morrazo que le di
con la llave por afrentar a nuestra amiguita?... No lo mereca? Claro
que s...

Guillermina estaba confusa; no saba si aprobar o desaprobar...

Quedamos en una cosa--dijo levantndose--; maana vendr el Padre Nones
para usted, y para este ternerito un ama asturiana que, segn dice
Estupi....

--Ama, no... para qu? Si puedo... No ha visto lo satisfecho que est
el rey de la casa? No es verdad, rico, que para nada te hacen falta
amas? Su mam, su mam le da al nio todo lo que quiere.

--El Sr. de Quevedo sabe ms que usted... Aqu no se hace ms que lo que
yo mando--declar la santa con aquel ademn y tono autoritarios a los
cuales nadie se poda oponer--. Si de aqu a maana Quevedo no vara de
opinin, vendr la nodriza. Usted se calla y obedece... Yo pago y
dispongo. Conque a cuidarse, y ya hablaremos. El _excelentsimo_ seor
de Ballester queda encargado de la ejecucin del presente decreto.




--xii--


Por la tarde lleg doa Lupe muy alarmada buscando a Maximiliano,
a quien supona all. No pas de la sala, ni quiso ver a Fortunata, de
quien dijo que la compadeca, pero que no poda tener ninguna clase de
relaciones con ella. En la sala cuchiche la _ministra_ con Segismundo
contndole lo ocurrido. Pues ah era nada: Maximiliano haba comprado un
revlver... pero quin diablos le dio el dinero? Descubriolo la seora por
una casualidad... Le dio el olor, al verle entrar con un bulto entre
papeles. Lo peor del caso fue que no pudo quitrselo. Sali escapado de
la casa, y al poco rato los del herrero del bajo vinieron diciendo que
le haban visto en la Ronda, pegando tiros contra la tapia de la fbrica
del Gas, como para ejercitarse... Ay!, _la de los Pavos_ estaba
aterrada. Toda aquella sabidura lgica, que el pobre chico tena en la
cabeza, se le haba convertido en humo sin duda. Y lo peor era que no
haba ido a almorzar, ni se saba su paradero... Tenemos que dar parte
a la polica, para evitar que haga cualquier barbaridad. Yo pens que
habra venido aqu, y corr desolada... Dnde demonios estar?
Ballester, por Dios, avergelo usted y squeme de este conflicto. Usted
es la nica persona que le domina cuando se pone as... Salga a ver si
le encuentra; yo se lo ruego. A esto replic el buen farmacutico que
no poda repicar y andar en la procesin. Fuese la de Juregui
desconsoladsima, con intento de ver al Sr. de Torquemada, faro luminoso
que le marcaba el puerto en todas las borrascas de la vida.

Fortunata haba odo la voz de doa Lupe, y cuando esta se retir, quiso
que Ballester le explicase qu traa por all.

Pues nada, que _la ministra_ esa quiere meter las narices, y ver a
usted, y hablarle y decirle cosas que sin duda la marearn.

--Ah!, que no entre... no la puedo ver. Creo que me pondr mala si la
veo. Y de mi marido, qu dijo?

--No le nombr.--Pues tampoco a Maxi le quiero ver... No sabe usted lo
mal que me sienta verle y hablar con l... Me trastorna. No les deje
usted pasar. Que se vayan a los infiernos. Estoy tan tranquila aqu
solita con mi hijo, y los amigos que me protegen...! Que no venga, por
Dios! Usted me promete que no vendrn?

Lo peda con terror suplicante. Ballester, deshacindose en
demostraciones de caballerosidad protectora y de fraternal hidalgua, le
dijo que los Rubn grandes y chicos, as los de carne y hueso como los
que tenan pechos de algodn, no entraran en aquella alcoba sino
pasando sobre su cadver.

Toda aquella tarde estuvo la joven con la idea fija de lo antipticos
que eran los Rubn, y de lo que ella hara para no recibirlos si a verla
iban. El buen Segismundo se esforzaba en tranquilizarla sobre este
particular, y habiendo observado que el recuerdo de otras personas
excitaba y encenda su nimo favorablemente, le habl de doa
Guillermina y de su hermosa vida. Sabe lo que me dijo al salir? Pues
que si se le ofrece a usted algo no estando yo aqu, avise a D.
Plcido, al cual se ha encargado que se ponga a las rdenes de usted si
lo necesitara.

--Claro--dijo Fortunata rebosando de orgullo inocente--; como que
Plcido es todo _de la casa_, y desde chiquito no hace ms que llevar
recados de los seores, y servirles en mil menudencias. Es un buen
hombre, y yo le quiero mucho... Y a doa Brbara, la conoce usted? Yo
tampoco... Pero cuando Jacinta y yo seamos amigas, tambin lo ser de
doa Brbara... Francamente, estoy admirada del cario que le tengo
ahora a _la mona del Cielo_, cuando en otro tiempo, slo de pensar en
ella me pona mala. Verdad que no acababa de aborrecerla, quiere
decirse, que la aborreca y me gustaba... cosa rara, verdad? Ahora
seremos amigas, crea usted que seremos amigas... Lo duda usted?

--Cmo he de dudar eso, criatura?

--Es que usted parece como que se sonre un poquitn, cuando me lo oye
decir.

--Est usted viendo visiones. Bueno va...

--Pues, aunque usted se guasee, seremos amigas... y nadie tendr que
decir de m ni esto, para que usted lo sepa... Porque voy a portarme...
Cristo, cmo me voy a portar ahora! Mi hijo, mi hijo, y nada ms...
Vaya, me sostendr usted que no se sonre ahora?

--S; pero es de satisfaccin, por verla a usted tan regenerada...
Quin le tose a usted ahora, hallndose en relaciones con personas de
la corte celestial...!

--Y nada ms... Pues qu se crea usted?

Se sofocaba tanto, que el farmacutico crey prudente llevar la
conversacin a un terreno insignificante; pero Fortunata se las compona
para volver a lo mismo, a que ella y la _Delfina_ iban a ser ua y
carne, y a que su conducta en lo sucesivo haba de ser como de quien
est en escuela de serafines. Aqu donde usted me ve, amigo Ballester,
yo tambin puedo ser ngel, ponindome a ello. Todo est en ponerse... Y
es cosa muy sencilla. Al menos a m me parece que no me ha de costar
ningn trabajo. Lo siento yo aqu _entre m_.

--Depende tambin de las personas con quien uno se junta--le dijo su
amigo muy serio--. Hablemos ahora de otra cosa. De ciertos atrevimientos
que yo tena y tengo respecto a usted, no quiero decirle nada, porque se
nos va a hacer santa... Aunque todo poda conciliarse, me parece a m,
ser santa y querer a este hijo de Dios... Pero en fin, vuelvo la hoja.
Sabe usted que si me descuido pierdo mi colocacin en la botica de
Samaniego? Si doa Casta sabe que estas ausencias mas son para venir a
visitar a la que le tom las medidas a su nia, al instante me limpia el
comedero. Por eso no puedo tirar mucho de la cuerda, y esta noche no
vendr. Tengo que quedarme de guardia. Yo rompera con todo, si no fuera
porque me ser difcil encontrar colocacin inmediatamente, y crea usted
que un periodo de vacaciones me balda... Por m no me importara; pero a
mi madre y a mi hermana no quiero hacerlas ayunar. El pobre _pensador_,
mi ilustre cuado, est mal de intereses, y si yo no tiro del carro, los
ayes y lamentos pidiendo pan se han de or en Algeciras.

--Pero no sea usted tonto--dijo Fortunata con aquel arranque de
generosidad, que en ella era tan comn--. Yo tengo _guita_. Si quiere
mandar a paseo a _las Samaniegas_, mndelas. Que se fastidien, que se
arruinen, que coman piedras... Yo le doy a usted lo que necesite para su
madre y para el _pensador_, hasta que encuentre otra botica. Tenga
confianza conmigo... O _semos_ o no _semos_.

Ballester era tan delicado, que de slo or tal proposicin, le salieron
los colores a la cara, y se excus con expresiones de gratitud. Poco
despus de anochecer se retir dando las rdenes ms rigurosas a los
hermanos Izquierdo con respecto a visitas. Si algn Rubn, fuese quien
fuese, se presentaba, no abrir. Dej sobre la mesa de la sala un arsenal
de medicamentos, y a Fortunata le recomend la quietud, y que _diese con
la puerta del cerebro en los hocicos_ a toda idea triste que se
presentara.

Izquierdo se plant de centinela en la sala, acompaado de una grande de
cerveza, y por si la grande no era bastante para pasar la noche, llev
tambin una chica de aadidura. Segunda regres a las diez, despus de
la horita de tertulia que sola pasar en el puesto de carne, y viendo a
su sobrina muy despabilada, le dio un poco de palique: Sabes a quin
he visto?, a la ta esa, _la de los Pavos_. Fue a buscarme al cajn, muy
ofendida porque el seor Ballester no la dej entrar a verte. Anda a
caza del sobrino que se les escap esta maana, y todava no ha
aparecido. Sabes lo que me dijo? Te lo cuento para que te ras. Dice
que _las Samaniegas_ estn trinando contigo, y que la viejona aquella,
doa Casta, no parar hasta no verte en el _modelo_. Qu comedia!
Rete, que eso es envidia. Pues vers, La ta esa indecente, _la
Fenelona_, francesota, ms mala que el no comer, dice que este hijo que
tienes no es hijo de quien es, sino de D. Segismundo. T rete, tonta,
que eso no es ms que envidia.

La prjima no chist; pero bien se conoca que aquellas palabras haban
hecho en su espritu un efecto desastroso. Cuando se qued sola, no le
fue posible contener los impulsos de levantarse. La rabia surgi
terrible en su alma, y sin reparar en lo que haca, incorporose en el
lecho, alargando las manos a la percha para coger su ropa... Ahora
mismo, ahora mismo voy, y con esta zapatilla le aporreo la cara hasta
chafarle la nariz... trasto, indecente. Decir eso...!, una mentira tan
grande! Pero qu hora es? Si estn dando las doce! Sea la hora que
quiera, saldr, no me puedo contener... Voy, entro en la casa, la saco a
rastras de la cama, me paseo por encima de su alma... Decir eso, decir
eso...!, sin creerlo, porque ella no lo cree. Lo dice por deshonrarme!
Antes calumni a Jacinta, y ahora me calumnia a m.

Se sent en la cama, entreviendo, a pesar de lo ofuscado que su espritu
estaba, las dificultades de la empresa. Si lo dejo para maana, ya no
ir, porque me lo quitarn de la cabeza... Y yo le he de refregar la
jeta con la suela de mis botas. Si no lo hago, Dios mo, me va a ser
imposible ser ngel, y no podr tener santidad. Como no haga esto,
tendr que volver a ser mala; lo conozco en m.

Y tan pronto se pona una pieza de ropa como se la quitaba, con
vacilacin horrible, fluctuando entre los mpetus formidables de su
deseo y el sentimiento de la imposibilidad. Por fin se visti, y
saliendo a la sala, vio a su to dormido, de bruces sobre la mesa, junto
a la luz, la botella grande a su lado, medio vaca. Podra salir sin
que me sintiera nadie... Y si despertara a mi to y le dijera que
viniese conmigo...?. La idea de asociar a _Platn_ a su temeraria
empresa, hzole ver la realidad, y lo disparatado de aquella idea.
Pues lo que es maana temprano--se dijo volviendo a la alcoba--, maana
tempranito, antes de que salga para el obrador, voy y la acogoto....

Al mirar a su hijo, la llama de su ira se aviv ms. Decir que no es
hijo de su padre...! Qu infamia! La despedazara sin compasin
ninguna. Inocente!, tan chiquito y ya le quieren deshonrar! Pero no le
deshonrarn, no, porque aqu est su madre para defenderle; y al que me
diga que este no es el _hijo de la casa_, le saco los ojos. _l_ no
puede haberlo dicho... A m me la solt, pero fue as como en broma.
_l_ no puede haberlo dicho, y si yo supiera que lo haba dicho, juro
por esta cruz (hacindola con los dedos y besndola), por esta cruz en
que te mataron, Cristo mo, juro que le he de aborrecer... pero
aborrecerle de cuajo, no de mentirijillas... Ay, Dios mo! (echndose
en la cama, acongojadsima); si le dicen esta mentira tan gorda a
Guillermina y a Jacinta, la creern?... Puede que s... Todo lo malo se
cree, y lo malo que de m se diga, se cree ms... Pero no, puede que no
lo crean... Es muy atroz el embuste. Esto no lo puede creer nadie, no
puede ser, no puede ser, y primero creern que el mundo se vuelve del
revs, y que el da se hace noche, y el sol luna, y el agua fuego. Y si
alguien lo creyera, l lo desmentira; estoy segura de que lo
desmentira. Yo no he faltado, yo no he faltado (alzando la voz), y
quien diga que yo he faltado, miente, y merece que se le arranque la
lengua con unas tenazas de hierro echando fuego. Quieren que yo me
pierda; pero por ms que hagan esos perros, no me quitarn, Dios mo,
que yo sea tan ngel como otra cualquiera. Que rabien, que rabien,
porque lo ser, lo ser.

Estaba inquietsima, dando vueltas en la cama. El hijito pidi y tom el
pecho; pero no deba de encontrar muy abundante el repuesto, cuando a
cada instante apartaba su boca, chillando desesperadamente. A sus gritos
de necesidad y desconsuelo, unanse los de su madre, que deca: Hijo de
mi alma... qu, no hay?... Esa, esa bruja ratera tiene la culpa; ella
te lo ha quitado. Ya vers cmo la arregla tu mam... Pobretn, tan
chiquitito y ya le quieren deshonrar... Y mi nio es el rey de Espaa, y
nada tiene que ver con Ballester, que es su amiguito y nada ms... Y mi
nio es de quien es, y no hay otro en _la casa_, ni le habr,
verdad?... verdad, gloria, cielo, alegra del mundo?.




--xiii--


Todo esto era muy bonito y muy tierno; pero la leche no pareca,
por lo cual Juan Evaristo no se daba por satisfecho con aquellas
expresiones de tan poco valor en la prctica. Los alaridos que la madre
y el hijo daban, cada uno en su registro, no despertaron a Jos
Izquierdo, pues este era hombre que en cogiendo la mona, no le
enderezaba un can; pero s sacaron de su letargo a Segunda, que fue a
ver lo que ocurra, y hallando a su sobrina medio vestida, se puso hecha
una furia y por poco le pega. Mira que te estrello, si das en hacer
funciones de comedia--le dijo con aquellas formas exquisitas que
usaba--. Pero no ves, burra, no ves que se te ha retirado la leche, y
el pobrecito no tiene qu mamar?.

Por fortuna, entre las cosas que dej Ballester en previsin de todos
los contratiempos posibles, haba un bibern muy majo. Segunda, con
determinacin rpida, lo llen de leche (de la cual tena por casualidad
un par de copas) y prob a drselo al chico. Este al principio extraaba
la dureza y frialdad de aquel pezn que en su boquita le metan. Hizo
algunos ascos, pero al fin pudo ms el hambre que los remilgos, y apenc
con la teta artificial. Mira, mira, qu pronto se hace a todo el
angelito. Si es lo ms noble...! Rico... qu carpanta estbamos
pasando!. La madre le miraba con desconsuelo, aunque contenta de que se
hubiera encontrado forma y manera de vencer la dificultad. Sabes una
cosa?--le dijo su ta, ponindole las manos en la cara--. Tienes
calentura... Eso es por ponerte a pensar lo que no debes. Si hicieras
caso de m, ahora que vas a ser la reina del mundo...! Porque lo que es
tu tanto mensual te lo tienen que dar. De eso hablamos _la de los Pavos_
y yo... Vaya, pues no vas t a ser ahora poco seora...! Chica, chica,
no te hagas de miel; levanta tu cabeza. Aire!... Pues no ves que las
seoronas esas te hacen la rueda? Como que ser una potentada, y yo que
t, no paraba hasta que la Jacinta viniera a besarme la zapatilla. Pues
qu... crees que l no ha de venir tambin? Ya le llamar la sangre, y
en cuantito que vea a este retrato suyo, se le caer la baba... y...
chica, cremelo, hasta coche vamos a tener... qu comedia! Cuando digo
que estaremos en grande! Vendr, vendr l, y te aseguro que si tarda
cuatro das es mucho tardar. No ves que esa familia no tiene un nene
que la alegre?... si se estn todos muriendo de ganas de chiquillo...!
T, trabjalo bien, que nos ha venido Dios a ver con este hijo de
nuestras entraas... Yo estoy muy orgullosa, porque l Santa Cruz es
como hay Dios; pero su poco de Izquierdo no se lo quita nadie: las dos
familias estn de enhorabuena... Ya he empezado yo a sacudirme las
pulgas, y esta tarde le ech su puntadita a Plcido para que nos diera
la casa gratis... Qu te crees?... Si estn los Santa Cruz con tu hijo
como chiquillos con zapatos nuevos... Te dir una cosa que no sabes.
Ayer estuvo la Jacinta en casa de D. Plcido... Quera subir a verle;
pero esa otra, la santona, le dijo que otro da, por si t te
remontabas... Conque vete enterando... Ah! Quin me lo haba de
decir!... Todava me he de ver yo cogida al brazo de don Baldomero,
dando vueltas en la Castellana... y poco charol que me voy a dar...! Si
es una comedia... T date tono, no seas boba... que si sabemos
aprovecharnos, de esta hecha vamos para marquesas.

Fortunata, desde que su ta empez a hablar, lloraba a lgrima suelta;
pero al or lo de que iban a ser marquesas, una rfaga de jovialidad
pas por encima de la onda de tristeza, y la joven se ech a rer con la
cara anegada en llanto.

No, no te ras; tanto como marquesas no; ni para qu queremos nosotras
ser _ttulas_; pero lo que es nuestro coche no nos lo quita nadie... Yo
te aseguro que si hoy viene la Jacinta, tiene que subir... Vers qu
prontito viene el otro... Claro, cuando no est aqu su mujer... Me
_paice_ a m que su mujer, de esta hecha se tendr que ir a plantar
cebollino. T, t eres la que va a subir al trono ahora, o no hay
equidad en la tierra... Y no digan que eres casada y que tu hijo se
tiene que llamar Rubn... Qu comedia! T eres mayormente viuda y
libre, porque a tu marido cuntale como que est en gloria... Y bien
saben todos que a la vuelta lo venden tinto, y el chico en la cara trae
la casta, y lo que es la pensin vers cmo te la dan.

Fortunata no se ri ms, ni Segunda dijo nada que excitase su hilaridad.
Hasta la madrugada estuvo la ta acompandola, y vindola relativamente
sosegada, se fue a descabezar un sueo antes de bajar al mercado. A poco
de quedarse sola, la joven sinti dentro de s una cosa extraa. Se le
nublaron los ojos, y se le desprenda algo en su interior, como cuando
vino al mundo Juan Evaristo; slo que era sin dolor ninguno. No pudo
apreciar bien aquel fenmeno, porque se qued desvanecida. Al volver en
s advirti que era ya da claro, y oy el piar de los pajarillos que
tenan su cuartel general en los rboles de la Plaza Mayor y en las
crines de bronce del caballo de Felipe III. Fue a coger a su hijo en
brazos, y apenas poda con l. Le faltaban las fuerzas; pero de qu
manera!, y hasta la vista pareca amengursele y pervertrsele, porque
vea los objetos desfigurados y se equivocaba a cada momento, creyendo
ver lo que no exista. Se asust mucho y llam; pero nadie vino en su
auxilio. Despus de llamar como unas tres veces, fue a llamar la cuarta,
y... aquello s era grave; no tena voz, no le sonaba la voz, se le
quedaba la intencin de la palabra en la garganta sin poderla
pronunciar. Dio algunos toques con los nudillos en el tabique; pero al
fin su mano se qued como si fuera de algodn; daba golpes con ella, y
los golpes no sonaban. Tambin poda ser que sonaran y ella no los
oyera. Pero cmo no los oa Segunda, que estaba al otro lado del
tabique? Luego, el brazo se puso tambin como carne muerta,
resistindose a moverse. Ser que me estoy muriendo? pens la joven,
echando miradas a su interior. Pero poco pudo ver all, por estar el
interior a oscuras o fantsticamente iluminado. Todas sus ideas
sufrieron trastornos ms o menos febriles, las imgenes se disfrazaron,
cual si fuesen a las mscaras, tomando cara y apariencia de lo que no
eran, y la nica sensacin dominante con alguna claridad en aquel
desorden fue la de estar inmvil y rgida, con los movimientos
involuntarios suspendidos y los voluntarios desobedientes al deseo. A su
parecer no respiraba; el odo y la vista daban de rato en rato alguna
impresin fugaz de la vida exterior; pero estas impresiones eran como
algo que pasaba, siempre de izquierda a derecha. Crey ver a Segunda y
orla hablar con Encarnacin; pero hablaban a la carrera, como seres
endemoniados, pasando y perdindose en un trmino vago que caa hacia la
mano derecha. El piar de pjaros tambin se precipitaba en aquel sombro
confn, y los chillidos con que Juan Evaristo peda su bibern.

Pasado cierto tiempo, indeterminado para ella, recobr sus sentidos y
pudo moverse, apreciando fcilmente la realidad. Quin eres t?
--pregunt a Encarnacin, nica persona que estaba a su lado--. Ah!, ya
te conozco... Qu tonta soy! No est mi ta?. Djole la chiquilla que
la se Segunda haba bajado al mercado, y que subi con la leche para
el nio, y despus se volvi a marchar. Sac Fortunata de aquel
desvanecimiento una conviccin que se afianzaba en su alma como las
ideas primarias, la conviccin de que se iba a morir aquella maana.
Senta la herida all dentro, sin saber dnde, herida o descomposicin
irremediables, que la conciencia fisiolgica revelaba con diagnstico
infalible, semejante a inspiracin o numen proftico. La cabeza se le
haba serenado; la respiracin era fcil aunque corta; la debilidad
creca atrozmente en las extremidades. Pero mientras la personalidad
fsica se extingua, la moral, concentrndose en una sola idea, se
determinaba con desusado vigor y fortaleza. En aquella idea vaciaba,
como en un molde, todo lo bueno que ella poda pensar y sentir; en
aquella idea estampaba con sencilla frmula el perfil ms hermoso y
quizs menos humano de su carcter, para dejar tras s una impresin
clara y enrgica de l. Si me descuido--pens con gran ansiedad--, me
coger la muerte, y no podr hacer esto... qu gran idea!...
Ocurrrseme tal cosa es seal de que voy a ir derecha al Cielo...
Pronto, pronto, que la vida se me va.... Llamando a Encarnacin, le
dijo: Chiquilla, vete corriendito al cuarto de abajo, y le dices a D.
Plcido que le necesito... entiendes?, que le necesito, que suba...
Anda, no te detengas. Ya debe de estar ah, de vuelta de la iglesia,
tomndose su chocolate... Anda prontito, hija, y te lo agradecer
mucho.

En el tiempo que estuvo fuera Encarnacin, la diabla no hizo ms que dar
a su hijo muchos besos, dicindole mil ternezas. El chico estaba
despierto, y callado la miraba, y aunque nada deca, a ella se le figur
que hablaba... Estars tan ricamente... hijo mo. No te querrn tanto
como yo, pero s un poquito menos... Me estoy muriendo... qu s yo qu
tengo... La medicina esa... yo la tomara... dnde est?...
Encarnacin!... Pero si ha ido abajo... Parece que me voy en sangre...
Hijo mo, Dios me quiere separar de ti; y ello ser por tu bien... Me
muero; la vida se me corre fuera, como el ro que va a la mar. Viva
estoy todava por causa de esta bendita idea que tengo... Ah!, qu idea
tan repreciosa... Con ella no necesito Sacramentos; claro, como que me
lo han dicho de arriba. Siento yo aqu en mi corazn la voz del ngel
que me lo dice. Tuve esta idea cuando estaba aqu sin habla, y al
despertar me agarr a ella... Es la llave de la puerta del Cielo... Hijo
mo, estate calladito, y no chistes, que si tu mam se va es porque
Dios se lo manda... Ah!, don Plcido, est usted ah?....

--S, seora--dijo el hablador entrando en la alcoba con los ademanes
ms oficiosos del mundo--. Qu se le ofrece a usted? La seora me ha
encargado...

--Amigo, hgame el favor de traer pluma y papel... Espere; deme la
medicina, esos polvos amarillos... cules?, no s... Pero deje, deje,
que me tiene que escribir una carta.

--Una carta!... Pero antes... (revolviendo en la mesa de noche). Qu
medicamento quiere?

--Ninguno, ya para qu?... ndese pronto, que me voy... que me muero.

--Que se muere! Vamos... no bromee usted.

--Don Plcido, si no me sirve para esto, llamar a otra persona. Si
pudiera esperar a Ballester; pero no, no me da tiempo...

--No, hija, no hay que apurarse. Voy por el tintero--y no tard cinco
minutos en volver, y al entrar de nuevo en la alcoba, vio que Fortunata
se haba incorporado en su cama con el chiquillo en brazos, y que
despus, entre ella y Encarnacin, le ponan bien abrigadito en su cuna
de mimbres, la cual vena a ser como un canasto. Le pusieron entre las
manos su bibern para que no alborotase, y cubrironle con un pauelo
finsimo de seda. Estupi no entenda una palabra, ni vea la relacin
que la pluma y papel pudieran tener con lo que vea. Don Plcido--dijo
Fortunata con mucha animacin--; hgame el favor de escribir... Aqu no
hay mesa. Chiquilla, trele el tablero de las damas. Djate de
medicinas... Para qu ya?... Vaya, D. Plcido, preprese; ver qu
golpe... Se me ocurri una idea, hace poco, cuando estaba sin habla, al
punto que me entraba tambin la idea de mi muerte... Ponga ah lo que yo
le diga: Seora doa Jacinta. Yo....

--Yo...--repiti Plcido.

--No; hay que empezar de otra manera... No se me ocurre. Qu torpe soy!
Ah!, s, ponga usted. Como el Seor se ha servido llevarme con l, y
ahora se me alcanza lo mala que he sido.... Qu tal?, va bien as?

--Lo mala que he sido....

--En fin, siga usted poniendo lo que le digo... No quiero morirme sin
hacerle a usted una fineza, y le mando a usted, por mano del amigo D.
Plcido, ese _mono del Cielo_ que su esposo de usted me dio a m,
equivocadamente.... No, no, borre el _equivocadamente_; ponga: que me
lo dio a m robndoselo a usted.... No, D. Plcido, as no, eso est
muy mal... porque yo lo tuve... yo, y a ella no se le ha quitado nada.
Lo que hay es que yo se lo quiero dar, porque s que ha de quererle, y
porque es mi amiga... Escriba usted. Para que se consuele de los tragos
amargos que le hace pasar su maridillo, ah le mando al verdadero
_Pituso_. Este no es falso, es legtimo y _natural_, como usted ver en
su cara. Le suplico....

--Le suplico....--Usted pngalo todo muy clarito, D. Plcido; yo le
doy la idea. Pues le suplico que le mire como hijo y que le tenga por
_natural_ suyo y del padre... Y mande a su segura servidora y amiga, que
besa su mano.... Qu tal? Est con finura?... Ahora, veremos si puedo
echar mi nombre... Me tiembla mucho el pulso... Trigame la pluma...

Puso un garabato, y luego mand a Estupi abriese la cmoda y sacara la
inscripcin de las acciones del Banco. Despus de revolver mucho, fue
encontrado el documento. Eso--dijo Fortunata--, se lo da usted a mi
amiga doa Guillermina.

--Pero no vale sin transferencia--replic el hablador examinando el
papel.

--Sin qu?--Sin transferencia en toda regla.--Pamplinas. Es mo, y yo
lo puedo dar a quien quiera. Coja usted la pluma, y ponga que es mi
voluntad que esas acciones sean para doa Guillermina Pacheco. Le echar
muchas firmas debajo, y ver si vale.

Aunque Estupi no crea vlida aquella manera de testar, hizo lo que se
le mandaba.

--Ahora, amigo--dijo ella, perdiendo gradualmente el uso de la
palabra--, coja usted a mi hijo y llveselo... ay!, djemelo besar otra
vez... Aguarde a que me muera... No; llveselo antes de que venga mi
ta, o mi marido, o doa Lupe... gente mala. Pueden venir, y ya ve
usted... qu compromiso. No me dejarn hacer mi gusto, me enfadar, y no
me morir tan santamente... como quiero morirme.

No dijo ms. Plcido, acercndose a contemplarla, se asust
extraordinariamente. Crey que estaba muerta o que le faltaba poco para
morirse; mand a Encarnacin en busca de Segunda y de Jos Izquierdo, y
cogiendo la cesta en que Juan Evaristo dorma, la puso en la sala. No
me determino a llevrmelo--pens el buen viejo--. Pero al mismo tiempo,
si esos brutos se empean en impedirme que me lo lleve... Ah!, no; yo
cargo con l, y que tiren por donde quieran. Cogi la cesta, y
bajndola a su casa con toda la rapidez que le permitan sus piernas no
muy fuertes, azorado como ladrn o contrabandista, volvi a subir y se
aproxim a la enferma, mirndola tan de cerca, que casi se tocaban cara
con cara. Fortunata... _Pitusa_ murmur echando _talmente_ la voz en
el odo de la joven. A la tercera o cuarta llamada, Fortunata movi
ligeramente los prpados, y desplegando los labios, apenas dijo:
_Nene_....





--xiv--


Caracoles!, esta mujer se va... Y yo solo aqu con ella!, y el
cro all abajo. Van a decir que le he robado! Anda, los ladrones sern
ellos. Que digan lo que quieran. A m, qu? Les presento el papelito
firmado por ella, y en paz. Pobre mujer! (contemplndola horrorizado).
Virgen del Carmen, si se va en sangre!... Pero esta gentuza, cmo es
que la abandona as? No vieron el peligro? Y ese mdico, en qu est
pensando?... Qu compromiso! Y qu le dira yo?... Aqu hay medicinas;
se las dar. Pero y si me equivoco? Cuidado con las drogas, Plcido, y
no hagas una barbaridad. Esperaremos. Pero qu... si cuando vengan ya
estar ella en el otro barrio. Dios la perdone y le d lo que ms le
convenga... Es preciso tratar de animarla... (hablndole al odo).
Fortunata, Fortunatita, abra usted los ojos, y no se nos muera as tan
tontamente... Le traer el Vitico, si quiera la Santa Uncin... Eh!,
hija, chica... Quia, no se entera... Esto est perdido. Hija ma, piense
usted en Dios y en la Santsima Virgen; invqueles en esta hora tremenda
y la ampararn... Nada, como si le hablaran en griego; no oye, o es que
est tan aferrada a la maldad que no quiere que se le hable de religin.
Voy a tocar otro registro (con malicia).

Fortunata, buena moza, mire usted quin est aqu... despierte y ver...
No le conoce? Es aquel sujeto, el Sr. D. Juanito que viene a ver a
su... dama... Mrele, mrele tan afligido de verla a usted malita.
(Hablando para s). Cmo se sonre la picarona! Ah!, est daada hasta
el tutano. Abre los ojos y le busca con las miradas. Es como los
borrachos, que aunque estn expirando, si les nombran vino, parece que
resucitan... Como no se salve esta! Al infierno se va de cabeza... Vean
qu manera de arrepentirse. Le nombro a Nuestro Divino Redentor y a
Mara Santsima del Carmen, y como si tal cosa... Sorda como una tapia.
Pero le nombro al seorete, y ya la tiene usted tan avispada, queriendo
vivir, y sin duda con intenciones de pecar. Ah!, cualquier da se salva
esta... Me parece que sube ya la ta. Oigo sus resoplidos como los de
una loba marina... S, aqu vienen (saliendo al pasillo y hablando con
Segunda, que suba sofocadsima precedida de Encarnacin). Vaya una
calma que tiene usted! Se ha puesto muy mala, pero muy mala.

Apenas entr en la alcoba, Segunda empez a dar gritos. Hija de mi
alma, me la han matado, me la han matado, me la han asesinado! Ay, qu
carnicera!, cmo est!... Me la han matado... Y el nio? Nos le han
robado, nos le han robado....

--Atienda a su sobrina, y vea si la puede salvar--dijo Estupi
cogindola por un brazo--, y djese de asesinatos, y de robos de hijos,
y no sea usted mamarracho.

--Nia de mi alma... pero qu? Fortunata... te han matado, o qu es
esto? A ver, cordera, tienes heridas? _Paice_ que te han dado cien
pualadas... Pero ests viva. Cuntame qu ha sido, quin ha sido? Y
tu nio, nuestro nio, dnde est? Te lo quitaron?...

--Llame usted al mdico--indic Plcido con ira--. Dnde vive? Yo le
avisar... Y no se cuide del nio, que est mejor que quiere, y nada le
falta.

--Pero dnde est?... D. Plcido, D. Plcido--exclam Segunda,
descompuesta y furiosa--; me parece que va usted a ir al palo... Voy a
dar parte a la justicia. Usted es un forajido, s seor, no me vuelvo
atrs... Usted nos ha birlado a la criatura.

--Atiza!... Pero mujer de Barrabs (retirndose por miedo a que Segunda
le sacara los ojos). Quiere usted callarse? No ve que su sobrina se
muere?

--Porque usted me la ha matado, so verdugo, caribe, usted, usted.

--Dale con gracia... Habr que ponerle un bozal. Voy a avisar a la Casa
de Socorro.

--A la crcel... es donde tiene que ir usted.

Y en aquel momento entr Jos Izquierdo, a quien su hermana quiso
incitar para que acometiese al bueno de Estupi. _Platn_ vacilaba, no
dando a Segunda todo el crdito que esta crea merecer.

Ea, que me voy cargando... y quien va a traer el juez soy yo--afirm el
anciano, dando una patada--. El chico est donde debe estar, y bien
saben que yo no miento. Y si no, pregntenle a su madre.

--Hija de mi vida--chillaba Segunda, abrazando y besando a su sobrina,
que si no era ya cadver, lo pareca--. Dinos lo que te han hecho,
dmelo, corazn. Ay, qu dolor de hija!...

--Usted--dijo Plcido a Izquierdo autoritariamente--, corra a llamar a
ese seor boticario que suele venir, el que ahora la protege. Yo avisar
a otra persona, y vamos a escape, que la muerte nos coge la delantera.

Se escabull sin esperar la opinin de Segunda. _Platn_, comprendiendo
por instinto antes que por criterio, que las rdenes de Estupi eran
ms prcticas que las de la placera, sali y fue presuroso a la calle
del Ave Mara.

La primera persona que lleg a la casa fue Guillermina, a quien Plcido
enter por el camino de cuanto haba ocurrido. Subiendo la escalera, la
santa dijo a su sacristn: Entre usted en su casa a esperar a Jacinta
que vendr en seguida. Advirtale que no quiero que suba. En cuanto
pueda, bajar yo. A Jacinta que no se mueva de aqu y me aguarde.

Cuando la fundadora entr, la enferma continuaba en el mismo estado.
Segunda, llena de consternacin, no hablaba ya de asesinato, y aunque no
acababa de comprender el _robo del chiquillo_, no se atrevi a mentarlo
ante la seora casera. Haba intentado hacerle tomar a Fortunata fuertes
dosis de _ergotina_; pero no pudo conseguirlo. Apretaba los dientes, y
no haba medio de traerla a la razn. Guillermina tuvo ms suerte o puso
en ejecucin mejores medios, porque logr hacerle beber algo de aquel
eficaz medicamento. Hubo gran barullo, aplicacin precipitada de
remedios diferentes, externos e internos. La santa y la placera, ambas
con igual ardor, trabajaron por atajar la vida que se iba; pero la vida
no quera detenerse, y ante la ineficacia de sus esfuerzos, las dos
mujeres se pararon rendidas y desconsoladas. Fortunata miraba con
expresin de gratitud a su amiga, y cuando esta le coga la mano,
trataba de hablarle; pero apenas poda articular algn monoslabo.
Calladas, se hablaron mirndose.

El Padre Nones va a venir--dijo la santa--; le mand recado al salir de
casa. Preprese usted, hija ma, poniendo el pensamiento en Nuestro
Seor Jesucristo; y como le pida perdn de sus pecados con verdadera
contricin, se lo dar. Se lo ha pedido usted?.

Fortunata dijo que s con la cabeza.

Mi amiguita se ha enterado del regalo que usted le ha hecho, y est tan
agradecida. Ha sido un rasgo feliz y cristiano.

En las nieblas que envolvan su pensamiento, la infeliz joven, al or
aquello del _rasgo_, se acord de Feijoo y de sus prohibiciones; pero
este recuerdo no la hizo arrepentirse de su accin.

Jacinta me encarga que d a usted las gracias. No le guarda ningn
rencor. Al contrario; usted ha sabido arreglarse para dejar buena
memoria de s. Adems, ella es de las pocas personas que saben perdonar.
Imtela usted ahora, que no le vendra mal en este instante sofocar sus
pasiones, amar a sus enemigos y hacer bien a los que la aborrecen. Hija
ma (abrazndola), ha perdonado usted al hombre que tiene la culpa de
todos sus males y que la ha arrastrado tantas veces al pecado?.

Fortunata dijo que s con la cabeza, y sus miradas daban a entender que
aquel perdn era de los fciles, porque el amor andaba de por medio.

Perdona usted tambin a esa mujer de quien se supona ofendida, y a
quien usted ofendi de palabra y de obra, con o sin motivo?.

Este perdn s que era de los duros. Callose la santa observando a la
diabla intranquila. Esta tena la cabeza echada hacia atrs, movindola
sobre la almohada con cierta inquietud, y sus miradas vagaban por el
techo.

Qu?, duda usted?... Pues Dios, para perdonarnos, necesita saber si
perdonamos nosotros antes. Para qu quiere usted ahora ese odio
mezquino? De qu le sirve? De peso para impedirle subir al Cielo. Hay
que arrojar ese plomo (abrazndola con ms cario). Amiguita, hgalo por
m, por _el mono del Cielo_, que debe quedar aqu rodeado de
bendiciones, no de maldiciones.

Fortunata se estremeci desde el cabello hasta los pies... Su
respiracin fatigosa indicaba el afn de vencer las resistencias fsicas
que entorpecan la voz. No necesita usted hablar--le dijo la santa--;
basta que manifieste su intencin respondindome con la cabeza. Perdona
usted a Aurora...?. La moribunda movi la cabeza de un modo que podra
pasar por afirmativo, pero con poco acento, como si no toda el alma,
sino una parte de ella afirmase.

Ms, ms claro.

Fortunata acentu un poquitito ms, y sus ojos se humedecieron.

As me gusta.

Entonces resplandeci en la cara de la infeliz seora de Rubn algo que
pareca inspiracin potica o religioso xtasis, y vencida
maravillosamente la postracin en que estaba, tuvo arranque y palabras
para decir esto: Yo tambin... no lo sabe usted...?, soy ngel....

Y algo ms expres; pero las palabras volvieron a ser ininteligibles, y
en la cara le qued una expresin de dicha inefable y reposada. La santa
estuvo un instante sin saber qu actitud tomar.

ngel!... s--dijo al fin--; lo ser, si se purifica bien. Amiga
querida, es preciso prepararse con formalidad. El Padre Nones va a
venir, y l le dar a usted consuelos que yo no puedo darle... Ahora
recuerdo que usted tena una idea maligna, origen de muchos pecados. Es
preciso arrojarla y pisotearla... Busque, rebusque bien en su espritu y
ver cmo la encuentra; es aquel disparate de que el matrimonio, cuando
no hay hijos, no vale... y de que usted, por tenerlos, era la verdadera
esposa de... Vamos (con extraordinaria ternura), reconozca usted que
semejante idea era un error diablico a fuerza de ser tonto, y promtame
que ha de renegar de ella y que no la olvidar cuando el amigo Nones la
confiese. Mire usted que si se la lleva consigo le ha de estorbar mucho
por all.

La _Pitusa_ no expresaba nada, por lo cual su fervorosa amiga volva al
ataque con ms bro y pasin. Fortunata, hija ma, por el cario que me
tiene, y que yo no me merezco, por el que yo le he tomado y que le
conservar toda mi vida, le pido que se arranque esa idea, y la arroje
aqu, como si fuera un adorno de los que se ponen las pecadoras, un
lunar postizo, un colorete. Eso no sirve all, como no le sirva al
demonio para hacer de las suyas... Se la arranca usted, s o no? Hgalo
por m, para que yo me quede tranquila.

Fortunata volvi a tener la llamarada en sus ojos, al modo de un reflejo
de iluminacin cerebral, y en su cuerpo vibraciones de gozo, como si
entrara alborotadamente en ella un espritu benigno. La voluntad y la
palabra reaparecieron; pero slo fue para decir: Soy ngel... no lo
ve?....

--ngel, s; bueno, esa conviccin me gusta (con inquietud). Pero yo
quisiera...

Interrumpi a la seora la aparicin del Padre Nones, que no caba por
la puerta, y tuvo que inclinarse para poder entrar. Toda la estancia se
llen de una negrura triste y severa. Aqu estoy, _maestra_ dijo el
anciano, y la dama se levant para dejarle el asiento. Algo susurraron
los dos antes de que ella se retirara. Nones habl cariosamente a la
enferma, que le miraba con empaados ojos, sin dar ninguna respuesta a
sus palabras... Por fin, ech una voz que pareca infantil, voz
quejumbrosa y dolorida, como de una tierna criatura lastimada. Lo que
Nones crey entender entre aquellas articulaciones de indefinible
sentimiento fue esto: No lo sabe?... soy ngel... yo tambin... _mona
del Cielo_.

Y sigui su exhortacin el cura, diciendo para s: Trabajo perdido...
cabeza trastornada.

Y en alta voz: ngel, s; pero es preciso, hija ma, confesar la fe de
Cristo, consagrar a ella nuestros ltimos pensamientos y pedirle con el
corazn que nos perdone. Es tan bueno, tan bueno, que no niega su amparo
a ningn pecador que se llegue a l por empedernido que sea... Lo
principal es tener un interior puro, un....

La mir alarmado. Haba dicho algo? S; pero Nones no pudo enterarse.
Fue sin duda aquello de _soy ngel_, y luego inclin la cabeza como
quien se va a dormir. El sacerdote la mir ms de cerca, y en alta voz
dijo: Maestra, maestra, venga usted.

Entr Guillermina y ambos la observaron.

Creo--dijo Nones--que ha concluido. No ha podido confesar... Cabeza
trastornada... Pobrecita! Dice que es ngel... Dios lo ver....

La maestra y el cura se pusieron a rezar en voz alta. Segunda empez a
escandalizar, y en aquel momento llegaba Segismundo, quien sabedor en la
escalera de lo que ocurra, entr en la casa y en la alcoba ms muerto
que vivo.




--xv--


Mientras estuvo all el Padre Nones, Ballester se mantuvo en una
actitud consternada, contemplando el lastimoso cuadro con el respeto que
infunden los muertos, y encerrando su dolor en una compostura que tena
cierta correccin. Pero cuando no quedaron all ms testigos que la
santa y Segunda, el buen farmacutico crey que no tena para qu
sujetar la onda impetuosa que del corazn le sala, y llegndose al
cuerpo todava caliente de su infeliz amiga, la abraz, y estamp
multitud de besos en su frente y mejillas.

Ah!, seora--dijo a la fundadora, secndose las lgrimas--; veo que se
asombra usted de... de verme llorar as, y de estas demostraciones... Es
que yo la quera mucho... era mi amiga... iba a ser mi querida...
digo... no, dispense usted, ramos amigos... Usted no la conoca bien;
yo s... Era un ngel... digo, deba serlo, podra serlo; dispense
usted, seora, no s lo que me digo; porque me ha llegado al alma esta
desgracia. No la esperaba... Ha sido un descuido. Ella misma, con los
disparates que haca... porque era de estos ngeles que hacen muchos
disparates... me entiende usted?... Pobre mujer... tan hermosa y tan
buena!... La hemorragia ha provenido sin duda de no haberse verificado
la involucin... Me lo tema... La salida antes de tiempo, la agitacin
moral... Aada usted descuidos, falta de asistencia, de vigilancia, y de
una autoridad que se le hubiera impuesto. Ah!, si yo hubiera estado
aqu. Pero no poda, no poda. Mis obligaciones... Ah!, seora, crea
usted que tengo el corazn destrozado, y que tardar en consolarme de
esta pesadumbre... La haba tomado yo tanto cario, que a todas horas la
tena en el pensamiento. Mi destino me ligaba a ella, y hubiramos sido
felices, s, felices, cralo usted... Nos habramos ido a otro pas, a
un pas lejano, muy lejano. Con permiso de usted, la voy a besar otra
vez. No la haba besado nunca. No me atreva, ni ella lo habra
consentido, porque era la persona ms honrada y honesta que usted puede
imaginar.

Guillermina senta tanto asombro como lstima ante las demostraciones de
aquel buen hombre que con tanta franqueza se expresaba. Poco a poco fue
tomando el dolor de Segismundo acentos ms tranquilos, y sentado a la
cabecera del lecho mortuorio, habl con la santa de un asunto que
necesariamente y por la fuerza de la realidad se impona.

Ah!, no seora; dispense usted. Los gastos del entierro los pago yo.
Quiero tener esa satisfaccin. No me la quite usted, por Dios....

--Pero, hijo--replic la fundadora--, si usted es un pobre. Qu
necesidad tiene de ese gasto? Si no hubiera ms remedio, muy santo y muy
bueno. Pero no sea usted tonto y guarde su dinero, que bastante falta le
hace. Esta obligacin la pagar quien debe pagarla, y no digo ms: al
buen entendedor...

No dndose por vencido, Ballester persisti en su idea: pero Guillermina
hubo de machacar tanto, que al fin se la quit de la cabeza. Segunda y
sus dos compaeras de plazuela amortajaron a la infeliz seora de Rubn,
y en tanto el farmacutico se ocupaba con incansable actividad en los
preparativos del entierro, que deba de ser a la maana siguiente. En
todo aquel da no abandon la casa mortuoria. Al medioda estaba solo en
ella, y el cuerpo de Fortunata, ya vestido con su hbito negro de los
Dolores, yaca en el lecho. Ballester no se saciaba de contemplarla,
observando la serenidad de aquellas facciones que la muerte tena ya por
suyas, pero que no haba devorado an. Era el rostro como de marfil,
tocado de manchas vinosas en el hueco de los ojos y en los labios, y las
cejas parecan an ms finas, rasgueadas y negras de lo que eran en
vida. Dos o tres moscas se haban posado sobre aquellas marchitas
facciones. Segismundo sinti nuevamente deseos de besar a su amiga. Qu
le importaban a l las moscas? Era como cuando caan en la leche. Las
sacaba, y despus beba como si tal cosa. Las moscas huyeron cuando la
cara viva se inclin sobre la muerta, y al retirarse tornaron a posarse.
Entonces Ballester cubri la faz de su amiga con un pauelo finsimo.

Guillermina volvi ms tarde. Suba del cuarto de Plcido a decir a
Ballester algo referente al entierro. Un rato hablaron, y como ella se
mostrase recelosa de que el marido de la difunta fuese por all y armara
un escndalo, el farmacutico la tranquiliz dicindole: No tema usted
nada. Esta maana hemos conseguido encerrarle. Est furioso el infeliz,
y cost Dios y ayuda quitarle un maldito revlver que ha comprado y con
el cual quiere fusilar a las pobres _Samaniegas_ y a otra persona que
suele pasear por el barrio. La clebre doa Lupe estaba con el alma en
un hilo. Acudimos Padilla y yo, y con gran trabajo pudimos desarmar al
filsofo y encerrarle en su cuarto, donde qued dando cabezadas contra
las paredes y pegando unos gritos que se oan desde la calle.

--Ya lo dije yo. Tanta y tanta lgica tena que parar en eso... Conque
ya sabe usted. A las diez habr misa y responso en el cementerio. Y se
ha dispuesto, por quien debe hacerlo, que el entierro sea de primera,
coche de lujo con seis caballos; irn los nios del Hospicio... Usted
dir que esta ostentacin no viene al caso.

--No, yo no digo nada.

--No tendra nada de particular que lo dijera, porque a primera vista es
absurdo. Pero la complicacin de causas trae la complicacin de efectos,
y por eso vemos en el mundo tantas cosas que nos parecen despropsitos y
que nos hacen rer. Vea usted por qu yo profeso el principio de que no
debemos rernos de nada, y que todo lo que pasa, por el hecho de pasar,
ya merece algo de respeto. Se va usted enterando?

Algo ms iba a decir; pero entr Plcido, sombrero en mano, y con
ciertos aires de ayudante de campo anunci a su generala que haba
llegado doa Brbara.

Baj, pues, la santa, y encontr a su amiga un poco adusta, observando
los cariosos extremos de Jacinta con aquel canario de alcoba que estaba
en su poder, como si se lo hubiera encontrado en la calle o se lo
hubieran puesto en una cesta a la puerta de su casa. Algo le decan
tambin a la seora de Santa Cruz las facciones del chiquitn; pero
escarmentada y previsora, se contena por no incurrir en la ridiculez de
un chasco semejante al de marras. Estaba, pues, la seora, indecisa, sin
resolverse a entusiasmarse; y las razones que Guillermina le dio para
convencerla no la sacaron de aquella actitud reservada y suspicaz. Los
afectos que se desbordaban del corazn de la Delfina eran combinacin
armoniosa de alegra y de pena, por las circunstancias en que aquella
tierna criatura haba ido a sus manos. No poda apartar su pensamiento
de la persona que un poco ms arriba, en la misma casa, haba dejado de
existir aquella maana, y se maravillaba de notar en su corazn
sentimientos que eran algo ms que lstima de la mujer sin ventura, pues
entraaban tal vez algo de compaerismo, fraternidad fundada en
desgracias comunes. Recordaba, s, que la muerta haba sido su mayor
enemiga; pero las ltimas etapas de la enemistad y el caso increble de
la herencia del _Pituso_, envolvan, sin que la inteligencia pudiera
desentraar este enigma, una reconciliacin. Con la muerte de por medio,
la una en la vida visible y la otra en la invisible, bien podra ser que
las dos mujeres se miraran de orilla a orilla, con intencin y deseos de
darse un abrazo.

Las tres seoras dijeron a un tiempo: y qu hacemos ahora?. Entablose
discusin breve sobre el punto a que llevaran aquella adquisicin
preciosa. Guillermina cort las dificultades, proponiendo que le
llevaran a su casa. Se dieron rdenes a Estupi para que fuesen
conducidas tambin al domicilio de la santa las tres mujeronas entre las
cuales sera elegida, a toda conciencia, la que haba de criar al _mono
del Cielo_.

Por la noche de aquel clebre da, hubo en la casa de Santa Cruz una
escena memorable.

Jacinta y su suegra cogieron por su cuenta al Delfn, y le pusieron en
duro compromiso, refirindole lo ocurrido, mostrndole la carta
redactada por Estupi y obligndole (con lastimoso desdoro de su
dignidad) a manifestarse sinceramente consternado, pues el caso no era
para puesto en solfa, ni para rehuido con cuatro frases y un pensamiento
ingenioso. Haba faltado gravemente, ofendiendo a su mujer legtima,
abandonando despus a su cmplice, y haciendo a esta digna de compasin
y aun de simpata, por una serie de hechos de que l era exclusivamente
responsable. Por fin, Santa Cruz, tratando de rehacer su destrozado amor
propio, neg unas cosas, y otras, las ms amargas, las endulz y confit
admirablemente, para que pasaran, terminando por afirmar que el chico
era suyo y muy suyo, y que por tal lo reconoca y aceptaba, con
propsitos de quererle como si le hubiera tenido de su adorada y
legtima esposa.

Cuando se quedaron solos los Delfines, Jacinta se despach a su gusto
con su marido, y tan cargada de razn estaba y tan firme y valerosa, que
apenas pudo l contestarle, y sus triquiuelas fueron armas impotentes y
risibles contra la verdad que aflua de los labios de la ofendida
consorte. Esta le haca temblar con sus acerados juicios, y ya no era
fcil que el habilidoso caballero triunfara de aquella alma tierna,
cuya dialctica sola debilitarse con la fuerza del cario. Entonces se
vio que la continuidad de los sufrimientos haba destruido en Jacinta la
estimacin a su marido, y la ruina de la estimacin arrastr consigo
parte del amor, hallndose por fin este reducido a tan mseras
proporciones, que casi no se le echaba de ver. La situacin desairada en
que esto le pona, inflamaba ms y ms el orgullo de Santa Cruz, y ante
el desdn no simulado, sino real y efectivo, que su mujer le mostraba,
el pobre hombre padeca horriblemente, porque era para l muy triste,
que a la vctima no le doliesen ya los golpes que reciba. No ser nadie
en presencia de su mujer, no encontrar all aquel refugio a que
peridicamente estaba acostumbrado, le pona de malsimo talante. Y era
tal su confianza en la seguridad de aquel refugio, que al perderlo,
experiment por vez primera esa sensacin tristsima de las irreparables
prdidas y del vaco de la vida, sensacin que en plena juventud
equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y
marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrs,
quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.
Claramente se lo dijo ella, con expresiva sinceridad en sus ojos, que
nunca engaaban. Haz lo que quieras. Eres libre como el aire. Tus
trapisondas no me afectan nada. Esto no era palabrera, y en las
pruebas de la vida real, vio el Delfn que aquella vez iba de veras.

Durante algn tiempo, el _Delfinito_ sigui en casa de Guillermina,
donde estaba la nodriza, hasta que enteraron de todo a D. Baldomero, y
se le pudo llevar a la casa patrimonial. Jacinta viva consagrada a l
en cuerpo y alma, y tena la satisfaccin de que todos en la casa le
queran, incluso su padre. A solas con l, la dama se entretena
fabricando en su atrevido pensamiento edificios de humo con torres de
aire y cpulas ms frgiles an, por ser de pura idea. Las facciones del
heredado nio no eran las de la otra, eran las suyas. Y tanto poda la
imaginacin, que la madre putativa llegaba a embelesarse con el
artificioso recuerdo de haber llevado en sus entraas aquel precioso
hijo, y a estremecerse con la suposicin de los dolores sufridos al
echarle al mundo. Y tras estos juegos de la fantasa traviesa, vena el
discurrir sobre lo desarregladas que andan las cosas del mundo. Tambin
ella tena su idea respecto a los vnculos establecidos por la ley, y
los rompa con el pensamiento, realizando la imposible obra de volver el
tiempo atrs, de mudar y trastocar las calidades de las personas,
poniendo a este el corazn de aquel, y a tal otro la cabeza del de ms
all, haciendo, en fin, unas correcciones tan extravagantes a la obra
total del mundo, que se reira de ellas Dios, si las supiera, y su
vicario con faldas, Guillermina Pacheco. Jacinta haca girar todo este
cicln de pensamientos y correcciones alrededor de la cabeza anglica de
Juan Evaristo; recompona las facciones de este, atribuyndole las suyas
propias, mezcladas y confundidas con las de un ser ideal, que bien
podra tener la cara de Santa Cruz, pero cuyo corazn era seguramente el
de Moreno... aquel corazn que la adoraba y que se mora por ella...
Porque bien podra Moreno haber sido su marido... vivir todava, no
estar gastado ni enfermo, y tener la misma cara que tena el Delfn, ese
falso, mala persona... Y aunque no la tuviera, vamos, aunque no la
tuviera... Ah!, el mundo entonces sera como deba ser, y no pasaran
las muchas cosas malas que pasan....




--xvi--


En el entierro de la seora de Rubn contrastaba el lujo del
carro fnebre con lo corto del acompaamiento de coches, pues slo
constaba de dos o tres. En el de cabecera iba Ballester, que por no ir
solo se haba hecho acompaar de su amigo el crtico. En el largo
trayecto de la Cava al cementerio, que era uno de los del Sur,
Segismundo cont al buen Ponce todo lo que saba de la historia de
Fortunata, que no era poco, sin omitir lo ltimo, que era sin duda lo
mejor; a lo que dijo el eximio sentenciador de obras literarias, que
haba all elementos para un drama o novela, aunque a su parecer, el
tejido artstico no resultara vistoso sino introduciendo ciertas
urdimbres de todo punto necesarias para que la vulgaridad de la vida
pudiese convertirse en materia esttica. No toleraba l que la vida se
llevase al arte tal como es, sino aderezada, sazonada con olorosas
especias y despus puesta al fuego hasta que cueza bien. Segismundo no
participaba de tal opinin, y estuvieron discutiendo sobre esto con
selectas razones de una y otra parte, quedndose cada cual con sus ideas
y su conviccin, y resultando al fin que la fruta cruda bien madura es
cosa muy buena, y que tambin lo son las compotas, si el repostero sabe
lo que trae entre manos.

En esto llegaron y se dio tierra al cuerpo de la seora de Rubn,
delante de las cuatro o cinco personas acompaantes, las cuales eran
Segismundo y el crtico, Estupi, Jos Izquierdo y el marido de una de
las placeras, amiga de Segunda. Ballester, afectadsimo, haca de tripas
corazn, y se retir el ltimo. De regreso a Madrid en el coche, llevaba
fresca en su mente la imagen de la que ya no era nada. Esta
imagen--dijo a su amigo--, vivir en m algn tiempo; pero se ir
borrando, borrando, hasta que enteramente desaparezca. Esta presuncin
de un olvido posible, aun suponindolo lejano, me da ms tristeza que
lo que acabo de ver... Pero tiene que haber olvido, como tiene que haber
muerte. Sin olvido, no habra hueco para las ideas y los sentimientos
nuevos. Si no olvidramos no podramos vivir, porque en el trabajo
digestivo del espritu no puede haber ingestin sin que haya tambin
eliminacin.

Y ms adelante: Mire usted, amigo Ponce, yo estoy inconsolable; pero no
desconozco que, atendiendo al egosmo social, la muerte de esa mujer es
un bien para m (bienes y males andan siempre aparejados en la vida);
porque, cramelo usted, yo me preparaba a hacer grandes disparates por
esa buena moza; ya los estaba haciendo, y habra llegado sabe Dios a
dnde... calcule usted qu atraccin ejerca sobre m! Me tengo por
hombre de seso, y sin embargo, yo me iba derecho al abismo. Tena para
m esa mujer un poder sugestivo que no puedo explicarle; se me meti en
la cabeza la idea de que era un ngel, s, ngel disfrazado, como si
dijramos, vestido de mscara para estampar a los tontos, y no me
habran arrancado esta idea todos los sabios del mundo. Y aun ahora, la
tengo aqu fija y clara... Ser un delirio, una aberracin; pero aqu
dentro est la idea, y mi mayor desconsuelo es que no puedo ya, por
causa de la muerte, probarme que es verdadera...

Porque yo me lo quera probar... y cralo usted, me hubiera salido con
la ma.

A la semana siguiente, Ballester sali de la botica de Samaniego, porque
doa Casta se enter de sus relaciones (que a ella se le antojaron
inmorales) con la infame que tan groseramente haba atropellado a
Aurora, y no quiso ms cuentas con l. Doa Lupe le rog varias veces
que fuese a ver a Maximiliano, que continuaba encerrado en su cuarto, y
le daban la comida por un tragaluz, no atrevindose a entrar ni la
seora ni Papitos, porque los aullidos que daba el infeliz eran seal de
agitacin insana y peligrosa. Segismundo fue el primero que penetr en
la estancia, sin miedo alguno, y vio a Maxi en un rincn, hecho un
ovillo, con ms apariencias de imbecilidad que de furia, demudado el
rostro y las ropas en desorden.

Qu?--le dijo el farmacutico inclinndose y tratando de levantarle--.
Se va pasando eso?... Como hace das nos quiso usted morder, cuando le
quitamos el revlver, y daba mordiscos y patadas, y quera matar a todo
el gnero humano, tuvimos que encerrarle. Justo castigo de la
tontera... Qu? Ha perdido el uso de la palabra? Mreme de frente y
no hagamos visajes, que se pone muy feto. No me conoce? Soy Ballester,
y ah tengo la vara aquella para enderezar a los nios mal criados.

--Ballester--dijo Maxi mirndole fijamente y como quien vuelve de un
letargo.

--El mismo, y qu?... Quiere que le d noticias del mundo? Pues
promtame tener juicio.

--Juicio...? Ya lo tengo, ya lo tengo. Pues acaso he perdido yo alguna
vez ni tanto as del juicio?

--Quia! Nada en gracia de Dios. Usted perder el juicio! Bueno va...

--Ello es que yo he dormido, amigo Ballester--dijo Rubn con relativa
serenidad levantndose--. Lo que recuerdo ahora es que yo estaba cuerdo,
ms cuerdo que nadie, y de repente me entr el frenes de matar. Por
qu, por qu fue?

--Eso, rsquese la cabecita a ver si hace memoria... fue porque _semos_
muy tontos. Era usted el espejo de los filsofos, y ya iba para santo,
cuando de repente le dio por comprar un revlver...

--Ah!... s (abriendo espantado lo ojos), fue porque mi mujer me dio
palabra de quererme con verdadero amor, de quererme con delirio, oye
usted?, como ella sabe querer.

--Bueno va. Y ahora le quiere echar la culpa a la otra pobre.

--Ella, s, ella fue. Me arrebat... y arrebatado estoy. Tengo dentro de
m el espritu del mal... y apenas me queda un recuerdo vago de aquel
estado de virtud en que me hallaba.

--Qu lstima, hijo, qu lstima! Tenemos que volver a las duchas y al
bromuro de sodio. Es lo mejor para echar virtud y filosofa.

--Volver--dijo Maxi con gravedad suma--, cuando haya cumplido la
promesa que a mi mujer hice. Matar, gozar despus de aquel amor
inefable, infinito, que no he catado nunca y que ella me ofreci en
cambio del sacrificio que le hice de mi razn, y luego nos consagraremos
ella y yo a hacer penitencia y a pedir a Dios perdn de nuestra culpa.

--Bonito programa, s, seor, bonito contrato! Slo que ya no puede
realizarse, porque falta una de las partes.

--Qu parte?--La que pona el amor, ese amor tan sublime y...
delirante.

Maxi no comprenda, y Ballester, decidido a darle la noticia sin rodeos
ni atenuaciones, concluy as:

--S, su mujer de usted ya no existe. La pobrecita se nos ha muerto hace
hoy ocho das.

Y al decirlo, se conmovi extraordinariamente, velndosele la voz. Maxi
prorrumpi en una risa desentonada. Otra vez la misma comedia, otra
vez... Pero ahora, como entonces, no cuela, Sr. Ballester... Apostamos
a que con mi lgica vuelvo a descubrir dnde est? Ay, Dios mo!, ya
siento la lgica invadiendo mi cabeza con fuerza admirable, y el talento
vuelve... s, me vuelve, aqu est, le siento entrar. Bendito sea
Dios, bendito sea!.

Doa Lupe, que escuchaba este coloquio desde el pasillo, aplicando su
odo a la puerta entornada, fue perdiendo el miedo al or la voz serena
de su sobrino, y abri un poquito, dejando ver su cara inteligente y
atisbadora.

Entre usted, doa Lupe--le dijo Segismundo--. Ya est bien. Pas el
arrebato. Pero no quiere creer que hemos perdido a su esposa. Ya; como
la otra vez le engaamos... Pero l tuvo ms talento que nosotros.

--Y ahora tambin, y ahora tambin--afirm Rubn con manitica
insistencia--. Empezar al instante mis trabajos de observacin y de
clculo.

--Pues no necesitar calentarse la cabeza, porque yo se lo probar... yo
demostrar lo que he dicho. Doa Lupe, hgame el favor de traerle la
ropita, porque no est bien que salga a la calle con esa facha.

--Pero a dnde le va usted a llevar? (alarmada).

--Djeme usted a m, se ministra. Yo me entiendo. Teme que le robe
esta alhaja?

--Mi ropa, ta, mi ropa--dijo Maxi tan animado como en sus mejores
tiempos, y sin ninguna apariencia de trastorno mental.

Por fin, se hizo lo que Ballester deseaba; Maxi se visti y salieron. En
el pasillo, Segismundo comunic su pensamiento a doa Lupe: Mire
usted, seora, yo tengo que ir al cementerio a ver la lpida que he
hecho poner en la sepultura de esa pobrecita. La costeo yo; he querido
darme esa satisfaccin... una lpida preciosa, con el nombre de la
difunta y una corona de rosas....

--Corona de rosas!--exclam _la de los Pavos_, que con toda su
diplomacia no supo disimular un ligero acento de irona.

--De rosas... y qu ms le da a usted...? (quemndose). Acaso tiene
usted que pagarla?... Yo hubiera querido hacerla de mrmol; pero no hay
posibles... y es de piedra de Novelda; tributo modesto y afectuoso de
una amistad pura... Era un ngel... S; no me vuelvo atrs, aunque usted
se ra.

--No, si no me he redo. Pues no faltaba ms.

--Un ngel a su manera. En fin, dejemos esto y vamos a lo otro. Como ha
de influir mucho en el estado mental de este pobre chico el convencerse
de que su mujer no vive, le pienso llevar... para que lo vea, seora,
para que lo vea.

Aprob doa Lupe, y los dos farmacuticos salieron y tomaron un simn.
Por el camino iba Maxi cabizbajo, y la aproximacin al cementerio le
impona, subyugando su nimo con la gravedad que lleva en s la idea del
morir. Adelante, nio le dijo su amigo cogindole por un brazo, y
llevndole dentro del camposanto. Atravesaron un gran patio lleno de
mausoleos de ms o menos lujo, despus otro patio que era todo nichos;
pasaron a un tercero en el cual haba sepulturas abiertas, recin
ocupadas, y parronse delante de una en la cual estaban an los
albailes, que acababan de poner una lpida y recogan las herramientas.

Aqu es--dijo Ballester, sealando la gran losa de cantera de Novelda,
en cuyo extremo superior haba una corona de rosas, bastante bien
tallada, debajo del R.I.P. y luego un nombre y la fecha del
fallecimiento--Qu dice ah?.

Maximiliano se qued inmvil, clavados los ojos en la lpida... Bien
claro lo rezaba el letrero! Y al nombre y apellido de su mujer se aada
_de Rubn_. Ambos callaban; pero la emocin de Maxi era ms viva y
difcil de dominar que la de su amigo. Y al poco rato, un llanto
tranquilo, expresin de dolor verdadero y sin esperanza de remedio,
brotaba de sus ojos en raudal que pareca inagotable. Son las lgrimas
de toda mi vida--pudo decir a su amigo--, las que derramo ahora... Todas
mis penas me estn saliendo por los ojos.

Ballester se le llev no sin trabajo, porque an quera permanecer all
ms tiempo y llorar sin tregua. Cuando salan del cementerio, entraba un
entierro con bastante acompaamiento.

Era el de D. Evaristo Feijoo. Pero los dos farmacuticos no fijaron su
atencin en l. En el coche, Maximiliano, con voz sosegada y dolorida,
expres a su amigo estas ideas:

La quise con toda mi alma. Hice de ella el objeto capital de mi vida, y
ella no respondi a mis deseos. No me quera... Miremos las cosas desde
lo alto: no me poda querer. Yo me equivoqu, y ella tambin se
equivoc. No fui yo solo el engaado, ella tambin lo fue. Los dos nos
estafamos recprocamente. No contamos con la Naturaleza, que es la gran
madre y maestra que rectifica los errores de sus hijos extraviados.
Nosotros hacemos mil disparates, y la Naturaleza nos los corrige.
Protestamos contra sus lecciones admirables que no entendemos, y cuando
queremos que nos obedezca, nos coge y nos estrella, como el mar estrella
a los que pretenden gobernarlo. Esto me lo dice mi razn, amigo
Ballester, mi razn, que hoy, gracias a Dios, vuelve a iluminarme como
un faro esplndido. No lo ve usted?... pero no lo ve?... Porque el que
sostenga ahora que estoy loco es el que lo est verdaderamente, y si
alguien me lo dice en mi cara, vive Cristo, por la santsima ua de
Dios!, que me la ha de pagar.

--Calma, calma, amigo mo (con bondad). Nadie le contradice a usted.

--Porque yo veo ahora todos los conflictos, todos los problemas de mi
vida con una claridad que no puede provenir ms que de la razn... Y
para que conste, yo juro ante Dios y los hombres que perdono con todo mi
corazn a esa desventurada a quien quise ms que a mi vida, y que me
hizo tanto dao; yo la perdono, y aparto de m toda idea rencorosa, y
limpio mi espritu de toda maleza, y no quiero tener ningn pensamiento
que no sea encaminado al bien y a la virtud... El mundo acab para m.
He sido un mrtir y un loco. Que mi locura, de la que con la ayuda de
Dios he sanado, se me cuente como martirio, pues mis extravos, qu han
sido ms que la expresin exterior de las horribles agonas de mi alma?
Y para que no quede a nadie ni el menor escrpulo respecto a mi estado
de perfecta cordura, declaro que quiero a mi mujer lo mismo que el da
en que la conoc; adoro en ella lo ideal, lo eterno, y la veo, no como
era, sino tal y como yo la soaba y la vea en mi alma; la veo adornada
de los atributos ms hermosos de la divinidad, reflejndose en ella como
en un espejo; la adoro, porque no tendramos medio de sentir el amor de
Dios, si Dios no nos lo diera a conocer figurando que sus atributos se
transmiten a un ser de nuestra raza. Ahora que no vive, la contemplo
libre de las transformaciones que el mundo y el contacto del mal le
impriman; ahora no temo la infidelidad, que es un rozamiento con las
fuerzas de la Naturaleza que pasan junto a nosotros; ahora no temo las
traiciones, que son proyeccin de sombra por cuerpos opacos que se
acercan; ahora todo es libertad, luz; desaparecieron las asquerosidades
de la realidad, y vivo con mi dolo en mi idea, y nos adoramos con
pureza y santidad sublimes en el tlamo incorruptible de mi pensamiento.

--Era un ngel--murmur Ballester, a quien, sin saber cmo, se le
comunicaba algo de aquella exaltacin.

--Era un ngel--grit Maxi dndose un fuerte puetazo en la rodilla--.
Y el miserable que me lo niegue o lo ponga en duda se ver conmigo...!

--Y conmigo!--repiti Segismundo, con igual calor--. Lstima de
mujer... Si viviera!


--No, amigo, vivir no. La vida es una pesadilla... Ms la quiero
muerta...

--Y yo tambin--dijo Ballester, cayendo en la cuenta de que no deba
contrariarle--. La amaremos los dos como se ama a los ngeles. Dichosos
los que se consuelan as!

--Dichosos mil veces, amigo mo!--exclam Rubn con entusiasmo--, los
que han llegado, como yo, a este grado de serenidad en el pensamiento.
Usted est an atado a las sinrazones de la vida; yo me libert, y vivo
en la pura idea. Felicteme usted, amigo de mi alma, y deme un gran
abrazo, as, as, ms apretado; ms, ms, porque me siento muy feliz,
muy feliz.

Al entrar en su casa lo primero que dijo a doa Lupe fue esto: Ta de
mi alma, yo me quiero retirar del mundo, y entrar en un convento donde
pueda vivir a solas con mis ideas. Vio el cielo abierto la de Juregui
al orle expresarse de este modo, y respondi: Ay, hijo mo, si ya te
tena yo dispuesta tu entrada en un monasterio muy retirado y hermoso
que hay aqu, cerca de Madrid! Vers qu ricamente vas a estar. Hay en
l unos seores monjes muy simpticos que no hacen ms que pensar en
Dios y en las cosas divinas. Cunto me alegro de que hayas tomado esa
determinacin! Anticipndome a tu deseo, te estaba yo preparando la ropa
que has de llevar. Apoy Ballester la idea que a su amigo le haba
entrado, y todo el da estuvo hablndole de lo mismo, temeroso de que se
desdijera; y para aprovechar aquella buena disposicin, al da siguiente
tempranito, l mismo le llev en un coche al sosegado retiro que le
preparaban. Maxi iba contentsimo y no hizo ninguna resistencia. Pero al
llegar, deca en alta voz como si hablara con un ser invisible: Si
creern estos tontos que me engaan! Esto es Legans. Lo acepto, lo
acepto y me callo, en prueba de la sumisin absoluta de mi voluntad a
lo que el mundo quiera hacer de mi persona. No encerrarn entre murallas
mi pensamiento. Resido en las estrellas. Pongan al llamado Maximiliano
Rubn en un palacio o en un muladar... lo mismo da.


Madrid.--Junio de 1887.

FIN DE LA NOVELA

       *       *       *       *       *





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